No me gusta Trump. No me gusta Clinton.

Noviembre 15, 2016 en Doce Miradas

Tengo fijado en mi perfil de Twitter un tuit que dice: “feminismo es creer en la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Si no eres feminista, eres machista. Piénsalo”. Independientemente de las “broncas” que me ha supuesto con algunas personas usuarias de esa red social (hombres y mujeres), de esas que bajo no sé qué epígrafe se creen con derecho a contra-opinar de forma casi violenta, estoy más que convencida que eso es feminismo: creer en la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Y por ello, por estar plenamente convencida de que la igualdad de sexos no existe y que es una de las metas sociales a alcanzar, no puedo compartir algunas de las teorías que he oído en torno a las elecciones norteamericanas.

Vayan por delante varias cosas. La primera que no me gusta Trump. Que me parece terrible que haya ganado las elecciones, que considero que es un paso atrás y que creo que bastante porquería tenemos ya en el mundo como para que venga a gobernar el país más poderoso una persona de este talante. Y que me horripila que tenga acceso a la información de los secretos de estado de una nación que cuando estornuda se constipa el resto del mundo.

La segunda es que no voy a entrar a hablar de política, de si Trump no hubiera ganado si hubiese tenido otra u otro contrincante. No voy por ahí. Eso para otro foro. Para el de Doce Miradas, no.

La tercera es que no quiero que ningún señor de esos que buscan resquicios por cualquier sitio utilicen mis palabras para meter la cuña y hacer saltar la madera. La madera del feminismo es de primera calidad y no se rompe con cualquier cosa. Así que señores míos, no se suban a la ola y surfeen donde tengan que surfear que este mar, además de muchas veces cálido, está en calma.

Y la última es que estoy 100% convencida de mi opinión. Y que tengo la duda de si estaré 100% equivocada.

Y por si aún hay que aclarar más cosas, y aunque no hace falta decirlo, este post va firmado con mi nombre y representa mi opinión, no la de todo el colectivo de Doce Miradas. En este grupo no hay disciplina de voto, ni intención ni de ponerla, ni de seguirla si la hubiera. ¡Menudas somos las doce!

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No al todo sí

Para mí, no todo vale. Ni todos valen. Ni todas valen. Quiero, deseo, anhelo, que las mujeres estemos ahí. En primera línea. Por delante. Pero cuando debamos estar. No me gusta el hombre que no vale ocupando un puesto para el que no está preparado y por la misma razón, y en aras de la igualdad, no me gusta la mujer que no vale y que ocupa un puesto para el que no está preparada. Me sumo a lo dicho por Susan Sarandon: no quiero votar con la vagina. Quiero votar con la cabeza. Y con el corazón. Pero con la vagina no. Porque no quiero hacer lo que muchos hombres que votan, eligen, designan y contratan con el pene. No voy a votar a alguien por el mero hecho de ser mujer. En el caso de las elecciones de Estados Unidos hubiera votado a Hillary Clinton, evidentemente, pero con la nariz tapada y no votando a su otro contrincante porque era alguien tan impresentable como Trump. Mi voto hubiese sido para ella no por ser mujer, sino como un mal menor.

Quiero que la mujer que presida un país lo haga por méritos propios y si la voto, que sea porque me represente. Y para mí, Hillary Clinton representa también lo carca y lo casposo. Y si me cabrea, y mucho, que en este país la gente vote a un partido inmerso en innumerables casos de corrupción, me indigna también que en otros, la gente vote a personas corruptas. Sean hombres o mujeres. Lo siento, pero no puedo con ello.

No me quiero sentir obligada a votar a una mujer, sea quien sea, porque soy feminista. Estoy algo cansada ya de los buenismos. Hay que votar a un candidato negro porque es negro y porque votarle es progre. Hay que votar a una candidata mujer porque es mujer y porque votarla es feminismo. Y lo contrario es, parece ser, racismo y machismo. Y si nos ponemos en el supuesto de un hombre negro y una mujer blanca como candidatos a la presidencia de no sé qué país ¿a quién voto? Si voto a la mujer, ¿soy racista? Si voto al hombre negro ¿soy machista?

Quiero dar mi voto a quien me represente a mí y al colectivo de mujeres: la que se haya dejado la piel por defender sus/mis/nuestros derechos. La que haya se haya peleado, en igualdad de condiciones, y vencido, en igualdad de condiciones, en un mundo de hombres que así dejará de ser de hombres. Y fundamentalmente, la que yo sepa que va a gobernar como lo haría una mujer. De una forma probablemente muy diferente a como lo haría un hombre.

Y ojo, que estoy muy a favor de la discriminación positiva porque considero que como algunos no se acostumbren a vernos en los diferentes sitios, no vamos a llegar nunca a ocuparlos. Pero en el caso de las elecciones estadounidenses, no se trata de discriminación positiva, ni mucho menos.

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El techo de cristal

Hay una pregunta que, desde que empezó toda esta historia, me ronda por la cabeza. ¿Todas las mujeres rompen el techo de cristal? ¿Todas? ¿De verdad? Pues creo que no. En el Parlamento Vasco hay, actualmente, más parlamentarias que parlamentarios. Pero si esas parlamentarias no hacen políticas igualitarias, no me sirven. Vamos a ver por dónde van que aún es pronto. ¿Ha roto Angela Merkel un techo de cristal? Lo dudo. ¿Rompería Hillary Clinton un techo de cristal por mucho que sí haya sido favorable a algunas políticas a favor de la igualdad? Creo que no. Pero fundamentalmente porque sería la cabeza visible del tándem Bill-Hillary y no solo Hillary Clinton. ¿Rompió el techo de cristal Ana Botella, primera alcaldesa de Madrid? Me parece que no. Porque también era la cabeza visible del tándem JoseMari-Ana, salvando las distancias, claro, que el dúo Aznar es al dúo Clinton lo que Villaverded’abajo a la ciudad nipona más moderna, y no por la diferencia de tamaño Madrid-U.S.A., sino por la calidad, que no claridad, de sus teje-manejes y conspiraciones varias.

Para mí, romper un techo de cristal es otra cosa. Primero hay que querer romperlo y eso es muy diferente de llegar al poder.

Y lo dicho: 100% convencida de mi opinión y con la duda de si estaré 100% equivocada.

Talkin’ bout a Revolution

Noviembre 2, 2016 en Doce Miradas

El 24 de octubre de 1975, tuvo lugar en Islandia un evento sin precedentes: nueve de cada diez mujeres fueron a la huelga para protestar por las desigualdades en el empleo y en el hogar. Aquel día no acudieron a trabajar, no cocinaron y no cuidaron de sus hijos e hijas. Y no lo hicieron para demostrar algo en las calles. El resultado de aquel hito fue un país paralizado y salchichas agotadas en los supermercados. Quizá por eso los hombres recuerdan aquel día como el “viernes largo” y hay quienes se refieren a él como el “día de la salchicha” (para cenar, se entiende).

Cinco años más tarde, Vigdis Finnbogadottir era elegida presidenta del país. La primera mujer en el mundo en ostentar este cargo. En una ocasión, afirmaría que la huelga de 1975 lo hizo posible. Según Finnbogadottir, “lo que ocurrió ese día fue el primer paso para la emancipación de las mujeres en Islandia. Se paralizó el país por completo y abrió los ojos de muchos hombres”.

Los numerosos testimonios de las mujeres que acudieron a alguna de las manifestaciones organizadas por el país, coinciden en destacar la enorme solidaridad que se generó aquel día de otoño entre las manifestantes. Ellas lo llamaron el “día libre de la mujer” y con su unión dieron forma a un impulso colectivo cuya inercia ha llegado a nuestros días.

Cuatro décadas más tarde, dicen de Islandia que es el mejor país del mundo para ser mujer. También dicen que es el mejor país del mundo para vivir (lo cual tiene mucho mérito si pensamos que el país debe su nombre al hielo). Parece, en todo caso, demostrada la lógica de ese argumento tantas veces escuchado y formulado de que “a mayor Igualdad, mejor sociedad”.

¿Y cuál es la receta del éxito? Las mujeres islandesas no han dejado de pelear en este tiempo y continúan, en la actualidad, saliendo a la calle para conquistar los retos que les restan. Hace apenas una semana, por ejemplo, el 25 de octubre de 2016, acabaron sus jornadas laborales a las 14:38, un 14% antes que cada día. Protestaban porque su sueldo es un 14% menor que el de los hombres. Aquí, en cambio, nuestra brecha salarial ronda el 25%.

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Si vosotras habláis, nosotros escucharemos siempre 

La semana pasada también, la ponencia de un asesor en género del gobierno islandés en un congreso sobre “Igualdad y Conciliación” al que asistí, despertaba la semilla de este post. Ante mi curiosidad sobre la actitud con que los hombres del país enfrentan las reivindicaciones femeninas, Tryggvi Hallgrimsson cerraba su matizada y civilizada respuesta así: “if you talk, we’ll listen forever”. “Si vosotras habláis, nosotros escucharemos siempre”.

Fue un momento de epifanía para mí; fan de la palabra hasta el hartazgo… La frase me golpeó con la crudeza que golpean las revelaciones. Porque tras dos días analizando los ejes de la desigualdad, resultados de investigaciones, certidumbres académicas, avances sociales… Tras dos días “hablando”, comprendí porqué coinciden los estudios internacionales en que tardaremos más de 170 años en llegar a la Igualdad. Y comprendí también por qué hay países que tardarán 80.

Islandia va en cabeza, por supuesto. Porque hay cosas que no se piden. Se exigen. Cosas que no se conceden. Se conquistan. Y así se va más rápido. Y porque hablar, ya hemos hablado largo…

En mi último post, precisamente, me estremecía al conocer la madurez (y vigencia) de los planteamientos de mujeres contemporáneas a la Revolución Francesa como Olympe de Gouges. Madurez que compartían, sin duda, los discursos de grandes hombres posteriores como Gandhi o Martin Luther King en sus demandas de sociedades más justas. Ambos fueron capaces, sin embargo, de concitar a sus coetáneos, haciendo que marcharan tras mismos lemas. Las mujeres francesas, por contra, sumaron sus voces a un proyecto más global que, una vez en el poder, las dejó de lado. Lo explicaría más tarde Philip Kotler: si no eres marca, eres mercancía…

Violentas o pacíficas (por aquí solo somos de las segundas), así son las revoluciones: expresiones multitudinarias. Concentran necesidad de justicia y, fundamentalmente, agrupan a quienes protagonizan la injusticia. Suelen empezar en un susurro. Luego apenas un murmullo. Y a medida que van sumando voces, van sumando fuerza. Del latín, revolutio (una vuelta), las revoluciones conllevan un cambio social fundamental que tiene lugar en un periodo (relativamente corto o largo). Y lo hacen porque consiguen despertar y contagiar ilusión alrededor de una visión. Alrededor de un sueño compartido.

