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De las musas al teatro

29/10/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Guillermo DorronsoroGuillermo Dorronsoro (@guillerdorron) es Decano en Deusto Business School y Vicepresidente de IK4 Research Alliance. Escribe todas las semanas en Euskadi, Thought&Made, un blog que habla de ciencia, de tecnología y de industria, y del segundo Renacimiento que necesitamos. Es de Sestao, aunque le acaban de dar doble nacionalidad azortzitarra por todas las horas que lleva recorriendo la A8.

 

Seguro que has oído hablar de las musas. Aunque pocas personas son capaces de recordar el nombre de las nueve musas canónicas, saben qué poetisa fue bautizada como la décima, o reconocen la etimología de la palabra museo (o la inglesa amusement).

Se va perdiendo la costumbre de invocar su ayuda al principio de las obras (Ulises o Dante, por ejemplo, comienzan su relato pidiendo su inspiración). Antes se cuidaban estas cosas, y en una de estas citas fue Lope de Vega quién consagró en un verso la expresión que quizá ahora más nos las recuerda “de las musas al teatro”.

No siempre tenemos esa capacidad de aterrizar los consejos de las musas ¿Te ha pasado alguna vez que has tenido un momento de inspiración, pero que luego no has sido capaz de pasar a la acción? Como, por ejemplo, cuando lees “Doce Miradas”… ¿son lecturas inspiradoras, verdad? Pero luego ¿ya somos capaces de pasar a la acción, pasar de las musas al teatro?

Has leído a Calíope que te ha explicado cómo la belleza es a veces la peor trampa. Clío que la Historia está muy mal escrita, Erato que nos queda mucho camino para amar bien, Euterpe que está aburrida de oír siempre canciones desafinadas y Melpómene de ver escenarios siempre llenos de hombres (Polimnia, musa de lo sagrado, se ha quedado la pobre sin voz…). Nos queda Talía, para no perder el buen humor a pesar de todo o Terpsicore, para seguir bailando, aunque toque con el más feo.

Como me tocaba escribir a mí este post invitado, he pedido ayuda a la novena musa, Urania, que me acompaña desde siempre, me ayuda a dibujar mapas en las estrellas, y también a entender que las matemáticas y sus fórmulas son exactas y elegantes pero la vida, por desgracia, es bastante menos exacta y definitivamente mucho menos elegante.

Estaba dando vueltas a cómo escribir este post cuando hace unos días me contaron algunas historias de  mujeres de comunidades rurales, urbanas marginales, indígenas y en campos de personas refugiadas en África, América Latina e India. Están ahí, aunque nunca miremos: María en Colombia, Tate Helene en Congo, Mishula o Jadiben en India.

Historias de mujeres valientes que están marcando la diferencia en países en los que mantener una mirada como la de Doce Miradas, puede acabar fácilmente en que te arrancan los ojos, pero eso no las detiene. Y construyen desde esa mirada una realidad diferente.

Supongo que si las musas han hecho su trabajo, a mí me toca el viaje al teatro.

No tengo claro cómo será el viaje, probablemente lo primero será dejarnos ayudar por Alboan. Tendré también que pedir el apoyo en la Junta de Facultad (10 mujeres, 10 hombres, aunque no hice cuentas, pedí a los mejores para cada puesto que me acompañaran). Tendremos que pedir ayuda a nuestras alumnas y alumnos, al claustro, al Consejo (en este último foro el equilibrio no está tan conseguido, ya llegará).

Mucho trabajo por delante para contar esta historia de mujeres valientes, y para ayudarlas en su tarea de sostener su mirada. Aquí dejo anotado mi compromiso, necesitaré de la ayuda de muchas personas más para que cambiemos una realidad tan desastrosa. Merecerá la pena.

Oh musas, vosotras que veis el futuro, ayudadme a construir sus caminos!

Preguntas intimidantes y tomaduras de pelo

22/10/2013 en Doce Miradas por Macarena Domaica

Este texto responde a la invitación que Silvia Muriel hizo a Doce Miradas para colaborar con el Foro para la Igualdad 2013 de Emakunde, con la publicación de experiencias personales de mujeres en el ámbito de la empresa. En estas líneas recojo algunas de las dificultades con las que nos encontramos las mujeres, por el mero hecho de serlo. También el reconocimiento de algunas buenas prácticas que en mi empresa hacen que ser mujer y trabajadora sea un poco más llevadero. Cal y arena. Aún nos queda.

 

Soy sincera cuando digo que en mi vida laboral no he vivido en primera persona ni la discriminación salarial ni el trato diferenciado por cuestión de género. Hablo de mi experiencia como trabajadora rasa, claro. Yo no tengo ambiciones profesionales de altura. Aspiro a disfrutar con mi trabajo y, según lo escribo, pienso que esta ambición, con los tiempos que corren, es suficientemente elevada. Digamos que no he sentido que me pusieran trabas para crecer, pero es que tampoco he intentado recorrer esa senda.

Sí he experimentado, en cambio,  cosas que me han hecho sentir mal, con esa sensación de que te toman el pelo y no sabes muy bien cómo afrontarlo. Por ejemplo, cuando en más de una entrevista de trabajo me han preguntado por mi estado civil y por mis intenciones de formar o no una familia. Lo peor de todo no era la pregunta, ya de por sí bastante intimidatoria; lo peor era mi reacción: las ganas poderosas de mentir y decir que no, que qué va; que para mí la prioridad en aquellos momentos era encontrar un trabajo que me permitiera crecer profesionalmente. Y generando pensamientos a la velocidad del rayo, me justificaba diciendo que apuntar “en aquellos momentos” me exculpaba de una mentira y gorda, porque nadie podía aventurar a partir de qué mes o año aquellos momentos serían otros y podría embarazarme sin miedo al reproche de la patronal.  Se colaba en mis pensamientos una vocecita que decía “Miente, Pinocho, miente. O no vas a encontrar trabajo en tu vida”. Triste presión la de las aspirantes a treintañeras.

A puntito de casarme estaba cuando en la entrevista para un trabajo de cierto riesgo pasaron por alto mis planes de boda y ni me preguntaron si tenía prisas por abordar la espinosa cuestión de la gestación y posterior crianza de vástagos. Pero me hicieron otra pregunta dolorosa: “¿Qué le parece a tu novio que quieras trabajar aquí?”. Sin comentarios. Por un momento se me vino a la cabeza si no debería haberme presentado a la entrevista con un justificante firmado de mi tutor.

La verdadera sensación de tomadura de pelo la tuve cuando por fin conseguí establecerme en un trabajo de esos que te hacen pensar que podrías jubilarte allí. No me quedo con las ganas y diré que los comienzos fueron muy, muy duros, porque di con un personaje gris oscuro que me trató mal y lo hizo porque ocupaba un puesto en el que puedes decirle a una trabajadora que carece de capacidad y de conocimientos para desempeñar su puesto. Sospecho que se sentía amenazado porque yo era una mujer que no tuvo pelos en la lengua para hacer tambalear su exceso de autoridad y su legitimidad para cuestionar permanentemente mi trabajo.

