Fight like a girl. Mujer saharaui: tú me enseñaste a luchar

marzo 10, 2020 en Miradas invitadas

María López Belloso (@mAryalbelloso).
Santurtzi, 1979. Estudié Derecho convencida de que la justicia era neutral. Sin embargo, unas vacaciones en paz me enseñaron que, como dijo Desmond Tutu, la neutralidad ante la injusticia es ponerse del lado de opresor. Por eso desde entonces trato como puedo de dar voz al pueblo saharaui, sobre todo desde las voces de las víctimas de violaciones de Derechos Humanos y de las mujeres

El conflicto del Sahara Occidental ha sido objeto de análisis desde distintas disciplinas por varias razones: la incapacidad de la comunidad internacional y Naciones Unidas por resolver un conflicto sobre el que el Derecho Internacional aplicable es claro, la dilatación del proceso de paz, o el expolio de sus recursos naturales. Sin embargo, si hay un elemento diferenciador de este pueblo del Norte de África, es el papel que han desempeñado las mujeres en su sociedad, y en su lucha por la independencia y la libertad.

Ya en las primeras aproximaciones desde el sector académico llamó la atención el rol que las mujeres desempeñaban en una sociedad tribal. Durante la época colonial el papel de la mujer saharaui llamó ya la atención de investigadoras como Dolores Juliano, que en su libro “La Causa Saharaui y las mujeres”[1] ya identificó la especificidad de la mujer saharaui[2] .

Sin embargo, hoy no pretendo hacer una revisión bibliográfica de la cuestión saharaui y la situación de las mujeres, sino rescatar a mujeres concretas, iconos de la lucha de un pueblo, que evidencian en primera persona la singularidad de esta sociedad y de la lucha de sus mujeres. 

1.- Luchadoras a través de la cultura (cultural fighters)

No hay mejor homenaje ni reconocimiento que el que realizan un hijo o una hija a sus madres, y el mejor ejemplo de la singularidad de estas mujeres durante el periodo colonial lo encontramos en el tributo que Bahia Awah rindió a su madre, Jadiyetu Omar en su libro “La maestra que me enseñó en una tabla de madera”. En este libro Bahia destaca la figura de su madre, poetisa, mujer culta e intelectual que utilizaba los recursos de su época y su sociedad nómada para transmitir el conocimiento a su hijo. Otro claro ejemplo de aquellas mujeres cultas y trasmisoras de la cultura y los valores tradicionales es Fatima Brahim, madre de la cantante saharaui Um Rguia. Esta cantante convirtió un poema de su madre ante el inminente abandono de España al pueblo saharaui en una canción: “Sahara ma Timbá” (el Sahara no se vende) en un icono de la lucha de la liberación nacional. Mariam Hassan, la gran dama de la canción saharaui también huyó de la invasión con 17 años, y dedicó gran parte de su discografía a resaltar la figura de la mujer saharaui y a difundir la lucha de su pueblo en distintos países, haciendo de la música su campo de batalla contra la ocupación marroquí. 

2.- Luchadoras del cuidado (Care givers)

Con  la invasión marroquí y mauritana del territorio, la población saharaui huyó despavorida por el desierto hacia Argelia. Se ha resaltado el papel que jugaron las mujeres en la construcción de los campamentos de población saharaui y la asistencia a la población en estos momentos de emergencia. Sin embargo, además de esta importante labor en momentos tan traumáticos como los bombardeos de Um Draiga, Guelta o Tifariti, las mujeres saharauis también fueron víctimas y luchadoras por la causa saharaui.  Como relata Carlos Martín Beristain en su libro “Los otros vuelos de la muerte”[3], durante esa huida se cometieron terribles ataques contra la población que huía aterrada, en los que mujeres saharauis como Chaia Abeidala , enfermera saharaui que murió en el ataque al dispensario médico de Um Draiga. 

3.- Combatientes (combatants)

Mientras mujeres como Chaia ayudaban en la huida y en los primeros momentos de construcción de los campamentos de población refugiada, otras mujeres como Nueina Djil se convertían en iconos de la lucha de su pueblo a través del objetivo de la cámara de la fotógrafa de guerra francesa Christine Spengler.  Aquella fotografía proyectaba la imagen de una mujer saharaui, combatiente y madre, alejada de la tradicional imagen de subyugación de las culturas islámicas, y de las aproximaciones tradicionales al papel de las mujeres en los conflictos, que como explica Irantzu Mendía, se limitan a visiones de la mujer como víctima de los conflictos, obviando que también las mujeres son “sujetos de acción” en los mismo. En la actualidad, Nueina  dirige la escuela Militar de Mujeres del Sáhara inaugurada el 13 de abril de 2018.

4.- Defensoras de los derechos humanos (Human Rights activist )

Aquellas que no pudieron huir del territorio, se quedaron al albor de una cruenta invasión que atacó todo símbolo de la identidad nacional saharaui y, por tanto, se convirtieron en víctimas de detenciones arbitrarias, desapariciones y torturas. Describir a figuras como El Ghalia Djimli, las hermanas Salka y Mamia Salek, Dagja Lachar y como no, Aminetu Haidar, me resulta especialmente emocionante. Como he señalado, de entre todas las mujeres saharauis, Aminetu Haidar se ha convertido en un icono de la lucha pacífica del pueblo saharaui. Su historia de torturas y violencia tras permanecer desaparecida durante 4 años la convirtió en una de las activistas más destacadas, a quien organizaciones como Amnistía Internacional o HRW apoyaron. Sin embargo, fue en 2009 cuando la figura de Aminetu Haidar se convirtió en una leyenda. Cuando volvía de Nueva York de recoger el Premio al coraje civil de la Train Foundation, fue detenida en el aeropuerto de El Aaiun y expulsada a Lanzarote, por negarse a completar en la documentación administrativa la casilla referente a su nacionalidad como nacionalidad marroquí. En el aeropuerto de Lanzarote, Aminetu inició una huelga de hambre que sostuvo durante 32 días, poniendo en jaque a la diplomacia marroquí, española y Europea. Finalmente, tras la presión de EEUU, la UE, Francia,  y Naciones Unidas, Marruecos le permitió regresar al territorio. Tras este suceso, la figura de Aminetu Haidar ha seguido ganando notoriedad y seguir acumulando reconocimiento, habiendo sido galardonada en 2019 con el premio de la fundación Right Livelihood Award, considerado como el premio Nobel alternativo.