Pues bien, las revoluciones pueden producirse de muchas maneras y en los lugares más insospechados. En la manifestación del 8M, pero también en la parada del autobús, la reunión con el colegio o la del trabajo. En Twitter, en Facebook y en el grupo de Whatsapp con tus primas y hermanos. Somos armas de sensibilización masiva. Donde proceda, dígase. Y donde no, también. Nadie dijo que ser revolucionaria no fuera cansado.

 

La mirada de Violeta

Octubre 18, 2016 en Doce Miradas

Violeta tiene doce años. Nombre de flor, de color y de feminismo. Ella es tan bonita como lo primero, tan viva como lo segundo y tan reivindicativa como lo tercero. Tiene esa edad maravillosa en la que las gestas no se eligen demasiado. Se mete una de lleno y ya está; porque es lo justo y no puede consentirse lo contrario. Violeta aún no tiene tramo recorrido para ponerle matices a la justicia y por eso para ella esa hermosa palabra conserva todo su inmenso valor.

Digo que es bonita porque mira limpio y quiere saber, entender y transformar su jardín de la infancia en un patio de encuentro donde suceden cosas que empiezan a parecerse a las de las personas adultas. Violeta es la mayor de mis dos hijas y una mirada de futuro seguida de cerca por su hermana. Ambas han sobrevivido a mi mala influencia y están encantadas de ser chicas, por mucho que a mí me cueste tanto entender que sea “divertido”, como dice Violeta.

Violeta ha crecido al arrope de Doce Miradas y se siente orgullosa de este proyecto que siente suyo porque ahí está su madre. También porque le enseña cosas que le hacen sentirse segura y fuerte, en este mundo en el que los chicos todavía tienen muchos más minutos de posesión de balón que las chicas.

Me he traído a Violeta a Doce Miradas porque tiene cosas que decir y las quiere compartir aquí, con todas vosotras y vosotros, para que la voz de las niñas de su edad – o al menos la de ella- se escuche. Porque las niñas son miradas de futuro, las que tendrán que seguir con nuestro trabajo, perseverar en la consecución de la justicia social y la igualdad de oportunidades, para que esta sociedad garantice un desarrollo real, confortable y seguro para todas las mujeres, en todas las partes del mundo.

A partir de aquí, me pongo contra la cámara y os dejo con las palabras de esta mirada, para mí tan especial: la mirada de Violeta.

 

¿Por qué te hace tanta ilusión esta entrevista? img_20160924_131805710

Porque me hace ilusión poder decir cómo vemos las niñas, o como veo yo, la igualdad.  Me gusta que se tenga en cuenta porque la visión de una niña puede ser distinta. Los mayores se lo piensan todo más y por eso creo que los niños y las niñas podemos tener una manera diferente de ver este tema y otros también.

¿Crees que el debate de la igualdad está suficientemente presente entre vosotras y vosotros?
Creo que -por lo menos entre la gente que yo conozco- está bastante presente. Pero cuando yo estoy con alguien y me doy cuenta de que no lo está teniendo en cuenta en algunas cosas que dice, yo trato de contarle cómo lo veo y de hacerle cambiar su manera de pensar. Si al final sigue sin pensar igual que yo, lo respeto.

¿Dónde crees tú que se adquiere la toma de conciencia por la igualdad? ¿En casa, en la escuela, en la calle…?
Creo que tanto en casa, como en la escuela, en la calle, en la tele… pero depende también de saber ver las cosas. Primero entendiendo qué es eso de la igualdad y después aprendiendo a mirar. Este es un tema muy grande y no toda la gente piensa lo mismo, cada uno lo ve como lo ve desde su manera de pensar. Si has vivido machismo en casa desde siempre, lo ves normal; y entonces es más difícil que lo reconozcas como un problema que hay que arreglar.

Es cierto que en la escuela hay una preocupación por educar en igualdad y creo que se está haciendo un trabajo importante entre profesorado y alumnado. Pero luego hay pequeños detalles que descubren micromachismos perfectamente tolerados por la sociedad. Ese “dile a la ama que…” O que habitualmente sea a la madre a quien se llame cuando hay que tratar cualquier tema fuera del aula…
Eso es verdad. Les sale natural. Y además es que la madre casi siempre es la que se ocupa y lo vemos normal. No lo hacen con mala intención. En el colegio se hacen a veces actividades para hablar de igualdad. Una vez en clase hicimos un debate y unas cuantas niñas intentábamos explicarle a un niño lo que pensábamos nosotras. Y no había manera. Se ponía a sacar otros temas. Pero en ese debate vimos que había niños de clase que también pensaban como nosotras.

¿Recuerdas que alguna vez te hayan tratado diferente por ser una niña?
Sí. Por ejemplo, en clase de gimnasia, cuando éramos más pequeñas, a las niñas no nos pasaban el balón porque “supuestamente” en deporte los niños son mejores. Pero ahora hemos conseguido que nos pasen la pelota. Les hemos hecho ver que también sabemos jugar; que habrá niños que jueguen mejor, pero también los habrá que jueguen peor que nosotras y que tenemos que jugar juntos los niños y las niñas.

¿Qué es el machismo?
El machismo es que el hombre se siente superior a la mujer. Pero no solamente los hombres son machistas, también hay mujeres machistas; aunque lo más normal es que sean ellos los machistas.

¿Por qué crees que hay mujeres machistas?
Porque hasta hace poco las mujeres no trabajaban fuera de casa. Y como ellos sí, ellos eran mejores y los que podían hacer cosas importantes. Las mujeres que han vivido esto como algo normal piensan que es así: que los hombres trabajan porque son mejores, más inteligentes o más importantes que ellas.

¿Conoces a niños o niñas machistas?
Niñas, no. Con los niños machistas que conozco ya he hablado algunas veces, pero son muy cabezotas. Ni siquiera discuten. Lo justifican todo “porque sí, porque sí…” por orgullo. Creo que no quieren ni pensar en lo que les digo porque como son chicos y serán hombres y creen que serán superiores… Creo que piensan que el feminismo les puede quitar sus ventajas. No dejan que les hables de feminismo.

¿Y qué es el feminismo?
Pues no es “todo lo contrario al machismo”. Porque eso sería el hembrismo. El feminismo se refiere a la igualdad entre hombres y mujeres. Muchos chicos no entienden que el feminismo da a los hombres y a las mujeres el mismo valor, pero que eso no quiere decir que vaya en contra de ellos.

¿Te gusta ser chica?
Sí. Porque no sé cómo es ser chico y ser chica me gusta bastante. Ser chica me parece que es mejor porque aunque tiene más dificultades, tiene más mérito. Es mucho más difícil. La sociedad les pide cosas más sencillas a los hombres o no les pide tantas como a las mujeres. Un hombre tiene más probabilidades de conseguir un trabajo que una mujer. Y además, los hombres tienen un cuerpo más fácil que no les da tantos problemas. Pero aunque es más complicado ser chica, me parece divertido.

¿Eres romántica?
Creo que sí. Pero no mucho. No soy melosa.

¿Qué es ser romántica para una niña de tu edad?
Es creer en el amor, en los detalles, en tener ciertos pensamientos bonitos sobre una persona…

¿Qué significa creer en el amor?
Saber que existe. Que es un sentimiento hacia otra persona que no puedes controlar pero que es muy bonito. Hay gente que no cree en el amor, como algunas personas que se dedican a la ciencia y a las que les cuesta mucho enamorarse porque analizan cada cosa. Pero si crees en el amor y eres romántica solo ves lo bueno. Aunque a veces no es tan bueno.

¿Cuándo no es bueno el amor?
Cuando no te corresponden. También cuando no coincides en la manera de pensar y una de las dos personas tiene que cambiar mucho para que no se rompa ese amor. También cuando hay machismo, porque entonces el amor ya no es bueno, no es amor. Si tratas a la persona que está contigo como si fuera inferior es que no sientes amor por ella.

¿Tú crees que existen los príncipes azules?
No. Es lo que nos han hecho creer a las niñas. Puede haber una persona que sea muy buena para ti, pero no será tan perfecta, no hay nadie perfecto. A mí la gente que parece perfecta no me gusta mucho; me gusta más la gente que es diferente, que tiene su propia manera de pensar.

¿Qué quieren ser tus amigas de mayores?
Una, psicóloga; otra, arquitecta; otra, pediatra. Una quiere trabajar con la física cuántica, otra forense…

¿Y tus amigos?
Hasta el año pasado, la mayoría, futbolistas. Este año ya alguno ha dicho que quiere ser médico, muchos no saben y unos cuantos todavía quieren ser futbolistas. Pero, vamos, yo creo que esto irá cambiando cuando sean más mayores. ¡Todos no van a poder ser futbolistas!

Ahora que acabas de empezar a estudiar en el instituto y que sois un poquito más mayores, ¿mejora la cosa?
Mejora un poquito. Vamos aprendiendo y es bueno que sigamos hablando, que siga habiendo talleres en los que podamos tratar sobre machismo y feminismo, y explicar bien lo que es cada cosa para que aprendamos a ver dónde hacemos las cosas mal y cómo se pueden hacer mejor para que mejore nuestra sociedad. Es bueno que las niñas o los niños que vemos comportamientos o formas de hablar que no respetan la igualdad lo digamos para seguir avanzando.

¿Cómo reacciona la gente de tu entorno cuando les haces ver que alguna actitud o algún comentario te ha parecido machista?

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Depende. Los que todavía no quieren hablar de igualdad enseguida te dicen “venga, anda, que siempre estás con eso del feminismo y el machismo”. Pero también hay gente que escucha y que dice, “oye, me ha gustado lo que has dicho”.

¿Qué libros lees?
Me gustan los libros de historias que les pasan a los adolescentes: John Green, Blue Jeans… Porque muchas de las cosas que leo ya las estoy viendo en el instituto, algunas las estoy viviendo, y me llaman la atención porque quiero saber sobre eso. También libros de reflexiones sobre emociones (Hablo sola), la saga Crepúsculo…

¿Qué es lo que te gusta de la saga Crepúsculo?
Me gusta ese amor tan incondicional que hay entre los dos, pero lo que no me gusta es que él sea tan protector con ella, porque lo hace porque la subestima. Él es un vampiro y cree que es más capaz de protegerla de lo que lo es ella misma. Pero luego, la protagonista demuestra que ella también es capaz de cuidar de sí. Y eso me gusta. Está bien que él se preocupe por ella pero sin que piense que es débil y le necesita a toda costa.

