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Género y salud: formas de distinta conjugación

04/03/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Maxi GutierrezMaxi Gutiérrez @MAXIGJ. Médico de familia en activo. Sensibilizado y atento a las realidades sociales. Trabajando (y trabajándose) por la igualdad de género. Miembro de un grupo de hombres en el centro Ez-Berdin de Vitoria-Gasteiz. Formador de profesionales sanitarios en atención a víctimas de violencia de género.

La variable género explica muchas de las cosas que les ocurren a hombres y mujeres en su manera de actuar, pero también en la manera de enfermar.

Mujeres y hombres, pero sobre todo mujeres, pasan por la consulta manifestando malestares, ansiedades, dolores, a veces miedos y sólo algunas pocas veces enfermedades con daño orgánico. Y no se manifiestan igual cuando se sientan en la silla de la consulta y expresan sus síntomas, no actúan igual cuando han de combatirla y no se sienten igual ni ante la recaída ni ante la recuperación.

Sólo la observación de estos comportamientos con las gafas de género me permite reflexionar y poco a poco va marcando mi forma de hacer medicina, mi manera de intervenir y las propuestas que planteo a mis pacientes, mujeres y hombres.

Existen diferencias biológicas que lógicamente afectan a la salud, pero esta cultura y esta sociedad asignan a las mujeres unos roles tan específicos que condicionan su estado de salud y su enfermedad.

Pondré dos ejemplos. Durante mucho tiempo el hábito tabáquico ha sido una práctica fundamentalmente masculina que ha condicionado que las cifras de cáncer de pulmón y otras enfermedades crónicas pulmonares hayan sido mucho menores en mujeres. En eso se han visto beneficiadas, hasta que una actitud de imitación del modelo masculino, referente en nuestra sociedad patriarcal, ha extendido el hábito entre ellas haciendo que estas cifras cambien sustancialmente. Actualmente las cifras más altas de mortalidad por cáncer de pulmón en mujeres se concentran en zonas de nivel socioeconómico más alto.

Por otra parte, el rol de cuidadoras atribuido mayoritariamente a las mujeres de nuestra sociedad hace que muchas vivan sobrecargadas por la asistencia dispensada a sus mayores, a sus hijos e hijas y, en muchos casos, también a sus parejas. La mujer tiene interiorizado el mandato del cuidado hasta tal punto que lo normaliza y muchas veces se lo autoimpone como una cuestión de deber moral en solitario. Mochilas que se cargan a la espalda llenas de ocupaciones y pre-ocupaciones que pueden transformarse en dolor, insomnio, depresión o angustia. No sé si es enfermedad, pero, desde luego, es sufrimiento del que muchas mujeres no son capaces de salir.

Sin embargo, los hombres consultamos menos o más tarde porque hemos sido educados en la necesidad de aguantar, de exponernos o de sobreponernos y muchas veces lo hacemos empujados por nuestras parejas. Es frecuente escuchar cómo se disculpan (“vengo porque la pesada de mi mujer…”; “yo creo que no es importante, pero se ha empeñado…”), dejando bien claro que quería (¿o debía?) soportar la situación como sólo un hombre sabe hacerlo.

Así aguantamos malestares o diagnósticos en estadios más avanzados de enfermedad, que dificultan su tratamiento. Participamos menos de los programas preventivos de cribado de enfermedades. Y desarrollamos conductas de riesgo que generan enfermedad: el abuso de sustancias tóxicas como el tabaco, alcohol u otras drogas, los accidentes de tráfico, los traumatismos y agresiones se producen típicamente en hombres.

El rol familiar del cuidado ante la enfermedad está bien determinado. Si es el varón el que enferma, casi todo está asegurado cuando hay una mujer que dispensa y organiza las cuestiones necesarias. Si lo es la mujer, entonces toca hacer muchas cábalas para facilitar un funcionamiento familiar razonable y aportar los cuidados necesarios que aseguren la recuperación de la salud.

Si los hijos contraen la enfermedad, será la mujer la que centre las atenciones y cuidados. Es curioso observar a muchas madres cómo se acercan a la consulta con sus hijos adolescentes, aportando todo tipo de información y detalles sobre el proceso, sin dejar apenas que el enfermo pueda contar lo que le ocurre y cómo se siente, sin oportunidad de permitirle intervenir, bajo la percepción de que no lo va a hacer adecuadamente. Sin embargo, cuando es el padre el que acude a la consulta, éste permanece casi en la puerta, ejerciendo de mero acompañante al que alguien le dijo que llegara hasta la consulta sin saber muy bien qué hacer después.

Poca responsabilidad en las actitudes mantenidas en unos y en otros. Todos son mandatos de género establecidos por los roles repartidos. Las cosas puedan salirse de lo habitual, pero nunca por el azar.

foto_postMaxiMientras tanto, nuestro sistema sanitario, muy efectivo en su conjunto, diferencia poco la atención a hombres y mujeres más allá de lo puramente biológico (ginecología, obstetricia y alrededores). Tenemos profesionales excelentemente formados en lo anatómico-funcional y mucho menos en lo sociosanitario. Necesitamos una mirada bio-psico-social. Es necesario que los profesionales de la salud, en su totalidad, tengamos más en cuenta los condicionantes sociales en general, y los condicionantes de género en particular, en nuestra forma de abordar los problemas de salud. Así realizaremos una atención más ajustada a las circunstancias de cada persona y también contribuiremos a una cultura en la que ésta no sufra como consecuencia de unas desigualdades asignadas por el hecho de pertenecer a uno u otro género.

Es sabido que el sector sanitario es un colectivo mayoritariamente formado por mujeres, sobre todo en la enfermería y cada vez más en la medicina, pero eso no asegura una mirada ponderada de género. Entre nosotros sigue reproduciéndose el tópico que cuidar es de mujeres (enfermeras) y curar de hombres (médicos). Y eso produce perversas consecuencias para la atención y para el sistema.

La cuestión no creo que sea actuar sobre el organigrama sanitario, sino generar procesos de reflexión y formación de los profesionales en los que se introduzca la variable de género como algo valioso para interpretar los procesos de enfermar de las personas.

Por otra parte, nada nos hará mejores profesionales que nuestro trabajo para constituirnos como mejores personas. La cuestión se juega en las cosas de la vida cotidiana, en las actitudes del día a día y en todas aquellas cuestiones que tenemos “grabadas” y de las que apenas somos conscientes. Las actitudes sólo pueden cambiarse con procesos de reflexión, con espacios de diálogo, corriendo riesgos en el cambio y disfrutando de los logros.

Veo avances en mis compañeros y compañeras sanitarias que cada día se esfuerzan en hacer mejor su trabajo. Experimento en mí mismo que es posible cambiar y generar dinámicas nuevas. ¡Cómo no ser optimista!

Todo esto no es fácil, pero, cuando se experimenta, ya no hay marcha atrás, es imposible mirar con otros ojos y, a mí por lo menos, el camino me resulta apasionante.

Gorda

25/02/2014 en Doce Miradas por May Serrano

Ojalá fuese una mujer como los medios mandan.

 portadas varias

 

Ojalá un vientre plano, una piel tersa, cero celulitis.

Ojalá un pelo sedoso, un maquillaje perfecto que me dure 24 horas.

Ojalá unos pies que se adapten perfectamente a estos tacones imposibles.

Ojalá las curvas perfectas, ni muchas ni pocas.

Ojalá unas tetas bien puestas.

Ojalá un culo en su sitio.

Ojalá mi piel siempre hidratada, suave, como recién depilada.

Ojalá delgada.

Cuando tenga todo esto, cuando sea perfecta, cuando tenga los ojos azules… alcanzaré el cielo.

