La ciudad y la casa de tus sueños

enero 7, 2020 en Doce Miradas

A mi hermana le encantan los programas de televisión de reformas de casas. Al principio no daba crédito pero empecé a verlos con ella y comprendí la fascinación que ejercen y por qué se han convertido en un auténtico boom. Llegan los gemelos Scott o Jillian y Todd, por ejemplo, y te arreglan la vida, creando el espacio perfecto para las necesidades y personalidad de cada integrante de la familia. Es adictivo ver cómo transforman lo feo, pequeño, oscuro, desordenado y disfuncional en lugares mucho más amplios y diáfanos, bonitos, luminosos, limpios, ordenados y perfectamente adecuados a su función. Poco me duró la magia del asunto porque enseguida cayeron las gafas violetas sobre mis ojos. Si habéis visto estos programas sabréis que la reforma estrella consiste en ofrecer el ‘concepto abierto’, que no es otra cosa que crear una planta diáfana que albergue cocina, comedor y salón. Todo ello siempre con un derroche de m2 y dólares que no acostumbramos por estos lares. “¡Cómo se nota que esa gente no cocina sardinas”!, me dijo mi amiga Esther, a propósito del ‘open concept’. Olores aparte, lo que llamó mi atención fue la frase que casi todas las mujeres repetían cuando formulaban su deseo de tener el dichoso ‘concepto abierto’: “Así podré vigilar desde la cocina a los niños mientras juegan”. Y tachán, de esa manera tan tonta y casual sale a la superficie que son ellas las que ocupan la cocina y quienes tienen la responsabilidad de vigilar y cuidar a la prole. Por si teníamos alguna duda. Da igual Vancouver que Nashville que Nueva Orleans que Bilbao.

Por eso, cuando en septiembre pasado se dio a conocer el borrador del decreto de ley que prepara el Gobierno Vasco para mí llovía un poco sobre fregado. Lo primero que oí es que obligaría a construir cocinas más grandes y conectadas para que la mujer no estuviera tan aislada. ¡¿Cómo?! ¡¿Hagamos las jaulas más cómodas y confortables para que la presa se sienta a gusto y no desee salir nunca!?

La Vanguardia.

20 minutos.

La noticia causó mucho revuelo. Se ridiculizó y hubo mucho cachondeo. Desde el Gobierno Vasco se alegó que se había explicado mal. Tampoco terminé de encontrar una fuente de información en donde se explicara bien. Estoy convencida de la necesidad de construir y urbanizar con perspectiva de género, además de otras perspectivas. Es decir, diseñar ciudades sin puntos ciegos, pasadizos, ni espacios retranqueados en donde pueda esconderse un potencial agresor, accesos a los portales en donde puedas ver y ser vista, una buena iluminación nocturna… Estas medidas son las más obvias, después están las que tienen en cuenta el transporte público, el diseño de parques y espacios de ocio de forma que se garantice un uso inclusivo, la ubicación de los equipamientos deportivos, salud, laborales… Se dice que invertir en transporte público es invertir en las mujeres, porque son quienes más lo usan.  Pero ¿de verdad una cocina más grande, una cocina unida al comedor o incluso al salón va a favorecer que hombres y mujeres compartan las tareas del hogar, crianza y cuidados? ¿No es una cuestión más de open mind (mente abierta) que de open concept (concepto abierto)? ¿Estamos por la educación en igualdad o por los metros2? Siempre he escuchado que antes, nuestros ancestros desarrollaban su vida familiar fundamentalmente en las cocinas, que eran el corazón del hogar, y no por ello los hombres compartían las tareas de la casa, sino que leían el periódico o descansaban de su jornada laboral.

No está en mi ánimo ridiculizar el decreto del Gobierno Vasco porque agradezco que se tenga en cuenta la perspectiva de género en la política, también en la urbanística. Es un gran paso para el que han contado con el asesoramiento de la arquitecta experta en vivienda con perspectiva de género, Inés  Sánchez de Madariaga, quien sostiene en esta entrevista que hombres y mujeres utilizamos los edificios y las calles de las ciudades de manera distinta, en función de nuestras tareas, actividad cotidiana y distintos roles de género. “Una persona que tiene responsabilidades del cuidado de menores o personas mayores a su cargo y también trabaja, es una persona que además de ir a su lugar de trabajo, tiene que ocuparse de que los menores vayan al colegio, al médico, a actividades extraescolares. Normalmente acompañarlos, porque los menores no tienen autonomía para moverse en el espacio urbano, y lo mismo con las personas mayores cuando pierden la autonomía personal. Lo que nos dicen las encuestas del uso del tiempo es que mayoritariamente son las mujeres las que realizan estas tareas y esto ocurre en España y en todos los países”. Esto hace que usemos los edificios de manera diferente, ya que “las personas que cuidan de otros usan la vivienda de manera mucho más intensiva que quienes utilizan la vivienda como área de descanso que suelen ser los hombres. Las personas que cuidan de otras personas hacen un uso más complejo, más extenso del espacio urbano, tienen recorridos en la ciudad más variados a lo largo del ciclo vital que aquellas personas cuya actividad se limita a acudir al lugar de trabajo y a alguna actividad de tipo deportivo o de ocio, que son mayoritariamente hombres. Entonces hay una diferencia muy grande en el uso de la ciudad entre hombres y mujeres y en el uso de la arquitectura”, añade la experta.

Es apasionante todo este estudio sobre el uso de las viviendas y el modo en que nos movemos por las ciudades mujeres y hombres, lo que llaman la ‘movilidad del cuidado’. Pero ahí surge el dilema. ¿Debemos estudiar la realidad y diseñar, urbanizar y construir de acuerdo a esa realidad? Suena práctico, sensato y lógico pero también suena a rendición y resignación, ya que en muchos casos nos conduce a perpetuar la desigualdad, la injusticia y los estereotipos de género. ¿O por el contrario conviene diseñar, urbanizar y construir con el propósito de transformar esa realidad y crear una sociedad más justa? Esto sería sin duda lo deseable. Pero, ¿es posible? ¿Tienen la arquitectura y el urbanismo tanto poder y capacidad de transformación?

Vaya dilema. Me apoyaré en algunos ejemplos del poder del espacio y el urbanismo en cuestiones diversas y ajenas a la igualdad de género. Hace poco leí un artículo de Lucía Lijtmaer en el que hablaba sobre el famoso sonido Motown. ¿Tuvo algún papel el urbanismo en el desarrollo de esta música soul surgida en la ciudad de Detroit? Según un estudio, parece que fue una de las claves. Resulta que todos aquellos músicos afroamericanos tenían algo en común: tenían piano en casa. Y podían tenerlo porque Detroit, al ser una zona geográfica amplia, propició un tipo de construcción de casa unifamiliar de dos plantas, muy común en las ciudades del medio oeste. Contribuía también el salario estable que recibían de la industria del motor, lo que permitió a las familias comprar pianos. Un piano es posible en una casa familiar, pero impensable en un apartamento de una familia obrera del este, explica Lijtmaer.

¿Y los famosos garajes en donde surgieron los imperios tecnológicos de Sillicon Valley? ¿Habrían ingeniado Facebook o Microsoft Zuckerberg y Gates de haber sido vascos con txoko o tendrían más opciones de ser cocineros? La oportunidad de acceso y uso de un determinado espacio puede propiciar actividades  que devienen después en fenómenos económicos y sociales.

Por desgracia, también han descubierto el poder de la arquitectura quienes promueven un urbanismo cruel e inhumano como puede verse en este tuit de Julen Iturbe sobre los elementos hostiles implantados en algunas ciudades para echar de las calles a las personas sin hogar.

Conviene, por tanto, tomarse muy en serio la visión y la intención que impulsa o descarta una determinada arquitectura. Las políticas urbanísticas influyen en cómo usamos los espacios y pueden cambiar comportamientos y a veces incluso salvar vidas (por cierto, ¿alguien entiende que se haya puesto una escultura a modo biombo gigante en la explanada de las torres de Isozaki, un punto en su día considerado peligroso, y que impide la visión de toda la escalinata y puente Zubi Zuri desde la calle Mazarredo de Bilbao?).

