Todas las miradas contamos. Miradas lectoras y comentaristas. Miradas titulares e invitadas. Miradas infiltradas y compañeras. Todas somos claves para avanzar hacia una sociedad en clave de igualdad y con mayor justicia social. Mirar con esperanza y confianza, aunque a veces sea difícil…
Durante estos dos años de aprendizaje y de crecimiento personal y grupal en docemiradas.net he cargado las pilas con reflexiones, puntos de vista diversos, realidades en las que son necesarias otras miradas y nuevas voces que propongan alternativas: maneras diferentes de ser y de hacer las cosas.
Tras estos dos años, he decidido salir de docemiradas.net como mirada titular; salir de unazona de confort que me mira con buenos ojos, para lanzarme a un nuevo proyecto donde la mirada de género es muy miope: Wikipedia. Estoy segura que seguiremos colaborando.
La realidad en un proyecto referente de colaboración, recientemente premiado con el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2015, es que la presencia de voces de mujeres y de mujeres editoras en Wikipedia es escasa. En el caso vitoriano «clavábamos los datos» de 15% de voces de mujeres respecto a hombres. Y se calcula que un 10-15% de personas editoras de Wikipedia son mujeres. Vamos, que el sesgo de género en Wikipedia, es evidente y constatado. Acciones como talleres de edición en Wikipedia, editatones sobre temáticas feministas y para visibilizar a mujeres referentes, pueden contribuir a reducir esta brecha.
Por todo ello, durante los 2 próximos años (a día de hoy es mi fecha de activismo activo :)) desde la Asociación Wikimedia España espero aportar mi granito de arena para reducir la brecha de género en Wikipedia y para animar a mirar en clave de igualdad a mis compañeros y a mis compañeras de viaje, mientras yo también aprendo a editar de manera «enciclopédicamente relevante» y me cuestiono cuestiones que no comprendo… Os comparto el enlace a la conferencia del 6 de noviembre de 2015 sobre Internet y Wikipedia ¿en clave de igualdad? en el marco de la programación de la Escuela para la Igualdad y el Empoderamiento del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, por si queréis ampliar información sobre la brecha de género en Wikipedia, tema que abordamos en la Conferencia.
¿Qué es y qué seguirá siendo DoceMiradas para mí?
DoceMiradas: es una metáfora de cómo observar la realidad (poliédrica, compleja, con aristas más o menos observables según se ubique quien observa) desde miradas diversas.
DoceMiradas: un chute semanal de toma de conciencia de desigualdades e injusticias y una invitación para mirarnos, y para observar nuestro entorno en busca de alternativas y de respuestas de cambio/acción.
DoceMiradas: es un lugar de encuentro, reflexión y acción virtual y presencial.
DoceMiradas: somos personas, mujeres, compañeras, amigas y feministas.
No se imaginan en el valle de Hushé de qué manera las mujeres que componemos Doce Miradas les hemos mirado en los últimos tiempos. Con qué atención, con qué respeto, con qué responsabilidad. Sin pretender intrusismo, lo cierto es que nos hemos asomado con curiosidad, ganas de saber y acompañar a la cámara de Mikel Alonso, que nos ha permitido transportarnos a este remoto lugar en la cordillera del Karakorum.
Los proyectos de la Fundación Baltistán nos llegaron de la mano de nuestra compañera Begoña Marañón, en un post publicado aquí. Un año más tarde aterrizó la tentadora oferta de contribuir a la promoción de la magnífica exposición de Mikel, acompañando la publicación con un periódico en el que se recogerían doce textos: uno de cada una de las miradas.
Miradas en la escuela de Machulu. Mikel Alonso. Karakorum
La propuesta nos cautivó desde el principio. Escribir sobre la realidad de este valle pobre y olvidado, acompañar en la sensibilización, sumar con nuestras reflexiones, desplegar nuestra empatía y contribuir a mostrar la situación de invisibilidad y retiro en el hogar de las mujeres de Hushé, era una tarea que llevaba nuestro nombre. Podrían haberlo hecho otras personas también. Claro. Pero nos lo ofrecieron a las Doce Miradas y estamos muy agradecidas por esta oportunidad única de conocer, sentirnos parte y aprender de otras vidas que, sin duda, contribuyen a poner en valor la nuestra y actuar con responsabilidad.
Doce Miradas surge de la necesidad de levantar la voz para hacernos oír, reivindicar, corregir o destruir estructuras que oprimen, teniendo muy presente que no podemos –ni queremos- hacerlo solas. Doce Miradas nace con el deseo de sumar en las etapas del camino personas con las que construir un modelo justo de desarrollo personal y oportunidades. La justicia social y la igualdad entre hombres y mujeres es una responsabilidad de todos y todas.
Al fondo el Masherbrum. Mikel Alonso. Karakorum
En nuestro blog, tanto nuestras miradas invitadas como nosotras doce, ponemos semanalmente el foco en realidades que merecen revisión, denuncia, reflexión seria y acción. A las Doce Miradas nos gusta señalar con el dedo aquello que no vemos bien.
Todas las dificultades que se nos plantean por el hecho de ser mujeres, las oportunidades que no tenemos, la voz que no se nos permite alzar, la violencia que soportamos en todas sus formas… Aquello que nos resta como mujeres, empobrece a las comunidades, a la sociedad.
De todo esto saben mucho las mujeres que viven en el valle de Hushé. La Fundación Baltistán está haciendo un magnífico trabajo en la toma de conciencia, en la formación y en el impulso de la participación social de las mujeres. Doce Miradas solo podía sumarse y lo hemos hecho con todo el cariño, el respeto y la ilusión de hacer nuestro aporte, el de cada una de las doce, para apoyar esta causa. Somos doce mujeres que sueñan y hemos soñado con este valle, sus montañas, sus hombres y sus mujeres. Felices sueños para los que tendremos que seguir trabajando allí, aquí y donde haga falta esperanza.
¿Nos vemos el jueves en la inauguración de la exposición Karakorum?
Me apasionan las historias reales, relatos sencillos que permiten conocer algo más de las personas que nos rodean. Lo percibo como una forma de reconstruir la identidad, un ejercicio que facilita el entendimiento y que ayuda a comprender y aceptar.
Quizás es por esta razón que recuerdo películas que contaban historias sencillas y actrices que interpretaban personajes con los que proyectaba mi imagen de adulta. Recuerdo, con total claridad, a Katharine Hepburn interpretando a Jo March en ‘Mujercitas’. Era la segunda de cuatro hermanas adolescentes, una chica decidida que quería convertirse en escritora y que se negaba a adaptarse a los estereotipos femeninos de su época. Era una joven con carácter fuerte y tenaz gracias al que consiguió publicar sus primeros cuentos en un periódico; también tenía un gran corazón, que salió a relucir cuando decidió cortar sus trenzas para que su madre pudiera visitar a su padre herido en la guerra. En ese momento yo quería ser Jo March, aquélla chica con ideas claras, con espíritu independiente y resuelto, incombustible en la pelea por conseguir su sueño. Todavía no era consciente del peaje personal que le supuso a Jo elegir un camino diferente al que le tenían encomendado.
En este viaje hacia el pasado, aparece con mucha fuerza una de mis favoritas, Pippi Långstrump (Pipi Calzaslargas), con su pelo rojo peinado en dos trenzas levantadas hacia arriba en señal inequívoca de su ‘ir contracorriente’. Una niña imaginativa y extremadamente divertida que caminaba hacia atrás, dormía con los pies sobre la almohada y era tan fuerte que podía levantar su caballo con una mano. Vivía sola, su padre era pirata y su madre había fallecido, algo que me entristecía y que, al mismo tiempo, me permitía comprender algunos de sus comportamientos. Verle en acción era una mezcla de sensaciones; lo transgresor de sus aventuras me atraía y, al mismo tiempo, estaba tan fuera de mi marco de referencia que no era capaz de repetir sus propuestas, ni en broma. Ahora, muchos años después, vuelvo a ver a Pippi en la televisión y pienso que algo quedó en mí de ese mensaje que invita a salirse del tiesto, a no seguir la norma establecida cuando crees en algo y a actuar movida por el convencimiento de que la realidad no tiene propiedad ni es una foto fija y, por lo tanto, poseemos habilidades suficientes para cambiarla si somos capaces de sumar esfuerzos.
