Distinción de género

julio 14, 2020 en Miradas invitadas

Soy Germán Gómez Santa Cruz, @GermanGomezSC. Nací en Bilbao en 1955. Estudié Sociología en la Universidad de Deusto. Después he trabajado básicamente en el análisis de mercados y las relaciones de las empresas con sus clientes. Diría que las relaciones personales son la base de mi tarea profesional. La música y el canto también ocupan una parte de mi tiempo. Y desde el año 2006 tengo un blog: http://paraquesirvenlosclientes.blogspot.com/

Quiero comenzar este artículo dando las gracias a Doce Miradas por la invitación a escribir este texto. Por el hecho en sí y por el ejercicio de reflexión que me ha supuesto su escritura.

Como os digo, nací en Bilbao en 1955. Con la perspectiva que da el tiempo, me defino como un chico de familia acomodada con pocos problemas y algunos anhelos de cambio. Recuerdo, por ejemplo, mi ilusión por las primeras elecciones democráticas de junio de 1977.

Estudié Sociología en la Universidad de Deusto. Allí aprendí que los seres humanos vivimos marcados por diferentes distinciones sociales: clase, estudios, entorno familiar, origen, lengua…; pero, sobre todo, por otras dos distinciones fundamentales: una es la edad por la que vamos transitando a lo largo de nuestra vida; y la otra es el sexo, que nos separa de modo radical.


En aquella Facultad de Sociología de la década de 1970 no se estudiaba sociología del género ni feminismo. El sexo era básicamente una variable de clasificación que nos servía para responder a la pregunta de en qué se diferencian hombres y mujeres en relación con cualquier aspecto que pretendiéramos analizar. No teníamos contenidos académicos sobre estas cuestiones, pero sí interés, que era mayor entre las mujeres. La igualdad era importante en nuestros anhelos de cambio. Como dice una amiga y compañera de aquella época, “nosotras practicábamos el feminismo, pero no lo teorizábamos”.


Después he trabajado básicamente en el análisis de mercados. Me he dedicado a estudiar las opiniones y comportamientos de personas compradoras, consumidoras y usuarias. Recuerdo varias colaboraciones con la empresa Fagor Electrodomésticos en las que el perfil objetivo eran las amas de casa; esto es, mujeres encargadas de gestionar todo lo relacionado con los productos fabricados por la malograda cooperativa de Mondragon. Teníamos que pensar, por un lado, en amas de casa “modernas”, más jóvenes y con trabajos fuera del hogar, y, por otro, en amas de casa “tradicionales”, sin actividad laboral externa. Los hombres contábamos poco en este caso concreto, aunque la mayoría de los que realizábamos el análisis lo éramos. Se podría decir que éramos hombres intentando pensar como mujeres.


Mi madre pertenecía al grupo de las amas de casa tradicionales, con cuatro hijos (dos chicas y dos chicos) y un marido, profesor de geología e hijo de cocinero, que no sabía freír un huevo. Ni sabía ni ganas tenía de aprender, entre otras cosas porque la cocina era el territorio de ama. Nuestro padre insistía en que los cuatro fuéramos a la universidad y ama, en que su varoncito mayor (yo) aprendiera a cocinar y se hiciera la cama por las mañanas. Los dos, cada uno a su manera y a partir de sus propias experiencias personales, nos animaban a protagonizar un cambio que, según intuían, mejoraría nuestras vidas.


Porque eso era lo que respirábamos: un ambiente de cambio de las costumbres que teníamos más a la vista y que tenían mucho de mundos separados. Por un lado estaba el mundo masculino del trabajo, los amigos y el fútbol y,por otro, el mundo femenino del cuidado de la casa y las hijas e hijos. Una separación contra la que nos rebelábamos con nuestras opiniones y también con nuestras melenas, barbas y desaliño, con chamarras raídas y otras prendas de vestir usadas indistintamente por mujeres y hombres. Ansiábamos otro tipo de relación, nos parecía importante compartir con la pareja las tareas domésticas y el cuidado de los hijos e hijas, no entendíamos que el género fuera una barrera para la colaboración, la amistad y la confidencia. Éramos la generación “progre”.
Nuestra propuesta tenía algo de experimento, porque no existían muchas referencias sobre el modo de llevarla a la práctica. El cambio era una oportunidad, pero también podía entenderse como una pérdida de privilegios. Quizás éramos más progres en nuestra imagen externa de lo que realmente lo éramos en nuestros comportamientos cotidianos. Había que ensayar unos modos de relación con una alta dosis de incertidumbre que cada cual gestionaba como podía, con la mochila de su biografía personal.


Ahora nos toca hacer balance. Algunas cosas han cambiado y otras, no tanto. En mi círculo de relaciones, el matrimonio es una opción, una mujer sola no es una solterona y una madre soltera no es socialmente rechazada. Hay hombres que ejercen la paternidad de modo responsable y mujeres que juegan al fútbol. Y juntos compartimos trabajo, cultura, ocio y diversión.


Pero estos cambios no son universales. Los medios de comunicación nos recuerdan a menudo que las desigualdades extremas siguen existiendo muy cerca de nuestra casa, que la realidad es muy diversa y que, en muchos pequeños detalles cotidianos, seguimos repitiendo pautas del pasado. Desde mi espíritu “progre”, me sigue sorprendiendo la insistencia actual en remarcar las diferencias sexuales en nuestra imagen externa a través, por ejemplo, de la cirugía estética, el ejercicio físico que busca modelar nuestro cuerpo, el maquillaje o la forma de vestir.


Tal vez fuimos ingenuos por creernos capaces de cambiar hábitos y pensamientos arraigados durante generaciones, de modificar las claves de unas relaciones que creemos basadas en nuestra propia biología. La tarea es más compleja de lo imaginado, y más aún ahora con mucho ruido mediático, muchos mensajes sin control en busca de audiencia. Es difícil resaltar las relaciones igualitarias, por sí mismas más tranquilas, carentes de espectáculo.


Pero tenemos una ventaja importante: las referencias reales de multitud de experiencias de vida en las que observar las dificultades y las ventajas de los diferentes modos de relación. Ya no tenemos que experimentar.

No está todo hecho, pero hay que poner en valor lo realizado e insistir en la tarea. El recorrido continúa.

Una humilde mirada desde Mundaka. Emprender la vida sin tiempo a tener miedo

junio 23, 2020 en Miradas invitadas

Soy Ziortza Olano Astigarraga, @olanoziortza. Soy muy de pueblo, con una raíz muy bien marcada a mi entorno. Ello me ha permitido crecer, soñar y darme cuenta de que, si quiero, puedo; eso sí, siempre con esfuerzo. Mi experiencia profesional está relacionada con la Dirección y Gestión de equipos en entidades de Economía Social: formación; innovación social y desarrollo de personas. Actualmente soy parte del equipo de Team Coaches en Mondragon Team Academy y colaboro con entidades varias, impulsando proyectos que provoquen cambios. Me mueven la curiosidad, la búsqueda y la participación en proyectos que puedan contribuir y mejorar nuestro entorno más cercano.  Cambiar el mundo a través de pequeños o grandes proyectos.

En primer lugar, quiero dar las gracias a Doce Miradas por dejarme aportar otra mirada que no pretende ser más que la mía, desde un pequeño pueblo abierto al mundo: Mundaka, anteiglesia de tradición marinera, una comunidad a la que la mar ha ayudado emprender, desde la pesca al surf. Tantas cosas nos ha dado la mar que hoy quería rendir homenaje a todas aquellas mujeres que, desde la sombra o, incluso tras la sombra (la verdad, es difícil decir desde dónde), marcaron tanto nuestra esencia y nuestra forma de afrontar la vida como mujer: rederas, sardineras, amamas, amumas, amas, hermanas, tías…

Nadie puede hacerte sentir inferior sin consentimiento.

Eleanor Roosvelt


Emprender la vida sin tiempo a pensar en el miedo

Mujeres luchadoras, nacidas en casas muy humildes, que, tras haber vivido una guerra y una posguerra, tuvieron que afrontar la vida y emprenderla con las posibilidades que la vida les ofrecía. Todo ello adaptándose constantemente a las nuevas circunstancias y trabajando siempre desde el servicio a la comunidad; creando interconexión entre diferentes miembros de la familia y liderando siempre desde el servicio.

Mundaka en 1955. Fotograma de la película «Tormenta», estrenada en 1956.
Embarcación El Gran Amor. Mundaka, 1970.