El nuevo gobierno nombrado por el presidente Brahim Ghali tras su reelección en el congreso cuenta con 4 ministras entre sus 20 componentes (un 20%), con representantes como Jira Bulahi, ex representante del Frente POLISARIO en España, Suelma Beiruk, ex parlamentaria africana representante de la RASD o Fatma ElMehdi, ex presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UNMS). Fatma el Medhi fue además la primera mujer en formar parte de la delegación del Frente POLISARIO en las últimas negociaciones entre las partes en Ginebra.  Este nuevo gobierno tiene ante sí retos muy importantes, como el desbloqueo de las negociaciones de paz, el expolio de los recursos naturales del territorio y la estrategia marroquí de anexión de sus aguas territoriales o las violaciones de derechos humanos en los territorios ocupados. También tiene retos a nivel interno, como gestionar el hastío de la población refugiada y las reclamaciones de la vuelta a las armas o las constantes reducciones de la ayuda humanitaria que ponen en riesgo el abastecimiento de la población refugiada. Para hacer frente a todas estas cuestiones, el Frente POLISARIO y el pueblo saharaui tienen que incluir a todas y cada una de las mujeres saharauis que siguen siendo activas en la defensa de su pueblo. El reemplazo está garantizado en los distintos sectores: jóvenes activistas como Hayat Erguibi o Mahfuda Bamba Lefkir siguen denunciando las continuas violaciones de derechos humanos en los territorios ocupados, afrontando por ello agresiones y encarcelaciones; Azziza Brahim sigue el camino de Um Rguia o Mariam Hassan difundiendo la cultura saharaui en distintos foros internacionales, a pesar de los vetos y las amenazas. Una nueva generación de poetas, la generación de la amistad,  cuenta con la pluma de Zahra Hasnaui para continuar escribiendo versos con nombre de mujer Jóvenes diplomáticas como Maima Mahmud ejercen con autoridad la representación de su pueblo ante los organismos internacionales. Periodistas como Ebaba Hameida o Nazha El Khalidi, colaboradora con la organización  Equipe Media que en 2019 recibió el Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado siguen difundiendo la causa saharaui. Incluso mujeres  como Iauguiha Mohamed Embarek que limpian el suelo adyacente al muroque separa el territorio ocupado del denominado “territorio liberado” de minas antipersona.Todas estas mujeres siguen conjugando en voz activa su papel en la lucha por la libertad de su pueblo y son el ejemplo claro de que cualquier solución al conflicto saharaui, tiene que contar también con sujetos en femenino, pero no porque el lenguaje inclusivo sea políticamente correcto, sino porque son agentes reales de la lucha de su sociedad y su pueblo. Todas ellas “luchan como mujeres” reales, heroínas de diario en un conflicto alejado de las cámaras y de la atención internacional, y en el que “lucha” de mujeres reales marca la diferencia. Todas ellas, en mayor o menor medida ponen rostro a la demanda de un pueblo que desde hace más de  45 años se enfrenta al abandono y el olvido. Todas y cada una de estas mujeres luchan como ellas saben y pueden para contribuir a la liberación de su gente. Todas y cada una de ellas, y todas las mujeres anónimas que sobreviven en los campamentos de población refugiada o en los territorios ocupados son el rostro de una guerra que no puede ganarse sin contar con las mujeres.


[1]                              Dolores Juliano (1998) La Causa Saharaui y las mujeres. Siempre fuimos tan libres. Ed. Icaria, Madrid, 1998.

[2]                              La realidad de estas mujeres durante la etapa colonial y el papel desarrollado por España, potencia administradora del territorio, ha acaparado recientemente la atención de investigadoras como Rocio Medina Martín, profesora del área de Filosofía del Derecho de la Universidad Pablo de Olavide, o Enrique Bengoechea que han analizado cómo afectó la presencia española a la mujer saharaui

[3]                              Carlos Martín Beristain (dir) (2015) Los otros vuelos de la muerte. Bombardeos de población civil en el Sáhara Occidental, Ed. Hegoa, UPV-EHU y Asociación de amistad con el pueblo saharaui de Sevilla

Nosotras somos Antzasti

febrero 25, 2020 en Miradas invitadas

Somos Cristina y Elena Amezaga, dos mujeres, hermanas, madres y emprendedoras en el difícil terreno de la cultura. Ambas, licenciadas en Sociología, máster en Museos y actualmente al frente de un museo de carácter antropológico dedicado a la casa. La casa, un territorio compartido por todos los miembros de la familia, pero con un marcado e indiscutible significado femenino.  Si en algún lugar podemos encontrar la historia real de las mujeres que nos antecedieron, sin duda, es entre las paredes de las casas. 

Antzasti-Euskaldunon Etxea es una realidad con un largo, muy largo recorrido, no menos difícil y, a veces, simplemente doloroso. Ha formado parte de nuestras vidas en los últimos diez años. Somos ya parte indisoluble de esa realidad que nos ha engullido; por eso nosotras somos Antzasti. Lo que comenzó siendo una afición heredada por recuperar, mantener e investigar, es hoy un espacio cultural abierto al público. Uno de nuestros objetivos fundamentales consiste en poner en valor el inmenso trabajo silencioso realizado por las mujeres dentro de las casas y abarcar, en la medida de lo posible, las muchas facetas de esa labor que, a su vez, conforman un crisol de innumerables  dimensiones. 

Sin duda, es del todo necesario reivindicar nuestro espacio en la esfera pública, social, política empresarial… pero también es del todo imprescindible  para hacernos justicia a nosotras mismas y, especialmente a todas nuestras abuelas, el reconocimiento a la gran aportación de todas las mujeres que nos precedieron y que, entre los humildes muros de las casas y sin hacer ruido, trabajaron arduamente sin pedir explicaciones a nadie ni por nada de lo que les pasaba. A nuestro entender, la sociedad es deudora de una memoria histórica que ponga en valor su figura,  ahora que parece ser el momento de los relatos, del reconocimiento y de reescribir muchas partes olvidadas o maltratadas de la historia.

Nuestro museo, que como os decía ya es arte y parte de nuestras vidas,  echa la mirada atrás a nuestra historia reciente, a ese momento en el que la revolución industrial a finales del XIX y principios del XX trajo consigo el cambio de roles más importante de la historia entre hombres y mujeres. Ese momento en el que los asuntos modernos, es decir, aquellos que mueven los hilos del devenir de la historia como la industria, la empresa, la banca, la acumulación de capitales, la política moderna, la ciencia moderna… recaen en manos de los hombres. Ese momento cuando las mujeres se ven relegadas de la sociedad en todos los ámbitos estratégicos y en todas las capas sociales; más aún, cualquier paso a nivel social o administrativo requería del consentimiento del hombre de la casa, padre o marido. Ese cambio de roles es el que aún hoy mantiene sus resonancias y marca nuestros ritmos de vida.

Y entre los muros de las casas todo esto es fácilmente adivinable, fácilmente deducible, casi respirable porque está plasmado en ellas. Por eso hemos querido que nuestros visitantes entren dentro de los cuartos que conforman las casas y que tengan una perspectiva de 360 grados, en espacios que parezcan estar vividos. Ponemos en paralelo los dos modos de vida contemporáneos de esta época de nuestra historia reciente: la vida tradicional y la modernidad, de forma que quien nos visita entra en una cocina de caserío pero también en una de la modernidad, en un cuarto y en otro, en una sala y en otra… Y en estas estancias es donde descubre los espacios, los ambientes, las condiciones en las que madres, cocineras, reposteras, planchadoras, amas de cría, agricultoras, ganaderas, costureras, modistas… trabajaban incansablemente.

Qué mejor forma de reivindicar el hoy, que recuperándonos a todas.

Nosotras estamos decididas a continuar en el empeño de divulgar la historia de la casa, entre otras cosas, porque nos permite contar la historia de estas mujeres. Los cambios fundamentales que se producen con la revolución industrial cambian espacios y tiempos, y también dibujan una nueva fisonomía en el paisaje exterior y en el interior de las casas y de sus habitantes. Los muros domésticos son permeables y nos dejan ver con claridad muchos porqués pasados que nos permiten entender muchos “hoy”s. 

El camino que hemos elegido no está siendo fácil. ¡Que la suerte nos acompañe!

La trampa de la libertad

febrero 11, 2020 en Miradas invitadas

Eva Arrilucea. Mamá, doctora en economía y experta en políticas de innovación. Loca de los gatos (sobre todo del mío), escritora frustrada y lectora voraz. Un sabor: el chocolate. Una sensación: la hierba bajo los pies descalzos. Un olor: el de las tormentas. Mi frase favorita: “Todas las personas que conoces están luchando una batalla de la que tú no tienes ni idea. Así que sé amable. Siempre

El que probablemente ha sido el mayor descubrimiento de la ciencia vasca, ni tuvo su origen en la curiosidad científica ni fue impulsado por agentes vascos. El aislamiento del Wolframio, realizado por los hermanos Elhuyar en 1783 en Bergara, fue el resultado de una misión de espionaje puesta en marcha por Carlos III para robarles a los escoceses la receta de los mejores cañones del mundo. Con ese objetivo, y pilotado por el Secretario de la Marina Pedro González de Castejón, por el capitán de navío José Vicente de Mazarredo y por la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, se envió un par de espías a Europa con la misión de formarse en idiomas y en ciencias varias, y de introducirse en Escocia haciéndose pasar por empresarios alemanes. La misión terminó cinco años después sin pena ni gloria, pero Juan José Elhuyar volvió a Bergara con el conocimiento necesario para aislar el wolframio junto a su hermano Fausto. 

