El feminismo en tiempos de confinamiento

marzo 24, 2020 en Doce Miradas

Esta situación merecía un post colaborativo y aquí está.

Es una reflexión colectiva sobre lo que estamos viviendo y sobre cómo nos las podemos arreglar para sobrellevar este momento del mejor posible. También sobre lo que aprenderemos o deberíamos aprender, qué provechosas enseñanzas podemos extraer de esto.

Nos sirve igualmente este post como despedida hasta el 21 de abril. Adelantamos las vacaciones de Semana Santa y aprovecharemos este tiempo para reorganizarnos y volver con la misma o mayor fuerza.

Qué estamos viviendo

Probablemente la etapa más rara de nuestras vidas, en la que transitamos de la infoxicación a la sordera selectiva, del querer saberlo todo al no querer recibir malas noticias. Como decía Jane Austen, somos “mitad agonía, mitad esperanza”. 

En el momento de escribir estas líneas y desde que se decretó el estado de alerta, ya ha habido en España dos asesinatos machistas. Lo advertía Naiara Pérez de Villarreal en su último post

A nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Estamos experimentando la verdadera dimensión de la palabra “confinamiento”. Porque no es lo mismo quedarte en casa y aburrirte, que no poder salir y que te asesinen. Miles de mujeres están viviendo el terror del confinamiento junto a sus agresores, aisladas (más aún) de sus posibles redes de soporte. Esas violencias de puertas adentro son ahora, más que nunca, señales que no oímos, alertas que no nos movilizan. 

Hasta ahora el desconcierto y la falta de certezas eran solo una intuición o, en el mejor de los casos, una frase molona, de esas que lees en un artículo y comprendes, pero sin permitirle penetrar en tu conciencia real ni mucho menos condicionar tu forma de vida.

Pero, de repente, ya no es una tendencia de futuro: hoy no saldrás de casa, tampoco mañana, y no te atreves a pensar cuándo lo harás. Deseas volver a la “normalidad”, pero sabes que, a estas alturas, nadie puede asegurarte cómo será la normalidad después de esto.  

Estamos viviendo, en directo, la teoría de la que hemos hablado en los últimos años. Estamos protagonizando las próximas series de Netflix. 

Incapaces de prever lo que nunca nos había sucedido, tampoco llegamos a imaginar que podríamos vivir una situación así. Hasta ahora vivíamos con la certeza de que, para tomar distancia de las cosas y poder respirar aliviadas, había que moverse o buscar la compañía de otras gentes con quienes descargar, desahogar y compartir. Sin embargo, el confinamiento ahora nos obliga a gestionar la incertidumbre y el dolor entre cuatro paredes y nuestra vía de escape es la videollamada, el abrazo de las personas con quienes compartimos encierro (si tenemos esa suerte) y los aplausos de las ocho de la tarde, que pronto tendrán lugar a la luz del día.

Doce Miradas es un espacio en el que hablamos, reflexionamos y compartimos con gente de fuera que nos alimenta, pero también lo hacemos entre nosotras doce. En estos días en los que el aislamiento nos ha caído como una losa, las conversaciones cuestan, suponen un esfuerzo y las reflexiones están en modo off. No os preocupéis: activaremos las neuronas.

Esto nos confirma que somos de red, pero también que necesitamos aire, sol, nubes, largas caminatas, ver, sentir y tocar más allá del encierro.

Fotografía de Andrea Silván, @silvanrubiales

Qué estamos aprendiendo

Como todo lo que nos rodea, también estas circunstancias extraordinarias tienen una lectura de género. 

Una pandemia global ha puesto de manifiesto lo que el feminismo venía advirtiendo desde hace tanto tiempo: que nuestro mundo no se sostiene sin los cuidados (los propios y los comunitarios) y que estos los soportan, de forma mayoritaria y apabullante, las mujeres.  

Hemos entendido con total claridad lo que Teresa Torns nos decía al respecto: que la de los cuidados es una cadena que recorre toda la sociedad y que todos sus eslabones, todos ellos, son mujeres. Son mujeres quienes cuidan dentro de la casa (porque os quiero tanto), fuera de ella (dos horas, tres días por semana), en espacios formales (auxiliares precarias, enfermeras precarias, asistentas precarias) y en los informales (unas horas con la abuela o el abuelo en la residencia). 

También estamos entendiendo qué significa esa afirmación tantas veces pronunciada: la pobreza tiene rostro de mujer. Son mayoritariamente mujeres las trabajadoras precarias que perderán, que han perdido ya sus empleos, empleos que ya antes habían estirado como los dobladilos de una falda, intentado alargar, con poca fe, salarios de miseria.

Son ellas el rostro de la pobreza y lo son también sus hijos e hijas, porque aunque las estadísticas hablen de hogares monoparentales, sabemos que son monomarentales y que una de las principales causas de la pobreza infantil es la pobreza femenina. 

El rostro de la mujer trabajadora pobre y con cargas familiares es muchas veces un rostro racializado. ¿Cuántas mujeres migradas trabajadoras en el hogar se encuentran hoy en una  situación aún más precaria y más vulnerable ante los abusos de toda clase? La situación de emergencia de las trabajadoras internas es aún más insostenible en confinamiento.

¿Y luego qué? 

Esta crisis nos produce incertidumbre y nos provocará dolor. Habrá palabras que nunca más significarán lo mismo: sanidad, educación, formación, público, privado, trabajo, comunidad, conciliación, cuidado, abrazo, sentir, estar. Y el significado, la denotación y la connotación que otorguemos a esas palabras determinará el tipo de sociedad que lleguemos a ser cuando todo esto pase, que pasará.

Esta crisis también debe generarnos esperanza. Porque no hay un momento previo al que regresar, en muchas situaciones no habrá vuelta atrás y está en nuestras manos hacer que esto suponga un verdadero avance. Por ejemplo, se acabó la invisibilidad del cuidado, pues ahora ya sabemos qué papel desempeña. Ocurre lo mismo con la cooperación, la sororidad, la importancia de la comunidad para hacer frente a los retos y dotarnos de respuestas. La interdependencia hace sostenible la vida. Si pensamos en el escenario de salida tras esta crisis, ¿no concluiremos que se parece mucho a lo que el feminismo ha venido diciendo durante tanto tiempo? 

Y luego, seguro que gozaremos más de las terrazas, de las calles, de placeres simples, como descansar un ratito en un banco de una plaza; o reunirnos con los amigos, con las amigas, sentarnos muy juntas, reír y charlar.

La realidad económica se hará dura para muchas de nosotras: entonces habrá que activar verdaderos mecanismos de sororidad. O mejor: vayamos activándolos ya.

Amigas, amigos, volvemos pronto. Esperamos encontrarnos a la vuelta. Más que nunca, no nos faltéis. Hasta entonces, buena suerte y cuidaos mucho.

Mujeres en estado de alarma

marzo 17, 2020 en Doce Miradas

De repente el sistema se ha parado. Ya no van los menores al colegio, la economía se resquebraja y muchas personas estamos recluidas en casa, teletrabajando y solamente salimos para ir a trabajar y para comprar lo necesario.

Desde que hemos visto llegar la amenaza real del coronavirus a nuestras vidas estamos viviendo días convulsos. Primero fue el cierre de colegios, y después la declaración del estado de alarma por parte del Gobierno de España, que nos ha obligado a un confinamiento masivo sin precedentes desde que nací.

Esta situación excepcional, de la que seguramente nos quedan muchos días por delante, hace aflorar una vez más la vulnerabilidad que sufrimos las mujeres respecto al tema de los cuidados. Según el último informe elaborado por Oxfam Intermón, las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado, y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados que sí está remunerado.

En los casos de las parejas con menores a cargo, en estos días es bastante habitual que sea la mujer la que renuncie a trabajar, consecuencia de los estereotipos de género y el sistema patriarcal en el que vivimos, en el que el hombre «tiene un trabajo más importante o mejor remunerado». Por ejemplo, a nadie le extrañaría que una mujer le dijera a su superior que es ella la que se queda en casa, y no su marido. Pensar en la situación contraria…¿por qué nos extraña?