Persepolis

¿Exagerada?

metro madrid

Veamos ¿Cuántas veces al día tienes un pensamiento negativo sobre tu cuerpo? ¿Cuántos mensajes desde los medios de comunicación recibes al día diciendo que algo está mal en tu cuerpo? ¿Cuántas amigas escuchas que empiezan una dieta, que han engordado? ¿Cuántas veces has pensado en un poquito de cirugía? ¿Cuántas veces te miras al espejo y te ves “toda guapa”? ¿Cuántas veces has comido un trozo de tarta sin pensar que engorda?¿Cuántas veces te dices que “te has portado mal”? ¿Cuántas veces le has dicho a una mujer “qué  delgada, qué guapa”?

En mi caso MUCHAS. Demasiadas. En la vida real y en la cibernética. Enfrente de un pastel: “Uh! Un minuto en la boca y toda una vida en la cadera”. En una tienda de ropa: “¡no, nunca hemos tenido esa talla!”. En una comida de trabajo: “Puedo pedir cualquier cosa, porque estoy delgada”. Por mail “Ya me ha dicho mi madre que te ha visto y que has adelgazado”

NO es casualidad y lo peor: no es inofensivo. Ni siquiera es saludable. Es violencia. Violencia Simbólica. Tan sutil, tan sutil que no parece violencia.

Como nos explica Medicus Mundi en su recién estrenado estudio sobre la violencia simbólica:

“La violencia simbólica opera de forma que el cuerpo idealizado ejerce el papel de dominador sobre el cuerpo real y la percepción de este cuerpo real queda dominada de una manera natural y autoimpuesta por la persona.

 Acuñado por Pierre Bourdieu en los años 70, el concepto de violencia simbólica se utiliza para describir las acciones que de forma indirecta se utilizaban para imponer, entre otros constructos sociales, los roles de género y las relaciones de poder desiguales”

Las relaciones de poder desiguales. Aquí quería llegar yo.

¿Cuánto tiempo gastamos en estos pensamientos? ¿Cuántas cosas dejamos de hacer esperando a tener el cuerpo perfecto? ¿Cuánto dinero invertimos en estar perfectas?

Y lo mejor de todo ¿qué haríamos si no tuviésemos que preocuparnos de todo esto?

“Cada noche, sin falta, ella rezaba para tener los ojos azules. Había rezado con fervor un año entero. Aunque un poco descorazonada,  no había perdido la esperanza del todo. Lograr que ocurriese algo tan maravilloso como aquello requería mucho tiempo, muchiisimo.” Ojos Azules de Tony Morrison.

pensar que estás

 

Tengo los ojos marrones, a veces se ven verdosos, me brillan con intensidad cuando me apasiono.

He dejado de rezar para conseguir unos ojos azules.

Abandono esta lucha contra mi cuerpo y me comprometo a

no seguir ejerciendo violencia contra mis michelines, mis arrugas o mis canas.

¿podrán los medios y las marcas hacer lo mismo?

Cincuenta años y diez mil días

18/02/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Neus ArquésNeus Arqués es escritora y trabaja como analista.

Está convencida de que la visibilidad es el nuevo petróleo, porque hoy el recurso escaso es la capacidad de atención: si no te ven, no te compran.

La visibilidad es el tema transversal de sus libros, sus conferencias y de su Lista.

En junio cumplí los cincuenta.

Al grito de “¡Cincuenta!” nos ponemos firmes. Hemos cruzado el meridiano, porque a los babyboomers la genética todavía no nos garantiza que lleguemos a centenarios. ¿A qué dedicaremos los próximos diez mil días?

Lo suyo es reinventarse. A medida que la esperanza de vida se alarga, las opciones se multiplican. No sólo vivimos más: queremos vivir distinto. Si rondas mi edad, esto es lo que te pregunto: ¿Crees que tu vida ya está diseñada o que tienes todavía margen para crearla? Si cuentas tu futuro en días, lo piensas con más cuidado. No hay tiempo que perder.

“Reinventarse” es un verbo en auge. Nos imaginamos nuevos universos personales, a poder ser exóticos. La narrativa suele empezar con “Lo dejó todo y se fue a…”. Cambio de trayectoria. Cambio de pareja. Cambio de país. Frente a esos reset radicales, me interesa la reinvención desde la atención. No desde lejos sino desde dentro. Estoy empeñada en volver a ser quien soy, no en ser otra.

Imagen de Matt Gibson (CC by-nc).

Imagen de Matt Gibson (CC by-nc).


Vivo un tiempo confuso, de falsa normalidad. Parece como si todo estuviese en su sitio. Como si pudiésemos conciliar. Como si tuviésemos las mismas oportunidades de promoción. Como si las aprovechásemos. Sin embargo, a poco que rascas ves que la mujer ocupa un puesto muy claro en sociedad, en economía, en política y en tecnología: el segundo.

¿Saldremos de la invisibilidad? Cuando calculas que te quedan diez mil días, te preguntas hasta cuándo saldrás a dar la cara. Porque salir a dar la cara cansa, pero no salir duele. Te preguntas si la mejor opción es “fluir y no resistirse” –como me recomendaba un amigo recientemente- o si batallar tiene todavía un sentido. La respuesta para mí depende de la oportunidad. Escoger bien las batallas, porque todas desde luego no se ganan. Una de las que me importan tiene que ver precisamente con el derecho a reinventarse.

Nuestra vida se escribe hoy en múltiples plataformas on-line: al otro le basta consultarlas para hacerse una idea de cómo somos y cómo nos ha ido. La tecnología construye nuestra narrativa personal.

Mi generación, que ya era adulta cuando se masificó el acceso a Internet, tiene una vida que no consta. Si hubo fotos, éstas amarillean en algún álbum con cubierta de cuero granate repujado. Ese pasado privado continúa siéndolo. Por eso ahora podemos crear otro presente, ya que del pasado sólo existe nuestra versión. Mi generación es la última que podrá reinventarse. Éste será el gran privilegio.

Sin embargo, reinventarse debería ser posible también para los que vienen detrás. ¿Cómo? Para empezar, me gustaría que habláramos (más) del tema, en vez de darle al “me gusta” a la menor ocasión. Que entendiéramos que las redes sociales son empresas cotizadas y no ONG. Que nos sintiéramos responsables de nuestra identidad digital –y de la de nuestros hijos- del mismo modo que velamos por la integridad física. Que aprovecháramos las ventajas que la tecnología ofrece en beneficio propio. Que como sociedad consensuáramos un modelo identitario –y, ya puestos, paritario- que de margen a la posibilidad y al olvido, de modo que podamos volver a empezar en vez de cargar con nuestra mochila digital de forma irremediable.

Puede que a esto, a cómo las personas, los proyectos, las ciudades nos reencontramos y nos reinventamos, dedique los próximos diez mil días.

Mujeres tecnólogas. Haberlas, haylas

11/02/2014 en Doce Miradas por Lorena Fernández

Se suele decir que la Historia la escriben los vencedores. Yo añadiría además, que hasta hace bien poco, los vencedores masculinos. Así que no es de extrañar que cuando nos preguntamos por personas que han marcado el devenir de la ciencia y la tecnología, nos vengan a nuestras cabezas hombres casi en exclusividad. Sin embargo, muchas han sido las mujeres determinantes que luego la Historia castigó con su indiferencia. Mi intención es hoy hacer un recorrido por algunas (me temo que yo también me olvidaré de muchas, pero para eso tenéis los comentarios 😉 ).

La razón de este recorrido ya la planteaba en mi primer post en Doce Miradas: nuestras niñas necesitan espejos en los que mirarse para poder imaginar que ellas también pueden llegar a ser tecnólogas. Además, quiero dejar patente mi respeto por estas mujeres, dado que antes, su acceso a la educación era bastante más complicado que ahora. Y aún así, sortearon múltiples obstáculos, sentando importantes bases científicas.