A mí me dan un poco de miedo esas relaciones de amor tan intenso, tan incondicional, como tú decías… “Yo, donde tú vayas”, “sin ti yo me muero”… ¿No deja a las chicas muy indefensas, muy vacías, si ellos no están?
Sí. Pero creo que si una chica es fuerte, aunque esté enamorada lo va a seguir siendo. Lo importante es que las chicas sean fuertes, que se sientan bien ellas con o sin sus novios, sabiendo quiénes son, lo que quieren ser y cómo quieren comportarse.

En el caso de Bella, la protagonista de Crepúsculo, ella está dispuesta a morir por amor, a perder su condición de humana, para estar siempre con Edward. ¿Eso te parece bien? Esas novelas las leen muchas y muchos adolescentes. ¿No te parece que es arriesgado poner esa relación tan complicada como modelo de pareja ideal?
A ver: eso no es algo que pase normalmente. Yo no conozco vampiros. Sería bastante peligroso si cosas así pudieran pasar. Pero ¿por qué nos gustan tanto las novelas de Crepúsculo? Pues porque son historias que no pueden pasar, pero que a través de los libros las puedes vivir y te enganchan muchísimo porque son especiales. Es como Superman: nadie se pone una capa y vuela y salva al mundo, pero es divertido leer sus aventuras.

Yo sé que te gusta mucho la música, pero también sé que hay un tipo de música que no te gusta nada…
¡El reggaeton! No me gusta nada porque es ultramachista, subestima mucho a las mujeres y las letras son muy ofensivas.

Cuando te encuentras con alguien a quien le gusta este tipo de música ¿te pide el cuerpo decirle algo o cada cual que oiga lo que quiera?
Cada uno que oiga lo que quiera, pero yo no entiendo por qué a la gente le gusta tanto.

Hace unos meses veíamos un debate electoral en casa y te llamó la atención que ninguna de las cuatro personas invitadas a participar era mujer. ¿Por qué crees que las personas más importantes de esos partidos son hombres?
Pues porque, a día de hoy, todavía, el hombre tiene más importancia, se le considera mejor. Se sigue pensando que a las mujeres lo que se les da bien es la moda o cosas que no son tan importantes para la sociedad.

¿Y qué hacemos?
Pues intentar cambiarlo enseñando a la gente a ver que ese debate así es incompleto.

¿Cómo te ves de mayor? ¿Qué tipo de mujer crees que serás?
Creo que seré una mujer fuerte, porque estoy aprendiendo muchas cosas para llegar a serlo.

¿Cómo te ha influido Doce Miradas en ese aprendizaje de igualdad que estás haciendo?
Pues mucho. Porque desde que empezó Doce Miradas he leído o te he oído hablar de lo que escribíais y he aprendido mucho sobre el feminismo. Cada vez que en el cole se hablaba de algo relacionado con la igualdad yo decía “mi madre está en Doce Miradas y escribe sobre feminismo, y si queréis saber lo que piensan las mujeres, aquí tenéis esta página”. Y así os he ido recomendando a mucha gente.

Una canción feminista con la que podamos terminar esta entrevista.
Hay una de Malú que no es empalagosa y que me gusta mucho y que dice:

“Yo/ quiero/ yo/ puedo/ yo, que he aprendido a respirar del cielo./Yo/ quiero/ yo puedo volar/ vivir en libertad./ Ya no vuelvo a caer/ he aprendido a lamerme las heridas/ a poner el mundo bajo mis pies/ Levantarme y correr / cada vez que una herida me lastima/ sé que algo bueno viene después”. 

#paseloquepase

#paseloquepase

 

A sus doce años, Violeta no sabe latín pero caza micromachismos con una agilidad que me hace sentir orgullosa y reconfortada. El compromiso por la igualdad tiene el trazado de un camino largo de tramos difíciles. Violeta aparta las piedras del camino y disfruta con el paisaje. Como ella misma dice: “ser chica es mejor porque aunque tiene más dificultades, tiene más mérito”. Punto redondo.

Escritoras españolas de posguerra: la fantasía inaceptable

Octubre 4, 2016 en Doce Miradas

Buscaba un título bonito para este artículo y me lo ha brindado Carolyn Gold Heilbrun, escritora, investigadora y profesora de la Universidad de Columbia, quien en su libro Writting a Woman’s Life califica precisamente de fantasías inaceptables los anhelos de determinados personajes literarios femeninos, anhelos de poder o libertad que el medio social se encarga de frustrar o destruir.

En este artículo hablaré, pues, de literatura escrita por mujeres y, más en concreto, de las escritoras en la posguerra española, del tratamiento androcéntrico que recibieron y reciben por parte de la crítica, de la novela rosa y de sus mitos y tópicos, muchos de los cuales, por sorprendente que parezca, siguen hoy vigentes. Vamos allá. Espero que os guste.

 

¿Escritoras? ¿Qué escritoras?

Durante todos los años en los que fui estudiante de literatura, que fueron unos cuantos, en escasísimas ocasiones me dediqué a estudiar a escritoras y, desde luego, ninguna figuró en las páginas principales de mis libros de texto: apenas recuerdo en segunda fila a Safo, Fernán Caballero (seudónimo masculino de Cecilia Böhl de Faber) y Rosalía de Castro;  y, ya en el siglo XX, a Gabriela Mistral, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet y Rosa Chacel, quienes, por supuesto, nunca rozaron las primeras filas del estrellato literario y permanecieron siempre clasificadas en otra categoría bien alejada de, por ejemplo, Luis Martín Santos, Miguel Delibes o Camilo José Cela.

mito-y-discursoPor eso me resultan tan interesantes obras como Mito y discurso en la novela femenina de posguerra en España, de Francisca López Jiménez, doctora en Literatura, que ilustra ampliamente el habitual desprecio de la crítica hacia las mujeres escritoras y nos descubre aspectos muy desconocidos de las novelistas españolas de la posguerra.

 

La crítica androcéntrica

Del libro de López Jiménez he extraído, pues, muchas de las ideas que expreso en este artículo y varias citas interesantes. Por ejemplo, esta de Juan Luis Alborg, gurú de la historia de la literatura española, cuyos abultadísimos volúmenes fueron mis libros de cabecera en mis años de universidad:

Cuando una mujer nos deja oír el timbre de su femenina condición, es a su pesar, y siempre para darnos lo más blando y vacío, lo más inconsistente y ñoño de su espíritu, la vanidad mediocre o la vulgar coquetería.

Y más adelante añade que lo que la mujer escritora debería ofrecer es “la visión femenina de la vida y de sus problemas” tratados “con dureza varonil”.

Esto es: solo interesan las escritoras que prescinden de su feminidad, que para Alborg es sinónimo de vacuidad, inconsistencia, ñoñería, etc., y escriben como hombres, pues solo hay una manera de escribir “bien” y es la masculina.

Bajo este tono general, López Jiménez apunta tres razones principales por las que la crítica condenó al “fracaso” a estas escritoras. La primera es su desconcierto a la hora de tener que asignarles alguna etiqueta o clasificarlas en algún apartado literario de los elaborados por y para la producción masculina. Es lo que la escritora y académica Joanna Russ denominaba “denial for false categorizing¨; encontramos un ejemplo en la novela “Los Abel”, de Ana María Matute, protagonizada por Valba Abel y sus conflictos como mujer que no encaja en un medio rural, su desmitificación del matrimonio, la ausencia de modelos de vida femeninos, etc. Sin embargo, como al final de la novela uno de sus hermanos mata a otro, la crítica establece como temas centrales de la obra la ruina familiar y el cainismo.

Como segunda razón apunta López Jiménez que la crítica ignoró sistemáticamente la aportación femenina al realismo social, al negar precisamente el carácter “social” de un tema recurrente en las novelistas de los años 50 como fue la imposibilidad de realización de las mujeres fuera del ámbito doméstico.

Y en tercer lugar cita López Jiménez la actitud opuesta de la crítica hacia dos tendencias de la novela de los años 40; así, se acepta y se valora el tremendismo, tendencia generalmente masculina, como manifestación literaria y, en cambio, se ningunea o denigra la novela rosa, tendencia básicamente femenina, como manifestación subliteraria, sin hablar nunca de la falta de calidad de las peores novelas tremendistas ni de la escrupulosa elaboración técnica de las mejores novelas rosas.

Aquí, en la novela rosa me voy a detener un poco, porque es uno de esos fenómenos masivos de la cultura popular de dimensiones considerables a los que se dedica poca atención: por lo general, se juzgan y se desprecian; raramente se analizan.

 

Te puede pasar a ti

La novela rosa de la posguerra española es un fenómeno que merece un análisis tanto literario como social.

Voy a obviar por esta vez sus aspectos literarios y me voy a centrar en su tremenda incidencia en la formación de las muchachas españolas de los años 40 del siglo pasado. Estas novelas colocan el amor en el centro de la vida de las mujeres, de manera que todo lo demás queda subordinado a él. Es el famoso mito del amor romántico, todavía hoy vigente. E introducen un añadido peligroso: la idea de la infelicidad como ingrediente esencial del amor. Este mito secundario, la aceptación del sufrimiento, también sigue vigente hoy en día, con todas sus terribles consecuencias.

Sin ánimo de agotar la lista de mitos y tópicos de este género novelesco, podemos apuntar, además de los principales ya citados, el miedo a rebelarse contra las imposiciones, la pasividad, el anonimato social, la huida, las fantasías religiosas, la naturaleza masculina, el sacrificio, la abnegación… Como puede apreciarse, todo un compendio del ideal femenino del régimen franquista y la ideología ultracatólica.

Presentan, además, estas novelas un juego entre fantasía y realidad que incide directamente sobre su vertiente social; y es que lanzan continuamente el siguiente mensaje: “Puede suceder; te puede pasar a ti; tu vida puede ser así de maravillosa”.

Con todo, no deja de apreciar  López Jiménez en estas novelas ciertos momentos de lo que la crítica anglosajona llama “female bonding”: la complicidad, lazo o entendimiento entre mujeres, que no llega a convertirse en hermandad ni sororidad, pues nunca supone una amenaza para la sociedad patriarcal, sino simplemente una forma de hacer más soportable la vida de las mujeres.

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Fotografía de Asun Martínez Ezketa, @esaotra

Gafas de leer moradas

Yo fui y soy un resultado exitoso de una formación académica en la que ha predominado el discurso misógino que tan bien condensaba Juan Luis Alborg en la cita arriba expuesta. En mi biblioteca, como en casi todas, escasean los volúmenes firmados por señoras y en mi intelecto todavía flotan esa condescendencia hacia las producciones femeninas y esa tendencia a denigrar el criterio literario de las mujeres.

