Slideshow shadow

La postverdad publicitaria

06/02/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Pablo Vidal. Doctor en CC de Educación y licenciado en CC de Información por la UPV/EHU, durante los últimos 25 años he ejercido como publicitario en empresas y agencias de Valencia, Barcelona y Bilbao, actividad que he conjugado con siete años de docencia en la UPV.

Mi preocupación por las desigualdades de género me orientó en 2001 hacia la investigación, en 2013 obtuve la Beca Emakunde de investigación en materia de igualdad que posteriormente desarrollé como Tesis Doctoral.
Soy vocal de la Comisión Begira para un uso no sexista de la publicidad (Emakunde), labor que compagino con la asesoría en comunicación y género a empresas e instituciones

 

A raíz de la investigación que he realizado y defendí el pasado septiembre como tesis doctoral, “La percepción del sexismo en la publicidad: un estudio con alumnado adolescente de la Comunidad Autónoma del País Vasco”, he podido constatar como el 65% de la muestra (528 estudiantes, 49,6% mujeres) no percibe el sexismo en la publicidad y se muestra en mayor o menor grado insensible respecto al trato discriminatorio y degradante que en publicidad se realiza sobre las mujeres. Nuestras jóvenes generaciones pertenecen a sociedades altamente tecnificadas en las que desde su infancia se socializan principalmente por los contenidos audiovisuales que consumen y comparten. Quienes producen los discursos que fundamentan estas narraciones (Publicidad, videojuegos, videoclips, etc.) reinterpretan nuestra realidad desde postulados ideológicos que se alejan de los valores deseables que en la familia y la escuela se les intenta enseñar.

Los grandes cambios impulsados por las mujeres han transformado en pocas décadas nuestra realidad social, sin embargo, se observa que el discurso publicitario no avanza al mismo paso de estos cambios sociales pues no refleja los avances que se han producido en las relaciones de igualdad de mujeres y hombres. Por una parte, determinados arquetipos, estereotipos, roles, estilos de vida sexistas, ya no son compartidos por gran parte de la sociedad, y, por otra, aparecen nuevos valores, actitudes y creencias que entran en contradicción con la publicidad de muchas empresas e instituciones.

 

 

En este contexto, resulta chocante la resistencia de algunos sectores, en especial, el juguetero, el de la automoción, la moda, o el de los productos de belleza, pues el cambio ideológico social producido y el activismo de algunos grupos ponen en evidencia aquellas campañas publicitarias que no tuvieron en cuenta la perspectiva de género en su estrategia. En unos casos, la falta de empatía hacia los valores y actitudes de la sociedad igualitaria y, en otros, el no reconocimiento de la nueva realidad social desvela, en bastantes empresas nacionales, la existencia de una resistencia activa, o si no, de una cierta inercia sexista en su publicidad que no se desea corregir.

Enfrentarse a la realidad estadística de los datos muestra cuán injusta es la posición de muchas grandes marcas que utilizan su poder económico para, por medio de mensajes sexistas, socializar a la juventud en contra de su propia realidad social. En el Estado español sólo un 16% de mujeres mayores de edad ejerce como ama de casa, el 67% tiene más de 54 años y el 3% menos de 35 años (Lobera y García, 2014) Pese a esta realidad, muchos anuncios presentan a jóvenes mujeres como amas de casa, ocultando sus verdaderos roles en la sociedad actual y enviando mensajes contrarios a la conciliación y a la corresponsabilidad en el hogar.

También, ocultando o no representando nuestra realidad de mercado laboral o de igualdad en el que las mujeres empleadas por el Estado ocupan el 46,4% de los puestos frente al 53,6% que ocupan los hombres (OIT, 2017), o en el que uno de cada 4 directivos de empresa es mujer, es decir que el 26% de estas (por encima de la media europea) desempeña un cargo de directiva en una empresa (Grant Thorton, 2016). Qué difícil es verlo en publicidad, por no decir imposible.

En otras ocasiones, estos anunciantes y sus agencias ocultan la vida misma, así pese a que las mujeres que conducen (permiso de conducción tipo B) son mayoría en nuestro país y representan el 53,6% frente al 46,4 % de hombres (DGT, 2015), en la publicidad se evita tozudamente una realidad imposible de ocultar, pues está en el día a día de las personas y a la vista de cualquiera. En los últimos cinco años apenas en tres o cuatro anuncios publicitarios aparece una mujer como conductora; es decir como una mujer autónoma e independiente que se transporta ella misma sin la necesidad de que un hombre la lleve.

Muchas realidades que no se muestran o que son extrañamente e incorrectamente representadas en la publicidad generan un discurso erróneo, tendencioso, que pese al paso de los años no intenciona modificarse. Una publicidad que muestra a las chicas alejadas de la tecnología, de Internet, del deporte, de la formación universitaria, de las categorías profesionales altas, etc. Y todo ello pese a que sean mayoría en segmentos como la judicatura, la abogacía, la medicina, la educación, o, aunque brillen en el deporte internacional.

Son muchas las empresas anunciantes que, en general, desatienden o ignoran los cambios sociales producidos y proyectan una imagen irreal de las mujeres que influencia notablemente en la infancia y adolescencia. Bajo el argumento de simplificar su comunicación para hacerla accesible a las audiencias, utilizan estereotipos y roles sexistas superados que transforman la realidad mostrando otra más “atractiva, seductora y persuasiva” en la que las mujeres son desconsideradas, minusvaloradas e incluso maltratadas.

Una realidad en las que las pocas mujeres que se representan trabajando realizan ocupaciones básicas o mediocres (dependienta, peluquera, secretaria…), aparecen bajo la tutela profesional y familiar masculina y muestran su dependencia económica respecto al hombre; al cual deben conquistar mediante el uso de su atractivo sexual y de su belleza, únicos instrumentos de ascenso social y profesional que la publicidad les reconoce y les permite. En general, nuestra publicidad las mantiene como amas da casa, bellas acompañantes, consumistas banales, siempre obsesionadas por su aspecto físico y por gustar.

La repetición constante y continua de estos mensajes publicitarios ocasiona una imagen muy distorsionada de lo que son las mujeres en muchas jóvenes adolescentes, pero también en muchos jóvenes que buscarán en ellas la idealización que la publicidad genera sobre las mujeres. Es decir, una chica hipersexualizada con un aspecto físico imposible de alcanzar, que vive pendiente de “su hombre”, que escoge colocarse por debajo de él, sometiéndose a su criterio, dejándole hablar, decidir, etc. y que además le hace la compra, le cocina, le limpia la casa y le alegra la vida con sus atenciones.

Vivimos en una época de normalización de géneros, no de diferenciación, y sin embargo, no sólo muchas empresas anunciantes sino también el propio sector publicitario mantienen determinadas inercias de creación y organización que dificultan la producción de mensajes e imágenes no sexistas e integradores.

Según los datos facilitados en el estudio que sobre el sector publicitario realizó Grant Thornton Report en 2015 referente al Estado español (Valdivia, 2016), el 52% de las licenciaturas universitarias las obtienen mujeres, sin embargo el 91% de los altos cargos del sector los ocupan hombres, al igual que el 75 % de las direcciones funcionales o el 81% de los departamentos creativos. Sorprende que el 31% de las empresas publicitarias nacionales no tenga ninguna mujer en puestos directivos.

Son datos que invitan a la reflexión y que apuntan a una hegemonía masculina en la publicidad y en la dirección de marketing-publicidad de las empresas que se anuncian. Indica que la construcción de los discursos no solo se realiza desde postulados patriarcales sino que estos discursos los producen mayoritariamente hombres.

Desde algunos sectores y sus agencias se desarrolla con su comunicación un verdadero bullying mediático sobre las adolescentes, una presión que se inicia en la infancia y que ya no cesará a lo largo de la vida de estas. En el Estudio sobre publicidad sexista en la campaña de juguetes 2013-2014 en el que participé y que realizamos en BEGIRA (2014) se ofrecen algunos datos que ayudan a comprender la envergadura de esta presión a la que deben enfrentarse desde su más tierna infancia las niñas. Por ejemplo, el 47% de los juguetes anunciados por niñas son de color rosa y el 63% son muñecas, el 55% de los anuncios para niñas se basan en el arquetipo de belleza personal y el 51% en el arquetipo de ama de casa, además el 52% de las profesiones representadas en juguetes para niñas son ama de casa, peluquera y modelo.

Aun mas sorprendente es que el 66% de los juguetes anunciados por niños son electrónicos mientras que el 69% de los anunciados por niñas son manuales o mecánicos.

