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Interseccionalidad: agenda feminista para un patriarcado poliédrico

05/05/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Maggy Barrère Unzueta. Soy donostiarra (1957) y profesora de Filosofía del Derecho en la UPV/EHU desde los años ochenta. Empeñada en el cambio de las enseñanzas jurídicas, impulsé el Seminario “Feminismo y Derecho” en la Facultad de Derecho a inicios de los noventa; más tarde codirigí el Máster en Igualdad de Mujeres y Hombres durante quince años. Desde hace un lustro estoy enfrascada en dar vida y continuidad a una estructura universitaria cuyo nombre asusta un poco (Clínica Jurídica por la Justicia Social), pero que tiene como objetivo involucrar al alumnado universitario en la respuesta a los casos de discriminación de nuestro entorno.

Como feminista, en este post voy a compartir algunas reflexiones sobre un asunto que no es novedoso, pero que ahora, en tiempos de coronavirus, aflora de manera especialmente grave. Tiene que ver con la agenda feminista y apunta, más concretamente, a la escasa atención prestada en esa agenda a la desigualdad entre las propias mujeres. Para huir de tecnicismos, me voy a permitir comenzar tirando de anecdotario.

En mi última visita profesional a la British Library encontré apilados en la zona de merchandising un montón de ejemplares de un libro. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que iba de feminismo. ¡Caray! –me dije-, estos sí que son nuevos tiempos. Se trataba de una recopilación de textos que habían visto la luz un año antes (2018) y que ahora volvían a salir publicados en edición de bolsillo por Virago Press. La responsable del reading, autora también de su introducción, era June Eric-Udorie. No la conocía, pero leyendo algunas reseñas publicitarias incluidas en el propio libro supe que se trataba de una escritora y activista feminista de origen nigeriano destacada por su lucha contra la mutilación genital femenina y los matrimonios forzados, que había sido nombrada por Elle (UK) Mujer Activista del Año en 2017 y que su nombre había sido incluido también en las listas de las mujeres más influyentes e inspiradoras por la BBC, el Guardian, etc. Compré el libro, aunque lo he leído unos meses después. En la portada aparece destacado el mensaje que, a modo de interrogante, da título al volumen: “¿Podemos ser todas feministas?” (Can We All Be Feminists?); y el subtítulo se refiere al contenido: diecisiete textos de interseccionalidad escritos por otras tantas mujeres “diversas” (negras, trans, musulmanas, con discapacidades, etc.) deseosas de encontrar el camino adecuado para el feminismo (Seventeen Writers on Intersectionality, Identity and Finding the Right Way Forward for Feminism).

Traigo a colación este libro porque, obviamente, la pregunta que encabeza su título no es un simple interrogante, sino una interpelación a todas las mujeres que nos consideramos feministas, pero que respondemos a las características de lo que se entiende por mainstream feminism, es decir, un feminismo protagonizado por mujeres blancas, autóctonas, de clase media, heterosexuales, sin discapacidades, etc. Es también una llamada de atención sobre qué experiencias, intereses y necesidades han figurado en las demandas de ese feminismo erigido como principal. Se trata, en definitiva, de revisar una agenda que ha beneficiado particularmente a un grupo de mujeres, dejando a otras detrás, y, a la vez, de cursar una invitación para construir un feminismo en el que quepan las demandas antidiscriminatorias de todas las mujeres.

Unir un movimiento no significa propugnar su homogeneidad. El feminismo ha sido y será un movimiento heterogéneo, fundamentalmente porque el patriarcado es poliédrico y no funciona de la misma manera para las mujeres que tienen dinero y las que no, las que son blancas y las que no lo son, las nacionales y las no nacionales, las que tienen alguna discapacidad y las que no la tienen, las lesbianas, las trans, las intersexuales y las heterosexuales, etc. Es lógico, pues, que el movimiento feminista se nutra de visiones y reivindicaciones diversas. Es más, no sólo resulta lógico, sino también necesario, al menos si se concuerda en que el movimiento feminista ha de representar y articular las demandas de todas las mujeres que sufren el sistema patriarcal.

El pasado 5 de marzo, unos días antes de la declaración de la pandemia, la Comisión Europea lanzó su Estrategia para la Igualdad de Género durante el quinquenio 2020-2025. Por primera vez habla en ella, y varias veces, de interseccionalidad. La menciona expresamente como principio transversal para hacer efectivas las políticas de igualdad de género, pero también se refiere implícitamente a ella cuando trata del reto de los estereotipos de género, precisando que a menudo aparecen combinados con otros basados en el origen étnico o racial, la religión, la discapacidad, la edad o la orientación sexual, reforzando así sus impactos negativos.

Dada la importancia que ejerce la Unión Europea en materia de igualdad de género, se diría que con esta Estrategia parece abrirse un camino de esperanza para que la interseccionalidad se incluya en las políticas y legislaciones para la igualdad y, en definitiva, para que todas las mujeres puedan encontrar su hueco en el feminismo. Lamentablemente, sin embargo, el panorama no resulta tan idílico, pues hay situaciones especialmente sangrantes que no entran en la concepción de la discriminación interseccional a la que se refiere la Estrategia de la Comisión Europea. Me refiero a las de esas mujeres a las que afecta especialmente un factor de discriminación que se le olvida mencionar a la Comisión Europea: la clase social. No era necesario que el Covid-19 hiciera estragos para que supiéramos que la precariedad se cebaba con muchas mujeres, la mayoría de ellas inmigrantes, y en un alto porcentaje sin papeles, cuyos principales nichos laborales son el servicio doméstico, de cuidados y la prostitución.

Resulta lamentable que hayamos tenido que sufrir una pandemia para que se visibilice y valore lo que supone el trabajo de cuidados; ahora sólo falta que no se olvide y se empiece a tomar cartas en el asunto. Más difícil se presenta la situación para las mujeres en prostitución. El Covid-19 ha puesto en evidencia lo que significa vivir en los márgenes de la ley. Sin derechos laborales, presas de la economía sumergida, muchas inmigrantes, con hijos e hijas pero sin redes familiares de apoyo, algunas en situación administrativa irregular, viven en una situación de emergencia social que sólo parece importar a organizaciones que nutren su fondos de las llamadas a la solidaridad. Vivimos en una sociedad patriarcal y, salvo que hagamos como los avestruces (taparnos los ojos para no ver), sabemos que su duración no es flor de un día. Por ello, el Derecho y las políticas públicas deben dar voz y proteger a las mujeres incluso aunque se considere que sus conductas respondan a esquemas patriarcales. Si así no fuera pueden quedar sin amparo, precisamente, las mujeres más oprimidas. A este respecto, la distinción entre “intereses estratégicos” e “intereses prácticos” de las mujeres, empleada por el feminismo postcolonial y por los feminismos del sur, abrió los ojos a un feminismo maximalista. De hecho, sin reflexionar sobre ella, las mujeres que hoy en día se acogen al trabajo a tiempo parcial, a reducciones de jornada o que ejercen de cuidadoras de familiares con discapacidades porque no encuentran otra solución para vivir mejor, se habrían visto abocadas al olvido en virtud del argumento de que trabajando a tiempo parcial o en labores de cuidado reproducen los roles de género y, así, alimentan el patriarcado.

Por ello resulta también especialmente triste y penoso que en la actual coyuntura pandémica del covid-19, a la que hay que sumar la política (en la que una extrema derecha, hasta ahora agazapada, hace alarde sin ningún tipo de escrúpulo de su antifeminismo), encuentren predicamento posturas como las defendidas por el TERF —Trans-Exclusionary Radical Feminist— , que no ven con buenos ojos que las mujeres trans sean y vivan tal cual se sienten. No nos equivoquemos de frente y no ensanchemos, por acción u omisión, los efectos del sistema patriarcal sobre todas las mujeres. El feminismo y su movimiento han de prepararse para forjar alianzas, hoy más necesarias que nunca.

He comenzado este post haciendo referencia a un libro y me voy a permitir finalizarlo haciendo mención de otro. Se titula El pueblo gitano sobre el sistema-mundo. Su autora, Pastora Filigrana, se presenta en el subtítulo: Reflexiones desde una militancia feminista y anticapitalista. Sólo he podido acceder a la cubierta, pues el libro se distribuirá cuando el estado de alarma lo permita, pero el tenor de su contraportada lo erige como otro ejemplo de interseccionalidad, como un texto escrito por una mujer gitana que construye feminismo desde su otredad, así que, bienvenido sea.

Las Diosas de cada mujer

28/04/2020 en Doce Miradas por Virginia Gómez

“Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. Y el germen más insignificante de una idea puede desarrollarse o destruirte. Un pensamiento sencillo y diminuto que lo cambia todo”

Extracto de la película “Origen”

El feminismo implica y afecta a toda la Humanidad. Es necesario dotarle de un espacio de crítica que contabilice y visibilice los errores pero también de aportar energía esperanzadora que sume, haga recuento una y otra vez de los pasos alcanzados y que vaya creando otros nuevos.

