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El patriarcado es como el calentamiento global, o por qué vamos a la huelga este 8M.

28/02/2017 en Doce Miradas por Christina Werckmeister

El patriarcado es como el calentamiento global, no hace falta creértelo para que te siga jodiendo.

 

Ya estáis pensando que voy a acusar a “los hombres” de cargarse el planeta. Ese sería un típico acto reflejo cuando la mayoría de personas oyen la palabra “patriarcado”. (Para un análisis razonado, fino y acertado, y con la legitimidad de la voz masculina, ver “No nos gusta que nos cuestionen“)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿La mayoría? ¿Mujeres también? Pues sí. Como del calentamiento global, nadie se libra.

 

 

Sí, nos afecta a todas y a todos, solo que no de la misma manera. Igual que el calentamiento global afecta más a unas personas que a otras.

Fuente Traducción: Según la investigación, se estima que el cambio climático reducirá los ingresos medios en el 40% de los países más pobres en un 75% en el año 2100, mientras que el 20% de países más ricos pueden experimentar ligeras ganancias.

 

Para poder colocar jerárquicamente a unas personas en posiciones de poder y otras no, el patriarcado se ocupa con mucho ahínco en dividirnos en dos. Y nos dice constantemente quién es quién, cómo ser hombre y cómo ser mujer, cómo distinguir entre hombres y mujeres mucho más allá de los genitales, y finalmente para qué sirve cada uno (y para qué no). Y una vez naturalizada la inevitabilidad de todo esto, nos podemos tranquilizar que todo está bien como está, y cambiarlo sería muy malo.

Hay personas a las que la palabra “patriarcado” les parece un “palabro”. Les suena o bien a “cultismo” académico no apto para el gran público, o bien a eufemismo sobre-expuesto del tipo enervante como “emprender” o “innovación”.

Tal vez estas reacciones sean en sí mismas sutiles formas de rechazo al concepto. Al fin y al cabo se nos llena la boca con un sinfín de categorías de análisis para explicar nuestros “problemas sociales” y los desequilibrios de poder (raza o etnia, nacionalidad, clase, religión etc). Pero si utilizas el género para analizar ciertos temas “espinosos” (terrorismo, guerra, pobreza, violencia, militarismo, abusos sexuales etc), en cuestión de pocos segundos alguien inevitablemente dirá que no seas tan suspicaz y dramática, ¿no somos todos iguales o qué? Curiosamente en temas como quién limpia mejor, quién cuida mejor a las criaturas, quién conduce mejor, quién es más emocional, o quién sabe dónde están esos malditos calcetines negros que parecen haber desaparecido (!), las categorías de género son perfectamente válidas y parecen poder explicarlo todo.

Hace poco escuché a Amelia Barquín. Doctora en Filología Románica y profesora de Educación Intercultural y Educación y Género en HUHEZI (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de Mondragón). Ella contaba cómo su alumnado dieciocho-añero llegaba sabiendo muy bien qué es el capitalismo, el marxismo, sí, incluso el calentamiento global. Pero nadie sabe qué es el patriarcado. Consecuentemente, lo explica a principio de cada curso:

Patriarcado: el sistema sociopolítico en el que el género masculino tiene supremacía y mayor contacto con el poder (en política, economía, religión…)

Vale la pena escuchar su conferencia completa, pero aquí os comparto su explicación del término.

Barquín continua describiendo cómo se transmite, pervive y se adapta este sistema sociopolítico no solo a través de nuestras leyes y normas formales sino infinitamente codificado en nuestras diversas culturas planetarias.

Aquí no voy a meterme de lleno en la definición, orígenes, funcionamiento o consecuencias del patriarcado. Hay muuuucha literatura disponbile. Si habéis leído hasta aquí ya os habréis fijado que esto es más bien una cadena de “memes”, mecanismos que hoy en día nos entretienen con su humor instantáneo y tontorrón, pero que a veces son capaces de provocar pensamientos (!)

 

 

 

 

Pero sí es útil de momento especificar que aquí, en “el norte global” no hemos superado el patriarcado. Más bien, éste va mutando constantemente cual Terminator, adoptando nuevas formas y regenerándose para parecer lo que no es.

La filósofa ecofeminista Alicia Puleodistingue entre dos tipos de patriarcado: patriarcados de coerción, los que estipulan por medio de leyes o normas consuetudinarias sancionadoras con la violencia aquello que está permitido y prohibido a las mujeres, y los patriarcados de consentimiento, donde se da la igualdad formal ante la ley: los occidentales contemporáneos que incitan los roles sexuales a través de imágenes atractivas y poderosos mitos vehiculizados en gran parte por los medios de comunicación”.

 

 

 

 

 

El patriarcado es como el calentamiento global, que nos rodea en la atmósfera invisible del ozono, y se perpetua a través de los deseos consumistas de la especie humana.

 

 

 

 

Y como no se ve, y ciertamente a muchos beneficia, nos dirán que no existe, que eso es parte de la peligrosa “ideología de género”. ¿Qué te parece más ideología?

 

 

 

Así que negarán su existencia como aquellos que niegan el cambio climático. Pero, preguntémonos: ¿Qué pasa si trabajamos por una sociedad justa e igualitaria, aunque lo del patriarcado sea mentira?

Traducción: “¿Qué pasa si (el cambio climático) es mentira y hemos creado un mundo mejor para nada?”

 

 

 

 

A veces no lo entiendo (pero lo entiendo). Cuando niegan las evidencias científicas, ¿Qué quieren? Seguir teniendo “derecho” a polucionar el aire, envenenar el agua, deshacernos de especies tras especie (incluida la humana)? Y cuando niegan el patriarcado? A qué quieren seguir teniendo “derecho”?

Y allí es cuando empieza la tergiversación absoluta, y resulta que los hombres lo tienen mucho peor que las mujeres. ¡Cielos!

 

 

 

 

 

 

Por favor , cálmate y piensa

Traducción: Los problemas que estás atribuyendo al feminismo son el resultado del patriarcado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Entonces, qué queremos las personas feministas? ¿Un matriarcado? La respuesta es no.

Pero comprendan también que, como el calentamiento global, el patriarcado también lo es, y por eso vamos a la huelga este día 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres:

No nos gusta que nos cuestionen

21/02/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Mikel Otxotorena. (Hernani, Gipuzkoa, 1974.) Sociólogo de formación. Máster en Cooperación Internacional para el Desarrollo (HEGOA) y Máster en Igualdad entre Mujeres y Hombres (UPV/EHU). Mi trayectoria profesional se ha forjado en el ámbito de la cooperación internacional al desarrollo y en el de la igualdad entre mujeres y hombres. En la última década mis inquietudes, militancia y trabajos como consultor de género y masculinidades, a nivel nacional e internacional, han estado vinculados principalmente a la igualdad, con especial hincapié en el trabajo con los hombres y las masculinidades desde una perspectiva feminista y LGTBQI+.

Hace muy pocas semanas le dimos la bienvenida al nuevo año y las dinámicas vinculadas a las desigualdades entre mujeres y hombres siguen presentes. Esto no ha cambiado nada. Seguimos asistiendo a asesinatos de mujeres, agresiones sexuales, agresiones fóbicas a personas LGTBQI+[1], reacciones sexistas en todas las esferas de la sociedad y un largo etc. Da igual que cambiemos de año, que el día a día sigue igual de hostil.

En este artículo, sin embargo, no me voy a centrar en quienes sufren de manera más directa y violenta las consecuencias de estas desigualdades. En esta ocasión quisiera poner la lupa sobre nosotros, los hombres. No para hablar de nuestros protagonismos, sino más bien para analizar qué pasa cuando esos protagonismos son cuestionados mediante diferentes argumentos, y qué debates y/o elementos deberíamos introducir al analizar este tema.

