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Somos más de 50

14/01/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

María Jesús Pérez Ladrón (@perezladron). Soy diseñadora gráfica. Desde que estudiaba BBAA me di cuenta de que quería que lo que hiciera tuviera una finalidad, que sirviera para algo en concreto, por eso me especialicé en diseño. Con la fotografía siento lo mismo. Quiero que sea algo más que reflejar imágenes, que sirva para transmitir, en este caso una imagen positiva de las mujeres de 50 años y de todas la mujeres en general.

Con los 50 años ya cumplidos tuve ocasión de participar en un networking de mujeres con diferentes profesiones. Entre ellas había una mujer, que como en mi caso, era diseñadora y tenía un estudio de diseño y comunicación. Mi idea, seguramente inocente, era encontrar el momento para compartir y contrastar experiencias con ella. Su negocio era incipiente, yo llevaba muchos años en el gremio y pensé que por lo menos por mi parte podría aprender algo más de alguien más joven. Relaciones intergeneracionales creo que se llama.

Cuando llegó el momento en el que cada una debíamos presentar nuestra empresa, ella dijo: “…somos una empresa en la que solo trabajamos mujeres y además somos jóvenes, no llegamos a los 35 años…”. Tengo que reconocer que la respuesta me afectó. ¿De qué puedo hablar con alguien que debe pensar que tener 50 años es horrible y que una mujer de mi edad restaría valor a su empresa? Me sentí como Kathy Bates en la película “Tomates verdes fritos”, cuando dos chicas jóvenes más rápidas le arrebatan la plaza de aparcamiento. En mi turno no fui capaz de responder contundentemente como Kathy. Pude haber hablado de mi experiencia, de que entiendo a los clientes como nadie y que llevo con algunos de ellos más 20 años, que mi empresa pasó por una crisis mundial y que sigo aquí. Pero me limité a decir el nombre de mi empresa y mi profesión.

A los 45 años se nos considera fuera del mercado laboral y a los 50 es prácticamente imposible encontrar un trabajo por cuenta ajena. ¿No estamos capacitadas? Si tienes tu propia empresa o eres autónoma eres capaz de trabajar tanto o más, de estar formándote continuamente y de asumir responsabilidades. Para trabajos precarios, o para ayudar económicamente a tus hijos en paro o para cuidar de tus mayores, para eso estamos en la edad ideal.

La longevidad en teoría es un triunfo de nuestra sociedad, pero puede ser un peso más en nuestras vidas si no sabemos gestionarlo. Dicen que los 40 son los nuevos 30 y los 50 los nuevos 40 y así sucesivamente. ¿Tenemos que estar desde los 45 pensando que somos mayores y con la obligación de aparentar como mínimo 10 años menos? ¿Así hasta los 100 años? ¡Que pereza!

Si preguntamos a niñas/os, jóvenes, hombres e incluso mujeres sobre la «imagen» que tienen de una mujer de 50 años, probablemente en un primer momento se centrarán en el aspecto físico, se valorará positivamente si parece más joven, no en cambio si «se le nota» su verdadera edad. No se consideran dentro de este concepto la experiencia, las capacidades u otros muchos valores que conforman su imagen personal y profesional. La buena noticia es que cuando conocemos a otras mujeres de 50 años comprobamos que, en general, lo que nos interesa, lo que nos preocupa y lo que vivimos en este momento es muy diferente a la visión deformada y parcial que se nos impone como colectivo.

Pero es cierto que en mayor o menor medida nos afecta. Además de otras circunstancias, uno de los invisibles frenos a las expectativas de las mujeres es nuestra imagen en la sociedad, que determina en gran parte, la imagen que tenemos de nosotras mismas aunque no seamos conscientes de ello. En una sociedad donde se valora sobre todo la juventud y en la que los medios de comunicación, el cine, la televisión, muestran imágenes estereotipadas de las mujeres, es patente la ausencia de una imagen más diversa y más real.

Las que ahora vivimos los 50 fuimos las primeras en disfrutar de avances sociales que no tuvieron nuestras predecesoras. Ya estaba generalizado acceso a la formación universitaria de las mujeres, tuvimos acceso al control de la natalidad, en general tuvimos más fácil enfrentarnos a las convenciones. Quizás sea nuestra generación el grupo de edad con más diversidad de trayectorias vitales respecto a décadas anteriores. Siendo las mujeres el 50% de la población y teniendo en cuenta que tomamos el 70% de las decisiones de compra, el sector comercial debería dejar de centrarse solo en la juventud y la perfección, dejar de vendernos cremas milagrosas que a estas alturas ya sabemos que no funcionan y trabajar también con perfiles que tengan más que ver con nuestra realidad.

El proyecto “SOMOS MÁS DE 50”

Tuve la oportunidad de participar en el programa Andrekintzailea que se celebra cada año (dirigido a mujeres empresarias, coordinado por Bilbao Metropoli-30 y con la colaboración de la Asociación de Mujeres Empresarias y Directivas de Bizkaia, AED, y de la Asociación EmakumeEkin). En el transcurso del programa compartimos experiencias un grupo de mujeres emprendedoras y empresarias muy diferentes entre nosotras: con empresas de diferentes sectores, grandes o pequeñas, con formación o sin ella, con o sin hijos/as, y de distintas edades. Aprendimos muchas cosas pero para mí, y creo que también para mis compañeras, lo más importante ha sido compartir un espacio entre mujeres que no nos conocíamos, fuera de nuestros grupos de referencia: familia, amigas/os, trabajo, que nos ha permitido crecer, compartir, colaborar, y reinventarnos dejando fuera todo los que nos condiciona. Esta relación tan sana y fructífera la seguimos manteniendo. Nos acompañamos, compartimos experiencias y crecemos personal y profesionalmente.

En este ambiente propicio nació el proyecto “Somos más de 50” destinado a dar visibilidad a las mujeres de cincuenta años o más, utilizando para ello la fotografía artística. Queremos contribuir a reconstruir el concepto “mujeres de cincuenta años” a través del retrato, jugando a contemplarnos desde otro punto de vista diferente que nos sorprenda a nosotras mismas y que en las demás personas despierte una nueva visión de las mujeres de esta edad.

Estas fotografías tienen el fin de mostrar y compartir nuestra propia versión sobre nuestra imagen. Queremos contemplarnos en un espejo que no esté contaminado y que refleje valores positivos que contrarresten los negativos a los que estamos expuestas. Esto significa que no lo hacemos solo para nosotras, al contrario, queremos hacernos visibles, compartir con la sociedad, servir de referencia a mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

Las fotografías, además de una breve descripción sobre cada mujer y su profesión, se publicarán en Internet, redes sociales y se difundirán por diferentes medios.

Queremos que a las mujeres participantes les sirvan para:

  • Mirarse desde otro punto de vista.
  • Ser protagonistas, orgullosas de quiénes son y de lo que son.
  • Contribuir a ofrecer una imagen positiva de las mujeres en general.
  • Potenciar su imagen y su profesión de una manera original.

El gran momento

Es cierto que los cincuenta puede ser un momento vital intenso para las mujeres en el que confluyen varias circunstancias incluso a nivel biológico, pero también supone una liberación.
Ya somos mayores y podemos hacer lo que queramos, vivir intensamente y aprovechar cada instante, pero esta vez, con experiencia, madurez y toda la seguridad en nosotras mismas que hemos podido acumular en estos años. Las personas en diferentes fases vitales, aunque no tengamos los mismos intereses y expectativas, buscamos sentirnos motivadas, queremos tener la sensación de que lo que hacemos merece la pena y que nuestras acciones tengan un impacto positivo en la sociedad. Éste puede llegar a ser uno de los mejores momentos de nuestra vida.