Quería destacar la fuerza de dichas mujeres y el poderío con el que se enfrentaban a todo lo que les sucedía, además de subrayar tres de las competencias con las que hacían frente a todo ello. La primera es la resiliencia, la capacidad de afrontar la adversidad, de superar algo y salir fortalecida. La segunda, el sacrificio, la capacidad de superar las dificultades con esfuerzo para alcanzar un beneficio mayor, venciendo los propios gustos, intereses y comodidad. Y la tercera es la adaptación, la capacidad de vivir y trabajar sin bloquearse ante el cambio, encontrando siempre el mejor camino entre las circunstancias del momento.

El miedo no las paralizaba; el miedo les daba la fuerza suficiente para seguir adelante siempre con humildad y sin perder el humor necesario para disfrutar de la vida.

¿Y ahora yo qué?

El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños.

Eleanor Roosvelt

Ahora desde la coordinación de Bilbao Berrikuntza Faktoria (BBF), apoyando a jóvenes emprendedores-as y a empresas jóvenes, echo la vista atrás con la intención de no perder nunca de vista el legado que todas esas mujeres han dejado en mí: valores, competencias y formas de hacer que me acompañan en este viaje del emprendimiento. Emprender un proyecto de vida o profesional con personas diversas y en equipo; aprender a ser la protagonista de mi vida y, en caso de ser necesario, reinventarme sin miedo a cambiar, sin miedo a soñar. Siempre con mente abierta y global teniendo en cuenta nuestro entorno más cercano.

¡Qué suerte la mía, poder soñar y crear! He de honrar el sacrificio de todas aquellas mujeres que no tuvieron la suerte de poder elegir y que con su lucha consiguieron que yo sí pueda decidir. Mantengo viva la llama de aquellas que impregnaron en mí la fuerza de una mujer de costa.

¡Qué orgullo haber tenido ese tipo de mujeres cerca! Gracias a ellas soy quien soy; gracias a ellas asumo ser protagonista; gracias a ellas elijo coger el timón de mi vida.

Asumo que, si yo no lo hago, nadie lo va a hacer por mí.

Quería terminar este artículo con fuerza y he elegido una frase de Rigoberta Menchú, líder indígena guatemalteca, que nos ayudará a terminar soñando y visualizando todo aquello que aún está por crear. Tenemos la responsabilidad de hacerlo con ilusión; yo al menos así lo haré. Va por aquellas que, aun siendo desconocidas, con humildad y mente abierta lo supieron hacer.

Una mujer con imaginación es una mujer que no solo sabe proyectar la vida de una familia, la de una sociedad, sino también el futuro de un milenio.

Rigoberta Menchú

Puedes leer este artículo también en euskera y en inglés.

La traducción al inglés es de Nerea Olano Astigarraga.

Miradas compartidas desde el confinamiento

junio 16, 2020 en Miradas invitadas

Somos Pepa Bojó Ballester, Leticia Eizaguirre Altuna, Miren Elejondo Aguirregomezcorta, María Feijoo González, Begoña Garcés Vidador, Cristina Giménez García y Helena Ayerbe Gartxotenea, un grupo de mujeres que queremos compartir nuestro punto de vista sobre el modo en el que los distintos poderes están conduciendo el recorrido de la crisis sanitaria provocada por la covid-19 y sobre algunas medidas que han contribuido, en nuestra opinión, a acrecentar el malestar y la preocupación por el tipo de sociedad a la que nos pueden dirigir.

Nuestro objetivo no es ofrecer una visión negativa de la gestión, sino aportar ideas críticas al debate para construir una sociedad civil madura y autónoma que nos permita avanzar hacia una organización social, dinámica y participativa de la democracia.

Hay aspectos sobre los que se debe reflexionar de manera crítica y constructiva para poder así diseñar estrategias adecuadas que sirvan para fortalecer a la sociedad.

En esta grave crisis sanitaría, muy difícil de afrontar dado lo imprevisible y desconocido de esta pandemia, nos encontramos con la verdadera situación del sistema sanitario y con errores que no deberían repetirse.

Ilustración de Vir Palmera

Se ha puesto al descubierto un modelo de gestión sociosanitaria en el que priman los intereses económicos sobre el bienestar de las personas y el sostenimiento de la vida de calidad. Como ejemplos lamentables, podemos destacar la falta de recursos para la protección del personal sanitario o la gestión de las residencias de mayores, sobre todo las privadas. 

Nuestra reflexión gira también en torno a la gestión del conflicto y las medidas de confinamiento que cuestionan la calidad democrática de nuestro Estado: las estrategias que se han seguido para el control de la población, la innecesaria presencia fáctica del ejército y su blanqueamiento social contribuyen a dejar en mínimos la responsabilidad civil e individual.

Se ha infantilizado a la sociedad, nos hemos sentido tratadas como menores de edad, con un modelo de control autoritario y una gestión basada en la vigilancia y el castigo que, paradójicamente, apela continuamente a la responsabilidad personal y ciudadana. 

No se han admitido iniciativas que habrían supuesto una mayor implicación de la ciudadanía en la superación de esta crisis. En algunos municipios incluso se ha rechazado la colaboración de chicas y chicos, jóvenes voluntarios que se ofrecieron para asistir a las personas más vulnerables.

Un modelo de poder autoritario es totalmente incompatible con el desarrollo de la responsabilidad, ya que esta exige autonomía, capacidad de pensamiento crítico, conocimiento y sobre todo confianza y se basa en el uso de la pedagogía. Esta estrategia por la que apostamos ayuda a generar una sociedad más responsable, autónoma y madura.

En ese sentido, consideramos que el papel de las fuerzas del orden debería ser el de informar, asesorar, acompañar e incluso escuchar, ya que una parte importante de la gente que ha sido multada tenía una razón para estar en la calle, pues no no todas las personas poseen las mismas condiciones de vida (algunas carecen hasta de “techo”) ni los mismos recursos para gestionar la angustia o la soledad. 

No debemos admitir una estrategia basada en infundir y potenciar el miedo, ya que este nos colapsa e impide pensar y es la herramienta sobre la que se basa el control social. Con el miedo las personas anhelamos seguridad, incluso a veces a cambio de perder derechos y libertad, pero la seguridad total es un espejismo, no existe en términos absolutos y, a su vez, la pérdida de derechos y libertades es una realidad que también provoca enfermedad.

No podemos aplaudir las actuaciones de vigilancia vecinal. Es lamentable que desde las ventanas se controle, grite, insulte e incluso denuncie a vecinas y vecinos, sin conocer su realidad ni sus motivos, y que este hecho se identifique como un acto de solidaridad, cuando la solidaridad se basa en la empatía y la ayuda. Qué decir de los vergonzoso aplausos a los abusos policiales desde muchos balcones.

Nos gustaría que en las mesas de gestión de la crisis, además de personas expertas (en este caso, en salud y epidemiología), se sentaran también personas conocedoras de la realidad de diferentes ámbitos sociales y de colectivos con necesidades específicas con riesgo de vulnerabilidad, ya que es imprescindible conocer la realidad de dichos colectivos para elaborar protocolos adecuados.

Sin embargo, las duras medidas de confinamiento no han tenido en cuenta el impacto que podían tener en diferentes grupos más vulnerables, en niñas y niños pequeños, gente mayor, personas con problemas de salud mental,  trastornos conductuales o pluridiscapacidades, colectivos de personas refugiadas, sin techo, familias con muchas dificultades y falta de recursos y mujeres, niñas y niños con riesgo de sufrir maltrato o abusos de todo tipo, entre otros. Las consecuencias para su salud y sus propias vidas son más graves y las estamos conociendo ahora.

Pensamos que estas medidas deberían revisarse, flesibilizarse y adaptarse a estos colectivos y también a las características de las poblaciones y al número de habitantes. Entendemos que en un primer momento es normal no saber y tomar decisiones drásticas y generales para todo el territorio y todos los colectivos, pero también hemos visto modelos de confinamiento menos estrictos en los países vecinos que, creemos, se podrían valorar.  

Efectivamente ahora hay mucho que hacer, vamos a ver las consecuencias del confinamiento, nos vamos a enfrentar a una crisis económica y laboral, pero también a una crisis del modelo de cuidados que ahora va a ser crucial resolver. Realmente vamos a retomar la realidad, dado que la sociedad ya estaba en crisis: el modelo de crecimiento ilimitado ya no puede sostenerse.

