El win-win de la igualdad

julio 7, 2020 en Doce Miradas

De cuando en cuando, llegan propuestas a Doce Miradas para intervenir en algún medio de comunicación o en algún foro relacionado con el feminismo. Hace ya más de un año nos propusieron participar en unas jornadas de transformación empresarial bajo el epígrafe El valor de la igualdad en las organizaciones. Me llamó la atención porque esa brisa llevaba un tiempo agitándome, ya que se ha convertido en habitual buscar, investigar y destacar los múltiples beneficios de la igualdad para las empresas en noticias de los medios de comunicación y en los títulos de jornadas y conferencias. Como si hiciera falta.

Deia.

La atracción del talento femenino, clave para crear valor y riqueza
La igualdad como oportunidad de crecimiento en las empresas
Las empresas deben feminizarse para no quedarse atrás
Contratar a mujeres aumenta la rentabilidad de las empresas

Foto de Christina Morillo en Pexels

Hay infinidad de ejemplos. A priori parece que estemos de enhorabuena. Como mujer y como feminista debería celebrarlo y sin embargo creo que hay razones para una reflexión crítica:

  • ¿No debería ser la justicia social el principal motivo?

Las empresas deberían contratar mujeres y fomentar el liderazgo femenino y el acceso a puestos directivos por una cuestión de justicia social, de derechos humanos. Somos la mitad de la población y tenemos derecho a ello. Porque sí. Por existir. Por ser la mitad de la humanidad. Es así de sencillo, pero parece no bastar. No es suficiente y se siguen buscando otros argumentos que nos avalen. El principal, por lo visto, es el hallazgo de que somos rentables. Según la OIT, Organización Internacional del Trabajo, 3 de cada 4 empresas que promovieron la presencia de mujeres en cargos directivos registraron un aumento de sus beneficios del 5% al 20% (a partir de encuestas a 13.000 compañías de 70 países).

  • Nos atribuyen cualidades, competencias y habilidades por el hecho de ser mujeres

El feminismo siempre ha luchado por romper con los estereotipos y roles de género. Sin embargo, parece que aceptamos de buen grado que esta puerta al mundo empresarial se nos abra por cuestiones como ser más empáticas, flexibles, innovadoras, mejores comunicadoras, eficaces mediadoras, más preocupadas por integrar a todo el mundo y contribuir a un mejor clima en los equipos… ¿Estamos dispuestas a aceptar que somos así por haber nacido mujeres? ¿Nos interesa ensalzar esas posibles habilidades que se nos atribuyen, desarrolladas muy probablemente por haber sido socializadas según el género femenino, ese constructo sociocultural que rechazamos? 

  • Si dejan de creer que somos rentables, ¿nos envían de vuelta a casa?

Hasta el Fondo Monetario Internacional ha hecho declaraciones sobre lo que subiría el PIB si aumentase la igualdad entre géneros. Con motivo del 8 de Marzo de 2019, Christine Lagarde afirmó que según estudios del FMI si el empleo de las mujeres se equiparara al de los hombres las economías serían más resilientes y el crecimiento económico sería mayor. Añadió además que, para los países situados en la mitad inferior de la muestra en cuanto a desigualdad, cerrar la brecha de género en el empleo podría incrementar el PIB un 35% de promedio. Dado que el principal motivo para buscar la igualdad por parte de los países y las empresas parece ser el económico, ¿qué pasaría si cambian las tornas y dejáramos de ser rentables o de ser percibidas como tales?

  • Seguimos estando a prueba, bajo escrutinio

En cuanto a nuestra condición de mujeres, seguimos sometidas a examen, tanto en lo que se refiere al desempeño laboral como al liderazgo femenino en cualquier ámbito. Lo hemos visto recientemente en el terreno político. La aplaudida gestión de la crisis por parte de las dirigentes de Nueva Zelanda, Taiwan, Islandia, Finlandia, Noruega, Alemania… se ha transformado en una búsqueda de las esencias de ser mujer para explicar sus éxitos: cuidadoras, prácticas, comunicadoras, etc. Encuentro peligroso que siga existiendo la tendencia a atribuir tanto los éxitos como los fracasos a nuestra condición de mujeres. Los hombres sin embargo triunfan y fracasan como individuos, no se les juzga como género porque su validez está fuera de toda discusión. No así la nuestra.

Es bueno que todas las partes ganen. Nada que objetar al tan de moda win-win pero sería más gratificante que el motor de este cambio fuera la justicia social en lugar de tener que presentar el aval de la rentabilidad para ‘animar’ a los líderes empresariales y agentes sociales a avanzar en la igualdad. Además, hay algo muy irritante en que con frecuencia seamos nosotras mismas, mujeres feministas, quienes lo pregonemos. No digo que haya que renunciar a jugar esa carta favorable para lograr nuestros objetivos, pero sí que primemos y no olvidemos que, por encima de todas, la carta principal es la de la justicia social.

Puestas a ser pragmáticas, insuperable Diane Lockhart con este consejo a Alicia Florrick en la serie The Good Wife a propósito de los motivos que le llevaron a ser socia de la firma de abogados y que ya traje a colación en uno de mis primeros posts:

“¿Sabes por qué me hicieron socia? Jonas Stern fue demandado por acoso sexual y necesitaba mostrar que tenía una socia en sus filas. Nada más. Cuando la puerta a la que has estado llamando por fin se abre, no preguntas por qué, entras. Así de simple.”

Cuestionable su pragmatismo, sin duda, pero tal vez necesario para ocupar una posición de poder desde la que defender después ideales y principios.

“Calling-out” vs. “Calling-in”: Cuando la cultura de la fulgurante denuncia retórica se convierte en falso activismo

junio 30, 2020 en Doce Miradas

Call – OUT

Quiero referirme a un fenómeno, que, como tantos otros, tiene un nombre en inglés para el que no encuentro un buen equivalente en castellano. Creo que enseguida lo reconoceréis.

En inglés se llama  “call-out culture” a esa práctica de denunciar de manera acusatoria, pública y personal una expresión (o un hecho) de machismo, racismo, homofobia, transfobia, (xenofobia, clasismo, habilismo etc etc… la lista es tan larga como las opresiones que existen). Este fenómeno abunda especialmente en las redes sociales, lugar virtual poco dado a la reflexión y más bien limitado a conseguir shares y likes. Es especialmente delicioso cuando se trata de tumbar a las personas famosas, incluso por un tweet de hace 10 años. También es observable y extrapolable a nivel de calle, en según qué conversaciones, asambleas, jornadas, y demás ocasiones donde demostrar nuestra pureza ideológica necesita del montaje de un juicio público sobre la pureza del otro, con su consiguiente castigo popular – y, a ser posible, con el máximo brío retórico de un buen “zasca”.

Y, sí, en general esta cultura, esencialmente performativa, viene del mundo progre. Sí, con frecuencia viene de nuestras propias filas.

Pero antes de continuar, una advertencia:

La práctica (que no la performance) de la denuncia desde sectores realmente oprimidos ha de protegerse.  Ni se puede silenciar, ni se puede exigir que module el “tono” para que no incomode.  A la rabia, la impotencia, el agotamiento y la opresión no se le pueden exigir “modales” para ser escuchados. La posición condescendiente de “te escucho, pero dímelo bien” no es más que otra táctica paternalista de demostración de poder, de dejar las posiciones bien claras antes de hablar y así dominar la conversación.

Consecuencias a tener en cuenta del calling-out excesivo y sin reflexión

1. Agotamiento de la práctica. Cuanto más abunda el fenómeno, menos impacto tiene. Considera reservar tus ansias con el fin de proteger la práctica del call-out para quien realmente la necesita como herramienta.