El proyecto “Somos más de 50” va creciendo lento pero seguro, gracias a la participación de las mujeres de 50 años o más que ya se han retratado y las que lo van ha hacer en los próximos meses.
Quiero agradecer a todas su colaboración y a otras mujeres, más jóvenes y más mayores, que nos acompañan y nos animan.

www.somosmasde50.com

La ciudad y la casa de tus sueños

07/01/2020 en Doce Miradas por María Puente

A mi hermana le encantan los programas de televisión de reformas de casas. Al principio no daba crédito pero empecé a verlos con ella y comprendí la fascinación que ejercen y por qué se han convertido en un auténtico boom. Llegan los gemelos Scott o Jillian y Todd, por ejemplo, y te arreglan la vida, creando el espacio perfecto para las necesidades y personalidad de cada integrante de la familia. Es adictivo ver cómo transforman lo feo, pequeño, oscuro, desordenado y disfuncional en lugares mucho más amplios y diáfanos, bonitos, luminosos, limpios, ordenados y perfectamente adecuados a su función. Poco me duró la magia del asunto porque enseguida cayeron las gafas violetas sobre mis ojos. Si habéis visto estos programas sabréis que la reforma estrella consiste en ofrecer el ‘concepto abierto’, que no es otra cosa que crear una planta diáfana que albergue cocina, comedor y salón. Todo ello siempre con un derroche de m2 y dólares que no acostumbramos por estos lares. “¡Cómo se nota que esa gente no cocina sardinas”!, me dijo mi amiga Esther, a propósito del ‘open concept’. Olores aparte, lo que llamó mi atención fue la frase que casi todas las mujeres repetían cuando formulaban su deseo de tener el dichoso ‘concepto abierto’: “Así podré vigilar desde la cocina a los niños mientras juegan”. Y tachán, de esa manera tan tonta y casual sale a la superficie que son ellas las que ocupan la cocina y quienes tienen la responsabilidad de vigilar y cuidar a la prole. Por si teníamos alguna duda. Da igual Vancouver que Nashville que Nueva Orleans que Bilbao.

Por eso, cuando en septiembre pasado se dio a conocer el borrador del decreto de ley que prepara el Gobierno Vasco para mí llovía un poco sobre fregado. Lo primero que oí es que obligaría a construir cocinas más grandes y conectadas para que la mujer no estuviera tan aislada. ¡¿Cómo?! ¡¿Hagamos las jaulas más cómodas y confortables para que la presa se sienta a gusto y no desee salir nunca!?

La Vanguardia.

20 minutos.

La noticia causó mucho revuelo. Se ridiculizó y hubo mucho cachondeo. Desde el Gobierno Vasco se alegó que se había explicado mal. Tampoco terminé de encontrar una fuente de información en donde se explicara bien. Estoy convencida de la necesidad de construir y urbanizar con perspectiva de género, además de otras perspectivas. Es decir, diseñar ciudades sin puntos ciegos, pasadizos, ni espacios retranqueados en donde pueda esconderse un potencial agresor, accesos a los portales en donde puedas ver y ser vista, una buena iluminación nocturna… Estas medidas son las más obvias, después están las que tienen en cuenta el transporte público, el diseño de parques y espacios de ocio de forma que se garantice un uso inclusivo, la ubicación de los equipamientos deportivos, salud, laborales… Se dice que invertir en transporte público es invertir en las mujeres, porque son quienes más lo usan.  Pero ¿de verdad una cocina más grande, una cocina unida al comedor o incluso al salón va a favorecer que hombres y mujeres compartan las tareas del hogar, crianza y cuidados? ¿No es una cuestión más de open mind (mente abierta) que de open concept (concepto abierto)? ¿Estamos por la educación en igualdad o por los metros2? Siempre he escuchado que antes, nuestros ancestros desarrollaban su vida familiar fundamentalmente en las cocinas, que eran el corazón del hogar, y no por ello los hombres compartían las tareas de la casa, sino que leían el periódico o descansaban de su jornada laboral.

No está en mi ánimo ridiculizar el decreto del Gobierno Vasco porque agradezco que se tenga en cuenta la perspectiva de género en la política, también en la urbanística. Es un gran paso para el que han contado con el asesoramiento de la arquitecta experta en vivienda con perspectiva de género, Inés  Sánchez de Madariaga, quien sostiene en esta entrevista que hombres y mujeres utilizamos los edificios y las calles de las ciudades de manera distinta, en función de nuestras tareas, actividad cotidiana y distintos roles de género. “Una persona que tiene responsabilidades del cuidado de menores o personas mayores a su cargo y también trabaja, es una persona que además de ir a su lugar de trabajo, tiene que ocuparse de que los menores vayan al colegio, al médico, a actividades extraescolares. Normalmente acompañarlos, porque los menores no tienen autonomía para moverse en el espacio urbano, y lo mismo con las personas mayores cuando pierden la autonomía personal. Lo que nos dicen las encuestas del uso del tiempo es que mayoritariamente son las mujeres las que realizan estas tareas y esto ocurre en España y en todos los países”. Esto hace que usemos los edificios de manera diferente, ya que “las personas que cuidan de otros usan la vivienda de manera mucho más intensiva que quienes utilizan la vivienda como área de descanso que suelen ser los hombres. Las personas que cuidan de otras personas hacen un uso más complejo, más extenso del espacio urbano, tienen recorridos en la ciudad más variados a lo largo del ciclo vital que aquellas personas cuya actividad se limita a acudir al lugar de trabajo y a alguna actividad de tipo deportivo o de ocio, que son mayoritariamente hombres. Entonces hay una diferencia muy grande en el uso de la ciudad entre hombres y mujeres y en el uso de la arquitectura”, añade la experta.

Es apasionante todo este estudio sobre el uso de las viviendas y el modo en que nos movemos por las ciudades mujeres y hombres, lo que llaman la ‘movilidad del cuidado’. Pero ahí surge el dilema. ¿Debemos estudiar la realidad y diseñar, urbanizar y construir de acuerdo a esa realidad? Suena práctico, sensato y lógico pero también suena a rendición y resignación, ya que en muchos casos nos conduce a perpetuar la desigualdad, la injusticia y los estereotipos de género. ¿O por el contrario conviene diseñar, urbanizar y construir con el propósito de transformar esa realidad y crear una sociedad más justa? Esto sería sin duda lo deseable. Pero, ¿es posible? ¿Tienen la arquitectura y el urbanismo tanto poder y capacidad de transformación?

Vaya dilema. Me apoyaré en algunos ejemplos del poder del espacio y el urbanismo en cuestiones diversas y ajenas a la igualdad de género. Hace poco leí un artículo de Lucía Lijtmaer en el que hablaba sobre el famoso sonido Motown. ¿Tuvo algún papel el urbanismo en el desarrollo de esta música soul surgida en la ciudad de Detroit? Según un estudio, parece que fue una de las claves. Resulta que todos aquellos músicos afroamericanos tenían algo en común: tenían piano en casa. Y podían tenerlo porque Detroit, al ser una zona geográfica amplia, propició un tipo de construcción de casa unifamiliar de dos plantas, muy común en las ciudades del medio oeste. Contribuía también el salario estable que recibían de la industria del motor, lo que permitió a las familias comprar pianos. Un piano es posible en una casa familiar, pero impensable en un apartamento de una familia obrera del este, explica Lijtmaer.

¿Y los famosos garajes en donde surgieron los imperios tecnológicos de Sillicon Valley? ¿Habrían ingeniado Facebook o Microsoft Zuckerberg y Gates de haber sido vascos con txoko o tendrían más opciones de ser cocineros? La oportunidad de acceso y uso de un determinado espacio puede propiciar actividades  que devienen después en fenómenos económicos y sociales.

