Slideshow shadow

Entre el techo y el suelo hay alguien

23/07/2013 en Doce Miradas por Begoña Marañón

Aprender primero a mirar

Antes de ir directamente al objeto de mi reflexión, quisiera comentar que uno de los principales aprendizajes que me está aportando formar parte de Doce Miradas es preguntarme de forma más habitual, con mayor curiosidad y contundencia, por qué nos pasa lo que nos pasa a las mujeres, y a qué se debe todo el catálogo de despropósitos que venimos padeciendo desde hace siglos.

Digamos que hasta ahora, como a tantas otras mujeres (y a algunos hombres también, todo hay que decirlo) me llamaban enormemente la atención ciertas conductas, me horrorizaban las tremendas noticias de violencia de género, y me molestaban las grandes ausencias de mujeres en la esfera pública… Digamos que pasaban los hechos ante mí, los veía y los reconocía, pero que pasaba pronto a dirigir la mirada hacia la siguiente tarea; siempre tantas y tan diversas.

Imagen de Jon Artetxe

Imagen de Jon Artetxe

Pero ahora he aprendido a detenerme, a mirar dos veces. Ahora he aprendido a ver. Y últimamente, cuanto más miro y más veo, más me asusto. Porque antes, con una primera mirada no siempre veía la profundidad o el significado de determinadas cuestiones. Digamos que tenía la mirada anestesiada. Ahora en cambio, de repente, no sé si porque yo también he probado esas gafas que empoderan repentinamente a las mujeres o porque formar parte de este proyecto me hace ser más activa, pero ahora veo mucho mejor. De cerca y también de lejos. Vamos, que veo muy bien lo cerca que estamos de continuar siendo invisibles y veo, mejor todavía, lo lejos que estamos de que el mundo se mire más con ojos de mujer.

Pero antes de centrarme, quisiera poner sólo un pequeño ejemplo más de esta necesidad de mirar dos veces. Recientemente asistí a un acto del ámbito de la educación y, ante un foro de padres y madres -alumnos y alumnas de bachiller-, me percaté de que los seis representantes del centro educativo en la mesa presidencial eran varones. Con el elevado número de profesoras que hay en el centro, llamó mi atención esta escasez de tacto y sentido común. Pero claro, sabemos y asumimos que en lo más institucional, el papel del hombre en el rol de mando predomina sobre el rol de la mujer, que toma protagonismo cuando ya se reparten los diplomas y el acto es más lúdico, menos formal.

Seguramente no hubo mala intención, pero así salió. No sé cuánta gente se dio cuenta, pero a mí me llamó la atención. Porque estoy aprendiendo a mirar dos veces. Aquella escena no representa la realidad y la escuela debería tener especial cuidado en esto. Como afirma Mª Elena Simón en el programa coeducativo para la prevención de la violencia contra las mujeres “la escuela no es creadora de desigualdad, pero la alimenta, la hace crecer y la reproduce por inercia”. Y éste es precisamente uno de los grandes problemas de esta sociedad: la inercia en muchos ámbitos de la vida y la inercia para asistir al permanente teatro de los estereotipos de género que tanta discriminación suponen para nosotras. Acabemos entonces con la inercia que admite de forma contemplativa, como si fuera natural, lo que de ninguna manera debe serlo.

Al hilo de los estereotipos, según la investigadora de la Universidad de Deusto, Leire Gartzia “desde que nacemos, todo lo que nos rodea va condicionando nuestras elecciones y decisiones, nuestros gustos, aficiones, nuestra forma de ser y forma de comportarnos. Crecemos en un contexto social determinado en donde, al tiempo que adquirimos los conocimientos, aprendemos las reglas y los valores que, en cada momento, la sociedad, nuestra familia, nuestro entorno cultural, etc. establece como más adecuados. Así, poco a poco, vamos interiorizando los roles y modelos que van configurando nuestra manera de ser y se van interiorizando las reglas del juego y las normas que la sociedad espera que cumplan las mujeres y los hombres. Este proceso de socialización hace diferentes a hombres y mujeres no solamente por una cuestión biológica (sexo), sino también del papel a jugar en la sociedad, lo que da lugar a estereotipos de género. Estos estereotipos hacen referencia a las ideas y creencias compartidas dentro de una cultura, sobre cómo son y se comportan las mujeres y los hombres. Estas creencias, que se refieren a las características y habilidades típicas de los hombres y las mujeres, condicionan el comportamiento de unos y otras en diferentes situaciones”.

“¿Quién ha erigido al hombre en único juez si la mujer comparte con él el don de la razón?” Mary Wollstonecraft

“Nuestra propia invisibilidad significa encontrar por fin el camino hacia la visibilidad”. Mitsuye Yamada

Comienza el espectáculo

Lo cierto es que, como afirma F. Javier González Martín en “El fin del mito masculino”, los prejuicios o juicios prematuros sobre la mujer, como no están basados en hechos objetivos, se convierten en estereotipos que se simplifican y generalizan demasiado. Entre esos estereotipos imaginados, pero consolidados en la mayoría de las culturas, están las expectativas sobre el rol femenino; es decir, lo que pensamos sobre sus capacidades y lo que suponen los hombres que deben hacer las mujeres. Y me permito añadir, lo que entienden las mujeres que pueden y deben hacer ellas mismas.

Este gran falso teatro de los estereotipos levanta el telón en muchos casos en el ámbito familiar, donde las mujeres siguen padeciendo un trato desigual y discriminatorio respecto a la crianza, al cuidado de las personas y a las tareas domésticas. Vamos, que no hay reparto equilibrado que valga, aunque cada vez se habla más de la corresponsabilidad de mujeres y hombres en todas las tareas, responsabilidades y espacios de la vida. Como afirma Elena Simón en el mismo informe “el padre suele tomar la casa como lugar de descanso y la madre, como lugar de trabajo”. Y como aprendemos más de lo que vemos que de lo que nos cuentan, se van trasladando así a hombres y mujeres esos perversos roles que dan forman a la identidad masculina y a la femenina.

Porque, dicho de otra manera, recoger la mesa ha sido y es mayoritariamente cosa de ellas, porque la crianza de los hijos no es compartida, porque no hay más que ver las reuniones de los colegios, porque ellas pueden salir del trabajo a las cinco de la tarde para acudir al pediatra, pero ellos, no siempre; porque no todos conocen el funcionamiento de ese aparato denominado aspirador y aspiran, más que otra cosa, a otros escenarios que tengan que ver con el poder y, en definitiva, con su identidad masculina, tal como la han entendido.

Y ya estamos dando forma, sin quererlo o queriéndolo (pues de todo hay), a ese rol provisor con el que se identifica mayoritariamente al hombre; es decir, él tiene la capacidad y la responsabilidad de ganar dinero para cubrir las necesidades económicas de la familia, mientras que el llamado rol expresivo queda reservado para ella, que es la que tiene la capacidad de relacionarse y de ocuparse de las necesidades de las personas, hijas e hijos incluidos, y de todas esas otras distracciones que nos ponen por delante. Y, para completar el juego, ahora repartimos unas cuantas dosis de rol paternal para él y de rol maternal para ella, y nos va quedando una función teatral de despropósitos y consecuencias fácilmente reconocibles.

En los últimos años, todo este panorama ha ido cambiando y conviven modelos mucho más tradicionales, como los referidos anteriormente, con otros en los que hombre y mujer tienen los roles tan entrelazados como intercambiados, de tal forma que ella no se identifica con el aspirador, porque tampoco hace falta, y él domina con maestría la lavadora, los deberes de los hijos y el calendario de las actividades extraescolares.