En realidad, el caso del wolframio no es un hecho aislado. El motor de muchos de los grandes descubrimientos de la historia fue un puñado de hombres ambiciosos y hambrientos de poder. Sin ellos, ni Colón habría descubierto América, ni Neil Amstrong se habría dado aquel entrañable paseo por la Luna. Si revisáis la historia no encontrareis grandes avances sobre el cuidado de la salud prenatal de las mujeres, ni sobre el tratamiento de los traumas infantiles, simplemente porque ninguna de estas disciplinas podía ayudar a ampliar fronteras o a ganar guerras. Con las mujeres pasaba un poco lo mismo: las mujeres no tenían voto, no tenían fuerza física y no tenían acceso a la educación. Desde el punto de vista del poder, las mujeres no existían. 

Las cosas no cambiaron demasiado con la segunda industrialización, a finales del XIX, cuando a los objetivos anteriores, se les unió el de incrementar la productividad de las economías. Se desarrollaron nuevas tecnologías para la producción, se construyeron infraestructuras varias, se crearon instituciones financieras e, incluso, se pusieron en marcha nuevas instituciones educativas para formar a los trabajadores. Sin embargo, la situación para las mujeres no fue significativamente diferente. En la recién estrenada Escuela de Artes y Oficios de Atxuri, en Bilbao, las mujeres tenían permiso para matricularse, sí, pero solo en los estudios de dibujo, adorno y corte de vestidos; en geometría, construcción y electricidad estaban completamente vetadas. Para las mujeres que no tenían ninguna formación las cosas estaban aún peor: las crónicas de la época apuntan a que los trabajadores no cualificados de los astilleros apenas ganaban el salario de subsistencia, y sus compañeras, la mitad. 

La foto del primer amanecer del siglo XX revelaba una realidad bastante gris para las mujeres vascas: su esperanza de vida apenas rozaba los 35 años, tenían de media 4 hijos, y el 40% de ellos morían antes de alcanzar los 15 años. Las enfermedades infecciosas hacían estragos entre una población donde las condiciones higiénicas y sanitarias dejaban mucho que desear. Lo único bueno que puede decirse de esta situación es que solo podía mejorar. Y, en cierta manera, lo hizo. 

En 1910, a través de la Real Orden de Instrucción Pública, firmada por Alfonso XIII el 8 de marzo, las mujeres españolas entraron en la universidad de pleno derecho. No era la primera vez que una mujer pisaba un recinto universitario pero, por primera vez, podían hacerlo sin necesidad de obtener permisos especiales, sin tener que permanecer sentadas cerca del profesor, y sin tener que esperar a alguien las escoltara de un aula a otra para que no anduvieran sueltas por la universidad perturbando la paz de espíritu de sus compañeros varones. 

El siguiente gran hito llegó unos años después, en 1931, cuando las Cortes españolas, por fin, aprobaron el sufragio femenino. No deja de ser curioso que uno de los alegatos más encendidos contra el sufragio femenino en aquella sesión del 1 de octubre viniera, precisamente, de la mano de una mujer. Victoria Kent diputada del Partido Radical Socialista, sostuvo que las mujeres españolas no iban a entender los ideales de la República, que no tenían la formación necesaria, que sus mentes estaban en manos del clero y de los hombres y que, por lo tanto, era demasiado pronto para dejarles votar. Fue Clara Campoamor, diputada del Partido Republicano Radical, quien tuvo que recordarle todas las ocasiones en las que las mujeres habían luchado por los ideales de libertad y de igualdad y que, de facto, el número de hombres analfabetos en aquella España de la época superaba con creces al de mujeres. Alegó: “solo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deber ser los mismos para la mujer que para el hombre”. 

¿Dónde estamos hoy? Pues, aparentemente, hoy la mayor parte de la gente considera a la mujer como un ser humano, lo que no deja de ser un avance interesante. En gran parte del mundo las mujeres tenemos voto, tenemos acceso a la educación y vivimos en un entorno en el que la fuerza física no es determinante para nuestra supervivencia. También es una realidad que las mujeres apenas ocupamos jefaturas de estado (el 8% en el mundo) y que tenemos una presencia limitada en la alta dirección empresarial (apenas el 34% de los puestos tienen nombre de mujer). Por otro lado, en Euskadi, por primera vez en la historia, tenemos un Parlamento donde hay más mujeres que hombres, y las mujeres vascas tenemos la esperanza de vida más alta de Europa. 

Yo le llamo a esto la Gran Trampa de la Libertad

Si tienes educación superior, tienes un trabajo remunerado y tienes todos los derechos civiles, entonces lo tienes todo. Por tener, hasta tienes una carga heredada con la curiosa propiedad de ser invisible, pero con un peso enorme. La sientes, por ejemplo, cuando tienes que planificar un viaje de trabajo y, además de preparar las reuniones y la información necesaria para que tu empresa y tú brilléis, en paralelo tienes que planificar quién llevará a los niños al colegio por las mañanas, quién los recogerá, si habrá suficiente comida en la nevera para todos los días y quién le recordará a tu madre la cita del médico mientras estés fuera. Como madre de dos niños pequeños y aspirante a tener una carrera profesional plena podría escribir varias tesis doctorales sobre este tema, pero no lo haré. Dejaré que cada una de vosotras inserte en esta parte su propia experiencia. 

Mirar al pasado y asumir que ya lo hemos conseguido todo es la Gran Mentira a la que nos toca enfrentarnos ahora. Visibilizar las cargas invisibles y los techos de cristal para definir el camino que tenemos por delante hacia la igualdad plena. ¿Sabías que ningún país del mundo, ni siquiera los más avanzados, han alcanzado el objetivo de la igualdad total entre hombres y mujeres? De media estamos al 68%, y los que mejor lo hacen -los países del norte de Europa- apenas rozan el 80% del total.  En España se ha feminizado la pobreza y se ha masculinizado la recuperación económica. El pobre español es una mujer joven con estudios y con hijos. Una de cada dos personas que viven en hogares monoparentales está en riesgo de pobreza, y en el 85% de los casos esos hogares están encabezados por mujeres. El salario por hora para las mujeres es un 11% más bajo en jornada completa y un 15% más bajo en jornada partida. La tasa de pobreza de las mujeres de más de 65 años es 4 puntos porcentuales más alta que la de los hombres de la misma edad. 

Dicen que el mejor truco del diablo ha sido convencer al mundo de que no existe. Otro muy bueno ha sido convencernos a todas de que ya hemos alcanzado la igualdad con los hombres.

Para ganar esta batalla hay que ponerle cara -y números- a la Gran Mentira, hay que saber cómo combatirla y, sobre todo, hay que querer hacerlo. Y hablando de la libertad de elegir, dejadme acabar con una frase de Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austriaco, y autor del maravilloso ensayo “El Hombre en Busca de Sentido”: “entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestra capacidad de elegir la respuesta. Y en la respuesta residen nuestro crecimiento personal y nuestra libertad”.

Climaterio, hay que decirlo más

enero 28, 2020 en Miradas invitadas

May Serrano. Escritora, performer y casamentera. No soy acuario pero nado las olas del Cantábrico junto a las Orca María, surfeo La Quinta Ola y buceo en mí misma cada día. En este momento celebro mi climatérico por escrito con la publicación del libro «El Climaterio. Todo lo que sabes de la menopausia es mentira».