Una vez más, nos toca cuidar de los niños y niñas, personas ancianas y otras dependientes. Incluso, en el caso de muchas mujeres que son empleadas de hogar, trabajan en residencias, cuidan de personas dependientes o son personal sanitario (trabajos muy feminizados), tienen que cuidar enfermos con el virus o con síntomas, multiplicando su exposición a contraer la enfermedad, y agravando esta vulnerabilidad.

Mientras suben de manera exponencial el número de personas contagiadas, más son las personas que, a través de redes sociales como Twitter, tiran toda su bilis culpando al movimiento feminista y al Gobierno de la propagación del Covid-19 por haber organizado o permitido las movilizaciones del 8M. 

Yo no me arrepiento de haber salido a la calle en Galdakao durante ese día a reivindicar la igualdad. Había que hacerlo. Es cierto que quizás aún no veíamos la que nos iba a venir encima, pero no es menos cierto que si echamos la vista atrás, durante esos días hubo cientos de eventos que pudieron contribuir a la expansión del virus, y los que no se han criticado tanto: partidos de fútbol (con jugadores y afición desplazándose incluso a otros países), conciertos, celebraciones religiosas, mítines políticos, etc. De hecho, muchas de las personas que han utilizado el 8 de Marzo como arma arrojadiza contra el movimiento feminista, hasta hace muy poco ni se planteaban suspender los actos de la Semana Santa. ¿ESO ES COHERENCIA?

Pero, sin tratar de quitar la importancia que tiene a los temas planteados anteriormente, hay otra circunstancia que me preocupa especialmente durante este confinamiento: la violencia de género.

ONU Mujeres advierte: «Las desigualdades de género empeoran ante cualquier crisis y esto incluye que aumenten los niveles de violencia sobre las mujeres»

Y es que a nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Pienso en esas mujeres que quizás nunca hayan denunciado (o si), pero que sufren a diario el acoso y la violencia verbal, emocional e incluso física de sus agresores con los que viven. En muchos casos, ahora deben estar 24 horas con esa persona, y mucho me temo que esta situación generará que aumenten los casos de violencia hacia ellas. Se justificarán diciendo que es el stress de la situación, o la enajenación mental que sufren por no “salir a despejarse”.

Ya no tendrán esos momentos de respiro que les daba salir a trabajar fuera de casa, dar un paseo o ir a la cafetería a leer un buen libro. O cuando su pareja se pasaba buena parte del día fuera de casa, para ir a trabajar, ver el fútbol con sus amigotes o beber sus cervezas en el bar. Y aunque a veces viniera borracho y más agresivo, por lo menos respiraba durante unas horas antes de sufrir la violencia y la humillación cotidiana.

No se si alguna mujer en esa situación estará leyendo este post, ojalá. Qusiera recordar que en Euskadi tenemos un servicio especializado para mujeres víctimas de la violencia de género, SATEVI, que cuenta con atención telefónica 24 horas en el número 900840111, y que por supuesto no deja rastro en la factura telefónica. Para el resto de las comunidades autónomas, sigue activo también durante estos días el 016.

Pero claro, un problema añadido a esta situación es que es más difícil encontrar un momento de estar sola para llamar a estos servicios y denunciar malos tratos. Muchas mujeres no lo harán por miedo, y porque lamentablemente los justificarán por la excepcionalidad del momento. Por eso es más importante que nunca estar alerta también ante los casos de violencia que podamos intuir por los golpes o gritos que escuchemos en los pisos de nuestras vecinas e intervenir.

Aunque sea desde nuestras casas, la lucha sigue. Muchas mujeres viven y conviven en estado de alarma.

Homenaje a las «mujeres ociosas»

marzo 3, 2020 en Doce Miradas

Vivir sola en un barco es un sueño utópico si eres un hombre, una locura inconsciente si quién piensa en esa posibilidad es una mujer. 

Esta frase de producción propia me sirve de arranque para el post previo al 8 de marzo. Un 8 de marzo que llega tras dos años de movilizaciones que han supuesto un punto de inflexión en la demanda de una sociedad igualitaria y respetuosa con los derechos de las mujeres. Un movimiento feminista transversal que, junto con el movimiento contra el cambio climático, ha conseguido determinar la agenda pública.

Este año, Naciones Unidas nos propone celebrar la valentía y la determinación de las mujeres de a pie que han  jugado un papel clave en la historia de sus países y comunidades; mujeres ignoradas por los libros de Historia y ausentes de las grandes narrativas. Aquí va mi pequeño homenaje a la determinación de estas mujeres.

Traigo a este espacio a una mujer a la que conozco bien, una mujer de a pie, de más de 40 años, soltera e independiente, que vivió en Londres el peregrinaje habitual de pisos y más pisos de quien llegó a la capital británica bastante antes de que el Brexit lo cambiase todo. Harta de este peregrinar, un día decide cambiar de vida y vivir en un pequeño barco en los canales que recorren la ciudad londinense. Los comentarios que recibe de su entorno son mensajes insistentes en una única dirección: “¿estás segura, vivir tú sola en un barco?”. Esta frase, ‘tú sola’,  se reproduce como un eco, atraviesa con profundidad sus pensamientos y le hace dudar. Duda porque le hacen dudar, no duda de su capacidad. Duda y se enfada porque sabe que detrás de esos comentarios hay dos ideas arraigadas con fuerza en un imaginario social atravesado por la desigualdad de género: un barco es mucho trabajo para una mujer sola y es peligroso que una mujer viva sola en un barco (otra vez el miedo, otra vez la violencia queriendo condicionar la vida de las mujeres). 

Capaz y decidida, se mantiene firme en su idea: se compra un barco y vive en él. Investiga, prueba, resuelve, disfruta de su nueva vida. Aprende. Piensa, piensa mucho, y entre lo que piensa, piensa en las mujeres que no pudieron ser tan decidas y renunciaron al derecho a vivir como imaginaron porque alguien les dijo que no podían, que era peligroso o que era demasiado trabajo para ellas. Lo que todavía no sabe es que antes que ella, hubo un grupo de mujeres que protagonizaron parte de la historia de los canales fluviales de Reino Unido.

Ya de lleno en su vida de ‘boater’, gestiona la logística de una embarcación que es su casa y que según la normativa de navegación de los canales hay que mover periodicamente. Los días previos, son días de planificación y trabajo: primero hay que decidir cuál será el siguiente punto de amarre, tiene que ser un lugar bien comunicado desde el que poder ir a su lugar de trabajo; después tiene que calcular el tiempo que le llevará mover el barco; y por último hay que ponerse en marcha, soltar nudos, arrancar el motor y llevar el timón; subir y bajar del barco tantas veces como haga falta para abrir y cerrar compuertas, tirar de él en cada una de las esclusas para atraerlo a la orilla y amarrarlo a las piquetas. Sin duda es un trabajo físico, pero también técnico y de planificación, de análisis previo de riesgos y de anticipación. Con su timón, cualquiera diría que dirige una pequeña empresa más que un barco.

En el proceso de pensar y aprender, lee libros sobre navegación y contacta con grupos de mujeres que como ella también hicieron caso a su impulso de vivir como imaginaron, mujeres con las que comparte inquietudes, conocimiento, mujeres que se ayudan y se apoyan (la sororidad). Es entonces cuando conoce la historia de las ‘Idle Women’, las mal llamadas “Mujeres Ociosas”: un grupo de 40 mujeres británicas que durante la Segunda Guerra Mundial, cuando cientos de hombres se fueron al frente, mantuvieron el transporte fluvial de mercancías en el Reino Unido, llevando a cabo uno de los trabajos más difíciles del Frente Interior. Trabajando en equipos de tres, transportaban las mercancías en un par de botes estrechos conocidos como “motor and butty”. 