Esta discriminación sexista abarca múltiples perspectivas multiplicando su efecto negativo al incidir en muchos ámbitos de la vida de las niñas; es despreciable por injusto y arcaico que en el s. XXI los anuncios de juguetes desde los que se dirige o se influencia la elección del juego en las niñas, como norma, presenten a los niños como los destinatarios de los juguetes que incorporan la tecnociencia. Su reiteración en años de anuncios y su aplicación a variedad de juguetes “masculinos” ha terminado por asociar la tecnociencia a los niños, hasta el punto que, en la actualidad, la electrónica aparezca en la mayoría de los casos, sólo en los juguetes dirigidos a ellos. Las consecuencias se pueden observar perfectamente en la etapa de educación primaria al comprobar cómo la seguridad y familiaridad que los niños muestran en edades muy tempranas hacia la informática y sus aplicaciones, es inversamente proporcional a la de las niñas. En una etapa educativa posterior, el interés hacia las materias tecnocientíficas es mayoritario entre los niños, algo que no se produce entre las niñas; lamentablemente, en ese momento ya se están gestando las vocaciones que dirigirán una posterior elección hacia carreras y profesiones de ciencia y tecnología.

Posponer, año tras año, iniciativas que obliguen al sector del juguete a no interferir con su discurso sexista en la educación de las niñas prolonga una situación denunciada desde muchos ámbitos que perjudica el aprendizaje en igualdad de niñas y niños. Según datos de matriculación en el curso 2016-17 de la Universidad del País Vasco (Dirección para la Igualdad de la UPV/EHU, 2017), menos del 30% de las alumnas de esta universidad estudian ingenierías, en informática no llegan al 14% del total de alumnado y en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte son solo el 22%.

También en la adolescencia, las patologías provocadas desde la publicidad afectan en una etapa fundamental del crecimiento generando a menudo, como consecuencias más leves, baja autoestima, frustración y depresión. La obsesión por el aspecto físico, inculcado por la publicidad y algunos medios como eje del éxito social, dificulta a las jóvenes desarrollar su propia identidad y personalidad. A muchas de ellas las aboca a iniciar dietas perjudiciales que en muchas ocasiones evolucionan en patologías más severas. Los datos de patologías derivadas de esta nefasta influencia, sobre todo, la anorexia-bulimia y la dismorfia corporal hablan por sí solos. Pese a ellos, son pocas e insuficientes las iniciativas que las instituciones están tomando para mitigar la influencia de esta publicidad proveniente del sector dietético/alimentario que focaliza sólo sobre las mujeres la presión de venta de sus productos. Pero, aún más preocupante es que en otros sectores como el farmacéutico también sean ellas quienes protagonicen más del 70% de los anuncios de medicamentos, como si los hombres no sufrieran las mismas o incluso más enfermedades que ellas. Sin embargo, la publicidad las muestra como más enfermizas que los hombres y, lo que es peor, las responsabiliza del cuidado de ellos al focalizar sobre ellas la compra, el uso y la prueba de efectividad del fármaco

Como se ha puesto de manifiesto a través de datos estadísticos, nuestro contexto ha cambiado tan rápidamente que en la actualidad la publicidad se ha quedado descontextualizada. Ni siquiera en sus anuncios se refleja la realidad de los modelos familiares actuales, todavía se piensa en el sector publicitario que las familias son como las que en su infancia conocieron. Nada más lejos de la realidad, en pocas décadas ha evolucionado tanto que ahora el modelo familiar tradicional es minoritario en el Estado español. Solo un 34,9% de hogares está formado por un modelo de familia tradicional (pareja heterosexual con dos o más hijas/os) frente al 43,7% que lo integran nuevos modelos familiares. Pero no sólo no refleja la diversidad del modelo familiar, sino que evita o ignora otros grandes cambios sociales como el hecho de que la población migrante represente el 10,3% de la población total del Estado, pues resulta muy difícil que la publicidad la represente de no ser que sea para estereotiparla sexualmente o porque el anuncio se dirija en exclusividad a esta comunidad.

En el Estado español, iniciar un proceso de sensibilización y formación en los departamentos de marketing y publicidad de las empresas anunciantes y en las agencias de publicidad, se perfila como una de las vías para impulsar un cambio rápido en el sector. Tras varias décadas de autorregulación sectorial, se ha visto que este mecanismo no presiona lo suficiente para promover los avances necesarios, la causa principal radica en que Autocontrol está integrado por las mismas empresas que realizan y gestionan la publicidad que aquí se analiza y cuestiona, y no por instituciones y organizaciones que impulsen la igualdad. Además, se hace muy necesaria la renovación del sector por medio de una inclusión real y efectiva de las mujeres en los niveles de dirección de los que, hasta la fecha, se las ha excluido (dirección estratégica, dirección creativa, dirección de arte, etc.).

Por último, es preciso incrementar el control institucional sobre los sectores más sexistas y menos colaborativos y sobre las empresas reincidentes que diseñan estrategias de comunicación y campañas publicitarias claramente sexistas. Una situación que por su propio inmovilismo y reiteración ya debe ser considerada constitutiva de delito de odio hacia las mujeres, y, por tanto, ajeno a la libertad de expresión del anunciante, pues si en vez de sexismo se hablara de racismo, las instituciones y, probablemente, la fiscalía, hubieran actuado rápidamente para imponer la ley y reponer los derechos agraviados.

 

Se llamaba Manuel

30/01/2018 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

Yo no era la Amanda que le esperaba a la salida de la fábrica, como imaginó Víctor Jara. Esta historia no tiene nada que ver con aquella.

Se llamaba Manuel, y tendría no más de 15 años, porque era repetidor y estaba en el curso inferior, y yo a punto de  aventurarme en el inescrutable mundo del bachillerato. Se llamaba Manuel, y de entre todos los alumnos y alumnas de aquella época, recuerdo su nombre, porque cada mañana se me acercaba, confiado, de frente, me miraba y acompañado del coro de risas de sus compañeros, me llamaba puta. Cada mañana. Manuel.

Buscando mis respuestas

Me llevó un tiempo responderme a las dos preguntas clave: ¿Por qué a mí? ¿Por qué “puta”?

Aunque ahora resulte obvio, aunque nuestra capacidad de entender nos devuelva inmediatamente la respuesta, no fue fácil. Durante tiempo quise comprender, y resolver, los motivos que desencadenaron la especial inquina contra mí, para salir de aquello, para no merecerlo. Sin ser capaz de entenderlo, la lección fue otra bien distinta: entendí claramente que me convenía evitar a Manuel en los pasillos, y aprendí a llegar a clase antes que él, o después; a esperar hasta que él salía al patio para ir hacia otro lugar, a mirar siempre antes de entrar o de salir.

Aprendí a tener miedo a alguien que simplemente quiso experimentar su capacidad de dominar. Contra mí.

Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que llegué a entender que aquello fue aleatorio, que me tocó a mí, pero que le podría haber sido (tal vez así ocurrió) a cualquier otra.

Si queremos entender la dominación, hay que buscar las claves en los verdugos, no en las víctimas.

Lo de “puta” me llevó todavía más tiempo. De hecho, acabo de entenderlo, como quien dice. Leyendo “La creación del Patriarcado”, de Gerda Lerner, empiezo a ver a qué responde esa obsesión por todo lo sexual. Y entiendo mejor a qué se refería Freud cuando dijo que “el destino de las mujeres es su biología”.

El uso y el control físico y simbólico de la sexualidad de las mujeres es uno de los renglones torcidos en los que se ha escrito la Historia de la Humanidad, que tantas veces se asimila, erróneamente, con la Historia de los Hombres. “La sexualidad de las mujeres, es decir, sus capacidades y servicios sexuales y reproductivos, se convirtió en una mercancía necesaria, un recurso para afianzar o debilitar el poder de las comunidades”, dice Lerner.

Ellos comerciaron con la sexualidad, la catalogaron como decente o indecente en función de sus intereses; nos colocaron a un lado o al otro de la línea, pero siempre sobre la misma base: si nuestro cuerpo es lo que nos da valor social, ese cuerpo y su uso nos definen, y ellos lo convierten en nuestra identidad.

“Puta” es un insulto en boca de los abusadores, y es también la reminiscencia del pensamiento que, durante siglos, ha establecido lo correcto y lo incorrecto, siempre sobre la base de los servicios sexuales que las mujeres estamos llamadas a prestar. Será decente (y gratis) dentro de la unidad de la familia y con el objetivo de procrear. Y será marginal (y bajo precio) en el resto de los casos.