AIDA LOVELACE-BYRONSiendo como soy ingeniera informática, era inevitable empezar con Ada Byron (1815-1852). Veréis además que termino con ella el artículo. El año pasado Google le dedicó un doodle a esta matemática y escritora, a la que también se le conoce como Ada Lovelace (su apellido de casada). Tiene un lenguaje de programación con su nombre, creado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Y es que se la considera la primera programadora de ordenadores, dado que creó el primer algoritmo para ser procesado en una máquina (la de Charles Babbage). Pero obviamente, tuvieron que pasar muchos años desde su muerte para que se le otorgara el reconocimiento que ahora ostenta.


HypatiaRemontándome aún más al pasado (alrededor del año 370 d.C.), iré hasta la primera mujer científica de la Historia de la que se tiene constancia, Hypatia de Alejandría. Hypatia cultivó varias disciplinas: filosofía, matemáticas, astronomía, música… y durante veinte años se dedicó a enseñar todos estos conocimientos. Se dice que hizo mapas astronómicos y fue pionera en el uso del astrolabio. Inventó también el hidrómetro, usado para determinar la densidad y gravedad de un líquido. Tuvo la suerte de recibir una educación científica muy completa gracias a su padre, cosa poco común en su época. Fue asesinada brutalmente por una turba de cristianos (Hypatia era pagana). Quizás hayáis visto la película de Alejandro Amenábar, Ágora, donde se retrata su vida.


Elena Lucrezia Cornaro PiscopiaElena Lucrezia Cornaro Piscopia (1646 – 1684) fue la primera mujer doctorada en el mundo. Su defensa de tesis sobre el Análisis y la Física de Aristóteles fue memorable: iba a producirse en el salón de actos de la universidad de Padua, pero hubo tal afluencia de público, que tuvo que hacerlo en la catedral.

Ahora bien, la primera doctora en ciencias de la computación tuvo que esperar hasta 1965. Fue la Hermana Mary Kenneth Keller (1914 – 1985) que asistió además en el desarrollo del lenguaje de programación BASIC.


Mujeres ENIACLa máquina ENIAC fue una de las primeras computadoras electrónicas de propósito general de la Historia. Mientras que los ingenieros John Presper Eckert y John William Mauchly se hicieron famosos como los creadores, nunca se reconoció a las seis mujeres que se ocuparon de su programación (Betty Snyder Holberton, Jean Jennings Bartik, Kathleen McNulty Mauchly Antonelli, Marlyn Wescoff Meltzer, Ruth Lichterman Teitelbaum y Frances Bilas Spence). Hasta la década de los años 80, se dijo incluso que las mujeres que aparecían fotografiadas junto a ella eran sólo modelos (“refrigerator ladies“). Las descubrió en 1986 Kathryn Kleiman al realizar una investigación en Harvard sobre el papel de las mujeres en la computación. Estas mujeres sentaron las bases de la programación, haciéndola sencilla y accesible.


Ángela Ruiz RoblesÁngela Ruiz Robles (1895 – 1975) inventó el libro mecánico y anticipó el ebook en los difíciles años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil española. Su deseo de facilitar el aprendizaje al alumnado, su obsesión por el peso de las carteras, unido a su convicción por la necesidad de transformar la educación tradicional basada en la memorística hacia la enseñanza interactiva y razonada, le llevaron a idear en los años cuarenta un nuevo formato de libro. Doña Angelita, como era conocida, llegó a patentar su enciclopedia mecánica, y el ministerio de educación a dar su aprobación para su eventual uso en las aulas, pero nunca consiguió financiación para llegar a fabricarla. Podemos escucharla defendiendo su proyecto.


Grace Murray Hopper Grace Murray Hopper (1906-1992) ha pasado a la Historia de la informática como la inventora del lenguaje de programación COBOL. Conceptualizó la idea de tener lenguajes computacionales que fueran independientes de las máquinas (es decir, que se pudieran usar en múltiples equipos). También se le atribuye haber popularizado el término “debugging” para corregir errores ya que, cuando trabajaba en Harvard, tuvo que quitar un insecto (en inglés bug) que se había atascado en una computadora.


Hedy Lamarr Si os hablo de Hedy Lamarr (1914-2000), quizás no os suene de nada o, si os gusta el Hollywood de los años 40, la reconozcáis como una de sus actrices. Pero es que además de ser la primera mujer en protagonizar un desnudo en la historia del cine, también fue la primera persona en concebir la versión del espectro ensanchado que daría lugar a la tecnología wifi. En 1998 la Electronic Frontier Foundation concedió a Hedy Lamarr y George Antheil (pianista y compositor con el que colaboró en más inventos) el Premio Pionero reconociendo su contribución fundamental en el desarrollo de las comunicaciones basadas en ordenadores. Hedy Lamarr rehusó a ir a recoger aquel premio. Podéis leer aquí más sobre su historia.


Evelyn BerezinEvelyn Berezin (1925 – ) desarrolló el primer sistema de reservas de billetes de líneas aéreas para United Airlines. Es también conocida como la madre de los procesadores de texto desde que en 1968 desarrollara la idea de un programa que permitía almacenar y editar textos. Al año siguiente, fundó Redactron, la primera empresa dedicada exclusivamente a los procesadores de texto.


Jude MilhonJude Milhon (1939-2003), más conocida por el nick de Saint Jude, es la madre del ciberpunk. Programadora, hacker, escritora, feminista, rebelde, defensora de los ciberderechos. Suya es la famosa frase “Girls need modems!” que recorría las míticas BBS allá por los albores de Internet animando a las mujeres a aventurarse en los “placeres del hackeo”. El día de su muerte, un famoso titular ocupaba los diarios digitales de Internet: “los hackers han perdido a su santa protectora”.


Radia PerlmanRadia Perlman (1951 – ) es conocida como la madre de internet. Famosa por ser la creadora del protocolo Spanning Tree (STP), fundamental para permitir la redundancia de caminos en las redes de área local (LAN). A lo largo de su dilatada carrera ha registrado más de 70 patentes, casi siempre relacionadas con la seguridad. También cuenta en su haber ser una de las pioneras en enseñar a programar a los niños y niñas. Para ello, creó un sistema tangible llamado TORTIS que genera diferentes acciones al presionar botones (una versión de LOGO). Actualmente trabaja para Intel.


Carol ShawCarol Shaw (1955 – ) trabajó en Atari, y se dice que es la primera mujer diseñadora y programadora de videojuegos. Su juego más famoso es el ya clásico River Raid. En una entrevista en la que se le preguntaba si en algún momento la discriminaron por ser mujer en la industria, Carol respondió: “Cuando trabajaba en Atari, Ray Kassar, su presidente mencionó “por fin Tenemos a una mujer diseñando juegos. Ella podrá combinar los colores y diseñar los interiores de las carcasas de los juegos”. No lo tomé muy en serio porque eran dos cosas que no me interesaban y mis colegas me apoyaban.

Sé que me dejo a muchas protagonistas en el tintero, pero si queréis profundizar más en estas figuras determinantes, os recomiendo el proyecto “Una historia invisibilizada” del Instituto Asturiano de la Mujer y Wikimujeres.

Mirar al pasado está bien, pero tenemos un presente y un futuro al que hay que hacer frente para que no vuelvan a quedar mujeres invisibles, o lo que es peor, para que no desaparezcan por la falta de vocación tecnológica en las niñas. Es por esto que, aplicando uno de nuestros mantra favoritos en Doce Miradas (“las cosas se cambian cambiándolas”, y no solo hablando de ellas, que también es muy importante, ni obviándolas, como algunas personas plantean esperando que una mano mágica actúe), convocamos este año por vez primera el Premio Ada Byron a la mujer tecnóloga desde la Universidad de Deusto.

