Libertad, igualdad, sororidad

mayo 19, 2020 en Doce Miradas

Emosío engañada

Cuando en la escuela, el instituto o la universidad nos tocó estudiar la Revolución Francesa, nos familiarizamos con esa frase, “Libertad, igualdad, fraternidad”, que fue creada entonces y que es hoy el lema oficial de la República Francesa.

Yo creí entonces y lo seguí creyendo durante muchos años que esos tres valores se predicaban también de nosotras, de las mujeres, que la Revolución Francesa también a nosotras nos hizo libres, iguales y hermanas. Pero no.  La libertad, la gualdad y la fraternidad eran valores masculinos.

Libertad, igualdad, virilidad

Así lo afirma al menos la filósofa francesa Olivia Gazalé en su libro El mito de la virilidad y añade que los actuales movimientos masculinistas, esos que añoran los viejos tiempos guerreros y denuncian una pérdida de los valores viriles nunca antes acaecida en la historia, en realidad están repitiendo un tópico que se ha reproducido casi de generación en generación.

La Revolución Francesa también se empapó de tintes virilistas, de un espíritu de recuperación de los viejos valores masculinos. En los años previos a 1789 la propaganda pro revolución se preocupaba por la pérdida de virilidad de los varones franceses y abominaba del hombre que se sometía a los caprichos del monarca y a las modas feminizantes y atildadas que decretaba Versalles. La coquetería había pervertido a los fieros guerreros de antaño.

Los portavoces de la Revolución pronto emplearon el sarcasmo contra el afeminamiento aristocrático. El diario revolucionario Le Père Duchesne se burlaba de la corte de Versalles, poblada de bufones remilgados y enclenques, de finas manos blancas, que murmuraban y comadreaban y se inclinaban ante el monarca, en vez de levantarse contra él: “Señores aristócratas, mequetrefes  que vestís mallas pegadas al cuerpo, grandes chorreras y escarapelitas: degustad tranquilamente vuestros confites y dejad en paz a los patriotas, fieros como dogos de largas patas y mandíbula de hierro, que os partirían en dos como a huesillos de pollo.”

En fin, que, mientras los cortesanos, con sus lenguas blandas y sus labios flácidos, relamen caramelos en salones femeninos y hablan en susurros, los patriotas ladran como perros, arengan y declaman a todo pulmón en los comités revolucionarios. El cortesano débil se opone al revolucionario hercúleo que clama por una regeneración, por un activismo masculino.

La referencia a Hércules no es casual, pues este héroe mítico se convierte en símbolo de la virilidad de la Revolución y la República: “La Revolución crea hércules, hombres extraordinarios, pues desarrolla y organiza las facultades viriles de la naturaleza humana.”, reza un panfleto parisino de 1791, citado por André Rauch en su libro Historia del primer sexo.

Y, en consecuencia, retroceso

Las grandes crisis de la historia no han solido ser beneficiosas para las mujeres y la Revolución Francesa no fue una excepción. Los jacobinos las declararon culpables de la degeneración masculina, a pesar de que habían desfilado codo con codo con los patriotas y habían fundado clubs y sociedades revolucionarias femeninas. En vano. Las devolvieron a sus hogares y las redujeron al silencio.

Así, en 1793, el gobierno disolvió todos los clubs femeninos y sociedades de mujeres, incluida la Sociedad de Ciudadanas Republicanas Revolucionarias, fundada por las activistas feministas Pauline Léon y Claire Lacombe.

Tras la Revolución, Francia vio crecer notablemente el analfabetismo femenino.

Incluso el papel de las mujeres en la Revolución Francesa quedó silenciado hasta los años sesenta del siglo XX, cuando se comenzaron a rescatar del olvido nombres como los de las dos feministas citadas y otros como Anne-Josèphe Théroigne de Méricourt, Sophie de CondorcetEtta Palm d’Aelders o la más conocida Olympe de Gouges.

Ese fraternal masculino plural

Por mucho que Immanuel Kant proclamara que el espíritu de la Ilustración había elevado a la humanidad a mayores grados de madurez, esa humanidad a la que aludía Kant era una humanidad incompleta, con una mitad amputada; una humanidad hemipléjica, dice Olivia Gazalé en el libro citado.

El universal abstracto “todos los hombres”, ese masculino plural que es el sujeto de la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789, es un universal masculino y nada más que masculino, tan puramente masculino como el frater (‘hermano varón’) del latín, de donde proviene fraternidad, en oposición a soror (‘hermana’), de donde proviene sororidad, palabra que en francés, sororité, ya fue utilizada en 1546 por Rabelais en El tercer libro de Pantagruel.

Si los redactores de la Declaración hubieran actuado con exactitud y justicia, al artículo 1, «Todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos», deberían haberle añadido: “Las mujeres, en cambio, están excluidas de estos derechos”. Porque lo estaban en realidad. En teoría y en la práctica. Pero ni siquiera se molestaron en explicitarlo.

Las mujeres fueron obligadas al silencio y a la docilidad y recluidas de nuevo en sus casas y en sus cocinas. Algunas se atrevieron a salir a la calle y alzar su voz, como la temeraria y ya citada Olympe de Gouges, que tuvo incluso la osadía de rerredactar la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano para convertirla en Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana y acabó decapitada en la plaza pública.

En el espíritu revolucionario, la palabra hombre, con la que pretendían transcender toda diferencia, solo designa al género masculino; un género superior, llamado naturalmente a la dominación, al igual que la mujer es llamada a la subordinación.

La Revolución trajo consigo la restauración de la virilidad triunfal.

El caos

Tanto Olivia Gazalé como Susan Faludi en su libro Reacción apuntan a un patrón que se ha repetido a lo largo de la historia de Occidente: crisis de la virilidad -> gran crisis global -> retroceso en las conquistas femeninas.

En estos tiempos del neomachismo, de los Angry White Men, del supremacismo masculinista y de los grandes líderes mundiales testosterónicos, llega una crisis sanitaria global que nos deja en estado de shock y, como nos recuerda Julen Iturbe al citar a Naomi Klein, y también nos recordó en su momento María Puente a propósito del apocalipsis zombi, he ahí la ocasión  perfecta para el recorte de derechos y el regreso a pretendidos valores y principios “naturales”.

Es el momento, pues, de permanecer atentas, vigilantes, y no permitir ni un paso atrás.

Coronavirus, colonialismo y racismo

mayo 12, 2020 en Doce Miradas

En este período de emergencia sanitaria provocada por la Covid-19 se están visibilizando, también, muchas prácticas y discursos racistas, que si bien no son novedad para las personas racializadas, están teniendo un impacto mucho mayor en este contexto de vulnerabilidad extrema para ellas.

Me gustaría traer a colación un hecho relacionado con dichas prácticas y discursos. El 2 de abril en una intervención televisiva en el canal francés LCI, dos médicos franceses, los profesores Jean-Paul Mira, jefe de reanimación en el Hospital Cochin de París y Camille Locht, director de investigación en el INSERM – Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica – mantienen una conversación sobre la pandemia y plantean la posibilidad de realizar en África ensayos de la vacuna contra el coronavirus.

«Si puedo ser provocativo, ¿no debería hacerse este estudio en África, donde no hay mascarillas, ni tratamientos, ni reanimación? Un poco como se hace para algunos estudios sobre el sida o con las prostitutas; se prueban cosas porque sabemos que están muy expuestas y que no se protegen.

El profesor Camille Locht le da la razón y añade que están “pensando en paralelo sobre un estudio en África”. Cabe señalar que en la fecha en que conversaban esos médicos, África sólo tenía el 1% de personas infectadas por Covid-19 en el mundo. Por lo tanto, la propuesta no se justifica por el número de contagios; es más bien, una manifestación más de unas prácticas instaladas de desprecio a la dignidad de las personas africanas.

Indignación

En cuanto se viralizó el video de esta conversación, la indignación recorrió las redes. ¡No era para menos!

La OMS, a través de su director, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, se sumó a la repulsa de tal propuesta, calificándola de “racista y propia de una mentalidad colonial”.

Y ese es el verdadero motivo de la indignación: el desprecio a la dignidad y vida de las poblaciones africanas planteando disponer de ellas para experimentos médicos. Es la normalidad asumida en mentalidades racistas y coloniales de que algunas vidas valen menos y si se tercia la ocasión, pueden ser utilizadas para proteger las vidas que sí valen.

