Cuando tú eres la cuota

noviembre 7, 2017 en Miradas invitadas

Esti León (@EstiLeon) trabaja como responsable de proyectos en Innobasque, la Agencia Vasca de la Innovación. Algunos de los proyectos educativos que ha puesto en marcha son FIRST LEGO® League Euskadi, Cleantech now! o TrainINNLab. Forma parte del comité científico y organizativo del Premio Ada Byron a la mujer tecnóloga que promueve la Universidad de Deusto y ha colaborado en el lanzamiento de Inspira STEAM, un proyecto pionero para el fomento de las vocaciones tecnológicas entre las niñas.

 

—No hay mujeres en esta jornada —me dicen—, así que hemos pensado que participes tú.
—Ya. Vamos, que soy la cuota.
—Mujer, no lo mires así.
—¿Y cómo quieres que lo mire?
—Invitamos a varias mujeres, no te creas, pero ninguna aceptó. Bueno, ¿qué dices?
—No sé… Deja que lo piense y te digo algo.

Pido un par de días para tomar la decisión, pero la verdad es que solo intento ganar tiempo. Necesito que se me pase el enfado monumental que me ha provocado esa oferta tan poco sexy. ¿Quién quiere ser la cuota? ¿A quién le gusta ser invitada a participar en un evento por un motivo que nada tiene que ver con sus méritos?

Quiero dar una respuesta desde la reflexión, pero sigo irritada. Me retroalimento: si participo, me digo, voy a salvarles el culo. ¡La única manera de que aprendan es que sean linchados en Twitter! ¡Que les den! ¡Paso!

De momento gana el no.

Lo comento con tres personas de confianza: un hombre y dos mujeres. Las tres desmontan mis conclusiones con idénticos argumentos: “¡Qué bien, vas a tener la oportunidad de hablar de tu trabajo ante mucha gente!”, “¡Qué más da la cuota, piensa qué consigues si aceptas y qué pierdes si lo rechazas!”, “Siempre dices que las mujeres deberían aprovechar los foros profesionales para ganar visibilidad”. Y los tres acaban con la misma pregunta, retórica y lapidaria: “¿crees que un hombre diría que no a esta propuesta?”

Solo puedo darles la razón. Yo misma he repetido esos argumentos en muchas ocasiones. Creo en las cuotas como medida para romper los techos de cristal, las defiendo en privado y también públicamente, incluso formo parte de varios proyectos en favor de la igualdad.

Debería ganar el sí. Pero ahí estoy, en una tesitura que pone a prueba mis creencias. Porque todo es diferente cuando eres tú quien se ve reducida a una mera cuota. Me siento un instrumento para maquillar la desigualdad provocada por otras personas.

Al final, acepto.

Sin embargo, sigo teniendo sensaciones encontradas. Por un lado, me decepciona que la desigualdad persista en ciertos eventos, como conferencias o mesas redondas, porque es muy sencillo revertir esta situación. Basta con introducir el criterio de paridad en la búsqueda de ponentes. Al mismo tiempo, me alegra haber tomado esta decisión. Confío también en que sirva como incentivo para que otras mujeres acepten participar en eventos donde el resto de los ponentes son hombres. Las cuotas siguen siendo necesarias. También lo es que las mujeres ocupemos espacios de visibilidad.

Ni tengo ni quiero daros diez años más

octubre 24, 2017 en Miradas invitadas

Soy Adriana Azurmendi, hernaniarra que vive en Donostia. Estudié Ciencias Económicas y Empresariales en la ESTE (Deusto). Mi trayectoria profesional se ha centrado en ejercer, principalmente, como consultora estratégica, en distintas empresas consultoras, inicialmente en todo el estado y después más centrada en Gipuzkoa, apoyando a empresas muy diferentes en tamaño, sector de actividad o tipo de organización. Hoy día, gestiono y coordino el Programa Emekin (programa de apoyo al emprendizaje femenino de Diputación Foral de Gipuzkoa), en ASPEGI, la Asociación de Profesionales, Directivas y Empresarias de Gipuzkoa.

 

Leo el artículo “Hartas de Aplaudir” de María Pazos en Tribuna Feminista y vuelve la sensación de engaño. Hace un paralelismo entre dos situaciones, en ambas está patente la hipocresía con la que los gobiernos y demás organismos abanderan la igualdad de género.

Representantes de Arabia Saudí vanagloriándose en la ONU de permitir conducir a las mujeres en 2018; mujeres que siguen sin poder trabajar en entornos donde hay hombres, salir solas a la calle, tener cuentas corrientes o conducir sin burka, entre otras muchas prohibiciones. Una ONU que dice trabajar en pro de una igualdad de género, pero que no condena a países como el citado y hasta les permite pronunciarse en estos temas.

En una esfera más cercana, María Pazos comenta la decepción generada por el Pacto de Estado Contra la Violencia de Género que el Congreso acaba de aprobar, sin unanimidad, tras casi un año de espera,repasando algunas de las medidas contempladas en el mismo. Promover, impulsar, solicitar… son palabras que preceden la redacción de dichas medidas, algunas de las cuales, ya recogidas en otros planes que llevan en vigor más de 13 años,siguen incumpliéndose.

¿Promover? ¿Impulsar? ¿Solicitar?

Este año se cumplía el décimo aniversario de la Ley de Igualdad  (Ley Orgánica 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres). No ha habido mucho que celebrar, más bien lo contrario, dado que hay coincidencia casi total entre las y los analistas no sólo en su no cumplimiento, sino en la existencia de mayores desigualdades en algunos ámbitos. La sociedad no se ha transformado, 10 años después…

Promover, impulsar, solicitar… Cuando se utilizan estas palabras para enunciar medidas que pretenden corregir situaciones de desigualdad, discriminación e injusticia que afectan al 50% de la población es no querer cambiar las cosas, es querer seguir igual, es ser más que cómplice, es ser garante de que esas desigualdades, discriminaciones e injusticias se mantengan, se perpetúen y se lean en términos de mujeres muertas (45 llevamos en 2017), mujeres acosadas y violadas (una violada cada 8 horas), pobreza con rostro de mujer (1,4 millones de mujeres en edad laboral, el 32,2%, que están en situación de pobreza o exclusión social, y afecta principalmente a las jóvenes de entre 16 y 29 años) precariedad laboral y contratación parcial (73% contratos parciales mujeres), altísima brecha salarial (hasta 2187 no se reducirá la brecha salarial), carreras truncadas, pérdida de talento, y un largo etc.

Porque existen prohibir, sancionar, exigir, verbos que expresan una actitud más comprometida con el objetivo que se quiere lograr y que han obtenido grandes resultados en los últimos diez años en otras luchas que han transformado realmente la sociedad y sus espacios, desde el uso del alcohol o tabaco hasta el cuidado del medio ambiente, el reciclaje o la integración de personas con discapacidad.

Nos preguntamos ¿por qué no cuando el objetivo es la igualdad de género?y la respuesta es dura, muy dura:porque supone una pérdida y una ganancia de poder, y quienes hoy día disfrutan de mayores privilegios por tener más poder (fáctico y efectivo) son los hombres, y ellos, que son mayoría en gobiernos, cuadros directivos, propiedad del capital, idearios religiosos, o expresiones culturales y deportivas, no quieren ceder dicho poder.

Las mujeres llevamos años dando pasos de gigante, formándonos (superior nivel formativo en las mujeres por rango de edad salvo en la franja 55-64) y accediendo masivamente al mercado laboral, donde incluimos esos otros ámbitos de actividad profesional como deporte o la cultura. Luego, digamos que estamos preparadas para asumir el poder, diría de hecho que, de sobra, pues organizar, gestionar, crear, construir, ganar, y todo ello de forma multidimensional (trabajo, familia, comunidad), es algo que hacemos de forma natural.

En este contexto además, el 95% de los hombres declaran, según las encuestas, que están a favor de la igualdad de oportunidades. Diríamos entonces que sensibilizados están.

