Bonitos pantalones

abril 10, 2018 en Doce Miradas

Esto que os voy a contar sucedió, me sucedió, el día 25 de julio, festividad de Santiago, de 2016, a la una de la tarde, en un barrio residencial de Bilbao.

El día de Santiago suele ser  festivo en Bilbao y, como sucede en casi todos los festivos de julio, si sale soleado y espléndido, y así lo fue en 2016, Bilbao, con la excepción de unas cuantas zonas siempre bulliciosas y turísticas, se queda vacío, porque todo el mundo se va a la playa. Bueno, casi todo el mundo.

A la una de la tarde caminaba yo hacia mi casa, después de haber visitado a mi madre en la suya, por un desierto barrio de las afueras, por una amplia avenida inundada de sol. Cien metros más allá, hacia mí, por la misma acera, se acercaba un caballero de unos sesenta años, raza blanca y aspecto absolutamente correcto, vulgar y corriente. Nadie más a la vista.

Tuve un mal presentimiento. Se me vino a la cabeza esa escena de Con la muerte en los talones en la que el maléfico Hitchcock somete a Cary Grant a unos minutos de terror, no de noche, no en una callejuela estrecha y oscura, sino a pleno sol, en una despejadísima llanura. Supe que pasaría algo. Seguro que nada grave, pero algo.

Incluso protegida por mis gafas de sol, no lo miré directamente en ningún momento. Tampoco, por supuesto, cuando por fin nos cruzamos en la acera. Seguí con la vista al frente. Cuando llegó a mi altura, aquel señor dijo, en voz bien alta, nada de susurro: “Bonitos pantalones”.

No había salido yo de mi perplejidad cuando, dos pasos más adelante, ya a mis espaldas, volvió a gritar casi: “Sí, para pijama”.

Insisto en que el caballero no podía tener un aspecto más correcto ni más anodino: pantalón oscuro, camisa blanca impecable, barba entrecana bien recortada… No lo reconocería aunque lo tuviera frente a frente; y esto me perturba un poco. No era un marginal ni un outsider, sino un señor normalísimo, que tendrá su empleo, su coche, su cuadrilla de amigos con la que saldrá a potear; que tendrá esposa, hijos, hijas, nietas y nietos que no sabrán, que no podrán siquiera imaginar que su marido, su papá, su aita, su abuelito querido, su aitite, se dedica a increpar a desconocidas, aprovechando la impunidad de una calle desierta.

Sé que no se trató de un incidente grave, pero tampoco insignificante ni baladí. A mí me dejó muy mal cuerpo, una sensación de fragilidad, de vulnerabilidad, de poder ser atacada, como si aquel señor me hubiera dicho: “No te hago nada malo porque no quiero, pero podría. Me limito a molestarte. Agradécemelo”.

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Sofía Carvajal, comunicadora social y periodista colombiana, en su libro El piropo callejero: acción política y ciudadana, afirma que lo que comúnmente llamamos piropo callejero es una expresión de acoso, una valoración no consentida, a menudo agresiva y de carácter sexual, sobre nuestro cuerpo o nuestro aspecto físico en general, ejercida desde el anonimato, con una casi nula posibilidad de interacción. Coincide Carvajal con Judith Schreier al afirmar que el piropo callejero no debe entenderse como una forma de cortesía, ya que pretende fortalecer la imagen de quien lo dice, no de quien lo recibe.

El piropo pone de manifiesto una situación de privilegio del hombre sobre la mujer: un hombre puede decir lo que quiera sobre ella, con total impunidad y anonimato, en un momento, además, y esto se cumple siempre, en el que ella carece de compañía masculina, con posibilidades mínimas de ser interpelado. Porque para muchas mujeres contestar a una imprecación así es una audacia peligrosa.

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Yo no recibí un piropo, ni un halago, lo sé. Hace aproximadamente dos años, cuando me sucedió, yo ya no era una niña, ni una muchachita; ni siquiera era ya joven. Era ya lo que soy: una mujer madura. Y los pantalones eran (y son) de lo más marujis, simples y ordinarios: largos, blancos con rayas rosas; un poco pijameros, sí.

Con esto quiero decir que yo era bastante invisible. Por mi edad y mi aspecto, yo pensaba que ya me había vuelto invisible en las calles, que ya no iba a escuchar más impertinencias disfrazadas de piropo, después de haber aguantado unas cuantas en mis años mozos. Pero no. Lo que pensaba no era del todo cierto: me he vuelto invisible en cuanto objeto de deseo. Pero no como objeto de insulto, de imprecación, de dominación. Debo seguir escuchando, para que no se me olvide nunca jamás, que la calle no es mi territorio.

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El episodio, como digo, me dejó mal cuerpo y muchas preguntas. Para algunas tengo respuesta. Para otras no. Pero quiero, en todo caso, compartirlas con vosotras y vosotros.

Ahí van. ¿Habría hecho aquel señor lo que hizo si no hubiera estado la calle completamente desierta? ¿Qué empuja a un (en principio) respetable y maduro caballero a molestar a una semejante, a querer hacerla sentir mal por su aspecto? ¿Qué placer obtiene con ello? ¿Qué especie de impulso animal lo lleva a marcar el territorio del macho?

Y, en cuanto a mí, ¿qué señales vi, que no sé descifrar conscientemente, pero que me dijeron que algo iba a pasar? ¿Qué vivencia acumulada puedo tener para saber cuándo estoy (aunque sea solo un poquito) en peligro?

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Para terminar, os contaré que a veces me han entrado ganas de deshacerme de los pantalones, porque ahora los miro y me parecen de verdad un maldito pijama.

Pero no. Me los quedo, aunque en ocasiones me despierten este recuerdo desagradable y me provoquen un repeluzno. Me los quedo, me los pongo y me quito los demonios de encima escribiendo este articulito y compartiéndolo. Gracias.

8 de marzo de 2018, qué maravillosa sorpresa

marzo 13, 2018 en Doce Miradas

Este 8M no lo olvidaremos nunca. Los días previos ya se oía una música distinta a la de ediciones anteriores. Y tú, ¿qué vas a hacer el 8 de marzo?, empezábamos a preguntarnos unas mujeres a otras. Se intuía algo, pero tal vez fueran las ganas que teníamos. Cómo saberlo. Cómo imaginarlo siquiera.

