Slideshow shadow

Sonia Sotomayor: mujeres en las élites

02/05/2017 en Doce Miradas por Noemí Pastor

Sonia Sotomayor es hoy una de las tres juezas del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, compuesto, además, por otros seis hombres.

Sotomayor siempre ha sido una pionera en esto de ir rompiendo (a golpes de maza, en su caso) los techos de cristal, no solo para las mujeres, sino también para toda la población hispana de los USA.

Su nombre aparece casi siempre asociado al de Barack Obama. Haced la prueba: guglead a Sotomayor y en cualquier texto, no mucho más allá de la segunda frase, aparecerá que el expresidente la nombró jueza de la Corte Suprema. Como si necesitáramos esa tranquilidad. Como si tuviéramos la urgencia de afirmar que hay un hombre detrás, a quien, sin duda, se debe su ascenso. Como si los señores jueces, en cambio, hubieran ascendido solitos, cual Cristo a los cielos, sin que los nombrara nadie.

No es el único caso: hay más ejemplos de mujeres destacadas encadenadas a nombres masculinos. Me viene a la cabeza, por ejemplo, Hillary Clinton, pero hay muchas más y mejor me reservo este asunto para otro post.

Sonia Sotomayor
Foto: Wikimedia Commons

“Mi mundo adorado”

Sotomayor no lo tuvo fácil. No nació ya arriba, como los Kennedy o los Bush, clanes en los que, dicho sea de paso, solo han destacado los varones. Sotomayor nació en 1954 en el Bronx, que no es precisamente el barrio más distinguido de Nueva York, de madre y padre puertorriqueños. Su padre murió cuando la pequeña Sonia tenía ocho años; su madre se hizo cargo de ella y de Juan, el hermano menor.

A los diez años Sotomayor ya quería estudiar leyes, inspirada, según dice, por las novelas de la detective Nancy Drew y la serie de televisión Perry Mason. No dejo de asombrarme por la enorme incidencia que tiene la cultura popular en nuestras vidas, cultura en buena parte transmitida a través de la televisión. Por eso es tan importante cuidar y digerir bien sus contenidos.

Sotomayor se graduó en Derecho en la exclusiva Universidad de Princeton, donde años más tarde también se graduaría Michelle Obama, y se doctoró en Yale.

Luego trabajó como ayudante del fiscal de su distrito, más tarde en un bufete particular y en 1991 el presidente George H.W. Bush la nombró jueza de la corte del distrito sur de Nueva York. Así se convirtió en la primera jueza federal hispana del estado de Nueva York. También en la persona más joven que había ejercido tal cargo.

De ahí, en 2009, como hemos dicho, pasó al Tribunal Supremo, nombrada por Barack Obama y con el apoyo de los senadores y senadoras demócratas.

En 2013 publicó un libro de memorias, “My beloved world”, simultáneamente en inglés y en español (“Mi mundo adorado”).

 

Ni ellas se libran

Podríamos pensar que tanto Sotomayor como las otras dos señoras que están en lo más alto de la carrera judicial de los USA, en el exclusivo club de los nueve que es el Tribunal Supremo, habrían superado una invisible barrera que las dejara a salvo de los micromachismos que afrontamos el resto de las mujeres. Pues no. Si lo pensáramos nos equivocaríamos.

Según cuenta Soledad Gallego-Díaz en su columna de opinión Hombres y mujeres en el Supremo americano (El País, domingo 16 de abril de 2017), la web Quartz  el pasado 6 de abril daba noticia de un curioso estudio que demostraba que estas egregias señoras no se libran de ser constantemente interrumpidas por sus colegas varones en sus intervenciones públicas.

La Escuela de Derecho Pritzker, de la Universidad Northwestern ha investigado durante años los patrones de los discursos de los miembros del Tribunal Supremo y en su estudio ha  dedicado un apartado de 77 páginas a las interrupciones para analizarlas atendiendo al género, edad e ideología de los intervinientes y a la frecuencia con la que se producen. En el blog del Supremo tenéis un artículo más detallado sobre este estudio.

¿Y a qué conclusiones llega? Pues resulta que el género es el factor más determinante a la hora de interrumpir; concretamente, 30 veces más determinante que la edad, por ejemplo. Y en cuanto a la frecuencia, en las sesiones públicas del Tribunal de 2015 la más interrumpida fue Sotomayor (mujer, hispana y demócrata en un club de mayoría blanca, masculina y republicana), seguida por Ruth Bader y por Elena Kagan. Vaya sorpresa.

Por si las interrupciones resultaran poco exasperantes, las señoras magistradas también tienen que hacer frente a un constante mansplaining. De nuevo, la más afectada por el todolosabismo masculino es la jueza Sotomayor.

Tonja Jacobi y Dylan Schweers, autores del estudio, concluyen que no se trata de un simple problema de grosería o mala educación, sino de un modelo de comportamiento que tiene potenciales consecuencias legales, pues reduce la influencia y la importancia de las juristas mujeres, ya que quien sufre frecuentes interrupciones encuentra lógicamente más y mayores trabas y dificultades a la hora de exponer sus ideas o de formular preguntas.

 

Foto: Asun Martínez Ezketa @esaotra

 

La excepción y las oportunidades

Cuando en 2009 accedió a su cargo actual en la Corte Suprema americana, Sotomayor pronunció las palabras más acertadas que he leído jamás sobre la presencia de mujeres en las altas esferas. Dijo: ¨No soy excepcional. Simplemente he tenido oportunidades”.

Y ahí dio en clavo, en el maldito quid de la cuestión, que no es cuestión de talento, ni de enorme valía (que en algún caso sí será, ojo, claro que sí lo será), sino de posibilidad, de ocasión, de poder hacer, de poder transitar por espacios con puertas abiertas y techos resquebrajados que dejen ver el cielo.

Porque decir lo contrario, afirmar que ascienden quienes valen, es dar por hecho que las mujeres valemos menos. Y no. No, no y no.

Alicia nos explica cosas

25/04/2017 en Doce Miradas por Christina Werckmeister

Habéis visto ya este video? Hacedme un favor, vedlo (incuso si lo habéis visto). Quedamos aquí mismo otra vez dentro de 5 minutos y 46 segundos.

Para quien aun no se haya enterado, Alicia Ródenas presentó este vídeo, colmísimo del minimalismo, a la séptima edición del concurso de vídeos de su instituto, el IES Diego de Siloe Bilingual Highschool Albacete. Última comprobación, más de 570,000 visualizaciones en Youtube.

No sé si ha ganado el certamen cinematográfico (el año pasado lo ganó con un delicadísimamente desgarrador vídeo sobre el Alzheimer), pero ya ha triunfado. Técnicamente es una joya de la economía del cine.