Y eso es posible construirlo a través del sentimiento colectivo de unión y fuerza. Estos días de confinamiento, pueden ser una oportunidad para alimentar la segunda de ellas: La FUERZA.

Hay personas que se crecen ante los desafíos, y otras que necesitan de apoyos ante los retos.

Estos días muchas mujeres sienten la necesidad de elaborar estrategias que les preparen para la acción futura y buscan herramientas con las que fortalecerse sin necesidad de hacer ruido, trabajando su mundo interno para multiplicar y autoabastecerse de energía degustando el sabor de la introspección.

Parecen escondidas, autómatas que no hablan demasiado, trabajan o teletrabajan y están como ausentes. Pues bien, seguramente estas mujeres están labrando un nuevo futuro, renaciendo en primavera como renacen los campos, dedicándose tiempo para recomponer todo lo que la vorágine diaria de la vida frenética sustrae.

Si te reconoces en ellas, enhorabuena, esta sociedad te necesita imperiosamente. Si te reconoces entre las que se sienten perdidas en estos días raros, en off, y ni el ejercicio, la meditación, el yoga, hacer pan ni las terapias que circulan por internet o rezar te funcionan, este post te interesa.

Hay algunas cosas sencillas que activan el potencial interior y son compatibles con otras tareas porque solo se necesita utilizar la mente. Es importante hacerlas con cierta constancia para generar hábito y asentarlas. Veamos cuatro que nos quepan en este post:

Primera:

Imaginar: Visionar el mundo en el que te gustaría vivir. En el mundo empresarial en lo primero en que se fija la atención es en definir la Visión junto a la Misión y Valores. La imaginación es infinita, alberga todas las posibilidades y permite sonreir hasta en el peor de los casos, porque tiene la capacidad de transformarlo todo en la mente. Da igual cuál sea tu situación. Cuanto peor estés, más eficaz resulta. Mientras imaginas, siente que eso que ves se hace realidad. Sé ambiciosa, no te conformes, es el momento de visualizar hasta lo que te parece imposible.

Herramienta: Un poco de tiempo para ti, intimidad y liberar la mente. Si dispones de algo más de tiempo puedes utiliza el arte. Puede ser inspiradora y de gran utilidad la lectura.

En el libro “Las Diosas de cada mujer”* la autora Jean Shinoda Bolen enumera siete: Artemisa (Diana), Diosa de la caza y de la luna; Atenea (Minerva), Diosa de la sabiduría y de la artesanía; Hestia (Vesta), Diosa del hogar y de los templos; Hera (Juno), Diosa del matrimonio; Deméter (Ceres), Diosa de las cosechas; Perséfone (Proserpina), doncella y reina del mundo subterráneo; y Afrodita (Venus), la Diosa del amor y la belleza.

De la portada del libro «Las diosas de cada mujer»

Identifica la dominante de todas las activas en ti, decide a quién alimentar y a cuál de ellas mantener limitada. Imagina cuáles serían sus zapatos si vivieran hoy y súbete a ellos a partir de ahora cada vez que salgas a la calle, cuando todo vuelva a la normalidad. Pisa bien fuerte, sin invadir a nadie, no es necesario, tu presencia se irá empoderando a medida que lo practiques.

Identifica tu(s) diosa(s), inspírate y siente su fuerza en ti, libera la heroína que llevas dentro, siente el poder de todas las mujeres que te precedieron en tu línea de consanguinidad y que libraron mil batallas en las circunstancias que les tocó vivir, vive como si siempre estuvieras acompañada. Cuando te sientas abatida, pásales a ellas tu mochila y escucha, ellas sabrán qué hacer.

Segunda:

Pensar y hablar en positivo: Se trata de cambiar el tono y ver las cosas desde la perspectiva del cambio hacia lo positivo. Sí, sí, parece una obviedad pero intenta hacerlo todo el rato, no es tan fácil. Repitiendo en positivo se da forma a ideas que se transmiten y se van materializando. “Lo que pensamos, atraemos”. Crea en tu imaginación el mundo que quieres para ti, piensa en ello y vívelo mientras lo sueñes. Mientras estés ahí, las vibraciones invisibles que se emiten serán positivas y eso recibirán de ti los demás a través de las palabras que utilices y tu tono de voz. Generarás un clima de bienestar a tu alrededor. Ya estás mejorando tu entorno. Intenta sostenerlo todo lo que puedas a lo largo del día, de los días…

Herramienta: Tu voz y tus pensamientos. Cada vez que vayas a decir algo, asegúrate de que va a ser constructivo. Cada vez que pienses en algo, dótale de sentido. Imagina que los pensamientos fueran creando capas en la atmósfera. Imagina que los negativos, por su condición pesada taponaran el canal de entrada/salida y generasen contaminación en tu entorno. Eso respirarás y eso harás respirar a las personas que te rodeen. Si te lamentas constantemente, si culpas a terceras personas de todo lo que te ocurre, si reniegas de tu vida…

Tratando de cambiar el tono de los pensamientos se despeja ese “humo” negro que se genera alrededor. Al abrirse, el canal fluirá mejor y mejorará la percepción de lo que te rodea y tu comunicación con el exterior. Prueba a Imaginarlo y practícalo.

Tercera:

Conciencia social: Pensar en otras personas, a lo grande. Mirarse al ombligo es fácil, solo hay que agachar la cabeza. Levantar la mirada y reconocerse en las personas que nos rodean. Confiar.

Portada del Libro: «Wabi Sabi»

Herramientas: Viajar mentalmente o a través de libros por ejemplo a países que culturalmente lo practiquen. Japón es una buena práctica. Allí ejercitan la mirada colectiva antes que la propia. El libro “Wabi Sabi” de Beth Kempton aporta algunas claves para entender la envergadura de su potencial. Después de esta etapa, si tu situación sanitaria y económica lo permiten, puedes ir también y vivirlo desde allí. Focus on Women organiza viajes experienciales solo para mujeres.

Cuarta:

Y sobre todo, cultiva el optimismo. En estos días se demuestra que hay otras posibilidades factibles a las que adaptarnos que antes parecían impensables o excepcionales, ahora son normales y funcionan, como la conciliación laboral gracias al teletrabajo online, la Educación virtual, habituarnos a moderar el gasto, repensar el sistema sanitario o el sistema económico actual para prevenir situaciones de caos futuras, tratar de enfocar el funcionamiento del sistema de cara a vivir más plenamente en torno a la unidad familiar.

La mayor parte de la población está confinada y se sigue el ritmo laboral en los sectores permeables al teletrabajo desde casa. Hasta hace unos meses eso era algo muy poco evidente y excepcional a nivel empresarial. Habrá que ver los resultados pero existe la posibilidad de hacerlo sostenible. Se puede ir ajustando después, lo más difícil es tomar la decisión de intentarlo. Si te interesa la Economía y piensas que conviene retocarla, debes leer “El Valor de las cosas” de Mariana Mazzucato.

Herramientas: Aportar soluciones en caso de querer participar. Las críticas generan rechazo y además, aburren. Acompañarlas de opciones de mejora las convierte en permeables a su recepción y consideración.

Después de hacer estos pasos, lo siguiente será rodearse de la mejor compañía. De personas (virtualmente al menos estos días) que eleven, que te hagan crecer como tú a ellas.

“El regalo más precioso
que podemos ofrecer a
cualquier persona es
nuestra atención.
Cuando la atención
alcanza a los que amamos,
brotan como flores”  
–Thich Nhät Hanh  

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21/04/2020 en Doce Miradas por Doce Miradas

Los posts corales nos gustan y nos cuestan, a partes iguales. Nos ayudan a pensar juntas, a compartir inquietudes, a dar nuestra opinión y a dolernos en voz alta. 

Llevamos más de un mes confinadas y este post debería servirnos para todo esto a la vez: pensar y sentir, reconocer nuestros miedos, nuestra rabia, nuestra apatía y nuestros desconciertos, compartir que somos vulnerables y que muchas cosas que estamos viendo nos duelen; mucho. 

Hoy volvemos tras el parón de las vacaciones más raras que recordamos. Seguimos confinadas. Pero no en silencio. Dijimos que volveríamos y aquí estamos, con las gafas bien puestas y las antenas desplegadas. 

PENSAMIENTOS (batiburrillo de ideas que nos asaltan)

Hombres en casa

Hay hombres que no sienten la casa como su hábitat natural. Sospechamos que de ahí vienen muchos llamamientos a aligerar el confinamiento y permitir el deporte, el paseo con las criaturas… e incluso a volver al trabajo. 

Espacios de poder y privilegios 

También hay quien ha constatado el hecho de que se ven más hombres que nunca en los supermercados. Las colas a las puertas son el reflejo de la sociedad y, a pesar de lo extraordinario de las circunstancias actuales, todo parece encajar: cuando algo se convierte en privilegio, los hombres se personan, se lo apropian y se hacen fuertes. Hacen la compra y bajan la basura, lideran las quejas por la dificultad de hacer compatible trabajo y ámbito doméstico y se erigen como portavoces de enfermeras y enfermeros, cuando ellas son aplastante mayoría en este colectivo. Cuando los hombres están en casa, lo doméstico pasa al centro de la escena, interesa y se cuestiona. Bueno; ya era hora. No hay mal que por bien no venga. 

