Aquella noche llovió

octubre 2, 2018 en Doce Miradas

Una noche de agosto en una ciudad en fiestas. Concierto junto a la playa. Con 16 años recién cumplidos, ¿qué más se puede pedir? Tocaba Vendetta y llovió, pero no es eso lo que recuerdo: lo que viene a mi memoria es la alegría de sus caras cuando las vi llegar, a la hora acordada, ya de madrugada. Yo esperaba algo inquieta, lo reconozco. Ellas, adolescentes, brillaban algo cansadas, claro,  pero felices.
Una joven de la misma edad, esa misma noche, una chica que podría haber sido cualquiera, no llegó a casa ni de esa manera ni a esas horas: pasó la noche en la comisaría, y es posible que haya olvidado la lluvia y la música. Casi puedo asegurar, sin embargo, que no olvidará nunca la noche en la que la violaron.
Supimos de lo ocurrido a la mañana siguiente. No hace falta que describa qué sentí, cómo me sentí. Ni cómo se sintieron ellas, mis hijas y sus amigas, que esa misma noche esquivaron esa bala atascada en el tambor de la violencia machista. Cada día, cada noche, se juega la macabra ruleta rusa.

Han pasado ya casi dos meses, y apuesto que aquella joven no leerá este escrito. Y, sin embargo, aquí estoy yo, pensando en ella, en esa chica que imaginaba el verano que estaba por llegar con la ilusión desbordada y ahora encara el otoño con heridas abiertas, a la deriva. Y no dejo de pensar en él, también joven, que una noche de agosto se convirtió en agresor sexual; que violó a esa chica, simplemente porque podía hacerlo.

Y también pienso en los otros jóvenes que lo intentaron, y en todas las mujeres que este año se han librado, quién sabe hasta cuándo.

Ellos y ellas son menores de edad; según los últimos datos, el 42% de las víctimas de la violencia sexual que ocurre fuera del domicilio lo son.

Ha sido el verano de las negaciones: “No es No”, grito unánime. Una de las jóvenes con las que compartí acto de protesta me decía: “ver tanta gente aquí nos da fuerza, pero esta noche volveremos a tener miedo al volver a casa”. El posicionamiento social es condición necesaria, pero no suficiente, como lamentablemente hemos podido comprobar.
Por la relevancia de los casos, las agresiones a mujeres menores de edad perpetradas también por menores han cobrado una enorme relevancia, y nos han llevado a cuestionarnos si la violencia entre jóvenes y adolescentes responde a razones ocultas que no hemos sabido interpretar.
Y nos preocupa, y nos revuelve, porque, demonios, no debería ser así.

Comprendo la impotencia de mujeres comprometidas desde siempre con el feminismo, que se revelan contra el amargo sentimiento de que tanto camino recorrido no haya servido para nada. Se miran incrédulas sujetando las viejas pancartas en las calles nuevas. Y se preguntan: ¿cómo ha podido ocurrir?
Intento, siempre que es posible, acercarme a la gente joven con vocación de entender. Hablamos y, sobre todo, escucho sobre las vivencias propias, que a veces me parecen contradictorias y otras tremendamente lúcidas.
Son las jóvenes que se auto-organizan en grupos de defensa en los institutos; las que salen a la calle, levantan la voz y se juegan la armonía (en casa, en sus cuadrillas, con sus parejas). Y también son las jóvenes que reproducen modelos de conducta antiguos, que se miran y se buscan en las tallas 34, que consumen novelas rosas (por mucho que sean en formato instagram stories, y escuchan música que denigra, ofende y agrede el sentido común y sus valores.
¿Son contradictorias? Por supuesto. Pero, ¿no lo somos el resto?

El dedo que señala la luna

No tengo una conclusión clara, menos aún una solución, pero en cada charla me reafirmo en un convencimiento: nos equivocaremos si cargamos sobre la juventud la responsabilidad que nos compete a todos y todas, como sociedad.
No es la juventud la que se resiste a avanzar, más bien al contrario. Es la sociedad en su conjunto la que todavía no ha logrado los cambios permanentes y duraderos que harán posible la transformación que necesitamos. Mientras esto no ocurra, seguiremos analizando datos que parecen, a primera vista contradictorios.

Cada cuatro años, el Observatorio de la Juventud de Euskadi realiza un estudio sobre, entre otras cuestiones, la percepción y valores en cuanto a la violencia contra las mujeres. Pues bien, hemos visto evolucionar la valoración de las y los jóvenes vascos desde 1997 y el avance ha sido enorme. En Euskadi la juventud muestra una posición radicalmente opuesta a cualquier uso de violencia contra las mujeres, y a día de hoy se acercan a valores absolutos quienes rechazan en un 100% prácticas como los insultos, no dejar decidir cosas, amenazar, prohibir salir de casa, obligar a mantener relaciones sexuales contra su voluntad o hacer desprecios. Si te interesa, puedes consultar las conclusiones de este estudio.