Es habitual que ante un cuestionamiento de nuestros argumentos (al margen del tema que estemos tratando) nuestra reacción sea cierta incomodidad, ya que de alguna manera nuestros protagonismos también se ponen en cuestión. Por supuesto que ni todas las incomodidades, ni todas las formas de cuestionar nuestros argumentos son iguales. Algunas nos generan más incomodidad que otras. Y como consecuencia generan reacciones diferentes. Pero quisiera centrarme en aquellos cuestionamientos bien argumentados para hacer el análisis de las reacciones que generan desde una perspectiva de género. Por ejemplo, ¿reaccionamos los hombres de la misma manera cuando el cuestionamiento de nuestros argumentos (y por tanto de nuestros protagonismos) proviene de una mujer u hombre cisgénero, de un hombre gay, de una lesbiana o de una persona transexual? O ante ciertos argumentos o discursos de los feminismos, ¿por qué se generan semejante abanico de reacciones por parte de los hombres? Las reacciones van desde las más reaccionarias, pasando por la indiferencia (o mal llamada neutralidad), el victimismo, hasta la autodefensa mediante lo políticamente correcto.

Quizás debamos poner la atención en la lógica jerarquizada, consciente o inconsciente, de las identidades de género que tenemos como fruto de la socialización que recibimos como mujeres y hombres. Desde esta lógica, las opiniones de las mujeres, por ejemplo, se miden desde un prisma androcéntrico y no tienen el mismo peso que la de los hombres. Esta jerarquización patriarcal también se da entre los propios hombres, por supuesto, pero parece que no tocan tanto la fibra sexista como cuando provienen de las mujeres.

Encontramos una infinidad de ejemplos sobre estas reacciones (generalmente en los hombres) que nos indican que algunos argumentos feministas dan en el punto de flotación de la hombría. Vean, o mejor dicho lean por ejemplo los comentarios que aparecen en un artículo reciente de Barbijaputa. Detrás de muchos de estos comentarios nos encontramos con la idea de “tú a mí no me cuestionas” o “quién eres tú para cuestionarme a mí”.

Hay quien dirá que se reacciona de esta manera por las formas de presentar los argumentos. Y sí, las formas son importantes, pero muchas veces el fondo de la cuestión queda difuminado y no se va más allá. Quizás la pregunta clave sea: ¿por qué nos molesta?

¿Por qué nos toca la fibra? Pregunta sencilla de hacer pero difícil de contestar. A la hora de construir las respuestas es necesario incluir algunos debates que hasta la fecha apenas se han dado por parte de los hombres, como por ejemplo:

  • El papel que juegan en mi malestar los privilegios y las relaciones de poder. Dicho de otra manera, la mochila de sexismo que tengo (en el grado que sea), ¿qué lugar tiene en mi malestar?
  • Comenzar la tarea de responder a la pregunta planteada, desde lo social hasta lo individual, nos puede permitir encontrar algunas respuestas en el camino. Comenzar a mirarnos y analizarnos los hombres, como grupo social y terminar haciendo ese mismo trabajo como individuos, es un camino interesante. Seguramente no agradable, ya que lo más probable es que nos encontraremos con muchas contradicciones entre la teoría y la práctica. Pero será necesario realizar ese camino.
  • Ser conscientes de en qué modo, en mayor o menor medida, contribuyo a la reproducción del sexismo. Como dice Barbijaputa en el artículo mencionado, desde el momento en el que un hombre piensa que él ya no forma parte del problema, y que el machismo se ha evaporado de su cuerpo como si fuera agua, se convierte en algo más peligroso que un simple machista. Uno de los errores en el cual caemos es agrupar a los hombres en dos bloques o en uno: buenos y malos. O todos malos por el simple hecho de ser hombres. Pero sabemos que es más complejo que todo ello y que ciertas clasificaciones no sirven de nada. Es más, nos distorsionan el análisis, las reflexiones que podamos hacer.
  • Para todo esto, entender, aprender y vivir qué nos dicen los feminismos será imprescindible. Y subrayo vivir, ya que la teoría es relativamente fácil de repetir. Los hombres tendemos a asimilar la oratoria y el discurso enseguida. Hemos sido y seguimos siendo socializados para manejarnos en lo público, con todo lo que ello conlleva de protagonismos. Poner en práctica en nuestra cotidianidad lo teórico será imprescindible. Pero existe otro movimiento que tiene que estar presente: el movimiento LGTBQI+, con todas sus teorías, variedad y corrientes. Como digo siempre, la misoginia y la homofobia son los dos pilares fundamentales de la masculinidad sexista. Con lo cual algo tendremos que aprender de quienes llevan trabajando desde hace años para erradicar estas dos fuentes de discriminación que van de la mano.
  • Relacionado con lo anterior y para que las tripas no se nos revuelvan, será importante entender que las mujeres deben liderar los feminismos y que nuestro trabajo y lugar debe estar como aliados. Si lo comparamos con el trabajo del movimiento LGTBQI+, a nadie se le ocurriría pensar o decir que las personas heterosexuales deberían dirigir o co-dirigir ese movimiento.

Algún hombre que esté leyendo este artículo pensará que como tal, no se siente nada identificado con lo que está leyendo y siente la necesidad de hacer público su desacuerdo. Por supuesto que mostrar un desacuerdo es algo positivo, siempre y cuando se haga desde el respeto. No obstante, lo que pretendo es que pongamos el foco de atención en lo que me está motivando, lo que me lleva precisamente a tener que hacer público mi desacuerdo. Las respuestas que obtengamos nos ayudarán a entender cómo el sexismo puede o no estar presente y a qué nivel está jugando sus cartas.

Entraremos en un terreno farragoso. Pero nadie dijo que fuera fácil. Y al fin y al cabo lo que estamos planteando es desaprendernos de una manera concreta de ser hombres, y aprender a vivir como hombres de una forma más justa, democrática, equitativa e igualitaria. ¡Casi nada! Pero o entramos al barro siendo cuestionados y cuestionándonos nosotros mismos o no avanzaremos en la construcción de esas sociedades tan anheladas.

[1] LGTBQI+: estas siglas se refieren al movimiento de Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales, Queer, Intersexuales. El “+” se añade para denotar la amplia diversidad de orientaciones e identidades, y así incluir a aquellas personas que no se identifican con las categorías anteriores.

El poder de la vulnerabilidad

14/02/2017 en Doce Miradas por Begoña Marañón

Abandonadas, desilusionadas e indefensas. Así se sienten muchas mujeres que tenemos a nuestro alrededor. Son mujeres que viven en nuestros barrios, que cruzamos por la calle, mujeres que asisten a nuestras charlas, que leen nuestro blog, mujeres que nos necesitan. Mujeres que no se atreven a hablar en público, que no se atreven a preguntar, que no tienen puerta a la que llamar. Yo he conocido a una de ellas y desde aquí quiero prestarle mi voz.

Todo empezó en las XVI Jornadas de Igualdad del Ayuntamiento de Portugalete que se celebraron el pasado mes de noviembre. Bajo el título “Diversas y poderosas”, me atreví a contar lo que yo llamo mis Lecciones Aprendidas: un largo camino hacia la dirección. Como siempre en estas ocasiones, hay que combatir una buena colección de dudas: ¿les interesará lo que les cuento? ¿Acertaré con la charla? ¿Con el tono? En fin, todas esas preguntas que las mujeres nos hacemos demasiado a menudo. Yo había diseñado un recorrido por las etapas profesionales de mi vida y de cada una de ellas extraía unas lecciones que me han servido para seguir avanzando y que me gusta compartir.

Pasados unos días, recibí un extenso email de una de las asistentes en el que me relataba las impresiones que le había causado mi charla, las preguntas y reflexiones que no se atrevió a hacer en voz alta. Y así conocí a Ariadna, una mujer que lucha a diario por recuperar la ilusión.

Ariadna me escribió para darme las gracias “por haber compartido mi experiencia y mi recorrido con todas las asistentes”. Además, me transmitió “todo su respeto y admiración” por lo que ella denominaba “mi éxito profesional y personal”, dicho lo cual, me comunicó que iba a ir “al grano”.

Ir al grano significaba que me iba a decir lo que realmente pensaba y necesitaba decirme.

El poder de la vulnerabilidad

Y fue entonces cuando me confesó que, “aunque mis palabras, mi relato, podría ser fuente de inspiración y motivación” –me voy a ahorrar todos los halagos porque no vienen a cuento– también mis palabras podían ser “un arma de doble filo”. “Sobre todo, afirmaba, si llegaban a mujeres que, como en su caso, no tienen éxito profesional y, lo que es peor, se ven con escasas o nulas oportunidades, desilusionadas y temerosas de no alcanzar un objetivo en la vida”.

