El teatro: un espacio para la transgresión de lo real

08/10/2019 en Miradas invitadas

María San Miguel (Valladolid, 1985) @MariTriniSanMig. Soy creadora y actriz. Licenciada en Periodismo y Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, donde comencé a estudiar teatro con mi maestro Domingo Ortega. Estoy formada en la escuela de María del Mar Navarro y he estudiado y trabajado con diversos profesionales nacionales e internacionales de las artes escénicas. En 2009 fundé Proyecto 43-2, compañía de teatro documental en la que produzco, escribo y actúo. El teatro me parece una de las armas más poderosas de transformación política. Me interesa mucho llevar a escena las violencias y los márgenes que conforman nuestra sociedad.

Foto: Luis Gaspar

 

 

Las mujeres estamos faltas de referentes.

El patriarcado nos ha señalado un camino en el que los ejemplos de acción, carácter, éxito y formas de estar en el mundo están encarnados por hombres.

Yo misma he admirado (y admiro) a muchos hombres a quienes he tenido (y tengo) como modelos a seguir.

De hecho, he idealizado a muchísimos de ellos, lo que ha resultado ser catastrófico para mis relaciones sentimentales, pero también para mi autoestima y el valor que me otorgo a mí misma en el ámbito personal y profesional.

El acercamiento a la teoría feminista que llevo realizando desde hace ya algunos años y la fuerza con la que ha llegado (espero que para quedarse) esta cuarta ola me está haciendo despertar y ser consciente de todos los mandatos que afectan tanto a nuestra vida privada como a nuestra proyección pública.

Aún así, no consigo desprenderme del síndrome de la impostora ni dejo de exigirme una perfección y una capacidad de trabajo infinitamente más rígidas que las que (estoy segura) desarrolla cualquier hombre sobre sí mismo.

Hace diez años fundé mi compañía, pero no ha sido hasta prácticamente antes de ayer cuando me he dado cuenta de que, efectivamente, yo soy la mujer que lidera el proyecto. Que tengo derecho a equivocarme, a fracasar, pero que también los logros que hemos conseguido hasta ahora se deben a mi esfuerzo, a mi capacidad creativa y de gestión y a la relación generada para con el resto del equipo.

Durante estos años he tenido que luchar contra la falta de credibilidad (una mujer joven liderando un proyecto), contra las trabas que me he encontrado en reuniones y encuentros e incluso con los obstáculos que me han puesto algunos de los colaboradores que han trabajado en la compañía.

Pero, sobre todo, he tenido que combatir contra el juicio constante al que me he sometido (y sigo sometiéndome) cada día.

Me atrevo a decir que he sido más dura conmigo misma que lo que lo han sido otros conmigo. Y eso que, en ocasiones, el trato que he recibido y las descalificaciones han sido terribles y me han afectado gravemente a mi crecimiento como actriz y como ser humano.

¿Por qué nos ocurre esto? ¿Por qué además de enfrentarnos a la desigualdad tenemos que luchar contra nosotras mismas?

Porque no tenemos referentes.

El patriarcado nos ha mostrado que nuestro lugar es otro. Es secundario. El poder, los privilegios y las capacidades son uso exclusivo de los hombres. Las mujeres somos frágiles, inseguras e incapaces para liderar con otras herramientas diferentes a las que habitualmente se utilizan.

Entonces pienso, ¿qué puedo hacer yo como creadora, además de reivindicar el lugar que me pertenece?

Puedo llevar a escena a mujeres que rompan los patrones de comportamiento con los que hemos sido educadas.

Mostrar otras realidades.

Visibilizar a mujeres que transgreden, que son sujetos activos con todas sus contradicciones, miedos y creencias.

Las creadoras tenemos la responsabilidad política de generar otras narrativas.

De llevar a escena a mujeres que rompan con lo establecido. Sin miedo a equivocarnos.

Es curioso, pero hace relativamente poco tiempo me di cuenta de que las mujeres que protagonizan Rescoldos de paz y violencia, la trilogía de teatro documental sobre la violencia en el País Vasco en la que he trabajado desde 2009, son los motores de los espectáculos.

Las mujeres realizan la transgresión utilizando los rasgos de carácter que tradicionalmente se han atribuido a nosotras (escucha, cuidados, empatía) para generar espacios de entendimiento, de resolución de conflictos. Ofrecen al Otro la posibilidad de hacer las cosas de otra manera.

Cuando empecé a escribir no era tan consciente como lo soy ahora de la importancia que supone crear personajes con perspectiva de género.

Supongo que la educación feminista y libre que me han dado mi madre y mi padre está estrechamente relacionada con esta forma de imaginar y representar en la escritura y en la escena.

Pero, sin duda, el carácter documental del proyecto, la fuerza de las mujeres a las que he entrevistado y que me han acompañado en todos estos años, ha sido definitivo para que sean ellas quienes verdaderamente protagonizan la trilogía. Son fuertes y sensibles. Son sujetos activos que muestran sin temor las contradicciones, silencios y dolores que las construyen.

Las palabras y la acción que representan estas mujeres son importantes, pero es esencial el cuerpo y la estética con la que se trabaja desde la escena.

Forma parte de la representación de las nuevas narrativas. Dar visibilidad a otros cuerpos. No solo tratando de romper con el canon fascista de la belleza (como dirían las protagonistas de Lectura Fácil de Cristina Morales) que nos ha impuesto el patriarcado, sino con la forma de ser, estar, moverse y de participar en la acción que tienen los personajes femeninos.

La imagen, al igual que la palabra, conforma nuevas realidades. Por eso también es importante romper el canon de representación tradicional de las mujeres desde la presencia escénica.

Foto: Gema Graciano

El próximo 14 de noviembre estrenamos en Barcelona El contrato de Carmen Resino, un texto inédito escrito en 1973 por la autora que decidió conservarlo en un cajón por los problemas que podía causarle sacarlo a la luz en ese momento.

La puesta en escena que dirijo es un encargo de Teatro de la Riada, una compañía creada por Alba Muñoz y Sonia Pérez, que quiere dar visibilidad a dramaturgas iberoamericanas que han sido (oh, sorpresa) invisibles a pesar de la calidad de sus propuestas.

Durante todo el proceso de creación y ensayos he(mos) tenido muy presente la responsabilidad de poner en escena otros cuerpos, otras posibilidades de representación.

Es un texto duro que muestra las violencias invisibles con las que las mujeres nos hemos acostumbrado a vivir y que, además, hemos adquirido como patrón cotidiano de comportamiento.

Nora y Jasica son dos mujeres que mantienen una relación indefinida y que buscan otra manera de estar en el mundo, sin embargo, caen todo el rato en la repetición e imitación de comportamientos aprendidos.

Aún así, intentan transgredir, con todo el cansancio y el miedo que produce a veces lo desconocido.

Nos parecía importante mostrar también esta parte de lo real y, al mismo tiempo, utilizar a Nora y Jasica para imaginar otra realidad posible.

Esta es la misión que tenemos por delante. Y es obligatoria.

Plasmarnos a nosotras y a las otras.

Elaborar nuevos referentes que nos faciliten el camino hacia la igualdad real. Con todas nuestras contradicciones.

Traer lo que hasta ahora ha sido el margen a la escena, para hacerlo presente, real y central.

 

Somos mujeres. Somos personas. Gente con sueños que imagina una sociedad diferente. Gente que reclama un espacio común para mujeres y hombres que sea más justo y equilibrado. Y después de mucho cavilar, somos doce mujeres con ganas de trabajar para lograrlo. ¿Quieres saber quiénes somos?.