Me gusta conducir

Julio 25, 2017 en Miradas invitadas

Miren Larrea Madrazo (Lazkao, 1969). Mujer, madre, amiga, hija, hermana, compañera, maestra…siempre en femenino. Licenciada en ciencias de la información y diplomada en magisterio. Desde 2004 me dedico a la docencia. Imparto clases a jóvenes de entre 12 y 16 años en un colegio concertado y sigo disfrutando con mi trabajo. Me gusta vivir despierta. Soy feliz en contacto con la naturaleza y me gusta la comunicación, relacionarme y aprender. Adoro la música y bailar. Me encanta coger el volante bajo un cielo despejado, poner la música a todo volumen y conducir sola.

 

Definición del diccionario de la RAE. Conducir: guiar un vehículo automóvil. Lo he dicho en mi presentación. Me gusta. Buena música, carretera y manta. La palabra conducir tiene también otra acepción algo más completa: “guiar o dirigir a alguien o algo hacia un lugar, un objetivo o una situación”. Esta es buena. Me ha costado, la verdad. A mis 47 años no ha sido fácil aprender a conducirme en la vida. “La teórica” me la sabía bien, supuestamente. Pero tanto tiempo de copiloto….tanto dejarme llevar… En fin, está claro que no queda otra que practicar y que aprender de la experiencia. He aprendido tarde y me he chocado unas cuantas veces, pero…¡Dios! ¡Cómo me gusta conducir sola (también en este sentido)!!

Sin embargo, no vivimos solos. Vivimos en sociedad e interactuamos con diferentes agentes. Y lo hacemos todos, yo, tú, ella, nosotros, vosotras y ellos. Es decir, que la mayoría de las veces llevamos a alguien en el carro; guiamos o dirigimos a alguien hacia algún lugar… Y, aunque no lo llevemos, nuestra forma de conducir incide y tiene su repercusión en quienes nos rodean. Sobre todo en los más jóvenes. La responsabilidad es incalculable.

Salgamos por un momento de la metáfora y adentrémonos en la realidad. Aunque no seamos docentes, todos y cada uno de los adultos que formamos la  sociedad somos educadores de nuestros menores. Y, por desgracia, últimamente, da la sensación de que la sociedad ha delegado casi en exclusividad la educación de sus jóvenes en la escuela. Y la escuela no da abasto. Necesita más conductores instructores.

Es verdad que la misión de la escuela es preparar a los jóvenes para la vida. La escuela está para desarrollar conocimientos y habilidades, para favorecer la integración en la sociedad, para transmitir conocimientos, para enseñar a trabajar de forma individual y en equipo… Y también es cierto que no es la escuela la que se tiene que adaptar a la sociedad para cumplir con su misión de cambiar y mejorar la sociedad (mal iba a andar si lo hiciera!), sino todo lo contrario. Pero… ¡demonios! ¿No sería mejor que participáramos todas y todos? La escuela no lo puede hacer todo. La escuela intenta hacerlo todo; intenta llegar a todo… pero a veces no consigue alcanzar todo lo que se propone o todo lo que se le exige. Simplemente no llega, porque es mucho lo que hay por hacer y parte de ese mucho hay que hacerlo, además, contra corriente.

En un mundo en el que aún impera el machismo, la escuela trabaja por sentar las bases de una sociedad igualitaria y paritaria. Una sociedad que devasta montes y océanos, exige a la escuela que enseñe a sus jóvenes a respetar el medio ambiente. Una sociedad violenta pide a la escuela que trabaje por la convivencia en paz. Una sociedad puramente competitiva reclama a la escuela que forme jóvenes que sepan cooperar. Una sociedad que no lee, demanda a la escuela que forme jóvenes lectores. Una sociedad que, cada vez más, recurre a la comida precocinada o incluso a la comida basura, exige a la escuela que enseñe a sus alumnas y alumnos a llevar una dieta saludable…  Todo esto y mucho más. Porque la última novedad es que la escuela pronto tendrá que impartir clases de educación cívico tributaria.  Para que nuestros jóvenes, ya desde cuarto de la ESO, interioricen y aprehendan que…-a ver si se me entiende bien- no hay que defraudar a Hacienda! Todo esto además de enseñar idiomas, matemáticas, ciencias…. enseñar a escuchar, a estar bien sentado, a no comer en clase y a respetar los turnos al hablar. Por decir algo.

Es mucho trabajo. Pero hay que hacerlo y es mi deseo hacerlo. Aunque sea contra corriente,  enseñar, educar y coeducar es nuestra labor. Me gusta enseñar idiomas, literatura, música o historia a mis alumnas y alumnos. Me gusta enseñarles a conducir su propia vida y  mostrarles las herramientas, los vehículos y los caminos para poder hacerlo. Deseo dotarlos de espíritu crítico y que aprendan a no dejarse llevar. Es decir, no pretendo quejarme de la tarea. Sólo reivindico cooperación, compromiso y toma de conciencia. Porque lo que educa es el ejemplo. Y el ejemplo no está únicamente en la escuela. Está en casa, en la familia, célula principal de la sociedad; está en la calle, en los medios de comunicación, en las instituciones, en las empresas…

Un ejemplo. Desde la visión de género. Cuando pregunto dentro del aula: ¿Qué preparó ayer el aita para cenar? y los alumnos y alumnas responden con normalidad, sin poner cara de asombro, la cosa va bien. Eso, probablemente, quiere decir que el aita prepara la cena; es un hecho normalizado. Cuando pregunto por la profesión de los padres y me responden “mi ama no trabaja”, la cosa no pinta bien. Con bastante probabilidad, el trabajo de esa ama de casa no es valorado en su justa medida por ninguno de los miembros de esa familia. El panorama se pone realmente feo si los chicos del aula llaman puta a una niña de 13 años porque habla mucho con muchos chicos. Y se pone más feo aún, si el resto de las niñas callan ante semejante inaceptable barbaridad. Y nos preguntaremos….: ¿Dónde vivencian los chavales esos ejemplos, el de juzgar abusiva y arbitrariamente, o el de callar ante las injusticias? ¿Esto lo puede solucionar sólo la coeducación? ¿Sólo la escuela?

Educar en igualdad es imprescindible y luchar por la equidad, la justicia el respeto y la visibilidad es tarea de la escuela. Pero no sólo de la escuela. No lo puede hacer sola. Para conducir a nuestros jóvenes, para guiarlos y dirigirlos hacia ese algo en el que creemos, hacia ese objetivo que perseguimos (llámese igualdad, justicia, cooperación, solidaridad, conciencia ecológica, etc.), es necesario no sólo conducir, sino co-conducir. Cooperación, compromiso, conciencia. Co-, con-, com-. Prefijo. Del latín cum. Indica o significa unión o compañía. ¡Ea! Pongámonos pues a co-conducir. “La teórica” está bien. Pero lo que realmente funciona y enseña es la práctica. El ejemplo. Y la coherencia.

¿Por qué?

Julio 11, 2017 en Miradas invitadas

Fatima Hamed Hossain. Ceuta. Nací y crecí en una de esas barriadas tan entrañables como azotadas por el olvido de quienes podían y no querían cambiar las cosas. Eso y los tiroteos, la marginalidad, la proximidad a la prisión y el permanente abandono institucional que nos rodeaban me llevaron a querer ser abogada para luchar por los demás. Licenciada en Derecho por la UNED. Especialista universitaria en Mujer y Derechos Humanos, Igualdad de Oportunidades y formada en mediación. Irremediablemente implicada y activa en la vida política de Ceuta, desde 2015 soy Portavoz del Grupo Municipal Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (MDyC). Incurablemente idealista y en constante evolución. Facebook: Fatima H. Hossain Mi twitter es: @FatimaHHossain Instagram: fatimahhossain

 

¿POR QUÉ?

Vivo constantemente preguntándome cosas.

No lo puedo evitar.