Es importante recalcar, que lo que se rechaza y condena, no son las pruebas en sí; porque como potenciales enfermas, las personas africanas también debemos participar de forma equitativa y solidaria al avance de la medicina a través de la investigación, siempre y cuando nos beneficie en los mismos términos de equidad y solidaridad. Desgraciadamente, África no está disfrutando en las mismas condiciones de las ventajas del desarrollo médico.

África lleva siendo, desde la colonización, la cobaya histórica de Occidente. Se han realizado pruebas médicas en el continente, saltándose, a veces, olímpicamente, la ética médica. Como ejemplos podemos mencionar los siguientes: el caso de las prostitutas a las que se refiere el profesor Jean-Paul Mira y el de los niños en Nigeria.

Entre julio de 2004 y enero de 2005 la asociación Family Health International, por cuenta del laboratorio estadounidense Gilead Sciences, experimenta sobre 400 prostitutas camerunesas el antiviral Tenofovir, medicamento para prevenir la transmisión del VIH. “Las voluntarias”, muchas veces analfabetas y francófonas recibieron una información escrita en inglés. Algunas mujeres pensaban que les administraban vacunas. Graves faltas éticas fueron denunciadas y las pruebas clínicas interrumpidas. No se sabe cómo quedaron ellas.

En agosto de 2001, problemas similares derivaron en una demanda judicial, que terminó con un acuerdo extrajudicial con indemnización. Una treintena de familias nigerianas del estado de Kano denunciaron al laboratorio estadounidense Pfizzer a causa del test del Trovan, un antibiótico destinado a combatir la meningitis. El estudio fue realizado en 1996 en ocasión de una epidemia de meningitis: sobre un total de 200 niños/as, once fallecieron, mientras que otras/os quedaron con graves secuelas cerebrales y motrices. No se pidió formalmente la opinión de las autoridades de Nigeria ni del comité de ética sobre la información dada a las familias participantes y sobre su consentimiento.

También resulta que muchas pruebas que se practican en África no responden a patologías locales o las poblaciones africanas no tienen los medios económicos para adquirir los costosos tratamientos resultantes por ausencia de un sistema de reembolso o gratuidad de esos medicamentos. El caso de la malaria, que es la enfermedad que mata con mayor frecuencia en África, es ilustrativo al respecto.

Queda claro que a algunos laboratorios farmacéuticos les resulta muy barato, rápido y sin complicaciones administrativas -la corrupción lo facilita- realizar ensayos médicos en África con poco respeto a las normas éticas en vigor. Si esos dos médicos se atreven a decirlo en un programa televisivo, es que esas prácticas racistas y coloniales son estructurales y son reflejo de unas relaciones internacionales de poder donde los países del Norte explotan los países del Sur. Tanto los recursos naturales como las vidas de los pueblos colonizados sirven para nutrir el Norte.

La ética en el desarrollo de nuevos medicamentos por parte de la industria farmacéutica occidental que utiliza a África como laboratorio a cielo abierto para pruebas y a las africanas/os como cobayas es el argumento de El jardinero fiel/The constant gardener (2005), una adaptación cinematográfica de la novela homónima de John Le Carré (2001) dirigida por Fernando Meirelles.

Impacto de estas prácticas sobre las mujeres africanas

Las mujeres, doblemente, como personas que necesitan cuidados médicos y en calidad de cuidadoras de las personas enfermas son, evidentemente, las que resultan más damnificadas por estas prácticas poco éticas.

Considerando que las mujeres son más pobres que los hombres, tienen las tasas de alfabetización más bajas y la responsabilidad social del cuidado, podemos intuir la magnitud del impacto sobre ellas. Esos determinantes sociales de la salud tienen efectos nefastos tanto a nivel físico como emocional. Además, las mujeres están sobre-expuestas a estas prácticas porque son las que más trato tienen con los servicios sanitarios. Por una parte, por razones biológicas de reproducción humana – embarazo, parto, lactancia – y por otra por razones sociales de responsabilidad del cuidado de las personas enfermas. En este contexto, la intersección de los factores biológicos, sociales y económicos, a saber – maternidad, triple jornada, pobreza, analfabetismo, – convierten a las mujeres en el colectivo y la vía más asequibles para perpetrar estas prácticas deshumanizantes. Es aprovecharse de la situación de vulnerabilidad y de su capacidad de dar y cuidar la vida para arrebatar vidas de personas que se consideran menos humanas.

Sin embargo, los pueblos africanos ya no están dispuestos a seguir padeciendo ese saqueo y deshumanización que ya ha durado demasiado.

Las Diosas de cada mujer

abril 28, 2020 en Doce Miradas

“Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. Y el germen más insignificante de una idea puede desarrollarse o destruirte. Un pensamiento sencillo y diminuto que lo cambia todo”

Extracto de la película “Origen”

El feminismo implica y afecta a toda la Humanidad. Es necesario dotarle de un espacio de crítica que contabilice y visibilice los errores pero también de aportar energía esperanzadora que sume, haga recuento una y otra vez de los pasos alcanzados y que vaya creando otros nuevos.

Y eso es posible construirlo a través del sentimiento colectivo de unión y fuerza. Estos días de confinamiento, pueden ser una oportunidad para alimentar la segunda de ellas: La FUERZA.

Hay personas que se crecen ante los desafíos, y otras que necesitan de apoyos ante los retos.

Estos días muchas mujeres sienten la necesidad de elaborar estrategias que les preparen para la acción futura y buscan herramientas con las que fortalecerse sin necesidad de hacer ruido, trabajando su mundo interno para multiplicar y autoabastecerse de energía degustando el sabor de la introspección.

Parecen escondidas, autómatas que no hablan demasiado, trabajan o teletrabajan y están como ausentes. Pues bien, seguramente estas mujeres están labrando un nuevo futuro, renaciendo en primavera como renacen los campos, dedicándose tiempo para recomponer todo lo que la vorágine diaria de la vida frenética sustrae.

Si te reconoces en ellas, enhorabuena, esta sociedad te necesita imperiosamente. Si te reconoces entre las que se sienten perdidas en estos días raros, en off, y ni el ejercicio, la meditación, el yoga, hacer pan ni las terapias que circulan por internet o rezar te funcionan, este post te interesa.

Hay algunas cosas sencillas que activan el potencial interior y son compatibles con otras tareas porque solo se necesita utilizar la mente. Es importante hacerlas con cierta constancia para generar hábito y asentarlas. Veamos cuatro que nos quepan en este post:

Primera:

Imaginar: Visionar el mundo en el que te gustaría vivir. En el mundo empresarial en lo primero en que se fija la atención es en definir la Visión junto a la Misión y Valores. La imaginación es infinita, alberga todas las posibilidades y permite sonreir hasta en el peor de los casos, porque tiene la capacidad de transformarlo todo en la mente. Da igual cuál sea tu situación. Cuanto peor estés, más eficaz resulta. Mientras imaginas, siente que eso que ves se hace realidad. Sé ambiciosa, no te conformes, es el momento de visualizar hasta lo que te parece imposible.

Herramienta: Un poco de tiempo para ti, intimidad y liberar la mente. Si dispones de algo más de tiempo puedes utiliza el arte. Puede ser inspiradora y de gran utilidad la lectura.

En el libro “Las Diosas de cada mujer”* la autora Jean Shinoda Bolen enumera siete: Artemisa (Diana), Diosa de la caza y de la luna; Atenea (Minerva), Diosa de la sabiduría y de la artesanía; Hestia (Vesta), Diosa del hogar y de los templos; Hera (Juno), Diosa del matrimonio; Deméter (Ceres), Diosa de las cosechas; Perséfone (Proserpina), doncella y reina del mundo subterráneo; y Afrodita (Venus), la Diosa del amor y la belleza.

De la portada del libro «Las diosas de cada mujer»

Identifica la dominante de todas las activas en ti, decide a quién alimentar y a cuál de ellas mantener limitada. Imagina cuáles serían sus zapatos si vivieran hoy y súbete a ellos a partir de ahora cada vez que salgas a la calle, cuando todo vuelva a la normalidad. Pisa bien fuerte, sin invadir a nadie, no es necesario, tu presencia se irá empoderando a medida que lo practiques.