En el otro lado de la moneda, las estadísticas nos dicen que la violencia sexual fuera del ámbito familiar afecta cada vez a más jóvenes que no superan los 18 años de edad y, en la actualidad, como ya se ha señalado, el 42% de las víctimas son menores. Lo ha documentado en su informe anual Emakunde, y puedes ver el detalle a través de su página.

Ni el estudio estadístico ni el registro de las denuncias están equivocados: las señales que apuntan en direcciones apuestas, todas ellas, aciertan. Avanza la conciencia, pero los hábitos sociales en los que se inserta la violencia son aún demasiado poderosos.
Son las y los jóvenes quienes en mayor proporción ocupan el espacio público de ocio. Y el incremento en el número de denuncias no indica, necesariamente, que estemos padeciendo más agresiones, sino que las víctimas denuncian en más ocasiones.
La población joven y adolescente reproduce los roles sexistas que se transmiten a través de todos los medios en los que nos socializamos. El estereotipo nos atraviesa en todas las edades; entre jóvenes es todavía más acusado, porque a esa edad le corresponde construir sus referencias.
Antes de levantar el dedo acusador contra la juventud, seamos honestas. ¿Qué les estamos ofreciendo como referencia? Mantenemos los mismos prejuicios sobre qué es ser mujer y qué es ser hombre; los mismos patrones de modelo de relaciones basadas en el poder, el control y la dominación como capital social para ellos, y el sometimiento y la falta de libertad para ellas. La juventud normaliza la violencia y aprende a convivir con ella porque la sociedad, en su conjunto, lo hace.

Es tiempo de cuestionarnos todo

No caigamos en la impotencia; las cartas están marcadas, como recordaba María Puente el otro día, pero podemos cambiar las normas del juego. La violencia contra las mujeres es una construcción social, y como tal, puede revertirse, pero no será posible si no cuestionamos el trasfondo que perpetúa la desigualdad estructural.

  • Empecemos por qué concepto de seguridad queremos para nuestras calles, y pensemos si es deseable asumir que la libertad de las mujeres debe limitarse sin atacar simultáneamente los modelos de relación que fomentan la violencia. No podemos condenarnos a tener miedo las unas de los otros. No queremos ser valientes, ni que nos protejan o aíslen: queremos ser libres.
  • Analicemos el reparto de roles en todos los ámbitos, desde la infancia hasta el hogar, pasando por la representación social de qué significa ser mujer y ser hombre. Solo creando nuevos modelos de hombres y mujeres podremos cambiar nuestras relaciones.
  • Revisemos los currículos escolares, hablemos abiertamente de educación sexual, de diversidad, de autonomía y empoderamientos personales. Hablemos de los valores del respeto, del auto-cuidado, de la auto-responsabilidad y del buen-trato. La educación para la igualdad es el único antídoto contra la violencia.
  • Analicemos, y hagámoslo cuanto antes, las bases jurídicas sobre las que se definen los delitos sexuales. La Justicia solo merecerá este nombre cuando sea justa también para las mujeres. No nos faltan propuestas bien fundadas: necesitamos determinación para aplicarlas.

El tiempo de hacerlo es ahora. No cabe esperar más.

No podemos permitirnos ni una sola mujer más atemorizada, vejada o violada.

Ni una noche más de miedo. Quiero que mis hijas vuelvan a casa mojadas por la lluvia, no por las lágrimas.

Señoras, vivimos en un casino y la banca siempre gana

septiembre 18, 2018 en Doce Miradas

En los casinos, la banca siempre gana. En los últimos meses, diversos acontecimientos me han convencido de que vivimos en un casino y las mujeres llevamos las de perder. Es un bajón de conclusión pero ser consciente de algo, a veces propicia la solución. El caso es que la vida está trucada. Los trileros existen. Cómo si no se explica que las mujeres cada vez estudiemos más que los hombres pero sigamos ganando menos o que cobremos menor salario por igual o similar trabajo y en consecuencia percibamos pensiones que son un pasaporte a esa pobreza programada que nos contaba nuestra ‘mirada’ Ana Erostarbe en su reciente y certero post.

Cómo se explican si no esas sentencias judiciales en las que los hombres pagan poco o nada por violar a mujeres y niñas (también niños), una de las más sangrantes y reciente, la de ese hombre condenado a solo tres años y nueve meses de cárcel  por violar durante más de cinco años a una niña vecina de solo 5 años porque no quedó probado que opusiera resistencia. ¡Una niña! Una sentencia “impecable”, dijo después el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Cantabria, José Luis López del Moral. Sí señor, para estar muy orgulloso.

Cómo si no se explican esas noticias en prensa en las que los hombres que maltratan y asesinan son siempre presuntos, algo que no sucede cuando excepcionalmente se da un caso en que la mujer es la sospechosa de asesinar y  a ella se le priva del ‘presunta’.