Eso a pesar de que un día me puse las gafas moradas (ya sabéis, esas que se te quedan pegadas a la cara y ante los ojos para siempre) y empecé a interesarme, por ejemplo, por las escritoras de las que nos habla López Jiménez (Elena Quiroga, Dolores Medio, Carmen Kurtz, Concha Alós, Elena Soriano…) y por los asuntos que exponen en sus novelas (el alejamiento de los patrones de conducta supuestamente femeninos, el disgusto y el desinterés por los modelos sociales tradicionales, los anhelos de independencia, la individualidad frente al estereotipo…), y me di cuenta de que, si las hubiera conocido antes, si las hubiera leído en mis dulces y devoralibros años de juventud, habría entendido mejor los conflictos que hervían en mi interior y a mi alrededor y seguro, segurísmo, habría lucido mis gafas moradas mucho mucho antes.

Mi hijo, el novio de tu hija

Septiembre 20, 2016 en Doce Miradas

Hace un año aproximadamente que escribí sobre la parte de mi experiencia como madre que más me ocupa y preocupa, la de acompañar y apoyar a mis hijos en su crecmiento humano. w704Hoy vuelvo a compartir esas reflexiones a la luz de esta excelente y necesaria publicación de este verano:

LIBRO: Guía Enróllate con igualdad : para romper tópicos sexistas identificar las actitudes abusivas y prevenir la violencia de género desde la juventud.

Hace un año, leí un post de  Flor de Torres Porras, Fiscal Delegada de la Comunidad Autónoma de Andalucía de Violencia a la mujer y contra la Discriminación sexual y Fiscal Decana de Málaga, titulado “El novio de mi hija”. Ella aludía a otra guía, esta titulada:Guía de  madres y padres para hijas que sufren violencia de genero con el elocuente título: ‘El novio de mi hija la maltrata. ¿Qué podemos hacer?‘”. Torres Porras hace un potente llamamiento a la educación de las y los jóvenes y reivindica la erradicación de la violencia de género de raíz, mediante la educación, la detección, la denuncia y por supuesto el desmantelamiento de los roles patriarcales dominantes. La guía se dirige fundamentalmente al objeto de la violencia, las hijas.

Pero yo necesito una guía complementaria, que vaya unida a esta, que sea su guía compañera, porque yo solo tengo hijos.

Un día, uno de ellos, que tiene ya sobrada edad de raciocinio, me dijo (tímidamente) algo así como, “¡Jo, Mamá, todo el día con el feminismo!”. Le tuve que responder que estar “todo la vida con el feminismo” era la única manera de protegerles contra el patriarcado, ya que el enemigo me supera por todos los flancos. Creo que me entendió.

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Sed justos, la mitad para cada uno; por lo menos hasta que seáis mayores, entonces Mickey recibirá más que tu, sin ninguna justificación. Ilustración de Jacky Fleming: http://www.jackyfleming.co.uk/

Como todas las madres y padres, trato de criar a mis tres hijos varones, para que sean, como mínimo, buenos, felices, sanos, críticos, curiosos, justos, sinceros, inteligentes, conscientes, y en lo que puedo, igualitarios. No es fácil, como todo el mundo sabe, formar a personas íntegras y amorosas. Y eso a pesar de que tengo ayuda, pues puedo decir que, más o menos, las estructuras socializadoras también quieren personas buenas, justas, inteligentes etc. En esas cosas (por lo general) nadamos a favor de corriente. Bueno, menos para lo último, lo de igualitarios, para eso, estoy casi sola, a contracorriente, agotada.

Le respondí a mi hijo que a veces no me dan las dos manos, con todos sus dedos, para tapar las vías por donde entra el agua de la socialización de género que intenta desestabilizar nuestra barca (en nuestro caso, la masculinidad hegemónica ). Nos ahogamos de socialización patriarcal. Nos inundamos de cuentos donde los protagonistas son de su mismo sexo (salvo cuando no, y entonces se sabe que como esas protagonistas, generalmente princesas, no hay que ser); y novelas, y libros de texto, (y eso que mi familia se ha librado de ese gran libro socializador patriarcal: la Biblia) y programas de la tele, y “hombres mujeres y vice-versa”, y películas, y superhéroes; y líderes políticos, y empresarios, y científicos, y deportistas, y escritores, aventureros y espías. Todos, sí “os”, son de su mismo sexo, salvo que haya una excepción, que generalmente sirve para confirmar la regla: ellos valen más que ellas.

Y para que eso sea así hay un código social que manda que ellos son (por “naturaleza”) y deben ser (bajo amenaza de traicionar su mismísima identidad individual y colectiva) todo lo que ellas no son: fuertes, decididos, listos, competitivos, capaces de superarlo todo, sin vulnerabilidades, que únicamente expresan emociones nobles, que saben reprimir todo lo demás, incluido el dolor físico. A cambio, recibirán una corona de espinas, que si son capaces de llevarla, dominarán el mundo, “como tiene que ser”.

h20A veces, no, a menudo me canso. Porque mi labor (no sé si de Sísifo, o de Penélope) se renueva cada día. A diario tengo que reponer los ladrillos que por X o Y experiencia con los amigos, en clase, en el deporte, se han venido abajo.

No puedo contra el océano y paso por alto “cosas”. ¡Yo misma reproduzco los patrones de vida que intento evitar!

Tengo que elegir las batallas, para conservar energía, cual estratega de larga campaña. A menudo me conformo con ganar el pequeño terreno que pueda. De vez en cuando encuentro alguna “lección” desde fuera, e intento darle protagonismo, pero con poco éxito sostenido:

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Mira, cariño, sabías que Serena Williams es la mejor deportista de Estados Unidos de la historia, incluso más que Michael Jordan! Ah; que no van a retransmitir la final femenina de Wimbledon…. que pena, pero sí, hijo, lo que yo te digo sigue siendo verdad. Ah, que dan el Tour de Francia, mira hijo como utilizan a las mujeres cómo caramelos para los ojos, premios del guerrero, qué horror. No, hijo, aunque tengas éxito en la vida, no te corresponde como premio una mujer.

Con frecuencia utilizo todo el material que me brinda el mar patriarcal para señalar contraejemplos, provocar conversaciones, sembrar dudas. Cuando me oyen resoplar, ya saben que viene algún comentario. Pero lo negativo nos cansa, tanto a mí como a ellos.

No en vano, es más fácil, “entra mejor” aprender por modelos, arquetipos, ejemplos a los que aspirar. Y parece que el patriarcado personificado lo sabe porque todo lo que nos rodea dice lo mismo. Así que, a los ojos de mis hijos “La Sociedad” tiene razón,  la que se equivoca soy yo. Especialmente, y de esto no les culpo, si les favorece en términos jerárquicos.

La novia de mi hijo

Cuando llega el momento de las relaciones, intento e intentaré hablar con ellos del respeto mutuo, del sexo seguro, de lo que significa el consentimiento; que cada uno tiene su vida, su propio futuro que forjar; que está bien que cada uno conserve sus amistades, que no hay por qué controlar. Probablemente no la hago ni lo suficiente, ni muy bien.

Y cuando, como toda madre o padre, me imagino cómo sería la mujer que me gustaría como compañera de mis hijos (parece que somos, de momento, heterosexuales), pienso en lo normal, igual que ellos: que sea buena, feliz, sana, crítica, curiosa, justa, inteligente, sincera, consciente, y en lo que pueda, igualitaria. Y que no les pase ni una. Que ambos sepan detectar cualquier atisbo de maltrato de género y no lo justifiquen ni lo legitimen. Y que como, escribe Flor de Torres Porras, juntos rompan en mil pedazos los roles de chicos y chicas basados en patrones patriarcales.”

Give piss a chance

Septiembre 6, 2016 en Desprogramando, Doce Miradas

El verano va quedando atrás. Y con él, las largas tardes que nos invitan a compartir tiempo y cervezas con nuestra gente. Y claro, tanta terracita y tanta cerveza, agua y sangría implica utilizar con mayor asiduidad el baño. El baño de cafeterías, restaurantes y bares. Yo soy de ir mucho a muchos baños.

El derecho (y privilegio) de defecar con seguridad y dignidad

Hoy me toca esperar en un baño de un bar de Bilbao. En esta laaaarga espera recuerdo la infinidad de baños, letrinas y “otros lugares” que he visitado. Y me hago cargo de que ésto también es un privilegio de unos pocos. Durante los viajes que he hecho a a la India rural, me hacía consciente del “lujo” que supone disponer de un baño. En la India un 48 por ciento de la población no dispone de baños propios y defecan fuera de sus casas; según el Banco Mundial esta cifra, asciende a nivel planetario, a mil millones de personas.  Y eso, en el caso de las mujeres va ligado a situaciones de acoso, asaltos y violaciones.   El 70 por ciento de los asaltos sexuales en el Estado de Delhi se producen cuando las mujeres van a hacer sus necesidades en la calle o en el campo. Existe una relación directa entre la igualdad de genero y la salubridad. Poder cagar y mear con dignidad y seguridad está al alcance de pocas personas. Una vez más.

Geeta Devi from Katra Shaganj village walks almost five to Six kms from her house to go to nearby fields to go for toilet everyday early morning and late evening.

Geeta Devi from Katra Shaganj village walks almost five to Six kms from her house to go to nearby fields to go for toilet everyday early morning and late evening. (Fuente: Huffington Post).

No hay decisiones visuales neutrales

Sigo esperando. Vuelvo aquí. Miro la larga cola que se extiende ante mí. Llevo veinte minutos. No voy a entrar a profundizar en las razones que llevan a muchos de estos lugares para desplegar los mismos recursos para hombres y mujeres, añado: cuando conviene. Siempre, y repito siempre, hay más cola en el baño de las mujeres. Bajar y subir  pantalones lleva más tiempo que bajar y subir la cremallera. Y a eso le sumas que los y las niñas entran mucho más con sus madres, tías y abuelas. Y sumas que en la gran abrumante mayoría el cambiador de los bebés también está en la de mujeres (me han contado que en algún caso está en la de hombres, pero yo no he visto nunca ninguno…). Pues eso. A esperar toca. Otra vez.