En este marco maravilloso de armonía laboral me quedé embarazada de mi primera hija. No hubo problema con eso. Ni con la baja por maternidad. Las dificultades llegaron con mis propuestas para  conciliar mi nueva situación familiar con la vida laboral. Tras la imposibilidad de llegar a un acuerdo que me permitiera conservar la totalidad de mi jornada y mi sueldo, me sujeté firmemente a la ley que me garantizaba una reducción de jornada y elegir el horario de trabajo respetando escrupulosamente el margen de mi empresa. Bien. La tomadura de pelo servida y lista para ser engullida sí o sí. Este episodio no tiene un final sorprendente. Es el pan nuestro de cada día. Pasé siete años sin que mi jornada fuera completada ni mis funciones menguadas. Pasé siete años rompiéndome a criar y a trabajar fuera de horario sin saber muy bien cuál de los dos frentes me desgastaba más. Esto pasa cuando una padece de sentido de la responsabilidad mal entendido. Hoy he aprendido y sé bien que si un kilo de manzanas vale un euro y medio y sólo tienes un euro, no te puedes llevar el kilo entero. Aquí y en Lima. No sé por qué con las reducciones de jornada esta matemática básica no se aplica, pero a mí ya no me pillan.

Debo decir, sin embargo, que hoy por hoy me siento plenamente reconocida y respaldada en mi trabajo. En una plantilla mayoritariamente formada por mujeres e igualmente valoradas por su desempeño, es justo reconocer que la dirección de mi empresa tiene la sensibilidad y la actitud propias de quien respeta a las mujeres –trabajadoras, madres y ambas cosas- y ofrece flexibilidad y comprensión ante situaciones de conflicto entre las responsabilidades familiares y laborales.

Como en todas, en mi empresa se dan situaciones mejorables. La dirección –y por tanto, el peso de la toma de decisiones- recae exclusivamente en hombres. Y veo poco probable que esto vaya a cambiar a corto o medio plazo. Sospecho (con fundamento) que son estamentos más altos los que no contemplan la aportación femenina en el diseño de sus líneas editoriales o de actuación. Como personal técnico podemos ser lo más, pero el acceso al cotarro de la toma de decisiones exige pantalón y mocasín. No hay argumentario que sostenga esto, pero aún hoy es lo que nos brinda el panorama.

Foto: Great Beyond en Flickr

Mujeres, ni están ni se las espera

15/10/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

JulenBN

Julen Iturbe-Ormaetxe es consultor artesano, además de profesor e investigador en Mondragon Unibertsitatea. Mantiene desde 2005 un blog, Consultoría Artesana en Red, en el que escribe con asiduidad sobre su actividad profesional relacionada con la consultoría y muchas otras cosas. De la Margen Izquierda del Nervión.

 

Hace unos días estuve viendo la película que narra cierta etapa de la vida de Steve Jobs. Un personaje como este da para bastante. Como (casi) toda la gente que llega allá arriba, muy normal no puede ser. En la película nos lo presentan como un visionario que pone por encima de todo su idea de producto y tecnología. Sí, un tipo especial.

Cuando terminó la película pensé: ¿cuántas mujeres han aparecido en la pantalla? Ya, claro, esto es enfermedad, nadie se hace este tipo de preguntas. Has venido a ver una peli sobre Steve Jobs, sobre Apple, sobre esas maravillas de la tecnología que fueron capaces de crear. Así que, ¿a quién le importa cuántas mujeres aparecen en pantalla? Vale. Pero sigo con el asunto. Si no lo escribo aquí, ¿dónde si no?

En una escena una chica reclama al señor Jobs que se haga cargo de la paternidad de su hijo. Pero parece que eso no puede ser, no en ese momento. Porque le desvía de su objetivo, de lo que está predestinado a hacer en este mundo: subir al frente de Apple hasta el cielo y dejar huella en el universo. Pues bien.

Otra mujer que tiene su papel en la película es su madre. Sí, tiene su papel. Adivina qué puede hacer una madre cuando tiene invitados. Pues eso, sacar una buena bandeja de pasteles y servir algo para agasajar a las visitas. Y lo hace. Por supuesto. Es un papel un tanto papanatas porque me temo que no es consciente de que, cuanto menos se den cuenta de su existencia, mejor. Vamos, que no se note que está allí. Ah, pero hizo una fotografía. Inoportuna, pero que queda para la historia. Porque allí están los inicios de Apple en el garaje. ¿Ves cómo sirvió para algo?

Por terminar de repasar el universo femenino de la película, otra mujer que aparece en escena es la esposa de Steve Jobs. Escena de jardín, con los niños típicos, en la mansión típica de rico-rico, pero rico de verdad, y con una conversación en la que pregunta a su marido si la acompaña al mercado.

Sí, hay más presencia femenina. Al principio de la película o con un asiento en el consejo de administración de Apple. Y también se ven algunas señoras por las oficinas. Anónimas. Pues sí, sí que han ahorrado en actrices.

La tecnología, todo el mundo lo sabe, es cosa de hombres. Estadística para qué te quiero. Los datos son los datos. Dices byte y te viene a la cabeza un tipo con camiseta negra, melena, sin habilidades sociales y pegado a su mundo particular como uña a carne. Bueno, también puedes pensar en un tipo con corbata, pero ese es el comercial. Y no, no puede ir con camiseta y sin afeitar.

Yo me pregunto si el papel de la mujer en ese mundo de las tecnologías es más o menos el que se refleja en la película de Steve Jobs. O sea, tendente a cero. Claro que la película nos conduce al pasado y ahí encuentro la explicación de todas las explicaciones. Eso era antes. Ya.

Peggy Orenstein y las princesas rosas

08/10/2013 en Doce Miradas por Noemí Pastor

Peggy Orenstein tiene cincuenta y dos años, nació en Minneapolis, vive en San Francisco y ha investigado y publicado muchísimo sobre mujeres y niñas. Su libro más conocido y vendido se titula Cinderella ate my daughter (Cenicienta devoró a mi hija) y expone los resultados de su estudio sobre la fijación cultural por las princesas, el color rosa y todo lo que se asocia con el hecho de ser niña.

Después de leer algunas de las abundantes publicaciones de Orenstein, os he querido resumir sus conclusiones en este articulito.

 

Omnipresentes y ¿protectoras?

La hija de Orenstein, nada más empezar en preescolar, se obsesionó con las princesas rosas, hasta el punto de que su madre decidió investigar tal fijación entre las niñas de muy corta edad; se entrevistó con profesionales de la psicología, la historiografía y el marketing, y también con otras madres y padres, para concluir que la moda de las princesas no es inocente ni inocua y que puede determinar negativa y permanentemente la forma en la que las niñas perciben su propio cuerpo, su sexualidad y su lugar en el mundo.

En una interesante entrevista en Feministing, cuenta cómo al principio no vio nada malo en la nueva afición de su hijita, pero el color rosa y las lindas princesitas llegaron a hacerse omnipresentes, algo que no sucedía cuando ella misma era niña, cuando la infancia, en general, no gozaba (o sufría) del actual nivel de protección, y eso le hizo preguntarse si la moda de las princesas rosas era otra forma de proteger a las niñas de una sexualización temprana o, por el contrario, las preparaba exactamente para eso.

Lo cierto es que nuestras niñas están aprendiendo a poner en escena su feminidad, su sexualidad y su identidad antes que nunca. Con doce o trece años es de esperar que comiencen a transitar por universos convencionalmente femeninos, pero ¿antes?