Ródenas parece estar susurrándonos el mantra “menos en más” con su puesta en escena: su voz. Y la intensidad in crescendo de gestualidad cada vez que nos asesta otras frase. No es más que su voz. Su voz.

Pero aquí va lo que quiero hacer notar: lo que dice, el contenido, las palabras, no son suyas. Ella, con su voz, nos repite las palabras de otras personas. Son las frases con las que todas las personas (vale, la mayoría) socializamos a todas las personas (vale, la mayoría). Y así, a través de millones de inputs desde que nacemos, producimos esta sociedad jerarquizada y desigual, que da como resultado la violencia de género. Esta violencia específica que, según la LEY ORGÁNICA 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, es “el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad.”

Alicia no nos está explicando su teoría, idea, concepto, argumento. Se limita a repetir aquello que otros dicen. Te vuelve el espejo.

Y de esta sutil manera da con una de esas estrategias de la retórica dignas de Demóstenes o Cicerón, por la que utilizando las palabras del adversario, queda probado su argumento. Quod erat demostrandum.

¿Cómo llevar la contraria a quien se limita a repetir lo que tu dices? ¿Acaso ha atacado o criticado a alguien? ¿Ha dicho alguna mentira? ¿Alguna barbaridad? ¿Estas frases no las escuchamos, no las decimos, a lo largo de nuestras vidas? ¿Vamos a cuestionar a Alicia?

Parece que entre la estudiante y la bloguera Ro de la Torre, autora del texto, han roto el continuo espacio-tiempo, cortocircuitando a más de uno. El Instituto albaceteño ha tenido que desactivar los comentarios “debido a la proliferación de insultos y vejaciones” (la negrita es mía aunque no sé por qué habría de destacar algo que a nadie sorprende a estas alturas de neomachismo en flor).

Pero esta vez no va a haber “mansplaining” posible.

Barbijaputa nos explica como “En todo artículo sobre feminismo o conversación sobre el tema, se repiten las mismas consignas machistas, da igual que el debate sea en la Red, que sea en un grupo de amigos, que sea en Almería que en Cuenca. Siempre, siempre, oirás las mismas excusas o explicaciones sobre por qué las cosas son como son. Son los mansplainers“.

¿Mansplaining? Jaime Rubio Hancock, en un ejercicio de modestia que él mismo denomina “metamansplaining”, nos explica la raíz y el significado del término, originado por un ensayo de Rebecca Solnit titulado “Los hombres me explican cosas”. Según Rubio, se trata del “fenómeno” por el que muchos hombres se sienten felizmente obligados a explicar a las mujeres cualquier cuestión, aunque ellas no precisen de ninguna explicación, remarcando de manera condescendiente y paternalista su autoridad universal. Pero Rubio y Barbijaputa, como muchos de los comentaristas que he leído sobre el término, parecen olvidarse de lo central del ensayo de Solnit y su relación con el vídeo de Ródenas.

Aunque no niego que el fenómeno existe, detenerse, o mejor dicho, entretenerse solamente con lo “pesados” que pueden ser algunos hombres yerra el tiro.

De hecho, Solnit no acuñó el término. Más bien aprovecha la anécdota para abordar la verdadera cuestión: la alarmante falta de credibilidad que tenemos las mujeres. El mansplaining es sólo una técnica más que expresa la eterna duda sobre la palabra de las mujeres.

La credibilidad es una herramienta básica de supervivencia, escribe Solnit. A los hombres se les presupone y a las mujeres no. Esta desigualdad, la desigualdad del valor de nuestra palabra, transcurre en gradaciones históricas y globales (desde el nulo valor jurídico del testimonio de una mujer en Arabia Saudí, hasta, por ejemplo, tu hermana que tendría que convencer, no ya a la policía, sino muy posiblemente incluso a su propia familia y amistades, si su marido, ese excelente trabajador, vecino y padre de familia, fuese un maltratador), y da como último resultado la violencia, como bien lo expresa la LOVG 1/2004.

Las mujeres gastamos mucha, mucha energía, teniendo que convencer, que se nos escuche, simplemente, que seamos audibles y creíbles. Cuántas veces escuchamos que aquello que acabamos de relatar no es así en realidad, que hemos interpretado erróneamente tal o cual episodio de nuestra propia vivencia, que no somos objetivas, que somos incluso deshonestas, en definitiva, que no somos testigos fieles de nuestras propias vidas. Nuestra voz, nuestras opiniones, nuestros conocimientos e incluso nuestra presencia están continuamente cuestionadas. Especialmente en cualquier contexto de poder.

¿Y qué nos explican Alicia, Ro y Solnit?

Cada una a su manera están expresando básicamente lo que se llama el iceberg de la violencia:

Son las formas sutiles e invisibles que conceden a ellos la presunción de la razón y a nosotras no. Sin ellas no se sostendría la desigualdad que necesariamente acaba en violencia.  Por ello es una cuestión de derechos humanos.

Su voz de mujer hace que la cuestionemos. Pero Alicia, nos obliga escuchar porque son nuestras propias palabras.

Yo no cuestiono a Alicia.

 

Y no os marchéis sin ver  (e)stereotipas. Feminismo pop latinoamericano. #Muyfan

 

Decálogo de buen uso del lenguaje de género en el deporte

04/04/2017 en Doce Miradas por Naiara Pérez de Villarreal

Desde hace algunos meses ando enzarzada en un proyecto profesional relacionado con el mundo del deporte, y a medida que vamos profundizado en el desarrollo del mismo, me he topado de bruces con una realidad que intuía, pero de la que no tenía consciencia sobre su magnitud: la masculinización del lenguaje en el deporte.

Y es que la utilización que habitualmente se hace de este lenguaje está llena de estereotipos desde el punto de vista de género, resta méritos en los triunfos e invisibiliza en muchas ocasiones a las mujeres como consecuencia de los términos utilizados, remarcando la desigualdad en este ámbito.

No es la primera vez que denuncio la desigualdad entre mujeres y hombres en el deporte. Me estrené en este blog con el post  “Marca-das por la desigualdad en el deporte donde hice hincapié en el tratamiento desigual -y en ocasiones denigrante para la mujer- de la información de los medios de comunicación deportivos. Pero esta vez, aunque el tema de este post esté muy relacionado con la forma que tienen los medios de (in)visibilizar a las mujeres, intentaré darle un toque más constructivo, compartiendo conocimiento y aportando mi granito de arena.

Vamos a ello ;D

El modelo deportivo que tenemos en la actualidad, con muchos siglos de historia, fue construido por los hombres y para los hombres. Esta cuestión determina aún hoy el lenguaje utilizado en este ámbito, y en ocasiones, parece que hay interés por parte de ciertos sectores en perpetuarlo. La cultura deportiva femenina es más bien cosa del presente, y sobre todo, estoy convencida, del futuro.