En la concentración de las 12.00h, en la plaza Elíptica de Bilbao, ya nos quedó claro a las que allí estábamos que este no iba a ser un Día Internacional de las Mujeres más. La plaza estaba llena a rebosar de mujeres muy jóvenes que acababan de cruzar con paso decidido las puertas de colegios, ikastolas, institutos,  universidades… Se dice que la mayoría tomamos plena conciencia del machismo al entrar en el mercado laboral, pero se ve que estas jóvenes perspicaces ya se huelen algo desde la edad escolar. Lo mejor es que había mujeres de todas las edades. Mujeres hartas de encontrarse techos de hormigón o de cristal en el mejor de los casos. Mujeres cansadas de lidiar solas con la crianza, con la intendencia doméstica. De preparar meriendas, proveer mochilas, llevar a los niños al médico, asistir a las reuniones escolares, cuidar a ese familiar enfermo o a esos padres que han dejado de ser autónomos. Hartas de la violencia machista, que anula, aterroriza y mata. También había mujeres mayores, septuagenarias, octogenarias y más, veteranas de otras batallas, que no pensarían verse a esas alturas teniendo que reivindicar la igualdad. Esas mujeres lloraban de emoción, tras muchas manifestaciones en las que hubo muy pocas manos sujetando las viejas pancartas. Y también algunos hombres que, en un prudente segundo plano, participaron del gran día.

Porque en el siglo XXI la igualdad tendría que estar más que conseguida. Pero no lo está. Eso es lo que muchas feministas venimos diciendo desde hace tiempo. Por eso fue tan emocionante ver el jueves a tantas mujeres pidiendo la igualdad real. Fue como un despertar. Sentirnos unidas da mucha fuerza. Saber que no somos una minoría clamando solas en el desierto. Qué alegría constatar además que hay relevo. Ver a tantísimas jóvenes concienciadas que recogerán el testigo. Este 8M la palabra sororidad desplegó todo su significado en las calles y plazas.

8M: el whatsapp de Doce Miradas

De izda a dcha: Pilar junto a sus hijas, Lorena y una compañera de trabajo en la Universidad de Deusto, María junto a sus compañeras de oficina de Deusto.

De izda a dcha: Pilar junto a sus hijas, Lorena y una compañera de trabajo en la Universidad de Deusto, María junto a sus compañeras de oficina de Deusto.

Y el día todavía fue a mejor. En las manifestaciones convocadas para la última hora de la tarde, las ciudades volvieron a desbordarse de mujeres que queremos un mundo más justo. Fue una jornada memorable que las Doce Miradas vivimos en una montaña rusa de emociones. El grupo de whatsapp sonaba cada poco. Noemí Pastor comenzaba el día diciendo que estaba expectante, pegada a Twitter. Miryam Artola nos anunciaba que sus criaturas de Muxote Potolo Bat también hacían huelga. “No hay dibumensaje de MuxotePotoloBat. First time en 7 años. Toma ya!”. Lorena Fernández compartía sus nervios con todas, “esos nervios que te entraban de pequeña cuando en el cole te llevaban de excursión”“Qué subidón, qué intenso”, se emocionaba Noemí Pastor. Lorena enviaba su foto de la concentración en la Universidad de Deusto, con la pancarta “Nos quitaron tanto que acabaron quitándonos el miedo”. María Puente enviaba fotos del ambiente en la plaza Elíptica de Bilbao. “No sé cuánta gente dirán que había, pero ha sido emocionante”. Ana Erostarbe confesaba que le habían caído “unas lágrimas viendo el telediario” y reenviaba una foto del desnudo frente al Buen Pastor.

De izda a dcha: Ana con su hijo, imagen de la manifestación de las 20.00h en Bilbao, Naiara con su hermana, las hijas de Pilar junto a sus amigas.

De izda a dcha: Ana con su hijo, imagen de la manifestación de las 20.00h en Bilbao, Naiara con su hermana, las hijas de Pilar junto a sus amigas.

Horas después, foto con su hijo, “New generation”, decía. Pilar Kaltzada, esperaba la llegada de sus hijas en el centro de Bilbao y nos informaba: “No sé cuántas, pero son ‘cienes y cienes’. Mujeres sentadas en Jardines de Albia, lazos lilas y ropa negra por todas partes. Es muy emocionante ver esta marea”.  Lorena preguntaba: “¿Habéis visto esto? Qué día tan emocionante”, decía al compartirnos una noticia de Cuatro en la que se escuchaba el cántico de miles de mujeres en Bilbao. Pilar: “¡Mucho! Hoy están pasando cosas, por fin!”. Lorena: “Joder, que Bilbao sale hasta en el New York Times”, y nos enviaba la noticia. Pilar enviaba foto de sus hijas junto a las amigas con pancartas ‘sutiles’. ¡¡¡Qué grandes!!! Christina Weickmeister aplaudía a las nuevas generaciones. Por la noche, Arantxa Sainz de Murieta: “Ozu, Bilbao es un borbotón”. Y fotos y más fotos de la marea de mujeres. Miryam Artola se nos emocionaba desde Canarias, en donde estaba por trabajo: “La manifa movilización más multitudinaria… la de Bilbao, pues!!!”. Arantxa publicaba una noticia de La Vanguardia que afirmaba que ‘Seis millones de trabajadores secundan la huelga feminista según los sindicatos”. ¿En serio? ¿Trabajadores? ¿Ni siquiera el 8M podían decir ‘trabajadoras’? “No he visto en mi vida nada igual”, añadía impactada por la marea. Naiara Pérez de Villarreal posteaba foto con su hermana en la manifestación de Bilbao “Qué emoción chicas. Ha sido un día precioso. Me da pena que acabe…”. Lorena: “Estoy que no podré dormir”.

Fotografías de las manifestaciones del día y de la noche, así como un dibujo de Miryam Artola, con la emoción del momento.

Fotografías de las manifestaciones del día y de la noche, así como un dibujo de Miryam Artola, con la emoción del momento.

El día después: queremos consecuencias

Muy grande este Día Internacional de las Mujeres. Marcará un antes y un después. Tiene que hacerlo. Esto da más fuerza para reclamar medidas de igualdad. Da poder. Se empezó a notar incluso antes. Los partidos políticos que mostraron su renuencia o rechazo a la huelga feminista en los días previos empezaron a recular justo antes del 8M, cuando se intuía que venía algo grande. El 8M y el 9M se manifestaban públicamente como feministas convencidos. Nadie se quiere quedar sin subirse a este carro. Y es que en esas calles había muchos votos y eso no se le escapa a la clase política. Allí no había cuatro piradas, como suelen llamarnos a las feministas, ni ‘doce miradas’. Fueron millones. Al margen de las motivaciones de estos partidos políticos conversos, bienvenidos sean al carro si eso se traduce en avances para la igualdad. Porque ahora estamos esperando. Queremos ver consecuencias al 8M. Ante la desigualdad salarial ya no es posible decir “No nos metamos en eso ahora”. Presidente Rajoy, hay que meterse en eso. Ahora. Es un clamor. Lehendakari Urkullu, las manifestaciones en Euskadi en general y en Bilbao en particular fueron de las más multitudinarias. También hay una pelota gigante en su tejado. ¿La siente? ¿Ha tomado nota?

