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Presta atención. En tu entorno hay un putero

13/11/2018 en Doce Miradas

doce miradas

«Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte». Con esta frase, la activista dominicana Minerva Mirabal respondía a principios de la década de los 60 a quienes le advertían sobre su incipiente asesinato. El 25 de noviembre, Minerva, junto a sus hermanas Patria y María Teresa, fueron brutalmente asesinadas por orden del gobernante dominicano Rafael Trujillo, tras ser encarceladas, violadas y torturadas por enfrentarse al poder.

La fecha de su asesinato se eligió, a partir de 1981, como el  Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, un día de denuncia y protesta que honra, al mismo tiempo, la memoria de las hermanas Mirabal. De seguir vivas, Minerva, Patria y María Teresa, hoy en día, tendrían mucho por lo que seguir luchando. Un gran número de nuestros derechos siguen en peligro en un sistema que parece cada vez más embravecido con el plante que las mujeres venimos haciendo desde hace muchos años y que se vuelve peligroso a ojos de quienes siguen ostentando el poder. Es un rechazo natural; si tocas teclas que consiguen entonar melodías de cambio, las estructuras se retuercen y reaccionan.

La realidad es que una de cada tres mujeres sigue sufriendo violencia física o sexual. Sí, ya sé que estos datos, leídos una y otra vez, no nos mueven de la silla. Nos hacemos inmunes porque lo que vemos son números, no vemos a las personas. Aún así, no voy a dejar de lado que tres de cada cuatro mujeres víctimas de trata son utilizadas para la explotación sexual, alimentando así el comercio más trágico, perverso y provechoso del universo: el comercio de las personas. 

La prostitución es el segundo negocio que más dinero mueve en el mundo, un mundo en el que se prostituyen entre 40 y 42 millones de personas; un 90% son mujeres y niñas que tienen entre 13 y 25 años. El 62% fueron iniciadas en la prostitución siendo menores de edad y, en la mayoría de los casos, habían padecido violencias físicas antes de los 16 años. No es casual. «El sistema prostitucional», dice Amelia Tiganus, integrante de Feminicidio.net y víctima de explotación sexual, «utiliza estos traumas de la infancia en su propio interés. Lo pude descubrir en mis carnes después de sufrir una violación múltiple a los 13 años. Me convirtieron en puta sin importarles que yo en realidad quisiera ser médica o profesora. Abandoné los estudios por no soportar toda aquella situación y aquel dolor. Las violaciones y la persecución se volvieron sistemáticas y yo, en la soledad y el abandono más absoluto, encontré la (falsa) solución el día que dejé de resistirme y me resigné». 

La prostitución funciona con la lógica del mercado. El propósito de los mercaderes de personas es elevar la cuota e incrementar sus beneficios. Lo tienen fácil porque comprar una persona en el siglo XXI puede costar menos de 150 euros, mientras que explotarla durante un mes puede generar como mínimo 6.000 euros. Y, mientras tanto, los compradores de sexo mantienen la demanda de este mercado.

Se calcula que, en el Estado español, casi un 40 % de hombres han pagado alguna vez por tener sexo con una mujer. Sí, has leído bien; 40 de cada 100 hombres. Lo repito porque no quiero que nadie lea este dato sin echarse las manos a la cabeza o sentir un punzamiento en el alma. A pesar de que tres cuartas partes de los puteros opina que si una mujer se prostituye es porque, de algún modo, le obligan a hacerlo a través del uso de la fuerza, o a base de amenazas, consideran también que las mujeres obligadas a prostituirse son siempre las otras, no aquéllas que ellos compran.

Los datos hablan por sí solos. Presta atención, hay un putero en tu entorno, a tu derecha o a tu izquierda: un amigo, un compañero de trabajo, un hermano, alguien de la cuadrilla, un vecino, un marido o un padre. Son señores, de todas las edades y condiciones, depredadores de cuerpos de mujeres y niñas, cada vez más jóvenes, porque así lo demandan clientes que se creen con derecho a comprar el cuerpo de una mujer.

En esta lógica de mercado, toda mercancía necesita ser renovada, dando ritmo así a la abominable ‘ruta del 28”, cuya denominación proviene de la práctica de aprovechar el día 28 —cuando la mujer comienza a menstruar— para cambiarle de lugar, es decir, de prostíbulo. Así, la mercancía se mueve y los puteros pueden comprar nuevos cuerpos en sus visitas semanales. El cliente exige, el proxeneta provee. Los puteros no cambian de localidad, no cambian de hábitos, los puteros están entre nosotras, convivimos con ellos, son personas aparentemente normales, con parejas e hijos.

La alegalidad de la prostitución en el Estado español hace que se vea como un paraíso para los tratantes de esclavas sexuales, que incluso llegan a ser denominados empresarios por algunos medios de comunicación. ¡Qué desfachatez! ¿Empresarios de qué? Alrededor de 1.500 burdeles se camuflan como locales de hostelería para esclavizar y explotar sexual y diariamente a mujeres. ¿En serio se les puede llamar empresarios? Como decía María Puente en el artículo “El año en que once diplomáticos europeos fueron explotados sexualmente”,  legalizar la prostitución no es una postura progresista. Y continuaba diciendo algo que comparto al ciento por ciento: “En algún tiempo creí que era la mejor opción, pero ahora estoy convencida de que regular y legalizar la prostitución supone la institucionalización de esta forma de esclavitud”.

Leía hace unos días a Sonia Sánchez, también víctima de explotación sexual. Dejaba a las claras, en una sobrecogedora entrevista en la BBC, que “ninguna mujer nace para puta. Nos hacen putas, nos convierten en putas. El mismo hombre que te hace puta, en otro barrio es un marido y un padre”. Y sabe de lo que habla. El patriarcado, que impone las reglas del sistema económico que hace girar la Tierra, plantea el debate de la prostitución en términos de libertad de elección y de regulación laboral. Las propias víctimas dicen que, “las mujeres que ejercen la prostitución necesitan decirse que son ellas las que eligen, las que ponen el precio, las que son libres de entrar o salir cuando les apetece. Y se lo dicen para no sentir dolor, para negar la tortura de la que son víctimas”.

Lejos de ser una oportunidad profesional, o una mal llamada “vida alegre”, se trata de una de las muestras más bestiales de la desigualdad de género y del sufrimiento humano. La prostitución no es una profesión, es esclavitud. No existen empresarios, existes proxenetas y mafias que trafican con personas. No existen consumidores, existen puteros que demandan “carne fresca” para satisfacer sus caprichos. Y los tienes muy cerca.

 

 

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Mujer, una noche cualquiera

10/07/2018 en Miradas invitadas

Juanjo Domínguez (@juanjodom). Nací en Barcelona y vivo en Orkoien, Navarra. Estudié Ciencias Políticas y Sociología y me gusta la Estadística Matemática. Con esas herramientas analizo la realidad, las evidencias y los datos; intento saber cómo se combinarán para dar lugar a nuevas realidades. Hago estimaciones y predicciones y, en muchas ocasiones, acierto. A veces hablo en medios de comunicación y, muchas veces, tengo ganas de no hacerlo. Soy corredor de fondo, de esos que no esquivan los charcos.

