De la paridad numérica a la paridad sustantiva

03/12/2019 en Miradas invitadas

Martha Tagle, @MarthaTagle.

Soy feminista y politóloga comprometida con la defensa de los derechos humanos de las mujeres, la no violencia, la democracia, el combate a la corrupción y la impunidad. He participado como conferencista a nivel nacional e internacional como especialista en género.

Como fundadora de Movimiento Ciudadano, en México, he ocupado diferentes cargos al interior del partido y actualmente soy diputada federal en la LXIV Legislatura donde –como lo he hecho en otros espacios– impulso la agenda de la sociedad civil.

 

Por primera vez, ambas cámaras del Congreso de la Unión mexicano están conformadas prácticamente de manera paritaria. Es decir, casi el cincuenta por ciento de los escaños están ocupados por mujeres. Sin embargo, debe señalarse que este escenario es el resultado tangible de un movimiento que por más de 25 años ha trabajado incansablemente por incluir –en un primer momento– las llamadas cuotas de género (medidas de acción afirmativa) y posteriormente, el reconocimiento de la paridad a nivel constitucional y su implementación en todos los órdenes y niveles de gobierno en México (2019).

Nuestro país se ha colocado en el cuarto lugar a nivel internacional con mayor número de legisladoras. Solo por debajo de Rwanda (61.3%), Cuba (53.2%) y Bolivia (53.1%). Otro aspecto para destacar es que la Cámara de Diputados y el Senado de la República actualmente tienen a una mujer presidiendo sus mesas directivas, sentando un importante precedente para el ejercicio de los derechos político-electorales de las mexicanas y abriendo mayores posibilidades para impulsar una agenda incluyente e igualitaria.

Pese a que estos datos brindan gran aliento, la realidad es que las mujeres en el espacio político (como en muchos otros) todavía distan de ejercer plenamente el poder –en toda la extensión de la palabra–. Un ejemplo, en la Cámara de Diputados a pesar de que 48.2% de los escaños están ocupados por legisladoras, solo uno de los ocho grupos parlamentarios tiene una mujer a la cabeza. Al tiempo de que de las 46 comisiones ordinarias que enmarcan el trabajo legislativo, únicamente 19 están presididas por mujeres.

Por esta y otras razones, la paridad numérica no ha logrado traducirse en paridad sustantiva que permita avanzar en la calidad de vida de las y los mexicanos, ni tampoco en la transformación del quehacer político. El reto radica en cómo convertir –y aprovechar– la creciente participación política de las mujeres y su intervención en la toma de decisiones de los asuntos públicos del país.

Sobre este último punto: que haya más mujeres en espacios de decisión puede –por no decir debe– modificar de manera sustancial las reglas que históricamente han caracterizado el ámbito político. Estas lógicas masculinas –reglas escritas y no escritas– son las que han dado forma a ciertas estructuras androcéntricas, entre ellas los partidos políticos, y las responsables de perpetuar las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, entre los considerados “propietarios” de estos espacios y las consideradas “intrusas” o “ajenas” al proceder político y la toma de decisiones.

Por ello, el reconocimiento de la paridad de género como un principio de nuestra democracia no debe traducirse únicamente en un mayor número de legisladoras, alcaldesas, regidoras o síndicas; por decir algunos cargos. Este principio debe transformar radicalmente la forma en que se toman las decisiones. Por citar un ejemplo, resulta fundamental evitar –en la medida de lo posible– que los horarios en los que las y los legisladores deben sesionar se extiendan a altas horas de la noche.

¿Por qué? Porque esto permitiría –al igual que para cualquier persona trabajadora– contar con las condiciones necesarias para realizar una verdadera conciliación laboral-familiar, lo que se traduce en mayor rendimiento en el espacio de trabajo y una mejor distribución de las tareas en los hogares. Por ende, familias más felices y sin el pesar que produce tratar de compaginar estos dos ámbitos. Considerando además lo que ocurre con las y los legisladores que todas las semanas deben trasladarse desde sus estados hacia la Ciudad de México –y viceversa– para continuar con sus tareas y estar con sus familias.

Otros ejemplos. El reconocimiento de licencias de maternidad (y paternidad) para las legisladoras, el establecimiento de una sala de lactancia, el recorte de ciertos gastos que, además de poder destinarlos en otras labores, contribuyan al cuidado del medio ambiente. En fin, como estas, podríamos comenzar a generar los diálogos necesarios que ayuden a implementar diversas acciones que modifiquen este tipo de lógicas obsoletas que permean el ámbito de la política.

De hacerlo, la llamada “legislatura de la paridad de género” trascenderá no únicamente por haber tenido la mitad de los espacios ocupados por mujeres. Sino por su capacidad y compromiso por transformar la política y, con ello, la vida de todas y todos. Como bien ha reivindicado Marcela Lagarde, “por la vida y la libertad de las mujeres” trabajemos para que la paridad sustantiva sea una realidad.

 

 

Somos mujeres. Somos personas. Gente con sueños que imagina una sociedad diferente. Gente que reclama un espacio común para mujeres y hombres que sea más justo y equilibrado. Y después de mucho cavilar, somos doce mujeres con ganas de trabajar para lograrlo. ¿Quieres saber quiénes somos?.