Slideshow shadow

Sobre la necesidad de divulgar la historia de las mujeres

10/09/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Irati Santos Uriarte @IratiSantosU. Hace diez años descubrí que había una Historia que no me estaban contando. Desde entonces la busco, la recopilo y la escribo. Ahora la comparto a través del proyecto ‘¿Por qué nadie me contó la historia de las mujeres?’, un espacio online en el que reflexiono sobre la invisibilización de lo femenino en la Historia.

No se me ocurre forma mejor de introducir este artículo que con una lista de porqués: ¿por qué es más caro comprar una edición completa de las obras de María de Zayas que una de Cervantes?; ¿por qué me han convencido de que las mujeres no han hecho nada hasta bien entrado el siglo XX?; ¿por qué la sociedad ha constituido lo femenino en la subordinación y lo masculino en la acción?; ¿por qué no había ni una sola mujer en mis libros de texto del colegio?; ¿por qué me tuve que interesar específicamente por los movimientos femeninos para saber de Mary Wollstonecraft?; ¿por qué no sabía que Margaret Cavendish escribió uno de los primeros relatos de ciencia ficción de la historia en el siglo XVII?; ¿por qué cuando escribo en internet el apellido Schumann solo me aparecen resultados de Robert Schumann? ¿Y Clara Schumann? ¿Acaso no fue ella una gran pianista?

Hace unas semanas asistí en Bilbao a la presentación del libro Mujeres, dones, mulleres, emakumeak y me quedé con una frase que allí pronunció la historiadora Mary Nash. Hablando de lo difíciles que habían sido sus inicios como investigadora de la historia de las mujeres, comentó que “una cosa era hablar con el núcleo convencido y otra intentar cambiar las tendencias historiográficas”. Aquello me hizo reflexionar, pues, sin duda, quienes allí estábamos éramos, precisamente, el núcleo convencido, gente que se interesa específicamente por los estudios femeninos, que entiende que hay un agujero negro en el relato histórico que el modelo patriarcal ha impuesto. No parecía haber curiosos. Creo firmemente que se está consiguiendo en el ámbito académico esa revisión historiográfica, pero también creo que falta contar esa “otra” historia al público no especializado.

Falta divulgar la Historia de las mujeres.

Esa historia ha de divulgarse en primer lugar en las escuelas. Hace no mucho nos encontrábamos con la noticia de que la presencia de mujeres en los libros de texto escolares no llega al 10 %. Es incomprensible y tremendamente contraproducente. Se hacen esfuerzos, algunos reales y otros de propaganda, para que los niños y niñas crezcan en igualdad. Se les enseña que una mujer no es menos que un hombre; se les educa en la no violencia, en un lenguaje inclusivo, en la no distribución sexista del espacio de juego… Son iniciativas necesarias, vitales diría yo, pero se quedan cojas al no ofrecerles modelos de conducta y erudición femeninos.

Sobre esta falta conversaba el otro día con un profesor de historia de bachillerato. ¿De quién es la responsabilidad? Me dejaba claro que se ajustan a una pauta, que la materia “obligatoria” es extensa y que el margen para ponerse creativos es más bien justito. Él concretamente dedica unas horas a lo largo del curso a introducir la obra de las mujeres: habla a sus alumnos de Sofonisba Anguissola, de la reina Cristina de Suecia, de las formas de opresión a las que se han visto sometidas las mujeres. Pero lo hace porque él quiere; porque considera que es necesario, no porque sea parte del programa educativo obligatorio. Y la realidad es —me decía— que como los alumnos están más pendientes de estudiar para cumplir las expectativas que de ellos esperan pruebas como la Selectividad, muestran un interés que tiene que ver más con la anécdota puntual. Si los estudiantes van justos para preparar la obra de Platón, que es la que les han indicado que va a entrar en el examen de acceso a la universidad, ¿de verdad cree alguien que van a dedicar tiempo a leer la obra filosófica de Simone de Beauvoir por placer, por curiosidad? Yo no lo hice. No me daba tiempo a todo.

Digo por lo tanto: ¿tanto cuesta incluir mujeres en los programas educativos? No se trata solo de divulgar la existencia de ciertas mujeres en forma de breves biografías, que también, sino que es necesario que naturalicemos la inclusión de la obra de las mujeres en su contexto social, económico, académico o histórico, en la misma medida en que lo hacemos con la obra de los hombres. Es de vital importancia que, cuando en una clase de literatura se hable del Quijote, se hable también de las Novelas ejemplares de María de Zayas, mujer que conoció el éxito en vida y que mereció los elogios de sus colegas de profesión. Asimismo, todos los escolares deberían ser conscientes de que, además del famoso despotismo ilustrado que tanto nos han enseñado, se dieron interesantes debates filosóficos en los que algunas mujeres (privilegiadas, eso sí) participaron. Y que estas, como Josefa Amar y Borbón, publicaron su obra y consiguieron hacerse un hueco en la historia de España, aunque no se lo estemos reconociendo. Por cada ejemplo masculino que se ofrezca, hay que incluir uno femenino.

También convendría que se sacaran a relucir a todos aquellos hombres que han apoyado la causa de las mujeres antes del siglo XXI. ¿Alguien ha oído hablar en sus clases de filosofía de la obra de Poullain de La Barre en defensa de la igualdad de los sexos? Yo no. Nadie me contó que su obra es el perfecto resumen de la filosofía cartesiana, y que lleva la igualdad de las almas hasta su máximo exponente.

Me dirán —me lo han dicho— que guardar la proporción es difícil porque la participación femenina en las artes y las ciencias ha sido mucho menor que la de los hombres. Verdad, pero no sirve: la falta de proporcionalidad no nos excusa para ignorar a toda una mitad de la humanidad. Lanzo aquí que, quizá por escasa, la participación de las mujeres debería hacerse notar con más fervor.

Además de todo esto, no vendría mal una revisión de los autores que se imparten en las distintas asignaturas. Y me explico. Cuando yo iba al colegio dentro del temario de literatura española del siglo XVI se incluía a Fray Luis de León. Perfecto. Pero cuando se habla de La perfecta casada, convendría profundizar más allá del “expone el ideal de mujer típico de la época”. Se debería informar al alumnado de que, entre otras perlas, escribe de la mujer que “si no tiene esto [honestidad] no es ya mujer, sino alevosa ramera y vilísimo cieno y basura, la más hedionda de todas y la más despreciada”. Esto podría dar pie a un interesantísimo debate sobre las posturas misóginas y hasta se podrían hacer comparaciones con la actualidad. Y no vale el “es hijo de su época”: Christine de Pizan ya había escrito La ciudad de las damas más de un siglo antes para combatir estos insultos. Y este es sólo uno de los múltiples casos de autores misóginos que pasan por nuestra vida educativa sin que prácticamente nos demos cuenta.

Si los poderes que tienen capacidad para cambiar los programas educativos hiciesen algún esfuerzo en este sentido, quizá saldríamos de los colegios y las universidades un poquito más predispuestos a la igualdad.

La vuelta al cole

03/09/2019 en Doce Miradas por Eunate Encinas

Entran corriendo al patio, con la mochila cargada de ganas y nervios, con los brazos abiertos para dar abrazos por doquier, después de todo un verano sin verse. Risas, juegos y alguna que otra lágrima. Suena el timbre. Empieza un nuevo curso. 

La educación formal que transcurre en la institución de la escuela tiene un fin ético, de manera que necesariamente nos convierte en mejores personas. O debería.

Rousseau,  filósofo y padre de la pedagogía moderna (leído por generaciones de maestras) plantea unos principios totalmente diferenciados para la educación de los niños y de las niñas: para Emilio el proceso educativo se basa en el respeto a su personalidad y en la experiencia, con el fin de convertirlo en un sujeto con criterios propios, libre y autónomo; la educación de Sofía, en cambio, debe hacer de ella un sujeto dependiente y débil, porque el destino de la mujer es servir al hombre.

