El poder de la vulnerabilidad

Febrero 14, 2017 en Doce Miradas

Abandonadas, desilusionadas e indefensas. Así se sienten muchas mujeres que tenemos a nuestro alrededor. Son mujeres que viven en nuestros barrios, que cruzamos por la calle, mujeres que asisten a nuestras charlas, que leen nuestro blog, mujeres que nos necesitan. Mujeres que no se atreven a hablar en público, que no se atreven a preguntar, que no tienen puerta a la que llamar. Yo he conocido a una de ellas y desde aquí quiero prestarle mi voz.

Todo empezó en las XVI Jornadas de Igualdad del Ayuntamiento de Portugalete que se celebraron el pasado mes de noviembre. Bajo el título “Diversas y poderosas”, me atreví a contar lo que yo llamo mis Lecciones Aprendidas: un largo camino hacia la dirección. Como siempre en estas ocasiones, hay que combatir una buena colección de dudas: ¿les interesará lo que les cuento? ¿Acertaré con la charla? ¿Con el tono? En fin, todas esas preguntas que las mujeres nos hacemos demasiado a menudo. Yo había diseñado un recorrido por las etapas profesionales de mi vida y de cada una de ellas extraía unas lecciones que me han servido para seguir avanzando y que me gusta compartir.

Pasados unos días, recibí un extenso email de una de las asistentes en el que me relataba las impresiones que le había causado mi charla, las preguntas y reflexiones que no se atrevió a hacer en voz alta. Y así conocí a Ariadna, una mujer que lucha a diario por recuperar la ilusión.

Ariadna me escribió para darme las gracias “por haber compartido mi experiencia y mi recorrido con todas las asistentes”. Además, me transmitió “todo su respeto y admiración” por lo que ella denominaba “mi éxito profesional y personal”, dicho lo cual, me comunicó que iba a ir “al grano”.

Ir al grano significaba que me iba a decir lo que realmente pensaba y necesitaba decirme.

El poder de la vulnerabilidad

Y fue entonces cuando me confesó que, “aunque mis palabras, mi relato, podría ser fuente de inspiración y motivación” –me voy a ahorrar todos los halagos porque no vienen a cuento– también mis palabras podían ser “un arma de doble filo”. “Sobre todo, afirmaba, si llegaban a mujeres que, como en su caso, no tienen éxito profesional y, lo que es peor, se ven con escasas o nulas oportunidades, desilusionadas y temerosas de no alcanzar un objetivo en la vida”.

Hubiese sido más inspirador para Ariadna, según me contaba, conocer los obstáculos personales con los que me encontré a lo largo de mi carrera, mis miedos reales, mis fracasos, (ella los llama mis no éxitos), saber quiénes no me apoyaron, cómo organizaba mi vida familiar, quién cuidaba a mis hijas mientras yo trabajaba, si tenía o no problemas económicos; en definitiva, me decía, todos esos asuntos imperantes para la mayoría de mujeres que luchan cada día. Parecía que necesitaba más cómo aprender a vencer los obstáculos que escuchar los avances, conocer los problemas reales de cada día, más que tomar nota de mis lecciones aprendidas.

También me confesó que se había quedado, tras escucharme, “apabullada, boquiabierta, deslumbrada con mi periplo vital, a la vez que triste, apagada, pequeñita, al comprobar que la mayoría estamos, afirmaba, a otro nivel”. Esto realmente me preocupó.

Y me recordó la teoría del poder de la vulnerabilidad que me había contado mi hija Verónica, según una investigación llevada a cabo por Brené Brown, y el alcance del término conexión. Significa que, cuando tú te abres, cuando te abres con todo el corazón, cuando te muestras como eres y no como tienes que ser, te conectas. La habilidad de sentirnos conectados es lo que da felicidad a nuestras vidas. Por eso es muy importante sentir que somos dignos de esa conexión. Y quizá, lo que realmente había ocurrido, es que Ariadna no conectó conmigo o no conectó con esa parte de mi relato que le hizo sentirse así. Porque, según explica Brown, “para que exista esa conexión, debemos dejarnos ver, que nos vean de verdad”.

Por eso, cuando después nos hemos conocido personalmente y hemos tenido la oportunidad de conversar, cuando le he hablado de mis miedos, de mis dificultades, cuando me ha visto más de cerca y me he dejado ver, creo que se ha producido esa conexión. En el fondo, y no tan en el fondo, ¡somos tan parecidas!

La jaula

Ariadna también me habló de lo que ella denomina “una realidad invisible de muchas mujeres, de todas las edades y lugares del mundo, pero sobre todo, no de las que tienen un techo de cristal (afortunadas mujeres, debe de pensar), sino de las tienen una jaula por sus cuatro costados”.

 

Me cuenta Ariadna que siente que “en esa jaula les niegan el acceso al conocimiento y al desarrollo personal”. Es una jaula “a la que únicamente les tiran deshechos de desinformación y manipulación, con los que ellas deben construir, con mucha dificultad, una realidad que les permita sobrevivir”.

Por eso ella, y muchas mujeres como ella, se sienten indefensas, desilusionadas y abandonadas.

Indefensas, porque carecen de herramientas para enfrentarse a los obstáculos, a los retos, para gestionar las emociones, las decisiones, los conflictos, la adversidad, los complejos físicos y psicológicos, las relaciones.

Desilusionadas, porque no hallan, a corto ni medio plazo, metas ni objetivos por los que luchar. Siente que la ilusión no nace por sí sola, que necesita del conocimiento, del saber de la esperanza, de la solidaridad recíproca.

Abandonadas, porque ni la sociedad, formada por personas individuales, algo que quiere remarcar, ni las instituciones, ni el prójimo, conocen ni actúan sobre esta realidad. Es posible que se hable de ello, pero no es suficiente: hay que hacer, hay que actuar.

La palabra ‘esperanza’ me hizo recordar unas palabras del médico psiquiatra Enrique Pichon-Rivière, quien propone operar sobre la incertidumbre y la desesperanza mediante la gestión de proyectos colectivos.

 

“En tiempos de incertidumbre y desesperanza, es imprescindible gestar proyectos colectivos desde los cuales planificar la esperanza junto a otros”.                         Enrique Pichon-Rivière

 

Porque es cierto que lo colectivo sostiene, crea red, acompaña en lo bueno y abre sus brazos especialmente para lo malo. El grupo recoge y acoge, da aliento, empuja y ayuda a doblar los barrotes de la jaula.

Y volviendo a Brené Brown, conviene recordar que uno de los motivos que nos mantiene desconectados es nuestro miedo a no ser dignos de conexión. Y ese miedo lo tenemos todas, Ariadna. Lo que incrementa ese sentimiento de vulnerabilidad insoportable es lo que tantas veces pensamos: “No soy suficientemente buena”.

A esto Brown dice que debemos tener el coraje de saber que somos imperfectas; aceptar por completo nuestra vulnerabilidad para dejarnos ver y saber que en ese núcleo de vergüenza y miedo a partes iguales es donde nace la dicha, la creatividad, la pertenencia, el amor.

Pero también se avanza con la acción, Ariadna, como bien has comprobado. Se avanza haciendo, saliendo al exterior, buscando los espacios para crecer y volar. Despliega tus alas, Ariadna para imaginar sin límites. Y recuerda que ya has encontrado una puerta a la que llamar.

La fuerza de la costumbre

Enero 31, 2017 en Doce Miradas

Hace unos días comencé a pensar en la temática y la forma de enfocar el artículo de esta semana en Doce Miradas. Como punto de partida, hice una primera aproximación a los datos de libre acceso sobre el desarrollo en el mundo, que ofrece la web del Banco Mundial, para extraer información de la evolución de los países en cuanto a la implementación de políticas orientadas a promover el acceso de mujeres y hombres, por igual, a la educación, la salud, la economía y la protección de acuerdo con la ley.

Navegando por esta web encontré un vídeo que me llamó la atención y ahí me quedé. Así conocí a Sonita Alizadeh, una joven afgana que usó la música para escapar de una boda arreglada por sus padres cuando tenía 16 años. El sentido de esta boda no era otro que el de conseguir 7.000 dólares para comprar una novia a su hermano, según le explicó su propia madre. Por medio de este matrimonio, con un hombre desconocido, conseguirían 9.000 dólares. No era la primera vez que se concertaba un matrimonio para Sonita. El primero, que finalmente no se celebró, ocurrió cuando tenía 10 años.

La realidad sobre el matrimonio infantil es sobrecogedora. Afecta a niños y niñas, aunque estas últimas son las que se llevan la peor parte teniendo en cuenta que la desigualdad de género y la pobreza tienen mucho que ver con esta práctica. A saber, las niñas del 20% de los hogares más pobres tienen más del triple de probabilidades de contraer matrimonio antes de los 18 años que las niñas de los hogares más ricos. En los países en desarrollo, las niñas de las zonas rurales tienen el doble de probabilidades de estar casadas al cumplir los 18 años que las niñas de las zonas urbanas. Entre los países que permiten el matrimonio infantil, los casos más frecuentes de matrimonios forzados se dan en Asia Meridional y en África Occidental y Central, donde el 46 y el 41% de las niñas, respectivamente, se han visto forzadas a someterse a una persona desconocida y, en la mayor parte de las ocasiones, a abandonar la escuela y soportar malos tratos.

