Ni putas ni sumisas

septiembre 19, 2017 en Doce Miradas

A comienzos de la década de 1990 se degradaron notablemente las condiciones de vida de las jóvenes de las barriadas obreras de Francia con numerosa presencia de población de origen magrebí. Simplificando mucho, podríamos decir que desde dentro del barrio a las mujeres jóvenes se las percibía como putas y desde fuera, como sumisas. Ambas cosas eran falsas.

El momento crítico se alcanzó el 4 de octubre de 2002: Sohane, una joven de diecisiete años, fue asesinada en el sótano de un barrio obrero de las afueras de París. Este crimen fue el detonante de la fundación del movimiento Ni Putas Ni Sumisas (NPNS), pero antes habían sucedido otras muchas cosas que lo fueron cimentando. Nos lo cuenta todo Fadela Amara, una de las fundadoras y dirigentes del movimiento,  en un libro que se titula también “Ni putas ni sumisas”. Amara, entre otros cargos, fue Secretaria de Estado de Políticas Urbanas durante la presidencia de Nicolas Sarkozy.

 

Todo empeoró hacia 1990

La autora de este libro, publicado por Cátedra en 2004 con traducción de Magalí Martínez Solimán, nos cuenta en la primera parte del volumen que también ella es una chica de barrio nacida en 1964 en Clermont-Ferrand, una ciudad obrera del centro de Francia donde todo giraba alrededor de la fábrica de Michelin, y que creció en la típica familia magrebí con otros  seis hermanos y tres hermanas.

Amara trabajaba en la Maison des Potes de Clermont-Ferrand, una asociación para la mejora de las condiciones de vida de los barrios, auspiciada por SOS Racismo, cuando empezó a detectar los primeros indicios de degradación en la situación de las jóvenes, que coincidió con la entrada en escena de los hermanos mayores. Las jóvenes debieron sumar a las presiones que recibían de parte de su familia y su tradición (menor autonomía para entrar y salir, normas de vestimenta y, en algunos casos, confiscación del sueldo completo), las obligaciones que empezaron a imponerles los chicos.

Esto coincidió con una época de grave crisis económica para la clase obrera francesa. Los inmigrantes fueron los primeros afectados por los despidos de la reestructuración industrial  y los padres de familia se encontraron sin trabajo, sin estatus social. Esto invirtió los papeles en las familias y acabó con la autoridad paterna. Hasta entonces los padres eran la autoridad familiar, establecían las reglas de la vida común y arbitraban los conflictos entre hermanos. El desempleo les hizo perder estas prerrogativas, que pasaron al hermano mayor.

Asumida la autoridad en la familia, los chicos pasaron a ejercerla también en el barrio. Su misión era proteger a las hermanas de los “depredadores” y mantener su virginidad hasta que se casaran. Esto al principio solo afectaba a las hermanas, pero luego pasó a afectar a toda la barriada. Así perdieron las jóvenes buena parte de las libertades conquistadas durante las décadas de 1970 y 1980.

Esta presión se acentuó y se hizo opresión. Se instauró un auténtico control sobre la vida de las chicas, sobre sus idas y venidas. Las salidas se redujeron; se les imponía una hora de regreso y la obligación de ir siempre acompañadas. Se instauró un control estricto de sus amistades masculinas y proseguir los estudios se convirtió para ellas en una auténtica batalla.

En una etapa siguiente, la misión de vigilar a las hermanas no recaló unicamente en el hermano mayor, sino en todos los chicos del barrio. Así, chicos sin trabajo apostados en la calle, con el pretexto de controlar a las chicas, ejercían contra ellas la violencia verbal, las insultaban. Cuando las encontraban en la calle, les decían que volvieran a casa o le contarían a su hermano dónde las habían visto y con quién.

En otra etapa ulterior, los chicos pasaron a la intervención directa, a molestar a las chicas. A partir aproximadamente de 1995, la violencia se extendió por los barrios de la mano de la descomposición social. Las chicas tenían prohibido maquillarse o vestirse a su antojo. Se acabaron los vaqueros y las camisetas. Las trangresoras eran directamente “putas”. En una fecha que Fadela Amara no precisa, comenzaron a aumentar alarmantemente las violaciones en grupo y los asesinatos.

¿Cómo reaccionaron las chicas?

Pues, como era de esperar, de manera diversa. Unas interiorizaron este control y regresaron a las tradiciones patriarcales.

Otras optaron por parecerse a los chicos, imponerse para que las respetaran y adoptar sus herramientas y armas. Así, apareceron en los barrios pandillas solo formadas por chicas, vestidas con chándal para no asumir su feminidad, que utilizaban la violencia como forma de expresión.

Una tercera modalidad de comportamiento es la que Amara llama “convertirse en fantasma”, ser transparente, invisible, pasar desapercibida y hacer todo lo posible por salir del barrio.

En el capítulo dedicado a la reacción de las muchachas ante el machismo y la violencia crecientes, Amara se detiene a hablar de las niñas sacadas tempranamente de la escuela, los matrimonios forzosos y, sobre todo, el velo islámico, que tanto revuelo mediático y no solo mediático ha levantado en Francia y no solo en Francia. Al velo y a lo que representa para las musulmanas, que en esto son muy diversas, dedica Amara páginas y páginas, así que, a modo de resumen, os diré que no es en absoluto partidaria y lo considera un símbolo de la opresión femenina.

Foto: “La muralla china”, bloques de viviendas sociales en Clermont-Ferrand
De ThomasInTheSky, en Wikipédia

 

Manos a la obra

Ya en 1989 en la Maison des Potes de Clermont-Ferrand habían creado una Comisión de Mujeres para hacer frente a la violencia que en adelante no hizo sino crecer: secuestros, repatriaciones, matrimonios forzosos e incluso asesinatos de hijas “descarriadas”.

En junio del año 2000 organizaron un seminario de formación en feminismo que fue un gran éxito y, así, se animaron a preparar durante 2001 los Estados Generales de las Mujeres de los Barrios. El primer paso lo constituyeron los Estados Generales locales, que se celebraron en ciudades grandes del país, con el objetivo fundamental de que las chicas supieran que lo que les sucedía no era algo aislado, sino que esa misma situación se repetía en los suburbios de Estrasburgo, Burdeos o Marsella. También se trataba de alertar a la opinión pública y, por supuestos, a los poderes públicos también.

Con el fin de que las jóvenes tomaran la palabra, rompieran la omertà, la ley del silencio,  y le plantaran cara al “sistema de los hermanos”, difundieron entre ellas un cuestionario con preguntas sobre violencia, sexualidad, tradiciones o religión y recibieron más de cinco mil respuestas. Con ellas elaboró la socióloga Hélène Orain el Libro blanco de las mujeres de los barrios, que dibujaba un preocupante panorama de violencia, desestructuración social, guetización, discriminación étnica y sexista y regreso forzoso a las tradiciones, con resurgimiento de prácticas como la poligamia.

Así llegaron el 26 y el 27 de enero de 2002 los Estados Generales de las Mujeres de los Barrios, que se celebraron en la Sorbona. Participaron más de trescientas mujeres, solo mujeres; se decidió así porque durante los anteriores encuentros locales, muchas chicas habían manifestado que les resultaba difícil hablar cuando tenían hombres delante. Trataron cuatro grandes bloques temáticos: sexualidad, tradiciones, religión y formación y empleo.

Dos meses después, en marzo, publicaron un manifiesto, que titularon Ni putas ni sumisas. Buscaban un lema incisivo, escandaloso y eficaz y partieron de la expresión “todas putas menos mi madre”, porque les parecía que ilustraba la manera en que los hombres consideraban a las mujeres en las barriadas. Enviaron este texto a todos los candidatos a las elecciones presidenciales de abril de 2002 y apenas obtuvieron respuesta.

Entonces se les ocurrió la idea de organizar una marcha pacífica, inspirada en las de Gandhi o Martin Luther King, protagonizada por chicas y esta vez también chicos de los barrios obreros. Se bautizó con un nombre largo: Marcha de las mujeres de los barrios por la igualdad y contra el gueto.

Entre tanto, en noviembre de 2002, Sohane, de diecisiete años, fue asesinada por un muchacho en Vitry-sur-Seine y fue una conmoción. En su recuerdo, la marcha comenzó en esa misma localidad el 1 de febrero de 2013 y durante cinco semanas recorrió veintitrés etapas.

En palabras de la propia Amara, el mayor éxito de la marcha fue convencer a las chicas más renuentes a reconocer la opresión en la que vivían, ya que algunas lo negaban rotundamente y afirmaban que a ellas no les pasaba nada de lo que la marcha denunciaba. Estas chicas habían asmilado las normas sexistas sin ser conscientes; las habían integrado tan bien que pensaban que las habían escrito ellas mismas. Una de ellas le confesó a Amara: “Este año he hecho tantas tonterías que en verano me van a casar en Argelia”.