Estas son las bases de la institución escolar, pero ¿dónde estamos actualmente?, ¿es la igualdad la asignatura pendiente de la educación?

En primer lugar tenemos la posición de las mujeres como profesionales de la enseñanza. Se trata de uno de los sectores sociales más feminizados y, sin embargo, sus posiciones en la estructura educativa suelen ser inferiores a las de los hombres. La proporción de profesoras disminuye a medida que aumenta la edad del alumnado  y el prestigio social de cada ciclo escolar. 

En segundo lugar tenemos que referirnos también al androcentrismo en la ciencia y sus efecto sobre la educación. El análisis de las características del saber transmitido en la enseñanza pone en evidencia la casi total inexistencia de referencias a las aportaciones que han hecho las mujeres. Así, se transmite una herencia cultural que excluye el sexo femenino de la historia y del saber en general y no muestra ejemplos de mujeres que hayan contribuido a mejorar las condiciones de la vida colectiva.

Con excepción de las santas y las reinas -y con matices- las niñas no encuentran referentes que les proporcionen un estímulo similar al de los niños.Así se transmite, además, una herencia cultural que excluye a las mujeres. 

Podríamos hablar también de la jerarquización androcéntrica de los saberes en el curriculum escolar o de la evaluación curricular y los prejuicios sobre las capacidades y aptitudes diferentes de niños y niñas, según las cuales a ellas se les da bien el lenguaje y a ellos las matemáticas; para ellas la danza, para ellos el fútbol. No existe nada más allá de ese prejuicio y, en cambio, sí es real el efecto que nuestras expectativas sobre los niños y niñas generan en los resultados que obtienen. Efecto Pigmalión en marcha. 

En tercer lugar tenemos que fijarnos en el androcentrismo en el lenguaje. No hay dudas: lo que no se nombra no existe. ¡Niños, podéis salir al recreo! 

En cuarto lugar están los libros de texto y las lecturas infantiles. Es cierto que ya no leemos aquello de «papá fuma pipa y mamá cocina», pero los estudios muestran que los libros de texto mantienen un grado muy alto de sexismo. Como ejemplo, en un análisis reciente de 36 libros de texto de enseñanza primaria, de 8.228 personajes que mostraban solo el 25,6 % eran mujeres. Y esto sin entrar a análisis más detallados como el protagonismo que ejercen, las tareas que desempeñan o el espacio en que se desenvuelven. 

Al hilo de esto, leí  hace poco esta afirmación de un miembro del sector editorial:: 

«Estamos hartos de que nos analicen los libros. ¿Nos van a poner a buscar cuántas mujeres aparecen en las fotos o cuántas científicas se mencionan? ¿Es culpa nuestra que haya más premios nobeles varones?»

Y finalmente es necesario referirse al currículo oculto. Más allá del curriculum oficial, la relación entre profesorado y alumnado transmite todo un conjunto de normas y pautas de comportamiento no explícitas que influyen sobre la auto valoración de niños y niñas. Eso es lo que se ha denominado el currículo oculto. Y en esta interacción ellas salen perdiendo.

Se han generalizado valores considerados exclusivamente masculinos. Aunque no se explicite, la competitividad, la agresividad, el deseo de destacar y la indiferencia ante los problemas de compañeras y compañeros son comportamientos valorados por el sistema educativo porque responden al tipo de persona que más valora el sistema productivo

Las niñas tienden a adoptar comportamientos de mayor adhesión a las normas establecidas porque su ruptura no les supone ventajas. Por consiguiente, tienden a ser más estudiosas y a conseguir mayores éxitos académicos. Pero, al mismo tiempo, la forma de socialización que han recibido tanto en la familia como en el sistema educativo actúa sobre ellas y las convence de su lugar secundario en la sociedad, de la normalidad de su papel subordinado y de la menor atención de que son objeto. 

La educación no puede hacer desaparecer las desigualdades, pero es una pieza clave para reducirlas; por eso tiene sentido cambiar las formas educativas para hacerlas más igualitarias. Hay que dejar atrás un modelo pedagógico dominante de carácter androcéntrico. Hay que facilitar el acceso de las niñas y jóvenes a profesiones que siguen siendo reductos masculinos y hay que reforzar su papel en el ámbito público. Es necesario, al mismo tiempo, introducir en el curriculum escolar y en las relaciones en el aula un conjunto de saberes que han estado ausentes y, a la vez, valorar actitudes y capacidades que han estado devaluadas hasta ahora.

Y ahora la gran lección: si el machismo se aprende, la igualdad también.  

 

Ya lo dice la canción de Mavis Staples…

23/07/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Nerea Kortabitarte (@nerekorta)
Periodista de profesión y madre a jornada completa de dos feministas en potencia. Me apasionan la comunicación y la cultura. Y tengo la enorme suerte de dedicarme a ello profesionalmente desde hace veinte años. He trabajado tanto en el sector privado (Fnac, Telecinco, Cadena SER, Irusoin) como en el público (Donostia Kultura, Plan Estratégico) para diferentes proyectos culturales. En otoño publicaré mi primer cuento infantil sobre estereotipos de género e igualdad, “Juliette, chica valiente”.


«Las mujeres lideran el Primavera Sound» éste es el titular de la noticia destacada en la sección de cultura de un periódico de tirada nacional. La organización del Festival en Barcelona ha presentado este año un programa regido por la paridad. El resultado no sólo no ha mermado un ápice la calidad de las propuestas si no que además arroja titulares como éste por su mero valor artístico. Ya era hora, dicen muchos. Nunca es tarde, pienso yo. Más cerca, el Heineken Jazzaldia presenta una edición donde resalta el talento femenino. Grandes voces femeninas como la mítica Joan Báez, Diana Krall, Silvia Pérez Cruz, Martirio, María Schneider o Zahara entre numerosos nombres masculinos. La buena noticia es que aunque sigan siendo minoría las mujeres, los programadores son ya muy conscientes de que la sociedad reclama una mayor igualdad en todas las esferas de la vida pública. Ya no hay marcha atrás… en el mundo de la cultura, como en la sociedad, se reclama esa visibilidad.

Cuenta Cande Sánchez, profesora de Semiótica e Industrias Creativas en la Universidad de Alicante, que Madonna es la única mujer comparable en cifras, según la revista inglesa Official Charts, a Michael Jackson, Elvis Presley, The Beatles, The Rolling Stones, David Bowie, Bruce Springsteen y U2. Prepara una parte del curso de verano Rock and Roll Business. El Negocio de la Música Contemporánea en la Rafael Altamira. Ella, la única ponente femenina, aprovechará para disertar sobre la evolución de la mujer en la música popular, de grupies a sujetos activos que conquistan los escenarios y otros trabajos de la industria. Para reflejar la desigualdad existente por cuestión de género explicará cómo cada artista ha tenido que luchar por una o varias de estas cuestiones, con ejemplos que a todos nos resultarán familiares: sentimiento de culpa y Chrissie Hynde, síndrome de la impostora y Lady Gaga, acoso laboral y Bjork, violencia de género y Tina Turner, renegar del feminismo y Patti Smith… Una buena sesión de feminismo en la industria de la música, que falta hace.

En una entrevista reciente Anna Villarroya, profesora de Economía de la Cultura y Políticas Culturales y colaboradora del Observatorio Social de “La Caixa”, decía que las aulas están llenas de estudiantes mujeres en materias relacionadas con la cultura y, sin embargo, al llegar al mercado laboral una buena parte de ellas desaparece. Los motivos son varios, problemas de conciliación que se agravan si trabajas de noche o los fines de semana dando conciertos, estereotipos sociales y sesgos de género inconscientes que hacen que las mujeres reciban menos reconocimientos. Y ésta es una realidad que vemos a diario los que nos dedicamos a la programación y comunicación cultural, muchísimos grupos de música con todos sus miembros formados por hombres, algunos de ellos con mujeres sólo al mando de las voces y pocos en su totalidad formados por ellas y concursos de DJ,s, por poner un ejemplo, donde la presencia femenina es residual.

