Gaza, cuánto mar para tan poca libertad

enero 15, 2019 en Doce Miradas, Miradas invitadas

Natalia Quiroga (@natiquiro). Me gusta contar. Estudié periodismo pero en realidad quería ser terapeuta o psicóloga o arregladora; no me interesaba la actualidad, lo que me gustaba era intentar arreglar las historias de la gente. Como si colocando un adjetivo aquí y una exclamación allá, pudiese hacer desaparecer sus problemas (y ya de paso, también los míos). Tengo más de 12 años de experiencia en periodismo y comunicación digital dentro del sector de las ONG. Publico en distintos medios con la única motivación de compartir historias que me mueven. Con una de esas historias gané el Premio de Periodismo Joven contra la Violencia de Género. Sigo aprendiendo, quiero contarlo.

Era la tercera vez que intentaba entrar en Gaza. La primera fue en 2012, en un viaje con algunas de mis mejores amigas que, de alguna manera y por razones distintas, nos dio a todas un vuelco a la vida. Entonces no obtuvimos el permiso para entrar y empezamos a imaginarnos la franja como la cárcel que es.

 

A principios de 2017, con todos los papeles en regla, me quedé a las puertas del gigantesco control israelí (son ellos los que deciden quien entra y quien sale de Gaza) porque los objetivos de mi cámara precisaban un permiso especial que yo no había solicitado. Me lo explicó un soldado con un palillo en la boca y pocas ganas de escuchar mis explicaciones.

 

Volví a Palestina en mayo de 2018. Y por fin, a la tercera, logré entrar en Gaza. Qué ironía, yo feliz por poder entrar mientras que, ese mismo año, el gobierno israelí había denegado el permiso para salir a más de la mitad de las personas enfermas que lo habían solicitado. Muchas murieron y, entre ellas, Yara, una niña de cuatro años que necesitaba un marcapasos y a la que nunca le llegó el permiso israelí para salir de Gaza e ir al hospital de Jerusalén donde se lo iban a poner. Cada vez son más

 

Así es la realidad en la cárcel a cielo abierto más grande del mundo.

En Gaza, tuve la suerte de pasar la mayor parte del tiempo con las mujeres de la Unión Palestina de Comités de Mujeres (UPWC, en sus siglas en inglés). Taghreed Jomaa es la coordinadora de la organización que, junto a su equipo, trabaja con líderes comunitarias locales para detectar los problemas diarios a los que se enfrentan las mujeres gazatíes y poder, así, ofrecer un apoyo en sus necesidades. Sobra decir que las necesidades son enormes, cada vez más, y los medios para cubrirlos son mínimos, cada vez menos.

 

Más de once años de bloqueo absoluto (por tierra, mar y aire) han dejado sin aire a una población de cerca de dos millones de personas hacinadas en un espacio de 40 km de largo por 14 km de ancho. A un lado el mar y al otro una puerta cerrada. No pueden beber agua del grifo porque está contaminada y muchas veces, no pueden contar con más de cuatro horas de electricidad al día. Quien puede, se abastece con generador; para el resto, está el frío y la oscuridad en invierno y la comida sin nevera en verano. Las mujeres nos contaban que, este año (refiriéndose al 2018), estaba siendo el más duro.

 

Las mujeres, como en prácticamente todas los contextos de vulneración de derechos, sufren la peor parte. Al mismo tiempo que aumentan los casos de cáncer de mama, disminuyen los permisos de salida que Israel otorga a la población de Gaza. Sin acceso a muchos tratamientos dentro de la franja, la única solución que les queda es esperar una respuesta que muchas veces no llega.

 

Pero además de la violencia que supone el bloqueo y que se ha visto exacerbada por las tres grandes ofensivas del ejército israelí en los últimos once años (cientos de mujeres se quedaron viudas teniendo que afrontar el cuidado de sus familias en soledad), se suma el incremento de la violencia doméstica y de tendencias que prácticamente habían desaparecido en la cultura palestina. El matrimonio infantil, por ejemplo, del que la pobreza, la desesperación y la falta de libertad, sin ser las únicas razones, actúan como el mejor caldo de cultivo. O la imposición del velo: en el resto de Cisjordania o en Jerusalén Este, es habitual ver a mujeres palestinas con velo y sin velo más o menos a partes iguales; no seré yo la que señale este dato como un criterio de sumisión vs libertad, pero llama la atención que en Gaza sea tan difícil ver a mujeres sin velo. Taghreed me lo confirma: ni ella ni sus hijas lo llevan pero, como me explica, son ahora una minoría mientras que no era así antes del bloqueo.

 

Si la mujer en el mundo global sufre las consecuencias de una sociedad y una manera de dirigir el mundo esencialmente patriarcales, existen contextos, como Gaza y Cisjordania, donde el muro del patriarcado es doble. Como decía hace poco la periodista Isabel Pérez, corresponsal española en Gaza: “Las mujeres palestinas no pueden salir del patriarcado porque existe un bloqueo y una ocupación que lo alimentan brutalmente”.

 

Uno de los últimos días que estuvimos en Gaza (siempre acompañada de mi amiga Bárbara), Taghreed nos invitó a comer en su casa. Sentada en el sofá, sus tres hijas, de 13, 17 y 19 años, revoloteaban por el hogar enfrascada en los asuntos de su edad. Taghreed, que se ha pasado su vida entera luchando por los derechos como mujer y por los derechos como palestina, compartió una reflexión que se me quedó grabada: “Siempre creí que educar a mis hijas con una mentalidad abierta y con mucho sentido crítico era lo mejor, pero hoy me doy cuenta de que quizás nos equivocamos si de todos modos van a tener que vivir en un lugar del que no pueden salir”.

 

Frente al sofá en el que estábamos hablando, observo un cuadro con el retrato de la poeta, escritora y activista estadounidense, Maya Angelou, que parecía estar colocado allí para sostener el enorme peso de la reflexión que Taghreed nos acababa de compartir. Sobre el retrato, una frase de Maya me envolvió por unos segundos en un manto de sororidad, de empatía, de rabia o de resignación: “and still we rise”.

 

Gaza, cuánto mar para tan poca libertad.

 

El deporte no era para nosotras

diciembre 18, 2018 en Miradas invitadas

Nekane Arzallus Iturriza (@ergobi).
Nací en Ergobia, el mejor lugar posible, imprime carácter. No comprendo ni imagino mi vida sin el deporte, reconozco que es mi pasión, aunque como tantas otras mujeres no puedo ejercerlo de manera profesional. Soy la única mujer presidenta de un club de la ACB y segunda en la historia tras Pepita Merçe. Intento abrir camino y derribar muros. Me apasiona trabajar con personas y creo que la voluntad férrea nunca está reñida con una sonrisa.

El deporte no fue pensado para las mujeres, ni para que lo practicáramos, ni siquiera para que lo viéramos. En el mundo del deporte ni se nos esperaba ni se nos deseaba. Fue creado por el hombre y para el hombre, para el más rápido, el más fuerte, el más alto y después convertir al vencedor, aún creo que lo seguimos haciendo, en un semidiós. Quizás por eso hablamos de una de las actividades que presenta más resistencias a la igualdad, uno de los ámbitos donde esa desigualdad se admite de una manera más natural.

Esta especie de comprensión ante la desigualdad explica que parezca admisible una infrarrepresentación de las mujeres en los órganos de poder del deporte, que se siga hablando más del aspecto físico de nuestras deportistas que de sus logros, que tengamos una ley de hace 30 años que claramente discrimina a las mujeres por el hecho de serlo ya que sólo considera profesionales a algunas ligas masculinas. No podemos imaginar que un convenio colectivo sólo pudiera ser aplicado para los hombres de cualquier empresa sin una protesta política, ciudadana o legal inmediata.

