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La mujer pelota y otras trampas a evitar

03/12/2013 en Doce Miradas por María Puente

No están todas las que son, sino sólo aquellas trampas que han llamado mi atención en los últimos tiempos. ¿Quién las pone? Es difícil saberlo. La mayoría, eso tan difuso que llamamos sociedad.

1-La mujer pelota, utilizada como rebote contra las demás

Hace medio año leí el magnífico libro de Rosa Montero La ridícula idea de no volver a verte, una preciosa historia sobre el amor y el duelo, en el que confluyen las experiencias vitales de la propia autora y de la premio Nobel, Marie Curie, tras el fallecimiento de sus parejas. Además de interesarme y emocionarme, descubrí el término mujeres pelota que, según explica Rosa Montero, utilizaba Simone de Beauvoir para referirse a aquellas mujeres “que tras triunfar con grandes dificultades en la sociedad machista, se prestaban a ser utilizadas por esa misma sociedad para reforzar la discriminación; y así, su imagen era rebotada contra las demás mujeres con el siguiente mensaje: ‘¿Veis? Ella ha triunfado porque vale; si vosotras no lo conseguís no es por impedimentos sexistas, sino porque no valéis lo suficiente’. ¿Fue Marie Curie una mujer pelota?”, llega a preguntarse Montero en su libro.

No acierto a comprender el comportamiento de dichas mujeres, que en la actualidad también existen y que yo llamaba para mí mujeres esquirolas antes de conocer el término de Beauvoir. Imagino que les tienta el hecho de saberse únicas y de constituir una excepción. No obstante, aunque alguna caiga en esa trampa creo que son mayoría aquellas que después de triunfar dedican parte de su tiempo y energía a allanar el camino a las demás.

Fotografía de Iratxe Gallo.

Fotografía de Iratxe Gallo.

2-Una reivindicación eternamente aplazada

Las mujeres que son madres suelen manifestar que luchan por la igualdad de derechos y oportunidades para que el día de mañana sus hijas vivan en una sociedad más justa. Me pregunto si esa afirmación no encierra la trampa del aplazamiento de una causa que deberían aspirar a disfrutar también ellas mismas y su generación. A veces tengo la impresión de que han renunciado a alcanzar ese estado para su propio presente o futuro inmediato. Muchas de esas hijas también serán madres algún día y quizás experimenten ese mismo sentimiento de renuncia, conformadas y colmadas con el bienestar futuro de sus hijas. Si tenemos en cuenta que la mayoría de las mujeres son madres, ¿no sería entonces la lucha por la igualdad una reivindicación eternamente aplazada para ‘el día de mañana’?

3-Matemáticas tendenciosas

¿Te suena esta canción? Una amiga, compañera de trabajo, conocida (o tú misma) comenta que se está planteando dejar el trabajo y dedicarse por completo al cuidado de su familia. Han hecho cuentas. Su pareja tiene un trabajo mejor remunerado y el dinero que les cuesta pagar a una persona para que se ocupe de la casa y los hijos es casi lo mismo que gana ella. Conclusión: no compensa. Para eso mejor me quedo yo en casa y así al menos los niños están con su madre. El sentimiento de culpa hace el resto del trabajo y, de pronto, parece que trabajar es un capricho egoísta en el que se ha empeñado la mujer. Está claro que cada pareja sabe lo que mejor le conviene y es libre de tomar sus propias decisiones, pero no debería tomarse por la razón equivocada y ésta a  mi juicio lo es. Cuando se paga a una persona de apoyo en las tareas domésticas y cuidado de los hijos se está pagando para que ambos miembros de la pareja obtengan cierto margen para desarrollar su vida laboral y otras facetas de su vida personal. Por tanto, debería restarse ese sueldo a la suma de los sueldos de ambos miembros de la pareja y valorar entonces si merece la pena. Dar por hecho que el sueldo dedicado al cuidado del hogar y de la prole debe salir del sueldo de la mujer es a todas luces una injusticia profundamente machista. No hace falta recordar que las personas que carecen de independencia económica, sean hombres o mujeres, quedan en una situación vulnerable.

4-En busca de la prueba definitiva

Es ‘el pan nuestro’ de los medios de comunicación. Día sí y día también nos desayunamos con algún nuevo estudio sobre el cerebro de hombres o de mujeres que supuestamente explica por qué unos y otras actuamos de tal o cuál manera o tenemos mayores capacidades y habilidades para esto o lo otro. Algunos son serios y rigurosos y otros resultan rocambolescos y sospechosos. ‘Un estudio realizado por investigadores de Toronto revela que los ejecutivos varones soportan mejor el estrés que las mujeres’. Por ejemplo. Así suelen empezar dichas noticias. El estudio del cerebro es apasionante, pero con frecuencia se instrumentaliza la ciencia al servicio de determinadas ideologías.

Parece que aún se busca la prueba definitiva que demuestre que las mujeres somos menos o más que los hombres. Personalmente, creo que no hay que caer en la trampa de entrar al trapo. Por mí pueden seguir loncheando cerebros. No necesito pruebas para saber que merecemos igualdad de derechos y oportunidades PORQUE SÍ. Porque existimos, porque somos personas, porque estamos aquí y lo reivindicamos. Porque es de justicia. En ocasiones somos las mujeres quienes nos aferramos a alguno de estos estudios, cuando nos son favorables, para argumentar que tenemos derecho a ocupar determinada posición en el trabajo, por ejemplo, porque un estudio revela que nuestra capacidad de comunicación es superior, que somos mejores en las relaciones interpersonales, que somos mejores jefas, etc. Y a veces, por un efecto de compensación, supongo, se cae en una exaltación de la mujer en la que no creo. No creo que seamos mejores jefas sólo por ser mujeres (como tampoco creo que seamos peores jefas sólo por ser mujeres), ni que el mundo estaría mejor gobernado por mujeres. Es un error participar en dicho debate, ya que significa que seguimos poniendo en cuestión, en pleno siglo XXI, la legitimidad de la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres.

5-Un exacerbado pundonor

La discriminación positiva y el sistema de cuotas tienen poca aceptación incluso entre las mujeres. Son muchas las que rechazan este sistema igualatorio porque afirman no querer nada que no se hayan ganado por sí mismas. Cuando hablamos de logros laborales, las mujeres tendemos a pensar que tal vez no lo merezcamos. Parece como si necesitáramos haber sufrido mucho por el camino para creer merecerlo. Los hombres suelen dar por descontado que se lo merecen. Nosotras somos propensas a caer en la trampa de un exacerbado pundonor y una sobredosis de integridad y dignidad malentendidas.

Imagino que quien rechaza este sistema artificial a favor de la mujer, lo hace porque considera que el sistema ‘natural’, que como se puede comprobar produce discriminación positiva a favor del hombre, brinda igualdad de oportunidades a mujeres y hombres. Quien rechaza el sistema corrector cree, por lo visto, que todos los cargos de responsabilidad se están otorgando de forma justa, de acuerdo a criterios objetivos, a la persona más capacitada posible en cada caso, que casualmente suele ser hombre. ¿Alguien se cree esto de verdad? Creo que hay mujeres que incluso reconociendo que el sistema ‘natural’ las discrimina y relega, consideran que es de ley esforzarse doblemente y que así cualquier logro obtenido, si llega, les satisfará en mayor grado. Personalmente, soy poco amiga del martirologio, así que SÍ a las medidas de discriminación positiva. Sin complejos.

Cuando se pide a la gente que se pronuncie si está a favor o en contra de dicha cuestión, nunca se formula la pregunta completa, que en mi opinión debería ser más o menos así:

¿Estás a favor de implantar un sistema artificial de discriminación positiva a favor de las mujeres que iguale a hombres y mujeres en oportunidades?

 O por el contrario:

¿Estás a favor de mantener el actual sistema ‘natural’ de discriminación positiva a favor de los hombres que desiguala y relega a las mujeres?

