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Nosotras renunciamos, ellos no

27/11/2018 en Doce Miradas por Naiara Pérez de Villarreal

Mi hija Maddi asistió a algunas reuniones de trabajo en sus primeros meses de vida. Cada vez que veo esta foto, me viene a la cabeza la misma idea: la indefensión legal que tenemos en nuestras profesiones las mujeres que queremos y decidimos ser madres.

Tengo 38 años, soy una madre afortunada y orgullosa de una niña de cinco años y un niño de dos, y trabajo por cuenta propia. En mi caso, creo que ser madre no ha supuesto demasiadas renuncias a nivel profesional. Pero algunas, hay. El tiempo que dedico a mi profesión es menor que cuando no era madre, lo que ha supuesto poder afrontar menos proyectos y, por tanto, facturar menos. En mi primer embarazo, apenas pude disfrutar de una baja por maternidad. Entonces, la ley no me permitía facturar durante la baja de maternidad, pero sí estaba obligada a seguir cotizando a la seguridad social, por lo que no me salía muy a cuenta alargar más allá del primer mes esa baja. Hoy, afortunadamente, esa situación ha cambiado y no tienes que afrontar el pago a la seguridad social durante ese periodo de “descanso”. Así que, hoy, no supone tanto lastre económico acogerte al permiso de maternidad durante el tiempo que te permite la ley. Quizás Maddi, de haber nacido ahora, se hubiera perdido alguna reunión.

En mi entorno, conozco bastantes casos de mujeres que han tenido que renunciar a proyectos profesionales que podían suponer una progresión importante en sus carreras por estar embarazadas. Muchas veces les frena el hecho de que piensan que estar embarazadas les resta oportunidades o incluso las descarta a la hora de ser seleccionadas. Y no les falta razón. Es habitual que en una entrevista de trabajo te pregunten por tus planes de maternidad. No es legal ni ético, pero se sigue haciendo a través de preguntas-trampa como, “¿Qué haces en tu tiempo libre?” o “Hablemos un poco de tu vida personal…” o “¿Tienes algún problema para viajar fuera o alargar la jornada en algunas ocasiones?”.

Hace poco, una amiga cercana se encontraba en un proceso de selección para promocionar dentro de su empresa. Me contó que estaba embarazada, e inmediatamente después me dijo con tono de renuncia: “con esto no creo que tenga muchas opciones al puesto”. Su reflexión me pareció tan injusta pero tan realista, que solo me preguntaba: ¿Le compensa a la empresa perder a una candidata idónea para un puesto porque va a estar cuatro meses de baja?, si el candidato idóneo fuese un hombre que va a ser padre, ¿también le penalizaría? Ya conocemos la respuesta.

Clausulas “antiembarazo” en el deporte

En el deporte de élite, la situación es aún más desfavorable para ellas. Hemos visto ya varios casos en los que grandes deportistas mujeres pierden a sus patrocinadores por quedarse embarazadas. Es el caso de Blanca Manchón, seis veces campeona del mundo de windsurf, que en 2016 decidió ser madre, y sus patrocinadores desaparecieron tras hacerlo público. Tuvo a su hijo, y después luchó para lograr ser campeona por sexta vez, a pesar de no poder competir en las mismas condiciones que algunas de sus rivales. Por ejemplo, no pudo contar con una embarcación de asistencia durante la competición. Su historia la podéis ver en este vídeo.

Pero ¿a qué no os imagináis a deportistas de élite masculinos que sean abandonados por sus patrocinadores por tener una lesión de nueve meses de duración?

Blanca Manchón, Maialen Chourraut, o Venus Wiliams por ejemplo, han logrado volver a la élite, pero ¿cuántas se quedan en el camino o simplemente renuncian a sus sueños de ser madres?

Uno de los casos más llamativos lo tenemos en el fútbol femenino. Entre los dieciséis equipos de Primera División en España no hay ninguna futbolista que sea madre. Por supuesto que hay un condicionante físico que afecta a cualquier deportista mujer. Pero, a ello contribuye, la falta de convenios colectivos u otras condiciones laborales pésimas, como las cláusulas “antiembarazo” en los contratos que firman por miedo a quedarse sin trabajo y la imposibilidad de conciliar. Sí, habéis leído bien…¡cláusulas “antiembarazo” en el siglo XXI!

En este caso se está equiparando la maternidad con el dopaje, por ejemplo. Si te quedas embarazada o das positivo por dopaje, la entidad puede rescindir unilateralmente tu contrato. En otros países como EEUU, las futbolistas tienen el mismo problema que en España para volver a su estado físico tras el embarazo, pero por lo menos no temen quedarse sin contrato, y se les proporcionan todas las facilidades para su reincorporación. Claro está que allí el fútbol femenino sí está profesionalizado, por lo que quizás el debate sería ese.

Yo entiendo que para los hombres el cambio en sus vidas al ser padres no es una cuestión física y hormonal como para las mujeres, ya que a éstas les condiciona e incluso impide durante unos meses competir en ciertas especialidades. Pero de ahí a escuchar comentarios como el del periodista deportivo Juanma Castaño, que dijo que Sergio Ramos no debería despertarse por las noches para atender a su hijo porque tiene que descansar bien para ejercer su profesión, es de juzgado de guardia.

Como podemos ver en este vídeo, el mero hecho de ser mujer supone una carrera de obstáculos en la carrera de la vida, aunque la palabra “obstáculo” me suene demasiado fuerte a la hora de calificar la maternidad.

Ser madre es lo mejor que me ha pasado en la vida, y no lo cambio por nada, pero aún nos falta demasiado camino por recorrer para lograr la igualdad de condiciones en la actividad profesional sin renunciar a ciertas cosas. Y no estamos hablando de renuncias banales, estamos hablando de dar vida a otros seres...más que un obstáculo debería ser un “mérito” añadido a nuestro curriculum.

Hay mucho camino por recorrer para garantizar la igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito profesional. Además de la concienciación, es necesario y básico elaborar leyes que garanticen derechos elementales para que la maternidad deje de ser una amenaza (incluso para nosotras mismas) y se convierta en un derecho.

Que no nos hagan elegir entre carrera profesional o ser madre, no es justo. Los hombres no lo hacen.

Yo también soy feminista

20/11/2018 en Doce Miradas por Doce Miradas

Mikel Díez Sarasola (Donostia/San Sebastián, 1975). Pensé que a estas alturas de la vida disfrutaría de una visión satisfactoria del mundo que nos ha tocado vivir. Me equivoqué. Después de cursar Derecho, un postgrado en Berkeley (beca Fulbright), doctorado en Asuntos Internacionales y ahora mismo, filosofía por la UNED, sigo preguntándome cuestiones existenciales básicas. Mi evolución intelectual me conduce hacia posiciones políticas y personales comprometidas con la verdad y la justicia social; desconfío de construcciones sociales de identidad colectiva (nacional, de género o clase), a menudo, constituyen pretextos para legitimar el ejercicio del poder de unos pocos sobre el resto.  @Mikel10sarasola

 

EL FEMINISMO EN LA CENTRALIDAD DE LA REGENERACIÓN DEMOCRÁTICA GLOBAL

Tengo que comenzar estas líneas haciendo una confesión: hasta hace bien poco, el feminismo no era para mí más que un movimiento parcial y exclusivo del colectivo femenino, es decir, una ideología originada a finales de los sesenta por y para mujeres, que tenía por objetivo legítimo el de romper la jaula de cristal en que se había convertido la imposición de roles femeninos en la modernidad. De esta manera, el feminismo –así lo concebía- pasaba a engrosar el largo listado de “los otros”, de todos aquellos colectivos que cuestionaban y desafiaban el status quo del sujeto moderno que resultó ser hombre,  occidental, blanco, heterosexual y de clase media. La celebrada foto de Gillian Wearing ilustra muy bien las amenazas que se cernían sobre el actor hegemónico y único de la modernidad.