Héroes y villanas

La palabra “héroes” se escucha a diario desde el comienzo de la pandemia y, aunque el concepto no parece el adecuado, sería más justo usar la palabra “heroínas”, ya que en su mayoría son mujeres quienes conforman el personal sanitario, de alimentación, cuidados y limpieza. Son mujeres las que desempeñan esas labores que, de pronto y en la hora de la verdad, se han revelado como esenciales. Lo poco acertado de la palabra “héroes” se debe a lo que ya muchas y muchos están expresando en redes: que no quieren ser héroes, sino profesionales que realizan su trabajo con garantías de no perder la vida en el empeño. La falta de previsión con las medidas de protección las ha convertido en heroínas forzosas, casi mártires. Así que mejor no romantizar la precariedad con la que se ven en obligadas a trabajar.

Pero para villanas sí que nos han tenido en cuenta a las mujeres, en concreto a las feministas. Hay un sector de la política que no deja de señalar el 8M como principal factor propagador del virus. Da igual que se les haya enumerado la cantidad de actividades que tuvieron lugar esos días y que implicaron la concentración de millones de personas: eventos deportivos, conciertos, el tránsito en aeropuertos y metros, en espacios laborales, en algún que otro mitin político… No sirve de nada, hacen oídos sordos y, erre que erre, sitúan a las feministas entre el murciélago y el pangolín, como una de las causas de todo mal. En fin, para eso sí que no hay vacuna.

Fotografía de Andrea Silván, @silvanrubiales

MIEDOS (de bruces contra la realidad) Y RABIA

Las paganas de la crisis

Si algo nos enseña la Historia es que todas las crisis terminan pasando; no es que se superen, sino que se arrinconan o se camuflan en una nueva “normalidad”. Por eso ahora, en el ojo del huracán de la crisis sanitaria, aparecen sin pudor las vergüenzas de un sistema construido sobre remiendos.

También nos ha enseñado la Historia que, cuando se gestiona una crisis, la prioridad no suele ser resolver las injusticias, sino recuperar el sentimiento de control y el ejercicio del poder. Esto es un mal augurio: la precariedad laboral ya era femenina antes de la crisis y no vemos que las medidas de salida aporten una mirada específica para resolverlo. Ocurre lo mismo con la pobreza cronificada y con otras tantas vulneraciones de derechos sociales que se nombran en femenino. 

Lo urgente y lo importante

Eso de que “no se puede caminar y comer chicle a la vez”, para entendernos. Mucho nos tememos que la bofetada de realidad que nos vamos a llevar al salir de casa sea la excusa perfecta para seguir postergando transformaciones clave para resolver desigualdades de fondo. “No es el momento”, oiremos. Nunca lo ha sido, en realidad. ¡Con todo lo que queda por hacer! La lucha por la supervivencia de las empresas retrasará las medidas de conciliación y corresponsabilidad; la falta de recaudación mermará los presupuestos públicos y obligará a priorizar entre lo productivo y lo social… Ojalá los poderes públicos y privados acierten en el equilibrio, pero por ahora, no vemos muchas señales en este sentido. De hecho, algunos organismos públicos ya anuncian recortes en determinados apartados del presupuesto: ¿adivináis en cuáles?

¿Algunas vidas valen menos?

El gobierno ha aprobado medidas de flexibilización de la contratación para cubrir las necesidades del sector agrícola. Ya sabemos que son las personas migradas las que se emplean mayoritariamente en este sector. Se necesita urgentemente mano de obra barata y que, además, por su precariedad estructural, construida y sostenida por leyes y prácticas discriminatorias, no tenga reparo en exponerse al contagio. Y, por si fuera poco, no entra en la agenda la regularización de todas las personas migradas en situación irregular. Pueden servir como mano de obra, pero no son consideradas trabajadoras con derechos laborales. Una vez más, impera la lógica utilitarista de la población inmigrante.  

Hablando de las manos que sostienen la vida, a pesar de que se ha aprobado un subsidio extraordinario para las trabajadoras de hogar y cuidados, casi la mitad de ellas no podrá beneficiarse de este subsidio ni recibir prestación, por encontrarse en situación irregular y no estar dadas de alta en la Seguridad Social. Se trata de mujeres migradas desterradas a la economía sumergida que hoy se encuentran sin ninguna fuente de recursos. Podéis imaginar su situación de indefensión.

Grandeza y miseria

Durante este mes de confinamiento estamos demostrando nuestra capacidad de resistencia y resiliencia con muchas acciones solidarias: salimos a aplaudir al personal sanitario todos los días a las ocho de la tarde; se han organizado variadas acciones de apoyo a las personas más vulnerables, tanto a nivel social como institucional; las creadoras culturales nos regalan piezas que nos acompañan y hacen más llevadero el encierro; madres, padres y tutores, además de cuidar y teletrabajar, han tenido que hacer cursillos acelerados para convertirse en docentes y ponerse las pilas sobre plataformas educativas online; y tantas otras acciones desarrolladas a marchas forzadas por toda la sociedad.

Sin embargo, hay que lamentar ciertas muestras de miseria humana, que no son nuevas, la tensión entre comunidad que vincula y comunidad que acosa es vieja y universal, y en estos momentos se visibiliza en situaciones que duelen mucho: la invitación a abandonar el edificio para no contagiar. ¡Salimos a aplaudirles y les queremos echar de su propia casa! Ante la incredulidad e indignación general, se refieren casos relativos al personal sanitario y trabajadoras de supermercados.

Es de mencionar la abrumadora respuesta de apoyo que han recibido al hacerse público los casos. ¡Menos mal!

CERTEZAS (pocas, pero alguna hay) 

Estamos juntas en esto 

El bien común es el único cinturón de seguridad para nuestras comunidades. Necesitamos invertir en bienes comunes: educación, sanidad, solidaridad, estructura de cuidados… Resulta enternecedor ver ahora a quienes han privatizado la vida defender la inversión en lo público. Difícilmente se mantendrá mucho tiempo este fuego colectivo, pero confiamos en que deje algún rescoldo con el que seguir construyendo el bien común. 

La mosca del vinagre y la mujer gestora

Antes, durante y después de la pandemia las mujeres estamos a prueba. Se nos observa con microscopio y curiosidad entomóloga. Para bien y para mal. Estos días parece que para bien, ya que los medios escriben sobre la buena gestión de la crisis en países gobernados por mujeres: Alemania, Taiwán, Nueva Zelanda, Islandia, Noruega, Dinamarca, Finlandia. Observan el fenómeno del liderazgo femenino con sorpresa, interés, intriga. Somos esos seres misteriosos, impredecibles, cuyas capacidades aún se someten a examen continuo y escrutinio sistemático, no vaya a ser que la liemos. El fracaso de una se nos atribuye en bloque al género femenino. Si falla una, fallamos todas. Si gana una, ¿ganaremos todas? ¿Os imagináis artículos de esa índole dedicados al liderazgo masculino? “Parece que los hombres lo están haciendo bien. Bravo, muchachos”. No, porque ellos, aún con la ineptitud probada de muchos, nunca son cuestionados como género. Solo como individuos. Y estamos viendo cada individuo…

Las vidas en el centro 

Las mujeres sostenemos las vidas. La crisis del cuidado no es nueva, no es uno de los efectos de este virus, pero ha quedado al desnudo en estas circunstancias. No hay vida sostenible sin reconsiderar cómo cuidamos y cómo nos cuidamos, de quiénes dependemos y cómo nos organizamos. Sí, queridas: estábamos en lo cierto. Y no lo olvidéis: de ahora en adelante el feminismo nos va a ser más necesario que nunca.

Estos son, amiga, amigo, nuestros pensamientos, miedos, rabias y certezas. Seguro que tú también tienes tus reflexiones, vivencias, experiencias, temores y conclusiones. Si quieres compartirlo con Doce Miradas y su comunidad, aquí estamos. Te escuchamos.

El feminismo en tiempos de confinamiento

24/03/2020 en Doce Miradas por Doce Miradas

Esta situación merecía un post colaborativo y aquí está.

Es una reflexión colectiva sobre lo que estamos viviendo y sobre cómo nos las podemos arreglar para sobrellevar este momento del mejor posible. También sobre lo que aprenderemos o deberíamos aprender, qué provechosas enseñanzas podemos extraer de esto.

Nos sirve igualmente este post como despedida hasta el 21 de abril. Adelantamos las vacaciones de Semana Santa y aprovecharemos este tiempo para reorganizarnos y volver con la misma o mayor fuerza.

Qué estamos viviendo

Probablemente la etapa más rara de nuestras vidas, en la que transitamos de la infoxicación a la sordera selectiva, del querer saberlo todo al no querer recibir malas noticias. Como decía Jane Austen, somos “mitad agonía, mitad esperanza”. 