Cómo se explica si no que pese a haber en España un 52,7% de juezas tengamos que ver en pleno 2018 esta anacrónica y vergonzosa foto como la imagen del inicio del año judicial? Lo mismo sucede en medicina, en educación, en la literatura supuestamente más elevada…

Cómo si no se explica la oposición social todavía hoy en día a que las mujeres puedan desfilar vestidas de soldado en una fiesta como los alardes de Irun y Hondarribia? El otro día, 11 de septiembre, en la tertulia de Está pasando de ETB, un señor del que solo me quedé con que era cirujano plástico, ‘cirujano plástico negro’ en adelante para mí, se mostraba indignadísimo con que las mujeres quisieran vestir de soldados. ¡Huy, huy huy, qué falta de respeto a la tradición y al rigor histórico! Todo, porque en la época recreada los soldados eran varones, justificaba.  Según ese argumento las mujeres no podríamos hacer nada porque en tiempos pasados todo lo considerado relevante lo hacían los hombres. No sé qué dirá la tradición sobre la cirugía plástica, por cierto.

Cómo si no se explica que se estén creando ‘granjas’ de mujeres para que tengan los hijos de otras personas con más recursos económicos. En España es ilegal, pero se legaliza de forma indirecta al permitir que se acuda a otros países. Cómo si no se explica que exista la prostitución y la trata, mayoritariamente de mujeres. Es un trabajo como otro cualquiera, dicen quiénes lo defienden. Y lo más sorprendente: cómo están luchando algunos hombres estos días a brazo partido, a raíz del fallido sindicato de prostitutas, defendiendo la libertad de las mujeres para ser prostitutas. Flipo con su tesón y entrega. Si pusieran tanto empeño en defender nuestra libertad para ocupar puestos de responsabilidad, la igualdad estaría ya conseguida.

Cómo si no se explican tantas y tantas cosas que van contra la lógica, la justicia, el sentido común y la bondad. Podríamos seguir y seguir. Ni siquiera es cierta esa máxima según la cual la igualdad está ya conseguida por ley y lo que falta ahora para lograr la igualdad real es el cambio de mentalidad, el cambio en la calle, en la sociedad. Tampoco eso es cierto. Esas injustas y vergonzosas sentencias que antes mencionaba  están sujetas a la ley. Las dictan porque la ley se lo permite.

Las mujeres nos esforzamos animadas por una ilusión de igualdad. Con esfuerzo lo conseguiremos, pensamos. Pero nos damos una y otra vez con techos que ni siquiera son de cristal para la mayoría, con paredes de cemento, con suelos pegajosos y puertas cerradas. Estamos jugando con la baraja trucada. Así no hay quien gane. Todas las estructuras que rigen nuestra vida las crearon hombres, en muchos casos machistas. Este casino se inventó para dejar a las mujeres fuera de juego. En la actualidad nos dejan entrar y participar, que creamos que tenemos opciones de ganar. Pero la banca siempre gana. Está pensada para que así sea. Para que los de siempre mantengan el poder. Claro que de vez en cuando alguna lo consigue. Como en los casinos. Esa es la estrategia: que sigamos pensando que se puede. ¿Pero a que nadie, fuera de la familia Montoya, cree que puede confiar en los casinos para ganarse la vida y prosperar?

A pesar de haber llegado a esta conclusión oscura, no renuncio a compartir este mundo en igualdad de derechos y oportunidades con los hombres. No hay nadie conformista en Doce Miradas. Aspiramos a la transformación social. Está claro que necesitamos cambios profundos, estructurales. No llegaremos a ninguna parte jugando con estas cartas que nos reparten. Con estas estructuras caducas. No basta con parchear la superficie. Hay que hacer saltar la banca o derribar el casino. Yo ya no me lo trago. Esta vida está trucada.

Contraprogramar la pobreza

septiembre 4, 2018 en Doce Miradas

Quizá sea condición necesaria para vivir sin miedo permanente. Me refiero a esto tan humano de vivir nuestras vidas más bien de espaldas a la muerte. Quizá sea también por ello que tendemos a pensar lo justo en la vejez, fría antesala de esa habitación a la que nadie quiere entrar. Pensamos poco en cómo será hacerse mayor, en cómo viviremos esos años lentos hasta el final.

Leo a menudo titulares que me hacen tomar conciencia de que, al menos estadísticamente, jugaré en desventaja en lo que a calidad de vida se refiere. Cierto que como mujer que soy viviré en torno a 5 años más que si fuera hombre, pero -no menos cierto- lo haré siendo sensiblemente más pobre.

Según datos de 2017, solo el 42% de las mujeres cobran una pensión hoy día, y su cuantía es un 37% menor que la de los hombres. De modo que, si la brecha que nos separa salarialmente en los años profesionales ronda el 23%, la jubilación no hace sino acrecentar sustancialmente dicha injusticia. En el caso de las mujeres -de acuerdo con la doctora en Economía, Júlia Montserrat-  dos tercios de esas pensiones no llegan, además, al salario mínimo interprofesional. Es decir, que de cada 10 mujeres hoy día, solo 4 cobran una pensión, y solo 1 de ellas cobra por encima de los 700 y poco euros al mes.

