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¿Qué hacemos con la prostitución?

26/02/2019 en Doce Miradas por Doce Miradas

Este es un post colaborativo, elaborado a veinticuatro manos, fruto de un debate, de un diálogo a doce bandas sobre un asunto que la actualidad nos ha puesto frente a los ojos y ante el cual hemos querido pronunciarnos.

Con todo, lo hacemos a nuestro estilo: con humildad, sin pretender sentar cátedra, reflexionando en voz alta, abriendo la pantalla a aportaciones y queriendo siempre compartir y aprender.

Para no engañar a nadie y dejar las cosas claras desde el principio, diremos que en Doce Miradas somos mayoritariamente abolicionistas. Con dudas, con recelos, inseguridades, reservas y discrepancias, por supuesto, pero, para ser sinceras, hemos de confesar que el abolicionismo es la línea predominante de nuestras posiciones.

El abolicionismo es una opción que hasta hace poco ni siquiera se nos pasaba por la cabeza, ya que la postura tradicional es la resignación ante algo que “existe desde siempre”, que es “el oficio más viejo del mundo” y, en consecuencia, algo inmutable.

Se ha escrito muchas veces que la dominación sobre las mujeres se basa en dos mitos: el mito del amor y el mito del sexo. Estos son los mitos iniciales, que se ramifican en otros secundarios. Por ejemplo, el mito de la maternidad es una ramificación del mito del amor. La prostitución tiene que ver con el mito del sexo; del sexo masculino, claro, concebido como imperativo biológico e impulso que ha de saciarse inmediatamente, que es inaplazable.

El mito nos hace dar por hecho que el hombre tiene unas necesidades sexuales que saciar (por supuesto, diferentes a las de las mujeres y superiores) y por tanto se le debe prestar ese servicio. Ahí está la raíz del asunto: ningún hombre debe pasar necesidades sexuales; el hombre, como amo del mundo, tiene derecho a disponer de una mujer cuando le apetezca.

Es, por supuesto, un mito falso y la mejor prueba de que el deseo masculino es refrenable y aplazable es que, de hecho, se refrena y se aplaza: los puteros consumen sexo entre semana, durante el presunto horario laboral y a primeros de mes, recién cobrada la paga; no en cualquier momento, no en cuanto les sobreviene el deseo.

Si olvidamos eso del ‘oficio más viejo del mundo’ y miramos la prostitución con ojos nuevos, su existencia es impensable en una sociedad que se considera civilizada. La prostitución es básicamente esclavitud, algo que responde en su totalidad a una cultura patriarcal.

Fotografía de @anaerostarbe

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Quienes defienden la pervivencia de la prostitución esgrimen, entre otros, el argumento de la libertad de la mujer prostituta. Y, llegadas a este punto del debate, es inevitable referirse a la escritora y cineasta Virginie Despentes, que, en su libro “Teoría King Kong”, muy recomendable por muchísimas razones, relata las experiencias vividas durante la época en la que ejerció la prostitución y extrae reflexiones y conclusiones interesantísimas.

El caso de Virginie Despentes fue uno de esos casos raros de prostituta autónoma que solo depende de sí misma. Cuenta en “Teoría King Kong” que, cuando ejercía de prostituta, se sentía poderosa. Sabía que poseía algo que los hombres deseaban y por lo que estaban dispuestos a pagar. Y ella sacaba buen partido de todo eso. Despentes se lanza a degüello contra la idea de que las mujeres debemos hacer todo “gratis et amore” y plantea una visión del sexo como factor empoderante.

Quienes defienden la abolición niegan o ponen en cuestión, pues, que tal libertad exista. Existen, por supuesto, casos singulares como el de Despentes, pero en la inmensa mayoría tras la prostitución está la pobreza, la vulnerabilidad y una cultura según la cual todas las mujeres llevamos una puta dentro, de manera que, llegado un caso de apuro, podemos sacarla a la superficie y valernos de ello.

La prostitución no afecta solo a las mujeres que la ejercen, sino que nos afecta a todas. Que un compañero de trabajo pueda celebrar un éxito laboral o cualquier otra cosa pagando por sexo a una mujer no contribuye a construir relaciones igualitarias, sino a que nos consideren a todas las mujeres seres a su servicio.

La cultura de la prostitución nos mete a todas en el mismo saco. Algunas componentes de Doce Miradas hemos conocido más o menos de cerca situaciones en las que nos han “consultado” si, además de ejercer nuestras funciones profesionales como organizadoras de eventos, intérpretes o fisioterapeutas (por poner solo unos pocos ejemplos), podemos “acompañar” al cliente. Hay un amplio páramo de tolerancia, complacencia y silencio alrededor de esto. Ya lo decía la misma Despentes en una entrevista: lo que más temen los hombres es que las prostitutas hablen. No está todo dicho. Hay muchas voces todavía acalladas. Más tarde volveremos a esta cuestión.

En este debate sobre legalización, abolición o prohibición, como en otros muchos, subyace este viejo nudo gordiano: qué lugar corresponde a los derechos individuales y cuál a los colectivos. Y sobre todo, cuando existe el conflicto, cuáles prevalecen.

Toda mujer tiene el derecho de hacer de su vida (incluidos cuerpo, sexualidad y mente) lo que quiera y en ese ejercicio de libertad, llegado el caso, podría elegir que su cuerpo bien vale un modo de vida. Y decimos “podría” porque nos preguntamos cuántas lo eligen en libertad. Diríamos que pocas; muy pocas.

Por lo tanto, si hay que limitar los derechos de unas muy pocas mujeres que se prostituyen en libertad, para blindar los de todas las demás a no ser consideradas potencialmente prostitutas, hágase, pues no se trata de situaciones individuales, sino colectivas. Este mismo argumento de la mujer liberada ilustra casos como los de las cooperativas de prostitutas, lideradas también por mujeres, un autoempleo o actividad económica en la que mujeres empoderadas deciden, en teoría libremente, qué hacer con un servicio (su cuerpo) que evidentemente cuenta con demanda más que suficiente. La duda es si hay que legislar a favor de las minorías o proteger a las mayorías.

La activista, historiadora e investigadora Silvia Federici nos recuerda que ocurre lo mismo con otras maneras de prostituirnos, que las hay, pero el hecho de que sean muchas, no justifica ninguna. No avanzamos si el dilema está entre tener que resolver todos los problemas o ninguno.

Lo personal es político. El hipotéticamente libre derecho de las mujeres a prostituirse se inserta en un contexto social y político de dominación y desigualdad en el cuerpo de las mujeres es una herramienta de dominación, que sirve para satisfacer los deseos, que no las necesidades de los hombres.

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Retomamos ahora otro de los argumentos pro regulación de la prostitución, el que dice que las abolicionistas no escuchan a las prostitutas; su postura tiene un punto de complejo de superioridad. Son, en general, mujeres ilustradas, socialmente acomodadas, que hablan por las desposeídas sin escucharlas, cuando deberían prestar atención a las organizaciones de mujeres que se dedican al trabajo sexual y que están organizadas hace años en todo el mundo. Ahí está el peligro del feminismo hegemónico, ante el cual todas las prevenciones son pocas.

Con todo, difícilmente escucharemos la voz del que, según todos los datos, es el mayor colectivo de mujeres prostituidas: las mujeres víctimas de trata. Difícilmente oiremos nítida la opinión de una muchacha encerrada en un burdel que ni siquiera sabe en qué país se encuentra.

Si muchas de las que tenemos empleos presuntamente dignos no hablásemos jamás libremente ante un micrófono sobre nuestras condiciones de trabajo, ¿alguien cree que mujeres controladas por las mafias pueden hacerlo?

Desde tales abismos de ignominia solo nos llegan voces aisladas de supervivientes como Amelia Tiganus.

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Si echamos un vistazo a países con experiencias abolicionistas y regulacionistas, el panorama tampoco se nos aclara demasiado. Hay informes y cifras para todo; cada cual arrima el ascua a su sardina e interpreta las experiencias como exitosas o no en base a su ideología previa.

Está regulada la prostitución, por ejemplo, en Alemania, donde hay quien dice que el panorama, lejos de mejorar, ha empeorado y hay también quien aporta informes que afirman lo contrario.

Sin conocer a fondo estas experiencias reguladoras, resulta inevitable pensar en qué puede suponer regular la prostitución y tratarla como otra profesión cualquiera. Por ejemplo, ¿habría estudios reglados? ¿En qué rama se adscribiría esta actividad? ¿Bachillerato artístico? ¿Formación profesional del cuidado? Si estoy en paro y me llaman de la oficina de empleo porque hay una vacante en un burdel, ¿tengo que aceptar el trabajo porque, si no, me retiran el subsidio? ¿Llamarían también a hombres? ¿No llamarlos sería discriminatorio?

Esto nos conduce, en fin, a un despropósito total, porque hay muchos elementos que marcan gruesas líneas de separación entre la prostitución y el resto de ocupaciones.

Aunque a menudo se intenta endulzar e intelectualizar la prostitución con argumentos como los expresados por Federici (al fin y al cabo todos y todas nos prostituimos en algún momento de nuestras vidas en nuestros trabajos, todo el mundo ha tragado enormes sapos en su trabajo…), estamos hablando de un trabajo físico de enorme crudeza que, además, por su especificidad, pone a la prostituta en una situación de aislamiento, soledad y exposición a la violencia; de hecho, hay estadísticas que dicen que, si eres prostituta, tus posibilidades de morir asesinada se multiplican por sesenta. Ni el peor día de toda nuestra vida laboral puede asemejarse a eso, ni del que trabaja en la mina ni cualquier empleo de los más duros e ingratos.

