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¿Dónde están mis alumnas?

21/01/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Mikel Ortiz de EtxebarriaMikel Ortiz de Etxebarria, @eztabai, es un bilbaino antimilitarista, profesor de Ciencias en la enseñanza pública, troll en Internet y polemista por devoción. Geek a tiempo completo, siempre está dispuesto a perder una y otra batalla hasta la victoria final.

 

Se acaban de cumplir mis primeros 25 años en la enseñanza pública, siempre enseñando Ciencias Naturales o asignaturas asociadas (?) como Matemáticas, Física, ­Química o Informática.  Más o menos cien personas por curso durante este tiempo suponen más de mil chicas y más de mil chicos que me han sufrido como profesor, y he de decir que hasta a mí me asustan estos números. Durante este periplo educativo casi siempre han sido mayoría las chicas en mis clases, mayoría y mejores alumnas en cuanto a rendimiento académico, que todo hay que decirlo, pero dada la dedicación de las féminas a esas edades de la Educación Secundaria, es más o menos lo normal. Muchos alumnos han aprendido de ellas que trabajando se pueden suplir muchas carencias de atención, y ellas han aprendido de ellos que también hay que participar en clase para obtener los preciados puntos que no dan los exámenes, así que un apoyo a la educación no segregada (¡escucha Wert!).

De mis clases, y a pesar de mí, seguro, han salido excelentes estudiantes que después han cursado carreras de Ciencias. Pasado el tiempo han coincidido conmigo en algunos de los saraos científicos o tecnológicos que frecuento, algunos de divulgación, otros de formación y aún otros de frikis totales, pues bien, el porcentaje claramente favorable a las chicas en mis clases se vuelve en su contra pasados los años. Las chicas apenas aparecen, no ya como ponentes, que parece misión imposible, sino hasta como aficionadas. Así como muchas veces me he topado con ex­alumnos en estas movidas, las ex­alumnas parecen haber desaparecido y, preguntados ellos sobre ellas, siempre me comentan que les fue bien, que están trabajando, pero que apenas tienen presencia pública. Los chicos, hombres ya, hablan de las “excusas” de las chicas, de la familia (que ellos también tienen), del reparto de tareas (ahí está el quid de la cuestión), de lo poco atractivo de asistir a eventos donde hay “demasiados” hombres; en fin, que es la pescadilla que se muerde la cola. No sé cómo será la cosa en la universidad, en los cargos directivos, en la empresa, así que solo hablo de lo que vivo en el día a día, que quede claro.

La situación me duele especialmente: años trabajando en coeducación, sesiones preparadas para despertar el interés sin importar el género (en clase no solo se habla de científicos, sino también del papel que las mujeres han tenido y tienen en la Ciencia), pero resulta que luego perdemos al  sector femenino. He preguntado también a unas cuantas de mis ex­alumnas, porque conservo sus emails y algunas me cuentan que eligieron carreras de Humanidades porque se veían más en esos estudios que en los técnicos, o bien, entre las que eligieron Ciencias, que no ven la necesidad de mostrarse como científicas, que son buenas en lo suyo y punto. Apretando un poco más las tuercas, vuelve a salir el fantasma del reparto de tareas, un fantasma corpóreo, sin duda.

Ahora vienen las cuestiones. Me pregunto: ¿el porcentaje de mujeres en los eventos públicos en los que se habla de Ciencia es un   reflejo de la sociedad? Me respondo: sí. O no.

Me pregunto: ¿son tan poco atractivas la Ciencia y la Tecnología para que estén tan marcadas por el género? Me respondo: igual es que no las sabemos impartir y desde siempre las hemos mostrado como un asunto masculino y para gente rarita.

Me pregunto: ¿los roles clásicos de lo masculino y lo femenino marcan tanto la elección de estudios? Me respondo: pues va a ser que sí, al menos por lo que nos dicen las estadísticas de los institutos.

Concluyendo. Igual creéis que es una frustración que arrastro por ser profesor de Ciencias, pero necesito (!), repito, necesito ver y sentir más chicas en lo científico, que tengan más presencia como ponentes y como público en esas conferencias, en los eventos de divulgación y en los medios de comunicación. Para que todo esto mejore habrá que poner de ambas partes, de los   organizadores o comunicadores, que han de demostrar más sensibilidad a la hora de convocar según a quién, y de las mujeres, que se tienen que hacer más presentes. Hay matemáticas,  astrónomas, médicas, geólogas, físicas, biólogas, químicas, informáticas, ingenieras y tecnólogas que tienen mucho que enseñar y además lo hacen desde otra óptica. Lo he comprobado en clase: ellas ven cosas en las ciencias que nosotros, los machitos, no vemos, y lo demuestran día a día en sus preguntas, en sus dudas y, sobre todo y ante todo, en sus certezas. La Ciencia os necesita como toda la humanidad necesita a la Ciencia.

PS. Ya que soy biólogo, me gustaría que le pusierais un ojo a un post de mi querido profesor de prácticas de citología, Eduardo Angulo, en su blog La biología estupenda. Id y luego comentamos. Gracias.

Foto: Lycée des Jeunes Filles (commons.wikimedia.org)

Lycée des Jeunes Filles (commons.wikimedia.org)

“Las empresas con más mujeres en sus juntas directivas son más rentables”

14/01/2014 en Doce Miradas por Begoña Marañón

Covadonga Aldamiz-echevarría (Foto: A. Erostarbe)

Covadonga Aldamiz-echevarría

Esto es lo que afirma Covadonga Aldamiz-echevarría, Dra. en CC.SS. Económicas y Empresariales y profesora titular de la Universidad del País Vasco en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Aldamiz-echevarría, investigadora en el ámbito del marketing no lucrativo, la Responsabilidad Social, el género y la sucesión en la empresa familiar, es conocida además por la difusión de los resultados de sus investigaciones, tanto en el marco de congresos nacionales e internacionales como a través de la publicación de artículos y libros.

Tras su reciente estancia de un año como visiting fellow en la Universidad de Cambridge (GB), donde ha participado en grupos de investigación, cursos y conferencias en torno a cuestiones económicas y estudios de género, la evolución de su perspectiva sobre las cuestiones que nos preocupan en Doce Miradas era, desde mi punto de vista, particularmente interesante. Por este motivo, hace unas semanas me planteé la posibilidad de romper con el tradicional artículo que venimos publicando en este blog, para plantear una entrevista. He aquí sus resultados.

Covadonga admite al inicio de nuestra conversación que nuestras empresas han mejorado sensiblemente en cuestión de igualdad de género, aunque añade a continuación que todavía queda mucho camino por delante. Desde su clara vocación pedagógica, comienza recordando que la Responsabilidad Social (RS) es la integración voluntaria, por parte de las empresas, de las preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y sus relaciones con sus interlocutores”, tal y como recoge el Libro Verde de la Comisión Europea. Cuando, dentro de las preocupaciones sociales, se incluye la igualdad de oportunidades para mujeres y hombres, la RS se convierte en Responsabilidad Social de Género.

¿Cuál es la importancia de la Responsabilidad Social de Género?
Una empresa que considere la igualdad de oportunidades uno de sus valores y, por tanto, una de sus preocupaciones sociales, se comprometerá con la igualdad en todos los procesos de su gestión de personas, como la selección y contratación, retribución, promoción, formación y labores encaminadas a facilitar la conciliación. En este sentido, es muy importante ser conscientes de que la conciliación no es algo exclusivamente femenino; hombres y mujeres tenemos que conciliar y debemos hacerlo como ejercicio de corresponsabilidad. Si consideramos los asuntos familiares exclusivamente como algo de mujeres, nunca vamos a conseguir una verdadera igualdad.

Sin embargo, queda mucho por hacer y se progresa muy lentamente. ¿Por qué cuesta tanto avanzar?
Porque aún hay muchos prejuicios acerca de lo que la gente cree que las mujeres somos capaces de hacer o no, lo que la sociedad “nos permite” hacer y lo que está bien o mal visto. Si un hombre se queda en casa para cuidar a sus hijos frecuentemente se le critica por no trabajar. De la misma forma, si una mujer trabaja teniendo niños pequeños, en ciertos ambientes se la critica porque se considera que no quiere suficiente a su familia.

De acuerdo con los estudios en materia de igualdad en las empresas que ha realizado, ¿cómo diría se comportan en general las empresas?
A las empresas les cuesta reconocer que discriminan. Tienden a decir que se trata por igual a mujeres y hombres, pero cuando se analizan, en muchas de ellas se ve que las mujeres se quedan en cierto tipo de puestos, que no promocionan, que cobran menos… Y no es porque seamos menos capaces, sino porque no tenemos las mismas oportunidades, porque existen prejuicios acerca de lo que podemos hacer y de lo que no. A veces, incluso, las propias empresas no son plenamente conscientes de que discriminan y cuando analizan sus acciones con un prisma de género se dan cuenta de que existe una gran diferencia entre lo que dicen que hacen y lo que realmente ocurre.

Hay algunas empresas que sí creen, por el contrario, en la igualdad de oportunidades para mujeres y hombres, y que están incorporando la Responsabilidad Social de Género dentro de sus valores. Sin embargo, también es cierto, y lo he constatado en un estudio que he realizado en Inglaterra sobre este tema, muchas de las organizaciones que tienen entre sus valores el de la igualdad de oportunidades, a la hora de la verdad, no realizan ninguna actuación que ponga en práctica lo que aparentemente es tan importante para ellas. Es decir, una cosa es la política y otra cosa es la práctica, motivo por el que a veces no quieren publicar lo que dicen que hacen para evitar así posibles problemas legales derivados de una falta de coincidencia con la realidad.