Cuando Orenstein y yo éramos niñas había cocinitas y carritos de bebé; ahora hay princesas y maquillaje. Está clarísimo el mensaje que enviamos a las niñas sobre su feminidad y lo que esperamos de ellas cuando sean adultas.

 

La moda “real”

Disney, hacia el año 2000, englobó y cubrió con un manto regio a nueve de sus personajes femeninos. Otros personajes fueron detrás y otras empresas también. En 2001 Mattel creó la línea de princesas Barbie: muñecas, DVD, ropa, juguetes, muebles… Poco antes se había creado el Club Libby Lu, que ahora es una cadena de grandes superficies y de 2004 a 2005 aumentó en un 53% sus ventas. Hasta Dora la Exploradora se sentó en el trono. Los supermercados norteamericanos Walmart, de pésima fama en cuanto al trato que dispensan a sus empleadas, anunciaron despues su línea de maquillaje para niñas de 8 a 13 años.

Disney contraatacó intentando rebajar la edad de su clientela. A comienzos de esta década se presentó en unas 600 clínicas de maternidad norteamericanas para ofrecer a las recientes madres ropitas de bebé y apuntarlas a una lista de correo, a modo de “avanzadilla” de una nueva línea de producto. En Disney se dieron cuenta de que existía un grupo infantil que todavía no tenía enganchado, pero ahora ya podremos nacer con el “body” de princesa y seguir así vestidas hasta nuestro traje de novia Disney. ¿Qué será lo siguiente?, se pregunta Orenstein. ¿El ataúd de Blancanieves, para morir Disney también?

 

De cuando las chicas Disney eran azules: un poco de historia de los colores

De acuerdo con el estereotipo, se diría que las niñas nacen obsesionadas con el color rosa. Jo Paoletti, de la Universidad de Maryland, no opina igual y así nos lo cuenta en su obra Pink and Blue: Telling the Boys from the Girls in America (2012) y en su web www.pinkisforboys.org.

Según sus investigaciones, a comienzos de la década de 1920, el rosa era el color de los niños pequeños, ya que se consideraba una variante “pastel” del masculinísimo rojo. El azul, en cambio, ha sido tradicionalmente el color de los mantos de la Virgen María, asociado a la pureza, y el de las heroínas Disney más tempranas: Cenicienta, la Bella Durmiente, Wendy, Alicia…

Parece ser que el cambio se produjo hacia finales de la década siguiente. El rosa se asignó úniversalmente a las niñas, el azul a los niños (yo puedo atestiguar que mi parvulario ya había asumido esa distinción) y para mediados de los 80, cuando las diferencias de género se convirtieron en una estrategia clave del marketing infantil, el rosa ya era “innato” en las niñas y una parte importante de lo que las definía como féminas.

Paoletti hace notar que esta universalización de la asignación cromática coincide con la época en la que la primera generación de niñas y niños educados en el feminismo se convirtieron, a su vez, en padres y madres.

 

A modo de final

El problema no es jugar a las princesas, afirma Lyn Mikel Brown, que investiga sobre género y mercados. El problema, dice, son los 25.000 productos de princesas, pues, cuando algo es tan dominante, puede acabar por convertirse en la única opción.

Las tiendas de juguetes infantiles pueden ser al respecto desoladoras: flores, corazones, mariposas, cocinitas, carritos de compra y hula hoops para niñas; deporte, trenes, aviones y automóviles para niños. Como si nadie hubiera cuestionado los roles de género jamás.

Quiero terminar, sin embargo, con un poquito de esperanza. A principios de 2012 la red Pinkstinks lanzó una campaña para pedir a las jugueterías que dejaran de vender artículos rosas a las niñas y logró que Hamleys se comprometiera a dejar de identificar con rosa y azul las secciones de chicas y chicos.

Si echáis un vistazo a la actual web de Hamleys, veréis que todavía hay mucho que pulir, pero, en fin, algo es algo.

Y como mis blogsisters han instaurado la moda de acabar con un vídeo, os dejo con uno de Pinkstinks. Disfrutadlo. Ha sido un placer.

 

 

Leer con perspectiva

01/10/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

CarolinaCarolina León es periodista especializada en temas culturales. Codirige el podcast sobre libros “¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?”. Ha colaborado en medios como Go Magazine, Calle 20, Qué Leer, Notodo.com, Cultura/s de La Vanguardia y escribe crítica de libros en el blog Estado Crítico. Su blog: Carolink Fingers.

Las que creemos que “todo es política” estábamos acostumbradas a tenernos por un poco locas. Pero el relato cultural ha cambiado un tanto, y aquél de “la política se hace en las instituciones” está cada vez más roto. Películas, series, cómics, novelas: no hay narrativa inocente, digo a menudo. Algunas no podemos dejar de ver, mirar, leer y analizar productos culturales superponiendo el filtro del análisis político y, más concretamente, la perspectiva de género.

Aún cuando el texto en sí no se presente como militante o antagonista, la ficción ejerce la función expresa de definir imaginariamente lo posible. Una ficción se fundamenta en modelos, estereotipos y constructos, y también los crea. La forma en la que hablan los personajes, la forma en la que interactúan entre sí, los roles que ejercen en función de su género (en contra o a favor de la norma): todas esas pequeñas cosas crean un universo de posibilidades.

Corin TelladoUna novela de Corín Tellado (qué ejemplo tan socorrido) es transmisora de una serie de ritos y formas de relación, de valores y estereotipos sobre lo que las personas son y, en especial, sobre lo que los géneros han de ser. Lo que sucede es que Tellado –y casi toda la novela ‘mainstream’- escribe a favor de la norma. La lectura con perspectiva de género es una clase especial de lectura política, una que sirve para revelar esos moldes, que se esconden sibilinos como la propaganda lo hace en los medios de comunicación.

¿Debe ser siempre el héroe un personaje masculino? ¿Deben los femeninos estar constantemente acosados por el desamor, hacer de comparsas amantes o, en su defecto, mantenerse en los roles de cuidadoras? ¿Hay manera de que, dentro de los límites de la novela realista, una ficción contravenga la norma? Todo esto me vino de nuevo al pensamiento enfrentada a una de las últimas novelas que ha conseguido atraparme. Un lectura imprescindible entre las publicadas este año: la más reciente de Rafael Chirbes, En la orilla (Anagrama, 2013).

En la orilla traza una fábula desde la crisis actual (parte en el año 2010) ambientada en un pueblo costero (inventado) de la Comunidad Valenciana. El personaje protagonista, Esteban, se ha metido en negocios con un promotor, ha intentado jugar al pelotazo del ladrillo, la cosa ha salido mal y lo ha perdido todo. Desde la voz de este setentón, se recorren siete u ocho décadas de la historia de España. Parte de las experiencias de su padre como perdedor de la guerra civil, la afasia posterior, la vida en un taller de carpintería heredado ocultando sus auténticos deseos y aspiraciones, y pasa por los años del desarrollismo y la primera juventud (de Esteban y sus hermanos), la transición y su larga siesta, la indiferencia del narrador con respecto a las luchas políticas de sus mayores, y su intento de subirse al carro de los ganadores… Alrededor, una pléyade de personajes que interactúa a lo largo de los años en las reducidas esquinas de Olba, en sus bares sobre todo, con el carpintero conductor de la narración, y que ilustran los diversos tipos de acción-reacción a la supuesta abundancia, la máquina de hacer dinero a todo trapo y la estratificación social que produce (o posibilita) el desenfrenado ‘boom’ de la construcción.

