Ideas para unas navidades más feministas

diciembre 11, 2018 en Doce Miradas

¿El estrés navideño es una problemática feminista?

 

 

Las Navidades son una conocida época de estrés, pre, inter y post traumático. Llena de sentimientos encontrados para muchas personas. Buenos momentos mezclados con tensiones, prisas mezcladas con risas, lágrimas con sonrisas, luces con sombras, buenos recuerdos con… agotamiento. Para nostoras también… pero más.

Para las mujeres es una época de discriminación directa e indirecta.  Directa porque directamente tenemos que hacerlo todo. Indirecta porque las fechas en el calendario son aparentemente neutras, ¿no?

 

“…se considera discriminación indirecta por razón de sexo la situación en que una disposición, criterio o práctica aparentemente neutros pone a personas de un sexo en desventaja particular con respecto a personas del otro…” (Ley Orgánica 3/2007, de 22marzo, para la Igualdad Efectiva de Hombres y Mujeres Artículo 6)

 

Por ello, este año podemos llevar a cabo un Plan de Igualdad Navideño (PIN), con líneas estratégicas, medidas y acciones positivas.

Y con acciones positivas no me refiero a “hacer las cosas muy bien”.

Lo único que quiero para Navidad es la abolición del heteteropatriarcado imperialista blanco supremacista capitalista”

“Las acciones positivas son medidas a favor de las mujeres para corregir situaciones manifiestas de desigualdad respecto a los hombres. Son de medidas específicas de carácter temporal, y por tanto, están destinadas a desaparecer cuando las condiciones de desigualdad lo hagan.”

Puedes decidir tu misma, cuando haya desaparecido el patriarcado, para empezar a retirar la necesidad de estas acciones positivas.

 

 

 


1. Estrategia y diagnóstico de situación:

Sororidad y alianzas: Poneos de acuerdo. Avisa a tu madre, hermanas, primas y demás familiares mujeres. Formad una comisión. Empoderaos haciendo un diagnóstico de situación. Todo lo que se mide se puede mejorar. Analizad vuestro historial navideño, examinando las estadísticas de navidades pasadas, identificando con detalle todas las tareas y trabajos desagregadas por sexo.

Importantísimo, recuerda, nos referimos no solo a labores físicas (quién pone la mesa, prepara las camas, compra y cocina la cena, guarda las sobras, limpia los baños). También hay que tomar nota de la propia gestión del evento (quien se encarga de que todo esté perfecto y a tiempo). Os podéis basar en vuestro estudio para realizar el paso 2.

Haced público vuestro estudio. Haz visible lo invisible.

Consejo: una vez publicado vuestro estudio, si vuestros compañeros salen con aquello de “mujer, nadie te lo exige, es mejor simplificar las cosas, no te agobies tanto, a mi no me importa que cenemos huevos fritos” — tomadles la palabra: se anulan las navidades. A ver qué pasa.

2. Los preparativos: hacer un calendario de adviento a la inversa:

Mientras la familia aguarda con impaciencia el día D (24 de diciembre fun fun fun), haced un cálculo hacia atrás en el tiempo. Vuestro calendario debe inluir hasta el 7 de enero como mínimo.

MODELO TIPO (excel, tabla, base de datos…. libre)

Desde octubre/noviembre:

Hay que empezar a preguntar quién va a venir. Realizar consultas, llamadas. Empiezan las preocupaciones. Recuerda que las mujeres somos más que las anfitrionas de la tradición por excelencia. Somos también las guardianas de la armonía emocional de los siguientes tres meses. Si es necesario, hay que negociar con aquellas personas que muestren reticencias, asegurando que se hará todo lo posible para que nadie se incomode, estando al quite de cualquier situación tensa para desactivarla en lo posible. Si algo sale mal, puede haber sido nuestra responsabilidad no haber percibido tensiones a tiempo para suavizarlas, animado lo suficiente o en general haber garantizado que éstas navidades van a ser maravillosas.

Noviembre/Diciembre:

Empieza la coordinación fina. ¿Todo el mundo tiene su viaje organizado? Hay que comprar billetes antes de que suban los precios? ¿Cuanto tiempo se van a quedar? ¿Hay camas suficientes? ¿Las camas tienen sábanas y mantas? ¿Éstas están limpias? Si no hay sitio en casa, hay que organizar alternativas. ¿Habrá regalos para todos y todas? Hay suficiente vajilla, cubertería, mantelería? ¿Funciona el horno? etc etc etc

Economía y finanzas: ¿Tenemos el dinero necesario para nuestras pretensiones navideñas? ¿Hay que empezar a comprar besugos y congelarlos? ¿Hay que realizar compras a plazos? ¿Hay que fabricar juguetes y detalles a mano?

Diciembre:

Planificación de horarios, actividades paralelas infantiles (¿qué se organiza durante todo el periodo no escolar?) Actividades paralelas adultas o mixtas (aperitivos, decoración del árbol y/o belén, excursiones de día). Recuerda ser sensible a las edades y gustos del público, tiene que haber algo para todos y todas. Que nadie se sienta fuera.

Realización de compras de último minuto. Envoltura de regalos. Recordar y realizar llamadas telefónicas personalizadas a familiares lejanos o cercanos que no han podido venir. Tener en cuenta no solo tu familia sino también la de tu pareja. Enviar regalos, postales etc si es el caso. Planificación de visitas a otros familiares, residencias de mayores etc

El menú. ¿Tradicional o innovador? ¿Hay que mejorar el del año pasado? Comprar, preparar, cocinar, guardar, congelar, sacar la basura, llevar las botellas al contenedor.

Limpieza previa y posterior. Decoración: recordar dónde está la caja polvorienta de titos (no olvides detalles como el de disponer la estrella de belén de la bisabuela de tu pareja que tanto le gusta)

En fin, creo que lo habéis entendido. El demonio está en los detalles.

3. Implantación:

Desarrollad bien vuestro plan. Convocad una reunión familiar en octubre para la asignación de tareas igualitarias y nombrad una comisión de seguimiento paritaria.

4.Resultados

En enero se ha de volver a reunir la comisión para evaluar los resultados y realizar recomendaciones y cambios para el año siguiente.


 

“Tips” y sugerencias para una Navidad más feminista

Una decoración feminista

Puedes introducir símbolos feministas que se recordarán para siempre y se incorporarán a la caja de titos navideños:

Regalos para romper esteretipos, jugamos a otros roles:

Juegos de sobremesa

En realidad toda la velada puede servir para jugar al bingo feminista en familia. Aquí tienes el tablero y las instrucciones

Vestuario

O nos vestimos todos y todas sexy, o nadie.

 

Villancicos

Podéis componer los vuestros… aquí tenéis un ejemplo:

 

Conversaciónes, chistes y acoso

No os podría dejar sin proponer una estrategia:

Es importante mentalizarse de que no es nuestra responsabilidad agotarnos con argumentos, explicaciones sobre lo obvio.

¿Por qué no volver la situación del revés? Utiliza esta sencilla pregunta, machaconamente si es necesario:

¿Explícame por favor por qué?

Ejemplos prácticos:

– Por favor, no es momento de charlar con tus amigos/hermanos/cuñados, hay que fregar.

– Cariño, estamos muy agusto… anda, no nos cortes el rollo. Ya lo harás cuando sea.

¿Explícame por favor por qué?

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El sexo es bonito… pero la Navidad es más frecuente

– Chiste soez machista

– Manolo, ese chiste es machista.. No es gracioso

– ¡No seas tan estrecha/absurda/exagerada/histérica!

¿Explícame por favor por qué?

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-Amigos/maridos-parejas/cuñados se arriman/tocan/besan cuando tu no quieres

– Manolo, eso es acoso.. No es gracioso

¡No seas tan estrecha/absurda/exagerada/histérica!

¿Explícame por favor por qué?

——–

Creo que os podéis hacer una idea. Intuyo que pueden ser momentos de “mansplaining”… abortados.

Finalmente, si nada funciona, retírate con elegancia, no sin antes dejar rellenado un detalle didáctico:

 

 

 

¡Buena suerte y feliz Navidad!