¡Y qué decir del mundo de la literatura! Según datos del Ministerio de Cultura, de los 55.501 libros registrados en 2018, solo el 32% fueron de autoría femenina. Por primera vez se ofrece información acerca del sexo de los autores de las obras registradas en el ISBN y se ha constatado un panorama de desigualdad sobre la mesa en prácticamente todos los apartados culturales. Hace dos meses se celebró en México una nueva edición de la Bienal Vargas Llosa con una proporción de tres mujeres ponentes frente a trece hombres y una mujer miembro del jurado frente a cuatro hombres. La respuesta a un manifiesto de decenas de autoras y autores, editores y agentes de ambas orillas contra el “machismo literario” en el Festival ha sido que se ha seguido el criterio de la “calidad literaria”. Invisibles y peor aún, ninguneadas. La escasez de mujeres no es cuestión, claro está, de calidad sino de mirada. Porque la literatura de calidad está llena de mujeres. Y quien quiere mirar, encuentra.

Con este escenario de cambio lento pero cambio al fin y al cabo, lanzo dos propuestas. La primera y más importante, un llamamiento a las mujeres con talento creativo del mundo en general y de la escena local en particular. Ya está bien de renunciar y de permanecer en un segundo plano. Pasemos a la acción. Saquemos las melodías y los escritos guardados en un cajón, los proyectos de cine de la juventud y seamos valientes. A publicar discos y libros, a crear, a dirigir proyectos culturales, a estrenar películas y a dar el paso firme de formar parte de la escena cultural. Ya lo dijo Ana María Matute “El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad”.

Y en segundo lugar, ahora que vamos a poder dedicar un poco más de tiempo a lecturas olvidadas, conciertos a la luz de la luna y cine en la calle, consumamos cultura creada por mujeres. Y por hombres también. No es algo excluyente, sino un sano ejercicio de coherencia. Que buena parte de los libros que leamos sean escritos por mujeres, que vayamos a conciertos de grandes músicas y que sigamos de cerca los últimos films de directoras, productoras y actrices. Es la única manera de visibilizar y la mejor forma de darles su justo espacio y merecido reconocimiento.

Yo ya tengo mi selección en la maleta de viaje: “Poemas” de Emily Dickinson, “Entre escamas” de Leire Bilbao, “Los aires difíciles” de Almudena Grandes “Eason” de Izaro, “We get by” de Mavis Staples y estrenan película este verano de Marina Seresesky y Valeria Bruni Tedeschi.

Ya lo saben… seamos, si es necesario, incómodas. Feliz verano.

“We shall not be moved” Mavis Staples

Ponte en mi lugar

16/07/2019 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta

Hace unos días conocí una campaña de concienciación contra el acoso callejero que me llamó especialmente la atención. Una pieza de vídeo de dos minutos y medio trata de poner a los hombres en el lugar de las mujeres en situaciones de acoso. “Al revés tú también te asustarías” —es el titular de la iniciativa y una forma de decir ‘ponte en mi lugar’— expone a algunos hombres a situaciones que pueden hacerles sentir miedo o, por lo menos, bastante incómodos. Vamos a verlo:

 

No es la primera vez que me encuentro con un ejercicio de simetría como éste llevado a formato vídeo. No me llama la atención que todavía algunos hombres piensen que interpelar a una mujer por la calle va de buen rollo y que debiéramos sentirnos halagadas con un “¡Oye niña! ¡Vaya vestido bonito que llevas! Ven acá para el portal y me lo enseñas…”. Lo que me ha llamado la atención es el estado de shock en el que se quedan los protagonistas tras pasar por un acoso callejero. Es decir, hasta entonces, empatía cero.

Así, con el estómago encogido, me he puesto a pensar en situaciones que habitualmente intimidan, que producen miedo y ansiedad y que nos hacen vivir en alerta. Sí, en alerta, una sirena silenciosa que señala que hay que extremar precauciones o incrementar la vigilancia. No es paranoia, es experiencia, la mía y la de mis compañeras. Es por eso que:

  1. Cuando llego a casa, saco las llaves y miro hacia atrás por si alguien me sigue.
  2. Cuando entro al portal me aseguro de que la puerta esté bien cerrada.
  3. Cuando entro en el garaje miro hacia los lados por si hubiera alguien agazapado.
  4. Evito los aparcamientos subterráneos en la ciudad si voy sola.
  5. Me pongo tensa si tengo que entrar en un ascensor a solas con un señor desconocido en un lugar desconocido.
  6. Si tengo una cena prefiero no tomar ni un triste vino para volver a casa en coche y no tener que transitar sola por la calle y organizarme «como quien se prepara para el desembarco de Normandía, estudiando posibles vías de ataque y alternativas para la huida», como decía Pilar Kaltzada en “Se llamaba Manuel”.
  7. Me asusto cuando escucho pasos muy cerca y miro hacia atrás para comprobar si la persona que tengo a mi espalda es un hombre o una mujer. Disimulo con el móvil, doblo la esquina y acelero el paso si se trata de un hombre.
  8. Tanteo, por intuición, las intenciones de un tipo con quien te cruzas y te mira con baboso descaro o se atreve a ‘berborrear’, es decir, a verbalizar improperios de esos que creen que nos agradan.
  9. Me alegro cuando escucho que durante el verano algunos municipios ofrecen servicio de acompañamiento a jóvenes para tomar el metro. ¡Dios! ¡Qué locura! ¡Esto no!
  10. Me horroriza pensar que muchas niñas que acuden a festejos, con todas las ganas de pasarlo bien, estén expuestas a abusos, violaciones o violaciones en grupo.
  11. Me crispa tener la certeza de que mañana, o pasado mañana, otra mujer volverá a ser asesinada por su pareja.

fearPodría seguir y seguir sumando a esta lista casos de violencias que sufrimos las mujeres. Vivimos en un mundo dominado por hombres y la violencia es una de las múltiples formas en que mantenemos la desigualdad. Nos hemos acostumbrado a convivir con el conflicto y, de alguna manera, a normalizarlo.

Cada vez que presencio conversaciones entre mujeres sobre acoso, todas ellas, absolutamente todas, cuentan en su haber con pasajes de violencia machista. ¿Habéis hecho la prueba? Eso sin contar a las muchas que callan por vergüenza, porque todavía, hoy en día, sufrir este tipo de violencia desacredita a la víctima o la debilita. Vivimos en silencio, “te lo cuento a ti pero, por favor, que no salga de aquí”. ¿Cuántas mujeres? ¿Cuántas veces? ¿Cuántas violaciones y asesinatos más necesitamos para poner fin a este genocidio?

Más de 1.000 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en los últimos años. Es una ignominia. Sin paliativos. No hay excusas. Son muertes anunciadas, asesinatos con premeditación, con meses o años de violencia psicológica o física previa. Como decía «The Economist» hace unos años, «cada periodo de dos a cuatro años, el mundo aparta la vista de un recuento de víctimas equiparable al Holocausto de Hitler».

Y no hace falta llegar hasta el desenlace fatal: que te golpeen, es violencia; que te violen, es violencia —cada 5 horas una mujer denuncia una violación—; que te insulten y menosprecien, es violencia; que te obliguen a casarte, es violencia; que te intimiden, es violencia; que te ‘berborreen’ por la calle, también es violencia. Ya lo apuntaba Noemí Pastor en su artículo “Bonitos pantalones”: “El piropo pone de manifiesto una situación de privilegio del hombre sobre la mujer: un hombre puede decir lo que quiera sobre ella, con total impunidad y anonimato, en un momento, además —y esto se cumple siempre— en el que ella carece de compañía masculina, con posibilidades mínimas de ser interpelado. Porque para muchas mujeres contestar a una imprecación así es una audacia peligrosa”.

Señores, pónganse en nuestro lugar. Los ejercicios de simetría funcionan bien para explicar aquello que no resulta fácil hacer entender. Un poquito de empatía, por favor. No podemos, ni queremos, ni tenemos por qué vivir la hostilidad con naturalidad; tampoco la intelectual. Háganselo mirar.