‘I’m desperate’ 1992-3 Gillian Wearing OBE born 1963 Purchased 2000 http://www.tate.org.uk/art/work/P78348

En este sentido, y desde mi entendimiento de la política como la aspiración universal de lograr la libertad y dignidad de todos los seres humanos, miraba con recelo todos los discursos que llevaran el adjetivo de “feminista”; teoría jurídica feminista, visión feminista de las relaciones internacionales, sociología feminista etc., por considerar que partían de unas premisas y se dirigían a un público limitado, el de las mujeres, un sector que, aunque fundamental en la reformulación política pendiente de la postmodernidad, no daba respuestas adecuadas –pensaba yo- ni integrales a la necesaria regeneración política y democrática de nuestras sociedades que ofreciera una alternativa política viable a la mundialización economicista (capitalista) hegemónica de nuestros tiempos.

Hoy me doy cuenta que me equivocaba profundamente; varios sucesos sociales y personales de los últimos tiempos me han hecho cambiar mi concepción sobre el feminismo y, a mirarlo con verdadera esperanza como la ideología de progreso para todos. Este proceso de descubrimiento e ilusión con el feminismo es precisamente lo que os quiero contar hoy. En efecto, en estos tiempos de transición donde nos invade una profunda crisis ideológica global y, donde la gente parece resignada e incapacitada para oponer resistencia y arbitrar unos nuevos consensos que pongan al ser humano y su bienestar en el centro de las decisiones colectivas, el feminismo se ha erigido como la única fuerza transformadora capaz de hacer frente a los malos augurios acerca de nuestro futuro y, de recuperar así el mito de la revolución francesa y de la promesa ilustrada de devolver la centralidad al ser humano haciéndole dueño consciente de su destino.

A este respecto, y frente a los movimientos de índole reaccionaria que atraviesan el universo político de las democracias occidentales (Farage, Trump, Salvini, Bolsonaro etc.) y, que amenazan las bases de la convivencia que han caracterizado nuestras sociedades desde la segunda guerra mundial, el movimiento feminista se ha mostrado como la única alternativa que ha logrado aglutinar a nivel global los diversos actores y fuerzas progresistas que buscan y reivindican un mundo más inclusivo, más justo y humano frente a una globalización deshumanizada que nadie parece controlar y, que se nos presenta como inevitable.

Especialmente ilustrativo de lo que acabo de mencionar fue la marcha de las mujeres que se celebró el 21 de enero de 2017 a nivel mundial, justo un día después de la jura del cargo como presidente de Estados Unidos por parte de Donald Trump. Esta manifestación espontánea fue mucho más que un alegato en defensa de las mujeres; esta movilización pacífica ha supuesto el momento en que las mujeres han adoptado la responsabilidad histórica de vehicular el cambio social desde unas premisas y con unas pretensiones de alcance universal. El discurso que la activista afroamericana Angela Davis dirigió durante la histórica jornada cristaliza mejor que ningún otro lo que he tratado de explicar y, que me permito transcribir en inglés:

At a challenging moment in our history, let us remind ourselves that we the hundreds of thousands, the millions of women, trans-people, men and youth who are here at the Women’s March, we represent the powerful forces of change that are determined to prevent the dying cultures of racism, hetero-patriarchy from rising again. […]The struggle to save the planet, to stop climate change […]  The struggle to save our flora and fauna, to save the air—this is ground zero of the struggle for social justice. […] We dedicate ourselves to collective resistance. Resistance to the billionaire mortgage profiteers and gentrifiers. Resistance to the health care privateers. Resistance to the attacks on Muslims and on immigrants. Resistance to attacks on disabled people. Resistance to state violence perpetrated by the police and through the prison industrial complex. Resistance to institutional and intimate gender violence, especially against trans women of color […]

A este respecto, no deja de ser paradójico que sea precisamente el feminismo el llamado a salvar los vestigios de esos valores ilustrados que han inspirado la idea de progreso en nuestras sociedades y, que han propiciado los grandes cambios políticos hasta nuestros recientes estados de bienestar. Y digo paradójico porque esos grandes consensos que ahora están en crisis, se han realizado de espaldas a las mujeres, unas mujeres que se han limitado a ocupar una posición subalterna, una condición de ciudadano pasivo sin capacidad de participar en los procesos decisorios del ámbito público. La mujer de esta manera ha dejado de ser un mero individuo para pasar a ser un sujeto, un sujeto que decide y que tiene la responsabilidad de liderar un nuevo rumbo para las personas, un mundo que de nuevo sea capaz de depositar su esperanza en los valores de libertad, igualdad y fraternidad.

Para terminar este post quiero volver al título del mismo; creo sin lugar a dudas que el feminismo se ha convertido en la única propuesta ideológica capaz de materializar hoy en día la promesa de emancipación individual y colectiva de todos los seres humanos, una conclusión, la mía, que me permite afirmar sin miedo a equivocarme que yo también soy feminista.

 

    

Presta atención. En tu entorno hay un putero

13/11/2018 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta

doce miradas

“Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”. Con esta frase, la activista dominicana Minerva Mirabal respondía a principios de la década de los 60 a quienes le advertían sobre su incipiente asesinato. El 25 de noviembre, Minerva, junto a sus hermanas Patria y María Teresa, fueron brutalmente asesinadas por orden del gobernante dominicano Rafael Trujillo, tras ser encarceladas, violadas y torturadas por enfrentarse al poder.

La fecha de su asesinato se eligió, a partir de 1981, como el  Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, un día de denuncia y protesta que honra, al mismo tiempo, la memoria de las hermanas Mirabal. De seguir vivas, Minerva, Patria y María Teresa, hoy en día, tendrían mucho por lo que seguir luchando. Un gran número de nuestros derechos siguen en peligro en un sistema que parece cada vez más embravecido con el plante que las mujeres venimos haciendo desde hace muchos años y que se vuelve peligroso a ojos de quienes siguen ostentando el poder. Es un rechazo natural; si tocas teclas que consiguen entonar melodías de cambio, las estructuras se retuercen y reaccionan.

La realidad es que una de cada tres mujeres sigue sufriendo violencia física o sexual. Sí, ya sé que estos datos, leídos una y otra vez, no nos mueven de la silla. Nos hacemos inmunes porque lo que vemos son números, no vemos a las personas. Aún así, no voy a dejar de lado que tres de cada cuatro mujeres víctimas de trata son utilizadas para la explotación sexual, alimentando así el comercio más trágico, perverso y provechoso del universo: el comercio de las personas. 

La prostitución es el segundo negocio que más dinero mueve en el mundo, un mundo en el que se prostituyen entre 40 y 42 millones de personas; un 90% son mujeres y niñas que tienen entre 13 y 25 años. El 62% fueron iniciadas en la prostitución siendo menores de edad y, en la mayoría de los casos, habían padecido violencias físicas antes de los 16 años. No es casual. “El sistema prostitucional”, dice Amelia Tiganus, integrante de Feminicidio.net y víctima de explotación sexual, “utiliza estos traumas de la infancia en su propio interés. Lo pude descubrir en mis carnes después de sufrir una violación múltiple a los 13 años. Me convirtieron en puta sin importarles que yo en realidad quisiera ser médica o profesora. Abandoné los estudios por no soportar toda aquella situación y aquel dolor. Las violaciones y la persecución se volvieron sistemáticas y yo, en la soledad y el abandono más absoluto, encontré la (falsa) solución el día que dejé de resistirme y me resigné”. 

La prostitución funciona con la lógica del mercado. El propósito de los mercaderes de personas es elevar la cuota e incrementar sus beneficios. Lo tienen fácil porque comprar una persona en el siglo XXI puede costar menos de 150 euros, mientras que explotarla durante un mes puede generar como mínimo 6.000 euros. Y, mientras tanto, los compradores de sexo mantienen la demanda de este mercado.