Haciendo un ejercicio de empatía, cuesta imaginar lo que debe ser enfrentarse al día a día para estas mujeres, otrora “trabajadoras”. Cálculos arriba, cálculos abajo… Pero lo que de verdad duele es imaginar lo que debe ser la vida para esas otras mujeres que lo que perciben son pensiones no contributivas. Porque, estas sí, están mayoritariamente dirigidas a las mujeres. Ese enorme “montón” de mujeres que “no trabajaron” fuera de casa, o que lo hicieron en la oscuridad legal de los trabajos peor pagados, y que hoy día arrastran sus últimos años con 370 euros al mes. Mujeres mayores por debajo del umbral de la pobreza.

Pobreza programada

Entre los motivos de esta pobreza programada, está, sin duda, la propia configuración de nuestro sistema de pensiones. Un sistema cuestionado estos últimos meses por los miles y miles de pensionistas que han tomado las calles en ejemplar ejercicio de democracia. Hombres y mujeres que cuestionan su justicia, a la par que reclaman su derecho a vivir con dignidad. ¿Pero qué hay de ellas? ¿No merece una mirada específica de género el actual cuestionamiento del sistema?

  • Un sistema ajeno a la brecha salarial; esa injusticia tolerada según la que las mujeres que sí trabajaron, cobraron menos por igual labor y merecen, por tanto, menor pensión.
  • Un sistema que convive con una oportuna oferta de planes de pensiones. Planes que las mujeres tampoco pueden engordar en la misma proporción que ellos. Un 21% menos, concretamente. Menos dinero, menor capacidad de ahorro privado.
  • Un sistema que vive de espaldas al valor del trabajo en el hogar y al del cuidado de hijos e hijas y mayores; actividades enormemente valiosas, sobre las que literalmente se sostiene nuestra sociedad. Actividades a las que muchas de estas mujeres que hoy sobreviven con angustia sin solución dedicaron sus años “profesionales”.
  • Y un sistema que en 2019 introducirá la esperanza de vida como nuevo factor de cálculo para fijar las pensiones, esta vez penalizando a las mujeres por vivir más tiempo. O por la posibilidad de vivir más tiempo, en realidad.

Un sistema, en suma, machista, insolidario y con vocación de perpetuarse en la desigualdad. Fiel reflejo de la sociedad a la que representa y sustento económico de todo lo que está por cambiar.

Terrenos por conquistar

Leo por otro lado que los hombres negocian sus salarios hasta 4 veces más. Que nosotras solo nos presentamos a un empleo cuando estamos 100% seguras de que encajamos, y que ellos lo hacen cuando creen hacerlo al 60%. Leo que tendemos a no defender nuestros propios logros y conquistas, que tendemos a pensar que será nuestro trabajo el que hable por nosotras y que, por ello, entrenamos poco el hábito de pedir asertivamente, o el de capitalizar abiertamente nuestros méritos. Y, al unir unos datos y otros, las consecuencias de tanto azar se hacen reveladoras en términos de pérdida de riqueza y beneficios asociados.

Según un estudio en 26 escuelas de negocio de todo el mundo, estas consecuencias son, de hecho, formidablemente trascendentes para las mujeres. Tras medir la brecha salarial entre estudiantes de postgrado que acababan de entrar en el mercado laboral, situada en 4.600 dólares/año de media, Catalyst extrapoló las cifras hasta calcular la diferencia en 40 años de vida profesional. El resultado: 431.000 dólares menos para las mujeres, motivados por las diferencias de pago en origen y el previsible no reclamo de incrementos salariales que ellos, en cambio, sí realizarán. Para ti que estás leyendo: 370.000 euros menos por ser mujer.

De forma que, contra ese futuro casi programado, se me ocurre que la conclusión para las mujeres parece tan clara como necesaria. Debemos contraprogramar: cuestionar el sistema en su conjunto, analizar con perspectiva de género cada esquina, cada asunto, cada decisión económica, cada práctica social, disfrazada de tradición o modernidad. Debemos reivindicar el valor de los trabajos esenciales, al tiempo que debemos reorganizar la sociedad de tal modo que su peso no continúe recayendo sobre nosotras de manera tan abrumadora aún. Toca también perder el miedo a capitalizar nuestros logros profesionales, comprender la importancia de reclamar subidas de sueldo de forma proactiva, la de negociar en nuestro favor cuando toca. Porque no hablamos de dinero. Hablamos de bienestar. Hablamos de derechos. De igualdad. De desigualdad.

De otro modo, nuestros gestos, cesiones y omisiones de hoy, serán las causas de mañana. Su eco, ineludible. Y el sistema -con apariencia de inocente azar- seguirá enredándonos como en la canción, poderoso e invencible, hasta escoger para nosotras el vestido de la vejez y la pobreza.

* Adaptación de artículo originalmente publicado en Gizadiberri.