¿Qué nos para? Esa coletilla tan utilizada “es cultural, y eso cuesta cambiar…”. Digo yo que tan “cultural” como fumar en hospitales, conducir bajo los efectos del alcohol, tirar la basura a la calle o excluir socialmente a alguien por tener una discapacidad. Y si conseguimos revertir esos comportamientos con leyes y sensibilización, quizás con la desigualdad de género también lo consigamos. Quizás peco de ingenua (quien defiende ese “cultural” diría que es “propio” de mujeres), pero si…

  • Elevamos impuestos a toda empresa (en todos los sectores, industria, educación, sanidad, etc.) que no cumpla con cuadros directivos con un mínimo del 40% de mujeres.
  • Exigimos la publicación de salarios por género y, multamos a quien discrimine.
  • Retiramos todo libro de texto que no tenga perspectiva de género ni contenidos relativos a la desigualdad, y multamos a quien lo haya editado.
  • Obligamosa universidades, empresas y demás entidades públicas a promocionar y nombrar mujeres en cargos directivos.
  • Denegamos apoyo institucional, monetario o en especie a toda entidad que no se rija por la igualdad de oportunidades.
  • Sancionamos toda expresión pública (prensa, televisión, publicidad, etc.) o privada (difusión en Instagram, Facebook, WhatsApp) que suponga una apología de la violencia de género o la cultura del machismo.
  • Reconocemos mismos permisos parentales por nacimiento, con permisos obligatorios e intransferibles, y mismas ventajas, sin género, por cuidado de menores o dependientes.
  • Denegamos la patria potestad a quien haya incurrido en violencia de género, cualquiera que sea su representación.
  • Obligamos a realizar cursos de reeducación y socialización, además de la pena, a quien tenga conductas de acoso.
  • Apoyamos en igualdad, mismo dinero, difusión, presencia al deporte femenino y masculino, desde el deporte escolar al profesional.

Y muchas medidas más enunciadas con prohibir, sancionar y exigir, que, aplicadas con compromiso, medios y control, estoy segura de que lograrán milagros como:

  • La desaparición del humo en los hospitales.
  • Llenar las arcas con los impuestos al tabaco.
  • La convivencia natural con personas con discapacidad.
  • Ríos con peces, sin contaminación ni vertidos.
  • Los carnets con 15 puntos y menos víctimas mortales en las carreteras.

Y otras muchas, donde asegurar el cumplimiento de la ley, condujo a un cambio de costumbres, de actitudes preconcebidas y, en definitiva, generaron una transformación en la sociedad.

No os doy 10 años más para promover, impulsar, solicitar la igualdad de oportunidades, la quiero ya, más bien, os la exijo ya. Consiste en dejar de ser garante de la desigualdad y cómplice de cada injusticia y pasar a ser garante de una sociedad más igualitaria y justa.

Al parecer en el estado sólo hay una mujer por cada 5 deportistas profesionales, pero ganan la mayoría de las medallas. Digamos que queremos ser, al menos, la mitad y podríamos compartir medallas, pero en todo. Después, si queréis, hablamos de la meritocracia y talento, primero recordad: prohibir, sancionar y exigir.

 

Cuéntame, Belén…

octubre 10, 2017 en Miradas invitadas

Miren Elgarresta Larrabide (Zumarraga, 1965, @MirenElgarrresta). Estudié Veterinaria en Zaragoza y desempeñé esta maravillosa profesión en diferentes áreas durante casi 25 años. Ahora dirijo el Órgano para la Igualdad entre Mujeres y Hombres de la Diputación Foral de Gipuzkoa. Un giro radical en mi rumbo que llegó hace dos años y una de las decisiones más importantes en mi vida profesional. Desde entonces, hay algo que ya no es igual. Ahora miro el mundo con los mismos ojos, pero con otra mirada. Más igualitaria y con mayor afán de justicia social. Desde la política, también pueden cambiarse las cosas.

Hace unos meses recibí la invitación a participar en este blog. Desde entonces, me ha pesado la responsabilidad de entregar mi mirada-relato. Casi he agotado el tiempo de entrega. Varias veces se ha encendido el piloto de alarma en mi memoria, recordándome este reto. Durante todo este tiempo, varias ideas han intentado tomar forma y cuerpo, pero ninguna ha insistido tanto como el recuerdo de Belén.

Conocí a Belén en los primeros años de tránsito entre la dictadura y la democracia. Su vida era en apariencia una vida corriente, como la de cualquier familia de entonces, como la de la familia Alcántara de “Cuéntame cómo pasó”, donde se reproducía, no sin cierta nostalgia, el estereotipo de la familia en aquella época.

Bien, pues en este período conocí yo a Belén. Había dejado su Andalucía natal para llegar a Euskadi poco antes del inicio de los 80. Llegó casi con lo puesto, su marido y una prole de cinco hijos e hijas de corta edad; el sexto nació poco después. Como muchas otras familias inmigrantes, llegó a un barrio obrero con predominio de gente procedente de Zamora y Extremadura. Ella decía con orgullo, “yo soy Belén, de Palma del Río, provincia de Córdoba”.  La recuerdo con una permanente sonrisa que, sin embargo, poco tenía que ver con la lógica de la felicidad.

Belén ya no “es”. Murió pocos años después. Aparentemente, fue debido a una enfermedad a sus 44 años. Sin embargo, quienes conocimos su vida de cerca sabíamos bien que su historia se tejió -poco a poco, día a día- con los hilos de ese maltrato de la violencia de género. En aquel breve, pero intenso periodo, fuimos parte de la vida de Belén. Aunque, hace tiempo que comprendo ya que, en realidad, solo fuimos espectadores de cartón-piedra de su vida. Porque no supimos ver ni identificar signos tan evidentes, ni mucho menos denunciar la violencia que Belén sufría en el sagrado seno familiar. Y como ella, muchas otras mujeres de la época.

Nadie empleaba el término violencia de género entonces, pero todos -y, en especial, todas- sentíamos que algo se nos removía por dentro, que Belén no vivía. Que Belén sobrevivía cada día a un maltrato que, incluso sin nombre, producía un impacto brutal sobre el cimiento más fuerte. Un impacto que hacía temblar su dignidad como mujer. Sus derechos como persona.

Han cambiado mucho las cosas desde entonces; es evidente. Las mujeres somos hoy más autónomas, más libres… Tenemos más oportunidades para elegir y construir nuestro proyecto de vida, y tenemos competencias que son llave para nuestro empoderamiento. Pero seguimos sin resolver esta realidad social que hoy, todos y todas conocemos mejor. Hoy nos referimos a ella como violencia contra las mujeres y sabemos que su principal sustento son las desigualdades sociales y económicas entre mujeres y hombres. Ya no hay excusas.

Entendemos la igualdad como un derecho inherente al ser humano. Hoy por hoy, más del 95% de las personas de nuestra sociedad, mujeres y hombres, dice no entender una sociedad que discrimine por razón de sexo. Pero la realidad es tozuda. Se impone y nos interpela a diario con las evidentes diferencias entre mujeres, y con la violencia que día tras día nos sacude en el noticiario.

Hoy asumo un puesto de responsabilidad política e institucional. Me toca dirigir el Órgano para la Igualdad entre Mujeres y Hombres en Gipuzkoa. Supone un gran reto. Somos un territorio punta de lanza en políticas de igualdad, y por ello, no se nos escapa que las desigualdades de género que existen en nuestro territorio, requieren atención y acción urgentes. Somos una sociedad avanzada en lo económico, pero hay mucho que hacer todavía en lo que a justicia social se refiere.

La violencia contra las mujeres hoy se afronta en Gipuzkoa con un plan foral ad hoc. El objetivo de lo que denominamos plan AURRE! (“adelante”, en su traducción del euskera) es, de hecho, ambicioso en su generalidad: avanzar, mover a nuestra sociedad hacia adelante, porque queremos hacer de Gipuzkoa un territorio libre de violencia contra las mujeres. Y entre las muchas acciones que contempla, hay una que a menudo me trae a la cabeza a Belén.