Por supuesto que también tuvieron detractores. Era de esperar que, al haber obligado a la sociedad a abrir los ojos ante una realidad que no quería ver, se encontraran, por ejemplo, con grupos de chicos agresivos que irrumpían en los debates. En alguna ocasión tuvieron cara a cara a muchachos que habían participado en violaciones colectivas y no entendían qué les reprochaban ni por qué cuestionaban y denunciaban sus actos. Tuvieron que explicar una y mil veces que la marcha no iba contra padres ni hermanos, ni contra el Islam; que pretendía salir de aquella espiral de violencia que destrozaba a todo el mundo en el barrio.

El final de la marcha se hizo coincidir con el 8 de marzo de 2003 y en abril del mismo año
NPNS se convirtió en movimiento, en asociación. No había transcurrido esa misma primavera cuando se creó también la asociación Ni Machos ni Proxos (proxo en francés es abreviatura coloquial de ‘proxeneta’) para oponerse a su movimiento y negar la realidad que describía. Miembros de Ni Machos ni Proxos se acercaron a un encuentro celebrado en Asnières con la sana intención de sabotearlo. Dejaron claro que no estaban allí  para participar ni escuchar, sino para socavar el trabajo de NPNS.

♀  ♀  ♀  ♀  ♀

Fadela Amara dedica los últimos capitulos de su libro a hablar de las acciones que el movimiento ha emprendido desde entonces, que han sido muchas y variadas. Si tenéis curiosidad, también podéis echar un vistazo a su web: www.npns.fr. Salud, hermanas.

Mariana

septiembre 5, 2017 en Doce Miradas

Mariana no sonríe. Nunca. Fue un proceso paulatino, y tocó techo la noche en la que Manuel llegó borracho de la cantina, y le rompió los dientes de un sonoro puñetazo cuando ella rechazó sus manos y sus besos, arrinconándose en la litera que comparten.
Poco quedaba ya de la pasión juvenil que, de la noche a la mañana, hizo que dejase su aldea para unirse al grupo de rebeldes que marchaba hacia la selva. Mariana es guerrillera accidental, y desde entonces también es la compañera de Manuel, la única mujer de la tropilla, un trabajo a tiempo completo: lava para él y sus compañeros, cocina, recolecta o roba lo que necesitan para comer. Porque es guerrillera, sí, pero ante todo es compañera y mujer. Hace unos años sumó a sus tareas la de ser la puta del destacamento: sus compañeros (ellos) lo acordaron en democrática decisión, como vía de desfogue tras semanas de caminatas y luchas. Alegaron que, además, así estaría mejor preparada para no delatarse en los encuentros con los paramilitares, que acostumbran a violar a las mujeres, bien como entretenimiento, bien como parte del escarmiento general.
La mañana siguiente a romperle la boca y la sonrisa, Manuel preguntó a Mariana qué había pasado. “Esta vida de mierda”, le dijo en una torpe disculpa. Dice que no consigue recordar esa noche. Mariana, sin embargo, no logra olvidarla.

 

Quería escribir sobre las mujeres en los conflictos armados, pero la historia de las Marianas de la guerra se me ha quedado atragantada entre los dedos. Me la contaron hace unos días, y no he logrado que salga de mi cabeza.
Sobra decir que no se llama así. Y que Mariana no es de un lugar concreto. No la busques en una guerrilla, en singular, ni en un lugar en particular. Esta Mariana concreta no existe, pero es, a la vez, miles de mujeres. Ocurre lo mismo con tantas y tantas historias del infierno que se van perdiendo para siempre, porque sus protagonistas, ellas, no son reconocidas como voces autorizadas para relatar sus propias vivencias. ¡Qué despropósito!
Mariana es tan solo una de las miles de mujeres víctimas directas de los conflictos armados. Nada nuevo, nada diferente a lo que puedas estar imaginando: el cuerpo de las mujeres ha sido siempre un campo de batalla, tanto más en la guerra y en sus diferentes vertientes.

Quería escribir sobre la situación de las mujeres en los lugares del mundo donde la guerra y sus demonios son el pan suyo de cada día. Y quería hacerlo porque, en mi ignorancia, he sabido que es relativamente novedosa la intervención de los poderes públicos internacionales en esta realidad (conocida o intuida, pero ignorada de forma sistemática). El 19 de junio del 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la resolución por la que se declara esta fecha como Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos.

Un año después, en marzo de 2016 un tribunal íntegramente femenino de la Corte Penal Internacional dictó su primera condena por delitos sexuales y de género cometidos por el exvicepresidente congoleño Jean-Pierre Bemba.

 

La dominación sobre las mujeres es el único régimen de poder que ha sobrevivido a todas las fórmulas a lo largo de la Historia, así, con mayúsculas. Por siglos y siglos, los seres humanos hemos experimentado todo tipo de maneras de control y dominación sobre nuestros semejantes: hemos tenido regímenes teocráticos, imperios, democracias más o menos avanzadas. Hemos tenido reinos, repúblicas, asociaciones libres de comunidades. Hemos tenido ejércitos y sociedades desmilitarizadas (pocas…). Reyes, presidentes, parlamentos, senados, tribus de ancianos, asambleas de notables. La única forma de poder que no ha languidecido en todo el tiempo que habitamos este planeta es la que somete a las mujeres. La que las considera inferiores, la que las explota como meros instrumentos de reproducción, la que las domina como aviso a navegantes, la que las cosifica como herramientas del placer sexual de los hombres. Las mutaciones que este sistema ha ido experimentando son notables, qué duda cabe, pero si te atreves a mirar a la Historia con gafas de ver de lejos, enseguida reconoces los rasgos comunes, las mismas estrategias que convierten al patriarcado y al machismo en la ideología más resistente, la más duradera, la más difícil de destruir.

Quería escribir sobre la guerra, pero Mariana me ha recordado que usamos los conceptos amplios para esconder, consciente o inconscientemente, las realidades sobre los que se construyen. Que no es posible entender, en su extensa dimensión, la situación actual de las mujeres sin situarla en el contexto de la ideología del poder.

Las agresiones sexuales son ataques de poder.

La violencia de género es poder.

Incomodar a las mujeres en la calle con frases soeces es poder.

Alimentar los estereotipos de género y arrinconar a las niñas en los roles femeninos es poder.

Interrumpir a las mujeres por el hecho de serlo es poder.

 

Son formas de entender el poder que se nos han metido hasta el tuétano, bien por la costumbre, por la educación, por los modelos que perpetúan los medios de socialización, o bien por el miedo y los consejos bienintencionados que han hecho tan resistente este modelo de poder.

No he podido escribir sobre la guerra, sólo sobre la guerra, porque también los conflictos forman parte de esta realidad. Son la cara amarga de la pobreza, de la dominación, de la rabia, del dolor común y del privado. Y hay tantas guerras como hombres y mujeres, niños y niñas, que las viven. Aunque cuando nos cuentan qué está ocurriendo las crónicas suelen limitarse a una sucesión de hechos, avances, datos y análisis políticos o económicos, convendría tener en mente que es imposible hacerse a la idea de su verdadera dimensión sin reconocer la pobreza, la dominación, la rabia y el dolor de las Marianas que la sufren.

 

Mariana ha empezado a desaparecer. Y no podremos conocer su historia mientras las verdades de tantas mujeres permanecen escondidas. Otra Mariana explicaba hace unos meses cómo logró sobrevivir a sus infiernos, a los de la guerra externa y también a los de la guerra inacabable que las mujeres siguen librando. “Si parpadeas seguido, las lágrimas no caerán”.

 

Bonus track

Quería escribir sobre la guerra y las mujeres, pero con una historia enredada no resulta sencillo. Para encontrar las claves, te invito a que consultes las fuentes de ONU Mujeres, sus propuestas para la paz y la seguridad de las mujeres. Y si quieres profundizar aún más, aquí te dejo un estudio de Valentín Bou Franch sobre los crímenes sexuales en la jurisprudencia internacional. Y también el acceso a este completo estudio, “Como la cigarra. Notas sobre violencia sexual, jurisprudencia y Derechos Humanos” de Violeta Cánaves.

Y si todavía tienes algo de tiempo para un buen libro, puedes buscar “La guerra no tiene rostro de mujer”, de Svetlana Alexiévich, una obra en la que rescata la historia de las miles de mujeres, casi un millón, que combatieron en el Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial, una historia de la que, tal vez, no hayas oído hablar; no parece que sea casualidad. Por cierto, Alexiévich ganó el Nobel de Literatura en 2015.

¿Dónde están las mujeres?

julio 18, 2017 en Doce Miradas

La primera vez que esta pregunta captó profundamente mi atención fue hace ya algunos años en el Teatro Campos Eliseos de Bilbao. No importa tanto el acto, quienes asistieron lo recordaran, pero importa que quedó en la retina de muchas de nosotras y, afortunadamente también, de algunos de ellos. De hecho, podríamos decir que aquel acto nos dio el empujón definitivo a algunas de las Doce Miradas para decir, “algo tendremos que hacer”.