Otro de los relatos que me cautivó, bastante más mayorcita, fue el de Hypatia de Alejandría en ‘Ágora’. Una historia, para mí desconocida, de la que es considerada la primera mujer científica -última directora de la Biblioteca de Alejandría-, una mujer culta y admirada por sus adelantadas conclusiones sobre los planetas, que se mantuvo firme en sus creencias y acabó apedreada con escarnio público por negarse al sometimiento. El relato me cautivó y me llenó de sombra por unos días; un relato que puede ser compartido por otras mujeres del mundo de las que nada se sabe excepto que mueren lapidadas en cumplimiento de penas que escapan a mi entendimiento.
Me pregunto cuánto habrá en mí de la tenacidad de Jo March, de lo transgresor de Pippi Långstrump o de la firmeza de Hypatia de Alejandría, si es que lo hay. Y cuánto del miedo a sufrir su destino ha hecho que me aleje de ellas. Podría pensar que son mujeres de película, pero ya sabemos que no lo son tanto.
Las personas que me conocen un poco saben que me encanta viajar. Siempre que puedo, intento hacer una escapada y disfrutar de esos momentos en los que transformas tu mirada. Y no solo la cambias porque alteras el paisaje que te rodea. También porque activas el “modo observación”, que en tu día a día por tu ciudad suele estar apagado, y que consiste en mirar con atención hasta el más mínimo detalle de lo que te rodea. Es una sensación extraordinaria pero también extenuante que puede llegar a producir dolores de cabeza.
Imagen de Stephanie Lepoint (CC by-nc-nd)
Algo similar me ocurre con el feminismo. Cuando te pones las gafas violetas es ya difícil quitártelas. Eso hace que ningún detalle se escape a tu radar, pero también tiene asociado un gran desgaste. Empezando por lo cansado de decir hoy en día que eres feminista. Porque sí: yo lo soy. Ahora lo declaro con orgullo, pero antes de que Doce Miradas entrara en mi vida, formaba parte del grupo de personas que se escondía tras frases como “Yo estoy a favor de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres… pero no soy feminista”. Es peculiar analizar cómo el término ha sido denostado y con el transcurso de los años se le ha dotado de una connotación negativa. Tanto es así que muchas personas creen que el feminismo es lo opuesto al machismo o que está solo reservado para las mujeres. Nada más lejos de la realidad. De hecho, Marcuse indica que uno de los objetivos del feminismo es la construcción de una sociedad en la que quede superada la dicotomía hombre-mujer.
Ese cansancio suele ser además inversamente proporcional al cumplimiento de la Ley de Moff que se puede resumir en una lapidaria pregunta: “¿Por qué tienes que analizarlo todo? Hija, has perdido tu sentido del humor”. Y es que ser feminista es muy cansado porque te dejan de hacer gracia muchos chistes y gracietas que pululan por internet, WhatsApp y las tertulias informales de familia y cuadrilla. Ser la aguafiestas de todos esos momentos de “humor” (nótense las comillas) es agotador. Te recuerda al personaje Tristeza de la película Inside Out. Ese que nadie quiere ser…
Ser feminista es muy cansado porque te supone disputas en el ámbito laboral con personas muy cordiales y con las que te llevabas a las mil maravillas hasta que les señalas algún micromachismo, que probablemente no reconocerán e intentarán justificar con razones de lo más peregrinas.
Ser feminista es muy cansado porque desde pequeña te han dicho que señalar con el dedo está muy feo. Ser la acusica de la clase no te reporta precisamente popularidad y callarse, en muchas situaciones, es una postura más cómoda y segura.
Ser feminista es muy cansado porque siempre te estás planteando si no te habrás pasado de frenada. Si el morado no te estará nublando la vista y estarás pecando de conspiranoica… y es precisamente ésta la baza que juegan contra ti.
Imagen de Sandra Druschke (CC by)
Ser feminista es muy cansado porque con tus pequeñas acciones en el metro cuadrado que ocupas, no ves resultados a corto plazo y eso te frustra. Por no hablar de la impotencia que sientes al encender el televisor y ver cómo crece el número de mujeres asesinadas, fotografías de política sin políticas, empresa sin empresarias, entrevistas a deportistas para saber si son coquetas obviando sus logros profesionales…
Ser feminista es muy cansado porque los días que te encuentras sin fuerzas y no intervienes ante una conversación o te escondes, luego te sientes como una cobarde y traidora.
Termino este post cansada. Más que cansada, agotada. Pero es un cansancio con recompensa. Como cuando sales a correr y luego las endorfinas hacen que no puedas parar de sonreír. Ser feminista es muy cansado, pero es parte de lo que soy, y me gusta.
No recuerdo la fecha exacta, pero sé que hace muchos años de aquel viaje. De hecho, fue en el siglo pasado. Lisboa estaba hermosa y decadente (como hoy). Y era un ciudad reivindicativa, «en la lucha», como nos gustaba decir entonces. Los tranvías lucían viejos y en sus laterales, y en las banderolas del alumbrado público de la Plaza del Comercio, un slogan que aquellos días hacía furor me cautivó:«Não basta dialogar: é preciso concretizar». Vagamente recuerdo que se trataba de una negociación sobre los derechos laborales, entonces bastante pisoteados (como hoy).
Nota al margen: si alguien pudiese decirme cómo hacerme con uno de esos carteles, le quedaré muy agradecida.
Si trasladamos esta llamada a la concreción al tema que nos ocupa, a la igualdad de entre mujeres y hombres, aquella frase tiene pleno sentido. Tengo la impresión de que en muchas ocasiones nos enzarzamos en una dialéctica eterna sobre motivos o excusas que perpetúan las desigualdades, y que, agotadas en esta dialéctica, llegamos exhaustas al momento de concretar. O abandonamos el viaje a medio camino, sin lanzarnos a dar el paso que ayude a avanzar de forma eficaz. Ya lo decía Ernest Hemingway: «Never mistake motion for action».
Somos la generación bisagra que debió heredar de la anterior la igualdad entre hombres y mujeres (gracias a la lucha de ellas, dicho sea de paso), y que sin embargo todavía no puede darla por lograda, y menos aún, asegurársela a la siguiente generación. Me fijo sobre todo en nuestra realidad inmediata, en lo más cercano, aunque soy consciente de que esta afirmación no sirve en gran parte del mundo.
El testigo se nos ha ido cayendo de las manos en esta larga, larga carrera. Hemos avanzado en el plano formal, y hemos avanzado mucho (frente a la falta de derechos de nuestras madres, por ejemplo), pero el subsuelo de esa igualdad plastificada sigue en precario equilibrio sobre las arenas movedizas del patriarcado.
Recuerdo lo que dijo el astronauta Buzz Aldrin hace unos años, cuando le preguntaron si el futuro que imaginaba cuando pisó la luna se parece a la realidad: «Me prometisteis colonias en Marte. Y, en lugar de eso, tengo Facebook». Algo parecido siento yo.
¿Concretamos?
Una pregunta muy sencilla: ¿La desigualdad es un tema central para esta sociedad? O mejor aún: ¿La desigualdad es un tema central para ti? Si la respuesta es no, acabo aquí mismo este escrito: caso cerrado. Pero si contestamos “sí”, deberemos demostrarlo en medidas concretas.