Identifica tu(s) diosa(s), inspírate y siente su fuerza en ti, libera la heroína que llevas dentro, siente el poder de todas las mujeres que te precedieron en tu línea de consanguinidad y que libraron mil batallas en las circunstancias que les tocó vivir, vive como si siempre estuvieras acompañada. Cuando te sientas abatida, pásales a ellas tu mochila y escucha, ellas sabrán qué hacer.

Segunda:

Pensar y hablar en positivo: Se trata de cambiar el tono y ver las cosas desde la perspectiva del cambio hacia lo positivo. Sí, sí, parece una obviedad pero intenta hacerlo todo el rato, no es tan fácil. Repitiendo en positivo se da forma a ideas que se transmiten y se van materializando. “Lo que pensamos, atraemos”. Crea en tu imaginación el mundo que quieres para ti, piensa en ello y vívelo mientras lo sueñes. Mientras estés ahí, las vibraciones invisibles que se emiten serán positivas y eso recibirán de ti los demás a través de las palabras que utilices y tu tono de voz. Generarás un clima de bienestar a tu alrededor. Ya estás mejorando tu entorno. Intenta sostenerlo todo lo que puedas a lo largo del día, de los días…

Herramienta: Tu voz y tus pensamientos. Cada vez que vayas a decir algo, asegúrate de que va a ser constructivo. Cada vez que pienses en algo, dótale de sentido. Imagina que los pensamientos fueran creando capas en la atmósfera. Imagina que los negativos, por su condición pesada taponaran el canal de entrada/salida y generasen contaminación en tu entorno. Eso respirarás y eso harás respirar a las personas que te rodeen. Si te lamentas constantemente, si culpas a terceras personas de todo lo que te ocurre, si reniegas de tu vida…

Tratando de cambiar el tono de los pensamientos se despeja ese “humo” negro que se genera alrededor. Al abrirse, el canal fluirá mejor y mejorará la percepción de lo que te rodea y tu comunicación con el exterior. Prueba a Imaginarlo y practícalo.

Tercera:

Conciencia social: Pensar en otras personas, a lo grande. Mirarse al ombligo es fácil, solo hay que agachar la cabeza. Levantar la mirada y reconocerse en las personas que nos rodean. Confiar.

Portada del Libro: «Wabi Sabi»

Herramientas: Viajar mentalmente o a través de libros por ejemplo a países que culturalmente lo practiquen. Japón es una buena práctica. Allí ejercitan la mirada colectiva antes que la propia. El libro “Wabi Sabi” de Beth Kempton aporta algunas claves para entender la envergadura de su potencial. Después de esta etapa, si tu situación sanitaria y económica lo permiten, puedes ir también y vivirlo desde allí. Focus on Women organiza viajes experienciales solo para mujeres.

Cuarta:

Y sobre todo, cultiva el optimismo. En estos días se demuestra que hay otras posibilidades factibles a las que adaptarnos que antes parecían impensables o excepcionales, ahora son normales y funcionan, como la conciliación laboral gracias al teletrabajo online, la Educación virtual, habituarnos a moderar el gasto, repensar el sistema sanitario o el sistema económico actual para prevenir situaciones de caos futuras, tratar de enfocar el funcionamiento del sistema de cara a vivir más plenamente en torno a la unidad familiar.

La mayor parte de la población está confinada y se sigue el ritmo laboral en los sectores permeables al teletrabajo desde casa. Hasta hace unos meses eso era algo muy poco evidente y excepcional a nivel empresarial. Habrá que ver los resultados pero existe la posibilidad de hacerlo sostenible. Se puede ir ajustando después, lo más difícil es tomar la decisión de intentarlo. Si te interesa la Economía y piensas que conviene retocarla, debes leer “El Valor de las cosas” de Mariana Mazzucato.

Herramientas: Aportar soluciones en caso de querer participar. Las críticas generan rechazo y además, aburren. Acompañarlas de opciones de mejora las convierte en permeables a su recepción y consideración.

Después de hacer estos pasos, lo siguiente será rodearse de la mejor compañía. De personas (virtualmente al menos estos días) que eleven, que te hagan crecer como tú a ellas.

“El regalo más precioso
que podemos ofrecer a
cualquier persona es
nuestra atención.
Cuando la atención
alcanza a los que amamos,
brotan como flores”  
–Thich Nhät Hanh  

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abril 21, 2020 en Doce Miradas

Los posts corales nos gustan y nos cuestan, a partes iguales. Nos ayudan a pensar juntas, a compartir inquietudes, a dar nuestra opinión y a dolernos en voz alta. 

Llevamos más de un mes confinadas y este post debería servirnos para todo esto a la vez: pensar y sentir, reconocer nuestros miedos, nuestra rabia, nuestra apatía y nuestros desconciertos, compartir que somos vulnerables y que muchas cosas que estamos viendo nos duelen; mucho. 

Hoy volvemos tras el parón de las vacaciones más raras que recordamos. Seguimos confinadas. Pero no en silencio. Dijimos que volveríamos y aquí estamos, con las gafas bien puestas y las antenas desplegadas. 

PENSAMIENTOS (batiburrillo de ideas que nos asaltan)

Hombres en casa

Hay hombres que no sienten la casa como su hábitat natural. Sospechamos que de ahí vienen muchos llamamientos a aligerar el confinamiento y permitir el deporte, el paseo con las criaturas… e incluso a volver al trabajo. 

Espacios de poder y privilegios 

También hay quien ha constatado el hecho de que se ven más hombres que nunca en los supermercados. Las colas a las puertas son el reflejo de la sociedad y, a pesar de lo extraordinario de las circunstancias actuales, todo parece encajar: cuando algo se convierte en privilegio, los hombres se personan, se lo apropian y se hacen fuertes. Hacen la compra y bajan la basura, lideran las quejas por la dificultad de hacer compatible trabajo y ámbito doméstico y se erigen como portavoces de enfermeras y enfermeros, cuando ellas son aplastante mayoría en este colectivo. Cuando los hombres están en casa, lo doméstico pasa al centro de la escena, interesa y se cuestiona. Bueno; ya era hora. No hay mal que por bien no venga. 

Héroes y villanas

La palabra “héroes” se escucha a diario desde el comienzo de la pandemia y, aunque el concepto no parece el adecuado, sería más justo usar la palabra “heroínas”, ya que en su mayoría son mujeres quienes conforman el personal sanitario, de alimentación, cuidados y limpieza. Son mujeres las que desempeñan esas labores que, de pronto y en la hora de la verdad, se han revelado como esenciales. Lo poco acertado de la palabra “héroes” se debe a lo que ya muchas y muchos están expresando en redes: que no quieren ser héroes, sino profesionales que realizan su trabajo con garantías de no perder la vida en el empeño. La falta de previsión con las medidas de protección las ha convertido en heroínas forzosas, casi mártires. Así que mejor no romantizar la precariedad con la que se ven en obligadas a trabajar.

Pero para villanas sí que nos han tenido en cuenta a las mujeres, en concreto a las feministas. Hay un sector de la política que no deja de señalar el 8M como principal factor propagador del virus. Da igual que se les haya enumerado la cantidad de actividades que tuvieron lugar esos días y que implicaron la concentración de millones de personas: eventos deportivos, conciertos, el tránsito en aeropuertos y metros, en espacios laborales, en algún que otro mitin político… No sirve de nada, hacen oídos sordos y, erre que erre, sitúan a las feministas entre el murciélago y el pangolín, como una de las causas de todo mal. En fin, para eso sí que no hay vacuna.

Fotografía de Andrea Silván, @silvanrubiales

MIEDOS (de bruces contra la realidad) Y RABIA

Las paganas de la crisis

Si algo nos enseña la Historia es que todas las crisis terminan pasando; no es que se superen, sino que se arrinconan o se camuflan en una nueva “normalidad”. Por eso ahora, en el ojo del huracán de la crisis sanitaria, aparecen sin pudor las vergüenzas de un sistema construido sobre remiendos.

También nos ha enseñado la Historia que, cuando se gestiona una crisis, la prioridad no suele ser resolver las injusticias, sino recuperar el sentimiento de control y el ejercicio del poder. Esto es un mal augurio: la precariedad laboral ya era femenina antes de la crisis y no vemos que las medidas de salida aporten una mirada específica para resolverlo. Ocurre lo mismo con la pobreza cronificada y con otras tantas vulneraciones de derechos sociales que se nombran en femenino. 

