¡Guapa! ¡Te lo voy a comer todo!

08/07/2014 en Doce Miradas

Suena mal el título ¿verdad? Es un tanto ordinario, ¿a que sí? Hasta tal punto de que algunas de mis compañeras de Doce Miradas me observaron con cara de “no tendrás el valor…” cuando les dije cómo pensaba empezar este post. Pues sí, me he tirado a la piscina. Y eso que, como digo, suena mal, es una ordinariez y una grosería. Pues esa ordinariez, esa grosería, y otras por el estilo, las tenemos que soportar prácticamente todas las mujeres a lo largo de nuestra vida. Y da igual que seas guapa o fea, alta o baja, delgada o gorda, joven o vieja… Da lo mismo. Siempre hay un “machito” dispuesto a sugerir alguna inconveniencia de este tipo. Y si además van en manada, mejor que mejor. La incongruencia sube de tono y hasta pueden corearla si tienen tiempo para “dedicarte”.

Foto seduccióncientifica.com

Foto: seduccióncientifica.com

Es un tema que me preocupa profundamente. Por varias razones que voy a tratar de exponer y si se me da bien, hasta de explicar.

Recuerdo que era verano. Creo que sería el de las vacaciones de octavo de E.G.B. o como mucho de primero de B.U.P. Se me acercó un señor mayor. Muy mayor. Y me dijo algo muy bajito. Incauta de mí que aún no sabía de qué iba aquello, le sonreí y le dije que no le había entendido. Y entonces sí que le entendí. Me espetó una burrada que no voy a repetir ahora. Y de esa forma tan brusca me introdujo en el mundo en el que las mujeres somos la diana de sus ordinarieces. Y lo que es peor, experimenté por primera vez la reacción que luego, y con mucha rabia por mi parte, he repetido a lo largo de mi vida una y otra vez: sonrojarme, decir un imbécil muy bajito, y marcharme lo más rápido que he podido de allí. Sin mirar para atrás, no vaya a ser que encima sonría con satisfacción. Y no sé qué me enfada más: si que el “salido” de turno me diga una cosa de este estilo o mi reacción de no plantarle cara. Porque yo siempre he alucinado con mi forma de actuar ante estas situaciones, similar, muy similar, a la de muchas otras mujeres. Quienes me conocen, saben que lo políticamente correcto no es precisamente mi fuerte, que soy muy clara hablando y que no me gustan las medias tintas. Pues algo pasa en mi mente, que cuando un “señor” me dice algo, hago lo mismo que la primera vez: sonrojarme, susurrar bajito y salir “por patas” de allí. Y sólo le encuentro a esto una explicación: que la programación a la que nos han sometido a las mujeres y a los hombres, es que ese ser “superior” que es el hombre, puede decirte lo que quiera, cuando quiera y donde quiera y que tú, mujer débil, ser inferior de la especie humana, tienes que aguantar este tipo de cosas por la calle y hasta incluso, si me apuras, estar agradecida por ser objeto de deseo. Ante el hombre, su superioridad y su deseo sexual, una tiene que agachar la cabeza y aceptar. Aunque no quiera. Porque esto es así y está institucionalizado desde el hombre de las cavernas (expresión, también socializada y admitida de la que se deduce que en las cavernas sólo había hombres y nunca mujeres, pero eso ya es tema de otro post).

Por otro lado, me preocupa también la actitud de los hombres, que no van de machistas e incluso ondean la bandera feminista o cuando menos la de la defensa de los derechos de la mujer,  cuando les cuentas historias de este estilo de las que, estoy más que segura, ellos han sido testigos y, algunas veces, hasta partícipes, aunque quiero pensar que no, que mis amigos no. La risa, y por lo tanto la incomprensión, están aseguradas. Te llegan a decir que ojalá y les pasara a ellos, que alguien les dijera eso por la calle porque se sentirían hasta afortunados, con lo que casi casi te están diciendo que de qué te quejas y que tendrías que sentirte halagada. Y ves que no se dan cuenta de la agresión que significa para nosotras hasta que les preguntas que qué sentirían ellos si un día por la calle, no ya una señora de buen ver (que es lo que les viene a la cabeza) si no un hombre con cara y voz de deseo, se les hubiera acercado cuando tenían catorce años y les hubiera espetado una grosería de este estilo. Y entonces, la cara les cambia. Porque ya no se trata de que el ser “inferior” y sometido de la especie les diga algo que les provoque, sino que otro ser “superior” a ellos les proponga algo que les repele. Y les haces hincapié en lo de los catorce años. Y las caras se les vuelven a cambiar.