Llevado al extremo, no parece tan absurda la distopía de Margaret Atwood, The Handmaid’s Tale, ¿verdad? Un sistema social, político y económico organizado sobre el mercadeo reproductivo: ellas criadas al servicio de la procreación, ellos al mando.

Ni el propio Manuel lo sabía, pero siglos de dominación brotaba de su boca cada mañana.

Las mujeres, decía Simone de Beauvoir, no tenemos Historia. Tal vez si la conociésemos más y mejor seríamos capaces de enfrentarnos a la inercia que hace que se repita una y otra vez.

Lección aprendida

Las mujeres aprendemos a tener miedo como aprendemos a caminar: al principio sin saber bien qué hacer con esa sensación de vértigo, y al poco tiempo, casi de forma automática, a paso ligero a través de nuestros terrores.

Aprendemos cuando súbitamente, un verano, nos colocan una pieza superior en el bikini porque “los chicos nos miran”; una no entiende nada, salvo que ese cuerpo que aún ni ha descubierto es un territorio aparentemente peligroso.

Perfeccionamos ese miedo cada vez que tenemos que decidir qué calle tomar para regresar a casa. Cada vez que pedimos a un amigo que se quede esperando hasta que entremos al portal, a salvo (aparentemente).

Cada vez que nos toca organizarnos para volver a casa, y lo hacemos como quien se prepara para el desembarco de Normandía, estudiando posibles vías de ataque y alternativas para la huida.

Ese miedo es imperceptible para muchos hombres. Muchos han tomado conciencia de él, y aun a riesgo de generalizar, y ser injusta, diría que lo han hecho gracias a las mujeres próximas, a sus amigas, hermanas, parejas, compañeras. Que no se han puesto las gafas: se las hemos ido colocando nosotras, con el discurso constante que tantas veces tanto les incomoda.

Hace unos días encontré esta reflexión en Twitter; creo que ilustra bastante bien a qué me refiero.

 

 

 

 

 

 

 

 

Me gustaría saber qué ha sido de Manuel. Imagino a veces lo previsible, pero quiero pensar que los caminos que se trazan en la vida avanzan hacia cruces, y que es posible cambiar la dirección.

Es posible que él también quiera saber de mí. Que le interese saber si continué siendo tan cobarde, o si depuré mis tácticas de escape; si, en definitiva, aquello me hizo aprender.

Si por casualidad lees esto, Manuel (vale, es harto improbable que un joven así acabe en un blog feminista, pero quién sabe) te gustará saber que, en efecto, aprendí a tener miedo.

Punto para ti.

Pero no te envalentones: no fue mérito exclusivo tuyo. Llevamos siglos sintiendo miedo, aprendiendo a volar con un ala menos, caminando por la mitad de la calle, durante la mitad de las horas, con la mitad de las fuerzas que se necesitan para soñar.
Los Manueles de nuestras vidas tienen nombre, pero hay otros muchos anónimos.
Los que recordamos son solo la punta del iceberg de un aprendizaje cuasi universal.

Bonnus Track.

Esta cuestión del abuso entre las y los jóvenes no es una preocupación nueva, y está escalando posiciones en todas las agendas educativas. Afortunadamente. Como todos los fenómenos sociales y culturales, es necesario enfocarlo también desde la perspectiva de género, porque solo mirándolo (también) con las gafas lilas podremos llegar a entender, y atacar, su dimensión real.
Por dejar una nota positiva, diría que, entre otros motivos a raíz de la popular serie “13 Reasons Why” de Netflix, y gracias sobre todo a su éxito entre las y los adolescentes, las implicaciones del Bullying escolar desde la perspectiva de género están incorporándose en los programas de sensibilización y formación para hacer frente al abuso en los centros escolares.
Punto para el resto, Manuel.

Se buscan hombres de verdad

23/01/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Nuria Coronado (@NuriaCSopena). Soy periodista, editora, asesora en comunicación y autora de Hombres por la Igualdad (Ed. LoQueNoExiste). Cursé los Másteres de Producción Radiofónica (RNE), Biblioteconomía y Documentación (Universidad Complutense) así como Mujer y Liderazgo (Escuela Aliter). Fui becaria Erasmus y Leonardo en Roma. He desarrollado mi carrera desde hace 25 años a caballo entre el periodismo (colaboro con El Español, 20 minutos, Diario 16, Público y AgoraNews, entre otros medios), la comunicación (soy responsable de Comunicación y RR.PP. de Juan Merodio), y la organización y  presentación de eventos. Tengo dos hijos, creo a pies juntillas en el feminismo y en el activismo como única forma de defender nuestros derechos.

Cada día siento más la certeza absoluta de que el feminismo es una revolución imparable con todas la de ganar. Serán muchos los pasos que tengamos que seguir dando pero el fin del patriarcado descarnado y absolutista que hoy nos reina y pisotea está más cerca que nunca. Y lo está porque hemos decidido dar volumen al silencio y hemos roto el miedo a hablar y a denunciar.

Las mujeres hemos dicho ¡basta ya! y lo hemos hecho en manada, con toda la fuerza que nos da la naturaleza que nos pare y nos une. Las mujeres ya no bajamos la cabeza. Las mujeres denunciamos. Las mujeres sentimos más que nunca, tal y como decía Simone de Beauvoir, que nada puede sujetarnos o encarcelarnos porque “la libertad es nuestra única y propia sustancia”.

Ese alzar la voz no es ni fácil ni gratuito, tiene consecuencias muy dolorosas. Pero aun así merece la pena. “A las mujeres nos matan más porque ahora nos atrevemos a denunciar. Porque hemos decidido dejar de callar”, tal y como siempre recuerda una gran mujer que como Marina Marroquí un día dijo basta a quien la humillaba y maltrataba. Y así, acelerando cada vez más el paso, es como nos hemos convertido en ese movimiento de sororidad, que tan bien define la fiscal Inés Herreros, y que ella llama  Mujeres Tormenta “es esa alianza entre hermanas que dentro de este contexto patriarcal en el que vivimos, evidencia que no es cuestión de fuerza vencer la tormenta, sino que somos nosotras la misma tormenta. Una tormenta de paz”, recalca. 

A esa tormenta necesitamos sumar otra más. La que parte del otro sexo. Requerimos para ya mismo de la complicidad de los hombres sensibles que procesan como nosotras la igualdad. Hombres que, como bien describe Miguel Lorente en el prólogo de mi libro Hombres por la Igualdad, dejen de mirar para otro lado y también dejen de callar. “La sociedad está cambiando y la inexpugnable cultura del machismo ya muestra importantes fisuras y trozos de muralla caídos, pero ese cambio en verdad es una transformación asimétrica de la realidad, puesto que está siendo protagonizado y liderado por las mujeres. Los hombres, en su gran mayoría, están ausentes, muchos de ellos en una posición de aparente neutralidad, algo que forma parte de las trampas de la cultura, y otros, demasiados, incluso son seducidos por los nuevos planteamientos del machismo y su posmachismo, para de esa forma perpetuarse en los privilegios”, dice.

Unas impunidades que entre unas y otros tenemos que derrocar con algo tan simple y efectivo como es el señalamiento público. Porque es urgente, tal y como arenga  Octavio Salazar no solo visibilizar las víctimas de las múltiples violencias machistas, sino también a los sujetos que las provocan y las alimentan. “Para señalarlos con el dedo, para deslegitimarlos, para en su caso aplicarles las consecuencias sancionadoras de las leyes, pero sobre todo para que socialmente sean catalogados como malos ciudadanos, como sujetos que deberían ser expulsados del pacto. Y ahí los hombres tenemos mucho que hacer y qué decir con respecto a los comportamientos y actitudes de nuestros iguales. Por eso deberíamos incluso superar el discurso a veces en exceso victimista que se adopta en estos temas, que puede dar la sensación incluso de un cierto paternalismo sobre las mujeres, y poner el énfasis en las responsabilidades masculinas”, subraya.

Necesitamos de esos hombres tormenta a los que ni les importe ni les de miedo someterse a la autocrítica de su masculinidad y la de sus iguales tan bien aprendida durante siglos. Hombres, que como nosotras, superen los silencios. Hombres que dejen de ser cómplices de una estructura brutal y despótica. Hombres aliados en lugar de encubridores. “Activos militantes que no se limiten a la tarea de mirarse en el espejo si no a la de deconstruirse”, que tan bien describe Salazar.