A veces es ante determinadas situaciones y otras, simplemente, porque mi mente viaja más rápido que yo.

Tal vez una de las preguntas que con más frecuencia ronda mi cabeza es un aparentemente sencillo e inocente “por qué”.

Aparentemente sencillo, porque la respuesta ni es sencilla ni es inocente. Y porque los por qué, dan auténticos quebraderos de cabeza.

 Y dentro del por qué, tal vez mi ranking personal lo encabeza el por qué de determinados comportamientos del ser humano. 

Cómo es posible que se odie a quien no se conoce sólo por lo que parece representar? Cómo es posible que existan hombres que lleguen a hacer tanto daño a quienes fueron sus mujeres?

Por qué tanta maldad? 

Últimamente me hago esa pregunta con demasiada frecuencia.

Cada vez más.

Treintaymuchos años dan para muchas vivencias.

Aunque realmente no sé si es cosa de la edad o de la madurez o tal vez es sólo porque tomas mucha consciencia de situaciones que ves, que te cuentan en primera persona, porque te importan los demás, sin más, porque quieres que todas las mujeres puedan vivir en libertad.

Vivir en libertad, en plena libertad. 

Pocas palabras las de la última línea, pero con un denso contenido.

Vivir en libertad debería ser algo tan simple y sencillo como hacer lo que te de la gana, decir y expresar libremente tus opiniones sin miedo a contrastarlas con otras igual de respetuosas aunque sean diametralmente opuestas, vestir como te de la gana o ir a donde te de la gana y que nadie, te cuestione por ello.

Y de veras que algo tan sencillo como respetar y que te respeten todas y cada una de tus decisiones, hoy por hoy, en ocasiones parece algo transgresor y rebelde.

Seguimos cuestionando las decisiones, de las mujeres especialmente, sobre todo si son en ámbitos claramente masculinizados: deporte, política, ciencia….

Seguimos en 2017 con titulares acerca de la “la primera mujer que…”

Seguimos siendo juzgadas por nuestra forma de vestirnos, de peinarnos, de sentarnos…demasiado observadas por el envoltorio tal vez para ningunear, conscientemente, todo el bagaje interior. Un bagaje que asusta a más de una mente machista que no acaba por concebir ni aceptar la valía de las mujeres y que se siente en la obligación de buscar y ofrecerse algún “pero” para excusar sus pensamientos machistas.

 

Seguimos en un mundo donde pese a ser mucho lo andado, queda mucho más por andar.

Y si vivo y siento lo que expreso como puede vivirlo y sentirlo cualquier otra mujer del siglo XXI he de decir, pese a costarme muchísimo reconocerlo que las dificultades con las que nos encontramos algunas mujeres por el hecho de ser musulmanas son bastante notables. Reconozco que me cuesta admitirlo, por mi forma de ser y de entender las cosas y muy especialmente porque rehuyo cualquier asociación al victimismo que alguna mentecilla privilegiada quisiera ver. Pero creo que las cosas hay que visibilizarlas y reconocerlas públicamente sobre todo por quienes, por nuestra situación pública, tenemos alguna posibilidad más de que se nos oiga o se nos lea.

Desde que te pregunten si sabes leer antes siquiera de haber abierto la boca, a que te pregunten si te dejan hacer esto o aquello, a preguntarte si tienes el pelo corto o largo, pfff qué aburrimiento de verdad y que triste tiene que ser eso de tener una mente tan “cortita”. 

Las principales víctimas de los sentimientos islamófobos que azotan gran parte del mundo, somos los propios musulmanes, un mundo donde la ultra derecha aprovecha la más mínima ocasión para criminalizar a millones de personas en el mundo con su sucio dedo acusador, donde las personas de bien están demasiado calladas, donde algunos musulmanes con poder para influir al menos mediáticamente prefieren mirar a otro lado, y donde los musulmanes y musulmanas de distintas partes del mundo nos encontramos permanentemente señalados. Como decía, si eres mujer estás expuesto a un escalón superior de los de las fobias a todo lo diferente.

Cada vez que ocurre algún trágico atentado se giran hacia ti esperando disculpas por algo que ni entiendes ni compartes. 

Si lo haces, parece que te estás justificando. 

Si no, parece que lo estás justificando. 

Así que nos encontramos, hagamos lo que hagamos, en el punto de mira.

Y por supuesto, la población musulmana española, no está exenta de todo ello.

Lo fácil siempre es pensar eso de que todos y todas son iguales. 

Supongo que es lo cómodo para mentes que no están dispuestas a replantearse su forma de entender algunas cosas, sus prejuicios, posiblemente porque haría que se tambalearan las bases de su yo más íntimo y personal.

Porque me lo dice la tele, porque todas las bombas (espero que no se estropee mi ordenador al usar esta palabra) las explotan ellos, los musulmanes, o, qué leches, los moros esos que vienen nada más que a invadirnos, a violar y someter a nuestras mujeres, que por lo visto tienen unas cuantas, que son todos unos machistas y todas unas sumisas, qué me va a contar a mi una mora de libertad, que se vaya a su país a ver si la dejan….

Y por qué (malditos por qué) decantarse por lo fácil? 

Por qué no pensar, reflexionar y evitar meter a millones de personas en el mismo saco?

Supongo que porque da miedo.

Debe dar miedo a quien se cree en posesión de la verdad absoluta ser consciente de que los demás, sean musulmanes, judíos, hindúes, cristianos o no se identifiquen con ningún credo, sufren a diario las mismas alegrías y penas, comparten aficiones, sufren el mismo saqueo de las arcas públicas por sus malos gobernantes,  y las mismas subidas de precios…..y así hasta un sinfín de cosas.

Debe dar miedo salir de la zona de confort, de lo que se enseña abierta o encubiertamente, romper esas cajoneras mentales que facilitan encasillar a las personas por su color o por su nombre, para darte cuenta de que allí donde nos pinchen, nos duele igual, porque ante todo y sobre todo, deberíamos ser humanos.

Tal vez mis fantasías, ilusiones e ideales sean los que me llevan a mi y a muchísimas otras mujeres en el mundo a plantearnos tantos por qué, porque nos enseñaron a no tener techo y a valorar a las personas y sus ideas, siempre que sean respetuosas, por encima de todo.

Acabo como solemos acabar de hablar muchas veces los musulmanes, con un AlhamduliLah (Gracias a Dios) por mis fantasías, ilusiones e ideales por un mundo mejor, tal vez no para mi ni para ti, si no para los que vienen y muy especialmente por las que vienen, que necesitan crecer y vivir sin miedo del otro.

 

                                                                           Ceuta, 9 de julio de 2017

Feminizar la justicia para que sea justicia

Junio 25, 2017 en Miradas invitadas

Glòria Poyatos Matas, @medeapoma.  He sido agricultora, estudiante, pastelera, pizzera, y vendedora de piscinas, después profesora y abogada laboralista hasta el 2010. Actualmente madre, magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y presidenta de la Asociación de Mujeres Juezas de España (AMJE). De todas mis profesiones he aprendido, sin olvidar nunca mis raíces ni perder mi identidad. Cuidar a mi hija me ha hecho más tolerante y me ha aportado las mejores habilidades en la resolución y gestión de decisiones con impacto en colectivos humanos, además de intuición y destreza resolutiva ante problemas imprevistos, enriqueciéndome emocionalmente.

 

“He trabajado para que en este país los hombres encuentren a las mujeres en todas partes y no solo donde ellos vayan a buscarlas”. Clara Campoamor.

La Justicia siempre ha sido cosa de hombres, y sigue siéndolo…

Históricamente fue un coto vedado a las mujeres, que tuvieron prohibido por ley el acceso a la carrera judicial y fiscal hasta 1966, bajo el “poderoso” motivo: “de ser estos trabajos actitudes contrarias al sentido de la delicadeza consustancial en la mujer”.