En el momento de escribir estas líneas y desde que se decretó el estado de alerta, ya ha habido en España dos asesinatos machistas. Lo advertía Naiara Pérez de Villarreal en su último post

A nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Estamos experimentando la verdadera dimensión de la palabra “confinamiento”. Porque no es lo mismo quedarte en casa y aburrirte, que no poder salir y que te asesinen. Miles de mujeres están viviendo el terror del confinamiento junto a sus agresores, aisladas (más aún) de sus posibles redes de soporte. Esas violencias de puertas adentro son ahora, más que nunca, señales que no oímos, alertas que no nos movilizan. 

Hasta ahora el desconcierto y la falta de certezas eran solo una intuición o, en el mejor de los casos, una frase molona, de esas que lees en un artículo y comprendes, pero sin permitirle penetrar en tu conciencia real ni mucho menos condicionar tu forma de vida.

Pero, de repente, ya no es una tendencia de futuro: hoy no saldrás de casa, tampoco mañana, y no te atreves a pensar cuándo lo harás. Deseas volver a la “normalidad”, pero sabes que, a estas alturas, nadie puede asegurarte cómo será la normalidad después de esto.  

Estamos viviendo, en directo, la teoría de la que hemos hablado en los últimos años. Estamos protagonizando las próximas series de Netflix. 

Incapaces de prever lo que nunca nos había sucedido, tampoco llegamos a imaginar que podríamos vivir una situación así. Hasta ahora vivíamos con la certeza de que, para tomar distancia de las cosas y poder respirar aliviadas, había que moverse o buscar la compañía de otras gentes con quienes descargar, desahogar y compartir. Sin embargo, el confinamiento ahora nos obliga a gestionar la incertidumbre y el dolor entre cuatro paredes y nuestra vía de escape es la videollamada, el abrazo de las personas con quienes compartimos encierro (si tenemos esa suerte) y los aplausos de las ocho de la tarde, que pronto tendrán lugar a la luz del día.

Doce Miradas es un espacio en el que hablamos, reflexionamos y compartimos con gente de fuera que nos alimenta, pero también lo hacemos entre nosotras doce. En estos días en los que el aislamiento nos ha caído como una losa, las conversaciones cuestan, suponen un esfuerzo y las reflexiones están en modo off. No os preocupéis: activaremos las neuronas.

Esto nos confirma que somos de red, pero también que necesitamos aire, sol, nubes, largas caminatas, ver, sentir y tocar más allá del encierro.

Fotografía de Andrea Silván, @silvanrubiales

Qué estamos aprendiendo

Como todo lo que nos rodea, también estas circunstancias extraordinarias tienen una lectura de género. 

Una pandemia global ha puesto de manifiesto lo que el feminismo venía advirtiendo desde hace tanto tiempo: que nuestro mundo no se sostiene sin los cuidados (los propios y los comunitarios) y que estos los soportan, de forma mayoritaria y apabullante, las mujeres.  

Hemos entendido con total claridad lo que Teresa Torns nos decía al respecto: que la de los cuidados es una cadena que recorre toda la sociedad y que todos sus eslabones, todos ellos, son mujeres. Son mujeres quienes cuidan dentro de la casa (porque os quiero tanto), fuera de ella (dos horas, tres días por semana), en espacios formales (auxiliares precarias, enfermeras precarias, asistentas precarias) y en los informales (unas horas con la abuela o el abuelo en la residencia). 

También estamos entendiendo qué significa esa afirmación tantas veces pronunciada: la pobreza tiene rostro de mujer. Son mayoritariamente mujeres las trabajadoras precarias que perderán, que han perdido ya sus empleos, empleos que ya antes habían estirado como los dobladilos de una falda, intentado alargar, con poca fe, salarios de miseria.

Son ellas el rostro de la pobreza y lo son también sus hijos e hijas, porque aunque las estadísticas hablen de hogares monoparentales, sabemos que son monomarentales y que una de las principales causas de la pobreza infantil es la pobreza femenina. 

El rostro de la mujer trabajadora pobre y con cargas familiares es muchas veces un rostro racializado. ¿Cuántas mujeres migradas trabajadoras en el hogar se encuentran hoy en una  situación aún más precaria y más vulnerable ante los abusos de toda clase? La situación de emergencia de las trabajadoras internas es aún más insostenible en confinamiento.

¿Y luego qué? 

Esta crisis nos produce incertidumbre y nos provocará dolor. Habrá palabras que nunca más significarán lo mismo: sanidad, educación, formación, público, privado, trabajo, comunidad, conciliación, cuidado, abrazo, sentir, estar. Y el significado, la denotación y la connotación que otorguemos a esas palabras determinará el tipo de sociedad que lleguemos a ser cuando todo esto pase, que pasará.

Esta crisis también debe generarnos esperanza. Porque no hay un momento previo al que regresar, en muchas situaciones no habrá vuelta atrás y está en nuestras manos hacer que esto suponga un verdadero avance. Por ejemplo, se acabó la invisibilidad del cuidado, pues ahora ya sabemos qué papel desempeña. Ocurre lo mismo con la cooperación, la sororidad, la importancia de la comunidad para hacer frente a los retos y dotarnos de respuestas. La interdependencia hace sostenible la vida. Si pensamos en el escenario de salida tras esta crisis, ¿no concluiremos que se parece mucho a lo que el feminismo ha venido diciendo durante tanto tiempo? 

Y luego, seguro que gozaremos más de las terrazas, de las calles, de placeres simples, como descansar un ratito en un banco de una plaza; o reunirnos con los amigos, con las amigas, sentarnos muy juntas, reír y charlar.

La realidad económica se hará dura para muchas de nosotras: entonces habrá que activar verdaderos mecanismos de sororidad. O mejor: vayamos activándolos ya.

Amigas, amigos, volvemos pronto. Esperamos encontrarnos a la vuelta. Más que nunca, no nos faltéis. Hasta entonces, buena suerte y cuidaos mucho.

Mujeres en estado de alarma

17/03/2020 en Doce Miradas por Naiara Pérez de Villarreal

De repente el sistema se ha parado. Ya no van los menores al colegio, la economía se resquebraja y muchas personas estamos recluidas en casa, teletrabajando y solamente salimos para ir a trabajar y para comprar lo necesario.

Desde que hemos visto llegar la amenaza real del coronavirus a nuestras vidas estamos viviendo días convulsos. Primero fue el cierre de colegios, y después la declaración del estado de alarma por parte del Gobierno de España, que nos ha obligado a un confinamiento masivo sin precedentes desde que nací.

Esta situación excepcional, de la que seguramente nos quedan muchos días por delante, hace aflorar una vez más la vulnerabilidad que sufrimos las mujeres respecto al tema de los cuidados. Según el último informe elaborado por Oxfam Intermón, las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado, y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados que sí está remunerado.

En los casos de las parejas con menores a cargo, en estos días es bastante habitual que sea la mujer la que renuncie a trabajar, consecuencia de los estereotipos de género y el sistema patriarcal en el que vivimos, en el que el hombre «tiene un trabajo más importante o mejor remunerado». Por ejemplo, a nadie le extrañaría que una mujer le dijera a su superior que es ella la que se queda en casa, y no su marido. Pensar en la situación contraria…¿por qué nos extraña?

Una vez más, nos toca cuidar de los niños y niñas, personas ancianas y otras dependientes. Incluso, en el caso de muchas mujeres que son empleadas de hogar, trabajan en residencias, cuidan de personas dependientes o son personal sanitario (trabajos muy feminizados), tienen que cuidar enfermos con el virus o con síntomas, multiplicando su exposición a contraer la enfermedad, y agravando esta vulnerabilidad.

Mientras suben de manera exponencial el número de personas contagiadas, más son las personas que, a través de redes sociales como Twitter, tiran toda su bilis culpando al movimiento feminista y al Gobierno de la propagación del Covid-19 por haber organizado o permitido las movilizaciones del 8M. 

Yo no me arrepiento de haber salido a la calle en Galdakao durante ese día a reivindicar la igualdad. Había que hacerlo. Es cierto que quizás aún no veíamos la que nos iba a venir encima, pero no es menos cierto que si echamos la vista atrás, durante esos días hubo cientos de eventos que pudieron contribuir a la expansión del virus, y los que no se han criticado tanto: partidos de fútbol (con jugadores y afición desplazándose incluso a otros países), conciertos, celebraciones religiosas, mítines políticos, etc. De hecho, muchas de las personas que han utilizado el 8 de Marzo como arma arrojadiza contra el movimiento feminista, hasta hace muy poco ni se planteaban suspender los actos de la Semana Santa. ¿ESO ES COHERENCIA?

Pero, sin tratar de quitar la importancia que tiene a los temas planteados anteriormente, hay otra circunstancia que me preocupa especialmente durante este confinamiento: la violencia de género.

