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Nosotras somos Antzasti

25/02/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Somos Cristina y Elena Amezaga, dos mujeres, hermanas, madres y emprendedoras en el difícil terreno de la cultura. Ambas, licenciadas en Sociología, máster en Museos y actualmente al frente de un museo de carácter antropológico dedicado a la casa. La casa, un territorio compartido por todos los miembros de la familia, pero con un marcado e indiscutible significado femenino.  Si en algún lugar podemos encontrar la historia real de las mujeres que nos antecedieron, sin duda, es entre las paredes de las casas. 

Antzasti-Euskaldunon Etxea es una realidad con un largo, muy largo recorrido, no menos difícil y, a veces, simplemente doloroso. Ha formado parte de nuestras vidas en los últimos diez años. Somos ya parte indisoluble de esa realidad que nos ha engullido; por eso nosotras somos Antzasti. Lo que comenzó siendo una afición heredada por recuperar, mantener e investigar, es hoy un espacio cultural abierto al público. Uno de nuestros objetivos fundamentales consiste en poner en valor el inmenso trabajo silencioso realizado por las mujeres dentro de las casas y abarcar, en la medida de lo posible, las muchas facetas de esa labor que, a su vez, conforman un crisol de innumerables  dimensiones. 

Sin duda, es del todo necesario reivindicar nuestro espacio en la esfera pública, social, política empresarial… pero también es del todo imprescindible  para hacernos justicia a nosotras mismas y, especialmente a todas nuestras abuelas, el reconocimiento a la gran aportación de todas las mujeres que nos precedieron y que, entre los humildes muros de las casas y sin hacer ruido, trabajaron arduamente sin pedir explicaciones a nadie ni por nada de lo que les pasaba. A nuestro entender, la sociedad es deudora de una memoria histórica que ponga en valor su figura,  ahora que parece ser el momento de los relatos, del reconocimiento y de reescribir muchas partes olvidadas o maltratadas de la historia.

Nuestro museo, que como os decía ya es arte y parte de nuestras vidas,  echa la mirada atrás a nuestra historia reciente, a ese momento en el que la revolución industrial a finales del XIX y principios del XX trajo consigo el cambio de roles más importante de la historia entre hombres y mujeres. Ese momento en el que los asuntos modernos, es decir, aquellos que mueven los hilos del devenir de la historia como la industria, la empresa, la banca, la acumulación de capitales, la política moderna, la ciencia moderna… recaen en manos de los hombres. Ese momento cuando las mujeres se ven relegadas de la sociedad en todos los ámbitos estratégicos y en todas las capas sociales; más aún, cualquier paso a nivel social o administrativo requería del consentimiento del hombre de la casa, padre o marido. Ese cambio de roles es el que aún hoy mantiene sus resonancias y marca nuestros ritmos de vida.

Y entre los muros de las casas todo esto es fácilmente adivinable, fácilmente deducible, casi respirable porque está plasmado en ellas. Por eso hemos querido que nuestros visitantes entren dentro de los cuartos que conforman las casas y que tengan una perspectiva de 360 grados, en espacios que parezcan estar vividos. Ponemos en paralelo los dos modos de vida contemporáneos de esta época de nuestra historia reciente: la vida tradicional y la modernidad, de forma que quien nos visita entra en una cocina de caserío pero también en una de la modernidad, en un cuarto y en otro, en una sala y en otra… Y en estas estancias es donde descubre los espacios, los ambientes, las condiciones en las que madres, cocineras, reposteras, planchadoras, amas de cría, agricultoras, ganaderas, costureras, modistas… trabajaban incansablemente.

Qué mejor forma de reivindicar el hoy, que recuperándonos a todas.

Nosotras estamos decididas a continuar en el empeño de divulgar la historia de la casa, entre otras cosas, porque nos permite contar la historia de estas mujeres. Los cambios fundamentales que se producen con la revolución industrial cambian espacios y tiempos, y también dibujan una nueva fisonomía en el paisaje exterior y en el interior de las casas y de sus habitantes. Los muros domésticos son permeables y nos dejan ver con claridad muchos porqués pasados que nos permiten entender muchos “hoy”s. 

El camino que hemos elegido no está siendo fácil. ¡Que la suerte nos acompañe!

Mientras ellos gobiernan, nosotras amamos

18/02/2020 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta

La semana pasada el calendario marcaba una fecha señalada, el Día de San Valentín, también conocido como el Día de los Enamorados. Sin obviar la utilización machista del lenguaje, en este día confluyen muchos de los motivos por los que las mujeres queremos desprogramarnos y construirnos de un modo libre.

La idea de que el Día de San Valentín es una fecha comercial inventada por unos conocidos almacenes está bastante extendida; en plena cuesta de febrero llega un momento de consumismo desenfrenado porque, claro está, con las cosas del amor no se repara en gastos. Sin embargo, parece que San Valentín sí existió. Valentín fue un sacerdote cristiano, en la época del Imperio Romano, que casaba soldados a pesar de la prohibición del emperador que consideraba el matrimonio algo incompatible con la carrera de las armas. Al descubrirse que el sacerdote casaba parejas en secreto, fue decapitado. No es el tema en el que quiero entrar ahora, pero me sacude una doble idea: o el sacerdote no quería que las parejas vivieran en pecado; o el sacerdote era antimilitarista y el matrimonio su herramienta de lucha contra las guerras. Esta sí que es una idea romántica.

El Día de San Valentín, además de concentrar la venta del 8% total del negocio anual de la floristería, concentra también el 100% de la venta del amor romántico, una de esas falsas creencias tan bien acomodadas en nuestro imaginario colectivo que ni se nos ocurre cuestionar —no vaya a ser que agüemos la fiesta a alguien—. Y es que el amor, ¡ay, el amor!, es el centro de nuestra vida; todo gira en torno a un ideal, a nuestra media naranja, a eso que socialmente nos convierte en mujeres completas, cuando en realidad —aquí viene el jarro de agua fría— se trata de una construcción social que nos hace dependientes y vulnerables. 

El amor romántico es un dispositivo de control que nos mantiene ocupadas desde edades muy tempranas. Desde pequeñas escuchamos y jugamos con falsos signos del amor; a ver si os suena eso de “el príncipe azul que vendrá de no sé qué país a rescatarnos”, “contigo pan y cebolla” o “sin ti no soy nada”. Son frases que apuntalan la creencia de que las mujeres somos frágiles princesas, seres incompletos que deambulamos hasta encontrar el amor verdadero, el príncipe azul, eso que da sentido a nuestra vida y tranquiliza a las familias. 

Y, un día, el príncipe llega; y según entra por la puerta, la libertad de la mujer sale por la ventana. En el amor romántico la pareja es similar a una propiedad privada; el propio modelo crea una idea de pertenencia y esto hace que se justifiquen los celos o la violencia machista: “la maté porque era mía”. Apenas hemos estrenado año y ya van 11 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas.

Recuerdo el primer artículo que escribí en este blog, hace ya siete años, titulado Desprogramando el identikit en espacios de papel, en el que hacía hincapié en las lógicas de poder. La hombría se asimila a la valía social, la intelectualidad, la racionalidad, la autoridad y la libertad; al hombre se le educa como si fuera el centro del universo. En contraposición, lo femenino se asocia a la inestabilidad, la afectividad, la emocionalidad, la fragilidad y la falta de racionalidad o de autonomía.

Así, a las mujeres se nos educa para cuidar, servir, sostener, equilibrar, tapar, amar y proveer felicidad, dejando a un lado nuestra propia identidad. Seguro que os sonará eso de “detrás de cada hombre hay una gran mujer”. Eso es, detrás. Ya lo decía Kate Miller, una de las escritoras y activistas más relevantes del feminismo: “el amor es el opio de las mujeres, como la religión el de las masas”. Mientras nosotras amamos, los hombres gobiernan; el amor romántico construido desde una visión patriarcal lleva a la mujer a dar prioridad al hombre, a ocupar un segundo lugar irrelevante, a cuidar y equilibrar la familia y la vida para que él se centre y se encargue de las cosas que realmente importan. Ya sabéis que gobernar es cosa de hombres.