Y por abrir el melón de lo concreto, aquí van algunas ideas:
• Para quienes tienen la responsabilidad de organizar nuestro dinero y ponerlo al servicio del bien común. Sin recursos, los objetivos políticos son papel mojado. Dotarlos de recursos no garantiza el éxito, pero no hacerlo es garantía del más estrepitoso de los fracasos. Necesitamos una perspectiva de género que garantice la coherencia de las dotaciones presupuestarias. Coherencia y números que la soporten, euros contantes y sonantes, porque los cada vez más exiguos presupuestos para «mujeres» (¡qué desatino denominarlo así!) son insuficientes para avanzar en la destrucción de las desigualdades latentes en todos los ámbitos públicos. Si queremos más mujeres en Ciencia, será el presupuesto de Ciencia el que tenga que dotar esas iniciativas, no la cada vez más diminuta bolsita de dinero para la “promoción de la igualdad”.
Si os apetece ver un algunos ejemplos concretos y un análisis sobre esta cuestión, podéis echar un vistazo al manifiesto–propuesta realizado por más de 70 asociaciones feministas con motivo de la presentación de la propuesta de presupuestos generales del Estado en agosto de este año.
• Para quienes pueden ayudar a construir, desde otras bases, una sociedad igualitaria: familias, profesorado, comunidad educativa, medios de comunicación, etc., (y por lo tanto, yo misma me incluyo entre las estructuras señaladas con el dedo). No somos meras correas de transmisión; tenemos una gran responsabilidad y no podemos delegarla en leyes, normas o prohibiciones.
– No consumamos entonces productos televisivos basura, que banalizan o directamente insultan a las mujeres al convertirlas en trozos de carne en alquiler. (Tantos ejemplos… )
– Fomentemos la diversidad de oportunidades en las aulas; necesitamos hombres psicólogos y profesores, tanto como mujeres ingenieras y torneras. Necesitamos que todos y todas ejerciten, desde la igualdad, su derecho a ser diferentes.
– En casa, no alentemos los roles que llevamos tatuados en el cerebro; luchemos contra ellos. Ni las mujeres nacemos sabiendo planchar, ni ellos disponen de cualidades intrínsecas para reparar un enchufe.
Por si no queda suficientemente claro, insisto: no se trata de adoctrinar, sino de ofrecer herramientas para que las y los jóvenes piensen y actúen desde el respeto para con los otros y para con ellos mismas. Para que, desde esta igualdad real, podamos ser diferentes.
• Para cada uno de nosotros y nosotras: atrévete, atrevámonos a dar un paso al frente.
– Pinchemos las burbujas del supuesto “humor inocente”.
Contemos y recontemos en voz alta para denunciar que las mujeres no estamos representadas como nos corresponde en la esfera pública. (mirad de qué manera gráfica tan clara se puede ver en este vídeo)
– Hazte un regalo: ponte unas gafas moradas. Recuerda que no son un mero complemento, que son la manera de ver, de ser y de estar que necesitas para entender que lo que vemos no es lo que existe, que hay una realidad mucho más diversa, rica, divertida y completa esperando a ser descubierta y mostrada.
– Haznos a todos y a todas un regalo: ayúdanos a completar esta lista. Ya seas hombre, ya seas mujer, puedes elegir qué hacer y qué dejar de hacer. Desde la denuncia a la propuesta, desde la determinación a la acción. ¿Nos ayudas?
Bonus track:
Concretar significa avanzar. Paso a paso. Atreverse a hacerlo. Mirar al frente y disfrutar del nuevo paisaje, porque eres capaz de dejar atrás el recuerdo de las veces en las que retrocediste. O recordar las veces que tuviste el valor de hacerlo. Como hoy.
Pocas veces se habla en estos términos, ¿verdad? Por lo general, se habla de mujeres maltratadas, cuántas son, qué edades tienen, si son autóctonas o extranjeras… Pero, ¿qué hay de los agresores? Pues bien, en 2013, en el País Vasco, 2.878 hombres agredieron a sus parejas o exparejas. El 30% de ellos tenía entre 31 y 40 años, aunque la incidencia también era alta en el grupo de edad entre los 18 y los 30 años. Si nos centramos en los datos de hombres que asesinaron a sus parejas o exparejas registrados en España durante 2015, el Ministerio de Sanidad nos dice que hasta ahora han sido 30. De ellos, 24 de nacionalidad española y 6 de otros países. Y hasta ahí. Poco más he podido encontrar sobre los maltratadores en las estadísticas. Es curioso, porque sin embargo de las mujeres víctimas de maltrato puedes saber cuántas de ellas son nacionales o de origen extranjero, puedes saber incluso cuántas son de países latinoamericanos, asiáticos, magrebíes o de otros países europeos. Parece como si el interés de las instituciones que emiten los informes se centrara más en conocer las características de las víctimas. ¿No sería más efectivo poner más el foco en los causantes, es decir, en los maltratadores? ¿Alguien cree que hallaremos la solución a este problema examinando con una lupa a las víctimas? De seguir así, la idea que terminará calando en la sociedad, si es que no lo ha hecho ya, es que AQUÍ EL PROBLEMA SON LAS MUJERES MALTRATADAS.
Datos referentes a 2013.
Advierto desde hace tiempo en las personas con las que me relaciono y en mí misma un cierto… no sé muy bien cómo llamarlo, hartazgo, rabia, impotencia ante el goteo constante de asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o exparejas. “¡Qué horror todo esto de las mujeres maltratadas!” Casi parece que ellas tuvieran la culpa. Su recuerdo constante nos agobia porque no sabemos cómo solucionarlo. Creo que deberíamos hablar del PROBLEMA DE LOS HOMBRES MALTRATADORES, LA LACRA DE LOS HOMBRES MALTRATADORES.
Otra afirmación muy popular, que también culpabiliza a las víctimas es la siguiente: “Es que también hay cada una… Ya dicen los expertos, que hay mujeres que repiten siempre el mismo patrón al emparejarse”. Seguro que lo habéis escuchado o dicho en alguna conversación. No sé muy bien de dónde sale tal afirmación ni qué hay de cierto, pero respecto a lo que no hay ninguna duda es al hecho de que LOS MALTRATADORES SÍ QUE REPITEN SIEMPRE EL MISMO PATRÓN DE AGRESIVIDAD Y VIOLENCIA. Pero eso no es algo que escuche en las conversaciones.
La solución al maltrato parece descansar en el tejado de las mujeres. Se nos aconseja estar atentas a las señales, a los indicios que alertan de que un hombre puede ser un potencial maltratador. Pero esos consejos solo sirven para que Amaia, Teresa o Rocío, que han estado atentas, esquiven el problema y que LAS MALTRATADAS SEAN FINALMENTE OTRAS SUSANAS, AGURTZANES O CRISTINAS que no pudieron, no supieron o no quisieron escapar a tiempo. Cambian los nombres, solo eso. Porque esos hombres no desaparecen por arte de magia. Los maltratadores seguirán su camino, pulularán por nuestras calles tratando de emparejarse, y habrá víctimas. Esos consejos solo son útiles a título personal, no puede ser esa la gran idea de las autoridades para acabar con este problema. No olvidemos que en muchos casos, la agresión o el asesinato tienen lugar precisamente cuando se rechaza una relación o se le quiere poner fin.
Se lanzan mensajes para que las mujeres que puedan estar sufriendo un caso de maltrato lo cuenten, lo denuncien, para que llamen al 016. Y está muy bien, claro que sí. Pero me pregunto si no debería de haber también CAMPAÑAS QUE APELEN DIRECTAMENTE AL MALTRATADOR. “Si eres incapaz de controlar tu ira, si tu carácter es agresivo y violento y crees que eres un peligro o puedes llegar a serlo para tu pareja y tus hijos, llama al teléfono xxxx”. No sé si ese teléfono recibiría muchas llamadas, pero sería sano verbalizarlo, una cuestión de higiene mental para la sociedad. Siempre reivindicamos que hay que dar visibilidad a la mujer pero en el caso del maltrato yo diría que la mujer-víctima está sobreexpuesta y sin embargo el hombre-maltratador está desaparecido, como si no existiera, como si las mujeres asesinadas murieran de causas naturales o las partiera un rayo.