Se calcula que, en el Estado español, casi un 40 % de hombres han pagado alguna vez por tener sexo con una mujer. Sí, has leído bien; 40 de cada 100 hombres. Lo repito porque no quiero que nadie lea este dato sin echarse las manos a la cabeza o sentir un punzamiento en el alma. A pesar de que tres cuartas partes de los puteros opina que si una mujer se prostituye es porque, de algún modo, le obligan a hacerlo a través del uso de la fuerza, o a base de amenazas, consideran también que las mujeres obligadas a prostituirse son siempre las otras, no aquéllas que ellos compran.

Los datos hablan por sí solos. Presta atención, hay un putero en tu entorno, a tu derecha o a tu izquierda: un amigo, un compañero de trabajo, un hermano, alguien de la cuadrilla, un vecino, un marido o un padre. Son señores, de todas las edades y condiciones, depredadores de cuerpos de mujeres y niñas, cada vez más jóvenes, porque así lo demandan clientes que se creen con derecho a comprar el cuerpo de una mujer.

En esta lógica de mercado, toda mercancía necesita ser renovada, dando ritmo así a la abominable ‘ruta del 28”, cuya denominación proviene de la práctica de aprovechar el día 28 —cuando la mujer comienza a menstruar— para cambiarle de lugar, es decir, de prostíbulo. Así, la mercancía se mueve y los puteros pueden comprar nuevos cuerpos en sus visitas semanales. El cliente exige, el proxeneta provee. Los puteros no cambian de localidad, no cambian de hábitos, los puteros están entre nosotras, convivimos con ellos, son personas aparentemente normales, con parejas e hijos.

La alegalidad de la prostitución en el Estado español hace que se vea como un paraíso para los tratantes de esclavas sexuales, que incluso llegan a ser denominados empresarios por algunos medios de comunicación. ¡Qué desfachatez! ¿Empresarios de qué? Alrededor de 1.500 burdeles se camuflan como locales de hostelería para esclavizar y explotar sexual y diariamente a mujeres. ¿En serio se les puede llamar empresarios? Como decía María Puente en el artículo “El año en que once diplomáticos europeos fueron explotados sexualmente”,  legalizar la prostitución no es una postura progresista. Y continuaba diciendo algo que comparto al ciento por ciento: “En algún tiempo creí que era la mejor opción, pero ahora estoy convencida de que regular y legalizar la prostitución supone la institucionalización de esta forma de esclavitud”.

Leía hace unos días a Sonia Sánchez, también víctima de explotación sexual. Dejaba a las claras, en una sobrecogedora entrevista en la BBC, que “ninguna mujer nace para puta. Nos hacen putas, nos convierten en putas. El mismo hombre que te hace puta, en otro barrio es un marido y un padre”. Y sabe de lo que habla. El patriarcado, que impone las reglas del sistema económico que hace girar la Tierra, plantea el debate de la prostitución en términos de libertad de elección y de regulación laboral. Las propias víctimas dicen que, “las mujeres que ejercen la prostitución necesitan decirse que son ellas las que eligen, las que ponen el precio, las que son libres de entrar o salir cuando les apetece. Y se lo dicen para no sentir dolor, para negar la tortura de la que son víctimas”.

Lejos de ser una oportunidad profesional, o una mal llamada “vida alegre”, se trata de una de las muestras más bestiales de la desigualdad de género y del sufrimiento humano. La prostitución no es una profesión, es esclavitud. No existen empresarios, existes proxenetas y mafias que trafican con personas. No existen consumidores, existen puteros que demandan “carne fresca” para satisfacer sus caprichos. Y los tienes muy cerca.

 

 

Apostemos por la sororidad

06/11/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Arantza Echaniz Barrondo (Bilbao, 1968). Profesora de la Universidad de Deusto. Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales, con la tesis: «La situación de la mujer en la empresa. Hacia el liderazgo femenino. Caso de MCC». Asesora externa de la Comisión de Ética y Buen Gobierno del Ayuntamiento de Bilbao… Enamorada de la vida y de mi profesión. Amiga de mis amigos. Comprometida con hacer del mundo un lugar mejor.



Hace tiempo escribí una entrada en mi blog que llevaba por título “El peligro de la historia única”, que es el de una charla TED que dio la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en 2009. En dicha entrada llegaba a esta conclusión:

“La charla también me hacía pensar en la lucha feminista, en el patriarcado. Durante muchos, demasiados años la historia de las mujeres ha sido contada e interpretada por hombres. La voz de la mujer ha sido silenciada o minusvalorada… Todo cambio hacia la real igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres pasa por superar la historia única”.

El patriarcado está inscrito muy fuerte en nuestro ADN social. Una muestra de ello la podemos ver en el vídeo de BBC News Mundo (2018) en el que se propone el siguiente acertijo:

“Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave, el padre muere y al hijo se lo llevan al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia. Llaman a una eminencia médica pero cuando llega y ve al paciente dice: ‘No puedo operarlo, es mi hijo’.”

Como se explica en el vídeo incluso personas con mucha conciencia feminista no se plantean que la respuesta es que la eminencia médica es la madre debido a la “parcialidad implícita”, que tiene un origen cultural pero que se vuelve parte de un proceso automático. Yo misma cuando acabé mi tesis doctoral sobre el tema del liderazgo femenino llegaba a la conclusión de que, en gran medida, estaba alienada. Ir contra los “mandatos sociales” exige estar muy alerta, a sabiendas de que algunas veces no caerás en la cuenta y reproducirás los mecanismos que perpetúan las diferencias.

Recientemente he leído un nuevo artículo de Adichie (2018), cuyo título es: “El silencio es un lujo que no podemos permitirnos“. En él invita a la valentía, a romper el silencio, a ir en contra de lo establecido y luchar por la justicia. “Es la hora de la valentía, que no es la ausencia de miedo sino la decisión de actuar a pesar de tenerlo (…) Esa experiencia [una relacionada con una visita a la iglesia de su niñez en la que se habían dado pasos hacia atrás] me hizo abandonar mi idea boba y romántica de que ‘hablar claro’ va unido a la certeza de un apoyo generalizado. Pero me aclaró la importancia de hablar de lo que importa: no se debe hablar porque uno esté seguro de que le van a apoyar, sino porque no puede permitirse el silencio (…). Mi responsabilidad como ciudadana es la verdad y la justicia”. Las mujeres tenemos que unirnos y dar a conocer nuestra voz. Y más cuando, como dice Adichie (2018), “sabemos por las investigaciones que las mujeres leen libros escritos por hombres y por mujeres, pero los hombres leen libros escritos por hombres”. Los relatos de las mujeres son para todas las personas porque hablan de la humanidad. Como decía Mao Zedong, “Las mujeres sostienen la mitad del cielo, porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”.

Dar a conocer nuestra voz pasa por reconocer las discriminaciones múltiples y la necesidad de una aproximación interseccional. “Considerar además del género, otras desigualdades exige pasar de un enfoque unitario a un enfoque que ha de integrar desigualdades múltiples que incluyen primero la raza y la clase social, luego en lugar de la clase social lo harán la edad, la religión o creencia, la discapacidad y la orientación sexual” (Expósito, 2012, 207). No se trata de dar a conocer la voz de la mujer sino las voces de las mujeres, que son muchas y muy diversas en función de las mencionadas discriminaciones múltiples.

Y una de las mejores vías para hacerlo es a través del ejercicio de la sororidad, entendida como “una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer” (Lagarde, 2006, 126). En definitiva son pactos entre mujeres a favor de mujeres y para hacer del mundo un lugar mejor para todas las personas.

Apostemos por la sororidad. Como dice Burgos (2018), en lugar de seguir el “mandato” y competir con cada mujer con la que te cruces, “decide ser su igual, su hermana, su amiga, su aliada. Decide sustituir la envidia por admiración, las críticas por apoyo, la lucha por amor”.