 

El reloj marcaba las once de la noche y los tres hombres y cuatro mujeres que nos habíamos desplazado hasta Tafalla entramos a tomar un café en un bar de la plaza principal del pueblo. Dentro del local olía a puro, a pacharán y a colonia cara de mujer. La música de la cafetería, ni alta ni baja. Las conversaciones resultaban audibles. Esperábamos por las consumiciones cuando un tipo baboso, algo ebrio, de unos 50 años, se arrimó a HLN (de la cuadrilla) sin ningún tipo de contemplación e intentó manosear su culo. Así, por la vía criminal. Por la cara. Porque él lo valía. Por sus huevos de macho. Porque en febrero de 1991 fuimos a disfrutar de los carnavales y HLN le plantó un manotazo defensivo en la pechera al sobaculos que lo hizo rodar tres metros por el suelo como una aceituna. Nadie del bar se inmutó. Solo se escuchó alguna risa burlona y la clientela nos miró con cara de desaprobación. Pagamos la cuenta y nos largamos. La noche prometía. Queríamos celebrar varios cumpleaños: 21 años.

El pueblo entero disfrazado, colorido de noche y bullicioso. Alegre. Una miscelánea humana se divertía, copa va y palpada en el culo viene – ¡qué obsesión con el culo de mis amigas! –. Y entre los bailes a ritmo de Rick Astley, Kortatu y los Pet Shop Boys, focos flamígeros y chispazos ululantes, rojos, azules y verdes. Reíamos. Ahora bien, a menor tamaño del antro, o mayor aglomeración en la calle, más se multiplicaba el número de restregamientos y, como no, el típico “frota que frota” a mis colegas féminas.

Imposible conocer el origen de tanta mano bellaca y anónima. Mis amigas, aunque protestonas por los tocamientos, nos contaban con cierta resignación que “vosotros no sabéis cuánto tenemos que aguantar”.

Aquella noche, fría y extraña, la palma sobona se la llevó HLN: 175 cm, 67 kilos, más unos zapatos unisex negros de invierno la alzaban hasta sumar 178 cm. No sé si guapa o fea, tal vez extravagante, HLN lucía un vestido morado ceñido por encima de las rodillas y una cazadora negra de cuero ajustada muy de la época. La verdad, llamaba la atención. Supongo que por su altura para ser mujer.

El caso es que, a eso de las tres de la mañana, mientras charlábamos apretujados en una esquina traicionera de un pub, una mano asquerosa se coló por debajo del vestido de HLN hasta la entrepierna. Ni el volumen infernal de “A quién le importa lo que yo haga”, la canción de Alaska que sonaba en ese preciso instante, evitó que la hostia que le dí al maromo pasase desapercibida. Así que, allí me vi yo, disfrazado de mujer, delante de aquel hosco indeseable, y sus compinches, sin saber muy bien qué iba a suceder.

Hoy, pasados tantos años, me imagino que mi cuadrilla y yo nos libramos de una buena tunda debido a que, ciertamente, el agresor y sus acompañantes pensaban que yo era una mujer de verdad a la que habían maquillado con gracia y acierto. Mi envoltura customizada daba el pego. Incluso, a pesar de haberme quitado la peluca, que había ido al contenedor de la basura con el fin de evitar problemas a mí y a mis amigos, dado que al menos una docena de guarros me habían metido mano desde que llegamos a Tafalla; eso, sin contar el sinnúmero de “delicadezas verbales” que escuché durante la algarabía nocturna. Para flipar.

Hasta aquel lance de 1991 desconocía cuánto soportaban las mujeres una noche cualquiera, un día de fiesta o una jornada normal. Lo que para mí se trató de una correría de carnaval, en la que me atavié de mujer como me pude haber disfrazado de marciano, acabó de una manera desagradable sin pasar a mayores. Hoy, a pesar de que el acoso sexual en todas sus variantes sigue siendo una lacra, quiero pensar que un poco hemos evolucionado como humanos.
HLN (Hasta Las Narices)

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Feminización

08/05/2018 en Miradas invitadas

Herminia Luque es escritora y profesora de Historia. Ha publicado las novelas Amar tanta belleza (Premio Málaga de Novela 2015), Bitácora de Poseidón (2010), El códice purpúreo (2011) y Al sur de la nada (2013). Asimismo su ensayo Siempre guapa. El imperativo estético en la sociedad contemporánea fue premiado por la Diputación de Almería en 2014. Su texto O Gorgo o Cinisca. Teoría feminista y deporte ha sido incluido en el libro Coordenadas. Pensar la sociedad en clave feminista (Málaga, Fundación Málaga, 2017).

En 2017 participó en el evento TEDxPlazaDeLaMercedWomen con una charla titulada Feminismo con h. Forma parte del Seminario de Estudios Interdisciplinarios de la Mujer de la Universidad de Málaga.

En una entrevista radiofónica[1], la escritora Cristina Consuegra (a propósito de la publicación del libro colectivo Coordenadas. Pensar la sociedad en clave feminista del que precisamente es ella la coordinadora), hizo una apelación  a la necesidad del conocimiento, de la lectura y el saber como elementos imprescindibles en la causa del feminismo.

En efecto, necesitamos pensar el feminismo. No en vano el feminismo es, en palabras de la filósofa Amelia Valcárcel[2], una teoría; una agenda también (es decir, cosas que hay que transformar o cuestiones novedosas a las que hay que enfrentarse), pero cronológicamente primero es una teoría, o sea, un acto de pensamiento.

Y pensar es poner nombre a las cosas. Necesitamos, por tanto, las palabras. Porque las palabras iluminan realidades, conceptualizan (es decir, resumen, abstraen, sacan el jugo de las cosas); son proyectos (acciones para el futuro, caminos por los que transitar); son, de igual modo, esperanza y brújula para transitar construyendo esos mismos caminos. Las palabras son el medio perfecto para comunicarnos, para unir abstracciones y realidades.

En la causa histórica de las mujeres o feminismo han ido apareciendo una serie de palabras cruciales para su propio desarrollo, empezando por la propia palabra feminismo. Pero también otras que nos remiten a un momento histórico o a realidades o aspiraciones concretas como sufragismo, patriarcado o género, que de simple categoría gramatical, pasa a denominar la construcción cultural de la feminidad (o qué entiende una sociedad por ser mujer).

También se han creado expresiones enormemente significativas relacionando palabras comunes, no asociadas en principio a las mujeres o al feminismo. Por ejemplo, “techo” y “cristal”, “vientres” y “alquiler”, que en los sintagmas “techo de cristal” y “vientres de alquiler” son descriptores de realidades e implícitamente llevan consigo poderosos elementos de crítica.

La profesora de Sociología del Género Rosa Cobo ha afirmado de un modo contundente que el arma del feminismo es la palabra. La violencia  siempre estuvo fuera del feminismo, al tiempo que “la persuasión intelectual y la presión política pacífica fueron sus herramientas fundamentales”.[3]

Desde estas líneas, yo propongo, no una palabra nueva, sino llenar con un contenido semántico distinto una ya existente. Se trata de la palabra “feminización”. Ordinariamente se habla de “feminización de la pobreza” o “feminización” de determinadas profesiones (como las sanitarias o la educación), aludiendo con ello al incremento o la existencia en porcentajes elevados de mujeres en los conceptos aludidos. Yo sugiero dejar de lado este significado estrecho y limitante para convertir la palabra Feminización (con mayúscula) en una categoría histórica. Así Feminización sería un movimiento cultural (como Ilustración, Reforma, Renaixença) que  tendría su origen en determinados países de Europa Occidental, entre ellos España, en la segunda década del siglo XXI. Esta fecha supondría, no solo un inicio, sino un punto de inflexión, un punto de no retorno en el proceso iniciado. Podríamos definir Feminización:

-En sentido amplio, como un proceso imparable de participación por parte de las mujeres en la sociedad en idéntico porcentaje al que le corresponde numéricamente en cuanto población, en todos y cada uno de los aspectos de la vida pública, la producción económica y los bienes culturales (educación, trabajo, política, poder económico, influencia cultural, creación artística, científica y literaria, medios de comunicación), con todas sus potencialidades, sin las restricciones, minusvaloraciones, descalificaciones o exclusiones a las que tradicionalmente se las había sometido.