En un capítulo de la serie The Good Wife, la socia del bufete, Diane Lockhart, dice algo que viene al hilo de lo que estoy comentando. Atención spoiler, voy a desvelar algo de la última temporada. La situación es la siguiente: han ofrecido ser socia a Alicia Florrick, la protagonista de la serie. La alegría y orgullo iniciales se vienen abajo cuando Alicia descubre que han hecho esa misma propuesta a varios compañeros de la empresa y que el bufete necesita desesperadamente una inyección de capital que proporcionarán los nuevos socios. Enfadada y ofendida, se atrinchera en su despacho y se niega a participar en la copa de celebración que tiene lugar en el bufete. Y entonces su jefa Diane le cuenta una experiencia personal:

“¿Sabes por qué me hicieron socia? Jonas Stern fue demandado por acoso sexual y necesitaba mostrar que tenía una socia en sus filas. Nada más. Cuando la puerta a la que has estado llamando por fin se abre, no preguntas por qué, entras. Así de simple.”

¿Así de simple? Parece que no.

6-False friends

Quien haya estudiado inglés en alguna ocasión estará familiarizado con la expresión. Se refiere a aquellas palabras inglesas que son muy parecidas a palabras en español pero cuyo significado no tiene nada que ver. Nos confiamos y nos engañan. Creo que en el ámbito de la igualdad, también existen los false friends. Yo he encontrado estos:

Las mujeres de verdad tienen curvas…o no

¿Recuerdas esa película de 2002? Las mujeres de verdad tienen curvas, se titulaba. La vi con agrado y recibí con simpatía lo que entonces me pareció una reivindicación liberadora. El filme era bienintencionado, sin duda, pero con el tiempo me he dado cuenta de que esta afirmación, que ha trascendido más allá de la película, es un false friends de los gordos. Porque ¿qué hay de liberador en esa expresión para aquellas mujeres flacas y lisas, sin curva alguna? La afirmación ‘las mujeres de verdad tienen curvas’ no es sino otra cara de la misma moneda. La obsesión por meter a las mujeres en un molde, negando la diversidad de cuerpos y naturalezas que existen. A veces tengo la sensación de que hablan de solomillos. La mujer, al punto, parece decir la sociedad. Y no se perdona a la que no logra el punto. La gordura se castiga con el rechazo. Y la delgadez extrema, aunque goza de mayor prestigio social incluso en estados avanzados, también llega un momento en que se castiga cruelmente. ¿Cuántas veces has escuchado o has dicho tú misma “esa está anoréxica”? Lo decimos sin piedad, olvidando que es una enfermedad grave. ¿Acaso se atreve alguien a decir ‘esa está cancerosa’? Que no nos confundan los ‘falsos amigos’. Las mujeres de verdad somos todas.

Soy mujer y puedo hacer varias cosas a la vez

¿Qué llevamos, una década con esta cantinela? No sabría decir desde cuándo se repite esta bromita como un mantra. Lo mismo lo dice una mujer de sí misma, que lo dice un hombre: “eh, que soy un hombre, y no sé hacer dos cosas a la vez”. Me llamaba la atención tanto regocijo y complacencia por parte de ambos sexos. Raro, ¿no? Al fin y al cabo, en apariencia, la frase ensalza a la mujer y tacha al hombre de inepto. Pero a nada que le dediques un pensamiento le ves el truco. Cuando se dice que las mujeres podemos hacer varias cosas a la vez, por desgracia nadie se está refiriendo a que podemos operar como brokers en el parqué neoyorquino de Wall Street, mientras realizamos una intervención pionera de neurocirugía, instantes después de haber participado en el consejo de administración de IBM. No. Nada más lejos. Se refieren a que la mujer puede/debe lidiar con todo, es decir, cargar con la retahíla diaria ya sea doméstica o laboral. Según se desprende de este mantra de nuestros tiempos, los hombres no. Ellos sólo pueden/deben/quieren dedicarse a un trabajo relevante y trascendente y no deben ser distraídos con chucherías cotidianas. Pero ¡sorpresa! soy mujer y resulta que también a mí me gusta poder concentrarme en un asunto importante sin que me distraigan tareas fastidiosas y de menor calado. Sospecho que nos pasa a muchas.

Quedan más ‘false friends’ y más trampas de las que hablar, así que CONTINUARÁ…

¿De qué hablamos los chicos?

26/11/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Asier Amezaga

Asier Amezaga, @asieramezaga. Pacifista, antimilitarista y apasionado de la revolución noviolenta, ha participado en diferentes movimientos sociales. Consultor informático de profesión, cuenta con una dilatada experiencia en el terreno empresarial.

 

No es tarea fácil hablar sobre hombres en un espacio creado por mujeres; tampoco lo es responder a una pregunta tan genérica como la del título que, además, genera cierta curiosidad. Aún así, lo voy a intentar.

Quiero pedirte que hagas una pausa mientras imaginas una escena en la que aparezca un grupo de hombres charlando: ¿de qué están hablando? ¿Dónde se produce la conversación? Es muy probable que en tu escena aparezcan hombres charlando sobre fútbol o trabajo, situados en las cercanías de un bar o en un espacio de trabajo. ¿Sí?

Pareja a esta escena, nos encontramos con el hombre-sofá, el que pregunta a su mujer qué ropa ha de vestir, el portador de la autoridad ante las hijas e hijos. En fín, todo un repertorio de tópicos y estereotipos que definen la hombría o, dicho de otro modo, “el imaginario social destinado al hombre”.

Lejos del estereotipo, descubrimos otro tipo de hombre, ese al que El Fary define como “el hombre blandengue”:

Una gran parte de los hombres que conozco se identifican más con “el hombre blandengue” que con el modelo “tradicional” o del imaginario social. Por lo tanto, nos enfrentamos a una contradicción entre el lugar en el que debemos estar y en el que queremos estar.

Retomando el tema de las conversaciones, en el modelo “tradicional” -ese del que todos nos distanciamos- la construcción de la masculinidad está ligada en buena parte al trabajo, la fuerza física, la ausencia del hogar o la dureza. Como consecuencia, las conversaciones girarán en torno a dichas cuestiones y no tanto en torno a la familia y el hogar. Tampoco mostraremos nuestras debilidades, ya que nos consideramos fuertes; en consecuencia, evitaremos los sentimientos que nos pongan en cuestión y, de paso, el resto de sentimientos hasta llegar a la desconexión emocional.

Por contra, nuestro “hombre blandengue” ya liberado, debería ser capaz de hablar sobre todo el espectro de cuestiones descritas hasta ahora. Y en este punto, surgen las contradicciones porque, en lo que tiene que ver con sentimientos y cuidados, veo que a muchos “liberados” nos falta un buen trecho para llegar al nivel conversacional de nuestras compañeras. Todavía nos vemos más cómodos hablando de cuestiones que tengan que ver con el trabajo y grandes proyectos.

Criados bajo un imaginario machista hemos tomado conciencia y procurado distanciarnos de nuestra educación. Desaprender lo aprendido desde la infancia es una tarea enorme, equivalente a desmontar uno por uno los ladrillos de una casa, llegar hasta los cimientos y comenzar la construcción de nuevo. En este recorrido, por una cuestión de justicia hacia la mujer, asumimos las reivindicaciones feministas pero aún no hemos plantado cara a las injusticias que nos ha tocado padecer como hombres, no de mano de las mujeres, sino por parte de un sistema social alimentado por nosotros mismos. En este capítulo, la reflexión de cómo los hombres construimos nuestra identidad en base al trabajo, da para otro post, pero no puedo evitar dejar este video de Proccc para explicar de qué estoy hablando.

En definitiva, al igual que al resto de la humanidad, los chicos hablamos de lo que nos ocupa y preocupa, de nuestras ilusiones, proyecciones y decepciones. A muchos nos cuesta hablar de los sentimientos, incluso tenemos grandes dificultades para conectarnos con ellos porque a lo largo de nuestra vida los hemos asociado a ese ser “blandengue” con el que nos identificamos de forma extraña.

El espectro de conversación de hombres y mujeres crecerá en la medida en que crezcan todos los aspectos de nuestra personalidad. En el momento histórico que nos toca vivir, muchos modelos se modifican y sustituyen y, tal vez, pueda ocurrir que el modelo de roles que hemos padecido se altere. Por ello, es necesario que los hombres hablemos entre nosotros sin sentirnos débiles ni culpables.

Mujeres en política y política de mujeres

18/11/2013 en Doce Miradas por Miren Martín

Mujeres políticas

Aintzane Ezenarro, Cristina Fernández de Kirchner, Angela Merkel y Arantza Quiroga.
Fotos: Erikenea.net, fotocancunpendulo.tv, jornadadiaria.com y José María López.