Nos preocupa que, una vez más, los colectivos más vulnerables, los que ocupan los puestos de trabajo más precarizados, pierdan más derechos y capacidad de autonomía y autogestión.

Por todo ello queremos contribuir a la reflexión proponiendo una gestión de las consecuencias de esta crisis con una mirada global y social que ponga el cuidado de la vida y la sostenibilidad en el centro, una gestión encauzada a generar una sociedad más igualitaria, justa socialmente, que genere mayor bienestar para toda la ciudadanía, deseando también que la sociedad civil sea verdaderamente agente de interlocución y motor del necesario cambio social. 

Covid-19, mujeres madres y trabajo a distancia

junio 2, 2020 en Miradas invitadas

Me llamo Edurne Terradillos Ormaetxea e imparto Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social en la Facultad de Derecho de la Universidad del País Vasco. Esta asignatura es muy sensible a la mirada de discriminaciones directas e indirectas que por razón de género se producen en el ámbito laboral y de las prestaciones sociales. Pero, como madre de dos adolescentes, puedo asegurar que, en mi caso, fue la maternidad la que repercutió en mi formación y promoción profesional.

Una de las primeras medidas que adoptó el Gobierno de España tras la declaración del estado de alarma fue la promoción del trabajo a distancia, que tendrá carácter preferente ante la cesación temporal o reducción de la actividad. En este contexto, el Real Decreto-Ley 15/2020 estableció una prórroga de dos meses del carácter preferente del trabajo a distancia. El “último” Real Decreto Ley 15/2020 vuelve a establecer otra prórroga.

Sin embargo, en este post deseo referirme a la posible consolidación del trabajo a distancia en general, o en masa; incluidas, por tanto, las personas que tengan menores a su cargo de entre 12 y 18 años, por ejemplo, quienes no cuentan con las facilidades que procura la legislación laboral, modificada en 2019. El objeto de estas líneas es adelantarnos a uno de los posibles cambios de diversa índole que puede traer consigo este estado de alarma pero, sobre todo, calibrar las ventajas –o desventajas– que podría suponer para la mujer que trabaja fuera de casa. Porque parto de la hipótesis de que, de consolidarse el teletrabajo en aquellos lugares donde sea posible, serán más mujeres que hombres las que soliciten esta medida.

Con la pretensión de hacer hincapié en qué ha cambiado con el estado de alarma, hay que destacar que en un lapso de tiempo muy breve varios millones de trabajadores y trabajadoras y, por tanto, de trabajos, han cambiado de los lugares habituales a los domicilios particulares. La importancia de la presencialidad en Euskadi y en España ha desplazado tradicionalmente el trabajo a distancia al mero anecdotario. El perfil sociológico del país, donde las relaciones personales se estrechan en el ámbito laboral, tradicionalmente ha acudido en detrimento del “quédese cada uno en su casa”. Sin embargo, la fuerte limitación del derecho a la libre circulación de personas en este estado de alarma ha demostrado que tanto las empresas privadas como las Administraciones Públicas estaban suficientemente preparadas para afrontar este reto. La digitalización rampante que hemos vivido en estos años, los kilómetros “construidos” de fibra óptica, las operaciones telemáticas que pueden realizarse con la Administración y su perfeccionamiento se han demostrado inversiones acertadas para que el trabajo a distancia se convierta en una realidad dominante y eficaz.

No puede obviarse que el desafío impuesto por las circunstancias de la covid-19 se está superando con creces, pero ¿es este un cambio que se consolidará tras la superación de esta enfermedad? Antes de responder a la pregunta de si la forma de la prestación laboral habrá cambiado de código, creemos que hay que atender a los siguientes lugares comunes:

– El trabajo a distancia se erige en una herramienta favorable a la conciliación entre la vida familiar, laboral y personal.

– El tipo de dirección que se ejerce actualmente en la empresa se ha alejado, aunque no por completo, de los cánones de la empresa vertical. Este cambio de actitud ha repercutido favorablemente en la gestión de la conciliación familiar.

– Diversos estudios coinciden en otros efectos que desencadena el trabajo a distancia como, por ejemplo, el ahorro de costes (energético telecomunicaciones, mantenimiento del espacio), la constatada mayor productividad (el trabajador se convierte, en parte, en su propio jefe, con una mayor responsabilidad individualmente asumida), la reducción del absentismo laboral o la disminución de los accidentes de trabajo en el lugar o “in itinere”.

– El trabajo a distancia mejoraría la emisión de gases contaminantes a la atmósfera.

Sin embargo, el trabajo a distancia que se acuerde en un medio plazo no tiene por qué ser obligatoriamente a distancia todo el tiempo: la modalidad semipresencial también es posible, si bien, antes que combinar el trabajo presencial con el trabajo a distancia el mismo día, por franjas horarias, entiendo que sería más interesante concentrar los días de presencialidad.

Si el teletrabajo ha funcionado –con sus contras– con estos mimbres, a más relajación de la situación, más posibilidades de que las y los trabajadores aprecien sus ventajas. A lo anterior debe añadirse que en estos momentos los domicilios no son solo nuestra oficina o despacho, sino que pueden haberse convertido también en el colegio o instituto de nuestros hijos e hijas, el parque del barrio o la oficina de nuestras parejas. Está comprobado, por ejemplo, que durante el confinamiento muchas mujeres académicas han enviado menos artículos de investigación a revistas científicas y que, en algunas ocasiones, nos vemos también compelidas a realizar más labores del hogar, en tanto que hay más gente comiendo en casa y quizás menos empleadas domésticas en el desempeño de su actividad. Por eso entiendo que las facilidades del trabajo a distancia –y sus pros– pueden crecer cuando retornemos a la “nueva normalidad”, de modo que seguramente las jornadas de trabajo serán más ordenadas y la gestión del tiempo individual más efectiva.

Sin embargo, los riesgos de que el trabajo a distancia acentúen la invisibilidad de la mujer en la actividad sociolaboral están latentes. Es más difícil que se cuente con una persona cuando no está siempre “a mano”, por lo menos en países como el nuestro donde el trato y el contacto siguen dominando como paradigmas del modo de trabajar. Por eso, este ensayo clínico del trabajo a distancia debería ser la prueba del algodón para que el hombre se convenza de que es él el que puede quedarse en casa. Por lo anterior, también sería interesante que ambos miembros de la pareja probaran el esquema ensayado en países más avanzados que este, esquema que pasa por la distribución de los días laborales entre presenciales y a distancia.

El alejamiento voluntario de nuestros congéneres puede ser un tiempo añadido al ensayo clínico que está suponiendo el teletrabajo en masa y que quizás nos lleve a convencernos de los beneficios de este modo de prestación del trabajo. En cualquier caso, será necesaria una reflexión en frío, cuando las aguas vuelvan a su cauce, dado que, al encontrarnos muchas personas teletrabajando, los riesgos que apuntaba más arriba –invisibilidad y ostracismo– no han podido aflorar como sin duda lo harán en circunstancias normales.

Interseccionalidad: agenda feminista para un patriarcado poliédrico

mayo 5, 2020 en Miradas invitadas

Maggy Barrère Unzueta. Soy donostiarra (1957) y profesora de Filosofía del Derecho en la UPV/EHU desde los años ochenta. Empeñada en el cambio de las enseñanzas jurídicas, impulsé el Seminario “Feminismo y Derecho” en la Facultad de Derecho a inicios de los noventa; más tarde codirigí el Máster en Igualdad de Mujeres y Hombres durante quince años. Desde hace un lustro estoy enfrascada en dar vida y continuidad a una estructura universitaria cuyo nombre asusta un poco (Clínica Jurídica por la Justicia Social), pero que tiene como objetivo involucrar al alumnado universitario en la respuesta a los casos de discriminación de nuestro entorno.

Como feminista, en este post voy a compartir algunas reflexiones sobre un asunto que no es novedoso, pero que ahora, en tiempos de coronavirus, aflora de manera especialmente grave. Tiene que ver con la agenda feminista y apunta, más concretamente, a la escasa atención prestada en esa agenda a la desigualdad entre las propias mujeres. Para huir de tecnicismos, me voy a permitir comenzar tirando de anecdotario.