En la Comunidad Autónoma Vasca los maltratadores con una condena por delito de violencia de género menor a dos años y sin antecedentes pueden evitar la cárcel si realizan un curso de reeducación. Se llama programa Gakoa y se extiende a lo largo de 12 meses. No tengo conocimiento de que en otra clase de delitos con violencia de por medio se ofrezca la REEDUCACIÓN PARA ELUDIR LA PRISIÓN y no entiendo por qué se hace en este caso. Personalmente creo que deberían cumplir la pena impuesta y además asistir al programa de reeducación. Soy muy escéptica con la reeducación de maltratadores, pero más vale intentar algo, a que salgan de la cárcel igual que entraron.
El Servicio de Atención a la Víctima del Gobierno Vasco, el SAV, avisó el pasado año a las víctimas, en 619 casos, de la excarcelación de sus maltratadores. Una medida que parece buena y mala a la vez. Algo chirria. Si las autoridades consideran que deben avisar a las mujeres es porque creen que corren un peligro. Y si creen que esos hombres representan un peligro, ¿por qué los dejan salir de la cárcel? Parece un cumplimiento de PENA COMPARTIDA. Primero el maltratador pasa una temporada en la cárcel y después la cárcel es para la víctima. Porque, ¿qué se supone que debe hacer esa mujer cuando recibe dicha llamada?
Reflexionando sobre el maltrato a mujeres me he encontrado con UNA PARADOJA. Hay mucha gente que rechaza la idea de que el maltrato sea una manifestación extrema del machismo. No quieren ni oír hablar del tema. Dónde vas, exagerada. Una cosa es que haya hombres que piensen que no debéis estar en un consejo de administración y que estáis genéticamente diseñadas para fregar y limpiar y otra muy distinta es que fuesen capaces de agredir, maltratar o matar a una mujer. Dicen que no, que se debe a causas generales, ya se sabe, este mundo cada día más acelerado, que nos tiene a todos locos, la competitividad en los trabajos, en la vida, somos todos cada vez más agresivos, vamos por la vida con el cuchillo entre los dientes, la crisis económica, el paro, los problemas nos asfixian… y alguno que no está muy equilibrado, llega un día en que se le va la cabeza y explota. Puede ser que confluyan varios factores, no lo niego, o que las dificultades económicas sean un detonante o un acelerante, pero estoy convencida, y así suelen decirlo las personas expertas, de que la desigualdad, el machismo, el considerar a la mujer como un ser inferior, está detrás del maltrato y de los asesinatos. Sin embargo, encuentro siempre a muchas personas dispuestas a afirmar que ahora hay más maltrato debido a los inmigrantes procedentes de países y culturas mucho más machistas. ¿En qué quedamos? SI EL MACHISMO ES UN FACTOR DETERMINANTE, LO SERÁ EN UNOS CASOS Y EN OTROS.
Volviendo al título ¿cuántos maltratadores hay en tu ciudad? Como decía al comienzo, en 2013, 2.878 hombres agredieron a sus parejas o exparejas en el País Vasco. Esos son los que están registrados por la estadística. Seguro que hubo más casos que no recoge ningún informe, pero que sin duda quedaron registrados sobre los cuerpos y las autoestimas magulladas de algunas mujeres que mantuvieron los hechos en secreto. Cuando era joven, a los 20 o 25 años, pensaba que los casos de maltrato eran casos aislados, una rareza. Ahora tengo la sensación de que hay muchos maltratadores y que emparejarse es una puñetera ruleta rusa.
Fotografía: Samuel Zeller
Hoy, martes, 6 de octubre es un día de esos días de triste recuento, un día negro. En menos de 72 horas, TRES HOMBRES HAN ASESINADO, PRESUNTAMENTE, A TRES MUJERES en un nuevo episodio de violencia machista. En lo que llevamos de 2015, 30 hombres han asesinado a sus parejas o exparejas en España. El número podría ascender a 39 de confirmarse estos 3 nuevos casos y otros 6 que están en investigación. Hay que saber más sobre los maltratadores y/o asesinos. Cómo se crean estos monstruos y en dónde pueden estar las posibles soluciones. En mi próximo post me gustaría tratar estas cuestiones. De momento, Almudena (asesinada en Bizkaia), Silvina (asesinada en Vigo), y la mujer asesinada en Murcia, de la que aún no han dicho su nombre, descansad en paz. El resto, todos y todas nosotras, y desde luego las autoridades que tienen competencias en esta cuestión, no deberíamos descansar en paz. Queda muchísimo por hacer.
Después de los acontecimientos que nos ha traído este verano, andaba yo pensando estos días en qué somos y en qué no somos. En lo que nos define por aquello que hacemos y en lo que nos cataloga por lo que dejamos de hacer. Y me he dado cuenta de que nos falta coherencia, mucha coherencia, entre lo que hacemos, lo que decimos y, fundamentalmente, lo que sentimos de verdad. Y nos falta esa coherencia no solo como sociedad sino también como individuos.
Así que para aclarar al menos mis dudas, no sé ya si las vuestras, me gustaría que hicierais el test que os propongo a continuación. Para ello, os voy a pedir algún favor y algún que otro permiso. En lo que a favores se refiere os demando tres: el primero, que leáis el post hasta el final. El segundo, que me permitáis responder en vuestro lugar estableciendo un diálogo ficticio. El tercero os lo solicitaré más adelante.
Este test intentará averiguar si sois o no sois personas racistas, entendiendo como tal a aquellas que consideran que los individuos tienen diferentes derechos y libertades en función de su raza. Con el fin de hacerlo más fácil, solo os preguntaré sobre vuestras actitudes hacia las personas blancas y hacia las personas negras. Así que, vamos a por ello.
El decálogo
¿Crees que las personas blancas y las negras tienen los mismos derechos, libertades y obligaciones? “Por supuesto”, me responderás. “Estamos en pleno siglo XXI”.
Si tú tuvieras que hacer una selección de personal en tu empresa ¿a quién contratarías antes? ¿A una persona blanca o a una negra? “Bueno”, me dirías, “esto también está claro. Yo la contrataría en función de su curriculum, de su experiencia y de su profesionalidad. Me daría igual que fuera blanca o negra”.
¿Y quién crees que faltaría más al trabajo? “A ver, a ver. Aquí la bolita de cristal no la tiene nadie”, me contestarías. “Pues dependerá de quién se ponga más veces enferma, de qué circunstancias le pasen en la vida ¿no?”
Y a la hora de hacer ascenderla, de darle un puesto relevante ¿a quién primarías? ¿A la blanca o a la negra? “Me estoy empezando a enfadar con tus preguntas. Ni que yo fuera racista. Pues evidentemente a quien más se lo mereciera”. Ya, pero insisto. Igual mirarías un poco sus circunstancias familiares ¿no? Por ejemplo. En el caso de que ambas tuvieran el mismo número de hijos ¿ascenderías a la blanca o a la negra? “Pero ¡qué tendrá que ver! Pues a quien más se lo merezca. ¿A mí qué me importa el número de hijos que tenga?” Sí pero ¿a quién le pagarías un sueldo mayor? ¿A la blanca o a la negra? “¿Por el mismo trabajo? Pues su retribución debería ser la misma. Vamos, es de cajón”.
¿Y quién crees que ejercerá mejor las labores directivas? ¿La persona blanca o la persona negra? “Ahora sí que me estoy enfadando. El liderazgo, la capacidad de toma de decisiones no tiene que ver con la raza. Eso depende de cada persona”.
Vale, vale, no te enfades. Cambio de ámbito. Imagínate que haya un producto que solo consumieran las personas blancas (no sé, piensa en algún tipo de maquillaje, determinadas cremas solares… ). ¿Aprobarías anuncios publicitarios en los que salieran personas negras prácticamente desnudas para anunciar los productos que consumen las blancas? “¡Por favor! ¡Pues claro que no!… De todas formas, me estás haciendo unas preguntas demasiado evidentes ¿no? Cualquiera te respondería a todo esto exactamente igual que lo estoy haciendo yo, salvo que sea muy racista”.