Así y todo, creo que es necesario forzar estos estereotipos que todavía nos rodean, para ver de qué manera van dejando huella en nuestras vidas. Es verdad que no debemos distraernos con la lavadora, las extraescolares y otros asuntos (bien relevantes, por cierto), sino que debemos profundizar más para llegar a un auténtico equilibrio.

Continúa la función

Este camino de desigualdades, de roles aprendidos por repetición desde hace siglos, nace y se hace a menudo en el ámbito privado; es decir, el doméstico, familiar y relacional, tiene desviaciones y cruces que entran y salen por la escuela, los espacios socioculturales y de ocio y llega hasta las universidades, para llevarnos, sin apenas darnos cuenta, a la casilla-trampa final: el campo laboral, cívico y social donde tan estruendosamente se manifiesta.

Porque vivimos en una sociedad tan machista que, citando a Rosa Regás en el prólogo del citado libro de F. J. González, “permite sin ningún rubor que la remuneración por el trabajo de la mujer sea inferior a la del mismo trabajo efectuado por el hombre, que sigan estando en manos de los hombres los honores y las prebendas, igual que los puestos de rango y los cargos, que a su vez eligen a otros hombres en una cadena de machismo a la que no se le ve el último eslabón”. Añade F. J. González que es necesaria una exploración de las sucesivas capas culturales, religiosas, políticas e históricas, en busca de alguna razón que nos permita entender por qué un grupo de humanos, los varones, han tratado a otro grupo, las mujeres, con tanta indiferencia y superioridad durante tanto tiempo. Es por eso que la lectura de este libro, que tan oportunamente me ha permitido completar mi reflexión, resulta absolutamente recomendable.

Porque conviene tener en cuenta esa pesada mochila con la que caminan las mujeres y con la que han salido y salen al mundo laboral, al mundo de la empresa, de los negocios, donde se consagra y se perpetúa el orden patriarcal, para entender por qué las mujeres son privadas de acceder mayoritariamente a los puestos de dirección, por qué ocupan un segundo plano en la escena en la que el varón es el protagonista y por qué queda mucho por hacer para alcanzar una igualdad real, por mucho que ya gocemos de una igualdad legal.

“Estamos tan educadas para no tener poder, que, cuando lo conseguimos, disimulamos.” Begoña San José

Atrapadas. La escena final

Pero queda todavía la escena final de esta no tan imaginaria obra. Cuando, en el mejor de los casos, la mujer decide dedicarse a su carrera profesional, centrar sus esfuerzos y dejarse la piel con la expectativa de ir mejorando su posición, se encuentra con obstáculos y trabas invisibles, relacionadas con las construcciones sociales de la feminidad y de la masculinidad. Se encuentra con que, en realidad, está atrapada entre un suelo pegajoso y el techo de cristal. Es decir, se encuentra con que, por un lado, está atrapada entre las multitareas que la encierran en el cuidado maternal, doméstico, conyugal y otros tantos cuidados que impiden su salida, su realización profesional y su avance y, por otro, el techo de cristal en forma de barrera que pocos ven, aunque las mujeres percibimos como un techo de acero que igualmente nos impide avanzar. Y en palabras de Dulce Chacón, “acostumbrarse es morir”.

La guerra de los roles

16/07/2013 en Doce Miradas por Amaia López de Munain

Creer en la igualdad de oportunidades depende fundamentalmente de una misma. Lo complicado de la labor consiste en cómo hacer ver a los demás la autosuficiencia de la que disponemos. Para ello no hay mejor camino que demostrar, pero ¿por qué tenemos las mujeres que estar continuamente probando nuestras capacidades ante los demás?

Soy mujer y me dedico a la cobertura de conflictos bélicos, y siempre he pensado que los más complicados son los personales, aquellos que no se dan en una zona de guerra, aquellos que se producen en el entorno familiar y social. Muchas veces nos vemos obligadas a salir al paso de aquello que la sociedad nos cuestiona: “Con esa vida que llevas, será imposible mantener una relación estable…”, “¿Qué hay de los hijos? Algún día querrás ser madre, tendrás que dejar tu trabajo…”.

A lo largo de estos años, he trabajado con cientos de hombres, compañeros a los que jamás he escuchado que se les pregunte si quieren ser padres, novios, maridos, o qué harán cuando decidan formar una familia. El rol de la mujer sigue siendo, sin embargo, el mismo, aquel que obliga a decidir entre ella y los demás. Curiosamente la mayoría de las preguntas siempre han venido por parte de mujeres, por ello en ocasiones pienso hasta qué punto no somos nosotras mismas quienes ponemos barreras.

No me siento más o menos realizada por no tener hijos, tampoco creo que ésa sea mi misión. La única en la que creo es en la de conseguir ser feliz en un mundo empeñado en que no lo seamos; difícil tarea, pero os aseguro que hay instantes en los que se puede paladear. Y en ello estamos.

Hace un tiempo, una compañera de Sky News, Alex Crawford, decía: “Sólo espero ser un modelo para mis hijas”. Esas declaraciones las ofreció mientras cubría la revolución libia desde el frontline. Como Alex Crawford y otras tantas mujeres que un día apostamos por librar nuestra propia batalla en zonas de guerra, poco a poco hemos conseguido hacernos un hueco en una sociedad informativa generalmente masculinizada y especialmente, en un contexto complicado como es la cobertura de conflictos. Hemos sabido demostrar que ser mujer y visitar morgues, compartir días y semanas con rebeldes, esquivar morteros, y utilizar teléfonos satélites, entre otras cosas, no es cuestión de la cantidad de testosterona que uno tenga, si no de la capacidad y responsabilidad que uno disponga.

Karen Marón, compañera de guerras dice: ” No hay nadie como una mujer para entender y contar el dolor de las víctimas”, y quizá tenga razón, pero también añadiría que nadie como una mujer para convertirse en moneda de cambio o en trofeo dentro de un contexto bélico.

Foto ©VollDamm

Foto ©VollDamm

Hay veces en las que no vale sólo con demostrar, tenemos que convertirnos en “uno” más y eso nos hace perder la perspectiva de lo que realmente somos y queremos.

Recuerdo leer una entrevista a Antonio María Ávila, Director de la Federación del Gremio de Editores de España, en la que se hablaba del aumento del índice de lectura femenina etc. y en ella saltaba una frase que me escocía en los ojos: “las mujeres son conscientes de que para triunfar profesionalmente, y en la vida en general, todavía deben demostrar su valía”.

Y efectivamente, somos conscientes, al igual que el género masculino sabe que lo somos y por ello quizá hoy en día se nos sigue exigiendo más, porque saben que haremos lo posible por encontrar el hueco que buscamos. Y en ocasiones eso asusta. No se trata de arrebatar posiciones, se trata de igualar y de aplicar medidas similares para ambos géneros. No se trata de demostrar, se trata de respetar la libertad que como personas, independientemente del sexo, tenemos por derecho. No soy más que tú, pero tampoco menos.

Las mujeres llevamos a cabo una labor de incorporación al mercado laboral intensa, abocada a demostrar continuamente nuestra valía y ello procurando no desatender nuestra “función” impuesta de ser madre, esposa, novia, hija, ama de casa… y aunque la expresión resulte desagradable, es como si se esperara de nosotras eso del “dos al precio de una”.

