La mirada ultravioleta (o cuando ya nos hemos pasado)

11/06/2013 en Doce Miradas

“Sólo se ve lo que se mira y sólo se mira lo que se tiene en la mente”.
Alphonse Bertillon, investigador francés de finales del s. XIX.

“El radicalismo de ayer se convierte en el sentido común de hoy”.
Gary Wills (1934), autor, periodista e historiador norteamericano.

LíneaHace un tiempo, al finalizar un seminario sobre análisis de género en la publicidad y la información, me coloqué esas gafas maravillosas que empoderan repentinamente a las mujeres que han aprendido a mirar: son las gafas violetas. Se mimetizan con tus ojos y no hay forma ya de desprenderse de ellas. El lenguaje sexista, las actitudes machistas se muestran en color fosforito en todos los aspectos de la vida. Hemos aprendido a detectar la desigualdad y ese logro condicionará ya para siempre nuestra visión del mundo.

Pero a mí me pasa que necesito graduarme la vista, porque no siempre veo con claridad. Soy consciente del desenfoque de mi mirada: de la mirada ultravioleta. Y sobre mi percepción de las cosas aparece esa sombra que me desconcierta y me hace sentir insegura. ¿Debo mostrar incomodidad cuando me muestran caballerosidad en el ámbito laboral? ¿Tengo que hacerle ver al camarero que la copa puede ser para mí y el refresco para mi compañero? ¿Debo ofenderme si en carretera me brindan ayuda para cambiar la rueda? ¿Afear la conducta a las profesoras de mis hijas cuando encabezan sus frases diciendo “Dile a mamá…”? ¿Puede Obama halagar a su amiga la fiscal de California, Kamala Harris, destacando su atractivo, después de haber ensalzado sobradamente sus méritos profesionales? Me voy a detener en analizar esta noticia, porque me sirve para poner sobre el tapete la dificultad que nos presenta en muchas ocasiones, la sana intención de detectar situaciones que desdibujan a las mujeres.

Éste fue el comentario de Obama: “Ella es brillante, dedicada y enérgica y es exactamente lo que uno quiere en alguien que administra la justicia, asegurando que todos reciban un trato justo. Además, resulta que es, de lejos, la fiscal general más atractiva“.

En su día (5/03/2013), las palabras del presidente de los EE.UU. provocaron la reacción inmediata de varios columnistas que calificaron el comentario de insultante:

Obama necesita ser educado en las cuestiones de género”.

El grado en que las mujeres son juzgadas por su apariencia, sigue siendo un obstáculo importante para la igualdad de género en el mercado laboral. Las mujeres tienen dificultades para ser juzgadas exclusivamente por sus méritos“.

Sin embargo, hubo también otros columnistas y editores que sacaron la cara al presidente y se cuestionaron si la polémica no habría sido exagerada: “¿Decir lo obvio convierte al presidente en sexista?”.

Esta noticia generó un cierto debate también entre nosotras, las Doce Miradas. A mi entender, es inapropiado destacar la belleza de una profesional, por mucho que se haya hecho referencia previa a su excelencia curricular. Me parece que actitudes como éstas descolocan a las mujeres que, repentinamente, se ven desarmadas de sus carteras y forzadas a sonreír y pudiera ser que a ruborizarse. Pero quizá en este caso la apreciación no sirva: a fin de cuentas ellos eran amigos y en su confianza mutua podría caber ese tipo de cumplidos. Lo cierto es que entre las Miradas hubo, precisamente, quien restó importancia al piropo de Obama, por entender que el presidente había reconocido suficientemente la valía de la fiscal antes de pretender halagarla por su atractivo físico.

Pero, hete aquí, que en los días en los que estaba preparando este texto, ojeando el Twitter me encontré con lo siguiente:

 

¿Y ahora qué? Hasta la fecha, a mis oídos no ha llegado ningún comentario cuestionando lo inapropiado de que mi admirada Julia Otero piropeara al alcalde de Vitoria-Gasteiz. Y tengo que decir que a mí tampoco me lo parece. ¡Lo que no sé es por qué no! ¡Si es lo mismo, pero al revés! Debe ser por aquello de la discriminación positiva: que mientras el panorama esté como está, tenemos que tener más cuidado desde un lado que desde el otro.

Yo no tengo el criterio claro. Dudo. En situaciones como éstas y en otras muchas, me pregunto cuál es la línea a partir de la cual nos pasamos de rosca, convirtiendo la cuestión de género en mirada ultravioleta.

La mirada ultravioleta atrinchera y demoniza actitudes que, en ocasiones, nacen de la normalidad con la que reproducimos comportamientos que, hasta el momento, no causaban la menor incomodidad. Nos movemos de puntillas por terreno pantanoso.

Confieso que me molesta mucho que el personal docente del colegio de mis niñas pida los datos completos de padres y madres al inicio de curso y, sin embargo, cuando llega el momento de dar un aviso, ocurra que el número de teléfono de los padres se desdibuje en las fichas hasta la ilegibilidad.

Pero reconozco que sí me gusta que me abran la puerta; no te digo ya, que me cambien la rueda. Y no siento que poner la copa en el sitio equivocado de la barra me reste igualdad de oportunidades en la vida. Creo que el sentido común es el menos común de los sentidos y es, precisamente, el que nos pone en bandeja la moderación.

La mirada ultravioleta provoca afecciones y desencuentros que nos desvían del sentido de llevar las gafas moradas: detectar la diferencia y acusar desconsideración; denunciar y ofrecer un sólido debate sobre el papel que desempeñamos, en aras de mover cimientos para levantar edificios sostenibles.

Pero no podremos hacerlo desde el conflicto permanente y las reivindicaciones ligeras. Estaremos perdiendo con ello una energía valiosísima que vamos a necesitar para participar, procurar el encuentro y, en definitiva, amueblar el escenario que acabaremos por compartir con los hombres.

Las gafas violetas no se hicieron para proteger nuestra mirada, sino para enfocarla. Serán un recuerdo bonito cuando podamos hacernos, bajo el sol de mediodía, una fotografía en la que no se advertirán sombras hacia ninguno de los lados.

“El violeta es el color del feminismo. Nadie sabe muy bien por qué. La leyenda cuenta que se adoptó en honor a las 129 mujeres que murieron en una fábrica textil de Estados Unidos en 1908 cuando el empresario, ante la huelga de las trabajadoras, prendió fuego a la empresa con todas las mujeres dentro. (…) En esa misma leyenda se relata que las telas sobre las que estaban trabajando las obreras eran de color violeta. Las más poéticas aseguran que era el humo que salía de la fábrica, y se podía ver a kilómetros de distancia, el que tenía ese color. (…) La idea es comparar el feminismo con unas gafas violetas, porque tomar conciencia de la discriminación de las mujeres supone una manera distinta de ver el mundo”.

¿Qué es feminismo? La metáfora de las gafas violeta. Coraly Leon.

Imagen de lulazzo (CC by-nc-nd)

Debería dejar de correr, pero no me da tiempo. Sentirme responsable mueve mis pies, altera mi corazón y provoca mis palabras. La prepotencia me subleva. Añoro el sol que nos escatima el Norte.

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