Por desgracia, también han descubierto el poder de la arquitectura quienes promueven un urbanismo cruel e inhumano como puede verse en este tuit de Julen Iturbe sobre los elementos hostiles implantados en algunas ciudades para echar de las calles a las personas sin hogar.

Conviene, por tanto, tomarse muy en serio la visión y la intención que impulsa o descarta una determinada arquitectura. Las políticas urbanísticas influyen en cómo usamos los espacios y pueden cambiar comportamientos y a veces incluso salvar vidas (por cierto, ¿alguien entiende que se haya puesto una escultura a modo biombo gigante en la explanada de las torres de Isozaki, un punto en su día considerado peligroso, y que impide la visión de toda la escalinata y puente Zubi Zuri desde la calle Mazarredo de Bilbao?).

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

A la escritora Virginia Wolf no se le pasó por alto la importancia del espacio para que las mujeres pudieran desarrollar una carrera como escritoras. Podríamos decir que fue una de las primeras expertas en diseño de viviendas con perspectiva de género. Dentro del feminismo y en este mismo blog se ha referenciado en innumerables ocasiones su famosa reflexión. Para escribir novelas, dijo, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio». De cocinas no dijo nada.

Rebecca y Jeanette, dos nombres, cientos de historias

17/12/2019 en Doce Miradas por Doce Miradas

miren hualde doce miradas Miren Hualde, Hondarribia (1979). Estudié Derecho y Periodismo. Después de 6 años en la Cadena Ser Euskadi, y de trabajar en programas e informativos, busqué el cambio que me permitiese dedicarme a aquello que me apasiona, contar historias desde lo social. Historias que abriesen la mirada a otras personas, historias que trajesen realidades y mundos que existen, pero no vemos. Desde hace 2 años soy la Responsable de Comunicación de la Fundación Anesvad. Trabajo en esta ONG que nació en Bilbao desde hace más de 10 años. Desde entonces, en mi vida nada es igual.

Rebecca tenía 9 años cuando la conocí, cuatro hermanos y vivía en Live, Ghana. En ese pequeño poblado de chabolas de adobe y paja, no hay ni centro de salud, ni luz, ni agua potable. En cuanto sale el sol, Rebecca recorre una hora por una pista de tierra roja para recoger agua potable para su casa. Después, prepara el desayuno para ella y sus hermanos, lava lo que ha utilizado y va al colegio. Más de media hora andando para llegar, limpiar su aula y colocarse en fila junto con el resto de compañeros y compañeras para entrar, puntual, a las ocho de la mañana en su clase. Hasta las dos. A esa hora, saldrá de su escuela con su uniforme blanco y azul y de nuevo a su casa. Un espacio dividido en dos bloques enfrentados, sin habitaciones y con dos camastros. Al fuego, con leña en el suelo, una cazuela con algo de fufú, eso con suerte. Son muchas las ocasiones en las que ni esta pequeña ni sus hermanos no prueban bocado hasta la cena, sobre las cinco de la tarde, cuando comienza a caer el sol. A partir de las seis, la oscuridad es total, y solo alumbran los distintos fuegos de las viviendas.

El día en que conocí a Rebecca, en 2012, sentí una emoción especial. Algo me llevó a conectar de manera inmediata con una niña de 9 años con quien no podía comunicarme sin un intérprete que tradujese lo que queríamos decirnos del ewe, su lengua materna, al inglés, una de las lenguas que se habla en ese país de África Occidental. Compartimos 15 días intensos en los que viví en primera persona lo que significaba leer “millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua”. Rebecca no había visto un grifo en su vida, conmigo vio lo que es abrir un grifo y que salga agua, compartió conmigo la emoción de ver correr el agua limpia por primera vez en sus 9 años de vida. Ella representó para mí, en ese instante, la realidad de millones de niñas, mujeres, personas en el mundo que no pueden acceder a este bien básico.

Esto es lo que me contó a través de su intérprete antes de despedirnos. Ese día, por primera vez, salió de su poblado para acompañarnos al mercado local, que dista 5 kilómetros de su casa pero que nunca había visitado. Se agarró a mi mano y no me soltó. La extraña debía ser yo, pero la que se sentía extraña era ella:

“Mi sueño es ser enfermera pero no sé si lo conseguiré porque mi familia no tiene medios. Seré entonces matrona en mi comunidad, ayudaré a otras mujeres. Me gustaría formar parte de los grupos de mujeres que existen en mi poblado y que fabrican jabón para tener ingresos y ser independientes.

Sé que hay otras muchas niñas y mujeres que tampoco cumplirán sus sueños. Porque las mujeres estamos discriminadas y no tenemos los mismos derechos. Cada día me pregunto por qué.»

Grupo de mujeres en Lalo, Benín.

Todos los días nos lo preguntamos. Por qué razón no tenemos los mismos derechos. Por qué razón las mujeres somos discriminadas. Hace bien poco se conmemoró, como cada 10 de diciembre, el Día Internacional de los Derechos Humanos y un año más la desigualdad de género sigue siendo una de las mayores barreras para el desarrollo humano. El IDH promedio de las mujeres es un 6% más bajo que el de los hombres, y los países de la categoría de desarrollo bajo sufren las brechas más amplias. Según las tasas actuales de progreso, podría llevar más de 200 años cerrar la brecha económica entre los géneros en todo el planeta. Son datos del último IDH 2018, con avances respecto a años anteriores pero el semáforo rojo sigue en países en vías de desarrollo como Ghana o Benín, dos de los países que he tenido el privilegio de visitar en varias ocasiones. Allí, aun estando legalmente prohibida, la poligamia campa a sus anchas en el ámbito rural, las mujeres trabajan a destajo en el campo y siguen sin ser dueñas de sus ingresos, tienen que pedir permiso para ir al médico y son el sustento de la familia desde todos los puntos de vista. Esto, dejando de lado la violencia intrafamiliar, la ablación y otros factores de extremo riesgo a las que se exponen.

Y es que, a pesar de los avances regionales en garantías legales, como es el caso de la Carta Africana de los Derechos Humanos de 1981 y su Protocolo Adicional en favor de las libertades de las mujeres (Protocolo de Maputo, en vigor desde 2005), las brechas de género, los abusos y la violencia contra las mujeres siguen abonando la pobreza, la discriminación y la emigración en muchos países africanos.

Hace 5 meses volví a Ghana por segunda vez este año. En el Hospital de Cape Coast, una antigua leprosería, me encontré de nuevo con Jeanette Gaya, una liberiana de 28 años a quien entrevisté en mi primera visita en 2019. Como yo, estudió Derecho y en último curso, enfermó. Peregrinó más de 5 años por hospitales de su país hasta que le hablaron de un centro en Ghana especializado en enfermedades como la suya, la lepra. Está curada de la enfermedad, pero ha sufrido una reacción a los medicamentos. La pobreza y el olvido que rodean a las personas que sufren estas enfermedades, también en el ámbito de la investigación médica y farmacéutica, hacen que casos como el suyo se cronifiquen. Será difícil que Jeanette salga de esa situación. Podía haber sido yo pero fue ella. El lugar en el que ambas nacimos marcó la diferencia.

Cada voz cuenta, cada paso cambia

10/12/2019 en Doce Miradas por Ana Erostarbe

No es la primera vez que traigo el test de Bechdel a colación en este blog. A través de tres sencillas preguntas, este test permite determinar si una película discrimina a las mujeres o no:

  • ¿Hay al menos dos mujeres con nombre propio en la historia?
  • ¿Conversan entre ellas en algún momento?
  • ¿Conversan sobre cualquier tema no relacionado con un hombre?