A vosotras, enhorabuena y un regalo de Miryam Artola

A todas las mujeres que salisteis a la calle o que seguisteis los acontecimientos con emoción y esperanza aunque no pudierais ir, enhorabuena. Juntas, hemos conseguido algo grande. No todos los días se hace historia. Ahora sabemos que unidas podemos conseguirlo. Felicidades. Disfrutemos de esta dulce victoria, sin aflojar la presión. Para todas vosotras, este regalo homenaje de nuestra ‘mirada’ artista Miryam Artola.

Somos

Somos las que nos trajeron hasta aquí. La lucha, el sacrificio, la convicción.
Somos todas a las que nos mataron.
Somos rojas, blancas, negras, tostadas, amarillas… algunas somos un poco verdes. Y todas, todas, somos lilas.
Somos hermanas, hijas, sobrinas, viudas, esposas. Y somos las amigas, las primas, las tías, las amantes. Somos las “ex”. Somos las abuelas. Somos las amonas.
Somos nuestras contradicciones y nuestras incoherencias.
Somos nuestras verdades y cada una de nuestras certezas.
Somos las que marchamos. Las que paramos. Las que caminamos. Las que cantamos. Las que no nos rendimos.
Somos diferentes.
Somos diversas.
Somos las que nos sentimos reconocidas. Las que nos queremos. Las que nos respetamos. Las que nos luchamos.
Somos.

Somos feministas.

El 8 de marzo las mujeres paramos – Martxoaren 8an emakumeok planto

marzo 6, 2018 en Doce Miradas

Sin post debido a la huelga global de mujeres

 

 

Nos sobran razones

febrero 27, 2018 en Doce Miradas

La huelga feminista convocada para el próximo 8 de marzo no tiene precedentes para la mayoría de los 177 países en los que se ha instado a la participación. Esta huelga es un llamamiento a todas las mujeres, con trabajo remunerado o invisible, como protesta ante las desigualdades, las injusticias y las barbaridades que sufrimos las mujeres por cuestión de género, y la falta de compromiso político para impulsar los cambios urgentes y necesarios en modelos sociales que siguen siendo, a pesar de los avances, visiblemente machistas. Una falta de compromiso que se hace explícita en cinco simples palabras: ‘No nos metamos en eso’. A ver si aciertan quién las pronunció.

La convocatoria del próximo 8 de marzo se viene fraguando desde mayo de 2017, el día en el que se produjo el Paro Mundial de Mujeres, impulsado desde Argentina, y secundado en más de 50 países y 200 ciudades alrededor del mundo para visibilizar la violencia machista, en todas sus expresiones, al grito de ‘nos queremos vivas’. La inspiración para el llamamiento de la próxima semana viene de Islandia, donde el 24 de octubre de 1975 tuvo lugar un evento sin precedentes. Como apuntaba Ana Erostarbe en Talkin’ bout a Revolution, nueve de cada diez mujeres fueron a la huelga para protestar por las desigualdades en el empleo y en el hogar. Bancos, fábricas, comercios y escuelas tuvieron que cerrar y los hombres acudieron con sus hijos e hijas al trabajo. Aquel viernes cambió la historia del país y provocó un movimiento que culminó, cinco años después, con la primera mujer presidenta de un país europeo.

El impulso de aquellas mujeres resultó un punto de inflexión que todavía resuena; las mujeres islandesas fueron capaces de organizarse y poner en el primer renglón de la agenda política y social la importancia de su trabajo, remunerado o no, y la efectividad de una estrategia colectiva para impulsar los cambios. Si nosotras paramos, el mundo se detiene; si nosotras paramos emerge la infinidad de trabajos que son imprescindibles, que no se pagan, que permanecen invisibles y que recaen, mayoritariamente, en las mujeres.

Los avances y las conquistas sociales no vienen solas. El 8 de marzo nos sobran razones para cruzar los brazos. Nos sobran razones para no quedarnos de brazos cruzados ante la desigualdad, la injusticia o la violencia machista. Nos sobran razones para entrecruzar los brazos y tejer redes. Nos sobran razones para repensar el modelo actual de convivencia, de trabajo, de enseñanza, de consumo y de cuidados.

Esta huelga es feminista, es una huelga de mujeres que reclamamos las mismas oportunidades que tienen nuestros compañeros; es una acción colectiva, un plante ante un modelo de convivencia en el que cada semana nos faltan mujeres víctimas del asesinato machista -57 mujeres en 2017- y en el que tiene cabida la violación, el acoso, el maltrato o la explotación sexual y que se resigna ante el hecho de que las mujeres aprendemos a tener miedo como aprendemos a caminar -lecciones que recordaba Pilar Kaltzada en ‘Se llamaba Manuel’-.

Un modelo que permite que una mujer cobre hasta un 30% menos que un hombre solo por una cuestión de género, según el informe Gestha. Una brecha que se acentúa entre los 26 y 45 años, periodo de maternidad y crianza, y que incrementa con la edad -las mujeres ocupadas mayores de 65 años cobran un sueldo por debajo de la mitad que los hombres de su misma franja de edad- y en la jubilación.

Un modelo que sostiene y apuntala los techos de cristal -solo un 26% de los puestos directivos están ocupados por mujeres- y tolera el tratamiento sexista, mientras sigue silenciando a las mujeres en los libros, la literatura, los medios de comunicación, los congresos o la representación pública.

Un modelo que no considera los cuidados como un bien social de primer orden y mira hacia otro lado mientras las mujeres seguimos dedicando casi 27 horas a la semana a trabajos no remunerados relacionados con los cuidados y las tareas del hogar -frente a las 14 horas que dedican los hombres-.

Un modelo que no atiende a reformas educativas que eviten que, hoy en día, un 29% de los jóvenes considere aceptable o inevitable controlar los movimientos y horarios de su pareja, impedir que estudie o trabaje y ordenarle lo que tiene que hacer.