Por otra parte, el lenguaje es un tema de vital importancia a la hora de producir cambios en la sociedad, ya que es el vehículo para el cambio en relación con los estereotipos de género asociados al deporte. Cambiar el lenguaje es cambiar la comunicación de la realidad y, ello puede modificar la percepción que tienen las personas, pudiendo llegar a lograr que la sociedad en general asuma estos cambios. No es casualidad que el lenguaje deportivo sea una de las dimensiones más importantes dentro de las políticas de Igualdad en el deporte, y un fuerte estandarte para lograr la igualdad efectiva entre mujeres y hombres en este ámbito.

A todas y todos nos suenan algunos estereotipos desde el punto de vista de género, con expresiones del tipo “corres como una nena”, “salta como un hombre” o “es muy fuerte para ser mujer”, o la utilización de términos en género masculino cuando también se incluyen mujeres, como “la asociación de entrenadores de baloncesto”, “los árbitros” o “los dirigentes del club”. Esto contribuye a potenciar el “efecto ocultador” de la presencia de las mujeres en el deporte.

Por ello, y con ánimo de aportar mi granito de arena en buscar la equidad con el hombre en la denominación de la mujer como sujeto deportivo, mencionaré mediante un decálogo algunas orientaciones para un uso no sexista en el lenguaje deportivo, tanto en el oral como en el escrito. Estos 10 consejos están basados en mi propia experiencia y sobre todo en las recomendaciones de la UNESCO y otros organismos europeos y de ámbito nacional. 

Estas son algunas de las cosas que deberíamos tener en cuenta a la hora de hablar o de escribir sobre deporte, con el fin de lograr que las mujeres no sean consideradas protagonistas de segunda categoría (de eso ya se encargan las diferencias salariales, la profesionalización, y por supuesto, la invisibilización de los medios de comunicación.)

Os invito a ponerlas en práctica si tenéis oportunidad. También os invito a leer la completísima publicación del Instituto de la mujer “Hablamos de deporte, que me ha servido de inspiración para este post, y por supuesto, leer a mi compañera Noemí Pastor, lingüista y con artículos más que interesantes sobre el lenguaje de género en este blog.

Por último, si queréis añadir alguna recomendación más, estaré muy agradecida de que lo hagáis en los comentarios.

Un compañero no se aparta

28/03/2017 en Doce Miradas por Macarena Domaica

Esta semana me ha llegado por WhatsApp el video poema “Compañeras”, de Marwan. Os invito a verlo y a escucharlo con atención porque es muy bonito y muy emocionante. Está escrito para eso, para rozarte adentro. Si eres hombre, para acompañarte en el reconocimiento a las mujeres de todos los tiempos; si eres mujer, para sentirte comprendida, valorada, reforzada, reconocida y para que pienses: hay hombres para los que no pasa desapercibido todo lo que cargamos.

Mientras van sucediéndose los versos, una chica baila en un camino y un montón de mujeres de edades distintas y en ambientes variados se suceden con el poema de fondo. Hay algo en todo este montaje que me incomoda y me cuesta detectarlo. Así que vuelvo a verlo, con las emociones ya experimentadas y los sentidos predispuestos a una mayor objetividad. Comienza así:

“Lo mejor que puede hacer un hombre cuando ve a una mujer besar a su hijo, romperle la cara al invierno, partirse la espalda por el resto, es apartarse”.

No entiendo muy bien este “apartarse”. ¿Es por respeto, veneración? ¿Para no interferir en algo que no le corresponde? ¿Para no molestar? Entiendo que el autor intenta expresar algo así como: “observa qué grandes son las mujeres cuando hacen lo que hacen”. Pero lo que literalmente dice provoca en mí la imagen de hombres que admiran a las mujeres desde la barrera, aparte.

Sigue:

Decía Escandar que mirara por donde mirara solo veía mujeres luchando o mujeres cargando, mujeres abriendo, mujeres curando; madres que se crujen el alma para arrancar las piedras que le surgen a tu camino… Las verás siempre dispuestas –lobas que amamantan- cuidan a sus cachorros, cuidan todo. Madres de brazos abiertos, de pecho abierto, de alma abierta. Son perfectas por el simple hecho de existir, de haber nacido, de devolver ese regalo dándonos otra vida” (…) “Deberías aplaudirlas, con sus hijos (…) limpiando el mundo, a cargo de la casa, a cargo de la vida (…) trayéndote luz, borrando de tu frente los fantasmas…”.

Me reconozco y reconozco a muchas entre esas mujeres que “cuidan todo”. Y me cuesta entender por qué si nuestro aporte y soporte es tan evidente para  esos compañeros que hablan tan bien de nosotras, no los tenemos cuidando de todo junto a nosotras. En este segundo visionado del poema me revuelvo un poco, porque creo que no quiero esos aplausos de reconocimiento porque limpio el mundo, me encargo de la vida, traigo luz y borro los fantasmas de las frentes… ¿Hacemos todo esto las mujeres porque, como dice Marwan, somos perfectas? Me siento caer en una trampa: la de reconfortarme en el reconocimiento y sentir que con eso se alivia el peso descompensado de mi carga.

Lo que es perfecto para la perpetuación de la desigualdad es ese kit perverso de mensajes inhibidores de la promoción y el desarrollo que respiramos las niñas nada más nacer, cuando lloramos por primera vez. A partir de ahí nuestro viaje es la conciliación del cuidado de todo(s) y nuestra supervivencia, la búsqueda desesperada del equilibrio entre nuestro deber ser, las obligaciones reales y generadas, y la culpa en la recámara.

Me pregunto si valen este poema y otros (escritos con similar compromiso y las mejores intenciones) como reparación por tanto abuso. Me pregunto si reconocerle a una mujer lo estupenda que es, felicitarla el 8 de marzo y el primer domingo de mayo si es madre, no se nos queda un poco corto si no hay compañeros antes, durante y después dándole sentido a ese reconocimiento.

El trabajo más difícil del mundo

Hago un paréntesis para rescatar otro video que vi hace un par de años cuando se acercaba el día de la madre:

Presenta varias entrevistas para una oferta de trabajo imposible que son, finalmente, una excusa para otra loa a nuestra entrega y dedicación a la familia, y a nuestra desaparición sin reproches detrás de las sonrisas de los nuestros: “si ellos están bien, yo estoy bien”. Me pasa siempre con estos vídeos: que primero me cautivan y después me ponen triste.

Ilustración de Merche Escribano

¿Por qué se echan a reír todos y todas las candidatas cuando descubren que al perfil requerido para el puesto solamente se ajustan las madres? Les estaba pareciendo tan abusivo, tan terrible, tan ilegal, tan inhumano que les estuvieran proponiendo aceptar gratuitamente esa tarea demencial…  Y, sin embargo, ¿está todo bien si es para una madre? ¿A nadie le dan ganas de llorar? ¿Nadie siente una tremenda rabia por cada una de esas sonrisas cómplices con la losa que se nos pone a las mujeres sobre el pecho cuando somos madres?