Durante meses, las “mujeres ociosas” (qué cruel o qué deliciosa puede ser la ironía británica), completaron viajes de ida y vuelta de más de tres semanas entre Londres, Birmingham y Coventry. Navegaron durante jornadas extenuantes de 18-20 horas, a veces en climas helados y con niebla, para entregar los suministros esenciales para la guerra, transportando cargas de 50 toneladas de carbón, acero y cemento. Todo lo hacían a bordo: trabajaban, dormían, comían y se aseaban. Solas, pero acompañadas.

«El trabajo fue duro: desde la carga y descarga hasta los largos días que pasábamos viajando en todas las condiciones posibles, atravesábamos esclusas sin fin, a menudo en la oscuridad y sin poder usar antorchas debido al apagón forzado», escribió en su diario Evelyn Hunt, una de las primeras mujeres en ser voluntaria allá por 1942. «¡Que día! ¡Lo peor que hemos tenido hasta ahora! ¡Y qué noche para empezar a escribir este diario! El viento está aullando afuera, creo que es una tormenta tan salvaje como nunca he escuchado ”, escribió en su primera entrada curiosamente el 1 de enero de 1943.

La historia de las “Idle Women” permaneció prácticamente oculta durante años confirmando las palabras de la historiadora Inmaculada Gil-Bermejo sobre lo poco que se sabe de las mujeres invisibles, aquellas que hicieron historia aunque sus nombres no hayan llegado a ser conocidos. Han tenido que aparecer un grupo de entusiastas mujeres apasionadas por la navegación, para que se difunda y se conozca el aporte de estas mujeres pioneras que dieron un paso al frente y decidieron no quedarse en casa mientras los maridos ausentes libraban la batalla.

Qué la historia la escriben los vencedores es algo conocido, qué la han escrito los hombres, también. Las mujeres estamos ausentes en los libros de Historia (como si hubiésemos permanecido ociosas durante todo este tiempo), hemos tenido que superar muchos obstáculos para poder desarrollar nuestros intereses y capacidades (recuerden a nuestra protagonista), y las que han conseguido hacerlo, salvo señaladas y contadas excepciones, no han recibido ningún reconocimiento y ni siquiera han sido nombradas en los relatos oficiales (ahí están nuestras ‘Idle Women’). 

Esta semana de movilizaciones y reivindicaciones, es un buen momento para recordar el papel de las mujeres que se salieron de las normas, que desafiaron y siguen desafiando las convenciones de su tiempo, que rompieron y rompen techos de cristal y remueven los suelos pegajosos, porque son ellas las que hacen historia y consiguen que la sociedad avance. Merecen ser reconocidas y que su historia inspire a futuras generaciones.

Como bien decía Ana Erostarbe, es una verdad, verdadera que a las mujeres, nos ha costado infinitamente más que se reconozca nuestro trabajo, y es otra verdad, verdadera que, como decimos en Doce Miradas, las cosas se cambian, cambiándolas. Que así sea.

Mientras ellos gobiernan, nosotras amamos

febrero 18, 2020 en Doce Miradas

La semana pasada el calendario marcaba una fecha señalada, el Día de San Valentín, también conocido como el Día de los Enamorados. Sin obviar la utilización machista del lenguaje, en este día confluyen muchos de los motivos por los que las mujeres queremos desprogramarnos y construirnos de un modo libre.

La idea de que el Día de San Valentín es una fecha comercial inventada por unos conocidos almacenes está bastante extendida; en plena cuesta de febrero llega un momento de consumismo desenfrenado porque, claro está, con las cosas del amor no se repara en gastos. Sin embargo, parece que San Valentín sí existió. Valentín fue un sacerdote cristiano, en la época del Imperio Romano, que casaba soldados a pesar de la prohibición del emperador que consideraba el matrimonio algo incompatible con la carrera de las armas. Al descubrirse que el sacerdote casaba parejas en secreto, fue decapitado. No es el tema en el que quiero entrar ahora, pero me sacude una doble idea: o el sacerdote no quería que las parejas vivieran en pecado; o el sacerdote era antimilitarista y el matrimonio su herramienta de lucha contra las guerras. Esta sí que es una idea romántica.

El Día de San Valentín, además de concentrar la venta del 8% total del negocio anual de la floristería, concentra también el 100% de la venta del amor romántico, una de esas falsas creencias tan bien acomodadas en nuestro imaginario colectivo que ni se nos ocurre cuestionar —no vaya a ser que agüemos la fiesta a alguien—. Y es que el amor, ¡ay, el amor!, es el centro de nuestra vida; todo gira en torno a un ideal, a nuestra media naranja, a eso que socialmente nos convierte en mujeres completas, cuando en realidad —aquí viene el jarro de agua fría— se trata de una construcción social que nos hace dependientes y vulnerables. 

El amor romántico es un dispositivo de control que nos mantiene ocupadas desde edades muy tempranas. Desde pequeñas escuchamos y jugamos con falsos signos del amor; a ver si os suena eso de “el príncipe azul que vendrá de no sé qué país a rescatarnos”, “contigo pan y cebolla” o “sin ti no soy nada”. Son frases que apuntalan la creencia de que las mujeres somos frágiles princesas, seres incompletos que deambulamos hasta encontrar el amor verdadero, el príncipe azul, eso que da sentido a nuestra vida y tranquiliza a las familias. 

Y, un día, el príncipe llega; y según entra por la puerta, la libertad de la mujer sale por la ventana. En el amor romántico la pareja es similar a una propiedad privada; el propio modelo crea una idea de pertenencia y esto hace que se justifiquen los celos o la violencia machista: “la maté porque era mía”. Apenas hemos estrenado año y ya van 11 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas.

Recuerdo el primer artículo que escribí en este blog, hace ya siete años, titulado Desprogramando el identikit en espacios de papel, en el que hacía hincapié en las lógicas de poder. La hombría se asimila a la valía social, la intelectualidad, la racionalidad, la autoridad y la libertad; al hombre se le educa como si fuera el centro del universo. En contraposición, lo femenino se asocia a la inestabilidad, la afectividad, la emocionalidad, la fragilidad y la falta de racionalidad o de autonomía.

Así, a las mujeres se nos educa para cuidar, servir, sostener, equilibrar, tapar, amar y proveer felicidad, dejando a un lado nuestra propia identidad. Seguro que os sonará eso de “detrás de cada hombre hay una gran mujer”. Eso es, detrás. Ya lo decía Kate Miller, una de las escritoras y activistas más relevantes del feminismo: “el amor es el opio de las mujeres, como la religión el de las masas”. Mientras nosotras amamos, los hombres gobiernan; el amor romántico construido desde una visión patriarcal lleva a la mujer a dar prioridad al hombre, a ocupar un segundo lugar irrelevante, a cuidar y equilibrar la familia y la vida para que él se centre y se encargue de las cosas que realmente importan. Ya sabéis que gobernar es cosa de hombres.

El amor romántico nos mantiene distraídas soñando con finales felices, alimentando así una realidad en la que nada cambia, en la que la desigualdad se sostiene bajo el espejismo del amor verdadero. Las mujeres queremos amar, por supuesto, pero también queremos gobernar. Caer rendidas en las lógicas del amor romántico es dar pasos en contra de nuestra libertad y esto durará hasta que las mujeres lo sigamos sosteniendo con nuestras fantasías.

La única mujer en la habitación

febrero 4, 2020 en Doce Miradas

En 1972, Lena Söderberg, una joven sueca de tan solo 21 años y recién llegada a Estados Unidos, aceptó una oferta de trabajo como modelo para una revista. El trabajo era para Playboy, siendo portada en noviembre de ese año una de las capturas, donde ella aparecía desnuda de espaldas con un sombrero azul.