Con ellos a nuestro lado se escribirá la historia de verdad porque será la historia que nos represente a tod@s. Mientras que eso no llegue, las mujeres seguiremos batallando, lloviendo feminismo, para que el resto del mundo se empape de él. Y por más paraguas que algunos saquen, no les va a valer de nada. Palabrita de mujer.

Tres mujeres ‘solitas’ tomando café

16/01/2018 en Doce Miradas por María Puente

El otro día, mientras tomaba café con dos compañeras de trabajo, como hacemos habitualmente a media mañana, se nos acercó otro compañero y nos dijo: “¿¡Qué hacéis aquí tan solitas las tres!?”. Cuando se marchó, les comenté a mis compañeras que nosotras no estábamos ‘solitas’, no fuera a ser que se lo hubiesen creído. ¿Desde cuándo tres mujeres juntas están solas? A ellas les sorprendió mi comentario y al principio no entendían a qué me refería y eso que están acostumbradas a mi escrutinio de gafas violetas. Lo cierto es que yo también tardé un rato en reaccionar. De hecho, no lo hice. Para qué. Como hemos comentado tantas veces en este blog, hay que elegir las batallas y no te puedes vaciar con cada comentario machista que escuches. En este caso, además, no había mala intención, tan ‘solo’ ese machismo que vive agazapado en casi todas las personas y del que muchas veces ni siquiera somos conscientes. Como remate, cuando el compañero regresó a su mesa, me fijé en que estaba con otros dos hombres. ¿Estaban también ellos tres solitos?

No, ellos nunca están solitos. A nadie se le ocurriría. Las mujeres en cambio sí lo estamos, al parecer. ¿Qué cambiaría nuestra circunstancia? ¿Añadir un hombre a nuestro grupo o bastaría con sustituir? Así, dos mujeres y un hombre ya no serían considerados ‘solitos’. A una mujer con un hombre,  tampoco. Todo tan mínimo, tan sutil y sin embargo, ahí está ese grumo enorme en la leche del café: la desigualdad. Porque el mensaje es que la presencia de un hombre, lo cambia todo. Para mejor. Su presencia o ausencia modificaría la naturaleza de nuestro grupo hasta tal punto.

Ya metidas en cafeína, llegamos a otra gran cuestión prima hermana de esta: una mujer sola en un bar. Temazo. A estas alturas parecería un asunto superado y, sin embargo, persiste en el siglo XXI, grande y on the rocks. Me disgusta reconocerlo, pero sigue sin ser muy frecuente ver a una mujer sola en un bar. Vale, hay algunas excepciones:

  • El bar o cafetería en donde te tomas a diario un café en la pausa del trabajo, en donde ya te conocen y hasta te ponen tu consumición sin pedirla.
  • Cuando has quedado en un bar y llegas la primera. Incluso así, es muy habitual en las mujeres esperar fuera. Y si te encuentras con alguna persona conocida te apresuras a justificarte enseguida: “es que he quedado con unos amigos y se retrasan, etc”. No vayan a pensar que ando por los bares sola.
  • Cuando estás sola en una ciudad que no es la tuya, por lo general por motivos de trabajo, y entonces toca muchas veces desayunar sola, comer sola, cenar sola.

Exceptuando estos casos, y despejando de la ecuación el café, la comida y material de trabajo + portátil sobre la mesa, parapetos que aportan una ‘coartada digna’, una mujer sola en un bar por la tarde o la noche, tomándose un caña o un gin-tonic, entraría casi en la categoría de Stranger things. Pensando, pensando, me acordé de las degustaciones de otros tiempos. ¿No se inventaron para eso? La ‘degus’ era ese lugar respetable al que podían acudir las mujeres solas sin ser mal vistas.  O acompañadas de otras mujeres. Era frecuente, en los 70 y 80, que las amas de casa fuesen a la degustación después de llevar a su prole a la parada del cole. Pero, ¿servían alcohol o solo café y refrescos? ¿Alguien se acuerda?

Foto: Karramarro.

Foto: Karramarro.

 

Porque ¿qué pinta una mujer sola en un bar cuando se acerca la hora bruja? De ella se piensa que va buscando algo. Y por algo se entiende un hombre. Que tampoco tendría nada de malo, pero a lo mejor solo quiere beberse un vino, tranquila, sin que nadie la aborde, sumida en sus pensamientos, observando a la gente y viendo la vida pasar. Si se le acerca alguno preguntando  “¿Qué haces aquí tan solita?, no podrá quejarse. Quién le manda ir sola a un bar. Si después, a esa mujer le sucediese lo peor, como una violación, su ‘desaparición’ o su asesinato, en las pesquisas y juicio posteriores saldría a relucir que momentos antes había estado sola en un bar. Pero no como un dato circunstancial más. No como si hubiera estado visitando la última exposición del Bellas Artes, sino como un dato que arroja una sombra de sospecha sobre ella. Descrédito y reputación en entredicho. Pero… un momento. ¿Cómo es posible? Estábamos en un bar, tomando una cerveza tan a gusto, y acto seguido estamos hablando de crímenes. Por qué será.  ¿Tal vez porque lo que estamos viviendo en los últimos tiempos nos afecta? El tratamiento a la víctima en el juicio de ‘la manada’, los comentarios injuriosos sobre Diana Quer…

Los móviles hoy en día ayudan mucho, comentaban mis compañeras de café. Y es cierto. Consultas cualquier cosa en tu pantalla y parece que estás ocupada y menos sola. Menos expuesta. Sin embargo, cuando observo a hombres solos en los bares, les veo cómodos. En su hábitat. Se manejan con una libertad envidiable. Los bares son para mí un lugar de encuentro con amigas y amigos, con familia, un espacio para socializar. No tengo un particular afán por ir sola. Pero parece que existe una barrera invisible para que una mujer vaya sola a un bar. Un impedimento no escrito, tácito. Y no me gusta. Aparquemos de momento  la luna y el planeta rojo porque tenemos una misión aquí, en el bar. EL BAR. Un pequeño paso para la mujer y un gran paso para la humanidad. La NASA no lo sabe, pero a las mujeres nos quedan muchos espacios por conquistar aquí abajo. ¿Qué tal un ejercicio práctico como deberes de empoderamiento femenino? Entrar solas en un bar, pasadas las siete de la tarde, y tomar una cerveza. Chin-chin. Perdón, en este caso, solo ‘chin’.

Esplotazioaren B aldea

09/01/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Xabier LandabideaXabier Landabidea Urresti (@txerren). Ikus-entzunezko Komunikazioan eta Administrazio eta Politika Zientzietan lizentziatua, Aisia eta Giza Potentzialean doktorea eta Deustuko Unibertsitateko Euskal Gaien Institutuko ikertzailea da. Komunikazioaren teknologiaren eta komunikazioaren gizarte praktiken esparruan gertatzen ari diren aldaketak aztertzen dihardu Euskal Herrian eta nazioartean euskararekin eta hizkuntza gutxituekin harremanean.

Egia esan behar dizuet: zalantza handiak ditut hau idazten ari naizelarik. Ez dakit gaiari buruz esateko zerbait dudan, eta izatekotan ere ezer esan beharko ote nukeen hemen eta orain. Gainera gero eta sarriago pentsatzen dut isildu eta entzuteko garaia bizi dugula; gehiegi idazten ari garela irakurtzen dugunerako, gehiegi hitzegiten dugula entzutera ausartzen garenerako, eta abar. Zer esanik ez gizonezkook feminismoaz iritzia emateari buruz ari bagara.

Zalantzak hor jarraitzen du, baina gonbidatu egin nautenez (mila esker, Lorena) ausartu egingo naiz ditudan zalantza intimo batzuk ordenatu eta zuekin konpartitzera, gizarte patriarkal honen gizonezkoon bizipenak kapital feministaren parte direnaren hipotesia eta horrek sortzen dizkidan ezbai batzuk mahai gainera ekartzeko.

Pernandoren egia batekin hasi nahi nuke: arras esperientzia diferentea da goikoena eta behekoena, dominatzailearena eta dominatuarena, esplotatuarena eta esplotatzailearena, baina biek dute esplotazioaren esperientzia.

Gizarte honek emakumeak mila eratara esplotatzen ditu. Har dezagun lan mundua, adibidez: gutxiago kobratzen dute lan bera egiteagatik, lan asko inolako diru-saririk gabe egitera behartzen ditu, goi mailako erabaki esparruetatik kanpo kokatzen ditu… Baina, nire ustez garrantzitsuena ez da zenbat esplotazio ezberdin eragiten duen, baizik eta gizarte patriarkalak guzti hau naturala dela esaten digula. Despolitizatu, desproblematizatu egiten du, esan behar ez den “gauzak horrela dira” ilun, oker, bihurri baina boteretsu horrekin.