Pues se ve que no. Se ve que si le escribes una carta a tu madre, ella se va a quedar tan contenta y ya está. Y así es en la mayoría de los casos. Porque nos han educado para que nos merezca la pena ser madres e, incluso, para que no veamos la pena casi por ninguna parte. Viñeta de Mafalda

No escapan al poeta Marwan las múltiples situaciones de injusticia que soportamos las mujeres de todo el mundo: la violencia machista, los techos de cristal, el trabajo no remunerado, la brecha salarial, “querer y callar”, la dictadura de los cosméticos, las mujeres como objetos para el goce, los matrimonios acordados… Dice “mujeres a las que obligamos a ser madres, amantes, florero, costilla, cenicientas, cocineras, putas (…) felpudo…”.

Y añade: “no tenemos el valor de reanudar el mundo con ellas al mando, con nosotros al mando, con todos al mando”. La verdad es que este poema es muy hermoso: la denuncia de la desigualdad está por todas partes y pongo en valor este texto por ello. Pero echo en falta una llamada a la desobediencia de los hombres ante las normas, las costumbres y las creencias manifiestamente abusivas y opresoras que viven sus compañeras. También, y sobre todo, acuso la ausencia de un posicionamiento de querer estar junto a nosotras en una reivindicación que no es nuestra, sino de toda la sociedad; de cualquier sociedad que se quiera llamar justa: “mujeres frenadas, mundo patriarcal, mundo enfermo”.

“Compañeras” es, precisamente, el nombre del video poema y esto es lo que dice Marwan en los últimos versos:

“Yo solo quiero que descansen, que las dejemos descansar; que este siglo, poco a poco, les devuelva lo perdido, sus horarios. Que dejen de limpiar nuestro camino, de resolver nuestro crucigrama, que ya tienen bastante con los suyos”.

Compañero Marwan: ¿no cabrían aquí unos versos para una llamada general que haga factible tu deseo? ¿Una llamada a “reanudar el mundo con ellas al mando, con nosotros al mando, con todos al mando”?

Nuestro descanso y las respuestas de los crucigramas no caerán del cielo, por mucho que haya hombres que se aparten para admirar cómo le rompemos la cara al invierno y nos partimos la cara por el resto.

Dices tú, compañero poeta: “Madres, mujeres, hermanas, pareja, compañeras, eternas, compañeras, milagro, compañeras, sin dueño, compañeras y siempre compañeras”. Digo yo: mejor un compañero que acompañe y no se aparte.

 

Mujer de verso en pecho

21/03/2017 en Doce Miradas por Miryam Artola

“Cuando me dolía el brazo de tanto acariciar,
la mano de tanto bendecir,
el culo de tanta patada decidí: (¿Qué decidí?)
¡Ah! No dejarme pegar y sobre todo no pegarme a mí.”
Gloria Fuertes, Obras incompletas, p. 297

 

Este año celebramos el centenario del nacimiento de Gloria Fuertes.  Referente de la literatura infantil y también de la poesía adulta: Gloria, como decía ella…”una perdida entre tanto mangante” pisa firme hoy, con merecido lugar propio, en el mar del arte y las palabras. Esa mar en la que las caras visibles están copadas y ocupadas por los hombres.  Camilo José Cela se refería a ella como “la angélica y alta voz poética a la que los hombres y las circunstancias putearon inmisericordemente”.

La poeta de las niñas, de los niños. Pero sobre todo “la mujer de verso en pecho”, nos regaló ingeniosos (casi plásticos) versos comprometidos con el feminismo, la paz… con la Vida al fin y al cabo; mostrando con destreza, ironía y frescura los rincones profundos de la alegría, el dolor, la muerte y la soledad.

Son muchos y muy buenos los artículos y libros que recogen los poemas y la vida de Gloria fuertes (destaco especialmente “El libro de Gloria Fuertes, antología de poemas y vida” de la Editorial Blackie Books). A ellos me sumo, con este pequeño homenaje lleno de admiración y agradecimiento, en mi caso a modo de… bio-graphic.

 

Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
—supervivo de todos los naufragios—,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.

Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
—hacer reír a los clientes desahuciados—,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.

Nací para nada o soldado,
y escogí lo difícil
—no ser apenas nada en el tablado—,
y sigo entre fusiles y pistolas
sin mancharme las manos.”

Somos mujeres

14/03/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Elena López (@_mariaelena95_). Describirme a mí misma sería un poco narcisista. Pero, he de decir que soy una humilde estudiante canaria perdida por tierras madrileñas. Mis ojos han sido despertados por el interés de la Criminología, y aquí estoy, en el último año del grado en la Universidad Rey Juan Carlos. Y siendo mujer, mi alma ha gritado la importancia como tal. El alma como tal. El corazón como amor. Siendo mujer, he sido atraída por quien te dice querer. Aunque luego demuestre lo contrario. Porque a veces, no hace falta explicaciones. Porque a veces se siente o no se siente.

Cuatro puñaladas. Vamos a ocho. No, ocho no que son pocas, doce mejor. Órdenes de alejamiento de por medio. Denuncias escritas, otras sin resolver. Sangre recorriendo toda el alma. Dolor por todo el corazón. Dolor en la mirada. Dolor al sonreír. MUJERES.

¿Qué manera tan cruel de morir, no? Qué forma de acabar con la vida de una persona. Persona que te ha disparado sonrisas al corazón, y no disparos que quitan la sangre del amor.
Y llego a la conclusión de, ¿por qué? ¿Por qué a ellas? ¿Por qué, si hay seguridad? ¿Por qué hay individuos que deciden acabar con la vida de quien dicen querer, de quien dicen amar? ¿Por qué? No existe explicación alguna que muestre una respuesta a esta vía sin salida, sin escapatoria. Bueno, sí. Son MUJERES.

Son molestia. Son “objetos”. Son cansancio. Son aburrimiento. Son pérdida de tiempo. Son esclavas. Son amas, pero no de casa. Son agobios. Son incomprensibles. Son difíciles. Son raras. Son egoístas. Son provocativas. Son guapas, pero solo para la mirada de quien las posea. Son MUJERES.

Qué triste no reconocer el valor de una persona. Qué lastima no hacer sonreír a la persona que amas. Qué pena hacerle perder el tiempo a alguien que da la vida por ti. Que mueve el mundo por ti. Que se cambia por ti. Que transforma tus días negros, en color. Que te da su alma a cambio de nada, o ¿sí? A cambio de cariño. De amor. De pura compañía.