2. No estás siendo necesariamente una aliada/o. Gente privilegiada denunciando a otra gente privilegiada no es siempre la mejor manera de ser aliada cuando se hace de manera agresiva, superflua y retórica — ver punto 3. Para eso hay otras estrategias de comunicación entre “pares” donde tu voz servirá mejor a tu objetivo (ver abajo opción calling-in)

3. Corte tajante del diálogo. Después de un call-out, ya no hay excusas ni disculpas que valgan. Y si las hay, serán nuevamente analizadas con lupa por si pueden merecer un recall-out. Fin de la discusión. Por tanto, se pierde una oportunidad de aprendizaje, tanto de quien ha “perpetrado” el error, como para el público. Pero hablemos con franqueza, el objetivo de un contundente call-out no suele ser provocar a la reflexión (y consiguiente concienciación sobre el asunto,  incluso reparación del daño), sino, como ya he dicho, para humillar al receptor/a y quedar como super aliado/a chachi. La “víctima” se marchará con la cola entre las piernas, muy probablemente más machista, racista, LGTBiQfóbica etc que antes.

3.  Alienación del receptor/a. De manera similar al punto anterior, calling out significa que tu estás “in” (dentro) y la otra persona está “out” (fuera). A veces, entre grupos de activismo y justicia social, se erige una competencia interna por demostrar el dominio de las temáticas, por polemizar más que analizar. No creo que esa sea la forma de cuidarnos en la lucha que, ya de por sí, desgasta a todas.  Al contrario, no avanzaremos como colectivo si no nos permitimos explorar nuestros puntos de vista junt@s, dialogando y reflexionando.  Todavía recuerdo la frustración de las profesoras del Máster en estudios de género ante el silencio generalizado cuando planteaban debates en clase. Nadie se atrevía a hablar por miedo a ser acusada de alguna “barbaridad” y acabar “out” – fuera del grupo, indigna del “carnet” de feminista.

4. Idealización de posturas reaccionarias. Desvalorizado el pensamiento crítico, se alza el valor fascista y reaccionario, disfrazando así el verdadero machismo, LGBTQi-fobia, racismo de “valentía” ante las “guerras culturales de la izquierda sensiblera”.   “Digo las cosas como son, aunque sea políticamente incorrecto”. Esta estrategia está diseñada para provocar notoriedad, clicks, y escándalo — y a la vez arengar y unir a las clases privilegiadas alrededor de una supuesta superioridad anti-intelectual.


Traducción propia de la cuenta de Twitter de @anne_theriault




Call-IN

¿Queremos reproducir actitudes punitivistas, patriarcales, y maniqueas desde el feminismo? ¿Impunidad y castigo son las únicas dos alternativas?

A cualquiera nos viene muy bien un buen jarro de agua fría de vez en cuando, pero para que nos haga pensar y, en última instancia, cambiar nuestra actitud. No para silenciarnos.

Calling-in puede ser una alternativa para abordar el asunto de manera privada, sin espectáculo público, con intención de mejorar. Cada una podemos valorar cómo. Con empatía, humor, creatividad y cuidado. Podemos hacer una reflexión interna, reconociendo que tod@s estamos sujetos a prejuicios, estereotipos y rumores, y que no somos mejores. No argumentar desde la condescendencia.

Es una manera de reconocer que las personas no somos unidimensionales en lo individual ni los colectivos monolíticos en su totalidad. Sabemos que existen múltiples experiencias en el tiempo y en los contextos. Agradezco que lo que pienso hoy no es lo mismo que hace diez años, y espero que, en otros diez (o mañana mismo) también cambie mis opiniones. Las organizaciones, los movimientos por la justicia social, también están en constante análisis, descubrimiento, y cambio. Ese es el reto del pensamiento crítico.

Calling in no siempre será posible, especialmente para las personas oprimidas, que suficiente desgaste tienen con el día a día y no tienen la responsabilidad por defecto de “educarnos”. Si lo hacen, será un gesto “extra” que deberemos valorar.

Os dejo un ejemplo: El obispo de Mallorca se reúne con Sonia Vivas por la polémica sobre Juníper Serra

… y una cita* de Angela Davis:

“Hay que ir por otros derroteros, contextualizar de dónde vienen las violencias y tener claro a dónde llevan las dinámicas punitivistas”

*Del artículo Pensar juntas para definir la justicia feminista, de Ter García en Pikara Magazine, cuya lectura recomiendo para que, salvando las distancias, podamos aplicar una actitud similar al asunto del calling-out punitivo

El teletrabajo: el trabajo a domicilio, viejo –y actual– conocido de las mujeres

junio 9, 2020 en Doce Miradas

El trabajo a domicilio, con tal denominación, ha sido bien conocido en nuestro entorno socioeconómico en tiempos pasados y se ha utilizado con frecuencia para prestar servicios, notablemente por las mujeres. De esta manera se cubrían varias finalidades, que muchas recordamos por haberlo así escuchado a nuestras madres, tías o abuelas: la empresa recibía el trabajo, la persona trabajadora percibía una remuneración –más bien escasa, ciertamente–, siendo mujer, no tenía que salir de su hogar ni quedar “expuesta”, por tanto, a los “peligros” del mundo exterior y, en un porcentaje relevante, evitaba también la “deshonra” de trabajar por cuenta ajena en un taller o fábrica.

No sabría decir desde cuándo se conoce esta modalidad de trabajo, pero en este país lo cierto es que ya se regulaba en la vieja y franquista Ley de Contrato de Trabajo de 1942, que le dedicaba un título entero. Ahora, el vigente Estatuto de los Trabajadores, en la redacción dada por la reforma laboral de 2012, solo le dedica su artículo 13, que además es muy escueto. Seguramente esta escasa regulación tiene que ver con la poca utilización de esta forma de trabajo en los últimos tiempos.

Ahora bien, es claro que su presencia se ha ido incrementando poco a poco, a medida que lo iban permitiendo los avances tecnológicos, y que muchos trabajos podían prestarse desde el domicilio –o desde donde la persona trabajadora lo quiera– utilizando los medios telemáticos cada vez más presentes, siendo el “teletrabajo” este trabajo “a distancia” con la utilización de tales medios tecnológicos. Y, con tal proliferación, ya se echaba de menos una regulación más completa de sus peculiaridades, que no son pocas, tanto en la ley como en los convenios colectivos.

Y no es baladí pretender una más detallada regulación, teniendo en cuenta que, como luego veremos, este tipo de trabajo concierne mayormente a las mujeres y que, ya cuando en 2012 se reformó este tema, en el Preámbulo de la norma se apelaba, entre otras razones, al deseo de “incrementar las oportunidades de empleo y optimizar la relación entre tiempo de trabajo y vida personal y familiar”. Loable finalidad, desde luego, pero muy errada si no se utiliza en igual medida por los hombres.

Y en estas estábamos, teletrabajando más bien poco, la verdad –pese a ser un medio interesante para conciliar vida familiar y laboral de todas las personas–, cuando se produjo la situación de alerta sanitaria y la declaración del estado de alarma y consiguiente confinamiento general de la población. Y el teletrabajo se ha erigido en una vía de solución que ha permitido a muchísimas personas prestar sus servicios desde su domicilio y, sobre todo, a muchas empresas recibirlos. ¡El gran descubrimiento! Resulta que podíamos trabajar sin movernos de casa.

Claro que no se puede negar que el trabajo a distancia es un instrumento útil en aras de aquel fin de la conciliación de la vida familiar y laboral, pero, ojo, pues su generalización definitiva –no solo en situación de emergencia– precisará una normativa clara de mínimos para una protección suficiente y eficaz de las personas que presten así sus servicios, lo que la normativa española actual no garantiza.

Sin olvidar –y esto es lo que más me interesa reseñar– que en gran parte del mundo el trabajo a domicilio sigue siendo lo que era: un espacio difícil para la igualdad, la libertad y la plenitud de derecho. Sin olvidar tampoco que no todo el trabajo a domicilio es “teletrabajo” o trabajo telemático, sino que, en muchas ocasiones –las más, en el planeta– se trata de servicios manuales reservados a las personas más vulnerables.

En tal sentido, hemos de recordar que el pasado 11 de marzo, la Oficina Internacional del Trabajo de la OIT hizo público el Informe de la Comisión de Expertos en Aplicación de Convenios y Recomendaciones –CEACR–, en el que, entre otras muchas y trascendentales cuestiones, se abordaba también el trabajo a domicilio. Hemos de recordar que en esta materia la OIT ha dictado su Convenio número 177, del año 1996, con entrada en vigor el 22 de abril de 2000 –desde entonces han cambiado mucho las circunstancias– y la Recomendación número 184, si bien muy lamentablemente el convenio en cuestión solo ha sido ratificado por diez de los 187 Estados miembros, siendo España uno de los que no lo ha hecho.