En mi última visita profesional a la British Library encontré apilados en la zona de merchandising un montón de ejemplares de un libro. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que iba de feminismo. ¡Caray! –me dije-, estos sí que son nuevos tiempos. Se trataba de una recopilación de textos que habían visto la luz un año antes (2018) y que ahora volvían a salir publicados en edición de bolsillo por Virago Press. La responsable del reading, autora también de su introducción, era June Eric-Udorie. No la conocía, pero leyendo algunas reseñas publicitarias incluidas en el propio libro supe que se trataba de una escritora y activista feminista de origen nigeriano destacada por su lucha contra la mutilación genital femenina y los matrimonios forzados, que había sido nombrada por Elle (UK) Mujer Activista del Año en 2017 y que su nombre había sido incluido también en las listas de las mujeres más influyentes e inspiradoras por la BBC, el Guardian, etc. Compré el libro, aunque lo he leído unos meses después. En la portada aparece destacado el mensaje que, a modo de interrogante, da título al volumen: “¿Podemos ser todas feministas?” (Can We All Be Feminists?); y el subtítulo se refiere al contenido: diecisiete textos de interseccionalidad escritos por otras tantas mujeres “diversas” (negras, trans, musulmanas, con discapacidades, etc.) deseosas de encontrar el camino adecuado para el feminismo (Seventeen Writers on Intersectionality, Identity and Finding the Right Way Forward for Feminism).

Traigo a colación este libro porque, obviamente, la pregunta que encabeza su título no es un simple interrogante, sino una interpelación a todas las mujeres que nos consideramos feministas, pero que respondemos a las características de lo que se entiende por mainstream feminism, es decir, un feminismo protagonizado por mujeres blancas, autóctonas, de clase media, heterosexuales, sin discapacidades, etc. Es también una llamada de atención sobre qué experiencias, intereses y necesidades han figurado en las demandas de ese feminismo erigido como principal. Se trata, en definitiva, de revisar una agenda que ha beneficiado particularmente a un grupo de mujeres, dejando a otras detrás, y, a la vez, de cursar una invitación para construir un feminismo en el que quepan las demandas antidiscriminatorias de todas las mujeres.

Unir un movimiento no significa propugnar su homogeneidad. El feminismo ha sido y será un movimiento heterogéneo, fundamentalmente porque el patriarcado es poliédrico y no funciona de la misma manera para las mujeres que tienen dinero y las que no, las que son blancas y las que no lo son, las nacionales y las no nacionales, las que tienen alguna discapacidad y las que no la tienen, las lesbianas, las trans, las intersexuales y las heterosexuales, etc. Es lógico, pues, que el movimiento feminista se nutra de visiones y reivindicaciones diversas. Es más, no sólo resulta lógico, sino también necesario, al menos si se concuerda en que el movimiento feminista ha de representar y articular las demandas de todas las mujeres que sufren el sistema patriarcal.

El pasado 5 de marzo, unos días antes de la declaración de la pandemia, la Comisión Europea lanzó su Estrategia para la Igualdad de Género durante el quinquenio 2020-2025. Por primera vez habla en ella, y varias veces, de interseccionalidad. La menciona expresamente como principio transversal para hacer efectivas las políticas de igualdad de género, pero también se refiere implícitamente a ella cuando trata del reto de los estereotipos de género, precisando que a menudo aparecen combinados con otros basados en el origen étnico o racial, la religión, la discapacidad, la edad o la orientación sexual, reforzando así sus impactos negativos.

Dada la importancia que ejerce la Unión Europea en materia de igualdad de género, se diría que con esta Estrategia parece abrirse un camino de esperanza para que la interseccionalidad se incluya en las políticas y legislaciones para la igualdad y, en definitiva, para que todas las mujeres puedan encontrar su hueco en el feminismo. Lamentablemente, sin embargo, el panorama no resulta tan idílico, pues hay situaciones especialmente sangrantes que no entran en la concepción de la discriminación interseccional a la que se refiere la Estrategia de la Comisión Europea. Me refiero a las de esas mujeres a las que afecta especialmente un factor de discriminación que se le olvida mencionar a la Comisión Europea: la clase social. No era necesario que el Covid-19 hiciera estragos para que supiéramos que la precariedad se cebaba con muchas mujeres, la mayoría de ellas inmigrantes, y en un alto porcentaje sin papeles, cuyos principales nichos laborales son el servicio doméstico, de cuidados y la prostitución.

Resulta lamentable que hayamos tenido que sufrir una pandemia para que se visibilice y valore lo que supone el trabajo de cuidados; ahora sólo falta que no se olvide y se empiece a tomar cartas en el asunto. Más difícil se presenta la situación para las mujeres en prostitución. El Covid-19 ha puesto en evidencia lo que significa vivir en los márgenes de la ley. Sin derechos laborales, presas de la economía sumergida, muchas inmigrantes, con hijos e hijas pero sin redes familiares de apoyo, algunas en situación administrativa irregular, viven en una situación de emergencia social que sólo parece importar a organizaciones que nutren su fondos de las llamadas a la solidaridad. Vivimos en una sociedad patriarcal y, salvo que hagamos como los avestruces (taparnos los ojos para no ver), sabemos que su duración no es flor de un día. Por ello, el Derecho y las políticas públicas deben dar voz y proteger a las mujeres incluso aunque se considere que sus conductas respondan a esquemas patriarcales. Si así no fuera pueden quedar sin amparo, precisamente, las mujeres más oprimidas. A este respecto, la distinción entre “intereses estratégicos” e “intereses prácticos” de las mujeres, empleada por el feminismo postcolonial y por los feminismos del sur, abrió los ojos a un feminismo maximalista. De hecho, sin reflexionar sobre ella, las mujeres que hoy en día se acogen al trabajo a tiempo parcial, a reducciones de jornada o que ejercen de cuidadoras de familiares con discapacidades porque no encuentran otra solución para vivir mejor, se habrían visto abocadas al olvido en virtud del argumento de que trabajando a tiempo parcial o en labores de cuidado reproducen los roles de género y, así, alimentan el patriarcado.

Por ello resulta también especialmente triste y penoso que en la actual coyuntura pandémica del covid-19, a la que hay que sumar la política (en la que una extrema derecha, hasta ahora agazapada, hace alarde sin ningún tipo de escrúpulo de su antifeminismo), encuentren predicamento posturas como las defendidas por el TERF —Trans-Exclusionary Radical Feminist— , que no ven con buenos ojos que las mujeres trans sean y vivan tal cual se sienten. No nos equivoquemos de frente y no ensanchemos, por acción u omisión, los efectos del sistema patriarcal sobre todas las mujeres. El feminismo y su movimiento han de prepararse para forjar alianzas, hoy más necesarias que nunca.

He comenzado este post haciendo referencia a un libro y me voy a permitir finalizarlo haciendo mención de otro. Se titula El pueblo gitano sobre el sistema-mundo. Su autora, Pastora Filigrana, se presenta en el subtítulo: Reflexiones desde una militancia feminista y anticapitalista. Sólo he podido acceder a la cubierta, pues el libro se distribuirá cuando el estado de alarma lo permita, pero el tenor de su contraportada lo erige como otro ejemplo de interseccionalidad, como un texto escrito por una mujer gitana que construye feminismo desde su otredad, así que, bienvenido sea.

Fight like a girl. Mujer saharaui: tú me enseñaste a luchar

marzo 10, 2020 en Miradas invitadas

María López Belloso (@mAryalbelloso).
Santurtzi, 1979. Estudié Derecho convencida de que la justicia era neutral. Sin embargo, unas vacaciones en paz me enseñaron que, como dijo Desmond Tutu, la neutralidad ante la injusticia es ponerse del lado de opresor. Por eso desde entonces trato como puedo de dar voz al pueblo saharaui, sobre todo desde las voces de las víctimas de violaciones de Derechos Humanos y de las mujeres

El conflicto del Sahara Occidental ha sido objeto de análisis desde distintas disciplinas por varias razones: la incapacidad de la comunidad internacional y Naciones Unidas por resolver un conflicto sobre el que el Derecho Internacional aplicable es claro, la dilatación del proceso de paz, o el expolio de sus recursos naturales. Sin embargo, si hay un elemento diferenciador de este pueblo del Norte de África, es el papel que han desempeñado las mujeres en su sociedad, y en su lucha por la independencia y la libertad.

Ya en las primeras aproximaciones desde el sector académico llamó la atención el rol que las mujeres desempeñaban en una sociedad tribal. Durante la época colonial el papel de la mujer saharaui llamó ya la atención de investigadoras como Dolores Juliano, que en su libro “La Causa Saharaui y las mujeres”[1] ya identificó la especificidad de la mujer saharaui[2] .