Referencias:

  • Adichie, Chimamanda N. (2009, julio). Chimamanda Adichie: El peligro de la historia única. [Archivo de vídeo]. Recuperado de: https://www.ted.com/talks/chimamanda_adichie_the_danger_of_a_single_story?language=es
  • Adichie, Chimamanda N. (2018, 26 de octubre). El silencio es un lujo que no podemos permitirnos. El País. Recuperado de: https://elpais.com/cultura/2018/10/26/babelia/1540567059_956054.html
  • BBC News Mundo (2018, 8 de marzo). El acertijo que puede mostrarte algo de ti mismo que quizás no sabías [Archivo de vídeo]. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=AYRg2DPj-FM
  • Burgos, S. [SandraBurgos 30K] (2018, 30 de enero). Querida Eva… (Carta A La Sororidad, Carta A Una Mujer). Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=ibmG8dlApRw
    Expósito Molina, C. (2012). ¿Qué es eso de la interseccionalidad? Aproximación al tratamiento de la diversidad desde la perspectiva de género en España. Investigaciones Feministas, 3, 203-222
  • Lagarde, M. (2006). Pacto entre mujeres. Sororidad. Aportes para el debate, 123-135. Ponencia para la Coordinadora Española para el lobby europeo de mujeres. Recuperado de: https://www.asociacionag.org.ar/pdfaportes/25/09.pdf

¡Tenemos un notición!

30/10/2018 en Doce Miradas por Doce Miradas

Doce MiradasDespués de cinco años y medio de observar la vida actual y pasada bajo el  filtro violeta, y de soñar con un futuro de igualdad, la Asociación Vasca de Periodistas y el Colegio Vasco de Periodistas se han fijado en nosotras. Doce Miradas ha recibido el Premio Periodismo Vasco 2018 en la modalidad de Periodismo Digital y estamos felices con el reconocimiento.

Parece que fue ayer

En 2012, en una sala de la Universidad de Deusto, doce mujeres unidas por la causa común de la igualdad de género, emocionadas, pulsaban ‘ENTER’ y publicaban el primer post del blog. Parecía que lanzásemos un cohete a la luna, a juzgar por lo trascendentes que nos pusimos, pese a las risas nerviosas y la ilusión que nos embargaba a todas. Y no era para menos. Enviábamos nuestro primer mensaje con afán transformador. Aspirábamos a remover conciencias, despertar dudas, aprender juntas, impactar en las mentes y los corazones de quienes quisieran leernos.

Y las primeras impactadas fuimos nosotras. No somos las mismas de entonces. La transformación social que ambicionábamos, que ambicionamos, es un propósito enorme, de largo recorrido y luces largas. Queda mucho camino para eso. Pero la transformación personal, no menos importante, llegó por sorpresa, sin buscarla.

El origen

Doce Miradas surge de la necesidad de levantar la voz para hacernos oír, reivindicar, corregir o destruir estructuras que oprimen, teniendo muy presente que no podemos –ni queremos- hacerlo solas. Doce Miradas nace con el deseo de sumar en las etapas del camino personas con las que construir un modelo justo de desarrollo personal y oportunidades. La justicia social y la igualdad entre hombres y mujeres es una responsabilidad de todos y todas.

Nosotras contamos

En Doce Miradas contamos: contamos a través de nuestro blog semanalmente. Contamos las corbatas en los congresos y en las fotos. Y por supuesto, contamos porque somos importantes, contamos como mujeres en la sociedad.

Durante este tiempo, semana tras semana, hemos publicado en nuestro blog más de 230 artículos. Son reflexiones personales que animan, directa o indirectamente, a la participación, como lo demuestran los casi 2.000 comentarios registrados. Nos han acompañado alrededor de 100 miradas invitadas, mujeres y hombres del mundo del periodismo, consultoría, judicatura, coaching, economía, cultura, igualdad, política, literatura, diseño, marketing, comunicación, sociología, educación e investigación, entre otros.

Dada la diversísima procedencia de las firmas, los temas abordados -siempre en torno a la igualdad, la perspectiva de género y el feminismo-, han sido también variados: participación pública, corresponsabilidad, medicina, publicidad, medios, música, literatura, lenguaje inclusivo, tecnología, historia del feminismo, cine, educación, infancia, empoderamiento, violencia, prostitución, justicia, acoso, historia de las mujeres y techo de cristal.

Estos artículos comparten, sin embargo, su sencillez y la ausencia de tecnicismos o grandes ambiciones teóricas o académicas. Están, por el contrario, cargados de vivencias y enfoques individuales, que, creemos, han favorecido la conexión con mujeres y hombres de todo tipo, no directamente próximas al “activismo” feminista en inicio.

Qué hemos hecho

Doce Miradas ha contribuido, a nuestro de modo de ver, a trasladar una idea diversificada del feminismo: no hay una sola manera de ser feminista, sino muchas. No deberíamos, de hecho, hablar ya en singular del movimiento feminista, sino de los movimientos feministas. Entendemos que los feminismos son variados, diversos, incluso contradictorios, porque están vivos y eso supone que evolucionan, se transmutan, se transforman.

El premio

Una de las mejores noticias que hemos recibido en estos cinco años es la concesión de este premio, que no es el primero, pues en 2016 recibimos el Aire Saria de Getxo Blog. Los premios siempre llegan en buen momento. Este nos ha llegado recién entradas en la madurez, cuando llevamos cinco años y medio, que, en “años blog” ya es una edad respetable.

Desde el principio fue un proyecto colaborativo y esa es la mejor de sus esencias. Este premio, como el Gordo de Navidad, está muy repartido, y es que los premios colectivos son los mejores. Está repartido entre las dieciocho mujeres que han sido y son miradas; entre las más de cien que han colaborado con el blog; entre las miles que nos siguen en las redes sociales y entre todas las personas que han confiado en este proyecto y se han sumado a él.

No queremos dejar escapar la ocasión de recordar por qué y por quién estamos aquí, en este punto del camino. Estamos aquí porque somos de cielo abierto y no nos gustan los techos de cristal ni los suelos pegajosos. Porque el mercado laboral no ha creído en nosotras ni en nuestras capacidades. Porque queremos hacernos visibles y dejar de vivir en la sombra. Porque me too, sí, a mí también me ha pasado, a nosotras también, a vosotras también os ha pasado y no tenemos por qué callarlo; caiga quien caiga. Porque nos seguimos poniendo de negro cuando los números sangran y todavía hay violencia extrema, letal, contra las mujeres aquí cerquita, a nuestro alrededor.

Y, finalmente, porque queremos cambiar las cosas y solo hay una manera de hacerlo: las cosas solo se cambian cambiándolas.

Eskerrik asko. Danke schön. Merci beaucoup. Thank you very much. Gracias.

Serena

23/10/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Foto: Esteban Antolín

Foto: Esteban Antolín.

Itziar Mínguez Arnáiz. Barakaldo (1972). Me licencié en Derecho por la Universidad de Deusto, pero no he ejercido como abogada. Soy escritora. Hasta el momento tengo diez libros de poesía publicados. El undécimo está a punto de salir. He recibido el Premio Internacional Surcos, el Nicanor Parra y soy finalista del Premio Euskadi de Literatura. También he participado en una veintena de antologías donde se recogen una muestra de mi obra. Alterno mi actividad como escritora, ponente y colaboradora en algunos medios digitales con mi profesión de guionista de televisión que ejerzo desde hace casi veinte años.

 

Habría que estar en la piel de Serena Williams para saber por qué la tenista con más Grand Slam de la historia del tenis mundial femenino perdió los nervios en la pasada final del US Open después de que el juez la amonestara por haber recibido indicaciones de su entrenador.

La tenista se encaró al juez con estas palabras: Yo no hago trampas para ganar. Preferiría perder. Sólo te lo digo. Me has robado, me debes una disculpa, no he hecho trampas en mi vida, tengo una hija y sólo hago lo que es correcto. Eres un ladrón y un mentiroso. Me debes una disculpa”. Sus palabras le valieron una amonestación y la pérdida de un juego que sería fundamental para la derrota de la estadounidense frente a una jovencísima y extraordinaria rival, Osaka, casi veinte años más joven que ella. “¿Me váis a quitar esto porque soy una mujer?”, preguntó la tenista, impotente. Su estallido de furia dio la vuelta al mundo pero es su pregunta lo que me lleva a una reflexión que pretende ir mucho más allá de lo anecdótico de la situación porque -probablemente- si esta circunstancia la hubiera vivido un hombre se habría hablado de ello en otros términos y desde otra perspectiva.

