La ciudad y la casa de tus sueños

07/01/2020 en Doce Miradas

A mi hermana le encantan los programas de televisión de reformas de casas. Al principio no daba crédito pero empecé a verlos con ella y comprendí la fascinación que ejercen y por qué se han convertido en un auténtico boom. Llegan los gemelos Scott o Jillian y Todd, por ejemplo, y te arreglan la vida, creando el espacio perfecto para las necesidades y personalidad de cada integrante de la familia. Es adictivo ver cómo transforman lo feo, pequeño, oscuro, desordenado y disfuncional en lugares mucho más amplios y diáfanos, bonitos, luminosos, limpios, ordenados y perfectamente adecuados a su función. Poco me duró la magia del asunto porque enseguida cayeron las gafas violetas sobre mis ojos. Si habéis visto estos programas sabréis que la reforma estrella consiste en ofrecer el ‘concepto abierto’, que no es otra cosa que crear una planta diáfana que albergue cocina, comedor y salón. Todo ello siempre con un derroche de m2 y dólares que no acostumbramos por estos lares. “¡Cómo se nota que esa gente no cocina sardinas”!, me dijo mi amiga Esther, a propósito del ‘open concept’. Olores aparte, lo que llamó mi atención fue la frase que casi todas las mujeres repetían cuando formulaban su deseo de tener el dichoso ‘concepto abierto’: “Así podré vigilar desde la cocina a los niños mientras juegan”. Y tachán, de esa manera tan tonta y casual sale a la superficie que son ellas las que ocupan la cocina y quienes tienen la responsabilidad de vigilar y cuidar a la prole. Por si teníamos alguna duda. Da igual Vancouver que Nashville que Nueva Orleans que Bilbao.

Por eso, cuando en septiembre pasado se dio a conocer el borrador del decreto de ley que prepara el Gobierno Vasco para mí llovía un poco sobre fregado. Lo primero que oí es que obligaría a construir cocinas más grandes y conectadas para que la mujer no estuviera tan aislada. ¡¿Cómo?! ¡¿Hagamos las jaulas más cómodas y confortables para que la presa se sienta a gusto y no desee salir nunca!?

La Vanguardia.

20 minutos.

La noticia causó mucho revuelo. Se ridiculizó y hubo mucho cachondeo. Desde el Gobierno Vasco se alegó que se había explicado mal. Tampoco terminé de encontrar una fuente de información en donde se explicara bien. Estoy convencida de la necesidad de construir y urbanizar con perspectiva de género, además de otras perspectivas. Es decir, diseñar ciudades sin puntos ciegos, pasadizos, ni espacios retranqueados en donde pueda esconderse un potencial agresor, accesos a los portales en donde puedas ver y ser vista, una buena iluminación nocturna… Estas medidas son las más obvias, después están las que tienen en cuenta el transporte público, el diseño de parques y espacios de ocio de forma que se garantice un uso inclusivo, la ubicación de los equipamientos deportivos, salud, laborales… Se dice que invertir en transporte público es invertir en las mujeres, porque son quienes más lo usan.  Pero ¿de verdad una cocina más grande, una cocina unida al comedor o incluso al salón va a favorecer que hombres y mujeres compartan las tareas del hogar, crianza y cuidados? ¿No es una cuestión más de open mind (mente abierta) que de open concept (concepto abierto)? ¿Estamos por la educación en igualdad o por los metros2? Siempre he escuchado que antes, nuestros ancestros desarrollaban su vida familiar fundamentalmente en las cocinas, que eran el corazón del hogar, y no por ello los hombres compartían las tareas de la casa, sino que leían el periódico o descansaban de su jornada laboral.