Pero la principal línea de separación entre la prostitución y las demás ocupaciones es el estigma. Una puede haber ejercido el oficio más humilde, peor pagado y considerado durante una buena época de su vida; cuando deja de ejercerlo, ya “es” otra cosa. En cambio, si una ha ejercido de puta, aunque solo sea durante una hora de una noche, ya es puta para siempre.

A esto se puede contestar: bien, luchemos contra el estigma, no contra la ocupación en sí. Por supuesto; es algo que, tomemos la postura que tomemos, no debemos dejar de impulsar, porque sigue recayendo en las mujeres y no en los puteros. De nuevo nos aparece la necesidad de cambiar el foco.

Las experiencias abolicionistas (de Suecia, por ejemplo) parten de una premisa interesante: ponen el foco no en la prostituta, sino en el putero.

En Suecia se pretende acabar con la mal entendida libertad o el mal entendido derecho de los hombres a consumir prostitución o, hablando en plata, comprar mujeres. Se persigue policialmente al putero, lo cual es un punto de partida interesante, pero que ha producido consecuencias inesperadas al convertir estos a las prostitutas en responsables de su seguridad. Por tanto, ahora recae sobre las prostitutas una doble función: prestar su servicio sexual y proteger al putero para que siga siendo impune.

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Este ha sido el resultado de nuestro diálogo y nuestra reflexión. Esperamos que os haya sido provechoso y acabamos con un tímido intento de recapitular y obtener algunas conclusiones. Ahí van:

  • Debemos desviar el foco hacia proxenetas y puteros. Basta de revictimizar a víctimas.
  • Da pavor opinar y sentenciar sin la voz de las protagonistas. Hay que evitar a toda costa el feminismo hegemónico.
  • No debemos perder de vista a las mujeres que tienen en la prostitución su único sustento, a las que posiciones abolicionistas podrían dejar aún más desamparadas. Ese es el aspecto que hay que proteger: un mandato de abolición debe ir acompañado de medidas de recuperación económica para esas mujeres, políticas activas de protección, atención y reinserción que ataquen la raíz y no solo la forma del problema.
  • Entre ambas visiones, la regulacionista y la abolicionista, hay al menos un aspecto en común: debemos luchar, en todo caso, contra el estigma de la prostituta, con el cual el lenguaje tiene mucho que ver: “puta” frente a “cliente”; una denominación estigmatizante frente a otra aséptica. Pero eso ya será asunto de otro artículo.

Muchas gracias.

Los hombres que no sabían trabajar con mujeres

19/02/2019 en Doce Miradas por Noemí Pastor

En contextos laborales informales, a menudo y lamentablemente nos encontramos con señores, por lo general maduros, pero también los hay jóvenes, que no saben trabajar con mujeres. No saben trabajar porque no saben estar; no saben cómo tratarnos, no saben cómo hablarnos, porque las mujeres estamos excluidas de sus imaginarios. Solo existimos en una pequeña parcela que habita, por un lado, lo afectivo, lo familiar, lo infantil y, por otro, lo sexual. Estamos excluidas, pues, de la camaradería, del colegueo, de la charla sobre hobbies o aficiones. Somos lo otro.

Como afirma el psiquiatra Enrique Stola, los hombres “se miran entre sí”, quieren “aplaudirse entre sí”, “no importa lo que sienta la mujer”. Buscan la aprobación, la risa, la admiración de sus iguales. Nosotras no contamos, no importamos, no existimos.

Ese “no saber” es, por tanto, bastante más amplio, pero, por no abarcar demasiado, lo limitaremos a entornos laborales informales, que ya dan de sí mucho y bastante.

Así pues, los hombres que no saben trabajar con mujeres pueden clasificarse en los siguiente grupos o categorías, que, por supuesto, no se excluyen entre sí, de manera que algunos especímenes pueden encontrarse en dos o incluso en tres o más compartimentos.

Antes de empezar, una advertencia: estas conductas que describiré no son delicitivas; solo molestas, cargantes e insoportables. Solo.

Vamos, pues, con el repertorio de hombres que no saben trabajar con mujeres:

 

– 1 –

En el top one tenemos al que no ha superado el cuarto de básica; el 4º de EGB, para que lo entendamos las y los viejunos.

Cómo reconocerlo. Para este elemento, las chicas están para chincharlas: para tirarles del pelo, para hacer pullitas. Cuando te tiende un objeto con la mano y tiendes tú la tuya para recogerlo, lo retira y se ríe.

Cómo actuar con(tra) él. Pues no sé. Ahora mismo no se me ocurre nada.

 

– 2 –

El árbitro de la elegancia

Cómo reconocerlo. Siempre tiene a punto un comentario pretendidamente gracioso sobre tu atuendo; te lo hará saber si cree que vas muy abrigada o poco abrigada, si llevas gafas de sol, si no las llevas, si llevas sombrero, tacones… Lo que sea. Reparará, pues, en cualquier detalle de tu vestimenta que se salga de su rancia idea de cómo debe vestir una señora.

Cómo actuar con(tra) él. No sirve de nada, pero yo, por ejemplo, si se mete con mi bolso, le replico: “¿Te gusta? Te lo presto cuando quieras.”

 

– 3 –

El seductor inmaduro e inofensivo

Cómo reconocerlo. Emocionalmente sigue cursando el cuarto de básica, pero en enamoradizo. Tiene dificultades para entender que sus compañeras o sus jefas no son solo un objeto amoroso. En confianza te confesará que le cuesta no verlas “como mujer”.

Cómo actuar con(tra) él. Pues lo ignoro, vete tú a saber.

 

– 4 –

El seductor molesto o baboso

Cómo reconocerlo. Tira la caña (una cañita fina y quebradiza, nada de cañón) y la sujeta firme, presto a retirarla a la menor señal de haber metido la pata, para poder argumentar siempre que lo has malinterpretado.

Cómo actuar con(tra) él. No tengo ni idea.

 

– 5 –

El “cariño”

Cómo reconocerlo. Para él eres una niña pequeña a la que hay que proteger y mimar. Por eso te llama “cariño”, “cielo”, “chata”, “nena”, te guiña el ojo, te acorta el nombre o le pone diminutivo sin permiso, sin que medie confianza alguna.

Cómo actuar con(tra) él. Lo desconozco.

 

–  6 –

El caballero cortés

Cómo reconocerlo. No puede soportar que una mujer cruce una puerta tras él;  mucho menos que le ceda el paso. Hace un comentario elogioso sobre tu vestido, inmediatamente te da la espalda para hablar de política con otro señor y no entiende por qué te enfadas, si te ha dicho que estás guapísima.

Cómo actuar con(tra) él. ¿Pagarle con la misma moneda, a ver si se estomaga?

 

– 7 –

El single reciente

Cómo reconocerlo. Se ha pasado la vida entera con una mujer a su lado, recientemente ha enviudado, se ha separado o divorciado y anda a la búsqueda de un reemplazo, como quien ha perdido el paraguas y va a comprarse otro. O sea, que le da un poco lo mismo: no filtra, no selecciona; todas las singles le sirven.

Cómo actuar con(tra) él. No me atrevo a dar consejos, pero se me antoja que, cuanto antes le quede claro que no te interesa nada, mejor.

 

– 8 –

El abuelete

Cómo reconocerlo. Es esta una categoría especial dedicada a un tipo que una vez se sacó un caramelo del bolsillo y me lo regaló. Tenía yo cuarenta años ya cumplidos.

Cómo actuar con(tra) él. Pues aquí tampoco voy a dar ninguna fórmula y no doy fórmulas porque ya está bien de poner el foco sobre nuestra respuesta: pongámoslo de una maldita vez sobre su conducta. Cuando una compañera o amiga me ha relatado alguna de estas situaciones incómodas, su relato siempre siempre siempre ha ido seguido de una lamentación sobre su falta de pericia a la hora de afrontarlo, su equivocada respuesta y su parte de culpa en la forma en que se desarrollaron los acontecimientos. Y ya está bien. Ya vale de flagelarnos.

 

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Y esta ha sido mi reflexión lúdico-reivindicativa sobre ciertas conductas tóxicas que tenemos que soportar en ambientes laborales informales y no tan informales. Si alguien quiere añadir alguna categoría más, ni que decir tiene que toda aportación será bienvenida.

Y, por supuesto, quiero dar las gracias a mis compañeras y a mis amigas, sin cuya inestimable ayuda este artículo no habría sido posible.

La democracia comienza por la igualdad de género

12/02/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Soy Ander Errasti, doctor en Humanidades: Ética y Filosofía Política. Reflexiono sobre cómo adaptar la democracia a entornos cada vez más cosmopolitizados como el europeo, cómo pensar la política superando el prisma del estado-nación sin renunciar a las personas y realidades nacionales. Me he dedicado a ello como doctorando en la Universitat Pompeu Fabra, con estancia en la Universidad de Oxford, y como investigador en la Universidad de Edimburgo. En la actualidad, soy Policy Leader Fellow en la School of Transnational Governance del European University Institute en Florencia, profesor colaborador en la Universitat Oberta de Catalunya e investigador de Globernance. Coordinación del proyecto europeo CCentre (EIT Health), en el grupo GISME de la Universitat de Barcelona. @ander_errasti

Que la democracia liberal está en crisis es un diagnóstico cada vez más extendido. Incluso aunque aceptáramos la afirmación – cuestionable y problemática – de que la humanidad nunca había alcanzado un nivel de progreso como el actual, la política en nuestro entorno muestra graves síntomas de declive: polarización, desafección, degradación institucional, pérdida de civilidad o crisis de representación han pasado a ser rasgos habituales de la vida política. No existe, sin embargo, un consenso sobre el origen de este fenómeno: la precarización política y económica, los escándalos de corrupción, las derivadas injustas de la globalización, un cortoplacismo electoralista creciente, los excesos tecnocráticos y populistas o el incremento de emociones que dificultan la vida en común son algunos de los múltiples argumentos candidatos. Sin embargo, ninguno de ellos genera el consenso necesario, ni posiblemente sea suficiente, para explicar esta crisis multidimensional de la democracia que estamos viviendo.