Empiezo sin preámbulos porque me urge. Necesito (por mí y por mis compañeras) que el climaterio se ponga en boca de todas y cada una de las personas que me rodean, en la vida real y en la virtual pero sobre todas las cosas necesito que el climaterio se haga revolucionario y mande al traste al algoritmo de Google. ¿Por qué tanta prisa? Les explico. Resulta que cuando eres mujer y rondas los 45 años años te empiezan a pasar “cosas” en tu ciclo menstrual. De repente, la regla se vuelve “impuntual” y te llevas unos sustos de muerte. Igual desaparece del mapa durante varios meses que viene cada 15 días. Vas a tu doctora de cabecera, te informa que “es normal a tu edad” y ya está. Te vas a casa con una sensación rara. Sabes que algo no va bien pero no tienes ni idea de lo que está pasando.

Piensas “menopausia” pero no, ¡no puede ser! todavía eres joven para eso ¿No está la media de edad en los cincuenta y pico? Así que no te queda otra que preguntar a san Google para encontrar las respuestas que no te da la medicina tradicional.

Los resultados son desoladores. En 42 segundos aparecen 7.960.000 resultados llenos de palabras tan “esperanzadoras” como:
  • Sofocos
  • Dolores articulares
  • Dolores musculares
  • Disminución de la capacidad de la vejiga
  • Piel frágil
  • Aumento del colesterol malo (por supuesto)
  • Enfermedades vasculares
  • Nerviosismo
  • Anorgasmia
  • Irritabilidad
  • Inestabilidad emocional
  • Osteoporosis
  • Sequedad vaginal
  • Disminución de la libido
  • Sudores nocturnos
  • Aumento de peso
  • Ansiedad
  • Insomnio continuado
  • Cambios de humor
  • Flacidez en la piel: entre el 20-25%.
  • Estrés
  • Fatiga
  • Sequedad ocular
  • Fracaso ovárico
  • Perdidas de orina
  • Perdidas de memoria a corto plazo: entre el 15-20%.
  • Picores
  • Perdida de autoestima
  • Cáncer de mama
  • Y, como no, depresión
Como comprenderán la ganas de vivir van desapareciendo a medida que lees tooooodo lo que supuestamente va a pasarte; dejas de ser fértil para volverte una pobre mujer hundida por todos estos síntomas. La primera vez que lo leí me lo creí a pies juntillas pero a medida que pasaban los días pensé: ¡es imposible que las mujeres estemos tan mal hechas!. ¡Aquí tiene que haber algo más! Y sí… efectivamente,encontré la explicación: el patriarcado. El machismo que impera en el día a día toma las riendas para negarnos una información sobre nuestros cuerpos, nuestra salud y una nueva etapa en nuestras vidas. Climaterio viene del griego y quiere decir “escalón”. El Climaterio es una etapa más de la vida de las mujeres, un escalón para pasar de la vida cíclica a la vida en continuo y dura entre 5 y 10 años. Sí, han leído bien. Entre CINCO Y DIEZ años. De la misma manera que existe la adolescencia con su menarquia (primera regla) existe el climaterio y su menopausia (última menstruación). Pero no solamente nos roban el nombre sino que también nos niegan la posibilidad de vivirlo con total plenitud. Contar nuestros días en base a nuestra fertilidad (premenopausia, postmenopausia) nos impide disfrutar de todo lo bueno que nos trae el climaterio. Sí, lo han leído bien: “Todo lo bueno que nos trae el climaterio” créanme cuando digo que es una oportunidad de oro para ser nosotras mismas, poner los límites y avanzar en la dirección que nosotras decidamos. Mucha sabiduría junta gracias a la revolución hormonal. Y es en este punto cuando les invito a buscar información, googlear climaterio, contad todo lo que nos está pasando en nuestros cuerpos y enloquecer al algoritmo para que cuando hable de lo que nos pasa a las mujeres de más de 45 años en síntomas ponga bien clarito “son más felices y fuertes que nunca”.

Somos más de 50

enero 14, 2020 en Miradas invitadas

María Jesús Pérez Ladrón (@perezladron). Soy diseñadora gráfica. Desde que estudiaba BBAA me di cuenta de que quería que lo que hiciera tuviera una finalidad, que sirviera para algo en concreto, por eso me especialicé en diseño. Con la fotografía siento lo mismo. Quiero que sea algo más que reflejar imágenes, que sirva para transmitir, en este caso una imagen positiva de las mujeres de 50 años y de todas la mujeres en general.

Con los 50 años ya cumplidos tuve ocasión de participar en un networking de mujeres con diferentes profesiones. Entre ellas había una mujer, que como en mi caso, era diseñadora y tenía un estudio de diseño y comunicación. Mi idea, seguramente inocente, era encontrar el momento para compartir y contrastar experiencias con ella. Su negocio era incipiente, yo llevaba muchos años en el gremio y pensé que por lo menos por mi parte podría aprender algo más de alguien más joven. Relaciones intergeneracionales creo que se llama.

Cuando llegó el momento en el que cada una debíamos presentar nuestra empresa, ella dijo: “…somos una empresa en la que solo trabajamos mujeres y además somos jóvenes, no llegamos a los 35 años…”. Tengo que reconocer que la respuesta me afectó. ¿De qué puedo hablar con alguien que debe pensar que tener 50 años es horrible y que una mujer de mi edad restaría valor a su empresa? Me sentí como Kathy Bates en la película “Tomates verdes fritos”, cuando dos chicas jóvenes más rápidas le arrebatan la plaza de aparcamiento. En mi turno no fui capaz de responder contundentemente como Kathy. Pude haber hablado de mi experiencia, de que entiendo a los clientes como nadie y que llevo con algunos de ellos más 20 años, que mi empresa pasó por una crisis mundial y que sigo aquí. Pero me limité a decir el nombre de mi empresa y mi profesión.

A los 45 años se nos considera fuera del mercado laboral y a los 50 es prácticamente imposible encontrar un trabajo por cuenta ajena. ¿No estamos capacitadas? Si tienes tu propia empresa o eres autónoma eres capaz de trabajar tanto o más, de estar formándote continuamente y de asumir responsabilidades. Para trabajos precarios, o para ayudar económicamente a tus hijos en paro o para cuidar de tus mayores, para eso estamos en la edad ideal.

La longevidad en teoría es un triunfo de nuestra sociedad, pero puede ser un peso más en nuestras vidas si no sabemos gestionarlo. Dicen que los 40 son los nuevos 30 y los 50 los nuevos 40 y así sucesivamente. ¿Tenemos que estar desde los 45 pensando que somos mayores y con la obligación de aparentar como mínimo 10 años menos? ¿Así hasta los 100 años? ¡Que pereza!

Si preguntamos a niñas/os, jóvenes, hombres e incluso mujeres sobre la «imagen» que tienen de una mujer de 50 años, probablemente en un primer momento se centrarán en el aspecto físico, se valorará positivamente si parece más joven, no en cambio si «se le nota» su verdadera edad. No se consideran dentro de este concepto la experiencia, las capacidades u otros muchos valores que conforman su imagen personal y profesional. La buena noticia es que cuando conocemos a otras mujeres de 50 años comprobamos que, en general, lo que nos interesa, lo que nos preocupa y lo que vivimos en este momento es muy diferente a la visión deformada y parcial que se nos impone como colectivo.

Pero es cierto que en mayor o menor medida nos afecta. Además de otras circunstancias, uno de los invisibles frenos a las expectativas de las mujeres es nuestra imagen en la sociedad, que determina en gran parte, la imagen que tenemos de nosotras mismas aunque no seamos conscientes de ello. En una sociedad donde se valora sobre todo la juventud y en la que los medios de comunicación, el cine, la televisión, muestran imágenes estereotipadas de las mujeres, es patente la ausencia de una imagen más diversa y más real.