Diez minutos más tarde. Ahí están. Los letreros que indican “el lugar que le corresponde a cada quien”. En la conferencia que acabo de estar en Washington DC, Scott McCloud nos decía: “there are no neutral visual decisions” (no hay decisiones visuales neutrales). La manera en la que mostramos y visualizamos las imágenes y los espacios define imaginarios, construye realidad y puede generar igualdad, desigualdad y a veces desconcierto (¿a cual carajo hay que entrar?). Las imágenes amplifican la identidad y los significados. Y es que la visualización de los baños públicos va más allá del derroche de creatividad de quienes deciden el icono, la imagen que define la segregación de géneros y es uno de los modos más básicos de mostrar y reforzar la dicotomía entre lo masculino y lo femenino y discriminar al colectivo de personas transgénero. Elegir la  imagen para un acto tan cotidiano como ir al baño es, además de ser una decisión estética, una decisión ideológica. Es política.

Y en esto, no es cosa de hablar… es cuestión de visibilizar . A las imágenes me remito.  Juzguen ustedes mismas, ustedes mismos…

Micromachismos cotidianos. Aquí huele a…

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el lobo y caperucitaFB_IMG_1472656891007wcCreatividad en pro de igualdad…

Moderna Musset Stockholm

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we don´t care (Canadá)

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A gender-neutral restroom sign. The White House has opened its first gender-neutral restroom. (Flickr/Creative Commons)

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Pmemeo webues eso. Que esto de ir al baño trae… cola.

Veinte minutos…Y yo sigo esperando.

 

 

 

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Nota: algunas de las imágenes que aquí os he compartido provienen del grupo de Facebook/ iconos de vater. Una iniciativa colectiva para recoger de manera espontánea la iconografía de los baños con  la que nos topamos cada día.

Doce miradas a la ciudad

Julio 26, 2016 en Doce Miradas

Doce Miradas participó con esta presentación en la jornada “Ciudades y retos globales”, organizada por la Cátedra Unesco, que se celebró en la Universidad de Deusto el 16 de junio de 2016.

 

Mirada número 1. Las mujeres y las casas

Edith Wharton, una deliciosa escritora neoyorquina nacida en 1862, escribió esto: “A veces pienso que la naturaleza de la mujer es como una casa con muchas habitaciones: está el recibidor de entrada por el que pasa todo el mundo para salir o entrar, el salón en el que una recibe a las visitas formales, la sala de estar donde los miembros de la familia vienen y van a su antojo… Pero más apartadas, mucho más apartadas, hay otras habitaciones cuyos picaportes nunca se hicieron girar para abrir sus puertas. Nadie conoce el camino para acceder a ellas, nadie sabe a dónde conducen.”

Y Virginia Woolf, otra fantástica escritora londinense, nacida veinte años más tarde, escribió aquello tan conocido de “si una mujer quiere dedicarse a escribir, debe tener dinero y una habitación propia”.

Las dos escritoras, Wharton y Woolf, identificaban mujeres y casas, dos elementos que tenemos fuertemente enlazados en nuestras mentes y en nuestros espíritus.

Me llega aquí un recuerdo de la infancia. Recuerdo a las señoras de mi barrio, que salían a la calle por las tardes, con el buen tiempo, y se sentaban a coser y a charlar, muy pegaditas a las puertas de las casas, mientras los hombres estaban fuera del barrio, en las fábricas o en las tabernas.

La ciudad ha sido algo históricamente ajeno a nosotras. Fijaos, si no, en las representaciones gráficas de la Antigua Roma o de la Antigua Grecia. ¿Quiénes poblaban el foro y el ágora? No eran mujeres, pues en aquel entonces ni siquiera éramos ciudadanas.

La ciudad ha sido algo construido y gobernado por hombres. Un territorio de otros, para nosotras a veces hostil.

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Mirada número 2. Las voces y las miradas de los hombres en la ciudad

Hay hombres que nos recuerdan constantemente que la ciudad es su territorio y no el nuestro. Hay hombres que se creen con derecho a imprecarnos, a decirnos cosas cuando caminamos solas, o con otras mujeres, por la ciudad. Nunca lo hacen si vamos con un hombre. Nos dicen si les parecemos guapas o no, como si necesitáramos su opinión o su aprobación. Y eso sucede en el mejor de los casos, porque en el peor, tenemos que oír cosas de muy mal gusto.

Eso lo hacen desconocidos. Los conocidos cultivan otra modalidad. A mí me gusta llevar gorros de lana en invierno y sombreros en verano. Y continuamente tengo que oir sus comentarios insidiosos, adornados de broma o burla.. Es una forma de decirme: controlamos tu aspecto; te hacemos saber cuál es la norma; te lo vamos a hacer saber quieras o no.

Muchas mujeres me han dicho que les encantaría llevar gorro o sombrero, pero no se atreven porque creen que es muy llamativo, que las miran demasiado cuando van por la calle.

Parece como si en la ciudad solo contaran los cuerpos de las mujeres. Porque se nos aparecen desnudos, falseados, estereotipados, en vallas publicitarias, en marquesinas, en quioscos.

Estos cuerpos nos dicen otra vez cómo tenemos que ser, cuánto tenemos que medir, qué apariencia debemos adoptar para merecer, de nuevo, la aprobación de los hombres.

 

Mirada número 3. Otra forma de mirar a la ciudad

Hay por lo menos dos maneras de mirar y concebir la ciudad.

La ciudad puede verse como un todo, desde lejos, como un plano de líneas rectas repleto de datos y cifras sobre equipamientos, transportes, conectividad o accesibilidad.

O puede mirarse de cerca y ver cómo esos elementos funcionan en las redes cotidianas. Puede pensarse la ciudad poniendo en el mismo plano, otorgando la misma importancia, al trabajo productivo y al reproductivo.

Los proyectos urbanos, las viviendas, los equipamientos (sus horarios, sus características, su ubicación) se siguen pensando como si continuara vigente la estereotípica división de roles masculinos y femeninos, como si todavía hoy en todos los hogares hubiera una persona, una mujer, exclusivamente dedicada al cuidado de menores, de dependientes o del propio hogar.

 

Mirada número 4. El transporte público

Voy a trabajar en transporte público: en metro, en tren o en bus. El transporte público es el reino de las mujeres, porque son abrumadora mayoría numérica. Por esta manía nuestra de contar, se nos hace evidente que muchas más mujeres que hombres utilizan el transporte público. Cuanto más descendemos en la escala socioeconómica, menos mujeres tienen coche propio. Las familias monomarentales no suelen tenerlo. Muchos sueldos femeninos no dan como para pagar seguros, garajes, carburante…

Invertir en transporte público es invertir en mujeres, en mejorar la vida de las mujeres.

Así y todo, aunque numéricamente nos imponemos, todavía hay detalles que nos recuerdan que ese tampoco es nuestro espacio. Como el famoso manspreading. Ya sabéis: esos señores que se despatarran (disculpadme el término un tanto vulgar; diré en mi defensa que lo recoge el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española). Lo que os decía: que se despatarran; abren excesivamente las piernas y ocupan en un asiento más espacio del que les corresponde. Si te sientas a su lado, te sientes obligada a ir retirándote hacia la esquinita para no rozar con su muslo, no vaya a ser que piensen yo qué sé qué.

A nosotras nos educan para ocupar el mínimo espacio posible, nos dicen que crucemos las las piernas, nada de despatarre, que bajemos la mirada; pues no hacerlo equivale a provocación. Nos hacen, en definitiva, responsables del comportamiento de los demás.

 

Mirada número 5. El transporte privado

Nuestras ciudades fueron pensadas para los vehículos, no para los peatones y peatonas (por cierto, es correcto decir “peatona”; también lo recoge el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española). Volviendo a las calzadas y a los vehículos, cuando alguna vez se acometen obras para ampliar las aceras, siempre hay alguien que clama y protesta porque se han perdido plazas de aparcamiento o se han estrechado los carriles.

Nosotras también conducimos. Y conducimos bien. Parece ser que incluso mejor que los hombres. Tenemos menos accidentes y menos multas. Así y todo, todavía debemos demostrar que somos conductoras válidas. Todavía nos tratan con un punto de sobreprotección, de paternalismo, cuando nos ven al volante. Y lo mismo sucede cuando montamos en bici, que te gritan consejos y recomendaciones que nunca le harían a otro hombre.

 

Mirada número 6. La exurbia

Un cierto modelo de ciudad tiende a colocar los equipamientos (centros comerciales, guarderías, colegios, residencias, polideportivos…) en las afueras; muy en las afueras; como dicen en América, en la exurbia; o,como dice una amiga, “en las afueras afuerísimas”.

Esto a veces supone que las calles del centro de la ciudad queden despobladas, sin vida. Y eso acrecienta el sentimiento de inseguridad.

Al mismo tiempo, eso hace cambiar los recorridos.

Los recorridos por la ciudad deberían ser útiles; no deberíamos perder el tiempo desplazándonos a equipamientos lejanos. Si en un recorrido cumplimos diversas tareas o funciones, aprovechamos el tiempo. Por el contrario, si cada funcivón, si cada tarea nos exige un recorrido distinto, perdemos el tiempo. Y a las mujeres no nos gusta perder el tiempo.

En una ciudad ideal los polideportivos estarían bien comunicados, para facilitar que todas las mujeres, las que tienen coche y las que no, practiquen deporte, porque el ejercicio físico nos proporciona enormes beneficios.

En una ciudad ideal las residencias de la tercera edad estarían bien comunicadas.

En una ciudad ideal, los centros de trabajo que emplean a mujeres estarían bien comunicados, porque en ocasiones el acceso al transporte es el acceso al empleo.

En una ciudad ideal haríamos muchas y variadas cosas en poco espacio y en poco tiempo.

Cuanto mayor es nuestra debilidad económica, mayor es la necesidad de servicios urbanos de proximidad.

 

Mirada número 7. Los bares y restaurantes

Salgo del trabajo a comer a mediodía y tengo para elegir restaurantes de hombres y restaurantes de mujeres.

En los de hombres hay paredes grises, fotografías en blanco y negro, sobriedad.

En los de mujeres hay flores, colores, toques decorativos que recuerdan a un hogar. Otra vez las casas y las mujeres; unidas de nuevo.

La distinción funciona. La clientela se reparte bien así. En los restaurantes de mujeres, raros serán los grupos de hombres solos, sin compañía femenina. En los de hombres, raramente verás a una mujer sola.

Hay mujeres que nunca entran solas a un restaurante. Cuando me cito con ellas, si llego un poco más tarde, me esperan en la puerta; no entran solas. Eso sucede por algo, porque hubo un tiempo en que las mujeres no entraban a las tabernas, si no era a trabajar, claro. Cuando yo era niña y salía de paseo con mi madre y con mi padre, si mi madre tenía sed, mi padre entraba en un bar y le sacaba un vaso de agua. Ella no entraba.