Al año siguiente, un equipo de ingenieros de la Universidad del Sur de California buscaba una fotografía con la que probar un nuevo desarrollo de software para digitalizar y comprimir imágenes. Un componente del equipo (todos eran hombres), ofreció su ejemplar de Playboy, porque era la década de los 70 y llevar esa revista al trabajo era lo habitual y bien visto. La prueba funcionó así que distribuyeron la imagen comprimida a más colegas de profesión para que pudieran hacer lo mismo con sus propios algoritmos y así comparar los resultados (esta investigación sentó las bases para lo que luego se convertiría en el formato JPEG). A partir de ese momento, la fotografía de Lena se convirtió en el estándar de pruebas de compresión. Aparece en papers de investigación, libros de texto y hasta en el último capítulo de la famosa serie Silicon Valley, me encontré con ella en una de las escenas:

Y es que aunque la tecnología y los ingenieros que trabajaban con ella envejecieron y cambiaron, la imagen de Lena no. La propia protagonista, que ahora ya es abuela, dice “Dejé de ser modelo hace mucho tiempo. Es hora de que también me retire de la tecnología». El movimiento para “jubilar” a Lena lleva activo ya dos décadas. Algunas revistas científicas ya no aceptan investigaciones que utilicen a Lena. Y se hizo en 2019 un documental con el que yo descubrí esta historia: «Losing Lena«.

Lo interesante de este documental es que no se centra solo en su historia. Habla también de los pequeños detalles, a veces muy sutiles y otras veces no tanto, con los que se les dice a las mujeres que no pertenecen a la industria de la tecnología, que no son bienvenidas. Por ejemplo, cuenta la historia de Maddie Zug, una de las pocas chicas en una clase de inteligencia artificial que en 2014 recibió la imagen de Lena en una tarea de programación. De inmediato, ser una de las pocas chicas en una habitación de adolescentes que resoplaban y se reían ante la foto de una mujer desnuda, se convirtió en una situación realmente incómoda para ella.

Muchas personas estamos trabajando para que más niñas y jóvenes elijan en libertad y sin condicionamientos su futuro profesional, no descartando las carreras de ingeniería por la acción de sesgos y estereotipos. Pero qué pasa con las pocas que han llegado y llegarán: que les tocará en muchas ocasiones enfrentarse a ser esa única mujer en la habitación. Y el problema muchas veces no es que sus compañeros las vayan a tratar mal ni mucho menos, pero sentirte sola o diferente es una sensación complicada. De hecho, me viene a la cabeza la historia de Anita Borg, una referente en el mundo de la tecnología, que fundó Systers Borg, la primera comunidad online para mujeres en la tecnología, tras asistir a una conferencia con poca presencia femenina y reunirse en el baño con las pocas que había. Allí se dieron cuenta, al ser las únicas mujeres de la sala, que necesitaban agruparse y sororidad, mucha sororidad. Como curiosidad, que sepáis que en 1992, cuando Mattel Inc. empezó a vender una muñeca Barbie que decía que la clase de matemáticas es difícil, las protestas que se iniciaron en Systers jugaron un rol fundamental para conseguir que eliminaran esa frase.

En 2019 Pixar también lanzaba un corto en esa línea: Purl, una madeja de lana rosa que llega a una oficina donde el resto de compañeros son iguales entre sí y muy diferentes a ella. Es, según su directora Kristen Lester, una fábula acerca de pertenecer, de tratar de encajar en un sitio en el que podrías parecer ajena y del cómo las circunstancias pueden hacerte ceder hasta el punto de perder tu identidad: “está basado en nuestras experiencias propias. En mi primer trabajo en el mundo de la animación yo era la única mujer en la sala, así que, para seguir trabajando en lo que me gustaba, me convertí en uno de ellos”. De hecho, purl es una palabra inglesa que define cuando tienes un jersey de lana y se te sale un punto. Un material excelente para llevar a las aulas:

Ya es hora de retirar a Lena de la tecnología y de decirles a nuestras niñas, jóvenes y profesionales que son bienvenidas, que pertenecen a este mundo tanto como los hombres y que no estarán solas. Y si lo están, no son ellas las que tienes que cambiar ni perder su identidad. Me quedo para el cierre de este post con esta frase de Diane Boettcher:

“En lugar de pensar en ti como la única mujer en la habitación, se la primera mujer en la habitación.”

Del yoga a la obscenidad

enero 21, 2020 en Doce Miradas

He vuelto al yoga. No voy a aburrirte con la letanía habitual de quienes descubren algo y quieren, por lo civil o por lo criminal, convencer de sus virtudes; eso lo reservo para mi primer círculo sufridor (al que agradezco su paciencia cuando me quejo por las agujetas). En una de las paredes del estudio donde practico varias veces por semana se puede leer:

“Antes de practicar, la teoría no sirve para nada; después de practicar, la teoría es obvia”.

Y en eso ando, intentado entender y practicando.

Lola Vendetta: “El feminismo no se sufre, se disfruta”.
Esa es la actitud.

El yoga se basa en la consciencia de movimientos y respiración. Exige, además, comprender qué es lo que no funciona, para poder alinearlo. Si te duelen las lumbares puedes tomarte un ibuprofeno o modificar la postura; lo primero te alivia a costa de dejarte el estómago y el hígado tocados, mientras lo segundo puede conseguir que yergas el torso, mires al horizonte y te des cuenta de todo lo que te estabas perdiendo.

Tras algunos fracasos estrepitosos, he aprendido que corregir lo que no está equilibrado requiere practicar las contraposturas: ejercer cierta presión en el sentido contrario a lo que me molesta, para actuar sobre lo que quiero cambiar, bien sean los lumbares o las desigualdades. Por decir algo.

Conciencia, comprensión y contramedidas. Si funciona con mi propio cuerpo (escápulas abiertas, columna alineada, cervicales en posición relajada, inspira en cinco, expira en cinco), ¿qué ocurrirá si lo aplico a la sociedad?

Poner luz sobre lo obsceno

Todo lo que nos rodea tiene una lectura de género. Por mucho que pueda parecerlo, la realidad no es gender-free: la cultura, la economía, la educación, la actividad política, los medios de comunicación, el uso de los espacios públicos, la publicidad, el lenguaje, lo que digo y lo que callo… ¿seguimos? Por lo tanto, las alternativas son solo dos: o aplicamos el filtro feminista, o consolidamos, por activa o por pasiva, el enfoque de género normativo, creado a la imagen y semejanza de solo una de las mitades de la humanidad.

Pero, ¿por dónde empezar, cuando debemos intervenir en absolutamente todo? Mi admirada Marta Sanz (no os perdáis “Monstruas y Centauras”, haced el favor) propone una forma de identificarlo: debemos ser obscenas, que a pesar de lo que te has imaginado al leer esta palabra, se refiere a trabajar sobre lo que está fuera de la escena. Y hete aquí, qué sorpresa, que lo que no se ve, en la mayoría de los casos, tiene que ver con nosotras. Será casualidad, casi seguro.

Es ahí donde toca entrenarse con el yoga feminista. Lo que consideramos normal o normativo no es más que una construcción sutil que se consolida,  pasito a pasito, desde lo más sublime a lo más nimio. Ser conscientes de lo que no funciona, entender los porqués y aplicar la contra-postura.

Una contrapostura de calentamiento muy recomendable es hablar de lo oculto, con oportunidad o sin ella. Aquí una lista de tácticas para incorporar el debate feminista en la conversación pública; seguro que se te ocurren otras muchas. Y cuando te reprochen, que lo harán, “estar siempre con lo mismo”, puedes practicar la respiración profunda (y contar hasta diez) o jugar mentalmente al bingo feminista de nuestra Lorena Fernández.

Una vez que dominemos la conciencia en el discurso, practiquemos la extensión. Soy muy partidaria de todas las posturas que nos lleven a estirarnos para ocupar los espacios y hacer visibles los desequilibrios. Aquí hemos hablado y escrito mucho sobre los #AllMalePanels, por ejemplo. En nuestro haber queda practicar la contrapostura y asegurar la presencia de las mujeres en la plaza pública, es cierto, pero sin olvidar que son los caballeros que acaparan estos espacios quienes deben entrenar los músculos de la retirada. Señores, les toca.