¿Dónde están las mujeres? Esa fue la gran pregunta que nos formuló el entonces director general de Cadenas Vicinay, Luis Cañada, cuando se dirigió al público tras recoger uno de los premios que se concedían en aquella ocasión. En su discurso de agradecimiento y, con esa forma extraordinaria que tiene Luis de contar historias, nos trasladó a todos esta pregunta que, en más de una ocasión, le hacían representantes de empresas y organizaciones noruegas cuando venían a trabajar a Bilbao: ¿Dónde estás las mujeres?

Que esta pregunta empiece a formularse en los diferentes actos, seminarios, eventos  y conferencias que se organizan por todo el mundo y, por supuesto en Euskadi, es una buena noticia. Que la formule un hombre tiene el doble de valor. Porque muchas veces hemos comentado que la falta de igualdad entre mujeres y hombres no es un problema de las mujeres, es un problema de toda la sociedad.

Sentirse incómodo

Y lo tuvo que hacer porque se vio en un escenario rodeado por hombres, solo hombres, hombres premiados, con premios entregados por hombres, lo que debió de resultar para él algo muy incómodo. Con esa sensación y viendo que también las primeras filas del auditorio, las que son ocupadas por autoridades y representantes empresariales, Luis Cañada nos lanzó la pregunta. Y esta es para mí una de las claves más relevantes que encontramos en este agotador camino hacia la igualdad real entre hombres y mujeres. Que fuese un hombre el que se atreviese a formular en alto, en público, lo que muchas veces pensamos. Pero por favor, ¿dónde están las mujeres?

Así que volvamos a la pregunta. Al hecho de que alguien pueda formularla. Y que ese alguien sea un hombre, aunque las mujeres también debemos seguir ajustando la mirada, porque queda mucho trabajo por delante. La clave es que alguien se dé cuenta y que le dé importancia. Que la ausencia de mujeres llame la atención, que sorprenda, que moleste, que no se dé por buena, que se cuestione, que incomode, como incomodó a Luis Cañada verse en aquella situación.

En Doce Miradas nos seguimos sorprendiendo con eventos celebrados en Euskadi muy recientemente donde llega a darse una absoluta ausencia de mujeres entre las voces expertas. Que si es difícil, que si no hay mujeres en determinados campos, en fin, excusas que nos llevan a comprender que, en muchas ocasiones, ni siquiera los organizadores se dan cuenta.  No les incomoda, no les llama la atención, no les molesta o, lo que sería peor, no les importa.

#FaltanMujeres

De hecho, en los debates internos de Doce Miradas, ya hemos comentado en alguna ocasión que vamos a preparar un hashtag especial para todas aquellas situaciones en las que se vea que la mujer no está representada o no está suficientemente representada. Pero tampoco seremos pioneras en esta ocasión. Ya circula por twitter desde hace unos años el hashtag #ManPanels al que se le antepone la frase “Di no”. Es decir: invitan a decir que no a los participantes de actos donde solo aparecen hombres.

Problema global

Pero como ya se dice que una imagen vale más que mil palabras, veamos algunas imágenes que ilustran a la perfección  nuestra pregunta.

Todo parece indicar que se están dejando claramente a la mitad de la sociedad, ¿no les parece?

 

 

 

 

 

 

En el mundo de los transportes y las infraestructuras deben tener serios problemas para encontrar mujeres expertas.

 

 

 

 

 

 

 

Ésta es especialmente interesante, tratándose de un encuentro global sobre mujeres en París.

 

 

 

 

 

No tengo ninguna duda de que en Euskadi vamos avanzando. Aunque de vez en cuando tengamos notables recaídas, vamos progresando. Pero todavía podemos hacer mucho más. Así, la Ley para la Igualdad en Euskadi ha contribuido a elevar el nivel de exigencia de la ciudadanía en estos años. De hecho, los resultados de la Evaluación de la Ley para la Igualdad presentados por Emakunde han revelado que existe una  valoración positiva de la Ley como instrumento sensibilizador y como instrumento jurídico útil y eficaz que ha permitido consolidar avances. Entre sus logros, se destaca su contribución a la arquitectura de la igualdad en el ámbito público. Aunque todavía las mujeres ocupan solo la mitad de los mandos de Osakidetza pese a ser el 79% del personal. Entre los retos, sus limitaciones para incidir sobre el sector privado.

Necesitamos gestos

Hace unos días volví a escuchar a Luis Cañada, en la actualidad, presidente de Novia Salcedo, hablando sobre los pasos que nos quedan por delante para alcanzar la igualdad real. Él nos hablaba de la necesidad de hacer gestos y nos remarcaba una frase que él precisamente aprendió de una mujer, de una periodista: “Haz gestos, que los pequeños gestos son poderosos”. ¿En qué se traducen esos gestos? Un sencillo ejemplo. Cuando le invitan a una mesa, a una charla,  lo primero que pregunta es si ésta será paritaria. Y si no es así, él dice simplemente y llanamente que no, que no cuenten con él. Solo discrepo en una cuestión. No me parecen pequeños gestos, me parecen grandes, inmensos, necesarios y oportunos, porque además, vienen de un hombre. Gracias Luis.

Violadores reincidentes. ¿Quién les deja la puerta abierta?

julio 4, 2017 en Doce Miradas

1976. Una mujer regresa a casa con su bebé cuando un hombre la aborda en el ascensor de su casa y la viola bajo la amenaza de clavarle un cuchillo a su bebé en el cuello. Desde ese momento, a Pedro Luis Gallego, que entonces tenía 19 años, se le llamó el ‘violador del ascensor’. Esta mujer tuvo la terrible mala suerte (seguramente habrá también otros factores) de cruzarse con un psicópata sexual.

El dolor, tortura, sufrimiento y muerte que causó este asesino violador a partir de aquí, ya no puede achacarse a la mala suerte. Pedro Luis Gallego cometió el resto de sus crímenes con la ayuda del código penal, de los servicios psiquiátricos penitenciarios y de la abolición de la doctrina Parot.

Con toda esa ayuda jugando a su favor, este violador y asesino ha ido dejando un reguero de víctimas. Con 33 años fue condenado a 273 años de prisión por matar a las jóvenes Leticia Lebrato y Marta Obregón en 1992. Para entonces ya había violado a 18 mujeres. Redujo su pena a 21 años siendo un recluso ejemplar. Es decir, realizaba labores de limpieza, asistía a clases de la ESO y de aerobic. Para reírse si no fuera todo tan triste.

Excarcelado en 2013 volvió a violar

Cuando en noviembre de 2013 fue excarcelado con motivo de la abolición de la doctrina Parot, volvió a hacer lo que cabía esperar de un violador en serie. Hace pocos días, el 14 de junio, lo volvían a detener acusado de ser el presunto autor de dos brutales violaciones y otras dos en grado de tentativa a jóvenes de entre 17 y 24 años.

Confiemos en que esta vez no le dejen salir de la cárcel, aunque todo es posible. Desde la reforma del código penal de 2015 existe la figura de la prisión permanente revisable para ciertos casos, como el de los violadores reincidentes.

Pero ¿qué sucede con todo el daño que ha hecho y que podría haberse evitado?¿Quién se hace responsable además del violador? En una ocasión, fueron 3 psicólogas quienes permitieron que saliera de una cárcel psiquiátrica porque lo consideraban ‘curado’. La última vez, su coladero fue la anulación de la doctrina Parot pero, no nos engañemos, esto solo adelantó 5 años la tragedia. Este violador peligroso y reincidente habría salido de todos modos unos pocos años más tarde y habría vuelto a violar igualmente.

La prisión permanente revisable y sus detractores

Desde la reforma parece que hay un asidero legal para impedir que hombres así sean soltados en sociedad. Habrá que ver si se aplica. Hay una corriente progresista que considera inhumana la existencia de la prisión permanente revisable. Aseguran que es un eufemismo para encubrir la cadena perpetua. Entienden que es un fracaso al negar la posibilidad de reinserción social. Personalmente, creo que lo progresista es defender a las víctimas actuales y a las potenciales. Y que estos hombres no pueden ni deben vivir en sociedad. Qué fácil es mantener tu pensamiento progresista intacto e inmaculado, a costa de sacrificar para ello a unas cuantas mujeres que serán agredidas, violadas y tal vez asesinadas por un criminal como este. Para defender las segundas oportunidades de estos criminales (Gallego lleva ya quemadas muchas oportunidades) se sacrifica a mujeres que caminan confiadas por las calles y entran en sus portales cuando regresan de sus trabajos, del cine o de una noche de fiesta. Son daños colaterales que esta sociedad acepta con tal de que una persona peligrosa y cruel siga teniendo segundas, terceras y cuartas oportunidades.

¿Y qué pasa cuando se ha violado una vez? En ese caso, como no hay reincidencia (aún) no se aplicaría la prisión permanente revisable y, sin embargo, esas personas también son un peligro potencial en la calle. En ese supuesto debería tomarse al menos alguna medida de vigilancia. Siempre se habla de pulseras telemáticas y medidas de control tecnológicas pero realmente ¿existen? ¿se utilizan? Deberían.