Un informe publicado a finales de 2016 por Save The Children, “Hasta la última niña. Libres para vivir, libres para aprender, libres de peligro”, revela, entre otras cosas, que esta situación se agrava en los contextos de conflicto, ya que las familias consienten los matrimonios por seguridad o como una forma de hacer frente a la situación. Así sucede con las niñas sirias en Líbano: una de cada cuatro adolescentes refugiadas contrae matrimonio forzadamente.

Se calcula que, a finales de esta década, 142 millones de niñas se verán obligadas a casarse. Sonita no se ha olvidado de estas jóvenes, habla de ellas en su música y es consciente de los pasos que hay que dar para luchar contra el matrimonio infantil forzoso. Los factores que influyen en que esto ocurra son complejos y difíciles de resolver. Además de la pobreza y la desigualdad de género, hay otras variables determinantes y diferentes en cada país. De todas las medidas correctoras que propone esta joven afgana en el vídeo, hay una de base que se puede escuchar: “Debemos empezar por las familias, porque en muchos lugares las familias tienen ideas y pensamientos antiguos. Los padres creen que deben casar a sus hijas jóvenes porque es una tradición. Las familias necesitan conocer nuevas maneras, nuevas ideas y ver otras posibilidades para sus hijas. Necesitamos, también, dar apoyo a las niñas para que vean que existen otras opciones y puedan creer en sí mismas”.

La fuerza de la costumbre, las normas sociales y culturales fuertemente arraigadas, o la falta de apoyo, condenan a millones de niñas a vivir en una sombra de la que difícilmente lograrán escapar solas. Es necesario dar luz. Es necesario dar a conocer otros modelos válidos para el futuro de las niñas y sus familias. No solo para afrontar esta dura realidad que en ocasiones parece tan alejada, sino también para tomar conciencia de otras realidades en las que la fuerza de la costumbre parece haber hecho mella. Así, María Puente nos recordaba en su gran artículo ‘El año en que once diplomáticos europeos fueron explotados sexualmente’, que en el Estado español el proxenetismo, aún con ciertas ambigüedades, está permitido y despenalizado. También Miren Martín en ‘Sor Citroen o la dignidad mal entendida’, rememoraba el momento en el que la monja protagonista, haciéndose eco del sentir mayoritario de la época, le reprocha a una mujer que había sido maltratada por su marido: “es que tú siempre fuiste una casquivana y una atrevida. No mires a otros hombres y pórtate mejor con tu marido”.

Ahí queda eso. Podemos pensar que son cosas del pasado, que esto ya ha cambiado en nuestra sociedad y que estamos en otra época bien distinta. No hay más que echar un ojo al último post de Noemí Pastor, ‘Miren T.’, en el que nos ofrecía datos de rabiosa actualidad en cuanto a violencia de género (y digo rabiosa en el estricto sentido de la palabra) para darse cuenta de que algo no va bien: “en Europa la violencia contra las mujeres es la principal causa de muerte o invalidez de las mujeres de entre 16 y 44 años, por delante del cáncer y los accidentes de tráfico, más allá de su condición cultural y socioeconómica”.

Sonita encontró en la música, y concretamente en el rap, “una herramienta poderosa para el cambio social”, una manera de luchar por sí misma y dar voz a todas las niñas que están condenadas a un mismo futuro. El siguiente paso es que estas jóvenes puedan hablar por sí mismas. Y al resto, como apuntaba Ana Erostarbe, nos corresponde convertirnos en “armas de sensibilización masiva. A ver si así acabamos con la fuerza de tanta costumbre.

 

Marie T.

Enero 24, 2017 en Doce Miradas

El lunes 16 de enero de 2017 Francisco Javier Nieto, de 50 años de edad, confesó a la Policía Nacional que dos días antes, el sábado 14, había estrangulado a su pareja, Blanca Esther Marqués, de 48, en el domicilio que ambos compartían en Burlada (Navarra). Blanca Esther y Francisco Javier vivían juntos desde hacía unos meses. Llevaban saliendo año y medio. A los dos les gustaba mucho viajar. Todo su entorno veía en ellos una pareja bien avenida. Nadie detectó ningún signo de maltrato.

Blanca Esther tenía una diplomatura universitaria y un empleo estable en la administración pública; era independiente económicamente y, según sus allegados, una luchadora de fuerte carácter, comprometida con la igualdad y delegada sindical de Comisiones Obreras.

El sábado 14 de enero, tras una discusión en su domicilio, Francisco Javier, contra quien no constaba ninguna denuncia por maltrato ni ninguna orden de alejamiento, estranguló a Blanca Esther y abandonó el cuerpo en el domicilio durante horas. Al día siguiente regresó para recogerlo y arrojarlo al río Ulzama, de donde fue rescatado cuatro días después.

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Marie Trintignant nació en París en 1962. Era hija de una directora de cine y de un actor. En 2013, con 41 años, trabajaba en una serie de televisión y había actuado en treinta películas. Era culta, bella, trabajadora, independiente y reconocida defensora de los derechos de las mujeres. Tenía éxito en su trabajo.

A Marie la mató su marido, el cantante del grupo de rock francés Noir Desir, Bertrand Cantat. El 27 de julio de 2003 la golpeó hasta dejarla en coma en un hotel de Vilnius, Lituania. Un turista italiano escuchó los golpes, pero no llamó a nadie, no hizo nada. Su hijo mayor encontró a Marie con el rostro lleno de hematomas. Demasiado tarde: no salió del coma y falleció el 1 de agosto en un hospital de París.

“Fue un accidente después de una pelea, una locura, pero no un crimen”, declaró Cantat. Su abogado alegó: “Fue un conflicto humano, un accidente, una tragedia”. Marie y Bertrand habían discutido los dos, pero él no tenía ni un rasguño.

No sólo Marie era un emblema de la mujer moderna. También su marido era un emblema de cantante exitoso y un rebelde políticamente correcto que se adhería a las causas justas del mundo, combatía al Frente Nacional de Le Pen y se solidarizaba con los movimientos antirracistas, pacifistas y antiglobalización.

En marzo de 2004 la justicia lituana condenó a Cantat a ocho años de cárcel. Seis meses después, fue trasladado a una prisión francesa, que abandonó definitivamente en 2007, cuando le fue concedida la libertad condicional.

Desde entonces, Bertrand Cantat ha publicado ocho discos más con diferentes grupos y ha colaborado en la composición de los temas musicales del espectáculo teatral “El ciclo de las mujeres: tres historias de Sófocles”. El Teatro Nacional de Montreal le prohibió subir a su escenario en una pieza que hablaba de mujeres y evocaba la violencia contra ellas. Sí subió, en cambio, a otros escenarios en Francia.

Fotografía de Asun Martínez Ezketa, @esaotra

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En Europa la violencia contra las mujeres es la principal causa de muerte o invalidez de las mujeres de entre 16 y 44 años, por delante del cáncer y los accidentes de tráfico, más allá de su condición cultural y socioeconómica. Según un informe del Consejo de Europa, en Finlandia, el país de mayor equidad de género del mundo, el 22 por ciento de los varones es violento con su compañera y el cincuenta por ciento de los separados maltrata a su ex.

En contra de la creencia generalizada, la violencia contra las mujeres no atañe solo a las débiles, las pobres, las especialmente vulnerables o las sumisas. Ni siquiera las mujeres que tenemos conciencia de nuestros derechos estamos vacunadas ni exentas de riesgo. No hay súper mujeres. El caso de Marie revela que incluso en las sociedades más adelantadas, donde las mujeres ocupan un lugar muy importante en la vida social y en los círculos más cultos, los golpes masculinos pueden acabar con su vida.

 

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Marie Trintignant está enterrada en el hermosísimo cementerio Père-Lachaise de París. Descansa a pocos metros de Edith Piaf, Oscar Wilde, Sarah Bernhard, Paul Eluard, Maria Callas, Jim Morrison, Colette, Yilmaz Guney, Isadora Duncan, Miguel Ángel Asturias… En buena compañía. Yo me acerqué hasta allí en un día de lluvia y permanecí un buen rato frente a su tumba, sobrecogida, admirada, turbada.

El bingo feminista

Enero 17, 2017 en Doce Miradas

Ponerte las gafas moradas es sufrir, en cierta medida, el día de la marmota. Ése en el que no dejas de escuchar una y otra vez ciertas frases y afirmaciones. Como soy de las que trata de tomárselo con humor para no acabar agotada (aunque os confieso que no siempre lo consigo), he decidido ponerme manos a la obra con algún divertimento para llevar a reuniones de trabajo, encuentros familiares, congresos repletos de corbatas o incluso grupos de WhatsApp.