El amor romántico nos mantiene distraídas soñando con finales felices, alimentando así una realidad en la que nada cambia, en la que la desigualdad se sostiene bajo el espejismo del amor verdadero. Las mujeres queremos amar, por supuesto, pero también queremos gobernar. Caer rendidas en las lógicas del amor romántico es dar pasos en contra de nuestra libertad y esto durará hasta que las mujeres lo sigamos sosteniendo con nuestras fantasías.

La trampa de la libertad

11/02/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Eva Arrilucea. Mamá, doctora en economía y experta en políticas de innovación. Loca de los gatos (sobre todo del mío), escritora frustrada y lectora voraz. Un sabor: el chocolate. Una sensación: la hierba bajo los pies descalzos. Un olor: el de las tormentas. Mi frase favorita: “Todas las personas que conoces están luchando una batalla de la que tú no tienes ni idea. Así que sé amable. Siempre

El que probablemente ha sido el mayor descubrimiento de la ciencia vasca, ni tuvo su origen en la curiosidad científica ni fue impulsado por agentes vascos. El aislamiento del Wolframio, realizado por los hermanos Elhuyar en 1783 en Bergara, fue el resultado de una misión de espionaje puesta en marcha por Carlos III para robarles a los escoceses la receta de los mejores cañones del mundo. Con ese objetivo, y pilotado por el Secretario de la Marina Pedro González de Castejón, por el capitán de navío José Vicente de Mazarredo y por la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, se envió un par de espías a Europa con la misión de formarse en idiomas y en ciencias varias, y de introducirse en Escocia haciéndose pasar por empresarios alemanes. La misión terminó cinco años después sin pena ni gloria, pero Juan José Elhuyar volvió a Bergara con el conocimiento necesario para aislar el wolframio junto a su hermano Fausto. 

En realidad, el caso del wolframio no es un hecho aislado. El motor de muchos de los grandes descubrimientos de la historia fue un puñado de hombres ambiciosos y hambrientos de poder. Sin ellos, ni Colón habría descubierto América, ni Neil Amstrong se habría dado aquel entrañable paseo por la Luna. Si revisáis la historia no encontrareis grandes avances sobre el cuidado de la salud prenatal de las mujeres, ni sobre el tratamiento de los traumas infantiles, simplemente porque ninguna de estas disciplinas podía ayudar a ampliar fronteras o a ganar guerras. Con las mujeres pasaba un poco lo mismo: las mujeres no tenían voto, no tenían fuerza física y no tenían acceso a la educación. Desde el punto de vista del poder, las mujeres no existían. 

Las cosas no cambiaron demasiado con la segunda industrialización, a finales del XIX, cuando a los objetivos anteriores, se les unió el de incrementar la productividad de las economías. Se desarrollaron nuevas tecnologías para la producción, se construyeron infraestructuras varias, se crearon instituciones financieras e, incluso, se pusieron en marcha nuevas instituciones educativas para formar a los trabajadores. Sin embargo, la situación para las mujeres no fue significativamente diferente. En la recién estrenada Escuela de Artes y Oficios de Atxuri, en Bilbao, las mujeres tenían permiso para matricularse, sí, pero solo en los estudios de dibujo, adorno y corte de vestidos; en geometría, construcción y electricidad estaban completamente vetadas. Para las mujeres que no tenían ninguna formación las cosas estaban aún peor: las crónicas de la época apuntan a que los trabajadores no cualificados de los astilleros apenas ganaban el salario de subsistencia, y sus compañeras, la mitad. 

La foto del primer amanecer del siglo XX revelaba una realidad bastante gris para las mujeres vascas: su esperanza de vida apenas rozaba los 35 años, tenían de media 4 hijos, y el 40% de ellos morían antes de alcanzar los 15 años. Las enfermedades infecciosas hacían estragos entre una población donde las condiciones higiénicas y sanitarias dejaban mucho que desear. Lo único bueno que puede decirse de esta situación es que solo podía mejorar. Y, en cierta manera, lo hizo. 

En 1910, a través de la Real Orden de Instrucción Pública, firmada por Alfonso XIII el 8 de marzo, las mujeres españolas entraron en la universidad de pleno derecho. No era la primera vez que una mujer pisaba un recinto universitario pero, por primera vez, podían hacerlo sin necesidad de obtener permisos especiales, sin tener que permanecer sentadas cerca del profesor, y sin tener que esperar a alguien las escoltara de un aula a otra para que no anduvieran sueltas por la universidad perturbando la paz de espíritu de sus compañeros varones. 

El siguiente gran hito llegó unos años después, en 1931, cuando las Cortes españolas, por fin, aprobaron el sufragio femenino. No deja de ser curioso que uno de los alegatos más encendidos contra el sufragio femenino en aquella sesión del 1 de octubre viniera, precisamente, de la mano de una mujer. Victoria Kent diputada del Partido Radical Socialista, sostuvo que las mujeres españolas no iban a entender los ideales de la República, que no tenían la formación necesaria, que sus mentes estaban en manos del clero y de los hombres y que, por lo tanto, era demasiado pronto para dejarles votar. Fue Clara Campoamor, diputada del Partido Republicano Radical, quien tuvo que recordarle todas las ocasiones en las que las mujeres habían luchado por los ideales de libertad y de igualdad y que, de facto, el número de hombres analfabetos en aquella España de la época superaba con creces al de mujeres. Alegó: “solo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deber ser los mismos para la mujer que para el hombre”. 

¿Dónde estamos hoy? Pues, aparentemente, hoy la mayor parte de la gente considera a la mujer como un ser humano, lo que no deja de ser un avance interesante. En gran parte del mundo las mujeres tenemos voto, tenemos acceso a la educación y vivimos en un entorno en el que la fuerza física no es determinante para nuestra supervivencia. También es una realidad que las mujeres apenas ocupamos jefaturas de estado (el 8% en el mundo) y que tenemos una presencia limitada en la alta dirección empresarial (apenas el 34% de los puestos tienen nombre de mujer). Por otro lado, en Euskadi, por primera vez en la historia, tenemos un Parlamento donde hay más mujeres que hombres, y las mujeres vascas tenemos la esperanza de vida más alta de Europa. 

Yo le llamo a esto la Gran Trampa de la Libertad

Si tienes educación superior, tienes un trabajo remunerado y tienes todos los derechos civiles, entonces lo tienes todo. Por tener, hasta tienes una carga heredada con la curiosa propiedad de ser invisible, pero con un peso enorme. La sientes, por ejemplo, cuando tienes que planificar un viaje de trabajo y, además de preparar las reuniones y la información necesaria para que tu empresa y tú brilléis, en paralelo tienes que planificar quién llevará a los niños al colegio por las mañanas, quién los recogerá, si habrá suficiente comida en la nevera para todos los días y quién le recordará a tu madre la cita del médico mientras estés fuera. Como madre de dos niños pequeños y aspirante a tener una carrera profesional plena podría escribir varias tesis doctorales sobre este tema, pero no lo haré. Dejaré que cada una de vosotras inserte en esta parte su propia experiencia. 