Las mujeres estamos aquí, hemos recorrido un largo camino de reivindicaciones políticas, sociales y también en el ámbito deportivo, recuperando terrenos que nos son propios. Ningún logro nos ha sido regalado, lo hemos peleado y conseguido. Lo cierto es que pese a quien pese hacemos deporte, hablamos de deporte, entendemos de deporte, vemos deporte, ocupamos puestos de gestión y de poder en el mundo del deporte. Pero de manera claramente insuficiente.

En los años 70 las mujeres no éramos animadas a la práctica deportiva. Ésta estaba supeditada, en la gran mayoría de los casos a tu familia, a tu colegio y a la modalidad deportiva que se hiciera en tu pueblo y nunca, o casi nunca con perspectivas de que pudiera ser nuestra profesión. Y a pesar de ello siempre me recuerdo practicando ciclismo, fútbol, tenis, baloncesto, golf. No entiendo la vida sin deporte, aunque las estructuras sociales, políticas, deportivas, los estereotipos y prejuicios de cada época quisieran entender el deporte sin mujeres, sin mí.

Siempre he respirado deporte, me hubiera gustado llegar a ser profesional, pero la verdad es que se quedó en un sueño, en un sueño que no pudo convertirse en realidad. Y no pudo convertirse en realidad entre otras cosas porque no tuve ni el respaldo, ni la ayuda para intentarlo, y no lo tuve por una sencilla razón, porque era mujer.

Eran tiempos en los que si una quería comprarse una bicicleta de carreras, en la tienda te decían que no, que una mujer no podía llevar una bicicleta así (tuve suerte de tener un padre comprensivo y conseguí salir de la tienda con la bicicleta de carreras). Si hacías el intento de entrar en el equipo de futbol de la ikastola te decían que lo sentían mucho, pero que las “niñas” no jugaban al futbol (me corté el pelo para engañar al entrenador, pero esta vez no lo conseguí). Todo esto me frustró, pero lejos de desanimarme y de apartarme del deporte, hizo que mi vida siguiera ligada al deporte de otra manera.

Durante años he estado vinculada a diversas modalidades deportivas de diferente manera: voluntaria, delegada de equipos, arbitra, directiva, vamos, de lo que hiciera falta, y he disfrutado y aprendido de todas ellas.

Hoy soy presidenta del Gipuzkoa Basket Club, el GBC de baloncesto masculino. Única mujer presidenta de un club de los 18 que componen la ACB, la segunda liga profesional más importante del mundo tras la NBA. En esta competición, en 2018, participamos 3 mujeres: una árbitra, una entrenadora y una presidenta. Esta es la pírrica realidad.

“No puedes ser lo que no puedes ver”. Esta frase de Marian Wright Edelman se ha convertido en una de las frases de referencia en mi presencia pública. El día que acepté el cargo de presidenta del GBC mi teléfono se colapsó. Era una mujer. Esa fue la única razón del alboroto. Todavía estábamos así. Por eso hoy, uno de mis principales objetivos es visibilizar mi trabajo, intentando desmontar dentro y fuera de las canchas estereotipos y prejuicios. Repito allí donde tengo posibilidad de hacerlo que las mujeres podemos, debemos estar en cualquier cargo de liderazgo y responsabilidad y que no tenemos nada que demostrar. Podemos hacerlo porque estamos preparadas, porque somos la mitad de la población y porque queremos ocupar la cuota de responsabilidad que nos corresponde, también en el terreno deportivo.

Espero que la visibilización de mi trabajo anime a otras mujeres a pensar que es posible y deseable trabajar en este ámbito y poner nuestro esfuerzo y nuestro talento al servicio de muchas de las caras del deporte: ser arbitras, monitoras, entrenadoras, directivas, médicas, periodistas. Me preocupa que en este momento seamos islas en un entorno androcéntrico y que sirvamos de excusa para que muestren la excepcionalidad como norma.

El mundo del deporte fue creado para exaltar una serie de estereotipos de género arraigados de un modo especial en un concepto específico de masculinidad. Las mujeres que vamos rompiendo estos espacios tenemos que formarnos en feminismo. Primero para saber ver estos estereotipos y tener herramientas para desactivarlos y no reproducirlos. Y segundo porque necesitamos tener un discurso y un compromiso con las personas que nos escuchan y siguen. Somos conscientes de que en cualquier entrevista se nos harán preguntas que no se le harían jamás a un hombre en un cargo similar, que pondrán perpetuamente en duda nuestro trabajo cuestionando nuestra capacidad, hombres y algunas mujeres.

Las estructuras deportivas que viven entre leyes igualitarias mantienen de formas diversas la desigualdad. Las fotografías ponen de manifiesto la realidad y rompen con el denominado “espejismo de la igualdad”. La última foto de la reunión de dirigentes de las Federaciones Deportivas Españolas era devastadora: sólo 3 de las 66 federaciones tienen como presidenta a una mujer. La foto de la presentación del mundial de baloncesto femenino que ha tenido lugar este año en España ha sido también tremenda y muy comentada, sólo una mujer en la foto.

Los datos son reveladores en las estructuras deportivas españolas. 1180 hombres frente a 426 mujeres juezas, 585 entrenadores frente a 137 entrenadoras, 21 hombres al frente de entidades internacionales del deporte frente a 2 mujeres. Todo lo contrario de las becas que se ganan deportistas por su méritos: 114 hombres y 142 mujeres. El problema, por tanto no está en las deportistas, sino en las estructuras que impiden el acceso a las mujeres.

El último informe de la auditora Sport Intelligence de 2017 nos dice que por cada mujer futbolista profesional en el mundo, hay 106 futbolistas hombres que se ganan la vida con el juego a tiempo completo. No solo eso, sino que las mujeres de la élite ganan una centésima parte de las sumas de sus homólogos masculinos. Nada justifica este hecho.

Y sin embargo y aunque parezca contradictorio el deporte se convierte también en uno de los medios más eficaces para la lucha por la igualdad. Mujeres iraníes se disfrazan de hombres para poder entrar a los estadios de fútbol a animar a sus equipos y utilizan la difusión de estos actos para luchar contra la terrible situación de las mujeres en Irán.

Hay un largo camino que debemos recorrer. Y debemos dar un paso adelante. El deporte es poliédrico, podemos, debemos trabajar en muchos campos para su promoción y para conseguirla en igualdad. El deporte de élite es la más alta expresión de una cadena y su máximo punto de visibilidad y referente para una inmensa cantidad de deportistas. Representamos a nuestras disciplinas deportivas, a nuestros territorios, tenemos una visibilidad incomparable con casi cualquier otra actividad humana. Por eso debemos tener una especial responsabilidad con los valores y actitudes que queremos transmitir.

Mi compromiso personal es seguir trabajando, allí donde se me requiera para conseguir la visibilidad del trabajo que realizo. Quiero pensar que en alguna medida estoy colaborando a la ruptura de techos de cristal para que otras mujeres que vengan puedan hacer del deporte su profesión. La pasión la tenemos.

Algoritmos, ¡¿en serio?!

diciembre 4, 2018 en Miradas invitadas

Alejandra Díaz-Ortiz, @alediazortiz, es una escritora mexicana radicada en Madrid desde hace tantos años que ya perdió la cuenta. Cuentos chinos, con prólogo de Luis Eduardo Aute, fue su primer libro de microrrelatos, al que siguieron Pizca de sal No hay tres sin dos, todos publicados por Trama Editorial. También publicó Julia (Colección Hypatia), su primera novela corta, en la que aborda la relación virtual de dos mujeres: una maltratada por la vida y la otra maltratada por su pareja, un tema con el que se siente muy comprometida.
Colaboradora en varios medios, actualmente se hace cargo de una pequeña librería en el centro de Madrid, La Tres Catorce, mientras prepara su quinto libro.