Nik horrela irudikatzen dut patriarkatua: “gauzak horrela dira” errepikatzen duen mantra oro-ahaltsu bat, forma ezberdinak hartu ditzakeena, moldatzen dakiena, ikasten duena, beti ere “gauzak horrela dira” hori ezartzeko. Ordena biolento, hiltzaile, zapaltzaile baina ikusezin horrek amorratzen nau gehien. Gela erdian dugun elefanteak.

Iturria: Elizabet Suaso

Gizonezkoon patriarkatuaren esperientzia feminismoen kapital politikoaren parte dela proposatzen dut ez emakumeon ikuspegia ordezkatzeko ahaleginik legitimatzeko, baizik eta gela erdian dugun elefantea ikusgarriago, bisibleago egin dezakeela uste dudalako. Gizonezkoon genero bereizkeriaren eguneroko esperientziak uste baino gehiago dira eta emakumeen esperientziaren B alde bat eskaini dezakete, gizarte ordenaren irakurketa osagarriak, patriarkatuaren helduleku gehiago eskainiz. Agian.

Esplotazio sistema honek, gizarte patriarkal honek gizonok emakumeen gainetik jartzen gaitu, eta pribilegio konkretuak eskaintzen dizkigu, baina horrek ez du esan nahi sistema horrek on egiten digunik. Mesede bai, baina onik ez. Alderantziz, estrukturalki bortxatzen, hiltzen eta lansaririk gabeko zaintza lanetara nahitaez kondenatzen ez gaituen arren, nire iritziz patriarkatuak mutilok ere mutilatzen gaitu binarismo sexual batean oinarritutako genero rolen banaketa bidegabe horrekin.

Nire genitalen konfigurazioan oinarrituta gizarte honek erakutsi dit, adibidez, harreman sexual asko izatea (eta lagunei kontatzea) ona dela, azkenetarikoa izango naizela bai amomari ipurdia garbitzen zein familiara jaio berria eskuetan hartzen, ezin dudala lasai negarrik egin (ezta, 36 urtetara iritsita, bakarrik egonda ere), ospea intimitatea baino inportanteagoa dela, edo nor-ago naizela bizitza publikoan bizitza pribatuan baino. Zenbat eta zenbat gauza, naturaltzat eman ditugunak, natural egin ditugunak, “gauzak horrela dira” amaigabe eta zentzugabe horretan.

Uste dut -uste dudalako susmoa dut- zuriak, gazteak, lanpostudunak eta heterosexualak izan arren, orduan ere, patriarkatua gure haragian sentitzen dugula gizonok, ahazten, pasatzen uzten ikasi dugun arren. Pribilegiodunak izanda ere sentitzen ditugula ordena patriarkalaren haginak gure okelan. Edo ez ditugula sentitzen, naturaltzat dauzkagulako. hor izan ditugulako hasieratik… gabezia horiek gure abiapuntuak bailiran hartzen ditugulako. Naturalki.

Eta noski, horrek ez du esan nahi emakumeak esplotatzeari uzten diogunik. Bizardun batek aspaldi utzi zuen idatzita langilerik zapalduenak ere emaztea zapal dezakeela. Esplotatzaileak gara. Zuek esplotatzen jarraitzen dugu, jarraituko dugu egunero eta orduro. Baina aldi berean esplotazio sistema horren biktima ere bagara, borrero izateak horixe bihurtzen baikaitu: borrero.

Finean esan nahi dudana zera da: gizartearen, ezagutzaren, boterearen konpartimentalizazio genitalak denok zauritzen gaituela. Gu ere zapaltzen gaitu bereizkeria sexualak. Zuek zapaltzen zaituztegunero (hau da, uneoro) zapaltzen gaitu. Eta zapalketa bikoitz (eragindako eta jasandako) horren mina ez dugu adierazten ikasi, prezisoki sistema honek perpetuatzen duen “gauzak horrela dira” horren katekesian heziak izan garelako, ordena sinboliko horretan hartu dugulako gizon forma.

Aurrekoan ere lankideekin bazkalordu batean komentatzen genuen zein garrantzitsua den gizonok gure genero pribilegioak identifikatu eta haiei uko egitea, adibidez gure ibilbide profesionalean: gure bizitza publikoan beti baietz esan beharrean noiz behinka “eskerrik asko, baina ez” esateko, uko egiteko, beste norbaiti lekua uzteko. Geroz eta argiago dugula uste dut bizitza publiko eta profesionaleko espazioetan gizonezkooi pausuak atzera eta alboetara egitea tokatzen zaigula une honetan, baina genero bereizkeriak sortutako beste asimetria etxekoago, pribatuago, intimoagoetan egin beharrekoez zalantza gehiago ditut.

Urrun gaude, noski, gizonezkoon pribilegioei uko egin eta atzera eta albora pausu bat emateko perspektiba hori gure gizartean unibertsala izatetik (eta hortik aurretik aipatutako zalantzak: heldu al da hitz egiteko unea ala isiltzea hobe litzateke?), baina are urrunago gaude oraindik gizartearen ordena sexista honek eragiten dituen beste asimetria kezkagarri eta kaltegarri batzuk zalantzan jartzetik.

Batzuek pausu bat aurrera eman dezaten beste batzuek pausu bat atzera eman behar al dute hemen ere bai? Eskema berak balio al digu? “Kaleko” espazioak sariak ote dira eta “etxeko” espazioak zigor? Jendarteko lanak ez al dira zaintza lanak, eta zaintza lanak jendarte lanak? Genero rolen birbanaketa hutsean dago klabea ala birkontzeptualizazio integral eta ausartagoak behar ditugu lana/aisia, zaintza/boterea ardatzetan?

Zalantza handiak ditut, eta horiek lerro hauetara ekartzen saiatu naiz, zinez eskertuko nukeelako zuen iritzia.

Si estirem tots, ella caurà
i molt de temps no pot durar

Deseos para este 2018

04/01/2018 en Doce Miradas por Doce Miradas

Desde Doce Miradas deseamos que este 2018 sea diferente.
Estos son nuestros deseos:

  • Que no tengamos que usar nuestro logo en negro nunca más.
  • Qué no permita que ellos tengan todos los días a estrenar y a nosotras nos falten las horas. ¡Que no falte ninguna!
  • Que cada vez que un hombre grita puta, zorra, fea, gorda o inútil un rayo de cómic lo borre del cuento.
  • Que el machismo sea considerado una enfermedad peligrosa por la OMS y se invente la vacuna
  • Que los chistes machistas provoquen graciosas caries a quienes los cuentan
  • Que todas las personas seamos feministas (y así nos ahorramos todo lo anterior).

¿Qué más añadirías tú?

Los 7 principios de la mujer empoderada

19/12/2017 en Doce Miradas por Ana Erostarbe

Con 15 años, cayó en mis manos el texto de Desiderata, fechado en 1692 y encontrado en una vieja iglesia de la ciudad de Baltimore. El recorte de aquella revista decoró las paredes de mis sucesivas habitaciones durante años. Y aunque -como descubrí tiempo más tarde- el poema había sido, en realidad, escrito por un autor nacido bien entrado el siglo XX (cuya vida, muy probablemente, no fue tan sabia como sus palabras), sus enseñanzas fueron igualmente compañeras de mi juventud.

Pensando en todo ello, venía hace unos días a mi mente la idea de este post. Nacía la intención de recoger en forma de “principios” las lecciones que en estos años he ido sumando en relación con esto de vivir en el mundo y, más concretamente, con esto de hacerlo como mujer. Ni que decir tiene que algunos de estos principios son aspiracionales para mí. Que poco cuesta desear, y algo más ya, conseguir… Sirvan, en todo caso, para reflexionar en abierto en Doce Miradas y compartir.

 

1.  QUIÉRETE. Si no los haces tú, no esperes que lo hagan por ti.

No esperes que el reconocimiento a tus bondades venga de los demás. Esfuérzate por reconocer tus logros con la misma rapidez con la que admites tus faltas. Si te quieres bien y estableces objetivos ambiciosos (y realistas), te costará mucho menos avanzar con paso firme en la vida. Aprende también a reconocerte en público. Estar orgullosa de tus méritos es algo bueno y la modestia y la discreción son frenos aprendidos, y nada inocentes.