Andaba estos días dándole vueltas al asunto de por qué en tantas historias que se organizan hay una infinita mayor presencia de hombres que de mujeres y por qué a algunos les molesta tanto que se reclame una representación femenina en ellas, al menos en un porcentaje similar al que existe en la sociedad, cuando me di cuenta de que de nuevo habíamos caído en una trampa: nos sentíamos unas agustinas de Aragón enarbolando la bandera de la justicia y pidiendo lo que para nosotras parecía evidente, cuando en realidad no se trata de una mera reivindicación sino de una denuncia sobre una auténtica ilegalidad, porque no se está cumpliendo la ley. Y es que en realidad, se trata de eso: de un absoluto y completo incumplimiento de la legislación vigente, incluso, denunciable ante los tribunales. Así que estas acciones de denuncia que llevamos a cabo un “hatajo de mujeres histéricas, exageradas, mediocres, que no tenemos otra cosa que hacer y a las que nos gusta tocar las narices al personal” (y lo pongo entre comillas porque así es como nos siente una parte de la sociedad, sobre todo masculina pero en algunos casos  también femenina), lo que en realidad hacen es denunciar ilegalidades y, quizás si nos ponemos un tanto exquisitas, hasta delitos. Porque eso es lo que hace alguien cuando se salta la ley: que comete un delito.

Así que vamos a liberarnos de esa trampa en la que nosotras mismas hemos caído pensando que hacemos algo con tintes que podríamos definir incluso de “románticos”, pongamos los pies en el suelo y seamos conscientes de que estamos exigiendo que se cumpla una ley que hizo un gobierno y aprobó un parlamento: la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. De ella ha trascendido sobre todo el tema de la paridad, tanto en la composición de las listas electorales como en las de los consejos de administración de las empresas. Pero en realidad consta de 8 títulos, 11 capítulos, 78 artículos, 31 disposiciones adicionales, 11 disposiciones transitorias y 8 disposiciones finales, haciendo referencia a cuestiones que abarcan desde el acoso sexual, la educación, principio de presencia equilibrada, el desarrollo rural, políticas urbanas, medios de comunicación (tanto públicos como privados), conciliación, empleo, fuerzas armadas, vacaciones, responsabilidad social de las empresas o los criterios de actuación de los poderes públicos, entre otras cuestiones.

Esta Ley ha cumplido ya 6 años y si bien en un principio todo fueron aplausos, palmaditas en la espalda y felicitaciones, porque suponía un importante avance en políticas de igualdad, y es que en realidad el papel todo lo sostiene, lo cierto es que su desarrollo deja mucho que desear. Por poner un ejemplo, la Ley indicaba  que las empresas tenían un plazo de 8 años para “incluir en su Consejo de Administración un número de mujeres que permita alcanzar una presencia equilibrada de mujeres y hombres” a la vez que estipulaba que, las organizaciones con más de 250 empleados, tenían que elaborar un Plan de Igualdad. Pues bien. A día de hoy sólo el 10,57% de las empresas obligadas al Plan de Igualdad cuentan con más de un 40% de mujeres en sus Consejos de Administración. En las empresas del Ibex asciende al 12,10% y en las que tienen participación del Estado al 32,56%, según informa.es.

Y de todo esto, lo que más alarma es que sea precisamente el Estado el que esté pasándose por el arco de triunfo su propia legislación. Que sea el primero en no cumplir, por lo que poca legitimidad tiene para exigir. Pero ni lo hace el Estado ni tampoco los diferentes partidos políticos. El texto obliga a estos a que sus listas electorales sean paritarias, es decir, a que el número de personas de cada sexo no sea superior al 60% ni inferior al 40%. Y hasta ahí vamos bien, si a ir bien se le considera que siempre se busca que la presencia femenina no sea inferior al 40%, dándose por sentado que nunca se dará el caso de que sea superior al 60. El problema se da -y el truco, claro, y la discriminación, evidentemente- en el puesto de las listas en el que se coloca a hombres y mujeres. Ellos a las primeras filas y ellas, una vez cumplida la ley en los primeros escaños, a las siguientes. ¿Consecuencia? Que de los 350 diputados que se sientan en el Congreso, 226 son hombres y 124 mujeres, dándose la paradoja de que en el año 2004, último proceso electoral en el que no se aplicó la Ley de Igualdad, el número de féminas que ocuparon escaño fue de 125. ¿Se avanzó con esta Ley? A todas luces no. ¿Que la evolución ha sido notable en las últimas 11 legislaturas de la democracia? Evidentemente, sí. Pero ¿es suficiente el avance? Pues claramente no. Y yo no soy de las que doy un sí claro a las políticas de discriminación positiva, ni mucho menos. Pero en este caso no se trata de discriminación. Ni positiva ni negativa. Se trata de igualdad. Y no hay nada más que ver cómo ha evolucionado la presencia de las mujeres en el Congreso de los Diputados para ver lo que se ha hecho y realizar una lectura crítica para saber lo que aún falta por hacer.

Las mujeres en el Congreso

Porque la historia tiene su miga. Un decreto de mayo de 1931 reconocía a las mujeres el estatus de “elegibles” por lo que Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken fueron las tres primeras parlamentarias españolas. Y lo consiguieron en plena República cuando aún las mujeres no podían votar (ni tan siquiera a sí mismas) ya que fue la propia Campoamor quien, nada más hacerse con su escaño, llevó el debate al Congreso aprobándose el derecho al voto de la mujer en España en octubre de 1931, con 161 votos a favor y 121 en contra, haciéndose efectivo en las generales de noviembre de 1933.

Mirando hacia atrás parece que todo queda muy lejos y que el camino recorrido ha sido provechoso. Sin embargo, aunque el contexto social evidentemente no es el mismo, toca hacer, como señalaba anteriormente, una lectura crítica. ¿Toma con normalidad la sociedad que haya más hombres que mujeres en política? Sí, sin ningún género de dudas. ¿Se comprende que se hagan políticas que favorezcan la presencia de la mujer en estos foros? Muchas veces no. Quién no ha oído el comentario de “está ahí por ser mujer porque no tiene preparación para ello” sin plantearse que a muchos hombres les ocurre exactamente lo mismo.  Que no tienen formación. Yo, que he a lo largo de mi vida profesional como periodista he tenido que sufrir muchas horas de contacto con el mundo político, he visto a mujeres que no sabían por dónde les daba el aire pero también a muchos hombres que difícilmente sabían hacer la o con un canuto. De estos últimos más, sencillamente porque hay más personal del género masculino. Me ahorro, como comprenderéis dar nombres aunque la lista es larga. Ellas estaban en esos puestos en la política por eso, por ser mujeres, y ellos precisamente por lo contrario: por no serlo. Pero si es el señor el que no tiene ni idea de qué va el tema, casi ni se comenta. Pero si es la señora, el ataque es feroz. A ella y de rebote a su todo su género. Cómo no. El hombre es poco válido individualmente. La mujer lo es de forma colectiva. En éste y en otros muchos ámbitos de la vida. Atribuyen una frase a José Luis Sampedro en la que decía que se llegará a la auténtica igualdad cuando mujeres mediocres ocupen puestos de responsabilidad. Es decir, ni más ni menos que lo que ocurre y ha ocurrido a lo largo de la historia con el género masculino.

Hablaba hace 2 semanas Ana Erostarbe de mujeres y medios de comunicación y yo no me resisto aquí a engancharme a ese hilo. Porque cuando las mujeres llegan a la política, el análisis que se hace de muchas de ellas tiene más que ver con lo físico y superficial que con sus capacidades intelectuales y la habilidad que tengan para desempeñar su trabajo. Todos hemos leído crónicas en las que se habla de su forma de vestir, de su peinado, de si están gordas o delgadas y hasta de partes muy concretas de su anatomía. Descripciones que vemos todos los días en los medios de comunicación: he leído un reportaje de dos páginas en un dominical de un periódico que se tiene por serio, sobre las chaquetas de Ángela Merkel. En el mismo diario se hablaba de las operaciones de estética, de los presuntos amantes y de las “calzas” de Cristina Kirchner. Se han visto crónicas serias en las que se mencionaba el color y tipo de ropa que llevaba una parlamentaria en un debate sobre política en Euskadi,  se trataba sobre los tacones y zapatillas de alguna concejala de cultura, de los  sombreros que llevó una temporada Rosa Díez cuando fue parlamentaria vasca o del físico agradecido de Aintzane Ecenarro. Incluso asistí atónita a una conversación sobre el vestido que llevaba Arantxa Quiroga el día de su nombramiento como Presidenta del Parlamento Vasco cuando jamás había oído, y creo que no lo oiré salvo que se vista de mimo, de ningún otro político hombre vasco. Y creo, de verdad que lo creo, que Clara Campoamor y otras como ella, no se dejaron la piel en el camino para estupideces como éstas, si se me permite la expresión.