Mirar al pasado y asumir que ya lo hemos conseguido todo es la Gran Mentira a la que nos toca enfrentarnos ahora. Visibilizar las cargas invisibles y los techos de cristal para definir el camino que tenemos por delante hacia la igualdad plena. ¿Sabías que ningún país del mundo, ni siquiera los más avanzados, han alcanzado el objetivo de la igualdad total entre hombres y mujeres? De media estamos al 68%, y los que mejor lo hacen -los países del norte de Europa- apenas rozan el 80% del total.  En España se ha feminizado la pobreza y se ha masculinizado la recuperación económica. El pobre español es una mujer joven con estudios y con hijos. Una de cada dos personas que viven en hogares monoparentales está en riesgo de pobreza, y en el 85% de los casos esos hogares están encabezados por mujeres. El salario por hora para las mujeres es un 11% más bajo en jornada completa y un 15% más bajo en jornada partida. La tasa de pobreza de las mujeres de más de 65 años es 4 puntos porcentuales más alta que la de los hombres de la misma edad. 

Dicen que el mejor truco del diablo ha sido convencer al mundo de que no existe. Otro muy bueno ha sido convencernos a todas de que ya hemos alcanzado la igualdad con los hombres.

Para ganar esta batalla hay que ponerle cara -y números- a la Gran Mentira, hay que saber cómo combatirla y, sobre todo, hay que querer hacerlo. Y hablando de la libertad de elegir, dejadme acabar con una frase de Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austriaco, y autor del maravilloso ensayo “El Hombre en Busca de Sentido”: “entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestra capacidad de elegir la respuesta. Y en la respuesta residen nuestro crecimiento personal y nuestra libertad”.

La única mujer en la habitación

04/02/2020 en Doce Miradas por Lorena Fernández

En 1972, Lena Söderberg, una joven sueca de tan solo 21 años y recién llegada a Estados Unidos, aceptó una oferta de trabajo como modelo para una revista. El trabajo era para Playboy, siendo portada en noviembre de ese año una de las capturas, donde ella aparecía desnuda de espaldas con un sombrero azul.

Al año siguiente, un equipo de ingenieros de la Universidad del Sur de California buscaba una fotografía con la que probar un nuevo desarrollo de software para digitalizar y comprimir imágenes. Un componente del equipo (todos eran hombres), ofreció su ejemplar de Playboy, porque era la década de los 70 y llevar esa revista al trabajo era lo habitual y bien visto. La prueba funcionó así que distribuyeron la imagen comprimida a más colegas de profesión para que pudieran hacer lo mismo con sus propios algoritmos y así comparar los resultados (esta investigación sentó las bases para lo que luego se convertiría en el formato JPEG). A partir de ese momento, la fotografía de Lena se convirtió en el estándar de pruebas de compresión. Aparece en papers de investigación, libros de texto y hasta en el último capítulo de la famosa serie Silicon Valley, me encontré con ella en una de las escenas:

Y es que aunque la tecnología y los ingenieros que trabajaban con ella envejecieron y cambiaron, la imagen de Lena no. La propia protagonista, que ahora ya es abuela, dice “Dejé de ser modelo hace mucho tiempo. Es hora de que también me retire de la tecnología». El movimiento para “jubilar” a Lena lleva activo ya dos décadas. Algunas revistas científicas ya no aceptan investigaciones que utilicen a Lena. Y se hizo en 2019 un documental con el que yo descubrí esta historia: «Losing Lena«.

Lo interesante de este documental es que no se centra solo en su historia. Habla también de los pequeños detalles, a veces muy sutiles y otras veces no tanto, con los que se les dice a las mujeres que no pertenecen a la industria de la tecnología, que no son bienvenidas. Por ejemplo, cuenta la historia de Maddie Zug, una de las pocas chicas en una clase de inteligencia artificial que en 2014 recibió la imagen de Lena en una tarea de programación. De inmediato, ser una de las pocas chicas en una habitación de adolescentes que resoplaban y se reían ante la foto de una mujer desnuda, se convirtió en una situación realmente incómoda para ella.

Muchas personas estamos trabajando para que más niñas y jóvenes elijan en libertad y sin condicionamientos su futuro profesional, no descartando las carreras de ingeniería por la acción de sesgos y estereotipos. Pero qué pasa con las pocas que han llegado y llegarán: que les tocará en muchas ocasiones enfrentarse a ser esa única mujer en la habitación. Y el problema muchas veces no es que sus compañeros las vayan a tratar mal ni mucho menos, pero sentirte sola o diferente es una sensación complicada. De hecho, me viene a la cabeza la historia de Anita Borg, una referente en el mundo de la tecnología, que fundó Systers Borg, la primera comunidad online para mujeres en la tecnología, tras asistir a una conferencia con poca presencia femenina y reunirse en el baño con las pocas que había. Allí se dieron cuenta, al ser las únicas mujeres de la sala, que necesitaban agruparse y sororidad, mucha sororidad. Como curiosidad, que sepáis que en 1992, cuando Mattel Inc. empezó a vender una muñeca Barbie que decía que la clase de matemáticas es difícil, las protestas que se iniciaron en Systers jugaron un rol fundamental para conseguir que eliminaran esa frase.

En 2019 Pixar también lanzaba un corto en esa línea: Purl, una madeja de lana rosa que llega a una oficina donde el resto de compañeros son iguales entre sí y muy diferentes a ella. Es, según su directora Kristen Lester, una fábula acerca de pertenecer, de tratar de encajar en un sitio en el que podrías parecer ajena y del cómo las circunstancias pueden hacerte ceder hasta el punto de perder tu identidad: “está basado en nuestras experiencias propias. En mi primer trabajo en el mundo de la animación yo era la única mujer en la sala, así que, para seguir trabajando en lo que me gustaba, me convertí en uno de ellos”. De hecho, purl es una palabra inglesa que define cuando tienes un jersey de lana y se te sale un punto. Un material excelente para llevar a las aulas:

Ya es hora de retirar a Lena de la tecnología y de decirles a nuestras niñas, jóvenes y profesionales que son bienvenidas, que pertenecen a este mundo tanto como los hombres y que no estarán solas. Y si lo están, no son ellas las que tienes que cambiar ni perder su identidad. Me quedo para el cierre de este post con esta frase de Diane Boettcher:

“En lugar de pensar en ti como la única mujer en la habitación, se la primera mujer en la habitación.”

Climaterio, hay que decirlo más

28/01/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

May Serrano. Escritora, performer y casamentera. No soy acuario pero nado las olas del Cantábrico junto a las Orca María, surfeo La Quinta Ola y buceo en mí misma cada día. En este momento celebro mi climatérico por escrito con la publicación del libro «El Climaterio. Todo lo que sabes de la menopausia es mentira».

Empiezo sin preámbulos porque me urge. Necesito (por mí y por mis compañeras) que el climaterio se ponga en boca de todas y cada una de las personas que me rodean, en la vida real y en la virtual pero sobre todas las cosas necesito que el climaterio se haga revolucionario y mande al traste al algoritmo de Google. ¿Por qué tanta prisa? Les explico. Resulta que cuando eres mujer y rondas los 45 años años te empiezan a pasar “cosas” en tu ciclo menstrual. De repente, la regla se vuelve “impuntual” y te llevas unos sustos de muerte. Igual desaparece del mapa durante varios meses que viene cada 15 días. Vas a tu doctora de cabecera, te informa que “es normal a tu edad” y ya está. Te vas a casa con una sensación rara. Sabes que algo no va bien pero no tienes ni idea de lo que está pasando.

Piensas “menopausia” pero no, ¡no puede ser! todavía eres joven para eso ¿No está la media de edad en los cincuenta y pico? Así que no te queda otra que preguntar a san Google para encontrar las respuestas que no te da la medicina tradicional.