Se trata de una campaña de sensibilización (Somos Tú / Denok Zu) que, precisamente, trata de trasladar a las mujeres maltratadas que estamos con ellas, que la sociedad de hoy día no es ni quiere ser espectadora de cartón-piedra. Que sabemos que podría sucederle a cualquiera. Que no están solas ni la responsabilidad es solo suya. También es nuestra. Porque cada vez que callamos ante una agresión, cada vez que miramos a otro lado bajo la excusa de que no nos concierne, somos responsables de lo que sucede. Y lo que sucede es absolutamente doloroso y terrible.

Esta campaña se articuló alrededor de una imagen, la de una mujer. Su rostro fue llevado, entre otras aplicaciones, a una careta que todos y todas pudiéramos colocarnos en señal de apoyo simbólico. Le dimos el nombre de Ane. Pero, bien podría haber sido Noelia, Rosa María, Matilde, Esther, o bien Ana Belén, la última mujer asesinada hasta la fecha en que termino este post. También tenía 44 años, como Belén, y era de Vitoria.

No queda duda de que es muchísimo lo que queda por hacer para enfrentar la violencia contra las mujeres. Desde muchos frentes, pero creo que hoy sí podríamos decirle a Belén, que se ha acercado desde algún lugar para decirme “cuéntame”, que estaría menos sola. Al menos, menos sola…

Me ha gustado contar tu historia, Belén, de Palma del Río, provincia de Córdoba.

Con-suma Violencia

septiembre 26, 2017 en Miradas invitadas

Erika Martínez Lizarraga (Gasteiz, 1985) Soy Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas. Después de andar dando tumbos, como tanta gente de mi generación, aterricé en una cooperativa energética verde en 2015 como responsable de comunicación. Con el corazón verde y las gafas violetas siempre puestas, intento cambiar lo que no me gusta desde el activismo social y político. Soy curiosa, siempre con un libro entre manos y pocas veces digo que no a una propuesta interesante. Me gusta viajar, pero no cambio una tarde de buenas películas al calor de la chimenea por nada.

 

Este verano saltaba por enésima vez la polémica por la imagen que sobre la mujer transmite una campaña publicitaria. En realidad, han sido varias las ocasiones en las que se han denunciado anuncios por el cosificar nuestros cuerpos, utilizarlos como reclamo etc… incluso desde la publicidad institucional. También me viene a la mente la camiseta de nuestra marca nacional más internacional de ropa de cuyo nombre no quiero acordarme en la que insinuaba que ser feminista es aburrido. Hasta aquí, lamentablemente nada nuevo bajo el sol. Pero la que a mi parecer es la más significativa es la de la marca de Ropa Kling, que crea escenas en las que mujeres parecen moribundas, sin energía. Todo comenzó con este artículo publicado en The Huffington Post

Fot. Yolanda Dominguez

 

Vivimos en una sociedad cuyo slogan podría ser Con-suma Violencia; Os invito a ir a algún hipermercado y que veáis cuántos productos podéis identificar que no pertenezcan a marcas que a su vez estén dentro de gigantes de la distribución con escándalos sobre explotación laboral, uso de productos nocivos para nuestra salud, contaminación y destrucción de la naturaleza, experimentación con animales.

 

Es un sistema feroz que en todas sus fases y en todos los sectores productivos se encarga de explotarnos, de impedirnos avanzar, de invisibilizarnos. Al igual que a la naturaleza, a las mujeres se nos somete y se nos utiliza para que soportemos el peso del capitalismo, que de otro modo no podría subsistir. Es lo que parece soportar la chica de la imagen.

Consume Violencia Mujer! Daña tu pelo con tintes, usa maquillaje con químicos que además no dejan respirar tu piel, usa tacones aunque te causen problemas de espalda, broncéate sin importarte poner en riesgo tu salud, haz mil dietas para la operación bikini y luego cómprate carísimos tratamientos inútiles porque las estrías son antiestéticas. Mención aparte merece la depilación: seguro que habéis visto en televisión ese spot en el que una chica no puede acudir a una fiesta en la playa porque no está depilada y en cambio a los hombres se les anima a probar la depilación para “estar más fresquitos”.

Pero mujer, no te olvides del hogar. También tienes que ser esa que busca lo mejor para su familia. Los mejores productos, excelente cocinera, costurera y encuentra-solución para todo. Mientras los unos hacen caja, nosotras nos sentimos cada vez más frustradas por no poder llegar a ser esas súper mujeres; más violencia.

Con-suma violencia: mensaje subliminal ( ¿o no tanto?) transmitido por la publicidad a través de los grandes medios. Ese último eslabón tras el que el capitalismo se enmascara vendiéndonos felicidad, pero que es a mi parecer, la parte más mezquina de este engranaje, y una de las más importantes.

Por cierto, ¿qué es la publicidad? Aquí va una definición muy acertada de la Wikipedia:

“ una forma de comunicación que intenta incrementar el consumo de un producto o servicio, insertar una nueva marca o producto dentro del mercado de consumo, mejorar la imagen de una marca o reposicionar un producto o marca en la mente de un consumidor. A través de la investigación, el análisis y estudio de numerosas disciplinas, tales como la psicología, la neuroanatomía, la sociología, la antropología, la estadística, y la economía, que son halladas en el estudio de mercado, se podrá, desde el punto de vista del vendedor, desarrollar un mensaje adecuado para una porción del público de un medio”.

Mi reflexión es la siguiente: Cuando veo a esa mujer tirada sobre la roca, me veo a mi en muchas ocasiones tras un largo día cuando llega la hora de acostarme. Pero no me gusta verme así. Una visión extremista y radical frente a la imagen de super-woman. Ambas igual de dañinas.

Si esta marca se ha decantado por esta línea comunicativa quiere decir que algunos de sus estudios de mercado han identificado que su público objetivo, (yo misma he sido compradora) acepta de buen grado esta visión sobre sí mismo. Es decir, “me voy a comprar esta ropa porque a una chica que parece enferma le queda sensacional y me quiero parecer a ella”.

¿En serio?¿O tal vez sea un nuevo giro para que nosotras mismas nos volvamos a ver así, asumamos que ese es nuestro papel frente a otro tipo de roles que poco a poco hemos asumido y que pueden inquietar a quien ostenta el poder?

Como no podía ser de otra manera, el equipo creativo se defendió diciendo, entre otras cosas que “ésta no es una campaña que quiera dañar la imagen de la mujer ni machista, porque está diseñada por un equipo de mujeres”. Sobra todo comentario frente a este tipo de argumentos retorcidos y perversos.

Alternativamente, se crean poco a poco redes que promueven una manera distinta producir, de transmitir, de tratar a las personas y a nuestro entorno. Seamos impulsoras y protagonistas de este cambio hacia un consumo transformador y recordemos el poder que como consumidoras tenemos.

Resistencias , diversidad y cambio en el trabajo con hombres

septiembre 12, 2017 en Miradas invitadas

Josetxu Riviere Aranda. Mondragón ( 1962)

Soy diplomado en Magisterio y Master en Igualdad de Mujeres y Hombres de la UPV/EHU. Trabajé en la Asociación Hikaateneo Elkartea de Vitoria (2001-2007). A lo largo de mi vida he participado en diversos movimientos sociales y políticos y a partir de 2007 me dedico a trabajar los temas relacionados con la igualdad y las masculinidades. Trabajo actualmente en Berdintasun Proiektuak Coop. y fundamentalmente me dedico a la Secretaria Técnica de la Iniciativa Gizonduz de Emakunde (2008-2017)

 

Me gustaría aportar algunas preocupaciones e ideas sobre el trabajo con hombres y la masculinidad .[1] Son fruto del trabajo en programas de igualdad dirigidos a hombres en los que he participado en estos años. No son ideas cerradas sino aportaciones a algunos de los debates que tenemos abiertos.