Nosotras renunciamos, ellos no

noviembre 27, 2018 en Doce Miradas

Mi hija Maddi asistió a algunas reuniones de trabajo en sus primeros meses de vida. Cada vez que veo esta foto, me viene a la cabeza la misma idea: la indefensión legal que tenemos en nuestras profesiones las mujeres que queremos y decidimos ser madres.

Tengo 38 años, soy una madre afortunada y orgullosa de una niña de cinco años y un niño de dos, y trabajo por cuenta propia. En mi caso, creo que ser madre no ha supuesto demasiadas renuncias a nivel profesional. Pero algunas, hay. El tiempo que dedico a mi profesión es menor que cuando no era madre, lo que ha supuesto poder afrontar menos proyectos y, por tanto, facturar menos. En mi primer embarazo, apenas pude disfrutar de una baja por maternidad. Entonces, la ley no me permitía facturar durante la baja de maternidad, pero sí estaba obligada a seguir cotizando a la seguridad social, por lo que no me salía muy a cuenta alargar más allá del primer mes esa baja. Hoy, afortunadamente, esa situación ha cambiado y no tienes que afrontar el pago a la seguridad social durante ese periodo de “descanso”. Así que, hoy, no supone tanto lastre económico acogerte al permiso de maternidad durante el tiempo que te permite la ley. Quizás Maddi, de haber nacido ahora, se hubiera perdido alguna reunión.

En mi entorno, conozco bastantes casos de mujeres que han tenido que renunciar a proyectos profesionales que podían suponer una progresión importante en sus carreras por estar embarazadas. Muchas veces les frena el hecho de que piensan que estar embarazadas les resta oportunidades o incluso las descarta a la hora de ser seleccionadas. Y no les falta razón. Es habitual que en una entrevista de trabajo te pregunten por tus planes de maternidad. No es legal ni ético, pero se sigue haciendo a través de preguntas-trampa como, “¿Qué haces en tu tiempo libre?” o “Hablemos un poco de tu vida personal…” o “¿Tienes algún problema para viajar fuera o alargar la jornada en algunas ocasiones?”.

Hace poco, una amiga cercana se encontraba en un proceso de selección para promocionar dentro de su empresa. Me contó que estaba embarazada, e inmediatamente después me dijo con tono de renuncia: “con esto no creo que tenga muchas opciones al puesto”. Su reflexión me pareció tan injusta pero tan realista, que solo me preguntaba: ¿Le compensa a la empresa perder a una candidata idónea para un puesto porque va a estar cuatro meses de baja?, si el candidato idóneo fuese un hombre que va a ser padre, ¿también le penalizaría? Ya conocemos la respuesta.

Clausulas “antiembarazo” en el deporte

En el deporte de élite, la situación es aún más desfavorable para ellas. Hemos visto ya varios casos en los que grandes deportistas mujeres pierden a sus patrocinadores por quedarse embarazadas. Es el caso de Blanca Manchón, seis veces campeona del mundo de windsurf, que en 2016 decidió ser madre, y sus patrocinadores desaparecieron tras hacerlo público. Tuvo a su hijo, y después luchó para lograr ser campeona por sexta vez, a pesar de no poder competir en las mismas condiciones que algunas de sus rivales. Por ejemplo, no pudo contar con una embarcación de asistencia durante la competición. Su historia la podéis ver en este vídeo.

Pero ¿a qué no os imagináis a deportistas de élite masculinos que sean abandonados por sus patrocinadores por tener una lesión de nueve meses de duración?

Blanca Manchón, Maialen Chourraut, o Venus Wiliams por ejemplo, han logrado volver a la élite, pero ¿cuántas se quedan en el camino o simplemente renuncian a sus sueños de ser madres?

Uno de los casos más llamativos lo tenemos en el fútbol femenino. Entre los dieciséis equipos de Primera División en España no hay ninguna futbolista que sea madre. Por supuesto que hay un condicionante físico que afecta a cualquier deportista mujer. Pero, a ello contribuye, la falta de convenios colectivos u otras condiciones laborales pésimas, como las cláusulas “antiembarazo” en los contratos que firman por miedo a quedarse sin trabajo y la imposibilidad de conciliar. Sí, habéis leído bien…¡cláusulas “antiembarazo” en el siglo XXI!

En este caso se está equiparando la maternidad con el dopaje, por ejemplo. Si te quedas embarazada o das positivo por dopaje, la entidad puede rescindir unilateralmente tu contrato. En otros países como EEUU, las futbolistas tienen el mismo problema que en España para volver a su estado físico tras el embarazo, pero por lo menos no temen quedarse sin contrato, y se les proporcionan todas las facilidades para su reincorporación. Claro está que allí el fútbol femenino sí está profesionalizado, por lo que quizás el debate sería ese.

Yo entiendo que para los hombres el cambio en sus vidas al ser padres no es una cuestión física y hormonal como para las mujeres, ya que a éstas les condiciona e incluso impide durante unos meses competir en ciertas especialidades. Pero de ahí a escuchar comentarios como el del periodista deportivo Juanma Castaño, que dijo que Sergio Ramos no debería despertarse por las noches para atender a su hijo porque tiene que descansar bien para ejercer su profesión, es de juzgado de guardia.

Como podemos ver en este vídeo, el mero hecho de ser mujer supone una carrera de obstáculos en la carrera de la vida, aunque la palabra “obstáculo” me suene demasiado fuerte a la hora de calificar la maternidad.

Ser madre es lo mejor que me ha pasado en la vida, y no lo cambio por nada, pero aún nos falta demasiado camino por recorrer para lograr la igualdad de condiciones en la actividad profesional sin renunciar a ciertas cosas. Y no estamos hablando de renuncias banales, estamos hablando de dar vida a otros seres...más que un obstáculo debería ser un “mérito” añadido a nuestro curriculum.

Hay mucho camino por recorrer para garantizar la igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito profesional. Además de la concienciación, es necesario y básico elaborar leyes que garanticen derechos elementales para que la maternidad deje de ser una amenaza (incluso para nosotras mismas) y se convierta en un derecho.

Que no nos hagan elegir entre carrera profesional o ser madre, no es justo. Los hombres no lo hacen.

Yo también soy feminista

noviembre 20, 2018 en Doce Miradas

Mikel Díez Sarasola (Donostia/San Sebastián, 1975). Pensé que a estas alturas de la vida disfrutaría de una visión satisfactoria del mundo que nos ha tocado vivir. Me equivoqué. Después de cursar Derecho, un postgrado en Berkeley (beca Fulbright), doctorado en Asuntos Internacionales y ahora mismo, filosofía por la UNED, sigo preguntándome cuestiones existenciales básicas. Mi evolución intelectual me conduce hacia posiciones políticas y personales comprometidas con la verdad y la justicia social; desconfío de construcciones sociales de identidad colectiva (nacional, de género o clase), a menudo, constituyen pretextos para legitimar el ejercicio del poder de unos pocos sobre el resto.  @Mikel10sarasola

 

EL FEMINISMO EN LA CENTRALIDAD DE LA REGENERACIÓN DEMOCRÁTICA GLOBAL

Tengo que comenzar estas líneas haciendo una confesión: hasta hace bien poco, el feminismo no era para mí más que un movimiento parcial y exclusivo del colectivo femenino, es decir, una ideología originada a finales de los sesenta por y para mujeres, que tenía por objetivo legítimo el de romper la jaula de cristal en que se había convertido la imposición de roles femeninos en la modernidad. De esta manera, el feminismo –así lo concebía- pasaba a engrosar el largo listado de “los otros”, de todos aquellos colectivos que cuestionaban y desafiaban el status quo del sujeto moderno que resultó ser hombre,  occidental, blanco, heterosexual y de clase media. La celebrada foto de Gillian Wearing ilustra muy bien las amenazas que se cernían sobre el actor hegemónico y único de la modernidad.