De cómo fui misógina y me convertí en feminista

julio 24, 2018 en Doce Miradas

Era yo muy niña y ya me di cuenta de que pasaba algo. Me percaté muy pronto de que, a mi alrededor, la vida de los hombres no era igual que la vida de las mujeres. Entonces no sabía decirlo con estas palabras de adulta, pero ese conocimiento ya estaba en mí. Ya había constatado que los hombres eran más libres y más felices; reían más y hacían cosas más variadas e interesantes. Decían cosas más sabias. Habitaban un universo más amplio, más rico, más luminoso, más divertido.

La vida de las mujeres estaba mucho más limitada, más constreñida. Apenas salían de sus casas a hacer las compras (“a recaus”, decíamos en mi barrio) y, en las tardes de verano, se sentaban en la calle, bien pegaditas a la pared, sin separarse siquiera unos metros del hogar, a coser, nada de estar mano sobre mano charlando sin más, como hacían los hombres en las tabernas.

Las mujeres de mi alrededor casi se tumbaban en el suelo para fregar, siempre vestían ropas de faena y tenían conversaciones, en el mejor de los casos, muy aburridas (la limpieza, la costura, la cocina…) y en el peor de los casos, muy crueles, nada solidarias para con las demás mujeres: “Esa es una cerda, que no limpia. Aquella, una correcalles; se pasa el día fuera de casa. ¿No tendrá nada que hacer? Aquella otra, una golfa, una fresca…”.

Estas conversaciones me espeluznaban, me horrorizaban. Veía en ellas el odio a lo diferente, a la libertad de las demás. Un odio de esos que destruyen a quien lo siente.

Por todo eso y por más cosas que no puedo enumerar exhaustivamente, yo no quería ser mujer, yo detestaba ser mujer. Quería permanecer para siempre en el limbo asexuado de las niñas. Me aterraba crecer y convertirme en uno de aquellos seres oscuros. Me asqueaban sus charlas, su vocabulario; tenía una colección de palabras que aborrecía y todas estaban relacionadas con los universos femeninos. Despreciaba y huía de todas las ocupaciones “de mujeres”: limpiar, coser, cuidar las plantas y las flores, cocinar…

Me espeluznaba la idea de empezar a menstruar un día, con todo lo que aquello significaba: no poder bañarme en la playa ni en la piscina, llevar entre las piernas un bulto horroroso y seguramente visible para todo el mundo y, por encima de todo, lucir ya grabada para siempre, bien visible, en la frente, sobre la piel, la marca estigmatizante de ser “mujer”.

Pero también sabía que todas las mujeres del mundo no eran como las de mi alrededor. Gracias a la cultura, al cine, a los libros, al conocimiento, sabía que había otras formas de ser mujer. Había actrices, había cantantes, había políticas (muy pocas, pero las había), había profesoras, había ¡escritoras! Y todo esto lo supe más bien gracias a la cultura “informal” (el cine, la televisión, las revistas, las novelas), no a la formal u oficial que nos llegaba a través de los libros de texto, que eran el reino de la masculinidad exclusiva.

Y ahí estaba yo, en mi adolescencia o preadolescencia, queriendo vivir en otro mundo, rechazando mi destino en el mío propio, sin saber por qué sucedía aquello que no quería que sucediera, cuando, de repente, descubrí el feminismo.

Fue gracias a un libro: A favor de las niñas, de Elena Gianini Belotti. 

A favor de las niñas desvelaba  el funcionamiento de los mecanismos que se ocultaban en los gestos cotidianos, las reacciones automáticas, los prejuicios y las costumbres, y se detenía especialmente en los condicionantes que influyen en la formación del papel femenino en los primeros años de la infancia.

Lo devoré con ansia de conocimiento desde la portada a la contraportada. Y lo entendí todo. A mí el feminismo me explicó el mundo.

El feminismo me abrió la enorme posibilidad de quedarme con lo bueno de ambos mundos: el femenino y el masculino. Me dijo que ser mujer no era un destino en sí mismo, que se podía ser mujer y ser libre. Como dice Uxue Alberdi en su novela Jenisjoplin, después de haber estado “enganchada a la cultura épica”, pude huir de ella y empezar a defender la cultura de la debilidad, de la vulnerabilidad y, al mismo tiempo, “gestionar el conflicto, aprender a ser libre y reservarme el derecho a la disidencia”.

Claro que este cambio no fue inmediato, total ni repentino. Ni siquiera puedo decir que lo sea ahora, varias décadas después. Guardé durante mucho tiempo demasiados tics misóginos. Y todavía me descubro, avergonzada, sorprendida y un poco aliviada por haberme dado cuenta, guardando algunos hoy. Fui, por ejemplo, una de esas adolescentes que prefieren la compañía de los hombres a la de las mujeres, que buscan un poco miserablemente su aprobación, que la consideren, al menos intelectualmente, una de ellos. Me esforzaba por aficionarme a los gustos masculinos; presumía de tener gustos masculinos, de que me gustaba el cine “de tíos”, la música “de tíos”, la literatura “de tíos”. El mayor halago que podía recibir de un hombre era “Jo, es que tú eres como un tío”.