¿De verdad queremos mantener este modelo de convivencia? No estoy segura de que la respuesta sea clara. Exigimos, sí, exigimos cambios urgentes; los hemos exigido antes del 8 de marzo y también lo haremos después, pero este día nos sobran razones para detenernos y pensar en colectivo. Yo estaré, junto a millones de mujeres, cruzando brazos para poner fin a las excusas que sostienen tanta injusticia.

Mi nombre es un campo de batalla

febrero 13, 2018 en Doce Miradas

La lucha de las mujeres por la igualdad en derechos y oportunidades se ha librado en muchos terrenos, también en el del lenguaje, de lo cual hemos dado sobrada noticia en este blog: en uno de los primerísimos artículos que publicamos y en posteriores.

Un terreno de lucha anidado en el del lenguaje es de los nombres y los tratamientos, tremendamente ligados a la forma de estar en la sociedad. De ello también nos habló en Doce Miradas Toño Fraguas.

Hoy me quiero fijar en la lucha de las mujeres norteamericanas, que vienen peleando al menos desde el siglo XIX para que su identidad no se diluya con el matrimonio y para superar una presencia social en exceso marcada por el hecho de estar o no casadas. Esa lucha la he concentrado en dos nombres: Lucy Stone y Sheila Michaels.

 

Lucy Stone

Lucy Stone nació en el estado de Massachussets a comienzos del siglo XIX y murió en Boston a finales. Con veintiún años ingresó en la Universidad de Ohio, la primera de EEUU que admitió alumnado afroamericano y femenino. Stone fue la primera mujer de Massachussets que obtuvo un grado académico. Eso fue en 1847.

Retrato de Lucy Stone c. 1840-1860. Wikimedia Commons.

Tres años después, en 1850, Stone contrajo matrimonio con Henry B. Blackwell, activista antiesclavista, como ella, y se dio de bruces contra la tradición que obligaba a las mujeres casadas a dejar de usar su apellido familiar y adoptar el de su marido. Para Stone esto significaba una anulación legal de su identidad, de manera que, tras su matrimonio, siguió firmando su correspondencia como “Lucy Stone” o “Lucy Stone-only”.

Meses después de su boda tuvo que registrar una propiedad a su nombre y el registrador insistió en que debía firmar como “Lucy Stone Blackwell”. Entonces Stone pidió consejo legal a un abogado de Cincinnati, Salmon P. Chase, quien más tarde se convertiría en juez del Tribunal Supremo. A Chase le llevó ocho meses elaborar una respuesta sobre la legalidad de los apellidos femeninos, así que, mientras tanto, Stone firmó como “Lucy Stone” su correspondencia privada y como “Lucy Stone Blackwell” sus documentos públicos.

Chase concluyó que no existía ninguna obligación legal para que una mujer cambiara su apellido al casarse y el 7 de mayo de 1856, en la convención de la Sociedad Americana contra la Esclavitud que se celebraba en Boston, Lucy Stone anunció que a todos los efectos seguía llamándose Lucy Stone.

Murió en Boston en 1893, el mismo año en el que se aprobó una enmienda de la Constitución que otorgaba el derecho al voto a las mujeres de algunos estados de la Unión. En el Memorial de las Mujeres de Boston hay una estatua en su recuerdo. Aparece junto a Phillis Wheatley y Abigail Adams.

En 1921 la escritora y activista Ruth Hale fundó en Nueva York la Liga Lucy Stone, una organización en favor de los derechos de las mujeres cuyo lema rezaba “Una esposa no tiene por qué adoptar el apellido de su esposo, de la misma manera que él no tiene por qué adoptar el de ella. Mi nombre es mi identidad y debo conservar ambos”.

La Liga Lucy Stone ha tenido miembras tan ilustres como la bailarina Isadora Duncan, la aviadora Amelia Earhart o la antropóloga Margaret Mead. Desde su fundación ha desaparecido y vuelto a aparecer varias veces en el panorama público norteamericano. Su última resurrección se produjo en 1997, con página web y todo: www.lucystoneleague.org.

 

Sheila Michaels

En 1901 el periódico The Sunday Republican, de Springfield, Massachussetts (parece que todo pasa en Massachussetts, ¿no?), publicó una carta enviada por un lector anónimo que probablemente sería una lectora anónima, puesto que ya sabemos que “anónimo” ha sido históricamente nombre de mujer.

Pues bien, esta persona anónima proponía rescatar del acerbo de la lengua inglesa una forma nacida en el siglo XVII, Ms., como tratamiento para todas las mujeres, a fin de superar, así, la impertinente distinción entre solteras (Miss) y casadas (Mrs.), distinción que no se practicaba en el caso de los varones desde que la forma master, antiguo tratamiento para hombres jóvenes o solteros, cayera en desuso en fechas, al parecer, no muy lejanas.

La propuesta no tuvo demasiado éxito. En las décadas siguientes el uso de Ms. solo apareció recomendado en un par de manuales de redacción de correspondencia comercial.

A finales de la década de 1960 solo algunos grupos marxistas norteamericanos utilizaban internamente el tratamiento Ms. De ahí le llegó a Sheila Michaels la noticia de su existencia: su compañera de piso recibía periódicamente por correo la revista News & Letters, la cual se dirigía a sus suscriptoras con el indistinto tratamiento Ms.

Michaels era una activista feminista y pro derechos humanos que había nacido en Missouri y trabajado en Nueva York, donde murió el pasado mes de junio de 2017 a los 78 años.

Sheila Michaels en la década de 1960. Wikimedia Commons.

La madre y el padre de Michaels no estaban casados y su padrastro no la adoptó ni le dio su apellido. Ella intentaba encontrar un tratamiento social acorde con su situación, ya que no podía usar el apellido de ningún padre y no deseaba tampoco utilizar el de ningún marido.

En 1969, como decimos, supo de la existencia de Ms., dos años después relanzó la antigua propuesta en un programa de radio y, en adelante,  se dedicó a promover su uso.

La propuesta de Michaels llamó la atención de la escritoria y activista Gloria Steinem, quien en 1972 decidió llamar Ms. a su influyente revista (www.msmagazine.com), cuya popularidad contribuyó sin duda a extender el uso del tratamiento.

En febrero de ese mismo año el Departamento de Publicaciones del Gobierno de los EEUU aprobó la utilización de Ms. en sus documentos oficiales.

 

Y después ¿qué?

Pues después, poco más. En 1977 la Marvel presentó a una nueva superheroína, llamada Ms. Marvel, como “the first feminist superhero”. Ms. Marvel ha logrado sobrevivir, tras sucesivas reencarnaciones, hasta 2015.