Juzgar es una disciplina racional, formalista y alejada de lo humano. Distanciamiento perfectamente calculado, como elemento generador de “autoridad” por la vía del miedo a lo desconocido.

La Justicia es un estamento desconocido y muchas veces ininteligible, en la aplicación e interpretación de un derecho, con severas carencias de la perspectiva femenina, tanto en el fondo como en la forma, siendo un ejemplo muy visual de lo dicho, la redacción contenida en el Código Penal del delito de mutilación genital femenina, que, a pesar de ser exclusivo del sexo femenino, se redacta en masculino (art. 149 CP: “el que causare a otro”). De otro lado, el Código civil español ha consagrado “al buen padre de familia” para definir el estándar de diligencia civil y el Código de Comercio refiere al “ordenado empresario” en lo mercantil , sin olvidar   “al hombre bueno” que puede acompañar a las partes al acto de conciliación administrativo, en la jurisdicción social. ¿Y dónde están las mujeres?

Las últimas estadísticas del Consejo General del Poder General [1] (CGPJ) arrojan un dato “desconcertante”. Las juezas son ya el 64% de la judicatura española (por debajo de los 50 años), a pesar de no haber ni rastro de ellas en la foto oficial de la justicia, donde solo habitan hombres, en una imagen que vale más que 1.000 palabras. Una estampa judicial propia de otros siglos, que niega simbólicamente los méritos, las capacidades y el trabajo de las juezas y exhibe, sin rubor, el infranqueable techo de cristal judicial. Las magistradas “invisibles” pueden tener ambición, pero no demasiada, por ello siguen en los juzgados donde se toman las decisiones de menor trascendencia judicial, mientras en la cúpula su representación es pura anécdota. [2]

Pero hay otros prejuicios todavía más peligrosos, son aquellos que  impregnan las sentencias tornándolas elementos de discriminación institucional, con impacto en la ciudadanía. Una justicia prejuiciosa o estereotipada, no es justicia, es otra cosa. Veamos algunos ejemplos:

-La sentencia de la Minifalda (23/05/1990- Sala Penal del Tribunal Supremo). El Alto Tribunal confirmó, sin ningún reparo, la sentencia dictada en febrero de 1989 por la Audiencia de Lérida en la que se señalaba que la joven de 17 años María José “pudo provocar, si acaso inocentemente, al empresario por su vestimenta”. En esta sentencia, el empresario fue condenado a una multa de 40.000 pesetas por un delito de abusos deshonestos con su empleada, por tocamientos en los pechos y glúteos por encima de la ropa y por manifestarle que, a cambio de acceder a sus deseos sexuales, le renovaría el contrato de trabajo.

-Reducción de pena a agresor de género, por sus condecoraciones militares.  (Sentencia de 8/06/2012- Sala Militar del Tribunal Supremo). El Alto Tribunal reduce la suspensión impuesta a un militar que agredió a su esposa por considerar que no se tuvieron en cuenta sus condecoraciones militares ni su participación en la misión de paz en Afganistán donde “es frecuente utilizar la fuerza”.

-Abuso Sexual y no Agresión Sexual porque la niña (de 5 años) no opuso resistencia. (Sentencia de 2/03/17- Audiencia Provincial de Cantabria). La sentencia condena a tres años y nueve meses de cárcel a un hombre por abusar sexualmente durante cinco años de una vecina menor de edad, que solo tenía 5 años de edad cuando empezaron los abusos. No se considera los hechos como agresión sexual, como solicitaban la Fiscalía y la acusación particular, que pedían nueve y diez años de cárcel, respectivamente, al no quedar probado que la niña opusiera resistencia física o protestara, llorara o gritara, sino que era habitual que volviera a la casa de este hombre que le hacía regalos para contentarla (consolas, ordenador portátil, teléfonos móviles)”.

Hacer real el principio de igualdad no permite neutralidad, hay que adoptar un enfoque constitucional. Ello significa integrar la perspectiva de género, como criterio de referencia en la impartición de justicia de todas las jurisdicciones y también en la valoración de méritos profesionales, integrando el tiempo dedicado a los cuidados familiares, porque ello promueve la corresponsabilidad y pone en valor otro tipo de inteligencia (la emocional), que no se enseña en las universidades.

Los estereotipos de género son la base de la discriminación contra las mujeres. Su presencia en los sistemas de justicia tiene consecuencias perjudiciales, particularmente para las víctimas de diferentes formas de violencia, pudiendo incluso, impedir el acceso a una tutela judicial efectiva. Por ello, en todos los casos que involucren relaciones asimétricas, prejuicios y patrones estereotípicos de género, debe juzgarse con perspectiva de género. Ello no es una opción del juez/a sino un mandato legal imperativo.

Es imprescindible también, feminizar la justicia, es decir implementar las actitudes femeninas de las que siempre ha carecido el estamento judicial, como es la ética o la inteligencia emocional. La feminización de la justicia exige no solo una representación equitativa de las mujeres en todas las jerarquías, para incorporar las experiencias femeninas en la toma de decisiones, sino también que jueces y juezas sean portadores, a través de sus sentencias, de una justicia más humana, más igualitaria y menos mecánica.

Las decisiones judiciales se enriquecen con la mirada de ambos sexos, porque esa es la mirada completa de nuestra sociedad.

[1] http://www.poderjudicial.es/cgpj/es/Poder-Judicial/En-Portada/Las-mujeres-representan-ya-el-64-por-ciento-de-los-jueces-y-magistrados-en-activo-menores-de-50-anos

[2] Sólo un 13% de la composición del Tribunal Supremo es femenino (11 mujeres de un total de 78 integrantes). En el Tribunal Constitucional sólo se han conocido 6 magistradas de un total de 64 integrantes a lo largo de su historia. En el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, nunca se ha elegido a una magistrada española.

 

 

En el escaparate

Junio 13, 2017 en Miradas invitadas

Guille Viglione. 51 años. Nací en Irún y vivo en San Sebastián. Padre de dos hijas y padrastro de dos hijos. Publicitario en crisis con la profesión. Desde hace años intento elegir las marcas para las que hago anuncios. Publico una columna, cada domingo, en la contraportada de El Diario Vasco. Trabajo en Dimensión y ayudo en el Club de Creativos. Intento compaginar libertad individual y responsabilidad social. Me alegro de los triunfos ajenos.

En @Rezink_Project  colaboro en proyectos sociales. Conservo algunos textos y fotos en absolutamenteinnecesario.

 

Las marcas comerciales hacen publicidad para influir en los consumidores. Invierten enormes presupuestos en pensar, producir y distribuir en los medios con el único objetivo de vender más y, si es posible, un poco más caro.

Sin embargo, la publicidad forma parte de la cultura popular y ha contribuido, durante los últimos 30 años, a construir sólidos estereotipos en la sociedad. Para varias generaciones, educadas frente al televisor, los mensajes publicitarios han definido los deseos y aspiraciones de una sociedad que define sus roles a través del consumo. De unos consumidores que escogen una u otra marca, más que por sus prestaciones, por la imagen que proyectan de ellos.

No es tarea de las marcas comerciales educar, pero es obvio que sus mensajes tienen consecuencias directas en la educación y en la construcción de un sistema de valores de la gente, especialmente en los más jóvenes.

Antes de la revolución digital, el código narrativo más habitual del relato publicitario era la simplificación. Se trataba de ser comprensible, persuasivo y notorio en un mensaje de medio minuto. Esta tendencia a simplificar provocó la consolidación  de estereotipos y arquetipos de lo que significan el éxito, la felicidad o el poder, que han influido en la construcción de nuestra identidad.