Los resultados son desoladores. En 42 segundos aparecen 7.960.000 resultados llenos de palabras tan “esperanzadoras” como:
  • Sofocos
  • Dolores articulares
  • Dolores musculares
  • Disminución de la capacidad de la vejiga
  • Piel frágil
  • Aumento del colesterol malo (por supuesto)
  • Enfermedades vasculares
  • Nerviosismo
  • Anorgasmia
  • Irritabilidad
  • Inestabilidad emocional
  • Osteoporosis
  • Sequedad vaginal
  • Disminución de la libido
  • Sudores nocturnos
  • Aumento de peso
  • Ansiedad
  • Insomnio continuado
  • Cambios de humor
  • Flacidez en la piel: entre el 20-25%.
  • Estrés
  • Fatiga
  • Sequedad ocular
  • Fracaso ovárico
  • Perdidas de orina
  • Perdidas de memoria a corto plazo: entre el 15-20%.
  • Picores
  • Perdida de autoestima
  • Cáncer de mama
  • Y, como no, depresión
Como comprenderán la ganas de vivir van desapareciendo a medida que lees tooooodo lo que supuestamente va a pasarte; dejas de ser fértil para volverte una pobre mujer hundida por todos estos síntomas. La primera vez que lo leí me lo creí a pies juntillas pero a medida que pasaban los días pensé: ¡es imposible que las mujeres estemos tan mal hechas!. ¡Aquí tiene que haber algo más! Y sí… efectivamente,encontré la explicación: el patriarcado. El machismo que impera en el día a día toma las riendas para negarnos una información sobre nuestros cuerpos, nuestra salud y una nueva etapa en nuestras vidas. Climaterio viene del griego y quiere decir “escalón”. El Climaterio es una etapa más de la vida de las mujeres, un escalón para pasar de la vida cíclica a la vida en continuo y dura entre 5 y 10 años. Sí, han leído bien. Entre CINCO Y DIEZ años. De la misma manera que existe la adolescencia con su menarquia (primera regla) existe el climaterio y su menopausia (última menstruación). Pero no solamente nos roban el nombre sino que también nos niegan la posibilidad de vivirlo con total plenitud. Contar nuestros días en base a nuestra fertilidad (premenopausia, postmenopausia) nos impide disfrutar de todo lo bueno que nos trae el climaterio. Sí, lo han leído bien: “Todo lo bueno que nos trae el climaterio” créanme cuando digo que es una oportunidad de oro para ser nosotras mismas, poner los límites y avanzar en la dirección que nosotras decidamos. Mucha sabiduría junta gracias a la revolución hormonal. Y es en este punto cuando les invito a buscar información, googlear climaterio, contad todo lo que nos está pasando en nuestros cuerpos y enloquecer al algoritmo para que cuando hable de lo que nos pasa a las mujeres de más de 45 años en síntomas ponga bien clarito “son más felices y fuertes que nunca”.

Del yoga a la obscenidad

21/01/2020 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

He vuelto al yoga. No voy a aburrirte con la letanía habitual de quienes descubren algo y quieren, por lo civil o por lo criminal, convencer de sus virtudes; eso lo reservo para mi primer círculo sufridor (al que agradezco su paciencia cuando me quejo por las agujetas). En una de las paredes del estudio donde practico varias veces por semana se puede leer:

“Antes de practicar, la teoría no sirve para nada; después de practicar, la teoría es obvia”.

Y en eso ando, intentado entender y practicando.

Lola Vendetta: “El feminismo no se sufre, se disfruta”.
Esa es la actitud.

El yoga se basa en la consciencia de movimientos y respiración. Exige, además, comprender qué es lo que no funciona, para poder alinearlo. Si te duelen las lumbares puedes tomarte un ibuprofeno o modificar la postura; lo primero te alivia a costa de dejarte el estómago y el hígado tocados, mientras lo segundo puede conseguir que yergas el torso, mires al horizonte y te des cuenta de todo lo que te estabas perdiendo.

Tras algunos fracasos estrepitosos, he aprendido que corregir lo que no está equilibrado requiere practicar las contraposturas: ejercer cierta presión en el sentido contrario a lo que me molesta, para actuar sobre lo que quiero cambiar, bien sean los lumbares o las desigualdades. Por decir algo.

Conciencia, comprensión y contramedidas. Si funciona con mi propio cuerpo (escápulas abiertas, columna alineada, cervicales en posición relajada, inspira en cinco, expira en cinco), ¿qué ocurrirá si lo aplico a la sociedad?

Poner luz sobre lo obsceno

Todo lo que nos rodea tiene una lectura de género. Por mucho que pueda parecerlo, la realidad no es gender-free: la cultura, la economía, la educación, la actividad política, los medios de comunicación, el uso de los espacios públicos, la publicidad, el lenguaje, lo que digo y lo que callo… ¿seguimos? Por lo tanto, las alternativas son solo dos: o aplicamos el filtro feminista, o consolidamos, por activa o por pasiva, el enfoque de género normativo, creado a la imagen y semejanza de solo una de las mitades de la humanidad.

Pero, ¿por dónde empezar, cuando debemos intervenir en absolutamente todo? Mi admirada Marta Sanz (no os perdáis “Monstruas y Centauras”, haced el favor) propone una forma de identificarlo: debemos ser obscenas, que a pesar de lo que te has imaginado al leer esta palabra, se refiere a trabajar sobre lo que está fuera de la escena. Y hete aquí, qué sorpresa, que lo que no se ve, en la mayoría de los casos, tiene que ver con nosotras. Será casualidad, casi seguro.

Es ahí donde toca entrenarse con el yoga feminista. Lo que consideramos normal o normativo no es más que una construcción sutil que se consolida,  pasito a pasito, desde lo más sublime a lo más nimio. Ser conscientes de lo que no funciona, entender los porqués y aplicar la contra-postura.

Una contrapostura de calentamiento muy recomendable es hablar de lo oculto, con oportunidad o sin ella. Aquí una lista de tácticas para incorporar el debate feminista en la conversación pública; seguro que se te ocurren otras muchas. Y cuando te reprochen, que lo harán, “estar siempre con lo mismo”, puedes practicar la respiración profunda (y contar hasta diez) o jugar mentalmente al bingo feminista de nuestra Lorena Fernández.

Una vez que dominemos la conciencia en el discurso, practiquemos la extensión. Soy muy partidaria de todas las posturas que nos lleven a estirarnos para ocupar los espacios y hacer visibles los desequilibrios. Aquí hemos hablado y escrito mucho sobre los #AllMalePanels, por ejemplo. En nuestro haber queda practicar la contrapostura y asegurar la presencia de las mujeres en la plaza pública, es cierto, pero sin olvidar que son los caballeros que acaparan estos espacios quienes deben entrenar los músculos de la retirada. Señores, les toca.

Más allá de lo evidente

Campaña contra la violencia de Alexandro Palombo, «Solo porque soy mujer»

Por mucho que la violencia contra las mujeres ocupe horas y hora en la conversación, sigue siendo un tema obsceno, porque las causas y las medidas estructurales para hacerle frente siguen estando fuera de la escena. Hablamos mucho, hacemos demasiado poco. Vemos la punta del iceberg, pero aguas abajo todo son penumbras. Cuando escucho a representantes públicos clamar tras una pancarta “no vamos a tolerar más violencia contra las mujeres”, no puedo evitar preguntarme qué significa eso. ¿Más recursos para la formación? ¿Mayor inversión en la detección, prevención y acompañamiento? ¿Reformas legales para evitar sentencias que aplican de forma aberrantes el concepto del consentimiento? Ojalá. La cuestión es que, en cuanto callan los micrófonos, esas mismas personas negocian la censura educativa (ahora conocida como pines parentales), retiran programas de coeducación o mercadean con los derechos de las mujeres en el zoco de sus parlamentos.

Vamos muy tarde, y la Historia nos dará una bofetada, a mano abierta, cuando dentro de una décadas analice la frivolidad con la que dejamos pasar el tiempo haciendo poco más que ejercicios de hiperventilación y sin cambiar nada. Veintitrés años después de su asesinato, el New York Times recogía la semana pasada el obituario de Ana Orantes y lo hacía en Overlooked No More, una sección en la que repasan referencias históricas que, en su día, no obtuvieron la atención necesaria.

