La brecha de confianza

02/07/2019 en Doce Miradas

En la vida siempre tienes faros que te guían y te aportan experiencia, sobre todo cuando eres joven y las emociones te mueven más que la razón. Mi abuelo fue uno de esos faros. Una persona sin estudios reglados pero con una sabiduría inmensa. Me dio muchos consejos, pero hay uno que jamás olvido: siempre me repetía que no hay tarea más difícil en esta vida que llevarse bien con una misma. Esa frase se me quedó grabada a fuego y no dejaba de recordarme que uno de los enemigos al que nos enfrentamos diariamente somos nosotras mismas. Le podemos poner otro nombre: confianza. Ella nos aupará en muchas ocasiones y su falta también nos frenará a la hora de intentar abrir puertas o ver sombras alargadas donde no las hay. Porque como dice el proverbio chino, cuando el miedo llamó a la puerta y la confianza abrió… afuera no había nadie.

Así que no es de extrañar que a las mujeres nos haya sido robado y erosionado ese bien tan preciado a lo largo del tiempo. Y si ponemos el foco en la ciencia y la tecnología, se evidencia aún más. Siempre que hablamos de la falta de presencia femenina en ese ámbito, lo ilustramos con una tubería con muchos agujeros por donde vamos goteando, hasta que llegada la etapa profesional, nos hemos evaporado del todo. Y uno de esos agujeros que está presente en todas las etapas vitales es precisamente la confianza.

Empecemos por la infancia: en una investigación publicada en 2017 en la revista Science, se preguntaba a niños y niñas si, cuando se les hablaba de una persona especialmente inteligente, creían que era de su género o del contrario. Cuando tenían cinco años, no se observaban diferencias: los niños escogían hombres y las niñas escogían mujeres en un 75% de las veces. Sin embargo, a partir de los seis, mientras que los niños seguían escogiendo hombres como “muy, muy listos” en un 65% de las veces, las niñas solo seleccionaron su propio género en un 48% de las ocasiones. De hecho, Christia Spears Brown, profesora de psicología y autora del libro Crianza más allá del rosa o el azul, declaró para BBC que estos resultados encajan con investigaciones anteriores que encontraron que familias y profesorado tienden a atribuir las buenas notas en el colegio al esfuerzo de las niñas pero a la habilidad natural en el caso de los niños. Así que primer gancho de derecha directo a la confianza.

Seguimos avanzando y llegamos a los 15 años, momento en el que hacen la prueba PISA. Según los datos del informe de 2015, las niñas se creen menos capaces que los niños a la hora de alcanzar objetivos que requieran habilidades científicas. Es lo que se denomina como autoeficacia en ciencias: confianza en la propia capacidad para lograr los resultados pretendidos. Según la OCDE, las alumnas tienden a sufrir un mayor sentimiento de ansiedad con las matemáticas, incluso las que tienen mejor rendimiento académico. Tanto es así, que un estudio demostró que si pones un examen de matemáticas idéntico a estudiantes de unos 12 años, uno bajo el encabezado “Geometría” y otro bajo el nombre “Dibujo”, ellas obtenían mejores calificaciones en el de “Dibujo” (repito que el examen era exactamente igual, solo cambiaba el título).

A esto se le suma el efecto Pigmalión o la profecía autocumplida. Este efecto se refiere a que las expectativas que tenemos sobre el rendimiento de una persona incitan a actuar a esa persona conforme a dichas expectativas. Es decir, las esperanzas que tengan docentes, familiares y la sociedad en general inciden en el desempeño de nuestras niñas. Por ejemplo, si tengo un docente que piensa que voy a obtener muy buenas calificaciones, esto elevará mi autoestima y me incitará a trabajar para conseguir los resultados que se esperan de mí. Pero lo mismo sucede en sentido inverso: efecto Pigmalión negativo, también conocido como el efecto Golem, que hace que la autoestima disminuya. Si en la sociedad decimos que a las niñas no se les van a dar bien las matemáticas, se produce un bloqueo en ellas.

En la universidad la cosa no cambia. En 2003, se hizo un estudio para ver el impacto de la percepción de las mujeres sobre su propia capacidad. Dieron a estudiantes masculinos y femeninos un cuestionario sobre el razonamiento científico. Antes de la prueba, los estudiantes calificaron sus propias habilidades científicas. Las mujeres se calificaron a sí mismas más negativamente que los hombres en cuanto a su capacidad científica: en una escala de 1 a 10, las mujeres se pusieron un promedio de 6.5, y los hombres un 7.6. Cuando se trató de evaluar cómo habían respondido las preguntas, las mujeres pensaban que habían acertado 5.8 de cada 10 preguntas; los hombres, 7.1. ¿Y cuál fue el resultado real? Su promedio fue casi el mismo: las mujeres obtuvieron 7,5 de cada 10 y los hombres 7,9. Es decir, ellas subestiman su rendimiento porque piensan que su capacidad de razonamiento científico es menor.

Y cuando llegamos a etapa profesional, el agujero persiste (no solo por el síndrome de la impostora, del que ya hablé en este blog anteriormente). Un análisis que hizo la empresa tecnológica Hewlett-Packard mostró que las mujeres solicitaban una promoción interna solo cuando creían que cumplían con el 100% de las condiciones enumeradas para el puesto. Los hombres se postulaban con un 60%. En cuestión de salarios, nos pasa lo mismo. Según un estudio realizado por Linda Babcock, profesora de Carnegie Mellon University, los hombres negocian cuatro veces más que las mujeres y cuando ellas lo hacen, piden un 30% menos.

Obviamente, la confianza (o su ausencia) no es el único obstáculo al que nos enfrentamos (o siguiendo el símil de la tubería, el único agujero porque el que nos perdemos), pero mi abuelo también me enseñó a ser posibilista y cambiar lo que está en mi mano (sin dejar por ello de luchar contra lo que no está en mi mano). Así que toca trabajar para restaurar ese puente en nuestras niñas, jóvenes y nosotras mismas. Como diría Helen Keller: “No soy la única, pero aún así soy alguien. No puedo hacer todo, pero aún así puedo hacer algo; y justo porque no lo puedo hacer todo, no renunciaré a hacer lo que sí puedo”.

La idea de poder trabajar con máquinas deterministas (que a iguales entradas devuelven invariablemente las mismas salidas) me hizo ingeniera. Acabada la carrera descubrí que tras toda máquina hay una persona impredecible… y que esa es la parte divertida de la vida. Enredada ahora con la comunicación digital.

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