Hubiese sido más inspirador para Ariadna, según me contaba, conocer los obstáculos personales con los que me encontré a lo largo de mi carrera, mis miedos reales, mis fracasos, (ella los llama mis no éxitos), saber quiénes no me apoyaron, cómo organizaba mi vida familiar, quién cuidaba a mis hijas mientras yo trabajaba, si tenía o no problemas económicos; en definitiva, me decía, todos esos asuntos imperantes para la mayoría de mujeres que luchan cada día. Parecía que necesitaba más cómo aprender a vencer los obstáculos que escuchar los avances, conocer los problemas reales de cada día, más que tomar nota de mis lecciones aprendidas.

También me confesó que se había quedado, tras escucharme, “apabullada, boquiabierta, deslumbrada con mi periplo vital, a la vez que triste, apagada, pequeñita, al comprobar que la mayoría estamos, afirmaba, a otro nivel”. Esto realmente me preocupó.

Y me recordó la teoría del poder de la vulnerabilidad que me había contado mi hija Verónica, según una investigación llevada a cabo por Brené Brown, y el alcance del término conexión. Significa que, cuando tú te abres, cuando te abres con todo el corazón, cuando te muestras como eres y no como tienes que ser, te conectas. La habilidad de sentirnos conectados es lo que da felicidad a nuestras vidas. Por eso es muy importante sentir que somos dignos de esa conexión. Y quizá, lo que realmente había ocurrido, es que Ariadna no conectó conmigo o no conectó con esa parte de mi relato que le hizo sentirse así. Porque, según explica Brown, “para que exista esa conexión, debemos dejarnos ver, que nos vean de verdad”.

Por eso, cuando después nos hemos conocido personalmente y hemos tenido la oportunidad de conversar, cuando le he hablado de mis miedos, de mis dificultades, cuando me ha visto más de cerca y me he dejado ver, creo que se ha producido esa conexión. En el fondo, y no tan en el fondo, ¡somos tan parecidas!

La jaula

Ariadna también me habló de lo que ella denomina “una realidad invisible de muchas mujeres, de todas las edades y lugares del mundo, pero sobre todo, no de las que tienen un techo de cristal (afortunadas mujeres, debe de pensar), sino de las tienen una jaula por sus cuatro costados”.

 

Me cuenta Ariadna que siente que “en esa jaula les niegan el acceso al conocimiento y al desarrollo personal”. Es una jaula “a la que únicamente les tiran deshechos de desinformación y manipulación, con los que ellas deben construir, con mucha dificultad, una realidad que les permita sobrevivir”.

Por eso ella, y muchas mujeres como ella, se sienten indefensas, desilusionadas y abandonadas.

Indefensas, porque carecen de herramientas para enfrentarse a los obstáculos, a los retos, para gestionar las emociones, las decisiones, los conflictos, la adversidad, los complejos físicos y psicológicos, las relaciones.

Desilusionadas, porque no hallan, a corto ni medio plazo, metas ni objetivos por los que luchar. Siente que la ilusión no nace por sí sola, que necesita del conocimiento, del saber de la esperanza, de la solidaridad recíproca.

Abandonadas, porque ni la sociedad, formada por personas individuales, algo que quiere remarcar, ni las instituciones, ni el prójimo, conocen ni actúan sobre esta realidad. Es posible que se hable de ello, pero no es suficiente: hay que hacer, hay que actuar.

La palabra ‘esperanza’ me hizo recordar unas palabras del médico psiquiatra Enrique Pichon-Rivière, quien propone operar sobre la incertidumbre y la desesperanza mediante la gestión de proyectos colectivos.

 

“En tiempos de incertidumbre y desesperanza, es imprescindible gestar proyectos colectivos desde los cuales planificar la esperanza junto a otros”.                         Enrique Pichon-Rivière

 

Porque es cierto que lo colectivo sostiene, crea red, acompaña en lo bueno y abre sus brazos especialmente para lo malo. El grupo recoge y acoge, da aliento, empuja y ayuda a doblar los barrotes de la jaula.

Y volviendo a Brené Brown, conviene recordar que uno de los motivos que nos mantiene desconectados es nuestro miedo a no ser dignos de conexión. Y ese miedo lo tenemos todas, Ariadna. Lo que incrementa ese sentimiento de vulnerabilidad insoportable es lo que tantas veces pensamos: “No soy suficientemente buena”.

A esto Brown dice que debemos tener el coraje de saber que somos imperfectas; aceptar por completo nuestra vulnerabilidad para dejarnos ver y saber que en ese núcleo de vergüenza y miedo a partes iguales es donde nace la dicha, la creatividad, la pertenencia, el amor.

Pero también se avanza con la acción, Ariadna, como bien has comprobado. Se avanza haciendo, saliendo al exterior, buscando los espacios para crecer y volar. Despliega tus alas, Ariadna para imaginar sin límites. Y recuerda que ya has encontrado una puerta a la que llamar.

20 años después, la lucha continúa

07/02/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

En el año 1996 un grupo de mujeres intentaron desfilar en el Alarde de Hondarribia. No les dejaron y aquellas que defendíamos la causa, pensamos que un primer paso podría ser crear una compañía donde las mujeres participáramos. La compañía Jaizkibel se formó en el año 1997 y todavía hoy, no ha conseguido su propósito.

Marian Emazabel, miembro de Jaizkibel Konpainia

 

En este tiempo, si bien es verdad que el ambiente ha mejorado, y con mejorado quiero decir: poder bajar al centro a comprar, a pasear, a potear, mezclarnos el día 8 de septiembre con el resto de integrantes de otras compañías fuera del desfile, poder relacionarnos con personas que opinan diferente a nosotras y nosotros en el día a día… el Alarde sigue siendo a día de hoy, un tema tabú en el pueblo.

Los 10 años iniciales de este conflicto, han sido muy duros; años de incomprensión, de sentimientos de soledad, de desplantes, de gritos cualquier día de la semana, de miedo por encontrarnos con alguien que de alguna manera pudiera agredirnos, de dolor por la pérdida de amistades o de familiares… Y sobre todo de confusión total y de dolor por todos nuestros seres queridos que, por apoyarnos y querernos, han sufrido consecuencias nefastas en sus relaciones. Hablo de nuestros padres y de nuestras madres, de nuestros hijos y de nuestras hijas, nuestras sobrinas y sobrinos, nuestros hermanos y hermanas, que aún sin haber participado, les han hecho responsables de nuestra decisión. Esto ha supuesto una doble carga para aquellas y aquellos que decidimos defender los derechos de las mujeres, ya que, no solo nosotras, sino también nuestros seres queridos, han sufrido día a día, insultos, vejaciones, malas caras, desprecios,…. Este es el caso de aquellos y aquellas menores que de forma silenciosa, han tenido que abandonar el colegio o el instituto e irse a estudiar a otro colegio y a otro pueblo para poder volver a empezar: hacer nuevos amigos, recuperarse de tanto daño, y seguir viviendo sus jóvenes vidas libres de dolor y amenazas.

A día de hoy, y 20 años después, estamos orgullosas y orgullosos de que las nuevas generaciones que han empezado a participar en la compañía Jaizkibel, no sientan el miedo que todavía las veteranas y veteranos sentimos. Estamos orgullas y orgullosos de que en estos 20 años hayamos pasado de ser 36 participantes a casi 500. De que cada vez más personas nos miran, nos saludan y nos felicitan.

Esta es la imagen de chicas jóvenes que se instalan en la Calle Mayor desde la víspera, para boicotear con plásticos e insultos el desfile de la compañía Jaizkibel. Mientras, los chicos disfrutan de la fiesta.

A pesar de que consideramos que hoy en día la vida díaria en el pueblo es más fácil para las personas que desfilamos en Jaizkibel y para los de nuestro entorno, todavía no podemos hablar de una situación de normalización. Y síntoma de ello son los plásticos negros que, año tras año, el 8 de septiembre se erigen a manos de las jóvenes que pasan la noche anterior ocupando la Calle Mayor.