La publicidad no ha creado los estereotipos ni la desigualdad de género. Como cuenta Yuval Noah Harari en Sapiens, “ Al menos desde la revolución agrícola, la mayoría de las sociedades humanas han sido sociedades patriarcales que valoraban mucho más a los hombres que a las mujeres.” Lo que sí ha hecho la publicidad es normalizar esos estereotipos en nuestro inconsciente, hasta ser admitidos como realidades universales. La publicidad ha estereotipado la imagen de la mujer hasta reducirla casi a un objeto de consumo. Una imagen que ha condicionado nuestra visión de la realidad y moldeado nuestras pautas de comportamiento.

El discurso publicitario ha ido por delante en la reivindicación de algunas transformaciones sociales, pero no en el caso de la igualdad de género. El sexo vende y desde los rancios anuncios de brandy de los 60 hasta el escaparate de una tienda de lencería cara que ilustra este post, la publicidad proyecta la imagen de una mujer sumisa, oferente, que exhibe gustosa su cuerpo para disfrute del hombre.

Sin embargo, algo está cambiando desde la explosión de la sociedad digital. Muchas mujeres – y hombres –no se ven reflejados en la imagen estereotipada de los anuncios. Hartos de los clichés expresan su disgusto a las marcas y , gracias a la viralidad e inmediatez de las redes sociales, influyen en lo que más les duele, las ventas. La publicidad que sexualiza y cosifica a la mujer comienza su decadencia.

En los últimos años, algunas grandes marcas han cambiado el tono del discurso destinado a las mujeres. En lugar de dedicar estas líneas a denunciar los sobrados casos de discriminación y sexismo, he preferido recopilar unos cuantos casos inspiradores que demuestran el poder de la publicidad para, también,  mejorar percepciones y contribuir a resaltar la relevancia de las mujeres.

Desde hace 15 años todas las campañas de Dove construyen a favor de una belleza real, alejada de tópicos sexistas. En 2013 desarrolló un experimento social para asentar la autoestima de sus clientas. En Dove real beauty sketches comparó cómo las mujeres visualizan su propia belleza en contraste con lo que los demás ven en ella.

Goldie Blox, es una compañía de juguetes que anima a las niñas a pensar como ingenieras y no como princesas.

Like a girl es una campaña memorable de la marca de compresas Always, perteneciente al gigante Procter &Gamble. La campaña redefine el concepto de hacer las cosas “como una niña” y elimina todas las connotaciones negativas y de burla para convertirlo en un mensaje motivador.

 

Durante el experimento pidieron a un grupo mixto de entre 5 y 20 años de edad que mostraran cómo corre, lanza una bola o pelea alguien cuando lo hace “como una niña”.

Los chicos y las chicas adolescentes fueron fieles al estereotipo. Corrieron de forma ridícula,  batearon y peleando sin ganas. Sin embargo, las mismas pruebas con niñas menores de 13  años consiguieron el resultado contrario. Y muy inspirador. Las pequeñas, que aún no conocen la connotación peyorativa y de debilidad  de “como una chica” corren para ganar, pelean con fuerza y batean como una profesional.

Antes de ver el spot, sólo el 19% de la juventud de entre 16 y 24 años tenía una asociación positiva hacia “Like a Girl “. Después de verlo, el 76% afirmó que ya no veía la frase negativamente.

“La muñeca que eligió conducir” es un anuncio que lucha contra el sexismo en los juguetes. En las pasadas navidades, Audi lanzó un anuncio para ayudar a reflexionar sobre los roles de género en los regalos de Reyes. En el vídeo, a medio camino entre Cars y Toy Story, una muñeca Barbie cambia su carroza rosa por un coche deportivo. Por la mañana, un niño entra en la tienda con su madre y le pide que le compre el coche y la muñeca. La madre compra el coche pero devuelve a la muñeca a la carroza. El anuncio resalta el papel de los adultos como responsables de cambiar o perpetuar esos roles.

Es cierto. Son gotas en el océano. Aún seguimos rodeados de multitud de  anuncios sexistas y discriminatorios pero, también, cada vez más marcas lanzan campañas publicitarias que contribuyen a educar a la sociedad en el respeto y valoración de la mujer.

Las marcas ya no pueden elegir sus mensajes al margen de los cambios sociales, pensando exclusivamente en sus objetivos comerciales. Una reciente encuesta sobre expectativas de los millennials señala que valoran más a las marcas que se implican en causas sociales.

La publicidad ha contribuido mucho a normalizar los estereotipos sexistas. Ahora ya ha comenzado a trabajar con fuerza en la otra dirección.

 

 

Sin micro

Mayo 30, 2017 en Miradas invitadas

 

Luisa Etxenike.

Me presentaré primero como escritora de obras de distintos géneros. Mencionaré sólo las últimas. La novela ‘El detective de sonidos’; el poemario ‘El arte de la pesca’; y las obras teatrales ‘La herencia y Gernika es ahora’ (esta última para la radio).
Soy también profesora de disciplinas como la teoría del relato, la perspectiva de género en literatura y la escritura creativa.
Mi posición política la resumiré en dos rasgos: cosmopolitismo y anhelo de justicia social.
Entre mis aficiones se encuentran la observación de aves, y el estudio del lenguaje del vino.

 

Trato de recodar cuántas veces he oído o leído, en los últimos meses, el término microrracismo en un debate público, un artículo de prensa o una conversación informal. Y la verdad es que no creo haberme encontrado con ese término ni una sola vez. Y si lo escribo en el cajetín del buscador de Google, por ejemplo, tampoco me salen muchas entradas con sustancia, de las que indican que el término se usa, se estudia, se debate. Parece evidente, entonces, que la palabra microrracismo no ha cuajado, que no se ha consolidado como instrumento para definir una forma de racismo de baja intensidad, una actitud leve o parcialmente racista. Personalmente me alegro de ese “fracaso” terminológico, me parece lo justo y una manera de expresar con rotundidad que algo así no puede darse, que no hay gestos o actitudes que son sólo parcial o ligera o levemente racistas; que en esto no cabe una mínima proporción: que se es racista del todo, como se es todo lo contrario, del todo. Que estamos siempre, sea cual sea el alcance o la virulencia de las manifestaciones ante un racismo completo, esto es, ante una amenaza completa a los principios y valores de la democracia y del humanismo. Y al excluir el termino microrracismo se excluye también la tentación de buscar en su interior alguna forma de indulgencia, de pretensión de que lo que se define no es tan grave; que es sólo un puntito de roña que no oxida el resto, que no desnaturaliza la calidad mayoritariamente respetuosa o democrática de quien lo comete, así, a poquitos. A mi juicio, el que no haya triunfado el término microrracismo habla por sí solo, en ausencia, de una esperanzadora actitud social.

Pienso ahora en cuántas veces he oído o leído en los últimos meses, el término micromachismo en un debate público, un artículo de prensa o una conversación informal. Y la cuenta es tan larga que la pierdo. Y si escribo esa palabra en el mismo buscador de internet me salen infinidad de entradas sustanciosas, argumentadas. Lo que me indica que el término no sólo ha cuajado, sino que se está imponiendo en el debate público, en la prensa (hay medios que le dedican una rúbrica específica) y en el hablar de cada día, para describir violencias de género de baja intensidad, actitudes leve o parcialmente machistas. Y que, en este caso, el término haya triunfado resulta también elocuente, aunque con poco margen para la esperanza. Porque significa, a mi juicio, que nuestra sociedad admite y/o se resigna a la idea de que se puede ser machista pero no del todo; sólo un poquito machista, y que en el resto uno puede ser, digamos, un ciudadano intachablemente demócrata. A la idea, en definitiva, de que la democracia puede albergar, sin desnaturalizarse, ciertas dosis de machismo, que no van, como si dijéramos, a ningún lado, que no son tan graves, que no alteran lo esencial. Que el edificio de valores y principios de la democracia y el humanismo sigue intacto, con los cimientos en su sitio, aunque conviva con un machismo en micro.