Dicha participación vendría acompañada de una creciente conciencia de la dimensión del fenómeno, sus implicaciones y sus raíces (qué ha significado, qué significa la exclusión de las mujeres, la desigualdad en el acceso a los bienes, sean de la índole que sean, en razón del sexo). Lo que se traduce en una movilización social cuyos ejemplos más significativos serían las acciones reivindicativas o el activismo en la red. En este sentido, la huelga feminista (organizada por la Comisión 8 de marzo y apoyada por más de trescientas organizaciones) y las manifestaciones que hubo en España el 8 de marzo de 2018 son paradigmáticas.

-En sentido restrictivo, Feminización serían las aportaciones teóricas, literarias, artísticas, científicas, políticas y legislativas de las mujeres en esta centuria, del mismo modo que la Ilustración (el movimiento que hace del pensamiento y de la actitud crítica su razón de ser), es la suma de las producciones intelectuales de filósofos, escritores, científicos, creadores en suma, que buscan trascender, con su obra, un orden social injusto y un horizonte intelectual y político demediado, renuente a la libertad de acción y de pensamiento.

La Feminización tendría una dimensión ética innegable, que nacería de una vocación universal humanista, es decir, que pone en el centro de sus preocupaciones al ser humano, partiendo de la concepción de este como poseedor de derechos individuales imprescriptibles e intransferibles, sin que quepan componendas en este sentido, es decir, distorsiones por mor de tradiciones culturales lesivas para las mujeres.

Aspectos similares estarían presentes tanto en Ilustración y Feminización, como la apelación al conocimiento racional y la dimensión utópica, si bien los medios tecnológicos y los desarrollos sociales difieren notablemente. Pues si la Ilustración surge en un contexto de Antiguo Régimen (sociedad estamental, poder regio absoluto, omnipresencia de la religión cristiana), el contexto histórico de la Feminización es una Edad Global en la que los retos tienen asimismo una dimensión global y se habría entrado ya (a decir de las ciencias de la Naturaleza) en el Antropoceno, o era determinada por la acción transformadora y destructiva en idéntico grado del ser humano. De igual modo, las potencialidades de la Humanidad, amplificadas por los desarrollos tecnológicos (muy especialmente en los campos del almacenamiento, el tratamiento y la difusión de la información), abrirían caminos inéditos y esperanzadores.

Esta es mi propuesta: Feminización como una nueva Ilustración con protagonismo femenino;  como movimiento cultural y social transformador con las mujeres como protagonistas. Feminización como una Neoilustración. La Ilustración que no tuvieron las mujeres, la que está por hacer: la que estamos haciendo.

 

[1] La entrevista fue realizada por Laura Barrachina para  Radio 3 en el programa Efecto Döppler y se emitió el 7 de marzo de 2018. Aparte de Cristina Consuegra, fueron entrevistadas Concepción Cascajosa, Isabel Guerrero y María Luisa Balaguer, magistrada del Tribunal Constitucional de España, todas ellas autoras  de artículos insertos en el libro Coordenadas. Pensar la sociedad en clave feminista (Málaga,  Fundación Málaga, 2018).

[2] Afirmaciones que recojo de la conferencia pronunciada por Amelia Valcárcel en la sede del Rectorado de la Universidad de Málaga el 29 de marzo de 2017.

[3] Cf.  El artículo de Rosa Cobo, Individualidad y crisis de la identidad femenina.  Revista ex æquo, n.º 22, 2010, pp. 129-145. http://www.scielo.mec.pt/pdf/aeq/n22/n22a11.pdf; consultado el 21 de marzo de 2018 a las 6:50 horas.  Imprescindible el libro de esta autora  La prostitución en el corazón del capitalismo (Libros de la Catarata, 2017).

 

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Carta abierta a la joven que fue violada por La Manada, tuvo la valentía de denunciarlo, y fue juzgada por ello

27/04/2018 en Doce Miradas

Manifestaciones en contra de la sentencia. Jueves, 26 de abril.

Manifestaciones del jueves, 26 de abril, en contra de la sentencia.

Querida superviviente:

Durante la concentración del jueves, 26 de abril, en protesta por la sentencia de La Manada, en Doce Miradas nos preguntábamos por ti. Qué sentirías al conocer la sentencia. Qué sentirías al ver las reacciones de protesta en las principales ciudades del país. ¿Estaremos ayudándola con las manifestaciones en las calles?, nos decíamos. Ojalá te reconforte ver que hay una marea indignada con la sentencia. Ojalá te ayude saber que creemos que se te ha tratado injustamente. Ojalá te sientas menos sola. Decimos ‘ojalá’ porque también nos preocupa que si necesitas pasar página y seguir con tu vida quizás las protestas en la calle y el debate en los medios de comunicación no ayuden a ese fin. ¿O sí?

Es posible que no seas capaz de responderte. O que ayer pensases una cosa y hoy otra. También para eso eres libre y puedes cambiar de opinión tantas veces como lo necesites. Puedes romperte a llorar, o levantarte de la cama con ganas de que el sol de la primavera, tan distinto al de aquel julio, te ayude a recomponer la piel y el alma. O no. Lo que tú necesites estará bien. Porque aunque algunas personas no lo entiendan, tu libertad está por encima de todo. De todo. Nadie debe juzgarte, ni decidir cómo debes sentirte.

Nadie puede negarnos ya nuestra libertad. Ese tiempo se ha acabado. Porque somos muchas las que cualquier noche hemos sentido en nuestras espaldas pasos firmes siguiendo nuestros talones y hemos tenido que mirar de reojo para protegernos; porque muchas hemos escuchado el comentario soez acerca de nuestro cuerpo, ¡nuestro! cuerpo; muchas hemos visto la mirada que nos quiere desnudar y que provoca miedo, pero sobretodo, asco, mucho asco. En muchos momentos nos hemos sentido solas, hemos echado de menos el brazo de una amiga al que agarrarnos y sobre el que andar más deprisa; la voz de una amiga que en ese momento soez cerrase la boca de quien nos agredía. Pero hace tiempo que ya no estamos solas, ahora sabemos y gritamos bien alto que ese tiempo es pasado, y que estamos aquí para cambiarlo. Por ti y por todas.

Aunque la auto-denominada justicia aún no lo sepa. Nos falta hacerlo constar en las nuevas leyes, pero nunca más volveremos a aceptar el destino de las mujeres, ése que a lo largo de la Historia nos ha dejado en la sombra, a merced de las apetencias salvajes de los hombres que dictaban las normas que nos sometían. Nunca más aceptaremos su definición de violencia, porque eso sí es un abuso. Nunca más pediremos permiso para ser libres, para ser felices, para exigir los derechos que nos corresponden.

Algo ha cambiado ya, aunque todavía tengamos que llorar mucho, gritar mucho, trabajar mucho, exigir mucho. Vemos las calles llenas, y pensamos: estamos donde hay que estar. 