Liderando con valores

09/07/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Patricia Rodríguez Barrios. Nací en San Sebastián, en el año del Mundial de naranjito. Soy la única directora general de un club de fútbol de La Liga. El deporte ahora es mi modo de vida, pero en todo momento ha sido mi chaleco salvavidas para mantenerme a flote mentalmente y como herramienta de constancia y superación. Y esto ha contribuido a ser mentalmente fuerte y a tratar de lograr lo que me propongo. Por eso, estoy firmemente convencida de que nuestra sociedad va a lograr evolucionar hacia la igualdad de oportunidades sin discriminación de género y por mi parte seguiré trabajando desde mi posición para dar la máxima visibilidad al feminismo y un día lograr no ser la única.

“Vamos guapa pásame la tarea”. Ese fue el mensaje que me envió un compañero que jerárquicamente dependía de mí. En ese momento no supe qué contestar, sentí mucha rabia, pero no quería mostrarla. Si una mujer reacciona con vehemencia a ese comentario, generalmente luego tiene que soportar que le afeen la conducta con el famoso: “¡Cómo te pones, era una broma!”. Siempre tememos que nuestro enfado se achaque a una “típica rabieta de mujer”. Conocemos bien los estereotipos que sobre nosotras manejan, pero no sabemos, muchas veces cómo contestar. Nos pilla de sopetón. En ese momento me callé. La última imagen que yo deseaba proyectar era esa. Mi objetivo, entonces, ser uno más.

¿Conseguimos eso? Yo creo que en muchas ocasiones lo he conseguido. He tenido que demostrar mis conocimientos y preparación un 200% más que cualquiera de ellos. Entonces sí he sido uno más. Las mujeres nos sentimos intrusas porque nos consideran intrusas. En cada acto en el que participamos mujeres como expertas, fijaos, siempre hacemos referencia a la sorpresa que nos produce haber sido invitadas, y no es falsa modestia. Tenemos marcado a fuego que la mujer tiene que valer y merecer estar en puestos de poder, un poder ejercido de manera y modo masculino que constantemente nos recuerda que somos la excepción. Y como en otros problemas estructurales, la excepción confirma su regla: si yo estoy dentro es porque lo merezco, porque otras no se esfuerzan lo suficiente, porque las mujeres no quieren, porque la que quiere llega que ya hay igualdad.

Según datos facilitados por la organización Women in Business, en la Unión Europea solo el 26% de los puestos directivos están ocupados por mujeres y el 36% de las empresas no tienen mujeres en la alta dirección. En este mismo estudio se concluye que, mientras que la mayoría de las mujeres se consideran igual de capaces que sus compañeros, la mayoría de los hombres se consideran más capaces que sus compañeras. En general a los niños se les enseña a ser valientes y a las niñas a ser prudentes.

No fue este mi caso. Mi padre siempre ha creído que me habían dado una educación machista, sin embargo él ha sido la persona que más se ha esforzado por inculcarme los valores del feminismo y de dejarme clarísimo que tenía que ser independiente, ser ambiciosa y luchar por conseguir mis sueños y por alcanzar las metas que me había fijado con trabajo, mucho trabajo, sin pensar nunca en estereotipos ni en el papel estándar que una sociedad machista como la nuestra, tuviese preparado para mí. Sociedad machista hasta ahora porque es el momento de cambiar y de educar en igualdad de oportunidades.

Dudo mucho que mis padres hubiesen educado diferente a un hijo de lo que han educado a su hija. Libertad para decidir siendo fiel a mí misma, sin influir ni inculcar estándares o prototipos de vida, respetando decisiones, y siempre en la retaguardia esperando para celebrar o consolar.

Pero al igual que nuestra sociedad ha cambiado en estos dos últimos años, yo también lo he hecho. la primera respuesta a esta sensación de intrusa, por lo general, y como yo hice, fue el individualismo: trabajar más, esforzarse el doble que tus compañeros, estar demostrando a diario que vales, generalmente, más que ellos. A muchas mujeres les incomoda organizarse y llamarse a sí misma feminista. A mi no. Empecé a preguntarme por qué siempre esta sociedad nos empuja a hacer algo a las mujeres: denuncia, di no es no, protégete, no te rindas, pelea, se mejor, trabaja más, ten paciencia… Sin embargo, al hombre no se le dice que no tiene ninguna superioridad social, ni moral, ni intelectual, ni ningún derecho biológico, político o cultural sobre las mujeres, que no es más listo, ni más inteligente, ni debe aprovecharse de lo injusto de esta situación. Y desde ese convencimiento feminista empecé a cambiar. Y estoy contenta de haber evolucionado. De empezar a demostrar mi parte más humana que guardaba para la más estricta intimidad, por aquello de no parecer sensible como una mujer. Y me está dando muchas alegrías porque recibo lo que muestro.

He aprendido a pedir ayuda, a reconocer que no puedo sola con todo y que, aunque pueda, no debo hacerlo porque, además de dejarme agotada, me aleja de los que quiero. Porque nos gusta ayudar y sentirnos útiles, necesitamos el sentimiento de pertenencia a otras vidas. Ser influencers de los que nos quieren y queremos. Y, estoy convencida, además, de que las superwoman están pasadas de moda.

Decidí empezar a liderar, a trabajar en equipo, a tomar mis decisiones como lo que soy. Ejerzo un feminismo militante, en mis decisiones más graves y más livianas. El feminismo es igualdad y libertad. Dirijo como quiero, siempre con las personas y los principios en el centro, no con estereotipos, sin prejuicios de género, sin sentirme intrusa porque no tengo que preocuparme de demostrar que ese es mi sitio. Lo es, el mío y el de tantas otras. Ahí precisamente radica en cómo ejerzo el feminismo, en la libertad de decisión ante la igualdad de oportunidades Y como el hábito no hace al monje, no soy menos feminista por llevar tacones ni más femenina por llevarlos. Llevo lo que quiero y cuando quiero porque es mi forma de ser creativa. Unos dibujan, otros fotografían y yo me visto.

La brecha de confianza

02/07/2019 en Doce Miradas por Lorena Fernández

En la vida siempre tienes faros que te guían y te aportan experiencia, sobre todo cuando eres joven y las emociones te mueven más que la razón. Mi abuelo fue uno de esos faros. Una persona sin estudios reglados pero con una sabiduría inmensa. Me dio muchos consejos, pero hay uno que jamás olvido: siempre me repetía que no hay tarea más difícil en esta vida que llevarse bien con una misma. Esa frase se me quedó grabada a fuego y no dejaba de recordarme que uno de los enemigos al que nos enfrentamos diariamente somos nosotras mismas. Le podemos poner otro nombre: confianza. Ella nos aupará en muchas ocasiones y su falta también nos frenará a la hora de intentar abrir puertas o ver sombras alargadas donde no las hay. Porque como dice el proverbio chino, cuando el miedo llamó a la puerta y la confianza abrió… afuera no había nadie.

Así que no es de extrañar que a las mujeres nos haya sido robado y erosionado ese bien tan preciado a lo largo del tiempo. Y si ponemos el foco en la ciencia y la tecnología, se evidencia aún más. Siempre que hablamos de la falta de presencia femenina en ese ámbito, lo ilustramos con una tubería con muchos agujeros por donde vamos goteando, hasta que llegada la etapa profesional, nos hemos evaporado del todo. Y uno de esos agujeros que está presente en todas las etapas vitales es precisamente la confianza.

Empecemos por la infancia: en una investigación publicada en 2017 en la revista Science, se preguntaba a niños y niñas si, cuando se les hablaba de una persona especialmente inteligente, creían que era de su género o del contrario. Cuando tenían cinco años, no se observaban diferencias: los niños escogían hombres y las niñas escogían mujeres en un 75% de las veces. Sin embargo, a partir de los seis, mientras que los niños seguían escogiendo hombres como «muy, muy listos» en un 65% de las veces, las niñas solo seleccionaron su propio género en un 48% de las ocasiones. De hecho, Christia Spears Brown, profesora de psicología y autora del libro Crianza más allá del rosa o el azul, declaró para BBC que estos resultados encajan con investigaciones anteriores que encontraron que familias y profesorado tienden a atribuir las buenas notas en el colegio al esfuerzo de las niñas pero a la habilidad natural en el caso de los niños. Así que primer gancho de derecha directo a la confianza.