No está en mi ánimo ridiculizar el decreto del Gobierno Vasco porque agradezco que se tenga en cuenta la perspectiva de género en la política, también en la urbanística. Es un gran paso para el que han contado con el asesoramiento de la arquitecta experta en vivienda con perspectiva de género, Inés  Sánchez de Madariaga, quien sostiene en esta entrevista que hombres y mujeres utilizamos los edificios y las calles de las ciudades de manera distinta, en función de nuestras tareas, actividad cotidiana y distintos roles de género. “Una persona que tiene responsabilidades del cuidado de menores o personas mayores a su cargo y también trabaja, es una persona que además de ir a su lugar de trabajo, tiene que ocuparse de que los menores vayan al colegio, al médico, a actividades extraescolares. Normalmente acompañarlos, porque los menores no tienen autonomía para moverse en el espacio urbano, y lo mismo con las personas mayores cuando pierden la autonomía personal. Lo que nos dicen las encuestas del uso del tiempo es que mayoritariamente son las mujeres las que realizan estas tareas y esto ocurre en España y en todos los países”. Esto hace que usemos los edificios de manera diferente, ya que “las personas que cuidan de otros usan la vivienda de manera mucho más intensiva que quienes utilizan la vivienda como área de descanso que suelen ser los hombres. Las personas que cuidan de otras personas hacen un uso más complejo, más extenso del espacio urbano, tienen recorridos en la ciudad más variados a lo largo del ciclo vital que aquellas personas cuya actividad se limita a acudir al lugar de trabajo y a alguna actividad de tipo deportivo o de ocio, que son mayoritariamente hombres. Entonces hay una diferencia muy grande en el uso de la ciudad entre hombres y mujeres y en el uso de la arquitectura”, añade la experta.

Es apasionante todo este estudio sobre el uso de las viviendas y el modo en que nos movemos por las ciudades mujeres y hombres, lo que llaman la ‘movilidad del cuidado’. Pero ahí surge el dilema. ¿Debemos estudiar la realidad y diseñar, urbanizar y construir de acuerdo a esa realidad? Suena práctico, sensato y lógico pero también suena a rendición y resignación, ya que en muchos casos nos conduce a perpetuar la desigualdad, la injusticia y los estereotipos de género. ¿O por el contrario conviene diseñar, urbanizar y construir con el propósito de transformar esa realidad y crear una sociedad más justa? Esto sería sin duda lo deseable. Pero, ¿es posible? ¿Tienen la arquitectura y el urbanismo tanto poder y capacidad de transformación?

Vaya dilema. Me apoyaré en algunos ejemplos del poder del espacio y el urbanismo en cuestiones diversas y ajenas a la igualdad de género. Hace poco leí un artículo de Lucía Lijtmaer en el que hablaba sobre el famoso sonido Motown. ¿Tuvo algún papel el urbanismo en el desarrollo de esta música soul surgida en la ciudad de Detroit? Según un estudio, parece que fue una de las claves. Resulta que todos aquellos músicos afroamericanos tenían algo en común: tenían piano en casa. Y podían tenerlo porque Detroit, al ser una zona geográfica amplia, propició un tipo de construcción de casa unifamiliar de dos plantas, muy común en las ciudades del medio oeste. Contribuía también el salario estable que recibían de la industria del motor, lo que permitió a las familias comprar pianos. Un piano es posible en una casa familiar, pero impensable en un apartamento de una familia obrera del este, explica Lijtmaer.

¿Y los famosos garajes en donde surgieron los imperios tecnológicos de Sillicon Valley? ¿Habrían ingeniado Facebook o Microsoft Zuckerberg y Gates de haber sido vascos con txoko o tendrían más opciones de ser cocineros? La oportunidad de acceso y uso de un determinado espacio puede propiciar actividades  que devienen después en fenómenos económicos y sociales.

Por desgracia, también han descubierto el poder de la arquitectura quienes promueven un urbanismo cruel e inhumano como puede verse en este tuit de Julen Iturbe sobre los elementos hostiles implantados en algunas ciudades para echar de las calles a las personas sin hogar.

Conviene, por tanto, tomarse muy en serio la visión y la intención que impulsa o descarta una determinada arquitectura. Las políticas urbanísticas influyen en cómo usamos los espacios y pueden cambiar comportamientos y a veces incluso salvar vidas (por cierto, ¿alguien entiende que se haya puesto una escultura a modo biombo gigante en la explanada de las torres de Isozaki, un punto en su día considerado peligroso, y que impide la visión de toda la escalinata y puente Zubi Zuri desde la calle Mazarredo de Bilbao?).

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

A la escritora Virginia Wolf no se le pasó por alto la importancia del espacio para que las mujeres pudieran desarrollar una carrera como escritoras. Podríamos decir que fue una de las primeras expertas en diseño de viviendas con perspectiva de género. Dentro del feminismo y en este mismo blog se ha referenciado en innumerables ocasiones su famosa reflexión. Para escribir novelas, dijo, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio». De cocinas no dijo nada.

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María Puente

Periodismo, publicidad, guión y, en definitiva, comunicación. Me gusta leer, escribir y soy serieadicta. Bastante escéptica y tirando a verso suelto pero dispuesta a rimar si la causa lo merece, porque la vida es un poema a veces, y otras…, marianitos con rabas.