Somos lo que miramos

22/10/2019 en Miradas invitadas

Braulio Gómez Fortes: Soy Doctor en Ciencias Políticas y Sociología.

A veces me hago preguntas sobre problemas políticos y sociales y consigo financiación para encontrar respuestas. Lo que suelo encontrar son más preguntas. Aprendo encontrándome con diferentes. Orgulloso de formar parte del Rabba Rabba Girl.


Mirar bien ayuda a cambiar lo que está mal. Unas veces mirar bien está relacionado con posar la mirada en el sitio adecuado. Otras, con utilizar las gafas con la graduación precisa para que no se te escape la letra más pequeña de la realidad. Si miras porque te interesa cambiar lo que está mal, estarás contemplando ese traslado colectivo que están protagonizando las mujeres y que resumía tan bien Pilar Kaltzada en un lúcido ensayo en formato mini publicado en este espacio temático de las miradas. Es un movimiento masivo hacia espacios de la esfera pública y privada donde los recursos y la libertad de decidir eran hasta hace diez minutos cosa de hombres. Y las candidatas habituales a quedarse fuera de este incipiente y justo éxodo hacia una vida mejor vuelven a ser las que no tienen recursos económicos. Otra vez con la maldita clase social. Qué pesadez. Pero es que también la pobreza es más femenina que masculina.

La recién premiada con el nobel de economía, la francesa Esther Duflo, sabe mucho de pobreza y de mirar bien.  Ella ha roto las barreras académicas para poder avanzar en los mecanismos que se pueden activar para luchar contra la pobreza a través de un contacto directo y profundo con las afectadas. La última premio nobel de economía mira a la pobreza porque le duele y cree que se puede corregir. En su último libro, publicado recientemente en castellano, Esther Duflo analiza de forma hiperrealista el modo de organizar su propia vida que tienen personas sin recursos. Se acerca a la gente que cuenta con menos de un euro al día para sacar adelante su proyecto vital. Y destaca cómo la educación es uno de los factores que ayudan más a salir de la pobreza y, al mismo tiempo, la imposibilidad de gestionar adecuadamente la educación de tus hijos sin recursos.  Muchas familias se ven condenadas a concentrar sus recursos en uno solo de sus hijos y lo habitual es que no sea una mujer la elegida para salir de la pobreza.

Somos lo que miramos.  Por ejemplo, unos miran el fraude, residual, de la Renta de Garantía de Ingresos y otras se fijan en la feminización, real, de la pobreza en Euskadi. Siempre me ha llamado la atención la naturalidad con la que se asume que el complemento por monoparentalidad de la RGI este monopolizado casi en exclusiva por las mujeres. El 95% de las personas que lo piden son madres que no tienen los recursos suficientes para poder sacar adelante por sí solas a sus hijos. Tan solo el 5% son padres con hijos a su cargo que tienen que activar esta ayuda. Los hogares cuya persona de referencia es una mujer tiene significativamente más probabilidades de caer en la exclusión social que aquellos hogares con un único cabeza de familia masculino.

El reparto asimétrico de los recursos económicos permite mantener esta situación de desigualdad respecto a las mujeres. El dinero da seguridad y poder y ayuda a florecer esos hiperliderazgos masculinos de los que hablaba Eva Silván y que utilizan sus recursos conquistados en una carrera desigual de partida  para afianzar sus posiciones, controlar el acceso a sus cotos de poder y  proteger sus privilegios evitando en lo posible compartir sus espacios. Una de las, malas, explicaciones de por qué las mujeres no llegan con facilidad a la actividad política era que se pensaba que la política no iba con ellas. Durante muchos años se ha llamado la atención sobre la falta de interés por la política de las mujeres en relación a los hombres.

Eso decían los que miraban de forma equivocada y con herramientas científicas defectuosas. Tuvieron que venir politólogas de la talla de Mónica Ferrín,Marta Fraile o Gema Garcia-Albacete a mirar mejor, a mirar con otras gafas y con otras herramientas porque se estaba preguntando mal hasta que llegaron ellas. Se estaba llamando política a lo que interpretan los hombres como política. Con su estudio, llevando las gafas adecuadas y mirando dónde hay que mirar demuestran que las mujeres se preocupan tanto o más por la política que los hombres. Lo que sucede es que llaman política a otra cosa. Las políticas sociales, incluida la lucha contra la desigualdad y la pobreza, son las que marcan la agenda política de las mujeres. También la sanidad, la educación y el cuidado de mayores y niños. La política como algo concreto. Y por eso el desbordamiento que han producido sus últimas manifestaciones del 8 de marzo han chocado con la tradicional idea masculina de entender la política.  La lucha contra la pobreza es política como bien sabía Esther Duflo y la mayoría de las mujeres a las que se atribuía equivocadamente un desinterés por la política.

Creo que en el campo de la investigación ya no solo nos corresponde poner nuestra mirada en los problemas que sean más necesarios y urgentes solucionar por criterios de justicia o éticos. También hay que perder el miedo a cuestionarse herramientas e instrumentos de medición que han estado monopolizados por la mirada masculina, con todas sus limitaciones. Por ejemplo, si nos preocupa la pobreza y su feminización habrá que escuchar mucho más a las mujeres e  invertir en incorporar más miradas femeninas al espacio científico y político donde se construyen soluciones para erradicar la pobreza. Y ya sabemos que las mujeres quieren estar ahí.

 

Somos mujeres. Somos personas. Gente con sueños que imagina una sociedad diferente. Gente que reclama un espacio común para mujeres y hombres que sea más justo y equilibrado. Y después de mucho cavilar, somos doce mujeres con ganas de trabajar para lograrlo. ¿Quieres saber quiénes somos?.

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