‘I’m desperate’ 1992-3 Gillian Wearing OBE born 1963 Purchased 2000 http://www.tate.org.uk/art/work/P78348

En este sentido, y desde mi entendimiento de la política como la aspiración universal de lograr la libertad y dignidad de todos los seres humanos, miraba con recelo todos los discursos que llevaran el adjetivo de “feminista”; teoría jurídica feminista, visión feminista de las relaciones internacionales, sociología feminista etc., por considerar que partían de unas premisas y se dirigían a un público limitado, el de las mujeres, un sector que, aunque fundamental en la reformulación política pendiente de la postmodernidad, no daba respuestas adecuadas –pensaba yo- ni integrales a la necesaria regeneración política y democrática de nuestras sociedades que ofreciera una alternativa política viable a la mundialización economicista (capitalista) hegemónica de nuestros tiempos.

Hoy me doy cuenta que me equivocaba profundamente; varios sucesos sociales y personales de los últimos tiempos me han hecho cambiar mi concepción sobre el feminismo y, a mirarlo con verdadera esperanza como la ideología de progreso para todos. Este proceso de descubrimiento e ilusión con el feminismo es precisamente lo que os quiero contar hoy. En efecto, en estos tiempos de transición donde nos invade una profunda crisis ideológica global y, donde la gente parece resignada e incapacitada para oponer resistencia y arbitrar unos nuevos consensos que pongan al ser humano y su bienestar en el centro de las decisiones colectivas, el feminismo se ha erigido como la única fuerza transformadora capaz de hacer frente a los malos augurios acerca de nuestro futuro y, de recuperar así el mito de la revolución francesa y de la promesa ilustrada de devolver la centralidad al ser humano haciéndole dueño consciente de su destino.

A este respecto, y frente a los movimientos de índole reaccionaria que atraviesan el universo político de las democracias occidentales (Farage, Trump, Salvini, Bolsonaro etc.) y, que amenazan las bases de la convivencia que han caracterizado nuestras sociedades desde la segunda guerra mundial, el movimiento feminista se ha mostrado como la única alternativa que ha logrado aglutinar a nivel global los diversos actores y fuerzas progresistas que buscan y reivindican un mundo más inclusivo, más justo y humano frente a una globalización deshumanizada que nadie parece controlar y, que se nos presenta como inevitable.

Especialmente ilustrativo de lo que acabo de mencionar fue la marcha de las mujeres que se celebró el 21 de enero de 2017 a nivel mundial, justo un día después de la jura del cargo como presidente de Estados Unidos por parte de Donald Trump. Esta manifestación espontánea fue mucho más que un alegato en defensa de las mujeres; esta movilización pacífica ha supuesto el momento en que las mujeres han adoptado la responsabilidad histórica de vehicular el cambio social desde unas premisas y con unas pretensiones de alcance universal. El discurso que la activista afroamericana Angela Davis dirigió durante la histórica jornada cristaliza mejor que ningún otro lo que he tratado de explicar y, que me permito transcribir en inglés:

At a challenging moment in our history, let us remind ourselves that we the hundreds of thousands, the millions of women, trans-people, men and youth who are here at the Women’s March, we represent the powerful forces of change that are determined to prevent the dying cultures of racism, hetero-patriarchy from rising again. […]The struggle to save the planet, to stop climate change […]  The struggle to save our flora and fauna, to save the air—this is ground zero of the struggle for social justice. […] We dedicate ourselves to collective resistance. Resistance to the billionaire mortgage profiteers and gentrifiers. Resistance to the health care privateers. Resistance to the attacks on Muslims and on immigrants. Resistance to attacks on disabled people. Resistance to state violence perpetrated by the police and through the prison industrial complex. Resistance to institutional and intimate gender violence, especially against trans women of color […]

A este respecto, no deja de ser paradójico que sea precisamente el feminismo el llamado a salvar los vestigios de esos valores ilustrados que han inspirado la idea de progreso en nuestras sociedades y, que han propiciado los grandes cambios políticos hasta nuestros recientes estados de bienestar. Y digo paradójico porque esos grandes consensos que ahora están en crisis, se han realizado de espaldas a las mujeres, unas mujeres que se han limitado a ocupar una posición subalterna, una condición de ciudadano pasivo sin capacidad de participar en los procesos decisorios del ámbito público. La mujer de esta manera ha dejado de ser un mero individuo para pasar a ser un sujeto, un sujeto que decide y que tiene la responsabilidad de liderar un nuevo rumbo para las personas, un mundo que de nuevo sea capaz de depositar su esperanza en los valores de libertad, igualdad y fraternidad.

Para terminar este post quiero volver al título del mismo; creo sin lugar a dudas que el feminismo se ha convertido en la única propuesta ideológica capaz de materializar hoy en día la promesa de emancipación individual y colectiva de todos los seres humanos, una conclusión, la mía, que me permite afirmar sin miedo a equivocarme que yo también soy feminista.

 

    

Presta atención. En tu entorno hay un putero

noviembre 13, 2018 en Doce Miradas

doce miradas

“Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”. Con esta frase, la activista dominicana Minerva Mirabal respondía a principios de la década de los 60 a quienes le advertían sobre su incipiente asesinato. El 25 de noviembre, Minerva, junto a sus hermanas Patria y María Teresa, fueron brutalmente asesinadas por orden del gobernante dominicano Rafael Trujillo, tras ser encarceladas, violadas y torturadas por enfrentarse al poder.

La fecha de su asesinato se eligió, a partir de 1981, como el  Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, un día de denuncia y protesta que honra, al mismo tiempo, la memoria de las hermanas Mirabal. De seguir vivas, Minerva, Patria y María Teresa, hoy en día, tendrían mucho por lo que seguir luchando. Un gran número de nuestros derechos siguen en peligro en un sistema que parece cada vez más embravecido con el plante que las mujeres venimos haciendo desde hace muchos años y que se vuelve peligroso a ojos de quienes siguen ostentando el poder. Es un rechazo natural; si tocas teclas que consiguen entonar melodías de cambio, las estructuras se retuercen y reaccionan.

La realidad es que una de cada tres mujeres sigue sufriendo violencia física o sexual. Sí, ya sé que estos datos, leídos una y otra vez, no nos mueven de la silla. Nos hacemos inmunes porque lo que vemos son números, no vemos a las personas. Aún así, no voy a dejar de lado que tres de cada cuatro mujeres víctimas de trata son utilizadas para la explotación sexual, alimentando así el comercio más trágico, perverso y provechoso del universo: el comercio de las personas. 

La prostitución es el segundo negocio que más dinero mueve en el mundo, un mundo en el que se prostituyen entre 40 y 42 millones de personas; un 90% son mujeres y niñas que tienen entre 13 y 25 años. El 62% fueron iniciadas en la prostitución siendo menores de edad y, en la mayoría de los casos, habían padecido violencias físicas antes de los 16 años. No es casual. “El sistema prostitucional”, dice Amelia Tiganus, integrante de Feminicidio.net y víctima de explotación sexual, “utiliza estos traumas de la infancia en su propio interés. Lo pude descubrir en mis carnes después de sufrir una violación múltiple a los 13 años. Me convirtieron en puta sin importarles que yo en realidad quisiera ser médica o profesora. Abandoné los estudios por no soportar toda aquella situación y aquel dolor. Las violaciones y la persecución se volvieron sistemáticas y yo, en la soledad y el abandono más absoluto, encontré la (falsa) solución el día que dejé de resistirme y me resigné”. 

La prostitución funciona con la lógica del mercado. El propósito de los mercaderes de personas es elevar la cuota e incrementar sus beneficios. Lo tienen fácil porque comprar una persona en el siglo XXI puede costar menos de 150 euros, mientras que explotarla durante un mes puede generar como mínimo 6.000 euros. Y, mientras tanto, los compradores de sexo mantienen la demanda de este mercado.

Se calcula que, en el Estado español, casi un 40 % de hombres han pagado alguna vez por tener sexo con una mujer. Sí, has leído bien; 40 de cada 100 hombres. Lo repito porque no quiero que nadie lea este dato sin echarse las manos a la cabeza o sentir un punzamiento en el alma. A pesar de que tres cuartas partes de los puteros opina que si una mujer se prostituye es porque, de algún modo, le obligan a hacerlo a través del uso de la fuerza, o a base de amenazas, consideran también que las mujeres obligadas a prostituirse son siempre las otras, no aquéllas que ellos compran.