Seguimos avanzando y llegamos a los 15 años, momento en el que hacen la prueba PISA. Según los datos del informe de 2015, las niñas se creen menos capaces que los niños a la hora de alcanzar objetivos que requieran habilidades científicas. Es lo que se denomina como autoeficacia en ciencias: confianza en la propia capacidad para lograr los resultados pretendidos. Según la OCDE, las alumnas tienden a sufrir un mayor sentimiento de ansiedad con las matemáticas, incluso las que tienen mejor rendimiento académico. Tanto es así, que un estudio demostró que si pones un examen de matemáticas idéntico a estudiantes de unos 12 años, uno bajo el encabezado “Geometría” y otro bajo el nombre “Dibujo”, ellas obtenían mejores calificaciones en el de “Dibujo” (repito que el examen era exactamente igual, solo cambiaba el título).

A esto se le suma el efecto Pigmalión o la profecía autocumplida. Este efecto se refiere a que las expectativas que tenemos sobre el rendimiento de una persona incitan a actuar a esa persona conforme a dichas expectativas. Es decir, las esperanzas que tengan docentes, familiares y la sociedad en general inciden en el desempeño de nuestras niñas. Por ejemplo, si tengo un docente que piensa que voy a obtener muy buenas calificaciones, esto elevará mi autoestima y me incitará a trabajar para conseguir los resultados que se esperan de mí. Pero lo mismo sucede en sentido inverso: efecto Pigmalión negativo, también conocido como el efecto Golem, que hace que la autoestima disminuya. Si en la sociedad decimos que a las niñas no se les van a dar bien las matemáticas, se produce un bloqueo en ellas.

En la universidad la cosa no cambia. En 2003, se hizo un estudio para ver el impacto de la percepción de las mujeres sobre su propia capacidad. Dieron a estudiantes masculinos y femeninos un cuestionario sobre el razonamiento científico. Antes de la prueba, los estudiantes calificaron sus propias habilidades científicas. Las mujeres se calificaron a sí mismas más negativamente que los hombres en cuanto a su capacidad científica: en una escala de 1 a 10, las mujeres se pusieron un promedio de 6.5, y los hombres un 7.6. Cuando se trató de evaluar cómo habían respondido las preguntas, las mujeres pensaban que habían acertado 5.8 de cada 10 preguntas; los hombres, 7.1. ¿Y cuál fue el resultado real? Su promedio fue casi el mismo: las mujeres obtuvieron 7,5 de cada 10 y los hombres 7,9. Es decir, ellas subestiman su rendimiento porque piensan que su capacidad de razonamiento científico es menor.

Y cuando llegamos a etapa profesional, el agujero persiste (no solo por el síndrome de la impostora, del que ya hablé en este blog anteriormente). Un análisis que hizo la empresa tecnológica Hewlett-Packard mostró que las mujeres solicitaban una promoción interna solo cuando creían que cumplían con el 100% de las condiciones enumeradas para el puesto. Los hombres se postulaban con un 60%. En cuestión de salarios, nos pasa lo mismo. Según un estudio realizado por Linda Babcock, profesora de Carnegie Mellon University, los hombres negocian cuatro veces más que las mujeres y cuando ellas lo hacen, piden un 30% menos.

Obviamente, la confianza (o su ausencia) no es el único obstáculo al que nos enfrentamos (o siguiendo el símil de la tubería, el único agujero porque el que nos perdemos), pero mi abuelo también me enseñó a ser posibilista y cambiar lo que está en mi mano (sin dejar por ello de luchar contra lo que no está en mi mano). Así que toca trabajar para restaurar ese puente en nuestras niñas, jóvenes y nosotras mismas. Como diría Helen Keller: “No soy la única, pero aún así soy alguien. No puedo hacer todo, pero aún así puedo hacer algo; y justo porque no lo puedo hacer todo, no renunciaré a hacer lo que sí puedo”.

“¡Científica tenías que ser!”

25/06/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

(A) Ángela Bernardo (León, 1988). Soy licenciada en Biotecnología y trabajo como redactora en Civio, una organización sin ánimo de lucro que lleva a cabo investigaciones periodísticas en diversos ámbitos, incluida la salud. Además, realizo la tesis doctoral a tiempo parcial en Bioderecho y Bioética. Estudio las implicaciones de la edición genómica y su relación con la libertad de investigación.

(G) Guillermo Lazcoz (Vitoria-Gasteiz, 1991). Licenciado en leyes. Mi interés por la bioética me hizo volver a la universidad. Ahora desarrollo una tesis sobre las decisiones algorítmicas aplicadas al campo de la salud, eso que los gurús de la autoexplotación llamaban BigData y ahora pronuncian InteligenciaArtificial. Trato de mantener una línea paralela de investigación sobre prácticas de maternidad subrogada.


 A continuación, nuestra conversación:

(G) Desde la creación en 1915 de la Residencia de Señoritas, dirigida por la ilustre vitoriana María de Maeztu, para fomentar el acceso de las mujeres a la enseñanza superior, la universidad ha cambiado radicalmente, a mejor. Es más, desde 1985 y hasta la fecha, las mujeres son mayoría entre el alumnado universitario. Y, sin embargo, hemos constatado que hoy tan solo representan el 14% del rectorado que dirige nuestras universidades o el 20,8% del profesorado catedrático, ¿quién expulsa a las mujeres del poder en la universidad?

(A) Los datos nos dicen que, a medida que pasan los años y a mayor escala profesional, la representación femenina se reduce gradualmente. Según los últimos estudios oficiales, hoy en día el porcentaje de mujeres menores de 30 años asciende al 60,5% en la universidad pública. Sin embargo, la tasa baja hasta el 26,4% si hablamos del personal docente e investigador mayor de 60 años. Pero ojo, la reducción no se produce solo en la universidad, sino que en los organismos públicos de investigación, como el CSIC o el Instituto de Salud Carlos III, la proporción de mujeres en los escalafones más altos es solo del 25%. Esta disminución ocurre de forma progresiva y da lugar al llamado “gráfico de tijera”, que muestra el injustificado drenaje de mujeres a lo largo de su carrera investigadora o universitaria, como se observa en las siguientes imágenes.

 

(G) Y, sin embargo, la academia guarda una perfecta apariencia de pureza. Es más, no son pocos los estudios que llegan a la conclusión de que la situación general es de neutralidad de género. En Derecho a esto lo llamamos la igualdad formal ante la Ley (artículo 14 de la Constitución), la Ley es igual para todos, luego el problema debe ser otro. Y bajo toda esa normalidad, los Nobel y la mayoría de premios científicos, siguen recayendo en vitrinas de hombres de forma abrumadora. ¿El efecto Matilda?

 

(A)  No existe un factor único que explique la desigualdad en investigación. Para progresar en la carrera científica, por ejemplo, es importante publicar y que otros colegas citen tus trabajos. Curiosamente, hay ciertas evidencias que apuntan a que los artículos publicados por mujeres se citan menos, como se ha mostrado en áreas como las Ciencias Políticas y la Astronomía. Una posible explicación es el fenómeno de la autocita, que parece ser más habitual en hombres. También suele haber menos mujeres en la organización de eventos académicos, pero cuando los organizan ellas, aumenta la cifra de científicas como ponentes; que, por cierto, son más proclives a rechazar ser conferenciantes en un congreso. ¿Puede haber cargas familiares detrás que lo expliquen? ¿O tal vez sea el famoso síndrome del impostor?