Las que ahora vivimos los 50 fuimos las primeras en disfrutar de avances sociales que no tuvieron nuestras predecesoras. Ya estaba generalizado acceso a la formación universitaria de las mujeres, tuvimos acceso al control de la natalidad, en general tuvimos más fácil enfrentarnos a las convenciones. Quizás sea nuestra generación el grupo de edad con más diversidad de trayectorias vitales respecto a décadas anteriores. Siendo las mujeres el 50% de la población y teniendo en cuenta que tomamos el 70% de las decisiones de compra, el sector comercial debería dejar de centrarse solo en la juventud y la perfección, dejar de vendernos cremas milagrosas que a estas alturas ya sabemos que no funcionan y trabajar también con perfiles que tengan más que ver con nuestra realidad.

El proyecto “SOMOS MÁS DE 50”

Tuve la oportunidad de participar en el programa Andrekintzailea que se celebra cada año (dirigido a mujeres empresarias, coordinado por Bilbao Metropoli-30 y con la colaboración de la Asociación de Mujeres Empresarias y Directivas de Bizkaia, AED, y de la Asociación EmakumeEkin). En el transcurso del programa compartimos experiencias un grupo de mujeres emprendedoras y empresarias muy diferentes entre nosotras: con empresas de diferentes sectores, grandes o pequeñas, con formación o sin ella, con o sin hijos/as, y de distintas edades. Aprendimos muchas cosas pero para mí, y creo que también para mis compañeras, lo más importante ha sido compartir un espacio entre mujeres que no nos conocíamos, fuera de nuestros grupos de referencia: familia, amigas/os, trabajo, que nos ha permitido crecer, compartir, colaborar, y reinventarnos dejando fuera todo los que nos condiciona. Esta relación tan sana y fructífera la seguimos manteniendo. Nos acompañamos, compartimos experiencias y crecemos personal y profesionalmente.

En este ambiente propicio nació el proyecto “Somos más de 50” destinado a dar visibilidad a las mujeres de cincuenta años o más, utilizando para ello la fotografía artística. Queremos contribuir a reconstruir el concepto “mujeres de cincuenta años” a través del retrato, jugando a contemplarnos desde otro punto de vista diferente que nos sorprenda a nosotras mismas y que en las demás personas despierte una nueva visión de las mujeres de esta edad.

Estas fotografías tienen el fin de mostrar y compartir nuestra propia versión sobre nuestra imagen. Queremos contemplarnos en un espejo que no esté contaminado y que refleje valores positivos que contrarresten los negativos a los que estamos expuestas. Esto significa que no lo hacemos solo para nosotras, al contrario, queremos hacernos visibles, compartir con la sociedad, servir de referencia a mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

Las fotografías, además de una breve descripción sobre cada mujer y su profesión, se publicarán en Internet, redes sociales y se difundirán por diferentes medios.

Queremos que a las mujeres participantes les sirvan para:

  • Mirarse desde otro punto de vista.
  • Ser protagonistas, orgullosas de quiénes son y de lo que son.
  • Contribuir a ofrecer una imagen positiva de las mujeres en general.
  • Potenciar su imagen y su profesión de una manera original.

El gran momento

Es cierto que los cincuenta puede ser un momento vital intenso para las mujeres en el que confluyen varias circunstancias incluso a nivel biológico, pero también supone una liberación.
Ya somos mayores y podemos hacer lo que queramos, vivir intensamente y aprovechar cada instante, pero esta vez, con experiencia, madurez y toda la seguridad en nosotras mismas que hemos podido acumular en estos años. Las personas en diferentes fases vitales, aunque no tengamos los mismos intereses y expectativas, buscamos sentirnos motivadas, queremos tener la sensación de que lo que hacemos merece la pena y que nuestras acciones tengan un impacto positivo en la sociedad. Éste puede llegar a ser uno de los mejores momentos de nuestra vida.

El proyecto “Somos más de 50” va creciendo lento pero seguro, gracias a la participación de las mujeres de 50 años o más que ya se han retratado y las que lo van ha hacer en los próximos meses.
Quiero agradecer a todas su colaboración y a otras mujeres, más jóvenes y más mayores, que nos acompañan y nos animan.

www.somosmasde50.com

De la paridad numérica a la paridad sustantiva

diciembre 3, 2019 en Miradas invitadas

Martha Tagle, @MarthaTagle.

Soy feminista y politóloga comprometida con la defensa de los derechos humanos de las mujeres, la no violencia, la democracia, el combate a la corrupción y la impunidad. He participado como conferencista a nivel nacional e internacional como especialista en género.

Como fundadora de Movimiento Ciudadano, en México, he ocupado diferentes cargos al interior del partido y actualmente soy diputada federal en la LXIV Legislatura donde –como lo he hecho en otros espacios– impulso la agenda de la sociedad civil.

 

Por primera vez, ambas cámaras del Congreso de la Unión mexicano están conformadas prácticamente de manera paritaria. Es decir, casi el cincuenta por ciento de los escaños están ocupados por mujeres. Sin embargo, debe señalarse que este escenario es el resultado tangible de un movimiento que por más de 25 años ha trabajado incansablemente por incluir –en un primer momento– las llamadas cuotas de género (medidas de acción afirmativa) y posteriormente, el reconocimiento de la paridad a nivel constitucional y su implementación en todos los órdenes y niveles de gobierno en México (2019).

Nuestro país se ha colocado en el cuarto lugar a nivel internacional con mayor número de legisladoras. Solo por debajo de Rwanda (61.3%), Cuba (53.2%) y Bolivia (53.1%). Otro aspecto para destacar es que la Cámara de Diputados y el Senado de la República actualmente tienen a una mujer presidiendo sus mesas directivas, sentando un importante precedente para el ejercicio de los derechos político-electorales de las mexicanas y abriendo mayores posibilidades para impulsar una agenda incluyente e igualitaria.

Pese a que estos datos brindan gran aliento, la realidad es que las mujeres en el espacio político (como en muchos otros) todavía distan de ejercer plenamente el poder –en toda la extensión de la palabra–. Un ejemplo, en la Cámara de Diputados a pesar de que 48.2% de los escaños están ocupados por legisladoras, solo uno de los ocho grupos parlamentarios tiene una mujer a la cabeza. Al tiempo de que de las 46 comisiones ordinarias que enmarcan el trabajo legislativo, únicamente 19 están presididas por mujeres.

Por esta y otras razones, la paridad numérica no ha logrado traducirse en paridad sustantiva que permita avanzar en la calidad de vida de las y los mexicanos, ni tampoco en la transformación del quehacer político. El reto radica en cómo convertir –y aprovechar– la creciente participación política de las mujeres y su intervención en la toma de decisiones de los asuntos públicos del país.

Sobre este último punto: que haya más mujeres en espacios de decisión puede –por no decir debe– modificar de manera sustancial las reglas que históricamente han caracterizado el ámbito político. Estas lógicas masculinas –reglas escritas y no escritas– son las que han dado forma a ciertas estructuras androcéntricas, entre ellas los partidos políticos, y las responsables de perpetuar las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, entre los considerados “propietarios” de estos espacios y las consideradas “intrusas” o “ajenas” al proceder político y la toma de decisiones.

Por ello, el reconocimiento de la paridad de género como un principio de nuestra democracia no debe traducirse únicamente en un mayor número de legisladoras, alcaldesas, regidoras o síndicas; por decir algunos cargos. Este principio debe transformar radicalmente la forma en que se toman las decisiones. Por citar un ejemplo, resulta fundamental evitar –en la medida de lo posible– que los horarios en los que las y los legisladores deben sesionar se extiendan a altas horas de la noche.

¿Por qué? Porque esto permitiría –al igual que para cualquier persona trabajadora– contar con las condiciones necesarias para realizar una verdadera conciliación laboral-familiar, lo que se traduce en mayor rendimiento en el espacio de trabajo y una mejor distribución de las tareas en los hogares. Por ende, familias más felices y sin el pesar que produce tratar de compaginar estos dos ámbitos. Considerando además lo que ocurre con las y los legisladores que todas las semanas deben trasladarse desde sus estados hacia la Ciudad de México –y viceversa– para continuar con sus tareas y estar con sus familias.