De este recentísimo Informe de la CEACR son de destacar ahora las siguientes consideraciones: la constatación de que, si bien el trabajo a domicilio se ha considerado durante mucho tiempo una forma “anticuada y preindustrial de trabajo”, actualmente se defiende “como sinónimo de nuevos modelos de negocio y de espíritu empresarial”, en el que tendría cabida el trabajo on line en plataformas digitales”; que esta modalidad de prestación laboral es la principal fuente de un gran número de trabajadores de todo el mundo y que es, en gran parte de los casos, un trabajo “informal” e “invisible”, ya que se presta por colectivos especialmente vulnerables como migrantes y personas –mujeres– con responsabilidades familiares o con discapacidad. En pocas palabras, la idea “moderna” del teletrabajo no debe hacernos olvidar en ningún momento “los difíciles asuntos y problemas planteados por las formas de trabajo a domicilio más conocidas y tradicionales”, que aún perviven en muchas partes del planeta.

Muy especialmente, el Informe reseñado expresa que no debe olvidarse la importancia del trabajo femenino en este ámbito, “una dimensión de género muy marcada” , pues “la mayoría de los trabajadores a domicilio son mujeres, muchas de las cuales no han podido acceder a un empleo regular debido a sus responsabilidades familiares o a la falta de competencias, o han optado por trabajar desde su domicilio debido a normas culturales y sociales. El trabajo a domicilio se concentra en la economía informal, donde también prevalecen las mujeres”.

Y en este plano no debe tampoco olvidarse que, pese a los aspectos positivos del trabajo a domicilio desde el punto de vista empresarial –reducción de costes y mejora de la productividad, entre otros–, existe una enorme inseguridad jurídica para muchas personas trabajadoras del planeta y que el Convenio de la OIT antes mencionado, con ese tan bajo número de ratificaciones, no obtuvo el apoyo de los empresarios ni de muchos gobiernos, que entendieron que someter este tipo de trabajo a una estricta regulación afectaría a la “flexibilidad” buscada.

Y es que esta “flexibilidad” no resultaría compatible, en los términos pretendidos por algunos, con algunos elementos trascendentales: de un lado, con la auténtica naturaleza jurídica del trabajo a domicilio –auténtico trabajo por cuenta ajena cuando se produzca con todas las características que para tal calificación se dan en el trabajo “a presencia”–; de otro lado, con la garantía de salario mínimo también para el trabajo a domicilio; de otro, con la aplicación de “los mismos derechos, garantizados por la legislación y los convenios colectivos aplicables que los trabajadores comparables que trabajan en los locales de la empresa”, incluida la limitación de la carga de trabajo; con el reconocimiento del derecho al respeto por parte del empleador de la vida privada de la persona trabajadora; con la necesidad de adoptar medidas para garantizar plenitud de derechos a las personas que presten su trabajo a distancia, entre las que se hallan las necesarias para prevenir y evitar el aislamiento de la persona que así preste sus servicios y asegurar el mantenimiento de las relaciones con el resto de la plantilla y el acceso a la información de la empresa.

Volviendo al inicio –que es como se termina todo siempre o casi siempre–: ha regresado el trabajo a domicilio y lo ha hecho con fuerza –al menos en estos concretos momentos en nuestro entorno–, en tanto que se mantiene como siempre en muchos lugares del planeta, lo que exige subrayar una vez más tanto las ventajas como los graves problemas de esta modalidad de prestación del trabajo. De un lado, es, ciertamente, una muy buena alternativa en la práctica para personas con dificultades de movilidad y desplazamiento hasta un centro de trabajo –personas trabajadoras de edad, con discapacidad y aisladas que viven en zonas rurales, por ejemplo–. Pero, de otro lado, quienes trabajan a domicilio carecen, en muchos casos, de reconocimiento y de visibilidad, tratándose de un trabajo sumamente feminizado, particularmente en el sector manufacturero. Y muchas trabajadoras están en situación de gran vulnerabilidad debido a su situación migratoria, sus responsabilidades familiares o la discriminación, razones por las que optan por trabajar a domicilio, por tratarse de un trabajo invisible y, en gran parte, en la economía “informal”, a lo que se añade la falta de contacto con otros colegas, pues rara vez están sindicadas y casi siempre tienen extraordinarias dificultades para canalizar sus pretensiones y luchar por sus derechos.

Cumplimos siete años

mayo 26, 2020 en Doce Miradas

Este próximo jueves 28 de mayo se cumplen siete años, ¡sí, siete años!, desde que lanzamos nuestro primer post al ciberespacio. En esta ocasión, y en circunstancias excepcionales, enfocamos la celebración de una forma diferente.

Este año no habrá celebraciones presenciales, no habrá una convocatoria para vernos en un lugar y a una hora determinada, no prepararemos dinámicas, ni mesas redondas, ni montaremos el photocall para inmortalizar momentos memorables como lo hemos hecho durante todo este tiempo. Lo que sí vamos a hacer es seguir celebrando estos siete años de vida en los que hemos aprendido, hemos evolucionado y hemos querido aportar al debate amplio y heterogéneo del feminismo.

Queremos celebrar este séptimo aniversario contigo y, además, queremos darte las gracias porque cada una de vosotras y de vosotros sois nuestra mirada número trece. Para hacerlo, hemos elaborado este vídeo colaborativo, como es la esencia de Doce Miradas.

Queremos hacer de este aniversario algo muy abierto, así que si te apetece sumarte a la celebración, envíanos un tuit con el hashtag #DM7urte. Y, rizando el rizo, ¿te animarías a grabarte un breve vídeo (menos de 1 minuto) y compartirlo desde tu cuenta con el mismo hashtag? Si no tienes cuenta de Twitter, o prefieres que lo publiquemos nosotras, puedes enviarlo al  correo electrónico info@docemiradas.net.

Te proponemos tres preguntas para que puedas redactar tu tuit o grabar tu vídeo:

  • ¿Por qué Doce Miradas tiene sentido 7 años más tarde?
  • ¿Qué te gusta de Doce Miradas?
  • ¿Qué le pedirías a Doce Miradas?

Y tanto si te animas como si no, gracias por estar cerca en este tiempo.

Libertad, igualdad, sororidad

mayo 19, 2020 en Doce Miradas

Emosío engañada

Cuando en la escuela, el instituto o la universidad nos tocó estudiar la Revolución Francesa, nos familiarizamos con esa frase, “Libertad, igualdad, fraternidad”, que fue creada entonces y que es hoy el lema oficial de la República Francesa.

Yo creí entonces y lo seguí creyendo durante muchos años que esos tres valores se predicaban también de nosotras, de las mujeres, que la Revolución Francesa también a nosotras nos hizo libres, iguales y hermanas. Pero no.  La libertad, la gualdad y la fraternidad eran valores masculinos.

Libertad, igualdad, virilidad

Así lo afirma al menos la filósofa francesa Olivia Gazalé en su libro El mito de la virilidad y añade que los actuales movimientos masculinistas, esos que añoran los viejos tiempos guerreros y denuncian una pérdida de los valores viriles nunca antes acaecida en la historia, en realidad están repitiendo un tópico que se ha reproducido casi de generación en generación.

La Revolución Francesa también se empapó de tintes virilistas, de un espíritu de recuperación de los viejos valores masculinos. En los años previos a 1789 la propaganda pro revolución se preocupaba por la pérdida de virilidad de los varones franceses y abominaba del hombre que se sometía a los caprichos del monarca y a las modas feminizantes y atildadas que decretaba Versalles. La coquetería había pervertido a los fieros guerreros de antaño.