El daño que causa una violación es terrible e irreparable. Qué decir del asesinato. Y sin embargo, qué barato sale este crimen. Con qué ligereza las ‘personas expertas’ deciden que un violador tiene buen comportamiento y puede salir de la cárcel. Absurdo. Es bien sabido que violadores de mujeres y niños tienen buen comportamiento en prisión porque no tienen a su alcance mujeres ni niños a los que violar.

El otro día en el programa de Julia Otero, Julia en la Onda, hicieron una proyección interesante. Aunque no hay muchos estudios al respecto, se estima que en los países occidentales la tasa de reincidencia en estos casos es del 20%. En España hay actualmente 2.515 delincuentes sexuales que cumplen condena. Según la tasa de reincidencia, unos 500 podrían reincidir (no es un dato, es una proyección). ¿Estamos dispuestos a asumir ese riesgo sin tomar medidas para evitarlo? Ya hemos visto el daño que puede causar uno solo de estos delincuentes sexuales.

Cuando Gallego salió de la cárcel en 2013, no salió solo. Además de delincuentes diversos, con la derogación de la doctrina Parot salieron más violadores conocidos como ‘el del estilete’, ‘el del portal’ y un tercero que violaba en Cataluña. Y los tres reincidieron y fueron detenidos. Gallego ha sido el cuarto pero no el último. Ayer mismo, 3 de julio, detuvieron al que se conoce como ‘el loco del chándal‘ por intentar asesinar a dos hermanas. Ya van cinco.

La gran labor de la asociación Clara Campoamor

La asociación Clara Campoamor, siempre al quite en la defensa de mujeres y niñas, ya ha anunciado que se personará como acusación contra Gallego y pedirá la prisión permanente revisable. Su presidenta, Blanca Estrella, es a la única persona que habla de buscar responsabilidades. ¿Cómo es posible que no se busquen responsabilidades entre quienes abren la puerta a estos violadores reincidentes? Confiemos en que las personas encargadas del ‘revisable’ apliquen la sensatez, la prudencia y el sentido común. Psiquiatría y psicología han demostrado la misma capacidad que el horóscopo para predecir el comportamiento de estos criminales.

Tras la detención del ‘violador del ascensor’, el ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido, se mostró favorable a la prisión permanente revisable para este caso, pero pidió prudencia antes de reclamar “en caliente” otras medidas como la castración química o las pulseras telemáticas. La primera medida dicen que es ineficaz. Pero pulseras telemáticas ¿por qué no? Por otra parte, siempre se arguye que no hay que legislar en caliente, pero los crímenes de Leticia Lebrato y Marta Obregón datan de 1992. El problema es no actuar ni en frío ni en caliente. Justicia para las víctimas actuales y protección y prevención para evitar más víctimas.

Me duele el alma

junio 20, 2017 en Doce Miradas

Me duele el alma. Cada vez que salta la noticia del asesinato de una mujer a manos de su pareja o ex-pareja.

Me duele el alma. Cada vez que imagino cómo se debe romper la vida de las niñas y niños a los que han matado a su madre.

Me duele el alma. Cada vez que pienso en cómo será la vida de las hijas e hijos de una mujer asesinada. De un padre asesino. De su propio padre asesino de su propia madre.

Me duele el alma. Cada vez que intento pensar en cómo las madres y los padres de las mujeres asesinadas superarán el sufrimiento de que alguien hayan matado a su hija. Sobre todo, de no haber podido evitarlo. Y el dolor. Y la culpabilidad.

Me duele el alma. Cada vez que escucho historias de cómo los abuelos tienen que criar a sus nietos intentando disimular día a día que a ellos también les duele. Simulando que la vida sigue igual. Que no ha pasado nada. Cuidando a los hijos de su hija. Y a los hijos de su asesino. Buscando parecidos con su madre. Tragándose la angustia y el asco cuando ven algún gesto que les recuerda a su padre.

Me duele el alma. Cuando me cuentan que la ley permite que los hijos de un maltratador sigan teniendo relación con su padre. Y cuando esas hijas e hijos tienen que luchar para conseguir que los alejen de él. Que le separen de sus vidas. Al que pegó a su madre. Al que continúa pegando a sus hijos.

Me duele el alma. De una forma desgarradora. Cada vez que un padre mata a sus propios hijos con el único objetivo de hacer daño a la madre. Es tan antinatural que no puedo con ello.

Me duele el alma. Cada vez que vez que sé que además de mujeres asesinadas hay muchas más que sufren palizas y golpes. Y otro tipo de humillaciones. Que el asesinato es el final de una larga escena de violencia. A diario a veces. O de manera esporádica. En ocasiones escondiendo el horror. En otras buscando ayuda. Desprotegidas siempre.

Me duele el alma. Cada vez que soy consciente de la inconsciencia de la gente. De personajes políticos.  De periodistas y medios. De personas de la calle. Cada vez que escucho la palabra muerta en lugar de asesinada, lo del chico que era majo, lo de que nadie se lo podía esperar. O que se oían continuas discusiones y se sabía que algún día iba a pasar algo. Y pasó. Pero nadie hizo nada por evitarlo.

Me duele el alma. Cuando estoy convencida de que la educación y la prevención es la única manera de acabar con este lastre macabro y compruebo cómo se destina poco, muy poco, presupuesto tanto a una cosa como a la otra. Cuando escucho chistes denigrantes para la mujer, cuando se oyen las risas al decirle a alguien que su actitud es machista (he desterrado la palabra micromachismo desde el post de Luisa Etxenike en Doce Miradas), cuando se perpetúan estereotipos que comienzan por eso, por estereotipos, por chistes, por canciones, por frases hechas que legitiman a la larga las actitudes violentas.

Me duele el alma. Cuando la vida me trae recuerdos de alguien muy próximo a quien apalearon día tras día y las personas de alrededor lo vivíamos como fruto de la mala suerte. Como si el maltrato fuera una bacteria que había entrado en su vida. Le había tocado. Como a otras muchas. Cuando en los años 70 y 80, y mucho más cerca, denunciar era cosa de locas. Significaba volver a casa y recibir una nueva paliza “esta vez con razón”. Cuando no había salida para muchas mujeres porque él era el único sustento económico de la familia. Porque las leyes no las amparaban. Porque les pegaba su hombre.

Me duele el alma. Cuando veo a chicas jóvenes, algunas incluso adolescentes, que no se atreven a abandonar a su maltratador. Ni a buscar ayuda. Cuando aprenden desde demasiado jóvenes un tipo de relaciones que les marcará para toda la vida.

Me duele el alma. Cuando sé que el miedo es la única razón.

“El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”. Eduardo Galeano

 

 

La moda del feminismo

junio 6, 2017 en Doce Miradas

Arranco este post en domingo, 28 de mayo de 2017, día lleno de recuerdos para las mujeres detrás de Doce Miradas. Porque tal día como hoy, hace cuatro años, lanzábamos nuestro primer cohete al espacio interestelar. Una llamada a la que dábamos la forma de post coral, y en la que compartíamos con el “universo más allá” la misión que nos auto-encomendábamos y la visión que nos impulsaba; como era previsible, hoy intacta.

Imaginábamos un mundo en el que las mujeres no tengamos que reclamar cansinamente equidad, justicia, respeto o visibilidad. Un mundo en el que no se nos use, en el que no se nos viole, no se nos mate. En el que nuestra valía no se ponga en entredicho, zafia o sutilmente. En el que ser mujer no sea menos que ser hombre. Un mundo en el que, en definitiva, no solo se nos reconozca como iguales, sino que, de manera incontestable, privada y públicamente, SEAMOS iguales.

Lanzábamos, como decía, nuestro primer grito a un espacio desconocido, con la esperanza de viralizar con nuestro mensaje nuevos territorios, nuevas mentes, corazones… Y con la esperanza también de que las ondas conectaran por el camino con otras sensibilidades. Interceptaran, en resumen, otros feminismos y sus mensajes. Buscábamos mover posiciones ajenas y también propias, y las incontables interacciones que se han producido en este tiempo (en forma de artículos de miradas invitadas, comentarios en el blog y miles de conversaciones a través de las redes sociales) han hecho posible este anhelado movimiento multidireccional; un éxito notable, aunque también subjetivo.

En todo caso, lo que sí hemos hecho en Doce Miradas en este tiempo es constatar una realidad objetiva que entonces no era tan evidente y cuya certeza no es para nada menor: hay vida feminista en otros planetas.

Pienso rápidamente en todos esos colectivos presentes en Twitter que, como nosotras, antes no estaban y que, como nosotras, ahora sí están. Periodistas, juezas, cineastas, mujeres jóvenes, científicas, tecnólogas, mujeres gitanas, mujeres maltratadas, empresarias, colectivos LGTB, raperas, amas de casa, abogadas, autoras, directivas… Pienso en esos colectivos más veteranos que ya estando, no conocíamos. Y pienso también en todas esas personas -mujeres y, por fortuna, también muchos, muchos hombres- con quienes en Doce Miradas compartimos ramalazo y trueno. O, dicho de otra forma, con quienes compartimos visión.