Los datos hablan por sí solos. Presta atención, hay un putero en tu entorno, a tu derecha o a tu izquierda: un amigo, un compañero de trabajo, un hermano, alguien de la cuadrilla, un vecino, un marido o un padre. Son señores, de todas las edades y condiciones, depredadores de cuerpos de mujeres y niñas, cada vez más jóvenes, porque así lo demandan clientes que se creen con derecho a comprar el cuerpo de una mujer.

En esta lógica de mercado, toda mercancía necesita ser renovada, dando ritmo así a la abominable ‘ruta del 28”, cuya denominación proviene de la práctica de aprovechar el día 28 —cuando la mujer comienza a menstruar— para cambiarle de lugar, es decir, de prostíbulo. Así, la mercancía se mueve y los puteros pueden comprar nuevos cuerpos en sus visitas semanales. El cliente exige, el proxeneta provee. Los puteros no cambian de localidad, no cambian de hábitos, los puteros están entre nosotras, convivimos con ellos, son personas aparentemente normales, con parejas e hijos.

La alegalidad de la prostitución en el Estado español hace que se vea como un paraíso para los tratantes de esclavas sexuales, que incluso llegan a ser denominados empresarios por algunos medios de comunicación. ¡Qué desfachatez! ¿Empresarios de qué? Alrededor de 1.500 burdeles se camuflan como locales de hostelería para esclavizar y explotar sexual y diariamente a mujeres. ¿En serio se les puede llamar empresarios? Como decía María Puente en el artículo “El año en que once diplomáticos europeos fueron explotados sexualmente”,  legalizar la prostitución no es una postura progresista. Y continuaba diciendo algo que comparto al ciento por ciento: “En algún tiempo creí que era la mejor opción, pero ahora estoy convencida de que regular y legalizar la prostitución supone la institucionalización de esta forma de esclavitud”.

Leía hace unos días a Sonia Sánchez, también víctima de explotación sexual. Dejaba a las claras, en una sobrecogedora entrevista en la BBC, que “ninguna mujer nace para puta. Nos hacen putas, nos convierten en putas. El mismo hombre que te hace puta, en otro barrio es un marido y un padre”. Y sabe de lo que habla. El patriarcado, que impone las reglas del sistema económico que hace girar la Tierra, plantea el debate de la prostitución en términos de libertad de elección y de regulación laboral. Las propias víctimas dicen que, “las mujeres que ejercen la prostitución necesitan decirse que son ellas las que eligen, las que ponen el precio, las que son libres de entrar o salir cuando les apetece. Y se lo dicen para no sentir dolor, para negar la tortura de la que son víctimas”.

Lejos de ser una oportunidad profesional, o una mal llamada “vida alegre”, se trata de una de las muestras más bestiales de la desigualdad de género y del sufrimiento humano. La prostitución no es una profesión, es esclavitud. No existen empresarios, existes proxenetas y mafias que trafican con personas. No existen consumidores, existen puteros que demandan “carne fresca” para satisfacer sus caprichos. Y los tienes muy cerca.

 

 

¡Tenemos un notición!

octubre 30, 2018 en Doce Miradas

Doce MiradasDespués de cinco años y medio de observar la vida actual y pasada bajo el  filtro violeta, y de soñar con un futuro de igualdad, la Asociación Vasca de Periodistas y el Colegio Vasco de Periodistas se han fijado en nosotras. Doce Miradas ha recibido el Premio Periodismo Vasco 2018 en la modalidad de Periodismo Digital y estamos felices con el reconocimiento.

Parece que fue ayer

En 2012, en una sala de la Universidad de Deusto, doce mujeres unidas por la causa común de la igualdad de género, emocionadas, pulsaban ‘ENTER’ y publicaban el primer post del blog. Parecía que lanzásemos un cohete a la luna, a juzgar por lo trascendentes que nos pusimos, pese a las risas nerviosas y la ilusión que nos embargaba a todas. Y no era para menos. Enviábamos nuestro primer mensaje con afán transformador. Aspirábamos a remover conciencias, despertar dudas, aprender juntas, impactar en las mentes y los corazones de quienes quisieran leernos.

Y las primeras impactadas fuimos nosotras. No somos las mismas de entonces. La transformación social que ambicionábamos, que ambicionamos, es un propósito enorme, de largo recorrido y luces largas. Queda mucho camino para eso. Pero la transformación personal, no menos importante, llegó por sorpresa, sin buscarla.

El origen

Doce Miradas surge de la necesidad de levantar la voz para hacernos oír, reivindicar, corregir o destruir estructuras que oprimen, teniendo muy presente que no podemos –ni queremos- hacerlo solas. Doce Miradas nace con el deseo de sumar en las etapas del camino personas con las que construir un modelo justo de desarrollo personal y oportunidades. La justicia social y la igualdad entre hombres y mujeres es una responsabilidad de todos y todas.

Nosotras contamos

En Doce Miradas contamos: contamos a través de nuestro blog semanalmente. Contamos las corbatas en los congresos y en las fotos. Y por supuesto, contamos porque somos importantes, contamos como mujeres en la sociedad.

Durante este tiempo, semana tras semana, hemos publicado en nuestro blog más de 230 artículos. Son reflexiones personales que animan, directa o indirectamente, a la participación, como lo demuestran los casi 2.000 comentarios registrados. Nos han acompañado alrededor de 100 miradas invitadas, mujeres y hombres del mundo del periodismo, consultoría, judicatura, coaching, economía, cultura, igualdad, política, literatura, diseño, marketing, comunicación, sociología, educación e investigación, entre otros.

Dada la diversísima procedencia de las firmas, los temas abordados -siempre en torno a la igualdad, la perspectiva de género y el feminismo-, han sido también variados: participación pública, corresponsabilidad, medicina, publicidad, medios, música, literatura, lenguaje inclusivo, tecnología, historia del feminismo, cine, educación, infancia, empoderamiento, violencia, prostitución, justicia, acoso, historia de las mujeres y techo de cristal.

Estos artículos comparten, sin embargo, su sencillez y la ausencia de tecnicismos o grandes ambiciones teóricas o académicas. Están, por el contrario, cargados de vivencias y enfoques individuales, que, creemos, han favorecido la conexión con mujeres y hombres de todo tipo, no directamente próximas al “activismo” feminista en inicio.

Qué hemos hecho

Doce Miradas ha contribuido, a nuestro de modo de ver, a trasladar una idea diversificada del feminismo: no hay una sola manera de ser feminista, sino muchas. No deberíamos, de hecho, hablar ya en singular del movimiento feminista, sino de los movimientos feministas. Entendemos que los feminismos son variados, diversos, incluso contradictorios, porque están vivos y eso supone que evolucionan, se transmutan, se transforman.

El premio

Una de las mejores noticias que hemos recibido en estos cinco años es la concesión de este premio, que no es el primero, pues en 2016 recibimos el Aire Saria de Getxo Blog. Los premios siempre llegan en buen momento. Este nos ha llegado recién entradas en la madurez, cuando llevamos cinco años y medio, que, en “años blog” ya es una edad respetable.

Desde el principio fue un proyecto colaborativo y esa es la mejor de sus esencias. Este premio, como el Gordo de Navidad, está muy repartido, y es que los premios colectivos son los mejores. Está repartido entre las dieciocho mujeres que han sido y son miradas; entre las más de cien que han colaborado con el blog; entre las miles que nos siguen en las redes sociales y entre todas las personas que han confiado en este proyecto y se han sumado a él.

