Basado en hechos reales

noviembre 14, 2017 en Doce Miradas

Viajaba a solas en el metro de una ciudad extranjera, pendiente de cada parada. Interminable. Aun así, deseaba que no llegara nunca la suya. A pesar de la hora tardía, en el vagón quedaban varias personas. Mientras hubiera “público”, aun sentía algún tipo de protección. Lo que más miedo le daba era tener que salir a la calle de noche sin saber si el tipo que no dejaba de mirarle “así” le iba a seguir.

O tal vez no le estaba mirando. O tal vez no le miraba “así”. ¿Cómo “así”? Ya sabes, “así”. Tal vez se estaba obsesionando sin motivo.

Decidió cambiarse de asiento, tirando de maleta, abrigo y mochila. Él también se movió, aparentemente situándose para seguir mirando “así”. Ostras. Ensayó sostenerle la mirada, desafiarle. Pero eso solo funcionaba en la teoría. En la práctica no conseguía subir los ojos por más de un décima de segundo.

El nerviosismo empezó a apoderarse de su cuerpo. Miedo. ¿Miedo a qué, concretamente? No lo sabía, concretamente. Miedo. Miedo en sí. Miedo en general. Incluso un poco de pánico.

No tenía cobertura en el móvil. Imposible avisar a su hermano mayor para que fuera directamente a la estación a buscarle. Por otro lado, con 23 años, una carrera, un máster, deportista, habiendo viajado tanto “por el mundo”…¿cómo iba a explicar a su hermano que necesitaba que fuera a buscarle? Qué absurdo. No le iba a creer.

Llegó su estación. No había más remedio que bajar. El hombre también bajó. Confirmado. Sí que le estaba siguiendo. ¿O no? Sentía definitivamente que sí, que le seguía. ¿Sentía? ¿Qué significa eso de sentir?

De hecho solo era capaz de sentir. No podía pensar. ¿Cómo que no podía pensar? Es que resulta que no es posible pensar cuando estás en modo bloqueo. Como en sueños que son pesadillas pero que son hoy, que son ahora.

Al final de la escalera, un grupo de chavales de edad parecida. “Oye, ese tío de allí me está siguiendo. Lleva como media hora mirándome. Os importa que me quede con vosotros?”

 

“¡EH TU!” Le empiezan a gritar. “Que te pires!”

“Ese es un colgao. No te preocupes.”

Esperaron juntos hasta que llegó su hermano mayor.

“Gracias, gracias, joder qué fuerte”.

 

Esa noche prefirió dormir con su hermano. Durante varios días prefirió no viajar en metro. Hasta que se le fue pasando. Poco a poco.

¿Cómo es posible se haya sentido así? Aparentemente incapaz de reaccionar. ¿En realidad, qué había pasado? No había pasado nada ¿Se lo había imaginado? Por momentos le enrabietaba pensar que por ese “episodio” se había pasado una semana sin entrar al metro, cambiando sus rutas, evitando lugares oscuros, andando con la cabeza gacha en vez de disfrutando como cualquier turista joven y libre. Le enrabietaba no poder sacárselo todo de la cabeza.

¿Por qué no se enfrentó a él?

“Le tenía que haber dado dos hostias,” le dijo a su padre, interpretando el papel que se esperaba de él (porque para ser hombre hay que ser fuerte, un héroe, educados en la valentía por encima de todo)

“Con esto que me ha pasado, solo esta vez …. estoy empezando a entender lo que llegáis a sentir tantas mujeres cada día,” le dijo el chaval a su madre, esta vez libre de interpretar ningún papel (entendiendo, como hombre, que para que sean mujeres se les dice que deben ser débiles, víctimas, y se les educada en la precaución y el miedo por encima de todo).

Resulta que ninguno de los dos roles son la verdadera esencia de ninguna persona.

Clara Serra Sánchez:

“Comparto con vosotros y vosotras una experiencia que vivimos ayer, una muestra más de que a las mujeres nos han educado en el miedo y la percepción de ser víctimas, y de lo necesario que es empoderarnos respecto a ello.”

 

Walale

octubre 31, 2017 en Doce Miradas

“5:30 de la mañana. Amanece en la aldea, muy cerca de Kunhinga. El canto desgarrador del gallo rompe el silencio del alba. Esta vez no ha sido tan molesto como sus anteriores actuaciones, a la 1, 3 y 4 de la madrugada.

Luisa ya había amanecido antes. Estaba preparando la ropa de sus 4 hijos varones y sus dos hijas que se tenía que llevar a lavar al pozo.

Poco más tarde, despertaba a sus dos hijos pequeños y los cargaba en brazos. Le acompañarían a lavar la ropa al pozo, ropa que llevaba en un gran cesto hábilmente colocado en su cabeza.

Recorre los 2km que le separan de su destino, y cuando llega hay 3 mujeres más allí, acompañadas también de varios niños y niñas pequeñas. Walale, saluda. Dalale, le responden las demás.

Pasa el tiempo y se siguen uniendo algunas mujeres a limpiar sus ropas. Algunas de las niñas que se encuentran allí aprovechan el pozo para bañarse también. No dejan pasar la oportunidad que les brinda uno de los pocos asentamientos con agua de las proximidades. Después llenarán también algunas garrafas de agua para llevar a sus casas. Hoy no han venido perros a beber agua de allí”.

“Walale” es el saludo habitual en Umbundu, lengua de la provincia de Bié en la que se encuentra Kunhinga, en pleno corazón de Angola. Quiere decir algo más que un “hola”, es el primer saludo del día, algo así como ¿qué tal te ha ido la noche? o ¿está todo bien?

Desde hace ya 4 años, Tania Arriba, Patricia Pérez de Villarreal, Saioa Ajuriagojeaskoa, Amaia Emaldi y Amaia Ormaza, 5 médicas vizcaínas de los Hospitales de Basurto y Galdakao viajan a esta localidad para ayudar en trabajos de cooperación en el Hospital de Vouga. Todos los años invierten una buena parte de sus vacaciones en atender las necesidades de la población de esta zona rural, y aunque no cuenten con todos los medios necesarios para conseguir intervenciones óptimas, la labor que realizan es digna de admiración. Ahora están embarcadas en un proyecto de cooperación para instalar una potabilizadora de agua en las proximidades de este hospital, al que han denominado “Walale, agua y salud para Angola”, que tiene como objetivo proporcionar la cantidad de agua potable necesaria para atender al hospital y a las poblaciones rurales de alrededor. De esta manera, quieren mejorar la calidad de vida de las personas hospitalizadas y de los núcleos rurales cercanos al hospital. La falta de agua potable es un problema que causa gran mortalidad.

Lideresas

Las representación de las aldeas está compuesta básicamente por mujeres. De hecho son mujeres las que lideran las aldeas. Son ellas quienes coordinan y cuidan el buen funcionamiento y convivencia en las mismas. Profesoras, enfermeras, limpiadoras del hospital, son mujeres que destacan bien por su profesión o por su personalidad embaucadora.

Estas mujeres son clave para el proyecto Walale. Se han firmado acuerdos con ellas para que asuman la responsabilidad de sensibilizar y formar a las personas de sus aldeas en temas relacionados con medidas higienico sanitarias.