Todo esto se traduce en una peor situación laboral de la mujer actualmente.
Efectivamente, más de 50 años después de la firma del Tratado de Roma que afirmaba que, a igual trabajo, igual sueldo para mujeres y hombres, las mujeres en la UE ganan todavía hoy un 17,5% menos de media que los hombres y además, esta diferencia entre salarios no se ha visto reducida en los últimos años.

¿Debemos recordar que, además de una cuestión de justicia, la igualdad efectiva reporta más beneficios a la empresa?
¡Yo creo que sí! Si hay un desequilibrio de género en la composición de los niveles profesionales de mayor responsabilidad, se deberían realizar esfuerzos para equilibrar esa situación, no sólo por una razón de justicia, sino porque —además— reporta grandes beneficios a la empresa, como demuestran los informes de Catalyst y Mckinsey, entre otros. Así, el informe de Catalyst, constató que las empresas con más mujeres en sus juntas directivas generaban un 42% más de beneficios sobre ventas y un 66% sobre capital invertido. Si es cierto que tener a más mujeres es económicamente rentable, y los datos lo ratifican, ¿por qué no contarlo?

Hay gente a la que le molesta este argumento porque dice “¿y si no fuera más rentable, no habría que contratar a mujeres?”. En ese caso, el argumento sólo podría ser el de justicia social, que es muy válido pero no para todo el mundo y, especialmente, no lo es, para quienes están siendo evaluadas por los resultados de su gestión. A este grupo vamos a darles el razonamiento económico porque es el que consideran más relevante. En un futuro, se verá como algo tan natural como ahora es ver a mujeres en las aulas universitarias, pero, hasta ese momento, habrá que utilizar todos los argumentos posibles para facilitar la incorporación o promoción de mujeres a puestos de responsabilidad.

¿Cómo debemos avanzar, entonces, ante este panorama de ralentización y discriminación?
Como la realidad está siendo que si no se nos obliga, no cambiamos, parece que hay que actuar a nivel legal. Los principales hitos que se han alcanzado en los últimos años en materia de igualdad en Europa han venido derivados de cambios en la normativa legal. Así, por ejemplo, las mujeres miembros de consejos de administración de empresas que cotizan en bolsa dentro de la UE (27) suponen un 16,6% del total. Aun estando claramente infrarrepresentadas con respecto a los hombres, esta cifra supone un notable incremento con respecto a la situación de septiembre de 2010, cuando tan sólo el 11,8% de los miembros de los consejos de administración de estas empresas eran mujeres. No obstante, el incremento no ha sido uniforme en toda la Unión Europea, sino que se ha producido especialmente en países como Francia, Holanda e Italia en los que la legislación ha obligado a las empresas a tomar medidas en este sentido. Por su parte, en el Reino Unido y Alemania, el debate público que se ha generado en los medios de comunicación ha impulsado a las empresas a actuar en este sentido.

Gráfico 1

Gráfico 2

Pero llegamos a las controvertidas cuotas. Si se percibe imposición, se produce un rechazo inmediato.
El tema de las cuotas es, en efecto, muy controvertido. Claramente, lo ideal sería que se dejara libertad a las empresas para que contrataran a quien quisieran. Sin embargo, la inercia de contratar a varones para puestos de responsabilidad hace que sea necesario que se fuerce a que se valore la posibilidad de contratar a mujeres. Tenemos a mujeres sobradamente preparadas que no están llegando en suficiente medida a esos puestos de responsabilidad, por lo que se ha visto la necesidad —aunque sólo sea temporalmente— de legislar para romper esa inercia y que así, en poco tiempo, no sean necesarias cuotas ni leyes de igualdad.

¿Y si pasamos a la acción?

07/01/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

PMaru SarasolaMaru Sarasola, @MaruSarasola es consultora independiente en igualdad de oportunidades de mujeres y hombres y en coaching y desarrollo de liderazgo. En sus más de 20 años de trayectoria profesional ha participado en la elaboración de estrategias de género para Emakunde, Diputación de Bizkaia o el Colegio Vasco de Economistas, entre otras. Además, dirige programas formativos y procesos de coaching personal, ejecutivo y de equipos en distintas organizaciones.

 

Tengo la sensación de que, a día de hoy y a nivel social, se comparte un acuerdo “blando” sobre la  necesidad de eliminar las discriminaciones y garantizar la igualdad de trato y oportunidades de mujeres y hombres y un interés difuso en que esto acontezca. Interés difuso porque en muchas ocasiones la corrección política marca la opinión, aunque por debajo existan prejuicios y creencias que van en contra de lo que se expresa, y porque también indica que ni siquiera se aceptará la posibilidad de la reflexión al respecto. Difuso porque la discriminación siempre está en otra parte y a nadie nos gusta reconocer que tenemos prejuicios y creencias que generan opiniones, actitudes o comportamientos que son nocivos para otras personas o colectivos. Así que, siendo víctimas de nuestro propio buenismo acabamos, en muchos casos, siendo parte activa en la discriminación de otros seres humanos.

Es un acuerdo blando porque parece que no implica ni pide acciones para cambiar una situación que se valora como no deseable; acciones colectivas, pero también personales, individuales, a las que cada ser humano tenemos acceso y con las que podemos contribuir al logro de un bien social deseable. Simplemente se coloca la responsabilidad en otras instancias. Las más habituales son: – la educación (pobres profesionales de la educación que les caen todas); – la cultura o la sociedad (más sencillo, porque estas dos últimas parecen ser entes autónomos con los que poco tenemos que ver, olvidándonos de que la cultura la recreamos y mantenemos todos los días y la sociedad está formada por todos y todas). En este estado de cosas, parece que la igualdad de género es un acontecimiento que ocurrirá (o no) independientemente de cómo actuemos en nuestros entornos cotidianos. Sobrevendrá sin cambios sustanciales que alteren nuestras formas de vida.

Así que hacemos diagnósticos finos y acertados, identificamos discriminaciones y desigualdades, hablamos sobre la necesidad de eliminarlas, incluso sabemos el cómo… y, a continuación, señalamos la gran dificultad de identificar y cambiar estereotipos, creencias, roles, actitudes y hábitos profundamente arraigados en nuestra cultura. Pareciera como si constatar este estado de cosas fuera suficiente y así nos vamos instalando en la queja, que también suele tener la función de mantener el statu quo.

¿Se puede hacer algo más? Me parece que sí y creo que nos compete tanto a mujeres como a hombres porque la igualdad y las relaciones de género no son sólo asunto de mujeres. Ambas partes tenemos que cambiar, soltar algunas cosas y adentrarnos en nuevos territorios. En este caso, no quiero hablar de las políticas institucionales, de las responsabilidades del Estado para garantizar una sociedad igualitaria y sostenible, de los medios de comunicación o de la férrea impermeabilidad de determinados sectores de la economía y de la política a la entrada de las mujeres. Me interesa más hablar de nosotras y nosotros, de la ciudadanía de a pie, de cómo podemos contribuir  al logro de la igualdad desde nuestros entornos más próximos, de lo que podemos hacer,  porque siempre tenemos un margen para la acción.

¿Cómo sería relacionarse entre seres humanos adultos de igual valor? (y recalco de igual valor porque ni las mujeres entre nosotras somos iguales ni tampoco los hombres entre ellos. La experiencia de ser mujer u hombre, de moverse en el continuum de los géneros o de transgredirlos, es mucho más rica y diversa, sin olvidar que como humanos hay muchas más cosas que nos unen a mujeres y hombres que las que nos separan). Romper la división de roles que dicotomiza las potencialidades humanas y preguntarnos qué necesitamos desarrollar para ser seres humanos completos, cómo apoyamos en las empresas y organizaciones en las que trabajamos la co-creación de una cultura igualitaria, y para incluir en la organización del trabajo y en la gestión de las organizaciones todo lo que quedó excluido en el modelo de industrialización anterior, a partir de la centralidad del trabajo productivo para los hombres, a costa del trabajo reproductivo gratuito de las mujeres.

Se me ocurre que en este camino para construir relaciones más igualitarias, los hombres tendrán que asumir la desigualdad como asunto propio, renunciar a sus privilegios, hacerse cargo de la parte que les toca en la esfera doméstica y romper el corporativismo masculino, que muchas veces cierra el acceso a las mujeres a diferentes espacios públicos  y profesionales, especialmente a la toma de decisiones, y les impide (a los hombres) expresar opiniones, peticiones y acuerdos que rompe la tradicional identidad de su grupo de pares. Puede ser enormemente interesante llegar a ver en las organizaciones cómo cada vez más hombres reclaman la eliminación de la discriminación salarial o una valoración equitativa de los puestos de trabajo, se posicionan contra el acoso sexista o reclaman una organización del trabajo que permita compatibilizar los distintos ámbitos de nuestra vida, entre otras cosas.