Los portavoces de la Revolución pronto emplearon el sarcasmo contra el afeminamiento aristocrático. El diario revolucionario Le Père Duchesne se burlaba de la corte de Versalles, poblada de bufones remilgados y enclenques, de finas manos blancas, que murmuraban y comadreaban y se inclinaban ante el monarca, en vez de levantarse contra él: “Señores aristócratas, mequetrefes  que vestís mallas pegadas al cuerpo, grandes chorreras y escarapelitas: degustad tranquilamente vuestros confites y dejad en paz a los patriotas, fieros como dogos de largas patas y mandíbula de hierro, que os partirían en dos como a huesillos de pollo.”

En fin, que, mientras los cortesanos, con sus lenguas blandas y sus labios flácidos, relamen caramelos en salones femeninos y hablan en susurros, los patriotas ladran como perros, arengan y declaman a todo pulmón en los comités revolucionarios. El cortesano débil se opone al revolucionario hercúleo que clama por una regeneración, por un activismo masculino.

La referencia a Hércules no es casual, pues este héroe mítico se convierte en símbolo de la virilidad de la Revolución y la República: “La Revolución crea hércules, hombres extraordinarios, pues desarrolla y organiza las facultades viriles de la naturaleza humana.”, reza un panfleto parisino de 1791, citado por André Rauch en su libro Historia del primer sexo.

Y, en consecuencia, retroceso

Las grandes crisis de la historia no han solido ser beneficiosas para las mujeres y la Revolución Francesa no fue una excepción. Los jacobinos las declararon culpables de la degeneración masculina, a pesar de que habían desfilado codo con codo con los patriotas y habían fundado clubs y sociedades revolucionarias femeninas. En vano. Las devolvieron a sus hogares y las redujeron al silencio.

Así, en 1793, el gobierno disolvió todos los clubs femeninos y sociedades de mujeres, incluida la Sociedad de Ciudadanas Republicanas Revolucionarias, fundada por las activistas feministas Pauline Léon y Claire Lacombe.

Tras la Revolución, Francia vio crecer notablemente el analfabetismo femenino.

Incluso el papel de las mujeres en la Revolución Francesa quedó silenciado hasta los años sesenta del siglo XX, cuando se comenzaron a rescatar del olvido nombres como los de las dos feministas citadas y otros como Anne-Josèphe Théroigne de Méricourt, Sophie de CondorcetEtta Palm d’Aelders o la más conocida Olympe de Gouges.

Ese fraternal masculino plural

Por mucho que Immanuel Kant proclamara que el espíritu de la Ilustración había elevado a la humanidad a mayores grados de madurez, esa humanidad a la que aludía Kant era una humanidad incompleta, con una mitad amputada; una humanidad hemipléjica, dice Olivia Gazalé en el libro citado.

El universal abstracto “todos los hombres”, ese masculino plural que es el sujeto de la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789, es un universal masculino y nada más que masculino, tan puramente masculino como el frater (‘hermano varón’) del latín, de donde proviene fraternidad, en oposición a soror (‘hermana’), de donde proviene sororidad, palabra que en francés, sororité, ya fue utilizada en 1546 por Rabelais en El tercer libro de Pantagruel.

Si los redactores de la Declaración hubieran actuado con exactitud y justicia, al artículo 1, «Todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos», deberían haberle añadido: “Las mujeres, en cambio, están excluidas de estos derechos”. Porque lo estaban en realidad. En teoría y en la práctica. Pero ni siquiera se molestaron en explicitarlo.

Las mujeres fueron obligadas al silencio y a la docilidad y recluidas de nuevo en sus casas y en sus cocinas. Algunas se atrevieron a salir a la calle y alzar su voz, como la temeraria y ya citada Olympe de Gouges, que tuvo incluso la osadía de rerredactar la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano para convertirla en Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana y acabó decapitada en la plaza pública.

En el espíritu revolucionario, la palabra hombre, con la que pretendían transcender toda diferencia, solo designa al género masculino; un género superior, llamado naturalmente a la dominación, al igual que la mujer es llamada a la subordinación.

La Revolución trajo consigo la restauración de la virilidad triunfal.

El caos

Tanto Olivia Gazalé como Susan Faludi en su libro Reacción apuntan a un patrón que se ha repetido a lo largo de la historia de Occidente: crisis de la virilidad -> gran crisis global -> retroceso en las conquistas femeninas.

En estos tiempos del neomachismo, de los Angry White Men, del supremacismo masculinista y de los grandes líderes mundiales testosterónicos, llega una crisis sanitaria global que nos deja en estado de shock y, como nos recuerda Julen Iturbe al citar a Naomi Klein, y también nos recordó en su momento María Puente a propósito del apocalipsis zombi, he ahí la ocasión  perfecta para el recorte de derechos y el regreso a pretendidos valores y principios “naturales”.

Es el momento, pues, de permanecer atentas, vigilantes, y no permitir ni un paso atrás.

Coronavirus, colonialismo y racismo

mayo 12, 2020 en Doce Miradas

En este período de emergencia sanitaria provocada por la Covid-19 se están visibilizando, también, muchas prácticas y discursos racistas, que si bien no son novedad para las personas racializadas, están teniendo un impacto mucho mayor en este contexto de vulnerabilidad extrema para ellas.

Me gustaría traer a colación un hecho relacionado con dichas prácticas y discursos. El 2 de abril en una intervención televisiva en el canal francés LCI, dos médicos franceses, los profesores Jean-Paul Mira, jefe de reanimación en el Hospital Cochin de París y Camille Locht, director de investigación en el INSERM – Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica – mantienen una conversación sobre la pandemia y plantean la posibilidad de realizar en África ensayos de la vacuna contra el coronavirus.

«Si puedo ser provocativo, ¿no debería hacerse este estudio en África, donde no hay mascarillas, ni tratamientos, ni reanimación? Un poco como se hace para algunos estudios sobre el sida o con las prostitutas; se prueban cosas porque sabemos que están muy expuestas y que no se protegen.

El profesor Camille Locht le da la razón y añade que están “pensando en paralelo sobre un estudio en África”. Cabe señalar que en la fecha en que conversaban esos médicos, África sólo tenía el 1% de personas infectadas por Covid-19 en el mundo. Por lo tanto, la propuesta no se justifica por el número de contagios; es más bien, una manifestación más de unas prácticas instaladas de desprecio a la dignidad de las personas africanas.

Indignación

En cuanto se viralizó el video de esta conversación, la indignación recorrió las redes. ¡No era para menos!

La OMS, a través de su director, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, se sumó a la repulsa de tal propuesta, calificándola de “racista y propia de una mentalidad colonial”.

Y ese es el verdadero motivo de la indignación: el desprecio a la dignidad y vida de las poblaciones africanas planteando disponer de ellas para experimentos médicos. Es la normalidad asumida en mentalidades racistas y coloniales de que algunas vidas valen menos y si se tercia la ocasión, pueden ser utilizadas para proteger las vidas que sí valen.

Es importante recalcar, que lo que se rechaza y condena, no son las pruebas en sí; porque como potenciales enfermas, las personas africanas también debemos participar de forma equitativa y solidaria al avance de la medicina a través de la investigación, siempre y cuando nos beneficie en los mismos términos de equidad y solidaridad. Desgraciadamente, África no está disfrutando en las mismas condiciones de las ventajas del desarrollo médico.

África lleva siendo, desde la colonización, la cobaya histórica de Occidente. Se han realizado pruebas médicas en el continente, saltándose, a veces, olímpicamente, la ética médica. Como ejemplos podemos mencionar los siguientes: el caso de las prostitutas a las que se refiere el profesor Jean-Paul Mira y el de los niños en Nigeria.

Entre julio de 2004 y enero de 2005 la asociación Family Health International, por cuenta del laboratorio estadounidense Gilead Sciences, experimenta sobre 400 prostitutas camerunesas el antiviral Tenofovir, medicamento para prevenir la transmisión del VIH. “Las voluntarias”, muchas veces analfabetas y francófonas recibieron una información escrita en inglés. Algunas mujeres pensaban que les administraban vacunas. Graves faltas éticas fueron denunciadas y las pruebas clínicas interrumpidas. No se sabe cómo quedaron ellas.