En la calle, en el mercado, en el pozo, la inmensa mayoría son mujeres. Ellas toman las decisiones que afectan a la familia, a la aldea y a sus grupos comunitarios. Cuidan de los niños y niñas, y hacen las  tareas del hogar. También son las que trabajan en las tierras. Es bastante habitual también ver a niños y niñas trabajando la tierra.

Es destacable la contribución realizada por estas mujeres al desarrollo de su comunidad. Hace apenas dos semanas, se celebró el Día Mundial de las Mujeres Rurales, donde se recordó la falta de igualdad de oportunidades de las mujeres que trabajan en el campo respecto a sus homólogos masculinos, a pesar de su gran representación a nivel mundial (⅓ de la población). Como señala ONU Mujeres, cuando se trata de la posesión de la tierra y del acceso a los insumos, la financiación y la tecnología agrícolas, las mujeres se ven mucho más relegadas que los hombres.

Violencia de género

Luisa adao, es la mujer en el centro.

Luisa Adao es la presidenta del área social de Kunhinga. Entre otras funciones, acompañan a las mujeres y sus hijos e hijas en su convivencia con los hombres cuando hay algún conflicto. Es habitual que el hombre abandone a su familia para estar con otras mujeres, ya que en esta parte de África está muy extendida la infidelidad por parte del hombre, e incluso la poligamia (aunque no sea legal). Las agresiones físicas y sexuales en la pareja también están a la orden del día. En Angola cerca de 2000 mujeres son agredidas diariamente.

Las mujeres acuden a Luisa para exponerle sus problemas con su marido, y el área social organiza un encuentro con el hombre para dialogar y ver cómo pueden llegar a un acuerdo, sobre todo para la crianza de los hijos e hijas. En estos casos, se suele acordar que parte del sueldo del hombre vaya destinado a sus descendientes. Si el hombre no acepta, se acude al tribunal de la sede de Kunhinga, para que paguen el porcentaje correspondiente de su sueldo a cada hijo o hija menor.

Pero no es fácil llegar a dar este paso. En Angola 1 de cada 4 mujeres justifica y acepta las agresiones de su marido. En demasiadas ocasiones creen que el marido tiene motivos para pegarlas: atreverse a discutirle, que se le queme la comida, salir de casa sin avisar o rechazarle cuando le proponga mantener relaciones sexuales. Este problema se agrava en las zonas rurales, donde las denuncias por violencia de género son menores que en las ciudad (en muchas ocasiones por desconocimiento o por ineficacia del sistema).

Otra de las funciones del área social es la de organizar charlas e informar sobre temas que afectan muy directamente a la mujer, como el embarazo precoz o los riesgos de las relaciones sexuales sin protección. Intentan concienciar a una sociedad que tiene una de las tasas de fertilidad más altas del mundo (6 descendientes por mujer). Gran labor la realizada por estas mujeres.

Ellas organizan, él las vigila

Una de las cosas que más sorprende a estas 5 médicas en cada viaje es la casi nula presencia de hombres durante el día en las aldeas rurales. La única excepción son los niños, que aún no tienen la suficiente edad para realizar los trabajos destinados a los hombres. Los hombres no suelen trabajar en la aldea. Suelen ir a diario a la ciudad para otro tipo de trabajos (sobre todo construcción o mercadeo). Cuando llega la tarde se ve a alguno que regresa a la aldea. Ebrio, en muchas ocasiones.

También hay otra excepción. Hay un hombre que está todo el día allí: el “Soba”. El Soba es una especie de “vigilante” que vela por la seguridad de la aldea, y es el encargado de que se cumplan las normas. A pesar de que hablaba anteriormente que son las mujeres las que se organizan para tomar las decisiones que afectan a la aldea, tienen una especie de “Jefe” que vigila sus movimientos, e informa al representante del Gobierno en caso de no poder solucionar él mismo lo que considera “salirse del guión establecido”. Ellas organizan, él las vigila.

Tania, Patricia y las dos Amaias han vuelto hace un par de semanas de su último viaje a Angola. Aún tienen mucho que hacer allí. Si consiguen recaudar el dinero suficiente (40.000 euros) el año que viene se instalará una potabilizadora de agua junto al Hospital de Vouga. Y salvarán vidas.

Volverán a ayudar a todas las personas enfermas que lo necesiten. Volverán a llorar, volverán a reír y volverán a vivir una experiencia única que las seguirá marcando de por vida.

Volverán a ser testigos de la fuerza de la mujer en aquellas tierras y junto a ellas trabajarán por mejorar su calidad de vida.

Y las que nos quedamos aquí, nos quedaremos con el corazón encogido. Nos quedaremos con la frustración de no poder hacer más. Pero también nos quedaremos con la esperanza y con la ilusión de escuchar de primera mano sus experiencias y poder colaborar en todo lo que nos sea posible.

Y si tenemos la ocasión, seguiremos mostrando al mundo pedacitos de cómo es la vida en la zona rural de Kunhinga.

Mientras tanto, nos quedamos con esto…

Pues no lo veo, chica

octubre 17, 2017 en Doce Miradas

Pues no lo veo, chica… (o  la danza del desencuentro en esto del mirar, en tres tiempos).

I

Pues no lo veo, chica – Ya lo dijo. Acompañada de un gesto de “ya está esta exagerada”, esta frase cierra toda posibilidad para continuar esa conversación en la que la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres es  una realidad “prácticamente conquistada” según su mirada.

Las cosas han cambiado mucho, eso no me lo puedes negar. Habéis “conseguido” mucho. Creo que vivís rayadas y no reconocéis que tenéis “prácticamente” -repite de nuevo lo de prácticamente- las mismas oportunidades que nosotros, sólo que vosotras tenéis otras prioridades.

II

Pues no lo veo, chica.

Y si no lo ves, no lo crees. O será que si no lo crees no lo ves. Y si no lo ves, no te mueves.

Y ¿cómo puedes no verlo, si los datos, los testimonios y la realidad son diarios? ¿Y son datos claros, inequívocos y alarmantes?

¿Por qué no lo ves? ¿Para qué no lo ves? ¿Desde qué posición estás mirando? ¿Qué privilegios quiere salvaguardar  esa mirada? ¿Qué (carajo) estás protegiendo?

III

Pues no lo veo, chica.

¿Quieres que te lo dibuje?

 

Datos mundiales (2016 y 2017).
Artículos consultados, entre otros:

http://www.lasexta.com/noticias/sociedad/violencia-genero-principal-causa-muerte-mujeres-mundo_20150815572480c94beb28d44600afee.html

http://www.lavanguardia.com/de-moda/20161013/41977528314/premio-nobel-nobel-bob-dylan-hombres-mujeres-desigualdad-feminismo.html

http://www.unwomen.org/es/what-we-do/leadership-and-political-participation/facts-and-figuresvhttps://www.internationalwomensinitiative.org/news/2016/6/24/gender-based-violence-around-the-world-are-we-doing-enough-to-stop-it

Big Little Lies, la sororidad en tiempos difíciles

octubre 3, 2017 en Doce Miradas


Confieso que no soy de series televisivas. A no ser por una buena recomendación nunca hubiera visto ‘Big Little Lies’, una miniserie de siete episodios y una de las ganadoras en la última gala de los Emmy. Y menos aún hubiera pasado del primer capítulo en el que se presenta a tres mujeres ricas con vidas aparentemente perfectas en el marco incomparable de Monterrey, un pueblo al norte de California en el que nada es lo que parece.

little big liesLo que, aparentemente, pintaba una aburrida historia sobre los problemas cotidianos de estas tres madres, Madeline, Celeste y Jane, ha dejado ocupada una parte de mi cerebro con flashes intermitentes de escenas dulces y amargas. Hace mucho que no disfrutaba (o sufría) con un drama como el de esta miniserie. ‘Big Little Lies’ es, sin duda, un relato sobre las mujeres, las relaciones entre ellas y la violencia de género.