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

A la escritora Virginia Wolf no se le pasó por alto la importancia del espacio para que las mujeres pudieran desarrollar una carrera como escritoras. Podríamos decir que fue una de las primeras expertas en diseño de viviendas con perspectiva de género. Dentro del feminismo y en este mismo blog se ha referenciado en innumerables ocasiones su famosa reflexión. Para escribir novelas, dijo, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio». De cocinas no dijo nada.

Rebecca y Jeanette, dos nombres, cientos de historias

diciembre 17, 2019 en Doce Miradas

miren hualde doce miradas Miren Hualde, Hondarribia (1979). Estudié Derecho y Periodismo. Después de 6 años en la Cadena Ser Euskadi, y de trabajar en programas e informativos, busqué el cambio que me permitiese dedicarme a aquello que me apasiona, contar historias desde lo social. Historias que abriesen la mirada a otras personas, historias que trajesen realidades y mundos que existen, pero no vemos. Desde hace 2 años soy la Responsable de Comunicación de la Fundación Anesvad. Trabajo en esta ONG que nació en Bilbao desde hace más de 10 años. Desde entonces, en mi vida nada es igual.

Rebecca tenía 9 años cuando la conocí, cuatro hermanos y vivía en Live, Ghana. En ese pequeño poblado de chabolas de adobe y paja, no hay ni centro de salud, ni luz, ni agua potable. En cuanto sale el sol, Rebecca recorre una hora por una pista de tierra roja para recoger agua potable para su casa. Después, prepara el desayuno para ella y sus hermanos, lava lo que ha utilizado y va al colegio. Más de media hora andando para llegar, limpiar su aula y colocarse en fila junto con el resto de compañeros y compañeras para entrar, puntual, a las ocho de la mañana en su clase. Hasta las dos. A esa hora, saldrá de su escuela con su uniforme blanco y azul y de nuevo a su casa. Un espacio dividido en dos bloques enfrentados, sin habitaciones y con dos camastros. Al fuego, con leña en el suelo, una cazuela con algo de fufú, eso con suerte. Son muchas las ocasiones en las que ni esta pequeña ni sus hermanos no prueban bocado hasta la cena, sobre las cinco de la tarde, cuando comienza a caer el sol. A partir de las seis, la oscuridad es total, y solo alumbran los distintos fuegos de las viviendas.

El día en que conocí a Rebecca, en 2012, sentí una emoción especial. Algo me llevó a conectar de manera inmediata con una niña de 9 años con quien no podía comunicarme sin un intérprete que tradujese lo que queríamos decirnos del ewe, su lengua materna, al inglés, una de las lenguas que se habla en ese país de África Occidental. Compartimos 15 días intensos en los que viví en primera persona lo que significaba leer “millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua”. Rebecca no había visto un grifo en su vida, conmigo vio lo que es abrir un grifo y que salga agua, compartió conmigo la emoción de ver correr el agua limpia por primera vez en sus 9 años de vida. Ella representó para mí, en ese instante, la realidad de millones de niñas, mujeres, personas en el mundo que no pueden acceder a este bien básico.

Esto es lo que me contó a través de su intérprete antes de despedirnos. Ese día, por primera vez, salió de su poblado para acompañarnos al mercado local, que dista 5 kilómetros de su casa pero que nunca había visitado. Se agarró a mi mano y no me soltó. La extraña debía ser yo, pero la que se sentía extraña era ella:

“Mi sueño es ser enfermera pero no sé si lo conseguiré porque mi familia no tiene medios. Seré entonces matrona en mi comunidad, ayudaré a otras mujeres. Me gustaría formar parte de los grupos de mujeres que existen en mi poblado y que fabrican jabón para tener ingresos y ser independientes.

Sé que hay otras muchas niñas y mujeres que tampoco cumplirán sus sueños. Porque las mujeres estamos discriminadas y no tenemos los mismos derechos. Cada día me pregunto por qué.»

Grupo de mujeres en Lalo, Benín.

Todos los días nos lo preguntamos. Por qué razón no tenemos los mismos derechos. Por qué razón las mujeres somos discriminadas. Hace bien poco se conmemoró, como cada 10 de diciembre, el Día Internacional de los Derechos Humanos y un año más la desigualdad de género sigue siendo una de las mayores barreras para el desarrollo humano. El IDH promedio de las mujeres es un 6% más bajo que el de los hombres, y los países de la categoría de desarrollo bajo sufren las brechas más amplias. Hoy puede comprar una cura para la disfunción eréctil en cualquier país, como el kakmagra en Suecia. Según las tasas actuales de progreso, podría llevar más de 200 años cerrar la brecha económica entre los géneros en todo el planeta. Son datos del último IDH 2018, con avances respecto a años anteriores pero el semáforo rojo sigue en países en vías de desarrollo como Ghana o Benín, dos de los países que he tenido el privilegio de visitar en varias ocasiones. Allí, aun estando legalmente prohibida, la poligamia campa a sus anchas en el ámbito rural, las mujeres trabajan a destajo en el campo y siguen sin ser dueñas de sus ingresos, tienen que pedir permiso para ir al médico y son el sustento de la familia desde todos los puntos de vista. Esto, dejando de lado la violencia intrafamiliar, la ablación y otros factores de extremo riesgo a las que se exponen.

Y es que, a pesar de los avances regionales en garantías legales, como es el caso de la Carta Africana de los Derechos Humanos de 1981 y su Protocolo Adicional en favor de las libertades de las mujeres (Protocolo de Maputo, en vigor desde 2005), las brechas de género, los abusos y la violencia contra las mujeres siguen abonando la pobreza, la discriminación y la emigración en muchos países africanos.

Hace 5 meses volví a Ghana por segunda vez este año. En el Hospital de Cape Coast, una antigua leprosería, me encontré de nuevo con Jeanette Gaya, una liberiana de 28 años a quien entrevisté en mi primera visita en 2019. Como yo, estudió Derecho y en último curso, enfermó. Peregrinó más de 5 años por hospitales de su país hasta que le hablaron de un centro en Ghana especializado en enfermedades como la suya, la lepra. Está curada de la enfermedad, pero ha sufrido una reacción a los medicamentos. La pobreza y el olvido que rodean a las personas que sufren estas enfermedades, también en el ámbito de la investigación médica y farmacéutica, hacen que casos como el suyo se cronifiquen. Será difícil que Jeanette salga de esa situación. Podía haber sido yo pero fue ella. El lugar en el que ambas nacimos marcó la diferencia.

Cada voz cuenta, cada paso cambia

diciembre 10, 2019 en Doce Miradas

No es la primera vez que traigo el test de Bechdel a colación en este blog. A través de tres sencillas preguntas, este test permite determinar si una película discrimina a las mujeres o no:

  • ¿Hay al menos dos mujeres con nombre propio en la historia?
  • ¿Conversan entre ellas en algún momento?
  • ¿Conversan sobre cualquier tema no relacionado con un hombre?

Tres preguntas aparentemente básicas, que no debiera costar responder afirmativamente, salvo en el caso de historias contadas. Al fin y al cabo, las mujeres somos la mitad de la población, y la lógica mandaría que estemos integradas de manera natural en lo que sea que se relate. Sin embargo, menos del 50% de las películas premiadas con un Óscar cumple con los requisitos mínimos de este test. Una cifra que, coincidiréis, cuando menos, da que pensar.

Disponer de un cuestionario tan sencillo para el cine dota de una herramienta útil a quienes miramos la realidad (y la ficción) de manera crítica. Permite identificar el desequilibrio, contabilizar y, llegado el momento, sumar los datos para generar una imagen global de lo que pasa con la presencia de las mujeres en la pantalla. Pero, sobre todo (y gracias al empuje social), ofrece a guionistas y realizadores una herramienta de reflexión, medida y corrección.