En agosto de 2001, problemas similares derivaron en una demanda judicial, que terminó con un acuerdo extrajudicial con indemnización. Una treintena de familias nigerianas del estado de Kano denunciaron al laboratorio estadounidense Pfizzer a causa del test del Trovan, un antibiótico destinado a combatir la meningitis. El estudio fue realizado en 1996 en ocasión de una epidemia de meningitis: sobre un total de 200 niños/as, once fallecieron, mientras que otras/os quedaron con graves secuelas cerebrales y motrices. No se pidió formalmente la opinión de las autoridades de Nigeria ni del comité de ética sobre la información dada a las familias participantes y sobre su consentimiento.

También resulta que muchas pruebas que se practican en África no responden a patologías locales o las poblaciones africanas no tienen los medios económicos para adquirir los costosos tratamientos resultantes por ausencia de un sistema de reembolso o gratuidad de esos medicamentos. El caso de la malaria, que es la enfermedad que mata con mayor frecuencia en África, es ilustrativo al respecto.

Queda claro que a algunos laboratorios farmacéuticos les resulta muy barato, rápido y sin complicaciones administrativas -la corrupción lo facilita- realizar ensayos médicos en África con poco respeto a las normas éticas en vigor. Si esos dos médicos se atreven a decirlo en un programa televisivo, es que esas prácticas racistas y coloniales son estructurales y son reflejo de unas relaciones internacionales de poder donde los países del Norte explotan los países del Sur. Tanto los recursos naturales como las vidas de los pueblos colonizados sirven para nutrir el Norte.

La ética en el desarrollo de nuevos medicamentos por parte de la industria farmacéutica occidental que utiliza a África como laboratorio a cielo abierto para pruebas y a las africanas/os como cobayas es el argumento de El jardinero fiel/The constant gardener (2005), una adaptación cinematográfica de la novela homónima de John Le Carré (2001) dirigida por Fernando Meirelles.

Impacto de estas prácticas sobre las mujeres africanas

Las mujeres, doblemente, como personas que necesitan cuidados médicos y en calidad de cuidadoras de las personas enfermas son, evidentemente, las que resultan más damnificadas por estas prácticas poco éticas.

Considerando que las mujeres son más pobres que los hombres, tienen las tasas de alfabetización más bajas y la responsabilidad social del cuidado, podemos intuir la magnitud del impacto sobre ellas. Esos determinantes sociales de la salud tienen efectos nefastos tanto a nivel físico como emocional. Además, las mujeres están sobre-expuestas a estas prácticas porque son las que más trato tienen con los servicios sanitarios. Por una parte, por razones biológicas de reproducción humana – embarazo, parto, lactancia – y por otra por razones sociales de responsabilidad del cuidado de las personas enfermas. En este contexto, la intersección de los factores biológicos, sociales y económicos, a saber – maternidad, triple jornada, pobreza, analfabetismo, – convierten a las mujeres en el colectivo y la vía más asequibles para perpetrar estas prácticas deshumanizantes. Es aprovecharse de la situación de vulnerabilidad y de su capacidad de dar y cuidar la vida para arrebatar vidas de personas que se consideran menos humanas.

Sin embargo, los pueblos africanos ya no están dispuestos a seguir padeciendo ese saqueo y deshumanización que ya ha durado demasiado.

Las Diosas de cada mujer

abril 28, 2020 en Doce Miradas

“Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. Y el germen más insignificante de una idea puede desarrollarse o destruirte. Un pensamiento sencillo y diminuto que lo cambia todo”

Extracto de la película “Origen”

El feminismo implica y afecta a toda la Humanidad. Es necesario dotarle de un espacio de crítica que contabilice y visibilice los errores pero también de aportar energía esperanzadora que sume, haga recuento una y otra vez de los pasos alcanzados y que vaya creando otros nuevos.

Y eso es posible construirlo a través del sentimiento colectivo de unión y fuerza. Estos días de confinamiento, pueden ser una oportunidad para alimentar la segunda de ellas: La FUERZA.

Hay personas que se crecen ante los desafíos, y otras que necesitan de apoyos ante los retos.

Estos días muchas mujeres sienten la necesidad de elaborar estrategias que les preparen para la acción futura y buscan herramientas con las que fortalecerse sin necesidad de hacer ruido, trabajando su mundo interno para multiplicar y autoabastecerse de energía degustando el sabor de la introspección.

Parecen escondidas, autómatas que no hablan demasiado, trabajan o teletrabajan y están como ausentes. Pues bien, seguramente estas mujeres están labrando un nuevo futuro, renaciendo en primavera como renacen los campos, dedicándose tiempo para recomponer todo lo que la vorágine diaria de la vida frenética sustrae.

Si te reconoces en ellas, enhorabuena, esta sociedad te necesita imperiosamente. Si te reconoces entre las que se sienten perdidas en estos días raros, en off, y ni el ejercicio, la meditación, el yoga, hacer pan ni las terapias que circulan por internet o rezar te funcionan, este post te interesa.

Hay algunas cosas sencillas que activan el potencial interior y son compatibles con otras tareas porque solo se necesita utilizar la mente. Es importante hacerlas con cierta constancia para generar hábito y asentarlas. Veamos cuatro que nos quepan en este post:

Primera:

Imaginar: Visionar el mundo en el que te gustaría vivir. En el mundo empresarial en lo primero en que se fija la atención es en definir la Visión junto a la Misión y Valores. La imaginación es infinita, alberga todas las posibilidades y permite sonreir hasta en el peor de los casos, porque tiene la capacidad de transformarlo todo en la mente. Da igual cuál sea tu situación. Cuanto peor estés, más eficaz resulta. Mientras imaginas, siente que eso que ves se hace realidad. Sé ambiciosa, no te conformes, es el momento de visualizar hasta lo que te parece imposible.

Herramienta: Un poco de tiempo para ti, intimidad y liberar la mente. Si dispones de algo más de tiempo puedes utiliza el arte. Puede ser inspiradora y de gran utilidad la lectura.

En el libro “Las Diosas de cada mujer”* la autora Jean Shinoda Bolen enumera siete: Artemisa (Diana), Diosa de la caza y de la luna; Atenea (Minerva), Diosa de la sabiduría y de la artesanía; Hestia (Vesta), Diosa del hogar y de los templos; Hera (Juno), Diosa del matrimonio; Deméter (Ceres), Diosa de las cosechas; Perséfone (Proserpina), doncella y reina del mundo subterráneo; y Afrodita (Venus), la Diosa del amor y la belleza.

De la portada del libro «Las diosas de cada mujer»

Identifica la dominante de todas las activas en ti, decide a quién alimentar y a cuál de ellas mantener limitada. Imagina cuáles serían sus zapatos si vivieran hoy y súbete a ellos a partir de ahora cada vez que salgas a la calle, cuando todo vuelva a la normalidad. Pisa bien fuerte, sin invadir a nadie, no es necesario, tu presencia se irá empoderando a medida que lo practiques.

Identifica tu(s) diosa(s), inspírate y siente su fuerza en ti, libera la heroína que llevas dentro, siente el poder de todas las mujeres que te precedieron en tu línea de consanguinidad y que libraron mil batallas en las circunstancias que les tocó vivir, vive como si siempre estuvieras acompañada. Cuando te sientas abatida, pásales a ellas tu mochila y escucha, ellas sabrán qué hacer.

Segunda:

Pensar y hablar en positivo: Se trata de cambiar el tono y ver las cosas desde la perspectiva del cambio hacia lo positivo. Sí, sí, parece una obviedad pero intenta hacerlo todo el rato, no es tan fácil. Repitiendo en positivo se da forma a ideas que se transmiten y se van materializando. “Lo que pensamos, atraemos”. Crea en tu imaginación el mundo que quieres para ti, piensa en ello y vívelo mientras lo sueñes. Mientras estés ahí, las vibraciones invisibles que se emiten serán positivas y eso recibirán de ti los demás a través de las palabras que utilices y tu tono de voz. Generarás un clima de bienestar a tu alrededor. Ya estás mejorando tu entorno. Intenta sostenerlo todo lo que puedas a lo largo del día, de los días…

Herramienta: Tu voz y tus pensamientos. Cada vez que vayas a decir algo, asegúrate de que va a ser constructivo. Cada vez que pienses en algo, dótale de sentido. Imagina que los pensamientos fueran creando capas en la atmósfera. Imagina que los negativos, por su condición pesada taponaran el canal de entrada/salida y generasen contaminación en tu entorno. Eso respirarás y eso harás respirar a las personas que te rodeen. Si te lamentas constantemente, si culpas a terceras personas de todo lo que te ocurre, si reniegas de tu vida…

Tratando de cambiar el tono de los pensamientos se despeja ese “humo” negro que se genera alrededor. Al abrirse, el canal fluirá mejor y mejorará la percepción de lo que te rodea y tu comunicación con el exterior. Prueba a Imaginarlo y practícalo.