La Historia está llena de mujeres que han ido enderezando el mundo. Marcha por los derechos políticos, UK hace tiempo

Pretender acceder a los centros de poder sigue siendo obsceno, pero no queda otra. Estados Unidos se prepara para unas nuevas elecciones (quieran las Diosas que alguien tenga que hacer las maletas) y no faltan las alusiones a los méritos de unas y otros, incluso con elementos tan poco meritorios como la edad. Fue brillante, al respecto, la respuesta de Elisabeth Warren cuando le recordaron que, de ser elegida, sería la persona más mayor jamás en el cargo. “También la mujer más joven”, dijo. Ya no somos una rareza, ya “estamos” en el ámbito público del poder, pero cuidado, ya que como nos recordaba Noemí Pastor con su Leona Herida, las barreras contra el acceso y la permanencia de las mujeres siguen siendo muy potentes. Necesitamos más mujeres en el ámbito público y para ello, es imprescindible entender que lo que nos mantiene en esa oscuridad no son las carencias individuales, sino las presiones colectivas. Necesitamos contraposturas, recursos para acelerar la presencia de más mujeres en el oficio de lo público. Echa un ojo al trabajo de Basqueskola, por ejemplo.

La precariedad es obscena, y es intolerable. Reclamar dignidad en el empleo sigue siendo necesario, aquí y en todo el mundo. Los espejismos de igualdad bajo cuyo embrujo vivimos esconden una cara B en todos los niveles sociales. Más de cien presentadoras denuncian las desigualdades estructurales en la todopoderosa BBC y mientras tanto, Oxfam nos recuerda que la pobreza en España sigue siendo mujer y joven. Seguro que la conoces: gana menos que sus colegas hombres, y está sobrerrepresentada en tareas precarias,  minusvaloradas, que rozan la explotación y se pagan miserablemente.

 

Pocos movimientos sociales pueden decir que cuentan, de serie, con un completo kit de contraposturas para enderezar la sociedad, para liberarla de hábitos posturales que a corto, medio y largo plazo son letales (y no es una forma de hablar). Bien: el  feminismo puede. Porque ya ha cambiado el mundo, y lo sigue cambiando, para bien. Lo resume muy bien en Rebelión Cecilia Castaño, Catedrática de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid.

No debemos minusvalorar los avanaces, pero tampoco magnificarlos: nos duele todo el cuerpo, y es un dolor crónico y limitante. Avanzamos, pero el proceso está siendo lento y, no lo olvidemos, nos está costando la vida. Literalmente.

Seamos obscenas y conscientes. Respira y trabaja la resistencia, que esto nos va a llevar un tiempo todavía. Nos queda un largo camino hacia la movilidad plena de nuestras articulaciones, queridas hermanas.

Namasté.

Somos más de 50

14/01/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

María Jesús Pérez Ladrón (@perezladron). Soy diseñadora gráfica. Desde que estudiaba BBAA me di cuenta de que quería que lo que hiciera tuviera una finalidad, que sirviera para algo en concreto, por eso me especialicé en diseño. Con la fotografía siento lo mismo. Quiero que sea algo más que reflejar imágenes, que sirva para transmitir, en este caso una imagen positiva de las mujeres de 50 años y de todas la mujeres en general.

Con los 50 años ya cumplidos tuve ocasión de participar en un networking de mujeres con diferentes profesiones. Entre ellas había una mujer, que como en mi caso, era diseñadora y tenía un estudio de diseño y comunicación. Mi idea, seguramente inocente, era encontrar el momento para compartir y contrastar experiencias con ella. Su negocio era incipiente, yo llevaba muchos años en el gremio y pensé que por lo menos por mi parte podría aprender algo más de alguien más joven. Relaciones intergeneracionales creo que se llama.

Cuando llegó el momento en el que cada una debíamos presentar nuestra empresa, ella dijo: “…somos una empresa en la que solo trabajamos mujeres y además somos jóvenes, no llegamos a los 35 años…”. Tengo que reconocer que la respuesta me afectó. ¿De qué puedo hablar con alguien que debe pensar que tener 50 años es horrible y que una mujer de mi edad restaría valor a su empresa? Me sentí como Kathy Bates en la película “Tomates verdes fritos”, cuando dos chicas jóvenes más rápidas le arrebatan la plaza de aparcamiento. En mi turno no fui capaz de responder contundentemente como Kathy. Pude haber hablado de mi experiencia, de que entiendo a los clientes como nadie y que llevo con algunos de ellos más 20 años, que mi empresa pasó por una crisis mundial y que sigo aquí. Pero me limité a decir el nombre de mi empresa y mi profesión.

A los 45 años se nos considera fuera del mercado laboral y a los 50 es prácticamente imposible encontrar un trabajo por cuenta ajena. ¿No estamos capacitadas? Si tienes tu propia empresa o eres autónoma eres capaz de trabajar tanto o más, de estar formándote continuamente y de asumir responsabilidades. Para trabajos precarios, o para ayudar económicamente a tus hijos en paro o para cuidar de tus mayores, para eso estamos en la edad ideal.

La longevidad en teoría es un triunfo de nuestra sociedad, pero puede ser un peso más en nuestras vidas si no sabemos gestionarlo. Dicen que los 40 son los nuevos 30 y los 50 los nuevos 40 y así sucesivamente. ¿Tenemos que estar desde los 45 pensando que somos mayores y con la obligación de aparentar como mínimo 10 años menos? ¿Así hasta los 100 años? ¡Que pereza!

Si preguntamos a niñas/os, jóvenes, hombres e incluso mujeres sobre la «imagen» que tienen de una mujer de 50 años, probablemente en un primer momento se centrarán en el aspecto físico, se valorará positivamente si parece más joven, no en cambio si «se le nota» su verdadera edad. No se consideran dentro de este concepto la experiencia, las capacidades u otros muchos valores que conforman su imagen personal y profesional. La buena noticia es que cuando conocemos a otras mujeres de 50 años comprobamos que, en general, lo que nos interesa, lo que nos preocupa y lo que vivimos en este momento es muy diferente a la visión deformada y parcial que se nos impone como colectivo.

Pero es cierto que en mayor o menor medida nos afecta. Además de otras circunstancias, uno de los invisibles frenos a las expectativas de las mujeres es nuestra imagen en la sociedad, que determina en gran parte, la imagen que tenemos de nosotras mismas aunque no seamos conscientes de ello. En una sociedad donde se valora sobre todo la juventud y en la que los medios de comunicación, el cine, la televisión, muestran imágenes estereotipadas de las mujeres, es patente la ausencia de una imagen más diversa y más real.

Las que ahora vivimos los 50 fuimos las primeras en disfrutar de avances sociales que no tuvieron nuestras predecesoras. Ya estaba generalizado acceso a la formación universitaria de las mujeres, tuvimos acceso al control de la natalidad, en general tuvimos más fácil enfrentarnos a las convenciones. Quizás sea nuestra generación el grupo de edad con más diversidad de trayectorias vitales respecto a décadas anteriores. Siendo las mujeres el 50% de la población y teniendo en cuenta que tomamos el 70% de las decisiones de compra, el sector comercial debería dejar de centrarse solo en la juventud y la perfección, dejar de vendernos cremas milagrosas que a estas alturas ya sabemos que no funcionan y trabajar también con perfiles que tengan más que ver con nuestra realidad.