Aunque más allá (nunca mejor dicho), la cuestión ya no es que haya colonias asentadas en otros planetas -hasta ahora desconocidos entre sí o pobremente interconectados-, sino que esta vida es palpitante y se encuentra en plena ebullición en toda la galaxia.

Prueba de ello son los hitos recientes en defensa de los derechos de las mujeres y colectivos LGTB que se celebraron a comienzos de 2017 en 81 países. Reivindicaciones pacíficas que por su masiva capacidad de convocatoria y de integración de colectividades DIFERENTES han pasado ya a la Historia de los movimientos sociales. Women’s March en Washington es, de hecho, la manifestación norteamericana más multitudinaria hasta la fecha (y de enorme impacto digital, además), muy por encima de las protestas contra Vietnam o la marcha de 1963 en la que Martin Luther King decía aquello tan poderoso e inspirador de “I have a dream”.

Tanto es así que lo que un tiempo fue percepción, ahora es evidencia: el feminismo está de moda. Y lo está tan literalmente que cada vez son más las marcas mainstream de ropa que reivindican el feminismo en sus prendas (a veces con más sentido de negocio que acierto en el enfoque). Y el hecho de que las niñas puedan lucir camisetas en las que dice “This is what a feminist looks like” sin temor a que se les identifique con seres feos-amargados-y-peludos es, sin duda, un logro que no es ni casual ni baladí. Sirva, en todo caso, el ejemplo para acercarme a donde quiero llegar. El feminismo, además de un orgullo para las mujeres y hombres que lo reivindican, que cada vez se expresa con menos pudor y con más camisetas y secciones de periódico, hoy también es OPORTUNIDAD.

Una enorme oportunidad histórica para mover lo que se ha resistido durante siglos, y una oportunidad que camina intrínsecamente de la mano del riesgo. Será por esto quizá que en este momento febril da por pensar qué nos dirían las mujeres que a lo largo de la Historia conspiraron para hacer posible que llegáramos hoy aquí. Las mujeres sufragistas o aquellas que bajaron a las trincheras en la Revolución Francesa, las mujeres que acabaron sus vidas en la pira de la Inquisición, con la mirada probablemente perdida en el cielo… De modo que, una vez constatada la ganancia, la pregunta que resuena es: ¿Cómo evitamos el riesgo? ¿Cuál es nuestra posición para mover las cifras? ¿Nuestra capacidad para mover la agenda? ¿Cómo evitamos que esto sea una moda que llega… y que pasa? ¿Qué logro relevante nos corresponde conseguir en esta etapa histórica?

A estas alturas, las mujeres que habitamos las colonias de todos los planetas del espacio interestelar sabemos ya que decir no es hacer, prometer no es cumplir, reconocer no es cambiar, y que los derechos no se regalan, sino que se conquistan. Y por eso, diría que lo más importante de todo es que si antes nos intuíamos, ahora nos “sabemos”. Es momento de usar este conocimiento para mejorar las conexiones entre las colonias y unir las fuerzas de lo que ya es un imperio. Momento de organizar la resistencia o la moda pasará y la oportunidad nos dejará una ganancia tan exigua que, simplemente, seguiremos demasiado lejos.

Y como la unión hace la fuerza, desde mi punto de vista al menos, es ineludible organizarse. Obviar lo que nos separa y concentrarnos en lo que nos une. Solo así conseguiremos convertirnos en el GRUPO DE PRESIÓN (sin medias tintas) que necesitamos ser, estableciendo el mínimo denominador común, trazando las líneas estratégicas básicas y concretando objetivos capaces de mover el orden instaurado. One step at a time. Un paso cada vez y, sobre todo, muchos pasos a la vez. Que no es lo mismo, ni es igual.

Habitantes de la galaxia y colonias interesadas: connectingthempire@gmail.com. Veamos qué podemos construir.

 

Cuarto aniversario de Doce Miradas. Un cuarto propio

mayo 23, 2017 en Doce Miradas

“Les dije suavemente que bebieran vino y que tuvieran una habitación propia”. Virginia Woolf.

Este año, el cuarto, las Doce Miradas hemos decidido regalarnos una celebración más íntima. Nos faltan momentos para vernos, echamos de menos ese contacto dérmico y epidérmico que hace que todo tenga sentido. Las conversaciones a viva voz, mirándonos a los ojos. La reflexión colectiva, cuando las ideas se suceden en cascada y hay que coger impulso para meter baza, porque en este grupo las palabras se pesan a granel y los silencios nunca existieron. Y nos apetece. Nos apetece mucho estar juntas, celebrar juntas esta andadura, las Doce. Por eso, tomamos la palabra a Virginia Woolf, y este aniversario, el cuarto, es propio.

En ese ‘cuarto propio’ tendremos muy presente a la cantidad de personas que seguís el blog Doce Miradas. Nacimos docena, sí, pero con la vocación y la determinación clara de ser voz coral, altavoz y caja de resonancia de quienes desean sumar o multiplicar. Y cada una de las personas que se acercan a este blog, o en Twitter, o en cada una de las ocasiones en las que nos vemos y oímos (gracias por tantas invitaciones, gracias por tanta generosidad) formáis parte de Doce Miradas. Gracias mil por vuestra compañía.

Este aniversariotoca volver nuestras 12 miradas hacia nosotras mismas, hacer balance, revisar posicionamientos, estrategia, coherencia y objetivos. Somos responsables de que este proyecto mantenga su sentido y tenga marcada una ruta que nos centre, nos cohesione como grupo y nos permita avanzar. Necesitamos ese retiro al cuarto propio para reconocernos y reafirmarnos en nuestro compromiso y para ser capaces de recargarnos de ilusión, de manera que siga creciendo: extender la causa que nos mueve y que no puede esperar. Nos metimos en esto para empujar la transformación de estructuras que nos dañan a las mujeres y a toda la sociedad, para cambiar las cosas. ¿Cómo? Cambiándolas.

Como decía Lorena Fernández, ser feminista es muy cansado. Pero no pasa nada si hay que parar a tomar fuerzas para seguir después a un ritmo que, sin dejar de ser sostenible, nos permita continuar escribiendo nuestro libro, aquel en el que hablamos de lo nuestro y lo enriquecemos con todos los apuntes que recibimos de vosotras y vosotros.

Cuando después de celebrar y celebrarnos salgamos de nuestro cuarto, queremos invitaros a acompañarnos desde los primeros pasos del quinto aniversario.

¿Nos ayudas a visibilizar los asesinatos de mujeres por VG?

En marzo pasado, las Doce Miradas conseguimos reunirnos, ¡las doce!, un sábado para hacer balance. Para poner en común cómo nos sentíamos respecto a Doce Miradas. Ver por dónde respiraba cada una. De ahí salieron muchas cosas interesantes pero hubo una preocupación, un sentimiento unánime que enseguida invadió la mesa de reunión: las mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas. Todas admitimos sentirnos abrumadas, conmocionadas, tristes, cabreadas, desoladas. La necesidad de hacer algo se impuso como remedio para aliviar la impotencia que se siente ante cada nueva noticia. Seguro que también os pasa. Algo hay que hacer. No podemos asimilarlo como rutina y continuar con nuestras vidas sin más. Pues bien, aunque seguimos reflexionando sobre qué podemos hacer nosotras para contribuir a mejorar la situación, de momento hemos decidido volcarnos en la visibilización de cada nuevo asesinato y sería de gran ayuda contar con la adhesión y el respaldo de quienes nos seguís.

Tenemos una línea de denuncia abierta para la que necesitamos apoyo. Desde hace dos meses hemos puesto en marcha una acción de visibilización de la tragedia cotidiana de tantas mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas.

La acción consiste en vestir de negro nuestra imagen de perfil de Twitter -imago corporativo- durante las 24 horas siguientes al conocimiento del crimen machista. Recogemos la noticia y la acompañamos de las siguientes etiquetas: #voydenegro, #beltzeznoa y #niunamenos. El siguiente movimiento es adherirnos a este gesto las Doce Miradas también desde nuestras cuentas personales.

Somos conscientes de que este gesto es precisamente eso, un gesto, y nada más. No tiene efectos más allá de ser un grito personal de rabia, y un no dejar pasar. Pero sabemos que la muerte violenta de mujeres y sus hijas e hijos es la última, la más extrema manifestación de la cultura machista que vivimos cada día. Es allí, en la cotidianidad donde nuestros gestos se tienen que transformar en acciones.

Os invitamos a sumaros a nosotras, a vestir de negro con nosotras, a lamentar con nosotras, a sentir rabia con nosotras, a ser plenamente conscientes de que cada mujer muerta más es una menos. Crece la deuda insostenible que esta sociedad tiene con las mujeres. Cada mujer de menos es un asesino de más.

Os brindamos nuestro logotipo negro y nuestras etiquetas para que la violencia machista no se pierda tan fácilmente entre los titulares que recogen los tuits.