Lo urgente y lo importante

Eso de que “no se puede caminar y comer chicle a la vez”, para entendernos. Mucho nos tememos que la bofetada de realidad que nos vamos a llevar al salir de casa sea la excusa perfecta para seguir postergando transformaciones clave para resolver desigualdades de fondo. “No es el momento”, oiremos. Nunca lo ha sido, en realidad. ¡Con todo lo que queda por hacer! La lucha por la supervivencia de las empresas retrasará las medidas de conciliación y corresponsabilidad; la falta de recaudación mermará los presupuestos públicos y obligará a priorizar entre lo productivo y lo social… Ojalá los poderes públicos y privados acierten en el equilibrio, pero por ahora, no vemos muchas señales en este sentido. De hecho, algunos organismos públicos ya anuncian recortes en determinados apartados del presupuesto: ¿adivináis en cuáles?

¿Algunas vidas valen menos?

El gobierno ha aprobado medidas de flexibilización de la contratación para cubrir las necesidades del sector agrícola. Ya sabemos que son las personas migradas las que se emplean mayoritariamente en este sector. Se necesita urgentemente mano de obra barata y que, además, por su precariedad estructural, construida y sostenida por leyes y prácticas discriminatorias, no tenga reparo en exponerse al contagio. Y, por si fuera poco, no entra en la agenda la regularización de todas las personas migradas en situación irregular. Pueden servir como mano de obra, pero no son consideradas trabajadoras con derechos laborales. Una vez más, impera la lógica utilitarista de la población inmigrante.  

Hablando de las manos que sostienen la vida, a pesar de que se ha aprobado un subsidio extraordinario para las trabajadoras de hogar y cuidados, casi la mitad de ellas no podrá beneficiarse de este subsidio ni recibir prestación, por encontrarse en situación irregular y no estar dadas de alta en la Seguridad Social. Se trata de mujeres migradas desterradas a la economía sumergida que hoy se encuentran sin ninguna fuente de recursos. Podéis imaginar su situación de indefensión.

Grandeza y miseria

Durante este mes de confinamiento estamos demostrando nuestra capacidad de resistencia y resiliencia con muchas acciones solidarias: salimos a aplaudir al personal sanitario todos los días a las ocho de la tarde; se han organizado variadas acciones de apoyo a las personas más vulnerables, tanto a nivel social como institucional; las creadoras culturales nos regalan piezas que nos acompañan y hacen más llevadero el encierro; madres, padres y tutores, además de cuidar y teletrabajar, han tenido que hacer cursillos acelerados para convertirse en docentes y ponerse las pilas sobre plataformas educativas online; y tantas otras acciones desarrolladas a marchas forzadas por toda la sociedad.

Sin embargo, hay que lamentar ciertas muestras de miseria humana, que no son nuevas, la tensión entre comunidad que vincula y comunidad que acosa es vieja y universal, y en estos momentos se visibiliza en situaciones que duelen mucho: la invitación a abandonar el edificio para no contagiar. ¡Salimos a aplaudirles y les queremos echar de su propia casa! Ante la incredulidad e indignación general, se refieren casos relativos al personal sanitario y trabajadoras de supermercados.

Es de mencionar la abrumadora respuesta de apoyo que han recibido al hacerse público los casos. ¡Menos mal!

CERTEZAS (pocas, pero alguna hay) 

Estamos juntas en esto 

El bien común es el único cinturón de seguridad para nuestras comunidades. Necesitamos invertir en bienes comunes: educación, sanidad, solidaridad, estructura de cuidados… Resulta enternecedor ver ahora a quienes han privatizado la vida defender la inversión en lo público. Difícilmente se mantendrá mucho tiempo este fuego colectivo, pero confiamos en que deje algún rescoldo con el que seguir construyendo el bien común. 

La mosca del vinagre y la mujer gestora

Antes, durante y después de la pandemia las mujeres estamos a prueba. Se nos observa con microscopio y curiosidad entomóloga. Para bien y para mal. Estos días parece que para bien, ya que los medios escriben sobre la buena gestión de la crisis en países gobernados por mujeres: Alemania, Taiwán, Nueva Zelanda, Islandia, Noruega, Dinamarca, Finlandia. Observan el fenómeno del liderazgo femenino con sorpresa, interés, intriga. Somos esos seres misteriosos, impredecibles, cuyas capacidades aún se someten a examen continuo y escrutinio sistemático, no vaya a ser que la liemos. El fracaso de una se nos atribuye en bloque al género femenino. Si falla una, fallamos todas. Si gana una, ¿ganaremos todas? ¿Os imagináis artículos de esa índole dedicados al liderazgo masculino? “Parece que los hombres lo están haciendo bien. Bravo, muchachos”. No, porque ellos, aún con la ineptitud probada de muchos, nunca son cuestionados como género. Solo como individuos. Y estamos viendo cada individuo…

Las vidas en el centro 

Las mujeres sostenemos las vidas. La crisis del cuidado no es nueva, no es uno de los efectos de este virus, pero ha quedado al desnudo en estas circunstancias. No hay vida sostenible sin reconsiderar cómo cuidamos y cómo nos cuidamos, de quiénes dependemos y cómo nos organizamos. Sí, queridas: estábamos en lo cierto. Y no lo olvidéis: de ahora en adelante el feminismo nos va a ser más necesario que nunca.

Estos son, amiga, amigo, nuestros pensamientos, miedos, rabias y certezas. Seguro que tú también tienes tus reflexiones, vivencias, experiencias, temores y conclusiones. Si quieres compartirlo con Doce Miradas y su comunidad, aquí estamos. Te escuchamos.

El feminismo en tiempos de confinamiento

marzo 24, 2020 en Doce Miradas

Esta situación merecía un post colaborativo y aquí está.

Es una reflexión colectiva sobre lo que estamos viviendo y sobre cómo nos las podemos arreglar para sobrellevar este momento del mejor posible. También sobre lo que aprenderemos o deberíamos aprender, qué provechosas enseñanzas podemos extraer de esto.

Nos sirve igualmente este post como despedida hasta el 21 de abril. Adelantamos las vacaciones de Semana Santa y aprovecharemos este tiempo para reorganizarnos y volver con la misma o mayor fuerza.

Qué estamos viviendo

Probablemente la etapa más rara de nuestras vidas, en la que transitamos de la infoxicación a la sordera selectiva, del querer saberlo todo al no querer recibir malas noticias. Como decía Jane Austen, somos “mitad agonía, mitad esperanza”. 

En el momento de escribir estas líneas y desde que se decretó el estado de alerta, ya ha habido en España dos asesinatos machistas. Lo advertía Naiara Pérez de Villarreal en su último post

A nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Estamos experimentando la verdadera dimensión de la palabra “confinamiento”. Porque no es lo mismo quedarte en casa y aburrirte, que no poder salir y que te asesinen. Miles de mujeres están viviendo el terror del confinamiento junto a sus agresores, aisladas (más aún) de sus posibles redes de soporte. Esas violencias de puertas adentro son ahora, más que nunca, señales que no oímos, alertas que no nos movilizan. 

Hasta ahora el desconcierto y la falta de certezas eran solo una intuición o, en el mejor de los casos, una frase molona, de esas que lees en un artículo y comprendes, pero sin permitirle penetrar en tu conciencia real ni mucho menos condicionar tu forma de vida.

Pero, de repente, ya no es una tendencia de futuro: hoy no saldrás de casa, tampoco mañana, y no te atreves a pensar cuándo lo harás. Deseas volver a la “normalidad”, pero sabes que, a estas alturas, nadie puede asegurarte cómo será la normalidad después de esto.  

Estamos viviendo, en directo, la teoría de la que hemos hablado en los últimos años. Estamos protagonizando las próximas series de Netflix. 

Incapaces de prever lo que nunca nos había sucedido, tampoco llegamos a imaginar que podríamos vivir una situación así. Hasta ahora vivíamos con la certeza de que, para tomar distancia de las cosas y poder respirar aliviadas, había que moverse o buscar la compañía de otras gentes con quienes descargar, desahogar y compartir. Sin embargo, el confinamiento ahora nos obliga a gestionar la incertidumbre y el dolor entre cuatro paredes y nuestra vía de escape es la videollamada, el abrazo de las personas con quienes compartimos encierro (si tenemos esa suerte) y los aplausos de las ocho de la tarde, que pronto tendrán lugar a la luz del día.