Premio Ada Byron a la mujer tecnóloga

La convocatoria estará abierta hasta el 20 de marzo y el premio tendrá una dotación económica de 3.000 euros. Se entregará el 11 de abril en el marco de las jornadas ForoTech2014.

¿Y por qué solo premiar a las mujeres? ¿No estamos cayendo otra vez en la discriminación? Os diré que si la pretensión del premio hubiera sido buscar a la mejor persona tecnóloga, entonces sí. Pero la intención es otra:

  • Dar visibilidad a las mujeres dentro del mundo de la tecnología reconociendo su importante labor, insuficientemente conocida en el conjunto de la sociedad.
  • Enriquecer la sociedad con eventos de difusión tecnológica, aportando modelos de mujeres para las nuevas generaciones.
  • Fomentar vocaciones tecnológicas acercando el trabajo tecnológico a las y los adolescentes, resaltando los aspectos positivos, especialmente en las vocaciones femeninas.

Mujeres tecnólogas de España, quitaos ahora mismo de la cabeza esos pensamientos que os pueden estar rondando de “yo no valgo o no soy lo suficiente [pon aquí cualquier adjetivo] para este premio” y presentaos ahora mismo. Nuestras niñas y jóvenes necesitan conoceros.

Al sur de la igualdad

04/02/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

inésInes Skotnicka, @agjs, centroeuropea con alma andaluza y bagaje de unos cuantos años pululando por otros países. Lectora obsesiva de todo lo que tenga letras; intentando poner el orden a la infoxicación (www.desinfoxica.com). Economista de profesión, ligada al mundillo de la consultoría, innovación, internacionalización e investigación académica. Sumergida en el océano de tecnología, búsqueda de conocimiento y colaboraciones varias. A veces friki, a veces maruja.

En el Sur se vive genial. Realmente bien. La luz, el calor, la gente, las fiestas. Ser mujer en el Sur (Andalucía, sin ir más lejos) desde luego levanta la autoestima a casi cualquiera (dicho con malicia, premeditadamente). La mujer del Sur ha sido alabada, elogiada, retratada y hasta ridiculizada millones de veces. La mujer en el Sur es bella, alegre, femenina y, casi obligatoriamente, familiar. Pero hacerse valer profesionalmente y socialmente siendo mujer, ser feminista y revindicar -y no luchar, porque esto ya lo han hecho nuestras abuelas (dicho a conciencia)- los derechos, esto ya es otro cantar.

Reconozco que mi escasa docena de años en las tierras andaluzas no dan más que para una mirada muy subjetiva (sesgada por los orígenes norteños y cierta dosis de mordacidad), pero permitidme compartir algunas de mis observaciones.

Aeropuerto del Sur. Un conocido regresa de un viaje de negocios. Sus dos hijos (niño y niña) de corta edad lo esperan. El feliz padre saca regalitos traídos para sus retoños. “Toma, Jaimito, este fin de semana empezamos a jugar juntos”. Un tablero infantil de ajedrez.  “Rosita, esto es para que te pintes guapa cuando vayamos a la feria”. El estuche de maquillaje más chillón que existe. Me ahorraré comentarios sobrantes. Y si me decís que esto va cambiando, respondo que puede ser, pero demasiado lento y con demasiados retrocesos, cuando del Sur se trata. Cabe decir, no obstante, que tales estereotipos arremeten no solo contra el futuro de las mujeres, sino también contra la sensibilidad de muchos de los hombres, encorsetados en la denominación de origen del “macho ibérico” del Sur.

Me indigna, me cabrea y hasta me produce cierta risíta sarcástica, por igual, cuando escucho repetirse en diferentes estratos sociales  el esquema “no hay como en casa de mi madre”. Typical from South, lo siento pero he de decirlo. Puede que en el Norte seamos más frías o vagas, o simplemente más pragmáticas. Pero, señoras (y señores), no se hace la cama a los niños adolescentes, ni se les lava la ropa mientras sus hermanas faenan en la cocina (presenciado ojiplática en una familia de dos padres profesionales exitosos en sus respectivos campos). No se mandan tuppers con croquetas para que la nuera aprenda “cómo le gustan a mi hijo” ;-). No se escriben justificaciones para que las hijas no suden en las clases de educación física (ahí también está el aprendizaje para trabajo en equipo y para una rivalidad sana), mientras se compra balones a los hijos. Porque, miren, estamos consolidando los mismos estereotipos contra los que luchamos. ¿Es que no se puede ser buena madre y feminista? ¿En el Sur?

Siendo hija y nieta de mujeres que han trabajado fuera de casa durante toda su vida, reconozco que, a pesar de los estandartes ondeantes de la igualdad, nunca llegaremos a tal si de antemano se presupone que una chica o mujer en un momento dado fastidiará a la empresa “queriendo tener descendencia”. ¿Podéis decir que esto se da por igual en el Norte y en el Sur? Posiblemente. Hay numerosas evidencias de preguntas capciosas en las entrevistas de trabajo o frente a las máquinas de café. Pero en el Sur ni siquiera lo preguntan, se da por hecho y ya en la línea de la salida nos quedamos dos o tres pasos atrás. Y si añadimos el ingrediente de los horarios de trabajo totalmente desatinados -justificados por las temperaturas, como si se tratase de llevar agua en los cántaros al sol-, ya tenemos una mezcla explosiva, apta para dinamitar las aspiraciones de cualquiera. Eso sí, el Norte hace algo por cambiarlo; el Sur aún está aferrado a evitar verlo.

Y además, en el supuesto afán por, no sé como llamarlo, establecer nuevas “reglas de juego”, sobre todo en las administraciones, se cae en lo que, disculpad el extremismo, consideraría igualmente perjudicial para la igualdad que el machismo puro; o sea, la vanagloriada discriminación positiva, muy presente en algunos ámbitos del Sur. Aquí me atrevo decir que el Sur se extiende hasta a los despachos de Moncloa ;-). Señoras del Sur (y algún que otro caballero): si queremos igualdad verdadera, hay que apechugar. Está muy bien (esa caballerosidad sureña me encanta) que nos dejen pasar por la puerta, pero no recibir un sillón en el consejo de administración, un puesto presidencial asignado a dedo, como asumiendo que nunca se ganaría enfrentándose a un hombre. Los derechos que realmente importan son los logrados con esfuerzo, no los regalados para cumplir números de paridad establecidos artificialmente. La no-discriminación ha de ir en ambas direcciones. No podemos pedir respeto a la vez que exigimos “trato de favor”. Igual significa igual. En lo bueno y en lo malo. Y desafortunadamente en el Sur nos falta un poco de coraje para practicar, recalcando palabras de Marta Sanz, el feminismo autocrítico.

Finalmente, desde mi propio “patio” profesional, me produce cierta turbación, denominémosla estratégica, ver aparecer como setas tras la lluvia decenas de empresas de consultoría de igualdad de género por toda la geografía sureña; empresas regentadas en su gran mayoría por las mujeres, aunque posiblemente, por qué no decirlo, surgidas del oportunismo mercantil más que de las convicciones o de las necesidades. He presenciado (por pura casualidad) cómo jovencísimas consultoras intentaban “convencer” con un PowerPoint a un equipo de empresa acostumbradamente masculina, de la necesidad de romper “el techo de cristal” y tras varias horas se quedaban sin el menor avance. Veo que el camino de “quitarse los tacones” y ataviarse en un asexual, igualitario, pero basado en la pura y dura lógica empresarial “mono de trabajo”, todavía queda por recorrer en estos lares.