Hay mucho más dentro de En la orilla, que no me toca desentrañar aquí. Es, sí diré, una de las pocas novelas en las que se describe el momento social que estamos viviendo, escrita desde un aquí y ahora con enorme desencanto, aportando la perspectiva de un perdedor que, como tantos otros, pensó que por una vez podía ganar, y donde se refleja el entramado psicosocial que amparó esta crisis (estafa).

A pesar de las declaraciones del propio autor, esta novela está muy por encima de la media en cuanto a “compromiso político”, entre lo que se publica hoy en nuestro país.

Pero ¿qué pasa con la lectura de género? Que me desconcertaba terriblemente. El libro me lo recomendó un amigo que, supongo, se identificaba más o menos con la voz narradora. Yo no pude, y estoy entrenada en cientos de lecturas monopolizadas por voces masculinas. Durante un par de cientos de páginas no pude encontrar a un solo personaje femenino que tuviese voz propia. Desde la narración de Esteban, aparecen mujeres: varias prostitutas, por las carreteras y en los baldíos que dejaba el desinflado ladrillazo; la madre del personaje, con pocos matices; su amor de juventud, que lo deja pronto para buscarse a un candidato mejor (y bregar hacia lo alto)… Y la empleada: una mujer colombiana con la que conversa, que cuida a su padre enfermo y se ocupa de cocina y casa, a la que trata de “hija” y a la que profesa un deseo inconfeso.

Las mujeres que oímos aparecen siempre a través de su filtro, o lo hacen en breves episodios de estilo “monólogo interior”, con un peso más que relativo en la trama. Los auténticos conductores de la historia son, aparte del propio Esteban, la camarilla de hombres con los que conversa y juega a las cartas en el bar. Salvo por el caso de Liliana, la “chacha”.

Dije en una conversación –cuando llevaba la mitad del libro- que no cumplía el ‘test de Bechdel’ . No se trata de que este test, que se ha hecho muy popular entre los análisis feministas, sea un cedazo infalible. Se trata de una herramienta bastante sencilla, mínima, para revisar si una ficción está representando de una forma medianamente justa a las mujeres. Como decía arriba, las voces de mujer aparecen bien mediadas por el narrador, o bien con un papel discreto y tangencial. Son comparsas, elementos decorativos, objetos de la idealización, del amor o el odio del que conduce el relato. Sus caracterizaciones están cargadas de toda la estereotipación que se espera de un hombre de unos setenta años.

Los hombres dominan el discurso, como casi siempre. Pero el test, al correr las páginas, puede que sí lo cumpla, con uno de los mejores fragmentos del libro. No quiero destripar nada, pero tuve que llegar casi al colofón para comprobar que: dos mujeres hablan entre sí. Tienen nombre. Hablan de hombres –sus hombres- pero también de otras muchas cosas: emigración, dinero, familia, soledad, desamparo, supervivencia.

Y, pensándolo, sí, es “normal” que Rafael Chirbes ponga su trama en boca de un hombre.

Lo habitual es que las novelas no cumplan con ofrecer mujeres con carisma, con centralidad, o con roles distintos de los asignados tradicionalmente. En la orilla tampoco: las mujeres existen, a lo largo de sus cuatrocientas páginas, en posiciones completamente subalternas.

Pero mientras leía me di cuenta de que debía ser así. Que el relato del expolio, la burbuja, la crisis y el ‘sálvese-quien-pueda’ posterior es de ley que se cuente en clave “macho”. El atracón de euros, la explotación capitalista, el oportunismo de los que supieron estar a pie de contrata o de malversación… Ésta es una trama con vocación realista, y por tanto debía destilar clasismo, racismo y machismo rampantes. Si, en el plano real, algún sujeto que no encajara en la clase dominante se ha beneficiado de esa “burbuja”, ha sido a costa de jugar en los códigos de esa clase –como esposa, como prostituta de lujo…-.

Por eso es coherente que la única que se aúpa a cierto grado de “agencia” sea la cuidadora, la migrante, la otra, que habla desde su propia explotación y desde su propio intento de salvarse, que pensó que venía a un lugar medianamente justo -a un país de las oportunidades-, a dar un futuro diferente a su familia.

Visto desde la mesa de juego, en esta crisis las mujeres no tuvimos un papel distinto del sexo o el cuidado –naturalizado o privatizado, tanto da. No hay modo de que una novela realista de este momento, contada por los propios jugadores de la ruleta, tenga la más mínima relación de igualdad de sexos. O, si lo hay, quizá no corresponde a Chirbes escribirla.

En la orilla pantanosaLo que no obsta para que analicemos qué son y qué enuncian las novelas contemporáneas, también ésta. A estas alturas de siglo, no es normal que un autor no dé voz a los personajes femeninos en sus ficciones, página tras página, a veces a lo largo de docenas de títulos. Es del todo anormal que, si revisamos una lista de “ficciones más vendidas”, nos encontremos con un minúsculo porcentaje de mujeres protagonistas y, lo que es más doloroso, un porcentaje aún menor de personajes femeninos que logren escaparse de los roles tradicionales de esposas, madres o novias-florero. Ésa es la dieta habitual de la lectora de narraciones contemporáneas.

Y es una dieta que suele dejarnos insatisfechas.

“Lo personal es político”, decían las feministas de los setenta, y “todo es política”, decimos ahora. Este sentimiento de incomodidad que me nacía en la lectura se terminó de diluir, al comprender que la realidad no es justa y sus cronistas no nos deben justicia en ese ámbito. A los escritores y a las novelistas se les debe exigir, sí, que se salgan de los relatos del poder, de lo predicho, y desde luego que intenten ponerse en la piel de otras personas, también mujeres. En la orilla se podría haber escrito con otra relación del papel de los géneros. Pero Chirbes ha tenido la valentía, nada frecuente, de ofrecer unas cuantas páginas a esa mujer: no una que tuviese una relación de igualdad con los hombres del ladrillazo, sino la que sostenía sus vidas.

Vale que una novela no cambia el mundo, pero sí que nos cambia a unos y a otras. Como lectoras, estamos obligadas a insistir en esa lectura con perspectiva de género, la que revela los moldes que estructuran una ficción; y es también la que muestra el engranaje que subyace cuando un escritor nos deja escaparnos -un poco- o nos encasilla por puro gusto. Así que, por supuesto, persistiremos en ella, aunque estemos “un poco locas”.

44 hombres y 2 mujeres. ¿Otra vez?

24/09/2013 en Doce Miradas por Doce Miradas

Hoy tenemos un test con doce preguntas para ti. Por favor, responde “sí” o “no”.