Transformar la claridad de un precioso día, en pura oscuridad. En pura cueva sin salida. Transformar a tu amor en un ser sin ganas de vivir. Sin ganas de reír. Sin ganas de salir. Sin animo para sonreír. Sin ánimos para recomponer los cristales que tú le rompiste a pedazos. Los que le rompiste por gusto. Por diversión. Por héroe. Pero claro, son MUJERES.

Mujeres atadas a una relación de cuento. De mentira. Enredadas a un amor imaginario. A un amor que decía ser para toda la vida. A un amor que la cuidaría durante todo el viaje. El viaje de sus vidas. Un viaje lleno de aventuras, de locuras, de amor. Un viaje de ida, pero no de vuelta. Un viaje decidido por ambos. Un acompañante elegido. Un compañero de vida. Un amor escogido. Un amor roto.

No te engañes. Nunca te conoció. Nunca sus ojos te dijeron te quiero. Nunca su sonrisa te dijo te amo. Nunca te conoció. Nunca jurarías que haría eso. Nunca imaginaste un mundo sin luz. Nunca pensaste que su alma se quedaría sin tinta. Nunca imaginaste que esa tinta te la pintaría a ti. A tu corazón. Nunca imaginaste ver cristales por el suelo. Nunca imaginaste no poder caminar descalza. Nunca le conociste. Nunca le conociste lo suficiente porque eres MUJER.
Pero es que hay personas que se basan en la piel. En el roce. En el amor. Quizás no lo sabéis, “queridos hombres que hacen derramar lágrimas a esos seres de los que presumen amar”, pero muchos de esos seres necesitan alma. Necesitan magia. Necesitan corazón.

Que no se entiende, pero es que el amor no se explica. El amor no entiende de edades, de situaciones, de números, ni de distancia. El amor no entiende de nada. El amor es piel con piel. Pero la piel es de quien la cuida, no de quien la destroza. Que quizás no lo sabéis, pero hay amores que se acaban. Que terminan. Que donde vosotros veis un punto y aparte, no os engañéis, hay un punto y final. Y ese punto y final es para ti.

Son. Bueno, somos MUJERES sí, pero no os equivoquéis. No buscamos un piropo fácil de pronunciar. Buscamos un alma difícil de encontrar. Somos difíciles, pero es que lo fácil aburre y no es hermoso. Para ser hermoso tiene que ser difícil, ¿no creéis? Quizás se cansó. Se cansó de tanto aburrimiento. De tanta monotonía. Sí, también somos aburridas. Es que tenemos una rareza que nos hace peculiar, una búsqueda de sentidos diferente. Una búsqueda de sentimientos egoístas. Pero bueno, es que buscamos amor y cariño, y claro, eso es muy difícil de encontrar. Muy difícil de dar.

Alma. Magia. Corazón. Eso buscamos. Eso anhelamos. Eso queremos. ¿Por qué? Porque somos MUJERES. MUJERES nacidas para vivir, pero mejor sin dolor. MUJERES pintadas para sonreír, pero sin escondites. MUJERES recreadas para volar, pero en libertad.

¿Y queréis una explicación?
Somos MUJERES.

8 frases para el 8 de marzo

07/03/2017 en Doce Miradas por Doce Miradas

Siempre quedará la duda razonable: ¿cuánto de verdadera conciencia hay tras las celebraciones del 8 de marzo y cuánto de “reivindicación políticamente correcta”?
Compartimos esta duda, ya que hasta que estas declaraciones metidas en calendario no se vean soportadas por acciones concretas, por medidas correctoras y activas en el día a día, siempre quedará esa sombra de incertidumbre.
Desde esa posición que nos lleva a estar permanentemente en situación de alerta (¡qué cansado resulta!) nos alegra ver que cada vez más agentes de todo tipo y condición consideran incómodo optar por quedarse al margen de la denuncia de las desigualdades. No siempre ha sido así, y seguro que cualquiera que esté leyendo esto puede recordar 8 de marzo menos relumbrantes que estos últimos. Días en los que unas pocas mujeres se manifestaban casi solas por las calles. Bienvenidos sean los codazos en las fotografías oficiales y en las pancartas; es señal de algo, queremos pensar.
La igualdad es camino de largo aliento; necesita muchos pasos, y muchas piernas dispuestas a recorrerlos. Hemos recopilado algunas citas que de una u otra forma nos han ayudado a lo largo de la historia a no desfallecer.
No están todas las que son, pero son todas las que están.

1 – “El lenguaje, la palabra, es una forma más de poder, una de las muchas que nos ha estado prohibida” – Victòria Sau

2 – “La gente se siente mucho más a gusto con el feminismo estilo “Cincuenta sombras de Grey”. Posiblemente piensan que que la vida sería mejor si las sufragistas no hubieran reclamado el voto femenino y se hubieran limitado a disfrutar encadenándose al mobiliario urbano.” – Frankie Boyle, escritor y humorista

 

3- “Me convertí en feminista porque la alternativa era convertirme en masoquista.” – Sally Kempton, escritora

4 – “Ginger Rogers hizo exactamente todo lo que hizo Fred Astaire, pero marcha atrás y con tacones.” – Faith Whittlesey, política norteamericana

5 – El feminismo es un movimiento político socialista y antifamiliar que anima a las mujeres a abandonar a sus maridos, matar a sus hijos, practicar la brujería, acabar con el capitalismo y hacerse lesbianas. – Pat Roberson, telepredicador norteamericano

6 – “El feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas” –  Angela Davis

7-  “No dudemos jamás de que un pequeño grupo de personas conscientes y comprometidas puede cambiar el mundo.”Margaret Mead

8- “La igualdad de género es más que un objetivo en sí mismo. Es una condición previa para afrontar el reto de reducir la pobreza, promover el desarrollo sostenible y la construcción de buen gobierno” – Kofi Annan

El patriarcado es como el calentamiento global, o por qué vamos a la huelga este 8M.

28/02/2017 en Doce Miradas por Christina Werckmeister

El patriarcado es como el calentamiento global, no hace falta creértelo para que te siga jodiendo.

 

Ya estáis pensando que voy a acusar a “los hombres” de cargarse el planeta. Ese sería un típico acto reflejo cuando la mayoría de personas oyen la palabra “patriarcado”. (Para un análisis razonado, fino y acertado, y con la legitimidad de la voz masculina, ver “No nos gusta que nos cuestionen“)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿La mayoría? ¿Mujeres también? Pues sí. Como del calentamiento global, nadie se libra.

 

 

Sí, nos afecta a todas y a todos, solo que no de la misma manera. Igual que el calentamiento global afecta más a unas personas que a otras.

Fuente Traducción: Según la investigación, se estima que el cambio climático reducirá los ingresos medios en el 40% de los países más pobres en un 75% en el año 2100, mientras que el 20% de países más ricos pueden experimentar ligeras ganancias.