La exigencia social de todo ello no la marca exclusivamente el hombre, también nosotras somos culpables y somos quienes primero lanzamos la crítica. Así que nadie crea que escribo para culpabilizar o martirizar a un determinado género, mientras haya mujeres que crean que si una mujer por ejemplo, fuma o se toma una cerveza, “es porque somos tan infelices con nuestras vidas que nuestro deseo de incorporarnos a los roles masculinos y adoptar sus costumbres acabará por matarnos”, tal y como declaró en una conferencia una doctora brasileña, estamos listas. Imagino que la doctora se expresaría dentro de su preocupación por nuestra salud, que debiera ser generalizada porque si un cigarro me mata a mí no me mata más por ser mujer. Pero hay que empezar a desterrar ese tipo de expresiones y para ello hay que empezar por no establecer diferencias. Ardua labor que nos atañe a todos.

 

Historia de la primera mujer bala

12/07/2013 en Miradas invisibles por Doce Miradas

Os dejamos hoy una historia de una mujer anónima de vida apasionante que nos ha gustado. Perfecta para inaugurar la sección de “Miradas invisibles”. Su autora, Ana Fernández.

En días como estos en que los obituarios se llenan de muertes de personajes más o menos ilustres pueden pasar desapercibidas las ausencias de otras figuras que con menos ruido nos han dejado también. Y si uno encuentra tiempo para dejarse enredar en los hilos de las redes sociales y en los entresijos de las páginas que habitualmente consulta, se puede llevar sorpresas que no esperaba. Como encontrar vidas de superación que bien podrían ser el guión de una película. Es el caso de la mujer de esta foto. Se llamaba Marina.

El titular del artículo me atrajo de golpe la atención: “La artillera del hombre bala”. Y es que, de clase acomodada con 20 años y por amor a un malabarista, esta mujer dejó su vida burguesa en Igualada, para sobrevivir en primer lugar y como tantos otros, a las penurias de la guerra civil con un marido preso en un campo de concentración y más tarde a los avatares de la vida que cada uno elige llevar, en su caso la que ella eligió fue la del circo. Se convirtió en la primera mujer bala, animó a su marido a salir del país y volar con sus trastos circenses en pequeños artefactos que no podían siquiera denominarse avionetas, para llegar a destinos que pocos españoles de su época podrían haber señalado con el dedo en un mapa mundi. En lugares como Madagascar, Las Antillas ofrecían su espectáculo, mientras se convertía en madre, por cuatro veces y enseñaba a sus hijos a leer y a escribir en los carromatos. Vieron cómo los animales del circo morían por el frío de Japón, cómo un tifón arrasaba su circo en China. Y llegó el peor momento cuando su marido, hombre bala igualmente, se partió la columna en un espectáculo. De todos esos avatares sus hijos hacen un breve resumen: ·”mi madre nos cuidó como una loba a su manada”. Su vida reúne muchos más momentos de superación y lucha, pero he querido reflejar sólo algunos de ellos.

Con permiso de la gran Pilar Jericó y recordando su libro “Héroes cotidianos” al leer la vida de esta barcelonesa fallecida días pasados con 93 años, he pensado una vez más en que, sin darnos cuenta estamos continuamente rodeados de gente con una gran fortaleza, con la capacidad suficiente de regenerarse y de tomar las riendas de la vida bajo el impulso de una fuerza viva que cada uno encuentra en su interior. Que cada uno debe encontrar en su interior. Porque eso es lo que nos hace ser sobrevivientes. En el caso de Marina, dicen que su luz fue el amor, el amor a su marido y luego a sus hijos. En una época como la actual, de crisis, de necesidad y de pesimismo, en que la oscuridad atenaza de manera continua a la luz, es cuando más se hace necesario que busquemos qué es lo que nos ilumina interiormente a seguir con nuestros objetivos y que lo tengamos siempre presente para que en definitiva se nos haga más fácil y hasta atrayente pasear por los caminos de la vida.

Nota/ Imagen Circo Raluy

Mujeres con nombre que hablan de sus cosas y otros desafíos

09/07/2013 en Doce Miradas por Maria Ptqk

Parece que sin darnos cuenta hemos iniciado en este blog un debate sobre la presencia de las mujeres en las obras de ficción. He querido comentar varias veces, se me ha hecho tarde, han llegado más comentarios, he cambiado mis respuestas y se me ha hecho tarde otra vez, ha llegado el post siguiente. Estos son algunos de los “favoritos” que tengo siempre a mano en el navegador mental cuando se trata de este tema, junto con otros nuevos, añadidos recientemente a la lista.

El primero es el Bechdel Test. Lo cito siempre que puedo y sobre todo cada vez que un varón cercano, con el que comparto muchos visionados, me viene con el cuento de “Te va a gustar, los personajes femeninos son súper potentes…”. Hhhhhmm, veamos. El Bechdel Test analiza la brecha de género en el cine (o en cualquier obra de ficción) con tres sencillas preguntas. Sólo si se contesta positivamente a las tres se puede considerar que las mujeres tienen en esa obra una posición no-accesoria. No significa que la obra sea “feminista”, sólo indica que las mujeres no cumplen en ella un papel meramente instrumental. Estas preguntas son:

1. ¿Aparecen al menos dos mujeres?
2. ¿Tienen nombre?
3. ¿Hablan entre ellas de algo que no sea un hombre?

Parece sencillo, ¿verdad? Pues el resultado es demoledor, mirad este vídeo (está en inglés, pero se entiende igual).

Debe de haber unas cuantas toneladas de ensayos que explican por qué ocurre esto, pero todos ellos se pueden resumir en una sola idea: el Gran Relato de la Humanidad no nos pertenece. Laurie Penny, colaboradora de opinión de The New Statesman, dice al respecto: “Los hombres crecen esperando ser los héroes de su propia historia. Las mujeres, sin embargo, crecemos esperando ser la actriz secundaria de la historia de los demás”.

Penny considera que esto es una forma de “fracaso de la narrativa”, en referencia a la imposibilidad (o siendo optimistas, digamos mejor: la dificultad) de crear ficciones centradas en la experiencia de las mujeres. No hablamos de películas de chicas. Hablamos de relatos con vocación de universalidad en los que la moraleja (todos los relatos, tontos o sofisticados, tienen una) o, en lenguaje más técnico, el arco narrativo, se organice en torno a un personaje mujer. Y que, pese a ser mujer, no sea un fetiche, una idea, una abstracción, sino un personaje complejo, matizado, con escala de grises, contradicciones y una vida interior. Es la escasez de este tipo de personajes lo que pone de manifiesto el Bechdel Test. Penny continúa:

 “[Cuando era más joven] empecé a rebelarme contra la idea de ser un personaje en la historia de otra persona; quería escribir mi propia historia. Pero la escritura es un tipo de magia y ya sabemos lo que les pasa a las mujeres que fabrican sus propios hechizos”.

Hace unos días, Autumn Whitefield-Madrano escribía en su columna de The New Inquiry lo siguiente, a propósito del escándalo de la vigilancia estadounidense: “Empecé a preguntarme si la razón por la que las actividades de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad) no me provocaban una molestia visceral es que tengo asumido que, por defecto, en mi vida cotidiana siempre estoy siendo observada. Observada, mirada, vigilada… Bienvenidos, caballeros, a lo que es ser una mujer.”