Pero en Doce Miradas también pensamos en ti, sobre todo en ti,  y lo último que querríamos es que te sintieras abrumada por esta ola gigante de solidaridad. Para aligerar el peso de tus hombros nos gustaría que supieras que las protestas y el debate vehemente son por ti o fueron por ti en un inicio pero ahora son también por todas nosotras. Lo que estamos defendiendo es la justicia para las mujeres. Estamos luchando por la libertad y la dignidad de todas. Y no creas que lo estamos haciendo solo las mujeres, porque ni te imaginas la cantidad de hombres que caminaban en la manifestación a nuestro lado gritando “Yo sí te creo” o “esta justicia es una mierda”. Ten en cuenta que esta sentencia nos deja a todas indefensas y vulnerables. Y nos negamos. Por ti y por todas.

Y ahora, tú descansa. Nosotras nos ocupamos. 

Con cariño y mucho respeto,
Doce Miradas

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Nos sobran razones

27/02/2018 en Doce Miradas

La huelga feminista convocada para el próximo 8 de marzo no tiene precedentes para la mayoría de los 177 países en los que se ha instado a la participación. Esta huelga es un llamamiento a todas las mujeres, con trabajo remunerado o invisible, como protesta ante las desigualdades, las injusticias y las barbaridades que sufrimos las mujeres por cuestión de género, y la falta de compromiso político para impulsar los cambios urgentes y necesarios en modelos sociales que siguen siendo, a pesar de los avances, visiblemente machistas. Una falta de compromiso que se hace explícita en cinco simples palabras: ‘No nos metamos en eso’. A ver si aciertan quién las pronunció.

La convocatoria del próximo 8 de marzo se viene fraguando desde mayo de 2017, el día en el que se produjo el Paro Mundial de Mujeres, impulsado desde Argentina, y secundado en más de 50 países y 200 ciudades alrededor del mundo para visibilizar la violencia machista, en todas sus expresiones, al grito de ‘nos queremos vivas’. La inspiración para el llamamiento de la próxima semana viene de Islandia, donde el 24 de octubre de 1975 tuvo lugar un evento sin precedentes. Como apuntaba Ana Erostarbe en Talkin’ bout a Revolution, nueve de cada diez mujeres fueron a la huelga para protestar por las desigualdades en el empleo y en el hogar. Bancos, fábricas, comercios y escuelas tuvieron que cerrar y los hombres acudieron con sus hijos e hijas al trabajo. Aquel viernes cambió la historia del país y provocó un movimiento que culminó, cinco años después, con la primera mujer presidenta de un país europeo.

El impulso de aquellas mujeres resultó un punto de inflexión que todavía resuena; las mujeres islandesas fueron capaces de organizarse y poner en el primer renglón de la agenda política y social la importancia de su trabajo, remunerado o no, y la efectividad de una estrategia colectiva para impulsar los cambios. Si nosotras paramos, el mundo se detiene; si nosotras paramos emerge la infinidad de trabajos que son imprescindibles, que no se pagan, que permanecen invisibles y que recaen, mayoritariamente, en las mujeres.

Los avances y las conquistas sociales no vienen solas. El 8 de marzo nos sobran razones para cruzar los brazos. Nos sobran razones para no quedarnos de brazos cruzados ante la desigualdad, la injusticia o la violencia machista. Nos sobran razones para entrecruzar los brazos y tejer redes. Nos sobran razones para repensar el modelo actual de convivencia, de trabajo, de enseñanza, de consumo y de cuidados.

Esta huelga es feminista, es una huelga de mujeres que reclamamos las mismas oportunidades que tienen nuestros compañeros; es una acción colectiva, un plante ante un modelo de convivencia en el que cada semana nos faltan mujeres víctimas del asesinato machista -57 mujeres en 2017- y en el que tiene cabida la violación, el acoso, el maltrato o la explotación sexual y que se resigna ante el hecho de que las mujeres aprendemos a tener miedo como aprendemos a caminar -lecciones que recordaba Pilar Kaltzada en ‘Se llamaba Manuel’-.

Un modelo que permite que una mujer cobre hasta un 30% menos que un hombre solo por una cuestión de género, según el informe Gestha. Una brecha que se acentúa entre los 26 y 45 años, periodo de maternidad y crianza, y que incrementa con la edad -las mujeres ocupadas mayores de 65 años cobran un sueldo por debajo de la mitad que los hombres de su misma franja de edad- y en la jubilación.

Un modelo que sostiene y apuntala los techos de cristal -solo un 26% de los puestos directivos están ocupados por mujeres- y tolera el tratamiento sexista, mientras sigue silenciando a las mujeres en los libros, la literatura, los medios de comunicación, los congresos o la representación pública.

Un modelo que no considera los cuidados como un bien social de primer orden y mira hacia otro lado mientras las mujeres seguimos dedicando casi 27 horas a la semana a trabajos no remunerados relacionados con los cuidados y las tareas del hogar -frente a las 14 horas que dedican los hombres-.

Un modelo que no atiende a reformas educativas que eviten que, hoy en día, un 29% de los jóvenes considere aceptable o inevitable controlar los movimientos y horarios de su pareja, impedir que estudie o trabaje y ordenarle lo que tiene que hacer.

¿De verdad queremos mantener este modelo de convivencia? No estoy segura de que la respuesta sea clara. Exigimos, sí, exigimos cambios urgentes; los hemos exigido antes del 8 de marzo y también lo haremos después, pero este día nos sobran razones para detenernos y pensar en colectivo. Yo estaré, junto a millones de mujeres, cruzando brazos para poner fin a las excusas que sostienen tanta injusticia.

Etiquetas: 8 de marzo, desigualdad, huelga 8 de marzo, igualdad, machismo
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25 de Noviembre. Las muchas caras de la violencia contra las mujeres

21/11/2017 en Doce Miradas

Hace ya unos meses, en Doce Miradas tomamos la decisión de cambiar nuestro ya característico logo rojo en Twitter por su versión en negro cada vez que una mujer fuera asesinada por su pareja o expareja. Un gesto pequeño ante la magnitud del problema, pero que nos ha enseñado más hacia dentro que hacia fuera. La principal lección ha sido que rara era la semana que no tuviéramos que cambiarlo. Pero es que avisándonos vía WhatsApp, Twitter o nuestra lista de correo, por fin hemos sido conscientes de la dura situación a la que nos enfrentamos. No es que antes no lo fuéramos, pero es que los números son tan escandalosos que unos asesinatos tapan a otros (cuando no lo hacen otras noticias que parece que son más interesantes de copar portadas).


La maté por amor

En enero de 2017 en una localidad vizcaína J.A.G., un hombre de mediana edad, mató a su madre enferma nonagenaria. En el juicio, celebrado diez meses después, la defensa argumentó que la había matado “por amor”.

No es la primera vez que algo así sucede. Puede ser un hijo o un esposo, alguien que ha sido siempre cuidado por una mujer. Cuando esa mujer enferma, cuando no puede seguir cuidando, ese hombre no solo tiene que empezar a ocuparse de si mismo (su comida, su casa, su ropa…), sino que también tiene que ocuparse de la mujer que antes lo cuidaba (su higiene, su medicación…). Ese tránsito de cuidado a cuidador lo desborda, lo supera y reacciona de la única forma que ha aprendido a enfrentarse a los problemas: con violencia.