Doce Miradas es un espacio en el que hablamos, reflexionamos y compartimos con gente de fuera que nos alimenta, pero también lo hacemos entre nosotras doce. En estos días en los que el aislamiento nos ha caído como una losa, las conversaciones cuestan, suponen un esfuerzo y las reflexiones están en modo off. No os preocupéis: activaremos las neuronas.

Esto nos confirma que somos de red, pero también que necesitamos aire, sol, nubes, largas caminatas, ver, sentir y tocar más allá del encierro.

Fotografía de Andrea Silván, @silvanrubiales

Qué estamos aprendiendo

Como todo lo que nos rodea, también estas circunstancias extraordinarias tienen una lectura de género. 

Una pandemia global ha puesto de manifiesto lo que el feminismo venía advirtiendo desde hace tanto tiempo: que nuestro mundo no se sostiene sin los cuidados (los propios y los comunitarios) y que estos los soportan, de forma mayoritaria y apabullante, las mujeres.  

Hemos entendido con total claridad lo que Teresa Torns nos decía al respecto: que la de los cuidados es una cadena que recorre toda la sociedad y que todos sus eslabones, todos ellos, son mujeres. Son mujeres quienes cuidan dentro de la casa (porque os quiero tanto), fuera de ella (dos horas, tres días por semana), en espacios formales (auxiliares precarias, enfermeras precarias, asistentas precarias) y en los informales (unas horas con la abuela o el abuelo en la residencia). 

También estamos entendiendo qué significa esa afirmación tantas veces pronunciada: la pobreza tiene rostro de mujer. Son mayoritariamente mujeres las trabajadoras precarias que perderán, que han perdido ya sus empleos, empleos que ya antes habían estirado como los dobladilos de una falda, intentado alargar, con poca fe, salarios de miseria.

Son ellas el rostro de la pobreza y lo son también sus hijos e hijas, porque aunque las estadísticas hablen de hogares monoparentales, sabemos que son monomarentales y que una de las principales causas de la pobreza infantil es la pobreza femenina. 

El rostro de la mujer trabajadora pobre y con cargas familiares es muchas veces un rostro racializado. ¿Cuántas mujeres migradas trabajadoras en el hogar se encuentran hoy en una  situación aún más precaria y más vulnerable ante los abusos de toda clase? La situación de emergencia de las trabajadoras internas es aún más insostenible en confinamiento.

¿Y luego qué? 

Esta crisis nos produce incertidumbre y nos provocará dolor. Habrá palabras que nunca más significarán lo mismo: sanidad, educación, formación, público, privado, trabajo, comunidad, conciliación, cuidado, abrazo, sentir, estar. Y el significado, la denotación y la connotación que otorguemos a esas palabras determinará el tipo de sociedad que lleguemos a ser cuando todo esto pase, que pasará.

Esta crisis también debe generarnos esperanza. Porque no hay un momento previo al que regresar, en muchas situaciones no habrá vuelta atrás y está en nuestras manos hacer que esto suponga un verdadero avance. Por ejemplo, se acabó la invisibilidad del cuidado, pues ahora ya sabemos qué papel desempeña. Ocurre lo mismo con la cooperación, la sororidad, la importancia de la comunidad para hacer frente a los retos y dotarnos de respuestas. La interdependencia hace sostenible la vida. Si pensamos en el escenario de salida tras esta crisis, ¿no concluiremos que se parece mucho a lo que el feminismo ha venido diciendo durante tanto tiempo? 

Y luego, seguro que gozaremos más de las terrazas, de las calles, de placeres simples, como descansar un ratito en un banco de una plaza; o reunirnos con los amigos, con las amigas, sentarnos muy juntas, reír y charlar.

La realidad económica se hará dura para muchas de nosotras: entonces habrá que activar verdaderos mecanismos de sororidad. O mejor: vayamos activándolos ya.

Amigas, amigos, volvemos pronto. Esperamos encontrarnos a la vuelta. Más que nunca, no nos faltéis. Hasta entonces, buena suerte y cuidaos mucho.

Mujeres en estado de alarma

marzo 17, 2020 en Doce Miradas

De repente el sistema se ha parado. Ya no van los menores al colegio, la economía se resquebraja y muchas personas estamos recluidas en casa, teletrabajando y solamente salimos para ir a trabajar y para comprar lo necesario.

Desde que hemos visto llegar la amenaza real del coronavirus a nuestras vidas estamos viviendo días convulsos. Primero fue el cierre de colegios, y después la declaración del estado de alarma por parte del Gobierno de España, que nos ha obligado a un confinamiento masivo sin precedentes desde que nací.

Esta situación excepcional, de la que seguramente nos quedan muchos días por delante, hace aflorar una vez más la vulnerabilidad que sufrimos las mujeres respecto al tema de los cuidados. Según el último informe elaborado por Oxfam Intermón, las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado, y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados que sí está remunerado.

En los casos de las parejas con menores a cargo, en estos días es bastante habitual que sea la mujer la que renuncie a trabajar, consecuencia de los estereotipos de género y el sistema patriarcal en el que vivimos, en el que el hombre «tiene un trabajo más importante o mejor remunerado». Por ejemplo, a nadie le extrañaría que una mujer le dijera a su superior que es ella la que se queda en casa, y no su marido. Pensar en la situación contraria…¿por qué nos extraña?

Una vez más, nos toca cuidar de los niños y niñas, personas ancianas y otras dependientes. Incluso, en el caso de muchas mujeres que son empleadas de hogar, trabajan en residencias, cuidan de personas dependientes o son personal sanitario (trabajos muy feminizados), tienen que cuidar enfermos con el virus o con síntomas, multiplicando su exposición a contraer la enfermedad, y agravando esta vulnerabilidad.

Mientras suben de manera exponencial el número de personas contagiadas, más son las personas que, a través de redes sociales como Twitter, tiran toda su bilis culpando al movimiento feminista y al Gobierno de la propagación del Covid-19 por haber organizado o permitido las movilizaciones del 8M. 

Yo no me arrepiento de haber salido a la calle en Galdakao durante ese día a reivindicar la igualdad. Había que hacerlo. Es cierto que quizás aún no veíamos la que nos iba a venir encima, pero no es menos cierto que si echamos la vista atrás, durante esos días hubo cientos de eventos que pudieron contribuir a la expansión del virus, y los que no se han criticado tanto: partidos de fútbol (con jugadores y afición desplazándose incluso a otros países), conciertos, celebraciones religiosas, mítines políticos, etc. De hecho, muchas de las personas que han utilizado el 8 de Marzo como arma arrojadiza contra el movimiento feminista, hasta hace muy poco ni se planteaban suspender los actos de la Semana Santa. ¿ESO ES COHERENCIA?

Pero, sin tratar de quitar la importancia que tiene a los temas planteados anteriormente, hay otra circunstancia que me preocupa especialmente durante este confinamiento: la violencia de género.

ONU Mujeres advierte: «Las desigualdades de género empeoran ante cualquier crisis y esto incluye que aumenten los niveles de violencia sobre las mujeres»

Y es que a nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Pienso en esas mujeres que quizás nunca hayan denunciado (o si), pero que sufren a diario el acoso y la violencia verbal, emocional e incluso física de sus agresores con los que viven. En muchos casos, ahora deben estar 24 horas con esa persona, y mucho me temo que esta situación generará que aumenten los casos de violencia hacia ellas. Se justificarán diciendo que es el stress de la situación, o la enajenación mental que sufren por no “salir a despejarse”.

Ya no tendrán esos momentos de respiro que les daba salir a trabajar fuera de casa, dar un paseo o ir a la cafetería a leer un buen libro. O cuando su pareja se pasaba buena parte del día fuera de casa, para ir a trabajar, ver el fútbol con sus amigotes o beber sus cervezas en el bar. Y aunque a veces viniera borracho y más agresivo, por lo menos respiraba durante unas horas antes de sufrir la violencia y la humillación cotidiana.

No se si alguna mujer en esa situación estará leyendo este post, ojalá. Qusiera recordar que en Euskadi tenemos un servicio especializado para mujeres víctimas de la violencia de género, SATEVI, que cuenta con atención telefónica 24 horas en el número 900840111, y que por supuesto no deja rastro en la factura telefónica. Para el resto de las comunidades autónomas, sigue activo también durante estos días el 016.