En fin que lo que vale para el racismo no vale para el machismo. Porque siempre que nos referimos a la condición y situación de las mujeres todo es otra cosa, todo aparece como el mundo al revés; como un estado de excepción, donde rigen otras reglas. Igualdad sí, faltaría más, pero para ellas menos; libertad sí, claro, pero para ellas menos… y así con todo. Todo es otra cosa, todo es relativo cuando se declina en femenino. Y los ejemplos que se pueden citar en apoyo de esta afirmación abruman por su número y su constancia. Y por la colorida variedad de sus presentaciones: gráficos, estadísticas, informes oficiales, estudios y testimonios varios… para decir cada vez lo mismo: que ahí sigue lo que se ha dado en llamar la “brecha” entre los géneros y que yo creo que habría que llamar la “falla”, término al que le veo como mínimo dos ventajas. La primera la de ser colosal en sus hechuras, como lo es-tremenda- la injusticia; la segunda, la de acercarnos a la idea de error y de falta.

El machismo en su vertiente individual o colectiva; privada o pública; espontánea o institucionalizada, es, en mi opinión, el error más terrible de consideración de lo que supone la democracia, y la falta más grave contra sus principios y fundamentos. Entre otras razones porque las relaciones de género se extienden por todos los tiempos y espacios de nuestra vida privada y pública; nacemos y nos desenvolvemos siempre en un espacio habitado por el “él” y el “ella”, es decir, en la oportunidad y la responsabilidad de dotarles de sentido, de un justo sentido. “Qué alegría más alta vivir en los pronombres” escribió Pedro Salinas. Y sería estupendo que ese verso pudiera servir como definición de la democracia: que la altura de miras en los pronombres, en la calidad de sus derechos iguales, en la justicia de sus atribuciones, fuera la única “poética” de nuestra sociedad, la única y alegre rima de nuestro sistema político. Lamentablemente no es así; a la democracia pronominal aún le falta y mucho para colmar su falla.

Y creo que una manera de asumir correctamente la tarea de colmarla es quitarle para empezar al machismo su micro terminológico, esto es, sus coartadas. Y reservar el micro- en su sentido más acústico- para magnificar la voz y la acción contra sus atentados a la democracia.

Cambiar de vida sin cambiar de barrio

Mayo 9, 2017 en Miradas invitadas

Neus Arqués (Barcelona, 1963). Soy escritora y analista digital. Me ocupo de la visibilidad porque creo que el talento que no se ve, se pierde. Me interesan en especial las mujeres y los escritores, dos colectivos aún poco visibles. He publicado tres novelas y seis ensayos, el último #Vive50. Vivo en www.neusarques.com y en @NeusArques.

Los cincuenta son los nuevos dieciocho. A los dieciocho te conviertes en mayor de edad; a los cincuenta, en mayor. Y como ya eres mayor, puedes hacer lo que quieras.

Me llamo Neus y he cumplido cincuenta años. En vez de una fiesta, tuve una crisis. El aniversario me pilló en horas bajas, bandeando el temporal de la recesión económica y de mis propias dudas. No sabía si continuar escribiendo; en realidad, no sabía muy bien qué hacer. Sin embargo, empujada por la convicción -tan fuerte como irracional- de que la vida hay que celebrarla, me puse en marcha.

Acudí a Docemiradas y compartí la pregunta: ¿a qué dedicaremos los diez mil días que, según la previsión demográfica, nos quedan? Si cuentas tu futuro en días, lo piensas con más cuidado. No hay tiempo que perder.

Esto fue lo que sucedió. En vez de congregar a mi gente en un restaurante a ritmo de los ochenta o escapar del invierno en un resort soleado, decidí vivir cincuenta experiencias singulares a lo largo de un año, insertándolas en mi vida cotidiana a presupuesto low-cost. Todas ellas responden a un mismo criterio: me llamaron la atención. Algunas las planifiqué. Otras me las planificaron. Otras, en fin, surgieron por casualidad o por causalidad.

Durante este año de gracia, en tu vida no existe el off-limits. Es cuestión de aprovecharlo. Propones a amigos y conocidos, a desconocidos incluso, los planes más peregrinos y los aceptan. Celebré mi aniversario con personas importantes para mí. A algunas las veo a menudo, a otras no las había visto en lustros; a otras, en fin, ni siquiera las conocía cuando comencé el experimento. Quedamos para recordar o, sencillamente, para divertirnos. A todas les pregunté lo mismo: ¿Crees que tu vida ya está diseñada o que tienes todavía margen para crearla? Doy por hecho que, salvo imprevistos, hemos gastado más de la mitad del tiempo concedido. Cincuenta años, ¿para qué?

También lo he celebrado sola. He diseccionado mi vida. La infancia y la amistad. El deseo y el cuerpo que cambia. Los amores perdidos y los sueños posibles. El dinero y el éxito. Vivir y escribir. La crisis y la patria. Los planetas y el universo. Estar vivo, en definitiva.

Somos la suma de las preguntas que nos hacemos. Yo empecé este proyecto planteándome si había invertido bien mi tiempo: ¿He hecho lo que quería? ¿He hecho lo que debía? Después, en una conversación de verano, otra mujer cambió la pregunta y, al hacerlo, lo cambió todo. Ahora la cuestión es ésta: ¿sigo o me paro?

Los cincuenta son una edad de transición. O te reencuentras o te reinventas. Escuchamos narrativas personales que comienzan con “Lo dejó todo y se fue a…”. Cambio de trayectoria. Cambio de pareja. Cambio de país. Frente al reset radical, prefiero la reinvención desde dentro.

Creo que se puede cambiar de vida sin cambiar de barrio. Es cuestión de enfoque y de prioridad. Los psicólogos sitúan en 21 días el umbral para que adquiramos un hábito. Y digo yo: Cuando te pasas 365 días haciendo lo que te llama la atención, ¿cómo va a haber vuelta atrás? Vivo instalada en mi Vive50 permanente.

Cada una de las experiencias vividas me ha llevado a una reflexión. Las he compilado en Vive 50, la autobiografía que he publicado a propósito de este particular experimento. No soy un ejemplo; soy un testimonio de una expedición vital que lleva por lema: “Confía y disfruta”.

Mi experiencia número 50 consistió en pasarle el relevo a Ester, dispuesta a celebrar su aniversario del mismo modo. Mi amiga se comprometió a su vez a pasar el testigo a otra mujer. Ese día se puso en marcha una cadena de vida, para animar a las mujeres de cincuenta a celebrar su talento y a hacerlo visible. Ester pasó el relevo a su amiga Lavinia, en Chile: tres mujeres y una cadena mundial que continúa.

Como escribió la poeta Muriel Rukeyser, “el universo no está hecho de átomos: está hecho de historias”. A los cincuenta, es tiempo de contar la nuestra.


Esto es Vive 50 en 50 palabras
En 2013 cumplí cincuenta años. En vez de una fiesta, tuve una crisis. Decidí enfrentarla celebrando cincuenta eventos a lo largo de un año y escribiéndolos. Me propongo animar a otras mujeres a celebrar la vida y espero que mi libro las acompañe en su propia aventura.

Somos mujeres

Marzo 14, 2017 en Miradas invitadas

Elena López (@_mariaelena95_). Describirme a mí misma sería un poco narcisista. Pero, he de decir que soy una humilde estudiante canaria perdida por tierras madrileñas. Mis ojos han sido despertados por el interés de la Criminología, y aquí estoy, en el último año del grado en la Universidad Rey Juan Carlos. Y siendo mujer, mi alma ha gritado la importancia como tal. El alma como tal. El corazón como amor. Siendo mujer, he sido atraída por quien te dice querer. Aunque luego demuestre lo contrario. Porque a veces, no hace falta explicaciones. Porque a veces se siente o no se siente.

Cuatro puñaladas. Vamos a ocho. No, ocho no que son pocas, doce mejor. Órdenes de alejamiento de por medio. Denuncias escritas, otras sin resolver. Sangre recorriendo toda el alma. Dolor por todo el corazón. Dolor en la mirada. Dolor al sonreír. MUJERES.