Llevo un tiempo reflexionando acerca de qué, o quiénes, fracasan, a la hora de prevenir y evitar más asesinatos por violencia de género. Es evidente que algo está fallando y que el mensaje que están percibiendo las víctimas no es para nada alentador. Estoy convencida de que el enfoque con el que se están implementando las políticas y, por ende, las soluciones con las que se pretende erradicar esta lacra, están dejando al margen el factor humano. El más puro y duro, elemento emocional.

Hace poco se informó a los medios que las autoridades se plantean revisar las aplicaciones informáticas con las que se determina si una mujer está siendo maltratada y en qué grado de riesgo. Un programa en el ordenador de cualquier comisaria, que se encarga de medir cómo cuánto de víctima se tiene. Algo así como, si se es víctima de violencia de género completa, solo mitad, o apenas cuarto y mitad. Creo recordar que mencionaron un cuestionario de cincuenta preguntas que se le hace a la mujer que se decide a denunciar a su maltratador. Así, en frío, da igual, el algoritmo ya se encarga del resto. Más tarde leí que una mujer denunció el trato dado a una víctima de violencia de género que acudió a la comisaría de Vallecas, y que consistió en hacerle una serie de preguntas que, a juicio de la involuntaria testigo, la transmutaron de víctima a culpable de su propio maltrato. Al final, la mujer abandonó el lugar sin denunciar, según la testigo.

Por fortuna, alguien ha comenzado a sospechar que el algoritmo no está resultando todo lo eficaz que se prometía. Y es que cuarenta asesinatos de mujeres y cuatro niños en los que va de año, muchos de ellos con orden de alejamiento, obligan a reconsiderar las preguntas y su interpretación. ¡¿En serio?!

A ver, expertos y expertas, les cuento: una víctima de violencia de género NO es un dato, megadato o como se llame el asunto. Es una persona con muchos problemas, todos vitales. Vital es lo contrario de virtual (valga la puntualización por si no queda claro). Una víctima es un manojo de sentimientos, casi todos ellos, contradictorios. Tan contradictorios, e inexplicables, como sentirse enamorada de su verdugo. Por un lado sabe que su vida corre peligro, pero a la vez, estará dispuesta a proteger a esa pareja que la tortura. Si se decide a denunciarlo por primera vez, rara vez lo hará con la absoluta convicción de que está haciendo lo correcto.

Si, encima, hay hijos de por medio o algún tipo de dependencia (económica, física y/o emocional), las dudas serán abismales. Cualquier respuesta que pueda dar la víctima en medio de esa hecatombe personal, debería ser valorada más allá de fórmulas matemáticas. Hay que considerar los titubeos, el llanto, el miedo, pero, sobre todo, la inmensa vergüenza que una mujer maltratada tiene por el simple hecho de serlo. Vergüenza que la hará minimizar, o magnificar, las circunstancias y los hechos. Esa mujer maltratada que llega hasta la mesa de las denuncias, necesita saberse en puerto seguro. Casi me atrevo a afirmar que más que preguntas, lo que le hace falta en ese momento, es silencio. Un silencio casi medicinal. Hay que valorar que viene de una situación en la que se le ha cuestionado todo, absolutamente todo, incluso su existencia. Cualquier pregunta que le resulte incómoda, por más precisa o científica que ésta sea, la hará sentirse vulnerable, con ganas de salir corriendo y, muy probablemente, relativizar lo que le está sucediendo. Antes que ser cuestionada por un extraño, preferirá volver a lo malo conocido.

Y no se me malinterprete. Por supuesto que hay que hacer preguntas, todas las que hagan falta, pero estas deben ir acompañadas de sentido común, de cierta empatía con cada caso en particular. Los miedos de una mujer con hijos requieren una óptica diferente a los temores de una adolescente. Ambas necesitan ayuda y protección, con los mismos medios, pero con un trato especifico para cada caso, a fin de garantizar su seguridad y la de su entorno.

Porque, señores y señoras expertos, las víctimas no somos estadísticas. No somos números y mucho menos, clones. Cada una de las mujeres que están siendo maltratadas en este preciso instante, mientras yo escribo esto, tiene una historia única, y muy personal, que contar. Por eso, precisamente, creo que los algoritmos, al menos de momento, no resultan efectivos para determinar qué mujer precisa de una orden de alejamiento inmediata, por ejemplo.

Por desgracia, ahí están las víctimas mortales como claro ejemplo de su ineficacia. Y las que se sumarán a la cruel lista con la que cerraremos este año y los siguientes, mientras no se cambie el enfoque con el que se están implementando las políticas y acciones contra la violencia de género.

Insisto, no hablamos de gustos para que un algoritmo nos sugiera dónde comprar o adónde viajar. Estamos hablando de desgarros, de violencia, de muertes. Estamos hablando de niños, de mujeres. Hablamos de vida. Y no valen las disculpas ni el ajuste de algoritmos.

(Doy por hecho que todo esto lo saben mejor los psicólogos y expertos en el tema. Yo tan solo fui una víctima hace muchos años que, muy a mi pesar, terminé en una comisaria tras tener una pistola apuntando a mi cabeza. Pero esa es otra historia.)


Apostemos por la sororidad

noviembre 6, 2018 en Miradas invitadas

Arantza Echaniz Barrondo (Bilbao, 1968). Profesora de la Universidad de Deusto. Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales, con la tesis: «La situación de la mujer en la empresa. Hacia el liderazgo femenino. Caso de MCC». Asesora externa de la Comisión de Ética y Buen Gobierno del Ayuntamiento de Bilbao… Enamorada de la vida y de mi profesión. Amiga de mis amigos. Comprometida con hacer del mundo un lugar mejor.



Hace tiempo escribí una entrada en mi blog que llevaba por título “El peligro de la historia única”, que es el de una charla TED que dio la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en 2009. En dicha entrada llegaba a esta conclusión:

“La charla también me hacía pensar en la lucha feminista, en el patriarcado. Durante muchos, demasiados años la historia de las mujeres ha sido contada e interpretada por hombres. La voz de la mujer ha sido silenciada o minusvalorada… Todo cambio hacia la real igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres pasa por superar la historia única”.

El patriarcado está inscrito muy fuerte en nuestro ADN social. Una muestra de ello la podemos ver en el vídeo de BBC News Mundo (2018) en el que se propone el siguiente acertijo:

“Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave, el padre muere y al hijo se lo llevan al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia. Llaman a una eminencia médica pero cuando llega y ve al paciente dice: ‘No puedo operarlo, es mi hijo’.”

Como se explica en el vídeo incluso personas con mucha conciencia feminista no se plantean que la respuesta es que la eminencia médica es la madre debido a la “parcialidad implícita”, que tiene un origen cultural pero que se vuelve parte de un proceso automático. Yo misma cuando acabé mi tesis doctoral sobre el tema del liderazgo femenino llegaba a la conclusión de que, en gran medida, estaba alienada. Ir contra los “mandatos sociales” exige estar muy alerta, a sabiendas de que algunas veces no caerás en la cuenta y reproducirás los mecanismos que perpetúan las diferencias.

Recientemente he leído un nuevo artículo de Adichie (2018), cuyo título es: “El silencio es un lujo que no podemos permitirnos“. En él invita a la valentía, a romper el silencio, a ir en contra de lo establecido y luchar por la justicia. “Es la hora de la valentía, que no es la ausencia de miedo sino la decisión de actuar a pesar de tenerlo (…) Esa experiencia [una relacionada con una visita a la iglesia de su niñez en la que se habían dado pasos hacia atrás] me hizo abandonar mi idea boba y romántica de que ‘hablar claro’ va unido a la certeza de un apoyo generalizado. Pero me aclaró la importancia de hablar de lo que importa: no se debe hablar porque uno esté seguro de que le van a apoyar, sino porque no puede permitirse el silencio (…). Mi responsabilidad como ciudadana es la verdad y la justicia”. Las mujeres tenemos que unirnos y dar a conocer nuestra voz. Y más cuando, como dice Adichie (2018), “sabemos por las investigaciones que las mujeres leen libros escritos por hombres y por mujeres, pero los hombres leen libros escritos por hombres”. Los relatos de las mujeres son para todas las personas porque hablan de la humanidad. Como decía Mao Zedong, “Las mujeres sostienen la mitad del cielo, porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”.