Tres preguntas aparentemente básicas, que no debiera costar responder afirmativamente, salvo en el caso de historias contadas. Al fin y al cabo, las mujeres somos la mitad de la población, y la lógica mandaría que estemos integradas de manera natural en lo que sea que se relate. Sin embargo, menos del 50% de las películas premiadas con un Óscar cumple con los requisitos mínimos de este test. Una cifra que, coincidiréis, cuando menos, da que pensar.

Disponer de un cuestionario tan sencillo para el cine dota de una herramienta útil a quienes miramos la realidad (y la ficción) de manera crítica. Permite identificar el desequilibrio, contabilizar y, llegado el momento, sumar los datos para generar una imagen global de lo que pasa con la presencia de las mujeres en la pantalla. Pero, sobre todo (y gracias al empuje social), ofrece a guionistas y realizadores una herramienta de reflexión, medida y corrección.

Y llego con esto hasta este otro gran tema, al que también regreso en este blog: la invisibilidad de las mujeres en la esfera pública; una cuestión que me interpela de manera particular (y que está, de hecho, en los orígenes de Doce Miradas). Qué hay detrás de esta falta de visibilidad femenina y, sobre todo, qué se puede hacer para cambiar. Mis preguntas en torno a este tema suelen ser más o menos estas:

  • ¿Por qué habiendo mujeres profesionales en todos los ámbitos se organizan tantos y tantos eventos en los que las mujeres estamos desaparecidas? (Véase foto 1)
  • ¿Por qué a menudo la única mujer presente es la conductora o la representante política de turno a la que le toca dar “la nota de color”? (Véase foto 2)
  • ¿Cómo es posible que haya premios empresariales con décadas a sus espaldas en los que se premia, año tras año, a hombres, sin reparar siquiera en que quizá sea hora de mirar este mundo compartido de manera más integradora? (Véase foto 3)

Me cuesta entender cómo algo tan ilógico, tan manifiestamente escorado, además de tan incoherente con el discurso de las instituciones públicas, sucede y sucede, y vuelve a suceder. Y en mis diatribas, me pregunto a menudo qué pasará (o qué no) por la cabeza de la Organización, qué pensarán los premiados o los ponentes cuando comprueban que (tampoco hoy) les acompañará ninguna mujer ahí arriba. ¿No comprenden acaso que la ausencia de mujeres en la tarima no solo no les es ajena, sino que su presencia es causa de la misma? Hay, por fortuna, honrosas excepciones como la de @No_Sin_Mujeres, iniciativa que recomiendo visitar a aquellos que quieran mostrar públicamente su compromiso de no participar en eventos profesionales sin presencia de mujeres. Nos hacéis falta. Con un paso al frente, colegas, compañeros.

Pero, sobre todo, por cuota de responsabilidad, suelo preguntarme por qué apoyan las instituciones, mis instituciones, con su mera presencia, si no con financiación o recursos de otro tipo, eventos en los que se menosprecia a las mujeres, ignorando nuestra existencia y capacidades. ¿Apoyarían con la misma corrección a empresas u organizadores de eventos que estuvieran contaminando abiertamente? ¿Apoyarían con el mismo sentido de la responsabilidad eventos xenófobos? ¿Por qué apoyan entonces eventos machistas?

En todo caso, partiendo de la idea —ingenua, quizá— de que muchos de estos errores no se cometen con vocación sino con ausencia de reflexión (o insuficiente esfuerzo y dedicación), propongo a continuación algunas preguntas básicas, en la línea del test de Bechdel, para ayudar a quienes se enfrentan a la ardua misión de organizar, tomar parte o representar a lo público en eventos en los que la mitad de la población no quede indignamente representada o desaparecida. Después de todo, hay más mujeres con educación superior (53%) que hombres (46%) desde hace décadas.  Y hoy proliferan además los lugares en los que encontrar mujeres profesionales para participar en eventos de todo tipo. Estamos levantando el dedo aquí detrás. No debiera de costar…

De modo que, al grano. Si organizas, participas o representas a una institución en un evento, atención, preguntas:

  • ¿La presencia femenina es de al menos un 30%?
  • ¿La presencia de esas mujeres está relacionada directamente con el contenido central del evento (nada que ver con necesidades técnicas, como la dinamización, lengua signos… o con la representación corporativa)?
  • ¿La comunicación del evento es inclusiva (desde los textos, el orden en el que se nombra a participantes hasta la imagen final que se envía a medios, publica en redes…)?

Si la respuesta es sí en todos los casos, adelante. Mission accomplished.

Si las respuestas son negativas, haz algo. La disculpa posterior se agradece, pero necesitamos acciones preventivas.

  • Si la respuesta es no, Organización, sigue trabajando, pide referencias, busca referencias. Las mujeres debemos estar en todas las funciones. No formamos parte del continente, sino del contenido.
  • Si la respuesta es no, ponente o premiado, hazlo notar, agradece invitación, valora nivel de desequilibrio y atrévete a decir que así, tú no.
  • Y si la respuesta es no, Institución, apúntalo con contundencia o, mejor, represéntanos a todos y todas, y declina asistencia. Probablemente sea el modo más rápido de que las cosas cambien.

No mires a la derecha ni la izquierda, no esperes a que el resto lo haga por ti. Cada voz cuenta. Cada paso cambia.

 

De la paridad numérica a la paridad sustantiva

03/12/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Martha Tagle, @MarthaTagle.

Soy feminista y politóloga comprometida con la defensa de los derechos humanos de las mujeres, la no violencia, la democracia, el combate a la corrupción y la impunidad. He participado como conferencista a nivel nacional e internacional como especialista en género.

Como fundadora de Movimiento Ciudadano, en México, he ocupado diferentes cargos al interior del partido y actualmente soy diputada federal en la LXIV Legislatura donde –como lo he hecho en otros espacios– impulso la agenda de la sociedad civil.

 

Por primera vez, ambas cámaras del Congreso de la Unión mexicano están conformadas prácticamente de manera paritaria. Es decir, casi el cincuenta por ciento de los escaños están ocupados por mujeres. Sin embargo, debe señalarse que este escenario es el resultado tangible de un movimiento que por más de 25 años ha trabajado incansablemente por incluir –en un primer momento– las llamadas cuotas de género (medidas de acción afirmativa) y posteriormente, el reconocimiento de la paridad a nivel constitucional y su implementación en todos los órdenes y niveles de gobierno en México (2019).

Nuestro país se ha colocado en el cuarto lugar a nivel internacional con mayor número de legisladoras. Solo por debajo de Rwanda (61.3%), Cuba (53.2%) y Bolivia (53.1%). Otro aspecto para destacar es que la Cámara de Diputados y el Senado de la República actualmente tienen a una mujer presidiendo sus mesas directivas, sentando un importante precedente para el ejercicio de los derechos político-electorales de las mexicanas y abriendo mayores posibilidades para impulsar una agenda incluyente e igualitaria.

Pese a que estos datos brindan gran aliento, la realidad es que las mujeres en el espacio político (como en muchos otros) todavía distan de ejercer plenamente el poder –en toda la extensión de la palabra–. Un ejemplo, en la Cámara de Diputados a pesar de que 48.2% de los escaños están ocupados por legisladoras, solo uno de los ocho grupos parlamentarios tiene una mujer a la cabeza. Al tiempo de que de las 46 comisiones ordinarias que enmarcan el trabajo legislativo, únicamente 19 están presididas por mujeres.

Por esta y otras razones, la paridad numérica no ha logrado traducirse en paridad sustantiva que permita avanzar en la calidad de vida de las y los mexicanos, ni tampoco en la transformación del quehacer político. El reto radica en cómo convertir –y aprovechar– la creciente participación política de las mujeres y su intervención en la toma de decisiones de los asuntos públicos del país.