  1. ¿Conoces a alguna profesional que sea física, matemática, química, periodista, humorista, ingeniera, investigadora, abogada?
  2. ¿Dirías que las mujeres son menos capaces que los hombres o peores comunicadoras en público?
  3. ¿Crees que los eventos deben ser respetuosos en cuanto a la diversidad, incluida la de género, entre sus ponentes?
  4. ¿Dirías que un evento multidisciplinar como Naukas 13, con 44 hombres y 2 mujeres, es un justo reflejo de la realidad laboral?
  5. ¿Piensas que un evento que concede repetidamente cerca del 95% de su espacio a ponentes masculinos tiene amplio camino para la mejora?
  6. ¿Crees que, en general, las personas aspiramos a convertirnos en aquello que vemos y conocemos?
  7. ¿Dirías que mostrar referentes femeninos en todos los campos es importante para avanzar en materia de igualdad?
  8. ¿Crees que es papel de las instituciones públicas favorecer políticas y programas que fomenten la igualdad entre las personas?
  9. ¿Coincides en que, por coherencia, las instituciones no deberían entonces subvencionar eventos que silencian a las mujeres?
  10. ¿Opinas que Naukas 13 tendría que haber contado en su programa con una presencia femenina más próxima a la realidad del ámbito profesional?
  11. ¿Piensas que las injusticias se corrigen solas?
  12. Y para terminar, ¿crees que podrías ayudarnos a asegurar que el cambio llegue a futuras ediciones de éste y otros eventos?

¿Tus respuestas suman unos 9 síes y 3 noes? Entonces compartimos perspectiva.

¿Nos ayudas a que otras personas se hagan estas mismas preguntas? Por favor, opina, difunde, comenta, comparte… (#SoploVa  #Naukas13). Y muchas gracias por soplar.

 

Desprogramando el identikit en espacios de papel

17/09/2013 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta

Los mejores relatos son los que cuentan historias de verdad y, como historia real, la de la mujer no deja de asombrarnos, día sí y día también. En una ocasión escuché a Eduardo Galeano hablar sobre el “identikit” y me rechifló el palabro que podría definir, en este caso, la forma en la que mujeres y hombres nos relacionamos, los imaginarios sociales, los códigos de programación y los ámbitos para los que parece que estemos desprogramadas, unas y otros.

Hablemos pues de esas relaciones de poder entre mujeres y hombres en las que lo masculino se define por la dominación, y se vende con la musculatura, y lo femenino se define por la subordinación y se vende con la cirugía.

En este blog –aplaudo a mis compañeras- ya hemos tratado el ámbito de lo privado y de lo público como lógicas opuestas; lo público, arrebatado a la mujer, se configura como la esfera de la valía social, de la intelectualidad, de lo racionalidad y la autonomía; lo privado, se construye como el lugar para el cuidado de niños, mayores y enfermos, el reino de lo irrelevante y el símbolo del NO reconocimiento. En este marco, se dibuja una mujer incapaz de controlar sus emociones y, por tanto, carente de los atributos necesarios para lograr la racionalidad, la imparcialidad y la autonomía necesaria para la participación en la esfera pública.

Es de entender que mujeres que han llegado a ocupar puestos de máxima responsabilidad –imposible que no afloren apellidos como Thatcher o Merkel- se afanen en mostrar su perfil más masculino ligado a la rigidez, la frialdad y, si me lo permiten, la mala leche. Sin embargo, fíjense en dirigentes masculinos –cualquiera de ellos- esforzándose por demostrar su lado más tierno, siempre protectores y atentos con sus mujeres e hijas. Curioso asunto.

post doce miradas

El identikit se consolida en la necesidad de mantener un orden dentro del sistema productivo. Para mantener la cadena productiva, con mano de obra masculina, fue necesaria una cobertura gratuita del trabajo doméstico y del cuidado familiar procurada por la mujer. Una mujer que se ocupaba de gobernar a su marido, su casa y su familia, mientras que el hombre se convertía en el proveedor de recursos económicos. Cada uno a lo suyo, al código no había que tocarle ni un punto ni una coma.

Esa misma necesidad productiva -segunda derivada- empuja a la mujer fuera del hogar cuando el mercado demanda un incremento de mano de obra para acelerar el circuito. La mujer se incorpora al mercado laboral ocupando los peores puestos y con salarios inferiores a los de sus compañeros. Esta situación se mantiene a día de hoy y se evidencia en el estudio “Determinantes de la brecha salarial de género” publicado por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e igualdad. Este estudio revela que:

  • Las mujeres cobran menos que los hombres en cualquier circunstancia o característica personal, laboral, geográfica o empresarial.
  • La brecha salarial es mayor si se mide por rendimiento (41,3%) que por ganancia media por hora (19,3%).

Continuando en la misma lógica de mercado y la consolidación del identikit, la tercera derivada cae por su propio peso: en situación de crisis económica aguda, como es la actual, ese mismo modelo se ensaña especialmente con la mujer que regresa de nuevo a las labores domésticas. En esas estamos.

Me tranquiliza mucho la certeza de que el inconformismo de muchas personas –mujeres y hombres- hace que una sociedad avance. Y queda mucho por hacer porque estamos ante un desesperante slow-movement. ¿Han cambiado las cosas? La respuesta es SI, aunque con muchos matices. La mujer ocupa ciertos espacios tradicionalmente relacionados con roles masculinos y el hombre cada vez está más presente en los espacios femeninos. ¿Espacios de papel?

Admitiendo que la publicidad es un buen termómetro para medir la evolución de una sociedad, resulta desolador fijarse en los comerciales que presentan a hombres en espacios considerados femeninos -en la cocina, ocupándose de la limpieza del hogar o bañando a sus hijos-. El hombre, que se muestra inteligente, hábil y decidido en su rol público, aparece ridiculizado cuando se relaciona con el trabajo doméstico. Ella se desenvuelve estupendamente, actúa, dirige y gobierna porque es su espacio y está programada para hacerlo. Él acepta las regañinas de su compañera.

Así nos han educado, así nos han programado y modificar ese código es una tarea bien complicada. Las personas que hacemos la reflexión ideológica y nos esforzamos en construir un nuevo relato de la realidad cotidiana, vivimos en una gran contradicción: hackeamos el código para transformar conductas o, por lo menos, para cuestionarlas; pero el código es tozudo y se empeña por volver a la rutina inicial. Y es que, las actuaciones que van en contra de las convenciones sociales no son fáciles de asumir.

Debatir, llegar a acuerdos o plantear alternativas son tareas constructivas y esperanzadoras. Lo decepcionante es ver silenciado el debate en base a sentencias como “esto es algo natural en las mujeres”, “es que los chicos son egoístas por naturaleza”, “es lo normal, las cosas son así y siempre han sido así”. Esta interpretación colectiva es la que nos lleva a NO hacernos preguntas, porque la pregunta conlleva salir de nuestra zona de confort.

Así de fácil se perpetúa el imaginario social que sustenta sociedades desiguales e injustas. Basta con no hacerse preguntas.

Como cierre a este post, no puedo menos que compartir un vídeo –breve y revelador- que recoge un experimento psicológico sobre el modo en que tratamos a los bebés en función de su sexo. Una mirada hacia la construcción del identikit en espacios de papel, rosa o azul.

Mujeres e ingeniería: ¿somos lo que jugamos?