¿Qué manera tan cruel de morir, no? Qué forma de acabar con la vida de una persona. Persona que te ha disparado sonrisas al corazón, y no disparos que quitan la sangre del amor.
Y llego a la conclusión de, ¿por qué? ¿Por qué a ellas? ¿Por qué, si hay seguridad? ¿Por qué hay individuos que deciden acabar con la vida de quien dicen querer, de quien dicen amar? ¿Por qué? No existe explicación alguna que muestre una respuesta a esta vía sin salida, sin escapatoria. Bueno, sí. Son MUJERES.

Son molestia. Son “objetos”. Son cansancio. Son aburrimiento. Son pérdida de tiempo. Son esclavas. Son amas, pero no de casa. Son agobios. Son incomprensibles. Son difíciles. Son raras. Son egoístas. Son provocativas. Son guapas, pero solo para la mirada de quien las posea. Son MUJERES.

Qué triste no reconocer el valor de una persona. Qué lastima no hacer sonreír a la persona que amas. Qué pena hacerle perder el tiempo a alguien que da la vida por ti. Que mueve el mundo por ti. Que se cambia por ti. Que transforma tus días negros, en color. Que te da su alma a cambio de nada, o ¿sí? A cambio de cariño. De amor. De pura compañía.

Transformar la claridad de un precioso día, en pura oscuridad. En pura cueva sin salida. Transformar a tu amor en un ser sin ganas de vivir. Sin ganas de reír. Sin ganas de salir. Sin animo para sonreír. Sin ánimos para recomponer los cristales que tú le rompiste a pedazos. Los que le rompiste por gusto. Por diversión. Por héroe. Pero claro, son MUJERES.

Mujeres atadas a una relación de cuento. De mentira. Enredadas a un amor imaginario. A un amor que decía ser para toda la vida. A un amor que la cuidaría durante todo el viaje. El viaje de sus vidas. Un viaje lleno de aventuras, de locuras, de amor. Un viaje de ida, pero no de vuelta. Un viaje decidido por ambos. Un acompañante elegido. Un compañero de vida. Un amor escogido. Un amor roto.

No te engañes. Nunca te conoció. Nunca sus ojos te dijeron te quiero. Nunca su sonrisa te dijo te amo. Nunca te conoció. Nunca jurarías que haría eso. Nunca imaginaste un mundo sin luz. Nunca pensaste que su alma se quedaría sin tinta. Nunca imaginaste que esa tinta te la pintaría a ti. A tu corazón. Nunca imaginaste ver cristales por el suelo. Nunca imaginaste no poder caminar descalza. Nunca le conociste. Nunca le conociste lo suficiente porque eres MUJER.
Pero es que hay personas que se basan en la piel. En el roce. En el amor. Quizás no lo sabéis, “queridos hombres que hacen derramar lágrimas a esos seres de los que presumen amar”, pero muchos de esos seres necesitan alma. Necesitan magia. Necesitan corazón.

Que no se entiende, pero es que el amor no se explica. El amor no entiende de edades, de situaciones, de números, ni de distancia. El amor no entiende de nada. El amor es piel con piel. Pero la piel es de quien la cuida, no de quien la destroza. Que quizás no lo sabéis, pero hay amores que se acaban. Que terminan. Que donde vosotros veis un punto y aparte, no os engañéis, hay un punto y final. Y ese punto y final es para ti.

Son. Bueno, somos MUJERES sí, pero no os equivoquéis. No buscamos un piropo fácil de pronunciar. Buscamos un alma difícil de encontrar. Somos difíciles, pero es que lo fácil aburre y no es hermoso. Para ser hermoso tiene que ser difícil, ¿no creéis? Quizás se cansó. Se cansó de tanto aburrimiento. De tanta monotonía. Sí, también somos aburridas. Es que tenemos una rareza que nos hace peculiar, una búsqueda de sentidos diferente. Una búsqueda de sentimientos egoístas. Pero bueno, es que buscamos amor y cariño, y claro, eso es muy difícil de encontrar. Muy difícil de dar.

Alma. Magia. Corazón. Eso buscamos. Eso anhelamos. Eso queremos. ¿Por qué? Porque somos MUJERES. MUJERES nacidas para vivir, pero mejor sin dolor. MUJERES pintadas para sonreír, pero sin escondites. MUJERES recreadas para volar, pero en libertad.

¿Y queréis una explicación?
Somos MUJERES.

No nos gusta que nos cuestionen

Febrero 21, 2017 en Miradas invitadas

Mikel Otxotorena. (Hernani, Gipuzkoa, 1974.) Sociólogo de formación. Máster en Cooperación Internacional para el Desarrollo (HEGOA) y Máster en Igualdad entre Mujeres y Hombres (UPV/EHU). Mi trayectoria profesional se ha forjado en el ámbito de la cooperación internacional al desarrollo y en el de la igualdad entre mujeres y hombres. En la última década mis inquietudes, militancia y trabajos como consultor de género y masculinidades, a nivel nacional e internacional, han estado vinculados principalmente a la igualdad, con especial hincapié en el trabajo con los hombres y las masculinidades desde una perspectiva feminista y LGTBQI+.

Hace muy pocas semanas le dimos la bienvenida al nuevo año y las dinámicas vinculadas a las desigualdades entre mujeres y hombres siguen presentes. Esto no ha cambiado nada. Seguimos asistiendo a asesinatos de mujeres, agresiones sexuales, agresiones fóbicas a personas LGTBQI+[1], reacciones sexistas en todas las esferas de la sociedad y un largo etc. Da igual que cambiemos de año, que el día a día sigue igual de hostil.

En este artículo, sin embargo, no me voy a centrar en quienes sufren de manera más directa y violenta las consecuencias de estas desigualdades. En esta ocasión quisiera poner la lupa sobre nosotros, los hombres. No para hablar de nuestros protagonismos, sino más bien para analizar qué pasa cuando esos protagonismos son cuestionados mediante diferentes argumentos, y qué debates y/o elementos deberíamos introducir al analizar este tema.

Es habitual que ante un cuestionamiento de nuestros argumentos (al margen del tema que estemos tratando) nuestra reacción sea cierta incomodidad, ya que de alguna manera nuestros protagonismos también se ponen en cuestión. Por supuesto que ni todas las incomodidades, ni todas las formas de cuestionar nuestros argumentos son iguales. Algunas nos generan más incomodidad que otras. Y como consecuencia generan reacciones diferentes. Pero quisiera centrarme en aquellos cuestionamientos bien argumentados para hacer el análisis de las reacciones que generan desde una perspectiva de género. Por ejemplo, ¿reaccionamos los hombres de la misma manera cuando el cuestionamiento de nuestros argumentos (y por tanto de nuestros protagonismos) proviene de una mujer u hombre cisgénero, de un hombre gay, de una lesbiana o de una persona transexual? O ante ciertos argumentos o discursos de los feminismos, ¿por qué se generan semejante abanico de reacciones por parte de los hombres? Las reacciones van desde las más reaccionarias, pasando por la indiferencia (o mal llamada neutralidad), el victimismo, hasta la autodefensa mediante lo políticamente correcto.

Quizás debamos poner la atención en la lógica jerarquizada, consciente o inconsciente, de las identidades de género que tenemos como fruto de la socialización que recibimos como mujeres y hombres. Desde esta lógica, las opiniones de las mujeres, por ejemplo, se miden desde un prisma androcéntrico y no tienen el mismo peso que la de los hombres. Esta jerarquización patriarcal también se da entre los propios hombres, por supuesto, pero parece que no tocan tanto la fibra sexista como cuando provienen de las mujeres.