Seguimos viviendo en una sociedad que, aunque ha realizado profundos cambios legales y sociales, se organiza en muchos aspectos basándose en la desigualdad de mujeres y hombres.

Pienso que el trabajo a favor de la igualdad tiene que incluir el cuestionamiento de las identidades masculinas y femeninas como categorías fijas y cerradas. No tiene mucho sentido seguir sosteniendo una sociedad binaria en torno a las identidades de género y pretender generar practicas igualitarias. Es necesario alterarlas o eliminarlas y reconocer, generar y legitimar, de forma abierta y flexible una mayor diversidad identitaria.

El aprendizaje de la masculinidad sigue estando vinculado al ejercicio del poder y, aunque no todas las expresiones de la masculinidad gozan del mismo rango ni entre los propios hombres ni en la sociedad, tener el poder en todas sus expresiones (sociales, individuales , económicas, etc.) es una de la características mas importantes en la construcción de las identidades masculinas. Cuestionar la masculinidad pasa por cuestionar los mecanismos de poder y es desde las ideas feministas desde donde podemos seguir analizándola y proponiendo alternativas.

Para conseguir una sociedad igualitaria necesitamos potenciar la participación y el cambio en los hombres. Resulta difícil conseguirla solo con la aportación y el trabajo de las mujeres y, por tanto, son necesarios programas específicos dirigidos a ellos, que acompañen y colaboren con los programas de empoderamiento de las mujeres y que tengan como objetivo impulsar el cambio en los valores y actitudes de los hombres. Dedicar recursos a trabajar con los hombres es dedicarlos a favorecer la igualdad.

En mi experiencia como formador me encuentro con diversas resistencias al cambio por parte de muchos hombres, pues con el discurso se está de acuerdo pero con los cambios concretos no tanto. La igualdad es un tema que involucra poco a los hombres. Es notorio el desequilibrio en el número de mujeres y hombres en las actividades relacionadas con la igualdad, salvo quizás en los últimos tiempos en las respuestas publicas y sociales a la violencia machista. Creo que conseguir implicar a los hombres pasa muchas veces por generar espacios “obligatorios” de aprendizaje y debate, entre otros, por ejemplo en el trabajo para promocionarse, en la crianza o en los estudios.

Por otro lado, muchos piensan que ya vivimos en una sociedad igualitaria, que en todo caso las diferencias de mujeres y hombres dependen de decisiones personales y, en consecuencia, no las consideran un problema colectivo que les interpela.

De forma persistente se defiende que no existen privilegios en nuestra sociedad por ser hombres. En una sociedad donde los recortes sociales y la precariedad han alcanzado a grandes capas de población, muchos no perciben que tengan privilegios por ser hombres. En mi opinión, una de las tareas más importantes que tenemos pendiente es poner en relieve y analizar esas ventajas, cuáles son sus causas profundas, cómo están evolucionando y en qué forma participamos en ellas. Por ejemplo, muchos hombres son contrarios a la violencia contra las mujeres, pero no perciben que esa violencia les genera ventajas frente a ellas a la hora de ocupar el espacio publico con una mayor libertad o tampoco ven que las diferencias en la dedicación al trabajo domestico y de cuidados les otorga más facilidades para ocupar puestos de responsabilidad.

Me parece importante hacer hincapié en las responsabilidades individuales y colectivas que sostienen la desigualdad, y mas que de culpabilidades prefiero hablar de responsabilidades. Es necesario ponderar qué hacemos en lo concreto que genera desigualdad. Aunque sean fundamentales los cambios estructurales, no hace falta esperar a ellos para, por ejemplo, asumir el cuidado y el trabajo domestico en equidad o para valorar y reconocer los méritos de las mujeres o dejar de ocupar de forma tan mayoritaria los espacios públicos en muchos ámbitos. Abandonar espacios y privilegios por nuestra parte forma parte del camino hacia la igualdad.

Para trabajar con los hombre me parece interesante tener en cuenta no solo lo que les hace iguales sino también su diversidad.

Son diversos sus compromisos individuales con la igualdad. No se trata de hablar de algunos hombres buenos magnificando sus comportamientos. No debemos caer en sobre-representar nuestro papel. Creo que debemos analizar la diversidad en los comportamiento sexistas de los hombres para poder intervenir y trabajar a favor de la igualdad de una forma más eficaz.

Analizar el sexismo en los hombres de una forma plana y de tono grueso (“los hombres son …”) me parece que impide que aprendamos de los avances, por pequeños y tímidos que nos parezcan, que se han producido y que nos indican por dónde deberemos seguir trabajando para que esos avances sean mayores.

Se me hace difícil meter en la misma categoría a los hombres que participan en los alardes igualitarios de Irún y Hondarribia y a los que siguen manteniendo los alardes sexistas y discriminatorios o a quienes utilizan excedencias para el cuidado y a los que no.

Creo que tenemos que tener en cuenta la diversidad de expresiones de la masculinidad que existe, pues no todas ellas tienen el mismo rango de poder y legitimidad entre los hombres. Las que se alejan del modelo mayoritario son atacadas y marginadas y perseguir el ideal de la masculinidad tradicional también genera tensiones, violencia y desigualdad entre los propios hombres.

También existe diversidad en relación al lugar que ocupan en la sociedad, creo que no podemos trabajar igual con un grupo de hombres en situación de vulnerabilidad social que con aquellos hombres que tienen capacidad de decisión política, económica o cultural. Sus responsabilidades son diferentes, y nuestras estrategias en la intervención también deben serlo. Nos atraviesan más circunstancias además de ser hombres o mujeres, nuestra posición social, etnia, cultura, lengua, etc.

Por todo esto creo que las metodologías con las que intervenimos con los hombres deben ser múltiples, complementarias y diversas. Y que con el objetivo de generar espacios que potencien cambios reales y efectivos debemos utilizar cualquier recurso posible para aprender, confrontar, formar, incomodar, cuestionar, exigir, siempre de una forma adaptada a cada realidad específica donde intervenimos.

 

[1] En el artículo utilizaré “hombres” y “mujeres” incluyendo a quien se identifique con el termino. Soy consciente de que, afortunadamente, ese binomio ya no recoge la totalidad de identidades que hoy existen y entre ellas hay movimientos y diversidad.

 

Me gusta conducir

julio 25, 2017 en Miradas invitadas

Miren Larrea Madrazo (Lazkao, 1969). Mujer, madre, amiga, hija, hermana, compañera, maestra…siempre en femenino. Licenciada en ciencias de la información y diplomada en magisterio. Desde 2004 me dedico a la docencia. Imparto clases a jóvenes de entre 12 y 16 años en un colegio concertado y sigo disfrutando con mi trabajo. Me gusta vivir despierta. Soy feliz en contacto con la naturaleza y me gusta la comunicación, relacionarme y aprender. Adoro la música y bailar. Me encanta coger el volante bajo un cielo despejado, poner la música a todo volumen y conducir sola.

 

Definición del diccionario de la RAE. Conducir: guiar un vehículo automóvil. Lo he dicho en mi presentación. Me gusta. Buena música, carretera y manta. La palabra conducir tiene también otra acepción algo más completa: “guiar o dirigir a alguien o algo hacia un lugar, un objetivo o una situación”. Esta es buena. Me ha costado, la verdad. A mis 47 años no ha sido fácil aprender a conducirme en la vida. “La teórica” me la sabía bien, supuestamente. Pero tanto tiempo de copiloto….tanto dejarme llevar… En fin, está claro que no queda otra que practicar y que aprender de la experiencia. He aprendido tarde y me he chocado unas cuantas veces, pero…¡Dios! ¡Cómo me gusta conducir sola (también en este sentido)!!

Sin embargo, no vivimos solos. Vivimos en sociedad e interactuamos con diferentes agentes. Y lo hacemos todos, yo, tú, ella, nosotros, vosotras y ellos. Es decir, que la mayoría de las veces llevamos a alguien en el carro; guiamos o dirigimos a alguien hacia algún lugar… Y, aunque no lo llevemos, nuestra forma de conducir incide y tiene su repercusión en quienes nos rodean. Sobre todo en los más jóvenes. La responsabilidad es incalculable.