Sin embargo, hoy no pretendo hacer una revisión bibliográfica de la cuestión saharaui y la situación de las mujeres, sino rescatar a mujeres concretas, iconos de la lucha de un pueblo, que evidencian en primera persona la singularidad de esta sociedad y de la lucha de sus mujeres. 

1.- Luchadoras a través de la cultura (cultural fighters)

No hay mejor homenaje ni reconocimiento que el que realizan un hijo o una hija a sus madres, y el mejor ejemplo de la singularidad de estas mujeres durante el periodo colonial lo encontramos en el tributo que Bahia Awah rindió a su madre, Jadiyetu Omar en su libro “La maestra que me enseñó en una tabla de madera”. En este libro Bahia destaca la figura de su madre, poetisa, mujer culta e intelectual que utilizaba los recursos de su época y su sociedad nómada para transmitir el conocimiento a su hijo. Otro claro ejemplo de aquellas mujeres cultas y trasmisoras de la cultura y los valores tradicionales es Fatima Brahim, madre de la cantante saharaui Um Rguia. Esta cantante convirtió un poema de su madre ante el inminente abandono de España al pueblo saharaui en una canción: “Sahara ma Timbá” (el Sahara no se vende) en un icono de la lucha de la liberación nacional. Mariam Hassan, la gran dama de la canción saharaui también huyó de la invasión con 17 años, y dedicó gran parte de su discografía a resaltar la figura de la mujer saharaui y a difundir la lucha de su pueblo en distintos países, haciendo de la música su campo de batalla contra la ocupación marroquí. 

2.- Luchadoras del cuidado (Care givers)

Con  la invasión marroquí y mauritana del territorio, la población saharaui huyó despavorida por el desierto hacia Argelia. Se ha resaltado el papel que jugaron las mujeres en la construcción de los campamentos de población saharaui y la asistencia a la población en estos momentos de emergencia. Sin embargo, además de esta importante labor en momentos tan traumáticos como los bombardeos de Um Draiga, Guelta o Tifariti, las mujeres saharauis también fueron víctimas y luchadoras por la causa saharaui.  Como relata Carlos Martín Beristain en su libro “Los otros vuelos de la muerte”[3], durante esa huida se cometieron terribles ataques contra la población que huía aterrada, en los que mujeres saharauis como Chaia Abeidala , enfermera saharaui que murió en el ataque al dispensario médico de Um Draiga. 

3.- Combatientes (combatants)

Mientras mujeres como Chaia ayudaban en la huida y en los primeros momentos de construcción de los campamentos de población refugiada, otras mujeres como Nueina Djil se convertían en iconos de la lucha de su pueblo a través del objetivo de la cámara de la fotógrafa de guerra francesa Christine Spengler.  Aquella fotografía proyectaba la imagen de una mujer saharaui, combatiente y madre, alejada de la tradicional imagen de subyugación de las culturas islámicas, y de las aproximaciones tradicionales al papel de las mujeres en los conflictos, que como explica Irantzu Mendía, se limitan a visiones de la mujer como víctima de los conflictos, obviando que también las mujeres son “sujetos de acción” en los mismo. En la actualidad, Nueina  dirige la escuela Militar de Mujeres del Sáhara inaugurada el 13 de abril de 2018.

4.- Defensoras de los derechos humanos (Human Rights activist )

Aquellas que no pudieron huir del territorio, se quedaron al albor de una cruenta invasión que atacó todo símbolo de la identidad nacional saharaui y, por tanto, se convirtieron en víctimas de detenciones arbitrarias, desapariciones y torturas. Describir a figuras como El Ghalia Djimli, las hermanas Salka y Mamia Salek, Dagja Lachar y como no, Aminetu Haidar, me resulta especialmente emocionante. Como he señalado, de entre todas las mujeres saharauis, Aminetu Haidar se ha convertido en un icono de la lucha pacífica del pueblo saharaui. Su historia de torturas y violencia tras permanecer desaparecida durante 4 años la convirtió en una de las activistas más destacadas, a quien organizaciones como Amnistía Internacional o HRW apoyaron. Sin embargo, fue en 2009 cuando la figura de Aminetu Haidar se convirtió en una leyenda. Cuando volvía de Nueva York de recoger el Premio al coraje civil de la Train Foundation, fue detenida en el aeropuerto de El Aaiun y expulsada a Lanzarote, por negarse a completar en la documentación administrativa la casilla referente a su nacionalidad como nacionalidad marroquí. En el aeropuerto de Lanzarote, Aminetu inició una huelga de hambre que sostuvo durante 32 días, poniendo en jaque a la diplomacia marroquí, española y Europea. Finalmente, tras la presión de EEUU, la UE, Francia,  y Naciones Unidas, Marruecos le permitió regresar al territorio. Tras este suceso, la figura de Aminetu Haidar ha seguido ganando notoriedad y seguir acumulando reconocimiento, habiendo sido galardonada en 2019 con el premio de la fundación Right Livelihood Award, considerado como el premio Nobel alternativo.

El nuevo gobierno nombrado por el presidente Brahim Ghali tras su reelección en el congreso cuenta con 4 ministras entre sus 20 componentes (un 20%), con representantes como Jira Bulahi, ex representante del Frente POLISARIO en España, Suelma Beiruk, ex parlamentaria africana representante de la RASD o Fatma ElMehdi, ex presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UNMS). Fatma el Medhi fue además la primera mujer en formar parte de la delegación del Frente POLISARIO en las últimas negociaciones entre las partes en Ginebra.  Este nuevo gobierno tiene ante sí retos muy importantes, como el desbloqueo de las negociaciones de paz, el expolio de los recursos naturales del territorio y la estrategia marroquí de anexión de sus aguas territoriales o las violaciones de derechos humanos en los territorios ocupados. También tiene retos a nivel interno, como gestionar el hastío de la población refugiada y las reclamaciones de la vuelta a las armas o las constantes reducciones de la ayuda humanitaria que ponen en riesgo el abastecimiento de la población refugiada. Para hacer frente a todas estas cuestiones, el Frente POLISARIO y el pueblo saharaui tienen que incluir a todas y cada una de las mujeres saharauis que siguen siendo activas en la defensa de su pueblo. El reemplazo está garantizado en los distintos sectores: jóvenes activistas como Hayat Erguibi o Mahfuda Bamba Lefkir siguen denunciando las continuas violaciones de derechos humanos en los territorios ocupados, afrontando por ello agresiones y encarcelaciones; Azziza Brahim sigue el camino de Um Rguia o Mariam Hassan difundiendo la cultura saharaui en distintos foros internacionales, a pesar de los vetos y las amenazas. Una nueva generación de poetas, la generación de la amistad,  cuenta con la pluma de Zahra Hasnaui para continuar escribiendo versos con nombre de mujer Jóvenes diplomáticas como Maima Mahmud ejercen con autoridad la representación de su pueblo ante los organismos internacionales. Periodistas como Ebaba Hameida o Nazha El Khalidi, colaboradora con la organización  Equipe Media que en 2019 recibió el Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado siguen difundiendo la causa saharaui. Incluso mujeres  como Iauguiha Mohamed Embarek que limpian el suelo adyacente al muroque separa el territorio ocupado del denominado “territorio liberado” de minas antipersona.Todas estas mujeres siguen conjugando en voz activa su papel en la lucha por la libertad de su pueblo y son el ejemplo claro de que cualquier solución al conflicto saharaui, tiene que contar también con sujetos en femenino, pero no porque el lenguaje inclusivo sea políticamente correcto, sino porque son agentes reales de la lucha de su sociedad y su pueblo. Todas ellas “luchan como mujeres” reales, heroínas de diario en un conflicto alejado de las cámaras y de la atención internacional, y en el que “lucha” de mujeres reales marca la diferencia. Todas ellas, en mayor o menor medida ponen rostro a la demanda de un pueblo que desde hace más de  45 años se enfrenta al abandono y el olvido. Todas y cada una de estas mujeres luchan como ellas saben y pueden para contribuir a la liberación de su gente. Todas y cada una de ellas, y todas las mujeres anónimas que sobreviven en los campamentos de población refugiada o en los territorios ocupados son el rostro de una guerra que no puede ganarse sin contar con las mujeres.


[1]                              Dolores Juliano (1998) La Causa Saharaui y las mujeres. Siempre fuimos tan libres. Ed. Icaria, Madrid, 1998.