Pero por otro lado, me sorprende también mucho que existiendo ya mujeres en puestos de responsabilidad en política, no realicen ni el más mínimo trabajo y esfuerzo en favor de la igualdad. No debaten, ni mucho menos proponen, medidas para la conciliación familiar, para la no discriminación salarial, para la paridad en consejos de administración, en eventos, en conferencias, seminarios y jornadas, para evitar que la pobreza siga teniendo nombre de mujer, para promover políticas activas para la igualdad en la educación, para evitar que siga habiendo tantas muertas por la violencia de género. Para la supresión de imaginarios, para el acercamiento de las mujeres a espacios que hasta ahora teníamos vetados socialmente y que ahora nos prohibimos nosotras mismas. Para tantas y tantas cosas que podrían llevar a cabo y de las que no se preocupan porque, probablemente, les llevarían al enfrentamiento con sus compañeros y, quizás, a perder puesto, trabajo y sillón. En temas de gran trascendencia, como el aborto, siguen la doctrina marca por el partido, como si ellas no fueran mujeres, y poco más. Y es una actitud que me indigna. Profundamente.

Creo, simplemente creo, que las reivindicaciones sobre los derechos no tienen que correr a cargo únicamente del sector que se encuentra desfavorecido. La igualdad la tienen que defender tanto hombres como mujeres. Pero si nosotras mismas no batallamos para que se cumplan las leyes que nos equiparan en tantos y tantos ámbitos de la vida, difícilmente conseguiremos implicar a quienes les roza por la tangente. Hay mujeres políticas que están trabajando para eliminar desigualdades. ¡Claro que las hay! Pero bajo mi humilde punto de vista, es mucho mayor el número de  las que lo obvian: por dejadez, porque nos las tachen de, por falta de concienciación o por otras muchas razones. Señoras, el camino se recorre andándolo. Léanse la Ley de Igualdad. Tienen dos años por delante para ponerse, y poner, las pilas. Mientras tanto, y si no les importa, algunas seguiremos batallando.

¿Hace falta repensar el modelo de sociedad?

12/11/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Cristina Juesas

Cristina Juesas, @Maripuchi, trabaja como responsable de comunicación en Euskampus Fundazioa, es cofundadora, directora de contenido y editora en el blog unadocenade, ganador del Bitácoras 2012 al mejor blog cultural. Organiza eInnobar cada mes, colabora con SER Vitoria y es delegada territorial de AERCO-PSM en Álava. Un culo inquieto en toda regla.

 

Tenemos un modelo social que está pensado en otro tiempo y que ya no funciona. Es un modelo en el que las mujeres nos encargamos del cuidado de hijos y tareas del hogar.

Cuando digo tareas del hogar no me refiero a cocinar o limpiar o planchar… me refiero también a la intendencia, a la organización de todo lo que en un hogar sucede: compras, elaboración de menús, planificación de extraescolares y un montón de cosas más.

La Sociedad no está preparada para que ambos miembros de una pareja trabajen a jornada completa o tengan vidas profesionales satisfactorias. No está preparada para que las vidas profesionales sean compatibles con las vidas personales cuando en estas hay hijos.

Porque sí, hay personas que tenemos hijos y vidas profesionales satisfactorias y no queremos renunciar a nada. ¿Hay que hacerlo?

Ama

 

Es cierto que si las 8 horas de trabajo estuvieran algo mejor distribuidas y los horarios estuvieran racionalizados dispondríamos de jornadas más lógicas y adaptadas a la “vida moderna” pero también es cierto que hay veces que el trabajo exige viajes, formación, asistencia a jornadas y otras cosas que prolongan este más allá de las 8 horas de rigor. Es en estas ocasiones cuando la maternidad y paternidad se ven en confrontación absoluta con la vida profesional. Voy a poner sobre la mesa algunos ejemplos…

Adaptaciones escolares.
Desde que los niños se escolarizan hasta que comienzan la etapa de educación infantil (o sea, cuatro largos cursos) el mes de septiembre es un infierno para las familias. Porque no empiezan el cole y ya, como en nuestros tiempos. Ahora van un día sí y uno no… o una semana van media hora al día, la siguiente dos horas, etc

Jornadas escolares continuas.
Está bien que existan las jornadas laborales continuas pero pocas empresas las tienen. Sin embargo, en los colegios cada vez se tiende más a ellas con excusas varias…

Enfermedades
Te casas y la empresa te regala 15 días de vacaciones. Bien.
Operan a tu hijo a corazón abierto y te corresponden 2 días. No tengo más que añadir.

Vacaciones escolares
Puentes, Navidades de 15 días, Semanas Santas de otros tantos, una semana blanca, verde o amarilla en algún momento entre marzo y mayo y casi tres meses en verano. Está claro que los niños tienen que descansar pero… ¿quién les cuida?

Son cuatro ejemplos, podría haber puesto algún ejemplo más.
En todos los casos expuestos (salvo en las adaptaciones, que es un tema moderno) la que se encargó de mí cuando me tocó fue mi madre, de mi madre, mi abuela… ahora también son las abuelas que no trabajan las que se hacen cargo de estas situaciones que es más que evidente que están sin resolver. Y que, con excusas diversas como la crisis, van a tardar en resolverse, si es que alguna vez logramos cambiar el modelo social por uno más justo para todos.

Sobre la mujer en los medios de comunicación y por qué la voz importa

05/11/2013 en Doce Miradas por Ana Erostarbe

Sacar la foto de un día en las noticias del mundo… y ver cómo salían las mujeres reflejadas en ella. Esto fue lo que propuso, hace casi ya dos décadas, un grupo de mujeres visionarias en el marco de la Conferencia Women Empowering Communication. Nació así el germen del Global Media Monitoring Project (GMMP). Una investigación quinquenal que el 18 de enero de 1995, analizaba por primera vez las noticias que ofrecían la prensa, radio y televisión de 71 países. ¿Y qué fue lo más llamativo de aquella primera foto simultánea? La notoria sub-representación de la mujer en los medios y la aplastante uniformidad de los datos recogidos. En todos los medios, en todo el mundo… Inevitable preguntarse ahora qué dicen los datos de hoy. ¿Habrá mejorado la cosa? ¿Qué hay del presente?

Las mujeres como protagonistas de las noticias. Según el informe GMMP de 2010, realizado esta vez en 108 países, la información en prensa, radio y televisión es esencialmente masculina, con sólo un 24% de noticias sobre mujeres (en el caso de Internet, 23%). Tienen las mujeres, sin embargo, el doble de posibilidades de que se mencione su edad y más del triple de que se cite su estado civil. ¿No tiene bemoles la cosa? Sólo una de cada cuatro protagonistas en los espacios informativos es, por tanto, mujer. Y si cerramos el foco, los matices son jugosos. Encontramos que el 90% de los científicos presentados son hombres, al igual que lo son el 83% de los profesionales del derecho o el 69% de los educadores y profesionales de la salud. Cabe preguntarse ahora, quizá, cuántas mujeres de ciencia conocemos, cuántas abogadas, doctoras, profesoras… Eso sí, señalar que las mujeres superan a los varones en dos de las veinticinco categorías registradas en la investigación. Atención damas y caballeros: amas de casa (72%) y estudiantes (54%). ¿Alguien ha oído hablar de los estereotipos?

Las mujeres como fuentes consultadas. ¿Qué sucede en lo que respecta a las consultas que realizan los medios? Pues bien, el 80% de los profesionales consultados son hombres. En España el dato se eleva al 91%. ¿Y cómo son esas mujeres a quienes los medios reclaman? Expertas que fundamentalmente hablan sobre cuestiones sociales y de salud; ambas secundarias en las prioridades informativas (frente a política, economía o deportes). Ellas son, por consiguiente, menos consultadas y lo son sobre asuntos relegados en la agenda informativa.