Más allá de lo evidente

Campaña contra la violencia de Alexandro Palombo, «Solo porque soy mujer»

Por mucho que la violencia contra las mujeres ocupe horas y hora en la conversación, sigue siendo un tema obsceno, porque las causas y las medidas estructurales para hacerle frente siguen estando fuera de la escena. Hablamos mucho, hacemos demasiado poco. Vemos la punta del iceberg, pero aguas abajo todo son penumbras. Cuando escucho a representantes públicos clamar tras una pancarta “no vamos a tolerar más violencia contra las mujeres”, no puedo evitar preguntarme qué significa eso. ¿Más recursos para la formación? ¿Mayor inversión en la detección, prevención y acompañamiento? ¿Reformas legales para evitar sentencias que aplican de forma aberrantes el concepto del consentimiento? Ojalá. La cuestión es que, en cuanto callan los micrófonos, esas mismas personas negocian la censura educativa (ahora conocida como pines parentales), retiran programas de coeducación o mercadean con los derechos de las mujeres en el zoco de sus parlamentos.

Vamos muy tarde, y la Historia nos dará una bofetada, a mano abierta, cuando dentro de una décadas analice la frivolidad con la que dejamos pasar el tiempo haciendo poco más que ejercicios de hiperventilación y sin cambiar nada. Veintitrés años después de su asesinato, el New York Times recogía la semana pasada el obituario de Ana Orantes y lo hacía en Overlooked No More, una sección en la que repasan referencias históricas que, en su día, no obtuvieron la atención necesaria.

La Historia está llena de mujeres que han ido enderezando el mundo. Marcha por los derechos políticos, UK hace tiempo

Pretender acceder a los centros de poder sigue siendo obsceno, pero no queda otra. Estados Unidos se prepara para unas nuevas elecciones (quieran las Diosas que alguien tenga que hacer las maletas) y no faltan las alusiones a los méritos de unas y otros, incluso con elementos tan poco meritorios como la edad. Fue brillante, al respecto, la respuesta de Elisabeth Warren cuando le recordaron que, de ser elegida, sería la persona más mayor jamás en el cargo. “También la mujer más joven”, dijo. Ya no somos una rareza, ya “estamos” en el ámbito público del poder, pero cuidado, ya que como nos recordaba Noemí Pastor con su Leona Herida, las barreras contra el acceso y la permanencia de las mujeres siguen siendo muy potentes. Necesitamos más mujeres en el ámbito público y para ello, es imprescindible entender que lo que nos mantiene en esa oscuridad no son las carencias individuales, sino las presiones colectivas. Necesitamos contraposturas, recursos para acelerar la presencia de más mujeres en el oficio de lo público. Echa un ojo al trabajo de Basqueskola, por ejemplo.

La precariedad es obscena, y es intolerable. Reclamar dignidad en el empleo sigue siendo necesario, aquí y en todo el mundo. Los espejismos de igualdad bajo cuyo embrujo vivimos esconden una cara B en todos los niveles sociales. Más de cien presentadoras denuncian las desigualdades estructurales en la todopoderosa BBC y mientras tanto, Oxfam nos recuerda que la pobreza en España sigue siendo mujer y joven. Seguro que la conoces: gana menos que sus colegas hombres, y está sobrerrepresentada en tareas precarias,  minusvaloradas, que rozan la explotación y se pagan miserablemente.

 

Pocos movimientos sociales pueden decir que cuentan, de serie, con un completo kit de contraposturas para enderezar la sociedad, para liberarla de hábitos posturales que a corto, medio y largo plazo son letales (y no es una forma de hablar). Bien: el  feminismo puede. Porque ya ha cambiado el mundo, y lo sigue cambiando, para bien. Lo resume muy bien en Rebelión Cecilia Castaño, Catedrática de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid.

No debemos minusvalorar los avanaces, pero tampoco magnificarlos: nos duele todo el cuerpo, y es un dolor crónico y limitante. Avanzamos, pero el proceso está siendo lento y, no lo olvidemos, nos está costando la vida. Literalmente.

Seamos obscenas y conscientes. Respira y trabaja la resistencia, que esto nos va a llevar un tiempo todavía. Nos queda un largo camino hacia la movilidad plena de nuestras articulaciones, queridas hermanas.

Namasté.

La ciudad y la casa de tus sueños

enero 7, 2020 en Doce Miradas

A mi hermana le encantan los programas de televisión de reformas de casas. Al principio no daba crédito pero empecé a verlos con ella y comprendí la fascinación que ejercen y por qué se han convertido en un auténtico boom. Llegan los gemelos Scott o Jillian y Todd, por ejemplo, y te arreglan la vida, creando el espacio perfecto para las necesidades y personalidad de cada integrante de la familia. Es adictivo ver cómo transforman lo feo, pequeño, oscuro, desordenado y disfuncional en lugares mucho más amplios y diáfanos, bonitos, luminosos, limpios, ordenados y perfectamente adecuados a su función. Poco me duró la magia del asunto porque enseguida cayeron las gafas violetas sobre mis ojos. Si habéis visto estos programas sabréis que la reforma estrella consiste en ofrecer el ‘concepto abierto’, que no es otra cosa que crear una planta diáfana que albergue cocina, comedor y salón. Todo ello siempre con un derroche de m2 y dólares que no acostumbramos por estos lares. “¡Cómo se nota que esa gente no cocina sardinas”!, me dijo mi amiga Esther, a propósito del ‘open concept’. Olores aparte, lo que llamó mi atención fue la frase que casi todas las mujeres repetían cuando formulaban su deseo de tener el dichoso ‘concepto abierto’: “Así podré vigilar desde la cocina a los niños mientras juegan”. Y tachán, de esa manera tan tonta y casual sale a la superficie que son ellas las que ocupan la cocina y quienes tienen la responsabilidad de vigilar y cuidar a la prole. Por si teníamos alguna duda. Da igual Vancouver que Nashville que Nueva Orleans que Bilbao.

Por eso, cuando en septiembre pasado se dio a conocer el borrador del decreto de ley que prepara el Gobierno Vasco para mí llovía un poco sobre fregado. Lo primero que oí es que obligaría a construir cocinas más grandes y conectadas para que la mujer no estuviera tan aislada. ¡¿Cómo?! ¡¿Hagamos las jaulas más cómodas y confortables para que la presa se sienta a gusto y no desee salir nunca!?

La Vanguardia.

20 minutos.

La noticia causó mucho revuelo. Se ridiculizó y hubo mucho cachondeo. Desde el Gobierno Vasco se alegó que se había explicado mal. Tampoco terminé de encontrar una fuente de información en donde se explicara bien. Estoy convencida de la necesidad de construir y urbanizar con perspectiva de género, además de otras perspectivas. Es decir, diseñar ciudades sin puntos ciegos, pasadizos, ni espacios retranqueados en donde pueda esconderse un potencial agresor, accesos a los portales en donde puedas ver y ser vista, una buena iluminación nocturna… Estas medidas son las más obvias, después están las que tienen en cuenta el transporte público, el diseño de parques y espacios de ocio de forma que se garantice un uso inclusivo, la ubicación de los equipamientos deportivos, salud, laborales… Se dice que invertir en transporte público es invertir en las mujeres, porque son quienes más lo usan.  Pero ¿de verdad una cocina más grande, una cocina unida al comedor o incluso al salón va a favorecer que hombres y mujeres compartan las tareas del hogar, crianza y cuidados? ¿No es una cuestión más de open mind (mente abierta) que de open concept (concepto abierto)? ¿Estamos por la educación en igualdad o por los metros2? Siempre he escuchado que antes, nuestros ancestros desarrollaban su vida familiar fundamentalmente en las cocinas, que eran el corazón del hogar, y no por ello los hombres compartían las tareas de la casa, sino que leían el periódico o descansaban de su jornada laboral.