(G) Es interesante ver, desde un acercamiento nada científico, cómo el “gráfico de tijera” empieza a recortar de forma significativa la presencia de las mujeres en la carrera científica a partir de los 30 años. Intuitivamente todo esto me lleva a las investigaciones de la catedrática Sara de la Rica sobre la brecha salarial; señala que dicha brecha comienza precisamente a partir de los 30 años, cuando las mujeres deciden ser madres.

(A) Sí, no solo sucede en ciencia, claro, pero las peculiaridades de la profesión penalizan a las investigadoras. De hecho, hace unos meses lo denunciaron con la campaña #OCientíficaOMadre, ¿la recuerdas? Si bien es cierto que hubo algunos cambios legislativos, haber sido madre recientemente te impide acceder todavía hoy, por ejemplo, a uno de los contratos de investigación más prestigiosos en España, los Ramón y Cajal. Hablando de iniciativas, en 2018 se importó a España el manifiesto @No_Sin_Mujeres, por el que académicos de ciencias sociales se comprometen públicamente a no participar en ningún evento académico de más de dos ponentes donde no haya al menos una mujer en calidad de experta.

(G) Efectivamente, y lo firmé con cierto entusiasmo, pero sigo viendo demasiadas mesas que cojean de la misma pata, creo que necesitamos ir mucho más allá; no sería complicado demandar que publicásemos datos sobre el impacto de género que tienen nuestras carreras investigadoras, quiero decir, ¿cómo citamos? ¿a quién contratamos o promocionamos? ¿quiénes participan en los eventos académicos que organizamos? Todo es ponerse, ¿alguno se anima?

(A) Volviendo a la carrera de obstáculos… La carrera científica es particularmente precaria en España.

(G) Sí, nos llenamos de emoción con la llegada del Ministro astronauta, pero nos encontramos, una vez más, con agua de borrajas. Temporalidad y salarios por los suelos no parecen la mejor fórmula para retener el talento de quien asume (por imperativo cultural) de forma mayoritaria el trabajo reproductivo y de cuidados en nuestra sociedad.

(A) Es curioso, porque también existen barreras a la hora de pensar qué quieres llegar a ser. Pero no ocurre solo en la edad adulta, sino desde la infancia. Por ejemplo, la iniciativa “Dibuja un científico” nos enseñó cómo los estereotipos culturales, también aquellos relacionados con la investigación, se aprenden con la edad. Para evitarlo necesitamos educación, sí, pero también visibilidad. Mostrar que hay mujeres que han llegado a la investigación y han desarrollado carreras extraordinarias. En otras palabras, que el papel de las científicas no se reduzca solo a las brillantes Marie Curie y a Rosalind Franklin.

(G) Y enterrar la sinrazón patriarcal.

(A) Porque como decía Emily Dickinson, “ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie”. Pero para ponernos de pie, tenemos que poner patas arriba la investigación en términos de género, literalmente.

(G) Amén.

Perdonen el desorden

18/06/2019 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

La mudanza es una experiencia transformadora. En el momento, tiene la capacidad de sacar de mí lo peor que llevo dentro: me impaciento, me desespero, me angustio, me pongo triste, me arrepiento, me quejo… Es una situación que te deja la vida desordenada durante una temporada: nunca he vivido un traslado sin tensión, y llevo unos cuantos sobre la espalda.

Y es que, con el paso del tiempo, las cosas de una (sus pertenencias, sus dudas y sus certezas) se van acomodando al lugar en el que residen y, gracias a ello todo resulta más eficiente. Lo mismo encuentras a la primera la ropa que te quieres poner por la mañana, que siempre tiene a mano ideas preconcebidas sobre la mayoría de las cosas, que te simplifican mucho el ejercicio de descarte tan necesario para sobrevivir. Puedes prepararte un café con los ojos cerrados, como puedes abandonar rápidamente lecturas, músicas o personas que, por experiencia acumulada, sabes que no deben tener acceso a tu vida. Las rutinas tienen mala fama, pero me resultaría muy difícil salir al mundo cada día empezando de cero.

Todo este orden (que responde a cada persona y es, por lo tanto, de naturaleza variable) salta por los aires cuando te mudas. La vida me ha ensañado que, aunque hay excepciones, se cambia por necesidad y no por gusto. La comodidad, la pereza y la complacencia tienden a ser conservadoras, a empujarte (suavemente) a que dejes las cosas como están. Intuyo que es por eso que somos las mujeres quienes estamos a la cabeza de esta mudanza masiva a la que hoy quiero referirme: porque somos mayoritariamente nosotras quienes ya no estamos cómodas en una casa que no se adapta a nuestras necesidades. (¡Ah!, y porque queremos).

Hablo de un traslado colectivo y de grandes dimensiones. Se ve en la calle, en las conversaciones, en las agendas políticas. Es como si, de repente en algunos casos y de forma gradual en otros, estuviese produciéndose una mudanza masiva desde certezas asentadas hacia un nuevo territorio todavía por descubrir. Es ahí donde todas las cajas que nos ha dejado el camión a las puertas tendrán que encontrar su lugar.

Cambio de posiciones. Si pica, sana

Algunos hombres intuyen que en este traslado les va a tocar una habitación más pequeña. Se revuelven, porque cuando miden los nuevos metros cuadrados comprueban con disgusto que no les caben todas las cosas que traían consigo, “sus cosas”. Está gráficamente expresado en este vídeo. (El humor es un arma cargada de futuro, como recordaba María Puente hace unas semanas).
Los privilegios se construyen centímetro a centímetro y a partir de las certezas. A quienes han sido educados formal e informalmente para tenerlo todo a su disposición, el cambio no les sale a cuenta. Me hago cargo.

Hay dos noticias sobre esto: una mala y otra buena.
Para ellos, la mala es que el cambio es inevitable: por mucho que lo llamen imposición, revanchismo o mala leche, es un movimiento de corrección de desigualdades seculares. De paso, es más que posible que el feminismo ayude a enderezar otras muchas ineficacias que venimos arrastrando, porque está trayendo al debate cuestiones (la economía de los cuidados, la sostenibilidad de la vida, el buen trato…) con las que podemos hacer frente a los problemas acuciantes que nos sacuden cada día. Dice Nancy Fraser que estamos ayudando a superar la crisis del capitalismo; una bola extra que no se esperaba nadie, ¿verdad?.

Y la buena noticia, que la hay, es que, queridos nuestros, terminarán ustedes por acostumbrarse. Créannos: se lo decimos por experiencia. Las mujeres llevamos siglos acostumbradas a ocupar mucho menos espacio del que nos corresponde. Históricamente se nos ha pagado menos, se nos ha visto menos, y se nos ha escuchado menos, como contaba hace poco Ana Erostarbe aquí. No aspiramos a que ustedes cobren menos, no se les vea o no se les oiga; simplemente, la sociedad está corrigiendo las desigualdades para que podamos compartirlo todo, derechos, obligaciones, espacios y tiempos. Piensen que más pronto que tarde las estrecheces que ahora temen serán tan normales como las limitaciones que hasta ahora la otra mitad de la Humanidad ha padecido.

Renunciar es siempre doloroso, cierto. Los cambios son como las cicatrices: si pican, es que algo está sanando.

Muchas mujeres también estamos descolocadas. Sabemos que esta transformación es profunda e imparable, que está aquí para remover los cimientos y, por lo tanto, ninguna podrá quedarse en el exacto lugar en el que ahora está.

Muchas mujeres antes que nosotras se enfrentaron a este desorden. Aprendieron a aprender sobre ellas mismas y sobre la sociedad en la que vivían, a identificar los cambios esenciales y a trabajar juntas por hacer que fuesen posibles. Esta casa de la que ahora nos mudamos, con todos sus defectos, la han construido también grandes mujeres, a las que debemos agradecérselo.

Si nos diesen un euro cada vez que a cualquiera de nosotras nos preguntan qué quieren en realidad las mujeres, seríamos inmensamente ricas. No tenemos las respuestas, yo al menos no las tengo, porque voy descubriendo nuevas preguntas a cada paso que doy, y me doy cuenta de que la construcción es lenta, a veces demasiado lenta y dolorosa.