Y ahora un dato curioso, ¿qué sucede cuando los medios de comunicación buscan testigos oculares? Pues que, incidiendo en la pauta, de nuevo parecen fiarse más de los hombres: 7 de cada 10 testimonios. Conclusión: se fían más de los hombres o éstos siempre están donde surge la noticia. Que todo puede ser.

Mujeres reporteras

Jean Arthur interpreta a una reportera en “Mr. Deeds Goes to Town” (Columbia, 1936).

Las mujeres elaborando y presentando las noticias. Según datos del mismo estudio, el 37% de las noticias de radio y televisión fue elaborado por reporteras. Aunque si vamos al detalle, encontramos que de nuevo son los hombres quienes mayoritariamente informan sobre las cuestiones prioritarias: política (67%) o economía (60%).

Si nos fijamos en cambio en quiénes presentan las noticias, nos acercamos por primera vez a cifras paritarias: las mujeres presentaron el 52% de las noticias de televisión y el 45% de las de radio. Significativo que sea en la presentación de las noticias televisivas donde se las prefiere a ellas. Dan bien a cámara o, después de todo, son tan buenas transmisoras de información como sus compañeros. Y de ahí la importancia de denuncias como la realizada recientemente a la BBC británica, donde, de cada cinco presentadores mayores de 50 años, sólo una resulta ser mujer. Vaya por Dios.

Las mujeres en el gobierno de las empresas de comunicación. Según un informe del Instituto Europeo de Género (EIGE), “Mejorando la igualdad de género en la toma de decisiones de las organizaciones mediáticas”, realizado en la Europa de los 27 y Croacia, el 35% de los cargos ejecutivos en medios públicos es ostentado por mujeres; en los privados la cifra es del 29%, situándose la media en el 32%. El dato correspondiente a España está, sin embargo, por debajo: 25%. En cuanto al porcentaje de mujeres en los Consejos de Administración de las empresas de comunicación europeas, un cuarto exacto de la tarta es para ellas.

Concluyendo al respecto. ¿La conclusión más evidente de esta desproporción? Que el mundo nos transmite día tras día una visión esencialmente androcéntrica, y que esa visión no favorece ni el avance de las mujeres ni la forma en que éstas son proyectadas y percibidas. Son los hombres quienes mayoritariamente gobiernan y lideran, y son sus voces, ideas y opiniones, las que mayor resonancia y cabida tienen. ¿Cuánto tendrá que ver uno con lo otro? ¿Poder y voz? Pensar en Italia y Berlusconi… Porque las noticias que ofrecen los medios constituyen la principal fuente informativa de nuestra sociedad, pero, sobre todo, conforman la principal fuente de opinión y de ideas circulantes. Ahí es nada.

En plena crisis existencial, son muchas las preocupaciones e incertidumbres de los medios de comunicación de todo el mundo hoy día. Que todo va muy rápido en una profesión que siempre fue demasiado veloz. Se me ocurre que para superar el bache, deberá hacerse algo parecido a lo que requiere superar una crisis personal: bajar a los cimientos, hacer un reconocimiento con nuevos ojos, poner algunos refuerzos… Renacer conlleva regresar al punto en el que todo empezó. Y el periodismo necesita adaptarse con celeridad a las nuevas realidades, pero también rememorar su razón de ser. Jim Boumelha, Presidente de la Federación Internacional de Periodistas (FIP), lo dijo mejor: “el acto periodístico como bien público no sobrevivirá en ninguna plataforma sin un compromiso con la ética”. Y Aidan White, Secretario General de la misma organización, apuntaló el pensamiento afirmando: “una presentación justa de los asuntos de género es una aspiración ética y profesional similar al respeto de la exactitud, la justicia y la honradez”.

Sea como sea, e independientemente de cómo resuelvan sus incógnitas, los medios deben necesariamente dar respuesta a su responsabilidad pública y social. No sólo condicionar el debate público sobre la discriminación de géneros para influir en las agendas políticas, sino también, desde dentro y en su día a día, contribuir a que esta sociedad sea más igualitaria. Cada voz experta, cada testigo ocular, cada mención al estado civil de una mujer protagonista, cuenta… Cada pieza informativa perpetúa o diluye estereotipos, y hay manuales específicos que pueden ayudar en su desempeño a los profesionales que quieran mejorar. Es sabido que el inmenso poder de los medios radica tanto en lo que cuentan como en lo que silencian, y en lo que respecta a las mujeres, las noticias deben dejar de callar y de acallar. Porque las mujeres son la mitad. No un tercio, ni un cuarto. Porque es su derecho que su visión del mundo sea proyectada. Que lo sean sus voces, ideas y opiniones. Porque es lo ético y porque es lo que tiene que ser. Es muß sein.

Y para terminar, si te interesan estos temas, creo que te gustará este reportaje.

De las musas al teatro

29/10/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Guillermo DorronsoroGuillermo Dorronsoro (@guillerdorron) es Decano en Deusto Business School y Vicepresidente de IK4 Research Alliance. Escribe todas las semanas en Euskadi, Thought&Made, un blog que habla de ciencia, de tecnología y de industria, y del segundo Renacimiento que necesitamos. Es de Sestao, aunque le acaban de dar doble nacionalidad azortzitarra por todas las horas que lleva recorriendo la A8.

 

Seguro que has oído hablar de las musas. Aunque pocas personas son capaces de recordar el nombre de las nueve musas canónicas, saben qué poetisa fue bautizada como la décima, o reconocen la etimología de la palabra museo (o la inglesa amusement).

Se va perdiendo la costumbre de invocar su ayuda al principio de las obras (Ulises o Dante, por ejemplo, comienzan su relato pidiendo su inspiración). Antes se cuidaban estas cosas, y en una de estas citas fue Lope de Vega quién consagró en un verso la expresión que quizá ahora más nos las recuerda “de las musas al teatro”.

No siempre tenemos esa capacidad de aterrizar los consejos de las musas ¿Te ha pasado alguna vez que has tenido un momento de inspiración, pero que luego no has sido capaz de pasar a la acción? Como, por ejemplo, cuando lees “Doce Miradas”… ¿son lecturas inspiradoras, verdad? Pero luego ¿ya somos capaces de pasar a la acción, pasar de las musas al teatro?

Has leído a Calíope que te ha explicado cómo la belleza es a veces la peor trampa. Clío que la Historia está muy mal escrita, Erato que nos queda mucho camino para amar bien, Euterpe que está aburrida de oír siempre canciones desafinadas y Melpómene de ver escenarios siempre llenos de hombres (Polimnia, musa de lo sagrado, se ha quedado la pobre sin voz…). Nos queda Talía, para no perder el buen humor a pesar de todo o Terpsicore, para seguir bailando, aunque toque con el más feo.

Como me tocaba escribir a mí este post invitado, he pedido ayuda a la novena musa, Urania, que me acompaña desde siempre, me ayuda a dibujar mapas en las estrellas, y también a entender que las matemáticas y sus fórmulas son exactas y elegantes pero la vida, por desgracia, es bastante menos exacta y definitivamente mucho menos elegante.

Estaba dando vueltas a cómo escribir este post cuando hace unos días me contaron algunas historias de  mujeres de comunidades rurales, urbanas marginales, indígenas y en campos de personas refugiadas en África, América Latina e India. Están ahí, aunque nunca miremos: María en Colombia, Tate Helene en Congo, Mishula o Jadiben en India.

Historias de mujeres valientes que están marcando la diferencia en países en los que mantener una mirada como la de Doce Miradas, puede acabar fácilmente en que te arrancan los ojos, pero eso no las detiene. Y construyen desde esa mirada una realidad diferente.

Supongo que si las musas han hecho su trabajo, a mí me toca el viaje al teatro.

No tengo claro cómo será el viaje, probablemente lo primero será dejarnos ayudar por Alboan. Tendré también que pedir el apoyo en la Junta de Facultad (10 mujeres, 10 hombres, aunque no hice cuentas, pedí a los mejores para cada puesto que me acompañaran). Tendremos que pedir ayuda a nuestras alumnas y alumnos, al claustro, al Consejo (en este último foro el equilibrio no está tan conseguido, ya llegará).