10/09/2013 en Doce Miradas por Lorena Fernández

Tal y como reza mi biografía de Doce Miradas, un día decidí que quería ser ingeniera informática, lo que me hizo pasar a formar parte de inmediato de un grupo poco poblado: el de las mujeres que trabajan con tecnología. Si en las aulas éramos ya minoría, cuando terminamos la carrera y tocó dilucidar nuestro futuro, esa minoría se decantó por la consultoría, dejando otros campos como la programación o la administración de sistemas, casi desiertos. Como siempre me han gustado los retos, yo me incliné por esto último. Para las personas que no sepáis en qué consiste, diré superficialmente que hay que lidiar con servidores, cables de red y conjuros en líneas de comandos sobre pantallas negras. Por supuesto, en mi primer trabajo, era la única (y primera) mujer en ese puesto. De hecho, así lo corroboré un día que había que revisar las tomas de un armario de red, tarea que ya había hecho en numerosas ocasiones. Pero en ésta, la ubicación del armario de red fue lo que me dejó perpleja: alguien lo había colocado dentro del cuarto de baño de caballeros de la empresa, pensando que jamás le iba a tocar la tarea a una mujer. Con un compañero de avanzadilla comprobando que estaba vacío, pude finalmente hacer mi labor. Ahora bien, no os explicaré la cara de mi familia al contar qué había hecho ese día. Creo que “He pasado la mañana con mi compañero en el baño de los chicos” no era la respuesta que esperaban.

Y esta extraña relación entre mujer y tecnología, ¿a qué se debe? Como siempre, podemos encontrar dos teorías: una genética y otra social. Y como yo no considero que mis genes sean nada del otro mundo, entenderéis rápido por cuál me decanto. Porque si os preguntara ahora qué imagen os habéis formado en la cabeza al describir mi trabajo de administradora de sistemas, apostaría a que no era la de una mujer. De eso va todo: de imaginarios. Imaginarios que mamamos desde una edad muy temprana. Revisando las estadísticas de colegios, a las chicas se nos dan bien las matemáticas. ¿Por qué entonces luego no damos el paso hacia la ingeniería, donde la base son precisamente las matemáticas?

Imagen de She++

Imagen de She++

Quizás debamos retroceder más y echar un vistazo a los juguetes con los que se entretienen nuestros pequeños para ir identificando qué condicionamientos culturales reciben. Y ojo, que el sesgo, consciente o inconsciente, lo tenemos tanto hombres como mujeres. Cuando llega la campaña navideña, a muchas personas se les ponen los pelos como escarpias por el bombardeo de anuncios de juguetes. A otras se nos ponen, de manera adicional, por el tratamiento sexista de los mismos, que consolidan roles tradicionales de género. Es raro encontrar uno en el que niños salgan con Barbies y niñas montando circuitos eléctricos. El Observatorio Andaluz de la Publicidad No Sexista elabora desde hace seis años un informe analizando la campaña. El de 2012 arrojaba los siguientes datos:

  • El 66,84% de la publicidad sobre juegos y juguetes estudiados contiene tratamiento sexista. Aumenta en 3 puntos porcentuales respecto a los dos años anteriores.
  • Respecto a los rasgos sexistas detectados en la publicidad estudiada, el 87,79% de los anuncios promueven modelos que consolidan pautas tradicionalmente fijadas para cada uno de los géneros. En cambio, aumentan hasta el 12,21% los anuncios que potencian estándares de belleza considerados como sinónimo de éxito. Un año más, el 100% de esta publicidad se dirige a las chicas.

Eso me recuerda una anécdota que nos contaba Pilar en una de nuestras reuniones de Doce Miradas. Sus hijas querían apuntarse al CampTecnológico, un proyecto educativo que persigue despertar el interés de los más jóvenes por la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas. Pero tras navegar por su página web y ver todo imágenes de niños, le dijeron que ya no querían, que eso “era cosa de chicos”.

A Debbie Sterling, una ingeniera formada en Stanford, le pasó esto mismo durante su infancia. La ingeniería le intimidaba y pensaba que era para chicos. Luego descubrió que solo el 11% de los ingenieros del mundo son mujeres y que las niñas pierden el interés por la tecnología a los 8 años. Así que se puso manos a la obra para crear una línea de juguetes que despertara la pasión por la ingeniería en las niñas, lanzando el proyecto por Kickstarter para recaudar fondos y poner su negocio en marcha. Estos juguetes incorporan un personaje con un rol femenino para que las niñas se puedan identificar y tener un espejo en el que mirarse un tanto diferente del espejo que nos muestra la publicidad.

Pero no toda la culpa la tiene esa publicidad. Por supuesto, nosotros somos también muy responsables de perpetuar esos imaginarios. Porque salirse de lo socialmente establecido es complicado, y no nos gusta verles sufrir al ser “diferentes”. Y si intentamos hacerlo, nos encontramos con que durante esas edades, la influencia que ejercen sus pares es muy importante. La presión de un parque o un patio de colegio es difícil de neutralizar.

Las grandes empresas tecnológicas también están preocupadas con el bajo número de ingenieras que hay, así que van lanzando sus propias iniciativas. Es el caso de BlackBerry, que mediante BlackBerry Scholars Program, quiere inspirar a mujeres de todo el mundo para entrar en el campo de las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas, mediante becas universitarias. O también Twitter, que se ha puesto a trabajar con el proyecto Girls who code, que busca acercar a las mujeres las competencias para hacer programas informáticos. En IBM tienen montados unos grupos de apoyo al desarrollo de las mujeres en el ámbito de la tecnología y son las propias trabajadoras de IBM las que dan charlas en institutos contando su experiencia. ¿Pero no es ya tarde manejando el dato que dábamos anteriormente de que las niñas pierden el interés por la tecnología a los 8 años?

Os dejo, por último, con un documental hecho por un grupo de trabajo de Stanford altamente recomendable, she++:

Pero antes de despedirme, seguro que os preguntáis a qué jugaba yo durante mi infancia. Mi juguete favorito fue un Meccano (por supuesto, no era mio sino de mis primos). De ahí salté a destripar todo artilugio que dejaban mis padres a mi alcance con el consiguiente desfase de piezas al final de la reconstrucción. Sin embargo, si algo eché en falta fue un espejo en el que mirarme. Ser la excepción que confirma la regla no siempre es cómodo. Así que os dejo con la pregunta ¿somos lo que jugamos? Y en caso afirmativo, ¿tienen nuestras niñas imaginarios que les inviten a caminar hacia el mundo de la ingeniería?

Soy un fraude

03/09/2013 en Doce Miradas por May Serrano

Imagen de Julia Serrano

Imagen de Julia Serrano

Un auténtico fraude. Llevo más de 15 días intentando escribir este post. Le doy vueltas al título, al enfoque, tomo notas de frases de películas, releo lo que han escrito mis compañeras. No hay manera. El folio sigue intacto.

Pruebo con el papel. Me compro libreta nueva. Un buen bolígrafo de los que no se paran, me siento en silencio y nada.

Mil pensamientos paralizan mi mano. No arranco. Decido tomar nota de todos estos pensamientos paralizantes para poder observarlos:

  1. Lo voy a hacer mal.
  2. Comparado con lo que han escrito las demás el mío va a ser una mierda.
  3. No tengo autoridad para hablar de este tema.
  4. Soy un fraude.
  5. No sé nada sobre machismo.
  6. No sé teoría feminista.
  7. No tengo referencias cinematográficas.
  8. No puedo poner mil citas.
  9. Mi estilo es muy simplón.
  10. No puedo.
  11. No tengo nada que contar.
  12. Soy peor que las demás.

Se repiten en mi cabeza sin solución de continuidad, estoy paralizada, quieta, en silencio. Invisible.