Ese “la maté por amor” nos recuerda demasiado a los “crímenes pasionales”; no nos engaña, no nos lo creemos. Tampoco el jurado popular creyó a J.A.G.: lo declaró culpable.

Millones de mujeres cuidan a sus hijos, a sus esposos, a sus padres, dependientes o enfermos. Y los quieren mucho. Pero no los matan.


Redirigir el foco hacia los hombres violentos

Las mujeres reivindicamos visibilidad desde hace tiempo. Sin embargo, en todo lo que se refiere al maltrato y asesinato de mujeres por parte de los hombres tenemos, en mi opinión, un exceso de visibilidad. Un protagonismo no deseado. Y mientras tanto, los hombres maltratadores, los hombres asesinos permanecen en la sombra. La fecha señalada de la que hablamos en este post se llama Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. ¿Por qué no Día Internacional contra los hombres violentos, maltratadores y asesinos? Cuando comentamos con una mezcla de hastío y horror, ‘Otra mujer asesinada’, ¿por qué no ‘Otro hombre asesino’? Cuando se hace recuento de las mujeres asesinadas y se dan a conocer sus perfiles, estadísticas con edades, países de procedencia… ¿por qué no hacer lo propio con los hombres que les han pegado o matado? Poner siempre ese foco tan potente sobre la mujer produce la impresión de que LA MUJER ES EL PROBLEMA. No queremos ese protagonismo. Queremos medios, recursos y voluntad para erradicar esa violencia. Y en el camino para lograrlo está sin duda investigar y estudiar al hombre asesino. Al causante. Sin dejarse nada. Sin tabúes como el país de procedencia. ¿No estamos siempre insistiendo en lo importante que es la educación y cultura recibidas desde la infancia? Entonces, el país de procedencia es un dato pertinente. Centrarse en estudiar a las mujeres víctimas no parece que nos haya llevado muy lejos hasta ahora. La mujer-pareja no crea al maltratador. Él ya existía.


Presuntamente

Mientras lees estas líneas, una mujer será violada; presuntamente. Será en su casa, o en un portal, o en una zona un tanto apartada de un parque.

Antes de que acabes de leer, otra mujer será asesinada, presuntamente; morirá, presuntamente, a manos de su pareja o expareja.

Mientras sigues leyendo, una niña será obligada, presuntamente, a casarse con quien la familia haya elegido. Con nueve años entrará a una alcoba y no saldrá nunca más.

Antes de que acabes de leer, si es que lo haces, miles de mujeres mirarán a su alrededor asustadas, intentado no entrar en pánico porque desde una distancia excesivamente corta unos hombres están mirando, al acecho, a la espera de cobrarse su pieza; presuntamente. Notarán sus ojos en su espalda, oirán sus palabras soeces, sus risas cómplices, y escucharán, atronador, el silencio cómplice. Perdón, presuntamente cómplice.

Y esto ocurre cada minuto de cada día, de cada mes. Año tras año.

Para que tengas una fotografía lo más completa posible, permíteme que te recuerde que lo que va a ocurrir mientras terminas de leer y piensas que exageramos, es lo siguiente: un hombre violará a una mujer, y otro hombre asesinará a su expareja. Eso es: presuntamente.


El valor de recordar

25 de noviembre. Un año más se conmemora (una paradoja en este contexto) el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Un día en el que toca recordar a las 872 mujeres asesinadas desde 2003. Como si el resto del año pudiéramos olvidarlas.

Por si fuera necesaria la aclaración, violencia machista es “todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”.

A las instituciones, medios de comunicación, comunidad educativa, partidos políticos, ciudadanía… hay que recordar que la violencia contra mujeres y niñas es un problema social y de extrema gravedad; sin voluntad real no es posible avanzar.


In dubio pro reo

Este año las gafas moradas del feminismo enfocan nítidamente la desigualdad del valor de la palabra, la credibilidad, la verdad. Las campañas #MeToo (yo también), #YoTeCreo y #JusticiaPatriarcal son tres vértices del mismo triángulo (figura imaginaria formada por tres vértices o tres elementos que tienen una relación).

La credibilidad es una herramienta básica de supervivencia, afirmaba Rebeca Solnit. Según la autora, más que una tediosa hartura para tantas mujeres, el mansplaining es otra técnica más para apuntalar el poder social de los hombres mientras subraya la eterna duda sobre la palabra de la mujer.

Y la violencia sobre la mujer, se dirime esencialmente sobre la cuestión de credibilidad. Mi palabra contra la tuya

De aquí el latinajo: In dubio pro reo es el principio jurídico por el que que en caso de duda, por ejemplo, por insuficiencia probatoria, se favorecerá al acusado (reo).

Nuestra particular versión Judeo-Cristiana del patriarcado nos enseña que la palabra de las hijas de Eva, pecadora original, nunca tendrá fuerza probatoria. Mientras que las palabras del hombre, hecho, a imagen y semejanza de Dios, son verdad. Ya lo dijo Juan 1:1 «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios»

La palabra griega λόγος o logos se traduce al español como «Verbo» (o «Palabra»), pero también puede significar pensamiento, habla, cuenta, es decir, razón, proporción, principio, estándar, o lógica, entre otras cosas…

El 25N tomamos la PALABRA.

Etiquetas: 25N
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Me gusta conducir

25/07/2017 en Miradas invitadas

Miren Larrea Madrazo (Lazkao, 1969). Mujer, madre, amiga, hija, hermana, compañera, maestra…siempre en femenino. Licenciada en ciencias de la información y diplomada en magisterio. Desde 2004 me dedico a la docencia. Imparto clases a jóvenes de entre 12 y 16 años en un colegio concertado y sigo disfrutando con mi trabajo. Me gusta vivir despierta. Soy feliz en contacto con la naturaleza y me gusta la comunicación, relacionarme y aprender. Adoro la música y bailar. Me encanta coger el volante bajo un cielo despejado, poner la música a todo volumen y conducir sola.

 

Definición del diccionario de la RAE. Conducir: guiar un vehículo automóvil. Lo he dicho en mi presentación. Me gusta. Buena música, carretera y manta. La palabra conducir tiene también otra acepción algo más completa: “guiar o dirigir a alguien o algo hacia un lugar, un objetivo o una situación”. Esta es buena. Me ha costado, la verdad. A mis 47 años no ha sido fácil aprender a conducirme en la vida. “La teórica” me la sabía bien, supuestamente. Pero tanto tiempo de copiloto….tanto dejarme llevar… En fin, está claro que no queda otra que practicar y que aprender de la experiencia. He aprendido tarde y me he chocado unas cuantas veces, pero…¡Dios! ¡Cómo me gusta conducir sola (también en este sentido)!!

Sin embargo, no vivimos solos. Vivimos en sociedad e interactuamos con diferentes agentes. Y lo hacemos todos, yo, tú, ella, nosotros, vosotras y ellos. Es decir, que la mayoría de las veces llevamos a alguien en el carro; guiamos o dirigimos a alguien hacia algún lugar… Y, aunque no lo llevemos, nuestra forma de conducir incide y tiene su repercusión en quienes nos rodean. Sobre todo en los más jóvenes. La responsabilidad es incalculable.

Salgamos por un momento de la metáfora y adentrémonos en la realidad. Aunque no seamos docentes, todos y cada uno de los adultos que formamos la  sociedad somos educadores de nuestros menores. Y, por desgracia, últimamente, da la sensación de que la sociedad ha delegado casi en exclusividad la educación de sus jóvenes en la escuela. Y la escuela no da abasto. Necesita más conductores instructores.