 

 

 

 

 

 

 

Esto demuestra que aunque han cambiado las formas, no ha variado el fondo. Las mujeres seguimos reivindicando un derecho a participar en las fiestas en igualdad de condiciones que se nos sigue denegando. Detrás de nuevas caras sonrientes que nos saludan al pasar, el Alarde discriminatorio se sigue celebrando cada año bajo la protección de los responsables políticos y de todas aquellas personas que no reaccionan ante esta situación que sufrimos.

Tenemos clara la responsabilidad de los políticos en la resolución de este confllicto, porque en 20 años no han creado ni facilitado ninguna vía que garantice que se cumplan nuestros derechos. Derechos de las mujeres que son responsabilidad de todos y todas, más allá de las fronteras hondarribitarras. El Alarde camufla bajo su disfraz y su música una cuestión universal: la intolerancia y la falta de respeto hacia los derechos de la mujer.

 

 

La fuerza de la costumbre

31/01/2017 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta

Hace unos días comencé a pensar en la temática y la forma de enfocar el artículo de esta semana en Doce Miradas. Como punto de partida, hice una primera aproximación a los datos de libre acceso sobre el desarrollo en el mundo, que ofrece la web del Banco Mundial, para extraer información de la evolución de los países en cuanto a la implementación de políticas orientadas a promover el acceso de mujeres y hombres, por igual, a la educación, la salud, la economía y la protección de acuerdo con la ley.

Navegando por esta web encontré un vídeo que me llamó la atención y ahí me quedé. Así conocí a Sonita Alizadeh, una joven afgana que usó la música para escapar de una boda arreglada por sus padres cuando tenía 16 años. El sentido de esta boda no era otro que el de conseguir 7.000 dólares para comprar una novia a su hermano, según le explicó su propia madre. Por medio de este matrimonio, con un hombre desconocido, conseguirían 9.000 dólares. No era la primera vez que se concertaba un matrimonio para Sonita. El primero, que finalmente no se celebró, ocurrió cuando tenía 10 años.

La realidad sobre el matrimonio infantil es sobrecogedora. Afecta a niños y niñas, aunque estas últimas son las que se llevan la peor parte teniendo en cuenta que la desigualdad de género y la pobreza tienen mucho que ver con esta práctica. A saber, las niñas del 20% de los hogares más pobres tienen más del triple de probabilidades de contraer matrimonio antes de los 18 años que las niñas de los hogares más ricos. En los países en desarrollo, las niñas de las zonas rurales tienen el doble de probabilidades de estar casadas al cumplir los 18 años que las niñas de las zonas urbanas. Entre los países que permiten el matrimonio infantil, los casos más frecuentes de matrimonios forzados se dan en Asia Meridional y en África Occidental y Central, donde el 46 y el 41% de las niñas, respectivamente, se han visto forzadas a someterse a una persona desconocida y, en la mayor parte de las ocasiones, a abandonar la escuela y soportar malos tratos.

Un informe publicado a finales de 2016 por Save The Children, “Hasta la última niña. Libres para vivir, libres para aprender, libres de peligro”, revela, entre otras cosas, que esta situación se agrava en los contextos de conflicto, ya que las familias consienten los matrimonios por seguridad o como una forma de hacer frente a la situación. Así sucede con las niñas sirias en Líbano: una de cada cuatro adolescentes refugiadas contrae matrimonio forzadamente.

Se calcula que, a finales de esta década, 142 millones de niñas se verán obligadas a casarse. Sonita no se ha olvidado de estas jóvenes, habla de ellas en su música y es consciente de los pasos que hay que dar para luchar contra el matrimonio infantil forzoso. Los factores que influyen en que esto ocurra son complejos y difíciles de resolver. Además de la pobreza y la desigualdad de género, hay otras variables determinantes y diferentes en cada país. De todas las medidas correctoras que propone esta joven afgana en el vídeo, hay una de base que se puede escuchar: “Debemos empezar por las familias, porque en muchos lugares las familias tienen ideas y pensamientos antiguos. Los padres creen que deben casar a sus hijas jóvenes porque es una tradición. Las familias necesitan conocer nuevas maneras, nuevas ideas y ver otras posibilidades para sus hijas. Necesitamos, también, dar apoyo a las niñas para que vean que existen otras opciones y puedan creer en sí mismas”.

La fuerza de la costumbre, las normas sociales y culturales fuertemente arraigadas, o la falta de apoyo, condenan a millones de niñas a vivir en una sombra de la que difícilmente lograrán escapar solas. Es necesario dar luz. Es necesario dar a conocer otros modelos válidos para el futuro de las niñas y sus familias. No solo para afrontar esta dura realidad que en ocasiones parece tan alejada, sino también para tomar conciencia de otras realidades en las que la fuerza de la costumbre parece haber hecho mella. Así, María Puente nos recordaba en su gran artículo ‘El año en que once diplomáticos europeos fueron explotados sexualmente’, que en el Estado español el proxenetismo, aún con ciertas ambigüedades, está permitido y despenalizado. También Miren Martín en ‘Sor Citroen o la dignidad mal entendida’, rememoraba el momento en el que la monja protagonista, haciéndose eco del sentir mayoritario de la época, le reprocha a una mujer que había sido maltratada por su marido: “es que tú siempre fuiste una casquivana y una atrevida. No mires a otros hombres y pórtate mejor con tu marido”.

Ahí queda eso. Podemos pensar que son cosas del pasado, que esto ya ha cambiado en nuestra sociedad y que estamos en otra época bien distinta. No hay más que echar un ojo al último post de Noemí Pastor, ‘Miren T.’, en el que nos ofrecía datos de rabiosa actualidad en cuanto a violencia de género (y digo rabiosa en el estricto sentido de la palabra) para darse cuenta de que algo no va bien: “en Europa la violencia contra las mujeres es la principal causa de muerte o invalidez de las mujeres de entre 16 y 44 años, por delante del cáncer y los accidentes de tráfico, más allá de su condición cultural y socioeconómica”.

Sonita encontró en la música, y concretamente en el rap, “una herramienta poderosa para el cambio social”, una manera de luchar por sí misma y dar voz a todas las niñas que están condenadas a un mismo futuro. El siguiente paso es que estas jóvenes puedan hablar por sí mismas. Y al resto, como apuntaba Ana Erostarbe, nos corresponde convertirnos en “armas de sensibilización masiva. A ver si así acabamos con la fuerza de tanta costumbre.

 

Marie T.

24/01/2017 en Doce Miradas por Noemí Pastor

El lunes 16 de enero de 2017 Francisco Javier Nieto, de 50 años de edad, confesó a la Policía Nacional que dos días antes, el sábado 14, había estrangulado a su pareja, Blanca Esther Marqués, de 48, en el domicilio que ambos compartían en Burlada (Navarra). Blanca Esther y Francisco Javier vivían juntos desde hacía unos meses. Llevaban saliendo año y medio. A los dos les gustaba mucho viajar. Todo su entorno veía en ellos una pareja bien avenida. Nadie detectó ningún signo de maltrato.

Blanca Esther tenía una diplomatura universitaria y un empleo estable en la administración pública; era independiente económicamente y, según sus allegados, una luchadora de fuerte carácter, comprometida con la igualdad y delegada sindical de Comisiones Obreras.

El sábado 14 de enero, tras una discusión en su domicilio, Francisco Javier, contra quien no constaba ninguna denuncia por maltrato ni ninguna orden de alejamiento, estranguló a Blanca Esther y abandonó el cuerpo en el domicilio durante horas. Al día siguiente regresó para recogerlo y arrojarlo al río Ulzama, de donde fue rescatado cuatro días después.

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Marie Trintignant nació en París en 1962. Era hija de una directora de cine y de un actor. En 2013, con 41 años, trabajaba en una serie de televisión y había actuado en treinta películas. Era culta, bella, trabajadora, independiente y reconocida defensora de los derechos de las mujeres. Tenía éxito en su trabajo.