 

Para poder colocar jerárquicamente a unas personas en posiciones de poder y otras no, el patriarcado se ocupa con mucho ahínco en dividirnos en dos. Y nos dice constantemente quién es quién, cómo ser hombre y cómo ser mujer, cómo distinguir entre hombres y mujeres mucho más allá de los genitales, y finalmente para qué sirve cada uno (y para qué no). Y una vez naturalizada la inevitabilidad de todo esto, nos podemos tranquilizar que todo está bien como está, y cambiarlo sería muy malo.

Hay personas a las que la palabra “patriarcado” les parece un “palabro”. Les suena o bien a “cultismo” académico no apto para el gran público, o bien a eufemismo sobre-expuesto del tipo enervante como “emprender” o “innovación”.

Tal vez estas reacciones sean en sí mismas sutiles formas de rechazo al concepto. Al fin y al cabo se nos llena la boca con un sinfín de categorías de análisis para explicar nuestros “problemas sociales” y los desequilibrios de poder (raza o etnia, nacionalidad, clase, religión etc). Pero si utilizas el género para analizar ciertos temas “espinosos” (terrorismo, guerra, pobreza, violencia, militarismo, abusos sexuales etc), en cuestión de pocos segundos alguien inevitablemente dirá que no seas tan suspicaz y dramática, ¿no somos todos iguales o qué? Curiosamente en temas como quién limpia mejor, quién cuida mejor a las criaturas, quién conduce mejor, quién es más emocional, o quién sabe dónde están esos malditos calcetines negros que parecen haber desaparecido (!), las categorías de género son perfectamente válidas y parecen poder explicarlo todo.

Hace poco escuché a Amelia Barquín. Doctora en Filología Románica y profesora de Educación Intercultural y Educación y Género en HUHEZI (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de Mondragón). Ella contaba cómo su alumnado dieciocho-añero llegaba sabiendo muy bien qué es el capitalismo, el marxismo, sí, incluso el calentamiento global. Pero nadie sabe qué es el patriarcado. Consecuentemente, lo explica a principio de cada curso:

Patriarcado: el sistema sociopolítico en el que el género masculino tiene supremacía y mayor contacto con el poder (en política, economía, religión…)

Vale la pena escuchar su conferencia completa, pero aquí os comparto su explicación del término.

Barquín continua describiendo cómo se transmite, pervive y se adapta este sistema sociopolítico no solo a través de nuestras leyes y normas formales sino infinitamente codificado en nuestras diversas culturas planetarias.

Aquí no voy a meterme de lleno en la definición, orígenes, funcionamiento o consecuencias del patriarcado. Hay muuuucha literatura disponbile. Si habéis leído hasta aquí ya os habréis fijado que esto es más bien una cadena de “memes”, mecanismos que hoy en día nos entretienen con su humor instantáneo y tontorrón, pero que a veces son capaces de provocar pensamientos (!)

 

 

 

 

Pero sí es útil de momento especificar que aquí, en “el norte global” no hemos superado el patriarcado. Más bien, éste va mutando constantemente cual Terminator, adoptando nuevas formas y regenerándose para parecer lo que no es.

La filósofa ecofeminista Alicia Puleodistingue entre dos tipos de patriarcado: patriarcados de coerción, los que estipulan por medio de leyes o normas consuetudinarias sancionadoras con la violencia aquello que está permitido y prohibido a las mujeres, y los patriarcados de consentimiento, donde se da la igualdad formal ante la ley: los occidentales contemporáneos que incitan los roles sexuales a través de imágenes atractivas y poderosos mitos vehiculizados en gran parte por los medios de comunicación”.

 

 

 

 

 

El patriarcado es como el calentamiento global, que nos rodea en la atmósfera invisible del ozono, y se perpetua a través de los deseos consumistas de la especie humana.

 

 

 

 

Y como no se ve, y ciertamente a muchos beneficia, nos dirán que no existe, que eso es parte de la peligrosa “ideología de género”. ¿Qué te parece más ideología?

 

 

 

Así que negarán su existencia como aquellos que niegan el cambio climático. Pero, preguntémonos: ¿Qué pasa si trabajamos por una sociedad justa e igualitaria, aunque lo del patriarcado sea mentira?

Traducción: “¿Qué pasa si (el cambio climático) es mentira y hemos creado un mundo mejor para nada?”

 

 

 

 

A veces no lo entiendo (pero lo entiendo). Cuando niegan las evidencias científicas, ¿Qué quieren? Seguir teniendo “derecho” a polucionar el aire, envenenar el agua, deshacernos de especies tras especie (incluida la humana)? Y cuando niegan el patriarcado? A qué quieren seguir teniendo “derecho”?

Y allí es cuando empieza la tergiversación absoluta, y resulta que los hombres lo tienen mucho peor que las mujeres. ¡Cielos!

 

 

 

 

 

 

Por favor , cálmate y piensa

Traducción: Los problemas que estás atribuyendo al feminismo son el resultado del patriarcado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Entonces, qué queremos las personas feministas? ¿Un matriarcado? La respuesta es no.

Pero comprendan también que, como el calentamiento global, el patriarcado también lo es, y por eso vamos a la huelga este día 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres:

No nos gusta que nos cuestionen

21/02/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Mikel Otxotorena. (Hernani, Gipuzkoa, 1974.) Sociólogo de formación. Máster en Cooperación Internacional para el Desarrollo (HEGOA) y Máster en Igualdad entre Mujeres y Hombres (UPV/EHU). Mi trayectoria profesional se ha forjado en el ámbito de la cooperación internacional al desarrollo y en el de la igualdad entre mujeres y hombres. En la última década mis inquietudes, militancia y trabajos como consultor de género y masculinidades, a nivel nacional e internacional, han estado vinculados principalmente a la igualdad, con especial hincapié en el trabajo con los hombres y las masculinidades desde una perspectiva feminista y LGTBQI+.

Hace muy pocas semanas le dimos la bienvenida al nuevo año y las dinámicas vinculadas a las desigualdades entre mujeres y hombres siguen presentes. Esto no ha cambiado nada. Seguimos asistiendo a asesinatos de mujeres, agresiones sexuales, agresiones fóbicas a personas LGTBQI+[1], reacciones sexistas en todas las esferas de la sociedad y un largo etc. Da igual que cambiemos de año, que el día a día sigue igual de hostil.

En este artículo, sin embargo, no me voy a centrar en quienes sufren de manera más directa y violenta las consecuencias de estas desigualdades. En esta ocasión quisiera poner la lupa sobre nosotros, los hombres. No para hablar de nuestros protagonismos, sino más bien para analizar qué pasa cuando esos protagonismos son cuestionados mediante diferentes argumentos, y qué debates y/o elementos deberíamos introducir al analizar este tema.