Los tiempo han cambiado, sí, por supuesto. Pero todavía tenemos memoria de aquellas prohibiciones; todavía queda un resto, un poso; todavía tenemos un punto de vulnerabilidad cuando estamos solas en un bar o en un restaurante.

Hemos incluido en las imágenes un fotograma de “Sexo en Nueva York” en el que aparece la protagonista, Carrie Bradshaw, sola en un restaurante. “Sexo en Nueva York” ha sido una teleserie muy denostada, se la ha calificado de frívola, de muy superficial, con sus tacones y sus modelitos de lujo, y se han obviado unos contenidos de género muy potentes sobre las formas de vida de las mujeres en la ciudad de Nueva York. Por ejemplo, esto de estar solas en los restaurantes aparecía en varios episodios y se decían cosas que todavía están en vigor.

 

Mirada número 8. Cosas que se hacen en público y cosas que no

Las cosas exclusivamente femeninas no se hacen en público. Maquillarse, dar de mamar, pasarle a una amiga una compresa o un tampón, son cosas que hacemos en privado, algunas incluso a escondidas. Casualmente son cosas que solo hacemos nosotras; no las hacen los hombres.

Y, al revés, los hombres pueden hacer cosas en público que nosotras no hacemos, como orinar. Pero no vamos a entrar en eso. Lo dejaremos para otra ocasión.

Pienso ahora en las viviendas y en los trabajos domésticos. En cosas que antes se hacían en público y ahora en privado. Como lavar la ropa. Mi abuela iba al lavadero. O al río. Aquello era muy duro, durísimo: había que permanecer a la intemperie incluso con mal tiempo, el agua estaba fría… Pero era un momento de compartir y de conversar con otras mujeres.

Pienso también en la tarea de tender la ropa. Cuando yo era niña había muchos más tendederos compartidos en las azoteas de los edificios, en los patios. Ahora esas tareas las hacemos cada cual en nuestra casa, de forma aislada.

Se me ocurre que quizás deberíamos repensar nuestras viviendas y hacer que labores que son privadas, como lavar o tender, sean un poco más públicas. No estoy pensando en el río, no, sino en espacios comunes para las lavadoras. Y en tendederos comunes, compartidos. Sería una forma de socializar, de crear más lugares de encuentro, de relación, de conversación, para mujeres y para hombres.

ciudadFotografía de Asun Martínez Ezketa (@esaotra)

 

Mirada número 9. Los cochecitos y las sillas de ruedas

Acabo mi trabajo y visito a mi madre, que vive en una residencia. En una residencia de ancianos, aunque el noventa por ciento de las personas residentes son ancianas. Las residencias de la tercera edad también son un reino de mujeres.

Mi madre anda más bien poquito, así que tengo que empujar su silla de ruedas. Y aquí de nuevo se me hace la ciudad hostil, pues debería tener más rebajes en las aceras, más rampas, mejores accesos a los comercios, a las cafeterías y a los servicios diversos.

La ciudad se me hace tan hostil que tengo que rediseñar otra ciudad dentro de la ciudad. Existe, así, un itinerario de sillas de ruedas y cochecitos, una red viaria interna. Quienes empujamos sabemos cuáles son los circuitos más cómodos, conocemos bien esa ruta oculta en la ciudad que solo está en la cabeza de las cuidadoras.

Porque las cuidadoras y las usuarias de sillas de ruedas somos en más de un ochenta por ciento mujeres.

Es curioso. Empujar artefactos con ruedas te hace ponerte unas gafas especiales y ves cosas que antes no veías. Ves, por ejemplo, una distancia entre el vagón de metro y el andén en la que nunca antes habías reparado. Habrías jurado que estaban juntos, que no había hueco, o que serían solo unos centímetros. Pero cuando tienes que hacer que una silla de ruedas pase por ahí, te parece un abismo, una sima, una grieta por la que crees que se va a despeñar tu madre y va a desaparecer para siempre, con silla y todo.

 

Mirada número 10. Pelotas y balones

Las plazas, las playas, los patios, los parques nos los encontramos a menudo ocupados por niños u hombres que juegan con pelotas y balones.

Marcan su territorio y nos expulsan de él, pues por el espacio donde circula un balón no te puedes adentrar. Si lo haces, te arriesgas al balonazo. Lo sabes.

Y esto puede suceder en cualquier paseo, en cualquier parque. De repente, en cuanto aparece un balón, ese pedacito del planeta por el que paseabas, donde te sentabas un ratito, deja de ser tuyo. Tienes que salir de ahí y alejarte, porque los balones llegan muy lejos; sus recorridos, sus idas y venidas, ocupan mucho sitio. Incluso aunque te sitúes un poco más allá o, por prudencia, otro poquito más allá, llegan a ti y no suelen llegar en plan amigable, sino agresivo, golpeante.

Viene aquí a cuento hablaros brevemente de un estudio realizado en Viena entre 1996 y 1997 para saber cómo usaban hombres y mujeres los parques públicos y sus espacios. Los resultados fueron sorprendentes porque descubrieron que a los nueve años descendía notablemente la presencia de las niñas en los parques, mientras que la de niños se mantenía. Las investigaciones demostraron que en estos aspectos las chicas eran menos asertivas que los niños y que si tuvieran que competir por el espacio, era muy probable que ganaran los chicos.

Entonces las personas responsables de planificar la ciudad pensaron en algún modo de corregir esta tendencia rediseñando los propios parques y en 1999 se pusieron manos a la obra. Rediseñaron dos parques con más senderos para caminar, añadieron campos de voleibol y bádminton, para permitir que hubiera actividades más variadas, no solo fútbol.

Además, las áreas más amplias se trabajaron con elementos de paisajismo y se dividieron en pequeños parquecitos (pocket parks, parques de poche, giardini tascabili) semicerrados.

Enseguida se notó el cambio: los grupos de niños y niñas se equilibraron.

 

Mirada número 11. El miedo

Seguimos con los estudios. En 2007 en Gran Bretaña, un estudio sobre la inseguridad de las mujeres en las ciudades nos vino a confirmar lo que más o menos ya todas sabíamos.

Preguntaron la las mujeres británicas qué les daba miedo y ellas contestaron que los lugares oscuros, los poco iluminados; los lugares donde hay grupos de jóvenes, donde solo hay hombres, donde se consume alcohol y drogas; donde hay vandalismo; donde es fácil que nos perdamos y donde hay perros.

Nada nuevo, ¿verdad? A veces creemos que nuestros miedos son personales e intransferibles, que solo nos afectan a nosotras, que es algo psicológico. Y entonces leemos los resultados de un estudio británico y ahí están nuestros miedos compartidos, convertidos en asunto social. Nuestros miedos existen por algo que no es un trastorno personal ni aislado.

 

Mirada número 12. La apropiación. La ciudad hecha nuestra

Las mujeres estamos a gusto en la ciudad cuando la ciudad responde a la diversidad de las necesidades de las mujeres. Porque las mujeres somos diversas; no somos una minoría, sino la mitad de la población.

Así y todo, sabemos que las necesidades son mayores para las mujeres con personas dependientes a su cargo, para las cabezas de familia, para las ancianas y para las migrantes. Sabemos, porque en las ciudades se hace evidente, que existe la feminización de la pobreza. Y que la feminización de la pobreza trae consigo, en muchos casos, la pobreza infantil.

Las mujeres estamos a gusto en la ciudad cuando habitamos lugares donde hay gente diversa, de todas las edades, donde hay más mujeres, donde hay niñas y niños. Donde hay aceras amplias, no solo para circular, sino también para detenerse a charlar, a cultivar las relaciones.

Una forma simbólica de hacer la ciudad nuestra es que aparezcamos representadas en las señales, con siluetas también femeninas. Esas señales dicen algo, por eso son señales, tienen significado; nos envían un mensaje que nos dice que ese espacio es un poco más nuestro.

Otra hermosa forma de hacer la ciudad más nuestra es que los nombres de las calles, los parques y las plazas lleven nombre de mujer. Nombres de mujeres, por ejemplo, que hicieron algo por otras mujeres.

Recuerdo una pequeña plaza en un pueblecito de una de las islas del archipiélago de las Azores. Era una placita blanca, soleada, luminosa, con vistas al océano. Llevaba el nombre de una comadrona, una partera que había ayudado y asistido a muchas mujeres. Supuse que aquella señora habría asisitido y conocido a abuelas, a madres, a hijas, a nietas… Y al revés, que todas esas mujeres la habrían conocido y le tendrían aprecio, porque había traído al mundo a sus familias.

Imaginé a aquella señora, a aquella profesional, allá sentada, tras una jornada imprevisible de trabajo. Mirando al océano para descansar el ánimo y la vista. Y pensé que era un sitio magnífico para sentirse en paz.

Con ese mismo deseo para todas vosotras y vosotros, gracias por vuestra atención y gracias por vuestra mirada.

Nos despedimos con una pregunta: ¿serían diferentes las ciudades si las diseñaran las mujeres?

 

¿Sociedad enferma?

Julio 19, 2016 en Doce Miradas

titulares

Ilustración: Leonor Martínez de La Serna

Llevaba días tratando de elegir el tema para este post y me debatía entre algunos de los muchos y graves problemas que afectan a las mujeres. De hecho, resulta absolutamente desolador escuchar cada día la radio, leer los periódicos, ver la televisión y comprobar la cantidad de malas, malísimas noticias que hay en torno a las mujeres. Cada día hay un capítulo del esperpento. Cada día una noticia peor. En todas las direcciones, desde todas las direcciones. Tengo la sensación de que vamos de mal en peor. Ya se han cumplido tres años desde que lanzamos a la red este blog, Doce Miradas, y de un tiempo a esta parte tengo la profunda impresión de que la situación de la mujer en general, lejos de mejorar, empeora. Tres años publicando, denunciando y cuestionando y comprobamos, con desolación, cada vez que nos reunimos, que queda mucho trabajo por delante. Así que, rodeada por algunas de las últimas noticias, por las voces que desde la radio me acompañan a diario, por los datos de siempre que tantas veces hemos repetido, les invito a una profunda reflexión sobre la sociedad en la que vivimos.