El día en que Suecia pasó de conducir por la izquierda a la circulación por la derecha. Cambiar no es fácil.

Una parte de mi desconcierto en este traslado me llega por esa supuesta omnisciencia que nos avala a las mujeres por el mero hecho de serlo, que implícitamente nos señala como sabias y empoderadas, feministas y listas, conscientes, estudiosas de la materia; y asertivas, además. Es como si además de ser pájaros tuviésemos que ser ornitólogas.
Ante la pregunta, muy recurrente, de “¿qué tenemos que hacer los hombres?” yo no tengo respuesta en la mayoría de las ocasiones. “No sé”, respondo, “improvisemos”. Las miradas de desaprobación o los comentarios del tipo, “ajá, no lo sabes, vaya feminista de pacotilla” indican que, una vez más, se nos supone abnegadamente dispuestas a solucionar la papeleta, a velar por la paz, a  poner orden en el caos de casa común de la convivencia en igualdad.

Por eso, voy avisando: perdonen el desorden, señoras y señores, pero una mudanza es caótica, y hay muchas cosas que ir solucionado y decidiendo. Cambiar no es fácil para nadie, y en efecto, toca improvisar. Y es que, además, los últimos inquilinos dejaron la cosa y la casa bastante revueltas.

Es un trabajo común, y más vale que vayamos haciendo, todas y todos, nuestra parte.

Qué hacer durante la mudanza. Algunas pistas…

  • A los hombres que se sienten descolocados porque ahora no saben si cuando salen a ligar son ofensivos, por favor, háganselo mirar, y hasta que no lo resuelvan, absténganse, porque son ustedes un peligro.
  • A las mujeres que no saben si depilarse las ingles es claudicar ante el patriarcado, relájense, y hagan lo que consideren oportuno, que esto también va de crearse el mundo a su medida, en la que caben los deseos propios, las contradicciones y los “no sabe / no contesta”.
  • A los medios de comunicación que se quejan porque “no hay mujeres que quieran hablar sobre aeronáutica”, hagan su trabajo correctamente. Las hay y con una voz alta y autorizada y si todavía no están en la palestra pública no es por falta de méritos. Su tarea, recuérdenlo, es contar lo que pasa y las mujeres forman parte de eso que ocurre, aunque no quieran verlas. Búsquenlas.
  • A las jóvenes que no saben si deben escuchar reguetón porque las letras son abominables, busquen artistas que escriban y se expresen de otra forma, y no renuncien a bailar lo que quieran, como quieran, con quien quieran, donde quieran y cuando quieran. De hecho, no renuncien a nada.
  • A los jóvenes a los que les preocupa que sus chicas (sic) anden por ahí por la noche, preocúpense más de los chicos que andan por ahí. No controlen a la víctimas: den un paso al frente contra los agresores.
  • Para la clase política que embadurna de podredumbre nuestro espacio público, cuestionando nuestros derechos, atacando nuestras libertades y buscándonos la boca para ganar unos pocos votos, solo desprecio. (Y en la minúscula parte que a mí me corresponde, ni un voto).
  • Y a las y los políticos que pueden y quieren urbanizar de otra forma los alrededores de la nueva casa, pasen y remánguense, que aquí hay tarea de sobra. Las políticas públicas son fundamentales para ordenar el tráfico y las estancias, y las necesitamos, más que nunca, en todos los ámbitos.

Y, por último, aunque no por ello en último lugar, un mensaje para las mujeres que no tienen nada, para las olvidadas siempre, para las que la vida no cambia en absoluto porque otras lleguen al Ibex 35; para las que creen que en esta nueva casa no habrá espacio para ellas: si no cabemos todas, no habrá servido de nada.

Mientras estamos en casa ajena, ninguna tiene nada, todas somos las “nadie”. Y por eso, precisamente por eso, estamos de mudanza.

PS: 

Nina Simone siempre lo dijo todo mucho más claro que cualquiera. Mudanza tras mudanza, este himno siempre está ahí.

Ain’t got no

Presupuesto con perspectiva de género: Instrumento estratégico para la transformación social

11/06/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

 

 

IRATI TRANCHE OTXANDORENA. Estudié economía para comprender lo que nos está pasando, la complejidad de la sociedad, y adquirir herramientas para su cambio; y desde que me puse las gafas moradas, soy también feminista: economista feminista. Me especialicé en política económica, y ahora intento poner todo eso en práctica a través de las políticas públicas.

 

 

Las mujeres estamos dando   pasos continuamente para ocupar el espacio y la vida pública ( este blog es buena muestra de ello – ¡gracias “Doce miradas”!-), pero todavía tenemos mucho por conseguir. Una de las consecuencias de esta falta de visibilidad es que la mayoría de las políticas públicas ignoran nuestras necesidades y prioridades. Y esto no es baladí.

En el 2018, el gasto público del Estado español supuso el 41,30% del PIB (aunque sabemos que este índice deja de lado una parte importante del trabajo que no que hacen, sobre todo las mujeres, como los cuidados, refleja el peso que tiene en la economía). Es decir, casi la mitad del valor monetario de los bienes y servicios finales producidos en el país lo generó el sector público. Esto supone que las políticas públicas son cruciales en la configuración de la sociedad y en las vidas de las personas. Así mismo, en la construcción de una sociedad feminista, el sector público tiene un papel importante.

El presupuesto es la herramienta básica de las instituciones del sector público para materializar las políticas públicas; sin embargo, los organismos o departamentos de igualdad disponen menos de un 1% del presupuesto público para fomentar la igualdad, mientras que el resto de los ministerios, consejerías, áreas, disponen del 99% del presupuesto público para seguir haciendo las políticas de siempre. El aumento o disminución del servicio de transporte público, por ejemplo, tiene un mayor impacto en las mujeres que en los hombres ya que estos utilizan más el transporte privado. Muchas de las prestaciones están ligadas al trabajo remunerado, y por tanto, excluyen a todas aquellas personas, en su gran mayoría mujeres, que no han trabajado en el mercado laboral formal. Es decir, la mayoría de las políticas, no son neutras, y por tanto, traen consigo un aumento en la desigualdad de género.

¿Esto qué significa? Que aumentar partidas concretas, para llevar a cabo ciertas políticas compensatorias no es suficiente. Hace falta que se entienda la desigualdad como un problema estructural, y por tanto, que se ponga en el centro de los debates.

Esto supondría un cambio profundo, orientando todas las políticas públicas hacia la erradicación de la desigualdad. El instrumento estratégico para conseguirlo es el PRESUPUESTO CON PERSPECTIVA DE GÉNERO.

Presentación de Caterina de Tena y Rosana Pastor en el taller “Integrando la perspectiva feminista en el diseño y evaluación de políticas públicas”.IV Encuentro Municipalista contra la Deuda. Octubre 2018. Córdoba.

El presupuesto con perspectiva de género une dos aspectos que generalmente se plantean de forma bien separada: la igualdad de género y la eficiencia pública, ya que uno de los objetivos es el uso efectivo de los recursos.
El presupuesto con perspectiva de género implica un cambio de enfoque, en el que se tienen en cuenta los diversos perfiles además de género, edad, clase… contribuyendo así a proporcionar las mismas oportunidades para todas las personas. Se tiene en cuenta el impacto directo que tienen los presupuestos pero también la relación con las normas y funciones, así como los diferentes comportamientos que tienen en la sociedad los diferentes grupos. Es decir, integra las dimensiones sociales en el proceso de planificación y presupuestario de los gobiernos.

El PPG no solo implica reformas en la gestión pública, sino que refuerza y ayuda a mejorar la gestión económica y financiera, consiguiendo maximizar el impacto de los recursos utilizados en los servicios atendiendo a la diversidad de la sociedad, y además, fomenta la transparencia, ya que provee de información más detallada, y accesible a toda la ciudadanía.