Foto: mirsasha. https://goo.gl/XHLQCv

Foto: mirsasha. https://goo.gl/XHLQCv

La sanción consistió en dos advertencias del juez, la pérdida de un punto por romper su raqueta y la pérdida de un juego por el enfrentamiento verbal que tuvo con el juez de silla. Pero en realidad la penalización fue mucho más allá de las consecuencias a las que tuvo que enfretarse Serena Williams en la pista, la sanción más dolorosa y grave para la tenista fue el escarnio público y el intento, una vez más, de poner el énfasis en cuestiones relacionadas con su personalidad más que con lo estrictamente deportivo. Es un hecho que el carácter en las mujeres deportistas de élite se penaliza; lo que en un hombre es un valor en una mujer es motivo de polémica, mofa y escarnio. Tener personalidad en una cancha o en un campo o sobre una pista de atletismo es tener que pelear contra la imagen que se da de ti fuera de lo deportivo. Habría que ponerse en la piel de Williams, sí, porque no es la primera vez que la tenista tiene que bregar con la imagen que proyectan de ella. Y más en un deporte como el tenis que tan bien representa la corrección en lo deportivo. Tal vez Serena Williams es molesta precisamente porque se sale de la norma y porque no está dispuesta a callar mientras los demás hablan de ella.

En todos los ámbitos de la vida una mujer competitiva está peor vista que un hombre competitivo, sin contar con que se le exige mucho más para llegar a puestos de responsabilidad. El deporte no iba a ser la excepción. Hay un doble rasero para medir la actitud competitiva de los deportistas de élite según se trate de hombres o mujeres. Una brecha más a la que unir la brecha salarial y la referente al distinto tratamiento en cuanto a visibilidad que recibe el deporte femenino en comparación con el masculino.

No es la primera vez que Serena Williams genera polémica. También dio mucho que hablar su aparición en Roland Garros (unos meses después de ser madre) con un mono ajustado de lycra totalmente negro, diseñado por Nike, para evitar la formación de coágulos de sangre pues la tenista había sufrido algunos problemas de salud. El torneo rechazó su indumentaria. André Agassi o Rafael Nadal, sin ir más lejos, han marcado tendencia dentro de las pistas con indumentarias que no se ajustaban del todo a la normativa de los torneos pero nunca corrió tanta tinta por ese motivo ni se dieron actitudes tan hostiles como las que tuvo que aguantar la tenista. Lo que en Serena se toma como una provocación en los tenistas se consideraba una peculiaridad. Por no hablar de las raquetas que vimos romper en directo a McEnroe, reacciones que no siempre eran penalizadas por los jueces y que incluso protagonizaron un conocido spot porque, visto está, sus estallidos de cólera hacían gracia.

El problema se acrecienta cuando se trata, como es el caso de Serena Williams, de una mujer de fuerte temperamento. Tal vez sea este hecho, en realidad, lo que coloca a la tenista constantemente en el punto de mira. El carácter, el temperamento, están bien vistos sólo si lo aplicamos a esquemas de comportamiento masculino, de una mujer se espera otro tipo de actitud, más sumisa, más “elegante”, menos contestataria. La cuestión no se queda ahí. Llega hasta la celebración de los tantos. Carolina Marín -tres veces campeona mundial de bádminton entre otros reconocimientos- es más conocida por la euforia con que celebra sus tantos y la rabia que exterioriza cuando se le escapan que por su extraordinario palmarés. Después de hacerse con la medalla de oro en los juegos olímpicos de Río de Janeiro, los medios hablaron más de su fuerte carácter que de su triunfo. Al parecer no importa cuando un jugador de fútbol celebra un tanto o hay una trifulca en el césped pero si se trata de una mujer se mira cada una de sus reacciones con lupa como si no quisieran o pretendieran opacar los éxitos conseguidos por las féminas.

Había mucha rabia en la reacción de Serena Williams, mucha impotencia, seguramente por no saber aceptar la derrota ante una rival que fue superior a ella y que confiesa con humildad que su sueño era jugar una final con Serena. No debe de ser sencillo ceder el cetro ni siquiera a alguien que te admira. Pero en ese estallido de ira había mucho más que el dolor de ceder un partido, un reinado, en esas palabras estaba condensada la impotencia y desesperación de años de pelea para ser juzgada no por ser mujer, no por ser negra, no por tener carácter, sólo por ser tenista. La mejor del mundo.

El síndrome de la impostora llama a tu puerta

16/10/2018 en Doce Miradas por Lorena Fernández

Hace ya unos años, una campaña publicitaria grabó a fuego en mi mente el ya famoso slogan de “Hola. Tú no me conoces. Soy tu menstruación. Y no me voy a perder ninguna de tus fiestas”. Esa misma escena se recrea en mi mente con bastante asiduidad, pero con otro protagonista: Toc, toc. ¿Lo oyes? Aquí está. Cuando la visibilidad llama a tu puerta, el síndrome de la impostora va de la mano y tampoco se pierde ninguna de tus fiestas.

Si no sabes de qué hablo quizás sea porque eres una persona afortunada o porque no le has puesto aun nombre a algo relativamente común que consiste en asumir que tus triunfos son cuestión de suerte, que se deben a factores externos, que no eres tan capaz como todo el mundo cree, que no estás a la altura, que pasabas por allí cuando se repartían los éxitos… en definitiva: que eres una IMPOSTORA. Un auténtico FRAUDE. Así, con mayúsculas.

Un síndrome que no nos entró un día de sopetón, sino que se ha ido gestando durante mucho tiempo cual virus que necesita de su periodo de incubación. Y aunque este virus ataca tanto a hombres como a mujeres, nosotras somos más propensas a “pillarlo” porque desde pequeñas llevamos recibiendo mensajes velados (algunos no tanto) que van atacando al sistema inmunológico de nuestra confianza. Del “no seas mandona” que nuestras niñas escuchan al “tiene dotes de liderazgo” que escuchan ellos; del “qué guapa eres” al “qué listo eres”; del “eres muy trabajadora” al “eres brillante”. Y la cosa no para ahí. Cuando crecemos, sentimos que tenemos que demostrar nuestra valía una y otra vez (a nosotras mismas y a los demás), algo que llamamos el sesgo de “demuestra tu valía de nuevo”. También descubrimos que hay menos comportamientos aceptables para mujeres que para hombres (sesgo de la cuerda floja), como por ejemplo, ser asertivas, momento en el que somos tildadas como más difíciles y menos amables. Lo nuestro es permanecer sutiles, amables, dulces… o sufrir las consecuencias. Por ejemplo, en este estudio de Harvard y CMU en el que hombres y mujeres negociaron una oferta de trabajo leyendo el mismo guion, ellas fueron percibidas negativamente por negociar mientras que ellos no.

Los síntomas para el diagnóstico suelen ser claros y cumplen hasta un ciclo, que arranca cuando una nueva oportunidad se presenta ante nosotras:

  • Tras la emoción inicial, el miedo empieza a apoderarse de nuestro cuerpo y nuestra mente, generando un discurso de que no seremos capaces. Queremos pilotar por debajo del radar. Volvernos invisibles para no sufrir con los comentarios sobre lo que hacemos. Nos cuesta ser las primeras en coger el micrófono en el turno de preguntas de una conferencia, expresar nuestra opinión en público o aceptar que nos han ofrecido una oportunidad por nuestra valía y no por la cuota de ser mujer. Aplicamos aquello de “en comunidad no muestres habilidad” pero de manera constante, considerando que es más rentable socialmente no destacar por nuestro talento.
  • Convencidas de que somos una farsa, nos da por procrastinar y/o trabajar más y más para alejar el fantasma del fracaso. Resultado: sobresfuerzo y un perfeccionismo enfermizo donde “lo mejor” mata a “lo bueno”.
  • Tras esto, suele llegar el éxito, pero es efímero y dura menos que la caducidad de un yogurt. No nos da ni tiempo a disfrutarlo como se merece. Siempre hay un “pero”, por pequeño que sea, que proyecta su larga sombra y ensombrece todo.
  • Así que el siguiente paso es inevitable: negación del éxito y otra vez empezamos en la casilla de salida.