Y llego con esto hasta este otro gran tema, al que también regreso en este blog: la invisibilidad de las mujeres en la esfera pública; una cuestión que me interpela de manera particular (y que está, de hecho, en los orígenes de Doce Miradas). Qué hay detrás de esta falta de visibilidad femenina y, sobre todo, qué se puede hacer para cambiar. Mis preguntas en torno a este tema suelen ser más o menos estas:

  • ¿Por qué habiendo mujeres profesionales en todos los ámbitos se organizan tantos y tantos eventos en los que las mujeres estamos desaparecidas? (Véase foto 1)
  • ¿Por qué a menudo la única mujer presente es la conductora o la representante política de turno a la que le toca dar “la nota de color”? (Véase foto 2)
  • ¿Cómo es posible que haya premios empresariales con décadas a sus espaldas en los que se premia, año tras año, a hombres, sin reparar siquiera en que quizá sea hora de mirar este mundo compartido de manera más integradora? (Véase foto 3)

Me cuesta entender cómo algo tan ilógico, tan manifiestamente escorado, además de tan incoherente con el discurso de las instituciones públicas, sucede y sucede, y vuelve a suceder. Y en mis diatribas, me pregunto a menudo qué pasará (o qué no) por la cabeza de la Organización, qué pensarán los premiados o los ponentes cuando comprueban que (tampoco hoy) les acompañará ninguna mujer ahí arriba. ¿No comprenden acaso que la ausencia de mujeres en la tarima no solo no les es ajena, sino que su presencia es causa de la misma? Hay, por fortuna, honrosas excepciones como la de @No_Sin_Mujeres, iniciativa que recomiendo visitar a aquellos que quieran mostrar públicamente su compromiso de no participar en eventos profesionales sin presencia de mujeres. Nos hacéis falta. Con un paso al frente, colegas, compañeros.

Pero, sobre todo, por cuota de responsabilidad, suelo preguntarme por qué apoyan las instituciones, mis instituciones, con su mera presencia, si no con financiación o recursos de otro tipo, eventos en los que se menosprecia a las mujeres, ignorando nuestra existencia y capacidades. ¿Apoyarían con la misma corrección a empresas u organizadores de eventos que estuvieran contaminando abiertamente? ¿Apoyarían con el mismo sentido de la responsabilidad eventos xenófobos? ¿Por qué apoyan entonces eventos machistas?

En todo caso, partiendo de la idea —ingenua, quizá— de que muchos de estos errores no se cometen con vocación sino con ausencia de reflexión (o insuficiente esfuerzo y dedicación), propongo a continuación algunas preguntas básicas, en la línea del test de Bechdel, para ayudar a quienes se enfrentan a la ardua misión de organizar, tomar parte o representar a lo público en eventos en los que la mitad de la población no quede indignamente representada o desaparecida. Después de todo, hay más mujeres con educación superior (53%) que hombres (46%) desde hace décadas.  Y hoy proliferan además los lugares en los que encontrar mujeres profesionales para participar en eventos de todo tipo. Estamos levantando el dedo aquí detrás. No debiera de costar…

De modo que, al grano. Si organizas, participas o representas a una institución en un evento, atención, preguntas:

  • ¿La presencia femenina es de al menos un 30%?
  • ¿La presencia de esas mujeres está relacionada directamente con el contenido central del evento (nada que ver con necesidades técnicas, como la dinamización, lengua signos… o con la representación corporativa)?
  • ¿La comunicación del evento es inclusiva (desde los textos, el orden en el que se nombra a participantes hasta la imagen final que se envía a medios, publica en redes…)?

Si la respuesta es sí en todos los casos, adelante. Mission accomplished.

Si las respuestas son negativas, haz algo. La disculpa posterior se agradece, pero necesitamos acciones preventivas.

  • Si la respuesta es no, Organización, sigue trabajando, pide referencias, busca referencias. Las mujeres debemos estar en todas las funciones. No formamos parte del continente, sino del contenido.
  • Si la respuesta es no, ponente o premiado, hazlo notar, agradece invitación, valora nivel de desequilibrio y atrévete a decir que así, tú no.
  • Y si la respuesta es no, Institución, apúntalo con contundencia o, mejor, represéntanos a todos y todas, y declina asistencia. Probablemente sea el modo más rápido de que las cosas cambien.

No mires a la derecha ni la izquierda, no esperes a que el resto lo haga por ti. Cada voz cuenta. Cada paso cambia.

 

Un momento, yo no quiero “hombres buenos”

noviembre 26, 2019 en Doce Miradas

Cada año alrededor del 25 de noviembre, se suceden las campañas institucionales por el Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres, con sus presentaciones oficiales, sus videos, sus carteles, rotulaciones de marquesinas y autobuses, merchandising etc ad nauseam… y como no podía ser de otra manera, cada año llega el momento de opinar sobre el acierto o desacierto de las mismas.

Al igual que las repetitivas campañas de la dirección general de tráfico que buscan reducir las muertes en la carretera utilizando diferentes estrategias comunicativas para llegar a nuestros corazones, nuestra conciencia o nuestro sentido de la responsabilidad, también en esto de la violencia de género, me imagino la tarea de las agencias de comunicación de intentar acordar un enfoque y dar con el eslogan o lema perfecto que logre “persuadir”. Siempre nos quedará en la memoria “Si bebes, no conduzcas”.

Podría darse una conversación como esta:

— ¿Dónde ponemos el foco, en las mujeres, “las víctimas”? ¿En los hombres, los “victimarios”?

— ¡Hay que hacer algo diferente! Este año vamos a poner el foco en ellos, porque ya está bien de señalarles siempre a ellas. Los hombres tienen que saber que la violencia no es un problema de las mujeres, sino un problema de ellos cuyas consecuencias sufren las mujeres. No son ellas las que lo tienen que solucionar, sino ellos.

(Hasta aquí no vamos necesariamente mal, véase esta campaña Argentina que se hizo viral el año pasado.)

— Vale… ¿Pero eso de “victimarios”…? Suena fatal. No va a funcionar porque a nadie le gusta que le llamen machista. Al contrario, tenemos que conseguir que los hombres “compren” el mensaje, que sea en positivo.

(Como escribe esta semana Javier Lopex, “la solución pasa por desarmar – de acciones y argumentos– a quienes agreden”. ¿Pero qué argumentos utilizamos para desarmarles de argumentos?)

— ¿Qué tal suena “Queremos hombres buenos”?

— Mejor todavía, ¿qué tal “Queremos tíos buenos”? (Campaña 25N Diputación Foral de Bizkaia)

 

Antes de entrar en lo que está ocurriendo aquí, déjame decir que pretender que un hombre resulte más atractivo por el mero hecho de no maltratar, hacer un juego de palabras entre “buen tío” y “tío bueno”, entre “estar bueno” y “ser bueno”, es absurdo, cuando no ofensivo. ¿Esto es un argumento? Solo falta que veamos camisetas en ZARA MAN del tipo “soy feo, pero no maltratador” o perfiles con la frase “No temas, soy un tío bueno” en Tinder. Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad.

 

Pero al grano. Aquí lo que ha pasado es que hemos entrado en la clásica retórica de persuasión llamada “moral reframing”. Básicamente, consiste en reenmarcar un problema político en términos del bien y del mal, una suerte de “truco psicológico” para convencer sobre una posición sin necesidad de análisis. Este argumento apela al comportamiento moral individual para solucionar un problema político colectivo. El primer problema de este argumento es que la violencia de género no tiene que ver con la catadura moral de su protagonista sino con su posición sociocultural dominante.

A nivel puramente comunicativo, es una propuesta que cumple su propósito de no incomodar, lo cual es en sí mismo un problema (el segundo problema de este argumento), ya que nadie puede permanecer en la comodidad cuando comprende la verdadera dimensión de la violencia machista. Los medicamentos para la disfunción eréctil no ayudarán con los problemas derivados de la disfunción sexual. Es un argumento comodón, precisamente porque nos ahorra tener que enfrentarnos a cuestiones tan pesadas como la profundísima influencia machista que todavía permea toda nuestra historia, cultura y sociedad. Esa cultura, llamada patriarcado,  por la que según la interpretación social de los genitales con los que nacemos tendremos unas u otras posibilidades y prerrogativas de poder, autonomía y libertad.