A Marie la mató su marido, el cantante del grupo de rock francés Noir Desir, Bertrand Cantat. El 27 de julio de 2003 la golpeó hasta dejarla en coma en un hotel de Vilnius, Lituania. Un turista italiano escuchó los golpes, pero no llamó a nadie, no hizo nada. Su hijo mayor encontró a Marie con el rostro lleno de hematomas. Demasiado tarde: no salió del coma y falleció el 1 de agosto en un hospital de París.

“Fue un accidente después de una pelea, una locura, pero no un crimen”, declaró Cantat. Su abogado alegó: “Fue un conflicto humano, un accidente, una tragedia”. Marie y Bertrand habían discutido los dos, pero él no tenía ni un rasguño.

No sólo Marie era un emblema de la mujer moderna. También su marido era un emblema de cantante exitoso y un rebelde políticamente correcto que se adhería a las causas justas del mundo, combatía al Frente Nacional de Le Pen y se solidarizaba con los movimientos antirracistas, pacifistas y antiglobalización.

En marzo de 2004 la justicia lituana condenó a Cantat a ocho años de cárcel. Seis meses después, fue trasladado a una prisión francesa, que abandonó definitivamente en 2007, cuando le fue concedida la libertad condicional.

Desde entonces, Bertrand Cantat ha publicado ocho discos más con diferentes grupos y ha colaborado en la composición de los temas musicales del espectáculo teatral “El ciclo de las mujeres: tres historias de Sófocles”. El Teatro Nacional de Montreal le prohibió subir a su escenario en una pieza que hablaba de mujeres y evocaba la violencia contra ellas. Sí subió, en cambio, a otros escenarios en Francia.

Fotografía de Asun Martínez Ezketa, @esaotra

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En Europa la violencia contra las mujeres es la principal causa de muerte o invalidez de las mujeres de entre 16 y 44 años, por delante del cáncer y los accidentes de tráfico, más allá de su condición cultural y socioeconómica. Según un informe del Consejo de Europa, en Finlandia, el país de mayor equidad de género del mundo, el 22 por ciento de los varones es violento con su compañera y el cincuenta por ciento de los separados maltrata a su ex.

En contra de la creencia generalizada, la violencia contra las mujeres no atañe solo a las débiles, las pobres, las especialmente vulnerables o las sumisas. Ni siquiera las mujeres que tenemos conciencia de nuestros derechos estamos vacunadas ni exentas de riesgo. No hay súper mujeres. El caso de Marie revela que incluso en las sociedades más adelantadas, donde las mujeres ocupan un lugar muy importante en la vida social y en los círculos más cultos, los golpes masculinos pueden acabar con su vida.

 

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Marie Trintignant está enterrada en el hermosísimo cementerio Père-Lachaise de París. Descansa a pocos metros de Edith Piaf, Oscar Wilde, Sarah Bernhard, Paul Eluard, Maria Callas, Jim Morrison, Colette, Yilmaz Guney, Isadora Duncan, Miguel Ángel Asturias… En buena compañía. Yo me acerqué hasta allí en un día de lluvia y permanecí un buen rato frente a su tumba, sobrecogida, admirada, turbada.

El bingo feminista

17/01/2017 en Doce Miradas por Lorena Fernández

Ponerte las gafas moradas es sufrir, en cierta medida, el día de la marmota. Ése en el que no dejas de escuchar una y otra vez ciertas frases y afirmaciones. Como soy de las que trata de tomárselo con humor para no acabar agotada (aunque os confieso que no siempre lo consigo), he decidido ponerme manos a la obra con algún divertimento para llevar a reuniones de trabajo, encuentros familiares, congresos repletos de corbatas o incluso grupos de WhatsApp.

En un primer momento me tiraba más aquello de “por cada vez que escuchemos esto, ¡chupito!”, pero mirando por nuestra salud (e hígado), finalmente me he decantado por un bingo feminista. Luego, que cada persona decida el premio por cantar línea o el cartón completo 😉 .

bingo feminista Doce Miradas

1. Ni hombres, ni mujeres. Ni machistas, ni feministas… solo seres humanos. Si me dieran un segundo de vida por cada vez que he leído y escuchado esto, ya sería inmortal. El feminismo busca la igualdad, nunca la superioridad. No ser “ni machista ni feminista” implica no posicionarse. Pero no posicionarse, siento decirte, es una paradoja, porque supone posicionarse: no hacer nada en una sociedad machista es ser cómplice del machismo.

2. ¿Para cuándo un Día del Hombre?. Pues mira, para cuando los hombres cobren menos que las mujeres, para cuando sean invisibilizados, para cuando sufran violencia por el mero hecho de ser hombres. Entonces será necesario su día y yo lo conmemoraré porque como feminista que soy, busco la igualdad y no la discriminación (y con esto respondo también al número 1 😉 ).

3. Eso del lenguaje no sexista es peccata minuta. Primero habrá que cambiar otras cosas, ¿no? ¿Pero qué manía es esa de no poder hacer varias cosas a la vez? Lo que no se nombra, no existe. Aquí os dejo con el post de mi compañera Noemí donde tendréis un mejor argumentario.

4. Pero si ya hemos conseguido la igualdad… ¿Qué más quieres? Claro… no hay más que leer un periódico o ver las noticias en algún telediario. O aún mejor, darse una vuelta por alguna publicación sobre techos de cristal, donde se cumple a las mil maravillas la Ley de Lewis que dice aquello de que “los comentarios que te encuentras en un artículo feminista justifican en sí mismo el feminismo“. Como diría mi compañera Pilar, queremos la mitad de todo.

5. También hay violencia de género contra los hombres. Esto lo hemos tenido que leer hasta en la cuenta de Twitter de la Guardia Civil:

tuit

Como bien dice Barbijaputa: “La violencia sobre hombres a manos de mujeres no es un problema de género, ya que esta sociedad es patriarcal y es sólo el hombre quien puede aprovechar una posición de privilegio sobre la mujer de múltiples maneras”.

6. ¿Y las denuncias falsas? Ahí le has dado. Según la Fiscalía especializada en Violencia sobre la Mujer, entre las 913.118 denuncias que se presentaron en España en siete años, solo constan 164 casos falsos. Quedémonos por tanto con ese 0,0079%.

7. Mujer, no tienes sentido del humor… No te lo tomes a la tremenda. No, si yo soy simpática. El problema es que me voy encontrando con gente como tú y se me agota la simpatía. Hay cosas que ya no me hacen gracia porque estamos hablando los derechos de la mitad de la sociedad.

8. Estoy en contra de las cuotas. Que entren las mejores personas y punto. Decir esto es como sacar la foto finish quedándote con el resultado final y no mirar la carrera para ver qué ha pasado antes (si algunas de las personas, en este caso las mujeres, han tenido que saltar más vallas o no han podido entrenarse como el resto de sus compañeros). Os recomiendo este post de Miren para entender mejor las cuotas.

9. Si no hay más mujeres en tecnología (puede poner aquí otro área) es porque no les interesa ese ámbito. Te digo lo mismo que con las cuotas. Si nos quedamos con el resultado final y no observamos las fases anteriores para descubrir por qué ya no les interesa ese ámbito, estaremos haciendo un análisis simplista a más no poder. Por poner un ejemplo: ¿somos lo que jugamos?

10. Es que le das demasiadas vueltas a las cosas. Es lo que tiene la tontería esa de luchar por nuestros derechos.

te pones preciosa

11. ¿Estás en uno de esos días?

facepalm

12. No seas tan mandona. Claro, porque si fuera un hombre tendría dotes de mando y liderazgo. Pero como soy mujer, soy mandona.

13. ¿Qué llevabas puesto esa noche? O dicho de otra manera: “te lo estabas buscando”. Pues nada, esta viñeta es la respuesta ideal a cosas que la gente va buscando:

Clement

14. Es que la RAE dice… Según la RAE, coronela es la mujer del coronel, la histeria es más frecuente en la mujer que en el hombre (contra todo criterio médico) y una bruja es una mujer malvada o de aspecto repulsivo frente al brujo, que es el que hechiza.