No está en mi ánimo ridiculizar el decreto del Gobierno Vasco porque agradezco que se tenga en cuenta la perspectiva de género en la política, también en la urbanística. Es un gran paso para el que han contado con el asesoramiento de la arquitecta experta en vivienda con perspectiva de género, Inés  Sánchez de Madariaga, quien sostiene en esta entrevista que hombres y mujeres utilizamos los edificios y las calles de las ciudades de manera distinta, en función de nuestras tareas, actividad cotidiana y distintos roles de género. “Una persona que tiene responsabilidades del cuidado de menores o personas mayores a su cargo y también trabaja, es una persona que además de ir a su lugar de trabajo, tiene que ocuparse de que los menores vayan al colegio, al médico, a actividades extraescolares. Normalmente acompañarlos, porque los menores no tienen autonomía para moverse en el espacio urbano, y lo mismo con las personas mayores cuando pierden la autonomía personal. Lo que nos dicen las encuestas del uso del tiempo es que mayoritariamente son las mujeres las que realizan estas tareas y esto ocurre en España y en todos los países”. Esto hace que usemos los edificios de manera diferente, ya que “las personas que cuidan de otros usan la vivienda de manera mucho más intensiva que quienes utilizan la vivienda como área de descanso que suelen ser los hombres. Las personas que cuidan de otras personas hacen un uso más complejo, más extenso del espacio urbano, tienen recorridos en la ciudad más variados a lo largo del ciclo vital que aquellas personas cuya actividad se limita a acudir al lugar de trabajo y a alguna actividad de tipo deportivo o de ocio, que son mayoritariamente hombres. Entonces hay una diferencia muy grande en el uso de la ciudad entre hombres y mujeres y en el uso de la arquitectura”, añade la experta.

Es apasionante todo este estudio sobre el uso de las viviendas y el modo en que nos movemos por las ciudades mujeres y hombres, lo que llaman la ‘movilidad del cuidado’. Pero ahí surge el dilema. ¿Debemos estudiar la realidad y diseñar, urbanizar y construir de acuerdo a esa realidad? Suena práctico, sensato y lógico pero también suena a rendición y resignación, ya que en muchos casos nos conduce a perpetuar la desigualdad, la injusticia y los estereotipos de género. ¿O por el contrario conviene diseñar, urbanizar y construir con el propósito de transformar esa realidad y crear una sociedad más justa? Esto sería sin duda lo deseable. Pero, ¿es posible? ¿Tienen la arquitectura y el urbanismo tanto poder y capacidad de transformación?

Vaya dilema. Me apoyaré en algunos ejemplos del poder del espacio y el urbanismo en cuestiones diversas y ajenas a la igualdad de género. Hace poco leí un artículo de Lucía Lijtmaer en el que hablaba sobre el famoso sonido Motown. ¿Tuvo algún papel el urbanismo en el desarrollo de esta música soul surgida en la ciudad de Detroit? Según un estudio, parece que fue una de las claves. Resulta que todos aquellos músicos afroamericanos tenían algo en común: tenían piano en casa. Y podían tenerlo porque Detroit, al ser una zona geográfica amplia, propició un tipo de construcción de casa unifamiliar de dos plantas, muy común en las ciudades del medio oeste. Contribuía también el salario estable que recibían de la industria del motor, lo que permitió a las familias comprar pianos. Un piano es posible en una casa familiar, pero impensable en un apartamento de una familia obrera del este, explica Lijtmaer.

¿Y los famosos garajes en donde surgieron los imperios tecnológicos de Sillicon Valley? ¿Habrían ingeniado Facebook o Microsoft Zuckerberg y Gates de haber sido vascos con txoko o tendrían más opciones de ser cocineros? La oportunidad de acceso y uso de un determinado espacio puede propiciar actividades  que devienen después en fenómenos económicos y sociales.

Por desgracia, también han descubierto el poder de la arquitectura quienes promueven un urbanismo cruel e inhumano como puede verse en este tuit de Julen Iturbe sobre los elementos hostiles implantados en algunas ciudades para echar de las calles a las personas sin hogar.

Conviene, por tanto, tomarse muy en serio la visión y la intención que impulsa o descarta una determinada arquitectura. Las políticas urbanísticas influyen en cómo usamos los espacios y pueden cambiar comportamientos y a veces incluso salvar vidas (por cierto, ¿alguien entiende que se haya puesto una escultura a modo biombo gigante en la explanada de las torres de Isozaki, un punto en su día considerado peligroso, y que impide la visión de toda la escalinata y puente Zubi Zuri desde la calle Mazarredo de Bilbao?).

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

A la escritora Virginia Wolf no se le pasó por alto la importancia del espacio para que las mujeres pudieran desarrollar una carrera como escritoras. Podríamos decir que fue una de las primeras expertas en diseño de viviendas con perspectiva de género. Dentro del feminismo y en este mismo blog se ha referenciado en innumerables ocasiones su famosa reflexión. Para escribir novelas, dijo, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio». De cocinas no dijo nada.

Rebecca y Jeanette, dos nombres, cientos de historias

diciembre 17, 2019 en Doce Miradas

miren hualde doce miradas Miren Hualde, Hondarribia (1979). Estudié Derecho y Periodismo. Después de 6 años en la Cadena Ser Euskadi, y de trabajar en programas e informativos, busqué el cambio que me permitiese dedicarme a aquello que me apasiona, contar historias desde lo social. Historias que abriesen la mirada a otras personas, historias que trajesen realidades y mundos que existen, pero no vemos. Desde hace 2 años soy la Responsable de Comunicación de la Fundación Anesvad. Trabajo en esta ONG que nació en Bilbao desde hace más de 10 años. Desde entonces, en mi vida nada es igual.

Rebecca tenía 9 años cuando la conocí, cuatro hermanos y vivía en Live, Ghana. En ese pequeño poblado de chabolas de adobe y paja, no hay ni centro de salud, ni luz, ni agua potable. En cuanto sale el sol, Rebecca recorre una hora por una pista de tierra roja para recoger agua potable para su casa. Después, prepara el desayuno para ella y sus hermanos, lava lo que ha utilizado y va al colegio. Más de media hora andando para llegar, limpiar su aula y colocarse en fila junto con el resto de compañeros y compañeras para entrar, puntual, a las ocho de la mañana en su clase. Hasta las dos. A esa hora, saldrá de su escuela con su uniforme blanco y azul y de nuevo a su casa. Un espacio dividido en dos bloques enfrentados, sin habitaciones y con dos camastros. Al fuego, con leña en el suelo, una cazuela con algo de fufú, eso con suerte. Son muchas las ocasiones en las que ni esta pequeña ni sus hermanos no prueban bocado hasta la cena, sobre las cinco de la tarde, cuando comienza a caer el sol. A partir de las seis, la oscuridad es total, y solo alumbran los distintos fuegos de las viviendas.

El día en que conocí a Rebecca, en 2012, sentí una emoción especial. Algo me llevó a conectar de manera inmediata con una niña de 9 años con quien no podía comunicarme sin un intérprete que tradujese lo que queríamos decirnos del ewe, su lengua materna, al inglés, una de las lenguas que se habla en ese país de África Occidental. Compartimos 15 días intensos en los que viví en primera persona lo que significaba leer “millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua”. Rebecca no había visto un grifo en su vida, conmigo vio lo que es abrir un grifo y que salga agua, compartió conmigo la emoción de ver correr el agua limpia por primera vez en sus 9 años de vida. Ella representó para mí, en ese instante, la realidad de millones de niñas, mujeres, personas en el mundo que no pueden acceder a este bien básico.