Pero en este post de celebración del cuarto aniversario queremos terminar con una sonrisa. Que 4 años son muchos. ¡Quién nos lo iba a decir cuando pulsamos el botón de ‘publicar’ el primer post del blog! Una experiencia similar al lanzamiento del Apolo 13. Emocionante. Y aquí seguimos. Con ganas de trabajar para que las oportunidades de la vida sean iguales para mujeres y hombres. Porque, como se dice en nueve de cada cien posts publicados en este blog y en cualquiera de enfoque feminista, ‘Queda mucho camino por recorrer’. Y si ese camino, a menudo tan árido, lo recorremos en vuestra compañía, más leve será la rozadura. Pues nada, nos vemos en el camino.

Los ojos de Marquitos

mayo 16, 2017 en Doce Miradas

De amores me muero, madre. De amores me muero yo. Que los ojos de Marquitos son de hembra y no de varón.

Es el estribillo del “Romance de Marquitos”, un cantar del Nuevo Mester de Juglaría que en los años de mi infancia escapaba del tocadiscos de mi padre y nos desperezaba hasta sacarnos de la cama.

Marquitos era una de las hijas de un rey que no tuvo varones que llevar a la guerra. A cambio de que no cayera sobre ella la maldición del padre (vaya tela) se hace pasar por soldado. Consigue despistarlos a todos menos al conde Juan, que queda prendado de sus ojos y busca junto a su madre la manera de desenmascarar lo que ya su corazón arrebatado sabe: que Marquitos es una doncella.

He recuperado a Marquitos para tirar del hilo de esa madeja que han ido formando historias de muchas mujeres que, en el mundo real o en la ficción, tomaron la decisión de ocultarse bajo una apariencia masculina para alcanzar un propósito que como hembras no estaba a su alcance.

Todas las mujeres que he traído a este post pagaron un alto precio por hacer lo que necesitaban o querían hacer. Algunas de ellas fueron descubiertas, pero de otras no se conoció públicamente su naturaleza femenina hasta su muerte. Fue el caso de Margaret Ann Bulkley (Irlanda, 1792–1865), más conocida como Dr. Barry.

En aquella época, en Inglaterra no se permitía a las mujeres el acceso a la Universidad. Por ello, en el año 1809, con la complicidad de su madre, viajó a Escocia y se matriculó en la Universidad de Edimburgo con el nombre de James Barry. Tras graduarse como médico ingresó en el ejército inglés y trabajó en la localidad sudafricana de Ciudad del Cabo, donde tuvo la oportunidad de practicar una de las primeras cesáreas que se llevaron a cabo fuera de territorio inglés. Consiguió también que se pusiera en marcha un sistema de depuración que evitara las enfermedades provocadas por el consumo de agua contaminada.

Su denuncia constante de las condiciones en las que estaban las personas enfermas de lepra o con enfermedades mentales, y la demanda de mejoras en el pabellón de mujeres le costó muchas enemistades entre las autoridades de la salud de Ciudad del Cabo. Consecuencia de ello fue su traslado y designación como cirujano del ejército británico en la India, Malta y Canadá, colonias inglesas también. En 1865, la muerte del Dr. Barry-Margaret Ann Bulkley provocó un gran escándalo.

Treinta años después del fallecimiento del Dr. Barry, las cosas seguían sin cambiar demasiado. A Dorothy Lawrence (Irlanda, 1896-1964) tampoco el Ministerio de la Guerra ni los editores de los periódicos de la época le permitieron ser corresponsal tras el estallido de la Primera Guerra Mundial. Por su cuenta viajó a Francia para unirse a la Fuerza Expedicionaria Británica. Con la complicidad de dos soldados británicos a los que conoció en un café parisino, llegó al frente con el pelo corto, un vendaje en los pechos, vestida de militar y con papeles falsos que la convirtieron en Denis Smith, ofreciéndole así la oportunidad de cumplir con su sueño e integrarse en el regimiento de Leicestershire.

La dureza de la vida en las trincheras hizo que en una ocasión sufriera un desvanecimiento que a punto estuvo de costarle una visita al hospital de campaña, donde hubiera sido descubierta. Consciente del riesgo que corría, decidió confesar su verdadera identidad. Fue arrestada y acusada de ser espía. Tras duros interrogatorios fue liberada tras firmar una declaración jurada donde se comprometía a no desvelar cómo había conseguido infiltrarse en las líneas; en caso contrario, sería enviada a prisión. Finalizada la guerra, creyéndose ya liberada de su acuerdo, publicó un libro con su historia Sapper Dorothy Lawrence: the only English woman soldier. El Ministerio de la Guerra censuró su libro y no vio la luz hasta muchos años después. En 1925 fue ingresada en un psiquiátrico donde finalmente murió.

La pianista y saxofonista de jazz conocida como Billy Tipton no fue recuperada para la historia como Dorothy Lucille Tipton (Oklahoma, 1914-1989) hasta su fallecimiento. En 1933 inició su carrera musical en pequeños locales de Oklahoma, pero pronto se le hizo evidente que la música jazz era territorio masculino. Por ello comenzó a usar el nombre de su padre, Billy, y gradualmente fue incorporando la identidad masculina de su faceta artística a su vida privada, hasta vivir como un hombre por completo. Fue un músico muy popular en su tiempo.

Si los ojos de Marquitos fueron transparentes para el conde Juan, no lo fueron tanto los de las niñas retratadas por la pintora norteamericana Margaret Keane (Tennessee, 1927). Aquellas miradas imponentes y penetrantes reflejaban una profunda tristeza y una desgarradora soledad. Al otro lado de los grandes ojos de las niñas, no hubo conde que descubriera el alma femenina de su autora, que permanecía encerrada bajo llave, sometida a largas jornadas de trabajo que dieran como resultado los famosos cuadros que su marido, Walter Keane, hacía pasar por suyos.

Tras diez años de anonimato, en 1965, Margaret decidió separarse e inició una larga lucha por el reconocimiento de la autoría de sus obras firmadas “Keane” y, por tanto, fácilmente atribuibles a su esposo. En 1970 Margaret retó a Walter a pintar frente al público en la San Franciscos Union Square pero él no se presentó. Ya en 1986 demandó a su ex pareja y al periódico USA Today, por un artículo en el cual se afirmaba que los cuadros eran creación exclusiva de Walter Keane. En el juicio, el jurado pidió a los dos que pintaran. En 53 minutos, el cuadro de Margaret estaba hecho; el de Walter, en blanco, por un supuesto dolor de hombro. El jurado falló a favor de Margaret y le permitió firmar sus obras como Keane. También condenó a su exmarido a una compensación de 4 millones de dólares por daños emocionales y a su reputación. A veces pasa que se hace justicia.

Fuera o no invención convertida en leyenda, creo que merece la pena traer a esta selección la historia de la papisa Juana. En primer lugar, porque es factible que sucediera como sucedieron las otras; en segundo lugar, porque no cabe duda de que si las artes, el ejército o la ciencia fueron (y son) territorio complicado para el desarrollo profesional de las mujeres, la Iglesia no lo es menos. Como digo, podría haber ocurrido y la historia que se cuenta es esta:

La papisa Juana (Ingelheim am Rhein, año 822) era, según las crónicas, hija de un monje predicador de nombre Gebert, lo que favoreció que creciera en un ambiente de religiosidad y erudición. En aquel tiempo, el estudio estaba negado a las mujeres, puesto que solo la carrera eclesiástica ofrecía la posibilidad de hacerlo con cierta solidez. Fue gracias al apoyo de su madre –y a escondidas de su padre- que Juana pudo entregarse a los libros y al conocimiento. Pero para seguir creciendo intelectualmente su condición femenina era una barrera insalvable. Su cercanía al ámbito religioso le permitió hacerse pasar por sacerdote bajo el nombre masculino de Juan, el Inglés.

Su nueva identidad le permitió viajar y relacionarse con grandes personalidades de la época. En el año 848 obtuvo un puesto como maestro en Roma. Juan, el inglés, fue un hombre muy apreciado por su erudición en el ámbito eclesiástico y, en particular, en la Curia. Así consiguió ser el secretario para asuntos internacionales del papa León IV. Tras la muerte del pontífice, Juana fue elegida su sucesora. El desenlace de esta historia de falsa identidad habría tenido lugar dos años después, cuando dicen que la papisa se puso de parto en medio de una procesión. Hay autores que afirman que Juana murió lapidada por el gentío enfurecido al descubrir el engaño; y hay quien asegura que su fallecimiento fue a consecuencia de complicaciones en el parto.

Cuenta la leyenda, que tras el fraude de la papisa Juana, la Iglesia impuso la verificación de la virilidad de los papas electos por medio de un examen manual a través de una silla perforada. Tras la inspección, si todo era correcto, debía exclamarse: «Duos habet et bene pendentes» (‘tiene dos y cuelgan bien’). En 1562, el agustino Onofrio Panvinio redactó la primera refutación seria de esta leyenda.

¿Seguimos en las mismas?