No queremos dejar escapar la ocasión de recordar por qué y por quién estamos aquí, en este punto del camino. Estamos aquí porque somos de cielo abierto y no nos gustan los techos de cristal ni los suelos pegajosos. Porque el mercado laboral no ha creído en nosotras ni en nuestras capacidades. Porque queremos hacernos visibles y dejar de vivir en la sombra. Porque me too, sí, a mí también me ha pasado, a nosotras también, a vosotras también os ha pasado y no tenemos por qué callarlo; caiga quien caiga. Porque nos seguimos poniendo de negro cuando los números sangran y todavía hay violencia extrema, letal, contra las mujeres aquí cerquita, a nuestro alrededor.

Y, finalmente, porque queremos cambiar las cosas y solo hay una manera de hacerlo: las cosas solo se cambian cambiándolas.

Eskerrik asko. Danke schön. Merci beaucoup. Thank you very much. Gracias.

El síndrome de la impostora llama a tu puerta

octubre 16, 2018 en Doce Miradas

Hace ya unos años, una campaña publicitaria grabó a fuego en mi mente el ya famoso slogan de “Hola. Tú no me conoces. Soy tu menstruación. Y no me voy a perder ninguna de tus fiestas”. Esa misma escena se recrea en mi mente con bastante asiduidad, pero con otro protagonista: Toc, toc. ¿Lo oyes? Aquí está. Cuando la visibilidad llama a tu puerta, el síndrome de la impostora va de la mano y tampoco se pierde ninguna de tus fiestas.

Si no sabes de qué hablo quizás sea porque eres una persona afortunada o porque no le has puesto aun nombre a algo relativamente común que consiste en asumir que tus triunfos son cuestión de suerte, que se deben a factores externos, que no eres tan capaz como todo el mundo cree, que no estás a la altura, que pasabas por allí cuando se repartían los éxitos… en definitiva: que eres una IMPOSTORA. Un auténtico FRAUDE. Así, con mayúsculas.

Un síndrome que no nos entró un día de sopetón, sino que se ha ido gestando durante mucho tiempo cual virus que necesita de su periodo de incubación. Y aunque este virus ataca tanto a hombres como a mujeres, nosotras somos más propensas a “pillarlo” porque desde pequeñas llevamos recibiendo mensajes velados (algunos no tanto) que van atacando al sistema inmunológico de nuestra confianza. Del “no seas mandona” que nuestras niñas escuchan al “tiene dotes de liderazgo” que escuchan ellos; del “qué guapa eres” al “qué listo eres”; del “eres muy trabajadora” al “eres brillante”. Y la cosa no para ahí. Cuando crecemos, sentimos que tenemos que demostrar nuestra valía una y otra vez (a nosotras mismas y a los demás), algo que llamamos el sesgo de “demuestra tu valía de nuevo”. También descubrimos que hay menos comportamientos aceptables para mujeres que para hombres (sesgo de la cuerda floja), como por ejemplo, ser asertivas, momento en el que somos tildadas como más difíciles y menos amables. Lo nuestro es permanecer sutiles, amables, dulces… o sufrir las consecuencias. Por ejemplo, en este estudio de Harvard y CMU en el que hombres y mujeres negociaron una oferta de trabajo leyendo el mismo guion, ellas fueron percibidas negativamente por negociar mientras que ellos no.

Los síntomas para el diagnóstico suelen ser claros y cumplen hasta un ciclo, que arranca cuando una nueva oportunidad se presenta ante nosotras:

  • Tras la emoción inicial, el miedo empieza a apoderarse de nuestro cuerpo y nuestra mente, generando un discurso de que no seremos capaces. Queremos pilotar por debajo del radar. Volvernos invisibles para no sufrir con los comentarios sobre lo que hacemos. Nos cuesta ser las primeras en coger el micrófono en el turno de preguntas de una conferencia, expresar nuestra opinión en público o aceptar que nos han ofrecido una oportunidad por nuestra valía y no por la cuota de ser mujer. Aplicamos aquello de “en comunidad no muestres habilidad” pero de manera constante, considerando que es más rentable socialmente no destacar por nuestro talento.
  • Convencidas de que somos una farsa, nos da por procrastinar y/o trabajar más y más para alejar el fantasma del fracaso. Resultado: sobresfuerzo y un perfeccionismo enfermizo donde “lo mejor” mata a “lo bueno”.
  • Tras esto, suele llegar el éxito, pero es efímero y dura menos que la caducidad de un yogurt. No nos da ni tiempo a disfrutarlo como se merece. Siempre hay un “pero”, por pequeño que sea, que proyecta su larga sombra y ensombrece todo.
  • Así que el siguiente paso es inevitable: negación del éxito y otra vez empezamos en la casilla de salida.

Pero tranquilas, que aquí vengo yo con aquello de que “consejos vendo, que para mí no tengo”:

  • Como en muchas ocasiones sucede, el primer paso es reconocer el problema. Darnos cuenta de lo que nos pasa. Para ello toca trabajar mucho la interioridad para autorreconocernos y autolegitimarnos. Dicho más sencillo, ganarnos la confianza de nuestra rival más dura e implacable: nosotras mismas.
  • Practicar la sororidad y contrastar con otras personas nuestra sensación. Alguien que lo vea desde fuera. Seleccionar esa persona es clave porque si no, te puede pasar como a mí: cuando me invitaron hace unos meses a dar una conferencia en el Parlamento Europeo, llamé a mi madre para contárselo. Su respuesta: “Hija, ¿no será un poco mucho para ti?”. Justo las palabras de ánimo que estaba necesitando… Obviamente ella no me lo decía desde una falta de convicción de mis capacidades, sino por evitarme el sufrimiento de los nervios y el propio ciclo de la impostora fustigándome (esto de evitar sufrimientos en niñas, jóvenes y mujeres adultas requiere de otro post…). Por suerte, hice otra llamada que me ayudó a acallar al síndrome y dar el paso (millones de gracias, Esti 😉 ). Necesitamos personas que nos empujen hacia arriba, porque hacia abajo las circunstancias ya nos están empujando todos los días.
  • Asociado a esto último, tú también puedes contribuir a paliar el síndrome de impostora de otras mujeres, ayudándolas a brillar y no apagando luces.
  • No pierdas por adelantado. Primero juega el partido. Hasta de las peores derrotas se aprende.
  • Lo dicho antes: ¿nada nunca es suficientemente bueno si lo haces tú? Baja el pistón de tu perfeccionismo.
  • Date el permiso de disfrutar de los éxitos más de cinco minutos y acepta las felicitaciones y los elogios. Ya va siendo hora de abandonar la modestia mal entendida.

Y a ti, ¿cuántas veces te ha tocado en la puerta el síndrome de la impostora? La próxima vez, cántale por Pimpinela:

¿Quién es?
Soy yo
¿Qué vienes a buscar?
A ti
Ya es tarde
¿Por qué?
Porque ahora soy yo la que quiere estar sin ti.

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Aquella noche llovió

octubre 2, 2018 en Doce Miradas

Una noche de agosto en una ciudad en fiestas. Concierto junto a la playa. Con 16 años recién cumplidos, ¿qué más se puede pedir? Tocaba Vendetta y llovió, pero no es eso lo que recuerdo: lo que viene a mi memoria es la alegría de sus caras cuando las vi llegar, a la hora acordada, ya de madrugada. Yo esperaba algo inquieta, lo reconozco. Ellas, adolescentes, brillaban algo cansadas, claro,  pero felices.
Una joven de la misma edad, esa misma noche, una chica que podría haber sido cualquiera, no llegó a casa ni de esa manera ni a esas horas: pasó la noche en la comisaría, y es posible que haya olvidado la lluvia y la música. Casi puedo asegurar, sin embargo, que no olvidará nunca la noche en la que la violaron.
Supimos de lo ocurrido a la mañana siguiente. No hace falta que describa qué sentí, cómo me sentí. Ni cómo se sintieron ellas, mis hijas y sus amigas, que esa misma noche esquivaron esa bala atascada en el tambor de la violencia machista. Cada día, cada noche, se juega la macabra ruleta rusa.