15. Las mujeres somos unas lobas con nosotras mismas. Os hablaré de una cosa preciosa: la sororidad. Noemí nos explicaba aquí que la palabra “fraternidad” viene del latín “frater”, que significa ‘hermano’, pero ‘hermano varón’; es decir, “frater” no incluye a las hermanas. ‘Hermana’ en latín es ‘soror’. De ahí viene nuestra ‘sororidad’, que Macarena nos define como la convicción de que para ser fuertes es necesario tejer redes con otras mujeres.

16. Discriminación positiva nunca es igualdad. Como decía María, quien rechaza este sistema artificial a favor de la mujer, lo hace porque considera que el sistema ‘natural’ brinda igualdad de oportunidades a mujeres y hombres. Quien rechaza el sistema corrector cree, por lo visto, que todos los cargos de responsabilidad se están otorgando de forma justa, de acuerdo a criterios objetivos, a la persona más capacitada posible en cada caso, que casualmente suele ser hombre.

17. Hemos buscado mujeres como ponentes para este congreso, pero no había o tenían las agendas completas. No habéis buscado más que en vuestros círculos endogámicos. Probad a salir de ahí y preguntar o a buscar en Google. Hay mujeres expertas, solo hay que identificar que es un problema no tener voces femeninas en un congreso, debate o lugar de proyección.

18. Ya no se puede ni piropear a una mujer guapa por la calle.

19. ¿Yo machista? ¡Pero si soy progre! Nada se parece más a un machista de derechas que un machista de izquierdas.

20. ¿Cómo no voy a ser feminista si tengo dos hermanas y una hija? Yo tengo un montón de bolígrafos en casa. Eso no me convierte en escritora.

21. El feminismo me parece bien, pero el radical no. “El feminismo es la noción radical de que las mujeres sean personas” (Paula Treichler).

22. Las cosas han cambiado mucho. Ahora los hombres ayudan en casa. ¿Ayudan? ¿En serio? Reitero… ¿no ves nada en el verbo ayudar?

23. Eres una feminazi. Esta casilla cuenta como cantar línea.

Feminazi

Para la elaboración de este bingo feminista he recibido la inestimable ayuda de mis otras miradas. Y no conformándome solo con eso, me he metido droga de la buena: me he repasado las respuestas de este foro. Si queréis cabrearos, podéis daros también una vuelta.

Y tú, ¿ya has cantado bingo? Anímate y deja en los comentarios otras frases que escuchas sin cesar y así hacemos más cartones.

Hacia una política feminista

10/01/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

ftg-547Mireia Espiau (Algorta, 1974). Estudié CCPP y Sociología e hice estudios de postgrado en estudios de Género y Desarrollo. Comencé trabajando en el ámbito de la cooperación internacional aquí y allá, donde fui consciente de la necesidad de volver a mirar el mundo desde otros lugares. A partir de entonces, he tratado de leer, imaginar e incidir en mi realidad cercana y lejana para transitar hacia modelos y sistemas más inclusivos, sostenibles y saludables.

 

La mayor presencia de mujeres en la vida política institucional está conllevando numerosos debates sobre lo que simboliza esta nueva realidad. De las distintas miradas desde las que se puede enfocar este tema: los obstáculos de las mujeres en el acceso a la política, las críticas sexistas que reciben las mujeres políticas, la utilidad e idoneidad de las cuotas…, por motivos de espacio voy a tratar de centrarme en una cuestión que nos permita imaginar nuevos escenarios ¿qué oportunidades nos abre para una transformación feminista de la política y qué condiciones deben existir para que ésta se produzca?

En mi opinión, la mayor presencia de mujeres en el ejercicio de la política institucional abre enormes posibilidades, pero es necesario estar vigilantes de que se atienda a una serie de condicionantes que hagan posible una verdadera transformación feminista de la política. Estas condiciones, además, deben darse de forma simultánea porque unas sin otras no van a posibilitar lograr el propósito. Para facilitar su abordaje, voy a tratar de hacer referencia a 4 planos que se retroalimentan entre sí: estética, cultura, ética, y agenda.

En primer lugar, podríamos atender al plano estético. La mayor presencia de mujeres en el desempeño de la actividad política institucional significa, cuanto menos, una composición más equilibrada de la representación social y una garantía del derecho de las mujeres a estar representadas.  Además, facilita imaginarios para las nuevas generaciones donde su presencia deja de tener un carácter de excepcionalidad. Sin embargo, igual que en el resto de ámbitos, somos conscientes de que el hecho de que haya más mujeres en ningún caso garantiza cambios de agenda o prácticas desde perspectivas feministas.

Es por eso que es necesario combinar la existencia de una masa crítica que posibilite el cambio con el análisis de otros planos, como el de la cultura, entendiendo ésta como el conjunto de creencias, actitudes y valores que se entienden como compartidas en un marco concreto. Las mujeres acceden a la política en un marco preestablecido creado por y para otros y donde ellas (y algunos ellos), a menudo se sienten (y se perciben) como extrañas, incluso cuando lo hacen de la mano de algún padrino o mentor que les facilita el conocimiento de los códigos y espacios clave para desenvolverse en ese ámbito. Se trata de códigos androcéntricos no siempre formales y escritos, a aquello que no hace falta decir, a lo que se da por supuesto, y por lo tanto, es más difícil enfrentar. Esta sensación de que el espacio político ES y no tanto de que LO HACEMOS, lleva en muchos casos a vivir el desempeño de cargos con enorme frustración, confundiendo los marcos patriarcales con incapacidades personales. La perspectiva androcéntrica atraviesa la mayoría de los espacios de poder, y la política, no es una excepción. Es difícil, pero también imprescindible, que las mujeres puedan ejercer su capacidad de agencia para cuestionar y transformar estos marcos hacia otros inclusivos y transformadores.

Ante esta situación, a las recién llegadas se les presentan dos opciones: aprender las reglas, en cuyo caso se les critica por “masculinas”, o intentar funcionar conforme a códigos propios.  Si bien ambas opciones tienen un coste personal importante (y la segunda, también político), los imaginarios que ésta última alternativa nos aporta genera otros referentes que son necesarios. Podríamos pensar, por ejemplo, en modelos de liderazgo fuertes pero amables y democráticos donde se distinguen autoridad y poder al cual se accede con la única pretensión de generar cambios. Formas de hacer diferentes no por biología sino por experiencia de vida y por la propia socialización de género.

Con esto no quiero pecar de esencialista, dejando entender que a las mujeres les corresponde una forma concretar de hacer política. No se trataría de impulsar la política de las mujeres sino otra forma de hacer política que saque de la invisibilidad formas, contenidos, voces y lugares a los que no se les ha dado autoridad y que son mucho más conciliables con la vida.

Pero este salto no se puede hacer de forma individual. Son necesarios pactos entre mujeres para poder transformar las formas, y también los fondos. Y será necesario hacerlos con mujeres que estén dentro y fuera del ámbito institucional, ya que otra cuestión clave es la de la legitimación de los espacios donde se hace la política.mujeres-al-poder

Pero estas alianzas con otras mujeres deben partir de un tercer marco: el de la ética feminista. Es importante establecer pactos que incluyan un reconocimiento de la autoridad y del quehacer de las otras, asumiendo que cada una es una pieza importante y fundamental y que los pactos deben tejerse en espacios de confianza y seguridad donde se crean vínculos y unas a otras se sostienen en la tarea.

Lo que aquí se propone en todo caso, no son pactos de mujeres por el hecho de serlo, sino pactos basados en un propósito común que no es otro que transitar a una nueva política que ellas también creen y recreen.  Y es aquí donde es necesario mirar el cuarto marco, el plano de la agenda, que no puede ser otro que el de la agenda feminista: eliminar el sexismo de la política y poner el feminismo en el centro de la agenda.

Los contenidos de la agenda deben incluir, por un lado, las reivindicaciones históricas de los derechos de las mujeres: vidas sin violencia, derechos sexuales y reproductivos, igualdad salarial… y algunos otros que la socialización de género incorpora en el CV de muchas mujeres (sin reconocimiento y mucho menos redistribución) y que pone en agenda cuestiones de la gestión de la vida cotidiana. Temas como el sostenimiento de la vida y el cuidado de las personas, que son precisamente factores generadores de desigualdad para las mujeres, y que deben ser resignificadas y redistribuidas en el marco del bien común. Cuestiones que deben pasar de estar en los márgenes a situarse en el centro de la agenda.  “El país de las mujeres” de Gioconda Belli nos da la oportunidad de imaginar un proyecto político que incorpora algunos de estos elementos.