2. CONSTRUYE TU PROPIA IMAGEN. No hay otra como tú.

Recuerda que vives en una sociedad cuyo ideal de mujer no te hará feliz. Porque no eres un retrato robot. No eres un producto. Aunque la industria se empeñe en categorizarte, segmentarte, dibujarte, recortarte y bombardearte con ideales imposibles, eres una persona. Individual y única. Por eso, cuando vayas a quejarte frente al espejo de esto o de aquello otro, recuerda que hay quien hace dinero con tu insatisfacción y que la falta de confianza, te frena. La juventud, es efímera. La belleza, no.

3. CUIDA DEL CÍRCULO. Aprovecha el regalo.

Hemos escuchado tantas veces que no somos buenas entre nosotras, que a menudo repetimos el mantra sin cuestionarlo. Bien, no es cierto. Cuando por fin tomas conciencia de en qué consiste la sororidad, comprendes también el enorme regalo que supone ser parte de un círculo que compartes con el resto de mujeres (madres, hermanas, hijas, amigas y también desconocidas). Una comunidad en la que hay escaleras humanas y generosidad, y muchas risas, y… No, no somos malas entre nosotras.

4. ABRE LOS OJOS AL MACHISMO. Comparte la carga.

Desde que el mundo es mundo, las mujeres hemos estado infravaloradas. No cometas el error de pensar que es cuestión de tiempo que las cosas cambien a mejor. Porque solo es cuestión de acción. Échate sobre la espalda el cansino rol que han llevado otras antes que tú para que todas avancemos. Cuantas más, mejor. Cuantas más, más rápido… Haz tuyo el papel de mirar de forma crítica, el de encontrar la desventaja donde habrá quienes vean tradición. Y apunta con el dedo la inconveniencia… Sé tú el cambio que quieres para el futuro.

5. CONQUISTA NUEVOS TERRITORIOS. Cada paso cuenta.

Son muchos los territorios que nos quedan por ocupar. Y queremos la mitad de todo. Queremos presidencias de gobierno, de tribunales, de asociaciones profesionales, pero también territorios menos ambiciosos e igualmente importantes relacionados con el día a día. El peón también puede coronar en el tablero… Por eso, busca retos personales y profesionales que te lleven a ocupar nuevos lugares. La suma de esfuerzos, individuales y colectivos, marcará la diferencia para las mujeres.

6. CUESTIONA LOS LÍMITES. Sobre todo, los tuyos.

Los límites no son fáciles de superar. Están ahí porque alguien los puso y la inercia para aceptarlos ejerce una enorme fuerza. Recuerda, sin embargo, que los limites más difíciles de franquear son los mentales (!). Con frecuencia, las barreras que encontramos son autoimpuestas y resultado de nuestra propia manera de vernos, a menudo basada en lo que creemos que se espera de nosotras, o en la simple (y casi siempre dolorosa) comparación con otras personas. Por eso, cuida los juicios que emites y cuestiona de forma permanente quién eres y lo que, de verdad, eres capaz de hacer.

7. LÍBRATE DEL MIEDO. Atrévete a ser libre.

Disfruta de la vida sin corsés. Gestiona tu miedo a pensar diferente, a hacer diferente. Tu miedo a poder elegir… No siempre encontrarás referentes a quienes mirar. Las mujeres que marcaron la diferencia en nuestra historia, las que ocuparon lugares vetados por el hecho de haber nacido mujeres, tampoco los tuvieron. Y no lo dudes, ellas también sintieron miedo. Lo que no hicieron fue dejarse frenar por él. De modo que, para caminar con paso firme, combate el miedo y desea sin límites. Luego, poco a poco, haz.

 

https://www.youtube.com/watch?v=YQaCllOmIC0

 

No soy una mesilla de noche

12/12/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Marta Gómez (Bilbao, 1981). Desde 2007, soy directora de la sede en España y Latinoamérica de la Asociación Internacional de Cine DreamAgo, cuyo equipo, desde su presidenta hasta mis homólogas en diferentes países, lo componen íntegramente mujeres. Desde hace diez años, formo parte del comité de selección y análisis de proyectos para la residencia anual de guión Plume & Pellicule, en Suiza. He escrito para cine y televisión y colaborado como guionista en proyectos en España, Australia, Centroamérica y Francia. Mi profundo interés por la diversidad cultural y social me ha llevado a compaginar actualmente el género de ficción con el documental.

 

Me gusta el humor absurdo.

Recuerdo el monólogo de un conocido humorista y actor en el que éste chanceaba sobre las mesillas de noche: “¿Por qué se llama mesilla de noche?… Durante el día qué haces, ¿la obvias?”

Obviar una mesilla de noche. Sé que es una absurdez, pero estuve días riéndome.

Hasta que un día dejó de hacerme ni pizca –podéis sustituirlo por algo más fuerte– de gracia. Extrapolándolo del monólogo, me sirvió para establecer un triste paralelismo entre el simpático mueble, y la percepción en el mundo laboral de la mujer por parte de sus colegas masculinos.

Llevo más de una década trabajando en la industria cinematográfica y formo parte de ese género que representa solo un 15% de los autores que estrenan películas en el país, porcentaje que desciende considerablemente si hablamos de películas no solo escritas, sino dirigidas por mujeres. Ésta es una de tantas estadísticas sobre la ínfima presencia femenina en determinados sectores, pero aún hay más. El vaso se colma con la gota de no solo ser pocas, sino ser ninguneadas. Lo que he venido a bautizar como: el fenómeno mesilla de noche.

Voy a compartir una anécdota. En una ocasión, estando de jurado en un festival de cine, coincidí con un compañero de profesión que no me dirigió ni la mirada, ni la palabra, en ninguna de nuestras reuniones de deliberación. No es que me tuviese particularmente enfilada, ya que en general parecía bastante propenso a ignorar la opinión de cualquier mujer. La única vez que se mostró consciente de mi presencia fue para rebatir, con bastante desgana, un comentario mío que le pareció una tontería. Hasta que finalizó el festival. Durante la cena de clausura, como si de una epifanía me tratara, se mostró efusiva y tremendamente interesado en mi vida y en que mi copa estuviese siempre llena.

Estaba indignada y dolida. En el terreno profesional había sido una colega prescindible a la que obviar, hasta que llegó la noche y pasé a ser solo una mujer, volviéndome por tanto interesante. Me sentí como una mesilla de noche y me hizo hervir la sangre. Debido a la gravedad y candente actualidad del tema, he de dejar claro que en ningún momento me sentí acosada. El problema no va por ahí. Se comportó de manera agradable y de haber sido ése nuestro primer encuentro, en cualquier otro contexto, la anécdota no habría trascendido. Lo que me cortocircuitó el cerebro fue reflexionar sobre, ¿en qué universo paralelo, este hombre pensó que podríamos ser felices y comer perdices esa noche, después de haber ignorado todas mis opiniones, mis ideas, mis propuestas e incluso sensibilidades durante una semana entera?

Parece que una mujer que prospera laboralmente se lo debe todo a algo o a alguien: a fulanito que le presentó a menganito o menganita (el primer elemento de la ecuación es siempre masculino, por supuesto), a la suerte de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno, a las leyes de paridad o, más triste aún, a ser guapa. Claro que nos echamos cables los unos a los otros, como en todos los aspectos de la vida. La cuestión es, ¿por qué narices les resulta tan difícil a algunos añadir razones a esa lista que tengan que ver con nuestras habilidades y aptitudes?

A no ser que contemos con una fortaleza hercúlea, la falta de reconocimiento nos vuelve injustamente inseguras ante la idea de desempeñar puestos tradicionalmente ocupados por hombres, minando además la percepción que tenemos de nosotras mismas.

Estos síntomas son una realidad hasta tal punto que cuentan con nombre y apellido: Síndrome de la impostora. O dicho de otra manera, el colmo. Por si no fuesen suficientes las barreras externas, nos autoimponemos obstáculos y desmerecemos nuestra valía.

Pero el problema no termina ahí, ya que aunque consigamos sobreponernos a esta primera disuasión, aún deberemos enfrentarnos al siguiente veto: las etiquetas. Como si alguien nos dijese “vale, podéis hacer cine. Pero no cualquier cine”. Hace poco leía a Ana Lucas tratar el concepto de cine de mujeres. No sé si la etiqueta la ideó un hombre que, o bien trataba de bienintencionadamente dar visibilidad a las mujeres cineastas creando un título solo para nosotras, o si por el contrario trataba de desacreditar el cine hecho por mujeres calificándolo subliminalmente de “hermético”. Pero lo cierto es que coincido con Ana en que en el fondo es una expresión reaccionaria, que intenta agrupar una enorme diversidad de películas y de miradas femeninas usando un mínimo común denominador que además, me permito añadir, se utiliza arbitrariamente según convenga. ¿A qué hace realmente referencia el cine de mujeres?: ¿Al cine hecho por mujeres? ¿Al cine que cuenta historias de mujeres? ¿O han de darse las dos cosas a la vez? Me parece interesante reflexionar sobre lo que ocultan esas etiquetas que a veces aceptamos tan fácilmente, y sobre si realmente reivindican o zancadillean.