Sigo afanándome en la lucha contra mis prejuicios sexistas, por no valorar más y mejor las opiniones y las aportaciones masculinas que las femeninas, por no exigir a las mujeres más que a los hombres (más amabilidad, lealtad, cercanía, intimidad…), por que no sea la apariencia física lo primero que escrute en una mujer, por ser más tolerante con mi propio cuerpo… Por desprenderme, en fin (y no sigo enumerando porque la lista es interminable), de todos esos prejuicios heredados desde siglos e incrustados como parásitos en mi mente.

Quiero hacerlo con empeño todos los días de mi vida. Con empeño, con humildad, con sinceridad, dejando a la vista mis propias contradicciones, recreándome en cada nuevo descubrimiento y sabiendo que esta tarea, este aprendizaje, no acabará nunca.

El poder de la conexión entre mujeres, la llave del futuro.

julio 3, 2018 en Doce Miradas

“Ezina ekinez egina”

Asegura la comunidad científica que cada electrón del universo está en constante movimiento, incluso aquello que parece permanecer inmóvil, una piedra o un mueble, contiene átomos en cuyo centro vibran destellos diminutos de luz. Su acción vibratoria es tan lenta que le hace permanecer estático.

Esa vibración nos conecta física y mentalmente, sin excepción, produciendo cada acción o pensamiento efectos directos en otros seres e incidiendo en sus vidas, como las redes sociales a través de las tecnologías nos permiten llegar a otras personas que incluso no conocemos. Encontrar la forma de equilibrio entre todas las fuerzas que nos conectan es el acertijo para el que nos gustaría obtener respuesta en dirección a asegurarnos vivir en un constante estado de bienestar.

En cuestiones de género, la balanza durante siglos ha tomado una posición muy poco ventajosa para las mujeres. Equilibrarla supone ejercer un contrapeso, un golpe de fuerza que inicie la oscilación, y ser persistentes en mantener la intensidad del baile hasta que llegue a posicionarse en equilibrio.

Esa transformación de una pieza que permanece sin brillo por efecto del paso del tiempo, requiere todas las manos expertas e inexpertas para que el impulso mantenga la estructura intacta, conjugando realidad social, política, económica, académica, cultural, englobando todos los sectores que conforman el soporte central para ejercer una presión segura desde la palanca de liberación, también entendida como sistema por el que se rige una sociedad.

Dentro de ese sistema nos encontramos las personas, mujeres y hombres, a ambos lados ejerciendo el peso que hace oscilar los platillos. Ese golpe de fuerza o contrapeso en pro del equilibrio ya se ha iniciado, estamos asistiendo al fenómeno más importante de la historia en respuesta a tantos siglos de machismo globalizado, el imparable movimiento de mujeres que arrastramos injusticias ancestrales transmitidas de mayores a menores, sufrimos las actuales y decidimos poner fin a las futuras impulsando una ola que va creciendo, sumando más y más número de voces en manifestaciones ejemplares como la del 8 de marzo. Las movilizaciones internacionales han llegado para quedarse hasta terminar con tanta injusticia.

Hacen falta manos, unas para limpiar la estructura, otras para liberar peso, manos para impulsar en sentido contrario, cientos, miles, millones de manos como la tuya, que ayuden a desoxidar tanto pasado y lograr el equilibrio en las posiciones, que se pueda mover por fin con entereza y libertad oscilando hacia ambos lados en paridad.

Hoy día 3 de julio, tan solo hace 63 años que el sufragio femenino se hizo realidad en México, que las mujeres votaron por primera vez. A lo largo de la historia, siempre hemos encontrado perfiles valientes que han cuestionado la estructura, el sistema, gestos de mujeres contra la historia única. Un sincero homenaje desde aquí a todas aquellas que han liderado movimientos individual o colectivamente, mujeres profesionales, académicas, activistas que nos han allanado el camino. Nos ha llegado el testigo, es hora de actuar.

¿Y cómo aportamos?

Leer historia, revisar fuentes estadísticas, recabar información sobre datos cuantitativos y cualitativos en Observatorios, acudir a jurisprudencia y legislación para conocer nuestros derechos, pero sin quedarnos ahí, cuestionándolos para plantear nuevos modelos, descubriendo nuestras fortalezas de liderazgo, buscando mujeres referentes en quien inspirarnos, activándonos, sumando en organizaciones ya creadas en pro de la mujer.

Investigando el alcance de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que la ONU desarrolla a través de la Agenda 2030, vemos que el número 5 está enfocado a lograr la Igualdad de Género, ininteligible y lamentablemente ha habido que introducirlo a pesar de que los demás son consecuencia de una cuestionable gestión en los recursos económicos o naturales y, sin embargo, el ODS 5 viene determinado por el nacimiento: si nace una niña en el mundo hoy, tiene ante sí en potencia un elenco de desigualdades y riesgos a sortear en la vida que evitará por naturaleza si nace siendo niño. Esperamos sacarlo del listado de ODS con tu ayuda; revisa cómo integrarlo en tu dinámica social, económica, empresarial o cultural.