Encontramos una infinidad de ejemplos sobre estas reacciones (generalmente en los hombres) que nos indican que algunos argumentos feministas dan en el punto de flotación de la hombría. Vean, o mejor dicho lean por ejemplo los comentarios que aparecen en un artículo reciente de Barbijaputa. Detrás de muchos de estos comentarios nos encontramos con la idea de “tú a mí no me cuestionas” o “quién eres tú para cuestionarme a mí”.

Hay quien dirá que se reacciona de esta manera por las formas de presentar los argumentos. Y sí, las formas son importantes, pero muchas veces el fondo de la cuestión queda difuminado y no se va más allá. Quizás la pregunta clave sea: ¿por qué nos molesta?

¿Por qué nos toca la fibra? Pregunta sencilla de hacer pero difícil de contestar. A la hora de construir las respuestas es necesario incluir algunos debates que hasta la fecha apenas se han dado por parte de los hombres, como por ejemplo:

  • El papel que juegan en mi malestar los privilegios y las relaciones de poder. Dicho de otra manera, la mochila de sexismo que tengo (en el grado que sea), ¿qué lugar tiene en mi malestar?
  • Comenzar la tarea de responder a la pregunta planteada, desde lo social hasta lo individual, nos puede permitir encontrar algunas respuestas en el camino. Comenzar a mirarnos y analizarnos los hombres, como grupo social y terminar haciendo ese mismo trabajo como individuos, es un camino interesante. Seguramente no agradable, ya que lo más probable es que nos encontraremos con muchas contradicciones entre la teoría y la práctica. Pero será necesario realizar ese camino.
  • Ser conscientes de en qué modo, en mayor o menor medida, contribuyo a la reproducción del sexismo. Como dice Barbijaputa en el artículo mencionado, desde el momento en el que un hombre piensa que él ya no forma parte del problema, y que el machismo se ha evaporado de su cuerpo como si fuera agua, se convierte en algo más peligroso que un simple machista. Uno de los errores en el cual caemos es agrupar a los hombres en dos bloques o en uno: buenos y malos. O todos malos por el simple hecho de ser hombres. Pero sabemos que es más complejo que todo ello y que ciertas clasificaciones no sirven de nada. Es más, nos distorsionan el análisis, las reflexiones que podamos hacer.
  • Para todo esto, entender, aprender y vivir qué nos dicen los feminismos será imprescindible. Y subrayo vivir, ya que la teoría es relativamente fácil de repetir. Los hombres tendemos a asimilar la oratoria y el discurso enseguida. Hemos sido y seguimos siendo socializados para manejarnos en lo público, con todo lo que ello conlleva de protagonismos. Poner en práctica en nuestra cotidianidad lo teórico será imprescindible. Pero existe otro movimiento que tiene que estar presente: el movimiento LGTBQI+, con todas sus teorías, variedad y corrientes. Como digo siempre, la misoginia y la homofobia son los dos pilares fundamentales de la masculinidad sexista. Con lo cual algo tendremos que aprender de quienes llevan trabajando desde hace años para erradicar estas dos fuentes de discriminación que van de la mano.
  • Relacionado con lo anterior y para que las tripas no se nos revuelvan, será importante entender que las mujeres deben liderar los feminismos y que nuestro trabajo y lugar debe estar como aliados. Si lo comparamos con el trabajo del movimiento LGTBQI+, a nadie se le ocurriría pensar o decir que las personas heterosexuales deberían dirigir o co-dirigir ese movimiento.

Algún hombre que esté leyendo este artículo pensará que como tal, no se siente nada identificado con lo que está leyendo y siente la necesidad de hacer público su desacuerdo. Por supuesto que mostrar un desacuerdo es algo positivo, siempre y cuando se haga desde el respeto. No obstante, lo que pretendo es que pongamos el foco de atención en lo que me está motivando, lo que me lleva precisamente a tener que hacer público mi desacuerdo. Las respuestas que obtengamos nos ayudarán a entender cómo el sexismo puede o no estar presente y a qué nivel está jugando sus cartas.

Entraremos en un terreno farragoso. Pero nadie dijo que fuera fácil. Y al fin y al cabo lo que estamos planteando es desaprendernos de una manera concreta de ser hombres, y aprender a vivir como hombres de una forma más justa, democrática, equitativa e igualitaria. ¡Casi nada! Pero o entramos al barro siendo cuestionados y cuestionándonos nosotros mismos o no avanzaremos en la construcción de esas sociedades tan anheladas.

[1] LGTBQI+: estas siglas se refieren al movimiento de Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales, Queer, Intersexuales. El “+” se añade para denotar la amplia diversidad de orientaciones e identidades, y así incluir a aquellas personas que no se identifican con las categorías anteriores.

20 años después, la lucha continúa

Febrero 7, 2017 en Miradas invitadas

En el año 1996 un grupo de mujeres intentaron desfilar en el Alarde de Hondarribia. No les dejaron y aquellas que defendíamos la causa, pensamos que un primer paso podría ser crear una compañía donde las mujeres participáramos. La compañía Jaizkibel se formó en el año 1997 y todavía hoy, no ha conseguido su propósito.

Marian Emazabel, miembro de Jaizkibel Konpainia

 

En este tiempo, si bien es verdad que el ambiente ha mejorado, y con mejorado quiero decir: poder bajar al centro a comprar, a pasear, a potear, mezclarnos el día 8 de septiembre con el resto de integrantes de otras compañías fuera del desfile, poder relacionarnos con personas que opinan diferente a nosotras y nosotros en el día a día… el Alarde sigue siendo a día de hoy, un tema tabú en el pueblo.

Los 10 años iniciales de este conflicto, han sido muy duros; años de incomprensión, de sentimientos de soledad, de desplantes, de gritos cualquier día de la semana, de miedo por encontrarnos con alguien que de alguna manera pudiera agredirnos, de dolor por la pérdida de amistades o de familiares… Y sobre todo de confusión total y de dolor por todos nuestros seres queridos que, por apoyarnos y querernos, han sufrido consecuencias nefastas en sus relaciones. Hablo de nuestros padres y de nuestras madres, de nuestros hijos y de nuestras hijas, nuestras sobrinas y sobrinos, nuestros hermanos y hermanas, que aún sin haber participado, les han hecho responsables de nuestra decisión. Esto ha supuesto una doble carga para aquellas y aquellos que decidimos defender los derechos de las mujeres, ya que, no solo nosotras, sino también nuestros seres queridos, han sufrido día a día, insultos, vejaciones, malas caras, desprecios,…. Este es el caso de aquellos y aquellas menores que de forma silenciosa, han tenido que abandonar el colegio o el instituto e irse a estudiar a otro colegio y a otro pueblo para poder volver a empezar: hacer nuevos amigos, recuperarse de tanto daño, y seguir viviendo sus jóvenes vidas libres de dolor y amenazas.

A día de hoy, y 20 años después, estamos orgullosas y orgullosos de que las nuevas generaciones que han empezado a participar en la compañía Jaizkibel, no sientan el miedo que todavía las veteranas y veteranos sentimos. Estamos orgullas y orgullosos de que en estos 20 años hayamos pasado de ser 36 participantes a casi 500. De que cada vez más personas nos miran, nos saludan y nos felicitan.

Esta es la imagen de chicas jóvenes que se instalan en la Calle Mayor desde la víspera, para boicotear con plásticos e insultos el desfile de la compañía Jaizkibel. Mientras, los chicos disfrutan de la fiesta.

A pesar de que consideramos que hoy en día la vida díaria en el pueblo es más fácil para las personas que desfilamos en Jaizkibel y para los de nuestro entorno, todavía no podemos hablar de una situación de normalización. Y síntoma de ello son los plásticos negros que, año tras año, el 8 de septiembre se erigen a manos de las jóvenes que pasan la noche anterior ocupando la Calle Mayor.

 

 

 

 

 

 

 

Esto demuestra que aunque han cambiado las formas, no ha variado el fondo. Las mujeres seguimos reivindicando un derecho a participar en las fiestas en igualdad de condiciones que se nos sigue denegando. Detrás de nuevas caras sonrientes que nos saludan al pasar, el Alarde discriminatorio se sigue celebrando cada año bajo la protección de los responsables políticos y de todas aquellas personas que no reaccionan ante esta situación que sufrimos.