En 1984 Geraldine Ferraro fue candidata a la vicepresidencia de los EEUU con su apellido familiar, ya que estaba casada con un hombre llamado Zaccaro.

También Hillary Clinton utilizó su apellido de soltera, Rodham, mientras ejerció como abogada. Pero, en cuanto su marido se lanzó a la carrera hacia la Casa Blanca, se convirtió en una Clinton, probablemente porque sabía que su decisión no sería comúnmente aceptada por el electorado.

Lo cierto es que, más que una obligación legal, la utilización del apellido conyugal es una tradición, bien arraigada sobre todo en países de habla inglesa, que curiosamente ha adquirido vigor a partir del siglo XX e incluso se ha implantado con fuerza en territorios donde no era norma.

Es lo que ha sucedido, por ejemplo, en Escocia, donde hasta el siglo XX las mujeres casadas conservaban su apellido de soltera y, sin embargo, actualmente es del todo normal cambiarlo por el de la familia del esposo.

Algo similar ocurre, ahora en otro idioma, en Francia y en el Canadá francófono: la ley ampara a las mujeres que desean seguir utilizando a todos los efectos su nombre de nacimiento, pero ofrece la oportunidad (también a los hombres) de asumir el apellido del cónyuge. Como bien sabemos, es habitual que lo hagan las mujeres y muy muy raro que lo hagan los hombres.

Con todo, en Gran Bretaña parece que la tendencia retrocede: exactamente, en 20 años, un 40 % de las mujeres casadas ha dejado de hacerlo, según el Eurobarómetro.

Quiero acabar, pues, este artículo con ese dato esperanzador y con el deseo de que las mujeres consigamos resolver también este conflicto de nuestros nombres, para que estos sean reflejo de nuestra identidad y no, como decía Dale Spender, que nos lleva de regreso a la metáfora “territorial” del comienzo, simples “marcadores de lugar”.

Se llamaba Manuel

enero 30, 2018 en Doce Miradas

Yo no era la Amanda que le esperaba a la salida de la fábrica, como imaginó Víctor Jara. Esta historia no tiene nada que ver con aquella.

Se llamaba Manuel, y tendría no más de 15 años, porque era repetidor y estaba en el curso inferior, y yo a punto de  aventurarme en el inescrutable mundo del bachillerato. Se llamaba Manuel, y de entre todos los alumnos y alumnas de aquella época, recuerdo su nombre, porque cada mañana se me acercaba, confiado, de frente, me miraba y acompañado del coro de risas de sus compañeros, me llamaba puta. Cada mañana. Manuel.

Buscando mis respuestas

Me llevó un tiempo responderme a las dos preguntas clave: ¿Por qué a mí? ¿Por qué “puta”?

Aunque ahora resulte obvio, aunque nuestra capacidad de entender nos devuelva inmediatamente la respuesta, no fue fácil. Durante tiempo quise comprender, y resolver, los motivos que desencadenaron la especial inquina contra mí, para salir de aquello, para no merecerlo. Sin ser capaz de entenderlo, la lección fue otra bien distinta: entendí claramente que me convenía evitar a Manuel en los pasillos, y aprendí a llegar a clase antes que él, o después; a esperar hasta que él salía al patio para ir hacia otro lugar, a mirar siempre antes de entrar o de salir.

Aprendí a tener miedo a alguien que simplemente quiso experimentar su capacidad de dominar. Contra mí.

Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que llegué a entender que aquello fue aleatorio, que me tocó a mí, pero que le podría haber sido (tal vez así ocurrió) a cualquier otra.

Si queremos entender la dominación, hay que buscar las claves en los verdugos, no en las víctimas.

Lo de “puta” me llevó todavía más tiempo. De hecho, acabo de entenderlo, como quien dice. Leyendo “La creación del Patriarcado”, de Gerda Lerner, empiezo a ver a qué responde esa obsesión por todo lo sexual. Y entiendo mejor a qué se refería Freud cuando dijo que “el destino de las mujeres es su biología”.

El uso y el control físico y simbólico de la sexualidad de las mujeres es uno de los renglones torcidos en los que se ha escrito la Historia de la Humanidad, que tantas veces se asimila, erróneamente, con la Historia de los Hombres. “La sexualidad de las mujeres, es decir, sus capacidades y servicios sexuales y reproductivos, se convirtió en una mercancía necesaria, un recurso para afianzar o debilitar el poder de las comunidades”, dice Lerner.

Ellos comerciaron con la sexualidad, la catalogaron como decente o indecente en función de sus intereses; nos colocaron a un lado o al otro de la línea, pero siempre sobre la misma base: si nuestro cuerpo es lo que nos da valor social, ese cuerpo y su uso nos definen, y ellos lo convierten en nuestra identidad.

“Puta” es un insulto en boca de los abusadores, y es también la reminiscencia del pensamiento que, durante siglos, ha establecido lo correcto y lo incorrecto, siempre sobre la base de los servicios sexuales que las mujeres estamos llamadas a prestar. Será decente (y gratis) dentro de la unidad de la familia y con el objetivo de procrear. Y será marginal (y bajo precio) en el resto de los casos.

Llevado al extremo, no parece tan absurda la distopía de Margaret Atwood, The Handmaid’s Tale, ¿verdad? Un sistema social, político y económico organizado sobre el mercadeo reproductivo: ellas criadas al servicio de la procreación, ellos al mando.

Ni el propio Manuel lo sabía, pero siglos de dominación brotaba de su boca cada mañana.

Las mujeres, decía Simone de Beauvoir, no tenemos Historia. Tal vez si la conociésemos más y mejor seríamos capaces de enfrentarnos a la inercia que hace que se repita una y otra vez.

Lección aprendida

Las mujeres aprendemos a tener miedo como aprendemos a caminar: al principio sin saber bien qué hacer con esa sensación de vértigo, y al poco tiempo, casi de forma automática, a paso ligero a través de nuestros terrores.

Aprendemos cuando súbitamente, un verano, nos colocan una pieza superior en el bikini porque “los chicos nos miran”; una no entiende nada, salvo que ese cuerpo que aún ni ha descubierto es un territorio aparentemente peligroso.

Perfeccionamos ese miedo cada vez que tenemos que decidir qué calle tomar para regresar a casa. Cada vez que pedimos a un amigo que se quede esperando hasta que entremos al portal, a salvo (aparentemente).

Cada vez que nos toca organizarnos para volver a casa, y lo hacemos como quien se prepara para el desembarco de Normandía, estudiando posibles vías de ataque y alternativas para la huida.