El futuro del Sur, esto ya se está demostrando en el “Sur lejano” (mujeres activistas y emprendedoras en África, Latinoamérica), es de las mujeres. Por las condiciones biológicas, sociales, culturales y poco a poco laborales. Pero el Sur de Europa parece haberse estancado en los logros pasados, acomodado en su parcial fantasmagoría de la igualdad de oportunidades sobre el papel, mientras la crisis actual golpea a las mujeres con doble fuerza de embestida, socioeconómica y espiritual. Ganar algunas batallas, no es ganar la guerra. Para salir con el escudo (y no sobre el escudo) aún quedan riesgos y sacrificios por acometer. Y me temo que esa disyuntiva más grande, que nos frena y nos hace vacilar, radica en nosotras mismas.

Aunque queda mucho trabajo por hacer, y probablemente muchos sinsabores por soportar, no nos pongamos del todo pesimistas. Hay muchas mujeres en el Sur que desde sus realidades subjetivas están propagando una pugna para que ser (y ejercer de) mujer no sea una desventaja. Ni tampoco una ventaja a priori.

Navajas de doble filo

28/01/2014 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

Hoy empieza para mí la “segunda ronda”. Segundo post en #DoceMiradas: una vuelta completa a las manecillas de este reloj. Sumo lo que he aprendido, lo que me he reído, lo mucho que esta aventura me ha hecho pensar, leer y escribir, y todo me sale en positivo. Lenguaje inclusivo, “postureo” machista y feminista, igualdad en el ámbito laboral y de la empresa, tecnología, cine, televisión, literatura, ciencia, medios de comunicación, periodismo de conflictos, conciliación… Techos de cristal y suelos resbaladizos. Hemos recorrido a través de las miradas propias y de las ajenas, con las gafas ultravioletas puestas, muchos de los barrios que circundan las metrópolis que habitamos hombres y mujeres preocupadas por todo lo que nos queda por hacer. Muchos hilos que se van entrelazando con muchísimos comentarios, tanto aquí mismo, como en el resto de los huecos  digitales en los que hemos ido construyendo espacios para el debate y la reflexión.

Vine para hacerme preguntas en voz alta, y me he encontrado con un montón de incógnitas nuevas. Una de ellas está revoloteando continuamente en mi cabeza, y quiero compartirla hoy, como siempre, para buscar vuestras respuestas.

A saber. Coincidimos en gran medida en los diagnósticos; con matices, por supuesto. Coincidimos en pensar que el pasado nos ha dejado una herencia envenenada que ha echado raíces en todos los ámbitos de las relaciones humanas, es decir, de nuestras vidas. De aquellos hábitos, estas culturas, y de esas culturas, todas las desigualdades que sufrimos, algunas sutiles y otras sencillamente insoportables. ¿Qué nos impide avanzar del plano formal hasta una igualdad real, de los dichos a los hechos?

Leí el otro día un interesante artículo sobre por qué los gobiernos “no hacen las cosas bien”, firmado por Jesús Fernández Villaverde. Es bueno leer de todo un poco. Viene al caso. De esta lectura me quedo con una fórmula sencilla que os propongo aplicar.

Sostiene el autor, y yo coincido, que las posibles razones por las que no se hacen las cosas (bien) pueden resumirse en tres: primera, porque no sabemos hacerlo mejor; segunda, porque no podemos hacerlo de otra manera; y tercera, porque no queremos hacerlo. Saber, poder y querer. Y añado de mi cosecha una más: generalmente existe una cuarta, la suma de las tres anteriores.

En un ejercicio sencillo de descarte, elimino la primera, porque es una coartada que cae por su propio peso: existe un inmenso conocimiento público y publicado sobre políticas y medidas de corrección de todo tipo de desigualdades. Sabemos cómo mejorar el índice de participación de las mujeres en los centros de decisión de las empresas, y sabemos que sería beneficioso. Sabemos qué teclas tocar para mejorar la educación formal en los centros escolares, qué prácticas ayudan a la convivencia entre niños y niñas en las aulas y en los patios. Sabemos que, a pesar de ser controvertidas, ciertas medidas como las cuotas contribuyen a garantizar la visibilidad de las mujeres en ámbitos asociados a competencias tradicionalmente masculinas, y nos consta que la visibilidad está en los cimientos del reconocimiento. Sabemos de programas que mejoran la implicación igualitaria en la crianza, y que desactivan hábitos nocivos en los ámbitos individuales y colectivos.

La primera hipótesis, por lo tanto, no nos sirve: sabemos hacer las cosas de otra manera.

Vayamos a la segunda. ¿Podemos? Evidentemente sí. ¿Qué o quién lo impide? Nadie, porque más allá de nosotros y nosotras no hay nada. Incluso las empresas más recalcitrantes están formadas de personas. Y los gobiernos más reaccionarios pueden cambiarse. Y las ideologías más machistas terminarán por desaparecer si las personas que las sustentan las desactivan. No hay más. Ningún ser superior ha dictado las normas de convivencia para el fin de los tiempos. Como todas las culturas precedentes, también la nuestra terminará por cambiar para permitirnos adaptarnos a las nuevas condiciones del entorno. Desde el punto de vista de la Historia, con mayúsculas, somos una anécdota insignificante, y usos y costumbres que nos parecen inherentes a nuestra condición son, simplemente, el resultado imperfecto de una cultura efímera y caduca.

No será sencillo, y sin duda, llegará tarde. Porque una generación entera habrá desperdiciado una parte importantísima de su potencial por falta de sensibilidad o coraje para articular medidas eficaces que garanticen la igualdad de oportunidades, responsabilidades, derechos, obligaciones y aspiraciones. Estos tiempos de recortes de derechos, bienestar e ilusiones nos están dejando una herencia envenenada, es verdad. Pero creo que todavía podemos aspirar a hacer pequeñas y grandes transformaciones. No se me ocurre mejor momento que éste, en el que muchas de las verdades que se nos vendieron como absolutas están cayendo como piezas de dominó.

¿Podemos? Sí, por supuesto, pero no será a base de discursos políticamente correctos, ni de grandes pactos entre iguales. Para empezar, habrá que poner el foco y acordar que la igualdad entre hombres y mujeres es una factura cuyo pago no podemos posponer por más tiempo. Por muchas razones, las de la justicia, las de los valores, y también las económicas, dicho sea de paso. Tengo una duda, creo que razonable, sobre la prioridad que el gap del género tiene en la agenda social en la actualidad. Ha pasado de moda, me temo. Algo tendremos que hacer para que vuelva a ser una reivindicación y sobre todo, una marea de acciones compartida. Se admiten sugerencias.

Es cuestión de prioridades. La actual situación de crisis económica, de valores y de sueños es una excelente excusa para volver a lanzar unos puestos atrás este tema, pero no es una razón suficiente.

Si sabemos qué acciones concretas podemos poner en marcha, si podemos hacerlo, ¿qué nos impide avanzar? Y llego a la tercera hipótesis: ¿queremos realmente solucionar la secular desigualdad entre mujeres y hombres? En unas lejanas clases de filosofía aprendí que «en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta». Se le llama, creo recordar, Principio de Parsimonia. Igual os suena más como la “Navaja de Guillermo de Ockham” . Debería concluir, entonces, que simplemente no queremos cambiarnos. Que más allá de flagelarnos y enredarnos en los diagnósticos, nos falta la determinación necesaria para activarnos e ir unos pasos más allá. Que el problema somos nosotros y nosotras.  Y también la solución.

Tres opciones. Tres posibles explicaciones para una cuestión terriblemente compleja. No está en mi ánimo simplificarla. Me conformo con compartir mis dudas, y mis esperanzas de que cada día seamos más quienes respondamos de forma afirmativa a la tercera pregunta, con palabras y sobre todo, con acciones, empezando por nosotras mismas.