En un primer momento me tiraba más aquello de “por cada vez que escuchemos esto, ¡chupito!”, pero mirando por nuestra salud (e hígado), finalmente me he decantado por un bingo feminista. Luego, que cada persona decida el premio por cantar línea o el cartón completo 😉 .

bingo feminista Doce Miradas

1. Ni hombres, ni mujeres. Ni machistas, ni feministas… solo seres humanos. Si me dieran un segundo de vida por cada vez que he leído y escuchado esto, ya sería inmortal. El feminismo busca la igualdad, nunca la superioridad. No ser “ni machista ni feminista” implica no posicionarse. Pero no posicionarse, siento decirte, es una paradoja, porque supone posicionarse: no hacer nada en una sociedad machista es ser cómplice del machismo.

2. ¿Para cuándo un Día del Hombre?. Pues mira, para cuando los hombres cobren menos que las mujeres, para cuando sean invisibilizados, para cuando sufran violencia por el mero hecho de ser hombres. Entonces será necesario su día y yo lo conmemoraré porque como feminista que soy, busco la igualdad y no la discriminación (y con esto respondo también al número 1 😉 ).

3. Eso del lenguaje no sexista es peccata minuta. Primero habrá que cambiar otras cosas, ¿no? ¿Pero qué manía es esa de no poder hacer varias cosas a la vez? Lo que no se nombra, no existe. Aquí os dejo con el post de mi compañera Noemí donde tendréis un mejor argumentario.

4. Pero si ya hemos conseguido la igualdad… ¿Qué más quieres? Claro… no hay más que leer un periódico o ver las noticias en algún telediario. O aún mejor, darse una vuelta por alguna publicación sobre techos de cristal, donde se cumple a las mil maravillas la Ley de Lewis que dice aquello de que “los comentarios que te encuentras en un artículo feminista justifican en sí mismo el feminismo“. Como diría mi compañera Pilar, queremos la mitad de todo.

5. También hay violencia de género contra los hombres. Esto lo hemos tenido que leer hasta en la cuenta de Twitter de la Guardia Civil:

tuit

Como bien dice Barbijaputa: “La violencia sobre hombres a manos de mujeres no es un problema de género, ya que esta sociedad es patriarcal y es sólo el hombre quien puede aprovechar una posición de privilegio sobre la mujer de múltiples maneras”.

6. ¿Y las denuncias falsas? Ahí le has dado. Según la Fiscalía especializada en Violencia sobre la Mujer, entre las 913.118 denuncias que se presentaron en España en siete años, solo constan 164 casos falsos. Quedémonos por tanto con ese 0,0079%.

7. Mujer, no tienes sentido del humor… No te lo tomes a la tremenda. No, si yo soy simpática. El problema es que me voy encontrando con gente como tú y se me agota la simpatía. Hay cosas que ya no me hacen gracia porque estamos hablando los derechos de la mitad de la sociedad.

8. Estoy en contra de las cuotas. Que entren las mejores personas y punto. Decir esto es como sacar la foto finish quedándote con el resultado final y no mirar la carrera para ver qué ha pasado antes (si algunas de las personas, en este caso las mujeres, han tenido que saltar más vallas o no han podido entrenarse como el resto de sus compañeros). Os recomiendo este post de Miren para entender mejor las cuotas.

9. Si no hay más mujeres en tecnología (puede poner aquí otro área) es porque no les interesa ese ámbito. Te digo lo mismo que con las cuotas. Si nos quedamos con el resultado final y no observamos las fases anteriores para descubrir por qué ya no les interesa ese ámbito, estaremos haciendo un análisis simplista a más no poder. Por poner un ejemplo: ¿somos lo que jugamos?

10. Es que le das demasiadas vueltas a las cosas. Es lo que tiene la tontería esa de luchar por nuestros derechos.

te pones preciosa

11. ¿Estás en uno de esos días?

facepalm

12. No seas tan mandona. Claro, porque si fuera un hombre tendría dotes de mando y liderazgo. Pero como soy mujer, soy mandona.

13. ¿Qué llevabas puesto esa noche? O dicho de otra manera: “te lo estabas buscando”. Pues nada, esta viñeta es la respuesta ideal a cosas que la gente va buscando:

Clement

14. Es que la RAE dice… Según la RAE, coronela es la mujer del coronel, la histeria es más frecuente en la mujer que en el hombre (contra todo criterio médico) y una bruja es una mujer malvada o de aspecto repulsivo frente al brujo, que es el que hechiza.

15. Las mujeres somos unas lobas con nosotras mismas. Os hablaré de una cosa preciosa: la sororidad. Noemí nos explicaba aquí que la palabra “fraternidad” viene del latín “frater”, que significa ‘hermano’, pero ‘hermano varón’; es decir, “frater” no incluye a las hermanas. ‘Hermana’ en latín es ‘soror’. De ahí viene nuestra ‘sororidad’, que Macarena nos define como la convicción de que para ser fuertes es necesario tejer redes con otras mujeres.

16. Discriminación positiva nunca es igualdad. Como decía María, quien rechaza este sistema artificial a favor de la mujer, lo hace porque considera que el sistema ‘natural’ brinda igualdad de oportunidades a mujeres y hombres. Quien rechaza el sistema corrector cree, por lo visto, que todos los cargos de responsabilidad se están otorgando de forma justa, de acuerdo a criterios objetivos, a la persona más capacitada posible en cada caso, que casualmente suele ser hombre.

17. Hemos buscado mujeres como ponentes para este congreso, pero no había o tenían las agendas completas. No habéis buscado más que en vuestros círculos endogámicos. Probad a salir de ahí y preguntar o a buscar en Google. Hay mujeres expertas, solo hay que identificar que es un problema no tener voces femeninas en un congreso, debate o lugar de proyección.

18. Ya no se puede ni piropear a una mujer guapa por la calle.

19. ¿Yo machista? ¡Pero si soy progre! Nada se parece más a un machista de derechas que un machista de izquierdas.

20. ¿Cómo no voy a ser feminista si tengo dos hermanas y una hija? Yo tengo un montón de bolígrafos en casa. Eso no me convierte en escritora.

21. El feminismo me parece bien, pero el radical no. “El feminismo es la noción radical de que las mujeres sean personas” (Paula Treichler).

22. Las cosas han cambiado mucho. Ahora los hombres ayudan en casa. ¿Ayudan? ¿En serio? Reitero… ¿no ves nada en el verbo ayudar?

23. Eres una feminazi. Esta casilla cuenta como cantar línea.

Feminazi

Para la elaboración de este bingo feminista he recibido la inestimable ayuda de mis otras miradas. Y no conformándome solo con eso, me he metido droga de la buena: me he repasado las respuestas de este foro. Si queréis cabrearos, podéis daros también una vuelta.

Y tú, ¿ya has cantado bingo? Anímate y deja en los comentarios otras frases que escuchas sin cesar y así hacemos más cartones.

La mitad de todo

Diciembre 13, 2016 en Doce Miradas

Tomo el nombre prestado para este artículo de un documental  muy recomendable, con el que comparto muchas cosas. Si os animáis a verlo, encontraréis un retrato coral de la Bolivia de hoy en día, a través de la mirada de 12 mujeres. (Deliciosa coincidencia: a veces la vida es eso, una sucesión de azares que tejen redes de sororidad). He dado con este trabajo mientras buscaba una idea con la que expresar la preocupación que me ronda hace tiempo. A ver si lo consigo.

¿Pero qué más queréis?

Si os habéis puesto las gafas moradas y habéis desarrollado la “bendita manía de contar”, como decía Gabriel García Márquez, os habrán preguntado en más de una ocasión a qué viene esta moda (sic) nuestra del escrutinio diario sobre la presencia de la mujer en espacios públicos. Ya sabéis de qué chispa nació hace tres años nuestra pequeña hoguera (ésta es nuestra historia, por si te has despistado), por lo que mi respuesta suele llevar a contarles la experiencia de este blog.

¿Es necesario que las mujeres tengan una participación tasada en la vida pública para garantizar el avance del feminismo? Cada vez que se denuncia la usencia de mujeres, emerge una voz especialista en igualdad de la profundidad de las gargantas de cada persona a la que, previamente, le has reprochado falta de sensibilidad, haciendo bueno el antiguo dicho: “no hay mejor defensa que un buen ataque”.
Por no irnos muy lejos, supongo que recordaréis el jardín en el que se metió hace unas semanas el líder de Podemos, Pablo Iglesias, cuando intentó explicar esto mismo, con mayor o menor acierto, dicho sea de paso, aplicado a la acción política formal.
La cuestión tiene miga: ¿psamuel-jhonson2or qué es importante que haya mujeres en las esferas públicas, cuando ser mujer no equivale a ser feminista?
Lo explica bien la
Organización de la Naciones Unidas cuando asegura que la participación equilibrada de hombres y mujeres en todos los espacios públicos es condición básica para una democracia que se considere sana. Es una cuestión de diversidad, y la diversidad es una de las bases, junto con el respeto de los derechos humanos, sobre las que sea asienta una convivencia saludable. Tirando de este hilo no es difícil llegar a la reivindicación de la paridad como derecho, y por extensión, a la reclamación cada vez más compartida por una presencia equilibrada de hombres y mujeres en todos los foros públicos o privados, en los que se requiere o agradece diversidad de opiniones, miradas y propuestas.