Ese miedo es imperceptible para muchos hombres. Muchos han tomado conciencia de él, y aun a riesgo de generalizar, y ser injusta, diría que lo han hecho gracias a las mujeres próximas, a sus amigas, hermanas, parejas, compañeras. Que no se han puesto las gafas: se las hemos ido colocando nosotras, con el discurso constante que tantas veces tanto les incomoda.

Hace unos días encontré esta reflexión en Twitter; creo que ilustra bastante bien a qué me refiero.

 

 

 

 

 

 

 

 

Me gustaría saber qué ha sido de Manuel. Imagino a veces lo previsible, pero quiero pensar que los caminos que se trazan en la vida avanzan hacia cruces, y que es posible cambiar la dirección.

Es posible que él también quiera saber de mí. Que le interese saber si continué siendo tan cobarde, o si depuré mis tácticas de escape; si, en definitiva, aquello me hizo aprender.

Si por casualidad lees esto, Manuel (vale, es harto improbable que un joven así acabe en un blog feminista, pero quién sabe) te gustará saber que, en efecto, aprendí a tener miedo.

Punto para ti.

Pero no te envalentones: no fue mérito exclusivo tuyo. Llevamos siglos sintiendo miedo, aprendiendo a volar con un ala menos, caminando por la mitad de la calle, durante la mitad de las horas, con la mitad de las fuerzas que se necesitan para soñar.
Los Manueles de nuestras vidas tienen nombre, pero hay otros muchos anónimos.
Los que recordamos son solo la punta del iceberg de un aprendizaje cuasi universal.

Bonnus Track.

Esta cuestión del abuso entre las y los jóvenes no es una preocupación nueva, y está escalando posiciones en todas las agendas educativas. Afortunadamente. Como todos los fenómenos sociales y culturales, es necesario enfocarlo también desde la perspectiva de género, porque solo mirándolo (también) con las gafas lilas podremos llegar a entender, y atacar, su dimensión real.
Por dejar una nota positiva, diría que, entre otros motivos a raíz de la popular serie “13 Reasons Why” de Netflix, y gracias sobre todo a su éxito entre las y los adolescentes, las implicaciones del Bullying escolar desde la perspectiva de género están incorporándose en los programas de sensibilización y formación para hacer frente al abuso en los centros escolares.
Punto para el resto, Manuel.

Tres mujeres ‘solitas’ tomando café

enero 16, 2018 en Doce Miradas

El otro día, mientras tomaba café con dos compañeras de trabajo, como hacemos habitualmente a media mañana, se nos acercó otro compañero y nos dijo: “¿¡Qué hacéis aquí tan solitas las tres!?”. Cuando se marchó, les comenté a mis compañeras que nosotras no estábamos ‘solitas’, no fuera a ser que se lo hubiesen creído. ¿Desde cuándo tres mujeres juntas están solas? A ellas les sorprendió mi comentario y al principio no entendían a qué me refería y eso que están acostumbradas a mi escrutinio de gafas violetas. Lo cierto es que yo también tardé un rato en reaccionar. De hecho, no lo hice. Para qué. Como hemos comentado tantas veces en este blog, hay que elegir las batallas y no te puedes vaciar con cada comentario machista que escuches. En este caso, además, no había mala intención, tan ‘solo’ ese machismo que vive agazapado en casi todas las personas y del que muchas veces ni siquiera somos conscientes. Como remate, cuando el compañero regresó a su mesa, me fijé en que estaba con otros dos hombres. ¿Estaban también ellos tres solitos?

No, ellos nunca están solitos. A nadie se le ocurriría. Las mujeres en cambio sí lo estamos, al parecer. ¿Qué cambiaría nuestra circunstancia? ¿Añadir un hombre a nuestro grupo o bastaría con sustituir? Así, dos mujeres y un hombre ya no serían considerados ‘solitos’. A una mujer con un hombre,  tampoco. Todo tan mínimo, tan sutil y sin embargo, ahí está ese grumo enorme en la leche del café: la desigualdad. Porque el mensaje es que la presencia de un hombre, lo cambia todo. Para mejor. Su presencia o ausencia modificaría la naturaleza de nuestro grupo hasta tal punto.

Ya metidas en cafeína, llegamos a otra gran cuestión prima hermana de esta: una mujer sola en un bar. Temazo. A estas alturas parecería un asunto superado y, sin embargo, persiste en el siglo XXI, grande y on the rocks. Me disgusta reconocerlo, pero sigue sin ser muy frecuente ver a una mujer sola en un bar. Vale, hay algunas excepciones:

  • El bar o cafetería en donde te tomas a diario un café en la pausa del trabajo, en donde ya te conocen y hasta te ponen tu consumición sin pedirla.
  • Cuando has quedado en un bar y llegas la primera. Incluso así, es muy habitual en las mujeres esperar fuera. Y si te encuentras con alguna persona conocida te apresuras a justificarte enseguida: “es que he quedado con unos amigos y se retrasan, etc”. No vayan a pensar que ando por los bares sola.
  • Cuando estás sola en una ciudad que no es la tuya, por lo general por motivos de trabajo, y entonces toca muchas veces desayunar sola, comer sola, cenar sola.

Exceptuando estos casos, y despejando de la ecuación el café, la comida y material de trabajo + portátil sobre la mesa, parapetos que aportan una ‘coartada digna’, una mujer sola en un bar por la tarde o la noche, tomándose un caña o un gin-tonic, entraría casi en la categoría de Stranger things. Pensando, pensando, me acordé de las degustaciones de otros tiempos. ¿No se inventaron para eso? La ‘degus’ era ese lugar respetable al que podían acudir las mujeres solas sin ser mal vistas.  O acompañadas de otras mujeres. Era frecuente, en los 70 y 80, que las amas de casa fuesen a la degustación después de llevar a su prole a la parada del cole. Pero, ¿servían alcohol o solo café y refrescos? ¿Alguien se acuerda?

Foto: Karramarro.

Foto: Karramarro.