Mucho trabajo por delante para contar esta historia de mujeres valientes, y para ayudarlas en su tarea de sostener su mirada. Aquí dejo anotado mi compromiso, necesitaré de la ayuda de muchas personas más para que cambiemos una realidad tan desastrosa. Merecerá la pena.

Oh musas, vosotras que veis el futuro, ayudadme a construir sus caminos!

Preguntas intimidantes y tomaduras de pelo

22/10/2013 en Doce Miradas por Macarena Domaica

Este texto responde a la invitación que Silvia Muriel hizo a Doce Miradas para colaborar con el Foro para la Igualdad 2013 de Emakunde, con la publicación de experiencias personales de mujeres en el ámbito de la empresa. En estas líneas recojo algunas de las dificultades con las que nos encontramos las mujeres, por el mero hecho de serlo. También el reconocimiento de algunas buenas prácticas que en mi empresa hacen que ser mujer y trabajadora sea un poco más llevadero. Cal y arena. Aún nos queda.

 

Soy sincera cuando digo que en mi vida laboral no he vivido en primera persona ni la discriminación salarial ni el trato diferenciado por cuestión de género. Hablo de mi experiencia como trabajadora rasa, claro. Yo no tengo ambiciones profesionales de altura. Aspiro a disfrutar con mi trabajo y, según lo escribo, pienso que esta ambición, con los tiempos que corren, es suficientemente elevada. Digamos que no he sentido que me pusieran trabas para crecer, pero es que tampoco he intentado recorrer esa senda.

Sí he experimentado, en cambio,  cosas que me han hecho sentir mal, con esa sensación de que te toman el pelo y no sabes muy bien cómo afrontarlo. Por ejemplo, cuando en más de una entrevista de trabajo me han preguntado por mi estado civil y por mis intenciones de formar o no una familia. Lo peor de todo no era la pregunta, ya de por sí bastante intimidatoria; lo peor era mi reacción: las ganas poderosas de mentir y decir que no, que qué va; que para mí la prioridad en aquellos momentos era encontrar un trabajo que me permitiera crecer profesionalmente. Y generando pensamientos a la velocidad del rayo, me justificaba diciendo que apuntar “en aquellos momentos” me exculpaba de una mentira y gorda, porque nadie podía aventurar a partir de qué mes o año aquellos momentos serían otros y podría embarazarme sin miedo al reproche de la patronal.  Se colaba en mis pensamientos una vocecita que decía “Miente, Pinocho, miente. O no vas a encontrar trabajo en tu vida”. Triste presión la de las aspirantes a treintañeras.

A puntito de casarme estaba cuando en la entrevista para un trabajo de cierto riesgo pasaron por alto mis planes de boda y ni me preguntaron si tenía prisas por abordar la espinosa cuestión de la gestación y posterior crianza de vástagos. Pero me hicieron otra pregunta dolorosa: “¿Qué le parece a tu novio que quieras trabajar aquí?”. Sin comentarios. Por un momento se me vino a la cabeza si no debería haberme presentado a la entrevista con un justificante firmado de mi tutor.

La verdadera sensación de tomadura de pelo la tuve cuando por fin conseguí establecerme en un trabajo de esos que te hacen pensar que podrías jubilarte allí. No me quedo con las ganas y diré que los comienzos fueron muy, muy duros, porque di con un personaje gris oscuro que me trató mal y lo hizo porque ocupaba un puesto en el que puedes decirle a una trabajadora que carece de capacidad y de conocimientos para desempeñar su puesto. Sospecho que se sentía amenazado porque yo era una mujer que no tuvo pelos en la lengua para hacer tambalear su exceso de autoridad y su legitimidad para cuestionar permanentemente mi trabajo.

En este marco maravilloso de armonía laboral me quedé embarazada de mi primera hija. No hubo problema con eso. Ni con la baja por maternidad. Las dificultades llegaron con mis propuestas para  conciliar mi nueva situación familiar con la vida laboral. Tras la imposibilidad de llegar a un acuerdo que me permitiera conservar la totalidad de mi jornada y mi sueldo, me sujeté firmemente a la ley que me garantizaba una reducción de jornada y elegir el horario de trabajo respetando escrupulosamente el margen de mi empresa. Bien. La tomadura de pelo servida y lista para ser engullida sí o sí. Este episodio no tiene un final sorprendente. Es el pan nuestro de cada día. Pasé siete años sin que mi jornada fuera completada ni mis funciones menguadas. Pasé siete años rompiéndome a criar y a trabajar fuera de horario sin saber muy bien cuál de los dos frentes me desgastaba más. Esto pasa cuando una padece de sentido de la responsabilidad mal entendido. Hoy he aprendido y sé bien que si un kilo de manzanas vale un euro y medio y sólo tienes un euro, no te puedes llevar el kilo entero. Aquí y en Lima. No sé por qué con las reducciones de jornada esta matemática básica no se aplica, pero a mí ya no me pillan.

Debo decir, sin embargo, que hoy por hoy me siento plenamente reconocida y respaldada en mi trabajo. En una plantilla mayoritariamente formada por mujeres e igualmente valoradas por su desempeño, es justo reconocer que la dirección de mi empresa tiene la sensibilidad y la actitud propias de quien respeta a las mujeres –trabajadoras, madres y ambas cosas- y ofrece flexibilidad y comprensión ante situaciones de conflicto entre las responsabilidades familiares y laborales.

Como en todas, en mi empresa se dan situaciones mejorables. La dirección –y por tanto, el peso de la toma de decisiones- recae exclusivamente en hombres. Y veo poco probable que esto vaya a cambiar a corto o medio plazo. Sospecho (con fundamento) que son estamentos más altos los que no contemplan la aportación femenina en el diseño de sus líneas editoriales o de actuación. Como personal técnico podemos ser lo más, pero el acceso al cotarro de la toma de decisiones exige pantalón y mocasín. No hay argumentario que sostenga esto, pero aún hoy es lo que nos brinda el panorama.

Foto: Great Beyond en Flickr

Mujeres, ni están ni se las espera

15/10/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

JulenBN

Julen Iturbe-Ormaetxe es consultor artesano, además de profesor e investigador en Mondragon Unibertsitatea. Mantiene desde 2005 un blog, Consultoría Artesana en Red, en el que escribe con asiduidad sobre su actividad profesional relacionada con la consultoría y muchas otras cosas. De la Margen Izquierda del Nervión.

 

Hace unos días estuve viendo la película que narra cierta etapa de la vida de Steve Jobs. Un personaje como este da para bastante. Como (casi) toda la gente que llega allá arriba, muy normal no puede ser. En la película nos lo presentan como un visionario que pone por encima de todo su idea de producto y tecnología. Sí, un tipo especial.

Cuando terminó la película pensé: ¿cuántas mujeres han aparecido en la pantalla? Ya, claro, esto es enfermedad, nadie se hace este tipo de preguntas. Has venido a ver una peli sobre Steve Jobs, sobre Apple, sobre esas maravillas de la tecnología que fueron capaces de crear. Así que, ¿a quién le importa cuántas mujeres aparecen en pantalla? Vale. Pero sigo con el asunto. Si no lo escribo aquí, ¿dónde si no?

En una escena una chica reclama al señor Jobs que se haga cargo de la paternidad de su hijo. Pero parece que eso no puede ser, no en ese momento. Porque le desvía de su objetivo, de lo que está predestinado a hacer en este mundo: subir al frente de Apple hasta el cielo y dejar huella en el universo. Pues bien.

Otra mujer que tiene su papel en la película es su madre. Sí, tiene su papel. Adivina qué puede hacer una madre cuando tiene invitados. Pues eso, sacar una buena bandeja de pasteles y servir algo para agasajar a las visitas. Y lo hace. Por supuesto. Es un papel un tanto papanatas porque me temo que no es consciente de que, cuanto menos se den cuenta de su existencia, mejor. Vamos, que no se note que está allí. Ah, pero hizo una fotografía. Inoportuna, pero que queda para la historia. Porque allí están los inicios de Apple en el garaje. ¿Ves cómo sirvió para algo?

Por terminar de repasar el universo femenino de la película, otra mujer que aparece en escena es la esposa de Steve Jobs. Escena de jardín, con los niños típicos, en la mansión típica de rico-rico, pero rico de verdad, y con una conversación en la que pregunta a su marido si la acompaña al mercado.