 

No es cuestión numérica

Es uno de mis argumentos favoritos. Ya sabéis, cuando nos recuerdan que forzar la maquinaria para conseguir una presencia más o menos igualitaria es un ejercicio estéril, porque la “cosa” no va de contar sillas, sino de transformar la realidad.

¿Cuántas veces lo habéis escuchaczwgnmqwqaammw9do? Yo he perdido esa cuenta. Si realmente no es una cuestión numérica, me pregunto: ¿por qué existe esta resistencia visceral a equilibrar la presencia de hombres y mujeres en los espacios públicos? Si no se trata de números, ¿de qué se trata? La lista de excusas va creciendo, y todas ellas tropiezan con la evidencia contraria: a quien dice que no hay mujeres expertas en tal o cual ámbito, se le responde con el listado de expertas correspondiente; a quien alega que las mujeres “no quieren” participar, se le afea esta extraña costumbre que tienen algunos de saber qué piensan todas las mujeres del mundo…

¿Contar con más mujeres en la esfera pública equivale a feminizarla? No, pero no siendo suficiente, es condición necesaria. Un paso inicial fundamental para
empezar a remediar la infrarrepresentación generalizada de las mujeres en las actividades en los espacios en los que la valoración social (reconocimiento público) es la moneda
de cambio. Cuantas más mujeres haya en los medios de comunicación, en las conferencias, en los debates públicos, en las estructuras políticas, etc., más cerca estaremos de entrar en el verdadero meollo de la transformación social, más evidente será la necesidad de abrir el debate y deconstrucción de roles, de hablar de valoración de la diversidad, de cuestionarnos el reparto de poderes, empoderamiento, etc.
¿Todo esto puede conseguirse solo a través de la mayor presencia de las mujeres en los espacios públicos? Claramente no, pero me gustaría hacer la pregunta a la inversa, por si ayuda a desatar el nudo: Si la presencia no transforma, ¿lo hace la ausencia de mujeres? Diría que no. Radicalmente no.

La denuncia por estas ausencias clamorosas es incómoda. Para quien recibe la crítica, no cabe duda, y también para quien la realiza. Sobra decir que de forma mayoritaria son, o somos, las mujeres quienes lo hacemos, y nos sitúa en una posición que en muchas ocasiones se interpreta como ataque directo, contra una organización o institución, contra unas personas concretas, etc. Los primeros se sienten interpelados y criticados, y las segundas nos sentimos acusadoras en una causa abierta sin aparente resolución a la vista. Y es frustrante.
Las pocas alegrías que te da, sin embargo, compensan. Hay algunos casos domésticos en los que esta interpelación ha sido el acicate para cuestionar, fondo y forma, de ciertas acciones. Y algunos movimientos de gran alcance han nacido de este impulso, y van extendiéndose a todos los ámbitos.
¿Qué queréis?: la mitad de todo

No es una cuestión de equilibrio estético, aunque esto no sería, en cualquier caso, un tema menor. Una imagen vale más que mil palabras, dicen… La participación equilibrada es condición básica, tal vez no suficiente, pero esencial para avanzar en el reconocimiento de la mitad de la población del mundo.
Y es importante que esta cuestión esté en la cabeza y en las agendas de todas las personas que tienen cierta responsabilidad, tanto como organizaciones privadas y cuanto más si son públicas.
La mitad de la población quiere compartir la mitad de todo. De todo. Es decir, queremos equilibrar el reparto de espacios y responsabilidades, para cuestionarlas desde dentro y no como meras invitadas a una fiesta masculina que se permite, en el mejor de los casos, ciertas concesiones.
¿Qué queremos? La mitad de todo, también de los derechos y de las obligaciones.

  • La mitad de los espacios en los que se socializan niños y niñas, porque si la representatividad no está equilibrada, los modelos de referencia, los roles que castran y limitan a ellos y ellas, se perpetúan: profesores de educación física y cuidadoras de comedor; éste es el día a día en los colegios.
  • La mitad de los entornos en los que se forman las opiniones: medios de comunicación, espacios consultivos formales e informales, grupos de contraste para la elaboración de propuestas de vida pública, etc.
  • La mitad de las sillas de los consejos de administración, porque las empresas son comunidades de personas, de hombres y mujeres, y la participación equilibrada genera beneficio para el conjunto.
  • La mitad de las sillas en los parlamentos, porque a través de las decisiones públicas se construyen nuevas realidades y también ahí queremos tener la mitad de la voz que nos corresponde.

Dejo abierta esta lista. Estoy segura de que a cada una de las personas que estáis leyendo esto se os ocurrirán momentos en los que “a simple ojo” la representación de mujeres era muy inferior a la de hombres.

Hay quien lo ha documentado de forma muy gráfica. La campaña #MoreWomen de Elle realizó este vídeo, eliminando a todos los hombres de algunas escenas de gran repercusión pública. El resultado es impactante. Aunque parece que no impacta aún lo suficiente.

 

La dictadura del pensamiento positivo. ¿También en el feminismo?

Noviembre 29, 2016 en Doce Miradas

Cayetana Guillén Cuervo entrevistó en octubre pasado a la periodista, escritora e historiadora Ángeles Caso en su programa Atención obras, con motivo de su último libro Ellas mismas. Autorretratos de mujeres, un volumen que rescata del olvido a 79 artistas relevantes que lograron el éxito pese a los obstáculos de la época, pero cuyos nombres y logros la Historia borró -no olvidemos que la Historia es un relato de construcción humana, de hombres, para más señas, de historiadores que no consideraron importante incluir a estas mujeres en los libros-. Ángeles Caso apenas había comenzado a explicar el contenido y las razones de su obra, con su templanza habitual, su magnífica voz modulada durante años de carrera televisiva y radiofónica, cuando Cayetana Guillén Cuervo, aprovechando una pausa de la escritora, dijo:  “vamos a respirar hondo, ¿vale?, para no estar enfadadas.” “Nooooooo, no no no, no hay que estar enfadadas”, se apresuró a contestar Àngeles Caso.  Y yo, la verdad, me quedé estupefacta. En primer lugar, Ángeles Caso no se había mostrado enfadada en ningún momento. En segundo lugar, ¿qué habría tenido de malo mostrar enfado ante una injusticia como la que se estaba comentando? En tercer lugar, tal vez Cayetana se refería a ‘vamos procurar no enfadarnos porque este tema del que vamos a hablar es para enfadarse mucho’. De ser así, ¿por qué autocensurarse ese sentimiento tan legítimo?

Y entonces pensé, ¡horror!, ¿estará llegando la dictadura del pensamiento positivo también al feminismo?

 

 

No sé desde cuándo soy consciente de la invasión del pensamiento positivo en nuestras vidas. ¿Tal vez 8 años? Primero lo noté en el mundo laboral, con la proliferación de coaches, gurús y oradores motivacionales difundiendo su mensaje a través de sus libros, blogs y lucrativas turnés de charlas, conferencias, cursos, talleres y dinámicas varias. Son esas personas que te sueltan alegremente que no hay situación laboral mala, sino mala actitud por tu parte. Porque con una sonrisa y una buena actitud puedes convertir una situación laboral deleznable en un bello jardín de oportunidades. Y si te despiden, mejor aún. Es una oportunidad que te da la vida para avanzar. No te quejes. Seguro que os suena. Después lo noté en el mundo de la salud. Hoy en día son legión quienes aseguran que con la actitud adecuada se pueden vencer las enfermedades. Ergo quien enferma o quien no consigue curarse es por su mala actitud. Y así, con esa ligereza y simpleza de miras, culpan a la persona enferma, por si no tuviera ya bastante con su enfermedad. Y poco a poco, este pensamiento positivo a ultranza va cuajando en todos los espacios de nuestras vidas. Para mi disgusto he ido viendo cómo consigue adhesiones a pasos acelerados sin apenas oposición crítica. ¿No estar de acuerdo con el nuevo culto al positivismo a ultranza supone apostar por el pesimismo, el negativismo sistemático o la abolición de la alegría? En absoluto. Supone rechazar el positivismo obligado. Estoy a favor de la alegría real, del buen rollo verdadero y del sentido del humor. Pero también tenemos derecho a estar tristes y enfadadas, a considerar que una situación es negativa, a no ver el lado bueno de algo, porque a veces el lado positivo no existe, te pongas como te pongas. Creo que es sano.

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Hay que reconocer que el movimiento del pensamiento positivo a ultranza se vende muy bien. Brinda a la gente una ilusión de control sobre sus vidas que cualquiera desearía. Y todo con unas simples recetas. Apenas hay oposición porque se considera inofensivo. A mí me parece peligroso. Promueve el individualismo y el egoísmo. Todo vale si con eso YO soy más feliz. Al cuerno los demás. ¿Escuchar a las personas que tienen problemas? No, apártalas de tu vida, son personas tóxicas y negativas. Y pobre de ti si no eres una especie de ambipur del buenrrollismo en el trabajo, porque algún fanático del movimiento podría considerar que generas mal clima y adiós, muy buenas.