Pero claro, un problema añadido a esta situación es que es más difícil encontrar un momento de estar sola para llamar a estos servicios y denunciar malos tratos. Muchas mujeres no lo harán por miedo, y porque lamentablemente los justificarán por la excepcionalidad del momento. Por eso es más importante que nunca estar alerta también ante los casos de violencia que podamos intuir por los golpes o gritos que escuchemos en los pisos de nuestras vecinas e intervenir.

Aunque sea desde nuestras casas, la lucha sigue. Muchas mujeres viven y conviven en estado de alarma.

Homenaje a las «mujeres ociosas»

marzo 3, 2020 en Doce Miradas

Vivir sola en un barco es un sueño utópico si eres un hombre, una locura inconsciente si quién piensa en esa posibilidad es una mujer. 

Esta frase de producción propia me sirve de arranque para el post previo al 8 de marzo. Un 8 de marzo que llega tras dos años de movilizaciones que han supuesto un punto de inflexión en la demanda de una sociedad igualitaria y respetuosa con los derechos de las mujeres. Un movimiento feminista transversal que, junto con el movimiento contra el cambio climático, ha conseguido determinar la agenda pública.

Este año, Naciones Unidas nos propone celebrar la valentía y la determinación de las mujeres de a pie que han  jugado un papel clave en la historia de sus países y comunidades; mujeres ignoradas por los libros de Historia y ausentes de las grandes narrativas. Aquí va mi pequeño homenaje a la determinación de estas mujeres.

Traigo a este espacio a una mujer a la que conozco bien, una mujer de a pie, de más de 40 años, soltera e independiente, que vivió en Londres el peregrinaje habitual de pisos y más pisos de quien llegó a la capital británica bastante antes de que el Brexit lo cambiase todo. Harta de este peregrinar, un día decide cambiar de vida y vivir en un pequeño barco en los canales que recorren la ciudad londinense. Los comentarios que recibe de su entorno son mensajes insistentes en una única dirección: “¿estás segura, vivir tú sola en un barco?”. Esta frase, ‘tú sola’,  se reproduce como un eco, atraviesa con profundidad sus pensamientos y le hace dudar. Duda porque le hacen dudar, no duda de su capacidad. Duda y se enfada porque sabe que detrás de esos comentarios hay dos ideas arraigadas con fuerza en un imaginario social atravesado por la desigualdad de género: un barco es mucho trabajo para una mujer sola y es peligroso que una mujer viva sola en un barco (otra vez el miedo, otra vez la violencia queriendo condicionar la vida de las mujeres). 

Capaz y decidida, se mantiene firme en su idea: se compra un barco y vive en él. Investiga, prueba, resuelve, disfruta de su nueva vida. Aprende. Piensa, piensa mucho, y entre lo que piensa, piensa en las mujeres que no pudieron ser tan decidas y renunciaron al derecho a vivir como imaginaron porque alguien les dijo que no podían, que era peligroso o que era demasiado trabajo para ellas. Lo que todavía no sabe es que antes que ella, hubo un grupo de mujeres que protagonizaron parte de la historia de los canales fluviales de Reino Unido.

Ya de lleno en su vida de ‘boater’, gestiona la logística de una embarcación que es su casa y que según la normativa de navegación de los canales hay que mover periodicamente. Los días previos, son días de planificación y trabajo: primero hay que decidir cuál será el siguiente punto de amarre, tiene que ser un lugar bien comunicado desde el que poder ir a su lugar de trabajo; después tiene que calcular el tiempo que le llevará mover el barco; y por último hay que ponerse en marcha, soltar nudos, arrancar el motor y llevar el timón; subir y bajar del barco tantas veces como haga falta para abrir y cerrar compuertas, tirar de él en cada una de las esclusas para atraerlo a la orilla y amarrarlo a las piquetas. Sin duda es un trabajo físico, pero también técnico y de planificación, de análisis previo de riesgos y de anticipación. Con su timón, cualquiera diría que dirige una pequeña empresa más que un barco.

En el proceso de pensar y aprender, lee libros sobre navegación y contacta con grupos de mujeres que como ella también hicieron caso a su impulso de vivir como imaginaron, mujeres con las que comparte inquietudes, conocimiento, mujeres que se ayudan y se apoyan (la sororidad). Es entonces cuando conoce la historia de las ‘Idle Women’, las mal llamadas “Mujeres Ociosas”: un grupo de 40 mujeres británicas que durante la Segunda Guerra Mundial, cuando cientos de hombres se fueron al frente, mantuvieron el transporte fluvial de mercancías en el Reino Unido, llevando a cabo uno de los trabajos más difíciles del Frente Interior. Trabajando en equipos de tres, transportaban las mercancías en un par de botes estrechos conocidos como “motor and butty”. 

Durante meses, las “mujeres ociosas” (qué cruel o qué deliciosa puede ser la ironía británica), completaron viajes de ida y vuelta de más de tres semanas entre Londres, Birmingham y Coventry. Navegaron durante jornadas extenuantes de 18-20 horas, a veces en climas helados y con niebla, para entregar los suministros esenciales para la guerra, transportando cargas de 50 toneladas de carbón, acero y cemento. Todo lo hacían a bordo: trabajaban, dormían, comían y se aseaban. Solas, pero acompañadas.

«El trabajo fue duro: desde la carga y descarga hasta los largos días que pasábamos viajando en todas las condiciones posibles, atravesábamos esclusas sin fin, a menudo en la oscuridad y sin poder usar antorchas debido al apagón forzado», escribió en su diario Evelyn Hunt, una de las primeras mujeres en ser voluntaria allá por 1942. «¡Que día! ¡Lo peor que hemos tenido hasta ahora! ¡Y qué noche para empezar a escribir este diario! El viento está aullando afuera, creo que es una tormenta tan salvaje como nunca he escuchado ”, escribió en su primera entrada curiosamente el 1 de enero de 1943.

La historia de las “Idle Women” permaneció prácticamente oculta durante años confirmando las palabras de la historiadora Inmaculada Gil-Bermejo sobre lo poco que se sabe de las mujeres invisibles, aquellas que hicieron historia aunque sus nombres no hayan llegado a ser conocidos. Han tenido que aparecer un grupo de entusiastas mujeres apasionadas por la navegación, para que se difunda y se conozca el aporte de estas mujeres pioneras que dieron un paso al frente y decidieron no quedarse en casa mientras los maridos ausentes libraban la batalla.

Qué la historia la escriben los vencedores es algo conocido, qué la han escrito los hombres, también. Las mujeres estamos ausentes en los libros de Historia (como si hubiésemos permanecido ociosas durante todo este tiempo), hemos tenido que superar muchos obstáculos para poder desarrollar nuestros intereses y capacidades (recuerden a nuestra protagonista), y las que han conseguido hacerlo, salvo señaladas y contadas excepciones, no han recibido ningún reconocimiento y ni siquiera han sido nombradas en los relatos oficiales (ahí están nuestras ‘Idle Women’). 

Esta semana de movilizaciones y reivindicaciones, es un buen momento para recordar el papel de las mujeres que se salieron de las normas, que desafiaron y siguen desafiando las convenciones de su tiempo, que rompieron y rompen techos de cristal y remueven los suelos pegajosos, porque son ellas las que hacen historia y consiguen que la sociedad avance. Merecen ser reconocidas y que su historia inspire a futuras generaciones.

Como bien decía Ana Erostarbe, es una verdad, verdadera que a las mujeres, nos ha costado infinitamente más que se reconozca nuestro trabajo, y es otra verdad, verdadera que, como decimos en Doce Miradas, las cosas se cambian, cambiándolas. Que así sea.

Mientras ellos gobiernan, nosotras amamos

febrero 18, 2020 en Doce Miradas

La semana pasada el calendario marcaba una fecha señalada, el Día de San Valentín, también conocido como el Día de los Enamorados. Sin obviar la utilización machista del lenguaje, en este día confluyen muchos de los motivos por los que las mujeres queremos desprogramarnos y construirnos de un modo libre.