[2]                              La realidad de estas mujeres durante la etapa colonial y el papel desarrollado por España, potencia administradora del territorio, ha acaparado recientemente la atención de investigadoras como Rocio Medina Martín, profesora del área de Filosofía del Derecho de la Universidad Pablo de Olavide, o Enrique Bengoechea que han analizado cómo afectó la presencia española a la mujer saharaui

[3]                              Carlos Martín Beristain (dir) (2015) Los otros vuelos de la muerte. Bombardeos de población civil en el Sáhara Occidental, Ed. Hegoa, UPV-EHU y Asociación de amistad con el pueblo saharaui de Sevilla

Nosotras somos Antzasti

febrero 25, 2020 en Miradas invitadas

Somos Cristina y Elena Amezaga, dos mujeres, hermanas, madres y emprendedoras en el difícil terreno de la cultura. Ambas, licenciadas en Sociología, máster en Museos y actualmente al frente de un museo de carácter antropológico dedicado a la casa. La casa, un territorio compartido por todos los miembros de la familia, pero con un marcado e indiscutible significado femenino.  Si en algún lugar podemos encontrar la historia real de las mujeres que nos antecedieron, sin duda, es entre las paredes de las casas. 

Antzasti-Euskaldunon Etxea es una realidad con un largo, muy largo recorrido, no menos difícil y, a veces, simplemente doloroso. Ha formado parte de nuestras vidas en los últimos diez años. Somos ya parte indisoluble de esa realidad que nos ha engullido; por eso nosotras somos Antzasti. Lo que comenzó siendo una afición heredada por recuperar, mantener e investigar, es hoy un espacio cultural abierto al público. Uno de nuestros objetivos fundamentales consiste en poner en valor el inmenso trabajo silencioso realizado por las mujeres dentro de las casas y abarcar, en la medida de lo posible, las muchas facetas de esa labor que, a su vez, conforman un crisol de innumerables  dimensiones. 

Sin duda, es del todo necesario reivindicar nuestro espacio en la esfera pública, social, política empresarial… pero también es del todo imprescindible  para hacernos justicia a nosotras mismas y, especialmente a todas nuestras abuelas, el reconocimiento a la gran aportación de todas las mujeres que nos precedieron y que, entre los humildes muros de las casas y sin hacer ruido, trabajaron arduamente sin pedir explicaciones a nadie ni por nada de lo que les pasaba. A nuestro entender, la sociedad es deudora de una memoria histórica que ponga en valor su figura,  ahora que parece ser el momento de los relatos, del reconocimiento y de reescribir muchas partes olvidadas o maltratadas de la historia.

Nuestro museo, que como os decía ya es arte y parte de nuestras vidas,  echa la mirada atrás a nuestra historia reciente, a ese momento en el que la revolución industrial a finales del XIX y principios del XX trajo consigo el cambio de roles más importante de la historia entre hombres y mujeres. Ese momento en el que los asuntos modernos, es decir, aquellos que mueven los hilos del devenir de la historia como la industria, la empresa, la banca, la acumulación de capitales, la política moderna, la ciencia moderna… recaen en manos de los hombres. Ese momento cuando las mujeres se ven relegadas de la sociedad en todos los ámbitos estratégicos y en todas las capas sociales; más aún, cualquier paso a nivel social o administrativo requería del consentimiento del hombre de la casa, padre o marido. Ese cambio de roles es el que aún hoy mantiene sus resonancias y marca nuestros ritmos de vida.

Y entre los muros de las casas todo esto es fácilmente adivinable, fácilmente deducible, casi respirable porque está plasmado en ellas. Por eso hemos querido que nuestros visitantes entren dentro de los cuartos que conforman las casas y que tengan una perspectiva de 360 grados, en espacios que parezcan estar vividos. Ponemos en paralelo los dos modos de vida contemporáneos de esta época de nuestra historia reciente: la vida tradicional y la modernidad, de forma que quien nos visita entra en una cocina de caserío pero también en una de la modernidad, en un cuarto y en otro, en una sala y en otra… Y en estas estancias es donde descubre los espacios, los ambientes, las condiciones en las que madres, cocineras, reposteras, planchadoras, amas de cría, agricultoras, ganaderas, costureras, modistas… trabajaban incansablemente.

Qué mejor forma de reivindicar el hoy, que recuperándonos a todas.

Nosotras estamos decididas a continuar en el empeño de divulgar la historia de la casa, entre otras cosas, porque nos permite contar la historia de estas mujeres. Los cambios fundamentales que se producen con la revolución industrial cambian espacios y tiempos, y también dibujan una nueva fisonomía en el paisaje exterior y en el interior de las casas y de sus habitantes. Los muros domésticos son permeables y nos dejan ver con claridad muchos porqués pasados que nos permiten entender muchos “hoy”s. 

El camino que hemos elegido no está siendo fácil. ¡Que la suerte nos acompañe!

La trampa de la libertad

febrero 11, 2020 en Miradas invitadas

Eva Arrilucea. Mamá, doctora en economía y experta en políticas de innovación. Loca de los gatos (sobre todo del mío), escritora frustrada y lectora voraz. Un sabor: el chocolate. Una sensación: la hierba bajo los pies descalzos. Un olor: el de las tormentas. Mi frase favorita: “Todas las personas que conoces están luchando una batalla de la que tú no tienes ni idea. Así que sé amable. Siempre

El que probablemente ha sido el mayor descubrimiento de la ciencia vasca, ni tuvo su origen en la curiosidad científica ni fue impulsado por agentes vascos. El aislamiento del Wolframio, realizado por los hermanos Elhuyar en 1783 en Bergara, fue el resultado de una misión de espionaje puesta en marcha por Carlos III para robarles a los escoceses la receta de los mejores cañones del mundo. Con ese objetivo, y pilotado por el Secretario de la Marina Pedro González de Castejón, por el capitán de navío José Vicente de Mazarredo y por la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, se envió un par de espías a Europa con la misión de formarse en idiomas y en ciencias varias, y de introducirse en Escocia haciéndose pasar por empresarios alemanes. La misión terminó cinco años después sin pena ni gloria, pero Juan José Elhuyar volvió a Bergara con el conocimiento necesario para aislar el wolframio junto a su hermano Fausto. 

En realidad, el caso del wolframio no es un hecho aislado. El motor de muchos de los grandes descubrimientos de la historia fue un puñado de hombres ambiciosos y hambrientos de poder. Sin ellos, ni Colón habría descubierto América, ni Neil Amstrong se habría dado aquel entrañable paseo por la Luna. Si revisáis la historia no encontrareis grandes avances sobre el cuidado de la salud prenatal de las mujeres, ni sobre el tratamiento de los traumas infantiles, simplemente porque ninguna de estas disciplinas podía ayudar a ampliar fronteras o a ganar guerras. Con las mujeres pasaba un poco lo mismo: las mujeres no tenían voto, no tenían fuerza física y no tenían acceso a la educación. Desde el punto de vista del poder, las mujeres no existían. 

Las cosas no cambiaron demasiado con la segunda industrialización, a finales del XIX, cuando a los objetivos anteriores, se les unió el de incrementar la productividad de las economías. Se desarrollaron nuevas tecnologías para la producción, se construyeron infraestructuras varias, se crearon instituciones financieras e, incluso, se pusieron en marcha nuevas instituciones educativas para formar a los trabajadores. Sin embargo, la situación para las mujeres no fue significativamente diferente. En la recién estrenada Escuela de Artes y Oficios de Atxuri, en Bilbao, las mujeres tenían permiso para matricularse, sí, pero solo en los estudios de dibujo, adorno y corte de vestidos; en geometría, construcción y electricidad estaban completamente vetadas. Para las mujeres que no tenían ninguna formación las cosas estaban aún peor: las crónicas de la época apuntan a que los trabajadores no cualificados de los astilleros apenas ganaban el salario de subsistencia, y sus compañeras, la mitad. 

La foto del primer amanecer del siglo XX revelaba una realidad bastante gris para las mujeres vascas: su esperanza de vida apenas rozaba los 35 años, tenían de media 4 hijos, y el 40% de ellos morían antes de alcanzar los 15 años. Las enfermedades infecciosas hacían estragos entre una población donde las condiciones higiénicas y sanitarias dejaban mucho que desear. Lo único bueno que puede decirse de esta situación es que solo podía mejorar. Y, en cierta manera, lo hizo. 