Sí, hay más presencia femenina. Al principio de la película o con un asiento en el consejo de administración de Apple. Y también se ven algunas señoras por las oficinas. Anónimas. Pues sí, sí que han ahorrado en actrices.

La tecnología, todo el mundo lo sabe, es cosa de hombres. Estadística para qué te quiero. Los datos son los datos. Dices byte y te viene a la cabeza un tipo con camiseta negra, melena, sin habilidades sociales y pegado a su mundo particular como uña a carne. Bueno, también puedes pensar en un tipo con corbata, pero ese es el comercial. Y no, no puede ir con camiseta y sin afeitar.

Yo me pregunto si el papel de la mujer en ese mundo de las tecnologías es más o menos el que se refleja en la película de Steve Jobs. O sea, tendente a cero. Claro que la película nos conduce al pasado y ahí encuentro la explicación de todas las explicaciones. Eso era antes. Ya.

Peggy Orenstein y las princesas rosas

08/10/2013 en Doce Miradas por Noemí Pastor

Peggy Orenstein tiene cincuenta y dos años, nació en Minneapolis, vive en San Francisco y ha investigado y publicado muchísimo sobre mujeres y niñas. Su libro más conocido y vendido se titula Cinderella ate my daughter (Cenicienta devoró a mi hija) y expone los resultados de su estudio sobre la fijación cultural por las princesas, el color rosa y todo lo que se asocia con el hecho de ser niña.

Después de leer algunas de las abundantes publicaciones de Orenstein, os he querido resumir sus conclusiones en este articulito.

 

Omnipresentes y ¿protectoras?

La hija de Orenstein, nada más empezar en preescolar, se obsesionó con las princesas rosas, hasta el punto de que su madre decidió investigar tal fijación entre las niñas de muy corta edad; se entrevistó con profesionales de la psicología, la historiografía y el marketing, y también con otras madres y padres, para concluir que la moda de las princesas no es inocente ni inocua y que puede determinar negativa y permanentemente la forma en la que las niñas perciben su propio cuerpo, su sexualidad y su lugar en el mundo.

En una interesante entrevista en Feministing, cuenta cómo al principio no vio nada malo en la nueva afición de su hijita, pero el color rosa y las lindas princesitas llegaron a hacerse omnipresentes, algo que no sucedía cuando ella misma era niña, cuando la infancia, en general, no gozaba (o sufría) del actual nivel de protección, y eso le hizo preguntarse si la moda de las princesas rosas era otra forma de proteger a las niñas de una sexualización temprana o, por el contrario, las preparaba exactamente para eso.

Lo cierto es que nuestras niñas están aprendiendo a poner en escena su feminidad, su sexualidad y su identidad antes que nunca. Con doce o trece años es de esperar que comiencen a transitar por universos convencionalmente femeninos, pero ¿antes?

Cuando Orenstein y yo éramos niñas había cocinitas y carritos de bebé; ahora hay princesas y maquillaje. Está clarísimo el mensaje que enviamos a las niñas sobre su feminidad y lo que esperamos de ellas cuando sean adultas.

 

La moda “real”

Disney, hacia el año 2000, englobó y cubrió con un manto regio a nueve de sus personajes femeninos. Otros personajes fueron detrás y otras empresas también. En 2001 Mattel creó la línea de princesas Barbie: muñecas, DVD, ropa, juguetes, muebles… Poco antes se había creado el Club Libby Lu, que ahora es una cadena de grandes superficies y de 2004 a 2005 aumentó en un 53% sus ventas. Hasta Dora la Exploradora se sentó en el trono. Los supermercados norteamericanos Walmart, de pésima fama en cuanto al trato que dispensan a sus empleadas, anunciaron despues su línea de maquillaje para niñas de 8 a 13 años.

Disney contraatacó intentando rebajar la edad de su clientela. A comienzos de esta década se presentó en unas 600 clínicas de maternidad norteamericanas para ofrecer a las recientes madres ropitas de bebé y apuntarlas a una lista de correo, a modo de “avanzadilla” de una nueva línea de producto. En Disney se dieron cuenta de que existía un grupo infantil que todavía no tenía enganchado, pero ahora ya podremos nacer con el “body” de princesa y seguir así vestidas hasta nuestro traje de novia Disney. ¿Qué será lo siguiente?, se pregunta Orenstein. ¿El ataúd de Blancanieves, para morir Disney también?

 

De cuando las chicas Disney eran azules: un poco de historia de los colores

De acuerdo con el estereotipo, se diría que las niñas nacen obsesionadas con el color rosa. Jo Paoletti, de la Universidad de Maryland, no opina igual y así nos lo cuenta en su obra Pink and Blue: Telling the Boys from the Girls in America (2012) y en su web www.pinkisforboys.org.

Según sus investigaciones, a comienzos de la década de 1920, el rosa era el color de los niños pequeños, ya que se consideraba una variante “pastel” del masculinísimo rojo. El azul, en cambio, ha sido tradicionalmente el color de los mantos de la Virgen María, asociado a la pureza, y el de las heroínas Disney más tempranas: Cenicienta, la Bella Durmiente, Wendy, Alicia…

Parece ser que el cambio se produjo hacia finales de la década siguiente. El rosa se asignó úniversalmente a las niñas, el azul a los niños (yo puedo atestiguar que mi parvulario ya había asumido esa distinción) y para mediados de los 80, cuando las diferencias de género se convirtieron en una estrategia clave del marketing infantil, el rosa ya era “innato” en las niñas y una parte importante de lo que las definía como féminas.

Paoletti hace notar que esta universalización de la asignación cromática coincide con la época en la que la primera generación de niñas y niños educados en el feminismo se convirtieron, a su vez, en padres y madres.

 

A modo de final

El problema no es jugar a las princesas, afirma Lyn Mikel Brown, que investiga sobre género y mercados. El problema, dice, son los 25.000 productos de princesas, pues, cuando algo es tan dominante, puede acabar por convertirse en la única opción.

Las tiendas de juguetes infantiles pueden ser al respecto desoladoras: flores, corazones, mariposas, cocinitas, carritos de compra y hula hoops para niñas; deporte, trenes, aviones y automóviles para niños. Como si nadie hubiera cuestionado los roles de género jamás.

Quiero terminar, sin embargo, con un poquito de esperanza. A principios de 2012 la red Pinkstinks lanzó una campaña para pedir a las jugueterías que dejaran de vender artículos rosas a las niñas y logró que Hamleys se comprometiera a dejar de identificar con rosa y azul las secciones de chicas y chicos.

Si echáis un vistazo a la actual web de Hamleys, veréis que todavía hay mucho que pulir, pero, en fin, algo es algo.

Y como mis blogsisters han instaurado la moda de acabar con un vídeo, os dejo con uno de Pinkstinks. Disfrutadlo. Ha sido un placer.

 

 

Leer con perspectiva

01/10/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

CarolinaCarolina León es periodista especializada en temas culturales. Codirige el podcast sobre libros “¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?”. Ha colaborado en medios como Go Magazine, Calle 20, Qué Leer, Notodo.com, Cultura/s de La Vanguardia y escribe crítica de libros en el blog Estado Crítico. Su blog: Carolink Fingers.

Las que creemos que “todo es política” estábamos acostumbradas a tenernos por un poco locas. Pero el relato cultural ha cambiado un tanto, y aquél de “la política se hace en las instituciones” está cada vez más roto. Películas, series, cómics, novelas: no hay narrativa inocente, digo a menudo. Algunas no podemos dejar de ver, mirar, leer y analizar productos culturales superponiendo el filtro del análisis político y, más concretamente, la perspectiva de género.

Aún cuando el texto en sí no se presente como militante o antagonista, la ficción ejerce la función expresa de definir imaginariamente lo posible. Una ficción se fundamenta en modelos, estereotipos y constructos, y también los crea. La forma en la que hablan los personajes, la forma en la que interactúan entre sí, los roles que ejercen en función de su género (en contra o a favor de la norma): todas esas pequeñas cosas crean un universo de posibilidades.

Corin TelladoUna novela de Corín Tellado (qué ejemplo tan socorrido) es transmisora de una serie de ritos y formas de relación, de valores y estereotipos sobre lo que las personas son y, en especial, sobre lo que los géneros han de ser. Lo que sucede es que Tellado –y casi toda la novela ‘mainstream’- escribe a favor de la norma. La lectura con perspectiva de género es una clase especial de lectura política, una que sirve para revelar esos moldes, que se esconden sibilinos como la propaganda lo hace en los medios de comunicación.