ONU Mujeres advierte: «Las desigualdades de género empeoran ante cualquier crisis y esto incluye que aumenten los niveles de violencia sobre las mujeres»

Y es que a nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Pienso en esas mujeres que quizás nunca hayan denunciado (o si), pero que sufren a diario el acoso y la violencia verbal, emocional e incluso física de sus agresores con los que viven. En muchos casos, ahora deben estar 24 horas con esa persona, y mucho me temo que esta situación generará que aumenten los casos de violencia hacia ellas. Se justificarán diciendo que es el stress de la situación, o la enajenación mental que sufren por no “salir a despejarse”.

Ya no tendrán esos momentos de respiro que les daba salir a trabajar fuera de casa, dar un paseo o ir a la cafetería a leer un buen libro. O cuando su pareja se pasaba buena parte del día fuera de casa, para ir a trabajar, ver el fútbol con sus amigotes o beber sus cervezas en el bar. Y aunque a veces viniera borracho y más agresivo, por lo menos respiraba durante unas horas antes de sufrir la violencia y la humillación cotidiana.

No se si alguna mujer en esa situación estará leyendo este post, ojalá. Qusiera recordar que en Euskadi tenemos un servicio especializado para mujeres víctimas de la violencia de género, SATEVI, que cuenta con atención telefónica 24 horas en el número 900840111, y que por supuesto no deja rastro en la factura telefónica. Para el resto de las comunidades autónomas, sigue activo también durante estos días el 016.

Pero claro, un problema añadido a esta situación es que es más difícil encontrar un momento de estar sola para llamar a estos servicios y denunciar malos tratos. Muchas mujeres no lo harán por miedo, y porque lamentablemente los justificarán por la excepcionalidad del momento. Por eso es más importante que nunca estar alerta también ante los casos de violencia que podamos intuir por los golpes o gritos que escuchemos en los pisos de nuestras vecinas e intervenir.

Aunque sea desde nuestras casas, la lucha sigue. Muchas mujeres viven y conviven en estado de alarma.

Fight like a girl. Mujer saharaui: tú me enseñaste a luchar

10/03/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

María López Belloso (@mAryalbelloso).
Santurtzi, 1979. Estudié Derecho convencida de que la justicia era neutral. Sin embargo, unas vacaciones en paz me enseñaron que, como dijo Desmond Tutu, la neutralidad ante la injusticia es ponerse del lado de opresor. Por eso desde entonces trato como puedo de dar voz al pueblo saharaui, sobre todo desde las voces de las víctimas de violaciones de Derechos Humanos y de las mujeres

El conflicto del Sahara Occidental ha sido objeto de análisis desde distintas disciplinas por varias razones: la incapacidad de la comunidad internacional y Naciones Unidas por resolver un conflicto sobre el que el Derecho Internacional aplicable es claro, la dilatación del proceso de paz, o el expolio de sus recursos naturales. Sin embargo, si hay un elemento diferenciador de este pueblo del Norte de África, es el papel que han desempeñado las mujeres en su sociedad, y en su lucha por la independencia y la libertad.

Ya en las primeras aproximaciones desde el sector académico llamó la atención el rol que las mujeres desempeñaban en una sociedad tribal. Durante la época colonial el papel de la mujer saharaui llamó ya la atención de investigadoras como Dolores Juliano, que en su libro “La Causa Saharaui y las mujeres”[1] ya identificó la especificidad de la mujer saharaui[2] .

Sin embargo, hoy no pretendo hacer una revisión bibliográfica de la cuestión saharaui y la situación de las mujeres, sino rescatar a mujeres concretas, iconos de la lucha de un pueblo, que evidencian en primera persona la singularidad de esta sociedad y de la lucha de sus mujeres. 

1.- Luchadoras a través de la cultura (cultural fighters)

No hay mejor homenaje ni reconocimiento que el que realizan un hijo o una hija a sus madres, y el mejor ejemplo de la singularidad de estas mujeres durante el periodo colonial lo encontramos en el tributo que Bahia Awah rindió a su madre, Jadiyetu Omar en su libro “La maestra que me enseñó en una tabla de madera”. En este libro Bahia destaca la figura de su madre, poetisa, mujer culta e intelectual que utilizaba los recursos de su época y su sociedad nómada para transmitir el conocimiento a su hijo. Otro claro ejemplo de aquellas mujeres cultas y trasmisoras de la cultura y los valores tradicionales es Fatima Brahim, madre de la cantante saharaui Um Rguia. Esta cantante convirtió un poema de su madre ante el inminente abandono de España al pueblo saharaui en una canción: “Sahara ma Timbá” (el Sahara no se vende) en un icono de la lucha de la liberación nacional. Mariam Hassan, la gran dama de la canción saharaui también huyó de la invasión con 17 años, y dedicó gran parte de su discografía a resaltar la figura de la mujer saharaui y a difundir la lucha de su pueblo en distintos países, haciendo de la música su campo de batalla contra la ocupación marroquí. 

2.- Luchadoras del cuidado (Care givers)

Con  la invasión marroquí y mauritana del territorio, la población saharaui huyó despavorida por el desierto hacia Argelia. Se ha resaltado el papel que jugaron las mujeres en la construcción de los campamentos de población saharaui y la asistencia a la población en estos momentos de emergencia. Sin embargo, además de esta importante labor en momentos tan traumáticos como los bombardeos de Um Draiga, Guelta o Tifariti, las mujeres saharauis también fueron víctimas y luchadoras por la causa saharaui.  Como relata Carlos Martín Beristain en su libro “Los otros vuelos de la muerte”[3], durante esa huida se cometieron terribles ataques contra la población que huía aterrada, en los que mujeres saharauis como Chaia Abeidala , enfermera saharaui que murió en el ataque al dispensario médico de Um Draiga. 

3.- Combatientes (combatants)

Mientras mujeres como Chaia ayudaban en la huida y en los primeros momentos de construcción de los campamentos de población refugiada, otras mujeres como Nueina Djil se convertían en iconos de la lucha de su pueblo a través del objetivo de la cámara de la fotógrafa de guerra francesa Christine Spengler.  Aquella fotografía proyectaba la imagen de una mujer saharaui, combatiente y madre, alejada de la tradicional imagen de subyugación de las culturas islámicas, y de las aproximaciones tradicionales al papel de las mujeres en los conflictos, que como explica Irantzu Mendía, se limitan a visiones de la mujer como víctima de los conflictos, obviando que también las mujeres son “sujetos de acción” en los mismo. En la actualidad, Nueina  dirige la escuela Militar de Mujeres del Sáhara inaugurada el 13 de abril de 2018.

4.- Defensoras de los derechos humanos (Human Rights activist )

Aquellas que no pudieron huir del territorio, se quedaron al albor de una cruenta invasión que atacó todo símbolo de la identidad nacional saharaui y, por tanto, se convirtieron en víctimas de detenciones arbitrarias, desapariciones y torturas. Describir a figuras como El Ghalia Djimli, las hermanas Salka y Mamia Salek, Dagja Lachar y como no, Aminetu Haidar, me resulta especialmente emocionante. Como he señalado, de entre todas las mujeres saharauis, Aminetu Haidar se ha convertido en un icono de la lucha pacífica del pueblo saharaui. Su historia de torturas y violencia tras permanecer desaparecida durante 4 años la convirtió en una de las activistas más destacadas, a quien organizaciones como Amnistía Internacional o HRW apoyaron. Sin embargo, fue en 2009 cuando la figura de Aminetu Haidar se convirtió en una leyenda. Cuando volvía de Nueva York de recoger el Premio al coraje civil de la Train Foundation, fue detenida en el aeropuerto de El Aaiun y expulsada a Lanzarote, por negarse a completar en la documentación administrativa la casilla referente a su nacionalidad como nacionalidad marroquí. En el aeropuerto de Lanzarote, Aminetu inició una huelga de hambre que sostuvo durante 32 días, poniendo en jaque a la diplomacia marroquí, española y Europea. Finalmente, tras la presión de EEUU, la UE, Francia,  y Naciones Unidas, Marruecos le permitió regresar al territorio. Tras este suceso, la figura de Aminetu Haidar ha seguido ganando notoriedad y seguir acumulando reconocimiento, habiendo sido galardonada en 2019 con el premio de la fundación Right Livelihood Award, considerado como el premio Nobel alternativo.