El proyecto “SOMOS MÁS DE 50”

Tuve la oportunidad de participar en el programa Andrekintzailea que se celebra cada año (dirigido a mujeres empresarias, coordinado por Bilbao Metropoli-30 y con la colaboración de la Asociación de Mujeres Empresarias y Directivas de Bizkaia, AED, y de la Asociación EmakumeEkin). En el transcurso del programa compartimos experiencias un grupo de mujeres emprendedoras y empresarias muy diferentes entre nosotras: con empresas de diferentes sectores, grandes o pequeñas, con formación o sin ella, con o sin hijos/as, y de distintas edades. Aprendimos muchas cosas pero para mí, y creo que también para mis compañeras, lo más importante ha sido compartir un espacio entre mujeres que no nos conocíamos, fuera de nuestros grupos de referencia: familia, amigas/os, trabajo, que nos ha permitido crecer, compartir, colaborar, y reinventarnos dejando fuera todo los que nos condiciona. Esta relación tan sana y fructífera la seguimos manteniendo. Nos acompañamos, compartimos experiencias y crecemos personal y profesionalmente.

En este ambiente propicio nació el proyecto “Somos más de 50” destinado a dar visibilidad a las mujeres de cincuenta años o más, utilizando para ello la fotografía artística. Queremos contribuir a reconstruir el concepto “mujeres de cincuenta años” a través del retrato, jugando a contemplarnos desde otro punto de vista diferente que nos sorprenda a nosotras mismas y que en las demás personas despierte una nueva visión de las mujeres de esta edad.

Estas fotografías tienen el fin de mostrar y compartir nuestra propia versión sobre nuestra imagen. Queremos contemplarnos en un espejo que no esté contaminado y que refleje valores positivos que contrarresten los negativos a los que estamos expuestas. Esto significa que no lo hacemos solo para nosotras, al contrario, queremos hacernos visibles, compartir con la sociedad, servir de referencia a mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

Las fotografías, además de una breve descripción sobre cada mujer y su profesión, se publicarán en Internet, redes sociales y se difundirán por diferentes medios.

Queremos que a las mujeres participantes les sirvan para:

  • Mirarse desde otro punto de vista.
  • Ser protagonistas, orgullosas de quiénes son y de lo que son.
  • Contribuir a ofrecer una imagen positiva de las mujeres en general.
  • Potenciar su imagen y su profesión de una manera original.

El gran momento

Es cierto que los cincuenta puede ser un momento vital intenso para las mujeres en el que confluyen varias circunstancias incluso a nivel biológico, pero también supone una liberación.
Ya somos mayores y podemos hacer lo que queramos, vivir intensamente y aprovechar cada instante, pero esta vez, con experiencia, madurez y toda la seguridad en nosotras mismas que hemos podido acumular en estos años. Las personas en diferentes fases vitales, aunque no tengamos los mismos intereses y expectativas, buscamos sentirnos motivadas, queremos tener la sensación de que lo que hacemos merece la pena y que nuestras acciones tengan un impacto positivo en la sociedad. Éste puede llegar a ser uno de los mejores momentos de nuestra vida.

El proyecto “Somos más de 50” va creciendo lento pero seguro, gracias a la participación de las mujeres de 50 años o más que ya se han retratado y las que lo van ha hacer en los próximos meses.
Quiero agradecer a todas su colaboración y a otras mujeres, más jóvenes y más mayores, que nos acompañan y nos animan.

www.somosmasde50.com

La ciudad y la casa de tus sueños

07/01/2020 en Doce Miradas por María Puente

A mi hermana le encantan los programas de televisión de reformas de casas. Al principio no daba crédito pero empecé a verlos con ella y comprendí la fascinación que ejercen y por qué se han convertido en un auténtico boom. Llegan los gemelos Scott o Jillian y Todd, por ejemplo, y te arreglan la vida, creando el espacio perfecto para las necesidades y personalidad de cada integrante de la familia. Es adictivo ver cómo transforman lo feo, pequeño, oscuro, desordenado y disfuncional en lugares mucho más amplios y diáfanos, bonitos, luminosos, limpios, ordenados y perfectamente adecuados a su función. Poco me duró la magia del asunto porque enseguida cayeron las gafas violetas sobre mis ojos. Si habéis visto estos programas sabréis que la reforma estrella consiste en ofrecer el ‘concepto abierto’, que no es otra cosa que crear una planta diáfana que albergue cocina, comedor y salón. Todo ello siempre con un derroche de m2 y dólares que no acostumbramos por estos lares. “¡Cómo se nota que esa gente no cocina sardinas”!, me dijo mi amiga Esther, a propósito del ‘open concept’. Olores aparte, lo que llamó mi atención fue la frase que casi todas las mujeres repetían cuando formulaban su deseo de tener el dichoso ‘concepto abierto’: “Así podré vigilar desde la cocina a los niños mientras juegan”. Y tachán, de esa manera tan tonta y casual sale a la superficie que son ellas las que ocupan la cocina y quienes tienen la responsabilidad de vigilar y cuidar a la prole. Por si teníamos alguna duda. Da igual Vancouver que Nashville que Nueva Orleans que Bilbao.

Por eso, cuando en septiembre pasado se dio a conocer el borrador del decreto de ley que prepara el Gobierno Vasco para mí llovía un poco sobre fregado. Lo primero que oí es que obligaría a construir cocinas más grandes y conectadas para que la mujer no estuviera tan aislada. ¡¿Cómo?! ¡¿Hagamos las jaulas más cómodas y confortables para que la presa se sienta a gusto y no desee salir nunca!?

La Vanguardia.

20 minutos.

La noticia causó mucho revuelo. Se ridiculizó y hubo mucho cachondeo. Desde el Gobierno Vasco se alegó que se había explicado mal. Tampoco terminé de encontrar una fuente de información en donde se explicara bien. Estoy convencida de la necesidad de construir y urbanizar con perspectiva de género, además de otras perspectivas. Es decir, diseñar ciudades sin puntos ciegos, pasadizos, ni espacios retranqueados en donde pueda esconderse un potencial agresor, accesos a los portales en donde puedas ver y ser vista, una buena iluminación nocturna… Estas medidas son las más obvias, después están las que tienen en cuenta el transporte público, el diseño de parques y espacios de ocio de forma que se garantice un uso inclusivo, la ubicación de los equipamientos deportivos, salud, laborales… Se dice que invertir en transporte público es invertir en las mujeres, porque son quienes más lo usan.  Pero ¿de verdad una cocina más grande, una cocina unida al comedor o incluso al salón va a favorecer que hombres y mujeres compartan las tareas del hogar, crianza y cuidados? ¿No es una cuestión más de open mind (mente abierta) que de open concept (concepto abierto)? ¿Estamos por la educación en igualdad o por los metros2? Siempre he escuchado que antes, nuestros ancestros desarrollaban su vida familiar fundamentalmente en las cocinas, que eran el corazón del hogar, y no por ello los hombres compartían las tareas de la casa, sino que leían el periódico o descansaban de su jornada laboral.

No está en mi ánimo ridiculizar el decreto del Gobierno Vasco porque agradezco que se tenga en cuenta la perspectiva de género en la política, también en la urbanística. Es un gran paso para el que han contado con el asesoramiento de la arquitecta experta en vivienda con perspectiva de género, Inés  Sánchez de Madariaga, quien sostiene en esta entrevista que hombres y mujeres utilizamos los edificios y las calles de las ciudades de manera distinta, en función de nuestras tareas, actividad cotidiana y distintos roles de género. “Una persona que tiene responsabilidades del cuidado de menores o personas mayores a su cargo y también trabaja, es una persona que además de ir a su lugar de trabajo, tiene que ocuparse de que los menores vayan al colegio, al médico, a actividades extraescolares. Normalmente acompañarlos, porque los menores no tienen autonomía para moverse en el espacio urbano, y lo mismo con las personas mayores cuando pierden la autonomía personal. Lo que nos dicen las encuestas del uso del tiempo es que mayoritariamente son las mujeres las que realizan estas tareas y esto ocurre en España y en todos los países”. Esto hace que usemos los edificios de manera diferente, ya que “las personas que cuidan de otros usan la vivienda de manera mucho más intensiva que quienes utilizan la vivienda como área de descanso que suelen ser los hombres. Las personas que cuidan de otras personas hacen un uso más complejo, más extenso del espacio urbano, tienen recorridos en la ciudad más variados a lo largo del ciclo vital que aquellas personas cuya actividad se limita a acudir al lugar de trabajo y a alguna actividad de tipo deportivo o de ocio, que son mayoritariamente hombres. Entonces hay una diferencia muy grande en el uso de la ciudad entre hombres y mujeres y en el uso de la arquitectura”, añade la experta.