Vidas robadas

Esta es la cara más terrible del padecimiento de las mujeres: que siguen siendo asesinadas. Y no parece que se produzcan grandes reacciones por parte de la sociedad. Parece que estemos anestesiados, acostumbrados, resignados. Se incrementan los casos de asesinatos machistas, insoportables ya para esta sociedad, que dejan familias destrozadas, niños y niñas huérfanos, impactados por la violencia de sus progenitores, cuando no son ellos mismos asesinados. Niños degollados por su padre, para vengarse de su exesposa, niñas que presencian el acuchillamiento de su madre. Decenas de mujeres asesinadas en lo que va de año. Los datos tampoco coinciden, porque hay muchos casos bajo investigación. Para algunos medios, serían 25 las mujeres asesinadas. En feminicidio.net realizan un exhaustivo registro de las mujeres asesinadas por hombres. Vidas destrozadas, reventadas. “No son un número, ni pura estadística”, como dice Carles Francino en La Ventana. “Ni siquiera solo un nombre. Las suyas son vidas robadas”. Una sección que llega a la radio cada vez que una mujer es asesinada.

Mujeres agredidas

citasociedadenfermaLos últimos sanfermines nos dejaron un reguero de agresiones sexuales, de violaciones y de denuncias. Hombres que agreden a mujeres, hombres jóvenes que agreden a mujeres jóvenes. Espeluznante. ¿Cómo es posible que esto siga ocurriendo? Estos chicos, estos hombres, ¿no aprendieron nada? ¿No aprendieron en sus escuelas el respeto hacia sus compañeras? En sus hogares, en sus familias, ¿de qué se hablaba? ¿En qué momento se les ocurre agredir de esta forma a una mujer? ¿Qué pasa por sus cabezas? ¿No tienen hermanas, amigas, novias? ¿Qué significa la mujer para ellos? ¿No sienten? ¿No hay ninguno de ellos capaz de parar la agresión? ¿No hay ninguno capaz de detener la violación? Y además, tienen la desvergüenza de grabar la agresión. Algo grave le está pasando a esta sociedad. Como dijo Pedro Blanco, “qué asco dais”.

Siempre bajo el mismo techo

edificioYa hemos comprobado que el techo de cristal es opaco, de un material duro, contundente, indestructible. Un informe realizado por Eada e Icsa Grupo sobre diferencias salariales y cuota de presencia femenina señalaba que el porcentaje de mujeres en cargos directivos ha caído con la crisis del 19,5 % en 2008 al 11,8 % en 2016. Y, por supuesto, la brecha salarial por género no ha hecho más que aumentar. Hay muchos detractores de las cuotas, pero estos datos son demoledores y, como nos contaba Miren Gutiérrez en su post “En favor de las cuotas”, éstas implican logros más rápidos. Todos preferiríamos que no existieran, por supuesto. Pero los hechos son tozudos y los datos más. Para conseguir avances rápidos se requieren medidas extraordinarias; de lo contrario, tardaremos muchos años en llegar a la igualdad real. Algunas de nosotras no la veremos, pero nos gustaría saber que contribuimos a dejar un mejor legado. Como afirmaba la periodista Milagros Pérez Oliva, el progreso de las mujeres directivas es como el del cangrejo, idéntico.

Mujeres acomplejadas

Supongo que habrán leído la ya famosa carta “Querida chica del bañador verde”. Tan emotiva como real, tan sincera como elocuente. Las playas y piscinas están llenas de chicas como la del bañador verde. Chicas que se tapan, que ocultan su cuerpo, que se avergüenzan. Chicas que no pueden disfrutar de una tranquila tarde en la playa. Se despiertan ya con el qué me pongo hasta convertirse en un verdadero quebradero de cabeza. Aunque estas son las valientes, las que van a la playa, sin duda alguna. Porque luego están las chicas del bañador verde que no salen de casa, que no se atreven a dar el paso, que prefieren no pasar el trago de levantarse de la toalla para llegar hasta la orilla. Y no tienen ellas la culpa, por supuesto que no. Aquí estamos toda la sociedad en su conjunto al servicio de su complejo, de su baja autoestima. Con marquesinas de autobuses que lucen chicas en bikinis imposibles, con anuncios de televisión que bombardean los sentidos: cuerpos que pasean las rebajas por la orilla, cremas mágicas que quitan las arrugas a modelos que no tienen más de dieciocho años, anuncios de cosméticos que anuncian que “tu piel no tiene que reflejar tu edad”. Inventando un mundo irreal. Un incesante bombardeo, contra el que queda muy poca defensa. Un desastre para todos, porque aunque lo sea especialmente para las mujeres, las fatales consecuencias de ese perseguido universo de la perfección alcanzan a todos.

Celebraciones de segunda

Foto: Fernando Domingo

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Tampoco pudieron celebrar las jugadoras del Athletic femenino su título de Liga como lo hubieran celebrado sus compañeros del primer equipo. Las jugadoras se quedaron sin gabarra. A pesar de que muchas voces se alzaron desde todos los ámbitos para que el club sacara la gabarra y se celebrase ese gran título por la ría de Bilbao, finalmente alguien decidió que no merecían la misma celebración. No debe de ser lo mismo que ganen la Liga los hombres a que la ganen las mujeres. ¡Qué difícil es comprenderlo! Imposible explicarlo. ¡Qué oportunidad perdida! A pesar de que el Alcalde de Bilbao aseguró que el Athletic femenino se merecía “exactamente los mismos honores” que el equipo masculino, no pudo ser. Habría sido extraordinario poder contar al mundo, desde su capital, que hay una sociedad en la que se celebran igual los triunfos de hombres y mujeres. Habría sido perfecto. Una lástima.

El desamparo de una niña

Y para terminar este repaso, quiero dedicar unas últimas líneas al desamparo de María, la niña madrileña de nueve años que llevaba dos sufriendo abusos por parte de su padre, y a quien nadie creyó. Ni psicólogos, ni terapeutas, ni peritos, ni jueces. Como decía Pepa Bueno, a esta niña la asistió todo el sistema y todo el sistema le falló. Menos su madre y su grabadora.

Y la pregunta es, ¿nos estamos adaptando a una sociedad enferma?

En la parte positiva, se acaba de hacer entrega de cuatro becas Soledad Cazorla. Isabel es el nombre de la primera joven que la consigue para completar sus estudios. Su padre mató a su madre cuando ella era adolescente y ahora la familia de la ex fiscal contra la violencia machista le concede esta beca junto con la Fundación Mujeres para que pueda terminar su ciclo de FP.

Ya vemos que hay una parte de la sociedad que también responde. Aquí está el trabajo de muchas asociaciones e iniciativas como Doce Miradas: nos sentimos necesarias y pedimos el apoyo de los hombres y mujeres de bien para detectar, denunciar, impedir, concienciar, sanar a esta sociedad y reconstruirla para todos y todas.

 

Nota: Antes de terminar este post el pasado domingo, llegaba de nueva la noticia de una mujer asesinada presuntamente por su pareja en Aranda de Duero. Una nueva vida robada.

 

Femvertising

Julio 5, 2016 en Doce Miradas

Desde que salió el anuncio “empoderante” de Pavofrío he visto ya tres o cuatro más del estilo (Dove, Bodyform,  y mi favorito National Lottery) y cada semana parece que sale alguno nuevo. Uno a uno son analizados, llevados al molino feminista de la palabra, por robarle la metáfora a Foucault. En efecto, debemos hacerlo y no vamos a parar. Pero aquí no hablaré del mensaje sino del método.

Hace ya tiempo que la industria del marketing descubrió la llave dorada para abrir las carteras de las mujeres, y este, y no otro, es el único motivo tras el fenómeno bautizado como Femvertising: la combinación de feminism y advertising (publicidad). Dove, fue una de las primeras en abrir la espita.  Su “meta-anuncio” sobre los daños que su propia industria de la belleza produce es ya famoso:

Sin necesidad de pronunciar la “maldita” palabra ‘feminista’, y a veces ni siquiera la palabra ‘mujer’, las marcas han adoptado diversas estrategias para dirigirse a su target, las mujeres (utilizo ‘mujer’ como categoría política, no biológica, ni mucho menos de identidad), escogiendo a su antojo y de manera inconexa, conceptos, palabras, claves, símbolos, incluso reivindicaciones del feminismo. Algunas perlas del “menú” de Pavofrío: “Sigo sin pareja estable y me la resbala sobre base de arándanos”, “Crocanti de no me caso porque no me da la gana”, “Soy directora general mundial y madre con reducción de jornada laboral” o “No pienso tener hijos y qué, sin ralladura de ningún tipo.”

Ya, pero todas sabemos que Pavofrío es para hacer dieta y por lo visto solo lo consumen mujeres.

Entonces, ¿es bueno? ¿Es malo? Para el feminismo, quiero decir, que es por lo que estamos aquí (y de paso para que la igualdad emancipe a todas la personas). Como mínimo prefiero comprar a quien no me ofenda con su misoginia habitual. Si de paso me reafirman, aunque sea tibiamente, de manera imperfecta, o tangencialmente en alguna de mis reivindicaciones, ni tan mal. Si además algunas temáticas feministas se van incorporando a la conversación mainstream, aunque sea diluidas y envueltas en papel cuché, me empieza a valer. Es triste, sí, que premiemos la no-misoginia, pero cuando esa es la línea base de la que partimos, las marcas lo tienen fácil.

En primer lugar, reconozcamos que esta improbable combinación de feminismo y marketing nunca será pura. La histórica interacción entre patriarcado y capitalismo, las bases sociales y materiales de la desigualdad de género, es obvia. Ambos sistemas están predicados sobre el trabajo gratuito, infrapagado e infravalorado de la mitad de la especie humana. Estos hermanos gemelos están programados para reinventarse siglo tras siglo para asegurar su persistencia. No bajaremos la guardia, pues sabemos que a menudo se disfrazan para seducirnos como lobos con piel de cordero, lo que Ana de Miguel llama Neoliberalimso sexual. La publicidad, hija del capitalismo, no va a hacer el trabajo del feminismo llevando nuestro mensaje, y menos sin un incentivo. El incentivo es nuestro dinero.

Irónicamente, es la inescapable economía de mercado la que obliga al femvertising. Por primera vez en 2014 se presentó este “descubrimiento” en Advertising Week, la célebre feria anual de la industria publicitaria en Nueva York. La consultoría SheKnows presentó los resultados de su último estudio, entre los que destacan:

  • El 91% de lan encuestadas cree que la manera en que se retrata a las mujeres en publicidad tiene un impacto directo en la autoestima de las niñas.
  • El 71% respondieron que las marcas tienen la responsabilidad de promocionar mensajes positivos hacia mujeres y niñas
  • El 94% cree que retratar a mujeres como símbolos sexuales en anuncios es dañino.