No voy a hacer spoiler, aunque sí contaré que estas tres mujeres, con mucho más en común de lo que ellas mismas piensan, poco a poco van mostrando la tensión de sus propias vidas, sus relaciones de pareja y familiares, sus cargas, sus emociones y su manera de enfrentarse a todo esto. Las tres son madres pero representan diferentes perfiles: Jane es una mujer joven que huye de un doloroso pasado; Madeleine es una mujer popular en el pueblo con una vida dedicada a su familia; Celeste es una ex-abogada venida a ama de casa, un papel con el que no parece sentirse del todo cómoda.

Este primer círculo se abre a un círculo más amplio de mujeres -cuyo nexo de unión es el colegio público (algo surrealista) al que llevan a sus hijos e hijas- para tratar el tema de la maternidad, las diferentes formas de enfrentarla, los roles tradicionales, las relaciones de poder y las luchas por imponer criterios. La línea divisoria entre estas mujeres está entre aquéllas que dejaron sus carreras profesionales para dedicarse a su familia y las profesionales ‘triunfadoras’.

La rivalidad entre mujeres, una creencia muy extendida en nuestra sociedad, está presente a lo largo de toda la serie. Como también lo están los lazos de amistad, la empatía, la ayuda o el mirar sin juicio que surge entre ellas; también esto ocurre en nuestra sociedad, aunque haya quien se empeñe en enfatizar más la rivalidad que la sororidad porque nadie ve las cosas tal y como son, las vemos como somos nosotros/as.

En esta serie los personajes son complejos, con inquietudes y contradicciones, como lo es el personaje de Celeste, genialmente interpretado por Nicole Kidman. Celeste guarda un oscuro secreto, sufre violencia de género en el hogar; duele conocer la historia de una mujer y sus contradicciones, esas que no le permiten identificarse a sí misma como víctima. ‘Big Litlle Lies’ sabe contar la transversalidad del abuso y la violencia machista, que se ceba con mujeres de cualquier edad, sexo, raza o religión, solo por razón de género. En lo que llevamos de año, 43 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas; o lo que es lo mismo, una mujer es asesinada cada cinco días por violencia de género (sin olvidar que cada ocho horas se produce una violación).

Detrás de cada una de estas mujeres hay una vida, hay una historia como la de Celeste. Y por eso duele tanto, porque esta es una historia de verdad, una historia amarga que ocupa mayor espacio por conocer su vida, sus relaciones, sus hijos, sus intereses y sus miedos. Y ese espacio no lo ocupan las 43 mujeres asesinadas durante este año (un día después de publicar este artículo son 44); conocer nos hace daño y no conocer nos protege de sufrir y, al mismo tiempo, nos hace abandonar un poquito a quien sufre y dejar que la realidad continúe oculta y silenciosa. La sororidad es doblemente útil en tiempos difíciles.

Ni putas ni sumisas

septiembre 19, 2017 en Doce Miradas

A comienzos de la década de 1990 se degradaron notablemente las condiciones de vida de las jóvenes de las barriadas obreras de Francia con numerosa presencia de población de origen magrebí. Simplificando mucho, podríamos decir que desde dentro del barrio a las mujeres jóvenes se las percibía como putas y desde fuera, como sumisas. Ambas cosas eran falsas.

El momento crítico se alcanzó el 4 de octubre de 2002: Sohane, una joven de diecisiete años, fue asesinada en el sótano de un barrio obrero de las afueras de París. Este crimen fue el detonante de la fundación del movimiento Ni Putas Ni Sumisas (NPNS), pero antes habían sucedido otras muchas cosas que lo fueron cimentando. Nos lo cuenta todo Fadela Amara, una de las fundadoras y dirigentes del movimiento,  en un libro que se titula también “Ni putas ni sumisas”. Amara, entre otros cargos, fue Secretaria de Estado de Políticas Urbanas durante la presidencia de Nicolas Sarkozy.

 

Todo empeoró hacia 1990

La autora de este libro, publicado por Cátedra en 2004 con traducción de Magalí Martínez Solimán, nos cuenta en la primera parte del volumen que también ella es una chica de barrio nacida en 1964 en Clermont-Ferrand, una ciudad obrera del centro de Francia donde todo giraba alrededor de la fábrica de Michelin, y que creció en la típica familia magrebí con otros  seis hermanos y tres hermanas.

Amara trabajaba en la Maison des Potes de Clermont-Ferrand, una asociación para la mejora de las condiciones de vida de los barrios, auspiciada por SOS Racismo, cuando empezó a detectar los primeros indicios de degradación en la situación de las jóvenes, que coincidió con la entrada en escena de los hermanos mayores. Las jóvenes debieron sumar a las presiones que recibían de parte de su familia y su tradición (menor autonomía para entrar y salir, normas de vestimenta y, en algunos casos, confiscación del sueldo completo), las obligaciones que empezaron a imponerles los chicos.

Esto coincidió con una época de grave crisis económica para la clase obrera francesa. Los inmigrantes fueron los primeros afectados por los despidos de la reestructuración industrial  y los padres de familia se encontraron sin trabajo, sin estatus social. Esto invirtió los papeles en las familias y acabó con la autoridad paterna. Hasta entonces los padres eran la autoridad familiar, establecían las reglas de la vida común y arbitraban los conflictos entre hermanos. El desempleo les hizo perder estas prerrogativas, que pasaron al hermano mayor.

Asumida la autoridad en la familia, los chicos pasaron a ejercerla también en el barrio. Su misión era proteger a las hermanas de los “depredadores” y mantener su virginidad hasta que se casaran. Esto al principio solo afectaba a las hermanas, pero luego pasó a afectar a toda la barriada. Así perdieron las jóvenes buena parte de las libertades conquistadas durante las décadas de 1970 y 1980.

Esta presión se acentuó y se hizo opresión. Se instauró un auténtico control sobre la vida de las chicas, sobre sus idas y venidas. Las salidas se redujeron; se les imponía una hora de regreso y la obligación de ir siempre acompañadas. Se instauró un control estricto de sus amistades masculinas y proseguir los estudios se convirtió para ellas en una auténtica batalla.

En una etapa siguiente, la misión de vigilar a las hermanas no recaló unicamente en el hermano mayor, sino en todos los chicos del barrio. Así, chicos sin trabajo apostados en la calle, con el pretexto de controlar a las chicas, ejercían contra ellas la violencia verbal, las insultaban. Cuando las encontraban en la calle, les decían que volvieran a casa o le contarían a su hermano dónde las habían visto y con quién.