 

Porque ¿qué pinta una mujer sola en un bar cuando se acerca la hora bruja? De ella se piensa que va buscando algo. Y por algo se entiende un hombre. Que tampoco tendría nada de malo, pero a lo mejor solo quiere beberse un vino, tranquila, sin que nadie la aborde, sumida en sus pensamientos, observando a la gente y viendo la vida pasar. Si se le acerca alguno preguntando  “¿Qué haces aquí tan solita?, no podrá quejarse. Quién le manda ir sola a un bar. Si después, a esa mujer le sucediese lo peor, como una violación, su ‘desaparición’ o su asesinato, en las pesquisas y juicio posteriores saldría a relucir que momentos antes había estado sola en un bar. Pero no como un dato circunstancial más. No como si hubiera estado visitando la última exposición del Bellas Artes, sino como un dato que arroja una sombra de sospecha sobre ella. Descrédito y reputación en entredicho. Pero… un momento. ¿Cómo es posible? Estábamos en un bar, tomando una cerveza tan a gusto, y acto seguido estamos hablando de crímenes. Por qué será.  ¿Tal vez porque lo que estamos viviendo en los últimos tiempos nos afecta? El tratamiento a la víctima en el juicio de ‘la manada’, los comentarios injuriosos sobre Diana Quer…

Los móviles hoy en día ayudan mucho, comentaban mis compañeras de café. Y es cierto. Consultas cualquier cosa en tu pantalla y parece que estás ocupada y menos sola. Menos expuesta. Sin embargo, cuando observo a hombres solos en los bares, les veo cómodos. En su hábitat. Se manejan con una libertad envidiable. Los bares son para mí un lugar de encuentro con amigas y amigos, con familia, un espacio para socializar. No tengo un particular afán por ir sola. Pero parece que existe una barrera invisible para que una mujer vaya sola a un bar. Un impedimento no escrito, tácito. Y no me gusta. Aparquemos de momento  la luna y el planeta rojo porque tenemos una misión aquí, en el bar. EL BAR. Un pequeño paso para la mujer y un gran paso para la humanidad. La NASA no lo sabe, pero a las mujeres nos quedan muchos espacios por conquistar aquí abajo. ¿Qué tal un ejercicio práctico como deberes de empoderamiento femenino? Entrar solas en un bar, pasadas las siete de la tarde, y tomar una cerveza. Chin-chin. Perdón, en este caso, solo ‘chin’.

Deseos para este 2018

enero 4, 2018 en Doce Miradas

Desde Doce Miradas deseamos que este 2018 sea diferente.
Estos son nuestros deseos:

  • Que no tengamos que usar nuestro logo en negro nunca más.
  • Qué no permita que ellos tengan todos los días a estrenar y a nosotras nos falten las horas. ¡Que no falte ninguna!
  • Que cada vez que un hombre grita puta, zorra, fea, gorda o inútil un rayo de cómic lo borre del cuento.
  • Que el machismo sea considerado una enfermedad peligrosa por la OMS y se invente la vacuna
  • Que los chistes machistas provoquen graciosas caries a quienes los cuentan
  • Que todas las personas seamos feministas (y así nos ahorramos todo lo anterior).

¿Qué más añadirías tú?

Los 7 principios de la mujer empoderada

diciembre 19, 2017 en Doce Miradas

Con 15 años, cayó en mis manos el texto de Desiderata, fechado en 1692 y encontrado en una vieja iglesia de la ciudad de Baltimore. El recorte de aquella revista decoró las paredes de mis sucesivas habitaciones durante años. Y aunque -como descubrí tiempo más tarde- el poema había sido, en realidad, escrito por un autor nacido bien entrado el siglo XX (cuya vida, muy probablemente, no fue tan sabia como sus palabras), sus enseñanzas fueron igualmente compañeras de mi juventud.

Pensando en todo ello, venía hace unos días a mi mente la idea de este post. Nacía la intención de recoger en forma de “principios” las lecciones que en estos años he ido sumando en relación con esto de vivir en el mundo y, más concretamente, con esto de hacerlo como mujer. Ni que decir tiene que algunos de estos principios son aspiracionales para mí. Que poco cuesta desear, y algo más ya, conseguir… Sirvan, en todo caso, para reflexionar en abierto en Doce Miradas y compartir.

 

1.  QUIÉRETE. Si no los haces tú, no esperes que lo hagan por ti.

No esperes que el reconocimiento a tus bondades venga de los demás. Esfuérzate por reconocer tus logros con la misma rapidez con la que admites tus faltas. Si te quieres bien y estableces objetivos ambiciosos (y realistas), te costará mucho menos avanzar con paso firme en la vida. Aprende también a reconocerte en público. Estar orgullosa de tus méritos es algo bueno y la modestia y la discreción son frenos aprendidos, y nada inocentes.

2. CONSTRUYE TU PROPIA IMAGEN. No hay otra como tú.

Recuerda que vives en una sociedad cuyo ideal de mujer no te hará feliz. Porque no eres un retrato robot. No eres un producto. Aunque la industria se empeñe en categorizarte, segmentarte, dibujarte, recortarte y bombardearte con ideales imposibles, eres una persona. Individual y única. Por eso, cuando vayas a quejarte frente al espejo de esto o de aquello otro, recuerda que hay quien hace dinero con tu insatisfacción y que la falta de confianza, te frena. La juventud, es efímera. La belleza, no.

3. CUIDA DEL CÍRCULO. Aprovecha el regalo.

Hemos escuchado tantas veces que no somos buenas entre nosotras, que a menudo repetimos el mantra sin cuestionarlo. Bien, no es cierto. Cuando por fin tomas conciencia de en qué consiste la sororidad, comprendes también el enorme regalo que supone ser parte de un círculo que compartes con el resto de mujeres (madres, hermanas, hijas, amigas y también desconocidas). Una comunidad en la que hay escaleras humanas y generosidad, y muchas risas, y… No, no somos malas entre nosotras.

4. ABRE LOS OJOS AL MACHISMO. Comparte la carga.

Desde que el mundo es mundo, las mujeres hemos estado infravaloradas. No cometas el error de pensar que es cuestión de tiempo que las cosas cambien a mejor. Porque solo es cuestión de acción. Échate sobre la espalda el cansino rol que han llevado otras antes que tú para que todas avancemos. Cuantas más, mejor. Cuantas más, más rápido… Haz tuyo el papel de mirar de forma crítica, el de encontrar la desventaja donde habrá quienes vean tradición. Y apunta con el dedo la inconveniencia… Sé tú el cambio que quieres para el futuro.

5. CONQUISTA NUEVOS TERRITORIOS. Cada paso cuenta.

Son muchos los territorios que nos quedan por ocupar. Y queremos la mitad de todo. Queremos presidencias de gobierno, de tribunales, de asociaciones profesionales, pero también territorios menos ambiciosos e igualmente importantes relacionados con el día a día. El peón también puede coronar en el tablero… Por eso, busca retos personales y profesionales que te lleven a ocupar nuevos lugares. La suma de esfuerzos, individuales y colectivos, marcará la diferencia para las mujeres.