He can do it. Maru sarasolaA las mujeres nos toca soltar  algunos ámbitos que consideramos como propios, especialmente en  los cuidados e intendencia doméstica,  asumir en mayor medida nuestro propio poder personal, la capacidad de diseñar y liderar nuestra vida, de ponernos los estereotipos por montera, de poner límites, de pedir o reclamar lo que creemos que nos corresponde y defender nuestro territorio como personas. Y no olvidarnos de que también nosotras nos hemos socializado en la misma cultura patriarcal y que el hecho de ser mujeres no nos salva de su impacto en la construcción de nuestra identidad. Así, también viene bien estar atentas a nuestras propias creencias y misoginias, que muchas veces utilizamos para controlar las salidas del tiesto de nuestras compañeras, hijas o madres. En numerosas ocasiones he oído aquello de que “las mujeres somos nuestras peores enemigas” dicho por mujeres como justificación. Caray, ¡!pues no seamos!!.

Efectivamente, nadie dijo que el cambio iba a ser fácil. Identificar y cambiar hábitos de pensamiento, actitudes, creencias o comportamientos  profundamente arraigados, abrirse al aprendizaje de nuevas competencias y aceptar nuevos retos no es sencillo, pero sí posible. De hecho, lo venimos haciendo en mayor o menor medida  en éste y otros ámbitos de nuestra vida. Requiere un estar consciente y también ser capaces de gestionar el miedo al cambio porque hasta el más pequeño, aunque sea para bien, nos saca del territorio conocido y nos asusta. Pero la constatación  de la dificultad no nos puede servir de justificación para mantenernos en el mismo lugar.

Si se trata de cambiar las relaciones de género e implicarnos hombres y mujeres, y no parece que hay otra forma, quizá el primer paso sea romper la dinámica de víctimas y culpables desde la que a veces nos relacionamos cuando  aflora este tema.  Las mujeres como víctimas de siglos de discriminación y los hombres culpables corporativos de lo que pasó en generaciones anteriores. Tendremos que decidir que nadie es responsable del pasado no vivido, pero sí de nuestro aquí y ahora, de lo que hagamos o dejemos de hacer en nuestro presente, y que las mujeres tenemos muchas razones para quejarnos y también capacidad para establecer pactos y alianzas entre nosotras  y  reclamar lo que nos corresponde. Me da la sensación de que ya en el siglo XXI no es tiempo de la tan traída y llevada guerra de sexos, sino de llegar a acuerdos de partida sobre el futuro que deseamos, de vernos como seres humanos, de la escucha, del diálogo generativo de otras realidades, y de solución de conflictos de manera constructiva, que nos permita desarrollarnos como seres humanos.

Esta reflexión  me trae a la mente una frase, creo que de Gandhi:  “sé el cambio  que quieres ver en el mundo”. Y ésta sí es nuestra responsabilidad, de hombres y de mujeres aquí y ahora. Pasar de los deseos y las buenas palabras a la acción para cambiar individualmente y hacer del cambio colectivo una realidad.

Como me ha escrito hoy una amiga, en tiempos de gran complejidad se abren espacios para la transformación y el cambio personal y colectivo. Aprovechemos 2014 para explorarlos porque cada persona somos  agentes de cambio. ¡!!Urte berri  on ¡!!!!!

Manifestación contra la ley del aborto 2013. Bilbao.

 

Posdata: no me puedo resistir a mencionar que el pasado 21 de Diciembre se celebró en Bilbao una manifestación en contra de la propuesta de reforma de la ley del aborto. Terminó en frente del edificio de Diputación y allí nos encontramos unas cuantas mujeres compañeras del movimiento feminista desde hace muchos años. Todas con el mismo comentario: “hace casi 30 años estábamos aquí mismo reivindicando lo mismo. Para que luego digan que la igualdad es una cuestión de evolución cultural y que hay cosas que no tienen marcha atrás”.  Parece que sí. ¿Lo vamos a consentir?

#DOCEDESEOS 2014

23/12/2013 en Doce Miradas por Doce Miradas

Doce Miradas Postal

La fábula de Concha Malpuesta

17/12/2013 en Doce Miradas por Maria Ptqk

Si no lo sabéis, para esta navidad tomad nota. Tener una feminista en la familia o la pandilla levanta cualquier situación. ¿Que entre plato y plato languidece la charla? Provocad a la prima feminista. ¿Que los langostinos han quedado duros? Un buen chiste misógino y todos reirán al unísono, en cómplice fraternidad. ¿Que dos se han enzarzado por la consulta de Catalunya? Preguntad por las Femen.

En esta linea se sitúa el archiconocido yo-estoy-a-favor-de-la-igualdad-de-derechos-pero-no-soy-feminista. Un clásico del género, con el que a todas las militantes nos ha tocado lidiar en alguna ocasión.

Porque el Diálogo Antifeminista de Pacotilla, hay que saberlo, es un género en toda regla. Con sus figuras de estilo, sus tópicos, sus estructuras. Es habitual, por ejemplo, que quien provoca empiece confesando su desconocimiento (yo de feminismo no sé mucho) para a continuación hacer muestra de un aplomo a prueba de balas, convencido de que sus réplicas son originalísimas y definitivas; cuando por lo general es simplemente lo primero que se la ha pasado por la cabeza. El caso de antología es el insuperable El feminismo es lo mismo que el machismo pero al revés, cuyo autor (o autora: haylas, haylas) normalmente acompaña de una expresión satisfecha, como diciendo Ahí te he pillado, eh. Dos de cada tres Diálogos Antifeministas de Pacotilla reproducen este gag.

El yo-estoy-a-favor-de-la-igualdad-de-derechos-pero-no-soy-feminista es más sofisticado. Podría considerarse como uno de esos falsos amigos a los que se refería María Puente el otro día: parece una cosa pero es otra. Este parece una declaración a favor de la igualdad de derechos, pero en realidad es una afirmación que deslegitima la lucha por esa misma igualdad.

 

Decir yo-estoy-a-favor-de-la-igualdad-de-derechos es una manera elegante de no decir nada

Igualdad o derechos son términos consensuales. Pura jerga de contrato social, venida directa de la Revolución Francesa, cuya Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano era literal: reconocía derechos solo para ellos. Las mujeres tuvimos que esperar la segunda mitad del siglo XX para acceder de manera generalizada a todo lo que nuestros compañeros de revolución obtuvieron a finales del siglo XVIII. Son casi dos siglos de diferencia. Decir igualdad de derechos y punto es afirmarse en una tradición según la cual la igualdad es para los iguales y la desigualdad para los diferentes.

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Marcha sobre Versalles. Jornadas revolucionarias del 5 y el 6 de octubre de 1789

Porque ¿qué significa igualdad? ¿Igualdad de partida o igualdad de llegada? ¿Igualdad formal o igualdad de circunstancias? ¿Igualdad es paridad? ¿Igualdad significa unidad, renuncia a la singularidad? ¿Y qué derechos son esos que creemos que deben ser iguales para todos? ¿Tienen las mujeres el mismo derecho que los hombres a usar libremente de su capacidad reproductiva? ¿Todas las personas tienen derecho a contraer matrimonio, con independencia del sexo de los contrayentes? ¿Y todas deben tener derecho a adoptar, con independencia de su orientación sexual? ¿Y a someterse a tratamientos de reproducción asistida? ¿Y a tratamientos hormonales? Cuando empezamos a llenar de contenido esos derechos y debatir sobre las condiciones que deben darse para que se ejerzan en igualdad, la cosa se complica.

 

Si estás en contra del feminismo, devuelve tus derechos

Obviedades. ¿Quiénes lucharon por el sufragio femenino? ¿Y por el reconocimiento del derecho a la interrupción del embarazo? ¿Quiénes luchan hoy de nuevo por ese derecho, cuando se ve amenazado? ¿Quiénes visibilizan la violencia de género? ¿Quiénes se manifiestan contra la esclavitud sexual? ¿Y contra la publicidad sexista? ¿Y contra la ablación del clítoris? ¿Y por la igualdad de salarios? ¿Y a favor de la ley del divorcio? ¿Y de la conciliación laboral?

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 Antisufragistas en Estados Unidos (1911)

A las mujeres que desprecian el movimiento feminista siempre me dan ganas de decirles que devuelvan los derechos. Que renuncien al derecho de voto, al derecho a la educación, al derecho a no ser violadas, al derecho a interrumpir el embarazo de su hija, al derecho a firmar un contrato de trabajo y abrir una cuenta bancaria, al derecho a exigir el mismo sueldo por el mismo trabajo, al derecho a reclamar medidas que garanticen un reparto igualitario de las tareas de cuidado. Que renuncien.

 

Los únicos movimientos que defienden los derechos de las mujeres como un objetivo en sí mismo son los que se llaman a sí mismos feministas

Más obviedades. Si hablamos de igualdad de derechos entre hombres y mujeres hablamos del resultado de la lucha histórica de grupos de mujeres organizadas que se llaman a sí mismas feministas. ¿Por qué se pretende separar a esos grupos de sus logros históricos? Para deslegitimarlos. Para que se nos olvide que ningún otro movimiento ha luchado por la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres. Ni el marxismo, ni el socialismo, ni el liberalismo, ni el anarquismo, ni el ecologismo, ni el nacionalismo, ni el antirracismo. Si eres mujer, tus derechos los han conseguido otras mujeres, organizadas colectivamente, que se llamaban a sí mismas feministas y que actuaban al margen (y casi siempre en contra) de las ideologías y las organizaciones políticas de su tiempo.