La pregunta, en este escenario, es cómo podemos contribuir a superar esta crisis en un contexto de creciente complejidad. En épocas pasadas podíamos aferrarnos a la ilusión de control que ofrecían los estados-nación: ‘sea lo que sea que esté fallando, está en nuestras manos corregirlo’, pensábamos. En la actualidad, sin embargo, a pesar del indudable peso y relevancia de los hechos políticos nacionales, su operatividad ante crisis como ésta es más bien limitada. No en vano, pese a que persiste como método la mirada nacional, en un contexto de crecientes interdependencias, las circunstancias que rodean las múltiples expresiones de esta crisis de la democracia rara vez se limitan al ámbito estatal. Menos, si cabe, en un contexto de soberanías compartidas (por imperfeto que aún sea el equilibrio) como es el europeo.

Siendo así, parece imprescindible encontrar elementos que, desde su expresión local, puedan generar dinámicas transformadoras a escala transnacional. Es decir, procesos políticos que, arraigados en la experiencia cotidiana local o nacional, posibiliten los cambios necesarios para revertir esta crisis global de la política. Es ahí donde la lucha por la igualdad de género liderada desde los feminismos adquiere una especial relevancia. No en vano, apela a una consideración que es eminentemente transnacional: la lucha de las mujeres por revertir las situaciones de discriminación injustificada que padecen en todo el planeta. Es cierto que hay otras dinámicas que son también transnacionales y podrían acompañar este proceso, como es el caso de la lucha contra el cambio climático o la reducción de las desigualdades económicas. Sin embargo, más allá de que puedan ser compatibles e incluso transversales, no afectan de forma tan directa a un número tan elevado de la población mundial. Básicamente, a más de la mitad. 

Dado este carácter transnacional de la reivindicación, hay al menos dos elementos clave que hacen de la lucha por la igualdad de género la causa con más capacidad para superar la crisis global de la democracia: la feminización de la política y el carácter inclusivo de los reclamos feministas.

El primero se asocia a lo que se conoce como “ética del cuidado” y su conexión con los cambios globales ha sido perfectamente planteada, desde diversas ópticas, por autoras como Elena Pulcini, Fiona Robinson o Sarah Clark Miller, entre otras muchas. En este artículo me centraré en la segunda dimensión: la fuerza inclusiva de la igualdad de género.

 

Transformar la democracia desde y para la igualdad

¿A qué nos referimos con el carácter inclusivo de la reivindicación feminista o por la igualdad de género? Si bien podríamos hablar de ello en términos empíricos (mostrando cómo sociedades más igualitarias en lo relativo al género tienden a ser más igualitarias en otros ámbitos), me centraré en plantear, a partir del trabajo de Sophia Näsström, un argumento teórico: el que vincula la lucha por la igualdad de género con la fuerza normativa de la igualdad política.

En una frase, podríamos definir la igualdad política como la igualdad de valor de los individuos de un colectivo implicado en la toma de decisión. Esto implica, a su vez, que existan mecanismos (formales o informales) que les garanticen un poder de decisión equitativo. No se refiere (aunque de él pueda derivarse) a la igualdad entre seres humanos que pudiera sostenerse en teoría moral, sino a la igualdad que se sigue del hecho de la ciudadanía democrática.

La relevante de este principio, sostiene Näsström, es su potencial transformador a escala transnacional. Es decir, el alcance de lo que Isaiah Berlin denominó “fuerza normativa de la igualdad política”: una vez se instaura la democracia, lo que requiere de justificación no es la igualdad política de la ciudadanía, sino sus desviaciones. Trasladado a la cuestión que nos concierne, si por ejemplo las medidas de acción afirmativa para garantizar el acceso de mujeres a puestos de poder suponen una desviación del principio de igualdad política, estas medidas deberán justificarse para poder ser aprobadas. La clave, de acuerdo con Näsström, es que la democracia no se ejerce en un contexto de igualdad, sino de profundas desigualdades estructurales.

Unas desigualdades que, además, están en constante proceso de transformación. Siendo así, esa necesidad de construir argumentos sólidos en favor de mecanismos que corrijan las desigualdades estructurales es, precisamente, lo que hace de la aspiración por la igualdad política el principal motor de progreso de los sistemas democráticos. La fuerza normativa de la democracia no es, en definitiva, un punto de llegada (hay democracia, luego todos y todas somos políticamente iguales) sino un punto de salida (hay democracia, luego trabajemos constantemente por garantizar la igualdad política).

Ahí reside uno de los aspectos fundamentales de la lucha por la igualdad de género como motor de cambio transnacional para corregir la crisis de la democracia a escala global: en su permanente ejercicio de evaluación crítica de la situación y búsqueda de fórmulas efectivas para implementar posibles soluciones. Una lucha que se materializa de forma local, pero nos concierne globalmente. Una lucha en la que, por cierto, los hombres (en tanto que parte privilegiada de esa desigualdad injusta) tenemos la obligación política no ya de evitar contribuir a la desigualdad, sino de acompañar a las mujeres en ese proceso de transformación. Si lo conseguimos, todas saldremos ganando. Porque la democracia comienza por la igualdad de género.

By Mobilus In Mobili – Women’s March on Washington, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=55796823

 

[1] Gracias a Cristina Astier por el título.

 

 

 

Erótica de poder entre cristales de hielo

05/02/2019 en Doce Miradas por Virginia Gómez

Si ampliamos con una lente de aumento un copo de nieve, nos encontraremos con una maravillosa y compleja belleza llena de matices descubriendo que cada una de las piezas se torna en única, irrepetible e insustituible.

En unidad, por sí solas no aportan mucho más que eso, belleza y en todo caso un reto a la comunidad científica que investiga sus particularidades. Sin embargo, la unión de miles, de millones de unidades, transforma por completo un paisaje.

En nuestro caso, la suma de unos y otros seres humanos únicos e insustituibles conforma un conjunto que tiene por resultado un saldo imperfecto. El encaje es mucho más complejo, vivimos tentados por vicios y debilidades en la exploración de nuestros límites. Corregir las inercias de tantos milenios es el gran reto de cada día.

Dejemos estar lo que funciona y centrémonos en lo que está por funcionar. Digamos que el mundo está haciendo frente a una serie de desafíos comunes, entre los que se encuentran los desequilibrios de género que nos ocupan, con consecuencias para los negocios, los Gobiernos o el entorno académico, que generan una necesidad de revisar los sistemas de valores de la sociedad y buscar un punto de entendimiento común compartido para enfrentarlos.

Como antiguamente el oráculo de Delfos fuera lugar de consulta de seres visionarios, Sibila fue la primera profetisa que actuó según la tradición, los siglos nos transportan de Grecia a Suiza. Este año, la 49ª edición de la “cumbre de cumbres”, el Foro Económico Mundial o también conocido como Foro de Davos, este año el primer Foro presidido por únicamente por mujeres ha puesto foco en la colaboración internacional, el encaje de piezas de forma ordenada, para la búsqueda de soluciones a problemas de ámbito mundial centrándose en la Globalización 4.0.

Pues bien, en este contexto, vamos a tener oportunidad de elegir, vamos a simular un juego que nos ayude a entender cómo funcionaríamos, vamos a simular que somos diseñadoras y protagonistas de un videojuego, una Industria de futuro con tan solo un 16,5% de presencia femenina actual; vamos a analizar qué ocurre en nuestra realidad no virtual; vamos a jugar a imaginar qué avances nos gustaría encontrar a las mujeres en un mundo avanzado; qué sueños podrán convertirse en realidad con la irrupción de la Industria 4.0; no va a dar de sí este post para todo lo que cabe aquí, pero démosle a un imaginario botón demo y comencemos.

Si queremos dotarle de realismo, como en cualquier novela, la persona autora del programa no ha de obviar ambientarlo en función a tres básicos conocidos: sexo, poder y dinero. Integrar dicha combinación, al parecer, asegura el éxito en la sociedad actual. Tres ejes directamente relacionados con el abuso, la corrupción y la oscuridad que nos convierten en seres imperfectos rompiendo así el patrón de diseño primigenio, tarea complicada de reconducir. Veamos qué estrategia marcar para, no ya vencer, sino cuando menos, llegar a meta:

  • SEXO: La energía sexual como parte normal, natural y saludable de nuestra vida está en todas partes. Atracción, seducción, deseo… somos seres vivos magnéticos y nos atraemos o nos repelemos. La cuestión es utilizar ese valor como fuente de bien o, por el contrario, para enriquecerse uno o someter a otro contra su voluntad. Así como la libertad se torna en libertinaje, cuando el sexo se convierte en herramienta fría para conseguir objetivos de satisfacción de egos, para perseguir un interés o convertir en objetos a las personas, se desencadena una tormenta de sufrimientos, así funciona lo que no funciona. Las estadísticas nos cuentan que si buscamos en este gran cubo de basura, encontramos como receptoras pasivas de ese beneficio personal e interés ególatra a mujeres bajo la tiranía del hombre, víctimas ya sea de maltrato, acoso sexual, prostitución, cualquier tipo de violencia o dependencia. Pieles, cadenas y tacones en sus mentes, ¡ojo! elige bien tu calzado, caminamos sobre cristales de hielo.