Dar a conocer nuestra voz pasa por reconocer las discriminaciones múltiples y la necesidad de una aproximación interseccional. “Considerar además del género, otras desigualdades exige pasar de un enfoque unitario a un enfoque que ha de integrar desigualdades múltiples que incluyen primero la raza y la clase social, luego en lugar de la clase social lo harán la edad, la religión o creencia, la discapacidad y la orientación sexual” (Expósito, 2012, 207). No se trata de dar a conocer la voz de la mujer sino las voces de las mujeres, que son muchas y muy diversas en función de las mencionadas discriminaciones múltiples.

Y una de las mejores vías para hacerlo es a través del ejercicio de la sororidad, entendida como “una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer” (Lagarde, 2006, 126). En definitiva son pactos entre mujeres a favor de mujeres y para hacer del mundo un lugar mejor para todas las personas.

Apostemos por la sororidad. Como dice Burgos (2018), en lugar de seguir el “mandato” y competir con cada mujer con la que te cruces, “decide ser su igual, su hermana, su amiga, su aliada. Decide sustituir la envidia por admiración, las críticas por apoyo, la lucha por amor”.

Referencias:

  • Adichie, Chimamanda N. (2009, julio). Chimamanda Adichie: El peligro de la historia única. [Archivo de vídeo]. Recuperado de: https://www.ted.com/talks/chimamanda_adichie_the_danger_of_a_single_story?language=es
  • Adichie, Chimamanda N. (2018, 26 de octubre). El silencio es un lujo que no podemos permitirnos. El País. Recuperado de: https://elpais.com/cultura/2018/10/26/babelia/1540567059_956054.html
  • BBC News Mundo (2018, 8 de marzo). El acertijo que puede mostrarte algo de ti mismo que quizás no sabías [Archivo de vídeo]. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=AYRg2DPj-FM
  • Burgos, S. [SandraBurgos 30K] (2018, 30 de enero). Querida Eva… (Carta A La Sororidad, Carta A Una Mujer). Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=ibmG8dlApRw
    Expósito Molina, C. (2012). ¿Qué es eso de la interseccionalidad? Aproximación al tratamiento de la diversidad desde la perspectiva de género en España. Investigaciones Feministas, 3, 203-222
  • Lagarde, M. (2006). Pacto entre mujeres. Sororidad. Aportes para el debate, 123-135. Ponencia para la Coordinadora Española para el lobby europeo de mujeres. Recuperado de: https://www.asociacionag.org.ar/pdfaportes/25/09.pdf

Serena

octubre 23, 2018 en Miradas invitadas

Foto: Esteban Antolín

Foto: Esteban Antolín.

Itziar Mínguez Arnáiz. Barakaldo (1972). Me licencié en Derecho por la Universidad de Deusto, pero no he ejercido como abogada. Soy escritora. Hasta el momento tengo diez libros de poesía publicados. El undécimo está a punto de salir. He recibido el Premio Internacional Surcos, el Nicanor Parra y soy finalista del Premio Euskadi de Literatura. También he participado en una veintena de antologías donde se recogen una muestra de mi obra. Alterno mi actividad como escritora, ponente y colaboradora en algunos medios digitales con mi profesión de guionista de televisión que ejerzo desde hace casi veinte años.

 

Habría que estar en la piel de Serena Williams para saber por qué la tenista con más Grand Slam de la historia del tenis mundial femenino perdió los nervios en la pasada final del US Open después de que el juez la amonestara por haber recibido indicaciones de su entrenador.

La tenista se encaró al juez con estas palabras: Yo no hago trampas para ganar. Preferiría perder. Sólo te lo digo. Me has robado, me debes una disculpa, no he hecho trampas en mi vida, tengo una hija y sólo hago lo que es correcto. Eres un ladrón y un mentiroso. Me debes una disculpa”. Sus palabras le valieron una amonestación y la pérdida de un juego que sería fundamental para la derrota de la estadounidense frente a una jovencísima y extraordinaria rival, Osaka, casi veinte años más joven que ella. “¿Me váis a quitar esto porque soy una mujer?”, preguntó la tenista, impotente. Su estallido de furia dio la vuelta al mundo pero es su pregunta lo que me lleva a una reflexión que pretende ir mucho más allá de lo anecdótico de la situación porque -probablemente- si esta circunstancia la hubiera vivido un hombre se habría hablado de ello en otros términos y desde otra perspectiva.

Foto: mirsasha. https://goo.gl/XHLQCv

Foto: mirsasha. https://goo.gl/XHLQCv

La sanción consistió en dos advertencias del juez, la pérdida de un punto por romper su raqueta y la pérdida de un juego por el enfrentamiento verbal que tuvo con el juez de silla. Pero en realidad la penalización fue mucho más allá de las consecuencias a las que tuvo que enfretarse Serena Williams en la pista, la sanción más dolorosa y grave para la tenista fue el escarnio público y el intento, una vez más, de poner el énfasis en cuestiones relacionadas con su personalidad más que con lo estrictamente deportivo. Es un hecho que el carácter en las mujeres deportistas de élite se penaliza; lo que en un hombre es un valor en una mujer es motivo de polémica, mofa y escarnio. Tener personalidad en una cancha o en un campo o sobre una pista de atletismo es tener que pelear contra la imagen que se da de ti fuera de lo deportivo. Habría que ponerse en la piel de Williams, sí, porque no es la primera vez que la tenista tiene que bregar con la imagen que proyectan de ella. Y más en un deporte como el tenis que tan bien representa la corrección en lo deportivo. Tal vez Serena Williams es molesta precisamente porque se sale de la norma y porque no está dispuesta a callar mientras los demás hablan de ella.

En todos los ámbitos de la vida una mujer competitiva está peor vista que un hombre competitivo, sin contar con que se le exige mucho más para llegar a puestos de responsabilidad. El deporte no iba a ser la excepción. Hay un doble rasero para medir la actitud competitiva de los deportistas de élite según se trate de hombres o mujeres. Una brecha más a la que unir la brecha salarial y la referente al distinto tratamiento en cuanto a visibilidad que recibe el deporte femenino en comparación con el masculino.

No es la primera vez que Serena Williams genera polémica. También dio mucho que hablar su aparición en Roland Garros (unos meses después de ser madre) con un mono ajustado de lycra totalmente negro, diseñado por Nike, para evitar la formación de coágulos de sangre pues la tenista había sufrido algunos problemas de salud. El torneo rechazó su indumentaria. André Agassi o Rafael Nadal, sin ir más lejos, han marcado tendencia dentro de las pistas con indumentarias que no se ajustaban del todo a la normativa de los torneos pero nunca corrió tanta tinta por ese motivo ni se dieron actitudes tan hostiles como las que tuvo que aguantar la tenista. Lo que en Serena se toma como una provocación en los tenistas se consideraba una peculiaridad. Por no hablar de las raquetas que vimos romper en directo a McEnroe, reacciones que no siempre eran penalizadas por los jueces y que incluso protagonizaron un conocido spot porque, visto está, sus estallidos de cólera hacían gracia.

El problema se acrecienta cuando se trata, como es el caso de Serena Williams, de una mujer de fuerte temperamento. Tal vez sea este hecho, en realidad, lo que coloca a la tenista constantemente en el punto de mira. El carácter, el temperamento, están bien vistos sólo si lo aplicamos a esquemas de comportamiento masculino, de una mujer se espera otro tipo de actitud, más sumisa, más “elegante”, menos contestataria. La cuestión no se queda ahí. Llega hasta la celebración de los tantos. Carolina Marín -tres veces campeona mundial de bádminton entre otros reconocimientos- es más conocida por la euforia con que celebra sus tantos y la rabia que exterioriza cuando se le escapan que por su extraordinario palmarés. Después de hacerse con la medalla de oro en los juegos olímpicos de Río de Janeiro, los medios hablaron más de su fuerte carácter que de su triunfo. Al parecer no importa cuando un jugador de fútbol celebra un tanto o hay una trifulca en el césped pero si se trata de una mujer se mira cada una de sus reacciones con lupa como si no quisieran o pretendieran opacar los éxitos conseguidos por las féminas.