El nuevo gobierno nombrado por el presidente Brahim Ghali tras su reelección en el congreso cuenta con 4 ministras entre sus 20 componentes (un 20%), con representantes como Jira Bulahi, ex representante del Frente POLISARIO en España, Suelma Beiruk, ex parlamentaria africana representante de la RASD o Fatma ElMehdi, ex presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UNMS). Fatma el Medhi fue además la primera mujer en formar parte de la delegación del Frente POLISARIO en las últimas negociaciones entre las partes en Ginebra.  Este nuevo gobierno tiene ante sí retos muy importantes, como el desbloqueo de las negociaciones de paz, el expolio de los recursos naturales del territorio y la estrategia marroquí de anexión de sus aguas territoriales o las violaciones de derechos humanos en los territorios ocupados. También tiene retos a nivel interno, como gestionar el hastío de la población refugiada y las reclamaciones de la vuelta a las armas o las constantes reducciones de la ayuda humanitaria que ponen en riesgo el abastecimiento de la población refugiada. Para hacer frente a todas estas cuestiones, el Frente POLISARIO y el pueblo saharaui tienen que incluir a todas y cada una de las mujeres saharauis que siguen siendo activas en la defensa de su pueblo. El reemplazo está garantizado en los distintos sectores: jóvenes activistas como Hayat Erguibi o Mahfuda Bamba Lefkir siguen denunciando las continuas violaciones de derechos humanos en los territorios ocupados, afrontando por ello agresiones y encarcelaciones; Azziza Brahim sigue el camino de Um Rguia o Mariam Hassan difundiendo la cultura saharaui en distintos foros internacionales, a pesar de los vetos y las amenazas. Una nueva generación de poetas, la generación de la amistad,  cuenta con la pluma de Zahra Hasnaui para continuar escribiendo versos con nombre de mujer Jóvenes diplomáticas como Maima Mahmud ejercen con autoridad la representación de su pueblo ante los organismos internacionales. Periodistas como Ebaba Hameida o Nazha El Khalidi, colaboradora con la organización  Equipe Media que en 2019 recibió el Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado siguen difundiendo la causa saharaui. Incluso mujeres  como Iauguiha Mohamed Embarek que limpian el suelo adyacente al muroque separa el territorio ocupado del denominado “territorio liberado” de minas antipersona.Todas estas mujeres siguen conjugando en voz activa su papel en la lucha por la libertad de su pueblo y son el ejemplo claro de que cualquier solución al conflicto saharaui, tiene que contar también con sujetos en femenino, pero no porque el lenguaje inclusivo sea políticamente correcto, sino porque son agentes reales de la lucha de su sociedad y su pueblo. Todas ellas “luchan como mujeres” reales, heroínas de diario en un conflicto alejado de las cámaras y de la atención internacional, y en el que “lucha” de mujeres reales marca la diferencia. Todas ellas, en mayor o menor medida ponen rostro a la demanda de un pueblo que desde hace más de  45 años se enfrenta al abandono y el olvido. Todas y cada una de estas mujeres luchan como ellas saben y pueden para contribuir a la liberación de su gente. Todas y cada una de ellas, y todas las mujeres anónimas que sobreviven en los campamentos de población refugiada o en los territorios ocupados son el rostro de una guerra que no puede ganarse sin contar con las mujeres.


[1]                              Dolores Juliano (1998) La Causa Saharaui y las mujeres. Siempre fuimos tan libres. Ed. Icaria, Madrid, 1998.

[2]                              La realidad de estas mujeres durante la etapa colonial y el papel desarrollado por España, potencia administradora del territorio, ha acaparado recientemente la atención de investigadoras como Rocio Medina Martín, profesora del área de Filosofía del Derecho de la Universidad Pablo de Olavide, o Enrique Bengoechea que han analizado cómo afectó la presencia española a la mujer saharaui

[3]                              Carlos Martín Beristain (dir) (2015) Los otros vuelos de la muerte. Bombardeos de población civil en el Sáhara Occidental, Ed. Hegoa, UPV-EHU y Asociación de amistad con el pueblo saharaui de Sevilla

Homenaje a las «mujeres ociosas»

03/03/2020 en Doce Miradas por Eva Silván

Vivir sola en un barco es un sueño utópico si eres un hombre, una locura inconsciente si quién piensa en esa posibilidad es una mujer. 

Esta frase de producción propia me sirve de arranque para el post previo al 8 de marzo. Un 8 de marzo que llega tras dos años de movilizaciones que han supuesto un punto de inflexión en la demanda de una sociedad igualitaria y respetuosa con los derechos de las mujeres. Un movimiento feminista transversal que, junto con el movimiento contra el cambio climático, ha conseguido determinar la agenda pública.

Este año, Naciones Unidas nos propone celebrar la valentía y la determinación de las mujeres de a pie que han  jugado un papel clave en la historia de sus países y comunidades; mujeres ignoradas por los libros de Historia y ausentes de las grandes narrativas. Aquí va mi pequeño homenaje a la determinación de estas mujeres.

Traigo a este espacio a una mujer a la que conozco bien, una mujer de a pie, de más de 40 años, soltera e independiente, que vivió en Londres el peregrinaje habitual de pisos y más pisos de quien llegó a la capital británica bastante antes de que el Brexit lo cambiase todo. Harta de este peregrinar, un día decide cambiar de vida y vivir en un pequeño barco en los canales que recorren la ciudad londinense. Los comentarios que recibe de su entorno son mensajes insistentes en una única dirección: “¿estás segura, vivir tú sola en un barco?”. Esta frase, ‘tú sola’,  se reproduce como un eco, atraviesa con profundidad sus pensamientos y le hace dudar. Duda porque le hacen dudar, no duda de su capacidad. Duda y se enfada porque sabe que detrás de esos comentarios hay dos ideas arraigadas con fuerza en un imaginario social atravesado por la desigualdad de género: un barco es mucho trabajo para una mujer sola y es peligroso que una mujer viva sola en un barco (otra vez el miedo, otra vez la violencia queriendo condicionar la vida de las mujeres). 

Capaz y decidida, se mantiene firme en su idea: se compra un barco y vive en él. Investiga, prueba, resuelve, disfruta de su nueva vida. Aprende. Piensa, piensa mucho, y entre lo que piensa, piensa en las mujeres que no pudieron ser tan decidas y renunciaron al derecho a vivir como imaginaron porque alguien les dijo que no podían, que era peligroso o que era demasiado trabajo para ellas. Lo que todavía no sabe es que antes que ella, hubo un grupo de mujeres que protagonizaron parte de la historia de los canales fluviales de Reino Unido.

Ya de lleno en su vida de ‘boater’, gestiona la logística de una embarcación que es su casa y que según la normativa de navegación de los canales hay que mover periodicamente. Los días previos, son días de planificación y trabajo: primero hay que decidir cuál será el siguiente punto de amarre, tiene que ser un lugar bien comunicado desde el que poder ir a su lugar de trabajo; después tiene que calcular el tiempo que le llevará mover el barco; y por último hay que ponerse en marcha, soltar nudos, arrancar el motor y llevar el timón; subir y bajar del barco tantas veces como haga falta para abrir y cerrar compuertas, tirar de él en cada una de las esclusas para atraerlo a la orilla y amarrarlo a las piquetas. Sin duda es un trabajo físico, pero también técnico y de planificación, de análisis previo de riesgos y de anticipación. Con su timón, cualquiera diría que dirige una pequeña empresa más que un barco.

En el proceso de pensar y aprender, lee libros sobre navegación y contacta con grupos de mujeres que como ella también hicieron caso a su impulso de vivir como imaginaron, mujeres con las que comparte inquietudes, conocimiento, mujeres que se ayudan y se apoyan (la sororidad). Es entonces cuando conoce la historia de las ‘Idle Women’, las mal llamadas “Mujeres Ociosas”: un grupo de 40 mujeres británicas que durante la Segunda Guerra Mundial, cuando cientos de hombres se fueron al frente, mantuvieron el transporte fluvial de mercancías en el Reino Unido, llevando a cabo uno de los trabajos más difíciles del Frente Interior. Trabajando en equipos de tres, transportaban las mercancías en un par de botes estrechos conocidos como “motor and butty”. 

Durante meses, las “mujeres ociosas” (qué cruel o qué deliciosa puede ser la ironía británica), completaron viajes de ida y vuelta de más de tres semanas entre Londres, Birmingham y Coventry. Navegaron durante jornadas extenuantes de 18-20 horas, a veces en climas helados y con niebla, para entregar los suministros esenciales para la guerra, transportando cargas de 50 toneladas de carbón, acero y cemento. Todo lo hacían a bordo: trabajaban, dormían, comían y se aseaban. Solas, pero acompañadas.

«El trabajo fue duro: desde la carga y descarga hasta los largos días que pasábamos viajando en todas las condiciones posibles, atravesábamos esclusas sin fin, a menudo en la oscuridad y sin poder usar antorchas debido al apagón forzado», escribió en su diario Evelyn Hunt, una de las primeras mujeres en ser voluntaria allá por 1942. «¡Que día! ¡Lo peor que hemos tenido hasta ahora! ¡Y qué noche para empezar a escribir este diario! El viento está aullando afuera, creo que es una tormenta tan salvaje como nunca he escuchado ”, escribió en su primera entrada curiosamente el 1 de enero de 1943.

La historia de las “Idle Women” permaneció prácticamente oculta durante años confirmando las palabras de la historiadora Inmaculada Gil-Bermejo sobre lo poco que se sabe de las mujeres invisibles, aquellas que hicieron historia aunque sus nombres no hayan llegado a ser conocidos. Han tenido que aparecer un grupo de entusiastas mujeres apasionadas por la navegación, para que se difunda y se conozca el aporte de estas mujeres pioneras que dieron un paso al frente y decidieron no quedarse en casa mientras los maridos ausentes libraban la batalla.