Han pasado ya casi dos meses, y apuesto que aquella joven no leerá este escrito. Y, sin embargo, aquí estoy yo, pensando en ella, en esa chica que imaginaba el verano que estaba por llegar con la ilusión desbordada y ahora encara el otoño con heridas abiertas, a la deriva. Y no dejo de pensar en él, también joven, que una noche de agosto se convirtió en agresor sexual; que violó a esa chica, simplemente porque podía hacerlo.

Y también pienso en los otros jóvenes que lo intentaron, y en todas las mujeres que este año se han librado, quién sabe hasta cuándo.

Ellos y ellas son menores de edad; según los últimos datos, el 42% de las víctimas de la violencia sexual que ocurre fuera del domicilio lo son.

Ha sido el verano de las negaciones: “No es No”, grito unánime. Una de las jóvenes con las que compartí acto de protesta me decía: “ver tanta gente aquí nos da fuerza, pero esta noche volveremos a tener miedo al volver a casa”. El posicionamiento social es condición necesaria, pero no suficiente, como lamentablemente hemos podido comprobar.
Por la relevancia de los casos, las agresiones a mujeres menores de edad perpetradas también por menores han cobrado una enorme relevancia, y nos han llevado a cuestionarnos si la violencia entre jóvenes y adolescentes responde a razones ocultas que no hemos sabido interpretar.
Y nos preocupa, y nos revuelve, porque, demonios, no debería ser así.

Comprendo la impotencia de mujeres comprometidas desde siempre con el feminismo, que se revelan contra el amargo sentimiento de que tanto camino recorrido no haya servido para nada. Se miran incrédulas sujetando las viejas pancartas en las calles nuevas. Y se preguntan: ¿cómo ha podido ocurrir?
Intento, siempre que es posible, acercarme a la gente joven con vocación de entender. Hablamos y, sobre todo, escucho sobre las vivencias propias, que a veces me parecen contradictorias y otras tremendamente lúcidas.
Son las jóvenes que se auto-organizan en grupos de defensa en los institutos; las que salen a la calle, levantan la voz y se juegan la armonía (en casa, en sus cuadrillas, con sus parejas). Y también son las jóvenes que reproducen modelos de conducta antiguos, que se miran y se buscan en las tallas 34, que consumen novelas rosas (por mucho que sean en formato instagram stories, y escuchan música que denigra, ofende y agrede el sentido común y sus valores.
¿Son contradictorias? Por supuesto. Pero, ¿no lo somos el resto?

El dedo que señala la luna

No tengo una conclusión clara, menos aún una solución, pero en cada charla me reafirmo en un convencimiento: nos equivocaremos si cargamos sobre la juventud la responsabilidad que nos compete a todos y todas, como sociedad.
No es la juventud la que se resiste a avanzar, más bien al contrario. Es la sociedad en su conjunto la que todavía no ha logrado los cambios permanentes y duraderos que harán posible la transformación que necesitamos. Mientras esto no ocurra, seguiremos analizando datos que parecen, a primera vista contradictorios.

Cada cuatro años, el Observatorio de la Juventud de Euskadi realiza un estudio sobre, entre otras cuestiones, la percepción y valores en cuanto a la violencia contra las mujeres. Pues bien, hemos visto evolucionar la valoración de las y los jóvenes vascos desde 1997 y el avance ha sido enorme. En Euskadi la juventud muestra una posición radicalmente opuesta a cualquier uso de violencia contra las mujeres, y a día de hoy se acercan a valores absolutos quienes rechazan en un 100% prácticas como los insultos, no dejar decidir cosas, amenazar, prohibir salir de casa, obligar a mantener relaciones sexuales contra su voluntad o hacer desprecios. Si te interesa, puedes consultar las conclusiones de este estudio.

En el otro lado de la moneda, las estadísticas nos dicen que la violencia sexual fuera del ámbito familiar afecta cada vez a más jóvenes que no superan los 18 años de edad y, en la actualidad, como ya se ha señalado, el 42% de las víctimas son menores. Lo ha documentado en su informe anual Emakunde, y puedes ver el detalle a través de su página.

Ni el estudio estadístico ni el registro de las denuncias están equivocados: las señales que apuntan en direcciones apuestas, todas ellas, aciertan. Avanza la conciencia, pero los hábitos sociales en los que se inserta la violencia son aún demasiado poderosos.
Son las y los jóvenes quienes en mayor proporción ocupan el espacio público de ocio. Y el incremento en el número de denuncias no indica, necesariamente, que estemos padeciendo más agresiones, sino que las víctimas denuncian en más ocasiones.
La población joven y adolescente reproduce los roles sexistas que se transmiten a través de todos los medios en los que nos socializamos. El estereotipo nos atraviesa en todas las edades; entre jóvenes es todavía más acusado, porque a esa edad le corresponde construir sus referencias.
Antes de levantar el dedo acusador contra la juventud, seamos honestas. ¿Qué les estamos ofreciendo como referencia? Mantenemos los mismos prejuicios sobre qué es ser mujer y qué es ser hombre; los mismos patrones de modelo de relaciones basadas en el poder, el control y la dominación como capital social para ellos, y el sometimiento y la falta de libertad para ellas. La juventud normaliza la violencia y aprende a convivir con ella porque la sociedad, en su conjunto, lo hace.

Es tiempo de cuestionarnos todo

No caigamos en la impotencia; las cartas están marcadas, como recordaba María Puente el otro día, pero podemos cambiar las normas del juego. La violencia contra las mujeres es una construcción social, y como tal, puede revertirse, pero no será posible si no cuestionamos el trasfondo que perpetúa la desigualdad estructural.

  • Empecemos por qué concepto de seguridad queremos para nuestras calles, y pensemos si es deseable asumir que la libertad de las mujeres debe limitarse sin atacar simultáneamente los modelos de relación que fomentan la violencia. No podemos condenarnos a tener miedo las unas de los otros. No queremos ser valientes, ni que nos protejan o aíslen: queremos ser libres.
  • Analicemos el reparto de roles en todos los ámbitos, desde la infancia hasta el hogar, pasando por la representación social de qué significa ser mujer y ser hombre. Solo creando nuevos modelos de hombres y mujeres podremos cambiar nuestras relaciones.
  • Revisemos los currículos escolares, hablemos abiertamente de educación sexual, de diversidad, de autonomía y empoderamientos personales. Hablemos de los valores del respeto, del auto-cuidado, de la auto-responsabilidad y del buen-trato. La educación para la igualdad es el único antídoto contra la violencia.
  • Analicemos, y hagámoslo cuanto antes, las bases jurídicas sobre las que se definen los delitos sexuales. La Justicia solo merecerá este nombre cuando sea justa también para las mujeres. No nos faltan propuestas bien fundadas: necesitamos determinación para aplicarlas.

El tiempo de hacerlo es ahora. No cabe esperar más.

No podemos permitirnos ni una sola mujer más atemorizada, vejada o violada.

Ni una noche más de miedo. Quiero que mis hijas vuelvan a casa mojadas por la lluvia, no por las lágrimas.

Señoras, vivimos en un casino y la banca siempre gana

septiembre 18, 2018 en Doce Miradas

En los casinos, la banca siempre gana. En los últimos meses, diversos acontecimientos me han convencido de que vivimos en un casino y las mujeres llevamos las de perder. Es un bajón de conclusión pero ser consciente de algo, a veces propicia la solución. El caso es que la vida está trucada. Los trileros existen. Cómo si no se explica que las mujeres cada vez estudiemos más que los hombres pero sigamos ganando menos o que cobremos menor salario por igual o similar trabajo y en consecuencia percibamos pensiones que son un pasaporte a esa pobreza programada que nos contaba nuestra ‘mirada’ Ana Erostarbe en su reciente y certero post.

Cómo se explican si no esas sentencias judiciales en las que los hombres pagan poco o nada por violar a mujeres y niñas (también niños), una de las más sangrantes y reciente, la de ese hombre condenado a solo tres años y nueve meses de cárcel  por violar durante más de cinco años a una niña vecina de solo 5 años porque no quedó probado que opusiera resistencia. ¡Una niña! Una sentencia “impecable”, dijo después el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Cantabria, José Luis López del Moral. Sí señor, para estar muy orgulloso.