Pues hasta el punto de forzarnos un alter ego masculino, parece que no. Pero aún en nuestros días -más en la ficción que en la vida real- podemos encontrar algunos ejemplos de camuflaje identitario que evidencian esos techos de cristal que nos siguen privando de una vista directa y limpia hacia el sol de nuestros sueños y proyectos.

¿Quién no ha oído hablar de Harry Potter y de su creadora J.K. Rowling? Ahora, quien conoce la saga del niño mago de Hogwarts, sabe que tras la J. K. hay una mujer. Es Joanne Rowling, una de las escritoras más reconocidas del siglo XXI gracias a su serie de libros juveniles. Pero cuando Rowling iba a presentar su primer volumen, sus agentes le propusieron sustituir su nombre de pila por unas iniciales. Tan increíble como inquietante, ¿verdad? Porque esto ha pasado antes de ayer, a mediados de los 90.

Resulta que la editorial que preparaba el impulso de “Harry Potter y la piedra filosofal”, creyó que así la novela tendría más posibilidades de ser aceptada tanto por niños como por niñas. Joanne tomó su J inicial y la K de su abuela Katherine y cambió su nombre por el de J.K. Rowling.

Tras el éxito de Harry Potter, Rowling publicó su primera novela para público adulto en 2012. La mayoría de las críticas fueron muy malas. Quizá debió pensar que su revelación como escritora podría haber tenido algo que ver, porque al año siguiente lanzó un nuevo título de novela policíaca bajo el pseudónimo de Robert Galbreith.

En una entrevista al The Telegraph lo justificó diciendo que había sido liberador no sentir la presión de la expectativa ni de la crítica. Lo calificó de “experiencia liberadora”. Me sorprende: creo que yo sentiría justo lo contrario si cualquier circunstancia me llevara a decidir no firmar mi propio texto… No lo entiendo bien: podría haberse camuflado en otro nombre de mujer. Me parece delicado que una escritora “juegue” a ser otrO para facilitarle el camino de la fama a su producción literaria. El caso es que esta segunda novela tuvo buena acogida y entonces ya sí, J.K. Rowling, reconoció públicamente ser la autora.

Camuflajes en la pantalla

A nadie escapa que la realidad nos brinda muchas veces historias más increíbles que aquellas que seamos capaces de imaginar. Pero es cierto también que la ficción se nutre de la vida, de las experiencias, de la cultura y de los perfiles que aportan los distintos modelos de sociedad que conviven en nuestro planeta. El cine, como la literatura, y como cualquier disciplina artística que se alimente de la vida, es una ventana indiscreta a otras existencias.

En la gran pantalla, he encontrado unas cuantas historias más de mujeres que se hicieron pasar por hombres. Pero me he quedado con las que me encajan: las que se crearon identidades masculinas como forma de acceder a los derechos y libertades negados, que nadie ponía en cuestión para sus compañeros varones.

Aquí van algunas:

En “Shakespeare in love” (1998), Viola de Lesseps (Gwyneth Paltrow) se hace pasar por un joven para conseguir el papel de Romeo en la obra, porque en aquella época las mujeres tenían prohibido actuar.

Yentl Mendel (Barbra Streisand) es la hija de un rabino en un pueblo de la Europa Oriental de principios del siglo XX. En el musical “Yentl” (1983), la joven judía se hace pasar por varón para estudiar en una escuela reservada para hombres.

En las películas “Un chico como todos” (1985) y “Ella es el chico” (2006), sus protagonistas, Terry Griffith (Joyce Hyser) y Viola Hastings (Amanda Bynes) se disfrazan de chico para ingresar en sus respectivos equipos de fútbol.

En cine de animación conocimos la historia de Mulán (1998). Fa Mulan es la hija única del anciano Fa Zhou que, por una cuestión de honor, decide presentarse ante el llamamiento de que, por cada familia, un varón vaya a luchar contra la invasión de los hunos. Mulán, preocupada por el empecinamiento de su padre y ante el temor de perderlo, decide escapar de casa y hacerse pasar por su hijo. Volvemos a estar ante el romance de Marquitos, en versión oriental.

Visto desde el otro lado

En muchas películas encontramos personajes masculinos que se tornan femeninos por variadas razones. No los he traído aquí tampoco porque en la mayoría de los casos no lo hacen como vía de escape a la desigualdad de oportunidades. Como decía más arriba, el cine se inspira fundamentalmente en la vida.

Lo más parecido a una excepción que he podido encontrar es el caso de Daniel Hillard (Robin Williams) en “La señora Deoubtfire, papá de por vida” (1993). Daniel es un actor que tras divorciarse de su esposa pierde la custodia de sus hijos. Decidido a seguir formando parte de la vida de los niños decide travestirse y transformarse en una señora, de forma que consigue ser contratada como niñera de sus hijos en la propia casa de su mujer. Es cierto que el principal veto para ser la nani no hubiera sido su género, sino ser el padre; pero es justo reconocer que el ámbito del servicio doméstico ha sido (y es) un ámbito hostil para los varones, porque en este modelo nuestro de sociedad, lo de los cuidados no parece ser cosa de hombres.

En el tintero

Se me han quedado fuera de este post otras muchas mujeres que, desde sus identidades masculinas autoimpuestas, emprendieron también batallas personales para sortear las barreras machistas que pretendieron alejarlas de sus metas. No cabe duda de que todas estas historias, las que hemos conocido y las que no, han sumado e impulsado los avances que con tanto esfuerzo hemos ido conseguido las mujeres en el reconocimiento de nuestros derechos y libertades.

Quiero, al menos, reconocerlas nombrándolas, sabiendo que, seguro, me sigo dejando muchas en el tintero:

Escritoras: Las hermanas Brontë, Laura Albert, Mary Anne Evans, Colette, Caterina Albert, Amandine Dupin, Cecilia Böhl de Fáber y Larrea, María Lejárraga…

Militares: Catalina de Erauso, Amelia Robles Ávila, Sarah Emma Edmonds, Malinda Blalock, Jennie Irene Hodgers, Loretta Janeta Velásquez, Hannah Snell, Brita Nilsdotter, Sarah Rosetta Wakeman, Mary Read…

Periodistas: Isabelle Eberhardt…

Médicas: Enriqueta Fávez…

Músicas: Jeanine Baganier, Carrie
William Krogmann, Edith Borroff…

Matemáticas: Sophie Germain..

Estudiante de Derecho: Concepción Arenal.

 

Sonia Sotomayor: mujeres en las élites

mayo 2, 2017 en Doce Miradas

Sonia Sotomayor es hoy una de las tres juezas del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, compuesto, además, por otros seis hombres.

Sotomayor siempre ha sido una pionera en esto de ir rompiendo (a golpes de maza, en su caso) los techos de cristal, no solo para las mujeres, sino también para toda la población hispana de los USA.

Su nombre aparece casi siempre asociado al de Barack Obama. Haced la prueba: guglead a Sotomayor y en cualquier texto, no mucho más allá de la segunda frase, aparecerá que el expresidente la nombró jueza de la Corte Suprema. Como si necesitáramos esa tranquilidad. Como si tuviéramos la urgencia de afirmar que hay un hombre detrás, a quien, sin duda, se debe su ascenso. Como si los señores jueces, en cambio, hubieran ascendido solitos, cual Cristo a los cielos, sin que los nombrara nadie.

No es el único caso: hay más ejemplos de mujeres destacadas encadenadas a nombres masculinos. Me viene a la cabeza, por ejemplo, Hillary Clinton, pero hay muchas más y mejor me reservo este asunto para otro post.

Sonia Sotomayor
Foto: Wikimedia Commons

“Mi mundo adorado”

Sotomayor no lo tuvo fácil. No nació ya arriba, como los Kennedy o los Bush, clanes en los que, dicho sea de paso, solo han destacado los varones. Sotomayor nació en 1954 en el Bronx, que no es precisamente el barrio más distinguido de Nueva York, de madre y padre puertorriqueños. Su padre murió cuando la pequeña Sonia tenía ocho años; su madre se hizo cargo de ella y de Juan, el hermano menor.

A los diez años Sotomayor ya quería estudiar leyes, inspirada, según dice, por las novelas de la detective Nancy Drew y la serie de televisión Perry Mason. No dejo de asombrarme por la enorme incidencia que tiene la cultura popular en nuestras vidas, cultura en buena parte transmitida a través de la televisión. Por eso es tan importante cuidar y digerir bien sus contenidos.

Sotomayor se graduó en Derecho en la exclusiva Universidad de Princeton, donde años más tarde también se graduaría Michelle Obama, y se doctoró en Yale.

Luego trabajó como ayudante del fiscal de su distrito, más tarde en un bufete particular y en 1991 el presidente George H.W. Bush la nombró jueza de la corte del distrito sur de Nueva York. Así se convirtió en la primera jueza federal hispana del estado de Nueva York. También en la persona más joven que había ejercido tal cargo.

De ahí, en 2009, como hemos dicho, pasó al Tribunal Supremo, nombrada por Barack Obama y con el apoyo de los senadores y senadoras demócratas.

En 2013 publicó un libro de memorias, “My beloved world”, simultáneamente en inglés y en español (“Mi mundo adorado”).