Sobre este último punto: que haya más mujeres en espacios de decisión puede –por no decir debe– modificar de manera sustancial las reglas que históricamente han caracterizado el ámbito político. Estas lógicas masculinas –reglas escritas y no escritas– son las que han dado forma a ciertas estructuras androcéntricas, entre ellas los partidos políticos, y las responsables de perpetuar las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, entre los considerados “propietarios” de estos espacios y las consideradas “intrusas” o “ajenas” al proceder político y la toma de decisiones.

Por ello, el reconocimiento de la paridad de género como un principio de nuestra democracia no debe traducirse únicamente en un mayor número de legisladoras, alcaldesas, regidoras o síndicas; por decir algunos cargos. Este principio debe transformar radicalmente la forma en que se toman las decisiones. Por citar un ejemplo, resulta fundamental evitar –en la medida de lo posible– que los horarios en los que las y los legisladores deben sesionar se extiendan a altas horas de la noche.

¿Por qué? Porque esto permitiría –al igual que para cualquier persona trabajadora– contar con las condiciones necesarias para realizar una verdadera conciliación laboral-familiar, lo que se traduce en mayor rendimiento en el espacio de trabajo y una mejor distribución de las tareas en los hogares. Por ende, familias más felices y sin el pesar que produce tratar de compaginar estos dos ámbitos. Considerando además lo que ocurre con las y los legisladores que todas las semanas deben trasladarse desde sus estados hacia la Ciudad de México –y viceversa– para continuar con sus tareas y estar con sus familias.

Otros ejemplos. El reconocimiento de licencias de maternidad (y paternidad) para las legisladoras, el establecimiento de una sala de lactancia, el recorte de ciertos gastos que, además de poder destinarlos en otras labores, contribuyan al cuidado del medio ambiente. En fin, como estas, podríamos comenzar a generar los diálogos necesarios que ayuden a implementar diversas acciones que modifiquen este tipo de lógicas obsoletas que permean el ámbito de la política.

De hacerlo, la llamada “legislatura de la paridad de género” trascenderá no únicamente por haber tenido la mitad de los espacios ocupados por mujeres. Sino por su capacidad y compromiso por transformar la política y, con ello, la vida de todas y todos. Como bien ha reivindicado Marcela Lagarde, “por la vida y la libertad de las mujeres” trabajemos para que la paridad sustantiva sea una realidad.

 

 

Un momento, yo no quiero “hombres buenos”

26/11/2019 en Doce Miradas por Christina Werckmeister

Cada año alrededor del 25 de noviembre, se suceden las campañas institucionales por el Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres, con sus presentaciones oficiales, sus videos, sus carteles, rotulaciones de marquesinas y autobuses, merchandising etc ad nauseam… y como no podía ser de otra manera, cada año llega el momento de opinar sobre el acierto o desacierto de las mismas.

Al igual que las repetitivas campañas de la dirección general de tráfico que buscan reducir las muertes en la carretera utilizando diferentes estrategias comunicativas para llegar a nuestros corazones, nuestra conciencia o nuestro sentido de la responsabilidad, también en esto de la violencia de género, me imagino la tarea de las agencias de comunicación de intentar acordar un enfoque y dar con el eslogan o lema perfecto que logre “persuadir”. Siempre nos quedará en la memoria “Si bebes, no conduzcas”.

Podría darse una conversación como esta:

— ¿Dónde ponemos el foco, en las mujeres, “las víctimas”? ¿En los hombres, los “victimarios”?

— ¡Hay que hacer algo diferente! Este año vamos a poner el foco en ellos, porque ya está bien de señalarles siempre a ellas. Los hombres tienen que saber que la violencia no es un problema de las mujeres, sino un problema de ellos cuyas consecuencias sufren las mujeres. No son ellas las que lo tienen que solucionar, sino ellos.

(Hasta aquí no vamos necesariamente mal, véase esta campaña Argentina que se hizo viral el año pasado.)

— Vale… ¿Pero eso de “victimarios”…? Suena fatal. No va a funcionar porque a nadie le gusta que le llamen machista. Al contrario, tenemos que conseguir que los hombres “compren” el mensaje, que sea en positivo.

(Como escribe esta semana Javier Lopex, “la solución pasa por desarmar – de acciones y argumentos– a quienes agreden”. ¿Pero qué argumentos utilizamos para desarmarles de argumentos?)

— ¿Qué tal suena “Queremos hombres buenos”?

— Mejor todavía, ¿qué tal “Queremos tíos buenos”? (Campaña 25N Diputación Foral de Bizkaia)

Antes de entrar en lo que está ocurriendo aquí, déjame decir que pretender que un hombre resulte más atractivo por el mero hecho de no maltratar, hacer un juego de palabras entre “buen tío” y “tío bueno”, entre “estar bueno” y “ser bueno”, es absurdo, cuando no ofensivo. ¿Esto es un argumento? Solo falta que veamos camisetas en ZARA MAN del tipo “soy feo, pero no maltratador” o perfiles con la frase “No temas, soy un tío bueno” en Tinder. Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad.

Pero al grano. Aquí lo que ha pasado es que hemos entrado en la clásica retórica de persuasión llamada “moral reframing”. Básicamente, consiste en reenmarcar un problema político en términos del bien y del mal, una suerte de “truco psicológico” para convencer sobre una posición sin necesidad de análisis. Este argumento apela al comportamiento moral individual para solucionar un problema político colectivo. El primer problema de este argumento es que la violencia de género no tiene que ver con la catadura moral de su protagonista sino con su posición sociocultural dominante.

A nivel puramente comunicativo, es una propuesta que cumple su propósito de no incomodar, lo cual es en sí mismo un problema (el segundo problema de este argumento), ya que nadie puede permanecer en la comodidad cuando comprende la verdadera dimensión de la violencia machista. Es un argumento comodón, precisamente porque nos ahorra tener que enfrentarnos a cuestiones tan pesadas como la profundísima influencia machista que todavía permea toda nuestra historia, cultura y sociedad. Esa cultura, llamada patriarcado,  por la que según la interpretación social de los genitales con los que nacemos tendremos unas u otras posibilidades y prerrogativas de poder, autonomía y libertad.

La violencia machista (contra las mujeres y el colectivo LGBTQi) no surge repentinamente por la maldad de un individuo. Al contrario. Se produce por la correcta interpretación que ese individuo hace del mandato tradicional masculino de reservar para sí la función y el poder de vigilancia sobre el orden social, y para ello tiene el derecho, cuando no la obligación, de recurrir al “castigo” si lo considera necesario, en aras de preservar ese orden.

Dejemos las disquisiciones sobre la subjetividad de la virtud y la moral absoluta para la filosofía y las religiones: ¿Robar es malo, aunque tengas hambre? ¿Mentir es pecado, aunque sea para ahorrarle a alguien un disgusto? ¿La violencia es intolerable o a veces necesaria?

La violencia de género no se debería abordar como un argumento filosófico, sino como un sistema social que ha funcionado durante siglos. Ante esta realidad, pedir “tíos buenos” es un tratamiento demasiado superficial.

 El diablo mismo es bueno cuando está contento. Thomas Fuller

El tercer problema de este argumento es que no es efectivo. “Sean ustedes buenos.” ¿Ustedes quienes?¿Quién se va a dar por aludido? Pocos o ningunos. Porque nadie se tiene por malo.