En otra etapa ulterior, los chicos pasaron a la intervención directa, a molestar a las chicas. A partir aproximadamente de 1995, la violencia se extendió por los barrios de la mano de la descomposición social. Las chicas tenían prohibido maquillarse o vestirse a su antojo. Se acabaron los vaqueros y las camisetas. Las trangresoras eran directamente “putas”. En una fecha que Fadela Amara no precisa, comenzaron a aumentar alarmantemente las violaciones en grupo y los asesinatos.

¿Cómo reaccionaron las chicas?

Pues, como era de esperar, de manera diversa. Unas interiorizaron este control y regresaron a las tradiciones patriarcales.

Otras optaron por parecerse a los chicos, imponerse para que las respetaran y adoptar sus herramientas y armas. Así, apareceron en los barrios pandillas solo formadas por chicas, vestidas con chándal para no asumir su feminidad, que utilizaban la violencia como forma de expresión.

Una tercera modalidad de comportamiento es la que Amara llama “convertirse en fantasma”, ser transparente, invisible, pasar desapercibida y hacer todo lo posible por salir del barrio.

En el capítulo dedicado a la reacción de las muchachas ante el machismo y la violencia crecientes, Amara se detiene a hablar de las niñas sacadas tempranamente de la escuela, los matrimonios forzosos y, sobre todo, el velo islámico, que tanto revuelo mediático y no solo mediático ha levantado en Francia y no solo en Francia. Al velo y a lo que representa para las musulmanas, que en esto son muy diversas, dedica Amara páginas y páginas, así que, a modo de resumen, os diré que no es en absoluto partidaria y lo considera un símbolo de la opresión femenina.

Foto: “La muralla china”, bloques de viviendas sociales en Clermont-Ferrand
De ThomasInTheSky, en Wikipédia

 

Manos a la obra

Ya en 1989 en la Maison des Potes de Clermont-Ferrand habían creado una Comisión de Mujeres para hacer frente a la violencia que en adelante no hizo sino crecer: secuestros, repatriaciones, matrimonios forzosos e incluso asesinatos de hijas “descarriadas”.

En junio del año 2000 organizaron un seminario de formación en feminismo que fue un gran éxito y, así, se animaron a preparar durante 2001 los Estados Generales de las Mujeres de los Barrios. El primer paso lo constituyeron los Estados Generales locales, que se celebraron en ciudades grandes del país, con el objetivo fundamental de que las chicas supieran que lo que les sucedía no era algo aislado, sino que esa misma situación se repetía en los suburbios de Estrasburgo, Burdeos o Marsella. También se trataba de alertar a la opinión pública y, por supuestos, a los poderes públicos también.

Con el fin de que las jóvenes tomaran la palabra, rompieran la omertà, la ley del silencio,  y le plantaran cara al “sistema de los hermanos”, difundieron entre ellas un cuestionario con preguntas sobre violencia, sexualidad, tradiciones o religión y recibieron más de cinco mil respuestas. Con ellas elaboró la socióloga Hélène Orain el Libro blanco de las mujeres de los barrios, que dibujaba un preocupante panorama de violencia, desestructuración social, guetización, discriminación étnica y sexista y regreso forzoso a las tradiciones, con resurgimiento de prácticas como la poligamia.

Así llegaron el 26 y el 27 de enero de 2002 los Estados Generales de las Mujeres de los Barrios, que se celebraron en la Sorbona. Participaron más de trescientas mujeres, solo mujeres; se decidió así porque durante los anteriores encuentros locales, muchas chicas habían manifestado que les resultaba difícil hablar cuando tenían hombres delante. Trataron cuatro grandes bloques temáticos: sexualidad, tradiciones, religión y formación y empleo.

Dos meses después, en marzo, publicaron un manifiesto, que titularon Ni putas ni sumisas. Buscaban un lema incisivo, escandaloso y eficaz y partieron de la expresión “todas putas menos mi madre”, porque les parecía que ilustraba la manera en que los hombres consideraban a las mujeres en las barriadas. Enviaron este texto a todos los candidatos a las elecciones presidenciales de abril de 2002 y apenas obtuvieron respuesta.

Entonces se les ocurrió la idea de organizar una marcha pacífica, inspirada en las de Gandhi o Martin Luther King, protagonizada por chicas y esta vez también chicos de los barrios obreros. Se bautizó con un nombre largo: Marcha de las mujeres de los barrios por la igualdad y contra el gueto.

Entre tanto, en noviembre de 2002, Sohane, de diecisiete años, fue asesinada por un muchacho en Vitry-sur-Seine y fue una conmoción. En su recuerdo, la marcha comenzó en esa misma localidad el 1 de febrero de 2013 y durante cinco semanas recorrió veintitrés etapas.

En palabras de la propia Amara, el mayor éxito de la marcha fue convencer a las chicas más renuentes a reconocer la opresión en la que vivían, ya que algunas lo negaban rotundamente y afirmaban que a ellas no les pasaba nada de lo que la marcha denunciaba. Estas chicas habían asmilado las normas sexistas sin ser conscientes; las habían integrado tan bien que pensaban que las habían escrito ellas mismas. Una de ellas le confesó a Amara: “Este año he hecho tantas tonterías que en verano me van a casar en Argelia”.

Por supuesto que también tuvieron detractores. Era de esperar que, al haber obligado a la sociedad a abrir los ojos ante una realidad que no quería ver, se encontraran, por ejemplo, con grupos de chicos agresivos que irrumpían en los debates. En alguna ocasión tuvieron cara a cara a muchachos que habían participado en violaciones colectivas y no entendían qué les reprochaban ni por qué cuestionaban y denunciaban sus actos. Tuvieron que explicar una y mil veces que la marcha no iba contra padres ni hermanos, ni contra el Islam; que pretendía salir de aquella espiral de violencia que destrozaba a todo el mundo en el barrio.

El final de la marcha se hizo coincidir con el 8 de marzo de 2003 y en abril del mismo año
NPNS se convirtió en movimiento, en asociación. No había transcurrido esa misma primavera cuando se creó también la asociación Ni Machos ni Proxos (proxo en francés es abreviatura coloquial de ‘proxeneta’) para oponerse a su movimiento y negar la realidad que describía. Miembros de Ni Machos ni Proxos se acercaron a un encuentro celebrado en Asnières con la sana intención de sabotearlo. Dejaron claro que no estaban allí  para participar ni escuchar, sino para socavar el trabajo de NPNS.

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Fadela Amara dedica los últimos capitulos de su libro a hablar de las acciones que el movimiento ha emprendido desde entonces, que han sido muchas y variadas. Si tenéis curiosidad, también podéis echar un vistazo a su web: www.npns.fr. Salud, hermanas.