 

Ni ellas se libran

Podríamos pensar que tanto Sotomayor como las otras dos señoras que están en lo más alto de la carrera judicial de los USA, en el exclusivo club de los nueve que es el Tribunal Supremo, habrían superado una invisible barrera que las dejara a salvo de los micromachismos que afrontamos el resto de las mujeres. Pues no. Si lo pensáramos nos equivocaríamos.

Según cuenta Soledad Gallego-Díaz en su columna de opinión Hombres y mujeres en el Supremo americano (El País, domingo 16 de abril de 2017), la web Quartz  el pasado 6 de abril daba noticia de un curioso estudio que demostraba que estas egregias señoras no se libran de ser constantemente interrumpidas por sus colegas varones en sus intervenciones públicas.

La Escuela de Derecho Pritzker, de la Universidad Northwestern ha investigado durante años los patrones de los discursos de los miembros del Tribunal Supremo y en su estudio ha  dedicado un apartado de 77 páginas a las interrupciones para analizarlas atendiendo al género, edad e ideología de los intervinientes y a la frecuencia con la que se producen. En el blog del Supremo tenéis un artículo más detallado sobre este estudio.

¿Y a qué conclusiones llega? Pues resulta que el género es el factor más determinante a la hora de interrumpir; concretamente, 30 veces más determinante que la edad, por ejemplo. Y en cuanto a la frecuencia, en las sesiones públicas del Tribunal de 2015 la más interrumpida fue Sotomayor (mujer, hispana y demócrata en un club de mayoría blanca, masculina y republicana), seguida por Ruth Bader y por Elena Kagan. Vaya sorpresa.

Por si las interrupciones resultaran poco exasperantes, las señoras magistradas también tienen que hacer frente a un constante mansplaining. De nuevo, la más afectada por el todolosabismo masculino es la jueza Sotomayor.

Tonja Jacobi y Dylan Schweers, autores del estudio, concluyen que no se trata de un simple problema de grosería o mala educación, sino de un modelo de comportamiento que tiene potenciales consecuencias legales, pues reduce la influencia y la importancia de las juristas mujeres, ya que quien sufre frecuentes interrupciones encuentra lógicamente más y mayores trabas y dificultades a la hora de exponer sus ideas o de formular preguntas.

 

Foto: Asun Martínez Ezketa @esaotra

 

La excepción y las oportunidades

Cuando en 2009 accedió a su cargo actual en la Corte Suprema americana, Sotomayor pronunció las palabras más acertadas que he leído jamás sobre la presencia de mujeres en las altas esferas. Dijo: ¨No soy excepcional. Simplemente he tenido oportunidades”.

Y ahí dio en clavo, en el maldito quid de la cuestión, que no es cuestión de talento, ni de enorme valía (que en algún caso sí será, ojo, claro que sí lo será), sino de posibilidad, de ocasión, de poder hacer, de poder transitar por espacios con puertas abiertas y techos resquebrajados que dejen ver el cielo.

Porque decir lo contrario, afirmar que ascienden quienes valen, es dar por hecho que las mujeres valemos menos. Y no. No, no y no.

Alicia nos explica cosas

abril 25, 2017 en Doce Miradas

Habéis visto ya este video? Hacedme un favor, vedlo (incuso si lo habéis visto). Quedamos aquí mismo otra vez dentro de 5 minutos y 46 segundos.

Para quien aun no se haya enterado, Alicia Ródenas presentó este vídeo, colmísimo del minimalismo, a la séptima edición del concurso de vídeos de su instituto, el IES Diego de Siloe Bilingual Highschool Albacete. Última comprobación, más de 570,000 visualizaciones en Youtube.

No sé si ha ganado el certamen cinematográfico (el año pasado lo ganó con un delicadísimamente desgarrador vídeo sobre el Alzheimer), pero ya ha triunfado. Técnicamente es una joya de la economía del cine.

Ródenas parece estar susurrándonos el mantra “menos en más” con su puesta en escena: su voz. Y la intensidad in crescendo de gestualidad cada vez que nos asesta otras frase. No es más que su voz. Su voz.

Pero aquí va lo que quiero hacer notar: lo que dice, el contenido, las palabras, no son suyas. Ella, con su voz, nos repite las palabras de otras personas. Son las frases con las que todas las personas (vale, la mayoría) socializamos a todas las personas (vale, la mayoría). Y así, a través de millones de inputs desde que nacemos, producimos esta sociedad jerarquizada y desigual, que da como resultado la violencia de género. Esta violencia específica que, según la LEY ORGÁNICA 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, es “el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad.”

Alicia no nos está explicando su teoría, idea, concepto, argumento. Se limita a repetir aquello que otros dicen. Te vuelve el espejo.

Y de esta sutil manera da con una de esas estrategias de la retórica dignas de Demóstenes o Cicerón, por la que utilizando las palabras del adversario, queda probado su argumento. Quod erat demostrandum.

¿Cómo llevar la contraria a quien se limita a repetir lo que tu dices? ¿Acaso ha atacado o criticado a alguien? ¿Ha dicho alguna mentira? ¿Alguna barbaridad? ¿Estas frases no las escuchamos, no las decimos, a lo largo de nuestras vidas? ¿Vamos a cuestionar a Alicia?

Parece que entre la estudiante y la bloguera Ro de la Torre, autora del texto, han roto el continuo espacio-tiempo, cortocircuitando a más de uno. El Instituto albaceteño ha tenido que desactivar los comentarios “debido a la proliferación de insultos y vejaciones” (la negrita es mía aunque no sé por qué habría de destacar algo que a nadie sorprende a estas alturas de neomachismo en flor).

Pero esta vez no va a haber “mansplaining” posible.

Barbijaputa nos explica como “En todo artículo sobre feminismo o conversación sobre el tema, se repiten las mismas consignas machistas, da igual que el debate sea en la Red, que sea en un grupo de amigos, que sea en Almería que en Cuenca. Siempre, siempre, oirás las mismas excusas o explicaciones sobre por qué las cosas son como son. Son los mansplainers“.

¿Mansplaining? Jaime Rubio Hancock, en un ejercicio de modestia que él mismo denomina “metamansplaining”, nos explica la raíz y el significado del término, originado por un ensayo de Rebecca Solnit titulado “Los hombres me explican cosas”. Según Rubio, se trata del “fenómeno” por el que muchos hombres se sienten felizmente obligados a explicar a las mujeres cualquier cuestión, aunque ellas no precisen de ninguna explicación, remarcando de manera condescendiente y paternalista su autoridad universal. Pero Rubio y Barbijaputa, como muchos de los comentaristas que he leído sobre el término, parecen olvidarse de lo central del ensayo de Solnit y su relación con el vídeo de Ródenas.

Aunque no niego que el fenómeno existe, detenerse, o mejor dicho, entretenerse solamente con lo “pesados” que pueden ser algunos hombres yerra el tiro.

De hecho, Solnit no acuñó el término. Más bien aprovecha la anécdota para abordar la verdadera cuestión: la alarmante falta de credibilidad que tenemos las mujeres. El mansplaining es sólo una técnica más que expresa la eterna duda sobre la palabra de las mujeres.

La credibilidad es una herramienta básica de supervivencia, escribe Solnit. A los hombres se les presupone y a las mujeres no. Esta desigualdad, la desigualdad del valor de nuestra palabra, transcurre en gradaciones históricas y globales (desde el nulo valor jurídico del testimonio de una mujer en Arabia Saudí, hasta, por ejemplo, tu hermana que tendría que convencer, no ya a la policía, sino muy posiblemente incluso a su propia familia y amistades, si su marido, ese excelente trabajador, vecino y padre de familia, fuese un maltratador), y da como último resultado la violencia, como bien lo expresa la LOVG 1/2004.

Las mujeres gastamos mucha, mucha energía, teniendo que convencer, que se nos escuche, simplemente, que seamos audibles y creíbles. Cuántas veces escuchamos que aquello que acabamos de relatar no es así en realidad, que hemos interpretado erróneamente tal o cual episodio de nuestra propia vivencia, que no somos objetivas, que somos incluso deshonestas, en definitiva, que no somos testigos fieles de nuestras propias vidas. Nuestra voz, nuestras opiniones, nuestros conocimientos e incluso nuestra presencia están continuamente cuestionadas. Especialmente en cualquier contexto de poder.

¿Y qué nos explican Alicia, Ro y Solnit?

Cada una a su manera están expresando básicamente lo que se llama el iceberg de la violencia:

Son las formas sutiles e invisibles que conceden a ellos la presunción de la razón y a nosotras no. Sin ellas no se sostendría la desigualdad que necesariamente acaba en violencia.  Por ello es una cuestión de derechos humanos.

Su voz de mujer hace que la cuestionemos. Pero Alicia, nos obliga escuchar porque son nuestras propias palabras.

Yo no cuestiono a Alicia.

 

Y no os marchéis sin ver  (e)stereotipas. Feminismo pop latinoamericano. #Muyfan