Es un proceso que implica la transformación de los presupuestos, y por tanto ,de las políticas, mediante una reflexión sobre algunas cuestiones: cómo se recaudan los fondos y cómo se pierden los ingresos; si contribuye a cerrar la brecha de género; cómo afectan los ingresos y los gastos al trabajo no remunerado…

Para que esto sea posible, hace falta usar varias herramientas analíticas, que deberán recoger información desagregada por género. En cuanto al gasto, se deben analizar las políticas de los departamentos para, mediante indicadores, evaluar cómo aumentan o reducen las desigualdades. Además, es importante preguntar a las personas usuarias de los servicios si estos cubren las necesidades prioritarias. También es interesante saber a qué personas en concreto beneficia ese servicio dentro de los hogares, . En cuanto al ingreso, al impacto fiscal, hay que analizar cuánto tributan hombres y mujeres, y analizar la evasión fiscal así como la dependencia de impuestos indirectos. Por último, es también necesario analizar cómo invierten su tiempo los hombres y mujeres teniendo en cuenta el trabajo de cuidados no remunerado y cómo evoluciona este en función de las políticas, ya que las decisiones vitales están directamente relacionadas con el uso de este tiempo.

En las próximas semanas se conformarán los Gobiernos de las diversas instituciones y empezarán a trabajar para llevar a cabo sus proyectos y programas para los próximos cuatro años. Creo que tanto desde las instituciones como desde la sociedad civil debemos poner encima de la mesa la necesidad de tener unos presupuestos con perspectiva de género por varias razones: para conocer la sociedad en la que vivimos, mediante la información sobre el impacto que las políticas públicas tienen en nosotras y nuestras vecinas; y para seguir construyendo una sociedad  más igualitaria e inclusiva, es decir, una sociedad feminista.

Este artículo se ha nutrido sobre todo de los siguientes materiales:

Algunos links interesantes para profundizar sobre el tema:

Otro grupo de hombres atenta contra la libertad sexual de una mujer

04/06/2019 en Doce Miradas por Garbiñe Biurrun Mancisidor

Trece años de cárcel para cada uno de los miembros de ‘la manada’ de Bilbao.

 

El 28 de mayo hemos conocido la Sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Bizkaia que condena a cada uno de los tres acusados a las siguientes penas: a) por delito contra la libertad sexual: diez años de prisión; inhabilitación para el sufragio pasivo; prohibición por quince años de acercamiento a menos de quinientos metros del lugar de residencia, trabajo o frecuencia de la víctima y comunicación con ella por cualquier medio; libertad vigilada por seis años una vez cumplidas las penas de prisión impuestas, con la obligación de participar en programas formativos de educación sexual e igualdad de género; b) por delito de descubrimiento y revelación de secretos: tres años de prisión y multa; c) indemnización a la víctima en 20.000 euros de manera conjunta y solidaria. Además, el Tribunal mantiene la situación de prisión provisional de los tres condenados.

Hay que hacer notar que las acusaciones – Ministerio Fiscal y la denunciante – solicitaron penas de prisión – mayores por parte de la denunciante – por delitos de abuso sexual y de descubrimiento y revelación de secretos, sin que se hubiera solicitado la calificación de los hechos como agresión sexual, esto es, sin que nadie alegara que el ataque a la libertad sexual de esta mujer se hubiera producido mediando violencia o intimidación.

La Sentencia merece ser leída, difundida y comentada. Es una Sentencia seria, muy bien argumentada y didáctica, en la que se analizan cuestiones siempre problemáticas en relación con los delitos contra la libertad sexual y su percepción por la ciudadanía – en más de un sentido -: el principio constitucional de presunción de inocencia; la valoración de la declaración de la víctima, que puede ser prueba de cargo suficiente aunque fuera la única disponible; las limitaciones de la memoria humana y las distintas reacciones de cada persona ante situaciones de estrés; el ataque a la libertad sexual de la persona “privada de sentido” – según el término del Código Penal para calificar el delito de abuso sexual en una modalidad -; la prueba de la existencia o no del consentimiento… -. De todo ello se ocupa la Sentencia con un exquisito y concienzudo análisis de toda la amplia prueba practicada – las declaraciones de los tres acusados y de la denunciante y de quince testigos y seis ertzainas y otras tantas peritos que analizaron muestras químicas y biológicas, así como cuatro doctoras y doctores sobre la situación de la víctima y el visionado de diversas grabaciones, entre ellas, la realizada por uno de los acusados, difundida a los otros dos -.

Merece leerse la Sentencia, sí, en la que consta que en alguno de los informes de la defensa se alegó incluso haberse visto “cierto jolgorio” en lo visionado de las grabaciones, en desdichada apelación irrespetuosa y claramente ofensiva hacia la víctima, remedando los términos utilizados por el magistrado que suscribió el voto particular a la Sentencia de la Audiencia Provincial de Navarra sobre el grupo conocido como “La Manada”.

Merece subrayar asimismo que esta Sentencia expresa con rotundidad que “no estamos juzgando a la joven, sino los actos que, sobre ella (no con ella…) realizaron los acusados” y que la denunciante “estaba incapacitada para consentir o dejar de hacerlo, y pese a ello, en algunos momentos llega a verbalizar el NO”, situación derivada de una excesiva ingesta de alcohol y cocaína, incompatible con el consumo de una sustancia prescrita por el médico que la asistía.

Los hechos probados, finalmente, revelan que la víctima, privada de sentido, como se ha dicho, fue objeto de actos sexuales por parte de los tres acusados – entre ellos penetraciones anal y vaginal, felación… -, hechos que se califican, como ya he comentado, de abuso sexual – calificación en la que coincidieron el Ministerio Fiscal y la defensa de la denunciante -. A hacer notar que los delitos de abuso sexual lo son cuando se atenta contra la libertad o la indemnidad sexual de una persona mediante actos no consentidos, situación que concurre en quien está privada de sentido, como la víctima en este concreto supuesto. No es la penetración la que califica los hechos como “agresión sexual” y la falta de penetración como “abuso sexual” en el Código Penal español, sino que la diferencia entre ambos delitos es la utilización de violencia o intimidación o no – lo que se discutió, precisamente, en el caso de “La Manada” -.

A destacar igualmente la condena a libertad vigilada por seis años una vez cumplidas las penas de prisión impuestas, con la obligación de participar en programas formativos de educación sexual e igualdad de género, algo que facilitará, no solo el castigo sino su resocialización auténtica en una sociedad que ha de garantizar la libertad y la igualdad de todas las personas.

Hay que poner de relieve también, aunque probablemente sea innecesario, que los hechos se enjuician y valoran según el Código Penal vigente. No se está analizando lo que podría ser según una nueva regulación de los delitos contra la libertad sexual, cuyo examen ya comenzó en la primavera de 2018, si bien desconozco el estado de los trabajos de la Comisión de Codificación. Nueva regulación que viene obligada por el Convenio del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica – el conocido como “Convenio de Estambul” -, que plantea tipificar como delito “la penetración vaginal, anal u oral, no consentida”, así como “los demás actos de carácter sexual no consentidos”, en lo que ha dado lugar a la sustitución del “No es no” por el “Solo sí es sí”, pero que, en el caso analizado, carece de mayor relevancia, ya que, como he dicho, se considera que la víctima no consintió tales actos y que, en consecuencia, hubo delito de abuso sexual.

Quedan para otra ocasión otros análisis de más largo recorrido, como el del alcance de la previsión del propio Convenio de Estambul sobre la obligación de los Estados firmantes – entre ellos, España – de adoptar medidas para tener en cuenta la perspectiva de género en la investigación y enjuiciamiento de este tipo de violencia.

Una nota final y tangencial, aunque clave para la convivencia libre, para la reflexión: la Sentencia también pone de relieve que, de no haberse contado con la grabación de las cámaras de un local de “vending” cercano, el asunto no habría podido llegar a ser juzgado porque habría resultado imposible identificar a nadie, lo que me lleva a reflexionar una vez más sobre la conveniencia y oportunidad – o no – de la proliferación de cámaras de grabación y videovigilancia en nuestras calles.