Es habitual que ante un cuestionamiento de nuestros argumentos (al margen del tema que estemos tratando) nuestra reacción sea cierta incomodidad, ya que de alguna manera nuestros protagonismos también se ponen en cuestión. Por supuesto que ni todas las incomodidades, ni todas las formas de cuestionar nuestros argumentos son iguales. Algunas nos generan más incomodidad que otras. Y como consecuencia generan reacciones diferentes. Pero quisiera centrarme en aquellos cuestionamientos bien argumentados para hacer el análisis de las reacciones que generan desde una perspectiva de género. Por ejemplo, ¿reaccionamos los hombres de la misma manera cuando el cuestionamiento de nuestros argumentos (y por tanto de nuestros protagonismos) proviene de una mujer u hombre cisgénero, de un hombre gay, de una lesbiana o de una persona transexual? O ante ciertos argumentos o discursos de los feminismos, ¿por qué se generan semejante abanico de reacciones por parte de los hombres? Las reacciones van desde las más reaccionarias, pasando por la indiferencia (o mal llamada neutralidad), el victimismo, hasta la autodefensa mediante lo políticamente correcto.

Quizás debamos poner la atención en la lógica jerarquizada, consciente o inconsciente, de las identidades de género que tenemos como fruto de la socialización que recibimos como mujeres y hombres. Desde esta lógica, las opiniones de las mujeres, por ejemplo, se miden desde un prisma androcéntrico y no tienen el mismo peso que la de los hombres. Esta jerarquización patriarcal también se da entre los propios hombres, por supuesto, pero parece que no tocan tanto la fibra sexista como cuando provienen de las mujeres.

Encontramos una infinidad de ejemplos sobre estas reacciones (generalmente en los hombres) que nos indican que algunos argumentos feministas dan en el punto de flotación de la hombría. Vean, o mejor dicho lean por ejemplo los comentarios que aparecen en un artículo reciente de Barbijaputa. Detrás de muchos de estos comentarios nos encontramos con la idea de “tú a mí no me cuestionas” o “quién eres tú para cuestionarme a mí”.

Hay quien dirá que se reacciona de esta manera por las formas de presentar los argumentos. Y sí, las formas son importantes, pero muchas veces el fondo de la cuestión queda difuminado y no se va más allá. Quizás la pregunta clave sea: ¿por qué nos molesta?

¿Por qué nos toca la fibra? Pregunta sencilla de hacer pero difícil de contestar. A la hora de construir las respuestas es necesario incluir algunos debates que hasta la fecha apenas se han dado por parte de los hombres, como por ejemplo:

  • El papel que juegan en mi malestar los privilegios y las relaciones de poder. Dicho de otra manera, la mochila de sexismo que tengo (en el grado que sea), ¿qué lugar tiene en mi malestar?
  • Comenzar la tarea de responder a la pregunta planteada, desde lo social hasta lo individual, nos puede permitir encontrar algunas respuestas en el camino. Comenzar a mirarnos y analizarnos los hombres, como grupo social y terminar haciendo ese mismo trabajo como individuos, es un camino interesante. Seguramente no agradable, ya que lo más probable es que nos encontraremos con muchas contradicciones entre la teoría y la práctica. Pero será necesario realizar ese camino.
  • Ser conscientes de en qué modo, en mayor o menor medida, contribuyo a la reproducción del sexismo. Como dice Barbijaputa en el artículo mencionado, desde el momento en el que un hombre piensa que él ya no forma parte del problema, y que el machismo se ha evaporado de su cuerpo como si fuera agua, se convierte en algo más peligroso que un simple machista. Uno de los errores en el cual caemos es agrupar a los hombres en dos bloques o en uno: buenos y malos. O todos malos por el simple hecho de ser hombres. Pero sabemos que es más complejo que todo ello y que ciertas clasificaciones no sirven de nada. Es más, nos distorsionan el análisis, las reflexiones que podamos hacer.
  • Para todo esto, entender, aprender y vivir qué nos dicen los feminismos será imprescindible. Y subrayo vivir, ya que la teoría es relativamente fácil de repetir. Los hombres tendemos a asimilar la oratoria y el discurso enseguida. Hemos sido y seguimos siendo socializados para manejarnos en lo público, con todo lo que ello conlleva de protagonismos. Poner en práctica en nuestra cotidianidad lo teórico será imprescindible. Pero existe otro movimiento que tiene que estar presente: el movimiento LGTBQI+, con todas sus teorías, variedad y corrientes. Como digo siempre, la misoginia y la homofobia son los dos pilares fundamentales de la masculinidad sexista. Con lo cual algo tendremos que aprender de quienes llevan trabajando desde hace años para erradicar estas dos fuentes de discriminación que van de la mano.
  • Relacionado con lo anterior y para que las tripas no se nos revuelvan, será importante entender que las mujeres deben liderar los feminismos y que nuestro trabajo y lugar debe estar como aliados. Si lo comparamos con el trabajo del movimiento LGTBQI+, a nadie se le ocurriría pensar o decir que las personas heterosexuales deberían dirigir o co-dirigir ese movimiento.

Algún hombre que esté leyendo este artículo pensará que como tal, no se siente nada identificado con lo que está leyendo y siente la necesidad de hacer público su desacuerdo. Por supuesto que mostrar un desacuerdo es algo positivo, siempre y cuando se haga desde el respeto. No obstante, lo que pretendo es que pongamos el foco de atención en lo que me está motivando, lo que me lleva precisamente a tener que hacer público mi desacuerdo. Las respuestas que obtengamos nos ayudarán a entender cómo el sexismo puede o no estar presente y a qué nivel está jugando sus cartas.

Entraremos en un terreno farragoso. Pero nadie dijo que fuera fácil. Y al fin y al cabo lo que estamos planteando es desaprendernos de una manera concreta de ser hombres, y aprender a vivir como hombres de una forma más justa, democrática, equitativa e igualitaria. ¡Casi nada! Pero o entramos al barro siendo cuestionados y cuestionándonos nosotros mismos o no avanzaremos en la construcción de esas sociedades tan anheladas.

[1] LGTBQI+: estas siglas se refieren al movimiento de Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales, Queer, Intersexuales. El “+” se añade para denotar la amplia diversidad de orientaciones e identidades, y así incluir a aquellas personas que no se identifican con las categorías anteriores.

El poder de la vulnerabilidad

14/02/2017 en Doce Miradas por Begoña Marañón

Abandonadas, desilusionadas e indefensas. Así se sienten muchas mujeres que tenemos a nuestro alrededor. Son mujeres que viven en nuestros barrios, que cruzamos por la calle, mujeres que asisten a nuestras charlas, que leen nuestro blog, mujeres que nos necesitan. Mujeres que no se atreven a hablar en público, que no se atreven a preguntar, que no tienen puerta a la que llamar. Yo he conocido a una de ellas y desde aquí quiero prestarle mi voz.