Según proliferan estas campañas, empiezan a marcar el nivel que esperamos de las marcas, si éstas pretenden merecer nuestro negocio. Las que desciendan de nivel serán rechazadas. El temido backlash feminista, o latigazo en forma de contracampaña, se puede montar en cuestión de momentos y extenderse con velocidad por redes sociales, reproducirse en blogs y saltar a prensa y telediarios en poco tiempo, como pasó con Coca-Cola, Playstation, o Victoria’s Secret, amén de las vías institucionales de denuncia. Hipercor tardó dos días en pedir disculpas públicamente y retirar de sus tiendas su línea de ropa de bebé estampada con frases como “Inteligente como papá” y “Bonita con mamá”. La reacción popular de grupos feministas, sindicatos y partidos políticos hizo que EITB cancelara su reality “Cuadrilla busca cita”, tras la emisión de solamente un programa.

Así que algunas marcas han pasado a tomar una nueva estrategia para destacarse en el contexto actual, resultando en una táctica de doble filo: mientras menos sexista resulte su mensaje más rechazo provocará el de los competidores. Algunas marcan notoriamente machistas están cambiando de melodía: compara esto con esto. Es una ventaja y queremos ver más.

Parece obvio que para vender a mujeres lo primero sería no alienarlas. ¿Es que nunca se habían escuchado las opiniones de las mujeres? ¿O es que éstas opiniones han cambiado gracias al avance del feminismo? La respuesta probablemente sea afirmativa a las dos. Las opiniones de las mujeres y su creciente poder económico están influyendo.

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Las reivindicaciones, las ideas, las imágenes, están allí. Es la primera sílaba de fem + vertising. Sería naif olvidarnos de la segunda sílaba. Si en el diseño de alguna de estas campañas se han colado unas marketingeras feministas, celebremos pues, por improbable que sea. Si aún están dominadas por estructuras masculinas, celebremos que empiecen incorporar nuestro mensaje aunque sea a medias, a trompicones. Si hay un espíritu de feminismo aleteando por los departamentos de creatividad publicitaria diluyendo pastillas de teoría feminista en los cafés, creámonos esta fantasía por un momento. Si estas campañas son el resultado de investigaciones de campo sobre lo que realmente preocupa a las mujeres, alegrémonos de que por fin se estén interpretando los datos a través de lentes violetas, aunque sea para vendernos una lavadora. No pidamos una profundidad teórica a la “tele” que no nos puede dar. Esa no es su función. Para eso estamos nosotras, para seguir empujando. Consolidemos estas pequeñas victorias, que llegarán mucho más lejos en la consciencia de la sociedad que muchos libros escondidos en bibliotecas.

Critiquemos pues, analicemos pues, presionemos pues, para que el nivel continúe subiendo y que no nos vendan gato por liebre. Os dejo con una sugerencia sencilla de implementar en casa:

Seguramente conozcáis el test de Bechdel para llamar la atención sobre el sexismo en el cine. Pues hay varias pruebas de este tipo, con nombres a cual más estrambótico. Está la “Sexy Lamp test” (lámpara sexy), también para el cine, que dice que si puedes sustituir a un personaje por una lámpara sexy sin que cambie la historia, debes volver a escribirla. El test Vito Russo,  analiza la representación de personajes LGBTQ en el cine. En 2015 salió el Sphinx test para corregir el sexismo en el teatro. La prueba Finkbeiner reta a periodistas que escriben sobre mujeres en ciencia a no mencionar explícitamente su sexo, sus hijos, si tiene o no marido, y la ocupación de este etc. Como casualmente tengo un apellido sonoro á la Finkbeiner, llegado a mí por via patriarcal, propongo el Werckmeister Test:

  1. ¿La acción perpetua los estereotipos tradicionales de género y/o sexualidad?
  2. ¿Las mujeres que aparecen solo existen en relación a quien cuidan (madres, novias, esposas, abuelas, etc) y/o en posición de inferioridad o dependencia?
  3. Los cuerpos de las mujeres representan ideales imposibles, artificialmente “creados” y/o cumplen el papel de objeto decorativo reflectante sexual (sexy lamp)?

Con cada respuesta negativa el anuncio mejora en la escala Werckmeister de sexismo en la publicidad y obtiene un punto. Apuesto que el noventytantos porciento de lo que veais en una noche no consigue ni un punto. Así que con resignación habrá que decir que un poco más de femvertising, aunque imperfecto, no nos vendrá mal. Hala, a practicar un ratito.

El milagro de conciliar

Junio 21, 2016 en Doce Miradas

 

Doce Miradas_El milagro de conciliar

Hace unos meses, Jordi Évole trató en su programa ‘Salvados’ el tema de la conciliación y los cuidados en la familia. Y lo hizo de una manera comparada entre dos sistemas muy diferentes entre sí, el sueco y el español. Esta forma de mirar distintas realidades ayuda a realizar planteamientos que, en ocasiones, pueden parecer utópicos pero que si los vemos implementados en otras sociedades se convierten en una realidad no sólo necesaria sino posible.

La primera y principal conclusión a la que podemos llegar, a través del programa ‘El milagro de conciliar’, es que no es viable conseguir una igualdad plena entre hombres y mujeres si la conciliación y la corresponsabilidad siguen considerándose objetivos de segundo o tercer nivel -en el mejor de los casos- y mientras exista un modelo de economía que marca, en primera instancia, las normas de comportamiento de una sociedad.

En Suecia está prohibido por ley preguntar a las mujeres durante una entrevista de trabajo sobre sus planes de familia (embarazos). La maternidad se entiende como una elección de dos personas -en familias no monoparentales- y la corresponsabilidad en los cuidados parece ser una asignatura en la que nos llevan clara ventaja. En palabras de David, una de las personas entrevistadas en el programa de Évole: “Yo no soy una ayuda, soy un actor que tiene la mitad del rol”. De hecho, en Suecia un padre puede disfrutar de 480 días para el cuidado de sus hijas/os, distribuidos según las necesidades de cada cual, hasta que estos cumplan los seis años de edad. Si optan por disfrutarlos de forma continuada, son 16 meses de permiso iguales e intransferibles para la pareja. Los dos, padre y madre, se ausentan durante el mismo tiempo y pueden disfrutar y cuidar de sus bebés en igualdad de condiciones. ¿Hace falta que recordemos el periodo de baja maternal en el Estado español? También son 16, pero no meses sino semanas.

Parece que por aquí vemos las cosas de otra manera. Para muestra me remito a las famosas declaraciones de la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol, cuando afirmaba que “si una mujer se queda embarazada y no se le puede echar durante los once años siguientes de tener un hijo, ¿a quién contratará el empresario?”. A estas declaraciones añadía que, si de ella dependiera, contrataría “a mujeres mayores de 45 y menores de 25”. No es de extrañar, por tanto, que las mujeres en edad reproductiva se consideren una amenaza y no una bendición para nuestro sistema, que los padres no vean a su hijas/os y que las madres se responsabilicen de todos los cuidados, perpetuando así la división tradicional del trabajo. Y, después de todo esto, nos echamos las manos a la cabeza porque la baja tasa de natalidad -entre otros factores- hace que, bajo los parámetros actuales,  se cuestione la sostenibilidad del estado de bienestar a medio plazo.

Y esto, es un problema estructural que afecta a todos los ámbitos de nuestra vida. Los modelos de gestión  rígidos, que consideran que la maternidad y la conciliación son cuestiones que atañen exclusivamente a las mujeres, tienden a perjudicar a estas últimas porque son las que optan por reducciones de jornadas para conciliar. Recientemente, se hacía público el décimo informe “Diferencias salariales y cuota de presencia femenina” elaborado por la consultora ICSA Grupo con la colaboración de EADA Business School. Según este estudio, las mujeres apenas ocupan el 12% de los cargos directivos y cobran por ello un 17% menos que los hombres. Siendo esto así, no hay mucha esperanza de que se aprueben medidas que apuesten por la conciliación cuando quien tiene que diseñarlas no siente que sean una prioridad en su vida sino más bien una amenaza en ciernes.

Entonces, ¿cómo conciliar en un contexto en el que, aunque cada vez somos más conscientes de la importancia de estar cerca de nuestras/os hijas/os, se nos exige una mayor dedicación en el trabajo (en el mejor de los casos) o no queda otro remedio que compatibilizar diferentes trabajos -’mini jobs’- para llegar a fin de mes?

No hago ningún descubrimiento si comparto la idea de que el entorno y los primeros años de crianza en las niñas y niños son claves en su desarrollo futuro. La necesidad de estar cerca de padres y madres, de compartir espacios para la motivación y abrir ventanas a unos ojos deseosos de aprender, son necesidades de primer orden en el desarrollo de una persona. Sin embargo, yo me pregunto cómo una madre y un padre, preocupados por la propia sostenibilidad familiar, pueden hacerse cargo de la educación de sus hijos e hijas. Según el estudio Bienestar y motivación de los empleados en Europa 2015realizado por Edenrede Ipsos, un grupo especializado en servicios corporativosla segunda preocupación laboral en España, detrás del miedo a perder el empleo, es el tiempo dedicado al trabajo (el 65% de las personas trabajadoras se sienten requeridas fuera de su horario laboral).

El impacto de la situación económica en las familias y en el de las futuras generaciones va más allá de la pura sostenibilidad, que no es poco. Un país avanzado, como puede ser Suecia, es un país que toma en serio la educación de las futuras generaciones, no sólo desde los centros educativos -algo a lo que hay que darle una vuelta de 360º- sino también posibilitando a las familias la oportunidad de participar y dedicar tiempo a la educación de sus hijas/os. Como dice un sabio proverbio africano, ‘Para educar a un niño/a hace falta toda una tribu’ (lo de niña se lo he añadido yo, el proverbio no lo contempla).

En Suecia, las escuelas infantiles son gratuitas o su precio se ajusta a la renta de la familia. Cada barrio cuenta, como mínimo con un centro escolar, y el ratio de profesionales en el aula es de uno por cada cinco niñas/os. ¿Cómo va esto por aquí? Las dificultades económicas de las familias, la limitación de plazas, con el consiguiente alejamiento del lugar de residencia, tiene varias derivadas: en muchas ocasiones, son las mujeres las que optan por dejar el puesto de trabajo porque no sale a cuenta trabajar y pagar el servicio; en otras ocasiones, ante la dificultad de pagar el servicio y, al mismo tiempo, ante la imposibilidad de abandonar el trabajo, entran en acción las abuelas y abuelos que se dejan la piel a una edad en la que no les corresponde.

Perdonen ustedes que insista en la idea de que el modelo de sociedad en el que vivimos perpetúa la división del trabajo y hace que la conciliación se convierta en un milagro. Apostar por la igualdad y la conciliación no es una utopía. Hace falta abrir un debate serio en el que entendamos que apostar por la igualdad y la conciliación es apostar por un modelo económico y social más justo y avanzado, como es el caso de Suecia.