Whitefield aclara, para lectores de mala fe, que no quiere restar importancia a las acciones de la administración estadounidense; pero sí dejar constancia de que la experiencia de la libertad no es la misma para todos. A nosotras nos ha tocado vivirla siempre en versión un poco más edulcorada. Interiorizar esos límites, hacerlos tuyos hasta que ya no los ves, forma parte del aprendizaje de ser mujer. No es psicología de suplemento dominical, es teoría de la construcción de la mirada. Whitefield continúa su artículo citando a John Berger en Ways of Seeing (Maneras de Mirar), una lectura obligatoria en historia del arte y filosofía de la estética. Berger, en absoluto sospechoso de inclinaciones feministas, afirma:

“Una mujer debe constantemente vigilarse. Mientras atraviesa una habitación o llora en un funeral, difícilmente puede evitar verse a sí misma andando o llorando. Desde la infancia, se le ha enseñado a vigilarse constantemente. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se ven a sí mismas siendo miradas. Esto determina, no solo la relación de las mujeres con los hombres, sino la relación de las mujeres consigo mismas. El vigilante interior de la mujer es un hombre. De esta manera, la mujer se convierte a sí misma en un objeto, y en concreto en un objeto de la mirada: se convierte en una visión”.

Un ejemplo de lo que les ocurre a las chicas que se rebelan y deciden no encarnar esa visión ajena, lo hemos visto recientemente con el episodio más comentado de la historia de Girls, la serie de la HBO escrita, dirigida y protagonizada por Lena Dunham (por la que ha recibido, entre otros galardones, tres Emmys, dos de ellos a mejor dirección y mejor guión de serie cómica). Es el capítulo 5 de la 2ª temporada, éste es un fotograma.

Girls

Para quien no conozca la serie, hay que adelantar que Dunham enseña las tetas siempre que puede, el culo también, y ya en la primera temporada la habíamos visto numerosas veces en bragas, en posturas nada favorecedoras. Pero aquí va demasiado lejos, y no sólo porque supera su propio récord de minutos-desnuda-en-serie-de-televisión-sin-venir-a-cuento. Es que está así en compañía de un apuesto cuarentón (interpretado por Patrick Wilson) al que se acaba de ligar y se folla alegremente durante todo el día. También juega con él al ping-pong, moviendo con entusiasmo su culo gordo y sus tetas enanas, y le pide que le practique sexo oral como si le estuviera diciendo con la boca llena: pásame el salero. [Insisto en lo de culo gordo y tetas enanas porque estamos en una serie de televisión, donde se aplican las normas de las series de televisión. El cuerpo de Dunham habría sido muy bello en la Florencia renacentista, seguro, pero en este contexto pertenece a las categorías: gordo, feo, etc. y eso es lo bonito].

El capítulo recibió comentarios como:

“Dunham es maleducada, egocéntrica, sexualmente egoísta y desafiantemente poco atractiva”.

“¿Qué tipo de hombre se merece una mujer como ella?” “Me sentí atrapado por mi rechazo a aceptar la propuesta central”.

“¿Cómo es posible que una mujer así consiga un hombre como ése? ¿Soy demasiado estrecho de mente si me paraliza la idea de que esta fantasía va demasiado lejos y [ATENCIÓN, QUE VIENE CURVA] no puedo evitar pensar en cómo es la pareja de Patrick Wilson en la vida real?”

Varios comentaristas interpretaron que el capítulo, evidentemente, era un sueño porque algo así es imposible en la vida real. Y uno incluso lo comparó con un capítulo de “Bill Cosby” en el que todos los hombres están embarazados y uno de ellos da a luz a un refresco de naranja.

Aquí se ponen de manifiesto un par de cosas, que ya sabemos pero no está de más repetir. Primero, que la vara de medir el atractivo físico no es la misma para un cuerpo de hombre que para un cuerpo de mujer. A nadie se le ocurriría decir que Tony Soprano está demasiado gordo como para salir tanto en calzoncillos. Segundo, que hay una norma fundamental del patriarcado que dice que las mujeres feas, gordas o ambas cosas a la vez, deben avergonzarse. Realmente, a nadie le molesta el cuerpo de Lena en sí mismo. Lo que no se le permite es que lo muestre como si le diera igual, porque eso equivale a mandar al pairo la legitimidad de la mirada masculina para definir de qué manera las mujeres pueden construir su identidad. La falta de complejos es, en sí misma, un desafío.

¿Nos atacan los zombis?

02/07/2013 en Doce Miradas por María Puente

Sigo en tensión y con el corazón en un puño la serie The walking dead. Eso quiere decir, entre otras cosas, que he visto cientos de maneras de matar ‘caminantes’, que es como llaman a los zombis en la serie. También he visto morir a personajes de los que me había encariñado. Vamos, que he sufrido lo mío. Pero pese a la sucesión de secuencias aterradoras vistas hasta el momento, hay una que se me ha quedado impresa en la retina y no he conseguido olvidar. ¿Alguna masacre? De eso nada.

Para quienes no sepan de qué va la serie, baste decir que se trata de una distopía que nos sitúa en un mundo invadido por zombis. Los supervivientes luchan sin descanso por mantenerse con vida. Nuestro grupo protagonista ha levantado un campamento a las afueras de Atlanta y debe organizarse y tratar de convivir en esas condiciones extremas, en un mundo sin estados, sin leyes, sin derechos.

¿Te imaginas cuál es la escena aterradora que no he logrado olvidar? Pertenece al capítulo 3 de la primera temporada. A primera vista podría parecer uno de los momentos más relajados de la serie: cuatro mujeres charlan junto al lago mientras lavan la ropa de todo el campamento. Junto a ellas, uno de los hombres del grupo y un niño intentan pescar, más como un juego que otra cosa, mientras ríen y se echan agua mutuamente. Detrás, el marido de una de ellas las observa sin hacer nada.

The Walking Dead, 1ª temporada, capítulo 3.

Jacqui

Estoy empezando a cuestionarme el reparto de tareas.

¿Podéis explicarme por qué las mujeres trabajan siempre como negras? (ella es negra)

 

Amy

¿No te has enterado? El mundo se ha acabado.

 

Carol

Así son las cosas

Cómo echo de menos mi lavadora

 

Andrea

Yo mi Mercedes, con GPS

 

Continúan así evocando el recuerdo de la cafetera, el ordenador, el móvil, el vibrador… Esto último les hace reír a todas y el hombre que las observa, marido de una de ellas, un maltratador, les reprende por no estar atentas al trabajo. Todo degenera en un episodio de maltrato hacia su mujer.

Da miedo, ¿no? Y no me refiero al maltrato, que por supuesto, sino a lo que sucede justo antes. Es cierto que se trata de ficción apocalíptica (¿o no?), pero bien podría ser una metáfora de situaciones mucho más cercanas que se producen cuando desaparece o mengua la protección de los estados y las leyes: catástrofes naturales, revueltas políticas o, sin irnos a otros continentes ni a países en vías de desarrollo o casos extraordinarios en los que el propio estado atenta contra la mujer, la actual crisis económica. ¿Puede ser la invasión zombi una metáfora de la crisis? ¿Puede tener esa escena algo que ver con el paisaje que se está dibujando para las mujeres?