Es apasionante todo este estudio sobre el uso de las viviendas y el modo en que nos movemos por las ciudades mujeres y hombres, lo que llaman la ‘movilidad del cuidado’. Pero ahí surge el dilema. ¿Debemos estudiar la realidad y diseñar, urbanizar y construir de acuerdo a esa realidad? Suena práctico, sensato y lógico pero también suena a rendición y resignación, ya que en muchos casos nos conduce a perpetuar la desigualdad, la injusticia y los estereotipos de género. ¿O por el contrario conviene diseñar, urbanizar y construir con el propósito de transformar esa realidad y crear una sociedad más justa? Esto sería sin duda lo deseable. Pero, ¿es posible? ¿Tienen la arquitectura y el urbanismo tanto poder y capacidad de transformación?

Vaya dilema. Me apoyaré en algunos ejemplos del poder del espacio y el urbanismo en cuestiones diversas y ajenas a la igualdad de género. Hace poco leí un artículo de Lucía Lijtmaer en el que hablaba sobre el famoso sonido Motown. ¿Tuvo algún papel el urbanismo en el desarrollo de esta música soul surgida en la ciudad de Detroit? Según un estudio, parece que fue una de las claves. Resulta que todos aquellos músicos afroamericanos tenían algo en común: tenían piano en casa. Y podían tenerlo porque Detroit, al ser una zona geográfica amplia, propició un tipo de construcción de casa unifamiliar de dos plantas, muy común en las ciudades del medio oeste. Contribuía también el salario estable que recibían de la industria del motor, lo que permitió a las familias comprar pianos. Un piano es posible en una casa familiar, pero impensable en un apartamento de una familia obrera del este, explica Lijtmaer.

¿Y los famosos garajes en donde surgieron los imperios tecnológicos de Sillicon Valley? ¿Habrían ingeniado Facebook o Microsoft Zuckerberg y Gates de haber sido vascos con txoko o tendrían más opciones de ser cocineros? La oportunidad de acceso y uso de un determinado espacio puede propiciar actividades  que devienen después en fenómenos económicos y sociales.

Por desgracia, también han descubierto el poder de la arquitectura quienes promueven un urbanismo cruel e inhumano como puede verse en este tuit de Julen Iturbe sobre los elementos hostiles implantados en algunas ciudades para echar de las calles a las personas sin hogar.

Conviene, por tanto, tomarse muy en serio la visión y la intención que impulsa o descarta una determinada arquitectura. Las políticas urbanísticas influyen en cómo usamos los espacios y pueden cambiar comportamientos y a veces incluso salvar vidas (por cierto, ¿alguien entiende que se haya puesto una escultura a modo biombo gigante en la explanada de las torres de Isozaki, un punto en su día considerado peligroso, y que impide la visión de toda la escalinata y puente Zubi Zuri desde la calle Mazarredo de Bilbao?).

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

Escultura en la explanada torres Isozaki, Bilbao.

A la escritora Virginia Wolf no se le pasó por alto la importancia del espacio para que las mujeres pudieran desarrollar una carrera como escritoras. Podríamos decir que fue una de las primeras expertas en diseño de viviendas con perspectiva de género. Dentro del feminismo y en este mismo blog se ha referenciado en innumerables ocasiones su famosa reflexión. Para escribir novelas, dijo, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio». De cocinas no dijo nada.

Rebecca y Jeanette, dos nombres, cientos de historias

17/12/2019 en Doce Miradas por Doce Miradas

miren hualde doce miradas Miren Hualde, Hondarribia (1979). Estudié Derecho y Periodismo. Después de 6 años en la Cadena Ser Euskadi, y de trabajar en programas e informativos, busqué el cambio que me permitiese dedicarme a aquello que me apasiona, contar historias desde lo social. Historias que abriesen la mirada a otras personas, historias que trajesen realidades y mundos que existen, pero no vemos. Desde hace 2 años soy la Responsable de Comunicación de la Fundación Anesvad. Trabajo en esta ONG que nació en Bilbao desde hace más de 10 años. Desde entonces, en mi vida nada es igual.

Rebecca tenía 9 años cuando la conocí, cuatro hermanos y vivía en Live, Ghana. En ese pequeño poblado de chabolas de adobe y paja, no hay ni centro de salud, ni luz, ni agua potable. En cuanto sale el sol, Rebecca recorre una hora por una pista de tierra roja para recoger agua potable para su casa. Después, prepara el desayuno para ella y sus hermanos, lava lo que ha utilizado y va al colegio. Más de media hora andando para llegar, limpiar su aula y colocarse en fila junto con el resto de compañeros y compañeras para entrar, puntual, a las ocho de la mañana en su clase. Hasta las dos. A esa hora, saldrá de su escuela con su uniforme blanco y azul y de nuevo a su casa. Un espacio dividido en dos bloques enfrentados, sin habitaciones y con dos camastros. Al fuego, con leña en el suelo, una cazuela con algo de fufú, eso con suerte. Son muchas las ocasiones en las que ni esta pequeña ni sus hermanos no prueban bocado hasta la cena, sobre las cinco de la tarde, cuando comienza a caer el sol. A partir de las seis, la oscuridad es total, y solo alumbran los distintos fuegos de las viviendas.

El día en que conocí a Rebecca, en 2012, sentí una emoción especial. Algo me llevó a conectar de manera inmediata con una niña de 9 años con quien no podía comunicarme sin un intérprete que tradujese lo que queríamos decirnos del ewe, su lengua materna, al inglés, una de las lenguas que se habla en ese país de África Occidental. Compartimos 15 días intensos en los que viví en primera persona lo que significaba leer “millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua”. Rebecca no había visto un grifo en su vida, conmigo vio lo que es abrir un grifo y que salga agua, compartió conmigo la emoción de ver correr el agua limpia por primera vez en sus 9 años de vida. Ella representó para mí, en ese instante, la realidad de millones de niñas, mujeres, personas en el mundo que no pueden acceder a este bien básico.

Esto es lo que me contó a través de su intérprete antes de despedirnos. Ese día, por primera vez, salió de su poblado para acompañarnos al mercado local, que dista 5 kilómetros de su casa pero que nunca había visitado. Se agarró a mi mano y no me soltó. La extraña debía ser yo, pero la que se sentía extraña era ella:

“Mi sueño es ser enfermera pero no sé si lo conseguiré porque mi familia no tiene medios. Seré entonces matrona en mi comunidad, ayudaré a otras mujeres. Me gustaría formar parte de los grupos de mujeres que existen en mi poblado y que fabrican jabón para tener ingresos y ser independientes.

Sé que hay otras muchas niñas y mujeres que tampoco cumplirán sus sueños. Porque las mujeres estamos discriminadas y no tenemos los mismos derechos. Cada día me pregunto por qué.»

Grupo de mujeres en Lalo, Benín.