 

 

 

 

 

 

La violencia machista (contra las mujeres y el colectivo LGBTQi) no surge repentinamente por la maldad de un individuo. Al contrario. Se produce por la correcta interpretación que ese individuo hace del mandato tradicional masculino de reservar para sí la función y el poder de vigilancia sobre el orden social, y para ello tiene el derecho, cuando no la obligación, de recurrir al “castigo” si lo considera necesario, en aras de preservar ese orden.

Dejemos las disquisiciones sobre la subjetividad de la virtud y la moral absoluta para la filosofía y las religiones: ¿Robar es malo, aunque tengas hambre? ¿Mentir es pecado, aunque sea para ahorrarle a alguien un disgusto? ¿La violencia es intolerable o a veces necesaria?

La violencia de género no se debería abordar como un argumento filosófico, sino como un sistema social que ha funcionado durante siglos. Ante esta realidad, pedir “tíos buenos” es un tratamiento demasiado superficial.

 El diablo mismo es bueno cuando está contento. Thomas Fuller

El tercer problema de este argumento es que no es efectivo. “Sean ustedes buenos.” ¿Ustedes quienes?¿Quién se va a dar por aludido? Pocos o ningunos. Porque nadie se tiene por malo.

Dudo que cualquier hombre no sepa que controlar, abusar, humillar, agredir, insultar, matar es malo. Cuando aparecen estas “maldades” suelen motivarse por el comportamiento de la víctima. “No la estoy controlando, es que sé que me está poniendo los cuernos”; “No la insulto, es que está muy subidita”; “No es agresión, es que me estaba provocando.”

 

El cuarto problema con el argumento “buenista” es que no es innovador. Más bien todo lo contrario. Es lo de siempre. Es continuar pensando que cuando una mujer sufre maltrato, es porque ha tenido la mala suerte de toparse con un “hombre malo”, una especie de anomalía a la buena educación y la decencia. A esos “hombres malos” lo que les pasa es que se les ha ido la pinza, han bebido, o “sufren” de alguna otra circunstancia que acaba siendo, cuando no un atenuante, directamente una justificación. Nos permite concebir que el solo acto de no humillar, no agredir, no asaltar, no controlar, se llega a la categoría extraordinaria de virtud. Porque pudiendo ser malo, eres bueno. ¡Admirable!

Confieso que no he intercambiado opiniones con compañeros hombres, el “target” de esta campaña, pero intuyo que más de uno no se sentirá atraído por cierto tono paternalista, condescendiente y simplón. La vida es un poco más complicada.

Últimamente estoy viendo esto de los “hombres buenos” en varios contextos, sean libros, campañas, o conversaciones. Ojo, comprendo la dificultad de “convencer”, sea individual o colectivamente, a quienes están en posiciones de poder, y no, no tengo la receta mágica. Es más, afirmo que tal posibilidad no existe.

La raíz de la violencia de género no está en la capacidad de bondad humana. Está en la desigualdad del valor social ente lo masculino y lo femenino, en la desigualdad de poder, y por tanto debe tener una lectura, una interpretación y una solución política, no ideológica, ni mucho menos moralista.

Espero que la frase «queremos tíos bueno» no quede en nuestra memoria.

 

 

 

 

La leona herida

noviembre 12, 2019 en Doce Miradas

Hace unos años, de visita en el British Museum de Londres, una de las obras de arte que más me impresionó, y todavía me impresiona, fue “La leona herida”, un bajorrelieve tallado en alabastro hace más de 2600 años para decorar el palacio de Nínive del rey Asurbanipal.  La leona es parte de un bellísimo conjunto de escenas que representan al rey en una cacería.

Entre carros de combate, felinos lanceados y monarcas triunfadores, la leona, la hermosa leona, ligera, filiforme, digna y delicada en su fiereza y su vulnerabilidad, con sus patas traseras ya muertas y su imaginario aullido de dolor, conmueve y a la vez resulta tremendamente inspiradora.

Desde entonces, no puedo evitar pensar en la leona herida cada vez que veo a una mujer destacada, valiosa, poderosa o peligrosa, atravesada por flechas, abatida, derrumbada; y me viene especialmente a la cabeza en el caso de mujeres políticas que abandonan su quehacer de forma repentina, tras un mortífero revés, tras una lluvia de saetas que se les han clavado sobre todo en el alma.

Las mujeres políticas, al menos en mi entorno cercano, no suelen tener carreras largas. Salvo contadas excepciones, no se sientan en todos los parlamentos, no tocan todos los palos, no recorren todas las ejecutivas; no hay entre ellas supervivientes ni aves fénix que resurgen de sus cenizas. Y seguro que al leer estas últimas líneas os han venido a la mente unos cuantos ejemplos masculinos.

No doy nombres propios porque me gustaría que mis lectoras y lectores me confeccionaran una lista; o varias. Sí os diré, en cambio, que pienso en leonas heridas cuando pienso en políticas que estuvieron en activo y dejaron de estarlo en muy diversas coyunturas, que van desde lo delictivo hasta lo bastante más irrelevante. Vivieron diferentes circunstancias, alcanzaron diferentes cotas de poder, sí, pero con algo en común: pocos años en activo, en comparación con sus compañeros varones, y salidas forzadas, tensas, sin homenajes ni cálidos adioses; sin regresos espectaculares, sin aplausos ni loor de multitudes.

Las leonas, cuando se retiran, dejan en el aire esa pizca de amargura de animal herido que tan bien expresa la de Nínive, a veces con un aura de divismo como inspirado por otras fieras excelsas, como Greta Garbo o Marlene Dietrich, que dejaron su profesión y vivieron décadas alejadas del foco mediático.

Por el contrario, esa coraza típicamente masculina, mezcla de cinismo e invulnerabilidad, de estar por encima del bien y del mal y de lo humano, parece que solo la tengan un puñadito de ellas. Parece.

Las demás, tras ser fulminadas, muchas veces por fuego amigo, se retiran en silencio a lamerse las heridas en privado, en ese espacio personal o familiar donde se supone que estamos protegidas y a salvo.

Porque todavía hace frío ahí afuera. Porque la política no es todavía un territorio amigo, no es  women friendly. Siglos de testosterona han construido un sistema donde difícilmente tenemos cabida. En muchas partes del mundo todavía hay leyes discriminatorias que impiden la participación política de las mujeres, las cuales sufren incluso una fuerte brecha en capacidad y educación, lo cual supone empleo precario, que, unido a las cargas familiares, desemboca en pobreza.

Este último fenómeno lo compartimos lamentablemente en este nuestro presunto primer mundo, donde tenemos que hablar, además, de unas estructuras de partidos políticos nada acogedoras y de horarios incompatibles con la vida personal y familiar. Además, los procesos internos de primarias en los partidos necesitan todavía un buen tratamiento con perspectiva de género.

Tampoco ayudan a esto los estereotipos sociales negativos, fomentados a veces por los medios de comunicación, que se encuentran muy asentados en la misoginia popular, al igual que el edadismo, que se ceba contra las mujeres maduras con bastante más virulencia que contra los hombres.

Por ende, la escasa representación política femenina se ve reforzada por la escasa representación femenina en puestos directivos en muy diversos ámbitos: artes, cultura, empresa, deportes, medios, educación, religión, justicia, sindicatos, banca…

Esta ausencia de mujeres en los ámbitos citados contrasta vivamente con la destacada presencia femenina en estructuras alternativas de voluntariado, organizaciones no gubernamentales y similares, en cuyas cúpulas no se suele recibir una remuneración económica. El tabú del dinero sigue vigente para nosotras, como bien nos recordaba Ana Erostarbe.

A esto debemos añadir el elevado coste que supone aspirar a un cargo público y mantenerse en él. ¿Qué precio se paga? ¿Están (estamos) las mujeres dispuestas a pagarlo? ¿No resulta esto contradictorio con el principio feminista que propone colocar la vida en el centro?

Concluyo, a modo de colofón, con unas palabras de “Mujeres y poder”, el libro de Mary Beard:  las mujeres no están completamente integradas en las estructuras de poder, pero para esa integración lo que tenemos que cambiar no son las mujeres, sino el poder.

En eso estamos, hermanas.