Mariana

septiembre 5, 2017 en Doce Miradas

Mariana no sonríe. Nunca. Fue un proceso paulatino, y tocó techo la noche en la que Manuel llegó borracho de la cantina, y le rompió los dientes de un sonoro puñetazo cuando ella rechazó sus manos y sus besos, arrinconándose en la litera que comparten.
Poco quedaba ya de la pasión juvenil que, de la noche a la mañana, hizo que dejase su aldea para unirse al grupo de rebeldes que marchaba hacia la selva. Mariana es guerrillera accidental, y desde entonces también es la compañera de Manuel, la única mujer de la tropilla, un trabajo a tiempo completo: lava para él y sus compañeros, cocina, recolecta o roba lo que necesitan para comer. Porque es guerrillera, sí, pero ante todo es compañera y mujer. Hace unos años sumó a sus tareas la de ser la puta del destacamento: sus compañeros (ellos) lo acordaron en democrática decisión, como vía de desfogue tras semanas de caminatas y luchas. Alegaron que, además, así estaría mejor preparada para no delatarse en los encuentros con los paramilitares, que acostumbran a violar a las mujeres, bien como entretenimiento, bien como parte del escarmiento general.
La mañana siguiente a romperle la boca y la sonrisa, Manuel preguntó a Mariana qué había pasado. “Esta vida de mierda”, le dijo en una torpe disculpa. Dice que no consigue recordar esa noche. Mariana, sin embargo, no logra olvidarla.

 

Quería escribir sobre las mujeres en los conflictos armados, pero la historia de las Marianas de la guerra se me ha quedado atragantada entre los dedos. Me la contaron hace unos días, y no he logrado que salga de mi cabeza.
Sobra decir que no se llama así. Y que Mariana no es de un lugar concreto. No la busques en una guerrilla, en singular, ni en un lugar en particular. Esta Mariana concreta no existe, pero es, a la vez, miles de mujeres. Ocurre lo mismo con tantas y tantas historias del infierno que se van perdiendo para siempre, porque sus protagonistas, ellas, no son reconocidas como voces autorizadas para relatar sus propias vivencias. ¡Qué despropósito!
Mariana es tan solo una de las miles de mujeres víctimas directas de los conflictos armados. Nada nuevo, nada diferente a lo que puedas estar imaginando: el cuerpo de las mujeres ha sido siempre un campo de batalla, tanto más en la guerra y en sus diferentes vertientes.

Quería escribir sobre la situación de las mujeres en los lugares del mundo donde la guerra y sus demonios son el pan suyo de cada día. Y quería hacerlo porque, en mi ignorancia, he sabido que es relativamente novedosa la intervención de los poderes públicos internacionales en esta realidad (conocida o intuida, pero ignorada de forma sistemática). El 19 de junio del 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la resolución por la que se declara esta fecha como Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos.

Un año después, en marzo de 2016 un tribunal íntegramente femenino de la Corte Penal Internacional dictó su primera condena por delitos sexuales y de género cometidos por el exvicepresidente congoleño Jean-Pierre Bemba.

 

La dominación sobre las mujeres es el único régimen de poder que ha sobrevivido a todas las fórmulas a lo largo de la Historia, así, con mayúsculas. Por siglos y siglos, los seres humanos hemos experimentado todo tipo de maneras de control y dominación sobre nuestros semejantes: hemos tenido regímenes teocráticos, imperios, democracias más o menos avanzadas. Hemos tenido reinos, repúblicas, asociaciones libres de comunidades. Hemos tenido ejércitos y sociedades desmilitarizadas (pocas…). Reyes, presidentes, parlamentos, senados, tribus de ancianos, asambleas de notables. La única forma de poder que no ha languidecido en todo el tiempo que habitamos este planeta es la que somete a las mujeres. La que las considera inferiores, la que las explota como meros instrumentos de reproducción, la que las domina como aviso a navegantes, la que las cosifica como herramientas del placer sexual de los hombres. Las mutaciones que este sistema ha ido experimentando son notables, qué duda cabe, pero si te atreves a mirar a la Historia con gafas de ver de lejos, enseguida reconoces los rasgos comunes, las mismas estrategias que convierten al patriarcado y al machismo en la ideología más resistente, la más duradera, la más difícil de destruir.

Quería escribir sobre la guerra, pero Mariana me ha recordado que usamos los conceptos amplios para esconder, consciente o inconscientemente, las realidades sobre los que se construyen. Que no es posible entender, en su extensa dimensión, la situación actual de las mujeres sin situarla en el contexto de la ideología del poder.

Las agresiones sexuales son ataques de poder.

La violencia de género es poder.

Incomodar a las mujeres en la calle con frases soeces es poder.

Alimentar los estereotipos de género y arrinconar a las niñas en los roles femeninos es poder.

Interrumpir a las mujeres por el hecho de serlo es poder.

 

Son formas de entender el poder que se nos han metido hasta el tuétano, bien por la costumbre, por la educación, por los modelos que perpetúan los medios de socialización, o bien por el miedo y los consejos bienintencionados que han hecho tan resistente este modelo de poder.

No he podido escribir sobre la guerra, sólo sobre la guerra, porque también los conflictos forman parte de esta realidad. Son la cara amarga de la pobreza, de la dominación, de la rabia, del dolor común y del privado. Y hay tantas guerras como hombres y mujeres, niños y niñas, que las viven. Aunque cuando nos cuentan qué está ocurriendo las crónicas suelen limitarse a una sucesión de hechos, avances, datos y análisis políticos o económicos, convendría tener en mente que es imposible hacerse a la idea de su verdadera dimensión sin reconocer la pobreza, la dominación, la rabia y el dolor de las Marianas que la sufren.

 

Mariana ha empezado a desaparecer. Y no podremos conocer su historia mientras las verdades de tantas mujeres permanecen escondidas. Otra Mariana explicaba hace unos meses cómo logró sobrevivir a sus infiernos, a los de la guerra externa y también a los de la guerra inacabable que las mujeres siguen librando. “Si parpadeas seguido, las lágrimas no caerán”.

 

Bonus track

Quería escribir sobre la guerra y las mujeres, pero con una historia enredada no resulta sencillo. Para encontrar las claves, te invito a que consultes las fuentes de ONU Mujeres, sus propuestas para la paz y la seguridad de las mujeres. Y si quieres profundizar aún más, aquí te dejo un estudio de Valentín Bou Franch sobre los crímenes sexuales en la jurisprudencia internacional. Y también el acceso a este completo estudio, “Como la cigarra. Notas sobre violencia sexual, jurisprudencia y Derechos Humanos” de Violeta Cánaves.

Y si todavía tienes algo de tiempo para un buen libro, puedes buscar “La guerra no tiene rostro de mujer”, de Svetlana Alexiévich, una obra en la que rescata la historia de las miles de mujeres, casi un millón, que combatieron en el Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial, una historia de la que, tal vez, no hayas oído hablar; no parece que sea casualidad. Por cierto, Alexiévich ganó el Nobel de Literatura en 2015.

¿Dónde están las mujeres?

julio 18, 2017 en Doce Miradas

La primera vez que esta pregunta captó profundamente mi atención fue hace ya algunos años en el Teatro Campos Eliseos de Bilbao. No importa tanto el acto, quienes asistieron lo recordaran, pero importa que quedó en la retina de muchas de nosotras y, afortunadamente también, de algunos de ellos. De hecho, podríamos decir que aquel acto nos dio el empujón definitivo a algunas de las Doce Miradas para decir, “algo tendremos que hacer”.

¿Dónde están las mujeres? Esa fue la gran pregunta que nos formuló el entonces director general de Cadenas Vicinay, Luis Cañada, cuando se dirigió al público tras recoger uno de los premios que se concedían en aquella ocasión. En su discurso de agradecimiento y, con esa forma extraordinaria que tiene Luis de contar historias, nos trasladó a todos esta pregunta que, en más de una ocasión, le hacían representantes de empresas y organizaciones noruegas cuando venían a trabajar a Bilbao: ¿Dónde estás las mujeres?

