La trampa de la libertad

11/02/2020 en Doce Miradas

Eva Arrilucea. Mamá, doctora en economía y experta en políticas de innovación. Loca de los gatos (sobre todo del mío), escritora frustrada y lectora voraz. Un sabor: el chocolate. Una sensación: la hierba bajo los pies descalzos. Un olor: el de las tormentas. Mi frase favorita: “Todas las personas que conoces están luchando una batalla de la que tú no tienes ni idea. Así que sé amable. Siempre

El que probablemente ha sido el mayor descubrimiento de la ciencia vasca, ni tuvo su origen en la curiosidad científica ni fue impulsado por agentes vascos. El aislamiento del Wolframio, realizado por los hermanos Elhuyar en 1783 en Bergara, fue el resultado de una misión de espionaje puesta en marcha por Carlos III para robarles a los escoceses la receta de los mejores cañones del mundo. Con ese objetivo, y pilotado por el Secretario de la Marina Pedro González de Castejón, por el capitán de navío José Vicente de Mazarredo y por la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, se envió un par de espías a Europa con la misión de formarse en idiomas y en ciencias varias, y de introducirse en Escocia haciéndose pasar por empresarios alemanes. La misión terminó cinco años después sin pena ni gloria, pero Juan José Elhuyar volvió a Bergara con el conocimiento necesario para aislar el wolframio junto a su hermano Fausto. 

En realidad, el caso del wolframio no es un hecho aislado. El motor de muchos de los grandes descubrimientos de la historia fue un puñado de hombres ambiciosos y hambrientos de poder. Sin ellos, ni Colón habría descubierto América, ni Neil Amstrong se habría dado aquel entrañable paseo por la Luna. Si revisáis la historia no encontrareis grandes avances sobre el cuidado de la salud prenatal de las mujeres, ni sobre el tratamiento de los traumas infantiles, simplemente porque ninguna de estas disciplinas podía ayudar a ampliar fronteras o a ganar guerras. Con las mujeres pasaba un poco lo mismo: las mujeres no tenían voto, no tenían fuerza física y no tenían acceso a la educación. Desde el punto de vista del poder, las mujeres no existían. 

Las cosas no cambiaron demasiado con la segunda industrialización, a finales del XIX, cuando a los objetivos anteriores, se les unió el de incrementar la productividad de las economías. Se desarrollaron nuevas tecnologías para la producción, se construyeron infraestructuras varias, se crearon instituciones financieras e, incluso, se pusieron en marcha nuevas instituciones educativas para formar a los trabajadores. Sin embargo, la situación para las mujeres no fue significativamente diferente. En la recién estrenada Escuela de Artes y Oficios de Atxuri, en Bilbao, las mujeres tenían permiso para matricularse, sí, pero solo en los estudios de dibujo, adorno y corte de vestidos; en geometría, construcción y electricidad estaban completamente vetadas. Para las mujeres que no tenían ninguna formación las cosas estaban aún peor: las crónicas de la época apuntan a que los trabajadores no cualificados de los astilleros apenas ganaban el salario de subsistencia, y sus compañeras, la mitad. 

La foto del primer amanecer del siglo XX revelaba una realidad bastante gris para las mujeres vascas: su esperanza de vida apenas rozaba los 35 años, tenían de media 4 hijos, y el 40% de ellos morían antes de alcanzar los 15 años. Las enfermedades infecciosas hacían estragos entre una población donde las condiciones higiénicas y sanitarias dejaban mucho que desear. Lo único bueno que puede decirse de esta situación es que solo podía mejorar. Y, en cierta manera, lo hizo. 

En 1910, a través de la Real Orden de Instrucción Pública, firmada por Alfonso XIII el 8 de marzo, las mujeres españolas entraron en la universidad de pleno derecho. No era la primera vez que una mujer pisaba un recinto universitario pero, por primera vez, podían hacerlo sin necesidad de obtener permisos especiales, sin tener que permanecer sentadas cerca del profesor, y sin tener que esperar a alguien las escoltara de un aula a otra para que no anduvieran sueltas por la universidad perturbando la paz de espíritu de sus compañeros varones. 