Qué la historia la escriben los vencedores es algo conocido, qué la han escrito los hombres, también. Las mujeres estamos ausentes en los libros de Historia (como si hubiésemos permanecido ociosas durante todo este tiempo), hemos tenido que superar muchos obstáculos para poder desarrollar nuestros intereses y capacidades (recuerden a nuestra protagonista), y las que han conseguido hacerlo, salvo señaladas y contadas excepciones, no han recibido ningún reconocimiento y ni siquiera han sido nombradas en los relatos oficiales (ahí están nuestras ‘Idle Women’). 

Esta semana de movilizaciones y reivindicaciones, es un buen momento para recordar el papel de las mujeres que se salieron de las normas, que desafiaron y siguen desafiando las convenciones de su tiempo, que rompieron y rompen techos de cristal y remueven los suelos pegajosos, porque son ellas las que hacen historia y consiguen que la sociedad avance. Merecen ser reconocidas y que su historia inspire a futuras generaciones.

Como bien decía Ana Erostarbe, es una verdad, verdadera que a las mujeres, nos ha costado infinitamente más que se reconozca nuestro trabajo, y es otra verdad, verdadera que, como decimos en Doce Miradas, las cosas se cambian, cambiándolas. Que así sea.

Nosotras somos Antzasti

25/02/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Somos Cristina y Elena Amezaga, dos mujeres, hermanas, madres y emprendedoras en el difícil terreno de la cultura. Ambas, licenciadas en Sociología, máster en Museos y actualmente al frente de un museo de carácter antropológico dedicado a la casa. La casa, un territorio compartido por todos los miembros de la familia, pero con un marcado e indiscutible significado femenino.  Si en algún lugar podemos encontrar la historia real de las mujeres que nos antecedieron, sin duda, es entre las paredes de las casas. 

Antzasti-Euskaldunon Etxea es una realidad con un largo, muy largo recorrido, no menos difícil y, a veces, simplemente doloroso. Ha formado parte de nuestras vidas en los últimos diez años. Somos ya parte indisoluble de esa realidad que nos ha engullido; por eso nosotras somos Antzasti. Lo que comenzó siendo una afición heredada por recuperar, mantener e investigar, es hoy un espacio cultural abierto al público. Uno de nuestros objetivos fundamentales consiste en poner en valor el inmenso trabajo silencioso realizado por las mujeres dentro de las casas y abarcar, en la medida de lo posible, las muchas facetas de esa labor que, a su vez, conforman un crisol de innumerables  dimensiones. 

Sin duda, es del todo necesario reivindicar nuestro espacio en la esfera pública, social, política empresarial… pero también es del todo imprescindible  para hacernos justicia a nosotras mismas y, especialmente a todas nuestras abuelas, el reconocimiento a la gran aportación de todas las mujeres que nos precedieron y que, entre los humildes muros de las casas y sin hacer ruido, trabajaron arduamente sin pedir explicaciones a nadie ni por nada de lo que les pasaba. A nuestro entender, la sociedad es deudora de una memoria histórica que ponga en valor su figura,  ahora que parece ser el momento de los relatos, del reconocimiento y de reescribir muchas partes olvidadas o maltratadas de la historia.

Nuestro museo, que como os decía ya es arte y parte de nuestras vidas,  echa la mirada atrás a nuestra historia reciente, a ese momento en el que la revolución industrial a finales del XIX y principios del XX trajo consigo el cambio de roles más importante de la historia entre hombres y mujeres. Ese momento en el que los asuntos modernos, es decir, aquellos que mueven los hilos del devenir de la historia como la industria, la empresa, la banca, la acumulación de capitales, la política moderna, la ciencia moderna… recaen en manos de los hombres. Ese momento cuando las mujeres se ven relegadas de la sociedad en todos los ámbitos estratégicos y en todas las capas sociales; más aún, cualquier paso a nivel social o administrativo requería del consentimiento del hombre de la casa, padre o marido. Ese cambio de roles es el que aún hoy mantiene sus resonancias y marca nuestros ritmos de vida.

Y entre los muros de las casas todo esto es fácilmente adivinable, fácilmente deducible, casi respirable porque está plasmado en ellas. Por eso hemos querido que nuestros visitantes entren dentro de los cuartos que conforman las casas y que tengan una perspectiva de 360 grados, en espacios que parezcan estar vividos. Ponemos en paralelo los dos modos de vida contemporáneos de esta época de nuestra historia reciente: la vida tradicional y la modernidad, de forma que quien nos visita entra en una cocina de caserío pero también en una de la modernidad, en un cuarto y en otro, en una sala y en otra… Y en estas estancias es donde descubre los espacios, los ambientes, las condiciones en las que madres, cocineras, reposteras, planchadoras, amas de cría, agricultoras, ganaderas, costureras, modistas… trabajaban incansablemente.

Qué mejor forma de reivindicar el hoy, que recuperándonos a todas.

Nosotras estamos decididas a continuar en el empeño de divulgar la historia de la casa, entre otras cosas, porque nos permite contar la historia de estas mujeres. Los cambios fundamentales que se producen con la revolución industrial cambian espacios y tiempos, y también dibujan una nueva fisonomía en el paisaje exterior y en el interior de las casas y de sus habitantes. Los muros domésticos son permeables y nos dejan ver con claridad muchos porqués pasados que nos permiten entender muchos “hoy”s. 

El camino que hemos elegido no está siendo fácil. ¡Que la suerte nos acompañe!

Mientras ellos gobiernan, nosotras amamos

18/02/2020 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta

La semana pasada el calendario marcaba una fecha señalada, el Día de San Valentín, también conocido como el Día de los Enamorados. Sin obviar la utilización machista del lenguaje, en este día confluyen muchos de los motivos por los que las mujeres queremos desprogramarnos y construirnos de un modo libre.

La idea de que el Día de San Valentín es una fecha comercial inventada por unos conocidos almacenes está bastante extendida; en plena cuesta de febrero llega un momento de consumismo desenfrenado porque, claro está, con las cosas del amor no se repara en gastos. Sin embargo, parece que San Valentín sí existió. Valentín fue un sacerdote cristiano, en la época del Imperio Romano, que casaba soldados a pesar de la prohibición del emperador que consideraba el matrimonio algo incompatible con la carrera de las armas. Al descubrirse que el sacerdote casaba parejas en secreto, fue decapitado. No es el tema en el que quiero entrar ahora, pero me sacude una doble idea: o el sacerdote no quería que las parejas vivieran en pecado; o el sacerdote era antimilitarista y el matrimonio su herramienta de lucha contra las guerras. Esta sí que es una idea romántica.

El Día de San Valentín, además de concentrar la venta del 8% total del negocio anual de la floristería, concentra también el 100% de la venta del amor romántico, una de esas falsas creencias tan bien acomodadas en nuestro imaginario colectivo que ni se nos ocurre cuestionar —no vaya a ser que agüemos la fiesta a alguien—. Y es que el amor, ¡ay, el amor!, es el centro de nuestra vida; todo gira en torno a un ideal, a nuestra media naranja, a eso que socialmente nos convierte en mujeres completas, cuando en realidad —aquí viene el jarro de agua fría— se trata de una construcción social que nos hace dependientes y vulnerables. 

El amor romántico es un dispositivo de control que nos mantiene ocupadas desde edades muy tempranas. Desde pequeñas escuchamos y jugamos con falsos signos del amor; a ver si os suena eso de “el príncipe azul que vendrá de no sé qué país a rescatarnos”, “contigo pan y cebolla” o “sin ti no soy nada”. Son frases que apuntalan la creencia de que las mujeres somos frágiles princesas, seres incompletos que deambulamos hasta encontrar el amor verdadero, el príncipe azul, eso que da sentido a nuestra vida y tranquiliza a las familias. 

Y, un día, el príncipe llega; y según entra por la puerta, la libertad de la mujer sale por la ventana. En el amor romántico la pareja es similar a una propiedad privada; el propio modelo crea una idea de pertenencia y esto hace que se justifiquen los celos o la violencia machista: “la maté porque era mía”. Apenas hemos estrenado año y ya van 11 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas.

Recuerdo el primer artículo que escribí en este blog, hace ya siete años, titulado Desprogramando el identikit en espacios de papel, en el que hacía hincapié en las lógicas de poder. La hombría se asimila a la valía social, la intelectualidad, la racionalidad, la autoridad y la libertad; al hombre se le educa como si fuera el centro del universo. En contraposición, lo femenino se asocia a la inestabilidad, la afectividad, la emocionalidad, la fragilidad y la falta de racionalidad o de autonomía.

Así, a las mujeres se nos educa para cuidar, servir, sostener, equilibrar, tapar, amar y proveer felicidad, dejando a un lado nuestra propia identidad. Seguro que os sonará eso de “detrás de cada hombre hay una gran mujer”. Eso es, detrás. Ya lo decía Kate Miller, una de las escritoras y activistas más relevantes del feminismo: “el amor es el opio de las mujeres, como la religión el de las masas”. Mientras nosotras amamos, los hombres gobiernan; el amor romántico construido desde una visión patriarcal lleva a la mujer a dar prioridad al hombre, a ocupar un segundo lugar irrelevante, a cuidar y equilibrar la familia y la vida para que él se centre y se encargue de las cosas que realmente importan. Ya sabéis que gobernar es cosa de hombres.