Necesitada de comprender un poco mejor todo esto que estaba notando a mi alrededor, recabé información y di con Barbara Ehrenreich y su libro ‘Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo’, en el que critica este movimiento que viene de Estados Unidos y que en su opinión podría estar incluso en el origen de la crisis económica de 2008. Esa idea infantiloide de si crees mucho en algo, si lo visualizas, lo conseguirás. Si eres una persona positiva no tienes nada que temer, todo te irá bien en el futuro. Esa manera de pensar, ilusa y pueril, puede estar detrás de las hipotecas basura, según Ehrenreich. Además, ella vivió en carne propia la tiranía del pensamiento positivo cuando le detectaron un cáncer de mama. Los grupos de apoyo para la enfermedad se mostraban implacables con quienes recaían. Y en su delirio positivista, había quienes llegaban a agradecer la enfermedad y considerar el cáncer como lo mejor que les había pasado en sus vidas. Encontrar esa mirada crítica de Ehrenreich fue reconfortante. Últimamente, he sabido de otras voces discordantes desde la literatura, el ensayo y la filosofía como, por ejemplo, la de Daniel Ruiz García, que en su novela La gran ola, premiada con el Tusquets, hace una sátira del coaching o la de nuestra última mirada invitada, Toño Fraguas, con un artículo sobre el ‘felicismo’ y el libro ¿Existe la felicidad?, así como las de Fernando Savater y Victoria Camps que manifiestan que la autoayuda ha desplazado a la filosofía. Parece que hay esperanza y que la dictadura del positivismo encontrará oposición.

Volviendo a nuestro tema, al feminismo, me pregunto en qué punto estaría ahora mismo la igualdad entre mujeres y hombres si a comienzos del siglo XX aquellas mujeres que lucharon para conseguir el voto de la mujer no se hubieran enfadado con la flagrante discriminación que padecían. Si se hubieran puesto a buscar el lado positivo, como por ejemplo, ‘qué bien, una preocupación menos que tenemos, que la política da muchos quebraderos de cabeza’, aún estaríamos sin derecho al voto. La situación de la que disfrutamos las mujeres en la actualidad –con muchas carencias, mucha discriminación aún y mucho trabajo por hacer, como recordamos constantemente en este blog- no sería posible si millones de mujeres a lo largo de la historia no se hubieran enfadado. ¿Dónde estaríamos sin el enfado y el inconformismo de las pioneras? Estaríamos aún viéndole el lado positivo a no poder trabajar, a no poder ganar nuestro propio dinero, a no poder votar, a no poder controlar la maternidad…

El libro Ellas mismas no se habría escrito si la propia Ángeles Caso no hubiera sentido cierto enfado ante la injusta omisión de esas grandes artistas por parte de los historiadores. La idea de ese libro, rechazada por las editoriales, no habría visto la luz si Ángeles Caso se hubiera conformado y no hubiera puesto en marcha una campaña de crowdfounding para financiar la publicación de su obra. Su campaña de micromecenazgo no habría triunfado si 1.600 mecenas no se hubieran contagiado un poco de ese enfado ante la injusticia. La interesante entrevista en el programa de La 2 no habría tenido lugar si Cayetana Guillén Cuervo y el equipo de Atención Obras no hubieran sido sensibles a ese enfado… Y casi me olvido. Nuestro blog, Doce Miradas, recientemente premiado con el Airea Saria de GetxoBlog, no habría nacido si Ana Erostarbe no se hubiera enfadado –junto a otras 11 mujeres- al fijar su atención en aquel congreso en el que casi todos los ponentes eran hombres. Con frecuencia, el enfado es el germen de grandes logros.

No me gusta Trump. No me gusta Clinton.

Noviembre 15, 2016 en Doce Miradas

Tengo fijado en mi perfil de Twitter un tuit que dice: “feminismo es creer en la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Si no eres feminista, eres machista. Piénsalo”. Independientemente de las “broncas” que me ha supuesto con algunas personas usuarias de esa red social (hombres y mujeres), de esas que bajo no sé qué epígrafe se creen con derecho a contra-opinar de forma casi violenta, estoy más que convencida que eso es feminismo: creer en la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Y por ello, por estar plenamente convencida de que la igualdad de sexos no existe y que es una de las metas sociales a alcanzar, no puedo compartir algunas de las teorías que he oído en torno a las elecciones norteamericanas.

Vayan por delante varias cosas. La primera que no me gusta Trump. Que me parece terrible que haya ganado las elecciones, que considero que es un paso atrás y que creo que bastante porquería tenemos ya en el mundo como para que venga a gobernar el país más poderoso una persona de este talante. Y que me horripila que tenga acceso a la información de los secretos de estado de una nación que cuando estornuda se constipa el resto del mundo.

La segunda es que no voy a entrar a hablar de política, de si Trump no hubiera ganado si hubiese tenido otra u otro contrincante. No voy por ahí. Eso para otro foro. Para el de Doce Miradas, no.

La tercera es que no quiero que ningún señor de esos que buscan resquicios por cualquier sitio utilicen mis palabras para meter la cuña y hacer saltar la madera. La madera del feminismo es de primera calidad y no se rompe con cualquier cosa. Así que señores míos, no se suban a la ola y surfeen donde tengan que surfear que este mar, además de muchas veces cálido, está en calma.

Y la última es que estoy 100% convencida de mi opinión. Y que tengo la duda de si estaré 100% equivocada.

Y por si aún hay que aclarar más cosas, y aunque no hace falta decirlo, este post va firmado con mi nombre y representa mi opinión, no la de todo el colectivo de Doce Miradas. En este grupo no hay disciplina de voto, ni intención ni de ponerla, ni de seguirla si la hubiera. ¡Menudas somos las doce!

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No al todo sí

Para mí, no todo vale. Ni todos valen. Ni todas valen. Quiero, deseo, anhelo, que las mujeres estemos ahí. En primera línea. Por delante. Pero cuando debamos estar. No me gusta el hombre que no vale ocupando un puesto para el que no está preparado y por la misma razón, y en aras de la igualdad, no me gusta la mujer que no vale y que ocupa un puesto para el que no está preparada. Me sumo a lo dicho por Susan Sarandon: no quiero votar con la vagina. Quiero votar con la cabeza. Y con el corazón. Pero con la vagina no. Porque no quiero hacer lo que muchos hombres que votan, eligen, designan y contratan con el pene. No voy a votar a alguien por el mero hecho de ser mujer. En el caso de las elecciones de Estados Unidos hubiera votado a Hillary Clinton, evidentemente, pero con la nariz tapada y no votando a su otro contrincante porque era alguien tan impresentable como Trump. Mi voto hubiese sido para ella no por ser mujer, sino como un mal menor.

Quiero que la mujer que presida un país lo haga por méritos propios y si la voto, que sea porque me represente. Y para mí, Hillary Clinton representa también lo carca y lo casposo. Y si me cabrea, y mucho, que en este país la gente vote a un partido inmerso en innumerables casos de corrupción, me indigna también que en otros, la gente vote a personas corruptas. Sean hombres o mujeres. Lo siento, pero no puedo con ello.

No me quiero sentir obligada a votar a una mujer, sea quien sea, porque soy feminista. Estoy algo cansada ya de los buenismos. Hay que votar a un candidato negro porque es negro y porque votarle es progre. Hay que votar a una candidata mujer porque es mujer y porque votarla es feminismo. Y lo contrario es, parece ser, racismo y machismo. Y si nos ponemos en el supuesto de un hombre negro y una mujer blanca como candidatos a la presidencia de no sé qué país ¿a quién voto? Si voto a la mujer, ¿soy racista? Si voto al hombre negro ¿soy machista?

Quiero dar mi voto a quien me represente a mí y al colectivo de mujeres: la que se haya dejado la piel por defender sus/mis/nuestros derechos. La que haya se haya peleado, en igualdad de condiciones, y vencido, en igualdad de condiciones, en un mundo de hombres que así dejará de ser de hombres. Y fundamentalmente, la que yo sepa que va a gobernar como lo haría una mujer. De una forma probablemente muy diferente a como lo haría un hombre.

Y ojo, que estoy muy a favor de la discriminación positiva porque considero que como algunos no se acostumbren a vernos en los diferentes sitios, no vamos a llegar nunca a ocuparlos. Pero en el caso de las elecciones estadounidenses, no se trata de discriminación positiva, ni mucho menos.

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El techo de cristal

Hay una pregunta que, desde que empezó toda esta historia, me ronda por la cabeza. ¿Todas las mujeres rompen el techo de cristal? ¿Todas? ¿De verdad? Pues creo que no. En el Parlamento Vasco hay, actualmente, más parlamentarias que parlamentarios. Pero si esas parlamentarias no hacen políticas igualitarias, no me sirven. Vamos a ver por dónde van que aún es pronto. ¿Ha roto Angela Merkel un techo de cristal? Lo dudo. ¿Rompería Hillary Clinton un techo de cristal por mucho que sí haya sido favorable a algunas políticas a favor de la igualdad? Creo que no. Pero fundamentalmente porque sería la cabeza visible del tándem Bill-Hillary y no solo Hillary Clinton. ¿Rompió el techo de cristal Ana Botella, primera alcaldesa de Madrid? Me parece que no. Porque también era la cabeza visible del tándem JoseMari-Ana, salvando las distancias, claro, que el dúo Aznar es al dúo Clinton lo que Villaverded’abajo a la ciudad nipona más moderna, y no por la diferencia de tamaño Madrid-U.S.A., sino por la calidad, que no claridad, de sus teje-manejes y conspiraciones varias.