Primera llave: La digitalización supone una oportunidad para nosotras, un arma bajo el que emanciparnos de manera silenciosa, acariciando la erótica del poder para transformarlo de acuerdo a un mundo que guarde equilibrio entre ambos géneros. ¿Cómo? Pistas, busca en la opción “emprendimiento”.

  • PODER: Muy bien, ahora que conocemos que la digitalización tendrá protagonismo en el futuro de los países desarrollados, y que tenemos la ventaja de que la fuerza física ya no es un factor discriminatorio a tener en cuenta en este campo, puesto que detrás de las máquinas y ordenadores solo hace falta inteligencia, destreza mental y otras equiparables habilidades de género, tendríamos la posibilidad en Igualdad de generar nosotras el sistema empresarial adecuado que acomodara las tecnologías (pongamos por ejemplo la Industria de los Videojuegos), posicionándonos como líderes del sector, situándonos en las cuotas de poder al mismo nivel que los varones, creando empleo y riqueza con nuestro business, entablando conversación de tú a tú con ellos, desde nuestro lenguaje, entrando en el peligroso juego de la conquista del poder económico (aquí se visualiza la pantalla llena de monedas muy brillantes que inundan el espacio).

Segunda llave reparadora: Efecto Womanomix, aumenta tu poder, transfórmate en ser de seres. Busca referentes en la carpeta de “triunfo” y solicita unirte a ese colectivo. Reconocerás al instante a tu partner perfecto por vuestra química mutua.

  • DINERO: “El tiempo es dinero”, dicen. La influencia de este poder en buenas manos sirve para construir y generar bienestar común. Pero muy frecuentemente, comprobamos que la seducción del dinero ejerce una fuerza difícilmente controlable, bajo una tentación irresistible para quienes tienen dormida la ambición mientras son pobres, y que en cuanto tienen al alcance este poder, se convierten en personajes oscuros. Tendrás que saber identificarlos y huir de ellos.

Tercera: Necesitas abastecerte de recursos para cambiar lo establecido, acércate a fuentes que te aseguren capital inicial, eso sí, haz los deberes de la mano de una persona experta.

Errores del sistema: Pero… ah! perdón!, que para todo esto se necesita talento formado en Tecnologías, y según datos de Educación aportados por el Instituto de Estadística de la UNESCO, nuestro índice de universitarias en carreras STEM no supera el 35% de las mujeres que acceden y superan las etapas previas de educación primaria y secundaria… habrá que crear una pantalla específica de programación y fomento de vocaciones científico tecnológicas entre nuestras niñas, pero, ¿por qué si somos la mitad de la población, solo ese porcentaje optamos por esa elección? Claro, a lo mejor tiene que ver que:

“16 millones de niñas nunca irán a la escuela” “entre los numerosos obstáculos…, se encuentran la pobreza, el aislamiento geográfico, la pertenencia a una minoría, la discapacidad, el matrimonio y el embarazo precoces, la violencia de género y las actitudes tradicionales relacionadas con el papel de las mujeres”.

¿En serio? ¿no es una broma? ¿todo esto ocurre paralelamente al Foro de Davos?. Resoplando, solicitamos el antivirus mientras entramos en un nuevo escenario en el cual aparece en imagen un hogar con un número suficiente de robots programados para hacer desaparecer las tareas domésticas, principalmente porque según datos de la OCDE,

Las mujeres dedicamos hasta un 56% de nuestro tiempo a tareas y labores no remuneradas mientras que los hombres solo dedican, de media, un 30%. Esto supone que, al final, entre empleo remunerado y tareas de cuidado, las mujeres pasamos más tiempo trabajando que los hombres en la mayoría de los países, incluido España.”

Superando esta pantalla se abre otra donde aparecemos en nuestro espacio de trabajo remunerado, siendo capaces de conciliar la vida familiar con la profesional, haciendo coincidir con éxito rendimiento económico con éxito de familia introduciendo flexibilidad en los horarios, favoreciendo la comunicación de equipo mediante tecnologías avanzadas, utilizando la eficiencia de herramientas como el blockchain  y otras tecnologías disruptivas de moda.

Entonces, volvemos al comienzo de este post si queremos mirar hacia atrás en la historia y comprobamos que, como los copos de nieve, las mujeres hemos sido meros elementos de belleza al servicio y para complacer la mirada de los hombres en todos sus deseos, y necesitamos imperiosamente una lente de aumento que saque a relucir aquello que no funciona y poner en marcha una estrategia emergente, pasemos del simulador a la acción real.

 

Abordar el acoso sexual de segundo orden para superar la violencia de género

29/01/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Ana Vidu (@anavidu). Recibí el premio extraordinario de Sociología de la Universidad de Barcelona, pero el reconocimiento como la mejor alumna cambió cuando denuncié a un catedrático. Fui co-fundadora de la Red solidaria de víctimas de violencia de género en las universidades. A pesar de estancias de investigación en Harvard, Berkeley, Stanford; artículos de impacto, mi tesis doctoral, comparando el tratamiento de la violencia de género en la Universidad de Berkeley y en la UB, fue aprobada en su tercer intento. La prensa se hizo eco, destacando el documental “Voces contra el silencio”. Actualmente soy investigadora postdoctoral en la Universidad de Deusto.

La violencia de género sigue siendo un problema que afecta a más de un tercio de las mujeres en la sociedad actual, como afirma la Organización Mundial de la Salud; según la cual, también resulta preocupante que la edad de las víctimas está en constante disminución, ya que el 30% de las mujeres entre 15 y 19 años sufren o han sufrido violencia de género en sus relaciones afectivo-sexuales. Los datos son también estremecedores en el ámbito de instituciones como la universidad. Diferentes movimientos estudiantiles y de víctimas resuenan recientemente con fuerza, encabezando una lucha que algunas mujeres y hombres llevan desde hace décadas, sin mirar para otro lado, poniéndose siempre del lado de las víctimas, incluso sufriendo duras consecuencias por hacerlo.

Comprender ampliamente el acoso sexual implica abordar el Acoso Sexual de Segundo Orden (SOSH por sus siglas en inglés) y sus implicaciones. Afrontar el SOSH crea conciencia sobre la protección no solo de las víctimas directas sino también de quienes se atreven a apoyarlas. La realidad del acoso de segundo orden se empieza a plantear en los años 90 en el ámbito académico norteamericano, cuando autores como Billie Dziech y Linda Weiner resaltan la falta de apoyo como una limitación para las víctimas a la hora de denunciar y, definen por vez primera la realidad del acoso sexual de segundo orden, en un momento histórico clave respecto a la necesidad de implementar mecanismos para superar la violencia de género. Se llega así a visibilizar que no solo hay víctimas directas sino también víctimas por solidaridad con otras víctimas, es decir, víctimas de segundo orden.

Si bien las acciones de prevención y respuesta a la violencia sexual han sido ampliamente abordadas durante las últimas décadas, el papel del SOSH para la superación de la violencia de género aún no se ha explorado lo suficiente. En 2017 el concepto se publicó en España dando la explicación científica al tratamiento de una de las primeras denuncias contra el catedrático más conocido y reincidente por acoso sexual del Estado. Después de décadas de silencio institucional, 14 víctimas pasaron el largo y desolador proceso de la denuncia interna, desde denunciarlo en su Facultad gracias a la ayuda de otro catedrático. La Comisión de Igualdad de ese momento no solo se encargó de “proteger” la institución, por tanto, ponerse del lado del profesor acosador, sino que ejercieron distintos tipos de represalias para hacer callar a las víctimas, deslegitimizarlas ejerciendo revictimización. Ataques y críticas difamatorias recibieron también las personas que apoyaban a las víctimas. Su apoyo fue clave en momentos como las declaraciones ante instructores de servicios jurídicos que en ocasiones también trataban de culpar a las víctimas. Agotado el proceso interno, las denuncias llegaron a la Fiscalía cuando ya los hechos habían prescrito, precisamente debido a este “proceso” detrás del cual existía el interés de que Fiscalía archivara el caso. Así pasó, aunque el informe de Fiscalía fue muy favorable para las víctimas y para la lucha ya que reconocía el acoso sexual que se produjo por parte del catedrático acosador, incluyendo también una cita de la decana de aquel momento, admitiendo que tenía conocimiento de los hechos desde que ella misma era estudiante. La prensa se hizo eco del caso y varios periódicos dieron voz a las víctimas. La serie Omertá del Diario Feminista es un ejemplo.

Las Comisiones de Igualdad, igual que los protocolos contra el acoso sexual, son útiles si las personas nombradas para aplicarlos tienen un firme compromiso contra el acoso. De lo contrario, su fidelidad es con la estructura jerárquica de la universidad que las nombra, su protección a los acosadores llega a permitir su impunidad. Esta falta de posicionamiento institucional ha provocado una ola de movimientos estudiantiles, también histórica, en apoyo a las personas supervivientes, que identifican la universidad como un espacio donde es peor denunciar el acoso que sufrirlo. Las 14 víctimas del caso nombrado anteriormente, constituyeron la primera red entre iguales del Estado: la Red Solidaria de Víctimas de violencia de género en las universidades, reconocida por el Banco de Buenas Prácticas de la Fundación Mujeres y cuenta hoy con más de 2.000 seguidores en su página de Facebook.