Salgamos por un momento de la metáfora y adentrémonos en la realidad. Aunque no seamos docentes, todos y cada uno de los adultos que formamos la  sociedad somos educadores de nuestros menores. Y, por desgracia, últimamente, da la sensación de que la sociedad ha delegado casi en exclusividad la educación de sus jóvenes en la escuela. Y la escuela no da abasto. Necesita más conductores instructores.

Es verdad que la misión de la escuela es preparar a los jóvenes para la vida. La escuela está para desarrollar conocimientos y habilidades, para favorecer la integración en la sociedad, para transmitir conocimientos, para enseñar a trabajar de forma individual y en equipo… Y también es cierto que no es la escuela la que se tiene que adaptar a la sociedad para cumplir con su misión de cambiar y mejorar la sociedad (mal iba a andar si lo hiciera!), sino todo lo contrario. Pero… ¡demonios! ¿No sería mejor que participáramos todas y todos? La escuela no lo puede hacer todo. La escuela intenta hacerlo todo; intenta llegar a todo… pero a veces no consigue alcanzar todo lo que se propone o todo lo que se le exige. Simplemente no llega, porque es mucho lo que hay por hacer y parte de ese mucho hay que hacerlo, además, contra corriente.

En un mundo en el que aún impera el machismo, la escuela trabaja por sentar las bases de una sociedad igualitaria y paritaria. Una sociedad que devasta montes y océanos, exige a la escuela que enseñe a sus jóvenes a respetar el medio ambiente. Una sociedad violenta pide a la escuela que trabaje por la convivencia en paz. Una sociedad puramente competitiva reclama a la escuela que forme jóvenes que sepan cooperar. Una sociedad que no lee, demanda a la escuela que forme jóvenes lectores. Una sociedad que, cada vez más, recurre a la comida precocinada o incluso a la comida basura, exige a la escuela que enseñe a sus alumnas y alumnos a llevar una dieta saludable…  Todo esto y mucho más. Porque la última novedad es que la escuela pronto tendrá que impartir clases de educación cívico tributaria.  Para que nuestros jóvenes, ya desde cuarto de la ESO, interioricen y aprehendan que…-a ver si se me entiende bien- no hay que defraudar a Hacienda! Todo esto además de enseñar idiomas, matemáticas, ciencias…. enseñar a escuchar, a estar bien sentado, a no comer en clase y a respetar los turnos al hablar. Por decir algo.

Es mucho trabajo. Pero hay que hacerlo y es mi deseo hacerlo. Aunque sea contra corriente,  enseñar, educar y coeducar es nuestra labor. Me gusta enseñar idiomas, literatura, música o historia a mis alumnas y alumnos. Me gusta enseñarles a conducir su propia vida y  mostrarles las herramientas, los vehículos y los caminos para poder hacerlo. Deseo dotarlos de espíritu crítico y que aprendan a no dejarse llevar. Es decir, no pretendo quejarme de la tarea. Sólo reivindico cooperación, compromiso y toma de conciencia. Porque lo que educa es el ejemplo. Y el ejemplo no está únicamente en la escuela. Está en casa, en la familia, célula principal de la sociedad; está en la calle, en los medios de comunicación, en las instituciones, en las empresas…

Un ejemplo. Desde la visión de género. Cuando pregunto dentro del aula: ¿Qué preparó ayer el aita para cenar? y los alumnos y alumnas responden con normalidad, sin poner cara de asombro, la cosa va bien. Eso, probablemente, quiere decir que el aita prepara la cena; es un hecho normalizado. Cuando pregunto por la profesión de los padres y me responden “mi ama no trabaja”, la cosa no pinta bien. Con bastante probabilidad, el trabajo de esa ama de casa no es valorado en su justa medida por ninguno de los miembros de esa familia. El panorama se pone realmente feo si los chicos del aula llaman puta a una niña de 13 años porque habla mucho con muchos chicos. Y se pone más feo aún, si el resto de las niñas callan ante semejante inaceptable barbaridad. Y nos preguntaremos….: ¿Dónde vivencian los chavales esos ejemplos, el de juzgar abusiva y arbitrariamente, o el de callar ante las injusticias? ¿Esto lo puede solucionar sólo la coeducación? ¿Sólo la escuela?

Educar en igualdad es imprescindible y luchar por la equidad, la justicia el respeto y la visibilidad es tarea de la escuela. Pero no sólo de la escuela. No lo puede hacer sola. Para conducir a nuestros jóvenes, para guiarlos y dirigirlos hacia ese algo en el que creemos, hacia ese objetivo que perseguimos (llámese igualdad, justicia, cooperación, solidaridad, conciencia ecológica, etc.), es necesario no sólo conducir, sino co-conducir. Cooperación, compromiso, conciencia. Co-, con-, com-. Prefijo. Del latín cum. Indica o significa unión o compañía. ¡Ea! Pongámonos pues a co-conducir. “La teórica” está bien. Pero lo que realmente funciona y enseña es la práctica. El ejemplo. Y la coherencia.

¿Por qué?

julio 11, 2017 en Miradas invitadas

Fatima Hamed Hossain. Ceuta. Nací y crecí en una de esas barriadas tan entrañables como azotadas por el olvido de quienes podían y no querían cambiar las cosas. Eso y los tiroteos, la marginalidad, la proximidad a la prisión y el permanente abandono institucional que nos rodeaban me llevaron a querer ser abogada para luchar por los demás. Licenciada en Derecho por la UNED. Especialista universitaria en Mujer y Derechos Humanos, Igualdad de Oportunidades y formada en mediación. Irremediablemente implicada y activa en la vida política de Ceuta, desde 2015 soy Portavoz del Grupo Municipal Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (MDyC). Incurablemente idealista y en constante evolución. Facebook: Fatima H. Hossain Mi twitter es: @FatimaHHossain Instagram: fatimahhossain

 

¿POR QUÉ?

Vivo constantemente preguntándome cosas.

No lo puedo evitar.

A veces es ante determinadas situaciones y otras, simplemente, porque mi mente viaja más rápido que yo.

Tal vez una de las preguntas que con más frecuencia ronda mi cabeza es un aparentemente sencillo e inocente “por qué”.

Aparentemente sencillo, porque la respuesta ni es sencilla ni es inocente. Y porque los por qué, dan auténticos quebraderos de cabeza.

 Y dentro del por qué, tal vez mi ranking personal lo encabeza el por qué de determinados comportamientos del ser humano. 

Cómo es posible que se odie a quien no se conoce sólo por lo que parece representar? Cómo es posible que existan hombres que lleguen a hacer tanto daño a quienes fueron sus mujeres?

Por qué tanta maldad? 

Últimamente me hago esa pregunta con demasiada frecuencia.

Cada vez más.

Treintaymuchos años dan para muchas vivencias.

Aunque realmente no sé si es cosa de la edad o de la madurez o tal vez es sólo porque tomas mucha consciencia de situaciones que ves, que te cuentan en primera persona, porque te importan los demás, sin más, porque quieres que todas las mujeres puedan vivir en libertad.

Vivir en libertad, en plena libertad. 

Pocas palabras las de la última línea, pero con un denso contenido.

Vivir en libertad debería ser algo tan simple y sencillo como hacer lo que te de la gana, decir y expresar libremente tus opiniones sin miedo a contrastarlas con otras igual de respetuosas aunque sean diametralmente opuestas, vestir como te de la gana o ir a donde te de la gana y que nadie, te cuestione por ello.

Y de veras que algo tan sencillo como respetar y que te respeten todas y cada una de tus decisiones, hoy por hoy, en ocasiones parece algo transgresor y rebelde.

Seguimos cuestionando las decisiones, de las mujeres especialmente, sobre todo si son en ámbitos claramente masculinizados: deporte, política, ciencia….