Había mucha rabia en la reacción de Serena Williams, mucha impotencia, seguramente por no saber aceptar la derrota ante una rival que fue superior a ella y que confiesa con humildad que su sueño era jugar una final con Serena. No debe de ser sencillo ceder el cetro ni siquiera a alguien que te admira. Pero en ese estallido de ira había mucho más que el dolor de ceder un partido, un reinado, en esas palabras estaba condensada la impotencia y desesperación de años de pelea para ser juzgada no por ser mujer, no por ser negra, no por tener carácter, sólo por ser tenista. La mejor del mundo.

Las cuotas de la Vicepresidenta vistas desde Ginebra y otras historias

octubre 9, 2018 en Miradas invitadas

Mikel Mancisidor, @MMancisidor1970, doctor por la Geneva School of Diplomacy, es miembro del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU desde 2013. Enseña Derecho Internacional de los Derechos Humanos en el Washington College of Law (American University, Washington) y en el Instituto Internacional de Derechos Humanos René Cassin de Estrasburgo. Actualmente trabaja por el desarrollo y actualización del Derecho a la Ciencia. Le gusta el monte, el mar, la literatura, la historia, la divulgación científica y, sobre todo, viajar, jugar y aprender con sus hijos: Lea y Javier. Tiene su propio blog en mikelmancisidor.blogspot.com.

 

Escribo este post desde Ginebra, donde estoy participando en el 64 periodo de sesiones del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU, del que soy miembro desde el año 2013. Durante este período de sesiones estamos estudiando los casos de Alemania, Mali, Argentina, Turkmenistán, Sudáfrica y Cabo Verde. Como veis la disparidad geográfica, económica y cultural no puede ser mayor.

Pero, en concreto, ¿qué hace este Comité por la igualdad, por la equidad, por la no discriminación, y por la promoción y el disfrute de los derechos económicos, sociales y culturales de las mujeres, sea en Alemania o en Cabo Verde?, ¿cómo tratamos esta cuestión, con qué fundamento jurídico y, si fuera posible saberlo, con qué logros?

El mandato del Comité se basa en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC), de 1966. Mucho han cambiado las cosas en este ya más de medio siglo, pero a mi juicio este Tratado todavía es joven y tiene aún mucho que aportar también en relación a los derechos de la mujer (13 años después, en 1979, fue aprobado otro más específico sobre derechos de la mujer: la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer).

El artículo 2 del PIDESC contiene una clara cláusula genérica de no discriminación, más o menos directamente fundada en el Art. 1.3 de la Carta de la ONU (1945) y el Art. 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), que dice así:

 

Por discriminación por motivos de sexo entendemos, como dice la citada Convención del 79, “toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera”.

Como dice el Comentario General N.º 16 del Comité DESC (del que tomaré en adelante ideas, citas y expresiones) la discriminación a la que nos referimos puede ser directa, por ejemplo, cuando se limita el acceso de la mujer, por el hecho de serlo, al disfrute de determinado derecho. Y puede ser también indirecta, cuando una norma o política no tiene apariencia discriminatoria pero su aplicación genera discriminación: una norma o plan aparentemente neutros pueden sostener y profundizar la discriminación cuando se aplican a realidades que son de salida diferentes.

Pero ya en 1966 los redactores del PIDESC sabían que una lectura estrecha y limitada del principio de no discriminación no sería suficiente si lo que buscamos es la igualdad real. Por eso motivo, con notable visión para su tiempo, decidieron añadir un nuevo artículo 3 que iba mucho más lejos en su ambición. No sólo se trata de asegurar que no habrá discriminación basada en el sexo, se trata de asegurar el igual disfrute de los derechos, en la práctica, por hombres y mujeres:

Esto significa que la igualdad debe ser formal (de iure) pero también real o sustantiva (de facto) y esta igualdad, dice el Comité, “no se logrará sólo con la promulgación de leyes o la adopción de principios que sean a primera vista indiferentes al género (…) las leyes, los principios y la practica pueden perpetuar (la desigualdad) si no tienen en cuenta las desigualdades económicas, sociales y culturales existentes.” (El Comité volvería a explicar las categorías de discriminación formal y sustantiva, y discriminación directa e indirecta en un nuevo Comentario General , n.º 20, de 2009)

Los principios formales de igualdad y no discriminación no siempre garantizan, por sí solos, la auténtica igualdad. Por eso el Comité anima a los estados a tomar medidas que llama “especiales y provisionales”, medidas, normas y políticas que favorezcan, cuando resulte necesario, a la mujer, medidas que son convenientes en muchas ocasiones para rectificar una situación de desigualdad de facto y que deberían abandonarse cuando esta situación se hubiera corregido (de ahí su carácter idealmente provisional).

Estos días la Vicepresidenta del gobierno de España y Ministra de Igualdad, Carmen Calvo, ha propuesto la introducción obligatoria de cuotas en los Consejos de Administración. Hemos tenido que leer en algunos medios que este tipo de medidas son discriminatorias y por tanto contrarias al principio de igualdad. Debo dejar bien claro que la ONU en general, y los órganos de tratados de la ONU en particular, no sólo aceptan estas medidas como no discriminatorias, sino que en muchas ocasiones recomiendan activa y explícitamente su adopción por ser medidas que, lejos de vulnerar el principio de igualdad, resultan agentes de igualdad.

Hubo otro asunto en que los redactores del PIDESC se adelantaron a su tiempo, cuando en relación a los derechos laborales no se conformaron con el principio de “salario igual por igual trabajo” (insuficiente para afrontar la discriminación salarial cuando se aplicada no por persona sino por tipo o modalidad de trabajo tradicionalmente asociados a hombres o a mujeres). Buscaron el más complejo y rico principio de “igual salario por trabajo de igual valor”. También trabajamos con los estados para avanzar en ese camino.

En nuestro trabajo nos encontramos con discriminaciones criminales como matrimonios forzados o infantiles; violencia de género o violación en el matrimonio no penalizadas; prohibiciones directas de acceso a servicios de salud o educativos; prisión por sexo extramatrimonial sólo para mujeres; crímenes de honor legalizados; criminalización de las denunciantes de abusos… y mil formas más de horroroso sometimiento.

Es importante tener espacios en la comunidad internacional para discutir estos horrores con sus respectivos gobiernos con el fin de ir resquebrajando sus resistencias al cambio y desmontando sus escusas y prejuicios. La participación de la sociedad civil (ONGs y otros) en estos sistemas de la ONU es absolutamente clave para lograr avances. A veces se dan pasos que luego implican cambios en la realidad, como cuando se extrae de un gobierno el compromiso de adelantar los plazos de erradicación de la mutilación genital femenina o de derogar una norma discriminatoria o de aumentar el acceso de las niñas a la educación secundaria o de mejorar los protocolos de protección y asistencia de las mujeres denunciantes o de proteger a defensoras de los derechos de la mujer. A veces son compromisos públicos, otras veces se alcanzan ciertos avances de forma discreta.

Se equivocó, señor Southey

septiembre 25, 2018 en Miradas invitadas

Asier_ArévaloAsier Arévalo Billelabeitia es doctor en Ciencias de la Información por la EHU/UPV con una tesis sobre la crítica de literatura en los periódicos de información general. Además de trabajar como técnico de comunicación en la Administración, mantiene viva su pasión por la literatura. Si bien ha perdido la fe en que la cultura nos hace mejores, no tiene duda de que nos hace más felices. Tampoco duda de que la igualdad nos hará mejores y más felices..