Las mejores investigaciones ya han demostrado que el bystander intervention, la intervención de las personas que son testigo de alguna situación de acoso, constituye la medida más eficaz para superar el acoso sexual, lo que convierte en esencial el apoyar a estos testigos para tal fin. Los bystanders también pueden sufrir represalias por tomar postura a favor de las víctimas, una realidad reconocida como acoso del bystander. Mientras que, durante años, la clave de las medidas contra el acoso sexual ha estado enfocada en las víctimas, bajo conceptos como “survivors first”, ahora que ya sabemos que el apoyo es una de las formas más eficaces para las víctimas, la protección del apoyo se convierte en una prioridad, precisamente porque la víctima, o superviviente, sigue siendo “lo primero”. El acoso sexual no se podrá superar sin superar el SOSH. Es importante también enfocar el acoso sexual de segundo orden desde una perspectiva legal. Los esfuerzos para combatir el acoso sexual deben incluir contemplar el SOSH en la legislación actual, consiguiendo así empoderar y apoyar a todas las víctimas.

No hay mejor momento que el actual para afrontar esta realidad. Los movimientos sociales, estudiantiles y la sociedad en su conjunto ha dejado de dar la espalda a tal sufrimiento humano. En el contexto universitario, la red de víctimas, los movimientos estudiantiles y algunas profesoras y profesores ya han demostrado ser ese apoyo que las víctimas necesitan para tirar adelante. A la vez, ejercen la presión necesaria que hace que las instituciones no tengan más remedio que implementar medidas contra los acosos en sus campus. La prensa también ha empezado a dar voz a las víctimas, como en el documental “Voces contra el silencio” de Documentos TV de La2 de RTVE, galardonado con el Globo de Oro en el World Media Festival de Hamburgo 2018. En la era del #MeToo, #Cuéntalo o #TimesUP las redes sociales, y la sociedad en general, quieren ir más allá del diagnóstico, de las causas y de las consecuencias de la violencia de género. Este compromiso no es solo de personas individuales sino también, y cada vez más, de sociedades enteras, de diferentes ámbitos, luchando conjuntamente por una sociedad mejor.

No tenemos prisa y mucho menos miedo

22/01/2019 en Doce Miradas por Eva Silván

Hace dos días falleció Lolo Rico, una mujer pionera, la primera mujer que dirigió un programa en la televisión pública española, y ¡qué programa! Una mujer que marcó a una generación, la mía, porque si la verdadera patria es la infancia, mi patria no se entiende sin Lolo Rico. Nos hizo parte de un universo donde la creatividad, la libertad y el espíritu crítico estaban a nuestra disposición. Nos regaló frases que a muchas nos han acompañado siempre, una de ellas intento tenerla siempre muy presente: “Sóla no puedes, con amigas sí”.

Hace nueves meses empecé a formar parte de Doce Miradas, este colectivo de mujeres que llevan en su ADN la sororidad y que hacen de la frase de Lolo Rico una máxima en su día a día: “sola no puedes, con amigas sí”. Mujeres lucidas, reivindicativas, transformadoras, potentes, diversas, referentes en la lucha por la igualdad. Sí, una suerte la mía.

Al poco de incorporarme, celebramos los primeros cinco años de Doce Miradas. Aquel día era una recién llegada, una recién llegada privilegiada, pero recién llegada, al fin y al cabo. Hasta entonces había sido seguidora asidua de los artículos que aquí se publican y de sus contenidos en Twitter; había sido mirada invitada, pero no podía atribuirme los logros de un grupo de mujeres que venía trabajando para ofrecer un feminismo diverso con muchas miradas invitadas que apoyaban y contribuían a mostrar un universo femenino infinito y a conseguir una sociedad igualitaria.  Ampliar la mirada, ver más allá de lo que hasta ahora se nos había contado y mostrado, romper techos de cristal, construir nuevos relatos y llenarnos de referentes femeninos que existen desde hace años, incluso siglos, son algunas de las cosas que ha aportado Doce Miradas durante estos cinco años.

Durante la celebración del quinto aniversario, Mentxu Ramilo, quien también fue parte de Doce Miradas, me preguntó cómo veía al proyecto dentro de cinco años, esta fue mi respuesta: “Ojalá que dentro de cinco años Doce Miradas no exista, eso significará que la igualdad es real. Creo que está más cerca de su desaparición porque la igualdad es imparable, y este último año las mujeres y los hombres que nos acompañan lo hemos demostrado. Dentro de cinco años, Doce Miradas estará en proceso de desaparición porque en estos próximos cinco años lo que había que hacer ya se ha hecho”. Ahora lo leo y lo releo, y pienso, madre mía Eva, qué inocencia la tuya, te dejaste llevar por la ilusión del momento, la euforia de los cinco años y la sensación de que, por fin, la conquista de la igualdad era una realidad.

Claro que veníamos de un 8 de marzo abrumador, ilusionante, empujado por un ansia transformadora que iba sumando mujeres y más mujeres (y hombres, muchos hombres), según se acercaba el día. De repente nos encontramos con que nadie quería quedarse fuera de la foto, todo el mundo quería estar y quien no se sumaba tenía que explicar sus motivos haciendo verdaderos malabares con las palabras para justificar su ausencia.

El feminismo era tendencia, sumaba adeptas y adeptos con la fuerza de un ciclón y el espíritu de la igualdad soplaba en el aire: “Lo que no tuve para mí que sea para vosotras” “Manolo, hazte la cena solo” “Nos quitaron tanto que acabaron quitándonos el miedo” “No soy Siri, búscate la vida” “No somos princesas, somos dragonas” “Yo elijo cómo me visto y con quién me desvisto” “Sin nosotras se para el mundo” “Sin Hermione, Harry habría muerto en el primer libro” (una de mis preferidas) “Por las que fueron, por las que son, por las que serán, la igualdad es imparable” gritaban los carteles que inundaron calles y redes sociales.

“Sin Hermione, Harry habría muerto en el primer libro”

Pues bien, ocho meses después del quinto aniversario de Doce Miradas, ¡batacazo! Nos encontramos con que lo que hasta ayer era tendencia, mañana puede pasar a estar demodé. No, no quiero pecar ahora de pesimista y perder cualquier atisbo de rigor que os pueda despertar este post: de la exaltación a la depresión en un paso. Lo que sí reconozco es que “aquella ilusión del momento” se me ha bajado como la espuma. Se llama toma de conciencia, es abrir los ojos, es desprendernos otra vez de los que quieren frenar los avances de las mujeres, y es pensar en cómo hacer para seguir avanzando.

El momento es, cuanto menos, delicado. Delicado porque lo que vivimos en el último año para algunas y algunos puede haber sido una tendencia y las tendencias pierden adeptos y adeptas igual que los suman. Quienes se subieron al carro de la igualdad porque era lo que tocaba, ahora parecen estar más interesados en entorpecerlo diciendo que esto de la igualdad se nos está yendo de las manos y que bueno, que la desigualdad de género no será para tanto, que nos estamos pasando con nuestras demandas y que a este paso los hombres ya no van a saber cómo relacionarse con las mujeres.

Pero el momento también es delicado porque nos encontramos ante una más que posible reacción de quienes sienten la igualdad y el feminismo como una amenaza ante sus privilegios. Ya lo dijo Virginia Woolf en su libro, “Una habitación propia” al hablar del deseo de reafirmación irrefrenable que se produjo en Inglaterra tras la aprobación del sufragio femenino en 1918: “Cuando alguien se siente amenazado, aunque sea por un puñado de mujeres, ese alguien se venga de una manera un tanto excesiva”.

Sea como fuere y como de todo se aprende en esta vida, a “la Eva del quinto aniversario” para que no se venga muy arriba le digo: las cosas más valiosas de la vida a menudo se encuentran indefensas, por eso necesitan de gente que las proteja. Es tan valioso lo que nos traemos entre manos, son tan valiosos los avances que hemos conseguido, es tan importante que se incluya la perspectiva femenina en la gestión de tantas y tantas cosas, que el reto merece la mayor de las atenciones y el mejor de los cuidados, y si hay algo en lo que las mujeres nos hemos visto obligadas a ser expertas a lo largo de la historia es a cuidar: cuidar de los mayores, cuidar de nuestros hijos e hijas, cuidar del tío, la tía, la abuela y la vecina y el vecino que viven solos sin que a nadie más parezca importarle.

Así que, cuidaremos de las cuotas de igualdad que vayamos alcanzando, nos mantendremos alerta para que no haya pasos atrás y sí pasos hacia delante. Nos cuidaremos de los aprovechados, de las palabras interesadas, de los gestos vacíos. Parafraseando a Emmeline Pankhurst, una de las líderes del movimiento de las sufragistas británicas, “Deeds, not words” (hechos, no palabras), sólo nos fiaremos de los hechos y de los cambios concretos.

Sabemos que el machismo no entiende de ideologías ni de religiones, es estructural: es católico, laico, liberal, comunista, intelectual, femenino y masculino, por eso se cuela por todas partes y por eso cuesta tanto erradicarlo. La igualdad será imparable cuando más conscientes seamos de que nos va a costar tiempo lograrla, posiblemente nos lleve unos cuantos lustros. No tenemos prisa y mucho menos miedo de quienes intenten devolvernos a la casilla de salida.

Gaza, cuánto mar para tan poca libertad

15/01/2019 en Doce Miradas, Miradas invitadas por Doce Miradas

Natalia Quiroga (@natiquiro). Me gusta contar. Estudié periodismo pero en realidad quería ser terapeuta o psicóloga o arregladora; no me interesaba la actualidad, lo que me gustaba era intentar arreglar las historias de la gente. Como si colocando un adjetivo aquí y una exclamación allá, pudiese hacer desaparecer sus problemas (y ya de paso, también los míos). Tengo más de 12 años de experiencia en periodismo y comunicación digital dentro del sector de las ONG. Publico en distintos medios con la única motivación de compartir historias que me mueven. Con una de esas historias gané el Premio de Periodismo Joven contra la Violencia de Género. Sigo aprendiendo, quiero contarlo.