Si esta lista me la diera una amiga parecida a mí podría rebatirla punto por punto y demostrarle que no es cierto pero, como es mi lista, me creo a pies juntillas todas y cada una de las palabras que he escrito.

Respiro, la miro y se me abren los ojos de par en par: he encontrado mi propio techo de cristal.

¿Cuántas veces me he quedado sin hacer algo pensando que no soy suficiente? ¿Es esto algo común entre nosotras? ¿Le pasa a más mujeres?

¿Cuántas de nosotras tenemos una voz interna replicando que estamos fuera de lugar, que este no es el camino, que “calladita más bonita”?

Me pregunto cuántas veces me he quedado callada cuando he querido hablar, cuántas he cedido la palabra, cuántas veces me he dejado representar por otro. Las niñas educadas se están quietecitas y calladitas. Son los hombres los que hablan, deciden, los que saben.

Hago memoria, en casi todas las reuniones son los hombres los primeros en dar un paso al frente a la hora de presentarse a liderar un grupo. Delegados de clase, militantes de partidos, jefes de grupo… ¿Cuántas veces he oído “no quiero dar la nota”? ¿Cuántas veces preferimos que sea otro el que dé la cara? ¿Cuántas veces hemos pedido disculpas por brillar demasiado? Muchas.

En un grupo mixto nosotras replegamos nuestras armas, dejamos brillar al compañero. Creemos que no somos importantes, que lo que hacemos lo hace cualquiera, llevamos siglos haciendo el trabajo invisible y ahora nos cuesta dar la cara.

La mismísima María Moliner, que tejió su diccionario mientras zurcía calcetines en su casa, cuando fue propuesta en 1972 para ocupar el sillón vacante de La Real Academia de la Lengua que finalmente obtuvo Emilio Alarcos Llorach dijo: “Sí, mi biografía es muy escueta en cuanto a que mi único mérito es mi diccionario. Es decir, yo no tengo ninguna obra que se pueda añadir a esa para hacer una larga lista que contribuya a acreditar mi entrada en la Academia (…) Mi obra es limpiamente el diccionario”. Y añadía: “Desde luego es una cosa indicada que un filósofo -por Emilio Alarcos- entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría, ‘Pero y ese hombre, ¿cómo no está en la Academia?'”.

Conozco a muchas mujeres maravillosas que hacen trabajos asombrosos y que permanecen en la oscuridad del anonimato. Creo firmemente que aunque arrastramos siglos de Historia, es el momento de romper cadenas y dar la cara. De afrontar nuestros miedos, escribir listas de “peros” inventados y lanzarnos al ruedo.

Creo que es el momento de darnos permiso para exponernos y meter la pata, y decir lo que pensamos y gritar bien fuerte que sabemos y que podemos.

Creo que es la hora de no pedir permiso, de no esperar nuestro turno, de ser bocachanclas descaradas. De ser unas frescas que se cuelan, cogen el micro y dicen de una vez lo que piensan.

Colorín colorado

30/07/2013 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

Imagen de Harry Scheihing (CC by-nc-sa)

Imagen de Harry Scheihing (CC by-nc-sa)

El ritual era sencillo: un cuento para acerar el sueño infantil, y antes de apagar la luz, una canción, siempre la misma canción: “Duerme, duerme, Negrito”. Cantábamos sin la voz de Mercedes Sosa (¡qué más quisiera!), y cambiando al pequeño “mobila” por una niñita negra. Esta canción feminizada se convirtió en nuestro sortilegio. Un día, mis hijas escucharon la versión original, y sorprendidas me preguntaron si aquel otro negrito era hermano de nuestra niña.

Por lo que sé sobre la historia de esta canción, bien podría haber estado dedicada a una niña, pero no ocurre lo mismo con otras historias que se nos han colado en el mundo imaginario hasta hacerse muy reales. Creo que muchas de esas historias están en el sustrato del suelo pegajoso por el que nos movemos muchas mujeres y muchos hombres (releed a Begoña si os parece), y por eso, he querido dedicarle esta mirada a la construcción de imaginarios infantiles, un tema que por su trascendencia y mi querencia, me preocupa mucho. Allá voy.

Si os ha tocado enfrentaros a esta hora de los cuentos, sabréis qué difícil es encontrar historias edificantes que llevarse a la boca. No es cuestión de mero placer estético: las palabras crean realidades, y las palabra contadas a niños y niñas pueden ayudarnos a moldear una nueva realidad, más igualitaria, menos desigual. Los libros que traje desde mi infancia contenían un catálogo de hermosas princesas de vestidos imposibles, ñoñas y débiles, de apuestos príncipes, también algo alelados, de madrastras insoportables y mezquinas, guapas a rabiar y malas de solemnidad, entre otras lindezas. Opté entonces por buscar en la biblioteca de nuestro pueblo, y encontré una colección deliciosa en euskara “… Eta Zer?“, en la que autores y autoras vuelcan su ingenio para describir historias reales, vistas desde la supuesta “anormalidad”: niños y niñas gordas, miopes, retoños de familias homosexuales y parejas heterosexuales separadas, niños a los que no les gusta el fútbol y juegan con muñecas… Y cuando agoté ese filón, pasé a inventarme historias a mi gusto. Conté y escribí cuentos de niñas adoptadas que investigan sobre sus ojos rasgados, madres trabajadoras histéricas que por las noches están agotadas, padres maravillosos que trabajan en casa y son inventores de cometas que vuelan en el pasillo, etc.

Si os interesa haceros con más historias, os recomiendo “Mujeres que corren con lobos”, de Clarissa Pinkola, que ha realizado una estupenda recuperación de cuentos de todo el mundo, y ha deshojado las sucesivas capas que escondían el papel central de las mujeres.
 
Pero pronto aprendí que las mañanas son otra cosa bien distinta. Por las mañanas, la radio nos habla de las conversaciones “a alto nivel” entre los mandatarios de no sé qué países, hombres en una apabullante mayoría. O nos cuentan sobre la reunión del Consejo Asesor de algún Presidente, hombre él, hombres también los asesores.

Consejo Asesor
 
Las mujeres de los cuentos y canciones de la noche no aparecen por las mañanas. En mi entorno laboral más directo, es mayoritaria y sangrante la proporción de hombres que deciden qué deben hacer las y los demás. No termino de entender en qué momento del camino se apearon de la carrera profesional pública tantas excelentes alumnas universitarias (están en las encuestas pero no en los equipos directivos), o las esforzadas compañeras de trabajo que he conocido en diferentes lugares, o las brillantes mujeres con las que cruzo mensajes y comparto proyectos (éste, Doce Miradas, es uno de los pocos lugares donde las he reencontrado). ¿Cuántas mujeres hay en el Ibex35? ¿Cuántas científicas conoces, cuántas matemáticas, cuántas comandantes de avión, pescadoras de altura? Y si las conoces, porque las hay a montones, ¿cuántas veces no has pensado al verlas “mira, qué curioso, una mujer en tal sitio”?

Nací mujer hace casi 43 años, pero no entendí el sentido final de las diferencias de género hasta que miré con otros ojos los cuentos con los que quería dormir a mis hijas. Ni tan siquiera en los años de otras militancias sociales (ecologismo, antimilitarismo, culturas, internacionalismo…) fui capaz de aprehender el sentido final de la desigualdad, tal vez porque en todos aquellos otros campos dimos por hecho (equivocadamente) que una cosa nos llevaría a la otra. El tiempo me ha demostrado que no suelen ocurrir estas carambolas, y que la igualdad es, en origen, el producto de una chispa de conciencia que se enciende en privado, y sólo con el tesón diario, podemos hacer que se propague.