Para mí, romper un techo de cristal es otra cosa. Primero hay que querer romperlo y eso es muy diferente de llegar al poder.

Y lo dicho: 100% convencida de mi opinión y con la duda de si estaré 100% equivocada.

Talkin’ bout a Revolution

Noviembre 2, 2016 en Doce Miradas

El 24 de octubre de 1975, tuvo lugar en Islandia un evento sin precedentes: nueve de cada diez mujeres fueron a la huelga para protestar por las desigualdades en el empleo y en el hogar. Aquel día no acudieron a trabajar, no cocinaron y no cuidaron de sus hijos e hijas. Y no lo hicieron para demostrar algo en las calles. El resultado de aquel hito fue un país paralizado y salchichas agotadas en los supermercados. Quizá por eso los hombres recuerdan aquel día como el “viernes largo” y hay quienes se refieren a él como el “día de la salchicha” (para cenar, se entiende).

Cinco años más tarde, Vigdis Finnbogadottir era elegida presidenta del país. La primera mujer en el mundo en ostentar este cargo. En una ocasión, afirmaría que la huelga de 1975 lo hizo posible. Según Finnbogadottir, “lo que ocurrió ese día fue el primer paso para la emancipación de las mujeres en Islandia. Se paralizó el país por completo y abrió los ojos de muchos hombres”.

Los numerosos testimonios de las mujeres que acudieron a alguna de las manifestaciones organizadas por el país, coinciden en destacar la enorme solidaridad que se generó aquel día de otoño entre las manifestantes. Ellas lo llamaron el “día libre de la mujer” y con su unión dieron forma a un impulso colectivo cuya inercia ha llegado a nuestros días.

Cuatro décadas más tarde, dicen de Islandia que es el mejor país del mundo para ser mujer. También dicen que es el mejor país del mundo para vivir (lo cual tiene mucho mérito si pensamos que el país debe su nombre al hielo). Parece, en todo caso, demostrada la lógica de ese argumento tantas veces escuchado y formulado de que “a mayor Igualdad, mejor sociedad”.

¿Y cuál es la receta del éxito? Las mujeres islandesas no han dejado de pelear en este tiempo y continúan, en la actualidad, saliendo a la calle para conquistar los retos que les restan. Hace apenas una semana, por ejemplo, el 25 de octubre de 2016, acabaron sus jornadas laborales a las 14:38, un 14% antes que cada día. Protestaban porque su sueldo es un 14% menor que el de los hombres. Aquí, en cambio, nuestra brecha salarial ronda el 25%.

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Si vosotras habláis, nosotros escucharemos siempre 

La semana pasada también, la ponencia de un asesor en género del gobierno islandés en un congreso sobre “Igualdad y Conciliación” al que asistí, despertaba la semilla de este post. Ante mi curiosidad sobre la actitud con que los hombres del país enfrentan las reivindicaciones femeninas, Tryggvi Hallgrimsson cerraba su matizada y civilizada respuesta así: “if you talk, we’ll listen forever”. “Si vosotras habláis, nosotros escucharemos siempre”.

Fue un momento de epifanía para mí; fan de la palabra hasta el hartazgo… La frase me golpeó con la crudeza que golpean las revelaciones. Porque tras dos días analizando los ejes de la desigualdad, resultados de investigaciones, certidumbres académicas, avances sociales… Tras dos días “hablando”, comprendí porqué coinciden los estudios internacionales en que tardaremos más de 170 años en llegar a la Igualdad. Y comprendí también por qué hay países que tardarán 80.

Islandia va en cabeza, por supuesto. Porque hay cosas que no se piden. Se exigen. Cosas que no se conceden. Se conquistan. Y así se va más rápido. Y porque hablar, ya hemos hablado largo…

En mi último post, precisamente, me estremecía al conocer la madurez (y vigencia) de los planteamientos de mujeres contemporáneas a la Revolución Francesa como Olympe de Gouges. Madurez que compartían, sin duda, los discursos de grandes hombres posteriores como Gandhi o Martin Luther King en sus demandas de sociedades más justas. Ambos fueron capaces, sin embargo, de concitar a sus coetáneos, haciendo que marcharan tras mismos lemas. Las mujeres francesas, por contra, sumaron sus voces a un proyecto más global que, una vez en el poder, las dejó de lado. Lo explicaría más tarde Philip Kotler: si no eres marca, eres mercancía…

Violentas o pacíficas (por aquí solo somos de las segundas), así son las revoluciones: expresiones multitudinarias. Concentran necesidad de justicia y, fundamentalmente, agrupan a quienes protagonizan la injusticia. Suelen empezar en un susurro. Luego apenas un murmullo. Y a medida que van sumando voces, van sumando fuerza. Del latín, revolutio (una vuelta), las revoluciones conllevan un cambio social fundamental que tiene lugar en un periodo (relativamente corto o largo). Y lo hacen porque consiguen despertar y contagiar ilusión alrededor de una visión. Alrededor de un sueño compartido.

Pues bien, las revoluciones pueden producirse de muchas maneras y en los lugares más insospechados. En la manifestación del 8M, pero también en la parada del autobús, la reunión con el colegio o la del trabajo. En Twitter, en Facebook y en el grupo de Whatsapp con tus primas y hermanos. Somos armas de sensibilización masiva. Donde proceda, dígase. Y donde no, también. Nadie dijo que ser revolucionaria no fuera cansado.

 

La mirada de Violeta

Octubre 18, 2016 en Doce Miradas

Violeta tiene doce años. Nombre de flor, de color y de feminismo. Ella es tan bonita como lo primero, tan viva como lo segundo y tan reivindicativa como lo tercero. Tiene esa edad maravillosa en la que las gestas no se eligen demasiado. Se mete una de lleno y ya está; porque es lo justo y no puede consentirse lo contrario. Violeta aún no tiene tramo recorrido para ponerle matices a la justicia y por eso para ella esa hermosa palabra conserva todo su inmenso valor.

Digo que es bonita porque mira limpio y quiere saber, entender y transformar su jardín de la infancia en un patio de encuentro donde suceden cosas que empiezan a parecerse a las de las personas adultas. Violeta es la mayor de mis dos hijas y una mirada de futuro seguida de cerca por su hermana. Ambas han sobrevivido a mi mala influencia y están encantadas de ser chicas, por mucho que a mí me cueste tanto entender que sea “divertido”, como dice Violeta.

Violeta ha crecido al arrope de Doce Miradas y se siente orgullosa de este proyecto que siente suyo porque ahí está su madre. También porque le enseña cosas que le hacen sentirse segura y fuerte, en este mundo en el que los chicos todavía tienen muchos más minutos de posesión de balón que las chicas.

Me he traído a Violeta a Doce Miradas porque tiene cosas que decir y las quiere compartir aquí, con todas vosotras y vosotros, para que la voz de las niñas de su edad – o al menos la de ella- se escuche. Porque las niñas son miradas de futuro, las que tendrán que seguir con nuestro trabajo, perseverar en la consecución de la justicia social y la igualdad de oportunidades, para que esta sociedad garantice un desarrollo real, confortable y seguro para todas las mujeres, en todas las partes del mundo.

A partir de aquí, me pongo contra la cámara y os dejo con las palabras de esta mirada, para mí tan especial: la mirada de Violeta.

 

¿Por qué te hace tanta ilusión esta entrevista? img_20160924_131805710

Porque me hace ilusión poder decir cómo vemos las niñas, o como veo yo, la igualdad.  Me gusta que se tenga en cuenta porque la visión de una niña puede ser distinta. Los mayores se lo piensan todo más y por eso creo que los niños y las niñas podemos tener una manera diferente de ver este tema y otros también.

¿Crees que el debate de la igualdad está suficientemente presente entre vosotras y vosotros?
Creo que -por lo menos entre la gente que yo conozco- está bastante presente. Pero cuando yo estoy con alguien y me doy cuenta de que no lo está teniendo en cuenta en algunas cosas que dice, yo trato de contarle cómo lo veo y de hacerle cambiar su manera de pensar. Si al final sigue sin pensar igual que yo, lo respeto.

¿Dónde crees tú que se adquiere la toma de conciencia por la igualdad? ¿En casa, en la escuela, en la calle…?
Creo que tanto en casa, como en la escuela, en la calle, en la tele… pero depende también de saber ver las cosas. Primero entendiendo qué es eso de la igualdad y después aprendiendo a mirar. Este es un tema muy grande y no toda la gente piensa lo mismo, cada uno lo ve como lo ve desde su manera de pensar. Si has vivido machismo en casa desde siempre, lo ves normal; y entonces es más difícil que lo reconozcas como un problema que hay que arreglar.