NO ESPERES LISBOA

¿Cuál sería tu propia hoja de ruta para conseguirlo? ¿Por dónde empezarías, qué cosas cambiarías desde mañana mismo? Sin excusas. Sin coartadas. Del autoanálisis a la práctica: “planes de igualdad individuales”, el tuyo, el mío. Ya sabes: objetivos, diagnóstico, recursos a emplear, acciones a corto y medio plazo, calendario para hacerlo y evaluación posterior, por ejemplo, en la próxima “vuelta”.

Porque existe una versión alternativa a la primera navaja, la formulada por Leibniz: “Todo lo que sea posible que ocurra, ocurrirá”. Es el principio de Plenitud, y me gusta mucho más. Las navajas, ya se sabe, son de doble filo.

¿Dónde están mis alumnas?

21/01/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Mikel Ortiz de EtxebarriaMikel Ortiz de Etxebarria, @eztabai, es un bilbaino antimilitarista, profesor de Ciencias en la enseñanza pública, troll en Internet y polemista por devoción. Geek a tiempo completo, siempre está dispuesto a perder una y otra batalla hasta la victoria final.

 

Se acaban de cumplir mis primeros 25 años en la enseñanza pública, siempre enseñando Ciencias Naturales o asignaturas asociadas (?) como Matemáticas, Física, ­Química o Informática.  Más o menos cien personas por curso durante este tiempo suponen más de mil chicas y más de mil chicos que me han sufrido como profesor, y he de decir que hasta a mí me asustan estos números. Durante este periplo educativo casi siempre han sido mayoría las chicas en mis clases, mayoría y mejores alumnas en cuanto a rendimiento académico, que todo hay que decirlo, pero dada la dedicación de las féminas a esas edades de la Educación Secundaria, es más o menos lo normal. Muchos alumnos han aprendido de ellas que trabajando se pueden suplir muchas carencias de atención, y ellas han aprendido de ellos que también hay que participar en clase para obtener los preciados puntos que no dan los exámenes, así que un apoyo a la educación no segregada (¡escucha Wert!).

De mis clases, y a pesar de mí, seguro, han salido excelentes estudiantes que después han cursado carreras de Ciencias. Pasado el tiempo han coincidido conmigo en algunos de los saraos científicos o tecnológicos que frecuento, algunos de divulgación, otros de formación y aún otros de frikis totales, pues bien, el porcentaje claramente favorable a las chicas en mis clases se vuelve en su contra pasados los años. Las chicas apenas aparecen, no ya como ponentes, que parece misión imposible, sino hasta como aficionadas. Así como muchas veces me he topado con ex­alumnos en estas movidas, las ex­alumnas parecen haber desaparecido y, preguntados ellos sobre ellas, siempre me comentan que les fue bien, que están trabajando, pero que apenas tienen presencia pública. Los chicos, hombres ya, hablan de las “excusas” de las chicas, de la familia (que ellos también tienen), del reparto de tareas (ahí está el quid de la cuestión), de lo poco atractivo de asistir a eventos donde hay “demasiados” hombres; en fin, que es la pescadilla que se muerde la cola. No sé cómo será la cosa en la universidad, en los cargos directivos, en la empresa, así que solo hablo de lo que vivo en el día a día, que quede claro.

La situación me duele especialmente: años trabajando en coeducación, sesiones preparadas para despertar el interés sin importar el género (en clase no solo se habla de científicos, sino también del papel que las mujeres han tenido y tienen en la Ciencia), pero resulta que luego perdemos al  sector femenino. He preguntado también a unas cuantas de mis ex­alumnas, porque conservo sus emails y algunas me cuentan que eligieron carreras de Humanidades porque se veían más en esos estudios que en los técnicos, o bien, entre las que eligieron Ciencias, que no ven la necesidad de mostrarse como científicas, que son buenas en lo suyo y punto. Apretando un poco más las tuercas, vuelve a salir el fantasma del reparto de tareas, un fantasma corpóreo, sin duda.

Ahora vienen las cuestiones. Me pregunto: ¿el porcentaje de mujeres en los eventos públicos en los que se habla de Ciencia es un   reflejo de la sociedad? Me respondo: sí. O no.

Me pregunto: ¿son tan poco atractivas la Ciencia y la Tecnología para que estén tan marcadas por el género? Me respondo: igual es que no las sabemos impartir y desde siempre las hemos mostrado como un asunto masculino y para gente rarita.

Me pregunto: ¿los roles clásicos de lo masculino y lo femenino marcan tanto la elección de estudios? Me respondo: pues va a ser que sí, al menos por lo que nos dicen las estadísticas de los institutos.

Concluyendo. Igual creéis que es una frustración que arrastro por ser profesor de Ciencias, pero necesito (!), repito, necesito ver y sentir más chicas en lo científico, que tengan más presencia como ponentes y como público en esas conferencias, en los eventos de divulgación y en los medios de comunicación. Para que todo esto mejore habrá que poner de ambas partes, de los   organizadores o comunicadores, que han de demostrar más sensibilidad a la hora de convocar según a quién, y de las mujeres, que se tienen que hacer más presentes. Hay matemáticas,  astrónomas, médicas, geólogas, físicas, biólogas, químicas, informáticas, ingenieras y tecnólogas que tienen mucho que enseñar y además lo hacen desde otra óptica. Lo he comprobado en clase: ellas ven cosas en las ciencias que nosotros, los machitos, no vemos, y lo demuestran día a día en sus preguntas, en sus dudas y, sobre todo y ante todo, en sus certezas. La Ciencia os necesita como toda la humanidad necesita a la Ciencia.

PS. Ya que soy biólogo, me gustaría que le pusierais un ojo a un post de mi querido profesor de prácticas de citología, Eduardo Angulo, en su blog La biología estupenda. Id y luego comentamos. Gracias.

Foto: Lycée des Jeunes Filles (commons.wikimedia.org)

Lycée des Jeunes Filles (commons.wikimedia.org)

“Las empresas con más mujeres en sus juntas directivas son más rentables”

14/01/2014 en Doce Miradas por Begoña Marañón

Covadonga Aldamiz-echevarría (Foto: A. Erostarbe)

Covadonga Aldamiz-echevarría

Esto es lo que afirma Covadonga Aldamiz-echevarría, Dra. en CC.SS. Económicas y Empresariales y profesora titular de la Universidad del País Vasco en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Aldamiz-echevarría, investigadora en el ámbito del marketing no lucrativo, la Responsabilidad Social, el género y la sucesión en la empresa familiar, es conocida además por la difusión de los resultados de sus investigaciones, tanto en el marco de congresos nacionales e internacionales como a través de la publicación de artículos y libros.

Tras su reciente estancia de un año como visiting fellow en la Universidad de Cambridge (GB), donde ha participado en grupos de investigación, cursos y conferencias en torno a cuestiones económicas y estudios de género, la evolución de su perspectiva sobre las cuestiones que nos preocupan en Doce Miradas era, desde mi punto de vista, particularmente interesante. Por este motivo, hace unas semanas me planteé la posibilidad de romper con el tradicional artículo que venimos publicando en este blog, para plantear una entrevista. He aquí sus resultados.

Covadonga admite al inicio de nuestra conversación que nuestras empresas han mejorado sensiblemente en cuestión de igualdad de género, aunque añade a continuación que todavía queda mucho camino por delante. Desde su clara vocación pedagógica, comienza recordando que la Responsabilidad Social (RS) es la integración voluntaria, por parte de las empresas, de las preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y sus relaciones con sus interlocutores”, tal y como recoge el Libro Verde de la Comisión Europea. Cuando, dentro de las preocupaciones sociales, se incluye la igualdad de oportunidades para mujeres y hombres, la RS se convierte en Responsabilidad Social de Género.