Que esta pregunta empiece a formularse en los diferentes actos, seminarios, eventos  y conferencias que se organizan por todo el mundo y, por supuesto en Euskadi, es una buena noticia. Que la formule un hombre tiene el doble de valor. Porque muchas veces hemos comentado que la falta de igualdad entre mujeres y hombres no es un problema de las mujeres, es un problema de toda la sociedad.

Sentirse incómodo

Y lo tuvo que hacer porque se vio en un escenario rodeado por hombres, solo hombres, hombres premiados, con premios entregados por hombres, lo que debió de resultar para él algo muy incómodo. Con esa sensación y viendo que también las primeras filas del auditorio, las que son ocupadas por autoridades y representantes empresariales, Luis Cañada nos lanzó la pregunta. Y esta es para mí una de las claves más relevantes que encontramos en este agotador camino hacia la igualdad real entre hombres y mujeres. Que fuese un hombre el que se atreviese a formular en alto, en público, lo que muchas veces pensamos. Pero por favor, ¿dónde están las mujeres?

Así que volvamos a la pregunta. Al hecho de que alguien pueda formularla. Y que ese alguien sea un hombre, aunque las mujeres también debemos seguir ajustando la mirada, porque queda mucho trabajo por delante. La clave es que alguien se dé cuenta y que le dé importancia. Que la ausencia de mujeres llame la atención, que sorprenda, que moleste, que no se dé por buena, que se cuestione, que incomode, como incomodó a Luis Cañada verse en aquella situación.

En Doce Miradas nos seguimos sorprendiendo con eventos celebrados en Euskadi muy recientemente donde llega a darse una absoluta ausencia de mujeres entre las voces expertas. Que si es difícil, que si no hay mujeres en determinados campos, en fin, excusas que nos llevan a comprender que, en muchas ocasiones, ni siquiera los organizadores se dan cuenta.  No les incomoda, no les llama la atención, no les molesta o, lo que sería peor, no les importa.

#FaltanMujeres

De hecho, en los debates internos de Doce Miradas, ya hemos comentado en alguna ocasión que vamos a preparar un hashtag especial para todas aquellas situaciones en las que se vea que la mujer no está representada o no está suficientemente representada. Pero tampoco seremos pioneras en esta ocasión. Ya circula por twitter desde hace unos años el hashtag #ManPanels al que se le antepone la frase “Di no”. Es decir: invitan a decir que no a los participantes de actos donde solo aparecen hombres.

Problema global

Pero como ya se dice que una imagen vale más que mil palabras, veamos algunas imágenes que ilustran a la perfección  nuestra pregunta.

Todo parece indicar que se están dejando claramente a la mitad de la sociedad, ¿no les parece?

 

 

 

 

 

 

En el mundo de los transportes y las infraestructuras deben tener serios problemas para encontrar mujeres expertas.

 

 

 

 

 

 

 

Ésta es especialmente interesante, tratándose de un encuentro global sobre mujeres en París.

 

 

 

 

 

No tengo ninguna duda de que en Euskadi vamos avanzando. Aunque de vez en cuando tengamos notables recaídas, vamos progresando. Pero todavía podemos hacer mucho más. Así, la Ley para la Igualdad en Euskadi ha contribuido a elevar el nivel de exigencia de la ciudadanía en estos años. De hecho, los resultados de la Evaluación de la Ley para la Igualdad presentados por Emakunde han revelado que existe una  valoración positiva de la Ley como instrumento sensibilizador y como instrumento jurídico útil y eficaz que ha permitido consolidar avances. Entre sus logros, se destaca su contribución a la arquitectura de la igualdad en el ámbito público. Aunque todavía las mujeres ocupan solo la mitad de los mandos de Osakidetza pese a ser el 79% del personal. Entre los retos, sus limitaciones para incidir sobre el sector privado.

Necesitamos gestos

Hace unos días volví a escuchar a Luis Cañada, en la actualidad, presidente de Novia Salcedo, hablando sobre los pasos que nos quedan por delante para alcanzar la igualdad real. Él nos hablaba de la necesidad de hacer gestos y nos remarcaba una frase que él precisamente aprendió de una mujer, de una periodista: “Haz gestos, que los pequeños gestos son poderosos”. ¿En qué se traducen esos gestos? Un sencillo ejemplo. Cuando le invitan a una mesa, a una charla,  lo primero que pregunta es si ésta será paritaria. Y si no es así, él dice simplemente y llanamente que no, que no cuenten con él. Solo discrepo en una cuestión. No me parecen pequeños gestos, me parecen grandes, inmensos, necesarios y oportunos, porque además, vienen de un hombre. Gracias Luis.

Violadores reincidentes. ¿Quién les deja la puerta abierta?

julio 4, 2017 en Doce Miradas

1976. Una mujer regresa a casa con su bebé cuando un hombre la aborda en el ascensor de su casa y la viola bajo la amenaza de clavarle un cuchillo a su bebé en el cuello. Desde ese momento, a Pedro Luis Gallego, que entonces tenía 19 años, se le llamó el ‘violador del ascensor’. Esta mujer tuvo la terrible mala suerte (seguramente habrá también otros factores) de cruzarse con un psicópata sexual.

El dolor, tortura, sufrimiento y muerte que causó este asesino violador a partir de aquí, ya no puede achacarse a la mala suerte. Pedro Luis Gallego cometió el resto de sus crímenes con la ayuda del código penal, de los servicios psiquiátricos penitenciarios y de la abolición de la doctrina Parot.

Con toda esa ayuda jugando a su favor, este violador y asesino ha ido dejando un reguero de víctimas. Con 33 años fue condenado a 273 años de prisión por matar a las jóvenes Leticia Lebrato y Marta Obregón en 1992. Para entonces ya había violado a 18 mujeres. Redujo su pena a 21 años siendo un recluso ejemplar. Es decir, realizaba labores de limpieza, asistía a clases de la ESO y de aerobic. Para reírse si no fuera todo tan triste.

Excarcelado en 2013 volvió a violar

Cuando en noviembre de 2013 fue excarcelado con motivo de la abolición de la doctrina Parot, volvió a hacer lo que cabía esperar de un violador en serie. Hace pocos días, el 14 de junio, lo volvían a detener acusado de ser el presunto autor de dos brutales violaciones y otras dos en grado de tentativa a jóvenes de entre 17 y 24 años.

Confiemos en que esta vez no le dejen salir de la cárcel, aunque todo es posible. Desde la reforma del código penal de 2015 existe la figura de la prisión permanente revisable para ciertos casos, como el de los violadores reincidentes.

Pero ¿qué sucede con todo el daño que ha hecho y que podría haberse evitado?¿Quién se hace responsable además del violador? En una ocasión, fueron 3 psicólogas quienes permitieron que saliera de una cárcel psiquiátrica porque lo consideraban ‘curado’. La última vez, su coladero fue la anulación de la doctrina Parot pero, no nos engañemos, esto solo adelantó 5 años la tragedia. Este violador peligroso y reincidente habría salido de todos modos unos pocos años más tarde y habría vuelto a violar igualmente.