En febrero pasado, la comisión de Derechos de la Mujer e Igualdad de Género del Parlamento Europeo aprobó un informe en el que se analizaba el impacto de la crisis en las mujeres y en las políticas de igualdad. Según dicho informe, el paro y los recortes del Estado de bienestar están afectando en mayor medida a las mujeres. Me viene a la mente esa ‘ley de dependencia’ que ha quedado un poco en el limbo de las leyes por falta de recursos. Provocará sufrimiento a mujeres y hombres, pero no me cabe ninguna duda de que suplir esas carencias recaerá fundamentalmente sobre las mujeres, dado el rol de cuidadoras que la sociedad nos asigna por sistema. ¿Vas viendo cierto parecido con la invasión zombi?

La economista Carmen Castro, especializada en políticas europeas de género, advertía el pasado 10 de junio, en un debate en la Unibersitat de Valencia, de la involución social provocada por la crisis y de la intensificación de la carga de trabajo de las mujeres, como consecuencia de las políticas de austeridad. Castro alerta también del aumento de la brecha salarial entre mujeres y hombres, algo en lo que coincide Ernesto Poveda, director del informe Diferencias retributivas entre sexos, elaborado por la escuela de negocios EADA, que sitúa en un 17% la diferencia entre los sueldos de hombres y mujeres. Rtve.es se hacía eco de este informe bajo el demoledor título La crisis fulmina a la mitad de las mujeres directivas en España. Y no es para menos. Según dicho informe, el número de mujeres que ocupan puestos directivos ha pasado de un 19,5% en 2008 a un 10,3% en enero de 2013.

Produce cierto alivio la propuesta de blindar la igualdad de sexos en la Constitución, anunciada por Rubalcaba el mes pasado. Aunque si algo hemos aprendido con esta crisis es precisamente que no existen las vidas blindadas, ni los derechos blindados –al Pacto de Toledo me remito–, salvo quizás para ciertos políticos, directivos de banca y profesionales del fútbol de élite.

Hay motivos para preocuparse. Ya los había antes de la crisis, pero se han agravado. No me olvido de que los hombres también están padeciendo esta depresión económica –el desplome en el sector de la construcción les afecta en mayor medida y de forma más directa–, pero las mujeres en esto del sufrimiento siempre acarreamos un plus. Al menos padecemos los recortes por partida doble, según señala la catedrática de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid, Cecilia Castaño. Primero de forma directa porque el personal de los sectores más afectados por los recortes –educación, sanidad y servicios sociales– es mayoritariamente femenino. Y después de forma indirecta, por lo que mencionaba antes sobre la merma de la asistencia social que abocará y está abocando ya a muchas mujeres a desempeñar el rol de cuidadoras. En relación a la violencia machista, la crisis también se ha dejado notar en el aumento de casos y el descenso de denuncias.

Creo que esa escena de las mujeres lavando la ropa de todo el campamento en el lago me resulta tan aterradora porque no me parece tan de ficción apocalíptica, sino de thriller doméstico cotidiano. Sin embargo, últimamente tengo la percepción de que mucha gente, mujeres incluidas, considera que luchar por la igualdad de derechos y oportunidades entre ambos sexos es cosa del pasado. Que aquello quedó superado hace tiempo y que sólo resta disfrutar de lo conseguido. Sería un gran paso si todas esas personas reconsideraran su balda de asuntos resueltos. Los logros son importantes, sí, pero todavía falta mucho para alcanzar la igualdad y más, si damos por bueno este panorama de involución. El informe presentado este pasado mes de junio por el sociólogo de la Universidad de Deusto, Javier Elzo, corroboraba algo que muchos sospechábamos ya:”Tenemos jóvenes machistas para rato”.

Todos los días hay invasiones zombis en los hogares, en las calles y en las empresas. No me gustaría terminar en el lago lavando la ropa de todo el campamento, la verdad. Por eso conviene prestar atención a todos los indicios que nos están avisando de que existe un retroceso en la igualdad entre mujeres y hombres. La posición de la mujer es todavía frágil y vulnerable ante los cambios negativos de índole política, social o económica. Por eso debemos velar por lo conseguido, consolidarlo, y seguir avanzando. Avanzando juntos, porque esto nos incumbe a hombres y mujeres. Por eso creo que podemos relajarnos lo justo no sea que… perdón, lo siento, debo acabar aquí el post porque se acerca un grupo de ‘caminantes’ a menos cuarto. No importa, como cualquier fan de la serie, sé lo que hay que hacer.

Desprogramando I

27/06/2013 en Desprogramando por Doce Miradas

Nuria nos envía esta imagen que le ha llamado la atención y que es perfecta para Desprogramando. En esta sección podéis enviar imágenes, situaciones, actitudes… con un sesgo sexista que a veces pasan desapercibidas. Con esta sección esperamos romper esa inercia del pensamiento y la mirada. Te invitamos a colaborar.

Enviado por Nuria López de Guereñu:

“En este mensaje que circula entre los y las jóvenes, podemos observar cómo se trata a la novia de Ronaldo como “esto”, considerándola al mismo nivel que el trofeo (objeto) que exhibe Messi en la penúltima foto. O sea, mujer como propiedad. Y parece que a nadie le chirría.” 

Piques-entre-cristiano-ronaldo-messi1

Sor Citroen o la dignidad mal entendida

25/06/2013 en Doce Miradas por Miren Martín

Cuando era pequeña vi por primera vez “Sor Citroen” (así, sin diéresis ni nada), una película con Gracita Morales como protagonista. Databa del año 1967 pero la ponían una y otra vez, que nadie piense que las reposiciones televisivas se inventaron con “Verano Azul”. La película de marras era un clásico de la época y la vimos todos, grandes y pequeños, en unas cuantas ocasiones en aquellas Sesiones de Tarde de TVE que conseguían que los sábados nadie saliera a dar una vuelta hasta que no acabara la peli. Trataba de una monja cuya congregación gestionaba un centro para huérfanos y que, tras muchas vicisitudes, conseguía aprobar el carnet de conducir. Se compró un 2 Caballos y, calle arriba calle abajo, recorría la ciudad ante el pánico del resto de los conductores.

Sor CitroenPasaron los años, muchos, cuando otra tarde de sábado me tropecé con “Cine de Barrio” y con “Sor Citroen”. Llena de una añoranza estrambótica por el tiempo pasado y vivido, me puse a ver la película de la que sólo recordaba a Gracita Morales, su coche y el título. Y cuál fue mi sorpresa cuando me encontré con una escena que me dejó pegada al sofá porque no me lo podía creer: la monja iba pidiendo por las casas una ayuda para el colegio de huérfanos cuando abre la puerta una morena de 30 años, guapa y voluptuosa… y con un ojo morado. Gracita Morales, con esa voz aguda que le caracterizaba, le pregunta qué le había pasado a lo que la mujer contesta “hermana, haga algo. Mi marido es muy celoso y me pega”. Y la monja, haciéndose eco del sentir mayoritario de la época, le reprocha “es que tú siempre fuiste una casquivana y una atrevida. No mires a otros hombres y pórtate mejor con tu marido” (la frase no es exacta, mi memoria no da para tanto, pero sí transcribe literalmente el sentido de lo dicho). De esto han pasado unos cuantos años y aún no me he repuesto. Pero, y aunque me lo pide el cuerpo harta ya de tanta muerte, de tanto dolor y de tanta rabia, hoy no voy a hablar de violencia machista, de asesinos y de asesinadas. De víctimas y de verdugos. Eso lo dejo, con vuestro permiso, para otro día.