Dudo que cualquier hombre no sepa que controlar, abusar, humillar, agredir, insultar, matar es malo. Cuando aparecen estas “maldades” suelen motivarse por el comportamiento de la víctima. “No la estoy controlando, es que sé que me está poniendo los cuernos”; “No la insulto, es que está muy subidita”; “No es agresión, es que me estaba provocando.”

El cuarto problema con el argumento “buenista” es que no es innovador. Más bien todo lo contrario. Es lo de siempre. Es continuar pensando que cuando una mujer sufre maltrato, es porque ha tenido la mala suerte de toparse con un “hombre malo”, una especie de anomalía a la buena educación y la decencia. A esos “hombres malos” lo que les pasa es que se les ha ido la pinza, han bebido, o “sufren” de alguna otra circunstancia que acaba siendo, cuando no un atenuante, directamente una justificación. Nos permite concebir que el solo acto de no humillar, no agredir, no asaltar, no controlar, se llega a la categoría extraordinaria de virtud. Porque pudiendo ser malo, eres bueno. ¡Admirable!

Confieso que no he intercambiado opiniones con compañeros hombres, el “target” de esta campaña, pero intuyo que más de uno no se sentirá atraído por cierto tono paternalista, condescendiente y simplón. La vida es un poco más complicada.

Últimamente estoy viendo esto de los “hombres buenos” en varios contextos, sean libros, campañas, o conversaciones. Ojo, comprendo la dificultad de “convencer”, sea individual o colectivamente, a quienes están en posiciones de poder, y no, no tengo la receta mágica. Es más, afirmo que tal posibilidad no existe.

La raíz de la violencia de género no está en la capacidad de bondad humana. Está en la desigualdad del valor social ente lo masculino y lo femenino, en la desigualdad de poder, y por tanto debe tener una lectura, una interpretación y una solución política, no ideológica, ni mucho menos moralista.

Espero que la frase «queremos tíos bueno» no quede en nuestra memoria.

La movilización feminista: oportunidad para la cohesión social

19/11/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Paul Ríos (@PaulRios) – Nací en 1974 en Algorta. Estudié derecho pero nunca he sido abogado. Durante casi toda mi vida adulta he estado dedicado plenamente a la tarea de aportar a la paz y a la convivencia en Euskadi. Tras terminar mi etapa de director de Lokarri he abierto el foco, estudié un máster universitario en Derechos Humanos y participo en distintos proyectos que tienen como objetivo el desarrollo humano sostenible. Así, hago parte de Agirre Lehendakaria Center, donde, entre otras cosas, he aprendido que la desigualdad está detrás de muchos de los grandes problemas que azotan al mundo.

Foto: Zuzeu

 

La desigualdad es uno de lo mayores retos a los que nos enfrentamos. Según Naciones Unidas, “el 10 por ciento más rico de la población se queda hasta con el 40 por ciento del ingreso mundial total, mientras que el 10 por ciento más pobre obtiene solo entre el 2 y el 7 por ciento del ingreso total”. Lejos de reducirse la brecha entre los más ricos y los más pobres, año tras año sigue aumentando. Los informes de Intermon Oxfam sostienen que en 2018 “26 personas poseían la misma riqueza que los 3800 millones de personas más pobres del mundo” y que desde el año 2010, la riqueza de esta élite económica ha crecido en un promedio del 13% al año; seis veces más rápido que los salarios de las personas trabajadoras que apenas han aumentado un promedio anual del 2%”.

Combatir la desigualdad se ha convertido en un gran reto de escala planetaria. De hecho, Naciones Unidas ha situado entre sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) el objetivo de reducir las desigualdades para el año 2030. Hay mucho en juego. La desigualdad y la pobreza, además de limitar la capacidad de desarrollo de las personas, siendo un gran obstáculo para que desarrollen un proyecto de vida pleno e ilusionante, son fuente de conflictos y de problemas sociales. Y si con este argumento no es suficiente, incluso el informe anual del World Economic Forum señala que la desigualdad sigue siendo vista como un importante riesgo para la economía mundial porque “erosiona el tejido social de un país de una manera económicamente perjudicial: a medida que disminuyen la cohesión y la confianza, es probable que se produzcan resultados económicos adversos”.

No es una realidad lejana. En nuestro entorno también crece la desigualdad. Es cierto que Euskadi se encuentra en una situación mejor que los países del sur de Europa, pero el coeficiente Gini de la CAV se ha incrementado en 2018. Y nos alejamos de los países más avanzados socialmente de Europa.

La desigualdad tiene, además, nombre de mujer. A nivel mundial, las mujeres ganan solo 77 centavos por cada dólar que ganan los hombres haciendo el mismo trabajo. En Euskadi, la renta personal media de las mujeres en 2014 se situó en 14.711 €, a casi 10.000€ de diferencia de la renta media personal de los hombres. Y En 2016, los hogares encabezados por mujeres llegan a concentrar un 49,7% de todos los casos de pobreza real.

Esta es la dura realidad de la desigualdad. Un panorama lleno de dificultades y que no mejora con el paso de los años, o lo hace de una manera demasiado lenta. Ahora bien, no todo son obstáculos. Durante muchos años he participado en organizaciones sociales y creo no equivocarme al identificar el movimiento ciudadano que mayor ilusión, esperanza y activismo genera en los últimos tiempos: el movimiento feminista y por la igualdad de género. Las manifestaciones y actividades en torno al 8 de marzo y en denuncia de los asesinatos machistas muestran la existencia de un importante movimiento que se caracteriza por su vitalidad, capacidad de convocatoria y transversalidad. Tiene además características propias, herederas de los principios feministas, como la horizontalidad, el poder distribuido y la capacidad de inclusión. E incluso, por qué no decirlo, formas de actuación muy diferentes a los tradicionales movimientos sociales (donde la presencia masculina en los centros de decisión era predominante).

Es un movimiento que viene, además, cargado de esperanza en el futuro. Y no parece ser un movimiento pasajero, sino con vocación de continuar con sus reivindicaciones mientras no se dé una genuina igualdad y los derechos de las mujeres sean efectivamente respetados.

Y todas esas mujeres, de todas las edades y condición, que participan en este movimiento representan también la mayor oportunidad para movilizar a la sociedad contra la desigualdad. Con los datos anteriormente ofrecidos se puede inferir que terminar con la desigualdad de las mujeres, que son precisamente aquellas que más la sufren, supondría un avance notable para avanzar en el objetivo de construir un mundo más igualitario y alejado de la pobreza. Como afirmó el presidente de FAO, “las evidencias muestran que cuando las mujeres cuentan con oportunidades, los rendimientos en sus explotaciones aumentan y también sus ingresos. Los recursos naturales se gestionan mejor. Mejora la nutrición. Y los medios de subsistencia están más protegidos”.

Así que, a modo de conclusión, considero que el movimiento feminista es la principal palanca de cambio con la que contamos para conseguir la igualdad. Por supuesto, bastante tiene con reclamar la igualdad de género, pero, con la mirada puesta más allá, no me cabe duda de que su impulso y capacidad de movilización puede redundar en un beneficio aún mayor para todos y todas, para el conjunto de la sociedad, en forma de más igualdad y más cohesión social. Por ello, la movilización feminista debe ser cuidada y respetada, escuchada y apoyada, pero, sobre todo, debe tener la ocasión de poder aplicar sus recomendaciones y recetas para conseguir un mundo mejor.

La leona herida

12/11/2019 en Doce Miradas por Noemí Pastor

Hace unos años, de visita en el British Museum de Londres, una de las obras de arte que más me impresionó, y todavía me impresiona, fue “La leona herida”, un bajorrelieve tallado en alabastro hace más de 2600 años para decorar el palacio de Nínive del rey Asurbanipal.  La leona es parte de un bellísimo conjunto de escenas que representan al rey en una cacería.