Es cierto que en la escuela hay una preocupación por educar en igualdad y creo que se está haciendo un trabajo importante entre profesorado y alumnado. Pero luego hay pequeños detalles que descubren micromachismos perfectamente tolerados por la sociedad. Ese “dile a la ama que…” O que habitualmente sea a la madre a quien se llame cuando hay que tratar cualquier tema fuera del aula…
Eso es verdad. Les sale natural. Y además es que la madre casi siempre es la que se ocupa y lo vemos normal. No lo hacen con mala intención. En el colegio se hacen a veces actividades para hablar de igualdad. Una vez en clase hicimos un debate y unas cuantas niñas intentábamos explicarle a un niño lo que pensábamos nosotras. Y no había manera. Se ponía a sacar otros temas. Pero en ese debate vimos que había niños de clase que también pensaban como nosotras.

¿Recuerdas que alguna vez te hayan tratado diferente por ser una niña?
Sí. Por ejemplo, en clase de gimnasia, cuando éramos más pequeñas, a las niñas no nos pasaban el balón porque “supuestamente” en deporte los niños son mejores. Pero ahora hemos conseguido que nos pasen la pelota. Les hemos hecho ver que también sabemos jugar; que habrá niños que jueguen mejor, pero también los habrá que jueguen peor que nosotras y que tenemos que jugar juntos los niños y las niñas.

¿Qué es el machismo?
El machismo es que el hombre se siente superior a la mujer. Pero no solamente los hombres son machistas, también hay mujeres machistas; aunque lo más normal es que sean ellos los machistas.

¿Por qué crees que hay mujeres machistas?
Porque hasta hace poco las mujeres no trabajaban fuera de casa. Y como ellos sí, ellos eran mejores y los que podían hacer cosas importantes. Las mujeres que han vivido esto como algo normal piensan que es así: que los hombres trabajan porque son mejores, más inteligentes o más importantes que ellas.

¿Conoces a niños o niñas machistas?
Niñas, no. Con los niños machistas que conozco ya he hablado algunas veces, pero son muy cabezotas. Ni siquiera discuten. Lo justifican todo “porque sí, porque sí…” por orgullo. Creo que no quieren ni pensar en lo que les digo porque como son chicos y serán hombres y creen que serán superiores… Creo que piensan que el feminismo les puede quitar sus ventajas. No dejan que les hables de feminismo.

¿Y qué es el feminismo?
Pues no es “todo lo contrario al machismo”. Porque eso sería el hembrismo. El feminismo se refiere a la igualdad entre hombres y mujeres. Muchos chicos no entienden que el feminismo da a los hombres y a las mujeres el mismo valor, pero que eso no quiere decir que vaya en contra de ellos.

¿Te gusta ser chica?
Sí. Porque no sé cómo es ser chico y ser chica me gusta bastante. Ser chica me parece que es mejor porque aunque tiene más dificultades, tiene más mérito. Es mucho más difícil. La sociedad les pide cosas más sencillas a los hombres o no les pide tantas como a las mujeres. Un hombre tiene más probabilidades de conseguir un trabajo que una mujer. Y además, los hombres tienen un cuerpo más fácil que no les da tantos problemas. Pero aunque es más complicado ser chica, me parece divertido.

¿Eres romántica?
Creo que sí. Pero no mucho. No soy melosa.

¿Qué es ser romántica para una niña de tu edad?
Es creer en el amor, en los detalles, en tener ciertos pensamientos bonitos sobre una persona…

¿Qué significa creer en el amor?
Saber que existe. Que es un sentimiento hacia otra persona que no puedes controlar pero que es muy bonito. Hay gente que no cree en el amor, como algunas personas que se dedican a la ciencia y a las que les cuesta mucho enamorarse porque analizan cada cosa. Pero si crees en el amor y eres romántica solo ves lo bueno. Aunque a veces no es tan bueno.

¿Cuándo no es bueno el amor?
Cuando no te corresponden. También cuando no coincides en la manera de pensar y una de las dos personas tiene que cambiar mucho para que no se rompa ese amor. También cuando hay machismo, porque entonces el amor ya no es bueno, no es amor. Si tratas a la persona que está contigo como si fuera inferior es que no sientes amor por ella.

¿Tú crees que existen los príncipes azules?
No. Es lo que nos han hecho creer a las niñas. Puede haber una persona que sea muy buena para ti, pero no será tan perfecta, no hay nadie perfecto. A mí la gente que parece perfecta no me gusta mucho; me gusta más la gente que es diferente, que tiene su propia manera de pensar.

¿Qué quieren ser tus amigas de mayores?
Una, psicóloga; otra, arquitecta; otra, pediatra. Una quiere trabajar con la física cuántica, otra forense…

¿Y tus amigos?
Hasta el año pasado, la mayoría, futbolistas. Este año ya alguno ha dicho que quiere ser médico, muchos no saben y unos cuantos todavía quieren ser futbolistas. Pero, vamos, yo creo que esto irá cambiando cuando sean más mayores. ¡Todos no van a poder ser futbolistas!

Ahora que acabas de empezar a estudiar en el instituto y que sois un poquito más mayores, ¿mejora la cosa?
Mejora un poquito. Vamos aprendiendo y es bueno que sigamos hablando, que siga habiendo talleres en los que podamos tratar sobre machismo y feminismo, y explicar bien lo que es cada cosa para que aprendamos a ver dónde hacemos las cosas mal y cómo se pueden hacer mejor para que mejore nuestra sociedad. Es bueno que las niñas o los niños que vemos comportamientos o formas de hablar que no respetan la igualdad lo digamos para seguir avanzando.

¿Cómo reacciona la gente de tu entorno cuando les haces ver que alguna actitud o algún comentario te ha parecido machista?

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Depende. Los que todavía no quieren hablar de igualdad enseguida te dicen “venga, anda, que siempre estás con eso del feminismo y el machismo”. Pero también hay gente que escucha y que dice, “oye, me ha gustado lo que has dicho”.

¿Qué libros lees?
Me gustan los libros de historias que les pasan a los adolescentes: John Green, Blue Jeans… Porque muchas de las cosas que leo ya las estoy viendo en el instituto, algunas las estoy viviendo, y me llaman la atención porque quiero saber sobre eso. También libros de reflexiones sobre emociones (Hablo sola), la saga Crepúsculo…

¿Qué es lo que te gusta de la saga Crepúsculo?
Me gusta ese amor tan incondicional que hay entre los dos, pero lo que no me gusta es que él sea tan protector con ella, porque lo hace porque la subestima. Él es un vampiro y cree que es más capaz de protegerla de lo que lo es ella misma. Pero luego, la protagonista demuestra que ella también es capaz de cuidar de sí. Y eso me gusta. Está bien que él se preocupe por ella pero sin que piense que es débil y le necesita a toda costa.

A mí me dan un poco de miedo esas relaciones de amor tan intenso, tan incondicional, como tú decías… “Yo, donde tú vayas”, “sin ti yo me muero”… ¿No deja a las chicas muy indefensas, muy vacías, si ellos no están?
Sí. Pero creo que si una chica es fuerte, aunque esté enamorada lo va a seguir siendo. Lo importante es que las chicas sean fuertes, que se sientan bien ellas con o sin sus novios, sabiendo quiénes son, lo que quieren ser y cómo quieren comportarse.

En el caso de Bella, la protagonista de Crepúsculo, ella está dispuesta a morir por amor, a perder su condición de humana, para estar siempre con Edward. ¿Eso te parece bien? Esas novelas las leen muchas y muchos adolescentes. ¿No te parece que es arriesgado poner esa relación tan complicada como modelo de pareja ideal?
A ver: eso no es algo que pase normalmente. Yo no conozco vampiros. Sería bastante peligroso si cosas así pudieran pasar. Pero ¿por qué nos gustan tanto las novelas de Crepúsculo? Pues porque son historias que no pueden pasar, pero que a través de los libros las puedes vivir y te enganchan muchísimo porque son especiales. Es como Superman: nadie se pone una capa y vuela y salva al mundo, pero es divertido leer sus aventuras.

Yo sé que te gusta mucho la música, pero también sé que hay un tipo de música que no te gusta nada…
¡El reggaeton! No me gusta nada porque es ultramachista, subestima mucho a las mujeres y las letras son muy ofensivas.

Cuando te encuentras con alguien a quien le gusta este tipo de música ¿te pide el cuerpo decirle algo o cada cual que oiga lo que quiera?
Cada uno que oiga lo que quiera, pero yo no entiendo por qué a la gente le gusta tanto.

Hace unos meses veíamos un debate electoral en casa y te llamó la atención que ninguna de las cuatro personas invitadas a participar era mujer. ¿Por qué crees que las personas más importantes de esos partidos son hombres?
Pues porque, a día de hoy, todavía, el hombre tiene más importancia, se le considera mejor. Se sigue pensando que a las mujeres lo que se les da bien es la moda o cosas que no son tan importantes para la sociedad.

¿Y qué hacemos?
Pues intentar cambiarlo enseñando a la gente a ver que ese debate así es incompleto.

¿Cómo te ves de mayor? ¿Qué tipo de mujer crees que serás?
Creo que seré una mujer fuerte, porque estoy aprendiendo muchas cosas para llegar a serlo.

