Nos sobran razones

27/02/2018 en Doce Miradas

La huelga feminista convocada para el próximo 8 de marzo no tiene precedentes para la mayoría de los 177 países en los que se ha instado a la participación. Esta huelga es un llamamiento a todas las mujeres, con trabajo remunerado o invisible, como protesta ante las desigualdades, las injusticias y las barbaridades que sufrimos las mujeres por cuestión de género, y la falta de compromiso político para impulsar los cambios urgentes y necesarios en modelos sociales que siguen siendo, a pesar de los avances, visiblemente machistas. Una falta de compromiso que se hace explícita en cinco simples palabras: ‘No nos metamos en eso’. A ver si aciertan quién las pronunció.

La convocatoria del próximo 8 de marzo se viene fraguando desde mayo de 2017, el día en el que se produjo el Paro Mundial de Mujeres, impulsado desde Argentina, y secundado en más de 50 países y 200 ciudades alrededor del mundo para visibilizar la violencia machista, en todas sus expresiones, al grito de ‘nos queremos vivas’. La inspiración para el llamamiento de la próxima semana viene de Islandia, donde el 24 de octubre de 1975 tuvo lugar un evento sin precedentes. Como apuntaba Ana Erostarbe en Talkin’ bout a Revolution, nueve de cada diez mujeres fueron a la huelga para protestar por las desigualdades en el empleo y en el hogar. Bancos, fábricas, comercios y escuelas tuvieron que cerrar y los hombres acudieron con sus hijos e hijas al trabajo. Aquel viernes cambió la historia del país y provocó un movimiento que culminó, cinco años después, con la primera mujer presidenta de un país europeo.

El impulso de aquellas mujeres resultó un punto de inflexión que todavía resuena; las mujeres islandesas fueron capaces de organizarse y poner en el primer renglón de la agenda política y social la importancia de su trabajo, remunerado o no, y la efectividad de una estrategia colectiva para impulsar los cambios. Si nosotras paramos, el mundo se detiene; si nosotras paramos emerge la infinidad de trabajos que son imprescindibles, que no se pagan, que permanecen invisibles y que recaen, mayoritariamente, en las mujeres.

Los avances y las conquistas sociales no vienen solas. El 8 de marzo nos sobran razones para cruzar los brazos. Nos sobran razones para no quedarnos de brazos cruzados ante la desigualdad, la injusticia o la violencia machista. Nos sobran razones para entrecruzar los brazos y tejer redes. Nos sobran razones para repensar el modelo actual de convivencia, de trabajo, de enseñanza, de consumo y de cuidados.

Esta huelga es feminista, es una huelga de mujeres que reclamamos las mismas oportunidades que tienen nuestros compañeros; es una acción colectiva, un plante ante un modelo de convivencia en el que cada semana nos faltan mujeres víctimas del asesinato machista -57 mujeres en 2017- y en el que tiene cabida la violación, el acoso, el maltrato o la explotación sexual y que se resigna ante el hecho de que las mujeres aprendemos a tener miedo como aprendemos a caminar -lecciones que recordaba Pilar Kaltzada en ‘Se llamaba Manuel’-.

Un modelo que permite que una mujer cobre hasta un 30% menos que un hombre solo por una cuestión de género, según el informe Gestha. Una brecha que se acentúa entre los 26 y 45 años, periodo de maternidad y crianza, y que incrementa con la edad -las mujeres ocupadas mayores de 65 años cobran un sueldo por debajo de la mitad que los hombres de su misma franja de edad- y en la jubilación.

Un modelo que sostiene y apuntala los techos de cristal -solo un 26% de los puestos directivos están ocupados por mujeres- y tolera el tratamiento sexista, mientras sigue silenciando a las mujeres en los libros, la literatura, los medios de comunicación, los congresos o la representación pública.

Un modelo que no considera los cuidados como un bien social de primer orden y mira hacia otro lado mientras las mujeres seguimos dedicando casi 27 horas a la semana a trabajos no remunerados relacionados con los cuidados y las tareas del hogar -frente a las 14 horas que dedican los hombres-.

Un modelo que no atiende a reformas educativas que eviten que, hoy en día, un 29% de los jóvenes considere aceptable o inevitable controlar los movimientos y horarios de su pareja, impedir que estudie o trabaje y ordenarle lo que tiene que hacer.

¿De verdad queremos mantener este modelo de convivencia? No estoy segura de que la respuesta sea clara. Exigimos, sí, exigimos cambios urgentes; los hemos exigido antes del 8 de marzo y también lo haremos después, pero este día nos sobran razones para detenernos y pensar en colectivo. Yo estaré, junto a millones de mujeres, cruzando brazos para poner fin a las excusas que sostienen tanta injusticia.

Me apasiona la comunicación y el marketing digital. Soy enredadora y apuesto por la fuerza de la persona conectada, también fuera del ciberespacio. Bailo con el sol, debo de tener alma caribeña.

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