Las mujeres en el poder empresarial: justicia y utilidad

octubre 29, 2019 en Doce Miradas

garbiñe biurrun doce miradas

Este blog se subtitula “Nos nos van los techos de cristal, somos más de cielo abierto”. Así lo siento también yo, que entiendo que no existen límites objetivos a la capacidad de las mujeres y que los que se nos imponen no solo impiden nuestro desarrollo de manera injusta sino que, además, niegan avances innegables al resto de la sociedad.

Mucho se habla del modo en que las mujeres se comportan cuando acceden a espacios reservados a los hombres, hasta no hace mucho incluso prohibidos a las mujeres. Mucho se habla, por ejemplo, de si las mujeres juezas —profesión vedada legalmente en España hasta 1.966— juzgan de manera distinta, o si las mujeres directivas de empresas contribuyen a cambios relevantes en la gestión.

Ahora bien, actuemos como actuemos en nuestros espacios de trabajo, no puede negarse nuestro derecho a ocuparlos. Es cuestión de justicia y de igualdad. Ya se ocuparon de que no fuera así en tiempos pasados, pero muy recientes. En estos días en que el franquismo vuelve a estar presente y que solo 44 años después de muerto el dictador se hayan sacado sus restos de un mausoleo público, no está de más recordar que, tras los extraordinarios avances producidos en la II República, la primera de las Leyes Fundamentales adoptada por el nuevo Régimen fue el Fuero del Trabajo, aprobado el 9 de marzo de 1938, algo más de un año antes de terminar la guerra, que, entre otras perlas, decía que “El estado liberará a la mujer casada del taller y de la fábrica”, un compromiso que el Estado cumplió, vaya si lo hizo. Pues bien, hace tiempo que hemos rechazado liberaciones castrantes como ésta y que peleamos por lo que es nuestro, o sea, por la igualdad y la justicia.

Yo tengo cierta idea de cómo nos movemos las mujeres en nuestra vida laboral, en cualquier puesto, pero no puedo sostenerla con mínimo rigor, pues ni lo he estudiado ni me dedico a ello. Por eso, en este año en que celebramos el centenario de la Organización Internacional del Trabajo – OIT -, he creído oportuno repasar su Informe de mayo de 2019 titulado  “Las mujeres en la gestión empresarial: Argumentos para un cambio”. Informe realizado a nivel mundial con interesantes y esperanzadores resultados, al menos desde el punto de vista de la actividad económica, que se resumen en que las empresas en las que se fomenta la diversidad de género, en particular a nivel directivo, obtienen mejores resultados y aumentan notablemente su beneficio.

El Informe recoge los resultados de encuestas realizadas en casi 13.000 empresas de 70 países, respondiendo más del 57% de ellas que sus iniciativas a favor de la diversidad de género contribuyen a mejorar su rendimiento empresarial y constatándose que en casi el 75% de las entidades que promovieron la diversidad de género en cargos directivos aumentó su beneficio entre el 5% y el 20%.

El Informe constata que el 57% de las empresas participantes en la encuesta expresó que esta diversidad contribuyó también a atraer y retener a profesionales con talento y que mejoraron la creatividad, la innovación y la apertura, y un porcentaje similar de empresas manifestó que la inclusión de género mejoró su reputación. Además, a escala nacional, el aumento de la integración laboral de la mujer tuvo relación directa con el desarrollo del PIB, tras el análisis de datos de 186 países para el período 1991-2017.

Y ello, partiendo de que, según este Informe, la diversidad de género genera estos beneficios cuando las mujeres ostentan, al menos, un 30% de cargos directivos y de gestión, lo que no se cumple en más del 60% de las empresas, por lo que se ven privadas de todo el talento necesario a los efectos de gestión.

Sin embargo, el Informe recoge también elementos negativos aún presentes y factores clave que continúan dificultando el acceso de la mujer a puestos de toma de decisiones. De un lado, la cultura empresarial que exige disponibilidad constante afecta de manera desproporcionada a la mujer, por lo que se impone insistir en políticas de inclusión y conciliación del trabajo con la vida personal para hombres y mujeres. De otro lado, la llamada “tubería con fugas”, esto es, que la proporción de mujeres que desempeñan cargos directivos en la empresa desciende según se asciende en la jerarquía de gestión – “techo o muro de cristal» -, que engloba todos los obstáculos que ha de superar la mujer en puestos directivos – notablemente, por desempeñar funciones de recursos humanos, finanzas y administración, consideradas menos estratégicas y, por lo general, menos dadas a facilitar una promoción que permita ocupar un puesto de auténtica dirección ejecutiva o en un consejo de administración -. En este sentido se constata que menos de un tercio de las empresas participantes en la encuesta han alcanzado el umbral crítico de un 33% de mujeres en su consejo de administración y que una de cada ocho empresas tienen consejos de administración formados exclusivamente por hombres, así como que la dirección ejecutiva de más del 78% de las empresas participantes es hombre, y solo es mujer, por lo general, en el caso de pequeñas empresas.

Si bien es lástima que el Informe no arroje resultados sobre el impacto que la participación de las mujeres en el poder empresarial tiene sobre la promoción de la igualdad dentro de las empresas, es de resaltar que se ha puesto de relieve su relevancia “si se tienen en cuenta los esfuerzos que despliegan las empresas en otras esferas para lograr únicamente un dos o tres por ciento de aumento de su beneficio”, por lo que “Las empresas deberían considerar el equilibrio de género una cuestión primordial, no solo un aspecto de recursos humanos«.

No soy persona dada a valorar los resultados económicos como elementos positivos de las acciones humanas, pero es claro que, si no se responde a otros estímulos de igualdad y justicia, al menos habrá que reconocer que la participación de las mujeres en la dirección empresarial tiene una justificación clara desde el punto de vista de la estrategia económica.

O sea, que el techo de cristal no solo nos cierra el paso a nosotras, lo que es manifiestamente injusto e insoportable, sino que es también negativo para las empresas y la sociedad en general. ¿No es razón bastante para romperlo ya?

Veo – veo, ¿qué ves?

octubre 15, 2019 en Doce Miradas

El día 11 de octubre se celebró el día Internacional de la niña. Quisiera traer a este espacio al colectivo infantil, considero que está silenciado y son el futuro.  Como no generan ingresos directos, sus voces no interesan. Creo que nos equivocamos, tendríamos que darles más peso en la toma de decisiones que nos y les afectan.

Muchas veces nos quejamos de que pasan mucho tiempo con el móvil pero ¿acaso provocamos su conversación? Hay una forma sencilla de atraer su atención y los resultados siempre son sorprendentes. Atención a este ejemplo:

Suele ser habitual que en las celebraciones familiares o de cuadrillas del colegio me acerque en la mesa al grupo de menores para participar de su siempre genuina conversación. Es un saludable ejercicio, una recomendable forma de mantenerse joven, la diversión está asegurada y el potencial de la sabiduría en su estado más puro aprovecha tanto o más que el propio alimento físico. En ocasiones, lanzo temas para que saquen sus ideas (edades entre 4 y 16 años) y enriquecer así las mías.

Recuerdo un interesante encuentro estando de viaje este verano en el que nos miramos en esa zona de la mesa al escuchar a un adulto en plena comida decir lo siguiente:

“Vaya tela, siglos de machismo y justo me toca a mí nacer en la era del cambio”

Se desprenden muchas cosas (también sensaciones y ganas) de esta apoteósica frase, incluso una buena: es evidente que estamos viviendo una época de transformación, el cambio está en proceso.

Fuente: Freeda

Cuatro preguntas bastaron, el resultado puede servir de estudio para cualquiera que lo mire en perspectiva. En un momento se pronunciaron acerca de: natalidad, capitalismo, Iglesia, conciliación, violencia de género, formación, consejos de gobierno, tecnologías, etc. Evitaré dar datos de quienes participaron para no incidir en los estereotipos de género. Un dato relevante, casi siempre hablaban en masculino, este detalle denota la urgente necesidad de incidir en la formación pro-equidad de género desde las edades más tempranas.

Me apresuré a escribir todo al llegar a casa para no perder detalle de sus respuestas:

Dice siglos de machismo, ¿qué es eso?