Otros ejemplos. El reconocimiento de licencias de maternidad (y paternidad) para las legisladoras, el establecimiento de una sala de lactancia, el recorte de ciertos gastos que, además de poder destinarlos en otras labores, contribuyan al cuidado del medio ambiente. En fin, como estas, podríamos comenzar a generar los diálogos necesarios que ayuden a implementar diversas acciones que modifiquen este tipo de lógicas obsoletas que permean el ámbito de la política.

De hacerlo, la llamada “legislatura de la paridad de género” trascenderá no únicamente por haber tenido la mitad de los espacios ocupados por mujeres. Sino por su capacidad y compromiso por transformar la política y, con ello, la vida de todas y todos. Como bien ha reivindicado Marcela Lagarde, “por la vida y la libertad de las mujeres” trabajemos para que la paridad sustantiva sea una realidad.

 

 

La movilización feminista: oportunidad para la cohesión social

noviembre 19, 2019 en Miradas invitadas

Paul Ríos (@PaulRios) – Nací en 1974 en Algorta. Estudié derecho pero nunca he sido abogado. Durante casi toda mi vida adulta he estado dedicado plenamente a la tarea de aportar a la paz y a la convivencia en Euskadi. Tras terminar mi etapa de director de Lokarri he abierto el foco, estudié un máster universitario en Derechos Humanos y participo en distintos proyectos que tienen como objetivo el desarrollo humano sostenible. Así, hago parte de Agirre Lehendakaria Center, donde, entre otras cosas, he aprendido que la desigualdad está detrás de muchos de los grandes problemas que azotan al mundo.

Foto: Zuzeu

 

La desigualdad es uno de lo mayores retos a los que nos enfrentamos. Según Naciones Unidas, “el 10 por ciento más rico de la población se queda hasta con el 40 por ciento del ingreso mundial total, mientras que el 10 por ciento más pobre obtiene solo entre el 2 y el 7 por ciento del ingreso total”. Lejos de reducirse la brecha entre los más ricos y los más pobres, año tras año sigue aumentando. Los informes de Intermon Oxfam sostienen que en 2018 “26 personas poseían la misma riqueza que los 3800 millones de personas más pobres del mundo” y que desde el año 2010, la riqueza de esta élite económica ha crecido en un promedio del 13% al año; seis veces más rápido que los salarios de las personas trabajadoras que apenas han aumentado un promedio anual del 2%”.

Combatir la desigualdad se ha convertido en un gran reto de escala planetaria. De hecho, Naciones Unidas ha situado entre sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) el objetivo de reducir las desigualdades para el año 2030. Hay mucho en juego. La desigualdad y la pobreza, además de limitar la capacidad de desarrollo de las personas, siendo un gran obstáculo para que desarrollen un proyecto de vida pleno e ilusionante, son fuente de conflictos y de problemas sociales. Y si con este argumento no es suficiente, incluso el informe anual del World Economic Forum señala que la desigualdad sigue siendo vista como un importante riesgo para la economía mundial porque “erosiona el tejido social de un país de una manera económicamente perjudicial: a medida que disminuyen la cohesión y la confianza, es probable que se produzcan resultados económicos adversos”.

No es una realidad lejana. En nuestro entorno también crece la desigualdad. Es cierto que Euskadi se encuentra en una situación mejor que los países del sur de Europa, pero el coeficiente Gini de la CAV se ha incrementado en 2018. Y nos alejamos de los países más avanzados socialmente de Europa.

La desigualdad tiene, además, nombre de mujer. A nivel mundial, las mujeres ganan solo 77 centavos por cada dólar que ganan los hombres haciendo el mismo trabajo. En Euskadi, la renta personal media de las mujeres en 2014 se situó en 14.711 €, a casi 10.000€ de diferencia de la renta media personal de los hombres. Y En 2016, los hogares encabezados por mujeres llegan a concentrar un 49,7% de todos los casos de pobreza real.

Esta es la dura realidad de la desigualdad. Un panorama lleno de dificultades y que no mejora con el paso de los años, o lo hace de una manera demasiado lenta. Ahora bien, no todo son obstáculos. Durante muchos años he participado en organizaciones sociales y creo no equivocarme al identificar el movimiento ciudadano que mayor ilusión, esperanza y activismo genera en los últimos tiempos: el movimiento feminista y por la igualdad de género. Las manifestaciones y actividades en torno al 8 de marzo y en denuncia de los asesinatos machistas muestran la existencia de un importante movimiento que se caracteriza por su vitalidad, capacidad de convocatoria y transversalidad. Tiene además características propias, herederas de los principios feministas, como la horizontalidad, el poder distribuido y la capacidad de inclusión. E incluso, por qué no decirlo, formas de actuación muy diferentes a los tradicionales movimientos sociales (donde la presencia masculina en los centros de decisión era predominante).

Es un movimiento que viene, además, cargado de esperanza en el futuro. Y no parece ser un movimiento pasajero, sino con vocación de continuar con sus reivindicaciones mientras no se dé una genuina igualdad y los derechos de las mujeres sean efectivamente respetados.

Y todas esas mujeres, de todas las edades y condición, que participan en este movimiento representan también la mayor oportunidad para movilizar a la sociedad contra la desigualdad. Con los datos anteriormente ofrecidos se puede inferir que terminar con la desigualdad de las mujeres, que son precisamente aquellas que más la sufren, supondría un avance notable para avanzar en el objetivo de construir un mundo más igualitario y alejado de la pobreza. Como afirmó el presidente de FAO, “las evidencias muestran que cuando las mujeres cuentan con oportunidades, los rendimientos en sus explotaciones aumentan y también sus ingresos. Los recursos naturales se gestionan mejor. Mejora la nutrición. Y los medios de subsistencia están más protegidos”.

Así que, a modo de conclusión, considero que el movimiento feminista es la principal palanca de cambio con la que contamos para conseguir la igualdad. Por supuesto, bastante tiene con reclamar la igualdad de género, pero, con la mirada puesta más allá, no me cabe duda de que su impulso y capacidad de movilización puede redundar en un beneficio aún mayor para todos y todas, para el conjunto de la sociedad, en forma de más igualdad y más cohesión social. Por ello, la movilización feminista debe ser cuidada y respetada, escuchada y apoyada, pero, sobre todo, debe tener la ocasión de poder aplicar sus recomendaciones y recetas para conseguir un mundo mejor.

La Pared Vacía

noviembre 5, 2019 en Miradas invitadas

Marta Marne (@Atram_sinprisa). León (1979). Estudié Historia del Arte, Biblioteconomía y Documentación. En 2011 nació Leer sin prisa, un blog sobre literatura generalista que fue tiñéndose de negro. A lo largo de estos años he colaborado con la revista Fiat Lux y con Culturamas. He sido la jefa de prensa del festival de Las Casas Ahorcadas de Cuenca durante tres años y su CM durante uno. Actualmente trabajo para El Periódico de Cataluña como crítica literaria y en septiembre de 2019 he creado una nueva página web especializada en creadoras de ficción y no ficción negro-criminal llamada La Pared Vacía.

 

El 26 de marzo de 2016 la organización de la Semana Negra de Gijón anunció en una rueda de prensa los escritores nominados a sus premios. Cada año suelo publicar dicha lista en mi blog Leer sin prisa y aquel año, tras compartirla en redes sociales, tuvo que ser el escritor Toni Hill quien me hiciese ver que entre las dieciocho personas que optaban a alguno de los premios no había ni una sola mujer. En aquel momento estaba emocionada porque en la lista aparecían varias novelas que había apoyado con mis reseñas y que esperaba ver nominadas. Pero eso no es excusa: estaba tan acostumbrada a este tipo de conductas dentro del mundo de la literatura de género negro que no me di ni cuenta.