Hoy quiero hablar de otra cuestión. De cómo a lo largo de los años (de muchos, de demasiados) mientras Europa avanzaba, las mujeres salían al mercado laboral y rompían así las cadenas que las amarraban como un tormento a la dependencia económica y esclavizadora del marido, aquí se buscaba, por motivos políticos, sociales y de nuevo económicos, que la mujer cumpliera un papel muy determinado desarrollando un modelo a imagen y semejanza del que quería el Estado, la Iglesia y otras fuerzas vivas de la época. Y se talló, con muchos cinceles, una imagen de mujer que las propias mujeres asumieron: el pilar de la sociedad, la transmisora de los valores, la representación y el sostén moral de la familia tradicional. Y para conseguirlo se utilizaron muchos golpes de martillo: la televisión, el cine, la publicidad, el teatro, la literatura, la música… además, y por supuesto, del sistema educativo.

Isabel Coixet elaboró un documental titulado “50 años de… La mujer: cosa de hombres“, que hace un recorrido por cómo ha tratado la publicidad a la mujer a lo largo de la historia de TVE. No tiene desperdicio. En el primer spot, una pitonisa pregunta a la mujer que la visita por qué su matrimonio no funciona y su marido “tiene accesos de terrible cólera” a lo que la adivina le responde “¿has pensado que tu marido trabaja muchas horas diarias y tiene derecho cuando llega a su hogar a encontrar un agradable recibimiento?”. Increíble. Lo peor es que al ver el reportaje comprobamos cómo actualmente la publicidad sigue transmitiendo muchos de esos estereotipos.

En el Festival de Cannes, se acaba de presentar un reportaje de Diego Galán, que bajo el título de “La Pata Quebrada”, recorre a lo largo de 83 minutos el tratamiento dado a la mujer en los últimos 30 años del cine español. Para ello, utiliza 180 fragmentos de películas. Y se detectan 15 estereotipos de mujer: la gozosa, la esposa fiel, la heroína, la romántica, la solterona, la monja, la pecadora, la perfecta casada, las extranjeras, las liberadas, la folclórica, la maltratada, la divorciada, la emancipada y las mujeres solas. En la escena que comentaba antes de Gracita Morales y la mujer maltratada, se reflejan dos tipos totalmente contrapuestos y con una ganadora clara: la monja. La mujer entregada, generosa, feucha y sobre todo y ante todo, decente. Frente a la otra, guapa, con buen cuerpo, con ropa ajustada. Y por definición indecente. La primera merece todo lo bueno. La segunda merece todo lo que le pasa (incluido el maltrato). Y no lejos de esto, sino más bien cerca, y reforzándolo, surgían las canciones de la época: mujeres que penaban por sus amores, trágicos todos ellos, terriblemente sufridos, por los que luchaban dejándose el alma en cualquier páramo, para conseguir lo que más querían: el hombre con el que soñaban para al final… pasar por el altar, crear una familia y tener hijos. Y aquí paz y después gloria. La que lo lograba lo hacía porque era un dechado de virtudes (entonad aquello de “María de la Mercedes, no te vayas de Sevilla…)” y la que no lo lograba era porque era una mujer de poco fiar y con demasiada experiencia: la Bien Pagá, la Zarzamora o esa otra que se liaba con marineros de nombre extranjero.

Dignidad versus decencia

Pero si analizamos todo esto vemos que el modelo femenino se ha vehiculado a lo largo de una característica central: la dignidad. Con una única vara de medir: la decencia. Mujeres a las que se les decía cómo debían comportarse en todos y cada uno de los momentos de su vida, cómo debían ser, vestir, sentarse, actuar en relación con sus novios, maridos, hijos y padres. Y lo que es peor: cómo debían sentir. Ellas sabían desde niñas cómo tenía que ser el hombre con el que se iban a casar (trabajador y honrado); cómo y de qué manera debían enamorarse, tratar a su novio y qué podían, debían y hasta deseaban hacer con él (había que “reservarse” para el hombre, incluso con pena de infierno en caso de incumplimiento); cómo tenían que comportarse en su noche de bodas (y en las siguientes); cuál debía ser su actitud una vez ya casadas con respecto a su marido (y a su padre. Y hasta a sus hermanos varones). Y no digamos ya cómo debían de sentirse en cuanto eran madres (objetivo fundamental de cualquier mujer que se preciara, por cierto): amantísimas, entregadas, sacrificadas y hasta heroínas en muchos casos. Es decir, en todos y cada uno de los momentos de su vida, olvidarse de que eran personas para representar el papel que otros habían elegido por ellas. Y todo esto para toda la vida. Porque ninguna mujer decente podía volver a enamorarse y ni mucho menos dejar al marido diciéndole aquello de “anda y que te ondulen”.

Y esto no viene de ahora. Data ya de antiguo: “La mujer del César no sólo tiene que serlo sino parecerlo” mientras que del César no se habla porque al César todo le está permitido. Y que conste que he dicho está, no estaba. Porque de aquellos polvos vinieron estos lodos. Y la herencia ha sido, en muchas direcciones, maldita. Porque si mal estaban las mujeres de los años 60 y 70, ni que decir tiene que las que hoy somos madres seguimos también unas pautas de comportamiento que nos han marcado, con el agravante de que encima nos hemos incorporado al mundo laboral oyendo aquello de que “nos hemos liberado”. Y ahí es cuando arde Troya. Porque ahora debemos ser la esposa perfecta que vela por el marido, por la casa, por la familia y por la transmisión de los valores. La hija amantísima que se vuelca con los padres y suegros y se convierte en la cuidadora de aquellas personas mayores dependientes que hay a su alrededor. Y por supuesto, en la madre ideal: la que trabaja ocho horas fuera de casa, la que hace la comida por la noche para que los niños se alimenten de la forma más sana y saludable posible y la que, a la vez, se da golpes de pecho cuando por cualquier motivo les tiene que dejar en el comedor del colegio. La que, además, se transforma en profesora y llegue a la hora que llegue a su casa, les ayuda a hacer los deberes. La que tiene que estar feliz por llevar a sus hijos al parque y socializar con el resto de las madres con las que sólo le une que sus hijos comparten espacio unas cuantas horas al día. La que compra los regalos de Navidad, la que ordena la casa y hace la lista de la compra, la que pone las lavadoras, la que incluso deja a su marido la ropa de los niños encima de la cama cuando ella se va a trabajar si es que él ese día libra o se levanta más tarde. La que va los sábados a ver a las criaturas jugar al fútbol, la que va a las excursiones del colegio, se fuma la catequesis entera… Y eso, trabajando 40 horas, o más, a la semana y manteniendo la sonrisa perfecta, la pestaña pintada y sin que se te mueva ni un solo pelo. Y eso sí. Con un gran sentimiento de culpabilidad. Porque si no, no eres una buena madre.

Y además de todo eso, decente, muy decente. El otro día me sorprendí diciéndole a mi hija de 14 años: “ten cuidado porque la mujer pierde todo su prestigio por el mismo motivo por el que un hombre lo gana”. No me atreví a enumerarle la cantidad de palabras que existen para denominar a una mujer cuya “virtud” esté en entredicho. Eso sí. No encontré ni una sola para un hombre que tenga el mismo comportamiento. Ni en el diccionario ni fuera.

Espero, y lo hago con auténticas ganas, que todo esto cambie y desaparezcan esos imaginarios que nos han hecho, y que nos hacen, la vida tan difícil. A las unas. Y a los otros. Que también ellos tienen lo suyo.