Tercera:

Conciencia social: Pensar en otras personas, a lo grande. Mirarse al ombligo es fácil, solo hay que agachar la cabeza. Levantar la mirada y reconocerse en las personas que nos rodean. Confiar.

Portada del Libro: «Wabi Sabi»

Herramientas: Viajar mentalmente o a través de libros por ejemplo a países que culturalmente lo practiquen. Japón es una buena práctica. Allí ejercitan la mirada colectiva antes que la propia. El libro “Wabi Sabi” de Beth Kempton aporta algunas claves para entender la envergadura de su potencial. Después de esta etapa, si tu situación sanitaria y económica lo permiten, puedes ir también y vivirlo desde allí. Focus on Women organiza viajes experienciales solo para mujeres.

Cuarta:

Y sobre todo, cultiva el optimismo. En estos días se demuestra que hay otras posibilidades factibles a las que adaptarnos que antes parecían impensables o excepcionales, ahora son normales y funcionan, como la conciliación laboral gracias al teletrabajo online, la Educación virtual, habituarnos a moderar el gasto, repensar el sistema sanitario o el sistema económico actual para prevenir situaciones de caos futuras, tratar de enfocar el funcionamiento del sistema de cara a vivir más plenamente en torno a la unidad familiar.

La mayor parte de la población está confinada y se sigue el ritmo laboral en los sectores permeables al teletrabajo desde casa. Hasta hace unos meses eso era algo muy poco evidente y excepcional a nivel empresarial. Habrá que ver los resultados pero existe la posibilidad de hacerlo sostenible. Se puede ir ajustando después, lo más difícil es tomar la decisión de intentarlo. Si te interesa la Economía y piensas que conviene retocarla, debes leer “El Valor de las cosas” de Mariana Mazzucato.

Herramientas: Aportar soluciones en caso de querer participar. Las críticas generan rechazo y además, aburren. Acompañarlas de opciones de mejora las convierte en permeables a su recepción y consideración.

Después de hacer estos pasos, lo siguiente será rodearse de la mejor compañía. De personas (virtualmente al menos estos días) que eleven, que te hagan crecer como tú a ellas.

“El regalo más precioso
que podemos ofrecer a
cualquier persona es
nuestra atención.
Cuando la atención
alcanza a los que amamos,
brotan como flores”  
–Thich Nhät Hanh  

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abril 21, 2020 en Doce Miradas

Los posts corales nos gustan y nos cuestan, a partes iguales. Nos ayudan a pensar juntas, a compartir inquietudes, a dar nuestra opinión y a dolernos en voz alta. 

Llevamos más de un mes confinadas y este post debería servirnos para todo esto a la vez: pensar y sentir, reconocer nuestros miedos, nuestra rabia, nuestra apatía y nuestros desconciertos, compartir que somos vulnerables y que muchas cosas que estamos viendo nos duelen; mucho. 

Hoy volvemos tras el parón de las vacaciones más raras que recordamos. Seguimos confinadas. Pero no en silencio. Dijimos que volveríamos y aquí estamos, con las gafas bien puestas y las antenas desplegadas. 

PENSAMIENTOS (batiburrillo de ideas que nos asaltan)

Hombres en casa

Hay hombres que no sienten la casa como su hábitat natural. Sospechamos que de ahí vienen muchos llamamientos a aligerar el confinamiento y permitir el deporte, el paseo con las criaturas… e incluso a volver al trabajo. 

Espacios de poder y privilegios 

También hay quien ha constatado el hecho de que se ven más hombres que nunca en los supermercados. Las colas a las puertas son el reflejo de la sociedad y, a pesar de lo extraordinario de las circunstancias actuales, todo parece encajar: cuando algo se convierte en privilegio, los hombres se personan, se lo apropian y se hacen fuertes. Hacen la compra y bajan la basura, lideran las quejas por la dificultad de hacer compatible trabajo y ámbito doméstico y se erigen como portavoces de enfermeras y enfermeros, cuando ellas son aplastante mayoría en este colectivo. Cuando los hombres están en casa, lo doméstico pasa al centro de la escena, interesa y se cuestiona. Bueno; ya era hora. No hay mal que por bien no venga. 

Héroes y villanas

La palabra “héroes” se escucha a diario desde el comienzo de la pandemia y, aunque el concepto no parece el adecuado, sería más justo usar la palabra “heroínas”, ya que en su mayoría son mujeres quienes conforman el personal sanitario, de alimentación, cuidados y limpieza. Son mujeres las que desempeñan esas labores que, de pronto y en la hora de la verdad, se han revelado como esenciales. Lo poco acertado de la palabra “héroes” se debe a lo que ya muchas y muchos están expresando en redes: que no quieren ser héroes, sino profesionales que realizan su trabajo con garantías de no perder la vida en el empeño. La falta de previsión con las medidas de protección las ha convertido en heroínas forzosas, casi mártires. Así que mejor no romantizar la precariedad con la que se ven en obligadas a trabajar.

Pero para villanas sí que nos han tenido en cuenta a las mujeres, en concreto a las feministas. Hay un sector de la política que no deja de señalar el 8M como principal factor propagador del virus. Da igual que se les haya enumerado la cantidad de actividades que tuvieron lugar esos días y que implicaron la concentración de millones de personas: eventos deportivos, conciertos, el tránsito en aeropuertos y metros, en espacios laborales, en algún que otro mitin político… No sirve de nada, hacen oídos sordos y, erre que erre, sitúan a las feministas entre el murciélago y el pangolín, como una de las causas de todo mal. En fin, para eso sí que no hay vacuna.

Fotografía de Andrea Silván, @silvanrubiales

MIEDOS (de bruces contra la realidad) Y RABIA

Las paganas de la crisis

Si algo nos enseña la Historia es que todas las crisis terminan pasando; no es que se superen, sino que se arrinconan o se camuflan en una nueva “normalidad”. Por eso ahora, en el ojo del huracán de la crisis sanitaria, aparecen sin pudor las vergüenzas de un sistema construido sobre remiendos.

También nos ha enseñado la Historia que, cuando se gestiona una crisis, la prioridad no suele ser resolver las injusticias, sino recuperar el sentimiento de control y el ejercicio del poder. Esto es un mal augurio: la precariedad laboral ya era femenina antes de la crisis y no vemos que las medidas de salida aporten una mirada específica para resolverlo. Ocurre lo mismo con la pobreza cronificada y con otras tantas vulneraciones de derechos sociales que se nombran en femenino. 

Lo urgente y lo importante

Eso de que “no se puede caminar y comer chicle a la vez”, para entendernos. Mucho nos tememos que la bofetada de realidad que nos vamos a llevar al salir de casa sea la excusa perfecta para seguir postergando transformaciones clave para resolver desigualdades de fondo. “No es el momento”, oiremos. Nunca lo ha sido, en realidad. ¡Con todo lo que queda por hacer! La lucha por la supervivencia de las empresas retrasará las medidas de conciliación y corresponsabilidad; la falta de recaudación mermará los presupuestos públicos y obligará a priorizar entre lo productivo y lo social… Ojalá los poderes públicos y privados acierten en el equilibrio, pero por ahora, no vemos muchas señales en este sentido. De hecho, algunos organismos públicos ya anuncian recortes en determinados apartados del presupuesto: ¿adivináis en cuáles?

¿Algunas vidas valen menos?