 

Una breve, y personal, panorámica de la reciente literatura española escrita por mujeres

El 12 de marzo de 1837, el poeta Robert Southey respondió por carta a una jovencísima aspirante a escritora que le había enviado unos poemas para pedirle opinión. En aquella respuesta Southey sostenía que “la literatura no puede ser la ocupación vital de una mujer”. La joven se llamaba Charlotte Brontë, y diez años más tarde se aseguró un lugar en la historia de la literatura al publicar, bajo seudónimo masculino, la novela Jane Eyre. Con el paso de los años la poesía de Southey perdió interés, mientras que la carta ha llegado hasta nuestros días como un ejemplo más del maltrato que han sufrido las mujeres también en el ámbito de la literatura.

De una manera algo naíf tropezamos a veces con la idea de que la cultura, empapada de ideas elevadas y de buenos sentimientos, debería quedar libre de algunos males que aquejan a la sociedad, pero a estas alturas la duda se responde sola. Para entender las lógicas de producción, circulación y legitimación de la literatura es muy valiosa la aportación que hizo Pierre Bourdieu en su libro Las reglas del arte, donde sostiene que “no hay campo donde el enfrentamiento entre las posiciones sea más constante y más incierto que el campo literario y artístico”. Tal y como analiza el sociólogo francés, el ámbito literario es una red de relaciones objetivas de dominación, complementariedad o antagonismo entre posiciones que están determinadas por el mercado, por un lado, y por el poder político y su traslación al espacio social, por otro. De ahí que la desigualdad atraviese todas las instituciones literarias (edición, premios, crítica, reseñistas, académicas…) con la misma crudeza que el resto de espacios sociales.

Fotografía publicada en la BBC – Cultura

En el contexto del mercado literario español, uno de los hitos recientes de la desigualdad y de las tensiones que genera fue la entrevista a Chus Visor que publicó ‘El Cultural’ en junio de 2015. Entonces, el editor y figura central de la edición de poesía en castellano afirmó que “la poesía femenina en España no está a la altura de la masculina”. Aquel juicio tan grueso, impropio del lugar que ocupa Visor, movilizó a centenares de artistas que publicaron un manifiesto contra “sus declaraciones sexistas” en el que se recordaba, entre otras cosas, que del total de libros publicados tan sólo el 15% de los de poesía y el 30% de narrativa estaban escritos por mujeres. Cifras que se suman a la infrarrepresentación en el historial de los principales premios literarios y, en consecuencia, a las dificultades para acceder a los procesos de reconocimiento, consagración y posterior acceso al canon.

Por desgracia, las cosas no han cambiado mucho desde 2015 y a las declaraciones de Chus Visor se han sumado otras igual de desafortunadas de primeras espadas, como Mario Vargas Llosa: “El feminismo es, actualmente, el más resuelto enemigo de la literatura”, empeñados en defender el viejo castillo de no se sabe qué ni quién.

Lejos de este ruido, un buen número de mujeres está escribiendo libros magníficos y de una gran diversidad en lo que respecta a estilos y temáticas. De la solidez de las obras de Belén Gopegui y Marta Sanz a la energía que desprende la escritura de dos autoras tan dispares como Cristina Morales y Laura Fernández, la literatura española contemporánea  escrita por ellas goza de una salud envidiable. Así que, con el pudor que siente este que firma, que no quisiera ser leído como un mansplainer, terminaré ofreciendo una lista de libros que no pretende ser exhaustiva pero sí recoger al menos mis entusiasmos como lector. Leer a nuestras contemporáneas nos asegurará muchas horas de disfrute. Discutir sus textos y apoyar su circulación quizá pueda evitar, además, que las futuras reediciones de muchos de estos libros lleven en el prólogo la consabida reivindicación de su lectura como un acto de justicia.

Libros recomendados:

  • Pilar Adón (Madrid, 1971): El mes más cruel (ed. Impedimenta) y Las efímeras (ed. Galaxia Gutenberg).
  • Mercedes Cebrián (Madrid, 1971): El malestar al alcance de todos (ed. Debolsillo) y La nueva taxidermia (ed. Literatura Random House).
  • Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988): La línea del frente (ed. Salto de Página).
  • Jenn Díaz (Barcelona, 1988): Es un decir (ed. Lumen), Belfondo y Madre e hija (ed. Destino).
  • Laura Fernández (Terrassa, 1981): La chica zombie y Wendoline Kramer (Seix Barral) y Connerland (ed. Literatura Random House).
  • Esther García Llovet (Málaga, 1963): Submáquina (ed. Salto de Página), Mamut (ed. Malpaso) y Cómo dejar de escribir (ed. Anagrama).
  • Belén Gopegui (Madrid, 1963): Deseo de ser punk (ed. Anagrama), El comité de la noche y Quédate este día y esta noche conmigo (ed. Literatura Random House).
  • Sonia Hernández (Terrassa, 1976): Los Pissimboni y El hombre que se creía Vicente Rojo (ed. Acantilado).
  • Alicia Kopf (Gerona, 1982): Hermano de hielo (ed. Alpha Decay).
  • Sara Mesa (Madrid, 1976): Cuatro por cuatro, Cicatriz y Mala letra (ed. Anagrama).
  • Cristina Morales (Granada, 1985): Los combatientes (ed. Caballo de Troya) y Terroristas modernos (ed. Candaya).
  • Elvira Navarro (Huelva, 1978): La ciudad en invierno (ed. Caballo de Troya) y La trabajadora (ed. Literatura Random House).
  • Edurne Portela (Santurtzi, 1974): Mejor la ausencia (ed. Galaxia Gutenberg).
  • Llucia Ramis (Palma de Mallorca, 1977): Las posesiones (ed. Libros del Asteroide)
  • Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985): La acústica de los iglús (ed. Caballo de Troya).
  • Marta Sanz (Madrid, 1967): Daniela Astor y la caja negra, Farándula y Clavícula (ed. Anagrama).
  • Clara Usón (Barcelona, 1961): Corazón de napalm, La hija del Este y El asesino tímido (ed. Seix Barral).
  • Gabriela Ybarra (Bilbao, 1988): El Comensal (ed. Caballo de Troya).

 

Seamos ola

septiembre 11, 2018 en Miradas invitadas

Cristina Ubani Bazán. Nací en Irún, generación del 65. Feminismo y Cooperación al Desarrollo por justicia, por pasión y por ocupación. Actualmente trabajo asesorando en el diseño, mejora y gestión de proyectos de igualdad en el ámbito de la Cooperación al Desarrollo. En perpetua formación a la que me impulsan la alegría, la curiosidad y la esperanza impresas en mi ADN. Me gusta sentirme eslabón de una cadena histórica de mujeres y nunca olvido que nuestro suelo fue su techo.


El feminismo es un movimiento político. No cabe duda. Nació con la vocación de transformar leyes civiles, económicas o culturales injustas. Nació de la marginalidad y de la subsidiariedad, de la negación de derechos sociales, políticos y humanos. Luchó contra la invisibilización, la desvalorizacón y el ninguneo. El feminismo se desarrolló: “lo personal es político”. El feminismo se alzó y se rearmó, estudió, deconstruyó y denunció. Elaboró bases teóricas, filosóficas y se cuestionó. Luchó y consiguió. Todo esto hizo, todo esto hace. Todo lo logró, lo logra sin matar, acaso muriendo. Sólo por esto debería ser ensalzado y aplaudido.