Era la tercera vez que intentaba entrar en Gaza. La primera fue en 2012, en un viaje con algunas de mis mejores amigas que, de alguna manera y por razones distintas, nos dio a todas un vuelco a la vida. Entonces no obtuvimos el permiso para entrar y empezamos a imaginarnos la franja como la cárcel que es.

 

A principios de 2017, con todos los papeles en regla, me quedé a las puertas del gigantesco control israelí (son ellos los que deciden quien entra y quien sale de Gaza) porque los objetivos de mi cámara precisaban un permiso especial que yo no había solicitado. Me lo explicó un soldado con un palillo en la boca y pocas ganas de escuchar mis explicaciones.

 

Volví a Palestina en mayo de 2018. Y por fin, a la tercera, logré entrar en Gaza. Qué ironía, yo feliz por poder entrar mientras que, ese mismo año, el gobierno israelí había denegado el permiso para salir a más de la mitad de las personas enfermas que lo habían solicitado. Muchas murieron y, entre ellas, Yara, una niña de cuatro años que necesitaba un marcapasos y a la que nunca le llegó el permiso israelí para salir de Gaza e ir al hospital de Jerusalén donde se lo iban a poner. Cada vez son más

 

Así es la realidad en la cárcel a cielo abierto más grande del mundo.

En Gaza, tuve la suerte de pasar la mayor parte del tiempo con las mujeres de la Unión Palestina de Comités de Mujeres (UPWC, en sus siglas en inglés). Taghreed Jomaa es la coordinadora de la organización que, junto a su equipo, trabaja con líderes comunitarias locales para detectar los problemas diarios a los que se enfrentan las mujeres gazatíes y poder, así, ofrecer un apoyo en sus necesidades. Sobra decir que las necesidades son enormes, cada vez más, y los medios para cubrirlos son mínimos, cada vez menos.

 

Más de once años de bloqueo absoluto (por tierra, mar y aire) han dejado sin aire a una población de cerca de dos millones de personas hacinadas en un espacio de 40 km de largo por 14 km de ancho. A un lado el mar y al otro una puerta cerrada. No pueden beber agua del grifo porque está contaminada y muchas veces, no pueden contar con más de cuatro horas de electricidad al día. Quien puede, se abastece con generador; para el resto, está el frío y la oscuridad en invierno y la comida sin nevera en verano. Las mujeres nos contaban que, este año (refiriéndose al 2018), estaba siendo el más duro.

 

Las mujeres, como en prácticamente todas los contextos de vulneración de derechos, sufren la peor parte. Al mismo tiempo que aumentan los casos de cáncer de mama, disminuyen los permisos de salida que Israel otorga a la población de Gaza. Sin acceso a muchos tratamientos dentro de la franja, la única solución que les queda es esperar una respuesta que muchas veces no llega.

 

Pero además de la violencia que supone el bloqueo y que se ha visto exacerbada por las tres grandes ofensivas del ejército israelí en los últimos once años (cientos de mujeres se quedaron viudas teniendo que afrontar el cuidado de sus familias en soledad), se suma el incremento de la violencia doméstica y de tendencias que prácticamente habían desaparecido en la cultura palestina. El matrimonio infantil, por ejemplo, del que la pobreza, la desesperación y la falta de libertad, sin ser las únicas razones, actúan como el mejor caldo de cultivo. O la imposición del velo: en el resto de Cisjordania o en Jerusalén Este, es habitual ver a mujeres palestinas con velo y sin velo más o menos a partes iguales; no seré yo la que señale este dato como un criterio de sumisión vs libertad, pero llama la atención que en Gaza sea tan difícil ver a mujeres sin velo. Taghreed me lo confirma: ni ella ni sus hijas lo llevan pero, como me explica, son ahora una minoría mientras que no era así antes del bloqueo.

 

Si la mujer en el mundo global sufre las consecuencias de una sociedad y una manera de dirigir el mundo esencialmente patriarcales, existen contextos, como Gaza y Cisjordania, donde el muro del patriarcado es doble. Como decía hace poco la periodista Isabel Pérez, corresponsal española en Gaza: “Las mujeres palestinas no pueden salir del patriarcado porque existe un bloqueo y una ocupación que lo alimentan brutalmente”.

 

Uno de los últimos días que estuvimos en Gaza (siempre acompañada de mi amiga Bárbara), Taghreed nos invitó a comer en su casa. Sentada en el sofá, sus tres hijas, de 13, 17 y 19 años, revoloteaban por el hogar enfrascada en los asuntos de su edad. Taghreed, que se ha pasado su vida entera luchando por los derechos como mujer y por los derechos como palestina, compartió una reflexión que se me quedó grabada: “Siempre creí que educar a mis hijas con una mentalidad abierta y con mucho sentido crítico era lo mejor, pero hoy me doy cuenta de que quizás nos equivocamos si de todos modos van a tener que vivir en un lugar del que no pueden salir”.

 

Frente al sofá en el que estábamos hablando, observo un cuadro con el retrato de la poeta, escritora y activista estadounidense, Maya Angelou, que parecía estar colocado allí para sostener el enorme peso de la reflexión que Taghreed nos acababa de compartir. Sobre el retrato, una frase de Maya me envolvió por unos segundos en un manto de sororidad, de empatía, de rabia o de resignación: “and still we rise”.

 

Gaza, cuánto mar para tan poca libertad.

 

Jugar para ser

08/01/2019 en Doce Miradas por Eunate Encinas

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Arroz con leche,

me quiero casar

con una señorita de la capital

que sepa coser

que sepa bordar

que sepa abrir la puerta

para ir a pasear.

Canción infantil popular

 

 

Ama, aita, zenbat urtekin ezkonduko naiz? Bat, bi, hiru …

(Mamá, papá, ¿con cuántos añitos me voy a casar? Con uno, dos, tres..)

Canción para saltar a la comba

 

 

Dicen que el machismo se aprende a través de canciones y juegos de forma sutil e inocente. Los estudios demuestran que, irónicamente, hoy en día los juguetes están más separados según el género que hace 50 años. Y la sensación, al visitar la mayoría de jugueterías, es que, más que ante sutilezas, estamos ante un universo claramente dividido de forma binaria, identificable por colores y por tipos de juegos.

Estas propuestas de juego consisten básicamente en muñecas, cocinitas, maquillajes y abalorios para ellas; y coches, construcciones, superhéroes y dinosaurios para ellos. Mientras los juguetes de los niños están orientados a actividades como la conducción, la construcción, la práctica deportiva y la competición, los de las niñas se relacionan principalmente con el cuidado de bebés, limpieza del hogar, bailar y cantar… y estar guapas.

Además, la monocromía reina en las secciones para niñas. El rosa no es solo el color de las muñecas y los disfraces de princesa, sino también el de bicicletas, teléfonos, guitarras e incluso juegos hasta hace poco unisex. Con la rosificación de los juguetes y demás objetos, parece que se está indicando a las niñas que, para que puedan jugar con algún juguete, este debe ser rosa, blanco o morado y estar decorado con brillos, mariposas, flores y corazones.

Y ¿dónde están las niñas que montan en monopatín, juegan a las superheroínas o a ser científicas, o que se suben a los árboles?

Mil veces mejor que yo lo refleja Charlotte Benjamin, una niña de siete años que escribía hace unos años una carta a Lego, carta que enseguida se convertiría en un fenómeno viral. Decía así:

Queridos señores de la compañía Lego:

Me llamo Charlotte. Tengo siete años y me encantan los Legos, pero no me gusta que haya muchos Legos-niños y muy pocos Legos-niñas. Hoy he ido a una tienda y he visto los Legos en dos secciones: una rosa para niñas y una azul para niños. Todo lo que las Lego-niñas hacían era estar sentadas en casa, ir a la playa y comprar, y no tenían trabajos; pero los niños iban en busca de aventuras, trabajaban, salvaban personas, tenían trabajo e incluso nadaban entre tiburones. Quiero que hagan más Lego-niñas y las dejen ir en busca de aventuras y diversión, ¿ok?

 

Carta de Charlotte Benjamin, 7 años.

 

Hoy en día no aceptaríamos que hubiera una sección de juguetes para niños blancos y otra para niños negros y, seguramente, nos escandalizaríamos si existiera una sección de decoración para personas pelirrojas y otra para rubias. Y ¿qué pasaría si a una tienda se le ocurriera iniciar un pasillo para niños y niñas de nacionalidad colombiana y otro aparte para franceses? No aceptaríamos segregar los juegos, la decoración ni otros objetos para niños y niñas bajo ninguna otra categoría identitaria. Sin embargo, nos parece perfectamente natural clasificar rígidamente los intereses, deseos y aptitudes de las criaturas según su género.

La infancia la habitan personas únicas, creativas, libres y genuinas.  Y es a través de estereotipos de género como se empieza a deformar la visión que tienen del mundo. Y ellas y ellos se amoldan, porque básicamente lo que quieren es encajar en el mundo, sea estereotipado o no.  No entienden las consecuencias ni los límites que ello impone. Pero sienten la presión de sus iguales, los mensajes del marketing, los ejemplos de lo que ven en casa o la fuerza de la educación. Niños y niñas acaban perdiendo su esencia por tener que amoldarse a unos estereotipos que los envuelven incluso antes de nacer.