Esto es lo que me contó a través de su intérprete antes de despedirnos. Ese día, por primera vez, salió de su poblado para acompañarnos al mercado local, que dista 5 kilómetros de su casa pero que nunca había visitado. Se agarró a mi mano y no me soltó. La extraña debía ser yo, pero la que se sentía extraña era ella:

“Mi sueño es ser enfermera pero no sé si lo conseguiré porque mi familia no tiene medios. Seré entonces matrona en mi comunidad, ayudaré a otras mujeres. Me gustaría formar parte de los grupos de mujeres que existen en mi poblado y que fabrican jabón para tener ingresos y ser independientes.

Sé que hay otras muchas niñas y mujeres que tampoco cumplirán sus sueños. Porque las mujeres estamos discriminadas y no tenemos los mismos derechos. Cada día me pregunto por qué.»

Grupo de mujeres en Lalo, Benín.

Todos los días nos lo preguntamos. Por qué razón no tenemos los mismos derechos. Por qué razón las mujeres somos discriminadas. Hace bien poco se conmemoró, como cada 10 de diciembre, el Día Internacional de los Derechos Humanos y un año más la desigualdad de género sigue siendo una de las mayores barreras para el desarrollo humano. El IDH promedio de las mujeres es un 6% más bajo que el de los hombres, y los países de la categoría de desarrollo bajo sufren las brechas más amplias. Según las tasas actuales de progreso, podría llevar más de 200 años cerrar la brecha económica entre los géneros en todo el planeta. Son datos del último IDH 2018, con avances respecto a años anteriores pero el semáforo rojo sigue en países en vías de desarrollo como Ghana o Benín, dos de los países que he tenido el privilegio de visitar en varias ocasiones. Allí, aun estando legalmente prohibida, la poligamia campa a sus anchas en el ámbito rural, las mujeres trabajan a destajo en el campo y siguen sin ser dueñas de sus ingresos, tienen que pedir permiso para ir al médico y son el sustento de la familia desde todos los puntos de vista. Esto, dejando de lado la violencia intrafamiliar, la ablación y otros factores de extremo riesgo a las que se exponen.

Y es que, a pesar de los avances regionales en garantías legales, como es el caso de la Carta Africana de los Derechos Humanos de 1981 y su Protocolo Adicional en favor de las libertades de las mujeres (Protocolo de Maputo, en vigor desde 2005), las brechas de género, los abusos y la violencia contra las mujeres siguen abonando la pobreza, la discriminación y la emigración en muchos países africanos.

Hace 5 meses volví a Ghana por segunda vez este año. En el Hospital de Cape Coast, una antigua leprosería, me encontré de nuevo con Jeanette Gaya, una liberiana de 28 años a quien entrevisté en mi primera visita en 2019. Como yo, estudió Derecho y en último curso, enfermó. Peregrinó más de 5 años por hospitales de su país hasta que le hablaron de un centro en Ghana especializado en enfermedades como la suya, la lepra. Está curada de la enfermedad, pero ha sufrido una reacción a los medicamentos. La pobreza y el olvido que rodean a las personas que sufren estas enfermedades, también en el ámbito de la investigación médica y farmacéutica, hacen que casos como el suyo se cronifiquen. Será difícil que Jeanette salga de esa situación. Podía haber sido yo pero fue ella. El lugar en el que ambas nacimos marcó la diferencia.

Cada voz cuenta, cada paso cambia

diciembre 10, 2019 en Doce Miradas

No es la primera vez que traigo el test de Bechdel a colación en este blog. A través de tres sencillas preguntas, este test permite determinar si una película discrimina a las mujeres o no:

  • ¿Hay al menos dos mujeres con nombre propio en la historia?
  • ¿Conversan entre ellas en algún momento?
  • ¿Conversan sobre cualquier tema no relacionado con un hombre?

Tres preguntas aparentemente básicas, que no debiera costar responder afirmativamente, salvo en el caso de historias contadas. Al fin y al cabo, las mujeres somos la mitad de la población, y la lógica mandaría que estemos integradas de manera natural en lo que sea que se relate. Sin embargo, menos del 50% de las películas premiadas con un Óscar cumple con los requisitos mínimos de este test. Una cifra que, coincidiréis, cuando menos, da que pensar.

Disponer de un cuestionario tan sencillo para el cine dota de una herramienta útil a quienes miramos la realidad (y la ficción) de manera crítica. Permite identificar el desequilibrio, contabilizar y, llegado el momento, sumar los datos para generar una imagen global de lo que pasa con la presencia de las mujeres en la pantalla. Pero, sobre todo (y gracias al empuje social), ofrece a guionistas y realizadores una herramienta de reflexión, medida y corrección.

Y llego con esto hasta este otro gran tema, al que también regreso en este blog: la invisibilidad de las mujeres en la esfera pública; una cuestión que me interpela de manera particular (y que está, de hecho, en los orígenes de Doce Miradas). Qué hay detrás de esta falta de visibilidad femenina y, sobre todo, qué se puede hacer para cambiar. Mis preguntas en torno a este tema suelen ser más o menos estas:

  • ¿Por qué habiendo mujeres profesionales en todos los ámbitos se organizan tantos y tantos eventos en los que las mujeres estamos desaparecidas? (Véase foto 1)
  • ¿Por qué a menudo la única mujer presente es la conductora o la representante política de turno a la que le toca dar “la nota de color”? (Véase foto 2)
  • ¿Cómo es posible que haya premios empresariales con décadas a sus espaldas en los que se premia, año tras año, a hombres, sin reparar siquiera en que quizá sea hora de mirar este mundo compartido de manera más integradora? (Véase foto 3)

Me cuesta entender cómo algo tan ilógico, tan manifiestamente escorado, además de tan incoherente con el discurso de las instituciones públicas, sucede y sucede, y vuelve a suceder. Y en mis diatribas, me pregunto a menudo qué pasará (o qué no) por la cabeza de la Organización, qué pensarán los premiados o los ponentes cuando comprueban que (tampoco hoy) les acompañará ninguna mujer ahí arriba. ¿No comprenden acaso que la ausencia de mujeres en la tarima no solo no les es ajena, sino que su presencia es causa de la misma? Hay, por fortuna, honrosas excepciones como la de @No_Sin_Mujeres, iniciativa que recomiendo visitar a aquellos que quieran mostrar públicamente su compromiso de no participar en eventos profesionales sin presencia de mujeres. Nos hacéis falta. Con un paso al frente, colegas, compañeros.

Pero, sobre todo, por cuota de responsabilidad, suelo preguntarme por qué apoyan las instituciones, mis instituciones, con su mera presencia, si no con financiación o recursos de otro tipo, eventos en los que se menosprecia a las mujeres, ignorando nuestra existencia y capacidades. ¿Apoyarían con la misma corrección a empresas u organizadores de eventos que estuvieran contaminando abiertamente? ¿Apoyarían con el mismo sentido de la responsabilidad eventos xenófobos? ¿Por qué apoyan entonces eventos machistas?

En todo caso, partiendo de la idea —ingenua, quizá— de que muchos de estos errores no se cometen con vocación sino con ausencia de reflexión (o insuficiente esfuerzo y dedicación), propongo a continuación algunas preguntas básicas, en la línea del test de Bechdel, para ayudar a quienes se enfrentan a la ardua misión de organizar, tomar parte o representar a lo público en eventos en los que la mitad de la población no quede indignamente representada o desaparecida. Después de todo, hay más mujeres con educación superior (53%) que hombres (46%) desde hace décadas.  Y hoy proliferan además los lugares en los que encontrar mujeres profesionales para participar en eventos de todo tipo. Estamos levantando el dedo aquí detrás. No debiera de costar…

De modo que, al grano. Si organizas, participas o representas a una institución en un evento, atención, preguntas:

  • ¿La presencia femenina es de al menos un 30%?
  • ¿La presencia de esas mujeres está relacionada directamente con el contenido central del evento (nada que ver con necesidades técnicas, como la dinamización, lengua signos… o con la representación corporativa)?
  • ¿La comunicación del evento es inclusiva (desde los textos, el orden en el que se nombra a participantes hasta la imagen final que se envía a medios, publica en redes…)?