DJ.- Algo que pasaba en la era de los dinosaurios (se ve que las palabras le sonaban añejas o que le resulta ajeno)

JR.- Pues significa que en la época de los dinosaurios, desde que nacías formabas parte de una tribu donde los hombres se organizaban para asegurar la comida y protegían a la familia y mientras, las mujeres cocinaban lo que traían ellos de la caza y tenían a los hijos. Nadie les obligaba a hacer eso, y no hacía falta casarse, todos eran como una gran familia y lo hacían para asegurar la vida. Es que lo más importante era la vida. Las mujeres al poder dar la vida, eran tenidas en cuenta como el bien más valioso junto con los hijos, como un tesoro, por eso los hombres salían a pelear, y muchos morían peleando, es que hay que ser muy valiente, os imagináis a vuestro aita ahora enfrentándose a un Mamut? (risas acompañadas de gestos imitando la situación)

BG.- JR, ¿has dicho que los niños eran importantes?

DJ.- Ah! y entonces, como ellos salían a pelear, se hicieron más fuertes y así se volvieron superiores y ahí se convertían en machos? Entonces, machismo viene de macho!? (cara de descubrimiento)

PL.- Pues el machismo está todos los días en la tele, no es algo del pasado

Ahá, y dice que estamos de cambio, ¿qué pensáis?

JR.- Pues luego ya sí que hubo que casarse y los maridos traían el dinero para comprar la comida

PL.- Eso sería antes, mi madre también trae el dinero y compra la comida

BG.-Y la mía! Y mi padre! Por eso no vienen a recogerme cuando salgo del cole

JR.- Pues eso no es lo más grave, en otros países hay culturas en las que hay niñas obligadas a casarse con adultos, la hija de una amiga de mi madre ha estado de cooperante en un campamento y ha conocido a una refugiada. (Se refería a este campamento con Save the Children)

BG.- Es que los curas se inventaron el matrimonio

JR.- Porque se crearon las ciudades y las casas y las iglesias y ya no había tribus, entonces se casaban para tener muchos hijos. Como los tenían las mujeres, ellos seguían saliendo ahora a traer el dinero trabajando para comprar la comida. Y si le pasaba algo al hombre, el matrimonio le protegía para que pudiera cobrar un dinero por estar casada porque el dinero iba luego a su cuenta.

DJ.- Y ya no peleaban?

JR.- Ahora las peleas se llevan a casa

DJ.- Es verdad! mis padres se pasan el día discutiendo y peleando!

PL.- Pues en la tele salen noticias de malos tratos muchos días, y son hombres que pegan a sus mujeres y no de que ellas les pegan a ellos y a veces las matan 

DJ.- Mis aitas no me dejan ver las noticias

IG.- En mi casa mi madre le está todo el día chillando a mi padre y diciéndole todo lo que no hace o que hace las cosas mal, es un aburrimiento (caras tristes)

PL.- Mi padre chilla más que tu madre, pero no le oís por el patio? Y mi madre no hace nada malo para que le griten, él es así. Yo creo que se van a separar

JR.- En mi clase hay muchos compis de padres separados, cada vez más. Y hay casos que se vuelven a casar y hay familias que se hacen más grandes con los hijos de todos. Eso mola!

BG.- Si ya no nacen casi niños ni niñas

Y entonces, ¿lo más importante ya no es la vida?

JR.- El dinero, todos los mayores quieren más dinero

DJ.- Eso, eso! Dinerito! ¿Quién quiere un helado?

JR.- A ver, sí es importante pero es que si no, no podríamos tener todo lo que tenemos. Para comprar una casa hacen falta dos sueldos, y un coche, y comida… y para eso hay que trabajar, y si trabajas, ¿cuándo crías? Todo no se puede. Bueno, se puede pero mal. Hay que elegir.

DJ.- Es mejor el dinero, si total, ya estamos vivos!

A grupo.- Pero qué dices!? (más risas)

DJ.- Yo voy a estudiar mucho para ganar mucho dinero pronto y no tener que trabajar y tener muchos hijos y jugar con ellos todo el día.

BG.- El dinero sale de las empresas

Ah sí? ¿quién tendría que mandar en las empresas?

BG.- Mi madre!

DJ.- Mi tía! (a la vez)

BG.- Claro, tu tía es mi madre (ríen)

IG.- Pero si tu madre no ha trabajado nunca fuera de casa!

BG.- Y qué? Pero sabe organizarlo todo en casa. Un día vi un vídeo y decía que eso es un plus (este es el vídeo)

Fuente: Hirukide

FC.- Yo!

IG.- Mi padre ya manda, su trabajo es ser el jefe

JR.- Ahora mandan más los hombres porque antes salían ellos a trabajar por eso que hemos dicho de que ellas se quedaban en la casa. Y han creado ellos las empresas y por eso gobiernan. Pero eso es lo que está cambiando. Eso y que cada vez hay más separaciones, las cosas se están convirtiendo para que las mujeres tengan cada vez más sitio, y cuando manden ellas, todo se ajustará y ya no habrá tanta injusticia

DJ.- Por qué?

JR.- Porque ellas diseñarán robots para limpiar la casa y ya no habrá peleas para ver quién hace las cosas de casa y entonces tendrán más tiempo para nosotros. Lo digo porque en Navidad me regalaron un libro sobre mujeres científicas que me inspiró (Se refería a “Un pequeño libro de grandes mujeres científicas”)

BG.- Sí! (más risas) Pero vamos a por los helados o qué!?

Parece que el elemento transveral de la historia es puro y que se vislumbra un futuro en el que las mujeres tienen mayor voz y protagonismo en todos los ámbitos de la vida, esa que estamos dejando de alimentar por alimentar nuestros bolsillos.

Sin duda, hay luz de esperanza en nuestras siguientes generaciones, démosles voz, por favor.

Flaneuses. Caminar sin ser vistas

octubre 1, 2019 en Doce Miradas

‘Se recomienda a las “mujeres respetables” visitar pastelerías, salas de té y grandes almacenes y evitar los cafés, cabarets y salones, lugares asociados a mujeres “de dudosa moral” o a las mujeres trabajadoras que pasan por ahí sus interminables jornadas laborales’.
Extracto de una guía de viajes publicada en las primeras décadas del siglo XX

La ciudad, ese lugar en el que poder mostrarse y disfrutar del anonimato al mismo tiempo; un espacio que se convierte, a la vez, en morada para la mujer y en un lugar de peligro; la ciudad de las oportunidades de día; el lugar donde, a partir de determinadas horas de la noche, pasas a estar “sexualmente disponible”, como cuenta Virginia Wolf en The Pargiters

Esta fotografía incomoda que hizo Virginia Wolf de las ciudades que habitamos ha marcado de alguna manera el papel de la mujer en su entorno más cercano, decidiendo por nosotras si este o aquel lugar es apropiado o es peligroso, si está abierto para nosotras o mejor que no nos acerquemos, que ya está lleno. Una sociedad que nos inculca a las mujeres la imposibilidad de caminar libres es una sociedad que está negando a la mitad de la población la posibilidad de ocupar, habitar y narrar un espacio que le pertenece, y el mundo necesita la mirada femenina para narrar la realidad desde otra perspectiva y descubrir otras maneras de hacer.

Soy una afortunada, lo sé. Crecí en una familia en la que nunca me transmitieron el miedo a ir sola a ninguna parte ni me dijeron que por mi condición de mujer no debería estar en tal o en cual lugar. Todos eran espacios abiertos para mí. De forma sutil, mi madre nos estaba transmitiendo una manera de pensar, habitar y construir el propio espacio sin miedo, pero con cabeza. Sin saberlo, nos llevaba de la mano a la triada indisociable de Heidegger: habitar es una manera de construir el propio espacio; pensar el espacio es, a su vez, una forma de habitarlo, una forma de construirlo como relato del que nosotras somos las principales narradoras.

Abriéndonos las puertas al mundo, mi madre nos legitimaba como sujetos que éramos a ser parte del espacio público. Años después fui consciente de que solo así es cuando las mujeres podemos narrar la experiencia de ser mujer de otra manera. Investiga, lee, camina, construye tu propia realidad, piensa por ti misma, ten criterio propio.