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Manifestación por la despenalización del adulterio frente a los juzgados de Barcelona en 1976. Foto de Pilar Aymerich

Pero eso era antes. No me extiendo sobre este punto porque todos los posts de este blog contienen ejemplos de lo contrario. Afirmar que la desigualdad ya no existe es una estrategia para perpetuarla.

Solo un apunte, inevitable. Esta misma semana llega al Consejo de Ministros la propuesta de reforma de la ley del aborto que pretende sustituir la legislación anterior, basada en plazos (las mujeres pueden decidir libremente sobre la continuación de su embarazo durante las primeras 14 semanas),  por otra, basada en supuestos, que limitará drásticamente la libertad de las mujeres sobre sus propios derechos reproductivos. Aunque polémica, la reforma no levanta demasiadas voces críticas en el arco parlamentario o solo de manera anecdótica. Con la que está cayendo, a quién le importa que las mujeres no puedan abortar. Si no fuera por el ruido que están metiendo las organizaciones feministas, casi podría pasar desapercibida.

 

La igualdad de derechos ayuda, pero no garantiza que desaparezcan los sistemas de dominación

Decir yo-estoy-a-favor-de-la-igualdad-de-derechos supone, por tanto, posicionarse en una idea formalista (y voluntariamente ingenua) de la desigualdad. Supone querer ignorar que las desigualdades más arraigadas responden a realidades estructurales; formas de organizar el mundo tan viejas y tan interiorizadas que apenas somos capaces de reconocer, que no se miden ni se cambian fácilmente, que casi nunca se dejan atrapar, que a veces ni siquiera se nombran. A diferencia de la retórica de la igualdad, que se centra en los aspectos formales, el feminismo se preocupa por  las relaciones de poder y los sistemas de dominación, por los mecanismos que los sostienen, perpetúan y naturalizan.

Pongamos el caso de la maternidad. Por ley, se puede reconocer el derecho de las mujeres a ausentarse temporalmente de su puesto de trabajo, regular el plazo y las prestaciones. Pero por ley no se transforma la mentalidad de las personas. Por ley no se puede mitigar el sentimiento de culpa de las que, en ejercicio de su derecho, deciden volver en seguida a su trabajo. No se pueden controlar las normas sociales que dictan cómo debe vivirse la experiencia de la maternidad, que consideran que la responsabilidad de la madre es naturalmente mayor que la del padre y aplican diferentes varas de medir las exigencias que recaen sobre unas y otros.

 

El feminismo es radical siempre

Llegado este punto de la conversación, quien ha empezado con el yo-estoy-a-favor-de-la-igualdad-de-derechos-pero-no-soy-feminista, suele sentir la necesidad de aclarar: Bueno, yo con eso estoy de acuerdo, pero es que las feministas radicales… Feministas radicales somos todas. Porque no hay manera de cuestionar las relaciones de género sin cuestionarlo prácticamente todo, desde la economía (¿qué sería del modelo de trabajo industrial, basado en la jornada de ocho horas cinco días a la semana, sin la división sexual del trabajo en virtud de la cual las tareas domésticas salen gratis?) hasta el lenguaje, pasando por la ciencia o la televisión.

A esta radicalidad me refiero. La que aborda los problemas de raíz y no solo su manifestación superficial.

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Che queer

Concha Malpuesta es un personaje de ficción

Siguiendo la estructura habitual de esa conversación, lo siguiente suele ser: Es que el feminismo tiene mala imagen. Volvemos al terreno de las obviedades. Tiene mala imagen porque cuestiona el status quo y quienes dominan el status quo suelen ser los mismos que controlan la formación de la opinión pública.

Para acabar, un comentario rápido sobre el argumento sexista que quiere hacer creer que el feminismo es un movimiento dogmático. Aunque muchas de sus acciones públicas se realicen a través de grupos estructurados, el feminismo no es un partido político, ni una organizacion, ni siquiera un conjunto de organizaciones. Es un punto de vista que cada cual ejerce como le da la gana.

Como se suele decir: hay tantos feminismos como feministas. En estos vídeos para Pikara Magazine Alicia Murillo y Bárbara Sánchez lo explican muy bien. Tenedlos listos en el móvil para estas fiestas. ¡Veréis qué éxito!

 

¿Quiénes somos las feministas? Parte 1:

http://www.youtube.com/watch?v=Xkwi56r9F64

¿Quiénes somos las feministas? Parte 2:

http://www.youtube.com/watch?v=mezbh0nlzKQ

 

*Concha Malpuesta es un personaje imaginado por la videoblogger Alicia Murillo. Encarna el estereotipo más extendido de la feminista como una mujer dogmática, hostil y resentida.

 

Foto de portada: El lugar de las mujeres es en la revolución. Autora desconocida.

Mujer y Televisión ¿Un nuevo paradigma?

10/12/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Pedro FuentesPedro Fuentes es guionista de cine y televisión. En cine ha escrito películas como Zorion Perfektua o María la Portuguesa y en televisión ha trabajado en series como Hasiberriak, Go!azen o Goenkale, serie en la que sigue escribiendo en la actualidad. También ha sido profesor de guión de series de televisión en escuelas como Artebi, Anima Eskola o Gidoi Faktoria.

Vamos a contar un cuento. A todas y todos nos gustan los relatos porque nos hacen creer en otros mundos posibles, mejores en la mayoría de los casos; nos permiten soñar con universos paralelos en los que la fantasía se hace realidad y además, qué narices, la Navidad está asomando y aunque es una época casi siempre dura donde la felicidad se torna en espejo cruel, también es tiempo de reunión y de contar historias.

Así pues, érase una vez un tiempo y un lugar en el que las mujeres y los hombres eran iguales; en el que las historias se contaban desde todos los puntos de vista posibles y no solo desde la óptica del que tenía el poder, bien fuera debido a su condición social, su raza o su sexo.

Un momento. La historia no empieza mal pero vamos a deternernos un instante antes de abordarla por completo, no vaya a ser que el cuento sirva más para esconder una problemática que para exponerla. Y es que al margen de la ficción, la realidad nos demuestra de forma obstinada que lo que pasa es exactamente lo contrario: quien tiene el poder relata el mundo. No hace falta investigar mucho para darse cuenta de ello y más aún si nos referimos al cine. Sin ir más lejos, hace unos días apareció en los medios una gráfica de la New York Film Academy que muestra de forma inequívoca que el papel de la mujer en el cine es muy menor.

Gráfica publicada en la New York Film Academy.

Gráfica publicada en la New York Film Academy.

La gráfica está en inglés pero es fácilmente entendible. Los números son sangrantes y deberían hacernos enrojecer. También existe otra prueba irrefutable de la presencia casi nula de la mujer en el cine y de la que se ha hablado en más de una ocasión en este blog: el famoso test de Bechdel, aquel mediante el cual se mide si una película es sexista o no en base a tres parámetros muy sencillos:

– En la película tienen que aparecer al menos dos mujeres en pantalla cuyos personajes tengan nombre.

– Esas mujeres tienen que hablar entre ellas.

– El tema de conversación no puede ser un hombre.

Gracias a este sencillo test se ha descubierto que gran parte de los films más famosos de la historia del cine no aprueban, demostrando así que la presencia de la mujer en la gran pantalla ha estado siempre supeditada a la figura masculina.

Pero hete aquí que el cine, sobre todo el que nos llega de Hollywood, está viviendo una de las mayores crisis creativas que se conocen. La mayoría de los films son remakes, segundas, terceras o cuartas partes de éxitos previos, adaptaciones de sagas literarias adolescentes o historias de superhéroes. Películas esquemáticas, donde prima la acción y donde los personajes son poco más que estereotipos al servicio de lo que ocurre en la pantalla. Es probable que estas cintas sean rentables debido a su explotación mundial y que el negocio se mantenga, pero lo que no se puede negar es que han dejado de contar historias que puedan llegar al espectador medio, que emocionen o que sorprendan mínimamente.

Y mientras esto ocurre en el cine, resulta que en televisión las series están viviendo una edad de oro. Toda la profundidad, todo el espectro de temas que interesan al ser humano, el reflejo y retrato de la sociedad que vivimos y que cualquier ficción que se precie debería ser, está siendo tratado de forma veraz por la televisión. ¿Cuál es la razón de esto? ¿Por qué está ocurriendo el fenómeno?

Decía Elvira Lindo en un magnifico artículo que las novelas sobreviven gracias a la pasión femenina por la psicología humana, por la introspección del comportamiento del ser humano. El hombre está quizá más preocupado, educado o condicionado para la acción y es por esto que parece que últimamente el cine es para los hombres y la televisión es para las mujeres.

Lo que acabo de formular es una teoría que no está en absoluto demostrada aunque sí es cierto que en términos publicitarios y de target comercial, el público más importante para los anunciantes es el femenino y seguramente por ello, la televisión se escribe y se produce para la mujer o al menos se le tiene más en cuenta que en otros ámbitos.

Tradicionalmente este interés en la mujer se ha traducido en la creación de productos supuestamente femeninos como los denostados culebrones sudamericanos o las películas de sábado por la tarde que se emiten en todas las cadenas (y que en ocasiones también son disfrutables pero esto es harina de otro costal) pero en la actualidad y en las cadenas de todo el mundo, están apareciendo productos de un gran valor y que tratan la problemática de género como no se había hecho hasta ahora. El papel de la mujer en la sociedad está cambiando y asimismo lo están haciendo los productos que se crean para su consumo.