¿Crees que los medios de comunicación deberían emitir o publicar esa publicidad? “Pues esto también es evidente. Sería poco decente ¿no? Admitir publicidad racista por el mero hecho de que proporciona dinero”.
¿Te quedarías de brazos cruzados si supieras que hay fiestas en algunas localidades en las que no se permite a las personas negras hacer lo mismo que a las blancas? “No. Claro que no.”
¿O si hubiera locales en los que solo está permitido que estén personas blancas? ¿O en los que solo pagan por entrar las personas blancas y donde las negras entran gratis porque sirven como reclamo? “¿Todavía hay de eso? ¡No me lo puedo creer!”
Supongo que, como casi todo el mundo, tendrás algún perfil en Facebook o en Twitter. ¿Compartirías o retuitearías vídeos, comentarios, chistes zafios que hagan comentarios que denigren a las personas negras? “No. Evidentemente no”.
Hasta aquí el test. Ahora, os voy a pedir el tercer favor del que hablaba al principio. Volved a hacer el test cambiando algunas palabras: persona blanca por hombre y persona negra por mujer; racismo y racista por machismo y por machista; y raza por género. Y si el resultado que te da el segundo test es diferente al primero, háztelo mirar.
Coherencia
¿Evidente verdad? Claro. El post se publica en Doce Miradas. Pues si es tan evidente, lo que no entiendo es por qué no es evidente.
Cuando reivindicas el feminismo, cuando dices que eres feminista, todavía hay mucha gente que te pregunta el por qué. La primera cosa que se te ocurre decirle es si sabe qué es el feminismo. Feminismo es creer en la igualdad de derechos y libertades de mujeres y hombres. No le busques más definiciones.
Las y los feministas somos personas que creemos en ello y que luchamos para erradicar los comportamientos machistas. Entonces, si es tan evidente ¿por qué tengo que defender en pleno siglo XXI que soy feminista? ¿Por qué tengo que explicarlo? ?¿Por qué a tantos hombres y a tantas mujeres, creyendo en la igualdad, les cuesta decir que son feministas? ¿Por qué le es tan fácil a la sociedad descubrir comportamientos racistas pero le cuesta tanto identificar los machistas? Si son tan evidentes las respuestas al test en lo relativo al racismo ¿por qué se toleran esos comportamientos sexistas? ¿Por qué tengo que denunciar día a día comportamientos machistas que a veces no se ven, otros se obvian y muchas veces se fomentan? ¿Por qué cuando los denuncio tengo que soportar caras de superioridad, de ironía, de cachondeo? ¿Por qué no levantamos la mano para decir que “eso es machismo”? ¿Por qué a veces da vergüenza, otras reparo?
Si es tan evidente, y me voy ahora a los resultados de las preguntas del test, ¿por qué hay tantas personas que consideran que hombres y mujeres no tenemos los mismos derechos? ¿Por qué se contrata antes a un hombre que a una mujer porque esta última igual un día tiene hijos, como si la sociedad se perpetuase de forma hermafrodita? ¿Por qué afecta tanto a la hora de trabajar pensar en las bajas maternales cuando la ley permite que éstas puedan ser disfrutadas tanto por las madres como por los padres? ¿Por qué se considera que las mujeres perdemos más horas de trabajo que los hombres si tenemos hijos? ¿No es la responsabilidad de los hijos compartida? ¿Por qué hay tan pocas mujeres en puestos directivos y se sigue creyendo por parte de muchos (y muchas) que las mujeres son malas jefas? ¿Por qué aceptamos aún ver en la televisión y en prensa escrita u oír en la radio anuncios con la más pura esencia sexista? ¿Por qué todavía tenemos que aceptar que en fiestas, como en las de Hondarribia, las mujeres tengan que desfilar escoltadas escuchando insultos porque de lo contrario son escupidas y zarandeadas? ¿Por qué entramos mujeres y hombres en locales de moda donde nosotras no pagamos porque somos el cebo y ellos entran abonando su entrada? ¿Por qué compartimos y retuiteamos esos chistes puramente machistas que se ven tantas y tantas veces en las redes sociales? Y sobre todo ¿por qué no nos damos cuenta de que reproducir comportamientos machistas conduce a una sociedad en los que los hombres tienen realmente muchos más derechos y libertades que las mujeres?
Responsabilidad
Durante el pasado mes de agosto, doce mujeres fueron asesinadas por sus parejas o ex-parejas, a golpes, atropelladas, rociadas con gasolina. En lo que va de año, el balance se eleva a 51 mujeres. Y a ello hay que sumar el número de mujeres y sus hijos e hijas que son maltratadas a diario en este país. Cuando se producen esos momentos trágicos es cuando nos echamos las manos a la cabeza y decimos que esto tiene que acabar. Y echamos la culpa a la sociedad. Pero nos olvidamos de que la sociedad la componemos los individuos y que, por lo tanto, todos y todas tenemos nuestra parte de responsabilidad, y de culpabilidad, cuando se produce una muerte causada por violencia de género. Desde las madres y los padres que no educan en igualdad hasta los colegios que reproducen pautas de comportamientos machistas. Desde los medios de comunicación que, ni saben tratar en la mayoría de las ocasiones las noticias sobre estos temas (siguen hablando de mujeres que “mueren”) y a los que no les molesta para nada la publicidad sexista y lo machismos que se dan, en muchísimas ocasiones, en sus tertulias y en sus programas estrella, hasta los espectadores que consumen estos programas. Desde el juez que no emite la orden de alejamiento que debería dictar hasta las personas que se creen que una simple orden de alejamiento evita que un maltratador llegue a convertirse en un asesino. Desde el político que no ofrece medidas eficaces contra la violencia de género porque no se la toma en serio hasta la persona que los vota. Desde el que crea un meme en Twitter hasta el simple que lo retuitea.
Coherencia y responsabilidad. Símplemente eso. Coherencia y responsabilidad. Permitidme una última pregunta: ¿es que lo evidente no lo es tanto?
«La Libertad guiando al pueblo», Eugène Delacroix, 1830.
Leía un día sobre los orígenes del feminismo, cuando fui a parar con una cita que me golpeó por su mezcla de juicio y candidez. Escrita por Olympe De Gouges en la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana” de 1791, decía así: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”.
Habían transcurrido dos años desde la “Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano” (escrita en el corazón revolucionario de 1789) y para entonces, la autora de esta pregunta intuía ya que tampoco los padres del grito “Libertad, Igualdad, Fraternidad” —aquellos con quienes las mujeres se habían embarrado faldas e ilusión en el fragor de las barricadas— tenían ahora verdadera intención de hacer hueco mullido para ellas. “La mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe tener también el de subir a la Tribuna”, resumió De Gouges de forma meridiana.
Cierto es que, casi 225 años más tarde, las mujeres —con el apoyo de tantos hombres— hemos logrado muchos de los derechos apenas imaginados en la época y, sin embargo, la interpelación de esta ciudadana francesa (demasiado revolucionaria incluso para aquella revolución) mantiene aún hoy su vigencia. Y esto me deja más preguntas que respuestas. En todo caso, más allá de los frenos y trampas que nosotras las mujeres nos ponemos en la conquista del terreno público (asunto de mi reflexión anterior), el menú del día es: ¿cuánto tiene que ver la acción/no acción masculina (voluntaria o inocente) en esos “otros” frenos que las mujeres encontramos en el camino?
“¿Hombre, eres capaz de ser justo? Es una mujer quien pregunta”.
Tal vez deberíamos empezar por el principio y dilucidar en qué consistiría tal justicia hoy y a partir de ahí, determinar qué esfuerzos serían exigibles a los actuales hombres de bien; aquellos que apoyan, creen apoyar o quisieran apoyar a las mujeres (parejas, hijas, amigas, madres, hermanas…) en esta cansina lucha por disfrutar sin salvedades de iguales oportunidades. ¿Qué sería sensato pedir y qué iluso o desmedido?