Más allá hay dragones

18/06/2013 en Doce Miradas por Ana Erostarbe

“Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio”. No lo digo yo, lo dijo Benedetti. Que yo soy muy de citas. Como Montaigne, suelo utilizarlas para expresar mejor lo que pienso; me permiten situar y condensar pensamiento. Entrañan esencia y casi siempre son el reflejo de algo más grande. En todo caso, yo añado al haiku del poeta que hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio de las mujeres (y tan poco naturales).

Cuando navego buscando alguna cita, suele costarme encontrar pensamiento femenino. Un día llegué así a la revelación nº 1: “apenas hubo expertas en el pasado que ocuparan la esfera pública”. Filósofas, matemáticas, científicas, políticas. Mujeres con algo que decir o alguien que las escuchara. La desproporción es tan abrumadora que parece que la Historia del Pensamiento hubiera jugado a esquivarnos. Me cuesta, de hecho, creer que seamos la mitad de la humanidad y madres de la humanidad al completo. Entender por qué desde que poblamos la Tierra —hace unos 200.000 años, según dicen— nos ha dado siempre más sombra que sol. Poco hemos lucido para el brillo que tenemos… Pero, vale. Construyamos. ¿Qué hay del presente?

El dragón y el equilibrio (Derechos de autor: sgrigor)Parece que todos, mujeres y hombres, tenemos ya nuestro papel en el gran teatro, ¿no? (Gracias por esta oportunidad que me han concedido…). Las mujeres podemos hoy día acceder allí donde queramos (soy algo cándida, lo sé), así que es comprensible que sean muchos quienes opinan que tras el voto y la incorporación masiva a la universidad y al mercado laboral, es sólo cuestión de tiempo que acabemos con las desigualdades a la hora de compartir turno de micrófono. Al menos en la parte privilegiada del mundo. “Tengan paciencia que todo se andará”, dicen. “Dejen que organicen manos más rápidas”, digo yo.

Admito, en realidad, que mi propia beligerancia sobre la cuestión ha ido creciendo. Que hasta ahora me tocaban más otras injusticias. Quizá por eso me gustó leer hace poco que Simone de Beauvoir —a quien imaginaba balbuceando proclamas sobre los derechos de la mujer desde la cuna— tampoco comprendió el alcance de su condición hasta cumplir los 40. Sumando la lógica y la experiencia, he concluido que esto que me sucede va a ser entonces cosa de la edad. Cumples años y el gin-tonic está rebueno de pronto, las arrugas ya no se borran con una siesta y, de la noche a la mañana, hay cosas que tu estómago no tolera más.

Así que va a ser cosa de la edad eso de acudir a un evento y no poder evitar que tus dedos cuenten por libre a los intervinientes: 21 hombres, 1 mujer; 11 hombres, 1 mujer; 42 hombres, 5 mujeres… Lo de implorar que este año no haya sólo corbatas en los diferentes premios a la “empresa vasca”. Lo de patalear al saber que ese museo que conoces bien no ha dedicado ni una sola muestra a una artista femenina en los últimos 10 años (y tú en la inopia). Cosa de la edad entonces lo de gruñir al saber que el próximo evento sobre la banca “con una mezcla de actores que reconoce la diversidad”, sólo contará con 1 mujer entre 17 hombres. O lo de revolverte al averiguar que una exposición de 46 ilustradores y humoristas recorre el país dando ejemplo sobre los derechos humanos sin el trabajo de una sola mujer. Si bien es cierto que el título les ha quedado logrado: “¿Todavía?¡Todavía hay silencios que son clamorosos, sí!

De modo que, por lógica de nuevo, llegaríamos a la revelación nº 2: “apenas hay mujeres expertas en el presente que ocupen la esfera pública”. Tan raras como son las perlas que se suben a la tarima para compartir conocimiento; las que son referente y modelo para las que vienen por detrás. Que ya se sabe que es más fácil desear ser lo que vemos que lo que hay que imaginar. La experiencia vivida me lleva, sin embargo, a cuestionar esta revelación, así que abrimos corchete con 3 opciones:
(A) Efectivamente, no las hay (expertas).
(B) Se esconden.
(C) Escasean los esfuerzos para buscarlas con el ahínco que el reto merece.

En lo que a mí respecta, me cruzo con profesionales valiosas cada día. En una proporción similar a la de hombres al menos. Me cruzo con ellas en el trabajo, en el parque o en el súper… Y aunque a menudo van corriendo, es un correr apresurado, de quien corre porque no le da la vida. No de quien se esconde. Así que no tengo dudas. Yo me quedo con la “C”. Y como soy la de las revelaciones, corrijo la nº2 que ahora quedaría así: “el número de expertas que adquieren visibilidad en la esfera pública no se corresponde con la realidad del ámbito laboral”.

Es entonces cuando las preguntas se atropellan ¿Hasta qué punto somos conscientes de la trascendencia de esta invisibilidad? ¿Dónde miran las instituciones y cómo es posible que dinero público acabe subvencionando muchas de estas reiteradas injusticias, para financiar a continuación políticas que promueven la igualdad? ¿Dónde miran los hombres? ¿Cómo apoyan a sus mujeres, hijas, amigas, hermanas? ¿Cuentan también con los dedos? ¿Y nosotras? ¿Dónde miramos nosotras? ¿Es este silencio un síntoma? ¿Relacionamos la falta de reconocimiento profesional con otras tantas injusticias de mayor calado? ¿Tendrá algo que ver con la predominancia de expertos masculinos (80%) en los medios de comunicación? ¿Y qué hacen los medios para remediarlo? ¿Y nosotras? ¿Pensamos en ello cuando nos ofrecen sacar la cabeza y decimos “no”? ¿Es falta de confianza? Si lo es, ¿en qué se basa? ¿Son acaso ellos perfectos? ¿No sabemos ya que si no encontramos el valor dentro, rara es la vez que llega de fuera? Además, ¿quién dijo perfección?

Y para terminar, la pregunta más seria de todas ¿No viene siendo hora ya de abrir este debate? ¿De encontrar puntos de encuentro entre excusas, realidades y anhelos para mejorar la foto de la esfera pública? No sólo porque el resultado final sería más justo, que la justicia no está muy en boga… Si no porque el resultado sería mejor. Que un evento compensado es mejor que uno esquinado. Igual que, a la postre, una sociedad equilibrada será necesariamente mejor que una que se cierra a la diversidad, reservando poder y decisiones a los Caballeros de la Mesa Redonda. Hombres y mujeres estamos hechos para convivir. Compartir. Somos complementarios. Los unos nos enriquecemos a los otros. Compartamos entonces cuando no hay muros lo que ya nos damos tras nuestras cuatro paredes. Compartamos voz.

Cuenta el personaje de ella en Memorias de África que cuando los descubridores llegaban al límite del mundo, escribían: “más allá hay dragones”. Quizá nos parezca que estamos en los confines. Cierto que nunca antes llegamos tan lejos, pero todavía queda trecho. Y si los sueños no nos asustan siquiera un poco, es que no son lo suficientemente grandes… ¿Quién dijo miedo?

Y ahora, la gran soñadora. Miss Nina Simone canta “I wish I knew how it would feel to be free” (no se pierdan el final).