Recuerdo en tiempos de la Universidad cómo muchos se sorprendían al ver a dos chicas solas ir de local en local o de concierto en concierto. Muchas veces tuvimos que escuchar: “Así no os echaréis novio nunca. Vuestra actitud no anima a los chicos a acercarse a vosotras”. Vaya, como si eso a nosotras nos preocupase. Nuestro interés era ser, estar, observar y contarnos lo que veíamos. Nos considerábamos mujeres que nos representábamos en solitario sin la necesidad de una figura masculina al lado. Y esto descolocaba a muchos; a nosotras no, claro.

Esto despertó en mi una curiosidad que todavía hoy me acompaña (espero no perderla nunca): caminar, pasear, observar las ciudades sola, en definitiva, practicar el derecho a mirar sin ser vista, me parece que es un placer al que las mujeres no debemos renunciar. Pasear sin prejuicios me sigue pareciendo una de las mejores maneras de ocupar este planeta.  Porque caminar por las ciudades es replantearse el modo de vida que tenemos y por lo tanto es cuestionar los roles sociales y el relato hegemónico que se nos ha trasladado de las ciudades: aquí sí, mujeres; hasta aquí, mujeres; aquí ya no, mujeres.

Este verano me encontré con el libro de Anna María Iglesia La Revolución de las Flaneuses. En él, la escritora hace un recorrido crítico sobre las flaneuses, mujeres que pensaron la ciudad y el espacio que habitaban, mujeres que reclamaron su espacio, que lo construyeron a pesar de las limitaciones, mujeres que transgredieron los límites geográficos, morales, sociales y económicos para construir un nuevo escenario del que formar parte: algunas se disfrazaron de hombre para poder acudir al Parlamento Británico, enterarse de lo que allí pasaba y construir una opinión propia; otras se quitaron sombreros cuando las mujeres estaban obligadas a llevarlos, para pasear libremente por las calles, aún siendo conscientes de que pasarían a ser objeto de todas las miradas; otras, mujeres trabajadoras, construyeron su vida de forma autónoma sin necesidad de tutela alguna. Ellas, las flaneuses, ocuparon el espacio construyendo un nuevo relato, subiendo a la tribuna y tomando la palabra.

 

Fotografía de Katrien de Blauwer

La sororidad, palabra maravillosa que da nombre a la relación de hermandad y solidaridad entre mujeres para crear redes de apoyo y que cuestiona la supuesta rivalidad entre nosotras, ha hecho uso de esa palabra individual que tomaron mujeres pioneras, las ha sumado y ha amplificado su voz. Las flaneuses, al atreverse a pasear solas, pudieron ver con claridad cómo las calles son más estrechas de lo que nos dicen, con obstáculos levantados por aquellos que limitan el avance de las mujeres.

Vivimos tiempos de hiperliderazgos masculinos en los que muchos hombres afianzan sus posiciones, acotan los espacios y se resisten a renunciar a sus privilegios y compartir los espacios. Como decía Pilar Kaltzada, sentirse inmerso en una mudanza de grandes dimensiones como es la igualdad es asumir de manera consciente que se ha vivido con muchos privilegios. A los hombres les toca compartir espacios y aprender a vivir con menos; a las mujeres nos toca seguir siendo paseantes y narradoras incómodas que muestran las grietas de este espectáculo social que todavía, en demasiadas ocasiones, imagina a las mujeres sin contar con ellas.

Nota. Este post está dedicado a Myriam Menéndez y a “Espartaca”, una amiga invisible que aguantó estoicamente nuestras narraciones incómodas.

Disculpen las molestias, pero nos están matando

septiembre 17, 2019 en Doce Miradas

Perdonen, sí, les digo a ustedes. ¿Se han dado cuenta de que nos están matando? Sí, no miren para otro lado, nos están matando, nos asesinan sin ningún pudor. ¿Qué hemos hecho nosotras? NADA, ser mujer. ¡BASTA YA!

Comienzo este post desde el dolor de mis entrañas al leer el último crimen machista ocurrido en España. Un hombre asesina a tres mujeres, Sandra, Alba y María Elena (escuchen bien sus nombres) en Valga (Pontevedra), delante de los hijos de la primera de ellas de 4 y 7 años.

Espero que para cuando se publique no tenga que añadir otra muerte más. No puedo más. Estoy horrorizada, escandalizada, disgustada, enfadada. 

Había comenzado a escribir otro post, pero esta noticia me ha vuelto a dejar tocada, y siento la necesidad de escribir algunos juramentos y palabras malsonantes (seguro que las edito una vez me calme un poco).

41 personas asesinadas en lo que va de año 2019 en España. 30 hijas e hijos menores huérfanos de madre. Más de 1000 mujeres asesinadas desde 2003, año en el que se comenzó a contabilizar el número de mujeres asesinadas por la violencia machista.

Este verano ha sido terrible. No había semana en la que no tuviéramos que lamentar otra víctima con resultado de muerte. Incluso hubo días consecutivos. Como en el último caso, muchas de las asesinadas por sus parejas o exparejas hombres no contaban con protección, ni órdenes de alejamiento, ni habían realizado denuncias previas. Las asesinaron por el simple hecho de ser mujeres.

Pero lamentablemente, el asesinato es solamente la punta del iceberg. Tenemos esas cifras que nos escandalizan, pero no sabemos realmente cuántas mujeres están sufriendo otros tipos de violencia de género, cuántos dramas personales y familiares están causados por hombres, y las heridas físicas y psicológicas que provoca diariamente el patriarcado y la cultura machista en la que vivimos (y en la que a veces morimos  nos matan ).

Matarnos es el último y más visible eslabón de la cadena. Hay todavía mucho trabajo que hacer. Gracias en gran parte al movimiento feminista, en el que cada vez somos más, podemos reconocer algunos avances en nuestra sociedad en los últimos años. Podemos afirmar que hay más conciencia, y que incluso han cambiado algunas cosas en favor de la igualdad entre mujeres y hombres, pero nadie con dos dedos de frente puede decir que se ha extinguido la lacra machista.

Cada vez somos más, y cuando se hacen movilizaciones a favor de los derechos de la mujer o en contra de las agresiones machistas, miles de personas se suman. Y eso es bonito, es reconfortante. Pero también creo que hay mucho postureo, mucha incoherencia entre las reivindicaciones o proclamas que gritamos y nuestros comportamientos cotidianos. 

La lucha por la igualdad de género y en contra de las agresiones machistas debe ser un posicionamiento desde lo más visible hasta lo más invisible. Aunque en algunas circunstancias sea difícil (por el qué pensarán otras personas, por las renuncias, por posibles represalias) no debemos caer en estas contradicciones. Tenemos que ser coherentes.

Esta última reflexión me viene tras lo sucedido este verano con el ya famoso “no concierto” de C. Tangana en las fiestas de Bilbao. Como ya sabréis, a última hora se canceló su contratación por algunas de las letras machistas de su repertorio. En mi opinión, el error estuvo en la planificación de ese concierto y en la incoherencia en la que incurrió el Ayuntamiento de Bilbao que por un lado hacía campaña contra las agresiones machistas y por otro iba a pagar con dinero público a semejante personaje. Afortunadamente, hubo cordura y se rectificó a tiempo. 

Pero la polémica surgida en torno a C. Tangana, que algunos calificaron de censura (personalmente creo que si fuera censura no hubiera podido actuar en Bilbao, pero este es otro tema), lejos de visibilizar el machismo de sus letras y generar un sentimiento de rechazo hacia lo que representa, parece que catapultó al cantante (que además presumió de ello), que llenó una sala privada de Bilbao en dos conciertos consecutivos durante el transcurso de las fiestas. Muchas de las asistentes a estos conciertos, por cierto, fueron mujeres. Incluso su música sonó en las txosnas a todo volumen y fue cantada y bailada por mucha gente, como se puede ver en el siguiente vídeo:

Y aquí está la incoherencia. Estoy segura que muchas de las personas que acudieron a sus conciertos o bailaron y cantaron sus canciones en las txosnas, se sumarán a las manifas, pondrán en Facebook avatares a favor de los derechos de las mujeres, publicarán sus selfies en Instagram con sus camisetas violetas y lanzarán sus mensajes reivindicativos.