Si estamos emparejadas y tenemos la suerte de tener un trabajo, innovando en nuestro seno personal y profesional, insistiendo en cambiar hábitos en nuestros círculos familiares fomentando la implicación de la pareja en las tareas domésticas, en la educación inclusiva de la prole, persiguiendo la efectiva conciliación laboral, imponiéndonos a la adversidad una, dos veces, a la tercera, a la quinta, a la que decidas sin resultados, planear alternativas.

Puede ser el momento para emprender un negocio que nos permita ser dueñas de nuestro tiempo, generar riqueza y empleo y posicionarnos en puestos de decisión. Según los últimos datos del Global Entrepreneurship Monitor, repunta la actividad emprendedora y disminuye la brecha de género. Si ya eres empresaria, facilitando la equidad en tu empresa.

Siempre podemos tomar parte activa en los centros escolares, universitarios, de formación no reglada, investigar datos y factores de cambio y unirnos, crear red, formar parte de una comunidad, la que más se adecúe a tu formación o experiencia; si eres científica, puedes ser mentora en iniciativas STEAM que favorecen el impulso de vocaciones científico-tecnológicas en niñas.

Si sufres violencia de género, piensa que, por efecto de esta conexión universal, estamos todas las mujeres en ti y tú en todas, no estás sola, siente esa fuerza para actuar y elige con cuidado la mejor ayuda para salir entera de tu prisión.

El futuro llega, la población se multiplicará por el aumento de la natalidad en los países en vías de desarrollo. Según datos estadísticos, pasaremos de 7.400 a 11.000 millones de personas en el mundo en 2100 y las mujeres somos la mitad de esa cifra, todas juntas podemos cambiar lo que nos propongamos, animémonos, aliniémonos bajo un mismo mensaje y seremos invencibles. La sociedad nos necesita, somos la llave del futuro de la humanidad, la reproducción es y seguirá siendo la única fuente de vida.

Y si eres hombre, gracias por ayudarnos a equilibrar la balanza, por abanderar el movimiento entre los colectivos que estén a tu alcance, escuchando a la mujer que te acompañe en la vida, siendo proactivo en tu seno familiar, evitando desigualdades, fomentando todo aquello que esté en tu mano para promover el cambio. Tu compromiso concienciará en tu entorno profesional, personal o de ocio.

Recordemos que la transformación empieza por la educación, en unión creamos la cultura de toda una sociedad, la transformamos, y tal como la cuidemos, así la viviremos.

 

 

 

Gestos de mujeres contra la historia única

junio 12, 2018 en Doce Miradas

Toni-Morrison«Si hay un libro que quieras leer, pero no se ha escrito todavía, debes ser la persona que lo escriba”. Toni Morrison, escritora.

Hace unos meses un silencio llamó mi atención, fue el silencio provocado y medido de Emma González, joven estadounidense superviviente del tiroteo de Parkland, EE.UU, en el que 17 personas fueron asesinadas y 15 resultaron heridas. Al inicio de su discurso, Emma González calló, provocando un enorme silencio de 6 minutos y 20 segundos, el tiempo que duró el tiroteo. No fue un hecho improvisado ni casual, fue un acto medido, directo y contundente que impactó de lleno en la sensibilidad y la conciencia de miles de personas en todo el mundo. Así es el activismo cuando suelta los resortes: directo y contundente. Fue un acto pensado como homenaje,  y como reivindicación, que nos interpelaba en relación al debate sobre el acceso a las armas en EE.UU.

Emma González no ha sido la única mujer joven que, en los últimos tiempos, nos revuelve del asiento, nos conecta con su mensaje y nos llama la atención para denunciar situaciones injustas y vulneraciones de derechos.

Otro caso con gran repercusión en redes fue el de Naomi Wadler, activista estudiantil de tan solo 11 años, que en el corazón del Capitolio puso nombre y rostro a las mujeres afroamericanas, víctimas también de la violencia de las armas: «Estoy aquí hoy para reconocer y representar a las chicas afroamericanas cuyas historias no salen en la portada de los diarios nacionales, dijo.

Las palabras de la joven Naomi me hicieron recordar el libro ‘El peligro de la historia única’ de la gran escritora nigeriana, Chimamanda Ngozi Adichie, donde nos cuenta cómo la historia se ha utilizado para poseer, calumniar, ocultar y negar realidades. Quién se ha encargado, y se encarga, de ofrecer la historia única, ha sido el poder: patriarcal, económico, religioso, cultural, pero el poder. La ocultación de realidades y la generación de estereotipos son las dos grandes victorias de la historia única, o lo que ahora se llama “el relato único”.

Las dos jóvenes americanas de las que hablaba al principio, Emma y Naomi, cansadas de escuchar una historia contada por otros en la que no se veían reflejadas, alzaron la voz (y en esta ocasión su silencio), para captar nuestra atención e invitarnos a ver la realidad desde otra perspectiva, la suya, la de dos chicas que se expresan para desmontar el relato dominante.