Seguimos en 2017 con titulares acerca de la “la primera mujer que…”

Seguimos siendo juzgadas por nuestra forma de vestirnos, de peinarnos, de sentarnos…demasiado observadas por el envoltorio tal vez para ningunear, conscientemente, todo el bagaje interior. Un bagaje que asusta a más de una mente machista que no acaba por concebir ni aceptar la valía de las mujeres y que se siente en la obligación de buscar y ofrecerse algún “pero” para excusar sus pensamientos machistas.

 

Seguimos en un mundo donde pese a ser mucho lo andado, queda mucho más por andar.

Y si vivo y siento lo que expreso como puede vivirlo y sentirlo cualquier otra mujer del siglo XXI he de decir, pese a costarme muchísimo reconocerlo que las dificultades con las que nos encontramos algunas mujeres por el hecho de ser musulmanas son bastante notables. Reconozco que me cuesta admitirlo, por mi forma de ser y de entender las cosas y muy especialmente porque rehuyo cualquier asociación al victimismo que alguna mentecilla privilegiada quisiera ver. Pero creo que las cosas hay que visibilizarlas y reconocerlas públicamente sobre todo por quienes, por nuestra situación pública, tenemos alguna posibilidad más de que se nos oiga o se nos lea.

Desde que te pregunten si sabes leer antes siquiera de haber abierto la boca, a que te pregunten si te dejan hacer esto o aquello, a preguntarte si tienes el pelo corto o largo, pfff qué aburrimiento de verdad y que triste tiene que ser eso de tener una mente tan “cortita”. 

Las principales víctimas de los sentimientos islamófobos que azotan gran parte del mundo, somos los propios musulmanes, un mundo donde la ultra derecha aprovecha la más mínima ocasión para criminalizar a millones de personas en el mundo con su sucio dedo acusador, donde las personas de bien están demasiado calladas, donde algunos musulmanes con poder para influir al menos mediáticamente prefieren mirar a otro lado, y donde los musulmanes y musulmanas de distintas partes del mundo nos encontramos permanentemente señalados. Como decía, si eres mujer estás expuesto a un escalón superior de los de las fobias a todo lo diferente.

Cada vez que ocurre algún trágico atentado se giran hacia ti esperando disculpas por algo que ni entiendes ni compartes. 

Si lo haces, parece que te estás justificando. 

Si no, parece que lo estás justificando. 

Así que nos encontramos, hagamos lo que hagamos, en el punto de mira.

Y por supuesto, la población musulmana española, no está exenta de todo ello.

Lo fácil siempre es pensar eso de que todos y todas son iguales. 

Supongo que es lo cómodo para mentes que no están dispuestas a replantearse su forma de entender algunas cosas, sus prejuicios, posiblemente porque haría que se tambalearan las bases de su yo más íntimo y personal.

Porque me lo dice la tele, porque todas las bombas (espero que no se estropee mi ordenador al usar esta palabra) las explotan ellos, los musulmanes, o, qué leches, los moros esos que vienen nada más que a invadirnos, a violar y someter a nuestras mujeres, que por lo visto tienen unas cuantas, que son todos unos machistas y todas unas sumisas, qué me va a contar a mi una mora de libertad, que se vaya a su país a ver si la dejan….

Y por qué (malditos por qué) decantarse por lo fácil? 

Por qué no pensar, reflexionar y evitar meter a millones de personas en el mismo saco?

Supongo que porque da miedo.

Debe dar miedo a quien se cree en posesión de la verdad absoluta ser consciente de que los demás, sean musulmanes, judíos, hindúes, cristianos o no se identifiquen con ningún credo, sufren a diario las mismas alegrías y penas, comparten aficiones, sufren el mismo saqueo de las arcas públicas por sus malos gobernantes,  y las mismas subidas de precios…..y así hasta un sinfín de cosas.

Debe dar miedo salir de la zona de confort, de lo que se enseña abierta o encubiertamente, romper esas cajoneras mentales que facilitan encasillar a las personas por su color o por su nombre, para darte cuenta de que allí donde nos pinchen, nos duele igual, porque ante todo y sobre todo, deberíamos ser humanos.

Tal vez mis fantasías, ilusiones e ideales sean los que me llevan a mi y a muchísimas otras mujeres en el mundo a plantearnos tantos por qué, porque nos enseñaron a no tener techo y a valorar a las personas y sus ideas, siempre que sean respetuosas, por encima de todo.

Acabo como solemos acabar de hablar muchas veces los musulmanes, con un AlhamduliLah (Gracias a Dios) por mis fantasías, ilusiones e ideales por un mundo mejor, tal vez no para mi ni para ti, si no para los que vienen y muy especialmente por las que vienen, que necesitan crecer y vivir sin miedo del otro.

 

                                                                           Ceuta, 9 de julio de 2017

Feminizar la justicia para que sea justicia

junio 25, 2017 en Miradas invitadas

Glòria Poyatos Matas, @medeapoma.  He sido agricultora, estudiante, pastelera, pizzera, y vendedora de piscinas, después profesora y abogada laboralista hasta el 2010. Actualmente madre, magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y presidenta de la Asociación de Mujeres Juezas de España (AMJE). De todas mis profesiones he aprendido, sin olvidar nunca mis raíces ni perder mi identidad. Cuidar a mi hija me ha hecho más tolerante y me ha aportado las mejores habilidades en la resolución y gestión de decisiones con impacto en colectivos humanos, además de intuición y destreza resolutiva ante problemas imprevistos, enriqueciéndome emocionalmente.

 

“He trabajado para que en este país los hombres encuentren a las mujeres en todas partes y no solo donde ellos vayan a buscarlas”. Clara Campoamor.

La Justicia siempre ha sido cosa de hombres, y sigue siéndolo…

Históricamente fue un coto vedado a las mujeres, que tuvieron prohibido por ley el acceso a la carrera judicial y fiscal hasta 1966, bajo el “poderoso” motivo: “de ser estos trabajos actitudes contrarias al sentido de la delicadeza consustancial en la mujer”.

Juzgar es una disciplina racional, formalista y alejada de lo humano. Distanciamiento perfectamente calculado, como elemento generador de “autoridad” por la vía del miedo a lo desconocido.

La Justicia es un estamento desconocido y muchas veces ininteligible, en la aplicación e interpretación de un derecho, con severas carencias de la perspectiva femenina, tanto en el fondo como en la forma, siendo un ejemplo muy visual de lo dicho, la redacción contenida en el Código Penal del delito de mutilación genital femenina, que, a pesar de ser exclusivo del sexo femenino, se redacta en masculino (art. 149 CP: “el que causare a otro”). De otro lado, el Código civil español ha consagrado “al buen padre de familia” para definir el estándar de diligencia civil y el Código de Comercio refiere al “ordenado empresario” en lo mercantil , sin olvidar   “al hombre bueno” que puede acompañar a las partes al acto de conciliación administrativo, en la jurisdicción social. ¿Y dónde están las mujeres?

Las últimas estadísticas del Consejo General del Poder General [1] (CGPJ) arrojan un dato “desconcertante”. Las juezas son ya el 64% de la judicatura española (por debajo de los 50 años), a pesar de no haber ni rastro de ellas en la foto oficial de la justicia, donde solo habitan hombres, en una imagen que vale más que 1.000 palabras. Una estampa judicial propia de otros siglos, que niega simbólicamente los méritos, las capacidades y el trabajo de las juezas y exhibe, sin rubor, el infranqueable techo de cristal judicial. Las magistradas “invisibles” pueden tener ambición, pero no demasiada, por ello siguen en los juzgados donde se toman las decisiones de menor trascendencia judicial, mientras en la cúpula su representación es pura anécdota. [2]

Pero hay otros prejuicios todavía más peligrosos, son aquellos que  impregnan las sentencias tornándolas elementos de discriminación institucional, con impacto en la ciudadanía. Una justicia prejuiciosa o estereotipada, no es justicia, es otra cosa. Veamos algunos ejemplos:

-La sentencia de la Minifalda (23/05/1990- Sala Penal del Tribunal Supremo). El Alto Tribunal confirmó, sin ningún reparo, la sentencia dictada en febrero de 1989 por la Audiencia de Lérida en la que se señalaba que la joven de 17 años María José “pudo provocar, si acaso inocentemente, al empresario por su vestimenta”. En esta sentencia, el empresario fue condenado a una multa de 40.000 pesetas por un delito de abusos deshonestos con su empleada, por tocamientos en los pechos y glúteos por encima de la ropa y por manifestarle que, a cambio de acceder a sus deseos sexuales, le renovaría el contrato de trabajo.