Es verdad que la misión de la escuela es preparar a los jóvenes para la vida. La escuela está para desarrollar conocimientos y habilidades, para favorecer la integración en la sociedad, para transmitir conocimientos, para enseñar a trabajar de forma individual y en equipo… Y también es cierto que no es la escuela la que se tiene que adaptar a la sociedad para cumplir con su misión de cambiar y mejorar la sociedad (mal iba a andar si lo hiciera!), sino todo lo contrario. Pero… ¡demonios! ¿No sería mejor que participáramos todas y todos? La escuela no lo puede hacer todo. La escuela intenta hacerlo todo; intenta llegar a todo… pero a veces no consigue alcanzar todo lo que se propone o todo lo que se le exige. Simplemente no llega, porque es mucho lo que hay por hacer y parte de ese mucho hay que hacerlo, además, contra corriente.

En un mundo en el que aún impera el machismo, la escuela trabaja por sentar las bases de una sociedad igualitaria y paritaria. Una sociedad que devasta montes y océanos, exige a la escuela que enseñe a sus jóvenes a respetar el medio ambiente. Una sociedad violenta pide a la escuela que trabaje por la convivencia en paz. Una sociedad puramente competitiva reclama a la escuela que forme jóvenes que sepan cooperar. Una sociedad que no lee, demanda a la escuela que forme jóvenes lectores. Una sociedad que, cada vez más, recurre a la comida precocinada o incluso a la comida basura, exige a la escuela que enseñe a sus alumnas y alumnos a llevar una dieta saludable…  Todo esto y mucho más. Porque la última novedad es que la escuela pronto tendrá que impartir clases de educación cívico tributaria.  Para que nuestros jóvenes, ya desde cuarto de la ESO, interioricen y aprehendan que…-a ver si se me entiende bien- no hay que defraudar a Hacienda! Todo esto además de enseñar idiomas, matemáticas, ciencias…. enseñar a escuchar, a estar bien sentado, a no comer en clase y a respetar los turnos al hablar. Por decir algo.

Es mucho trabajo. Pero hay que hacerlo y es mi deseo hacerlo. Aunque sea contra corriente,  enseñar, educar y coeducar es nuestra labor. Me gusta enseñar idiomas, literatura, música o historia a mis alumnas y alumnos. Me gusta enseñarles a conducir su propia vida y  mostrarles las herramientas, los vehículos y los caminos para poder hacerlo. Deseo dotarlos de espíritu crítico y que aprendan a no dejarse llevar. Es decir, no pretendo quejarme de la tarea. Sólo reivindico cooperación, compromiso y toma de conciencia. Porque lo que educa es el ejemplo. Y el ejemplo no está únicamente en la escuela. Está en casa, en la familia, célula principal de la sociedad; está en la calle, en los medios de comunicación, en las instituciones, en las empresas…

Un ejemplo. Desde la visión de género. Cuando pregunto dentro del aula: ¿Qué preparó ayer el aita para cenar? y los alumnos y alumnas responden con normalidad, sin poner cara de asombro, la cosa va bien. Eso, probablemente, quiere decir que el aita prepara la cena; es un hecho normalizado. Cuando pregunto por la profesión de los padres y me responden “mi ama no trabaja”, la cosa no pinta bien. Con bastante probabilidad, el trabajo de esa ama de casa no es valorado en su justa medida por ninguno de los miembros de esa familia. El panorama se pone realmente feo si los chicos del aula llaman puta a una niña de 13 años porque habla mucho con muchos chicos. Y se pone más feo aún, si el resto de las niñas callan ante semejante inaceptable barbaridad. Y nos preguntaremos….: ¿Dónde vivencian los chavales esos ejemplos, el de juzgar abusiva y arbitrariamente, o el de callar ante las injusticias? ¿Esto lo puede solucionar sólo la coeducación? ¿Sólo la escuela?

Educar en igualdad es imprescindible y luchar por la equidad, la justicia el respeto y la visibilidad es tarea de la escuela. Pero no sólo de la escuela. No lo puede hacer sola. Para conducir a nuestros jóvenes, para guiarlos y dirigirlos hacia ese algo en el que creemos, hacia ese objetivo que perseguimos (llámese igualdad, justicia, cooperación, solidaridad, conciencia ecológica, etc.), es necesario no sólo conducir, sino co-conducir. Cooperación, compromiso, conciencia. Co-, con-, com-. Prefijo. Del latín cum. Indica o significa unión o compañía. ¡Ea! Pongámonos pues a co-conducir. “La teórica” está bien. Pero lo que realmente funciona y enseña es la práctica. El ejemplo. Y la coherencia.

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Decálogo de buen uso del lenguaje de género en el deporte

04/04/2017 en Doce Miradas

Desde hace algunos meses ando enzarzada en un proyecto profesional relacionado con el mundo del deporte, y a medida que vamos profundizado en el desarrollo del mismo, me he topado de bruces con una realidad que intuía, pero de la que no tenía consciencia sobre su magnitud: la masculinización del lenguaje en el deporte.

Y es que la utilización que habitualmente se hace de este lenguaje está llena de estereotipos desde el punto de vista de género, resta méritos en los triunfos e invisibiliza en muchas ocasiones a las mujeres como consecuencia de los términos utilizados, remarcando la desigualdad en este ámbito.

No es la primera vez que denuncio la desigualdad entre mujeres y hombres en el deporte. Me estrené en este blog con el post  «Marca-das por la desigualdad en el deporte« donde hice hincapié en el tratamiento desigual -y en ocasiones denigrante para la mujer- de la información de los medios de comunicación deportivos. Pero esta vez, aunque el tema de este post esté muy relacionado con la forma que tienen los medios de (in)visibilizar a las mujeres, intentaré darle un toque más constructivo, compartiendo conocimiento y aportando mi granito de arena.

Vamos a ello ;D

El modelo deportivo que tenemos en la actualidad, con muchos siglos de historia, fue construido por los hombres y para los hombres. Esta cuestión determina aún hoy el lenguaje utilizado en este ámbito, y en ocasiones, parece que hay interés por parte de ciertos sectores en perpetuarlo. La cultura deportiva femenina es más bien cosa del presente, y sobre todo, estoy convencida, del futuro.

Por otra parte, el lenguaje es un tema de vital importancia a la hora de producir cambios en la sociedad, ya que es el vehículo para el cambio en relación con los estereotipos de género asociados al deporte. Cambiar el lenguaje es cambiar la comunicación de la realidad y, ello puede modificar la percepción que tienen las personas, pudiendo llegar a lograr que la sociedad en general asuma estos cambios. No es casualidad que el lenguaje deportivo sea una de las dimensiones más importantes dentro de las políticas de Igualdad en el deporte, y un fuerte estandarte para lograr la igualdad efectiva entre mujeres y hombres en este ámbito.

A todas y todos nos suenan algunos estereotipos desde el punto de vista de género, con expresiones del tipo “corres como una nena”, “salta como un hombre” o “es muy fuerte para ser mujer”, o la utilización de términos en género masculino cuando también se incluyen mujeres, como “la asociación de entrenadores de baloncesto”, “los árbitros” o “los dirigentes del club”. Esto contribuye a potenciar el “efecto ocultador” de la presencia de las mujeres en el deporte.