En ese mismo momento me volví hacia mis estanterías. ¿Cuántas obras escritas por mujeres había leído yo durante el año anterior? La lista era muy corta, tan corta como escasas eran dichas obras sobre mis baldas. Mi manera de escoger lecturas por aquel entonces venía determinada sobre todo por las novedades editoriales y los autores que iba descubriendo en las distintas semanas y festivales negros que inundan nuestro país, a los que asisten mayoritariamente hombres.

Ese día supuso un punto de inflexión para mí como lectora. Empecé a fijarme mucho más en las escritoras cuando veía una en mi librería de cabecera y no dejaba de buscarlas en los boletines que publicaban las editoriales. En las entrevistas en la radio, en podcasts, en reseñas de blogs, sí, había siempre dos o tres muy mediáticas, pero el resto apenas eran citadas.

A lo largo de estos tres años he invertido muchas horas en conocer a autoras contemporáneas y rastrear a autoras clásicas. Y clásicas las hay, incluso traducidas. Me he hecho con una pequeña biblioteca con nombres como Vera Caspary, Margaret Millar, Leslie Ford, Anne Hocking, Hellen Reilly, Frances Crane, Margaret Scherf, Charlotte Armstrong, Dail Ambler o Sara Paretsky, entre otras.

A lo largo de estos años he vivido momentos en los que he sufrido discriminación más o menos directa en este mundillo. Y eso que me considero una privilegiada porque sé que son varios los que respetan y valoran mi criterio. Pero el detonante ha venido al escuchar las anécdotas de situaciones que varias autoras de nuestro país han tenido que sufrir cuando han asistido a festivales negro-criminales. Todo este cúmulo de circunstancias me ha llevado a la conclusión de que a muchas de ellas no se las ve, no se las lee porque no consiguen la visibilidad que alcanzan sus compañeros. Así que decidí crear una especie de habitación propia para ellas, un pequeño espacio virtual que tan solo busca que no tengan que competir por un rinconcito. Y lo he llamado La Pared Vacía. La gran mayoría de las webs de género negro, los festivales y sobre todo los premios se olvidan de ellas una y otra vez. Y en muchas ocasiones es tan solo debido a que el número de novelas escritas por hombres y el de escritas por mujeres de quienes seleccionan y nominan no se acercan ni de lejos a un 50-50.

¿Se publica a más escritores que escritoras de género? Sí, yo diría que sí. ¿Se lee en función de ese porcentaje? No, estoy convencida de que no. Por supuesto, hay espacios en los que sí podemos encontrar un reparto más igualitario y varios autores ya se acuerdan de ellas cuando les piden recomendaciones de libros. Pero en veintidós años tan solo una mujer ha ganado el Dashiell Hammett, uno de los premios más valorados dentro del género en este país. Algunos festivales siguen invitando tan solo a un porcentaje mínimo de autoras a sus mesas, algo que repercute no solo en que las conozcan los asistentes, sino en su presencia en la prensa. Y si se las invita, es para colocarlas en mesas de forma aislada para hablar de cómo ellas abordan la novela negra. Como si lo que escriben ellas fuera un subgénero, “obras escritas por mujeres y para mujeres” o algo así. Y no son pocos los que siguen pensando que lo que escriben las mujeres no cabe dentro del género, tan solo porque no se adapta a unos cánones que se establecieron (al parecer de manera inamovible) por hombres hace cerca de cien años.

Somos lo que miramos

octubre 22, 2019 en Miradas invitadas

Braulio Gómez Fortes: Soy Doctor en Ciencias Políticas y Sociología.

A veces me hago preguntas sobre problemas políticos y sociales y consigo financiación para encontrar respuestas. Lo que suelo encontrar son más preguntas. Aprendo encontrándome con diferentes. Orgulloso de formar parte del Rabba Rabba Girl.


Mirar bien ayuda a cambiar lo que está mal. Unas veces mirar bien está relacionado con posar la mirada en el sitio adecuado. Otras, con utilizar las gafas con la graduación precisa para que no se te escape la letra más pequeña de la realidad. Si miras porque te interesa cambiar lo que está mal, estarás contemplando ese traslado colectivo que están protagonizando las mujeres y que resumía tan bien Pilar Kaltzada en un lúcido ensayo en formato mini publicado en este espacio temático de las miradas. Es un movimiento masivo hacia espacios de la esfera pública y privada donde los recursos y la libertad de decidir eran hasta hace diez minutos cosa de hombres. Y las candidatas habituales a quedarse fuera de este incipiente y justo éxodo hacia una vida mejor vuelven a ser las que no tienen recursos económicos. Otra vez con la maldita clase social. Qué pesadez. Pero es que también la pobreza es más femenina que masculina.

La recién premiada con el nobel de economía, la francesa Esther Duflo, sabe mucho de pobreza y de mirar bien.  Ella ha roto las barreras académicas para poder avanzar en los mecanismos que se pueden activar para luchar contra la pobreza a través de un contacto directo y profundo con las afectadas. La última premio nobel de economía mira a la pobreza porque le duele y cree que se puede corregir. En su último libro, publicado recientemente en castellano, Esther Duflo analiza de forma hiperrealista el modo de organizar su propia vida que tienen personas sin recursos. Se acerca a la gente que cuenta con menos de un euro al día para sacar adelante su proyecto vital. Y destaca cómo la educación es uno de los factores que ayudan más a salir de la pobreza y, al mismo tiempo, la imposibilidad de gestionar adecuadamente la educación de tus hijos sin recursos.  Muchas familias se ven condenadas a concentrar sus recursos en uno solo de sus hijos y lo habitual es que no sea una mujer la elegida para salir de la pobreza.

Somos lo que miramos.  Por ejemplo, unos miran el fraude, residual, de la Renta de Garantía de Ingresos y otras se fijan en la feminización, real, de la pobreza en Euskadi. Siempre me ha llamado la atención la naturalidad con la que se asume que el complemento por monoparentalidad de la RGI este monopolizado casi en exclusiva por las mujeres. El 95% de las personas que lo piden son madres que no tienen los recursos suficientes para poder sacar adelante por sí solas a sus hijos. Tan solo el 5% son padres con hijos a su cargo que tienen que activar esta ayuda. Los hogares cuya persona de referencia es una mujer tiene significativamente más probabilidades de caer en la exclusión social que aquellos hogares con un único cabeza de familia masculino.

El reparto asimétrico de los recursos económicos permite mantener esta situación de desigualdad respecto a las mujeres. El dinero da seguridad y poder y ayuda a florecer esos hiperliderazgos masculinos de los que hablaba Eva Silván y que utilizan sus recursos conquistados en una carrera desigual de partida  para afianzar sus posiciones, controlar el acceso a sus cotos de poder y  proteger sus privilegios evitando en lo posible compartir sus espacios. Una de las, malas, explicaciones de por qué las mujeres no llegan con facilidad a la actividad política era que se pensaba que la política no iba con ellas. Durante muchos años se ha llamado la atención sobre la falta de interés por la política de las mujeres en relación a los hombres.

Eso decían los que miraban de forma equivocada y con herramientas científicas defectuosas. Tuvieron que venir politólogas de la talla de Mónica Ferrín,Marta Fraile o Gema Garcia-Albacete a mirar mejor, a mirar con otras gafas y con otras herramientas porque se estaba preguntando mal hasta que llegaron ellas. Se estaba llamando política a lo que interpretan los hombres como política. Con su estudio, llevando las gafas adecuadas y mirando dónde hay que mirar demuestran que las mujeres se preocupan tanto o más por la política que los hombres. Lo que sucede es que llaman política a otra cosa. Las políticas sociales, incluida la lucha contra la desigualdad y la pobreza, son las que marcan la agenda política de las mujeres. También la sanidad, la educación y el cuidado de mayores y niños. La política como algo concreto. Y por eso el desbordamiento que han producido sus últimas manifestaciones del 8 de marzo han chocado con la tradicional idea masculina de entender la política.  La lucha contra la pobreza es política como bien sabía Esther Duflo y la mayoría de las mujeres a las que se atribuía equivocadamente un desinterés por la política.