En 1910, a través de la Real Orden de Instrucción Pública, firmada por Alfonso XIII el 8 de marzo, las mujeres españolas entraron en la universidad de pleno derecho. No era la primera vez que una mujer pisaba un recinto universitario pero, por primera vez, podían hacerlo sin necesidad de obtener permisos especiales, sin tener que permanecer sentadas cerca del profesor, y sin tener que esperar a alguien las escoltara de un aula a otra para que no anduvieran sueltas por la universidad perturbando la paz de espíritu de sus compañeros varones. 

El siguiente gran hito llegó unos años después, en 1931, cuando las Cortes españolas, por fin, aprobaron el sufragio femenino. No deja de ser curioso que uno de los alegatos más encendidos contra el sufragio femenino en aquella sesión del 1 de octubre viniera, precisamente, de la mano de una mujer. Victoria Kent diputada del Partido Radical Socialista, sostuvo que las mujeres españolas no iban a entender los ideales de la República, que no tenían la formación necesaria, que sus mentes estaban en manos del clero y de los hombres y que, por lo tanto, era demasiado pronto para dejarles votar. Fue Clara Campoamor, diputada del Partido Republicano Radical, quien tuvo que recordarle todas las ocasiones en las que las mujeres habían luchado por los ideales de libertad y de igualdad y que, de facto, el número de hombres analfabetos en aquella España de la época superaba con creces al de mujeres. Alegó: “solo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deber ser los mismos para la mujer que para el hombre”. 

¿Dónde estamos hoy? Pues, aparentemente, hoy la mayor parte de la gente considera a la mujer como un ser humano, lo que no deja de ser un avance interesante. En gran parte del mundo las mujeres tenemos voto, tenemos acceso a la educación y vivimos en un entorno en el que la fuerza física no es determinante para nuestra supervivencia. También es una realidad que las mujeres apenas ocupamos jefaturas de estado (el 8% en el mundo) y que tenemos una presencia limitada en la alta dirección empresarial (apenas el 34% de los puestos tienen nombre de mujer). Por otro lado, en Euskadi, por primera vez en la historia, tenemos un Parlamento donde hay más mujeres que hombres, y las mujeres vascas tenemos la esperanza de vida más alta de Europa. 

Yo le llamo a esto la Gran Trampa de la Libertad

Si tienes educación superior, tienes un trabajo remunerado y tienes todos los derechos civiles, entonces lo tienes todo. Por tener, hasta tienes una carga heredada con la curiosa propiedad de ser invisible, pero con un peso enorme. La sientes, por ejemplo, cuando tienes que planificar un viaje de trabajo y, además de preparar las reuniones y la información necesaria para que tu empresa y tú brilléis, en paralelo tienes que planificar quién llevará a los niños al colegio por las mañanas, quién los recogerá, si habrá suficiente comida en la nevera para todos los días y quién le recordará a tu madre la cita del médico mientras estés fuera. Como madre de dos niños pequeños y aspirante a tener una carrera profesional plena podría escribir varias tesis doctorales sobre este tema, pero no lo haré. Dejaré que cada una de vosotras inserte en esta parte su propia experiencia. 

Mirar al pasado y asumir que ya lo hemos conseguido todo es la Gran Mentira a la que nos toca enfrentarnos ahora. Visibilizar las cargas invisibles y los techos de cristal para definir el camino que tenemos por delante hacia la igualdad plena. ¿Sabías que ningún país del mundo, ni siquiera los más avanzados, han alcanzado el objetivo de la igualdad total entre hombres y mujeres? De media estamos al 68%, y los que mejor lo hacen -los países del norte de Europa- apenas rozan el 80% del total.  En España se ha feminizado la pobreza y se ha masculinizado la recuperación económica. El pobre español es una mujer joven con estudios y con hijos. Una de cada dos personas que viven en hogares monoparentales está en riesgo de pobreza, y en el 85% de los casos esos hogares están encabezados por mujeres. El salario por hora para las mujeres es un 11% más bajo en jornada completa y un 15% más bajo en jornada partida. La tasa de pobreza de las mujeres de más de 65 años es 4 puntos porcentuales más alta que la de los hombres de la misma edad. 

Dicen que el mejor truco del diablo ha sido convencer al mundo de que no existe. Otro muy bueno ha sido convencernos a todas de que ya hemos alcanzado la igualdad con los hombres.

Para ganar esta batalla hay que ponerle cara -y números- a la Gran Mentira, hay que saber cómo combatirla y, sobre todo, hay que querer hacerlo. Y hablando de la libertad de elegir, dejadme acabar con una frase de Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austriaco, y autor del maravilloso ensayo “El Hombre en Busca de Sentido”: “entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestra capacidad de elegir la respuesta. Y en la respuesta residen nuestro crecimiento personal y nuestra libertad”.

Climaterio, hay que decirlo más

enero 28, 2020 en Miradas invitadas

May Serrano. Escritora, performer y casamentera. No soy acuario pero nado las olas del Cantábrico junto a las Orca María, surfeo La Quinta Ola y buceo en mí misma cada día. En este momento celebro mi climatérico por escrito con la publicación del libro «El Climaterio. Todo lo que sabes de la menopausia es mentira».

Empiezo sin preámbulos porque me urge. Necesito (por mí y por mis compañeras) que el climaterio se ponga en boca de todas y cada una de las personas que me rodean, en la vida real y en la virtual pero sobre todas las cosas necesito que el climaterio se haga revolucionario y mande al traste al algoritmo de Google. ¿Por qué tanta prisa? Les explico. Resulta que cuando eres mujer y rondas los 45 años años te empiezan a pasar “cosas” en tu ciclo menstrual. De repente, la regla se vuelve “impuntual” y te llevas unos sustos de muerte. Igual desaparece del mapa durante varios meses que viene cada 15 días. Vas a tu doctora de cabecera, te informa que “es normal a tu edad” y ya está. Te vas a casa con una sensación rara. Sabes que algo no va bien pero no tienes ni idea de lo que está pasando.

Piensas “menopausia” pero no, ¡no puede ser! todavía eres joven para eso ¿No está la media de edad en los cincuenta y pico? Así que no te queda otra que preguntar a san Google para encontrar las respuestas que no te da la medicina tradicional.

Los resultados son desoladores. En 42 segundos aparecen 7.960.000 resultados llenos de palabras tan “esperanzadoras” como:
  • Sofocos
  • Dolores articulares
  • Dolores musculares
  • Disminución de la capacidad de la vejiga
  • Piel frágil
  • Aumento del colesterol malo (por supuesto)
  • Enfermedades vasculares
  • Nerviosismo
  • Anorgasmia
  • Irritabilidad
  • Inestabilidad emocional
  • Osteoporosis
  • Sequedad vaginal
  • Disminución de la libido
  • Sudores nocturnos
  • Aumento de peso
  • Ansiedad
  • Insomnio continuado
  • Cambios de humor
  • Flacidez en la piel: entre el 20-25%.
  • Estrés
  • Fatiga
  • Sequedad ocular
  • Fracaso ovárico
  • Perdidas de orina
  • Perdidas de memoria a corto plazo: entre el 15-20%.
  • Picores
  • Perdida de autoestima
  • Cáncer de mama
  • Y, como no, depresión
Como comprenderán la ganas de vivir van desapareciendo a medida que lees tooooodo lo que supuestamente va a pasarte; dejas de ser fértil para volverte una pobre mujer hundida por todos estos síntomas. La primera vez que lo leí me lo creí a pies juntillas pero a medida que pasaban los días pensé: ¡es imposible que las mujeres estemos tan mal hechas!. ¡Aquí tiene que haber algo más! Y sí… efectivamente,encontré la explicación: el patriarcado. El machismo que impera en el día a día toma las riendas para negarnos una información sobre nuestros cuerpos, nuestra salud y una nueva etapa en nuestras vidas. Climaterio viene del griego y quiere decir “escalón”. El Climaterio es una etapa más de la vida de las mujeres, un escalón para pasar de la vida cíclica a la vida en continuo y dura entre 5 y 10 años. Sí, han leído bien. Entre CINCO Y DIEZ años. De la misma manera que existe la adolescencia con su menarquia (primera regla) existe el climaterio y su menopausia (última menstruación). Pero no solamente nos roban el nombre sino que también nos niegan la posibilidad de vivirlo con total plenitud. Contar nuestros días en base a nuestra fertilidad (premenopausia, postmenopausia) nos impide disfrutar de todo lo bueno que nos trae el climaterio. Sí, lo han leído bien: “Todo lo bueno que nos trae el climaterio” créanme cuando digo que es una oportunidad de oro para ser nosotras mismas, poner los límites y avanzar en la dirección que nosotras decidamos. Mucha sabiduría junta gracias a la revolución hormonal. Y es en este punto cuando les invito a buscar información, googlear climaterio, contad todo lo que nos está pasando en nuestros cuerpos y enloquecer al algoritmo para que cuando hable de lo que nos pasa a las mujeres de más de 45 años en síntomas ponga bien clarito “son más felices y fuertes que nunca”.