La idea de que el Día de San Valentín es una fecha comercial inventada por unos conocidos almacenes está bastante extendida; en plena cuesta de febrero llega un momento de consumismo desenfrenado porque, claro está, con las cosas del amor no se repara en gastos. Sin embargo, parece que San Valentín sí existió. Valentín fue un sacerdote cristiano, en la época del Imperio Romano, que casaba soldados a pesar de la prohibición del emperador que consideraba el matrimonio algo incompatible con la carrera de las armas. Al descubrirse que el sacerdote casaba parejas en secreto, fue decapitado. No es el tema en el que quiero entrar ahora, pero me sacude una doble idea: o el sacerdote no quería que las parejas vivieran en pecado; o el sacerdote era antimilitarista y el matrimonio su herramienta de lucha contra las guerras. Esta sí que es una idea romántica.

El Día de San Valentín, además de concentrar la venta del 8% total del negocio anual de la floristería, concentra también el 100% de la venta del amor romántico, una de esas falsas creencias tan bien acomodadas en nuestro imaginario colectivo que ni se nos ocurre cuestionar —no vaya a ser que agüemos la fiesta a alguien—. Y es que el amor, ¡ay, el amor!, es el centro de nuestra vida; todo gira en torno a un ideal, a nuestra media naranja, a eso que socialmente nos convierte en mujeres completas, cuando en realidad —aquí viene el jarro de agua fría— se trata de una construcción social que nos hace dependientes y vulnerables. 

El amor romántico es un dispositivo de control que nos mantiene ocupadas desde edades muy tempranas. Desde pequeñas escuchamos y jugamos con falsos signos del amor; a ver si os suena eso de “el príncipe azul que vendrá de no sé qué país a rescatarnos”, “contigo pan y cebolla” o “sin ti no soy nada”. Son frases que apuntalan la creencia de que las mujeres somos frágiles princesas, seres incompletos que deambulamos hasta encontrar el amor verdadero, el príncipe azul, eso que da sentido a nuestra vida y tranquiliza a las familias. 

Y, un día, el príncipe llega; y según entra por la puerta, la libertad de la mujer sale por la ventana. En el amor romántico la pareja es similar a una propiedad privada; el propio modelo crea una idea de pertenencia y esto hace que se justifiquen los celos o la violencia machista: “la maté porque era mía”. Apenas hemos estrenado año y ya van 11 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas.

Recuerdo el primer artículo que escribí en este blog, hace ya siete años, titulado Desprogramando el identikit en espacios de papel, en el que hacía hincapié en las lógicas de poder. La hombría se asimila a la valía social, la intelectualidad, la racionalidad, la autoridad y la libertad; al hombre se le educa como si fuera el centro del universo. En contraposición, lo femenino se asocia a la inestabilidad, la afectividad, la emocionalidad, la fragilidad y la falta de racionalidad o de autonomía.

Así, a las mujeres se nos educa para cuidar, servir, sostener, equilibrar, tapar, amar y proveer felicidad, dejando a un lado nuestra propia identidad. Seguro que os sonará eso de “detrás de cada hombre hay una gran mujer”. Eso es, detrás. Ya lo decía Kate Miller, una de las escritoras y activistas más relevantes del feminismo: “el amor es el opio de las mujeres, como la religión el de las masas”. Mientras nosotras amamos, los hombres gobiernan; el amor romántico construido desde una visión patriarcal lleva a la mujer a dar prioridad al hombre, a ocupar un segundo lugar irrelevante, a cuidar y equilibrar la familia y la vida para que él se centre y se encargue de las cosas que realmente importan. Ya sabéis que gobernar es cosa de hombres.

El amor romántico nos mantiene distraídas soñando con finales felices, alimentando así una realidad en la que nada cambia, en la que la desigualdad se sostiene bajo el espejismo del amor verdadero. Las mujeres queremos amar, por supuesto, pero también queremos gobernar. Caer rendidas en las lógicas del amor romántico es dar pasos en contra de nuestra libertad y esto durará hasta que las mujeres lo sigamos sosteniendo con nuestras fantasías.

La única mujer en la habitación

febrero 4, 2020 en Doce Miradas

En 1972, Lena Söderberg, una joven sueca de tan solo 21 años y recién llegada a Estados Unidos, aceptó una oferta de trabajo como modelo para una revista. El trabajo era para Playboy, siendo portada en noviembre de ese año una de las capturas, donde ella aparecía desnuda de espaldas con un sombrero azul.

Al año siguiente, un equipo de ingenieros de la Universidad del Sur de California buscaba una fotografía con la que probar un nuevo desarrollo de software para digitalizar y comprimir imágenes. Un componente del equipo (todos eran hombres), ofreció su ejemplar de Playboy, porque era la década de los 70 y llevar esa revista al trabajo era lo habitual y bien visto. La prueba funcionó así que distribuyeron la imagen comprimida a más colegas de profesión para que pudieran hacer lo mismo con sus propios algoritmos y así comparar los resultados (esta investigación sentó las bases para lo que luego se convertiría en el formato JPEG). A partir de ese momento, la fotografía de Lena se convirtió en el estándar de pruebas de compresión. Aparece en papers de investigación, libros de texto y hasta en el último capítulo de la famosa serie Silicon Valley, me encontré con ella en una de las escenas:

Y es que aunque la tecnología y los ingenieros que trabajaban con ella envejecieron y cambiaron, la imagen de Lena no. La propia protagonista, que ahora ya es abuela, dice “Dejé de ser modelo hace mucho tiempo. Es hora de que también me retire de la tecnología». El movimiento para “jubilar” a Lena lleva activo ya dos décadas. Algunas revistas científicas ya no aceptan investigaciones que utilicen a Lena. Y se hizo en 2019 un documental con el que yo descubrí esta historia: «Losing Lena«.

Lo interesante de este documental es que no se centra solo en su historia. Habla también de los pequeños detalles, a veces muy sutiles y otras veces no tanto, con los que se les dice a las mujeres que no pertenecen a la industria de la tecnología, que no son bienvenidas. Por ejemplo, cuenta la historia de Maddie Zug, una de las pocas chicas en una clase de inteligencia artificial que en 2014 recibió la imagen de Lena en una tarea de programación. De inmediato, ser una de las pocas chicas en una habitación de adolescentes que resoplaban y se reían ante la foto de una mujer desnuda, se convirtió en una situación realmente incómoda para ella.

Muchas personas estamos trabajando para que más niñas y jóvenes elijan en libertad y sin condicionamientos su futuro profesional, no descartando las carreras de ingeniería por la acción de sesgos y estereotipos. Pero qué pasa con las pocas que han llegado y llegarán: que les tocará en muchas ocasiones enfrentarse a ser esa única mujer en la habitación. Y el problema muchas veces no es que sus compañeros las vayan a tratar mal ni mucho menos, pero sentirte sola o diferente es una sensación complicada. De hecho, me viene a la cabeza la historia de Anita Borg, una referente en el mundo de la tecnología, que fundó Systers Borg, la primera comunidad online para mujeres en la tecnología, tras asistir a una conferencia con poca presencia femenina y reunirse en el baño con las pocas que había. Allí se dieron cuenta, al ser las únicas mujeres de la sala, que necesitaban agruparse y sororidad, mucha sororidad. Como curiosidad, que sepáis que en 1992, cuando Mattel Inc. empezó a vender una muñeca Barbie que decía que la clase de matemáticas es difícil, las protestas que se iniciaron en Systers jugaron un rol fundamental para conseguir que eliminaran esa frase.

En 2019 Pixar también lanzaba un corto en esa línea: Purl, una madeja de lana rosa que llega a una oficina donde el resto de compañeros son iguales entre sí y muy diferentes a ella. Es, según su directora Kristen Lester, una fábula acerca de pertenecer, de tratar de encajar en un sitio en el que podrías parecer ajena y del cómo las circunstancias pueden hacerte ceder hasta el punto de perder tu identidad: “está basado en nuestras experiencias propias. En mi primer trabajo en el mundo de la animación yo era la única mujer en la sala, así que, para seguir trabajando en lo que me gustaba, me convertí en uno de ellos”. De hecho, purl es una palabra inglesa que define cuando tienes un jersey de lana y se te sale un punto. Un material excelente para llevar a las aulas:

Ya es hora de retirar a Lena de la tecnología y de decirles a nuestras niñas, jóvenes y profesionales que son bienvenidas, que pertenecen a este mundo tanto como los hombres y que no estarán solas. Y si lo están, no son ellas las que tienes que cambiar ni perder su identidad. Me quedo para el cierre de este post con esta frase de Diane Boettcher:

“En lugar de pensar en ti como la única mujer en la habitación, se la primera mujer en la habitación.”