-Reducción de pena a agresor de género, por sus condecoraciones militares.  (Sentencia de 8/06/2012- Sala Militar del Tribunal Supremo). El Alto Tribunal reduce la suspensión impuesta a un militar que agredió a su esposa por considerar que no se tuvieron en cuenta sus condecoraciones militares ni su participación en la misión de paz en Afganistán donde “es frecuente utilizar la fuerza”.

-Abuso Sexual y no Agresión Sexual porque la niña (de 5 años) no opuso resistencia. (Sentencia de 2/03/17- Audiencia Provincial de Cantabria). La sentencia condena a tres años y nueve meses de cárcel a un hombre por abusar sexualmente durante cinco años de una vecina menor de edad, que solo tenía 5 años de edad cuando empezaron los abusos. No se considera los hechos como agresión sexual, como solicitaban la Fiscalía y la acusación particular, que pedían nueve y diez años de cárcel, respectivamente, al no quedar probado que la niña opusiera resistencia física o protestara, llorara o gritara, sino que era habitual que volviera a la casa de este hombre que le hacía regalos para contentarla (consolas, ordenador portátil, teléfonos móviles)”.

Hacer real el principio de igualdad no permite neutralidad, hay que adoptar un enfoque constitucional. Ello significa integrar la perspectiva de género, como criterio de referencia en la impartición de justicia de todas las jurisdicciones y también en la valoración de méritos profesionales, integrando el tiempo dedicado a los cuidados familiares, porque ello promueve la corresponsabilidad y pone en valor otro tipo de inteligencia (la emocional), que no se enseña en las universidades.

Los estereotipos de género son la base de la discriminación contra las mujeres. Su presencia en los sistemas de justicia tiene consecuencias perjudiciales, particularmente para las víctimas de diferentes formas de violencia, pudiendo incluso, impedir el acceso a una tutela judicial efectiva. Por ello, en todos los casos que involucren relaciones asimétricas, prejuicios y patrones estereotípicos de género, debe juzgarse con perspectiva de género. Ello no es una opción del juez/a sino un mandato legal imperativo.

Es imprescindible también, feminizar la justicia, es decir implementar las actitudes femeninas de las que siempre ha carecido el estamento judicial, como es la ética o la inteligencia emocional. La feminización de la justicia exige no solo una representación equitativa de las mujeres en todas las jerarquías, para incorporar las experiencias femeninas en la toma de decisiones, sino también que jueces y juezas sean portadores, a través de sus sentencias, de una justicia más humana, más igualitaria y menos mecánica.

Las decisiones judiciales se enriquecen con la mirada de ambos sexos, porque esa es la mirada completa de nuestra sociedad.

[1] http://www.poderjudicial.es/cgpj/es/Poder-Judicial/En-Portada/Las-mujeres-representan-ya-el-64-por-ciento-de-los-jueces-y-magistrados-en-activo-menores-de-50-anos

[2] Sólo un 13% de la composición del Tribunal Supremo es femenino (11 mujeres de un total de 78 integrantes). En el Tribunal Constitucional sólo se han conocido 6 magistradas de un total de 64 integrantes a lo largo de su historia. En el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, nunca se ha elegido a una magistrada española.

 

 

En el escaparate

junio 13, 2017 en Miradas invitadas

Guille Viglione. 51 años. Nací en Irún y vivo en San Sebastián. Padre de dos hijas y padrastro de dos hijos. Publicitario en crisis con la profesión. Desde hace años intento elegir las marcas para las que hago anuncios. Publico una columna, cada domingo, en la contraportada de El Diario Vasco. Trabajo en Dimensión y ayudo en el Club de Creativos. Intento compaginar libertad individual y responsabilidad social. Me alegro de los triunfos ajenos.

En @Rezink_Project  colaboro en proyectos sociales. Conservo algunos textos y fotos en absolutamenteinnecesario.

 

Las marcas comerciales hacen publicidad para influir en los consumidores. Invierten enormes presupuestos en pensar, producir y distribuir en los medios con el único objetivo de vender más y, si es posible, un poco más caro.

Sin embargo, la publicidad forma parte de la cultura popular y ha contribuido, durante los últimos 30 años, a construir sólidos estereotipos en la sociedad. Para varias generaciones, educadas frente al televisor, los mensajes publicitarios han definido los deseos y aspiraciones de una sociedad que define sus roles a través del consumo. De unos consumidores que escogen una u otra marca, más que por sus prestaciones, por la imagen que proyectan de ellos.

No es tarea de las marcas comerciales educar, pero es obvio que sus mensajes tienen consecuencias directas en la educación y en la construcción de un sistema de valores de la gente, especialmente en los más jóvenes.

Antes de la revolución digital, el código narrativo más habitual del relato publicitario era la simplificación. Se trataba de ser comprensible, persuasivo y notorio en un mensaje de medio minuto. Esta tendencia a simplificar provocó la consolidación  de estereotipos y arquetipos de lo que significan el éxito, la felicidad o el poder, que han influido en la construcción de nuestra identidad.

La publicidad no ha creado los estereotipos ni la desigualdad de género. Como cuenta Yuval Noah Harari en Sapiens, “ Al menos desde la revolución agrícola, la mayoría de las sociedades humanas han sido sociedades patriarcales que valoraban mucho más a los hombres que a las mujeres.” Lo que sí ha hecho la publicidad es normalizar esos estereotipos en nuestro inconsciente, hasta ser admitidos como realidades universales. La publicidad ha estereotipado la imagen de la mujer hasta reducirla casi a un objeto de consumo. Una imagen que ha condicionado nuestra visión de la realidad y moldeado nuestras pautas de comportamiento.

El discurso publicitario ha ido por delante en la reivindicación de algunas transformaciones sociales, pero no en el caso de la igualdad de género. El sexo vende y desde los rancios anuncios de brandy de los 60 hasta el escaparate de una tienda de lencería cara que ilustra este post, la publicidad proyecta la imagen de una mujer sumisa, oferente, que exhibe gustosa su cuerpo para disfrute del hombre.

Sin embargo, algo está cambiando desde la explosión de la sociedad digital. Muchas mujeres – y hombres –no se ven reflejados en la imagen estereotipada de los anuncios. Hartos de los clichés expresan su disgusto a las marcas y , gracias a la viralidad e inmediatez de las redes sociales, influyen en lo que más les duele, las ventas. La publicidad que sexualiza y cosifica a la mujer comienza su decadencia.

En los últimos años, algunas grandes marcas han cambiado el tono del discurso destinado a las mujeres. En lugar de dedicar estas líneas a denunciar los sobrados casos de discriminación y sexismo, he preferido recopilar unos cuantos casos inspiradores que demuestran el poder de la publicidad para, también,  mejorar percepciones y contribuir a resaltar la relevancia de las mujeres.

Desde hace 15 años todas las campañas de Dove construyen a favor de una belleza real, alejada de tópicos sexistas. En 2013 desarrolló un experimento social para asentar la autoestima de sus clientas. En Dove real beauty sketches comparó cómo las mujeres visualizan su propia belleza en contraste con lo que los demás ven en ella.

Goldie Blox, es una compañía de juguetes que anima a las niñas a pensar como ingenieras y no como princesas.