El amor romántico nos mantiene distraídas soñando con finales felices, alimentando así una realidad en la que nada cambia, en la que la desigualdad se sostiene bajo el espejismo del amor verdadero. Las mujeres queremos amar, por supuesto, pero también queremos gobernar. Caer rendidas en las lógicas del amor romántico es dar pasos en contra de nuestra libertad y esto durará hasta que las mujeres lo sigamos sosteniendo con nuestras fantasías.

La trampa de la libertad

11/02/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Eva Arrilucea. Mamá, doctora en economía y experta en políticas de innovación. Loca de los gatos (sobre todo del mío), escritora frustrada y lectora voraz. Un sabor: el chocolate. Una sensación: la hierba bajo los pies descalzos. Un olor: el de las tormentas. Mi frase favorita: “Todas las personas que conoces están luchando una batalla de la que tú no tienes ni idea. Así que sé amable. Siempre

El que probablemente ha sido el mayor descubrimiento de la ciencia vasca, ni tuvo su origen en la curiosidad científica ni fue impulsado por agentes vascos. El aislamiento del Wolframio, realizado por los hermanos Elhuyar en 1783 en Bergara, fue el resultado de una misión de espionaje puesta en marcha por Carlos III para robarles a los escoceses la receta de los mejores cañones del mundo. Con ese objetivo, y pilotado por el Secretario de la Marina Pedro González de Castejón, por el capitán de navío José Vicente de Mazarredo y por la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, se envió un par de espías a Europa con la misión de formarse en idiomas y en ciencias varias, y de introducirse en Escocia haciéndose pasar por empresarios alemanes. La misión terminó cinco años después sin pena ni gloria, pero Juan José Elhuyar volvió a Bergara con el conocimiento necesario para aislar el wolframio junto a su hermano Fausto. 

En realidad, el caso del wolframio no es un hecho aislado. El motor de muchos de los grandes descubrimientos de la historia fue un puñado de hombres ambiciosos y hambrientos de poder. Sin ellos, ni Colón habría descubierto América, ni Neil Amstrong se habría dado aquel entrañable paseo por la Luna. Si revisáis la historia no encontrareis grandes avances sobre el cuidado de la salud prenatal de las mujeres, ni sobre el tratamiento de los traumas infantiles, simplemente porque ninguna de estas disciplinas podía ayudar a ampliar fronteras o a ganar guerras. Con las mujeres pasaba un poco lo mismo: las mujeres no tenían voto, no tenían fuerza física y no tenían acceso a la educación. Desde el punto de vista del poder, las mujeres no existían. 

Las cosas no cambiaron demasiado con la segunda industrialización, a finales del XIX, cuando a los objetivos anteriores, se les unió el de incrementar la productividad de las economías. Se desarrollaron nuevas tecnologías para la producción, se construyeron infraestructuras varias, se crearon instituciones financieras e, incluso, se pusieron en marcha nuevas instituciones educativas para formar a los trabajadores. Sin embargo, la situación para las mujeres no fue significativamente diferente. En la recién estrenada Escuela de Artes y Oficios de Atxuri, en Bilbao, las mujeres tenían permiso para matricularse, sí, pero solo en los estudios de dibujo, adorno y corte de vestidos; en geometría, construcción y electricidad estaban completamente vetadas. Para las mujeres que no tenían ninguna formación las cosas estaban aún peor: las crónicas de la época apuntan a que los trabajadores no cualificados de los astilleros apenas ganaban el salario de subsistencia, y sus compañeras, la mitad. 

La foto del primer amanecer del siglo XX revelaba una realidad bastante gris para las mujeres vascas: su esperanza de vida apenas rozaba los 35 años, tenían de media 4 hijos, y el 40% de ellos morían antes de alcanzar los 15 años. Las enfermedades infecciosas hacían estragos entre una población donde las condiciones higiénicas y sanitarias dejaban mucho que desear. Lo único bueno que puede decirse de esta situación es que solo podía mejorar. Y, en cierta manera, lo hizo. 

En 1910, a través de la Real Orden de Instrucción Pública, firmada por Alfonso XIII el 8 de marzo, las mujeres españolas entraron en la universidad de pleno derecho. No era la primera vez que una mujer pisaba un recinto universitario pero, por primera vez, podían hacerlo sin necesidad de obtener permisos especiales, sin tener que permanecer sentadas cerca del profesor, y sin tener que esperar a alguien las escoltara de un aula a otra para que no anduvieran sueltas por la universidad perturbando la paz de espíritu de sus compañeros varones. 

El siguiente gran hito llegó unos años después, en 1931, cuando las Cortes españolas, por fin, aprobaron el sufragio femenino. No deja de ser curioso que uno de los alegatos más encendidos contra el sufragio femenino en aquella sesión del 1 de octubre viniera, precisamente, de la mano de una mujer. Victoria Kent diputada del Partido Radical Socialista, sostuvo que las mujeres españolas no iban a entender los ideales de la República, que no tenían la formación necesaria, que sus mentes estaban en manos del clero y de los hombres y que, por lo tanto, era demasiado pronto para dejarles votar. Fue Clara Campoamor, diputada del Partido Republicano Radical, quien tuvo que recordarle todas las ocasiones en las que las mujeres habían luchado por los ideales de libertad y de igualdad y que, de facto, el número de hombres analfabetos en aquella España de la época superaba con creces al de mujeres. Alegó: “solo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deber ser los mismos para la mujer que para el hombre”. 

¿Dónde estamos hoy? Pues, aparentemente, hoy la mayor parte de la gente considera a la mujer como un ser humano, lo que no deja de ser un avance interesante. En gran parte del mundo las mujeres tenemos voto, tenemos acceso a la educación y vivimos en un entorno en el que la fuerza física no es determinante para nuestra supervivencia. También es una realidad que las mujeres apenas ocupamos jefaturas de estado (el 8% en el mundo) y que tenemos una presencia limitada en la alta dirección empresarial (apenas el 34% de los puestos tienen nombre de mujer). Por otro lado, en Euskadi, por primera vez en la historia, tenemos un Parlamento donde hay más mujeres que hombres, y las mujeres vascas tenemos la esperanza de vida más alta de Europa. 

Yo le llamo a esto la Gran Trampa de la Libertad

Si tienes educación superior, tienes un trabajo remunerado y tienes todos los derechos civiles, entonces lo tienes todo. Por tener, hasta tienes una carga heredada con la curiosa propiedad de ser invisible, pero con un peso enorme. La sientes, por ejemplo, cuando tienes que planificar un viaje de trabajo y, además de preparar las reuniones y la información necesaria para que tu empresa y tú brilléis, en paralelo tienes que planificar quién llevará a los niños al colegio por las mañanas, quién los recogerá, si habrá suficiente comida en la nevera para todos los días y quién le recordará a tu madre la cita del médico mientras estés fuera. Como madre de dos niños pequeños y aspirante a tener una carrera profesional plena podría escribir varias tesis doctorales sobre este tema, pero no lo haré. Dejaré que cada una de vosotras inserte en esta parte su propia experiencia. 

Mirar al pasado y asumir que ya lo hemos conseguido todo es la Gran Mentira a la que nos toca enfrentarnos ahora. Visibilizar las cargas invisibles y los techos de cristal para definir el camino que tenemos por delante hacia la igualdad plena. ¿Sabías que ningún país del mundo, ni siquiera los más avanzados, han alcanzado el objetivo de la igualdad total entre hombres y mujeres? De media estamos al 68%, y los que mejor lo hacen -los países del norte de Europa- apenas rozan el 80% del total.  En España se ha feminizado la pobreza y se ha masculinizado la recuperación económica. El pobre español es una mujer joven con estudios y con hijos. Una de cada dos personas que viven en hogares monoparentales está en riesgo de pobreza, y en el 85% de los casos esos hogares están encabezados por mujeres. El salario por hora para las mujeres es un 11% más bajo en jornada completa y un 15% más bajo en jornada partida. La tasa de pobreza de las mujeres de más de 65 años es 4 puntos porcentuales más alta que la de los hombres de la misma edad. 

Dicen que el mejor truco del diablo ha sido convencer al mundo de que no existe. Otro muy bueno ha sido convencernos a todas de que ya hemos alcanzado la igualdad con los hombres.

Para ganar esta batalla hay que ponerle cara -y números- a la Gran Mentira, hay que saber cómo combatirla y, sobre todo, hay que querer hacerlo. Y hablando de la libertad de elegir, dejadme acabar con una frase de Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austriaco, y autor del maravilloso ensayo “El Hombre en Busca de Sentido”: “entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestra capacidad de elegir la respuesta. Y en la respuesta residen nuestro crecimiento personal y nuestra libertad”.