El siguiente gran hito llegó unos años después, en 1931, cuando las Cortes españolas, por fin, aprobaron el sufragio femenino. No deja de ser curioso que uno de los alegatos más encendidos contra el sufragio femenino en aquella sesión del 1 de octubre viniera, precisamente, de la mano de una mujer. Victoria Kent diputada del Partido Radical Socialista, sostuvo que las mujeres españolas no iban a entender los ideales de la República, que no tenían la formación necesaria, que sus mentes estaban en manos del clero y de los hombres y que, por lo tanto, era demasiado pronto para dejarles votar. Fue Clara Campoamor, diputada del Partido Republicano Radical, quien tuvo que recordarle todas las ocasiones en las que las mujeres habían luchado por los ideales de libertad y de igualdad y que, de facto, el número de hombres analfabetos en aquella España de la época superaba con creces al de mujeres. Alegó: “solo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deber ser los mismos para la mujer que para el hombre”. 

¿Dónde estamos hoy? Pues, aparentemente, hoy la mayor parte de la gente considera a la mujer como un ser humano, lo que no deja de ser un avance interesante. En gran parte del mundo las mujeres tenemos voto, tenemos acceso a la educación y vivimos en un entorno en el que la fuerza física no es determinante para nuestra supervivencia. También es una realidad que las mujeres apenas ocupamos jefaturas de estado (el 8% en el mundo) y que tenemos una presencia limitada en la alta dirección empresarial (apenas el 34% de los puestos tienen nombre de mujer). Por otro lado, en Euskadi, por primera vez en la historia, tenemos un Parlamento donde hay más mujeres que hombres, y las mujeres vascas tenemos la esperanza de vida más alta de Europa. 

Yo le llamo a esto la Gran Trampa de la Libertad

Si tienes educación superior, tienes un trabajo remunerado y tienes todos los derechos civiles, entonces lo tienes todo. Por tener, hasta tienes una carga heredada con la curiosa propiedad de ser invisible, pero con un peso enorme. La sientes, por ejemplo, cuando tienes que planificar un viaje de trabajo y, además de preparar las reuniones y la información necesaria para que tu empresa y tú brilléis, en paralelo tienes que planificar quién llevará a los niños al colegio por las mañanas, quién los recogerá, si habrá suficiente comida en la nevera para todos los días y quién le recordará a tu madre la cita del médico mientras estés fuera. Como madre de dos niños pequeños y aspirante a tener una carrera profesional plena podría escribir varias tesis doctorales sobre este tema, pero no lo haré. Dejaré que cada una de vosotras inserte en esta parte su propia experiencia. 

Mirar al pasado y asumir que ya lo hemos conseguido todo es la Gran Mentira a la que nos toca enfrentarnos ahora. Visibilizar las cargas invisibles y los techos de cristal para definir el camino que tenemos por delante hacia la igualdad plena. ¿Sabías que ningún país del mundo, ni siquiera los más avanzados, han alcanzado el objetivo de la igualdad total entre hombres y mujeres? De media estamos al 68%, y los que mejor lo hacen -los países del norte de Europa- apenas rozan el 80% del total.  En España se ha feminizado la pobreza y se ha masculinizado la recuperación económica. El pobre español es una mujer joven con estudios y con hijos. Una de cada dos personas que viven en hogares monoparentales está en riesgo de pobreza, y en el 85% de los casos esos hogares están encabezados por mujeres. El salario por hora para las mujeres es un 11% más bajo en jornada completa y un 15% más bajo en jornada partida. La tasa de pobreza de las mujeres de más de 65 años es 4 puntos porcentuales más alta que la de los hombres de la misma edad. 

Dicen que el mejor truco del diablo ha sido convencer al mundo de que no existe. Otro muy bueno ha sido convencernos a todas de que ya hemos alcanzado la igualdad con los hombres.

Para ganar esta batalla hay que ponerle cara -y números- a la Gran Mentira, hay que saber cómo combatirla y, sobre todo, hay que querer hacerlo. Y hablando de la libertad de elegir, dejadme acabar con una frase de Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austriaco, y autor del maravilloso ensayo “El Hombre en Busca de Sentido”: “entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestra capacidad de elegir la respuesta. Y en la respuesta residen nuestro crecimiento personal y nuestra libertad”.

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Somos mujeres. Somos personas. Gente con sueños que imagina una sociedad diferente. Gente que reclama un espacio común para mujeres y hombres que sea más justo y equilibrado. Y después de mucho cavilar, somos doce mujeres con ganas de trabajar para lograrlo. ¿Quieres saber quiénes somos?.

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