De su acción política se podrían distinguir cuatro categorías: las de acción positiva, las compensativas, las de perspectiva de género y las de transversalidad. Las de acción positiva serían las que entienden que las mujeres deben estar en puestos decisorios y de poder por lo que proponen medidas que lo posibiliten. Las compensativas son las que tratan de equilibrar la desigualdad que imponen roles y estereotipos “femeninos” cuyo origen diversos estudios sitúan en la división social del trabajo. Esta división relegó a la mujer al ámbito doméstico, a ocuparse de los cuidados, fuera de los espacios públicos, del trabajo remunerado, del prestigio social y de la visibilidad, reservada a los hombres. Las acciones con base en la perspectiva de género tienen como objetivo cuestionar las raíces de la desigualdad de la distribución social del trabajo y de proponer su transformación, a diferencia de las dos primeras. Y por último las de la transversalidad que harían referencia a la inserción de la igualdad de género necesaria en todas las estructuras, en las políticas y los procesos. Significa reconocer que esta visión heteropatriarcal del mundo, de lo masculino y de lo femenino está inserta en todas las capas de construcción social, económica, y política del propio Estado.

Las actuaciones en estas categorías nos han traído diversidad de balances. Las políticas afirmativas, como el establecimiento de cuotas, nos posibilitan la visibilización, la presencia necesaria de mujeres en puestos a los que se nos impide el acceso. Soy muy fan, digan lo que digan. Las críticas residen en que las cuotas permiten la llegada de cualquier mujer, dicen. Vale, como la no existencia de cuotas posibilita la llegada de cualquier hombre antes que una mujer. No vivimos en una meritocracia, si fuera así pasaría como en las oposiciones públicas: representación más igualitaria. Pero también creo que sería importante compartir que la presencia de mujeres en determinados puestos, como los superpoderes de las superheroinas, conlleva una gran responsabilidad. Esa responsabilidad pasa por entender que ser mujer no es suficiente, que debemos formarnos en feminismo si no queremos reproducir estereotipos y machismos. El “a mí nunca me han discriminado por ser mujer”, por ejemplo, no puede ser una respuesta, porque no es cierta. Necesitamos mujeres, si, pero sobre todo mujeres feministas.

Las compensativas, en mi opinión, han demostrado su inutilidad, y en la mayoría de los casos cargan de nuevo sobre las espaldas de la mujer las consecuencias de las medidas tomadas. Por ejemplo los permisos de maternidad/paternidad o las reducciones de jornada para cuidados de menores y/o mayores. Las medidas no han resuelto, ni en Suecia, ni en Dinamarca, ni en España, ni en ningún lado el asunto del cuidado de hijos/familiares. En un 85% de ocasiones, la que pide reducción de jornada laboral para cuidado es la mujer. Y esto hay que empezar a decirlo alto y fuerte. La brecha en pensiones, las desventajas de estas acciones las pagamos las mujeres vascas, españolas, francesas y suecas. Los datos nos avalan, son muy tozudos en demostrarnos que la igualdad no se ha alcanzado en ningún país y en casi ningún ámbito social. Este tipo de medidas son cuidados paliativos que perpetúan un estado de cosas.

Acciones con afán transformador, rendida fan. El análisis de género diluye el espejismo de la igualdad y deja al aire unas estructuras sociales que instauran la desigualdad como principio. Es necesario, urgente e integrador ponernos estas gafas moradas. Necesitamos esta herramienta para quitar piedras, tierra y dejar las raíces a cielo abierto. Y las raíces, la mayoría de las veces como un iceberg, multiplican el tamaño del árbol. Muchas ídolas, mujeres imponentes han hecho este arduo trabajo. Conocemos la estructura, la llamamos por su nombre, sabemos y podemos describirla, la reflejamos como en la fábula de la caverna de Platón para incrédulas y cegadas y en ese trabajo estamos. Este análisis pone en evidencia las brechas de género y permite articular propuestas interesantes en torno a la salud, a los servicios sociales, etc. Gracias a esto entendemos por qué la crisis económica, los recortes en el estado de bienestar, han tenido una desigual incidencia en hombres y mujeres ya que afectan, entre otras cosas, a la carga de trabajo de cuidados, trabajo que asumen las mujeres, trabajo no remunerado y que limita su posibilidad de acceso y participación en el mercado laboral.

Y por fin el análisis transversal. La realidad es poliédrica y compleja. Cada cambio en una pieza, como en una pila de cajas, trae consecuencias en las otras, que deben también retocarse, reorientarse o cambiarse. En el fondo estamos hablando de la decisión que debemos tomar las feministas sobre si queremos conseguir la igualdad en este tipo de estructuras u ofrecemos una alternativa al modo de entender las relaciones económicas, medioambientales, políticas y sociales con otros valores en la escala de la prioridad y de la agenda pública.

La cuestión es que el feminismo, en mi opinión, ha traspasado una línea de no retorno. Tenemos análisis certeros, hemos desconstruído y analizado, estamos recuperando la memoria de nuestras antecesoras y reescribiendo la historia con nosotras dentro. Hace poco ocupamos las calles en un inmenso grito de hartazgo. Será con nosotras o no será. No sin mujeres.

Pero para esto suceda tenemos que articularnos, no basta la protesta. Tenemos que buscar la manera de construir un proyecto con prioridades y con vocación de incidir e influir en la formulación e implementación de políticas públicas. Debemos ser capaces de proponer un proceso, de delimitar objetivos y plazos, de desplegar alianzas y prever dificultades. Una manera de fijar sólidamente los avances que hagan efectivas las leyes de las que nos hemos dotado.

Debemos aprender y ejercer la legítima y necesaria capacidad de incidencia política para no ir detrás o sobre la ola, seamos ola. Pongamos nuestra capacidad y talento, nuestra acción como consumidoras, activistas, profesionales al servicio de un proyecto común feminista que por definición hará mejor y más sólida a una sociedad democrática.

Debemos marcar un camino por el que transitemos para proponer, vigilar e incidir en las decisiones que nos atañen. El mundo de los partidos políticos tiene sus prioridades, sus posibilidades y sus decisiones cautivas. Tenemos la posibilidad de paso a paso presionar, explicar, incidir, denunciar, formar y construir. Tenemos tarea pero como nos recuerda una maravillosa frase: “venimos a hombros de gigantas”. Es tiempo de definir los pasos, desbrozar el camino que nos queda y caminarlo entero. Estamos obligadas.

La Red Álava, la red de mujeres invisibles

julio 17, 2018 en Miradas invitadas

Ane Azkue Zamalloa. Bilbao, 1985. Comunicación Audiovisual (UPV, Leioa). Trabajé en programas de televisión, en cadenas locales después… hasta que la productora Baleuko me dio la oportunidad de participar en mi primer documental. Guerra civil, espionaje, solidaridad, presos… y como hilo conductor 4 mujeres. Acepté, y gracias a ello he tenido la oportunidad de cocinar a fuego lento y con mucho mimo, una historia de mujeres, de heroínas que yo, ignorante de mí, desconocía.

 

¿Por qué cuando se habla de Guerra Civil, nunca se habla de mujeres? La mujer siempre es la gran olvidada de aquella guerra civil que encarceló y fusiló a centenares de mujeres. Las expulsó de sus pueblos, les robó sus casas y hasta sus hijos e hijas, les prohibió trabajar, las ridiculizó antes sus vecinos rapándoles el pelo y haciéndoles beber aceite de ricino… y así podríamos seguir enumerando barbaries hasta aburrirnos.

Pero aún así, cuando se habla de Guerra Civil siempre aparecen ELLOS, los gudaris, los encarcelados, los fusilados. Si buscamos motivos, en un intento de dar alguna explicación lógica a esta situación, alguien nos diría que se debe a la división machista y sexual que del trabajo se hacía en aquella época. Esto es, la esfera pública era terreno de hombres y la privada de mujeres. Las mujeres en casa, los hombres en el bar. Las mujeres hablaban de cómo criar a sus hijos. Los hombres de política, economía y cultura.

Y sin embargo, fueron…

Pues esta explicación que puede ser válida en algunos casos, no lo es para hablar de las protagonistas del trabajo que nos ocupa.