Por ello, y con ánimo de aportar mi granito de arena en buscar la equidad con el hombre en la denominación de la mujer como sujeto deportivo, mencionaré mediante un decálogo algunas orientaciones para un uso no sexista en el lenguaje deportivo, tanto en el oral como en el escrito. Estos 10 consejos están basados en mi propia experiencia y sobre todo en las recomendaciones de la UNESCO y otros organismos europeos y de ámbito nacional. 

Estas son algunas de las cosas que deberíamos tener en cuenta a la hora de hablar o de escribir sobre deporte, con el fin de lograr que las mujeres no sean consideradas protagonistas de segunda categoría (de eso ya se encargan las diferencias salariales, la profesionalización, y por supuesto, la invisibilización de los medios de comunicación.)

Os invito a ponerlas en práctica si tenéis oportunidad. También os invito a leer la completísima publicación del Instituto de la mujer “Hablamos de deporte«, que me ha servido de inspiración para este post, y por supuesto, leer a mi compañera Noemí Pastor, lingüista y con artículos más que interesantes sobre el lenguaje de género en este blog.

Por último, si queréis añadir alguna recomendación más, estaré muy agradecida de que lo hagáis en los comentarios.

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El patriarcado es como el calentamiento global, o por qué vamos a la huelga este 8M.

28/02/2017 en Doce Miradas

El patriarcado es como el calentamiento global, no hace falta creértelo para que te siga jodiendo.

 

Ya estáis pensando que voy a acusar a «los hombres» de cargarse el planeta. Ese sería un típico acto reflejo cuando la mayoría de personas oyen la palabra «patriarcado». (Para un análisis razonado, fino y acertado, y con la legitimidad de la voz masculina, ver «No nos gusta que nos cuestionen«)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿La mayoría? ¿Mujeres también? Pues sí. Como del calentamiento global, nadie se libra.

 

 

Sí, nos afecta a todas y a todos, solo que no de la misma manera. Igual que el calentamiento global afecta más a unas personas que a otras.

Fuente Traducción: Según la investigación, se estima que el cambio climático reducirá los ingresos medios en el 40% de los países más pobres en un 75% en el año 2100, mientras que el 20% de países más ricos pueden experimentar ligeras ganancias.

 

Para poder colocar jerárquicamente a unas personas en posiciones de poder y otras no, el patriarcado se ocupa con mucho ahínco en dividirnos en dos. Y nos dice constantemente quién es quién, cómo ser hombre y cómo ser mujer, cómo distinguir entre hombres y mujeres mucho más allá de los genitales, y finalmente para qué sirve cada uno (y para qué no). Y una vez naturalizada la inevitabilidad de todo esto, nos podemos tranquilizar que todo está bien como está, y cambiarlo sería muy malo.

Hay personas a las que la palabra «patriarcado» les parece un «palabro». Les suena o bien a «cultismo» académico no apto para el gran público, o bien a eufemismo sobre-expuesto del tipo enervante como «emprender» o «innovación».

Tal vez estas reacciones sean en sí mismas sutiles formas de rechazo al concepto. Al fin y al cabo se nos llena la boca con un sinfín de categorías de análisis para explicar nuestros «problemas sociales» y los desequilibrios de poder (raza o etnia, nacionalidad, clase, religión etc). Pero si utilizas el género para analizar ciertos temas «espinosos» (terrorismo, guerra, pobreza, violencia, militarismo, abusos sexuales etc), en cuestión de pocos segundos alguien inevitablemente dirá que no seas tan suspicaz y dramática, ¿no somos todos iguales o qué? Curiosamente en temas como quién limpia mejor, quién cuida mejor a las criaturas, quién conduce mejor, quién es más emocional, o quién sabe dónde están esos malditos calcetines negros que parecen haber desaparecido (!), las categorías de género son perfectamente válidas y parecen poder explicarlo todo.

Hace poco escuché a Amelia Barquín. Doctora en Filología Románica y profesora de Educación Intercultural y Educación y Género en HUHEZI (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de Mondragón). Ella contaba cómo su alumnado dieciocho-añero llegaba sabiendo muy bien qué es el capitalismo, el marxismo, sí, incluso el calentamiento global. Pero nadie sabe qué es el patriarcado. Consecuentemente, lo explica a principio de cada curso:

Patriarcado: el sistema sociopolítico en el que el género masculino tiene supremacía y mayor contacto con el poder (en política, economía, religión…)

Vale la pena escuchar su conferencia completa, pero aquí os comparto su explicación del término.

Barquín continua describiendo cómo se transmite, pervive y se adapta este sistema sociopolítico no solo a través de nuestras leyes y normas formales sino infinitamente codificado en nuestras diversas culturas planetarias.

Aquí no voy a meterme de lleno en la definición, orígenes, funcionamiento o consecuencias del patriarcado. Hay muuuucha literatura disponbile. Si habéis leído hasta aquí ya os habréis fijado que esto es más bien una cadena de «memes», mecanismos que hoy en día nos entretienen con su humor instantáneo y tontorrón, pero que a veces son capaces de provocar pensamientos (!)

 

 

 

 

Pero sí es útil de momento especificar que aquí, en «el norte global» no hemos superado el patriarcado. Más bien, éste va mutando constantemente cual Terminator, adoptando nuevas formas y regenerándose para parecer lo que no es.

La filósofa ecofeminista Alicia Puleo «distingue entre dos tipos de patriarcado: patriarcados de coerción, los que estipulan por medio de leyes o normas consuetudinarias sancionadoras con la violencia aquello que está permitido y prohibido a las mujeres, y los patriarcados de consentimiento, donde se da la igualdad formal ante la ley: los occidentales contemporáneos que incitan los roles sexuales a través de imágenes atractivas y poderosos mitos vehiculizados en gran parte por los medios de comunicación”.

 

 

 

 

 

El patriarcado es como el calentamiento global, que nos rodea en la atmósfera invisible del ozono, y se perpetua a través de los deseos consumistas de la especie humana.

 

 

 

 

Y como no se ve, y ciertamente a muchos beneficia, nos dirán que no existe, que eso es parte de la peligrosa «ideología de género». ¿Qué te parece más ideología?

 

 

 

Así que negarán su existencia como aquellos que niegan el cambio climático. Pero, preguntémonos: ¿Qué pasa si trabajamos por una sociedad justa e igualitaria, aunque lo del patriarcado sea mentira?

Traducción: «¿Qué pasa si (el cambio climático) es mentira y hemos creado un mundo mejor para nada?»

 

 

 

 

A veces no lo entiendo (pero lo entiendo). Cuando niegan las evidencias científicas, ¿Qué quieren? Seguir teniendo «derecho» a polucionar el aire, envenenar el agua, deshacernos de especies tras especie (incluida la humana)? Y cuando niegan el patriarcado? A qué quieren seguir teniendo «derecho»?

Y allí es cuando empieza la tergiversación absoluta, y resulta que los hombres lo tienen mucho peor que las mujeres. ¡Cielos!

 

 

 

 

 

 

Por favor , cálmate y piensa

Traducción: Los problemas que estás atribuyendo al feminismo son el resultado del patriarcado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Entonces, qué queremos las personas feministas? ¿Un matriarcado? La respuesta es no.