Bien, sobre todo esto me dio por pensar hace poco al saber de un nuevo seminario en el que los diez ponentes previstos son varones (7-11 septiembre, con Alfredo P. Rubalcaba, Gumersindo Lafuente, Emilio Ontiveros, José María Izquierdo, entre otros). La denuncia en Twitter llegaba esta vez desde @Masdel50, donde recordaban aquello de “hay expertas”. “Pues tienes razón”, fue la llana respuesta de un senador que entró en la conversación. Pero, quedé yo barruntando: ¿de qué sirve que te concedan la razón? ¿De qué sirve siquiera tenerla? ¿Qué más se podría entonces pedir a un hombre que concede la razón ante una interpelación tan directa? Porque lamentablemente, la razón no sirve de nada.
Es la acción la que cambia las cosas. Sin acción, no hay reacción.
La cuestión de fondo, por tanto, es: ¿cómo pasamos al siguiente nivel? Y se me ocurre que quizá sea necesario recordar, en primer lugar, que nuestra sociedad continua siendo machista. No nos gusta decirlo, pero es así. Y es así porque continua habiendo mujeres y, en mucha mayor medida, hombres, que no creen que el valor de ambos sea el mismo (salario, dedicación familiar, implicación en el hogar o silla en el Consejo de Administración de turno). Y esos hombres no son siempre el vecino de enfrente… Quizá sea necesario recordar también que la violencia contra las mujeres (de tan espantosa actualidad) no es casual sino causal. Que los asesinos no surgen como los champiñones, sino que los criamos entre todos. Y que esta violencia, sin duda el fruto más podrido y hediondo de todos, comparte raíz con otras muchas situaciones, que no por frecuentes y aparentemente intrascendentes, son reflejo de un árbol sano.
¿Por qué si no sería necesario llamar la atención sobre lo que significa una mesa con diez varones? ¿Cuánto tardaríamos en ver el sesgo de raza en una mesa con diez hombres blancos si nuestra sociedad estuviera formada por tantos blancos como negros? ¿Por qué entonces nos cuesta tanto ver el de género? ¿Y por qué es tan rara la vez que uno de esos varones osa romper el código y decir públicamente algo al respecto?
Olympe de Gouges
Por eso quizá, desde el respeto, yo me pregunto para cuántos de ellos ese siguiente nivel es un objetivo realmente deseado. Si su silencio no ocultará un miedo antiguo y colectivo a una certeza: que, cuando el espacio es limitado, para que alguien pueda dar un paso adelante, alguien ha de dar un paso atrás. Porque para que haya ganancia debe haber pérdida y porque cualquier avance social exige esfuerzo. En todo caso, es innegable que para que el cambio del que hablamos se produzca, esta sociedad necesita que sus hombres sean co-impulsores del salto. Porque sin ellos no podemos. Y sin ellos, a veces parece una batalla o un lamento lo que debiera ser camino compartido.
Significarse es complicado. Exige cojnvicción y pesado sentido de la responsabilidad. Y para qué negarlo, mucho arrojo. Pero necesitamos ponentes que digan “esto no es posible”, políticos que digan “esto no se subvenciona», asistentes que digan “esto no me gusta” o “yo no atenderé” y organizaciones que digan “tenéis razón”, pero, sobre todo, que digan, “el error es imperdonable y lo vamos a corregir… porque hay expertas”.
Y termino excusándome por tantas preguntas y con la esperanza de que generen algunas respuestas. Porque casi 230 años después de que la nuca de Olympe De Gouges sintiera el hielo de la guillotina, podríamos (y, por tanto, debieramos) haber avanzado más. Porque avance y paso del tiempo no son la misma cosa y sin algo de valentía no hay acción ni reacción.
Hace ya varios meses tuve el honor de ser invitada a formar parte de Doce Miradas. Para mí fue todo un motivo de “orgullo y satisfacción”, como diría .. .vaya, ahora no recuerdo quién decía eso..
Desde que nació el proyecto, allá por mayo de 2013, este grupo de mujeres era una referencia para mí, seguía con mucho interés este blog. Cuando recibí la invitación para ser una de las 12, dudé..pero lo justo.
Yo no me había mostrado nunca públicamente como una defensora de la igualdad entre mujeres y hombres, aunque sí que había hecho mis pinitos en el ámbito del deporte. Mi entorno más cercano sabe de mis quejas constantes por la discriminación que sufrimos las mujeres en todas las disciplinas. No sería la primera vez que pataleaba por esto mismo también en el ámbito laboral, y más concretamente ante alguna situación desagradable en el terreno profesional. Por suerte, estas situaciones en mi vida laboral han sido pocas y no quiero mencionarlas, pero sacaron de mis adentros una crispación algo inusitada.
Así pues, ya sea por mi carácter de “echada pa’lante” o porque quería explorar esta temática que un poco de runrún ya me hacía, no dudé en aceptar esa propuesta que un gran día me hizo llegar mi compañera Lorena Fernández.
Lo reconozco. No tenía gafas moradas. En ocasiones veía discriminación por género en situaciones cotidianas de mi entorno, pero callaba y asumía o adoptaba una postura de resignación, naturalidad o conformismo. O me daba pereza señalar con el dedo, como acertadamente proponía en su post Arantxa Sainz de Murieta.
Desde que este grupo y el aura que se genera a su alrededor me invitaron a ponerme estas gafas… ¡creo que me han salido hasta antenas moradas!. Ahora estoy en una fase de regulación, porque tengo la sospecha de que veo hasta lo que no es. Veo, leo, escucho… y a todo le veo su lado machista. Me paso la mitad del día crispada por ello. Muchas gracias, chicas 😉
No. Ahora en serio: las gafas moradas me han abierto miras. Estoy descubriendo un mundo en el que me siento muy cómoda, señalando y denunciando la desigualdad, sintiendo que estamos haciendo algo grande.
Por eso hoy quiero poner mi mirada en un asunto que me ocupa y me preocupa especialmente y que detecto especialmente en la gente joven. No sé si llamarlo falta de personalidad, de consciencia o lavado de cerebro.
Tengo una hija de veinte meses. Es una edad preciosa, en la que disfrutamos mucho de algo tan sencillo y cotidiano como que repita las palabras que le decimos. Seguramente lo hace porque está experimentando y porque se da cuenta de que a las personas adultas nos hace mucha gracia, pero no es consciente de lo que dice, no comprende su significado.
Esto mismo que nos resulta tan gracioso ya no lo es tanto si es, por ejemplo, una niña de dieciséis años la que repite frases como “Si es verdad que tú eres guapa, yo te voy a poner gozar. Tú tienes la boca grande. Dale, ponte a jugar”.
Esta letra corresponde a la archiconocida canción de Pitbull “I know you want me (Calle 8)”, cuyo estribillo es cantado por millones de adolescentes (sí, chicas también). El videoclip es aún peor y más denigrante todavía para las mujeres; a pesar de ello, es de los más vistos en la Red.