El gobierno ha aprobado medidas de flexibilización de la contratación para cubrir las necesidades del sector agrícola. Ya sabemos que son las personas migradas las que se emplean mayoritariamente en este sector. Se necesita urgentemente mano de obra barata y que, además, por su precariedad estructural, construida y sostenida por leyes y prácticas discriminatorias, no tenga reparo en exponerse al contagio. Y, por si fuera poco, no entra en la agenda la regularización de todas las personas migradas en situación irregular. Pueden servir como mano de obra, pero no son consideradas trabajadoras con derechos laborales. Una vez más, impera la lógica utilitarista de la población inmigrante.  

Hablando de las manos que sostienen la vida, a pesar de que se ha aprobado un subsidio extraordinario para las trabajadoras de hogar y cuidados, casi la mitad de ellas no podrá beneficiarse de este subsidio ni recibir prestación, por encontrarse en situación irregular y no estar dadas de alta en la Seguridad Social. Se trata de mujeres migradas desterradas a la economía sumergida que hoy se encuentran sin ninguna fuente de recursos. Podéis imaginar su situación de indefensión.

Grandeza y miseria

Durante este mes de confinamiento estamos demostrando nuestra capacidad de resistencia y resiliencia con muchas acciones solidarias: salimos a aplaudir al personal sanitario todos los días a las ocho de la tarde; se han organizado variadas acciones de apoyo a las personas más vulnerables, tanto a nivel social como institucional; las creadoras culturales nos regalan piezas que nos acompañan y hacen más llevadero el encierro; madres, padres y tutores, además de cuidar y teletrabajar, han tenido que hacer cursillos acelerados para convertirse en docentes y ponerse las pilas sobre plataformas educativas online; y tantas otras acciones desarrolladas a marchas forzadas por toda la sociedad.

Sin embargo, hay que lamentar ciertas muestras de miseria humana, que no son nuevas, la tensión entre comunidad que vincula y comunidad que acosa es vieja y universal, y en estos momentos se visibiliza en situaciones que duelen mucho: la invitación a abandonar el edificio para no contagiar. ¡Salimos a aplaudirles y les queremos echar de su propia casa! Ante la incredulidad e indignación general, se refieren casos relativos al personal sanitario y trabajadoras de supermercados.

Es de mencionar la abrumadora respuesta de apoyo que han recibido al hacerse público los casos. ¡Menos mal!

CERTEZAS (pocas, pero alguna hay) 

Estamos juntas en esto 

El bien común es el único cinturón de seguridad para nuestras comunidades. Necesitamos invertir en bienes comunes: educación, sanidad, solidaridad, estructura de cuidados… Resulta enternecedor ver ahora a quienes han privatizado la vida defender la inversión en lo público. Difícilmente se mantendrá mucho tiempo este fuego colectivo, pero confiamos en que deje algún rescoldo con el que seguir construyendo el bien común. 

La mosca del vinagre y la mujer gestora

Antes, durante y después de la pandemia las mujeres estamos a prueba. Se nos observa con microscopio y curiosidad entomóloga. Para bien y para mal. Estos días parece que para bien, ya que los medios escriben sobre la buena gestión de la crisis en países gobernados por mujeres: Alemania, Taiwán, Nueva Zelanda, Islandia, Noruega, Dinamarca, Finlandia. Observan el fenómeno del liderazgo femenino con sorpresa, interés, intriga. Somos esos seres misteriosos, impredecibles, cuyas capacidades aún se someten a examen continuo y escrutinio sistemático, no vaya a ser que la liemos. El fracaso de una se nos atribuye en bloque al género femenino. Si falla una, fallamos todas. Si gana una, ¿ganaremos todas? ¿Os imagináis artículos de esa índole dedicados al liderazgo masculino? “Parece que los hombres lo están haciendo bien. Bravo, muchachos”. No, porque ellos, aún con la ineptitud probada de muchos, nunca son cuestionados como género. Solo como individuos. Y estamos viendo cada individuo…

Las vidas en el centro 

Las mujeres sostenemos las vidas. La crisis del cuidado no es nueva, no es uno de los efectos de este virus, pero ha quedado al desnudo en estas circunstancias. No hay vida sostenible sin reconsiderar cómo cuidamos y cómo nos cuidamos, de quiénes dependemos y cómo nos organizamos. Sí, queridas: estábamos en lo cierto. Y no lo olvidéis: de ahora en adelante el feminismo nos va a ser más necesario que nunca.

Estos son, amiga, amigo, nuestros pensamientos, miedos, rabias y certezas. Seguro que tú también tienes tus reflexiones, vivencias, experiencias, temores y conclusiones. Si quieres compartirlo con Doce Miradas y su comunidad, aquí estamos. Te escuchamos.

El feminismo en tiempos de confinamiento

marzo 24, 2020 en Doce Miradas

Esta situación merecía un post colaborativo y aquí está.

Es una reflexión colectiva sobre lo que estamos viviendo y sobre cómo nos las podemos arreglar para sobrellevar este momento del mejor posible. También sobre lo que aprenderemos o deberíamos aprender, qué provechosas enseñanzas podemos extraer de esto.

Nos sirve igualmente este post como despedida hasta el 21 de abril. Adelantamos las vacaciones de Semana Santa y aprovecharemos este tiempo para reorganizarnos y volver con la misma o mayor fuerza.

Qué estamos viviendo

Probablemente la etapa más rara de nuestras vidas, en la que transitamos de la infoxicación a la sordera selectiva, del querer saberlo todo al no querer recibir malas noticias. Como decía Jane Austen, somos “mitad agonía, mitad esperanza”. 

En el momento de escribir estas líneas y desde que se decretó el estado de alerta, ya ha habido en España dos asesinatos machistas. Lo advertía Naiara Pérez de Villarreal en su último post

A nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Estamos experimentando la verdadera dimensión de la palabra “confinamiento”. Porque no es lo mismo quedarte en casa y aburrirte, que no poder salir y que te asesinen. Miles de mujeres están viviendo el terror del confinamiento junto a sus agresores, aisladas (más aún) de sus posibles redes de soporte. Esas violencias de puertas adentro son ahora, más que nunca, señales que no oímos, alertas que no nos movilizan. 

Hasta ahora el desconcierto y la falta de certezas eran solo una intuición o, en el mejor de los casos, una frase molona, de esas que lees en un artículo y comprendes, pero sin permitirle penetrar en tu conciencia real ni mucho menos condicionar tu forma de vida.

Pero, de repente, ya no es una tendencia de futuro: hoy no saldrás de casa, tampoco mañana, y no te atreves a pensar cuándo lo harás. Deseas volver a la “normalidad”, pero sabes que, a estas alturas, nadie puede asegurarte cómo será la normalidad después de esto.  

Estamos viviendo, en directo, la teoría de la que hemos hablado en los últimos años. Estamos protagonizando las próximas series de Netflix. 

Incapaces de prever lo que nunca nos había sucedido, tampoco llegamos a imaginar que podríamos vivir una situación así. Hasta ahora vivíamos con la certeza de que, para tomar distancia de las cosas y poder respirar aliviadas, había que moverse o buscar la compañía de otras gentes con quienes descargar, desahogar y compartir. Sin embargo, el confinamiento ahora nos obliga a gestionar la incertidumbre y el dolor entre cuatro paredes y nuestra vía de escape es la videollamada, el abrazo de las personas con quienes compartimos encierro (si tenemos esa suerte) y los aplausos de las ocho de la tarde, que pronto tendrán lugar a la luz del día.

Doce Miradas es un espacio en el que hablamos, reflexionamos y compartimos con gente de fuera que nos alimenta, pero también lo hacemos entre nosotras doce. En estos días en los que el aislamiento nos ha caído como una losa, las conversaciones cuestan, suponen un esfuerzo y las reflexiones están en modo off. No os preocupéis: activaremos las neuronas.

Esto nos confirma que somos de red, pero también que necesitamos aire, sol, nubes, largas caminatas, ver, sentir y tocar más allá del encierro.

Fotografía de Andrea Silván, @silvanrubiales

Qué estamos aprendiendo

Como todo lo que nos rodea, también estas circunstancias extraordinarias tienen una lectura de género. 