La prisión permanente revisable y sus detractores

Desde la reforma parece que hay un asidero legal para impedir que hombres así sean soltados en sociedad. Habrá que ver si se aplica. Hay una corriente progresista que considera inhumana la existencia de la prisión permanente revisable. Aseguran que es un eufemismo para encubrir la cadena perpetua. Entienden que es un fracaso al negar la posibilidad de reinserción social. Personalmente, creo que lo progresista es defender a las víctimas actuales y a las potenciales. Y que estos hombres no pueden ni deben vivir en sociedad. Qué fácil es mantener tu pensamiento progresista intacto e inmaculado, a costa de sacrificar para ello a unas cuantas mujeres que serán agredidas, violadas y tal vez asesinadas por un criminal como este. Para defender las segundas oportunidades de estos criminales (Gallego lleva ya quemadas muchas oportunidades) se sacrifica a mujeres que caminan confiadas por las calles y entran en sus portales cuando regresan de sus trabajos, del cine o de una noche de fiesta. Son daños colaterales que esta sociedad acepta con tal de que una persona peligrosa y cruel siga teniendo segundas, terceras y cuartas oportunidades.

¿Y qué pasa cuando se ha violado una vez? En ese caso, como no hay reincidencia (aún) no se aplicaría la prisión permanente revisable y, sin embargo, esas personas también son un peligro potencial en la calle. En ese supuesto debería tomarse al menos alguna medida de vigilancia. Siempre se habla de pulseras telemáticas y medidas de control tecnológicas pero realmente ¿existen? ¿se utilizan? Deberían.

El daño que causa una violación es terrible e irreparable. Qué decir del asesinato. Y sin embargo, qué barato sale este crimen. Con qué ligereza las ‘personas expertas’ deciden que un violador tiene buen comportamiento y puede salir de la cárcel. Absurdo. Es bien sabido que violadores de mujeres y niños tienen buen comportamiento en prisión porque no tienen a su alcance mujeres ni niños a los que violar.

El otro día en el programa de Julia Otero, Julia en la Onda, hicieron una proyección interesante. Aunque no hay muchos estudios al respecto, se estima que en los países occidentales la tasa de reincidencia en estos casos es del 20%. En España hay actualmente 2.515 delincuentes sexuales que cumplen condena. Según la tasa de reincidencia, unos 500 podrían reincidir (no es un dato, es una proyección). ¿Estamos dispuestos a asumir ese riesgo sin tomar medidas para evitarlo? Ya hemos visto el daño que puede causar uno solo de estos delincuentes sexuales.

Cuando Gallego salió de la cárcel en 2013, no salió solo. Además de delincuentes diversos, con la derogación de la doctrina Parot salieron más violadores conocidos como ‘el del estilete’, ‘el del portal’ y un tercero que violaba en Cataluña. Y los tres reincidieron y fueron detenidos. Gallego ha sido el cuarto pero no el último. Ayer mismo, 3 de julio, detuvieron al que se conoce como ‘el loco del chándal‘ por intentar asesinar a dos hermanas. Ya van cinco.

La gran labor de la asociación Clara Campoamor

La asociación Clara Campoamor, siempre al quite en la defensa de mujeres y niñas, ya ha anunciado que se personará como acusación contra Gallego y pedirá la prisión permanente revisable. Su presidenta, Blanca Estrella, es a la única persona que habla de buscar responsabilidades. ¿Cómo es posible que no se busquen responsabilidades entre quienes abren la puerta a estos violadores reincidentes? Confiemos en que las personas encargadas del ‘revisable’ apliquen la sensatez, la prudencia y el sentido común. Psiquiatría y psicología han demostrado la misma capacidad que el horóscopo para predecir el comportamiento de estos criminales.

Tras la detención del ‘violador del ascensor’, el ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido, se mostró favorable a la prisión permanente revisable para este caso, pero pidió prudencia antes de reclamar “en caliente” otras medidas como la castración química o las pulseras telemáticas. La primera medida dicen que es ineficaz. Pero pulseras telemáticas ¿por qué no? Por otra parte, siempre se arguye que no hay que legislar en caliente, pero los crímenes de Leticia Lebrato y Marta Obregón datan de 1992. El problema es no actuar ni en frío ni en caliente. Justicia para las víctimas actuales y protección y prevención para evitar más víctimas.

Me duele el alma

junio 20, 2017 en Doce Miradas

Me duele el alma. Cada vez que salta la noticia del asesinato de una mujer a manos de su pareja o ex-pareja.

Me duele el alma. Cada vez que imagino cómo se debe romper la vida de las niñas y niños a los que han matado a su madre.

Me duele el alma. Cada vez que pienso en cómo será la vida de las hijas e hijos de una mujer asesinada. De un padre asesino. De su propio padre asesino de su propia madre.

Me duele el alma. Cada vez que intento pensar en cómo las madres y los padres de las mujeres asesinadas superarán el sufrimiento de que alguien hayan matado a su hija. Sobre todo, de no haber podido evitarlo. Y el dolor. Y la culpabilidad.

Me duele el alma. Cada vez que escucho historias de cómo los abuelos tienen que criar a sus nietos intentando disimular día a día que a ellos también les duele. Simulando que la vida sigue igual. Que no ha pasado nada. Cuidando a los hijos de su hija. Y a los hijos de su asesino. Buscando parecidos con su madre. Tragándose la angustia y el asco cuando ven algún gesto que les recuerda a su padre.

Me duele el alma. Cuando me cuentan que la ley permite que los hijos de un maltratador sigan teniendo relación con su padre. Y cuando esas hijas e hijos tienen que luchar para conseguir que los alejen de él. Que le separen de sus vidas. Al que pegó a su madre. Al que continúa pegando a sus hijos.

Me duele el alma. De una forma desgarradora. Cada vez que un padre mata a sus propios hijos con el único objetivo de hacer daño a la madre. Es tan antinatural que no puedo con ello.

Me duele el alma. Cada vez que vez que sé que además de mujeres asesinadas hay muchas más que sufren palizas y golpes. Y otro tipo de humillaciones. Que el asesinato es el final de una larga escena de violencia. A diario a veces. O de manera esporádica. En ocasiones escondiendo el horror. En otras buscando ayuda. Desprotegidas siempre.

Me duele el alma. Cada vez que soy consciente de la inconsciencia de la gente. De personajes políticos.  De periodistas y medios. De personas de la calle. Cada vez que escucho la palabra muerta en lugar de asesinada, lo del chico que era majo, lo de que nadie se lo podía esperar. O que se oían continuas discusiones y se sabía que algún día iba a pasar algo. Y pasó. Pero nadie hizo nada por evitarlo.

Me duele el alma. Cuando estoy convencida de que la educación y la prevención es la única manera de acabar con este lastre macabro y compruebo cómo se destina poco, muy poco, presupuesto tanto a una cosa como a la otra. Cuando escucho chistes denigrantes para la mujer, cuando se oyen las risas al decirle a alguien que su actitud es machista (he desterrado la palabra micromachismo desde el post de Luisa Etxenike en Doce Miradas), cuando se perpetúan estereotipos que comienzan por eso, por estereotipos, por chistes, por canciones, por frases hechas que legitiman a la larga las actitudes violentas.