Volvamos, ahora sí, al cuento que nos queríamos contar ¿Y si el tiempo en el que la ficción que describe el mundo desde otro punto de vista de vista ha llegado? ¿Y si el lugar en el que eso ocurre es sorpresivamente la televisión? Por supuesto, hay muchos otros factores para la emergencia del fenómeno, entre ellos la búsqueda de nichos comerciales de las cadenas por cable de Estados Unidos, que han sido las promotoras de este advenimiento. Por otro lado, tampoco hay que ser ingenuo, ya sabemos que la televisión es a menudo un monstruo creador de grandes males. Pero hoy nos toca regalarnos algo, hoy viene a cuento soñar y es por eso que vamos a repasar algunas series que nos ofrecen otro punto de vista. Series todas ellas que superan con creces el Test de Bechdel y a las que merece la pena echar un vistazo. Series que nos permiten creer en que quizá un nuevo tiempo está por venir.

De izda a dcha: Lena Dunham, Laura Linney, Gillian Anderson, Sidse Babett Knudsen y Julianna Margulies.

De izda a dcha: Lena Dunham, Laura Linney, Gillian Anderson, Sidse Babett Knudsen y Julianna Margulies.

GIRLS

Lena Dunham es la creadora, productora ejecutiva y protagonista de esta serie sobre veinteañeras que intentan buscar su lugar en el mundo y que en Estados Unidos emite la HBO. La serie transcurre en Nueva York y trata de forma desenfadada, irónica y a veces incluso cruel los conflictos de estas chicas que están empezando a vivir de forma independiente. A pesar del humor, las situaciones que se presentan son duras: se habla de acoso laboral, de sexo, de relaciones problemáticas entre chicos y chicas, de la dificultad de sobrevivir en un mundo exigente cuando no eres precisamente una top model. Temas profundos tratados con desenfado. Por otro lado es una serie curiosa, una de las pocas obras audiovisuales que no pasaría el test de Bechdel si lo aplicáramos al contrario.

THE BIG C

The Big C nos cuenta la historia de Cathy Mathison, una mujer de 42 años a la que un día diagnostican un cáncer terminal. En contra de lo que se pudiera esperar debido a la premisa, no estamos ante una serie depresiva. Muy al contrario nos hallamos con que cada capítulo nos ofrece como regalo una alegría de vivir genuina. Gran parte del mérito lo tiene la actriz protagonista, Laura Linney, pero también la forma en la que su personaje gestiona el poco tiempo que le queda por vivir. Cathy decide no contar a nadie que se muere, por el contrario elige empoderarse, tomar las riendas de su vida y llevar a cabo todo aquello que cree que debe hacer. Nadie en su entorno la entiende, y de hecho, en muchas ocasiones piensan que está loca. Cathy solo tiene al espectador como cómplice y de esa complicidad nacen las preguntas que constantemente nos hacemos al contemplar esta maravillosa ficción. ¿Qué decisiones tomaría yo si mi tiempo se acabara? ¿Por qué no lo hago ya? ¿Cuáles son los miedos que lo impiden?

Esta serie solo tiene un “pero”, su primera temporada es excelente pero las restantes no tanto. Si alguien se quiere acercar a ella, seguro que nunca olvidará esta primera pero que se olvide de las demás.

THE FALL

The Fall es una miniserie de la BBC en la que Gillian Anderson, a la que todos y todas conocemos como la Dana Scully de Expediente X, interpreta a una policía de Scotland Yard que se enfrenta a un asesino múltiple de mujeres. En primer lugar, esta serie sorprende al descubrir a Gillian Anderson en un papel completamente distinto al que estábamos acostumbrados y en segundo lugar al comprobar que estamos ante una grandísima actriz, plena de matices, de miradas y gestos que consigue una composición de personaje que está en las antípodas de lo que conocíamos de ella. Pero si “The Fall” está en esta selección no es por la actuación de la actriz, es por el personaje que interpreta: la policía Stella Gibson es una mujer en un mundo de hombres de la que todos desconfían precisamente por ser buena profesional, una mujer que es criticada por comportamientos que en el hombre son reconocidos como positivos. Stella es una mujer fría y directa, que lidia con un mundo difícil y hostil pero que aún así consigue salir airosa. Una serie muy interesante y que está a la espera de estreno de su segunda temporada.

BORGEN

Borgen es una serie danesa que nos cuenta la historia de Birgitte Nyborg, la primera mujer en ser Primer Ministro de Dinamarca. Por supuesto, Birgitte es un personaje de ficción pero la situación que nos describe es muy real. Borgen habla de las interioridades de la alta política, de los entresijos en los pasillos del poder pero también deja mucho sitio para contar las dificultades que entraña la conciliación de la vida laboral y familiar. De cómo una mujer, que además de Primer Ministro de un país, es también madre y esposa, de lo difícil que eso es y del alto precio que a veces hay que pagar.

THE GOOD WIFE

The Good Wife es la mejor serie que actualmente se emite en abierto en Estados Unidos. Además de una serie de abogados con sus casos semanales, siempre conectados con la actualidad, nos cuenta la vida de Alicia Florrick. Alicia es la mujer de un político norteamericano que se ve obligado a admitir en público y en rueda de prensa sus escarceos sexuales. Alicia aparece a su lado como una mujer sumisa, supeditada a la figura de su cónyuge. Tras esta humillación, Alicia se separa y se hace con las riendas de su vida. Hasta el comienzo de la serie había vivido como ama de casa y se había dedicado a criar a sus hijos dejando de lado su carrera profesional pero ahora no tiene más remedio que ponerse a trabajar y lo hace retomando su profesión de abogada en el bufete de un antiguo compañero de clase. Alicia empieza desde cero en la firma, casi como una becaria, pero a pesar de los titubeos iniciales, pronto va cogiendo experiencia y sobre todo, confianza.

The Good Wife es una serie compleja y así también su protagonista. Alicia es contradictoria, una mujer que intenta deshacerse de las cadenas que una sociedad machista le impone y que cada vez que consigue un logro no puede evitar sentirse culpable, razón por la cual a veces da pasos atrás. Como la protagonista de Borgen, tiene grandes dificultades para conciliar su vida laboral y familiar y de hecho nunca sabe si lo que hace es correcto o si en lugar de hijos está criando unos monstruos. Una serie muy interesante y que, como su protagonista, crece con cada nueva temporada.

Hasta aquí el relato de estas series. Quedan muchas en el tintero. Algunas tan interesantes como “Orange is the new black” donde nos cuentan la vida de una cárcel de mujeres en tono de tragicomedia. Otras de género como Homeland o Damages donde la protagonista también es una mujer o las más cercanas como Isabel o El tiempo entre costuras. No sé, si como he intentado argumentar, la televisión es el terreno de la mujer en contraposición al cine; ni siquiera yo estoy seguro de ello pero mi intención con este artículo es abrir un debate y aquí están los primeros argumentos. Nos vemos en los comentarios.

Colorín, colorado.

 

La mujer pelota y otras trampas a evitar

03/12/2013 en Doce Miradas por María Puente

No están todas las que son, sino sólo aquellas trampas que han llamado mi atención en los últimos tiempos. ¿Quién las pone? Es difícil saberlo. La mayoría, eso tan difuso que llamamos sociedad.

1-La mujer pelota, utilizada como rebote contra las demás

Hace medio año leí el magnífico libro de Rosa Montero La ridícula idea de no volver a verte, una preciosa historia sobre el amor y el duelo, en el que confluyen las experiencias vitales de la propia autora y de la premio Nobel, Marie Curie, tras el fallecimiento de sus parejas. Además de interesarme y emocionarme, descubrí el término mujeres pelota que, según explica Rosa Montero, utilizaba Simone de Beauvoir para referirse a aquellas mujeres “que tras triunfar con grandes dificultades en la sociedad machista, se prestaban a ser utilizadas por esa misma sociedad para reforzar la discriminación; y así, su imagen era rebotada contra las demás mujeres con el siguiente mensaje: ‘¿Veis? Ella ha triunfado porque vale; si vosotras no lo conseguís no es por impedimentos sexistas, sino porque no valéis lo suficiente’. ¿Fue Marie Curie una mujer pelota?”, llega a preguntarse Montero en su libro.

No acierto a comprender el comportamiento de dichas mujeres, que en la actualidad también existen y que yo llamaba para mí mujeres esquirolas antes de conocer el término de Beauvoir. Imagino que les tienta el hecho de saberse únicas y de constituir una excepción. No obstante, aunque alguna caiga en esa trampa creo que son mayoría aquellas que después de triunfar dedican parte de su tiempo y energía a allanar el camino a las demás.

Fotografía de Iratxe Gallo.

Fotografía de Iratxe Gallo.

2-Una reivindicación eternamente aplazada

Las mujeres que son madres suelen manifestar que luchan por la igualdad de derechos y oportunidades para que el día de mañana sus hijas vivan en una sociedad más justa. Me pregunto si esa afirmación no encierra la trampa del aplazamiento de una causa que deberían aspirar a disfrutar también ellas mismas y su generación. A veces tengo la impresión de que han renunciado a alcanzar ese estado para su propio presente o futuro inmediato. Muchas de esas hijas también serán madres algún día y quizás experimenten ese mismo sentimiento de renuncia, conformadas y colmadas con el bienestar futuro de sus hijas. Si tenemos en cuenta que la mayoría de las mujeres son madres, ¿no sería entonces la lucha por la igualdad una reivindicación eternamente aplazada para ‘el día de mañana’?