Entre carros de combate, felinos lanceados y monarcas triunfadores, la leona, la hermosa leona, ligera, filiforme, digna y delicada en su fiereza y su vulnerabilidad, con sus patas traseras ya muertas y su imaginario aullido de dolor, conmueve y a la vez resulta tremendamente inspiradora.

Desde entonces, no puedo evitar pensar en la leona herida cada vez que veo a una mujer destacada, valiosa, poderosa o peligrosa, atravesada por flechas, abatida, derrumbada; y me viene especialmente a la cabeza en el caso de mujeres políticas que abandonan su quehacer de forma repentina, tras un mortífero revés, tras una lluvia de saetas que se les han clavado sobre todo en el alma.

Las mujeres políticas, al menos en mi entorno cercano, no suelen tener carreras largas. Salvo contadas excepciones, no se sientan en todos los parlamentos, no tocan todos los palos, no recorren todas las ejecutivas; no hay entre ellas supervivientes ni aves fénix que resurgen de sus cenizas. Y seguro que al leer estas últimas líneas os han venido a la mente unos cuantos ejemplos masculinos.

No doy nombres propios porque me gustaría que mis lectoras y lectores me confeccionaran una lista; o varias. Sí os diré, en cambio, que pienso en leonas heridas cuando pienso en políticas que estuvieron en activo y dejaron de estarlo en muy diversas coyunturas, que van desde lo delictivo hasta lo bastante más irrelevante. Vivieron diferentes circunstancias, alcanzaron diferentes cotas de poder, sí, pero con algo en común: pocos años en activo, en comparación con sus compañeros varones, y salidas forzadas, tensas, sin homenajes ni cálidos adioses; sin regresos espectaculares, sin aplausos ni loor de multitudes.

Las leonas, cuando se retiran, dejan en el aire esa pizca de amargura de animal herido que tan bien expresa la de Nínive, a veces con un aura de divismo como inspirado por otras fieras excelsas, como Greta Garbo o Marlene Dietrich, que dejaron su profesión y vivieron décadas alejadas del foco mediático.

Por el contrario, esa coraza típicamente masculina, mezcla de cinismo e invulnerabilidad, de estar por encima del bien y del mal y de lo humano, parece que solo la tengan un puñadito de ellas. Parece.

Las demás, tras ser fulminadas, muchas veces por fuego amigo, se retiran en silencio a lamerse las heridas en privado, en ese espacio personal o familiar donde se supone que estamos protegidas y a salvo.

Porque todavía hace frío ahí afuera. Porque la política no es todavía un territorio amigo, no es  women friendly. Siglos de testosterona han construido un sistema donde difícilmente tenemos cabida. En muchas partes del mundo todavía hay leyes discriminatorias que impiden la participación política de las mujeres, las cuales sufren incluso una fuerte brecha en capacidad y educación, lo cual supone empleo precario, que, unido a las cargas familiares, desemboca en pobreza.

Este último fenómeno lo compartimos lamentablemente en este nuestro presunto primer mundo, donde tenemos que hablar, además, de unas estructuras de partidos políticos nada acogedoras y de horarios incompatibles con la vida personal y familiar. Además, los procesos internos de primarias en los partidos necesitan todavía un buen tratamiento con perspectiva de género.

Tampoco ayudan a esto los estereotipos sociales negativos, fomentados a veces por los medios de comunicación, que se encuentran muy asentados en la misoginia popular, al igual que el edadismo, que se ceba contra las mujeres maduras con bastante más virulencia que contra los hombres.

Por ende, la escasa representación política femenina se ve reforzada por la escasa representación femenina en puestos directivos en muy diversos ámbitos: artes, cultura, empresa, deportes, medios, educación, religión, justicia, sindicatos, banca…

Esta ausencia de mujeres en los ámbitos citados contrasta vivamente con la destacada presencia femenina en estructuras alternativas de voluntariado, organizaciones no gubernamentales y similares, en cuyas cúpulas no se suele recibir una remuneración económica. El tabú del dinero sigue vigente para nosotras, como bien nos recordaba Ana Erostarbe.

A esto debemos añadir el elevado coste que supone aspirar a un cargo público y mantenerse en él. ¿Qué precio se paga? ¿Están (estamos) las mujeres dispuestas a pagarlo? ¿No resulta esto contradictorio con el principio feminista que propone colocar la vida en el centro?

Concluyo, a modo de colofón, con unas palabras de “Mujeres y poder”, el libro de Mary Beard:  las mujeres no están completamente integradas en las estructuras de poder, pero para esa integración lo que tenemos que cambiar no son las mujeres, sino el poder.

En eso estamos, hermanas.

La Pared Vacía

05/11/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Marta Marne (@Atram_sinprisa). León (1979). Estudié Historia del Arte, Biblioteconomía y Documentación. En 2011 nació Leer sin prisa, un blog sobre literatura generalista que fue tiñéndose de negro. A lo largo de estos años he colaborado con la revista Fiat Lux y con Culturamas. He sido la jefa de prensa del festival de Las Casas Ahorcadas de Cuenca durante tres años y su CM durante uno. Actualmente trabajo para El Periódico de Cataluña como crítica literaria y en septiembre de 2019 he creado una nueva página web especializada en creadoras de ficción y no ficción negro-criminal llamada La Pared Vacía.

 

El 26 de marzo de 2016 la organización de la Semana Negra de Gijón anunció en una rueda de prensa los escritores nominados a sus premios. Cada año suelo publicar dicha lista en mi blog Leer sin prisa y aquel año, tras compartirla en redes sociales, tuvo que ser el escritor Toni Hill quien me hiciese ver que entre las dieciocho personas que optaban a alguno de los premios no había ni una sola mujer. En aquel momento estaba emocionada porque en la lista aparecían varias novelas que había apoyado con mis reseñas y que esperaba ver nominadas. Pero eso no es excusa: estaba tan acostumbrada a este tipo de conductas dentro del mundo de la literatura de género negro que no me di ni cuenta.

En ese mismo momento me volví hacia mis estanterías. ¿Cuántas obras escritas por mujeres había leído yo durante el año anterior? La lista era muy corta, tan corta como escasas eran dichas obras sobre mis baldas. Mi manera de escoger lecturas por aquel entonces venía determinada sobre todo por las novedades editoriales y los autores que iba descubriendo en las distintas semanas y festivales negros que inundan nuestro país, a los que asisten mayoritariamente hombres.

Ese día supuso un punto de inflexión para mí como lectora. Empecé a fijarme mucho más en las escritoras cuando veía una en mi librería de cabecera y no dejaba de buscarlas en los boletines que publicaban las editoriales. En las entrevistas en la radio, en podcasts, en reseñas de blogs, sí, había siempre dos o tres muy mediáticas, pero el resto apenas eran citadas.

A lo largo de estos tres años he invertido muchas horas en conocer a autoras contemporáneas y rastrear a autoras clásicas. Y clásicas las hay, incluso traducidas. Me he hecho con una pequeña biblioteca con nombres como Vera Caspary, Margaret Millar, Leslie Ford, Anne Hocking, Hellen Reilly, Frances Crane, Margaret Scherf, Charlotte Armstrong, Dail Ambler o Sara Paretsky, entre otras.