Todos los días nos lo preguntamos. Por qué razón no tenemos los mismos derechos. Por qué razón las mujeres somos discriminadas. Hace bien poco se conmemoró, como cada 10 de diciembre, el Día Internacional de los Derechos Humanos y un año más la desigualdad de género sigue siendo una de las mayores barreras para el desarrollo humano. El IDH promedio de las mujeres es un 6% más bajo que el de los hombres, y los países de la categoría de desarrollo bajo sufren las brechas más amplias. Según las tasas actuales de progreso, podría llevar más de 200 años cerrar la brecha económica entre los géneros en todo el planeta. Son datos del último IDH 2018, con avances respecto a años anteriores pero el semáforo rojo sigue en países en vías de desarrollo como Ghana o Benín, dos de los países que he tenido el privilegio de visitar en varias ocasiones. Allí, aun estando legalmente prohibida, la poligamia campa a sus anchas en el ámbito rural, las mujeres trabajan a destajo en el campo y siguen sin ser dueñas de sus ingresos, tienen que pedir permiso para ir al médico y son el sustento de la familia desde todos los puntos de vista. Esto, dejando de lado la violencia intrafamiliar, la ablación y otros factores de extremo riesgo a las que se exponen.

Y es que, a pesar de los avances regionales en garantías legales, como es el caso de la Carta Africana de los Derechos Humanos de 1981 y su Protocolo Adicional en favor de las libertades de las mujeres (Protocolo de Maputo, en vigor desde 2005), las brechas de género, los abusos y la violencia contra las mujeres siguen abonando la pobreza, la discriminación y la emigración en muchos países africanos.

Hace 5 meses volví a Ghana por segunda vez este año. En el Hospital de Cape Coast, una antigua leprosería, me encontré de nuevo con Jeanette Gaya, una liberiana de 28 años a quien entrevisté en mi primera visita en 2019. Como yo, estudió Derecho y en último curso, enfermó. Peregrinó más de 5 años por hospitales de su país hasta que le hablaron de un centro en Ghana especializado en enfermedades como la suya, la lepra. Está curada de la enfermedad, pero ha sufrido una reacción a los medicamentos. La pobreza y el olvido que rodean a las personas que sufren estas enfermedades, también en el ámbito de la investigación médica y farmacéutica, hacen que casos como el suyo se cronifiquen. Será difícil que Jeanette salga de esa situación. Podía haber sido yo pero fue ella. El lugar en el que ambas nacimos marcó la diferencia.

Cada voz cuenta, cada paso cambia

10/12/2019 en Doce Miradas por Ana Erostarbe

No es la primera vez que traigo el test de Bechdel a colación en este blog. A través de tres sencillas preguntas, este test permite determinar si una película discrimina a las mujeres o no:

  • ¿Hay al menos dos mujeres con nombre propio en la historia?
  • ¿Conversan entre ellas en algún momento?
  • ¿Conversan sobre cualquier tema no relacionado con un hombre?

Tres preguntas aparentemente básicas, que no debiera costar responder afirmativamente, salvo en el caso de historias contadas. Al fin y al cabo, las mujeres somos la mitad de la población, y la lógica mandaría que estemos integradas de manera natural en lo que sea que se relate. Sin embargo, menos del 50% de las películas premiadas con un Óscar cumple con los requisitos mínimos de este test. Una cifra que, coincidiréis, cuando menos, da que pensar.

Disponer de un cuestionario tan sencillo para el cine dota de una herramienta útil a quienes miramos la realidad (y la ficción) de manera crítica. Permite identificar el desequilibrio, contabilizar y, llegado el momento, sumar los datos para generar una imagen global de lo que pasa con la presencia de las mujeres en la pantalla. Pero, sobre todo (y gracias al empuje social), ofrece a guionistas y realizadores una herramienta de reflexión, medida y corrección.

Y llego con esto hasta este otro gran tema, al que también regreso en este blog: la invisibilidad de las mujeres en la esfera pública; una cuestión que me interpela de manera particular (y que está, de hecho, en los orígenes de Doce Miradas). Qué hay detrás de esta falta de visibilidad femenina y, sobre todo, qué se puede hacer para cambiar. Mis preguntas en torno a este tema suelen ser más o menos estas:

  • ¿Por qué habiendo mujeres profesionales en todos los ámbitos se organizan tantos y tantos eventos en los que las mujeres estamos desaparecidas? (Véase foto 1)
  • ¿Por qué a menudo la única mujer presente es la conductora o la representante política de turno a la que le toca dar “la nota de color”? (Véase foto 2)
  • ¿Cómo es posible que haya premios empresariales con décadas a sus espaldas en los que se premia, año tras año, a hombres, sin reparar siquiera en que quizá sea hora de mirar este mundo compartido de manera más integradora? (Véase foto 3)

Me cuesta entender cómo algo tan ilógico, tan manifiestamente escorado, además de tan incoherente con el discurso de las instituciones públicas, sucede y sucede, y vuelve a suceder. Y en mis diatribas, me pregunto a menudo qué pasará (o qué no) por la cabeza de la Organización, qué pensarán los premiados o los ponentes cuando comprueban que (tampoco hoy) les acompañará ninguna mujer ahí arriba. ¿No comprenden acaso que la ausencia de mujeres en la tarima no solo no les es ajena, sino que su presencia es causa de la misma? Hay, por fortuna, honrosas excepciones como la de @No_Sin_Mujeres, iniciativa que recomiendo visitar a aquellos que quieran mostrar públicamente su compromiso de no participar en eventos profesionales sin presencia de mujeres. Nos hacéis falta. Con un paso al frente, colegas, compañeros.

Pero, sobre todo, por cuota de responsabilidad, suelo preguntarme por qué apoyan las instituciones, mis instituciones, con su mera presencia, si no con financiación o recursos de otro tipo, eventos en los que se menosprecia a las mujeres, ignorando nuestra existencia y capacidades. ¿Apoyarían con la misma corrección a empresas u organizadores de eventos que estuvieran contaminando abiertamente? ¿Apoyarían con el mismo sentido de la responsabilidad eventos xenófobos? ¿Por qué apoyan entonces eventos machistas?

En todo caso, partiendo de la idea —ingenua, quizá— de que muchos de estos errores no se cometen con vocación sino con ausencia de reflexión (o insuficiente esfuerzo y dedicación), propongo a continuación algunas preguntas básicas, en la línea del test de Bechdel, para ayudar a quienes se enfrentan a la ardua misión de organizar, tomar parte o representar a lo público en eventos en los que la mitad de la población no quede indignamente representada o desaparecida. Después de todo, hay más mujeres con educación superior (53%) que hombres (46%) desde hace décadas.  Y hoy proliferan además los lugares en los que encontrar mujeres profesionales para participar en eventos de todo tipo. Estamos levantando el dedo aquí detrás. No debiera de costar…

De modo que, al grano. Si organizas, participas o representas a una institución en un evento, atención, preguntas:

  • ¿La presencia femenina es de al menos un 30%?
  • ¿La presencia de esas mujeres está relacionada directamente con el contenido central del evento (nada que ver con necesidades técnicas, como la dinamización, lengua signos… o con la representación corporativa)?
  • ¿La comunicación del evento es inclusiva (desde los textos, el orden en el que se nombra a participantes hasta la imagen final que se envía a medios, publica en redes…)?

Si la respuesta es sí en todos los casos, adelante. Mission accomplished.

Si las respuestas son negativas, haz algo. La disculpa posterior se agradece, pero necesitamos acciones preventivas.

  • Si la respuesta es no, Organización, sigue trabajando, pide referencias, busca referencias. Las mujeres debemos estar en todas las funciones. No formamos parte del continente, sino del contenido.
  • Si la respuesta es no, ponente o premiado, hazlo notar, agradece invitación, valora nivel de desequilibrio y atrévete a decir que así, tú no.
  • Y si la respuesta es no, Institución, apúntalo con contundencia o, mejor, represéntanos a todos y todas, y declina asistencia. Probablemente sea el modo más rápido de que las cosas cambien.

No mires a la derecha ni la izquierda, no esperes a que el resto lo haga por ti. Cada voz cuenta. Cada paso cambia.