Estaréis conmigo en que algo no cuadra. Ésto ocurre porque posicionarse en estas situaciones cuesta, es incómodo. La presión de grupo tiene mucha fuerza aquí, sobre todo entre los y las adolescentes. Si todas mis amigas quieren ir al concierto, ¿voy a ser la única que no va? Si en la txosna ponen su música y estamos en pleno “subidón”, ¿voy a ser la única persona que no baile?  Yo lo soy, así lo digo.

Tenemos que empezar a decir SÍ ante estas cuestiones. Ya está bien de participar de ésto, nos estamos jugando la vida. NOS ESTÁN MATANDO. Los pequeños gestos también son importantes. Los hombres que comienzan con violencias machistas de la parte baja de la pirámide es probable que vayan ascendiendo en la misma, por lo que es muy importante que se les pare los pies (o los puños) desde el comienzo: afeando conductas, rechazando comportamientos, no riendo ante comentarios o chistes machistas y señalando con el dedo este tipo de violencias.  En definitiva, siendo coherentes con nuestra forma de pensar. Y no estoy hablando solamente de lo que tenemos que hacer las mujeres, ¡eh!

Me preocupa especialmente ciertos comportamientos que observo en las personas jóvenes. No les voy a poner toda la carga de responsabilidad sobre sus espaldas, ya que gran parte de la culpa la tenemos las generaciones anteriores, que lejos de transmitirles que las mujeres tenemos derecho a ser libres y a vivir en igualdad, les hemos inculcado la cultura del patriarcado y propiciado que repliquen los comportamientos de otros tiempos. Por supuesto que no se puede generalizar, y hay que decir que hay muchos claros en el mar de nubes.

Quiero terminar destacando la importancia que tiene que se traslade el foco de las campañas contra la violencia machista a los hombres.

A las mujeres se les anima a denunciar, a que pidan ayuda, a que respondan ante las agresiones machistas, etc. Incluso que piensen en sus hijos/as y se carguen de valor por defenderlos. Se les ha puesto siempre esa responsabilidad, cuando el responsable de esa situación no son ellas, sino el p*** maltratador.

Por suerte, vamos avanzando también en esto. Como muestra, os dejo uno de los vídeos de una campaña argentina que se viralizó en redes sociales y que focalizó el problema de la violencia machista en ellos, los hombres:

Este cambio de enfoque es muy importante. Las mujeres queremos sentirnos libres, no valientes. No queremos que nos protejan por el hecho de ser mujeres, queremos que se actúe más eficazmente contra los agresores. Queremos que se les señale, que sientan en sus propias carnes que ellos son la lacra de esta sociedad, que es a ellos a los que se rechaza. Hay que ir a por ellos. NOS SOBRAN.

La vuelta al cole

septiembre 3, 2019 en Doce Miradas

Entran corriendo al patio, con la mochila cargada de ganas y nervios, con los brazos abiertos para dar abrazos por doquier, después de todo un verano sin verse. Risas, juegos y alguna que otra lágrima. Suena el timbre. Empieza un nuevo curso. 

La educación formal que transcurre en la institución de la escuela tiene un fin ético, de manera que necesariamente nos convierte en mejores personas. O debería.

Rousseau,  filósofo y padre de la pedagogía moderna (leído por generaciones de maestras) plantea unos principios totalmente diferenciados para la educación de los niños y de las niñas: para Emilio el proceso educativo se basa en el respeto a su personalidad y en la experiencia, con el fin de convertirlo en un sujeto con criterios propios, libre y autónomo; la educación de Sofía, en cambio, debe hacer de ella un sujeto dependiente y débil, porque el destino de la mujer es servir al hombre.

Estas son las bases de la institución escolar, pero ¿dónde estamos actualmente?, ¿es la igualdad la asignatura pendiente de la educación?

En primer lugar tenemos la posición de las mujeres como profesionales de la enseñanza. Se trata de uno de los sectores sociales más feminizados y, sin embargo, sus posiciones en la estructura educativa suelen ser inferiores a las de los hombres. La proporción de profesoras disminuye a medida que aumenta la edad del alumnado  y el prestigio social de cada ciclo escolar. 

En segundo lugar tenemos que referirnos también al androcentrismo en la ciencia y sus efecto sobre la educación. El análisis de las características del saber transmitido en la enseñanza pone en evidencia la casi total inexistencia de referencias a las aportaciones que han hecho las mujeres. Así, se transmite una herencia cultural que excluye el sexo femenino de la historia y del saber en general y no muestra ejemplos de mujeres que hayan contribuido a mejorar las condiciones de la vida colectiva.

Con excepción de las santas y las reinas -y con matices- las niñas no encuentran referentes que les proporcionen un estímulo similar al de los niños.Así se transmite, además, una herencia cultural que excluye a las mujeres. 

Podríamos hablar también de la jerarquización androcéntrica de los saberes en el curriculum escolar o de la evaluación curricular y los prejuicios sobre las capacidades y aptitudes diferentes de niños y niñas, según las cuales a ellas se les da bien el lenguaje y a ellos las matemáticas; para ellas la danza, para ellos el fútbol. No existe nada más allá de ese prejuicio y, en cambio, sí es real el efecto que nuestras expectativas sobre los niños y niñas generan en los resultados que obtienen. Efecto Pigmalión en marcha. 

En tercer lugar tenemos que fijarnos en el androcentrismo en el lenguaje. No hay dudas: lo que no se nombra no existe. ¡Niños, podéis salir al recreo! 

En cuarto lugar están los libros de texto y las lecturas infantiles. Es cierto que ya no leemos aquello de «papá fuma pipa y mamá cocina», pero los estudios muestran que los libros de texto mantienen un grado muy alto de sexismo. Como ejemplo, en un análisis reciente de 36 libros de texto de enseñanza primaria, de 8.228 personajes que mostraban solo el 25,6 % eran mujeres. Y esto sin entrar a análisis más detallados como el protagonismo que ejercen, las tareas que desempeñan o el espacio en que se desenvuelven. 

Al hilo de esto, leí  hace poco esta afirmación de un miembro del sector editorial:: 

«Estamos hartos de que nos analicen los libros. ¿Nos van a poner a buscar cuántas mujeres aparecen en las fotos o cuántas científicas se mencionan? ¿Es culpa nuestra que haya más premios nobeles varones?»

Y finalmente es necesario referirse al currículo oculto. Más allá del curriculum oficial, la relación entre profesorado y alumnado transmite todo un conjunto de normas y pautas de comportamiento no explícitas que influyen sobre la auto valoración de niños y niñas. Eso es lo que se ha denominado el currículo oculto. Y en esta interacción ellas salen perdiendo.

Se han generalizado valores considerados exclusivamente masculinos. Aunque no se explicite, la competitividad, la agresividad, el deseo de destacar y la indiferencia ante los problemas de compañeras y compañeros son comportamientos valorados por el sistema educativo porque responden al tipo de persona que más valora el sistema productivo

Las niñas tienden a adoptar comportamientos de mayor adhesión a las normas establecidas porque su ruptura no les supone ventajas. Por consiguiente, tienden a ser más estudiosas y a conseguir mayores éxitos académicos. Pero, al mismo tiempo, la forma de socialización que han recibido tanto en la familia como en el sistema educativo actúa sobre ellas y las convence de su lugar secundario en la sociedad, de la normalidad de su papel subordinado y de la menor atención de que son objeto. 

La educación no puede hacer desaparecer las desigualdades, pero es una pieza clave para reducirlas; por eso tiene sentido cambiar las formas educativas para hacerlas más igualitarias. Hay que dejar atrás un modelo pedagógico dominante de carácter androcéntrico. Hay que facilitar el acceso de las niñas y jóvenes a profesiones que siguen siendo reductos masculinos y hay que reforzar su papel en el ámbito público. Es necesario, al mismo tiempo, introducir en el curriculum escolar y en las relaciones en el aula un conjunto de saberes que han estado ausentes y, a la vez, valorar actitudes y capacidades que han estado devaluadas hasta ahora.

Y ahora la gran lección: si el machismo se aprende, la igualdad también.