En definitiva, lo que he pretendido aportar a los debates actuales sobre la feminización de la política, es que la mayor representación de las mujeres en la política institucional no asegura, pero sí facilita, crear las condiciones para su transformación feminista, y que, para poder llevarse a cabo, debiera pasar porque pudieran tejerse pactos desde una ética feminista que garanticen el desarrollo de una agenda mínima común. Que, para ello, no podemos dejar de ser conscientes de las posiciones materiales y simbólicas diferentes que se dan entre las propias mujeres y de la dificultad y costes que pueden generar y que debieran abordarse desde una ética de reconocimiento, cuidado y apoyo mutuo.

Seguramente sea necesario iniciar este camino con pactos sencillos entre algunas pocas mujeres que posibiliten la generación de confianzas y pequeños logros que muestren que es posible y merece la pena. Porque algunas lo hicieron antes, no sin enormes costes personales, sociales y políticos, y gracias a ellas, otras están. Y éstas, tienen el imperativo moral de reconocerlas dejando el camino más avanzado para las que vendrán.

La mitad de todo

13/12/2016 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

Tomo el nombre prestado para este artículo de un documental  muy recomendable, con el que comparto muchas cosas. Si os animáis a verlo, encontraréis un retrato coral de la Bolivia de hoy en día, a través de la mirada de 12 mujeres. (Deliciosa coincidencia: a veces la vida es eso, una sucesión de azares que tejen redes de sororidad). He dado con este trabajo mientras buscaba una idea con la que expresar la preocupación que me ronda hace tiempo. A ver si lo consigo.

¿Pero qué más queréis?

Si os habéis puesto las gafas moradas y habéis desarrollado la “bendita manía de contar”, como decía Gabriel García Márquez, os habrán preguntado en más de una ocasión a qué viene esta moda (sic) nuestra del escrutinio diario sobre la presencia de la mujer en espacios públicos. Ya sabéis de qué chispa nació hace tres años nuestra pequeña hoguera (ésta es nuestra historia, por si te has despistado), por lo que mi respuesta suele llevar a contarles la experiencia de este blog.

¿Es necesario que las mujeres tengan una participación tasada en la vida pública para garantizar el avance del feminismo? Cada vez que se denuncia la usencia de mujeres, emerge una voz especialista en igualdad de la profundidad de las gargantas de cada persona a la que, previamente, le has reprochado falta de sensibilidad, haciendo bueno el antiguo dicho: “no hay mejor defensa que un buen ataque”.
Por no irnos muy lejos, supongo que recordaréis el jardín en el que se metió hace unas semanas el líder de Podemos, Pablo Iglesias, cuando intentó explicar esto mismo, con mayor o menor acierto, dicho sea de paso, aplicado a la acción política formal.
La cuestión tiene miga: ¿psamuel-jhonson2or qué es importante que haya mujeres en las esferas públicas, cuando ser mujer no equivale a ser feminista?
Lo explica bien la
Organización de la Naciones Unidas cuando asegura que la participación equilibrada de hombres y mujeres en todos los espacios públicos es condición básica para una democracia que se considere sana. Es una cuestión de diversidad, y la diversidad es una de las bases, junto con el respeto de los derechos humanos, sobre las que sea asienta una convivencia saludable. Tirando de este hilo no es difícil llegar a la reivindicación de la paridad como derecho, y por extensión, a la reclamación cada vez más compartida por una presencia equilibrada de hombres y mujeres en todos los foros públicos o privados, en los que se requiere o agradece diversidad de opiniones, miradas y propuestas.

 

No es cuestión numérica

Es uno de mis argumentos favoritos. Ya sabéis, cuando nos recuerdan que forzar la maquinaria para conseguir una presencia más o menos igualitaria es un ejercicio estéril, porque la “cosa” no va de contar sillas, sino de transformar la realidad.

¿Cuántas veces lo habéis escuchaczwgnmqwqaammw9do? Yo he perdido esa cuenta. Si realmente no es una cuestión numérica, me pregunto: ¿por qué existe esta resistencia visceral a equilibrar la presencia de hombres y mujeres en los espacios públicos? Si no se trata de números, ¿de qué se trata? La lista de excusas va creciendo, y todas ellas tropiezan con la evidencia contraria: a quien dice que no hay mujeres expertas en tal o cual ámbito, se le responde con el listado de expertas correspondiente; a quien alega que las mujeres “no quieren” participar, se le afea esta extraña costumbre que tienen algunos de saber qué piensan todas las mujeres del mundo…

¿Contar con más mujeres en la esfera pública equivale a feminizarla? No, pero no siendo suficiente, es condición necesaria. Un paso inicial fundamental para
empezar a remediar la infrarrepresentación generalizada de las mujeres en las actividades en los espacios en los que la valoración social (reconocimiento público) es la moneda
de cambio. Cuantas más mujeres haya en los medios de comunicación, en las conferencias, en los debates públicos, en las estructuras políticas, etc., más cerca estaremos de entrar en el verdadero meollo de la transformación social, más evidente será la necesidad de abrir el debate y deconstrucción de roles, de hablar de valoración de la diversidad, de cuestionarnos el reparto de poderes, empoderamiento, etc.
¿Todo esto puede conseguirse solo a través de la mayor presencia de las mujeres en los espacios públicos? Claramente no, pero me gustaría hacer la pregunta a la inversa, por si ayuda a desatar el nudo: Si la presencia no transforma, ¿lo hace la ausencia de mujeres? Diría que no. Radicalmente no.

La denuncia por estas ausencias clamorosas es incómoda. Para quien recibe la crítica, no cabe duda, y también para quien la realiza. Sobra decir que de forma mayoritaria son, o somos, las mujeres quienes lo hacemos, y nos sitúa en una posición que en muchas ocasiones se interpreta como ataque directo, contra una organización o institución, contra unas personas concretas, etc. Los primeros se sienten interpelados y criticados, y las segundas nos sentimos acusadoras en una causa abierta sin aparente resolución a la vista. Y es frustrante.
Las pocas alegrías que te da, sin embargo, compensan. Hay algunos casos domésticos en los que esta interpelación ha sido el acicate para cuestionar, fondo y forma, de ciertas acciones. Y algunos movimientos de gran alcance han nacido de este impulso, y van extendiéndose a todos los ámbitos.
¿Qué queréis?: la mitad de todo

No es una cuestión de equilibrio estético, aunque esto no sería, en cualquier caso, un tema menor. Una imagen vale más que mil palabras, dicen… La participación equilibrada es condición básica, tal vez no suficiente, pero esencial para avanzar en el reconocimiento de la mitad de la población del mundo.
Y es importante que esta cuestión esté en la cabeza y en las agendas de todas las personas que tienen cierta responsabilidad, tanto como organizaciones privadas y cuanto más si son públicas.
La mitad de la población quiere compartir la mitad de todo. De todo. Es decir, queremos equilibrar el reparto de espacios y responsabilidades, para cuestionarlas desde dentro y no como meras invitadas a una fiesta masculina que se permite, en el mejor de los casos, ciertas concesiones.
¿Qué queremos? La mitad de todo, también de los derechos y de las obligaciones.

  • La mitad de los espacios en los que se socializan niños y niñas, porque si la representatividad no está equilibrada, los modelos de referencia, los roles que castran y limitan a ellos y ellas, se perpetúan: profesores de educación física y cuidadoras de comedor; éste es el día a día en los colegios.
  • La mitad de los entornos en los que se forman las opiniones: medios de comunicación, espacios consultivos formales e informales, grupos de contraste para la elaboración de propuestas de vida pública, etc.
  • La mitad de las sillas de los consejos de administración, porque las empresas son comunidades de personas, de hombres y mujeres, y la participación equilibrada genera beneficio para el conjunto.
  • La mitad de las sillas en los parlamentos, porque a través de las decisiones públicas se construyen nuevas realidades y también ahí queremos tener la mitad de la voz que nos corresponde.