Una pandemia global ha puesto de manifiesto lo que el feminismo venía advirtiendo desde hace tanto tiempo: que nuestro mundo no se sostiene sin los cuidados (los propios y los comunitarios) y que estos los soportan, de forma mayoritaria y apabullante, las mujeres.  

Hemos entendido con total claridad lo que Teresa Torns nos decía al respecto: que la de los cuidados es una cadena que recorre toda la sociedad y que todos sus eslabones, todos ellos, son mujeres. Son mujeres quienes cuidan dentro de la casa (porque os quiero tanto), fuera de ella (dos horas, tres días por semana), en espacios formales (auxiliares precarias, enfermeras precarias, asistentas precarias) y en los informales (unas horas con la abuela o el abuelo en la residencia). 

También estamos entendiendo qué significa esa afirmación tantas veces pronunciada: la pobreza tiene rostro de mujer. Son mayoritariamente mujeres las trabajadoras precarias que perderán, que han perdido ya sus empleos, empleos que ya antes habían estirado como los dobladilos de una falda, intentado alargar, con poca fe, salarios de miseria.

Son ellas el rostro de la pobreza y lo son también sus hijos e hijas, porque aunque las estadísticas hablen de hogares monoparentales, sabemos que son monomarentales y que una de las principales causas de la pobreza infantil es la pobreza femenina. 

El rostro de la mujer trabajadora pobre y con cargas familiares es muchas veces un rostro racializado. ¿Cuántas mujeres migradas trabajadoras en el hogar se encuentran hoy en una  situación aún más precaria y más vulnerable ante los abusos de toda clase? La situación de emergencia de las trabajadoras internas es aún más insostenible en confinamiento.

¿Y luego qué? 

Esta crisis nos produce incertidumbre y nos provocará dolor. Habrá palabras que nunca más significarán lo mismo: sanidad, educación, formación, público, privado, trabajo, comunidad, conciliación, cuidado, abrazo, sentir, estar. Y el significado, la denotación y la connotación que otorguemos a esas palabras determinará el tipo de sociedad que lleguemos a ser cuando todo esto pase, que pasará.

Esta crisis también debe generarnos esperanza. Porque no hay un momento previo al que regresar, en muchas situaciones no habrá vuelta atrás y está en nuestras manos hacer que esto suponga un verdadero avance. Por ejemplo, se acabó la invisibilidad del cuidado, pues ahora ya sabemos qué papel desempeña. Ocurre lo mismo con la cooperación, la sororidad, la importancia de la comunidad para hacer frente a los retos y dotarnos de respuestas. La interdependencia hace sostenible la vida. Si pensamos en el escenario de salida tras esta crisis, ¿no concluiremos que se parece mucho a lo que el feminismo ha venido diciendo durante tanto tiempo? 

Y luego, seguro que gozaremos más de las terrazas, de las calles, de placeres simples, como descansar un ratito en un banco de una plaza; o reunirnos con los amigos, con las amigas, sentarnos muy juntas, reír y charlar.

La realidad económica se hará dura para muchas de nosotras: entonces habrá que activar verdaderos mecanismos de sororidad. O mejor: vayamos activándolos ya.

Amigas, amigos, volvemos pronto. Esperamos encontrarnos a la vuelta. Más que nunca, no nos faltéis. Hasta entonces, buena suerte y cuidaos mucho.

Mujeres en estado de alarma

marzo 17, 2020 en Doce Miradas

De repente el sistema se ha parado. Ya no van los menores al colegio, la economía se resquebraja y muchas personas estamos recluidas en casa, teletrabajando y solamente salimos para ir a trabajar y para comprar lo necesario.

Desde que hemos visto llegar la amenaza real del coronavirus a nuestras vidas estamos viviendo días convulsos. Primero fue el cierre de colegios, y después la declaración del estado de alarma por parte del Gobierno de España, que nos ha obligado a un confinamiento masivo sin precedentes desde que nací.

Esta situación excepcional, de la que seguramente nos quedan muchos días por delante, hace aflorar una vez más la vulnerabilidad que sufrimos las mujeres respecto al tema de los cuidados. Según el último informe elaborado por Oxfam Intermón, las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado, y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados que sí está remunerado.

En los casos de las parejas con menores a cargo, en estos días es bastante habitual que sea la mujer la que renuncie a trabajar, consecuencia de los estereotipos de género y el sistema patriarcal en el que vivimos, en el que el hombre «tiene un trabajo más importante o mejor remunerado». Por ejemplo, a nadie le extrañaría que una mujer le dijera a su superior que es ella la que se queda en casa, y no su marido. Pensar en la situación contraria…¿por qué nos extraña?

Una vez más, nos toca cuidar de los niños y niñas, personas ancianas y otras dependientes. Incluso, en el caso de muchas mujeres que son empleadas de hogar, trabajan en residencias, cuidan de personas dependientes o son personal sanitario (trabajos muy feminizados), tienen que cuidar enfermos con el virus o con síntomas, multiplicando su exposición a contraer la enfermedad, y agravando esta vulnerabilidad.

Mientras suben de manera exponencial el número de personas contagiadas, más son las personas que, a través de redes sociales como Twitter, tiran toda su bilis culpando al movimiento feminista y al Gobierno de la propagación del Covid-19 por haber organizado o permitido las movilizaciones del 8M. 

Yo no me arrepiento de haber salido a la calle en Galdakao durante ese día a reivindicar la igualdad. Había que hacerlo. Es cierto que quizás aún no veíamos la que nos iba a venir encima, pero no es menos cierto que si echamos la vista atrás, durante esos días hubo cientos de eventos que pudieron contribuir a la expansión del virus, y los que no se han criticado tanto: partidos de fútbol (con jugadores y afición desplazándose incluso a otros países), conciertos, celebraciones religiosas, mítines políticos, etc. De hecho, muchas de las personas que han utilizado el 8 de Marzo como arma arrojadiza contra el movimiento feminista, hasta hace muy poco ni se planteaban suspender los actos de la Semana Santa. ¿ESO ES COHERENCIA?

Pero, sin tratar de quitar la importancia que tiene a los temas planteados anteriormente, hay otra circunstancia que me preocupa especialmente durante este confinamiento: la violencia de género.

ONU Mujeres advierte: «Las desigualdades de género empeoran ante cualquier crisis y esto incluye que aumenten los niveles de violencia sobre las mujeres»

Y es que a nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Pienso en esas mujeres que quizás nunca hayan denunciado (o si), pero que sufren a diario el acoso y la violencia verbal, emocional e incluso física de sus agresores con los que viven. En muchos casos, ahora deben estar 24 horas con esa persona, y mucho me temo que esta situación generará que aumenten los casos de violencia hacia ellas. Se justificarán diciendo que es el stress de la situación, o la enajenación mental que sufren por no “salir a despejarse”.

Ya no tendrán esos momentos de respiro que les daba salir a trabajar fuera de casa, dar un paseo o ir a la cafetería a leer un buen libro. O cuando su pareja se pasaba buena parte del día fuera de casa, para ir a trabajar, ver el fútbol con sus amigotes o beber sus cervezas en el bar. Y aunque a veces viniera borracho y más agresivo, por lo menos respiraba durante unas horas antes de sufrir la violencia y la humillación cotidiana.

No se si alguna mujer en esa situación estará leyendo este post, ojalá. Qusiera recordar que en Euskadi tenemos un servicio especializado para mujeres víctimas de la violencia de género, SATEVI, que cuenta con atención telefónica 24 horas en el número 900840111, y que por supuesto no deja rastro en la factura telefónica. Para el resto de las comunidades autónomas, sigue activo también durante estos días el 016.

Pero claro, un problema añadido a esta situación es que es más difícil encontrar un momento de estar sola para llamar a estos servicios y denunciar malos tratos. Muchas mujeres no lo harán por miedo, y porque lamentablemente los justificarán por la excepcionalidad del momento. Por eso es más importante que nunca estar alerta también ante los casos de violencia que podamos intuir por los golpes o gritos que escuchemos en los pisos de nuestras vecinas e intervenir.

Aunque sea desde nuestras casas, la lucha sigue. Muchas mujeres viven y conviven en estado de alarma.