En general, y desde una perspectiva adultocéntrica, se le da muy poca importancia al juego y, sin embargo, es una actividad básica para el desarrollo integral de los niños y niñas y contribuye a su integración social. Jugando se aprenden y modelan las habilidades y valores fundamentales para la vida adulta y se produce toda una transmisión de construcciones sociales y culturales que es diferente en función de las capacidades que cada sociedad valora y necesita para sus futuras generaciones.

En este gesto cotidiano del juego se oculta y despliega la adquisición del rol de género que se espera de nosotras. Son mecanismos de transmisión cuya existencia nos recordaba Noemí Pastor en su publicación De cómo fui misógina y me convertí en feminista, al hilo de lo que desvelaba  la lectura de “A favor de las niñas”,  de Elena Gianini Belotti.  Y así, desde la base y también desde las altas esferas gubernamentales, tal y como mostraba hace unos días Damares Alves, ministra de la Mujer y la Familia de Bolsonaro, se construyen estereotipos que nos indican el tipo de hombre y de mujer que debemos ser.

Por eso es muy importante recordar que no existen juguetes para niños ni para niñas. Lo que hay son expectativas sociales sobre lo que los niños y las niñas deben y pueden hacer cuando sean adultos. Los juguetes reflejan y modelan, pero también pueden ampliar y transformar dichas expectativas. Hablando de expectativas, mi hija de seis años quiere ser escultora, alcaldesa, diseñadora de ropa y de ciudades, rapera y dentista y yo no quiero que en esta acomodación social a lo que se espera de ella salga perdiendo de semejante forma.

 

Dibujo de Martina, 6 años,  tras hablar del tema de esta publicación.

 

Las familias podemos hacer algo al respecto.  Somos el principal referente y agente socializador para nuestros niños y niñas y podemos educarlos en el feminismo para que sean ellas y ellos mismos y no tengan que encajar en un tipo de masculinidad y feminidad que la sociedad les impone y que quizá poco tiene que ver con su personalidad.

Podemos empezar a construir la igualdad desde lo cotidiano. Durante las tardes de juego, en la elección de sus juguetes, su ropa o en los colores de su habitación, leyendo cuentos y viendo películas que superen estos estereotipos, hablando de todo ello, ofreciendo referentes femeninos y, sobre todo y por encima de todo, dando ejemplo.

 

 

Podemos contribuir desde la inmensa posibilidad del juego a cambiar imaginarios y construir futuros y mundos posibles y esto no es un juego de niños. Por el contrario, es uno de los retos más grandes y complejos que afrontamos como sociedad.

Y tú ¿a qué vas a jugar este año?

El deporte no era para nosotras

18/12/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Nekane Arzallus Iturriza (@ergobi).
Nací en Ergobia, el mejor lugar posible, imprime carácter. No comprendo ni imagino mi vida sin el deporte, reconozco que es mi pasión, aunque como tantas otras mujeres no puedo ejercerlo de manera profesional. Soy la única mujer presidenta de un club de la ACB y segunda en la historia tras Pepita Merçe. Intento abrir camino y derribar muros. Me apasiona trabajar con personas y creo que la voluntad férrea nunca está reñida con una sonrisa.

El deporte no fue pensado para las mujeres, ni para que lo practicáramos, ni siquiera para que lo viéramos. En el mundo del deporte ni se nos esperaba ni se nos deseaba. Fue creado por el hombre y para el hombre, para el más rápido, el más fuerte, el más alto y después convertir al vencedor, aún creo que lo seguimos haciendo, en un semidiós. Quizás por eso hablamos de una de las actividades que presenta más resistencias a la igualdad, uno de los ámbitos donde esa desigualdad se admite de una manera más natural.

Esta especie de comprensión ante la desigualdad explica que parezca admisible una infrarrepresentación de las mujeres en los órganos de poder del deporte, que se siga hablando más del aspecto físico de nuestras deportistas que de sus logros, que tengamos una ley de hace 30 años que claramente discrimina a las mujeres por el hecho de serlo ya que sólo considera profesionales a algunas ligas masculinas. No podemos imaginar que un convenio colectivo sólo pudiera ser aplicado para los hombres de cualquier empresa sin una protesta política, ciudadana o legal inmediata.

Las mujeres estamos aquí, hemos recorrido un largo camino de reivindicaciones políticas, sociales y también en el ámbito deportivo, recuperando terrenos que nos son propios. Ningún logro nos ha sido regalado, lo hemos peleado y conseguido. Lo cierto es que pese a quien pese hacemos deporte, hablamos de deporte, entendemos de deporte, vemos deporte, ocupamos puestos de gestión y de poder en el mundo del deporte. Pero de manera claramente insuficiente.

En los años 70 las mujeres no éramos animadas a la práctica deportiva. Ésta estaba supeditada, en la gran mayoría de los casos a tu familia, a tu colegio y a la modalidad deportiva que se hiciera en tu pueblo y nunca, o casi nunca con perspectivas de que pudiera ser nuestra profesión. Y a pesar de ello siempre me recuerdo practicando ciclismo, fútbol, tenis, baloncesto, golf. No entiendo la vida sin deporte, aunque las estructuras sociales, políticas, deportivas, los estereotipos y prejuicios de cada época quisieran entender el deporte sin mujeres, sin mí.

Siempre he respirado deporte, me hubiera gustado llegar a ser profesional, pero la verdad es que se quedó en un sueño, en un sueño que no pudo convertirse en realidad. Y no pudo convertirse en realidad entre otras cosas porque no tuve ni el respaldo, ni la ayuda para intentarlo, y no lo tuve por una sencilla razón, porque era mujer.

Eran tiempos en los que si una quería comprarse una bicicleta de carreras, en la tienda te decían que no, que una mujer no podía llevar una bicicleta así (tuve suerte de tener un padre comprensivo y conseguí salir de la tienda con la bicicleta de carreras). Si hacías el intento de entrar en el equipo de futbol de la ikastola te decían que lo sentían mucho, pero que las “niñas” no jugaban al futbol (me corté el pelo para engañar al entrenador, pero esta vez no lo conseguí). Todo esto me frustró, pero lejos de desanimarme y de apartarme del deporte, hizo que mi vida siguiera ligada al deporte de otra manera.

Durante años he estado vinculada a diversas modalidades deportivas de diferente manera: voluntaria, delegada de equipos, arbitra, directiva, vamos, de lo que hiciera falta, y he disfrutado y aprendido de todas ellas.

Hoy soy presidenta del Gipuzkoa Basket Club, el GBC de baloncesto masculino. Única mujer presidenta de un club de los 18 que componen la ACB, la segunda liga profesional más importante del mundo tras la NBA. En esta competición, en 2018, participamos 3 mujeres: una árbitra, una entrenadora y una presidenta. Esta es la pírrica realidad.

“No puedes ser lo que no puedes ver”. Esta frase de Marian Wright Edelman se ha convertido en una de las frases de referencia en mi presencia pública. El día que acepté el cargo de presidenta del GBC mi teléfono se colapsó. Era una mujer. Esa fue la única razón del alboroto. Todavía estábamos así. Por eso hoy, uno de mis principales objetivos es visibilizar mi trabajo, intentando desmontar dentro y fuera de las canchas estereotipos y prejuicios. Repito allí donde tengo posibilidad de hacerlo que las mujeres podemos, debemos estar en cualquier cargo de liderazgo y responsabilidad y que no tenemos nada que demostrar. Podemos hacerlo porque estamos preparadas, porque somos la mitad de la población y porque queremos ocupar la cuota de responsabilidad que nos corresponde, también en el terreno deportivo.

Espero que la visibilización de mi trabajo anime a otras mujeres a pensar que es posible y deseable trabajar en este ámbito y poner nuestro esfuerzo y nuestro talento al servicio de muchas de las caras del deporte: ser arbitras, monitoras, entrenadoras, directivas, médicas, periodistas. Me preocupa que en este momento seamos islas en un entorno androcéntrico y que sirvamos de excusa para que muestren la excepcionalidad como norma.

El mundo del deporte fue creado para exaltar una serie de estereotipos de género arraigados de un modo especial en un concepto específico de masculinidad. Las mujeres que vamos rompiendo estos espacios tenemos que formarnos en feminismo. Primero para saber ver estos estereotipos y tener herramientas para desactivarlos y no reproducirlos. Y segundo porque necesitamos tener un discurso y un compromiso con las personas que nos escuchan y siguen. Somos conscientes de que en cualquier entrevista se nos harán preguntas que no se le harían jamás a un hombre en un cargo similar, que pondrán perpetuamente en duda nuestro trabajo cuestionando nuestra capacidad, hombres y algunas mujeres.

Las estructuras deportivas que viven entre leyes igualitarias mantienen de formas diversas la desigualdad. Las fotografías ponen de manifiesto la realidad y rompen con el denominado “espejismo de la igualdad”. La última foto de la reunión de dirigentes de las Federaciones Deportivas Españolas era devastadora: sólo 3 de las 66 federaciones tienen como presidenta a una mujer. La foto de la presentación del mundial de baloncesto femenino que ha tenido lugar este año en España ha sido también tremenda y muy comentada, sólo una mujer en la foto.

Los datos son reveladores en las estructuras deportivas españolas. 1180 hombres frente a 426 mujeres juezas, 585 entrenadores frente a 137 entrenadoras, 21 hombres al frente de entidades internacionales del deporte frente a 2 mujeres. Todo lo contrario de las becas que se ganan deportistas por su méritos: 114 hombres y 142 mujeres. El problema, por tanto no está en las deportistas, sino en las estructuras que impiden el acceso a las mujeres.