Ejemplos como el de Pitbull hay muchos que nos dejan lindezas como las letras de Alejando Fernández “Asfíxialas con besos y dulzura, mátalas con una sobredosis de ternura” en su canción “Mátalas”, o las de Romeo Santos, toda una figura musical que actuó incluso ante Obama en la Casa Blanca, con su conocida canción “Eres mía”, cuyo estribillo vomita lo siguiente:
No te asombres
Si una noche
Entro a tu cuarto y nuevamente te hago mía
Bien conoces
Mis errores
El egoísmo de ser dueño de tu vida
Eres mía (mía mía)
No te hagas la loca eso muy bien ya lo sabias
Si tú te casas
El día de tu boda
Le digo a tu esposo con risas
Que solo es prestada
La mujer que ama
Porque sigues siendo mía (mía)
Pero lo que hoy quiero señalar con el dedo expresamente es la actitud de gran parte de la sociedad, sobre todo en edad adolescente, que baila, canta y repite sin cesar estos estribillos y no se para ni un segundo a pensar en lo que verdaderamente está diciendo. Porque si fuera consciente del contenido de estas letras, quizás se lo pensaría dos veces antes de hacerlo. Valga como ejemplo este vídeo que muestra las reacciones de algunas y algunos jóvenes al prestar atención a las letras de su reguetón sin música:
https://www.youtube.com/watch?v=PlxFb-aCKJs
Entiendo (o no) el contexto de fiesta o celebración en el que suenan estas canciones, el momento de abstracción y pasotismo de las y los jóvenes cuando se encuentran en su burbuja. Y es que les estamos pidiendo que en sus momentos “Kit-kat” procesen estos mensajes que les llegan y reproducen como autómatas. Y yo me pregunto: ¿vamos a pinchar esta burbuja?
En este encuentro, en un ambiente agradable y distendido, formé parte de la mesa de juventud, cuyo sugerente título (Juventud: ¿cantera de Igualdad?) dio pie a tratar de los valores que adquieren y disponen las nuevas generaciones.
En este contexto, la propia María Silvestre respondía rotundamente con un «No» sonoro a la pregunta del título: en su opinión, la juventud actual, a pesar de contar con abundantes recursos y oportunidades, no puede considerarse cantera de igualdad. Estoy de acuerdo con ella que para esta generación, la vida es un espejismo de igualdad, se cree parte de una sociedad paritaria y palabras como el feminismo provocan temor, pues lo asocian a reivindicaciones del pasado. Los chicos, además, siguen pensado que es un “problema de mujeres”.
No quería centrarme exclusivamente en la juventud, ya que comportamientos como el que estoy denunciando hoy aquí abarcan un amplio espectro de edades. Pero sí es verdad que este consumismo y repetición inconsciente de mensajes que no se procesan aparentemente se da más en adolescentes. Parece que son los y las adolescentes quienes “compran” mayoritariamente estos mensajes.
He hablado de la música, pero estaréis de acuerdo conmigo en que semejantes contenidos se transmiten también por otros medios como la televisión, el cine o los videojuegos. En nuestro blog de Doce Miradas hay excelentes artículos sobre estos temas. Los estereotipos de siempre (mujer objeto, hombre dominador, mujer arpía, hombre ingenioso, mujer sumisa, hombre controlador, etc.) se repiten en versiones modernas y, si me lo permitís, de una forma más sutil e implícita. A veces necesitamos de las gafas moradas para verlos, pero “haberlos, haylos”. Voy a pasar de puntillas por la última gran apuesta del cine mundial, “50 Sombras de Grey”. Si me paro ahí, igual no terminamos nunca.
Me gustaría percibir pronto un cambio en esta situación. No quiero que mi hija crezca en una sociedad que recibe estos mensajes; mucho menos quiero que no se los cuestione y los repita como una autómata, sin pensar qué está diciendo, sin procesarlo. Parece evidente que toda la sociedad debe implicarse, desde la clase política hasta el o la publicista de turno, pasando por la educación en los colegios y, por supuesto, por las personas que generan estos contenidos sexistas o no igualitarios.
¿Qué podemos hacer? Quiero pensar que hay soluciones más allá de la demagogia tan frecuente. Soy de las que piensa que los pequeños gestos cotidianos permitirán el cambio. Doy por bueno el conocido eslogan “Think Global, Act Local” (Piensa en global, actúa en local). Una frase, un no, un gesto de desaprobación en el momento adecuado, o levantar el dedo acusador al que se sumen más personas como en este inspirador vídeo que os pongo a continuación:
Queridas lectoras y lectores que habéis llegado al final de este post: ¿se os ocurre algo que alimente mi esperanza? ¿quizás esté cayendo yo también en la misma demagogia que me espanta?
Bueno, sí, se me ocurre que nosotras, las mujeres de mi edad (y no digamos las más mayores) también hemos mamado todo esto. También hemos cantado y bailado con letrillas infames, llorado con películas que hacían un canto a la sumisión y reído con tebeos denigrantes y violentos. Pero un día nos pusimos las gafas moradas y lo vimos todo de otro color. Igual les puede suceder a nuestras chicas y chicos; puede que a ellas y a ellos también les crezcan unas bonitas antenas moradas.
“Si eres mujer y te atreves a mirar dentro de ti, eres bruja”
Después de dos años en Doce Miradas ya digo sin complejos, alto y claro, que soy feminista. Segura de que con ello hago justicia a todas las mujeres que han luchado desde hace tanto tiempo por nuestro reconocimiento como iguales, con derechos y oportunidades que conquistar.
Y cuando digo tanto tiempo, digo mucho, mucho tiempo. Aunque los señores que han escrito y divulgado nuestra historia nos hayan querido despistar cuando han contado a su manera y en su propio interés.
¿Qué sabemos de las brujas? A mí siempre me han fascinado. Incluso cuando no sabía que era feminista ☺ Ellas, precisamente, fueron las pioneras; las hermanas que dieron sentido al concepto sororidad, que tanto utilizamos hoy. La historia oculta de la liberación de las mujeres dio comienzo con las brujas, primeras en rebelarse contra la opresión y la sumisión pretendida por los hombres y el control sobre sus cuerpos y su sexualidad.
Pagaron cara la osadía, porque la respuesta a su empoderamiento se tradujo en persecución de millones de mujeres inocentes acusadas de brujería; un estigma que las señalaba peligrosamente por cometer acciones –herejías- que iban desde volar por los aires o provocar tormentas quitándose las medias, hasta amamantar sapos, fabricar ungüentos con entrañas de recién nacido, pasar por el ojo de una cerradura o copular con el demonio.
Por estos hechos, las sumergieron en aceite hirviendo, les arrancaron los pechos o las quemaron vivas. La gran mayoría eran sanadoras al margen de la fe religiosa, curanderas, acusadas de ejercer su sexualidad sin fines reproductivos, de estar organizadas y de poseer conocimientos médicos y ginecológicos.
El poder combatió con furia las diferentes herejías de estas rebeldes e inició así una contrarrevolución, que se tradujo en la expulsión de las mujeres de los espacios públicos y la consideración de que representaban un peligro para el nuevo orden social. Las consecuencias de esta misoginia manifiesta supusieron la degradación de las mujeres, su “domesticación”, la redefinición de conceptos como masculinidad y feminidad y un ataque brutal a la autoestima de las mujeres.
La quema de brujas fue el feminicidio institucionalizado más grande de la historia. Este lamentable y largo episodio tuvo una gran importancia a la hora de entender el papel de la mujer en la sociedad actual. Las brujas fueron mujeres que dieron un paso al frente por su liberación, alejándose del modelo establecido y desafiando la estructura de poder patriarcal.
Aquellas valientes aportaron, además de su coraje, un valor incalculable al feminismo: la hermandad; la convicción de que para ser fuertes es necesario tejer redes con otras mujeres. Ése es el secreto para resistir y avanzar. Las brujas eran poderosas, transgresoras, dueñas de su vida y creencias; buscaban la sabiduría dentro de sí mismas y la compartían con sus hermanas.
Aunque la definición de bruja lleva, aún hoy, incorporado el estigma de “mala mujer”, somos muchas las mujeres que reivindicamos la trascendencia de las brujas y su determinación en la lucha por el cambio social.
Recuperar a las brujas
Contra la extendida creencia de que la caza de brujas tuvo lugar en la Edad Media, lo cierto es que ésta se produjo fundamentalmente durante los siglos XVI y XVII, mientras se asienta el capitalismo y da comienzo la Edad Moderna. En la represión orquestada por el nuevo sistema económico capitalista y patriarcal participaron activamente la Iglesia y los poderes civiles. Silvia Federici, escritora y activista feminista, afirma en su libro “Calibán y la bruja”, que la caza de brujas fue un elemento fundacional del capitalismo que supuso el nacimiento de la mujer sumisa. El cambio de modelo social y económico impuso la división sexual del trabajo y, con ello, una concepción devaluada de la posición social de las mujeres, ahora en subordinación al hombre.