3-Matemáticas tendenciosas

¿Te suena esta canción? Una amiga, compañera de trabajo, conocida (o tú misma) comenta que se está planteando dejar el trabajo y dedicarse por completo al cuidado de su familia. Han hecho cuentas. Su pareja tiene un trabajo mejor remunerado y el dinero que les cuesta pagar a una persona para que se ocupe de la casa y los hijos es casi lo mismo que gana ella. Conclusión: no compensa. Para eso mejor me quedo yo en casa y así al menos los niños están con su madre. El sentimiento de culpa hace el resto del trabajo y, de pronto, parece que trabajar es un capricho egoísta en el que se ha empeñado la mujer. Está claro que cada pareja sabe lo que mejor le conviene y es libre de tomar sus propias decisiones, pero no debería tomarse por la razón equivocada y ésta a  mi juicio lo es. Cuando se paga a una persona de apoyo en las tareas domésticas y cuidado de los hijos se está pagando para que ambos miembros de la pareja obtengan cierto margen para desarrollar su vida laboral y otras facetas de su vida personal. Por tanto, debería restarse ese sueldo a la suma de los sueldos de ambos miembros de la pareja y valorar entonces si merece la pena. Dar por hecho que el sueldo dedicado al cuidado del hogar y de la prole debe salir del sueldo de la mujer es a todas luces una injusticia profundamente machista. No hace falta recordar que las personas que carecen de independencia económica, sean hombres o mujeres, quedan en una situación vulnerable.

4-En busca de la prueba definitiva

Es ‘el pan nuestro’ de los medios de comunicación. Día sí y día también nos desayunamos con algún nuevo estudio sobre el cerebro de hombres o de mujeres que supuestamente explica por qué unos y otras actuamos de tal o cuál manera o tenemos mayores capacidades y habilidades para esto o lo otro. Algunos son serios y rigurosos y otros resultan rocambolescos y sospechosos. ‘Un estudio realizado por investigadores de Toronto revela que los ejecutivos varones soportan mejor el estrés que las mujeres’. Por ejemplo. Así suelen empezar dichas noticias. El estudio del cerebro es apasionante, pero con frecuencia se instrumentaliza la ciencia al servicio de determinadas ideologías.

Parece que aún se busca la prueba definitiva que demuestre que las mujeres somos menos o más que los hombres. Personalmente, creo que no hay que caer en la trampa de entrar al trapo. Por mí pueden seguir loncheando cerebros. No necesito pruebas para saber que merecemos igualdad de derechos y oportunidades PORQUE SÍ. Porque existimos, porque somos personas, porque estamos aquí y lo reivindicamos. Porque es de justicia. En ocasiones somos las mujeres quienes nos aferramos a alguno de estos estudios, cuando nos son favorables, para argumentar que tenemos derecho a ocupar determinada posición en el trabajo, por ejemplo, porque un estudio revela que nuestra capacidad de comunicación es superior, que somos mejores en las relaciones interpersonales, que somos mejores jefas, etc. Y a veces, por un efecto de compensación, supongo, se cae en una exaltación de la mujer en la que no creo. No creo que seamos mejores jefas sólo por ser mujeres (como tampoco creo que seamos peores jefas sólo por ser mujeres), ni que el mundo estaría mejor gobernado por mujeres. Es un error participar en dicho debate, ya que significa que seguimos poniendo en cuestión, en pleno siglo XXI, la legitimidad de la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres.

5-Un exacerbado pundonor

La discriminación positiva y el sistema de cuotas tienen poca aceptación incluso entre las mujeres. Son muchas las que rechazan este sistema igualatorio porque afirman no querer nada que no se hayan ganado por sí mismas. Cuando hablamos de logros laborales, las mujeres tendemos a pensar que tal vez no lo merezcamos. Parece como si necesitáramos haber sufrido mucho por el camino para creer merecerlo. Los hombres suelen dar por descontado que se lo merecen. Nosotras somos propensas a caer en la trampa de un exacerbado pundonor y una sobredosis de integridad y dignidad malentendidas.

Imagino que quien rechaza este sistema artificial a favor de la mujer, lo hace porque considera que el sistema ‘natural’, que como se puede comprobar produce discriminación positiva a favor del hombre, brinda igualdad de oportunidades a mujeres y hombres. Quien rechaza el sistema corrector cree, por lo visto, que todos los cargos de responsabilidad se están otorgando de forma justa, de acuerdo a criterios objetivos, a la persona más capacitada posible en cada caso, que casualmente suele ser hombre. ¿Alguien se cree esto de verdad? Creo que hay mujeres que incluso reconociendo que el sistema ‘natural’ las discrimina y relega, consideran que es de ley esforzarse doblemente y que así cualquier logro obtenido, si llega, les satisfará en mayor grado. Personalmente, soy poco amiga del martirologio, así que SÍ a las medidas de discriminación positiva. Sin complejos.

Cuando se pide a la gente que se pronuncie si está a favor o en contra de dicha cuestión, nunca se formula la pregunta completa, que en mi opinión debería ser más o menos así:

¿Estás a favor de implantar un sistema artificial de discriminación positiva a favor de las mujeres que iguale a hombres y mujeres en oportunidades?

 O por el contrario:

¿Estás a favor de mantener el actual sistema ‘natural’ de discriminación positiva a favor de los hombres que desiguala y relega a las mujeres?

En un capítulo de la serie The Good Wife, la socia del bufete, Diane Lockhart, dice algo que viene al hilo de lo que estoy comentando. Atención spoiler, voy a desvelar algo de la última temporada. La situación es la siguiente: han ofrecido ser socia a Alicia Florrick, la protagonista de la serie. La alegría y orgullo iniciales se vienen abajo cuando Alicia descubre que han hecho esa misma propuesta a varios compañeros de la empresa y que el bufete necesita desesperadamente una inyección de capital que proporcionarán los nuevos socios. Enfadada y ofendida, se atrinchera en su despacho y se niega a participar en la copa de celebración que tiene lugar en el bufete. Y entonces su jefa Diane le cuenta una experiencia personal:

“¿Sabes por qué me hicieron socia? Jonas Stern fue demandado por acoso sexual y necesitaba mostrar que tenía una socia en sus filas. Nada más. Cuando la puerta a la que has estado llamando por fin se abre, no preguntas por qué, entras. Así de simple.”

¿Así de simple? Parece que no.

6-False friends

Quien haya estudiado inglés en alguna ocasión estará familiarizado con la expresión. Se refiere a aquellas palabras inglesas que son muy parecidas a palabras en español pero cuyo significado no tiene nada que ver. Nos confiamos y nos engañan. Creo que en el ámbito de la igualdad, también existen los false friends. Yo he encontrado estos:

Las mujeres de verdad tienen curvas…o no

¿Recuerdas esa película de 2002? Las mujeres de verdad tienen curvas, se titulaba. La vi con agrado y recibí con simpatía lo que entonces me pareció una reivindicación liberadora. El filme era bienintencionado, sin duda, pero con el tiempo me he dado cuenta de que esta afirmación, que ha trascendido más allá de la película, es un false friends de los gordos. Porque ¿qué hay de liberador en esa expresión para aquellas mujeres flacas y lisas, sin curva alguna? La afirmación ‘las mujeres de verdad tienen curvas’ no es sino otra cara de la misma moneda. La obsesión por meter a las mujeres en un molde, negando la diversidad de cuerpos y naturalezas que existen. A veces tengo la sensación de que hablan de solomillos. La mujer, al punto, parece decir la sociedad. Y no se perdona a la que no logra el punto. La gordura se castiga con el rechazo. Y la delgadez extrema, aunque goza de mayor prestigio social incluso en estados avanzados, también llega un momento en que se castiga cruelmente. ¿Cuántas veces has escuchado o has dicho tú misma “esa está anoréxica”? Lo decimos sin piedad, olvidando que es una enfermedad grave. ¿Acaso se atreve alguien a decir ‘esa está cancerosa’? Que no nos confundan los ‘falsos amigos’. Las mujeres de verdad somos todas.

Soy mujer y puedo hacer varias cosas a la vez

¿Qué llevamos, una década con esta cantinela? No sabría decir desde cuándo se repite esta bromita como un mantra. Lo mismo lo dice una mujer de sí misma, que lo dice un hombre: “eh, que soy un hombre, y no sé hacer dos cosas a la vez”. Me llamaba la atención tanto regocijo y complacencia por parte de ambos sexos. Raro, ¿no? Al fin y al cabo, en apariencia, la frase ensalza a la mujer y tacha al hombre de inepto. Pero a nada que le dediques un pensamiento le ves el truco. Cuando se dice que las mujeres podemos hacer varias cosas a la vez, por desgracia nadie se está refiriendo a que podemos operar como brokers en el parqué neoyorquino de Wall Street, mientras realizamos una intervención pionera de neurocirugía, instantes después de haber participado en el consejo de administración de IBM. No. Nada más lejos. Se refieren a que la mujer puede/debe lidiar con todo, es decir, cargar con la retahíla diaria ya sea doméstica o laboral. Según se desprende de este mantra de nuestros tiempos, los hombres no. Ellos sólo pueden/deben/quieren dedicarse a un trabajo relevante y trascendente y no deben ser distraídos con chucherías cotidianas. Pero ¡sorpresa! soy mujer y resulta que también a mí me gusta poder concentrarme en un asunto importante sin que me distraigan tareas fastidiosas y de menor calado. Sospecho que nos pasa a muchas.