Cómo si no se explican esas noticias en prensa en las que los hombres que maltratan y asesinan son siempre presuntos, algo que no sucede cuando excepcionalmente se da un caso en que la mujer es la sospechosa de asesinar y  a ella se le priva del ‘presunta’.

Cómo se explica si no que pese a haber en España un 52,7% de juezas tengamos que ver en pleno 2018 esta anacrónica y vergonzosa foto como la imagen del inicio del año judicial? Lo mismo sucede en medicina, en educación, en la literatura supuestamente más elevada…

Cómo si no se explica la oposición social todavía hoy en día a que las mujeres puedan desfilar vestidas de soldado en una fiesta como los alardes de Irun y Hondarribia? El otro día, 11 de septiembre, en la tertulia de Está pasando de ETB, un señor del que solo me quedé con que era cirujano plástico, ‘cirujano plástico negro’ en adelante para mí, se mostraba indignadísimo con que las mujeres quisieran vestir de soldados. ¡Huy, huy huy, qué falta de respeto a la tradición y al rigor histórico! Todo, porque en la época recreada los soldados eran varones, justificaba.  Según ese argumento las mujeres no podríamos hacer nada porque en tiempos pasados todo lo considerado relevante lo hacían los hombres. No sé qué dirá la tradición sobre la cirugía plástica, por cierto.

Cómo si no se explica que se estén creando ‘granjas’ de mujeres para que tengan los hijos de otras personas con más recursos económicos. En España es ilegal, pero se legaliza de forma indirecta al permitir que se acuda a otros países. Cómo si no se explica que exista la prostitución y la trata, mayoritariamente de mujeres. Es un trabajo como otro cualquiera, dicen quiénes lo defienden. Y lo más sorprendente: cómo están luchando algunos hombres estos días a brazo partido, a raíz del fallido sindicato de prostitutas, defendiendo la libertad de las mujeres para ser prostitutas. Flipo con su tesón y entrega. Si pusieran tanto empeño en defender nuestra libertad para ocupar puestos de responsabilidad, la igualdad estaría ya conseguida.

Cómo si no se explican tantas y tantas cosas que van contra la lógica, la justicia, el sentido común y la bondad. Podríamos seguir y seguir. Ni siquiera es cierta esa máxima según la cual la igualdad está ya conseguida por ley y lo que falta ahora para lograr la igualdad real es el cambio de mentalidad, el cambio en la calle, en la sociedad. Tampoco eso es cierto. Esas injustas y vergonzosas sentencias que antes mencionaba  están sujetas a la ley. Las dictan porque la ley se lo permite.

Las mujeres nos esforzamos animadas por una ilusión de igualdad. Con esfuerzo lo conseguiremos, pensamos. Pero nos damos una y otra vez con techos que ni siquiera son de cristal para la mayoría, con paredes de cemento, con suelos pegajosos y puertas cerradas. Estamos jugando con la baraja trucada. Así no hay quien gane. Todas las estructuras que rigen nuestra vida las crearon hombres, en muchos casos machistas. Este casino se inventó para dejar a las mujeres fuera de juego. En la actualidad nos dejan entrar y participar, que creamos que tenemos opciones de ganar. Pero la banca siempre gana. Está pensada para que así sea. Para que los de siempre mantengan el poder. Claro que de vez en cuando alguna lo consigue. Como en los casinos. Esa es la estrategia: que sigamos pensando que se puede. ¿Pero a que nadie, fuera de la familia Montoya, cree que puede confiar en los casinos para ganarse la vida y prosperar?

A pesar de haber llegado a esta conclusión oscura, no renuncio a compartir este mundo en igualdad de derechos y oportunidades con los hombres. No hay nadie conformista en Doce Miradas. Aspiramos a la transformación social. Está claro que necesitamos cambios profundos, estructurales. No llegaremos a ninguna parte jugando con estas cartas que nos reparten. Con estas estructuras caducas. No basta con parchear la superficie. Hay que hacer saltar la banca o derribar el casino. Yo ya no me lo trago. Esta vida está trucada.

Contraprogramar la pobreza

septiembre 4, 2018 en Doce Miradas

Quizá sea condición necesaria para vivir sin miedo permanente. Me refiero a esto tan humano de vivir nuestras vidas más bien de espaldas a la muerte. Quizá sea también por ello que tendemos a pensar lo justo en la vejez, fría antesala de esa habitación a la que nadie quiere entrar. Pensamos poco en cómo será hacerse mayor, en cómo viviremos esos años lentos hasta el final.

Leo a menudo titulares que me hacen tomar conciencia de que, al menos estadísticamente, jugaré en desventaja en lo que a calidad de vida se refiere. Cierto que como mujer que soy viviré en torno a 5 años más que si fuera hombre, pero -no menos cierto- lo haré siendo sensiblemente más pobre.

Según datos de 2017, solo el 42% de las mujeres cobran una pensión hoy día, y su cuantía es un 37% menor que la de los hombres. De modo que, si la brecha que nos separa salarialmente en los años profesionales ronda el 23%, la jubilación no hace sino acrecentar sustancialmente dicha injusticia. En el caso de las mujeres -de acuerdo con la doctora en Economía, Júlia Montserrat-  dos tercios de esas pensiones no llegan, además, al salario mínimo interprofesional. Es decir, que de cada 10 mujeres hoy día, solo 4 cobran una pensión, y solo 1 de ellas cobra por encima de los 700 y poco euros al mes.

Haciendo un ejercicio de empatía, cuesta imaginar lo que debe ser enfrentarse al día a día para estas mujeres, otrora “trabajadoras”. Cálculos arriba, cálculos abajo… Pero lo que de verdad duele es imaginar lo que debe ser la vida para esas otras mujeres que lo que perciben son pensiones no contributivas. Porque, estas sí, están mayoritariamente dirigidas a las mujeres. Ese enorme “montón” de mujeres que “no trabajaron” fuera de casa, o que lo hicieron en la oscuridad legal de los trabajos peor pagados, y que hoy día arrastran sus últimos años con 370 euros al mes. Mujeres mayores por debajo del umbral de la pobreza.

Pobreza programada

Entre los motivos de esta pobreza programada, está, sin duda, la propia configuración de nuestro sistema de pensiones. Un sistema cuestionado estos últimos meses por los miles y miles de pensionistas que han tomado las calles en ejemplar ejercicio de democracia. Hombres y mujeres que cuestionan su justicia, a la par que reclaman su derecho a vivir con dignidad. ¿Pero qué hay de ellas? ¿No merece una mirada específica de género el actual cuestionamiento del sistema?

  • Un sistema ajeno a la brecha salarial; esa injusticia tolerada según la que las mujeres que sí trabajaron, cobraron menos por igual labor y merecen, por tanto, menor pensión.
  • Un sistema que convive con una oportuna oferta de planes de pensiones. Planes que las mujeres tampoco pueden engordar en la misma proporción que ellos. Un 21% menos, concretamente. Menos dinero, menor capacidad de ahorro privado.
  • Un sistema que vive de espaldas al valor del trabajo en el hogar y al del cuidado de hijos e hijas y mayores; actividades enormemente valiosas, sobre las que literalmente se sostiene nuestra sociedad. Actividades a las que muchas de estas mujeres que hoy sobreviven con angustia sin solución dedicaron sus años “profesionales”.
  • Y un sistema que en 2019 introducirá la esperanza de vida como nuevo factor de cálculo para fijar las pensiones, esta vez penalizando a las mujeres por vivir más tiempo. O por la posibilidad de vivir más tiempo, en realidad.

Un sistema, en suma, machista, insolidario y con vocación de perpetuarse en la desigualdad. Fiel reflejo de la sociedad a la que representa y sustento económico de todo lo que está por cambiar.