6. CUESTIONA LOS LÍMITES. Sobre todo, los tuyos.

Los límites no son fáciles de superar. Están ahí porque alguien los puso y la inercia para aceptarlos ejerce una enorme fuerza. Recuerda, sin embargo, que los limites más difíciles de franquear son los mentales (!). Con frecuencia, las barreras que encontramos son autoimpuestas y resultado de nuestra propia manera de vernos, a menudo basada en lo que creemos que se espera de nosotras, o en la simple (y casi siempre dolorosa) comparación con otras personas. Por eso, cuida los juicios que emites y cuestiona de forma permanente quién eres y lo que, de verdad, eres capaz de hacer.

7. LÍBRATE DEL MIEDO. Atrévete a ser libre.

Disfruta de la vida sin corsés. Gestiona tu miedo a pensar diferente, a hacer diferente. Tu miedo a poder elegir… No siempre encontrarás referentes a quienes mirar. Las mujeres que marcaron la diferencia en nuestra historia, las que ocuparon lugares vetados por el hecho de haber nacido mujeres, tampoco los tuvieron. Y no lo dudes, ellas también sintieron miedo. Lo que no hicieron fue dejarse frenar por él. De modo que, para caminar con paso firme, combate el miedo y desea sin límites. Luego, poco a poco, haz.

 

 

¿Sueñan los androides con ovejas machistas?

noviembre 28, 2017 en Doce Miradas

Me parecía muy poético titular este post haciendo referencia a la novela de Philip K. Dick que fue adaptada posteriormente en las películas Blade Runner en el año 1982 y Blade Runner 2049, este mismo año. Me encantan ambas historias porque soy una friki de la ciencia ficción, pero si las miro con las gafas moradas, me echo a llorar. Presentan un futuro distópico en el que las mujeres seguimos siendo meros elementos decorativos. Y si ese futuro mediatizado por la tecnología, la inteligencia artificial y la robótica se imagina así, ¿será verdad que estamos dando pasos hacia ello?

Pues hay muchos indicios por dos simples razones: la tecnología actual se está pensando y creando por cabezas masculinas en su inmensa mayoría y la tecnología está aprendiendo hoy en día de los datos y la información que la sociedad genera. Así que repetirá e incluso profundizará más en sesgos machistas. Un ejemplo sencillo para que entendamos esto: vete a Google y busca “Grandes divulgadoras”. ¿Qué aparece debajo?

Creo que al ver los resultados es cuando empezamos a hablar en voz alta con las pantallas: “NO, GOOGLE. No quise decir grandes divulgadores. ¿Tú también me vas a hacer un mansplaining?”

Lo importante es entender que no te lo dice Google (o no solo Google). Lo que hace el buscador es almacenar todas las consultas que se hacen allí, para generar mediante machine learning esas sugerencias a través de un algoritmo.

Probemos de nuevo, ahora con la búsqueda “las mujeres deben estar” y aquí, directamente, sin haber finalizado la búsqueda, serán las sugerencias de autocompletado que aparecen mientras estamos escribiendo las que nos dejen patidifusas:

Os recomiendo ver esta campaña que preparó UN Women precisamente sobre ello: #womenshould.

Probemos ahora otro sistema: Google Translate. De nuevo una herramienta que “supuestamente” va mejorando al aprender de las búsquedas de las personas que lo utilizamos. Si traduces “Él es niñero. Ella es doctora.” del inglés al turco (que no tiene género gramatical), te devuelve: “O bir bebek bakıcısı. O bir doktor”. Si volvemos a meter este resultado, para volverlo a traducir del turco al inglés… ¡oh, sorpresa! Ahora es ella la niñera y él el doctor.

Pero no solo le pasa a Google. Un estudio publicado en julio de este año por la Universidad de Virginia, señala que la inteligencia artificial no solo no evita el error humano derivado de sus prejuicios, sino que puede empeorar la discriminación y está reforzando muchos estereotipos. El análisis predictivo del que “beben” los algoritmos de aprendizaje automático, utiliza herramientas informáticas capaces de detectar patrones en los datos analizados para formular a partir de los mismos reglas. Y, por tanto, necesitan consumir un gran volumen de información precisamente para generar esas reglas. El estudio muestra que en los principales bancos de imágenes de los que las máquinas aprenden, un 77% de las fotos en los que aparecen personas cocinando, están protagonizadas por mujeres.

Otra investigación de la Universidad de Boston y Microsoft Research también desveló que las bases de datos empleadas consideraban que lo más parecido a “programador” es “hombre” y que el sistema consideraba a los contenidos e información sobre mujeres programadoras menos relevantes que las de sus homólogos masculinos.

Siguiendo con las investigaciones, esta vez fue la Universidad Carnegie Mellon la que publicó que las mujeres tienen menos posibilidades de recibir anuncios de trabajos bien pagados en Google. En concreto, observaron que los anuncios online de trabajos con salarios por encima de los 200.000 dólares se mostraban a un número significativamente menor de mujeres que de hombres.

Hasta Microsoft se vio obligada a apagar el año pasado a Tay, su bot adolescente programado para entablar conversaciones en redes sociales con jóvenes de entre 18 y 24 años y que aprendía de esas interacciones. Tras 100.000 tuits, 155.000 seguidores y solo 16 horas de vida ya estaba publicando frases como “Hitler tenía razón, odio a los judíos”, “odio a las feministas, deberían morir y ser quemadas en el infierno”, entre otros muchos comentarios racistas, sexistas y xenófobos.

Los algoritmos opacos están empezando a controlar nuestras vidas. Tribunales, aseguradoras, bancos, empresas de selección de personas y otras instituciones emplean sistemas automatizados de análisis de datos para tomar decisiones que nos afectan. Nos sumergen en burbujas ideológicas que transforman cómo miramos y vemos el mundo. Y si algo nos preocupa precisamente en Doce Miradas, es eso. Las gafas que nos ponemos. Si esos algoritmos están heredando los sesgos de la sociedad de la que aprenden, además de corregir esa sociedad, también deberíamos corregirlos a ellos para que no reproduzcan y profundicen esos sesgos. De hecho, Google suggest ya tiene una lista negra de términos para no recomendar pornografía. ¿Por qué no actuar de igual manera con los estereotipos y prejuicios? Quizás necesiten más mujeres ingenieras para que el problema les interpele en primera persona…

Por todo ello, Doce Miradas se ha sumado al manifiesto INSPIRA. ¡Súmate tú también!