Voy llegando al lugar en el que quiero poner los ojos para esta primera “mirada”. Me pregunto: ¿Dónde nos hemos equivocado? ¿Qué hemos hecho mal, o insuficientemente bien? Nuestra generación de mujeres venía con ciertas reivindicaciones de serie, pero no hemos sido capaces de acelerar el cambio. Observo a mis hijas, y a los amigos y amigas de mis hijas, y lo que veo no me gusta en absoluto. En el patio del colegio, ellos acaparan el centro del campo, con su balones y voceríos, mientras ellas caminan por los laterales, unas con otras, contándose “sus cosas”, perpetuando la división y la diferencia, observándose por el rabillo del ojo, sin buscarse para aprender. Son seguidoras de personajes de ficción que deberían arder en las hogueras de la educación igualitaria, y que repiten, paso por paso, los estereotipos que durante tantas noches quisimos apartar de nuestras realidades a través de cuentos que nos inventamos. Así vayan vestidas de vampiresas, esos personajes de hoy siendo las “Mujercitas” de antes, las princesas de los cuentos que descarté como lectura recomendable.

Mujercitas
 
Javier Elzo advertía hace unos meses sobre el escaso avance que, en términos generales, han experimentado las y los jóvenes en materia de igualdad de trato, respeto y aceptación. Mientras la sociedad sea machista, decía, los jóvenes lo seguirán siendo también, hoy y dentro de muchos años. Inquietante. Y muy triste. Cuando estoy a punto de tirar la toalla, suelo visitar el blog de Ianire Estébanez, un compendio de sentido común y argumentos que, sorprendentemente, todavía tenemos que manejar a estas alturas. Leo las cosas tan sensatas que dice y algo se me mueve dentro.
 
Durante muchos años me consolé pensando que la transformación estaba a punto de llegar. Había llegado a un mundo incompleto y mutilado, pero podía hacerlo cambiar. Un mundo en el que las mujeres tenían que pedir permiso a sus maridos (o a su padre si no estaba casada la infeliz) para poder salir al extranjero, donde los “Tesoritos de la Casa” seguían siendo el modelo. En aquel tiempo pensaba que mi esfuerzo puertas adentro sería suficiente para cambiar las microdesigualdades y todo lo que las rodea. Hoy no estoy tan segura.
 
Vuelvo a la pregunta que me ronda por la cabeza: ¿qué hemos hecho mal, o insuficientemente bien? Por una parte, creo que no medimos bien las fuerzas y nos volcamos, casi de forma exclusiva, en conseguir la igualdad formal. Tal vez pensamos que se trataba de logros sucesivos, y que tras ésta llegaría, de forma natural e imparable, la igualdad de trazo fino, la que ocurre en cada casa y en cada mente. Hoy en día, la corrección política ha avanzado, y los mínimos legales están, supuestamente, garantizados. Ciertamente, ocurre lo contrario en muchas ocasiones, pero reconozco el gigantesco paso que hemos dado en pos de la igualdad formal.

La desigualdad que me preocupa es un movimiento mucho más sutil, casi silente. Está en el subsuelo de la sociedad que acepta, a regañadientes en muchas ocasiones, prácticas que garantizan la igualdad formal, pero que se asienta en valores y actitudes muy alejadas de ésta. Y me preocupa porque no la entiendo, porque no termino de encontrar ni un único culpable, ni una única víctima.

Y aquí no se libra nadie. Yo misma soy consciente de que contribuyo muchas veces a perpetuar los estereotipos con mis actitudes, tanto en el plano laboral como en el familiar. Ser coherente es agotador, me digo, y al cabo del día repito rasgos de los roles que de forma consciente, me afano en destruir. Y si me doy cuenta, busco alguna excusa, y a otra cosa, mariposa. Estoy segura de que esto mismo ocurre también a muchos hombres.

¿Podemos hacer algo más? Yo creo que sí, y si me lo permitís, voy a dar algunas pistas que, con un poco de suerte, pueden resultar útiles. Mi insuficiente formación en este campo (mis teorías beben directamente de los cuentos infantiles, recordad) me llevará a meter la pata, sin duda, pero acepto las críticas con buen talante. Dicho queda.
 
En primer lugar, creo que debemos dejar de mirar sólo hacia “la sociedad” pidiéndole cuentas. Yo no conozco a “la sociedad”, no me cruzo con “la sociedad” en el metro, no sé dónde trabaja, ni qué series de televisión ve. Mientras apelemos en exclusiva a la “sociedad” seguiremos estando en el bucle diabólico que nos da la coartada perfecta para librarnos de la responsabilidad individual. Ese ser amorfo y omnipotente que todo lo puede cambiar, la sociedad, no es nada más allá de ti y de mí.
 
En segundo lugar, necesitamos hablar más, escribir más, leer más, debatir mucho más sobre la visión del mundo igualitario que queremos construir, porque no es ni evidente ni homogénea. Debates abiertos, sin líneas rojas, aquí, en los entornos laborales, en las familias, y mucho, mucho más, en los medios de comunicación. Un debate que nos permita entender para acercarnos. Muchos hombres se sienten cómodos en este grado de igualdad formal, y motivos no les faltan. También muchas mujeres consideran que este estadio de la igualdad es la estación final en la que todas nos bajamos gustosamente. Con ellos y con ellas deberemos acordar nuevos pasos, porque para otras muchas personas, el trayecto no ha hecho más que empezar.
 
Y en tercer lugar, tenemos que construir un nuevo relato de la igualdad, del feminismo, de la responsabilidad, de la libertad individual y colectiva, porque los que venimos manejando en estas últimas décadas están ya un tanto viejitos y desconectados de las aspiraciones actuales. Se nos han pasado de moda las palabras, tal y como en este blog hemos leído en muchas ocasiones. Cuando nos preguntan si hoy en día tiene sentido hablar de feminismo, mi intuición me dice que unas y otros estamos hablando de un mismo término, sí, pero de muy diferentes significados. Unos piensan en las sufragistas, y otras muchas pensamos, simplemente, en los valores de futuro que queremos empezar a construir antes de que sea demasiado tarde.

Cambiar una vocal en las estrofas de aquella canción, “duerme, Negrita” nos ayudó a mis hijas y a mí a dibujar una realidad distinta, y crecimos sintiéndonos cercanas a esa niña que vive oculta tras una vocal acaparadora. Creo en la fuerza de las palabras, y creo mucho más aún en los hombres y las mujeres que las pronuncian saboreando el mundo que llevan implícito.
 
Fantástica tarea la de crear una nueva realidad, por mucho que cueste levantarla, sílaba a sílaba. No se me ocurre ningún trabajo más emocionante, y por el lugar que ocupamos en la historia reciente, creo que nos toca hacerlo: somos un puente que conecta el mundo que ya no existe con el que todavía no ha nacido.

Y como cerramos por vacaciones con este post, os dejo con una canción de cuna. Podéis cambiarla todo lo que os apetezca, faltaría más.

Manos a esta obra. Porque “colorín, colorado… este cuento, aún no ha acabado”.