Pero tranquilas, que aquí vengo yo con aquello de que “consejos vendo, que para mí no tengo”:

  • Como en muchas ocasiones sucede, el primer paso es reconocer el problema. Darnos cuenta de lo que nos pasa. Para ello toca trabajar mucho la interioridad para autorreconocernos y autolegitimarnos. Dicho más sencillo, ganarnos la confianza de nuestra rival más dura e implacable: nosotras mismas.
  • Practicar la sororidad y contrastar con otras personas nuestra sensación. Alguien que lo vea desde fuera. Seleccionar esa persona es clave porque si no, te puede pasar como a mí: cuando me invitaron hace unos meses a dar una conferencia en el Parlamento Europeo, llamé a mi madre para contárselo. Su respuesta: “Hija, ¿no será un poco mucho para ti?”. Justo las palabras de ánimo que estaba necesitando… Obviamente ella no me lo decía desde una falta de convicción de mis capacidades, sino por evitarme el sufrimiento de los nervios y el propio ciclo de la impostora fustigándome (esto de evitar sufrimientos en niñas, jóvenes y mujeres adultas requiere de otro post…). Por suerte, hice otra llamada que me ayudó a acallar al síndrome y dar el paso (millones de gracias, Esti 😉 ). Necesitamos personas que nos empujen hacia arriba, porque hacia abajo las circunstancias ya nos están empujando todos los días.
  • Asociado a esto último, tú también puedes contribuir a paliar el síndrome de impostora de otras mujeres, ayudándolas a brillar y no apagando luces.
  • No pierdas por adelantado. Primero juega el partido. Hasta de las peores derrotas se aprende.
  • Lo dicho antes: ¿nada nunca es suficientemente bueno si lo haces tú? Baja el pistón de tu perfeccionismo.
  • Date el permiso de disfrutar de los éxitos más de cinco minutos y acepta las felicitaciones y los elogios. Ya va siendo hora de abandonar la modestia mal entendida.

Y a ti, ¿cuántas veces te ha tocado en la puerta el síndrome de la impostora? La próxima vez, cántale por Pimpinela:

¿Quién es?
Soy yo
¿Qué vienes a buscar?
A ti
Ya es tarde
¿Por qué?
Porque ahora soy yo la que quiere estar sin ti.

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Las cuotas de la Vicepresidenta vistas desde Ginebra y otras historias

09/10/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Mikel Mancisidor, @MMancisidor1970, doctor por la Geneva School of Diplomacy, es miembro del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU desde 2013. Enseña Derecho Internacional de los Derechos Humanos en el Washington College of Law (American University, Washington) y en el Instituto Internacional de Derechos Humanos René Cassin de Estrasburgo. Actualmente trabaja por el desarrollo y actualización del Derecho a la Ciencia. Le gusta el monte, el mar, la literatura, la historia, la divulgación científica y, sobre todo, viajar, jugar y aprender con sus hijos: Lea y Javier. Tiene su propio blog en mikelmancisidor.blogspot.com.

 

Escribo este post desde Ginebra, donde estoy participando en el 64 periodo de sesiones del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU, del que soy miembro desde el año 2013. Durante este período de sesiones estamos estudiando los casos de Alemania, Mali, Argentina, Turkmenistán, Sudáfrica y Cabo Verde. Como veis la disparidad geográfica, económica y cultural no puede ser mayor.

Pero, en concreto, ¿qué hace este Comité por la igualdad, por la equidad, por la no discriminación, y por la promoción y el disfrute de los derechos económicos, sociales y culturales de las mujeres, sea en Alemania o en Cabo Verde?, ¿cómo tratamos esta cuestión, con qué fundamento jurídico y, si fuera posible saberlo, con qué logros?

El mandato del Comité se basa en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC), de 1966. Mucho han cambiado las cosas en este ya más de medio siglo, pero a mi juicio este Tratado todavía es joven y tiene aún mucho que aportar también en relación a los derechos de la mujer (13 años después, en 1979, fue aprobado otro más específico sobre derechos de la mujer: la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer).

El artículo 2 del PIDESC contiene una clara cláusula genérica de no discriminación, más o menos directamente fundada en el Art. 1.3 de la Carta de la ONU (1945) y el Art. 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), que dice así:

 

Por discriminación por motivos de sexo entendemos, como dice la citada Convención del 79, “toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera”.

Como dice el Comentario General N.º 16 del Comité DESC (del que tomaré en adelante ideas, citas y expresiones) la discriminación a la que nos referimos puede ser directa, por ejemplo, cuando se limita el acceso de la mujer, por el hecho de serlo, al disfrute de determinado derecho. Y puede ser también indirecta, cuando una norma o política no tiene apariencia discriminatoria pero su aplicación genera discriminación: una norma o plan aparentemente neutros pueden sostener y profundizar la discriminación cuando se aplican a realidades que son de salida diferentes.

Pero ya en 1966 los redactores del PIDESC sabían que una lectura estrecha y limitada del principio de no discriminación no sería suficiente si lo que buscamos es la igualdad real. Por eso motivo, con notable visión para su tiempo, decidieron añadir un nuevo artículo 3 que iba mucho más lejos en su ambición. No sólo se trata de asegurar que no habrá discriminación basada en el sexo, se trata de asegurar el igual disfrute de los derechos, en la práctica, por hombres y mujeres:

Esto significa que la igualdad debe ser formal (de iure) pero también real o sustantiva (de facto) y esta igualdad, dice el Comité, “no se logrará sólo con la promulgación de leyes o la adopción de principios que sean a primera vista indiferentes al género (…) las leyes, los principios y la practica pueden perpetuar (la desigualdad) si no tienen en cuenta las desigualdades económicas, sociales y culturales existentes.” (El Comité volvería a explicar las categorías de discriminación formal y sustantiva, y discriminación directa e indirecta en un nuevo Comentario General , n.º 20, de 2009)

Los principios formales de igualdad y no discriminación no siempre garantizan, por sí solos, la auténtica igualdad. Por eso el Comité anima a los estados a tomar medidas que llama “especiales y provisionales”, medidas, normas y políticas que favorezcan, cuando resulte necesario, a la mujer, medidas que son convenientes en muchas ocasiones para rectificar una situación de desigualdad de facto y que deberían abandonarse cuando esta situación se hubiera corregido (de ahí su carácter idealmente provisional).

Estos días la Vicepresidenta del gobierno de España y Ministra de Igualdad, Carmen Calvo, ha propuesto la introducción obligatoria de cuotas en los Consejos de Administración. Hemos tenido que leer en algunos medios que este tipo de medidas son discriminatorias y por tanto contrarias al principio de igualdad. Debo dejar bien claro que la ONU en general, y los órganos de tratados de la ONU en particular, no sólo aceptan estas medidas como no discriminatorias, sino que en muchas ocasiones recomiendan activa y explícitamente su adopción por ser medidas que, lejos de vulnerar el principio de igualdad, resultan agentes de igualdad.

Hubo otro asunto en que los redactores del PIDESC se adelantaron a su tiempo, cuando en relación a los derechos laborales no se conformaron con el principio de “salario igual por igual trabajo” (insuficiente para afrontar la discriminación salarial cuando se aplicada no por persona sino por tipo o modalidad de trabajo tradicionalmente asociados a hombres o a mujeres). Buscaron el más complejo y rico principio de “igual salario por trabajo de igual valor”. También trabajamos con los estados para avanzar en ese camino.