¿Debe ser siempre el héroe un personaje masculino? ¿Deben los femeninos estar constantemente acosados por el desamor, hacer de comparsas amantes o, en su defecto, mantenerse en los roles de cuidadoras? ¿Hay manera de que, dentro de los límites de la novela realista, una ficción contravenga la norma? Todo esto me vino de nuevo al pensamiento enfrentada a una de las últimas novelas que ha conseguido atraparme. Un lectura imprescindible entre las publicadas este año: la más reciente de Rafael Chirbes, En la orilla (Anagrama, 2013).

En la orilla traza una fábula desde la crisis actual (parte en el año 2010) ambientada en un pueblo costero (inventado) de la Comunidad Valenciana. El personaje protagonista, Esteban, se ha metido en negocios con un promotor, ha intentado jugar al pelotazo del ladrillo, la cosa ha salido mal y lo ha perdido todo. Desde la voz de este setentón, se recorren siete u ocho décadas de la historia de España. Parte de las experiencias de su padre como perdedor de la guerra civil, la afasia posterior, la vida en un taller de carpintería heredado ocultando sus auténticos deseos y aspiraciones, y pasa por los años del desarrollismo y la primera juventud (de Esteban y sus hermanos), la transición y su larga siesta, la indiferencia del narrador con respecto a las luchas políticas de sus mayores, y su intento de subirse al carro de los ganadores… Alrededor, una pléyade de personajes que interactúa a lo largo de los años en las reducidas esquinas de Olba, en sus bares sobre todo, con el carpintero conductor de la narración, y que ilustran los diversos tipos de acción-reacción a la supuesta abundancia, la máquina de hacer dinero a todo trapo y la estratificación social que produce (o posibilita) el desenfrenado ‘boom’ de la construcción.

Hay mucho más dentro de En la orilla, que no me toca desentrañar aquí. Es, sí diré, una de las pocas novelas en las que se describe el momento social que estamos viviendo, escrita desde un aquí y ahora con enorme desencanto, aportando la perspectiva de un perdedor que, como tantos otros, pensó que por una vez podía ganar, y donde se refleja el entramado psicosocial que amparó esta crisis (estafa).

A pesar de las declaraciones del propio autor, esta novela está muy por encima de la media en cuanto a “compromiso político”, entre lo que se publica hoy en nuestro país.

Pero ¿qué pasa con la lectura de género? Que me desconcertaba terriblemente. El libro me lo recomendó un amigo que, supongo, se identificaba más o menos con la voz narradora. Yo no pude, y estoy entrenada en cientos de lecturas monopolizadas por voces masculinas. Durante un par de cientos de páginas no pude encontrar a un solo personaje femenino que tuviese voz propia. Desde la narración de Esteban, aparecen mujeres: varias prostitutas, por las carreteras y en los baldíos que dejaba el desinflado ladrillazo; la madre del personaje, con pocos matices; su amor de juventud, que lo deja pronto para buscarse a un candidato mejor (y bregar hacia lo alto)… Y la empleada: una mujer colombiana con la que conversa, que cuida a su padre enfermo y se ocupa de cocina y casa, a la que trata de “hija” y a la que profesa un deseo inconfeso.

Las mujeres que oímos aparecen siempre a través de su filtro, o lo hacen en breves episodios de estilo “monólogo interior”, con un peso más que relativo en la trama. Los auténticos conductores de la historia son, aparte del propio Esteban, la camarilla de hombres con los que conversa y juega a las cartas en el bar. Salvo por el caso de Liliana, la “chacha”.

Dije en una conversación –cuando llevaba la mitad del libro- que no cumplía el ‘test de Bechdel’ . No se trata de que este test, que se ha hecho muy popular entre los análisis feministas, sea un cedazo infalible. Se trata de una herramienta bastante sencilla, mínima, para revisar si una ficción está representando de una forma medianamente justa a las mujeres. Como decía arriba, las voces de mujer aparecen bien mediadas por el narrador, o bien con un papel discreto y tangencial. Son comparsas, elementos decorativos, objetos de la idealización, del amor o el odio del que conduce el relato. Sus caracterizaciones están cargadas de toda la estereotipación que se espera de un hombre de unos setenta años.

Los hombres dominan el discurso, como casi siempre. Pero el test, al correr las páginas, puede que sí lo cumpla, con uno de los mejores fragmentos del libro. No quiero destripar nada, pero tuve que llegar casi al colofón para comprobar que: dos mujeres hablan entre sí. Tienen nombre. Hablan de hombres –sus hombres- pero también de otras muchas cosas: emigración, dinero, familia, soledad, desamparo, supervivencia.

Y, pensándolo, sí, es “normal” que Rafael Chirbes ponga su trama en boca de un hombre.

Lo habitual es que las novelas no cumplan con ofrecer mujeres con carisma, con centralidad, o con roles distintos de los asignados tradicionalmente. En la orilla tampoco: las mujeres existen, a lo largo de sus cuatrocientas páginas, en posiciones completamente subalternas.

Pero mientras leía me di cuenta de que debía ser así. Que el relato del expolio, la burbuja, la crisis y el ‘sálvese-quien-pueda’ posterior es de ley que se cuente en clave “macho”. El atracón de euros, la explotación capitalista, el oportunismo de los que supieron estar a pie de contrata o de malversación… Ésta es una trama con vocación realista, y por tanto debía destilar clasismo, racismo y machismo rampantes. Si, en el plano real, algún sujeto que no encajara en la clase dominante se ha beneficiado de esa “burbuja”, ha sido a costa de jugar en los códigos de esa clase –como esposa, como prostituta de lujo…-.

Por eso es coherente que la única que se aúpa a cierto grado de “agencia” sea la cuidadora, la migrante, la otra, que habla desde su propia explotación y desde su propio intento de salvarse, que pensó que venía a un lugar medianamente justo -a un país de las oportunidades-, a dar un futuro diferente a su familia.

Visto desde la mesa de juego, en esta crisis las mujeres no tuvimos un papel distinto del sexo o el cuidado –naturalizado o privatizado, tanto da. No hay modo de que una novela realista de este momento, contada por los propios jugadores de la ruleta, tenga la más mínima relación de igualdad de sexos. O, si lo hay, quizá no corresponde a Chirbes escribirla.

En la orilla pantanosaLo que no obsta para que analicemos qué son y qué enuncian las novelas contemporáneas, también ésta. A estas alturas de siglo, no es normal que un autor no dé voz a los personajes femeninos en sus ficciones, página tras página, a veces a lo largo de docenas de títulos. Es del todo anormal que, si revisamos una lista de “ficciones más vendidas”, nos encontremos con un minúsculo porcentaje de mujeres protagonistas y, lo que es más doloroso, un porcentaje aún menor de personajes femeninos que logren escaparse de los roles tradicionales de esposas, madres o novias-florero. Ésa es la dieta habitual de la lectora de narraciones contemporáneas.

Y es una dieta que suele dejarnos insatisfechas.

“Lo personal es político”, decían las feministas de los setenta, y “todo es política”, decimos ahora. Este sentimiento de incomodidad que me nacía en la lectura se terminó de diluir, al comprender que la realidad no es justa y sus cronistas no nos deben justicia en ese ámbito. A los escritores y a las novelistas se les debe exigir, sí, que se salgan de los relatos del poder, de lo predicho, y desde luego que intenten ponerse en la piel de otras personas, también mujeres. En la orilla se podría haber escrito con otra relación del papel de los géneros. Pero Chirbes ha tenido la valentía, nada frecuente, de ofrecer unas cuantas páginas a esa mujer: no una que tuviese una relación de igualdad con los hombres del ladrillazo, sino la que sostenía sus vidas.

Vale que una novela no cambia el mundo, pero sí que nos cambia a unos y a otras. Como lectoras, estamos obligadas a insistir en esa lectura con perspectiva de género, la que revela los moldes que estructuran una ficción; y es también la que muestra el engranaje que subyace cuando un escritor nos deja escaparnos -un poco- o nos encasilla por puro gusto. Así que, por supuesto, persistiremos en ella, aunque estemos “un poco locas”.