Itziar Mujica, soltera y sombrerera de profesión; Teresa Verdes, trabajadora en la imprenta familiar y mujer amante de la lectura; Bittori Etxeberria, propulsora de la Ikastola y biblioteca de Elizondo entre otras muchas cosas, y Delia Lauroba, mujer valiente e inteligente a partes iguales, no eran amas de casa. Su trabajo no se limitaba al cuidado de sus hijos, que por cierto no tuvieron, si no que eran mujeres con peso y presencia en el ámbito social, pero así todo, su labor fue silenciada y nunca reconocida.

Sin querer menospreciar la labor de nadie, no es mi intención, me gustaría que se hiciese este pequeño esfuerzo. ¿Cuántos nombres de gudaris y dirigentes políticos de la época conocemos? ¿Y cuántos de esos nombres son de mujeres? Empezando desde el mismo Agirre, Ajuriagerra, Landaburu… todos son hombres. ¿A qué se debe esto? En mi modesta opinión, a una educación, religión y cultura machistas que han hecho que las mujeres no valoremos nuestros esfuerzos ni nuestros logros. No lo hacemos ahora, imaginemos hace 80 años. “Es lo que había que hacer. Nosotras no tenemos nada que contar, solo hicimos lo que nos tocó” ¿Cuántas veces hemos oído repetir estas palabras en boca de mujeres luchadoras, que lo dieron todo por una causa, por unas ideas que ellas entendían como justas? En el caso de Bittori, Itziar, Delia y Tere, ni sus propias familias conocían lo que habían hecho. Cuanto menos, resulta sorprendente. Los hombres nunca dicen: “¡era lo que teníamos que hacer, nada más!” Ellos no. Ellos saben poner en valor su lucha y darle una dimensión de grandiosidad que las mujeres todavía, no hemos aprendido a hacer.

Bittori Etxeberria lideró una red que fue capaz de sacar y meter información de las cárceles franquistas y hacer llegar esta información hasta el Gobierno Vasco en el exilio. Bittori, Delia, Itziar y Tere, lideraron una red que movía valiosísima información desde Santoña hasta Baiona, desde Burgos hasta París. Burlando controles policiales, militares y carcelarios. Por cierto, que esta red se bautizó como la Red Álava, en referencia y homenaje a su coordinador general, Luís Álava. ¿Es raro que el coordinador sea hombre y que la red lleve su nombre? Muy raro. O no tanto.

Pero volviendo a la labor de “las cuatro vascas”, creo que el hecho de ser mujeres, jóvenes y de buena presencia, aunque suene contradictorio, de alguna manera les benefició. Los carceleros, guardias, militares, jueces… no sospecharon de unas pobres mujeres, no vieron peligro en ellas, y esto les ayudo a seguir con su labor. Muchos de los testimonios recogidos en el documental apuntan a que si se libraron del fusilamiento fue por ser mujeres. A la “injusticia” franquista le resultaba demasiado fusilar a mujeres católicas. Bueno… si esa fue la causa, podemos decir ¡qué no hay mal que por bien no venga!

El reconocimiento y la visibilización han llegado, tarde, pero han llegado. Decía Txema Montero en el documental que, “la historia de estas cuatro mujeres le había fascinado y que si esto hubiese ocurrido en Francia estarían en el “Panteón de la resistencia”. Si es así, me alegro de saber que en otros países las cosas se han hecho mejor.

 

Mujer, una noche cualquiera

julio 10, 2018 en Miradas invitadas

Juanjo Domínguez (@juanjodom). Nací en Barcelona y vivo en Orkoien, Navarra. Estudié Ciencias Políticas y Sociología y me gusta la Estadística Matemática. Con esas herramientas analizo la realidad, las evidencias y los datos; intento saber cómo se combinarán para dar lugar a nuevas realidades. Hago estimaciones y predicciones y, en muchas ocasiones, acierto. A veces hablo en medios de comunicación y, muchas veces, tengo ganas de no hacerlo. Soy corredor de fondo, de esos que no esquivan los charcos.

 

El reloj marcaba las once de la noche y los tres hombres y cuatro mujeres que nos habíamos desplazado hasta Tafalla entramos a tomar un café en un bar de la plaza principal del pueblo. Dentro del local olía a puro, a pacharán y a colonia cara de mujer. La música de la cafetería, ni alta ni baja. Las conversaciones resultaban audibles. Esperábamos por las consumiciones cuando un tipo baboso, algo ebrio, de unos 50 años, se arrimó a HLN (de la cuadrilla) sin ningún tipo de contemplación e intentó manosear su culo. Así, por la vía criminal. Por la cara. Porque él lo valía. Por sus huevos de macho. Porque en febrero de 1991 fuimos a disfrutar de los carnavales y HLN le plantó un manotazo defensivo en la pechera al sobaculos que lo hizo rodar tres metros por el suelo como una aceituna. Nadie del bar se inmutó. Solo se escuchó alguna risa burlona y la clientela nos miró con cara de desaprobación. Pagamos la cuenta y nos largamos. La noche prometía. Queríamos celebrar varios cumpleaños: 21 años.

El pueblo entero disfrazado, colorido de noche y bullicioso. Alegre. Una miscelánea humana se divertía, copa va y palpada en el culo viene – ¡qué obsesión con el culo de mis amigas! –. Y entre los bailes a ritmo de Rick Astley, Kortatu y los Pet Shop Boys, focos flamígeros y chispazos ululantes, rojos, azules y verdes. Reíamos. Ahora bien, a menor tamaño del antro, o mayor aglomeración en la calle, más se multiplicaba el número de restregamientos y, como no, el típico “frota que frota” a mis colegas féminas.

Imposible conocer el origen de tanta mano bellaca y anónima. Mis amigas, aunque protestonas por los tocamientos, nos contaban con cierta resignación que “vosotros no sabéis cuánto tenemos que aguantar”.

Aquella noche, fría y extraña, la palma sobona se la llevó HLN: 175 cm, 67 kilos, más unos zapatos unisex negros de invierno la alzaban hasta sumar 178 cm. No sé si guapa o fea, tal vez extravagante, HLN lucía un vestido morado ceñido por encima de las rodillas y una cazadora negra de cuero ajustada muy de la época. La verdad, llamaba la atención. Supongo que por su altura para ser mujer.

El caso es que, a eso de las tres de la mañana, mientras charlábamos apretujados en una esquina traicionera de un pub, una mano asquerosa se coló por debajo del vestido de HLN hasta la entrepierna. Ni el volumen infernal de “A quién le importa lo que yo haga”, la canción de Alaska que sonaba en ese preciso instante, evitó que la hostia que le dí al maromo pasase desapercibida. Así que, allí me vi yo, disfrazado de mujer, delante de aquel hosco indeseable, y sus compinches, sin saber muy bien qué iba a suceder.

Hoy, pasados tantos años, me imagino que mi cuadrilla y yo nos libramos de una buena tunda debido a que, ciertamente, el agresor y sus acompañantes pensaban que yo era una mujer de verdad a la que habían maquillado con gracia y acierto. Mi envoltura customizada daba el pego. Incluso, a pesar de haberme quitado la peluca, que había ido al contenedor de la basura con el fin de evitar problemas a mí y a mis amigos, dado que al menos una docena de guarros me habían metido mano desde que llegamos a Tafalla; eso, sin contar el sinnúmero de “delicadezas verbales” que escuché durante la algarabía nocturna. Para flipar.

Hasta aquel lance de 1991 desconocía cuánto soportaban las mujeres una noche cualquiera, un día de fiesta o una jornada normal. Lo que para mí se trató de una correría de carnaval, en la que me atavié de mujer como me pude haber disfrazado de marciano, acabó de una manera desagradable sin pasar a mayores. Hoy, a pesar de que el acoso sexual en todas sus variantes sigue siendo una lacra, quiero pensar que un poco hemos evolucionado como humanos.
HLN (Hasta Las Narices)