El último informe de la auditora Sport Intelligence de 2017 nos dice que por cada mujer futbolista profesional en el mundo, hay 106 futbolistas hombres que se ganan la vida con el juego a tiempo completo. No solo eso, sino que las mujeres de la élite ganan una centésima parte de las sumas de sus homólogos masculinos. Nada justifica este hecho.

Y sin embargo y aunque parezca contradictorio el deporte se convierte también en uno de los medios más eficaces para la lucha por la igualdad. Mujeres iraníes se disfrazan de hombres para poder entrar a los estadios de fútbol a animar a sus equipos y utilizan la difusión de estos actos para luchar contra la terrible situación de las mujeres en Irán.

Hay un largo camino que debemos recorrer. Y debemos dar un paso adelante. El deporte es poliédrico, podemos, debemos trabajar en muchos campos para su promoción y para conseguirla en igualdad. El deporte de élite es la más alta expresión de una cadena y su máximo punto de visibilidad y referente para una inmensa cantidad de deportistas. Representamos a nuestras disciplinas deportivas, a nuestros territorios, tenemos una visibilidad incomparable con casi cualquier otra actividad humana. Por eso debemos tener una especial responsabilidad con los valores y actitudes que queremos transmitir.

Mi compromiso personal es seguir trabajando, allí donde se me requiera para conseguir la visibilidad del trabajo que realizo. Quiero pensar que en alguna medida estoy colaborando a la ruptura de techos de cristal para que otras mujeres que vengan puedan hacer del deporte su profesión. La pasión la tenemos.

Ideas para unas navidades más feministas

11/12/2018 en Doce Miradas por Christina Werckmeister

¿El estrés navideño es una problemática feminista?

 

 

Las Navidades son una conocida época de estrés, pre, inter y post traumático. Llena de sentimientos encontrados para muchas personas. Buenos momentos mezclados con tensiones, prisas mezcladas con risas, lágrimas con sonrisas, luces con sombras, buenos recuerdos con… agotamiento. Para nostoras también… pero más.

Para las mujeres es una época de discriminación directa e indirecta.  Directa porque directamente tenemos que hacerlo todo. Indirecta porque las fechas en el calendario son aparentemente neutras, ¿no?

 

“…se considera discriminación indirecta por razón de sexo la situación en que una disposición, criterio o práctica aparentemente neutros pone a personas de un sexo en desventaja particular con respecto a personas del otro…” (Ley Orgánica 3/2007, de 22marzo, para la Igualdad Efectiva de Hombres y Mujeres Artículo 6)

 

Por ello, este año podemos llevar a cabo un Plan de Igualdad Navideño (PIN), con líneas estratégicas, medidas y acciones positivas.

Y con acciones positivas no me refiero a “hacer las cosas muy bien”.

Lo único que quiero para Navidad es la abolición del heteteropatriarcado imperialista blanco supremacista capitalista”

“Las acciones positivas son medidas a favor de las mujeres para corregir situaciones manifiestas de desigualdad respecto a los hombres. Son de medidas específicas de carácter temporal, y por tanto, están destinadas a desaparecer cuando las condiciones de desigualdad lo hagan.”

Puedes decidir tu misma, cuando haya desaparecido el patriarcado, para empezar a retirar la necesidad de estas acciones positivas.

 

 

 


1. Estrategia y diagnóstico de situación:

Sororidad y alianzas: Poneos de acuerdo. Avisa a tu madre, hermanas, primas y demás familiares mujeres. Formad una comisión. Empoderaos haciendo un diagnóstico de situación. Todo lo que se mide se puede mejorar. Analizad vuestro historial navideño, examinando las estadísticas de navidades pasadas, identificando con detalle todas las tareas y trabajos desagregadas por sexo.

Importantísimo, recuerda, nos referimos no solo a labores físicas (quién pone la mesa, prepara las camas, compra y cocina la cena, guarda las sobras, limpia los baños). También hay que tomar nota de la propia gestión del evento (quien se encarga de que todo esté perfecto y a tiempo). Os podéis basar en vuestro estudio para realizar el paso 2.

Haced público vuestro estudio. Haz visible lo invisible.

Consejo: una vez publicado vuestro estudio, si vuestros compañeros salen con aquello de “mujer, nadie te lo exige, es mejor simplificar las cosas, no te agobies tanto, a mi no me importa que cenemos huevos fritos” — tomadles la palabra: se anulan las navidades. A ver qué pasa.

2. Los preparativos: hacer un calendario de adviento a la inversa:

Mientras la familia aguarda con impaciencia el día D (24 de diciembre fun fun fun), haced un cálculo hacia atrás en el tiempo. Vuestro calendario debe inluir hasta el 7 de enero como mínimo.

MODELO TIPO (excel, tabla, base de datos…. libre)

Desde octubre/noviembre:

Hay que empezar a preguntar quién va a venir. Realizar consultas, llamadas. Empiezan las preocupaciones. Recuerda que las mujeres somos más que las anfitrionas de la tradición por excelencia. Somos también las guardianas de la armonía emocional de los siguientes tres meses. Si es necesario, hay que negociar con aquellas personas que muestren reticencias, asegurando que se hará todo lo posible para que nadie se incomode, estando al quite de cualquier situación tensa para desactivarla en lo posible. Si algo sale mal, puede haber sido nuestra responsabilidad no haber percibido tensiones a tiempo para suavizarlas, animado lo suficiente o en general haber garantizado que éstas navidades van a ser maravillosas.

Noviembre/Diciembre:

Empieza la coordinación fina. ¿Todo el mundo tiene su viaje organizado? Hay que comprar billetes antes de que suban los precios? ¿Cuanto tiempo se van a quedar? ¿Hay camas suficientes? ¿Las camas tienen sábanas y mantas? ¿Éstas están limpias? Si no hay sitio en casa, hay que organizar alternativas. ¿Habrá regalos para todos y todas? Hay suficiente vajilla, cubertería, mantelería? ¿Funciona el horno? etc etc etc

Economía y finanzas: ¿Tenemos el dinero necesario para nuestras pretensiones navideñas? ¿Hay que empezar a comprar besugos y congelarlos? ¿Hay que realizar compras a plazos? ¿Hay que fabricar juguetes y detalles a mano?

Diciembre:

Planificación de horarios, actividades paralelas infantiles (¿qué se organiza durante todo el periodo no escolar?) Actividades paralelas adultas o mixtas (aperitivos, decoración del árbol y/o belén, excursiones de día). Recuerda ser sensible a las edades y gustos del público, tiene que haber algo para todos y todas. Que nadie se sienta fuera.

Realización de compras de último minuto. Envoltura de regalos. Recordar y realizar llamadas telefónicas personalizadas a familiares lejanos o cercanos que no han podido venir. Tener en cuenta no solo tu familia sino también la de tu pareja. Enviar regalos, postales etc si es el caso. Planificación de visitas a otros familiares, residencias de mayores etc

El menú. ¿Tradicional o innovador? ¿Hay que mejorar el del año pasado? Comprar, preparar, cocinar, guardar, congelar, sacar la basura, llevar las botellas al contenedor.

Limpieza previa y posterior. Decoración: recordar dónde está la caja polvorienta de titos (no olvides detalles como el de disponer la estrella de belén de la bisabuela de tu pareja que tanto le gusta)

En fin, creo que lo habéis entendido. El demonio está en los detalles.

3. Implantación:

Desarrollad bien vuestro plan. Convocad una reunión familiar en octubre para la asignación de tareas igualitarias y nombrad una comisión de seguimiento paritaria.

4.Resultados

En enero se ha de volver a reunir la comisión para evaluar los resultados y realizar recomendaciones y cambios para el año siguiente.


 

“Tips” y sugerencias para una Navidad más feminista

Una decoración feminista

Puedes introducir símbolos feministas que se recordarán para siempre y se incorporarán a la caja de titos navideños:

Regalos para romper esteretipos, jugamos a otros roles:

Juegos de sobremesa

En realidad toda la velada puede servir para jugar al bingo feminista en familia. Aquí tienes el tablero y las instrucciones

Vestuario

O nos vestimos todos y todas sexy, o nadie.

 

Villancicos

Podéis componer los vuestros… aquí tenéis un ejemplo:

 

Conversaciónes, chistes y acoso

No os podría dejar sin proponer una estrategia:

Es importante mentalizarse de que no es nuestra responsabilidad agotarnos con argumentos, explicaciones sobre lo obvio.

¿Por qué no volver la situación del revés? Utiliza esta sencilla pregunta, machaconamente si es necesario:

¿Explícame por favor por qué?

Ejemplos prácticos:

– Por favor, no es momento de charlar con tus amigos/hermanos/cuñados, hay que fregar.

– Cariño, estamos muy agusto… anda, no nos cortes el rollo. Ya lo harás cuando sea.

¿Explícame por favor por qué?

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El sexo es bonito… pero la Navidad es más frecuente

– Chiste soez machista

– Manolo, ese chiste es machista.. No es gracioso

– ¡No seas tan estrecha/absurda/exagerada/histérica!

¿Explícame por favor por qué?

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-Amigos/maridos-parejas/cuñados se arriman/tocan/besan cuando tu no quieres

– Manolo, eso es acoso.. No es gracioso

¡No seas tan estrecha/absurda/exagerada/histérica!

¿Explícame por favor por qué?

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Creo que os podéis hacer una idea. Intuyo que pueden ser momentos de “mansplaining”… abortados.

Finalmente, si nada funciona, retírate con elegancia, no sin antes dejar rellenado un detalle didáctico:

 

 

 

¡Buena suerte y feliz Navidad!