Me duele el alma. Cuando la vida me trae recuerdos de alguien muy próximo a quien apalearon día tras día y las personas de alrededor lo vivíamos como fruto de la mala suerte. Como si el maltrato fuera una bacteria que había entrado en su vida. Le había tocado. Como a otras muchas. Cuando en los años 70 y 80, y mucho más cerca, denunciar era cosa de locas. Significaba volver a casa y recibir una nueva paliza “esta vez con razón”. Cuando no había salida para muchas mujeres porque él era el único sustento económico de la familia. Porque las leyes no las amparaban. Porque les pegaba su hombre.

Me duele el alma. Cuando veo a chicas jóvenes, algunas incluso adolescentes, que no se atreven a abandonar a su maltratador. Ni a buscar ayuda. Cuando aprenden desde demasiado jóvenes un tipo de relaciones que les marcará para toda la vida.

Me duele el alma. Cuando sé que el miedo es la única razón.

“El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”. Eduardo Galeano

 

 

La moda del feminismo

junio 6, 2017 en Doce Miradas

Arranco este post en domingo, 28 de mayo de 2017, día lleno de recuerdos para las mujeres detrás de Doce Miradas. Porque tal día como hoy, hace cuatro años, lanzábamos nuestro primer cohete al espacio interestelar. Una llamada a la que dábamos la forma de post coral, y en la que compartíamos con el “universo más allá” la misión que nos auto-encomendábamos y la visión que nos impulsaba; como era previsible, hoy intacta.

Imaginábamos un mundo en el que las mujeres no tengamos que reclamar cansinamente equidad, justicia, respeto o visibilidad. Un mundo en el que no se nos use, en el que no se nos viole, no se nos mate. En el que nuestra valía no se ponga en entredicho, zafia o sutilmente. En el que ser mujer no sea menos que ser hombre. Un mundo en el que, en definitiva, no solo se nos reconozca como iguales, sino que, de manera incontestable, privada y públicamente, SEAMOS iguales.

Lanzábamos, como decía, nuestro primer grito a un espacio desconocido, con la esperanza de viralizar con nuestro mensaje nuevos territorios, nuevas mentes, corazones… Y con la esperanza también de que las ondas conectaran por el camino con otras sensibilidades. Interceptaran, en resumen, otros feminismos y sus mensajes. Buscábamos mover posiciones ajenas y también propias, y las incontables interacciones que se han producido en este tiempo (en forma de artículos de miradas invitadas, comentarios en el blog y miles de conversaciones a través de las redes sociales) han hecho posible este anhelado movimiento multidireccional; un éxito notable, aunque también subjetivo.

En todo caso, lo que sí hemos hecho en Doce Miradas en este tiempo es constatar una realidad objetiva que entonces no era tan evidente y cuya certeza no es para nada menor: hay vida feminista en otros planetas.

Pienso rápidamente en todos esos colectivos presentes en Twitter que, como nosotras, antes no estaban y que, como nosotras, ahora sí están. Periodistas, juezas, cineastas, mujeres jóvenes, científicas, tecnólogas, mujeres gitanas, mujeres maltratadas, empresarias, colectivos LGTB, raperas, amas de casa, abogadas, autoras, directivas… Pienso en esos colectivos más veteranos que ya estando, no conocíamos. Y pienso también en todas esas personas -mujeres y, por fortuna, también muchos, muchos hombres- con quienes en Doce Miradas compartimos ramalazo y trueno. O, dicho de otra forma, con quienes compartimos visión.

Aunque más allá (nunca mejor dicho), la cuestión ya no es que haya colonias asentadas en otros planetas -hasta ahora desconocidos entre sí o pobremente interconectados-, sino que esta vida es palpitante y se encuentra en plena ebullición en toda la galaxia.

Prueba de ello son los hitos recientes en defensa de los derechos de las mujeres y colectivos LGTB que se celebraron a comienzos de 2017 en 81 países. Reivindicaciones pacíficas que por su masiva capacidad de convocatoria y de integración de colectividades DIFERENTES han pasado ya a la Historia de los movimientos sociales. Women’s March en Washington es, de hecho, la manifestación norteamericana más multitudinaria hasta la fecha (y de enorme impacto digital, además), muy por encima de las protestas contra Vietnam o la marcha de 1963 en la que Martin Luther King decía aquello tan poderoso e inspirador de “I have a dream”.

Tanto es así que lo que un tiempo fue percepción, ahora es evidencia: el feminismo está de moda. Y lo está tan literalmente que cada vez son más las marcas mainstream de ropa que reivindican el feminismo en sus prendas (a veces con más sentido de negocio que acierto en el enfoque). Y el hecho de que las niñas puedan lucir camisetas en las que dice “This is what a feminist looks like” sin temor a que se les identifique con seres feos-amargados-y-peludos es, sin duda, un logro que no es ni casual ni baladí. Sirva, en todo caso, el ejemplo para acercarme a donde quiero llegar. El feminismo, además de un orgullo para las mujeres y hombres que lo reivindican, que cada vez se expresa con menos pudor y con más camisetas y secciones de periódico, hoy también es OPORTUNIDAD.

Una enorme oportunidad histórica para mover lo que se ha resistido durante siglos, y una oportunidad que camina intrínsecamente de la mano del riesgo. Será por esto quizá que en este momento febril da por pensar qué nos dirían las mujeres que a lo largo de la Historia conspiraron para hacer posible que llegáramos hoy aquí. Las mujeres sufragistas o aquellas que bajaron a las trincheras en la Revolución Francesa, las mujeres que acabaron sus vidas en la pira de la Inquisición, con la mirada probablemente perdida en el cielo… De modo que, una vez constatada la ganancia, la pregunta que resuena es: ¿Cómo evitamos el riesgo? ¿Cuál es nuestra posición para mover las cifras? ¿Nuestra capacidad para mover la agenda? ¿Cómo evitamos que esto sea una moda que llega… y que pasa? ¿Qué logro relevante nos corresponde conseguir en esta etapa histórica?

A estas alturas, las mujeres que habitamos las colonias de todos los planetas del espacio interestelar sabemos ya que decir no es hacer, prometer no es cumplir, reconocer no es cambiar, y que los derechos no se regalan, sino que se conquistan. Y por eso, diría que lo más importante de todo es que si antes nos intuíamos, ahora nos “sabemos”. Es momento de usar este conocimiento para mejorar las conexiones entre las colonias y unir las fuerzas de lo que ya es un imperio. Momento de organizar la resistencia o la moda pasará y la oportunidad nos dejará una ganancia tan exigua que, simplemente, seguiremos demasiado lejos.

Y como la unión hace la fuerza, desde mi punto de vista al menos, es ineludible organizarse. Obviar lo que nos separa y concentrarnos en lo que nos une. Solo así conseguiremos convertirnos en el GRUPO DE PRESIÓN (sin medias tintas) que necesitamos ser, estableciendo el mínimo denominador común, trazando las líneas estratégicas básicas y concretando objetivos capaces de mover el orden instaurado. One step at a time. Un paso cada vez y, sobre todo, muchos pasos a la vez. Que no es lo mismo, ni es igual.

Habitantes de la galaxia y colonias interesadas: connectingthempire@gmail.com. Veamos qué podemos construir.