Pongamos un ejemplo:

– ¿”Thelma & Louis”, es cine de mujeres?

'Thelma & Louis'.

‘Thelma & Louise’

 

Narra claramente una historia no solo sobre mujeres, sino feminista. Pero en contra de lo que cabría pensar está dirigida por un hombre, y no cualquier hombre. Se trataba de Ridley Scott, que venía de dirigir nada menos que Blade Runner.

Pecando de malpensada, creo que ésa pudo ser la explicación que le dieron a su guionista -la también directora Callie Khouri, quien ganó además el Oscar por esta película– para no “dejarle” dirigir la cinta.

Si improvisáramos a bote pronto la programación de un festival que mostrara y reivindicara el cine escrito y/o realizado por mujeres, la proyección de “Thelma & Louis” y la presencia de su guionista parecería encajar en los parámetros, ¿verdad? ¿Y si la hubiese escrito un hombre?

Vamos con el ejemplo contrario:

'Le llamaban Bodhi'.

‘Le llamaban Bodhi’.

– ¿Os imagináis leer un artículo titulado: “El cine de mujeres de Kathryn Bigelow”?
Recordemos que es la oscarizada directora de “Le llamaban Bodhi” o “En tierra hostil”.

Soy la primera que releería extrañada el enunciado, pero por lo desafortunado del mismo, no porque rechace el cine de Bigelow. ¿Habría dudas sobre si invitarla a nuestro festival? Es una mujer y hace cine, ¿no?

Los hombres cuentan con el beneplácito para escribir sobre cualquier tema y enmarcarlo en cualquier género. Si narran historias protagonizadas por mujeres, la crítica alabará su gran capacidad para comprender y plasmar la sensibilidad femenina. A las mujeres por el contrario, se nos somete a un escudriño tal que si escribimos historias de hombres se nos considera unas traidoras, y si hacemos lo que se espera de nosotras -escribir sobre personajes femeninos- se nos mete automáticamente en una categoría cuya definición es de por sí discriminatoria.

'En tierra hostil'.

‘En tierra hostil’.

Es posible que lo mejor que le pudo pasar a “Thelma & Louis” fuera precisamente que la dirigiera un hombre, para que la crítica machista no la rebajara a “una historia sobre dos mujeres que se hacen amigas y se vengan de los hombres”.

Una de las protagonistas, Geena Davis, fundó en 2004 el Instituto sobre Género en los Medios, que lleva su nombre. Es la única organización basada en datos de investigación que trabaja para mejorar significativamente la representación de mujeres y niñas en el mundo audiovisual. Uno de sus estudios recientes reflexionaba a modo de causa-efecto, sobre el hecho de que solo uno de cada cuatro profesionales detrás de las cámaras (directores, guionistas, productores) fuesen mujeres, y el hecho de que los personajes que desempeñan altos cargos en las historias (fiscales, jueces, médicos o profesores de universidad) estuviesen en su mayoría encarnados por hombres.

Afortunadamente estos datos están cambiando pero -y me vais a perdonar que me ponga suspicaz de nuevo- ¿importan las razones por las que las protagonistas femeninas van en aumento? ¿O mientras se consigan los objetivos podemos hacer la vista gorda a lo que los motiva? Lanzo esta pregunta porque hace no mucho escuché a los directivos de una importante distribuidora afirmar que el cine de las grandes ciudades vive gracias al público femenino: «Así que para mantener salas urbanas con títulos de calidad se deben comprar películas con algo de gancho para el espectador femenino. Con directora o protagonista mujer, sabes que añades un valor positivo al filme». No voy a enzarzarme en un nuevo debate pero, seguro que no soy la única que como mínimo, ha fruncido un poco el ceño al leer “algo de gancho para el espectador femenino”. Entiendo el mensaje y comparto el propósito, pero hubiese preferido que se planteara de otro modo. Sin una interpretación bastante simplista de lo que el público femenino buscamos y valoramos en una película.

Desearía que empezásemos a dar la enhorabuena a aquellas mujeres que hacen películas de géneros tradicionalmente reservados a los hombres. A todas las que no tiran la toalla, ni sucumben al síndrome de la impostora, haciendo que cada día aumente ese 15% de realizadoras. Y por qué no, también querría dar la enhorabuena a los hombres que no apartan la mirada y son lo suficientemente honestos y sensibles como para admitir que este problema existe, ejemplificando con su actitud para que dejemos de ser mesillas de noche. Ya que a pesar de ser un símil absurdo, no tiene ninguna gracia.

¿Sueñan los androides con ovejas machistas?

28/11/2017 en Doce Miradas por Lorena Fernández

Me parecía muy poético titular este post haciendo referencia a la novela de Philip K. Dick que fue adaptada posteriormente en las películas Blade Runner en el año 1982 y Blade Runner 2049, este mismo año. Me encantan ambas historias porque soy una friki de la ciencia ficción, pero si las miro con las gafas moradas, me echo a llorar. Presentan un futuro distópico en el que las mujeres seguimos siendo meros elementos decorativos. Y si ese futuro mediatizado por la tecnología, la inteligencia artificial y la robótica se imagina así, ¿será verdad que estamos dando pasos hacia ello?

Pues hay muchos indicios por dos simples razones: la tecnología actual se está pensando y creando por cabezas masculinas en su inmensa mayoría y la tecnología está aprendiendo hoy en día de los datos y la información que la sociedad genera. Así que repetirá e incluso profundizará más en sesgos machistas. Un ejemplo sencillo para que entendamos esto: vete a Google y busca «Grandes divulgadoras». ¿Qué aparece debajo?

Creo que al ver los resultados es cuando empezamos a hablar en voz alta con las pantallas: «NO, GOOGLE. No quise decir grandes divulgadores. ¿Tú también me vas a hacer un mansplaining

Lo importante es entender que no te lo dice Google (o no solo Google). Lo que hace el buscador es almacenar todas las consultas que se hacen allí, para generar mediante machine learning esas sugerencias a través de un algoritmo.

Probemos de nuevo, ahora con la búsqueda «las mujeres deben estar» y aquí, directamente, sin haber finalizado la búsqueda, serán las sugerencias de autocompletado que aparecen mientras estamos escribiendo las que nos dejen patidifusas:

Os recomiendo ver esta campaña que preparó UN Women precisamente sobre ello: #womenshould.

Probemos ahora otro sistema: Google Translate. De nuevo una herramienta que “supuestamente” va mejorando al aprender de las búsquedas de las personas que lo utilizamos. Si traduces “Él es niñero. Ella es doctora.” del inglés al turco (que no tiene género gramatical), te devuelve: “O bir bebek bakıcısı. O bir doktor”. Si volvemos a meter este resultado, para volverlo a traducir del turco al inglés… ¡oh, sorpresa! Ahora es ella la niñera y él el doctor.

Pero no solo le pasa a Google. Un estudio publicado en julio de este año por la Universidad de Virginia, señala que la inteligencia artificial no solo no evita el error humano derivado de sus prejuicios, sino que puede empeorar la discriminación y está reforzando muchos estereotipos. El análisis predictivo del que “beben” los algoritmos de aprendizaje automático, utiliza herramientas informáticas capaces de detectar patrones en los datos analizados para formular a partir de los mismos reglas. Y, por tanto, necesitan consumir un gran volumen de información precisamente para generar esas reglas. El estudio muestra que en los principales bancos de imágenes de los que las máquinas aprenden, un 77% de las fotos en los que aparecen personas cocinando, están protagonizadas por mujeres.

Otra investigación de la Universidad de Boston y Microsoft Research también desveló que las bases de datos empleadas consideraban que lo más parecido a «programador» es «hombre» y que el sistema consideraba a los contenidos e información sobre mujeres programadoras menos relevantes que las de sus homólogos masculinos.