¿Cuál es la importancia de la Responsabilidad Social de Género?
Una empresa que considere la igualdad de oportunidades uno de sus valores y, por tanto, una de sus preocupaciones sociales, se comprometerá con la igualdad en todos los procesos de su gestión de personas, como la selección y contratación, retribución, promoción, formación y labores encaminadas a facilitar la conciliación. En este sentido, es muy importante ser conscientes de que la conciliación no es algo exclusivamente femenino; hombres y mujeres tenemos que conciliar y debemos hacerlo como ejercicio de corresponsabilidad. Si consideramos los asuntos familiares exclusivamente como algo de mujeres, nunca vamos a conseguir una verdadera igualdad.

Sin embargo, queda mucho por hacer y se progresa muy lentamente. ¿Por qué cuesta tanto avanzar?
Porque aún hay muchos prejuicios acerca de lo que la gente cree que las mujeres somos capaces de hacer o no, lo que la sociedad “nos permite” hacer y lo que está bien o mal visto. Si un hombre se queda en casa para cuidar a sus hijos frecuentemente se le critica por no trabajar. De la misma forma, si una mujer trabaja teniendo niños pequeños, en ciertos ambientes se la critica porque se considera que no quiere suficiente a su familia.

De acuerdo con los estudios en materia de igualdad en las empresas que ha realizado, ¿cómo diría se comportan en general las empresas?
A las empresas les cuesta reconocer que discriminan. Tienden a decir que se trata por igual a mujeres y hombres, pero cuando se analizan, en muchas de ellas se ve que las mujeres se quedan en cierto tipo de puestos, que no promocionan, que cobran menos… Y no es porque seamos menos capaces, sino porque no tenemos las mismas oportunidades, porque existen prejuicios acerca de lo que podemos hacer y de lo que no. A veces, incluso, las propias empresas no son plenamente conscientes de que discriminan y cuando analizan sus acciones con un prisma de género se dan cuenta de que existe una gran diferencia entre lo que dicen que hacen y lo que realmente ocurre.

Hay algunas empresas que sí creen, por el contrario, en la igualdad de oportunidades para mujeres y hombres, y que están incorporando la Responsabilidad Social de Género dentro de sus valores. Sin embargo, también es cierto, y lo he constatado en un estudio que he realizado en Inglaterra sobre este tema, muchas de las organizaciones que tienen entre sus valores el de la igualdad de oportunidades, a la hora de la verdad, no realizan ninguna actuación que ponga en práctica lo que aparentemente es tan importante para ellas. Es decir, una cosa es la política y otra cosa es la práctica, motivo por el que a veces no quieren publicar lo que dicen que hacen para evitar así posibles problemas legales derivados de una falta de coincidencia con la realidad.

Todo esto se traduce en una peor situación laboral de la mujer actualmente.
Efectivamente, más de 50 años después de la firma del Tratado de Roma que afirmaba que, a igual trabajo, igual sueldo para mujeres y hombres, las mujeres en la UE ganan todavía hoy un 17,5% menos de media que los hombres y además, esta diferencia entre salarios no se ha visto reducida en los últimos años.

¿Debemos recordar que, además de una cuestión de justicia, la igualdad efectiva reporta más beneficios a la empresa?
¡Yo creo que sí! Si hay un desequilibrio de género en la composición de los niveles profesionales de mayor responsabilidad, se deberían realizar esfuerzos para equilibrar esa situación, no sólo por una razón de justicia, sino porque —además— reporta grandes beneficios a la empresa, como demuestran los informes de Catalyst y Mckinsey, entre otros. Así, el informe de Catalyst, constató que las empresas con más mujeres en sus juntas directivas generaban un 42% más de beneficios sobre ventas y un 66% sobre capital invertido. Si es cierto que tener a más mujeres es económicamente rentable, y los datos lo ratifican, ¿por qué no contarlo?

Hay gente a la que le molesta este argumento porque dice “¿y si no fuera más rentable, no habría que contratar a mujeres?”. En ese caso, el argumento sólo podría ser el de justicia social, que es muy válido pero no para todo el mundo y, especialmente, no lo es, para quienes están siendo evaluadas por los resultados de su gestión. A este grupo vamos a darles el razonamiento económico porque es el que consideran más relevante. En un futuro, se verá como algo tan natural como ahora es ver a mujeres en las aulas universitarias, pero, hasta ese momento, habrá que utilizar todos los argumentos posibles para facilitar la incorporación o promoción de mujeres a puestos de responsabilidad.

¿Cómo debemos avanzar, entonces, ante este panorama de ralentización y discriminación?
Como la realidad está siendo que si no se nos obliga, no cambiamos, parece que hay que actuar a nivel legal. Los principales hitos que se han alcanzado en los últimos años en materia de igualdad en Europa han venido derivados de cambios en la normativa legal. Así, por ejemplo, las mujeres miembros de consejos de administración de empresas que cotizan en bolsa dentro de la UE (27) suponen un 16,6% del total. Aun estando claramente infrarrepresentadas con respecto a los hombres, esta cifra supone un notable incremento con respecto a la situación de septiembre de 2010, cuando tan sólo el 11,8% de los miembros de los consejos de administración de estas empresas eran mujeres. No obstante, el incremento no ha sido uniforme en toda la Unión Europea, sino que se ha producido especialmente en países como Francia, Holanda e Italia en los que la legislación ha obligado a las empresas a tomar medidas en este sentido. Por su parte, en el Reino Unido y Alemania, el debate público que se ha generado en los medios de comunicación ha impulsado a las empresas a actuar en este sentido.

Gráfico 1

Gráfico 2

Pero llegamos a las controvertidas cuotas. Si se percibe imposición, se produce un rechazo inmediato.
El tema de las cuotas es, en efecto, muy controvertido. Claramente, lo ideal sería que se dejara libertad a las empresas para que contrataran a quien quisieran. Sin embargo, la inercia de contratar a varones para puestos de responsabilidad hace que sea necesario que se fuerce a que se valore la posibilidad de contratar a mujeres. Tenemos a mujeres sobradamente preparadas que no están llegando en suficiente medida a esos puestos de responsabilidad, por lo que se ha visto la necesidad —aunque sólo sea temporalmente— de legislar para romper esa inercia y que así, en poco tiempo, no sean necesarias cuotas ni leyes de igualdad.

¿Y si pasamos a la acción?

07/01/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

PMaru SarasolaMaru Sarasola, @MaruSarasola es consultora independiente en igualdad de oportunidades de mujeres y hombres y en coaching y desarrollo de liderazgo. En sus más de 20 años de trayectoria profesional ha participado en la elaboración de estrategias de género para Emakunde, Diputación de Bizkaia o el Colegio Vasco de Economistas, entre otras. Además, dirige programas formativos y procesos de coaching personal, ejecutivo y de equipos en distintas organizaciones.

 

Tengo la sensación de que, a día de hoy y a nivel social, se comparte un acuerdo “blando” sobre la  necesidad de eliminar las discriminaciones y garantizar la igualdad de trato y oportunidades de mujeres y hombres y un interés difuso en que esto acontezca. Interés difuso porque en muchas ocasiones la corrección política marca la opinión, aunque por debajo existan prejuicios y creencias que van en contra de lo que se expresa, y porque también indica que ni siquiera se aceptará la posibilidad de la reflexión al respecto. Difuso porque la discriminación siempre está en otra parte y a nadie nos gusta reconocer que tenemos prejuicios y creencias que generan opiniones, actitudes o comportamientos que son nocivos para otras personas o colectivos. Así que, siendo víctimas de nuestro propio buenismo acabamos, en muchos casos, siendo parte activa en la discriminación de otros seres humanos.