¿Cómo te ha influido Doce Miradas en ese aprendizaje de igualdad que estás haciendo?
Pues mucho. Porque desde que empezó Doce Miradas he leído o te he oído hablar de lo que escribíais y he aprendido mucho sobre el feminismo. Cada vez que en el cole se hablaba de algo relacionado con la igualdad yo decía “mi madre está en Doce Miradas y escribe sobre feminismo, y si queréis saber lo que piensan las mujeres, aquí tenéis esta página”. Y así os he ido recomendando a mucha gente.

Una canción feminista con la que podamos terminar esta entrevista.
Hay una de Malú que no es empalagosa y que me gusta mucho y que dice:

“Yo/ quiero/ yo/ puedo/ yo, que he aprendido a respirar del cielo./Yo/ quiero/ yo puedo volar/ vivir en libertad./ Ya no vuelvo a caer/ he aprendido a lamerme las heridas/ a poner el mundo bajo mis pies/ Levantarme y correr / cada vez que una herida me lastima/ sé que algo bueno viene después”. 

#paseloquepase

#paseloquepase

 

A sus doce años, Violeta no sabe latín pero caza micromachismos con una agilidad que me hace sentir orgullosa y reconfortada. El compromiso por la igualdad tiene el trazado de un camino largo de tramos difíciles. Violeta aparta las piedras del camino y disfruta con el paisaje. Como ella misma dice: “ser chica es mejor porque aunque tiene más dificultades, tiene más mérito”. Punto redondo.

Escritoras españolas de posguerra: la fantasía inaceptable

Octubre 4, 2016 en Doce Miradas

Buscaba un título bonito para este artículo y me lo ha brindado Carolyn Gold Heilbrun, escritora, investigadora y profesora de la Universidad de Columbia, quien en su libro Writting a Woman’s Life califica precisamente de fantasías inaceptables los anhelos de determinados personajes literarios femeninos, anhelos de poder o libertad que el medio social se encarga de frustrar o destruir.

En este artículo hablaré, pues, de literatura escrita por mujeres y, más en concreto, de las escritoras en la posguerra española, del tratamiento androcéntrico que recibieron y reciben por parte de la crítica, de la novela rosa y de sus mitos y tópicos, muchos de los cuales, por sorprendente que parezca, siguen hoy vigentes. Vamos allá. Espero que os guste.

 

¿Escritoras? ¿Qué escritoras?

Durante todos los años en los que fui estudiante de literatura, que fueron unos cuantos, en escasísimas ocasiones me dediqué a estudiar a escritoras y, desde luego, ninguna figuró en las páginas principales de mis libros de texto: apenas recuerdo en segunda fila a Safo, Fernán Caballero (seudónimo masculino de Cecilia Böhl de Faber) y Rosalía de Castro;  y, ya en el siglo XX, a Gabriela Mistral, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet y Rosa Chacel, quienes, por supuesto, nunca rozaron las primeras filas del estrellato literario y permanecieron siempre clasificadas en otra categoría bien alejada de, por ejemplo, Luis Martín Santos, Miguel Delibes o Camilo José Cela.

mito-y-discursoPor eso me resultan tan interesantes obras como Mito y discurso en la novela femenina de posguerra en España, de Francisca López Jiménez, doctora en Literatura, que ilustra ampliamente el habitual desprecio de la crítica hacia las mujeres escritoras y nos descubre aspectos muy desconocidos de las novelistas españolas de la posguerra.

 

La crítica androcéntrica

Del libro de López Jiménez he extraído, pues, muchas de las ideas que expreso en este artículo y varias citas interesantes. Por ejemplo, esta de Juan Luis Alborg, gurú de la historia de la literatura española, cuyos abultadísimos volúmenes fueron mis libros de cabecera en mis años de universidad:

Cuando una mujer nos deja oír el timbre de su femenina condición, es a su pesar, y siempre para darnos lo más blando y vacío, lo más inconsistente y ñoño de su espíritu, la vanidad mediocre o la vulgar coquetería.

Y más adelante añade que lo que la mujer escritora debería ofrecer es “la visión femenina de la vida y de sus problemas” tratados “con dureza varonil”.

Esto es: solo interesan las escritoras que prescinden de su feminidad, que para Alborg es sinónimo de vacuidad, inconsistencia, ñoñería, etc., y escriben como hombres, pues solo hay una manera de escribir “bien” y es la masculina.

Bajo este tono general, López Jiménez apunta tres razones principales por las que la crítica condenó al “fracaso” a estas escritoras. La primera es su desconcierto a la hora de tener que asignarles alguna etiqueta o clasificarlas en algún apartado literario de los elaborados por y para la producción masculina. Es lo que la escritora y académica Joanna Russ denominaba “denial for false categorizing¨; encontramos un ejemplo en la novela “Los Abel”, de Ana María Matute, protagonizada por Valba Abel y sus conflictos como mujer que no encaja en un medio rural, su desmitificación del matrimonio, la ausencia de modelos de vida femeninos, etc. Sin embargo, como al final de la novela uno de sus hermanos mata a otro, la crítica establece como temas centrales de la obra la ruina familiar y el cainismo.

Como segunda razón apunta López Jiménez que la crítica ignoró sistemáticamente la aportación femenina al realismo social, al negar precisamente el carácter “social” de un tema recurrente en las novelistas de los años 50 como fue la imposibilidad de realización de las mujeres fuera del ámbito doméstico.

Y en tercer lugar cita López Jiménez la actitud opuesta de la crítica hacia dos tendencias de la novela de los años 40; así, se acepta y se valora el tremendismo, tendencia generalmente masculina, como manifestación literaria y, en cambio, se ningunea o denigra la novela rosa, tendencia básicamente femenina, como manifestación subliteraria, sin hablar nunca de la falta de calidad de las peores novelas tremendistas ni de la escrupulosa elaboración técnica de las mejores novelas rosas.

Aquí, en la novela rosa me voy a detener un poco, porque es uno de esos fenómenos masivos de la cultura popular de dimensiones considerables a los que se dedica poca atención: por lo general, se juzgan y se desprecian; raramente se analizan.

 

Te puede pasar a ti

La novela rosa de la posguerra española es un fenómeno que merece un análisis tanto literario como social.

Voy a obviar por esta vez sus aspectos literarios y me voy a centrar en su tremenda incidencia en la formación de las muchachas españolas de los años 40 del siglo pasado. Estas novelas colocan el amor en el centro de la vida de las mujeres, de manera que todo lo demás queda subordinado a él. Es el famoso mito del amor romántico, todavía hoy vigente. E introducen un añadido peligroso: la idea de la infelicidad como ingrediente esencial del amor. Este mito secundario, la aceptación del sufrimiento, también sigue vigente hoy en día, con todas sus terribles consecuencias.

Sin ánimo de agotar la lista de mitos y tópicos de este género novelesco, podemos apuntar, además de los principales ya citados, el miedo a rebelarse contra las imposiciones, la pasividad, el anonimato social, la huida, las fantasías religiosas, la naturaleza masculina, el sacrificio, la abnegación… Como puede apreciarse, todo un compendio del ideal femenino del régimen franquista y la ideología ultracatólica.

Presentan, además, estas novelas un juego entre fantasía y realidad que incide directamente sobre su vertiente social; y es que lanzan continuamente el siguiente mensaje: “Puede suceder; te puede pasar a ti; tu vida puede ser así de maravillosa”.

Con todo, no deja de apreciar  López Jiménez en estas novelas ciertos momentos de lo que la crítica anglosajona llama “female bonding”: la complicidad, lazo o entendimiento entre mujeres, que no llega a convertirse en hermandad ni sororidad, pues nunca supone una amenaza para la sociedad patriarcal, sino simplemente una forma de hacer más soportable la vida de las mujeres.

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Fotografía de Asun Martínez Ezketa, @esaotra

Gafas de leer moradas

Yo fui y soy un resultado exitoso de una formación académica en la que ha predominado el discurso misógino que tan bien condensaba Juan Luis Alborg en la cita arriba expuesta. En mi biblioteca, como en casi todas, escasean los volúmenes firmados por señoras y en mi intelecto todavía flotan esa condescendencia hacia las producciones femeninas y esa tendencia a denigrar el criterio literario de las mujeres.

Eso a pesar de que un día me puse las gafas moradas (ya sabéis, esas que se te quedan pegadas a la cara y ante los ojos para siempre) y empecé a interesarme, por ejemplo, por las escritoras de las que nos habla López Jiménez (Elena Quiroga, Dolores Medio, Carmen Kurtz, Concha Alós, Elena Soriano…) y por los asuntos que exponen en sus novelas (el alejamiento de los patrones de conducta supuestamente femeninos, el disgusto y el desinterés por los modelos sociales tradicionales, los anhelos de independencia, la individualidad frente al estereotipo…), y me di cuenta de que, si las hubiera conocido antes, si las hubiera leído en mis dulces y devoralibros años de juventud, habría entendido mejor los conflictos que hervían en mi interior y a mi alrededor y seguro, segurísmo, habría lucido mis gafas moradas mucho mucho antes.