Todo empezó en las XVI Jornadas de Igualdad del Ayuntamiento de Portugalete que se celebraron el pasado mes de noviembre. Bajo el título “Diversas y poderosas”, me atreví a contar lo que yo llamo mis Lecciones Aprendidas: un largo camino hacia la dirección. Como siempre en estas ocasiones, hay que combatir una buena colección de dudas: ¿les interesará lo que les cuento? ¿Acertaré con la charla? ¿Con el tono? En fin, todas esas preguntas que las mujeres nos hacemos demasiado a menudo. Yo había diseñado un recorrido por las etapas profesionales de mi vida y de cada una de ellas extraía unas lecciones que me han servido para seguir avanzando y que me gusta compartir.

Pasados unos días, recibí un extenso email de una de las asistentes en el que me relataba las impresiones que le había causado mi charla, las preguntas y reflexiones que no se atrevió a hacer en voz alta. Y así conocí a Ariadna, una mujer que lucha a diario por recuperar la ilusión.

Ariadna me escribió para darme las gracias “por haber compartido mi experiencia y mi recorrido con todas las asistentes”. Además, me transmitió “todo su respeto y admiración” por lo que ella denominaba “mi éxito profesional y personal”, dicho lo cual, me comunicó que iba a ir “al grano”.

Ir al grano significaba que me iba a decir lo que realmente pensaba y necesitaba decirme.

El poder de la vulnerabilidad

Y fue entonces cuando me confesó que, “aunque mis palabras, mi relato, podría ser fuente de inspiración y motivación” –me voy a ahorrar todos los halagos porque no vienen a cuento– también mis palabras podían ser “un arma de doble filo”. “Sobre todo, afirmaba, si llegaban a mujeres que, como en su caso, no tienen éxito profesional y, lo que es peor, se ven con escasas o nulas oportunidades, desilusionadas y temerosas de no alcanzar un objetivo en la vida”.

Hubiese sido más inspirador para Ariadna, según me contaba, conocer los obstáculos personales con los que me encontré a lo largo de mi carrera, mis miedos reales, mis fracasos, (ella los llama mis no éxitos), saber quiénes no me apoyaron, cómo organizaba mi vida familiar, quién cuidaba a mis hijas mientras yo trabajaba, si tenía o no problemas económicos; en definitiva, me decía, todos esos asuntos imperantes para la mayoría de mujeres que luchan cada día. Parecía que necesitaba más cómo aprender a vencer los obstáculos que escuchar los avances, conocer los problemas reales de cada día, más que tomar nota de mis lecciones aprendidas.

También me confesó que se había quedado, tras escucharme, “apabullada, boquiabierta, deslumbrada con mi periplo vital, a la vez que triste, apagada, pequeñita, al comprobar que la mayoría estamos, afirmaba, a otro nivel”. Esto realmente me preocupó.

Y me recordó la teoría del poder de la vulnerabilidad que me había contado mi hija Verónica, según una investigación llevada a cabo por Brené Brown, y el alcance del término conexión. Significa que, cuando tú te abres, cuando te abres con todo el corazón, cuando te muestras como eres y no como tienes que ser, te conectas. La habilidad de sentirnos conectados es lo que da felicidad a nuestras vidas. Por eso es muy importante sentir que somos dignos de esa conexión. Y quizá, lo que realmente había ocurrido, es que Ariadna no conectó conmigo o no conectó con esa parte de mi relato que le hizo sentirse así. Porque, según explica Brown, “para que exista esa conexión, debemos dejarnos ver, que nos vean de verdad”.

Por eso, cuando después nos hemos conocido personalmente y hemos tenido la oportunidad de conversar, cuando le he hablado de mis miedos, de mis dificultades, cuando me ha visto más de cerca y me he dejado ver, creo que se ha producido esa conexión. En el fondo, y no tan en el fondo, ¡somos tan parecidas!

La jaula

Ariadna también me habló de lo que ella denomina “una realidad invisible de muchas mujeres, de todas las edades y lugares del mundo, pero sobre todo, no de las que tienen un techo de cristal (afortunadas mujeres, debe de pensar), sino de las tienen una jaula por sus cuatro costados”.

 

Me cuenta Ariadna que siente que “en esa jaula les niegan el acceso al conocimiento y al desarrollo personal”. Es una jaula “a la que únicamente les tiran deshechos de desinformación y manipulación, con los que ellas deben construir, con mucha dificultad, una realidad que les permita sobrevivir”.

Por eso ella, y muchas mujeres como ella, se sienten indefensas, desilusionadas y abandonadas.

Indefensas, porque carecen de herramientas para enfrentarse a los obstáculos, a los retos, para gestionar las emociones, las decisiones, los conflictos, la adversidad, los complejos físicos y psicológicos, las relaciones.

Desilusionadas, porque no hallan, a corto ni medio plazo, metas ni objetivos por los que luchar. Siente que la ilusión no nace por sí sola, que necesita del conocimiento, del saber de la esperanza, de la solidaridad recíproca.

Abandonadas, porque ni la sociedad, formada por personas individuales, algo que quiere remarcar, ni las instituciones, ni el prójimo, conocen ni actúan sobre esta realidad. Es posible que se hable de ello, pero no es suficiente: hay que hacer, hay que actuar.

La palabra ‘esperanza’ me hizo recordar unas palabras del médico psiquiatra Enrique Pichon-Rivière, quien propone operar sobre la incertidumbre y la desesperanza mediante la gestión de proyectos colectivos.

 

“En tiempos de incertidumbre y desesperanza, es imprescindible gestar proyectos colectivos desde los cuales planificar la esperanza junto a otros”.                         Enrique Pichon-Rivière

 

Porque es cierto que lo colectivo sostiene, crea red, acompaña en lo bueno y abre sus brazos especialmente para lo malo. El grupo recoge y acoge, da aliento, empuja y ayuda a doblar los barrotes de la jaula.

Y volviendo a Brené Brown, conviene recordar que uno de los motivos que nos mantiene desconectados es nuestro miedo a no ser dignos de conexión. Y ese miedo lo tenemos todas, Ariadna. Lo que incrementa ese sentimiento de vulnerabilidad insoportable es lo que tantas veces pensamos: “No soy suficientemente buena”.

A esto Brown dice que debemos tener el coraje de saber que somos imperfectas; aceptar por completo nuestra vulnerabilidad para dejarnos ver y saber que en ese núcleo de vergüenza y miedo a partes iguales es donde nace la dicha, la creatividad, la pertenencia, el amor.

Pero también se avanza con la acción, Ariadna, como bien has comprobado. Se avanza haciendo, saliendo al exterior, buscando los espacios para crecer y volar. Despliega tus alas, Ariadna para imaginar sin límites. Y recuerda que ya has encontrado una puerta a la que llamar.