Quedan más ‘false friends’ y más trampas de las que hablar, así que CONTINUARÁ…

¿De qué hablamos los chicos?

26/11/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Asier Amezaga

Asier Amezaga, @asieramezaga. Pacifista, antimilitarista y apasionado de la revolución noviolenta, ha participado en diferentes movimientos sociales. Consultor informático de profesión, cuenta con una dilatada experiencia en el terreno empresarial.

 

No es tarea fácil hablar sobre hombres en un espacio creado por mujeres; tampoco lo es responder a una pregunta tan genérica como la del título que, además, genera cierta curiosidad. Aún así, lo voy a intentar.

Quiero pedirte que hagas una pausa mientras imaginas una escena en la que aparezca un grupo de hombres charlando: ¿de qué están hablando? ¿Dónde se produce la conversación? Es muy probable que en tu escena aparezcan hombres charlando sobre fútbol o trabajo, situados en las cercanías de un bar o en un espacio de trabajo. ¿Sí?

Pareja a esta escena, nos encontramos con el hombre-sofá, el que pregunta a su mujer qué ropa ha de vestir, el portador de la autoridad ante las hijas e hijos. En fín, todo un repertorio de tópicos y estereotipos que definen la hombría o, dicho de otro modo, “el imaginario social destinado al hombre”.

Lejos del estereotipo, descubrimos otro tipo de hombre, ese al que El Fary define como “el hombre blandengue”:

Una gran parte de los hombres que conozco se identifican más con “el hombre blandengue” que con el modelo “tradicional” o del imaginario social. Por lo tanto, nos enfrentamos a una contradicción entre el lugar en el que debemos estar y en el que queremos estar.

Retomando el tema de las conversaciones, en el modelo “tradicional” -ese del que todos nos distanciamos- la construcción de la masculinidad está ligada en buena parte al trabajo, la fuerza física, la ausencia del hogar o la dureza. Como consecuencia, las conversaciones girarán en torno a dichas cuestiones y no tanto en torno a la familia y el hogar. Tampoco mostraremos nuestras debilidades, ya que nos consideramos fuertes; en consecuencia, evitaremos los sentimientos que nos pongan en cuestión y, de paso, el resto de sentimientos hasta llegar a la desconexión emocional.

Por contra, nuestro “hombre blandengue” ya liberado, debería ser capaz de hablar sobre todo el espectro de cuestiones descritas hasta ahora. Y en este punto, surgen las contradicciones porque, en lo que tiene que ver con sentimientos y cuidados, veo que a muchos “liberados” nos falta un buen trecho para llegar al nivel conversacional de nuestras compañeras. Todavía nos vemos más cómodos hablando de cuestiones que tengan que ver con el trabajo y grandes proyectos.

Criados bajo un imaginario machista hemos tomado conciencia y procurado distanciarnos de nuestra educación. Desaprender lo aprendido desde la infancia es una tarea enorme, equivalente a desmontar uno por uno los ladrillos de una casa, llegar hasta los cimientos y comenzar la construcción de nuevo. En este recorrido, por una cuestión de justicia hacia la mujer, asumimos las reivindicaciones feministas pero aún no hemos plantado cara a las injusticias que nos ha tocado padecer como hombres, no de mano de las mujeres, sino por parte de un sistema social alimentado por nosotros mismos. En este capítulo, la reflexión de cómo los hombres construimos nuestra identidad en base al trabajo, da para otro post, pero no puedo evitar dejar este video de Proccc para explicar de qué estoy hablando.

En definitiva, al igual que al resto de la humanidad, los chicos hablamos de lo que nos ocupa y preocupa, de nuestras ilusiones, proyecciones y decepciones. A muchos nos cuesta hablar de los sentimientos, incluso tenemos grandes dificultades para conectarnos con ellos porque a lo largo de nuestra vida los hemos asociado a ese ser “blandengue” con el que nos identificamos de forma extraña.

El espectro de conversación de hombres y mujeres crecerá en la medida en que crezcan todos los aspectos de nuestra personalidad. En el momento histórico que nos toca vivir, muchos modelos se modifican y sustituyen y, tal vez, pueda ocurrir que el modelo de roles que hemos padecido se altere. Por ello, es necesario que los hombres hablemos entre nosotros sin sentirnos débiles ni culpables.

Mujeres en política y política de mujeres

18/11/2013 en Doce Miradas por Miren Martín

Mujeres políticas

Aintzane Ezenarro, Cristina Fernández de Kirchner, Angela Merkel y Arantza Quiroga.
Fotos: Erikenea.net, fotocancunpendulo.tv, jornadadiaria.com y José María López.

Andaba estos días dándole vueltas al asunto de por qué en tantas historias que se organizan hay una infinita mayor presencia de hombres que de mujeres y por qué a algunos les molesta tanto que se reclame una representación femenina en ellas, al menos en un porcentaje similar al que existe en la sociedad, cuando me di cuenta de que de nuevo habíamos caído en una trampa: nos sentíamos unas agustinas de Aragón enarbolando la bandera de la justicia y pidiendo lo que para nosotras parecía evidente, cuando en realidad no se trata de una mera reivindicación sino de una denuncia sobre una auténtica ilegalidad, porque no se está cumpliendo la ley. Y es que en realidad, se trata de eso: de un absoluto y completo incumplimiento de la legislación vigente, incluso, denunciable ante los tribunales. Así que estas acciones de denuncia que llevamos a cabo un “hatajo de mujeres histéricas, exageradas, mediocres, que no tenemos otra cosa que hacer y a las que nos gusta tocar las narices al personal” (y lo pongo entre comillas porque así es como nos siente una parte de la sociedad, sobre todo masculina pero en algunos casos  también femenina), lo que en realidad hacen es denunciar ilegalidades y, quizás si nos ponemos un tanto exquisitas, hasta delitos. Porque eso es lo que hace alguien cuando se salta la ley: que comete un delito.

Así que vamos a liberarnos de esa trampa en la que nosotras mismas hemos caído pensando que hacemos algo con tintes que podríamos definir incluso de “románticos”, pongamos los pies en el suelo y seamos conscientes de que estamos exigiendo que se cumpla una ley que hizo un gobierno y aprobó un parlamento: la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. De ella ha trascendido sobre todo el tema de la paridad, tanto en la composición de las listas electorales como en las de los consejos de administración de las empresas. Pero en realidad consta de 8 títulos, 11 capítulos, 78 artículos, 31 disposiciones adicionales, 11 disposiciones transitorias y 8 disposiciones finales, haciendo referencia a cuestiones que abarcan desde el acoso sexual, la educación, principio de presencia equilibrada, el desarrollo rural, políticas urbanas, medios de comunicación (tanto públicos como privados), conciliación, empleo, fuerzas armadas, vacaciones, responsabilidad social de las empresas o los criterios de actuación de los poderes públicos, entre otras cuestiones.

Esta Ley ha cumplido ya 6 años y si bien en un principio todo fueron aplausos, palmaditas en la espalda y felicitaciones, porque suponía un importante avance en políticas de igualdad, y es que en realidad el papel todo lo sostiene, lo cierto es que su desarrollo deja mucho que desear. Por poner un ejemplo, la Ley indicaba  que las empresas tenían un plazo de 8 años para “incluir en su Consejo de Administración un número de mujeres que permita alcanzar una presencia equilibrada de mujeres y hombres” a la vez que estipulaba que, las organizaciones con más de 250 empleados, tenían que elaborar un Plan de Igualdad. Pues bien. A día de hoy sólo el 10,57% de las empresas obligadas al Plan de Igualdad cuentan con más de un 40% de mujeres en sus Consejos de Administración. En las empresas del Ibex asciende al 12,10% y en las que tienen participación del Estado al 32,56%, según informa.es.

Y de todo esto, lo que más alarma es que sea precisamente el Estado el que esté pasándose por el arco de triunfo su propia legislación. Que sea el primero en no cumplir, por lo que poca legitimidad tiene para exigir. Pero ni lo hace el Estado ni tampoco los diferentes partidos políticos. El texto obliga a estos a que sus listas electorales sean paritarias, es decir, a que el número de personas de cada sexo no sea superior al 60% ni inferior al 40%. Y hasta ahí vamos bien, si a ir bien se le considera que siempre se busca que la presencia femenina no sea inferior al 40%, dándose por sentado que nunca se dará el caso de que sea superior al 60. El problema se da -y el truco, claro, y la discriminación, evidentemente- en el puesto de las listas en el que se coloca a hombres y mujeres. Ellos a las primeras filas y ellas, una vez cumplida la ley en los primeros escaños, a las siguientes. ¿Consecuencia? Que de los 350 diputados que se sientan en el Congreso, 226 son hombres y 124 mujeres, dándose la paradoja de que en el año 2004, último proceso electoral en el que no se aplicó la Ley de Igualdad, el número de féminas que ocuparon escaño fue de 125. ¿Se avanzó con esta Ley? A todas luces no. ¿Que la evolución ha sido notable en las últimas 11 legislaturas de la democracia? Evidentemente, sí. Pero ¿es suficiente el avance? Pues claramente no. Y yo no soy de las que doy un sí claro a las políticas de discriminación positiva, ni mucho menos. Pero en este caso no se trata de discriminación. Ni positiva ni negativa. Se trata de igualdad. Y no hay nada más que ver cómo ha evolucionado la presencia de las mujeres en el Congreso de los Diputados para ver lo que se ha hecho y realizar una lectura crítica para saber lo que aún falta por hacer.