En la pretensión cómplice de Iglesia y Estado de contener la fuerza de las mujeres unidas, la persecución, tortura y ejecución de millones de mujeres fue minimizada en el relato de la historia y recogida como algo folclórico, producto de la ignorancia y de supersticiones rurales.
No se prestó mayor atención a la masacre de la caza de brujas hasta los años 70, cuando el Movimiento de Liberación de la Mujer rescató del ninguneo este importante capítulo de nuestra historia. El movimiento feminista abanderó la causa de las brujas y la identificación con aquellas mujeres que se alzaron contra el poder patriarcal.
Son los años en los que surgieron en Estados Unidos guerrillas feministas que defendían una completa revisión de la historia de las mujeres. Fueron pioneras las W.I.T.C.H. (Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno. Nueva York, 1968): mujeres que asumieron la estética de las brujas urbanas y el arte feminista y fueron las primeras en atacar a los partidos de izquierda, por pretender un nuevo modelo de sociedad sin tener en cuenta el feminismo y conformarse con pequeñas concesiones a las mujeres.
El radicalismo de las W.I.T.C.H. se propagó a través de una intensa actividad: boicots de eventos, hechizos, aquelarres y lectura de comunicados. La editorial Felguera ha reeditado recientemente todos sus textos, comunicados y hechizos en castellano, dándonos así la oportunidad de recuperar su legado ideológico y descubrir algunas de sus consignas: “Cuando te enfrentas a una de nosotras, ¡te enfrentas a todas! Pasa la palabra, hermana».
Muy pronto prendió la mecha de las guerrillas feministas en otras ciudades americanas convirtiéndose en uno de los ejemplos más fascinantes del activismo de los años 70, por la radicalidad de sus acciones provocadoras, combativas y sobrecogedoras.
“Radical” proviene del latín y significa “perteneciente o relativo a la raíz”. El objetivo del movimiento radical feminista es ir a la raíz misma de la opresión y contribuir a visibilizar muchos problemas de las mujeres que, a finales de los años 60, se consideraban privados, personales o naturales: el derecho al aborto, al placer y la diversidad sexual, la información sobre anticoncepción o la violencia machista.
La feminista Robin Morgan creó, también en el 68, Bruja. Un grupo que utilizaba público de teatro de calle para llamar la atención sobre el sexismo. Fue Morgan quien acuño el término herstory para reinterpretar el significado de la palabra historia y dar nombre a una nueva historia escrita desde una perspectiva feminista.
Las brujas en nuestros días
Las W.I.T.C.H. son precursoras de las Guerrilla Girls, las Femen o las Pussy Riot. Estas células posteriores asumieron su estrategia de subversión sirviéndose también de conjuros y hechizos mágicos, el arte feminista y la acción directa.
Las Guerrilla Girls (Nueva York, 1985) expandieron su activismo a lo largo de los años a la industria del cine, la cultura popular y la corrupción en el mundo del arte. Denunciaron con posters en las calles de Nueva York el desequilibrio de género y racial de los artistas representados en galerías y museos. Las integrantes del grupo originario siempre llevaban máscara de gorila. Se distinguieron por su ejercicio del feminismo en clave de humor descarado y divertido.
Las Femen (Kiev (Ucrania), 2008) son un grupo de protesta cuyas activistas realizan acciones con el torso descubierto y garabateado con denuncias o consignas. Atacan a las dictaduras, a la Iglesia, la prostitución y la trata, y enarbolan la bandera de la desobediencia civil para encararse frente a las leyes que consideran injustas.
La mayoría de sus acciones terminan con detenciones policiales. No siempre son comprendidas y a menudo reciben reprobación social por su osadía e irreverencia. Pero, desde mi punto de vista, es justo reconocer a las Femen su valentía por la forma en la que se exponen para dar visibilidad a reivindicaciones feministas; independientemente de que se pueda estar más o menos de acuerdo con las formas, los lugares o las denuncias que visibilizan utilizando sus cuerpos como pancartas.
El programa En la Caja, de Cuatro, dedicó uno de sus capítulos, el pasado mes de septiembre, a poner al publicista Risto Mejide -crítico y polémico donde los haya- frente al ejército de jóvenes mujeres de Femen en España. Sin duda, una oportunidad para forjarse una opinión, buena o mala, pero fundamentada, tras el acercamiento a sus protagonistas y al propio movimiento Femen.
En el mismo año 2008, un colectivo feminista madrileño organizó un aquelarre en la noche de San Juan, inspirándose en las acciones de las hermanas W.I.T.C.H. Se hicieron llamar El Grito de las Brujas y llevaron a cabo un ritual en torno a la hoguera para que “arda el heteropatriarcado”:
“Por el poder que nos hemos auto conferido, invocamos a todas nuestras hermanas brujas, las primeras guerrilleras y luchadoras de la resistencia, a través de todos los tiempos y reivindicamos: la sabiduría femenina, la maldad femenina, la fealdad, la rareza, la extravagancia, el bizarrismo, la hipertrofia y la multiformidad (…) Reivindicamos nuestro derecho a quemarlo todo, a crearlo todo, a ser las mujeres que nos dé la gana, a inventarnos y reinventarnos una y otra vez. Reivindicamos nuestro derecho a no sentir miedo, a provocar miedo, a subvertir, transgredir, desordenar, desbaratar. Reivindicamos nuestro derecho a desobedecer. Reivindicamos nuestro derecho a equivocarnos, a garabatear nuestro deseo cómo y las veces que nos dé la gana (…) Reivindicamos ser antipáticas, el ser amorosas, ser duras como las piedras o blandas como los mocos, firmes como una verga erecta, suaves y resbaladizas como la sangre menstrual. Porque la brujería es rebelión, porque la brujería es poder, porque la brujería es nuestra historia. ¡Porque brujas somos todas!”.
Las activistas del grupo punk ruso Pussy Riot pasaron en prisión casi dos años, por escenificar en febrero de 2012 una plegaria punk en la catedral de Cristo Salvador de Moscú, en la que rezaban a la Virgen María para que echara a Putin del Kremlin.
Comparten con las W.I.T.C.H. el uso del disfraz, las performances y la importancia ritual de la palabra. Como las brujas, las Pussy Riot reivindican una feminidad fuerte, porque una cosa es ser femenina y otra ser feminista, sin que sea incompatible una cosa con la otra.
Hace un par de años, en 2013, surgió en Brooklyn, Moon Church; colectivo que bebe también de las W.I.T.C.H. en la concepción de la hermandad como marco imprescindible para el encuentro con otras mujeres, la vulnerabilidad, la sanación colectiva y el empoderamiento femenino. El grupo creció con rapidez y hoy en día se encuentra también en Los Ángeles.
“Si eres mujer y te atreves a mirar dentro de ti, eres bruja”
Esta frase puede encontrarse en un manifiesto de las W.I.T.C.H. que invita a todo tipo de mujeres a unirse al movimiento. Comparto este enunciado y animo a esa mirada hacia el interior de nosotras mismas que nos permita descubrir nuestra esencia bruja: rebelde, libre, poderosa.
Me siento en deuda con todas aquellas pioneras del movimiento feminista; mi compromiso por la igualdad vuela en escoba y se crece en el encuentro con otras.
Hay una bruja en mí y la reivindico. Estoy agradecida a mis hermanas, a todas. También a aquellas con las que no comparto formas ni lenguaje y, a veces, ni siquiera mensaje. Las admiro por su determinación y valentía; porque se alzaron –y se alzan- contra quienes no quisieron mirarlas en toda su potencialidad y -por qué no- en toda su magia; porque supieron ver la fuerza en la suma de mujeres que comparten historia, objetivos y destino.