Dicho por ellas I

13/06/2013 en Dicho por ellas por Doce Miradas

Ponte a buscar citas y te encontrarás con que la mayoría de las publicadas son dichas por hombres. Es por esto que en Doce Miradas estrenamos la sección “Dicho por ellas”. Aquí queremos visibilizar las aportaciones de las mujeres al pensamiento. Y qué mejor que arrancar con una que identifica a la perfección nuestro proyecto:

Concepción ArenalLas fuerzas que se suman para el bien no se suman, se multiplican.

Concepción Arenal (1820-1893).

Agradecemos tus aportaciones.

La mirada ultravioleta (o cuando ya nos hemos pasado)

11/06/2013 en Doce Miradas por Macarena Domaica

“Sólo se ve lo que se mira y sólo se mira lo que se tiene en la mente”.
Alphonse Bertillon, investigador francés de finales del s. XIX.

“El radicalismo de ayer se convierte en el sentido común de hoy”.
Gary Wills (1934), autor, periodista e historiador norteamericano.

LíneaHace un tiempo, al finalizar un seminario sobre análisis de género en la publicidad y la información, me coloqué esas gafas maravillosas que empoderan repentinamente a las mujeres que han aprendido a mirar: son las gafas violetas. Se mimetizan con tus ojos y no hay forma ya de desprenderse de ellas. El lenguaje sexista, las actitudes machistas se muestran en color fosforito en todos los aspectos de la vida. Hemos aprendido a detectar la desigualdad y ese logro condicionará ya para siempre nuestra visión del mundo.

Pero a mí me pasa que necesito graduarme la vista, porque no siempre veo con claridad. Soy consciente del desenfoque de mi mirada: de la mirada ultravioleta. Y sobre mi percepción de las cosas aparece esa sombra que me desconcierta y me hace sentir insegura. ¿Debo mostrar incomodidad cuando me muestran caballerosidad en el ámbito laboral? ¿Tengo que hacerle ver al camarero que la copa puede ser para mí y el refresco para mi compañero? ¿Debo ofenderme si en carretera me brindan ayuda para cambiar la rueda? ¿Afear la conducta a las profesoras de mis hijas cuando encabezan sus frases diciendo “Dile a mamá…”? ¿Puede Obama halagar a su amiga la fiscal de California, Kamala Harris, destacando su atractivo, después de haber ensalzado sobradamente sus méritos profesionales? Me voy a detener en analizar esta noticia, porque me sirve para poner sobre el tapete la dificultad que nos presenta en muchas ocasiones, la sana intención de detectar situaciones que desdibujan a las mujeres.

Éste fue el comentario de Obama: “Ella es brillante, dedicada y enérgica y es exactamente lo que uno quiere en alguien que administra la justicia, asegurando que todos reciban un trato justo. Además, resulta que es, de lejos, la fiscal general más atractiva“.

En su día (5/03/2013), las palabras del presidente de los EE.UU. provocaron la reacción inmediata de varios columnistas que calificaron el comentario de insultante:

Obama necesita ser educado en las cuestiones de género”.

El grado en que las mujeres son juzgadas por su apariencia, sigue siendo un obstáculo importante para la igualdad de género en el mercado laboral. Las mujeres tienen dificultades para ser juzgadas exclusivamente por sus méritos“.

Sin embargo, hubo también otros columnistas y editores que sacaron la cara al presidente y se cuestionaron si la polémica no habría sido exagerada: “¿Decir lo obvio convierte al presidente en sexista?”.

Esta noticia generó un cierto debate también entre nosotras, las Doce Miradas. A mi entender, es inapropiado destacar la belleza de una profesional, por mucho que se haya hecho referencia previa a su excelencia curricular. Me parece que actitudes como éstas descolocan a las mujeres que, repentinamente, se ven desarmadas de sus carteras y forzadas a sonreír y pudiera ser que a ruborizarse. Pero quizá en este caso la apreciación no sirva: a fin de cuentas ellos eran amigos y en su confianza mutua podría caber ese tipo de cumplidos. Lo cierto es que entre las Miradas hubo, precisamente, quien restó importancia al piropo de Obama, por entender que el presidente había reconocido suficientemente la valía de la fiscal antes de pretender halagarla por su atractivo físico.

Pero, hete aquí, que en los días en los que estaba preparando este texto, ojeando el Twitter me encontré con lo siguiente:

 

¿Y ahora qué? Hasta la fecha, a mis oídos no ha llegado ningún comentario cuestionando lo inapropiado de que mi admirada Julia Otero piropeara al alcalde de Vitoria-Gasteiz. Y tengo que decir que a mí tampoco me lo parece. ¡Lo que no sé es por qué no! ¡Si es lo mismo, pero al revés! Debe ser por aquello de la discriminación positiva: que mientras el panorama esté como está, tenemos que tener más cuidado desde un lado que desde el otro.

Yo no tengo el criterio claro. Dudo. En situaciones como éstas y en otras muchas, me pregunto cuál es la línea a partir de la cual nos pasamos de rosca, convirtiendo la cuestión de género en mirada ultravioleta.

La mirada ultravioleta atrinchera y demoniza actitudes que, en ocasiones, nacen de la normalidad con la que reproducimos comportamientos que, hasta el momento, no causaban la menor incomodidad. Nos movemos de puntillas por terreno pantanoso.

Confieso que me molesta mucho que el personal docente del colegio de mis niñas pida los datos completos de padres y madres al inicio de curso y, sin embargo, cuando llega el momento de dar un aviso, ocurra que el número de teléfono de los padres se desdibuje en las fichas hasta la ilegibilidad.

Pero reconozco que sí me gusta que me abran la puerta; no te digo ya, que me cambien la rueda. Y no siento que poner la copa en el sitio equivocado de la barra me reste igualdad de oportunidades en la vida. Creo que el sentido común es el menos común de los sentidos y es, precisamente, el que nos pone en bandeja la moderación.

La mirada ultravioleta provoca afecciones y desencuentros que nos desvían del sentido de llevar las gafas moradas: detectar la diferencia y acusar desconsideración; denunciar y ofrecer un sólido debate sobre el papel que desempeñamos, en aras de mover cimientos para levantar edificios sostenibles.

Pero no podremos hacerlo desde el conflicto permanente y las reivindicaciones ligeras. Estaremos perdiendo con ello una energía valiosísima que vamos a necesitar para participar, procurar el encuentro y, en definitiva, amueblar el escenario que acabaremos por compartir con los hombres.

Las gafas violetas no se hicieron para proteger nuestra mirada, sino para enfocarla. Serán un recuerdo bonito cuando podamos hacernos, bajo el sol de mediodía, una fotografía en la que no se advertirán sombras hacia ninguno de los lados.

“El violeta es el color del feminismo. Nadie sabe muy bien por qué. La leyenda cuenta que se adoptó en honor a las 129 mujeres que murieron en una fábrica textil de Estados Unidos en 1908 cuando el empresario, ante la huelga de las trabajadoras, prendió fuego a la empresa con todas las mujeres dentro. (…) En esa misma leyenda se relata que las telas sobre las que estaban trabajando las obreras eran de color violeta. Las más poéticas aseguran que era el humo que salía de la fábrica, y se podía ver a kilómetros de distancia, el que tenía ese color. (…) La idea es comparar el feminismo con unas gafas violetas, porque tomar conciencia de la discriminación de las mujeres supone una manera distinta de ver el mundo”.

¿Qué es feminismo? La metáfora de las gafas violeta. Coraly Leon.

Imagen de lulazzo (CC by-nc-nd)