Siguiendo con las investigaciones, esta vez fue la Universidad Carnegie Mellon la que publicó que las mujeres tienen menos posibilidades de recibir anuncios de trabajos bien pagados en Google. En concreto, observaron que los anuncios online de trabajos con salarios por encima de los 200.000 dólares se mostraban a un número significativamente menor de mujeres que de hombres.

Hasta Microsoft se vio obligada a apagar el año pasado a Tay, su bot adolescente programado para entablar conversaciones en redes sociales con jóvenes de entre 18 y 24 años y que aprendía de esas interacciones. Tras 100.000 tuits, 155.000 seguidores y solo 16 horas de vida ya estaba publicando frases como “Hitler tenía razón, odio a los judíos”, “odio a las feministas, deberían morir y ser quemadas en el infierno”, entre otros muchos comentarios racistas, sexistas y xenófobos.

Los algoritmos opacos están empezando a controlar nuestras vidas. Tribunales, aseguradoras, bancos, empresas de selección de personas y otras instituciones emplean sistemas automatizados de análisis de datos para tomar decisiones que nos afectan. Nos sumergen en burbujas ideológicas que transforman cómo miramos y vemos el mundo. Y si algo nos preocupa precisamente en Doce Miradas, es eso. Las gafas que nos ponemos. Si esos algoritmos están heredando los sesgos de la sociedad de la que aprenden, además de corregir esa sociedad, también deberíamos corregirlos a ellos para que no reproduzcan y profundicen esos sesgos. De hecho, Google suggest ya tiene una lista negra de términos para no recomendar pornografía. ¿Por qué no actuar de igual manera con los estereotipos y prejuicios? Quizás necesiten más mujeres ingenieras para que el problema les interpele en primera persona…

Por todo ello, Doce Miradas se ha sumado al manifiesto INSPIRA. ¡Súmate tú también!

25 de Noviembre. Las muchas caras de la violencia contra las mujeres

21/11/2017 en Doce Miradas por Doce Miradas

Hace ya unos meses, en Doce Miradas tomamos la decisión de cambiar nuestro ya característico logo rojo en Twitter por su versión en negro cada vez que una mujer fuera asesinada por su pareja o expareja. Un gesto pequeño ante la magnitud del problema, pero que nos ha enseñado más hacia dentro que hacia fuera. La principal lección ha sido que rara era la semana que no tuviéramos que cambiarlo. Pero es que avisándonos vía WhatsApp, Twitter o nuestra lista de correo, por fin hemos sido conscientes de la dura situación a la que nos enfrentamos. No es que antes no lo fuéramos, pero es que los números son tan escandalosos que unos asesinatos tapan a otros (cuando no lo hacen otras noticias que parece que son más interesantes de copar portadas).


La maté por amor

En enero de 2017 en una localidad vizcaína J.A.G., un hombre de mediana edad, mató a su madre enferma nonagenaria. En el juicio, celebrado diez meses después, la defensa argumentó que la había matado “por amor”.

No es la primera vez que algo así sucede. Puede ser un hijo o un esposo, alguien que ha sido siempre cuidado por una mujer. Cuando esa mujer enferma, cuando no puede seguir cuidando, ese hombre no solo tiene que empezar a ocuparse de si mismo (su comida, su casa, su ropa…), sino que también tiene que ocuparse de la mujer que antes lo cuidaba (su higiene, su medicación…). Ese tránsito de cuidado a cuidador lo desborda, lo supera y reacciona de la única forma que ha aprendido a enfrentarse a los problemas: con violencia.

Ese “la maté por amor” nos recuerda demasiado a los “crímenes pasionales”; no nos engaña, no nos lo creemos. Tampoco el jurado popular creyó a J.A.G.: lo declaró culpable.

Millones de mujeres cuidan a sus hijos, a sus esposos, a sus padres, dependientes o enfermos. Y los quieren mucho. Pero no los matan.


Redirigir el foco hacia los hombres violentos

Las mujeres reivindicamos visibilidad desde hace tiempo. Sin embargo, en todo lo que se refiere al maltrato y asesinato de mujeres por parte de los hombres tenemos, en mi opinión, un exceso de visibilidad. Un protagonismo no deseado. Y mientras tanto, los hombres maltratadores, los hombres asesinos permanecen en la sombra. La fecha señalada de la que hablamos en este post se llama Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. ¿Por qué no Día Internacional contra los hombres violentos, maltratadores y asesinos? Cuando comentamos con una mezcla de hastío y horror, ‘Otra mujer asesinada’, ¿por qué no ‘Otro hombre asesino’? Cuando se hace recuento de las mujeres asesinadas y se dan a conocer sus perfiles, estadísticas con edades, países de procedencia… ¿por qué no hacer lo propio con los hombres que les han pegado o matado? Poner siempre ese foco tan potente sobre la mujer produce la impresión de que LA MUJER ES EL PROBLEMA. No queremos ese protagonismo. Queremos medios, recursos y voluntad para erradicar esa violencia. Y en el camino para lograrlo está sin duda investigar y estudiar al hombre asesino. Al causante. Sin dejarse nada. Sin tabúes como el país de procedencia. ¿No estamos siempre insistiendo en lo importante que es la educación y cultura recibidas desde la infancia? Entonces, el país de procedencia es un dato pertinente. Centrarse en estudiar a las mujeres víctimas no parece que nos haya llevado muy lejos hasta ahora. La mujer-pareja no crea al maltratador. Él ya existía.


Presuntamente

Mientras lees estas líneas, una mujer será violada; presuntamente. Será en su casa, o en un portal, o en una zona un tanto apartada de un parque.

Antes de que acabes de leer, otra mujer será asesinada, presuntamente; morirá, presuntamente, a manos de su pareja o expareja.

Mientras sigues leyendo, una niña será obligada, presuntamente, a casarse con quien la familia haya elegido. Con nueve años entrará a una alcoba y no saldrá nunca más.

Antes de que acabes de leer, si es que lo haces, miles de mujeres mirarán a su alrededor asustadas, intentado no entrar en pánico porque desde una distancia excesivamente corta unos hombres están mirando, al acecho, a la espera de cobrarse su pieza; presuntamente. Notarán sus ojos en su espalda, oirán sus palabras soeces, sus risas cómplices, y escucharán, atronador, el silencio cómplice. Perdón, presuntamente cómplice.

Y esto ocurre cada minuto de cada día, de cada mes. Año tras año.

Para que tengas una fotografía lo más completa posible, permíteme que te recuerde que lo que va a ocurrir mientras terminas de leer y piensas que exageramos, es lo siguiente: un hombre violará a una mujer, y otro hombre asesinará a su expareja. Eso es: presuntamente.


El valor de recordar

25 de noviembre. Un año más se conmemora (una paradoja en este contexto) el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Un día en el que toca recordar a las 872 mujeres asesinadas desde 2003. Como si el resto del año pudiéramos olvidarlas.

Por si fuera necesaria la aclaración, violencia machista es “todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”.

A las instituciones, medios de comunicación, comunidad educativa, partidos políticos, ciudadanía… hay que recordar que la violencia contra mujeres y niñas es un problema social y de extrema gravedad; sin voluntad real no es posible avanzar.


In dubio pro reo

Este año las gafas moradas del feminismo enfocan nítidamente la desigualdad del valor de la palabra, la credibilidad, la verdad. Las campañas #MeToo (yo también), #YoTeCreo y #JusticiaPatriarcal son tres vértices del mismo triángulo (figura imaginaria formada por tres vértices o tres elementos que tienen una relación).

La credibilidad es una herramienta básica de supervivencia, afirmaba Rebeca Solnit. Según la autora, más que una tediosa hartura para tantas mujeres, el mansplaining es otra técnica más para apuntalar el poder social de los hombres mientras subraya la eterna duda sobre la palabra de la mujer.

Y la violencia sobre la mujer, se dirime esencialmente sobre la cuestión de credibilidad. Mi palabra contra la tuya

De aquí el latinajo: In dubio pro reo es el principio jurídico por el que que en caso de duda, por ejemplo, por insuficiencia probatoria, se favorecerá al acusado (reo).

Nuestra particular versión Judeo-Cristiana del patriarcado nos enseña que la palabra de las hijas de Eva, pecadora original, nunca tendrá fuerza probatoria. Mientras que las palabras del hombre, hecho, a imagen y semejanza de Dios, son verdad. Ya lo dijo Juan 1:1 «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios»

La palabra griega λόγος o logos se traduce al español como «Verbo» (o «Palabra»), pero también puede significar pensamiento, habla, cuenta, es decir, razón, proporción, principio, estándar, o lógica, entre otras cosas…

El 25N tomamos la PALABRA.