Creo que en el campo de la investigación ya no solo nos corresponde poner nuestra mirada en los problemas que sean más necesarios y urgentes solucionar por criterios de justicia o éticos. También hay que perder el miedo a cuestionarse herramientas e instrumentos de medición que han estado monopolizados por la mirada masculina, con todas sus limitaciones. Por ejemplo, si nos preocupa la pobreza y su feminización habrá que escuchar mucho más a las mujeres e  invertir en incorporar más miradas femeninas al espacio científico y político donde se construyen soluciones para erradicar la pobreza. Y ya sabemos que las mujeres quieren estar ahí.

 

El teatro: un espacio para la transgresión de lo real

octubre 8, 2019 en Miradas invitadas

María San Miguel (Valladolid, 1985) @MariTriniSanMig. Soy creadora y actriz. Licenciada en Periodismo y Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, donde comencé a estudiar teatro con mi maestro Domingo Ortega. Estoy formada en la escuela de María del Mar Navarro y he estudiado y trabajado con diversos profesionales nacionales e internacionales de las artes escénicas. En 2009 fundé Proyecto 43-2, compañía de teatro documental en la que produzco, escribo y actúo. El teatro me parece una de las armas más poderosas de transformación política. Me interesa mucho llevar a escena las violencias y los márgenes que conforman nuestra sociedad.

Foto: Luis Gaspar

 

 

Las mujeres estamos faltas de referentes.

El patriarcado nos ha señalado un camino en el que los ejemplos de acción, carácter, éxito y formas de estar en el mundo están encarnados por hombres.

Yo misma he admirado (y admiro) a muchos hombres a quienes he tenido (y tengo) como modelos a seguir.

De hecho, he idealizado a muchísimos de ellos, lo que ha resultado ser catastrófico para mis relaciones sentimentales, pero también para mi autoestima y el valor que me otorgo a mí misma en el ámbito personal y profesional.

El acercamiento a la teoría feminista que llevo realizando desde hace ya algunos años y la fuerza con la que ha llegado (espero que para quedarse) esta cuarta ola me está haciendo despertar y ser consciente de todos los mandatos que afectan tanto a nuestra vida privada como a nuestra proyección pública.

Aún así, no consigo desprenderme del síndrome de la impostora ni dejo de exigirme una perfección y una capacidad de trabajo infinitamente más rígidas que las que (estoy segura) desarrolla cualquier hombre sobre sí mismo.

Hace diez años fundé mi compañía, pero no ha sido hasta prácticamente antes de ayer cuando me he dado cuenta de que, efectivamente, yo soy la mujer que lidera el proyecto. Que tengo derecho a equivocarme, a fracasar, pero que también los logros que hemos conseguido hasta ahora se deben a mi esfuerzo, a mi capacidad creativa y de gestión y a la relación generada para con el resto del equipo.

Durante estos años he tenido que luchar contra la falta de credibilidad (una mujer joven liderando un proyecto), contra las trabas que me he encontrado en reuniones y encuentros e incluso con los obstáculos que me han puesto algunos de los colaboradores que han trabajado en la compañía.

Pero, sobre todo, he tenido que combatir contra el juicio constante al que me he sometido (y sigo sometiéndome) cada día.

Me atrevo a decir que he sido más dura conmigo misma que lo que lo han sido otros conmigo. Y eso que, en ocasiones, el trato que he recibido y las descalificaciones han sido terribles y me han afectado gravemente a mi crecimiento como actriz y como ser humano.

¿Por qué nos ocurre esto? ¿Por qué además de enfrentarnos a la desigualdad tenemos que luchar contra nosotras mismas?

Porque no tenemos referentes.

El patriarcado nos ha mostrado que nuestro lugar es otro. Es secundario. El poder, los privilegios y las capacidades son uso exclusivo de los hombres. Las mujeres somos frágiles, inseguras e incapaces para liderar con otras herramientas diferentes a las que habitualmente se utilizan.

Entonces pienso, ¿qué puedo hacer yo como creadora, además de reivindicar el lugar que me pertenece?

Puedo llevar a escena a mujeres que rompan los patrones de comportamiento con los que hemos sido educadas.

Mostrar otras realidades.

Visibilizar a mujeres que transgreden, que son sujetos activos con todas sus contradicciones, miedos y creencias.

Las creadoras tenemos la responsabilidad política de generar otras narrativas.

De llevar a escena a mujeres que rompan con lo establecido. Sin miedo a equivocarnos.

Es curioso, pero hace relativamente poco tiempo me di cuenta de que las mujeres que protagonizan Rescoldos de paz y violencia, la trilogía de teatro documental sobre la violencia en el País Vasco en la que he trabajado desde 2009, son los motores de los espectáculos.

Las mujeres realizan la transgresión utilizando los rasgos de carácter que tradicionalmente se han atribuido a nosotras (escucha, cuidados, empatía) para generar espacios de entendimiento, de resolución de conflictos. Ofrecen al Otro la posibilidad de hacer las cosas de otra manera.

Cuando empecé a escribir no era tan consciente como lo soy ahora de la importancia que supone crear personajes con perspectiva de género.

Supongo que la educación feminista y libre que me han dado mi madre y mi padre está estrechamente relacionada con esta forma de imaginar y representar en la escritura y en la escena.

Pero, sin duda, el carácter documental del proyecto, la fuerza de las mujeres a las que he entrevistado y que me han acompañado en todos estos años, ha sido definitivo para que sean ellas quienes verdaderamente protagonizan la trilogía. Son fuertes y sensibles. Son sujetos activos que muestran sin temor las contradicciones, silencios y dolores que las construyen.

Las palabras y la acción que representan estas mujeres son importantes, pero es esencial el cuerpo y la estética con la que se trabaja desde la escena.

Forma parte de la representación de las nuevas narrativas. Dar visibilidad a otros cuerpos. No solo tratando de romper con el canon fascista de la belleza (como dirían las protagonistas de Lectura Fácil de Cristina Morales) que nos ha impuesto el patriarcado, sino con la forma de ser, estar, moverse y de participar en la acción que tienen los personajes femeninos.

La imagen, al igual que la palabra, conforma nuevas realidades. Por eso también es importante romper el canon de representación tradicional de las mujeres desde la presencia escénica.

Foto: Gema Graciano

El próximo 14 de noviembre estrenamos en Barcelona El contrato de Carmen Resino, un texto inédito escrito en 1973 por la autora que decidió conservarlo en un cajón por los problemas que podía causarle sacarlo a la luz en ese momento.

La puesta en escena que dirijo es un encargo de Teatro de la Riada, una compañía creada por Alba Muñoz y Sonia Pérez, que quiere dar visibilidad a dramaturgas iberoamericanas que han sido (oh, sorpresa) invisibles a pesar de la calidad de sus propuestas.

Durante todo el proceso de creación y ensayos he(mos) tenido muy presente la responsabilidad de poner en escena otros cuerpos, otras posibilidades de representación.

Es un texto duro que muestra las violencias invisibles con las que las mujeres nos hemos acostumbrado a vivir y que, además, hemos adquirido como patrón cotidiano de comportamiento.

Nora y Jasica son dos mujeres que mantienen una relación indefinida y que buscan otra manera de estar en el mundo, sin embargo, caen todo el rato en la repetición e imitación de comportamientos aprendidos.

Aún así, intentan transgredir, con todo el cansancio y el miedo que produce a veces lo desconocido.

Nos parecía importante mostrar también esta parte de lo real y, al mismo tiempo, utilizar a Nora y Jasica para imaginar otra realidad posible.

Esta es la misión que tenemos por delante. Y es obligatoria.

Plasmarnos a nosotras y a las otras.

Elaborar nuevos referentes que nos faciliten el camino hacia la igualdad real. Con todas nuestras contradicciones.

Traer lo que hasta ahora ha sido el margen a la escena, para hacerlo presente, real y central.