Dejo abierta esta lista. Estoy segura de que a cada una de las personas que estáis leyendo esto se os ocurrirán momentos en los que “a simple ojo” la representación de mujeres era muy inferior a la de hombres.

Hay quien lo ha documentado de forma muy gráfica. La campaña #MoreWomen de Elle realizó este vídeo, eliminando a todos los hombres de algunas escenas de gran repercusión pública. El resultado es impactante. Aunque parece que no impacta aún lo suficiente.

 

La dictadura del pensamiento positivo. ¿También en el feminismo?

29/11/2016 en Doce Miradas por María Puente

Cayetana Guillén Cuervo entrevistó en octubre pasado a la periodista, escritora e historiadora Ángeles Caso en su programa Atención obras, con motivo de su último libro Ellas mismas. Autorretratos de mujeres, un volumen que rescata del olvido a 79 artistas relevantes que lograron el éxito pese a los obstáculos de la época, pero cuyos nombres y logros la Historia borró -no olvidemos que la Historia es un relato de construcción humana, de hombres, para más señas, de historiadores que no consideraron importante incluir a estas mujeres en los libros-. Ángeles Caso apenas había comenzado a explicar el contenido y las razones de su obra, con su templanza habitual, su magnífica voz modulada durante años de carrera televisiva y radiofónica, cuando Cayetana Guillén Cuervo, aprovechando una pausa de la escritora, dijo:  “vamos a respirar hondo, ¿vale?, para no estar enfadadas.” “Nooooooo, no no no, no hay que estar enfadadas”, se apresuró a contestar Àngeles Caso.  Y yo, la verdad, me quedé estupefacta. En primer lugar, Ángeles Caso no se había mostrado enfadada en ningún momento. En segundo lugar, ¿qué habría tenido de malo mostrar enfado ante una injusticia como la que se estaba comentando? En tercer lugar, tal vez Cayetana se refería a ‘vamos procurar no enfadarnos porque este tema del que vamos a hablar es para enfadarse mucho’. De ser así, ¿por qué autocensurarse ese sentimiento tan legítimo?

Y entonces pensé, ¡horror!, ¿estará llegando la dictadura del pensamiento positivo también al feminismo?

 

 

No sé desde cuándo soy consciente de la invasión del pensamiento positivo en nuestras vidas. ¿Tal vez 8 años? Primero lo noté en el mundo laboral, con la proliferación de coaches, gurús y oradores motivacionales difundiendo su mensaje a través de sus libros, blogs y lucrativas turnés de charlas, conferencias, cursos, talleres y dinámicas varias. Son esas personas que te sueltan alegremente que no hay situación laboral mala, sino mala actitud por tu parte. Porque con una sonrisa y una buena actitud puedes convertir una situación laboral deleznable en un bello jardín de oportunidades. Y si te despiden, mejor aún. Es una oportunidad que te da la vida para avanzar. No te quejes. Seguro que os suena. Después lo noté en el mundo de la salud. Hoy en día son legión quienes aseguran que con la actitud adecuada se pueden vencer las enfermedades. Ergo quien enferma o quien no consigue curarse es por su mala actitud. Y así, con esa ligereza y simpleza de miras, culpan a la persona enferma, por si no tuviera ya bastante con su enfermedad. Y poco a poco, este pensamiento positivo a ultranza va cuajando en todos los espacios de nuestras vidas. Para mi disgusto he ido viendo cómo consigue adhesiones a pasos acelerados sin apenas oposición crítica. ¿No estar de acuerdo con el nuevo culto al positivismo a ultranza supone apostar por el pesimismo, el negativismo sistemático o la abolición de la alegría? En absoluto. Supone rechazar el positivismo obligado. Estoy a favor de la alegría real, del buen rollo verdadero y del sentido del humor. Pero también tenemos derecho a estar tristes y enfadadas, a considerar que una situación es negativa, a no ver el lado bueno de algo, porque a veces el lado positivo no existe, te pongas como te pongas. Creo que es sano.

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Hay que reconocer que el movimiento del pensamiento positivo a ultranza se vende muy bien. Brinda a la gente una ilusión de control sobre sus vidas que cualquiera desearía. Y todo con unas simples recetas. Apenas hay oposición porque se considera inofensivo. A mí me parece peligroso. Promueve el individualismo y el egoísmo. Todo vale si con eso YO soy más feliz. Al cuerno los demás. ¿Escuchar a las personas que tienen problemas? No, apártalas de tu vida, son personas tóxicas y negativas. Y pobre de ti si no eres una especie de ambipur del buenrrollismo en el trabajo, porque algún fanático del movimiento podría considerar que generas mal clima y adiós, muy buenas.

Necesitada de comprender un poco mejor todo esto que estaba notando a mi alrededor, recabé información y di con Barbara Ehrenreich y su libro ‘Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo’, en el que critica este movimiento que viene de Estados Unidos y que en su opinión podría estar incluso en el origen de la crisis económica de 2008. Esa idea infantiloide de si crees mucho en algo, si lo visualizas, lo conseguirás. Si eres una persona positiva no tienes nada que temer, todo te irá bien en el futuro. Esa manera de pensar, ilusa y pueril, puede estar detrás de las hipotecas basura, según Ehrenreich. Además, ella vivió en carne propia la tiranía del pensamiento positivo cuando le detectaron un cáncer de mama. Los grupos de apoyo para la enfermedad se mostraban implacables con quienes recaían. Y en su delirio positivista, había quienes llegaban a agradecer la enfermedad y considerar el cáncer como lo mejor que les había pasado en sus vidas. Encontrar esa mirada crítica de Ehrenreich fue reconfortante. Últimamente, he sabido de otras voces discordantes desde la literatura, el ensayo y la filosofía como, por ejemplo, la de Daniel Ruiz García, que en su novela La gran ola, premiada con el Tusquets, hace una sátira del coaching o la de nuestra última mirada invitada, Toño Fraguas, con un artículo sobre el ‘felicismo’ y el libro ¿Existe la felicidad?, así como las de Fernando Savater y Victoria Camps que manifiestan que la autoayuda ha desplazado a la filosofía. Parece que hay esperanza y que la dictadura del positivismo encontrará oposición.

Volviendo a nuestro tema, al feminismo, me pregunto en qué punto estaría ahora mismo la igualdad entre mujeres y hombres si a comienzos del siglo XX aquellas mujeres que lucharon para conseguir el voto de la mujer no se hubieran enfadado con la flagrante discriminación que padecían. Si se hubieran puesto a buscar el lado positivo, como por ejemplo, ‘qué bien, una preocupación menos que tenemos, que la política da muchos quebraderos de cabeza’, aún estaríamos sin derecho al voto. La situación de la que disfrutamos las mujeres en la actualidad –con muchas carencias, mucha discriminación aún y mucho trabajo por hacer, como recordamos constantemente en este blog- no sería posible si millones de mujeres a lo largo de la historia no se hubieran enfadado. ¿Dónde estaríamos sin el enfado y el inconformismo de las pioneras? Estaríamos aún viéndole el lado positivo a no poder trabajar, a no poder ganar nuestro propio dinero, a no poder votar, a no poder controlar la maternidad…

El libro Ellas mismas no se habría escrito si la propia Ángeles Caso no hubiera sentido cierto enfado ante la injusta omisión de esas grandes artistas por parte de los historiadores. La idea de ese libro, rechazada por las editoriales, no habría visto la luz si Ángeles Caso se hubiera conformado y no hubiera puesto en marcha una campaña de crowdfounding para financiar la publicación de su obra. Su campaña de micromecenazgo no habría triunfado si 1.600 mecenas no se hubieran contagiado un poco de ese enfado ante la injusticia. La interesante entrevista en el programa de La 2 no habría tenido lugar si Cayetana Guillén Cuervo y el equipo de Atención Obras no hubieran sido sensibles a ese enfado… Y casi me olvido. Nuestro blog, Doce Miradas, recientemente premiado con el Airea Saria de GetxoBlog, no habría nacido si Ana Erostarbe no se hubiera enfadado –junto a otras 11 mujeres- al fijar su atención en aquel congreso en el que casi todos los ponentes eran hombres. Con frecuencia, el enfado es el germen de grandes logros.