Tenemos clara la responsabilidad de los políticos en la resolución de este confllicto, porque en 20 años no han creado ni facilitado ninguna vía que garantice que se cumplan nuestros derechos. Derechos de las mujeres que son responsabilidad de todos y todas, más allá de las fronteras hondarribitarras. El Alarde camufla bajo su disfraz y su música una cuestión universal: la intolerancia y la falta de respeto hacia los derechos de la mujer.

 

 

Hacia una política feminista

Enero 10, 2017 en Miradas invitadas

ftg-547Mireia Espiau (Algorta, 1974). Estudié CCPP y Sociología e hice estudios de postgrado en estudios de Género y Desarrollo. Comencé trabajando en el ámbito de la cooperación internacional aquí y allá, donde fui consciente de la necesidad de volver a mirar el mundo desde otros lugares. A partir de entonces, he tratado de leer, imaginar e incidir en mi realidad cercana y lejana para transitar hacia modelos y sistemas más inclusivos, sostenibles y saludables.

 

La mayor presencia de mujeres en la vida política institucional está conllevando numerosos debates sobre lo que simboliza esta nueva realidad. De las distintas miradas desde las que se puede enfocar este tema: los obstáculos de las mujeres en el acceso a la política, las críticas sexistas que reciben las mujeres políticas, la utilidad e idoneidad de las cuotas…, por motivos de espacio voy a tratar de centrarme en una cuestión que nos permita imaginar nuevos escenarios ¿qué oportunidades nos abre para una transformación feminista de la política y qué condiciones deben existir para que ésta se produzca?

En mi opinión, la mayor presencia de mujeres en el ejercicio de la política institucional abre enormes posibilidades, pero es necesario estar vigilantes de que se atienda a una serie de condicionantes que hagan posible una verdadera transformación feminista de la política. Estas condiciones, además, deben darse de forma simultánea porque unas sin otras no van a posibilitar lograr el propósito. Para facilitar su abordaje, voy a tratar de hacer referencia a 4 planos que se retroalimentan entre sí: estética, cultura, ética, y agenda.

En primer lugar, podríamos atender al plano estético. La mayor presencia de mujeres en el desempeño de la actividad política institucional significa, cuanto menos, una composición más equilibrada de la representación social y una garantía del derecho de las mujeres a estar representadas.  Además, facilita imaginarios para las nuevas generaciones donde su presencia deja de tener un carácter de excepcionalidad. Sin embargo, igual que en el resto de ámbitos, somos conscientes de que el hecho de que haya más mujeres en ningún caso garantiza cambios de agenda o prácticas desde perspectivas feministas.

Es por eso que es necesario combinar la existencia de una masa crítica que posibilite el cambio con el análisis de otros planos, como el de la cultura, entendiendo ésta como el conjunto de creencias, actitudes y valores que se entienden como compartidas en un marco concreto. Las mujeres acceden a la política en un marco preestablecido creado por y para otros y donde ellas (y algunos ellos), a menudo se sienten (y se perciben) como extrañas, incluso cuando lo hacen de la mano de algún padrino o mentor que les facilita el conocimiento de los códigos y espacios clave para desenvolverse en ese ámbito. Se trata de códigos androcéntricos no siempre formales y escritos, a aquello que no hace falta decir, a lo que se da por supuesto, y por lo tanto, es más difícil enfrentar. Esta sensación de que el espacio político ES y no tanto de que LO HACEMOS, lleva en muchos casos a vivir el desempeño de cargos con enorme frustración, confundiendo los marcos patriarcales con incapacidades personales. La perspectiva androcéntrica atraviesa la mayoría de los espacios de poder, y la política, no es una excepción. Es difícil, pero también imprescindible, que las mujeres puedan ejercer su capacidad de agencia para cuestionar y transformar estos marcos hacia otros inclusivos y transformadores.

Ante esta situación, a las recién llegadas se les presentan dos opciones: aprender las reglas, en cuyo caso se les critica por “masculinas”, o intentar funcionar conforme a códigos propios.  Si bien ambas opciones tienen un coste personal importante (y la segunda, también político), los imaginarios que ésta última alternativa nos aporta genera otros referentes que son necesarios. Podríamos pensar, por ejemplo, en modelos de liderazgo fuertes pero amables y democráticos donde se distinguen autoridad y poder al cual se accede con la única pretensión de generar cambios. Formas de hacer diferentes no por biología sino por experiencia de vida y por la propia socialización de género.

Con esto no quiero pecar de esencialista, dejando entender que a las mujeres les corresponde una forma concretar de hacer política. No se trataría de impulsar la política de las mujeres sino otra forma de hacer política que saque de la invisibilidad formas, contenidos, voces y lugares a los que no se les ha dado autoridad y que son mucho más conciliables con la vida.

Pero este salto no se puede hacer de forma individual. Son necesarios pactos entre mujeres para poder transformar las formas, y también los fondos. Y será necesario hacerlos con mujeres que estén dentro y fuera del ámbito institucional, ya que otra cuestión clave es la de la legitimación de los espacios donde se hace la política.mujeres-al-poder

Pero estas alianzas con otras mujeres deben partir de un tercer marco: el de la ética feminista. Es importante establecer pactos que incluyan un reconocimiento de la autoridad y del quehacer de las otras, asumiendo que cada una es una pieza importante y fundamental y que los pactos deben tejerse en espacios de confianza y seguridad donde se crean vínculos y unas a otras se sostienen en la tarea.

Lo que aquí se propone en todo caso, no son pactos de mujeres por el hecho de serlo, sino pactos basados en un propósito común que no es otro que transitar a una nueva política que ellas también creen y recreen.  Y es aquí donde es necesario mirar el cuarto marco, el plano de la agenda, que no puede ser otro que el de la agenda feminista: eliminar el sexismo de la política y poner el feminismo en el centro de la agenda.

Los contenidos de la agenda deben incluir, por un lado, las reivindicaciones históricas de los derechos de las mujeres: vidas sin violencia, derechos sexuales y reproductivos, igualdad salarial… y algunos otros que la socialización de género incorpora en el CV de muchas mujeres (sin reconocimiento y mucho menos redistribución) y que pone en agenda cuestiones de la gestión de la vida cotidiana. Temas como el sostenimiento de la vida y el cuidado de las personas, que son precisamente factores generadores de desigualdad para las mujeres, y que deben ser resignificadas y redistribuidas en el marco del bien común. Cuestiones que deben pasar de estar en los márgenes a situarse en el centro de la agenda.  “El país de las mujeres” de Gioconda Belli nos da la oportunidad de imaginar un proyecto político que incorpora algunos de estos elementos.

En definitiva, lo que he pretendido aportar a los debates actuales sobre la feminización de la política, es que la mayor representación de las mujeres en la política institucional no asegura, pero sí facilita, crear las condiciones para su transformación feminista, y que, para poder llevarse a cabo, debiera pasar porque pudieran tejerse pactos desde una ética feminista que garanticen el desarrollo de una agenda mínima común. Que, para ello, no podemos dejar de ser conscientes de las posiciones materiales y simbólicas diferentes que se dan entre las propias mujeres y de la dificultad y costes que pueden generar y que debieran abordarse desde una ética de reconocimiento, cuidado y apoyo mutuo.

Seguramente sea necesario iniciar este camino con pactos sencillos entre algunas pocas mujeres que posibiliten la generación de confianzas y pequeños logros que muestren que es posible y merece la pena. Porque algunas lo hicieron antes, no sin enormes costes personales, sociales y políticos, y gracias a ellas, otras están. Y éstas, tienen el imperativo moral de reconocerlas dejando el camino más avanzado para las que vendrán.