Somos más de 50

enero 14, 2020 en Miradas invitadas

María Jesús Pérez Ladrón (@perezladron). Soy diseñadora gráfica. Desde que estudiaba BBAA me di cuenta de que quería que lo que hiciera tuviera una finalidad, que sirviera para algo en concreto, por eso me especialicé en diseño. Con la fotografía siento lo mismo. Quiero que sea algo más que reflejar imágenes, que sirva para transmitir, en este caso una imagen positiva de las mujeres de 50 años y de todas la mujeres en general.

Con los 50 años ya cumplidos tuve ocasión de participar en un networking de mujeres con diferentes profesiones. Entre ellas había una mujer, que como en mi caso, era diseñadora y tenía un estudio de diseño y comunicación. Mi idea, seguramente inocente, era encontrar el momento para compartir y contrastar experiencias con ella. Su negocio era incipiente, yo llevaba muchos años en el gremio y pensé que por lo menos por mi parte podría aprender algo más de alguien más joven. Relaciones intergeneracionales creo que se llama.

Cuando llegó el momento en el que cada una debíamos presentar nuestra empresa, ella dijo: “…somos una empresa en la que solo trabajamos mujeres y además somos jóvenes, no llegamos a los 35 años…”. Tengo que reconocer que la respuesta me afectó. ¿De qué puedo hablar con alguien que debe pensar que tener 50 años es horrible y que una mujer de mi edad restaría valor a su empresa? Me sentí como Kathy Bates en la película “Tomates verdes fritos”, cuando dos chicas jóvenes más rápidas le arrebatan la plaza de aparcamiento. En mi turno no fui capaz de responder contundentemente como Kathy. Pude haber hablado de mi experiencia, de que entiendo a los clientes como nadie y que llevo con algunos de ellos más 20 años, que mi empresa pasó por una crisis mundial y que sigo aquí. Pero me limité a decir el nombre de mi empresa y mi profesión.

A los 45 años se nos considera fuera del mercado laboral y a los 50 es prácticamente imposible encontrar un trabajo por cuenta ajena. ¿No estamos capacitadas? Si tienes tu propia empresa o eres autónoma eres capaz de trabajar tanto o más, de estar formándote continuamente y de asumir responsabilidades. Para trabajos precarios, o para ayudar económicamente a tus hijos en paro o para cuidar de tus mayores, para eso estamos en la edad ideal.

La longevidad en teoría es un triunfo de nuestra sociedad, pero puede ser un peso más en nuestras vidas si no sabemos gestionarlo. Dicen que los 40 son los nuevos 30 y los 50 los nuevos 40 y así sucesivamente. ¿Tenemos que estar desde los 45 pensando que somos mayores y con la obligación de aparentar como mínimo 10 años menos? ¿Así hasta los 100 años? ¡Que pereza!

Si preguntamos a niñas/os, jóvenes, hombres e incluso mujeres sobre la «imagen» que tienen de una mujer de 50 años, probablemente en un primer momento se centrarán en el aspecto físico, se valorará positivamente si parece más joven, no en cambio si «se le nota» su verdadera edad. No se consideran dentro de este concepto la experiencia, las capacidades u otros muchos valores que conforman su imagen personal y profesional. La buena noticia es que cuando conocemos a otras mujeres de 50 años comprobamos que, en general, lo que nos interesa, lo que nos preocupa y lo que vivimos en este momento es muy diferente a la visión deformada y parcial que se nos impone como colectivo.

Pero es cierto que en mayor o menor medida nos afecta. Además de otras circunstancias, uno de los invisibles frenos a las expectativas de las mujeres es nuestra imagen en la sociedad, que determina en gran parte, la imagen que tenemos de nosotras mismas aunque no seamos conscientes de ello. En una sociedad donde se valora sobre todo la juventud y en la que los medios de comunicación, el cine, la televisión, muestran imágenes estereotipadas de las mujeres, es patente la ausencia de una imagen más diversa y más real.

Las que ahora vivimos los 50 fuimos las primeras en disfrutar de avances sociales que no tuvieron nuestras predecesoras. Ya estaba generalizado acceso a la formación universitaria de las mujeres, tuvimos acceso al control de la natalidad, en general tuvimos más fácil enfrentarnos a las convenciones. Quizás sea nuestra generación el grupo de edad con más diversidad de trayectorias vitales respecto a décadas anteriores. Siendo las mujeres el 50% de la población y teniendo en cuenta que tomamos el 70% de las decisiones de compra, el sector comercial debería dejar de centrarse solo en la juventud y la perfección, dejar de vendernos cremas milagrosas que a estas alturas ya sabemos que no funcionan y trabajar también con perfiles que tengan más que ver con nuestra realidad.

El proyecto “SOMOS MÁS DE 50”

Tuve la oportunidad de participar en el programa Andrekintzailea que se celebra cada año (dirigido a mujeres empresarias, coordinado por Bilbao Metropoli-30 y con la colaboración de la Asociación de Mujeres Empresarias y Directivas de Bizkaia, AED, y de la Asociación EmakumeEkin). En el transcurso del programa compartimos experiencias un grupo de mujeres emprendedoras y empresarias muy diferentes entre nosotras: con empresas de diferentes sectores, grandes o pequeñas, con formación o sin ella, con o sin hijos/as, y de distintas edades. Aprendimos muchas cosas pero para mí, y creo que también para mis compañeras, lo más importante ha sido compartir un espacio entre mujeres que no nos conocíamos, fuera de nuestros grupos de referencia: familia, amigas/os, trabajo, que nos ha permitido crecer, compartir, colaborar, y reinventarnos dejando fuera todo los que nos condiciona. Esta relación tan sana y fructífera la seguimos manteniendo. Nos acompañamos, compartimos experiencias y crecemos personal y profesionalmente.

En este ambiente propicio nació el proyecto “Somos más de 50” destinado a dar visibilidad a las mujeres de cincuenta años o más, utilizando para ello la fotografía artística. Queremos contribuir a reconstruir el concepto “mujeres de cincuenta años” a través del retrato, jugando a contemplarnos desde otro punto de vista diferente que nos sorprenda a nosotras mismas y que en las demás personas despierte una nueva visión de las mujeres de esta edad.

Estas fotografías tienen el fin de mostrar y compartir nuestra propia versión sobre nuestra imagen. Queremos contemplarnos en un espejo que no esté contaminado y que refleje valores positivos que contrarresten los negativos a los que estamos expuestas. Esto significa que no lo hacemos solo para nosotras, al contrario, queremos hacernos visibles, compartir con la sociedad, servir de referencia a mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

Las fotografías, además de una breve descripción sobre cada mujer y su profesión, se publicarán en Internet, redes sociales y se difundirán por diferentes medios.

Queremos que a las mujeres participantes les sirvan para:

  • Mirarse desde otro punto de vista.
  • Ser protagonistas, orgullosas de quiénes son y de lo que son.
  • Contribuir a ofrecer una imagen positiva de las mujeres en general.
  • Potenciar su imagen y su profesión de una manera original.

El gran momento

Es cierto que los cincuenta puede ser un momento vital intenso para las mujeres en el que confluyen varias circunstancias incluso a nivel biológico, pero también supone una liberación.
Ya somos mayores y podemos hacer lo que queramos, vivir intensamente y aprovechar cada instante, pero esta vez, con experiencia, madurez y toda la seguridad en nosotras mismas que hemos podido acumular en estos años. Las personas en diferentes fases vitales, aunque no tengamos los mismos intereses y expectativas, buscamos sentirnos motivadas, queremos tener la sensación de que lo que hacemos merece la pena y que nuestras acciones tengan un impacto positivo en la sociedad. Éste puede llegar a ser uno de los mejores momentos de nuestra vida.

El proyecto “Somos más de 50” va creciendo lento pero seguro, gracias a la participación de las mujeres de 50 años o más que ya se han retratado y las que lo van ha hacer en los próximos meses.
Quiero agradecer a todas su colaboración y a otras mujeres, más jóvenes y más mayores, que nos acompañan y nos animan.

www.somosmasde50.com