Terrenos por conquistar

Leo por otro lado que los hombres negocian sus salarios hasta 4 veces más. Que nosotras solo nos presentamos a un empleo cuando estamos 100% seguras de que encajamos, y que ellos lo hacen cuando creen hacerlo al 60%. Leo que tendemos a no defender nuestros propios logros y conquistas, que tendemos a pensar que será nuestro trabajo el que hable por nosotras y que, por ello, entrenamos poco el hábito de pedir asertivamente, o el de capitalizar abiertamente nuestros méritos. Y, al unir unos datos y otros, las consecuencias de tanto azar se hacen reveladoras en términos de pérdida de riqueza y beneficios asociados.

Según un estudio en 26 escuelas de negocio de todo el mundo, estas consecuencias son, de hecho, formidablemente trascendentes para las mujeres. Tras medir la brecha salarial entre estudiantes de postgrado que acababan de entrar en el mercado laboral, situada en 4.600 dólares/año de media, Catalyst extrapoló las cifras hasta calcular la diferencia en 40 años de vida profesional. El resultado: 431.000 dólares menos para las mujeres, motivados por las diferencias de pago en origen y el previsible no reclamo de incrementos salariales que ellos, en cambio, sí realizarán. Para ti que estás leyendo: 370.000 euros menos por ser mujer.

De forma que, contra ese futuro casi programado, se me ocurre que la conclusión para las mujeres parece tan clara como necesaria. Debemos contraprogramar: cuestionar el sistema en su conjunto, analizar con perspectiva de género cada esquina, cada asunto, cada decisión económica, cada práctica social, disfrazada de tradición o modernidad. Debemos reivindicar el valor de los trabajos esenciales, al tiempo que debemos reorganizar la sociedad de tal modo que su peso no continúe recayendo sobre nosotras de manera tan abrumadora aún. Toca también perder el miedo a capitalizar nuestros logros profesionales, comprender la importancia de reclamar subidas de sueldo de forma proactiva, la de negociar en nuestro favor cuando toca. Porque no hablamos de dinero. Hablamos de bienestar. Hablamos de derechos. De igualdad. De desigualdad.

De otro modo, nuestros gestos, cesiones y omisiones de hoy, serán las causas de mañana. Su eco, ineludible. Y el sistema -con apariencia de inocente azar- seguirá enredándonos como en la canción, poderoso e invencible, hasta escoger para nosotras el vestido de la vejez y la pobreza.

* Adaptación de artículo originalmente publicado en Gizadiberri.

De cómo fui misógina y me convertí en feminista

julio 24, 2018 en Doce Miradas

Era yo muy niña y ya me di cuenta de que pasaba algo. Me percaté muy pronto de que, a mi alrededor, la vida de los hombres no era igual que la vida de las mujeres. Entonces no sabía decirlo con estas palabras de adulta, pero ese conocimiento ya estaba en mí. Ya había constatado que los hombres eran más libres y más felices; reían más y hacían cosas más variadas e interesantes. Decían cosas más sabias. Habitaban un universo más amplio, más rico, más luminoso, más divertido.

La vida de las mujeres estaba mucho más limitada, más constreñida. Apenas salían de sus casas a hacer las compras (“a recaus”, decíamos en mi barrio) y, en las tardes de verano, se sentaban en la calle, bien pegaditas a la pared, sin separarse siquiera unos metros del hogar, a coser, nada de estar mano sobre mano charlando sin más, como hacían los hombres en las tabernas.

Las mujeres de mi alrededor casi se tumbaban en el suelo para fregar, siempre vestían ropas de faena y tenían conversaciones, en el mejor de los casos, muy aburridas (la limpieza, la costura, la cocina…) y en el peor de los casos, muy crueles, nada solidarias para con las demás mujeres: “Esa es una cerda, que no limpia. Aquella, una correcalles; se pasa el día fuera de casa. ¿No tendrá nada que hacer? Aquella otra, una golfa, una fresca…”.

Estas conversaciones me espeluznaban, me horrorizaban. Veía en ellas el odio a lo diferente, a la libertad de las demás. Un odio de esos que destruyen a quien lo siente.

Por todo eso y por más cosas que no puedo enumerar exhaustivamente, yo no quería ser mujer, yo detestaba ser mujer. Quería permanecer para siempre en el limbo asexuado de las niñas. Me aterraba crecer y convertirme en uno de aquellos seres oscuros. Me asqueaban sus charlas, su vocabulario; tenía una colección de palabras que aborrecía y todas estaban relacionadas con los universos femeninos. Despreciaba y huía de todas las ocupaciones “de mujeres”: limpiar, coser, cuidar las plantas y las flores, cocinar…

Me espeluznaba la idea de empezar a menstruar un día, con todo lo que aquello significaba: no poder bañarme en la playa ni en la piscina, llevar entre las piernas un bulto horroroso y seguramente visible para todo el mundo y, por encima de todo, lucir ya grabada para siempre, bien visible, en la frente, sobre la piel, la marca estigmatizante de ser “mujer”.

Pero también sabía que todas las mujeres del mundo no eran como las de mi alrededor. Gracias a la cultura, al cine, a los libros, al conocimiento, sabía que había otras formas de ser mujer. Había actrices, había cantantes, había políticas (muy pocas, pero las había), había profesoras, había ¡escritoras! Y todo esto lo supe más bien gracias a la cultura “informal” (el cine, la televisión, las revistas, las novelas), no a la formal u oficial que nos llegaba a través de los libros de texto, que eran el reino de la masculinidad exclusiva.

Y ahí estaba yo, en mi adolescencia o preadolescencia, queriendo vivir en otro mundo, rechazando mi destino en el mío propio, sin saber por qué sucedía aquello que no quería que sucediera, cuando, de repente, descubrí el feminismo.

Fue gracias a un libro: A favor de las niñas, de Elena Gianini Belotti. 

A favor de las niñas desvelaba  el funcionamiento de los mecanismos que se ocultaban en los gestos cotidianos, las reacciones automáticas, los prejuicios y las costumbres, y se detenía especialmente en los condicionantes que influyen en la formación del papel femenino en los primeros años de la infancia.

Lo devoré con ansia de conocimiento desde la portada a la contraportada. Y lo entendí todo. A mí el feminismo me explicó el mundo.

El feminismo me abrió la enorme posibilidad de quedarme con lo bueno de ambos mundos: el femenino y el masculino. Me dijo que ser mujer no era un destino en sí mismo, que se podía ser mujer y ser libre. Como dice Uxue Alberdi en su novela Jenisjoplin, después de haber estado “enganchada a la cultura épica”, pude huir de ella y empezar a defender la cultura de la debilidad, de la vulnerabilidad y, al mismo tiempo, “gestionar el conflicto, aprender a ser libre y reservarme el derecho a la disidencia”.

Claro que este cambio no fue inmediato, total ni repentino. Ni siquiera puedo decir que lo sea ahora, varias décadas después. Guardé durante mucho tiempo demasiados tics misóginos. Y todavía me descubro, avergonzada, sorprendida y un poco aliviada por haberme dado cuenta, guardando algunos hoy. Fui, por ejemplo, una de esas adolescentes que prefieren la compañía de los hombres a la de las mujeres, que buscan un poco miserablemente su aprobación, que la consideren, al menos intelectualmente, una de ellos. Me esforzaba por aficionarme a los gustos masculinos; presumía de tener gustos masculinos, de que me gustaba el cine “de tíos”, la música “de tíos”, la literatura “de tíos”. El mayor halago que podía recibir de un hombre era “Jo, es que tú eres como un tío”.

Sigo afanándome en la lucha contra mis prejuicios sexistas, por no valorar más y mejor las opiniones y las aportaciones masculinas que las femeninas, por no exigir a las mujeres más que a los hombres (más amabilidad, lealtad, cercanía, intimidad…), por que no sea la apariencia física lo primero que escrute en una mujer, por ser más tolerante con mi propio cuerpo… Por desprenderme, en fin (y no sigo enumerando porque la lista es interminable), de todos esos prejuicios heredados desde siglos e incrustados como parásitos en mi mente.

Quiero hacerlo con empeño todos los días de mi vida. Con empeño, con humildad, con sinceridad, dejando a la vista mis propias contradicciones, recreándome en cada nuevo descubrimiento y sabiendo que esta tarea, este aprendizaje, no acabará nunca.