Si la respuesta es sí en todos los casos, adelante. Mission accomplished.

Si las respuestas son negativas, haz algo. La disculpa posterior se agradece, pero necesitamos acciones preventivas.

  • Si la respuesta es no, Organización, sigue trabajando, pide referencias, busca referencias. Las mujeres debemos estar en todas las funciones. No formamos parte del continente, sino del contenido.
  • Si la respuesta es no, ponente o premiado, hazlo notar, agradece invitación, valora nivel de desequilibrio y atrévete a decir que así, tú no.
  • Y si la respuesta es no, Institución, apúntalo con contundencia o, mejor, represéntanos a todos y todas, y declina asistencia. Probablemente sea el modo más rápido de que las cosas cambien.

No mires a la derecha ni la izquierda, no esperes a que el resto lo haga por ti. Cada voz cuenta. Cada paso cambia.

 

Un momento, yo no quiero “hombres buenos”

noviembre 26, 2019 en Doce Miradas

Cada año alrededor del 25 de noviembre, se suceden las campañas institucionales por el Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres, con sus presentaciones oficiales, sus videos, sus carteles, rotulaciones de marquesinas y autobuses, merchandising etc ad nauseam… y como no podía ser de otra manera, cada año llega el momento de opinar sobre el acierto o desacierto de las mismas.

Al igual que las repetitivas campañas de la dirección general de tráfico que buscan reducir las muertes en la carretera utilizando diferentes estrategias comunicativas para llegar a nuestros corazones, nuestra conciencia o nuestro sentido de la responsabilidad, también en esto de la violencia de género, me imagino la tarea de las agencias de comunicación de intentar acordar un enfoque y dar con el eslogan o lema perfecto que logre “persuadir”. Siempre nos quedará en la memoria “Si bebes, no conduzcas”.

Podría darse una conversación como esta:

— ¿Dónde ponemos el foco, en las mujeres, “las víctimas”? ¿En los hombres, los “victimarios”?

— ¡Hay que hacer algo diferente! Este año vamos a poner el foco en ellos, porque ya está bien de señalarles siempre a ellas. Los hombres tienen que saber que la violencia no es un problema de las mujeres, sino un problema de ellos cuyas consecuencias sufren las mujeres. No son ellas las que lo tienen que solucionar, sino ellos.

(Hasta aquí no vamos necesariamente mal, véase esta campaña Argentina que se hizo viral el año pasado.)

— Vale… ¿Pero eso de “victimarios”…? Suena fatal. No va a funcionar porque a nadie le gusta que le llamen machista. Al contrario, tenemos que conseguir que los hombres “compren” el mensaje, que sea en positivo.

(Como escribe esta semana Javier Lopex, “la solución pasa por desarmar – de acciones y argumentos– a quienes agreden”. ¿Pero qué argumentos utilizamos para desarmarles de argumentos?)

— ¿Qué tal suena “Queremos hombres buenos”?

— Mejor todavía, ¿qué tal “Queremos tíos buenos”? (Campaña 25N Diputación Foral de Bizkaia)

Antes de entrar en lo que está ocurriendo aquí, déjame decir que pretender que un hombre resulte más atractivo por el mero hecho de no maltratar, hacer un juego de palabras entre “buen tío” y “tío bueno”, entre “estar bueno” y “ser bueno”, es absurdo, cuando no ofensivo. ¿Esto es un argumento? Solo falta que veamos camisetas en ZARA MAN del tipo “soy feo, pero no maltratador” o perfiles con la frase “No temas, soy un tío bueno” en Tinder. Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad.

Pero al grano. Aquí lo que ha pasado es que hemos entrado en la clásica retórica de persuasión llamada “moral reframing”. Básicamente, consiste en reenmarcar un problema político en términos del bien y del mal, una suerte de “truco psicológico” para convencer sobre una posición sin necesidad de análisis. Este argumento apela al comportamiento moral individual para solucionar un problema político colectivo. El primer problema de este argumento es que la violencia de género no tiene que ver con la catadura moral de su protagonista sino con su posición sociocultural dominante.

A nivel puramente comunicativo, es una propuesta que cumple su propósito de no incomodar, lo cual es en sí mismo un problema (el segundo problema de este argumento), ya que nadie puede permanecer en la comodidad cuando comprende la verdadera dimensión de la violencia machista. Es un argumento comodón, precisamente porque nos ahorra tener que enfrentarnos a cuestiones tan pesadas como la profundísima influencia machista que todavía permea toda nuestra historia, cultura y sociedad. Esa cultura, llamada patriarcado,  por la que según la interpretación social de los genitales con los que nacemos tendremos unas u otras posibilidades y prerrogativas de poder, autonomía y libertad.

La violencia machista (contra las mujeres y el colectivo LGBTQi) no surge repentinamente por la maldad de un individuo. Al contrario. Se produce por la correcta interpretación que ese individuo hace del mandato tradicional masculino de reservar para sí la función y el poder de vigilancia sobre el orden social, y para ello tiene el derecho, cuando no la obligación, de recurrir al “castigo” si lo considera necesario, en aras de preservar ese orden.

Dejemos las disquisiciones sobre la subjetividad de la virtud y la moral absoluta para la filosofía y las religiones: ¿Robar es malo, aunque tengas hambre? ¿Mentir es pecado, aunque sea para ahorrarle a alguien un disgusto? ¿La violencia es intolerable o a veces necesaria?

La violencia de género no se debería abordar como un argumento filosófico, sino como un sistema social que ha funcionado durante siglos. Ante esta realidad, pedir “tíos buenos” es un tratamiento demasiado superficial.

 El diablo mismo es bueno cuando está contento. Thomas Fuller

El tercer problema de este argumento es que no es efectivo. “Sean ustedes buenos.” ¿Ustedes quienes?¿Quién se va a dar por aludido? Pocos o ningunos. Porque nadie se tiene por malo.

Dudo que cualquier hombre no sepa que controlar, abusar, humillar, agredir, insultar, matar es malo. Cuando aparecen estas “maldades” suelen motivarse por el comportamiento de la víctima. “No la estoy controlando, es que sé que me está poniendo los cuernos”; “No la insulto, es que está muy subidita”; “No es agresión, es que me estaba provocando.”

El cuarto problema con el argumento “buenista” es que no es innovador. Más bien todo lo contrario. Es lo de siempre. Es continuar pensando que cuando una mujer sufre maltrato, es porque ha tenido la mala suerte de toparse con un “hombre malo”, una especie de anomalía a la buena educación y la decencia. A esos “hombres malos” lo que les pasa es que se les ha ido la pinza, han bebido, o “sufren” de alguna otra circunstancia que acaba siendo, cuando no un atenuante, directamente una justificación. Nos permite concebir que el solo acto de no humillar, no agredir, no asaltar, no controlar, se llega a la categoría extraordinaria de virtud. Porque pudiendo ser malo, eres bueno. ¡Admirable!

Confieso que no he intercambiado opiniones con compañeros hombres, el “target” de esta campaña, pero intuyo que más de uno no se sentirá atraído por cierto tono paternalista, condescendiente y simplón. La vida es un poco más complicada.

Últimamente estoy viendo esto de los “hombres buenos” en varios contextos, sean libros, campañas, o conversaciones. Ojo, comprendo la dificultad de “convencer”, sea individual o colectivamente, a quienes están en posiciones de poder, y no, no tengo la receta mágica. Es más, afirmo que tal posibilidad no existe.

La raíz de la violencia de género no está en la capacidad de bondad humana. Está en la desigualdad del valor social ente lo masculino y lo femenino, en la desigualdad de poder, y por tanto debe tener una lectura, una interpretación y una solución política, no ideológica, ni mucho menos moralista.

Espero que la frase «queremos tíos bueno» no quede en nuestra memoria.