Del yoga a la obscenidad

enero 21, 2020 en Doce Miradas

He vuelto al yoga. No voy a aburrirte con la letanía habitual de quienes descubren algo y quieren, por lo civil o por lo criminal, convencer de sus virtudes; eso lo reservo para mi primer círculo sufridor (al que agradezco su paciencia cuando me quejo por las agujetas). En una de las paredes del estudio donde practico varias veces por semana se puede leer:

“Antes de practicar, la teoría no sirve para nada; después de practicar, la teoría es obvia”.

Y en eso ando, intentado entender y practicando.

Lola Vendetta: “El feminismo no se sufre, se disfruta”.
Esa es la actitud.

El yoga se basa en la consciencia de movimientos y respiración. Exige, además, comprender qué es lo que no funciona, para poder alinearlo. Si te duelen las lumbares puedes tomarte un ibuprofeno o modificar la postura; lo primero te alivia a costa de dejarte el estómago y el hígado tocados, mientras lo segundo puede conseguir que yergas el torso, mires al horizonte y te des cuenta de todo lo que te estabas perdiendo.

Tras algunos fracasos estrepitosos, he aprendido que corregir lo que no está equilibrado requiere practicar las contraposturas: ejercer cierta presión en el sentido contrario a lo que me molesta, para actuar sobre lo que quiero cambiar, bien sean los lumbares o las desigualdades. Por decir algo.

Conciencia, comprensión y contramedidas. Si funciona con mi propio cuerpo (escápulas abiertas, columna alineada, cervicales en posición relajada, inspira en cinco, expira en cinco), ¿qué ocurrirá si lo aplico a la sociedad?

Poner luz sobre lo obsceno

Todo lo que nos rodea tiene una lectura de género. Por mucho que pueda parecerlo, la realidad no es gender-free: la cultura, la economía, la educación, la actividad política, los medios de comunicación, el uso de los espacios públicos, la publicidad, el lenguaje, lo que digo y lo que callo… ¿seguimos? Por lo tanto, las alternativas son solo dos: o aplicamos el filtro feminista, o consolidamos, por activa o por pasiva, el enfoque de género normativo, creado a la imagen y semejanza de solo una de las mitades de la humanidad.

Pero, ¿por dónde empezar, cuando debemos intervenir en absolutamente todo? Mi admirada Marta Sanz (no os perdáis “Monstruas y Centauras”, haced el favor) propone una forma de identificarlo: debemos ser obscenas, que a pesar de lo que te has imaginado al leer esta palabra, se refiere a trabajar sobre lo que está fuera de la escena. Y hete aquí, qué sorpresa, que lo que no se ve, en la mayoría de los casos, tiene que ver con nosotras. Será casualidad, casi seguro.

Es ahí donde toca entrenarse con el yoga feminista. Lo que consideramos normal o normativo no es más que una construcción sutil que se consolida,  pasito a pasito, desde lo más sublime a lo más nimio. Ser conscientes de lo que no funciona, entender los porqués y aplicar la contra-postura.

Una contrapostura de calentamiento muy recomendable es hablar de lo oculto, con oportunidad o sin ella. Aquí una lista de tácticas para incorporar el debate feminista en la conversación pública; seguro que se te ocurren otras muchas. Y cuando te reprochen, que lo harán, “estar siempre con lo mismo”, puedes practicar la respiración profunda (y contar hasta diez) o jugar mentalmente al bingo feminista de nuestra Lorena Fernández.

Una vez que dominemos la conciencia en el discurso, practiquemos la extensión. Soy muy partidaria de todas las posturas que nos lleven a estirarnos para ocupar los espacios y hacer visibles los desequilibrios. Aquí hemos hablado y escrito mucho sobre los #AllMalePanels, por ejemplo. En nuestro haber queda practicar la contrapostura y asegurar la presencia de las mujeres en la plaza pública, es cierto, pero sin olvidar que son los caballeros que acaparan estos espacios quienes deben entrenar los músculos de la retirada. Señores, les toca.

Más allá de lo evidente

Campaña contra la violencia de Alexandro Palombo, «Solo porque soy mujer»

Por mucho que la violencia contra las mujeres ocupe horas y hora en la conversación, sigue siendo un tema obsceno, porque las causas y las medidas estructurales para hacerle frente siguen estando fuera de la escena. Hablamos mucho, hacemos demasiado poco. Vemos la punta del iceberg, pero aguas abajo todo son penumbras. Cuando escucho a representantes públicos clamar tras una pancarta “no vamos a tolerar más violencia contra las mujeres”, no puedo evitar preguntarme qué significa eso. ¿Más recursos para la formación? ¿Mayor inversión en la detección, prevención y acompañamiento? ¿Reformas legales para evitar sentencias que aplican de forma aberrantes el concepto del consentimiento? Ojalá. La cuestión es que, en cuanto callan los micrófonos, esas mismas personas negocian la censura educativa (ahora conocida como pines parentales), retiran programas de coeducación o mercadean con los derechos de las mujeres en el zoco de sus parlamentos.

Vamos muy tarde, y la Historia nos dará una bofetada, a mano abierta, cuando dentro de una décadas analice la frivolidad con la que dejamos pasar el tiempo haciendo poco más que ejercicios de hiperventilación y sin cambiar nada. Veintitrés años después de su asesinato, el New York Times recogía la semana pasada el obituario de Ana Orantes y lo hacía en Overlooked No More, una sección en la que repasan referencias históricas que, en su día, no obtuvieron la atención necesaria.

La Historia está llena de mujeres que han ido enderezando el mundo. Marcha por los derechos políticos, UK hace tiempo

Pretender acceder a los centros de poder sigue siendo obsceno, pero no queda otra. Estados Unidos se prepara para unas nuevas elecciones (quieran las Diosas que alguien tenga que hacer las maletas) y no faltan las alusiones a los méritos de unas y otros, incluso con elementos tan poco meritorios como la edad. Fue brillante, al respecto, la respuesta de Elisabeth Warren cuando le recordaron que, de ser elegida, sería la persona más mayor jamás en el cargo. “También la mujer más joven”, dijo. Ya no somos una rareza, ya “estamos” en el ámbito público del poder, pero cuidado, ya que como nos recordaba Noemí Pastor con su Leona Herida, las barreras contra el acceso y la permanencia de las mujeres siguen siendo muy potentes. Necesitamos más mujeres en el ámbito público y para ello, es imprescindible entender que lo que nos mantiene en esa oscuridad no son las carencias individuales, sino las presiones colectivas. Necesitamos contraposturas, recursos para acelerar la presencia de más mujeres en el oficio de lo público. Echa un ojo al trabajo de Basqueskola, por ejemplo.

La precariedad es obscena, y es intolerable. Reclamar dignidad en el empleo sigue siendo necesario, aquí y en todo el mundo. Los espejismos de igualdad bajo cuyo embrujo vivimos esconden una cara B en todos los niveles sociales. Más de cien presentadoras denuncian las desigualdades estructurales en la todopoderosa BBC y mientras tanto, Oxfam nos recuerda que la pobreza en España sigue siendo mujer y joven. Seguro que la conoces: gana menos que sus colegas hombres, y está sobrerrepresentada en tareas precarias,  minusvaloradas, que rozan la explotación y se pagan miserablemente.

 

Pocos movimientos sociales pueden decir que cuentan, de serie, con un completo kit de contraposturas para enderezar la sociedad, para liberarla de hábitos posturales que a corto, medio y largo plazo son letales (y no es una forma de hablar). Bien: el  feminismo puede. Porque ya ha cambiado el mundo, y lo sigue cambiando, para bien. Lo resume muy bien en Rebelión Cecilia Castaño, Catedrática de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid.

No debemos minusvalorar los avanaces, pero tampoco magnificarlos: nos duele todo el cuerpo, y es un dolor crónico y limitante. Avanzamos, pero el proceso está siendo lento y, no lo olvidemos, nos está costando la vida. Literalmente.

Seamos obscenas y conscientes. Respira y trabaja la resistencia, que esto nos va a llevar un tiempo todavía. Nos queda un largo camino hacia la movilidad plena de nuestras articulaciones, queridas hermanas.

Namasté.