Las mujeres en el Congreso

Porque la historia tiene su miga. Un decreto de mayo de 1931 reconocía a las mujeres el estatus de “elegibles” por lo que Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken fueron las tres primeras parlamentarias españolas. Y lo consiguieron en plena República cuando aún las mujeres no podían votar (ni tan siquiera a sí mismas) ya que fue la propia Campoamor quien, nada más hacerse con su escaño, llevó el debate al Congreso aprobándose el derecho al voto de la mujer en España en octubre de 1931, con 161 votos a favor y 121 en contra, haciéndose efectivo en las generales de noviembre de 1933.

Mirando hacia atrás parece que todo queda muy lejos y que el camino recorrido ha sido provechoso. Sin embargo, aunque el contexto social evidentemente no es el mismo, toca hacer, como señalaba anteriormente, una lectura crítica. ¿Toma con normalidad la sociedad que haya más hombres que mujeres en política? Sí, sin ningún género de dudas. ¿Se comprende que se hagan políticas que favorezcan la presencia de la mujer en estos foros? Muchas veces no. Quién no ha oído el comentario de “está ahí por ser mujer porque no tiene preparación para ello” sin plantearse que a muchos hombres les ocurre exactamente lo mismo.  Que no tienen formación. Yo, que he a lo largo de mi vida profesional como periodista he tenido que sufrir muchas horas de contacto con el mundo político, he visto a mujeres que no sabían por dónde les daba el aire pero también a muchos hombres que difícilmente sabían hacer la o con un canuto. De estos últimos más, sencillamente porque hay más personal del género masculino. Me ahorro, como comprenderéis dar nombres aunque la lista es larga. Ellas estaban en esos puestos en la política por eso, por ser mujeres, y ellos precisamente por lo contrario: por no serlo. Pero si es el señor el que no tiene ni idea de qué va el tema, casi ni se comenta. Pero si es la señora, el ataque es feroz. A ella y de rebote a su todo su género. Cómo no. El hombre es poco válido individualmente. La mujer lo es de forma colectiva. En éste y en otros muchos ámbitos de la vida. Atribuyen una frase a José Luis Sampedro en la que decía que se llegará a la auténtica igualdad cuando mujeres mediocres ocupen puestos de responsabilidad. Es decir, ni más ni menos que lo que ocurre y ha ocurrido a lo largo de la historia con el género masculino.

Hablaba hace 2 semanas Ana Erostarbe de mujeres y medios de comunicación y yo no me resisto aquí a engancharme a ese hilo. Porque cuando las mujeres llegan a la política, el análisis que se hace de muchas de ellas tiene más que ver con lo físico y superficial que con sus capacidades intelectuales y la habilidad que tengan para desempeñar su trabajo. Todos hemos leído crónicas en las que se habla de su forma de vestir, de su peinado, de si están gordas o delgadas y hasta de partes muy concretas de su anatomía. Descripciones que vemos todos los días en los medios de comunicación: he leído un reportaje de dos páginas en un dominical de un periódico que se tiene por serio, sobre las chaquetas de Ángela Merkel. En el mismo diario se hablaba de las operaciones de estética, de los presuntos amantes y de las “calzas” de Cristina Kirchner. Se han visto crónicas serias en las que se mencionaba el color y tipo de ropa que llevaba una parlamentaria en un debate sobre política en Euskadi,  se trataba sobre los tacones y zapatillas de alguna concejala de cultura, de los  sombreros que llevó una temporada Rosa Díez cuando fue parlamentaria vasca o del físico agradecido de Aintzane Ecenarro. Incluso asistí atónita a una conversación sobre el vestido que llevaba Arantxa Quiroga el día de su nombramiento como Presidenta del Parlamento Vasco cuando jamás había oído, y creo que no lo oiré salvo que se vista de mimo, de ningún otro político hombre vasco. Y creo, de verdad que lo creo, que Clara Campoamor y otras como ella, no se dejaron la piel en el camino para estupideces como éstas, si se me permite la expresión.

Pero por otro lado, me sorprende también mucho que existiendo ya mujeres en puestos de responsabilidad en política, no realicen ni el más mínimo trabajo y esfuerzo en favor de la igualdad. No debaten, ni mucho menos proponen, medidas para la conciliación familiar, para la no discriminación salarial, para la paridad en consejos de administración, en eventos, en conferencias, seminarios y jornadas, para evitar que la pobreza siga teniendo nombre de mujer, para promover políticas activas para la igualdad en la educación, para evitar que siga habiendo tantas muertas por la violencia de género. Para la supresión de imaginarios, para el acercamiento de las mujeres a espacios que hasta ahora teníamos vetados socialmente y que ahora nos prohibimos nosotras mismas. Para tantas y tantas cosas que podrían llevar a cabo y de las que no se preocupan porque, probablemente, les llevarían al enfrentamiento con sus compañeros y, quizás, a perder puesto, trabajo y sillón. En temas de gran trascendencia, como el aborto, siguen la doctrina marca por el partido, como si ellas no fueran mujeres, y poco más. Y es una actitud que me indigna. Profundamente.

Creo, simplemente creo, que las reivindicaciones sobre los derechos no tienen que correr a cargo únicamente del sector que se encuentra desfavorecido. La igualdad la tienen que defender tanto hombres como mujeres. Pero si nosotras mismas no batallamos para que se cumplan las leyes que nos equiparan en tantos y tantos ámbitos de la vida, difícilmente conseguiremos implicar a quienes les roza por la tangente. Hay mujeres políticas que están trabajando para eliminar desigualdades. ¡Claro que las hay! Pero bajo mi humilde punto de vista, es mucho mayor el número de  las que lo obvian: por dejadez, porque nos las tachen de, por falta de concienciación o por otras muchas razones. Señoras, el camino se recorre andándolo. Léanse la Ley de Igualdad. Tienen dos años por delante para ponerse, y poner, las pilas. Mientras tanto, y si no les importa, algunas seguiremos batallando.

¿Hace falta repensar el modelo de sociedad?

12/11/2013 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Cristina Juesas

Cristina Juesas, @Maripuchi, trabaja como responsable de comunicación en Euskampus Fundazioa, es cofundadora, directora de contenido y editora en el blog unadocenade, ganador del Bitácoras 2012 al mejor blog cultural. Organiza eInnobar cada mes, colabora con SER Vitoria y es delegada territorial de AERCO-PSM en Álava. Un culo inquieto en toda regla.

 

Tenemos un modelo social que está pensado en otro tiempo y que ya no funciona. Es un modelo en el que las mujeres nos encargamos del cuidado de hijos y tareas del hogar.

Cuando digo tareas del hogar no me refiero a cocinar o limpiar o planchar… me refiero también a la intendencia, a la organización de todo lo que en un hogar sucede: compras, elaboración de menús, planificación de extraescolares y un montón de cosas más.

La Sociedad no está preparada para que ambos miembros de una pareja trabajen a jornada completa o tengan vidas profesionales satisfactorias. No está preparada para que las vidas profesionales sean compatibles con las vidas personales cuando en estas hay hijos.

Porque sí, hay personas que tenemos hijos y vidas profesionales satisfactorias y no queremos renunciar a nada. ¿Hay que hacerlo?

Ama

 

Es cierto que si las 8 horas de trabajo estuvieran algo mejor distribuidas y los horarios estuvieran racionalizados dispondríamos de jornadas más lógicas y adaptadas a la “vida moderna” pero también es cierto que hay veces que el trabajo exige viajes, formación, asistencia a jornadas y otras cosas que prolongan este más allá de las 8 horas de rigor. Es en estas ocasiones cuando la maternidad y paternidad se ven en confrontación absoluta con la vida profesional. Voy a poner sobre la mesa algunos ejemplos…

Adaptaciones escolares.
Desde que los niños se escolarizan hasta que comienzan la etapa de educación infantil (o sea, cuatro largos cursos) el mes de septiembre es un infierno para las familias. Porque no empiezan el cole y ya, como en nuestros tiempos. Ahora van un día sí y uno no… o una semana van media hora al día, la siguiente dos horas, etc

Jornadas escolares continuas.
Está bien que existan las jornadas laborales continuas pero pocas empresas las tienen. Sin embargo, en los colegios cada vez se tiende más a ellas con excusas varias…

Enfermedades
Te casas y la empresa te regala 15 días de vacaciones. Bien.
Operan a tu hijo a corazón abierto y te corresponden 2 días. No tengo más que añadir.

Vacaciones escolares
Puentes, Navidades de 15 días, Semanas Santas de otros tantos, una semana blanca, verde o amarilla en algún momento entre marzo y mayo y casi tres meses en verano. Está claro que los niños tienen que descansar pero… ¿quién les cuida?

Son cuatro ejemplos, podría haber puesto algún ejemplo más.
En todos los casos expuestos (salvo en las adaptaciones, que es un tema moderno) la que se encargó de mí cuando me tocó fue mi madre, de mi madre, mi abuela… ahora también son las abuelas que no trabajan las que se hacen cargo de estas situaciones que es más que evidente que están sin resolver. Y que, con excusas diversas como la crisis, van a tardar en resolverse, si es que alguna vez logramos cambiar el modelo social por uno más justo para todos.