En nuestro trabajo nos encontramos con discriminaciones criminales como matrimonios forzados o infantiles; violencia de género o violación en el matrimonio no penalizadas; prohibiciones directas de acceso a servicios de salud o educativos; prisión por sexo extramatrimonial sólo para mujeres; crímenes de honor legalizados; criminalización de las denunciantes de abusos… y mil formas más de horroroso sometimiento.

Es importante tener espacios en la comunidad internacional para discutir estos horrores con sus respectivos gobiernos con el fin de ir resquebrajando sus resistencias al cambio y desmontando sus escusas y prejuicios. La participación de la sociedad civil (ONGs y otros) en estos sistemas de la ONU es absolutamente clave para lograr avances. A veces se dan pasos que luego implican cambios en la realidad, como cuando se extrae de un gobierno el compromiso de adelantar los plazos de erradicación de la mutilación genital femenina o de derogar una norma discriminatoria o de aumentar el acceso de las niñas a la educación secundaria o de mejorar los protocolos de protección y asistencia de las mujeres denunciantes o de proteger a defensoras de los derechos de la mujer. A veces son compromisos públicos, otras veces se alcanzan ciertos avances de forma discreta.

Aquella noche llovió

02/10/2018 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

Una noche de agosto en una ciudad en fiestas. Concierto junto a la playa. Con 16 años recién cumplidos, ¿qué más se puede pedir? Tocaba Vendetta y llovió, pero no es eso lo que recuerdo: lo que viene a mi memoria es la alegría de sus caras cuando las vi llegar, a la hora acordada, ya de madrugada. Yo esperaba algo inquieta, lo reconozco. Ellas, adolescentes, brillaban algo cansadas, claro,  pero felices.
Una joven de la misma edad, esa misma noche, una chica que podría haber sido cualquiera, no llegó a casa ni de esa manera ni a esas horas: pasó la noche en la comisaría, y es posible que haya olvidado la lluvia y la música. Casi puedo asegurar, sin embargo, que no olvidará nunca la noche en la que la violaron.
Supimos de lo ocurrido a la mañana siguiente. No hace falta que describa qué sentí, cómo me sentí. Ni cómo se sintieron ellas, mis hijas y sus amigas, que esa misma noche esquivaron esa bala atascada en el tambor de la violencia machista. Cada día, cada noche, se juega la macabra ruleta rusa.

Han pasado ya casi dos meses, y apuesto que aquella joven no leerá este escrito. Y, sin embargo, aquí estoy yo, pensando en ella, en esa chica que imaginaba el verano que estaba por llegar con la ilusión desbordada y ahora encara el otoño con heridas abiertas, a la deriva. Y no dejo de pensar en él, también joven, que una noche de agosto se convirtió en agresor sexual; que violó a esa chica, simplemente porque podía hacerlo.

Y también pienso en los otros jóvenes que lo intentaron, y en todas las mujeres que este año se han librado, quién sabe hasta cuándo.

Ellos y ellas son menores de edad; según los últimos datos, el 42% de las víctimas de la violencia sexual que ocurre fuera del domicilio lo son.

Ha sido el verano de las negaciones: “No es No”, grito unánime. Una de las jóvenes con las que compartí acto de protesta me decía: “ver tanta gente aquí nos da fuerza, pero esta noche volveremos a tener miedo al volver a casa”. El posicionamiento social es condición necesaria, pero no suficiente, como lamentablemente hemos podido comprobar.
Por la relevancia de los casos, las agresiones a mujeres menores de edad perpetradas también por menores han cobrado una enorme relevancia, y nos han llevado a cuestionarnos si la violencia entre jóvenes y adolescentes responde a razones ocultas que no hemos sabido interpretar.
Y nos preocupa, y nos revuelve, porque, demonios, no debería ser así.

Comprendo la impotencia de mujeres comprometidas desde siempre con el feminismo, que se revelan contra el amargo sentimiento de que tanto camino recorrido no haya servido para nada. Se miran incrédulas sujetando las viejas pancartas en las calles nuevas. Y se preguntan: ¿cómo ha podido ocurrir?
Intento, siempre que es posible, acercarme a la gente joven con vocación de entender. Hablamos y, sobre todo, escucho sobre las vivencias propias, que a veces me parecen contradictorias y otras tremendamente lúcidas.
Son las jóvenes que se auto-organizan en grupos de defensa en los institutos; las que salen a la calle, levantan la voz y se juegan la armonía (en casa, en sus cuadrillas, con sus parejas). Y también son las jóvenes que reproducen modelos de conducta antiguos, que se miran y se buscan en las tallas 34, que consumen novelas rosas (por mucho que sean en formato instagram stories, y escuchan música que denigra, ofende y agrede el sentido común y sus valores.
¿Son contradictorias? Por supuesto. Pero, ¿no lo somos el resto?

El dedo que señala la luna

No tengo una conclusión clara, menos aún una solución, pero en cada charla me reafirmo en un convencimiento: nos equivocaremos si cargamos sobre la juventud la responsabilidad que nos compete a todos y todas, como sociedad.
No es la juventud la que se resiste a avanzar, más bien al contrario. Es la sociedad en su conjunto la que todavía no ha logrado los cambios permanentes y duraderos que harán posible la transformación que necesitamos. Mientras esto no ocurra, seguiremos analizando datos que parecen, a primera vista contradictorios.

Cada cuatro años, el Observatorio de la Juventud de Euskadi realiza un estudio sobre, entre otras cuestiones, la percepción y valores en cuanto a la violencia contra las mujeres. Pues bien, hemos visto evolucionar la valoración de las y los jóvenes vascos desde 1997 y el avance ha sido enorme. En Euskadi la juventud muestra una posición radicalmente opuesta a cualquier uso de violencia contra las mujeres, y a día de hoy se acercan a valores absolutos quienes rechazan en un 100% prácticas como los insultos, no dejar decidir cosas, amenazar, prohibir salir de casa, obligar a mantener relaciones sexuales contra su voluntad o hacer desprecios. Si te interesa, puedes consultar las conclusiones de este estudio.

En el otro lado de la moneda, las estadísticas nos dicen que la violencia sexual fuera del ámbito familiar afecta cada vez a más jóvenes que no superan los 18 años de edad y, en la actualidad, como ya se ha señalado, el 42% de las víctimas son menores. Lo ha documentado en su informe anual Emakunde, y puedes ver el detalle a través de su página.

Ni el estudio estadístico ni el registro de las denuncias están equivocados: las señales que apuntan en direcciones apuestas, todas ellas, aciertan. Avanza la conciencia, pero los hábitos sociales en los que se inserta la violencia son aún demasiado poderosos.
Son las y los jóvenes quienes en mayor proporción ocupan el espacio público de ocio. Y el incremento en el número de denuncias no indica, necesariamente, que estemos padeciendo más agresiones, sino que las víctimas denuncian en más ocasiones.
La población joven y adolescente reproduce los roles sexistas que se transmiten a través de todos los medios en los que nos socializamos. El estereotipo nos atraviesa en todas las edades; entre jóvenes es todavía más acusado, porque a esa edad le corresponde construir sus referencias.
Antes de levantar el dedo acusador contra la juventud, seamos honestas. ¿Qué les estamos ofreciendo como referencia? Mantenemos los mismos prejuicios sobre qué es ser mujer y qué es ser hombre; los mismos patrones de modelo de relaciones basadas en el poder, el control y la dominación como capital social para ellos, y el sometimiento y la falta de libertad para ellas. La juventud normaliza la violencia y aprende a convivir con ella porque la sociedad, en su conjunto, lo hace.

Es tiempo de cuestionarnos todo

No caigamos en la impotencia; las cartas están marcadas, como recordaba María Puente el otro día, pero podemos cambiar las normas del juego. La violencia contra las mujeres es una construcción social, y como tal, puede revertirse, pero no será posible si no cuestionamos el trasfondo que perpetúa la desigualdad estructural.