Entonces es cuando ya les puedes explicar que lo que te dicen es como si te hubieran dado una bofetada en pleno rostro. Que es mucho más que una grosería y por supuesto, algo muy alejado de la gracia. Que es un ataque y que, como todo ataque, es violencia. Violencia verbal pero violencia al fin y al cabo. Violencia. Violencia machista. De la que sigue estando socializada y de la que, sin lugar a dudas, emanan otro tipo de violencias, entre ellas, la física. Que cuando hablamos de cambiar las cosas, no sólo nos referimos a las grandes, a las que parecen más importantes, a las políticas sociales. Hablamos también de eliminar esos comportamientos admitidos en la sociedad pero que, no por soportados, dejan de ser insoportables, y que muchas veces son el origen de otras conductas mucho más graves. Y que, además, las mujeres también interiorizamos esas actuaciones como algo normal. Que nos enseñaron que si vas por la calle y alguien te dice “tía buena”, o disecciona cada una de las partes de tu cuerpo como si fueras una rana y hace un comentario sobre alguna o algunas de ellas, tienes que sonreír y sentirte halagada. Y sonríes y te sientes halagada. Porque así te lo dijeron. Aunque no te haga ni gracia. Aunque sabes que, por respeto a otro ser humano, tú no lo harías nunca. Pero cuando ya pasa a mayores, te sientes ofendida pero también culpable y te miras a ver si te has puesto la falda más corta de lo habitual, los tacones más altos o el escote adecuado.

Foto: entretenimiento.terra.com

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Violencia. Culpa. Actitud interiorizada, socializada y admitida, disculpada muchas veces como un “micro-machismo” como si las proposiciones sexuales estuvieran al mismo nivel que cuando te sirven a ti el café y a él la cerveza.

Me preocupa también esa normalización de esta actitud por parte de las mujeres y creo que ése puede ser el origen de los resultados de la encuesta europea sobre la percepción de las mujeres hacia la violencia machista, en los que se desvela que las mujeres del norte creen que hay más machismo en su país que el que perciben las féminas de los estados del sur pero que las del sur denunciamos más que las del norte. Porque en el norte, un piropo, una mirada mal echada, una grosería, es considerada como una actitud machista mientras que en el sur, un piropo es agradecido, una mirada mal echada es soportada y una grosería es gruñida por lo bajinis. Y denunciamos más aquí porque las cosas llegan más veces, más lejos que allí motivado, quizás, porque la ciudadanía entiende como normales situaciones que no lo son.

Y que nadie piense que me voy a los extremos. A mí no me molesta que mis conocidos y conocidas me digan qué guapa estás esta mañana. Me lo tomo con tanta normalidad como cuando me dicen que qué mala cara tengo y que si he dormido bien. Pero sí me indigna que alguien a quien no conozco de nada se atreva, en voz alta, a opinar sobre mí, sobre mi aspecto físico, mi anatomía, mi forma de andar o las curvas o no curvas de mi cuerpo. Tanto para bien como para mal.  Porque siempre, cuando me he alejado unos pasos del hombre en cuestión siempre se me ocurren dos preguntas que nunca me he atrevido a plantárselas en la cara: ¿quién te has creído que eres tú? Pero sobre todo ¿q-u-i-é-n t-e h-a-s c-r-e-í-d-o q-u-e s-o-y y-o?

Miren Martín

Periodista enamorada de la comunicación. Soy una apasionada de la vida a la que analizo constantemente lo que me lleva muchas veces a no saber. Y me gusta la gente. La buena. No la otra. Y hay dos cosas que no soporto: la injusticia y la insolidaridad. Por todo eso quiero mirar. Siempre hacia adelante.

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