Pero comprendan también que, como el calentamiento global, el patriarcado también lo es, y por eso vamos a la huelga este día 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres:

Etiquetas: 8M, calentamiento global, desigualdad, feminismo, machismo, partriarcado, Perez Reverte
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La mitad de todo

13/12/2016 en Doce Miradas

Tomo el nombre prestado para este artículo de un documental  muy recomendable, con el que comparto muchas cosas. Si os animáis a verlo, encontraréis un retrato coral de la Bolivia de hoy en día, a través de la mirada de 12 mujeres. (Deliciosa coincidencia: a veces la vida es eso, una sucesión de azares que tejen redes de sororidad). He dado con este trabajo mientras buscaba una idea con la que expresar la preocupación que me ronda hace tiempo. A ver si lo consigo.

¿Pero qué más queréis?

Si os habéis puesto las gafas moradas y habéis desarrollado la “bendita manía de contar”, como decía Gabriel García Márquez, os habrán preguntado en más de una ocasión a qué viene esta moda (sic) nuestra del escrutinio diario sobre la presencia de la mujer en espacios públicos. Ya sabéis de qué chispa nació hace tres años nuestra pequeña hoguera (ésta es nuestra historia, por si te has despistado), por lo que mi respuesta suele llevar a contarles la experiencia de este blog.

¿Es necesario que las mujeres tengan una participación tasada en la vida pública para garantizar el avance del feminismo? Cada vez que se denuncia la usencia de mujeres, emerge una voz especialista en igualdad de la profundidad de las gargantas de cada persona a la que, previamente, le has reprochado falta de sensibilidad, haciendo bueno el antiguo dicho: “no hay mejor defensa que un buen ataque”.
Por no irnos muy lejos, supongo que recordaréis el jardín en el que se metió hace unas semanas el líder de Podemos, Pablo Iglesias, cuando intentó explicar esto mismo, con mayor o menor acierto, dicho sea de paso, aplicado a la acción política formal.
La cuestión tiene miga: ¿psamuel-jhonson2or qué es importante que haya mujeres en las esferas públicas, cuando ser mujer no equivale a ser feminista?
Lo explica bien la
Organización de la Naciones Unidas cuando asegura que la participación equilibrada de hombres y mujeres en todos los espacios públicos es condición básica para una democracia que se considere sana. Es una cuestión de diversidad, y la diversidad es una de las bases, junto con el respeto de los derechos humanos, sobre las que sea asienta una convivencia saludable. Tirando de este hilo no es difícil llegar a la reivindicación de la paridad como derecho, y por extensión, a la reclamación cada vez más compartida por una presencia equilibrada de hombres y mujeres en todos los foros públicos o privados, en los que se requiere o agradece diversidad de opiniones, miradas y propuestas.

 

No es cuestión numérica

Es uno de mis argumentos favoritos. Ya sabéis, cuando nos recuerdan que forzar la maquinaria para conseguir una presencia más o menos igualitaria es un ejercicio estéril, porque la “cosa” no va de contar sillas, sino de transformar la realidad.

¿Cuántas veces lo habéis escuchaczwgnmqwqaammw9do? Yo he perdido esa cuenta. Si realmente no es una cuestión numérica, me pregunto: ¿por qué existe esta resistencia visceral a equilibrar la presencia de hombres y mujeres en los espacios públicos? Si no se trata de números, ¿de qué se trata? La lista de excusas va creciendo, y todas ellas tropiezan con la evidencia contraria: a quien dice que no hay mujeres expertas en tal o cual ámbito, se le responde con el listado de expertas correspondiente; a quien alega que las mujeres “no quieren” participar, se le afea esta extraña costumbre que tienen algunos de saber qué piensan todas las mujeres del mundo…

¿Contar con más mujeres en la esfera pública equivale a feminizarla? No, pero no siendo suficiente, es condición necesaria. Un paso inicial fundamental para
empezar a remediar la infrarrepresentación generalizada de las mujeres en las actividades en los espacios en los que la valoración social (reconocimiento público) es la moneda
de cambio. Cuantas más mujeres haya en los medios de comunicación, en las conferencias, en los debates públicos, en las estructuras políticas, etc., más cerca estaremos de entrar en el verdadero meollo de la transformación social, más evidente será la necesidad de abrir el debate y deconstrucción de roles, de hablar de valoración de la diversidad, de cuestionarnos el reparto de poderes, empoderamiento, etc.
¿Todo esto puede conseguirse solo a través de la mayor presencia de las mujeres en los espacios públicos? Claramente no, pero me gustaría hacer la pregunta a la inversa, por si ayuda a desatar el nudo: Si la presencia no transforma, ¿lo hace la ausencia de mujeres? Diría que no. Radicalmente no.

La denuncia por estas ausencias clamorosas es incómoda. Para quien recibe la crítica, no cabe duda, y también para quien la realiza. Sobra decir que de forma mayoritaria son, o somos, las mujeres quienes lo hacemos, y nos sitúa en una posición que en muchas ocasiones se interpreta como ataque directo, contra una organización o institución, contra unas personas concretas, etc. Los primeros se sienten interpelados y criticados, y las segundas nos sentimos acusadoras en una causa abierta sin aparente resolución a la vista. Y es frustrante.
Las pocas alegrías que te da, sin embargo, compensan. Hay algunos casos domésticos en los que esta interpelación ha sido el acicate para cuestionar, fondo y forma, de ciertas acciones. Y algunos movimientos de gran alcance han nacido de este impulso, y van extendiéndose a todos los ámbitos.
¿Qué queréis?: la mitad de todo

No es una cuestión de equilibrio estético, aunque esto no sería, en cualquier caso, un tema menor. Una imagen vale más que mil palabras, dicen… La participación equilibrada es condición básica, tal vez no suficiente, pero esencial para avanzar en el reconocimiento de la mitad de la población del mundo.
Y es importante que esta cuestión esté en la cabeza y en las agendas de todas las personas que tienen cierta responsabilidad, tanto como organizaciones privadas y cuanto más si son públicas.
La mitad de la población quiere compartir la mitad de todo. De todo. Es decir, queremos equilibrar el reparto de espacios y responsabilidades, para cuestionarlas desde dentro y no como meras invitadas a una fiesta masculina que se permite, en el mejor de los casos, ciertas concesiones.
¿Qué queremos? La mitad de todo, también de los derechos y de las obligaciones.

  • La mitad de los espacios en los que se socializan niños y niñas, porque si la representatividad no está equilibrada, los modelos de referencia, los roles que castran y limitan a ellos y ellas, se perpetúan: profesores de educación física y cuidadoras de comedor; éste es el día a día en los colegios.
  • La mitad de los entornos en los que se forman las opiniones: medios de comunicación, espacios consultivos formales e informales, grupos de contraste para la elaboración de propuestas de vida pública, etc.
  • La mitad de las sillas de los consejos de administración, porque las empresas son comunidades de personas, de hombres y mujeres, y la participación equilibrada genera beneficio para el conjunto.
  • La mitad de las sillas en los parlamentos, porque a través de las decisiones públicas se construyen nuevas realidades y también ahí queremos tener la mitad de la voz que nos corresponde.

Dejo abierta esta lista. Estoy segura de que a cada una de las personas que estáis leyendo esto se os ocurrirán momentos en los que “a simple ojo” la representación de mujeres era muy inferior a la de hombres.

Hay quien lo ha documentado de forma muy gráfica. La campaña #MoreWomen de Elle realizó este vídeo, eliminando a todos los hombres de algunas escenas de gran repercusión pública. El resultado es impactante. Aunque parece que no impacta aún lo suficiente.

 

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