  • Empecemos por qué concepto de seguridad queremos para nuestras calles, y pensemos si es deseable asumir que la libertad de las mujeres debe limitarse sin atacar simultáneamente los modelos de relación que fomentan la violencia. No podemos condenarnos a tener miedo las unas de los otros. No queremos ser valientes, ni que nos protejan o aíslen: queremos ser libres.
  • Analicemos el reparto de roles en todos los ámbitos, desde la infancia hasta el hogar, pasando por la representación social de qué significa ser mujer y ser hombre. Solo creando nuevos modelos de hombres y mujeres podremos cambiar nuestras relaciones.
  • Revisemos los currículos escolares, hablemos abiertamente de educación sexual, de diversidad, de autonomía y empoderamientos personales. Hablemos de los valores del respeto, del auto-cuidado, de la auto-responsabilidad y del buen-trato. La educación para la igualdad es el único antídoto contra la violencia.
  • Analicemos, y hagámoslo cuanto antes, las bases jurídicas sobre las que se definen los delitos sexuales. La Justicia solo merecerá este nombre cuando sea justa también para las mujeres. No nos faltan propuestas bien fundadas: necesitamos determinación para aplicarlas.

El tiempo de hacerlo es ahora. No cabe esperar más.

No podemos permitirnos ni una sola mujer más atemorizada, vejada o violada.

Ni una noche más de miedo. Quiero que mis hijas vuelvan a casa mojadas por la lluvia, no por las lágrimas.

Se equivocó, señor Southey

25/09/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Asier_ArévaloAsier Arévalo Billelabeitia es doctor en Ciencias de la Información por la EHU/UPV con una tesis sobre la crítica de literatura en los periódicos de información general. Además de trabajar como técnico de comunicación en la Administración, mantiene viva su pasión por la literatura. Si bien ha perdido la fe en que la cultura nos hace mejores, no tiene duda de que nos hace más felices. Tampoco duda de que la igualdad nos hará mejores y más felices..

 

Una breve, y personal, panorámica de la reciente literatura española escrita por mujeres

El 12 de marzo de 1837, el poeta Robert Southey respondió por carta a una jovencísima aspirante a escritora que le había enviado unos poemas para pedirle opinión. En aquella respuesta Southey sostenía que “la literatura no puede ser la ocupación vital de una mujer”. La joven se llamaba Charlotte Brontë, y diez años más tarde se aseguró un lugar en la historia de la literatura al publicar, bajo seudónimo masculino, la novela Jane Eyre. Con el paso de los años la poesía de Southey perdió interés, mientras que la carta ha llegado hasta nuestros días como un ejemplo más del maltrato que han sufrido las mujeres también en el ámbito de la literatura.

De una manera algo naíf tropezamos a veces con la idea de que la cultura, empapada de ideas elevadas y de buenos sentimientos, debería quedar libre de algunos males que aquejan a la sociedad, pero a estas alturas la duda se responde sola. Para entender las lógicas de producción, circulación y legitimación de la literatura es muy valiosa la aportación que hizo Pierre Bourdieu en su libro Las reglas del arte, donde sostiene que “no hay campo donde el enfrentamiento entre las posiciones sea más constante y más incierto que el campo literario y artístico”. Tal y como analiza el sociólogo francés, el ámbito literario es una red de relaciones objetivas de dominación, complementariedad o antagonismo entre posiciones que están determinadas por el mercado, por un lado, y por el poder político y su traslación al espacio social, por otro. De ahí que la desigualdad atraviese todas las instituciones literarias (edición, premios, crítica, reseñistas, académicas…) con la misma crudeza que el resto de espacios sociales.

Fotografía publicada en la BBC – Cultura

En el contexto del mercado literario español, uno de los hitos recientes de la desigualdad y de las tensiones que genera fue la entrevista a Chus Visor que publicó ‘El Cultural’ en junio de 2015. Entonces, el editor y figura central de la edición de poesía en castellano afirmó que “la poesía femenina en España no está a la altura de la masculina”. Aquel juicio tan grueso, impropio del lugar que ocupa Visor, movilizó a centenares de artistas que publicaron un manifiesto contra “sus declaraciones sexistas” en el que se recordaba, entre otras cosas, que del total de libros publicados tan sólo el 15% de los de poesía y el 30% de narrativa estaban escritos por mujeres. Cifras que se suman a la infrarrepresentación en el historial de los principales premios literarios y, en consecuencia, a las dificultades para acceder a los procesos de reconocimiento, consagración y posterior acceso al canon.

Por desgracia, las cosas no han cambiado mucho desde 2015 y a las declaraciones de Chus Visor se han sumado otras igual de desafortunadas de primeras espadas, como Mario Vargas Llosa: “El feminismo es, actualmente, el más resuelto enemigo de la literatura”, empeñados en defender el viejo castillo de no se sabe qué ni quién.

Lejos de este ruido, un buen número de mujeres está escribiendo libros magníficos y de una gran diversidad en lo que respecta a estilos y temáticas. De la solidez de las obras de Belén Gopegui y Marta Sanz a la energía que desprende la escritura de dos autoras tan dispares como Cristina Morales y Laura Fernández, la literatura española contemporánea  escrita por ellas goza de una salud envidiable. Así que, con el pudor que siente este que firma, que no quisiera ser leído como un mansplainer, terminaré ofreciendo una lista de libros que no pretende ser exhaustiva pero sí recoger al menos mis entusiasmos como lector. Leer a nuestras contemporáneas nos asegurará muchas horas de disfrute. Discutir sus textos y apoyar su circulación quizá pueda evitar, además, que las futuras reediciones de muchos de estos libros lleven en el prólogo la consabida reivindicación de su lectura como un acto de justicia.

Libros recomendados:

  • Pilar Adón (Madrid, 1971): El mes más cruel (ed. Impedimenta) y Las efímeras (ed. Galaxia Gutenberg).
  • Mercedes Cebrián (Madrid, 1971): El malestar al alcance de todos (ed. Debolsillo) y La nueva taxidermia (ed. Literatura Random House).
  • Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988): La línea del frente (ed. Salto de Página).
  • Jenn Díaz (Barcelona, 1988): Es un decir (ed. Lumen), Belfondo y Madre e hija (ed. Destino).
  • Laura Fernández (Terrassa, 1981): La chica zombie y Wendoline Kramer (Seix Barral) y Connerland (ed. Literatura Random House).
  • Esther García Llovet (Málaga, 1963): Submáquina (ed. Salto de Página), Mamut (ed. Malpaso) y Cómo dejar de escribir (ed. Anagrama).
  • Belén Gopegui (Madrid, 1963): Deseo de ser punk (ed. Anagrama), El comité de la noche y Quédate este día y esta noche conmigo (ed. Literatura Random House).
  • Sonia Hernández (Terrassa, 1976): Los Pissimboni y El hombre que se creía Vicente Rojo (ed. Acantilado).
  • Alicia Kopf (Gerona, 1982): Hermano de hielo (ed. Alpha Decay).
  • Sara Mesa (Madrid, 1976): Cuatro por cuatro, Cicatriz y Mala letra (ed. Anagrama).
  • Cristina Morales (Granada, 1985): Los combatientes (ed. Caballo de Troya) y Terroristas modernos (ed. Candaya).
  • Elvira Navarro (Huelva, 1978): La ciudad en invierno (ed. Caballo de Troya) y La trabajadora (ed. Literatura Random House).
  • Edurne Portela (Santurtzi, 1974): Mejor la ausencia (ed. Galaxia Gutenberg).
  • Llucia Ramis (Palma de Mallorca, 1977): Las posesiones (ed. Libros del Asteroide)
  • Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985): La acústica de los iglús (ed. Caballo de Troya).
  • Marta Sanz (Madrid, 1967): Daniela Astor y la caja negra, Farándula y Clavícula (ed. Anagrama).
  • Clara Usón (Barcelona, 1961): Corazón de napalm, La hija del Este y El asesino tímido (ed. Seix Barral).
  • Gabriela Ybarra (Bilbao, 1988): El Comensal (ed. Caballo de Troya).