Es un acuerdo blando porque parece que no implica ni pide acciones para cambiar una situación que se valora como no deseable; acciones colectivas, pero también personales, individuales, a las que cada ser humano tenemos acceso y con las que podemos contribuir al logro de un bien social deseable. Simplemente se coloca la responsabilidad en otras instancias. Las más habituales son: – la educación (pobres profesionales de la educación que les caen todas); – la cultura o la sociedad (más sencillo, porque estas dos últimas parecen ser entes autónomos con los que poco tenemos que ver, olvidándonos de que la cultura la recreamos y mantenemos todos los días y la sociedad está formada por todos y todas). En este estado de cosas, parece que la igualdad de género es un acontecimiento que ocurrirá (o no) independientemente de cómo actuemos en nuestros entornos cotidianos. Sobrevendrá sin cambios sustanciales que alteren nuestras formas de vida.

Así que hacemos diagnósticos finos y acertados, identificamos discriminaciones y desigualdades, hablamos sobre la necesidad de eliminarlas, incluso sabemos el cómo… y, a continuación, señalamos la gran dificultad de identificar y cambiar estereotipos, creencias, roles, actitudes y hábitos profundamente arraigados en nuestra cultura. Pareciera como si constatar este estado de cosas fuera suficiente y así nos vamos instalando en la queja, que también suele tener la función de mantener el statu quo.

¿Se puede hacer algo más? Me parece que sí y creo que nos compete tanto a mujeres como a hombres porque la igualdad y las relaciones de género no son sólo asunto de mujeres. Ambas partes tenemos que cambiar, soltar algunas cosas y adentrarnos en nuevos territorios. En este caso, no quiero hablar de las políticas institucionales, de las responsabilidades del Estado para garantizar una sociedad igualitaria y sostenible, de los medios de comunicación o de la férrea impermeabilidad de determinados sectores de la economía y de la política a la entrada de las mujeres. Me interesa más hablar de nosotras y nosotros, de la ciudadanía de a pie, de cómo podemos contribuir  al logro de la igualdad desde nuestros entornos más próximos, de lo que podemos hacer,  porque siempre tenemos un margen para la acción.

¿Cómo sería relacionarse entre seres humanos adultos de igual valor? (y recalco de igual valor porque ni las mujeres entre nosotras somos iguales ni tampoco los hombres entre ellos. La experiencia de ser mujer u hombre, de moverse en el continuum de los géneros o de transgredirlos, es mucho más rica y diversa, sin olvidar que como humanos hay muchas más cosas que nos unen a mujeres y hombres que las que nos separan). Romper la división de roles que dicotomiza las potencialidades humanas y preguntarnos qué necesitamos desarrollar para ser seres humanos completos, cómo apoyamos en las empresas y organizaciones en las que trabajamos la co-creación de una cultura igualitaria, y para incluir en la organización del trabajo y en la gestión de las organizaciones todo lo que quedó excluido en el modelo de industrialización anterior, a partir de la centralidad del trabajo productivo para los hombres, a costa del trabajo reproductivo gratuito de las mujeres.

Se me ocurre que en este camino para construir relaciones más igualitarias, los hombres tendrán que asumir la desigualdad como asunto propio, renunciar a sus privilegios, hacerse cargo de la parte que les toca en la esfera doméstica y romper el corporativismo masculino, que muchas veces cierra el acceso a las mujeres a diferentes espacios públicos  y profesionales, especialmente a la toma de decisiones, y les impide (a los hombres) expresar opiniones, peticiones y acuerdos que rompe la tradicional identidad de su grupo de pares. Puede ser enormemente interesante llegar a ver en las organizaciones cómo cada vez más hombres reclaman la eliminación de la discriminación salarial o una valoración equitativa de los puestos de trabajo, se posicionan contra el acoso sexista o reclaman una organización del trabajo que permita compatibilizar los distintos ámbitos de nuestra vida, entre otras cosas.

He can do it. Maru sarasolaA las mujeres nos toca soltar  algunos ámbitos que consideramos como propios, especialmente en  los cuidados e intendencia doméstica,  asumir en mayor medida nuestro propio poder personal, la capacidad de diseñar y liderar nuestra vida, de ponernos los estereotipos por montera, de poner límites, de pedir o reclamar lo que creemos que nos corresponde y defender nuestro territorio como personas. Y no olvidarnos de que también nosotras nos hemos socializado en la misma cultura patriarcal y que el hecho de ser mujeres no nos salva de su impacto en la construcción de nuestra identidad. Así, también viene bien estar atentas a nuestras propias creencias y misoginias, que muchas veces utilizamos para controlar las salidas del tiesto de nuestras compañeras, hijas o madres. En numerosas ocasiones he oído aquello de que “las mujeres somos nuestras peores enemigas” dicho por mujeres como justificación. Caray, ¡!pues no seamos!!.

Efectivamente, nadie dijo que el cambio iba a ser fácil. Identificar y cambiar hábitos de pensamiento, actitudes, creencias o comportamientos  profundamente arraigados, abrirse al aprendizaje de nuevas competencias y aceptar nuevos retos no es sencillo, pero sí posible. De hecho, lo venimos haciendo en mayor o menor medida  en éste y otros ámbitos de nuestra vida. Requiere un estar consciente y también ser capaces de gestionar el miedo al cambio porque hasta el más pequeño, aunque sea para bien, nos saca del territorio conocido y nos asusta. Pero la constatación  de la dificultad no nos puede servir de justificación para mantenernos en el mismo lugar.

Si se trata de cambiar las relaciones de género e implicarnos hombres y mujeres, y no parece que hay otra forma, quizá el primer paso sea romper la dinámica de víctimas y culpables desde la que a veces nos relacionamos cuando  aflora este tema.  Las mujeres como víctimas de siglos de discriminación y los hombres culpables corporativos de lo que pasó en generaciones anteriores. Tendremos que decidir que nadie es responsable del pasado no vivido, pero sí de nuestro aquí y ahora, de lo que hagamos o dejemos de hacer en nuestro presente, y que las mujeres tenemos muchas razones para quejarnos y también capacidad para establecer pactos y alianzas entre nosotras  y  reclamar lo que nos corresponde. Me da la sensación de que ya en el siglo XXI no es tiempo de la tan traída y llevada guerra de sexos, sino de llegar a acuerdos de partida sobre el futuro que deseamos, de vernos como seres humanos, de la escucha, del diálogo generativo de otras realidades, y de solución de conflictos de manera constructiva, que nos permita desarrollarnos como seres humanos.

Esta reflexión  me trae a la mente una frase, creo que de Gandhi:  “sé el cambio  que quieres ver en el mundo”. Y ésta sí es nuestra responsabilidad, de hombres y de mujeres aquí y ahora. Pasar de los deseos y las buenas palabras a la acción para cambiar individualmente y hacer del cambio colectivo una realidad.

Como me ha escrito hoy una amiga, en tiempos de gran complejidad se abren espacios para la transformación y el cambio personal y colectivo. Aprovechemos 2014 para explorarlos porque cada persona somos  agentes de cambio. ¡!!Urte berri  on ¡!!!!!

Manifestación contra la ley del aborto 2013. Bilbao.

 

Posdata: no me puedo resistir a mencionar que el pasado 21 de Diciembre se celebró en Bilbao una manifestación en contra de la propuesta de reforma de la ley del aborto. Terminó en frente del edificio de Diputación y allí nos encontramos unas cuantas mujeres compañeras del movimiento feminista desde hace muchos años. Todas con el mismo comentario: “hace casi 30 años estábamos aquí mismo reivindicando lo mismo. Para que luego digan que la igualdad es una cuestión de evolución cultural y que hay cosas que no tienen marcha atrás”.  Parece que sí. ¿Lo vamos a consentir?

#DOCEDESEOS 2014

23/12/2013 en Doce Miradas por Doce Miradas

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