A lo largo de estos años he vivido momentos en los que he sufrido discriminación más o menos directa en este mundillo. Y eso que me considero una privilegiada porque sé que son varios los que respetan y valoran mi criterio. Pero el detonante ha venido al escuchar las anécdotas de situaciones que varias autoras de nuestro país han tenido que sufrir cuando han asistido a festivales negro-criminales. Todo este cúmulo de circunstancias me ha llevado a la conclusión de que a muchas de ellas no se las ve, no se las lee porque no consiguen la visibilidad que alcanzan sus compañeros. Así que decidí crear una especie de habitación propia para ellas, un pequeño espacio virtual que tan solo busca que no tengan que competir por un rinconcito. Y lo he llamado La Pared Vacía. La gran mayoría de las webs de género negro, los festivales y sobre todo los premios se olvidan de ellas una y otra vez. Y en muchas ocasiones es tan solo debido a que el número de novelas escritas por hombres y el de escritas por mujeres de quienes seleccionan y nominan no se acercan ni de lejos a un 50-50.

¿Se publica a más escritores que escritoras de género? Sí, yo diría que sí. ¿Se lee en función de ese porcentaje? No, estoy convencida de que no. Por supuesto, hay espacios en los que sí podemos encontrar un reparto más igualitario y varios autores ya se acuerdan de ellas cuando les piden recomendaciones de libros. Pero en veintidós años tan solo una mujer ha ganado el Dashiell Hammett, uno de los premios más valorados dentro del género en este país. Algunos festivales siguen invitando tan solo a un porcentaje mínimo de autoras a sus mesas, algo que repercute no solo en que las conozcan los asistentes, sino en su presencia en la prensa. Y si se las invita, es para colocarlas en mesas de forma aislada para hablar de cómo ellas abordan la novela negra. Como si lo que escriben ellas fuera un subgénero, “obras escritas por mujeres y para mujeres” o algo así. Y no son pocos los que siguen pensando que lo que escriben las mujeres no cabe dentro del género, tan solo porque no se adapta a unos cánones que se establecieron (al parecer de manera inamovible) por hombres hace cerca de cien años.

Las mujeres en el poder empresarial: justicia y utilidad

29/10/2019 en Doce Miradas por Garbiñe Biurrun Mancisidor

garbiñe biurrun doce miradas

Este blog se subtitula “Nos nos van los techos de cristal, somos más de cielo abierto”. Así lo siento también yo, que entiendo que no existen límites objetivos a la capacidad de las mujeres y que los que se nos imponen no solo impiden nuestro desarrollo de manera injusta sino que, además, niegan avances innegables al resto de la sociedad.

Mucho se habla del modo en que las mujeres se comportan cuando acceden a espacios reservados a los hombres, hasta no hace mucho incluso prohibidos a las mujeres. Mucho se habla, por ejemplo, de si las mujeres juezas —profesión vedada legalmente en España hasta 1.966— juzgan de manera distinta, o si las mujeres directivas de empresas contribuyen a cambios relevantes en la gestión.

Ahora bien, actuemos como actuemos en nuestros espacios de trabajo, no puede negarse nuestro derecho a ocuparlos. Es cuestión de justicia y de igualdad. Ya se ocuparon de que no fuera así en tiempos pasados, pero muy recientes. En estos días en que el franquismo vuelve a estar presente y que solo 44 años después de muerto el dictador se hayan sacado sus restos de un mausoleo público, no está de más recordar que, tras los extraordinarios avances producidos en la II República, la primera de las Leyes Fundamentales adoptada por el nuevo Régimen fue el Fuero del Trabajo, aprobado el 9 de marzo de 1938, algo más de un año antes de terminar la guerra, que, entre otras perlas, decía que “El estado liberará a la mujer casada del taller y de la fábrica”, un compromiso que el Estado cumplió, vaya si lo hizo. Pues bien, hace tiempo que hemos rechazado liberaciones castrantes como ésta y que peleamos por lo que es nuestro, o sea, por la igualdad y la justicia.

Yo tengo cierta idea de cómo nos movemos las mujeres en nuestra vida laboral, en cualquier puesto, pero no puedo sostenerla con mínimo rigor, pues ni lo he estudiado ni me dedico a ello. Por eso, en este año en que celebramos el centenario de la Organización Internacional del Trabajo – OIT -, he creído oportuno repasar su Informe de mayo de 2019 titulado  “Las mujeres en la gestión empresarial: Argumentos para un cambio”. Informe realizado a nivel mundial con interesantes y esperanzadores resultados, al menos desde el punto de vista de la actividad económica, que se resumen en que las empresas en las que se fomenta la diversidad de género, en particular a nivel directivo, obtienen mejores resultados y aumentan notablemente su beneficio.

El Informe recoge los resultados de encuestas realizadas en casi 13.000 empresas de 70 países, respondiendo más del 57% de ellas que sus iniciativas a favor de la diversidad de género contribuyen a mejorar su rendimiento empresarial y constatándose que en casi el 75% de las entidades que promovieron la diversidad de género en cargos directivos aumentó su beneficio entre el 5% y el 20%.

El Informe constata que el 57% de las empresas participantes en la encuesta expresó que esta diversidad contribuyó también a atraer y retener a profesionales con talento y que mejoraron la creatividad, la innovación y la apertura, y un porcentaje similar de empresas manifestó que la inclusión de género mejoró su reputación. Además, a escala nacional, el aumento de la integración laboral de la mujer tuvo relación directa con el desarrollo del PIB, tras el análisis de datos de 186 países para el período 1991-2017.

Y ello, partiendo de que, según este Informe, la diversidad de género genera estos beneficios cuando las mujeres ostentan, al menos, un 30% de cargos directivos y de gestión, lo que no se cumple en más del 60% de las empresas, por lo que se ven privadas de todo el talento necesario a los efectos de gestión.

Sin embargo, el Informe recoge también elementos negativos aún presentes y factores clave que continúan dificultando el acceso de la mujer a puestos de toma de decisiones. De un lado, la cultura empresarial que exige disponibilidad constante afecta de manera desproporcionada a la mujer, por lo que se impone insistir en políticas de inclusión y conciliación del trabajo con la vida personal para hombres y mujeres. De otro lado, la llamada “tubería con fugas”, esto es, que la proporción de mujeres que desempeñan cargos directivos en la empresa desciende según se asciende en la jerarquía de gestión – “techo o muro de cristal» -, que engloba todos los obstáculos que ha de superar la mujer en puestos directivos – notablemente, por desempeñar funciones de recursos humanos, finanzas y administración, consideradas menos estratégicas y, por lo general, menos dadas a facilitar una promoción que permita ocupar un puesto de auténtica dirección ejecutiva o en un consejo de administración -. En este sentido se constata que menos de un tercio de las empresas participantes en la encuesta han alcanzado el umbral crítico de un 33% de mujeres en su consejo de administración y que una de cada ocho empresas tienen consejos de administración formados exclusivamente por hombres, así como que la dirección ejecutiva de más del 78% de las empresas participantes es hombre, y solo es mujer, por lo general, en el caso de pequeñas empresas.

Si bien es lástima que el Informe no arroje resultados sobre el impacto que la participación de las mujeres en el poder empresarial tiene sobre la promoción de la igualdad dentro de las empresas, es de resaltar que se ha puesto de relieve su relevancia “si se tienen en cuenta los esfuerzos que despliegan las empresas en otras esferas para lograr únicamente un dos o tres por ciento de aumento de su beneficio”, por lo que “Las empresas deberían considerar el equilibrio de género una cuestión primordial, no solo un aspecto de recursos humanos«.

No soy persona dada a valorar los resultados económicos como elementos positivos de las acciones humanas, pero es claro que, si no se responde a otros estímulos de igualdad y justicia, al menos habrá que reconocer que la participación de las mujeres en la dirección empresarial tiene una justificación clara desde el punto de vista de la estrategia económica.

O sea, que el techo de cristal no solo nos cierra el paso a nosotras, lo que es manifiestamente injusto e insoportable, sino que es también negativo para las empresas y la sociedad en general. ¿No es razón bastante para romperlo ya?