Like a girl es una campaña memorable de la marca de compresas Always, perteneciente al gigante Procter &Gamble. La campaña redefine el concepto de hacer las cosas “como una niña” y elimina todas las connotaciones negativas y de burla para convertirlo en un mensaje motivador.

 

Durante el experimento pidieron a un grupo mixto de entre 5 y 20 años de edad que mostraran cómo corre, lanza una bola o pelea alguien cuando lo hace “como una niña”.

Los chicos y las chicas adolescentes fueron fieles al estereotipo. Corrieron de forma ridícula,  batearon y peleando sin ganas. Sin embargo, las mismas pruebas con niñas menores de 13  años consiguieron el resultado contrario. Y muy inspirador. Las pequeñas, que aún no conocen la connotación peyorativa y de debilidad  de “como una chica” corren para ganar, pelean con fuerza y batean como una profesional.

Antes de ver el spot, sólo el 19% de la juventud de entre 16 y 24 años tenía una asociación positiva hacia “Like a Girl “. Después de verlo, el 76% afirmó que ya no veía la frase negativamente.

“La muñeca que eligió conducir” es un anuncio que lucha contra el sexismo en los juguetes. En las pasadas navidades, Audi lanzó un anuncio para ayudar a reflexionar sobre los roles de género en los regalos de Reyes. En el vídeo, a medio camino entre Cars y Toy Story, una muñeca Barbie cambia su carroza rosa por un coche deportivo. Por la mañana, un niño entra en la tienda con su madre y le pide que le compre el coche y la muñeca. La madre compra el coche pero devuelve a la muñeca a la carroza. El anuncio resalta el papel de los adultos como responsables de cambiar o perpetuar esos roles.

Es cierto. Son gotas en el océano. Aún seguimos rodeados de multitud de  anuncios sexistas y discriminatorios pero, también, cada vez más marcas lanzan campañas publicitarias que contribuyen a educar a la sociedad en el respeto y valoración de la mujer.

Las marcas ya no pueden elegir sus mensajes al margen de los cambios sociales, pensando exclusivamente en sus objetivos comerciales. Una reciente encuesta sobre expectativas de los millennials señala que valoran más a las marcas que se implican en causas sociales.

La publicidad ha contribuido mucho a normalizar los estereotipos sexistas. Ahora ya ha comenzado a trabajar con fuerza en la otra dirección.

 

 

Sin micro

mayo 30, 2017 en Miradas invitadas

 

Luisa Etxenike.

Me presentaré primero como escritora de obras de distintos géneros. Mencionaré sólo las últimas. La novela ‘El detective de sonidos’; el poemario ‘El arte de la pesca’; y las obras teatrales ‘La herencia y Gernika es ahora’ (esta última para la radio).
Soy también profesora de disciplinas como la teoría del relato, la perspectiva de género en literatura y la escritura creativa.
Mi posición política la resumiré en dos rasgos: cosmopolitismo y anhelo de justicia social.
Entre mis aficiones se encuentran la observación de aves, y el estudio del lenguaje del vino.

 

Trato de recodar cuántas veces he oído o leído, en los últimos meses, el término microrracismo en un debate público, un artículo de prensa o una conversación informal. Y la verdad es que no creo haberme encontrado con ese término ni una sola vez. Y si lo escribo en el cajetín del buscador de Google, por ejemplo, tampoco me salen muchas entradas con sustancia, de las que indican que el término se usa, se estudia, se debate. Parece evidente, entonces, que la palabra microrracismo no ha cuajado, que no se ha consolidado como instrumento para definir una forma de racismo de baja intensidad, una actitud leve o parcialmente racista. Personalmente me alegro de ese “fracaso” terminológico, me parece lo justo y una manera de expresar con rotundidad que algo así no puede darse, que no hay gestos o actitudes que son sólo parcial o ligera o levemente racistas; que en esto no cabe una mínima proporción: que se es racista del todo, como se es todo lo contrario, del todo. Que estamos siempre, sea cual sea el alcance o la virulencia de las manifestaciones ante un racismo completo, esto es, ante una amenaza completa a los principios y valores de la democracia y del humanismo. Y al excluir el termino microrracismo se excluye también la tentación de buscar en su interior alguna forma de indulgencia, de pretensión de que lo que se define no es tan grave; que es sólo un puntito de roña que no oxida el resto, que no desnaturaliza la calidad mayoritariamente respetuosa o democrática de quien lo comete, así, a poquitos. A mi juicio, el que no haya triunfado el término microrracismo habla por sí solo, en ausencia, de una esperanzadora actitud social.

Pienso ahora en cuántas veces he oído o leído en los últimos meses, el término micromachismo en un debate público, un artículo de prensa o una conversación informal. Y la cuenta es tan larga que la pierdo. Y si escribo esa palabra en el mismo buscador de internet me salen infinidad de entradas sustanciosas, argumentadas. Lo que me indica que el término no sólo ha cuajado, sino que se está imponiendo en el debate público, en la prensa (hay medios que le dedican una rúbrica específica) y en el hablar de cada día, para describir violencias de género de baja intensidad, actitudes leve o parcialmente machistas. Y que, en este caso, el término haya triunfado resulta también elocuente, aunque con poco margen para la esperanza. Porque significa, a mi juicio, que nuestra sociedad admite y/o se resigna a la idea de que se puede ser machista pero no del todo; sólo un poquito machista, y que en el resto uno puede ser, digamos, un ciudadano intachablemente demócrata. A la idea, en definitiva, de que la democracia puede albergar, sin desnaturalizarse, ciertas dosis de machismo, que no van, como si dijéramos, a ningún lado, que no son tan graves, que no alteran lo esencial. Que el edificio de valores y principios de la democracia y el humanismo sigue intacto, con los cimientos en su sitio, aunque conviva con un machismo en micro.

En fin que lo que vale para el racismo no vale para el machismo. Porque siempre que nos referimos a la condición y situación de las mujeres todo es otra cosa, todo aparece como el mundo al revés; como un estado de excepción, donde rigen otras reglas. Igualdad sí, faltaría más, pero para ellas menos; libertad sí, claro, pero para ellas menos… y así con todo. Todo es otra cosa, todo es relativo cuando se declina en femenino. Y los ejemplos que se pueden citar en apoyo de esta afirmación abruman por su número y su constancia. Y por la colorida variedad de sus presentaciones: gráficos, estadísticas, informes oficiales, estudios y testimonios varios… para decir cada vez lo mismo: que ahí sigue lo que se ha dado en llamar la “brecha” entre los géneros y que yo creo que habría que llamar la “falla”, término al que le veo como mínimo dos ventajas. La primera la de ser colosal en sus hechuras, como lo es-tremenda- la injusticia; la segunda, la de acercarnos a la idea de error y de falta.

El machismo en su vertiente individual o colectiva; privada o pública; espontánea o institucionalizada, es, en mi opinión, el error más terrible de consideración de lo que supone la democracia, y la falta más grave contra sus principios y fundamentos. Entre otras razones porque las relaciones de género se extienden por todos los tiempos y espacios de nuestra vida privada y pública; nacemos y nos desenvolvemos siempre en un espacio habitado por el “él” y el “ella”, es decir, en la oportunidad y la responsabilidad de dotarles de sentido, de un justo sentido. “Qué alegría más alta vivir en los pronombres” escribió Pedro Salinas. Y sería estupendo que ese verso pudiera servir como definición de la democracia: que la altura de miras en los pronombres, en la calidad de sus derechos iguales, en la justicia de sus atribuciones, fuera la única “poética” de nuestra sociedad, la única y alegre rima de nuestro sistema político. Lamentablemente no es así; a la democracia pronominal aún le falta y mucho para colmar su falla.

Y creo que una manera de asumir correctamente la tarea de colmarla es quitarle para empezar al machismo su micro terminológico, esto es, sus coartadas. Y reservar el micro- en su sentido más acústico- para magnificar la voz y la acción contra sus atentados a la democracia.