Movimientos como #MeToo, #TimesUp o el más reciente y cercano #SiConMujeres, impulsado para forzar la participación de mujeres expertas de ciencias sociales en congresos y jornadas, han llamado nuestra atención para ofrecernos una realidad vivida por las mujeres, pero ocultada por quienes construían la historia única: la realidad de las violaciones, los abusos y la invisibilidad de las mujeres en tantos espacios.

Pero no es cierto que todo se haya desencadenado ahora como una gran explosión surgida de la nada. Muchas mujeres antes han protagonizado gestos que han supuesto cambios trascendentales. Para mi, uno de los más representativos fue el protagonizado por Rosa Parks, que abanderó con un solo gesto la lucha contra la segregación racial en EE.UU cuando se negó a ceder su asiento en un autobús público de Alabama. En aquellos años, lo población negra sufría la humillación de no poder compartir con los blancos los mismos lugares públicos. Las leyes Jim Crow, heredadas de la esclavitud del siglo XIX, fueron diseñadas para que los y las afroamericanas se sintieran inferiores y así mantenerles marginadas de la sociedad. Hasta que Rosa Parks dijo NO. “Aquel día estaba fatigada y cansada. Harta de ceder”, diría después en sus memorias.

Así han respondido tantas y tantas mujeres a lo largo de la historia que, cansadas de ceder, eliminaron barreras y rompieron estereotipos. La revolución de las mujeres lleva tiempo fraguándose, no me llegan los dedos de las manos de las Doce Miradas para enumerar a todas las mujeres que con pequeños-grandes gestos, cada una en su ámbito, desmontaron el relato, se convirtieron en pioneras y nos dejaron la huella por la que seguir caminando.

Un exquisito quinto aniversario

junio 5, 2018 en Doce Miradas

El 29 de mayo celebramos nuestro quinto aniversario en Icaza Colaborando, un espacio acogedor ubicado en Bilbao que resultó perfecto para llevar a cabo la dinámica del ‘cadáver exquisito’. Para este reto de creación colectiva conseguimos liar a más de 5o personas: caras conocidas y amigas… ¡Qué emoción!

Sobre las 17:30h. ya teníamos casi todo listo. La gente iba llegando, tomaba un vino, picaba algo y charlaba momentos antes de empezar el ejercicio de pensamiento colectivo que habíamos diseñado.

Hubo incluso quien quiso unirse en el último momento.

Entre las muchas emociones de la jornada, destacamos el reencuentro con tres exmiradas, que siempre formarán parte de la docena honorífica. Macarena Domaica, Mentxu Ramilo y Miren Martín. ¡Qué subidón tenerlas cerca de nuevo!
Por supuesto, tuvieron su lugar en nuestra presentación del acto…

Ante las miradas expectantes de nuestra exquisita audiencia, comenzamos a explicar en qué consistía la dinámica del cadáver exquisito y cómo podían comenzar a dar rienda suelta a su creatividad. «Importante -recalcó Christina Werckmeister- no pensar». Y es que el automatismo era clave para lograr un resultado interesante y genuino.

Las miradas cómplices se pusieron manos a la obra. Distribuidas en siete mesas comenzaron a jugar con sus collages y textos. Revistas, tijeras y la imaginación desbocada. Nadie sabía cuál podía ser el resultado porque cuando algo se basa en el inconsciente…

Mientras, en las mesas bullía la creatividad; las Doce Miradas rondábamos atentas y, con unas cámaras polaroids que sacamos del baúl de los recuerdos, fotografiábamos el avance del trabajo. Las instantáneas (nunca mejor dicho) iban siendo pegadas en un mural. Se trataba de reservar un lugar especial a las verdaderas protagonistas de la jornada.

Fotografía realizada por Virginia Gómez.

Fotografía realizada por Virginia Gómez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tras una hora de dinámica, recogimos los trabajos de cada mesa…

y el resultado fue inmejorable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guardamos este trabajo como oro en paño; sabemos que la diversidad es clave para seguir avanzando y ¡os queremos cerca! Ahora, tenemos mucho que hacer.

Eskerrik asko!

¿Celebras con nosotras el quinto aniversario de Doce Miradas?

mayo 22, 2018 en Doce Miradas

Como os contamos hace poco, cumplimos cinco años con este proyecto que se llama Doce Miradas, tiene formato de blog y el compromiso de trabajar por la igualdad con el feminismo como herramienta y reivindicación. Todos los aniversarios son para nosotras una celebración porque significa que el proyecto sigue vivo, pero sin duda este año sentimos algo diferente. El momento tan especial que vive el feminismo, la efervescencia en las calles, esta especie de despertar que parece haberse producido en la sociedad con fenómenos como el #MeToo, el #YoSiTeCreo o las movilizaciones masivas del #8M nos han ilusionado y emocionado. Después de tantos años en que parecía que nada se movía, vivimos con esperanza este cambio de comportamiento.

Toda esta ilusión tiene sin embargo una cara B y es que no podemos olvidar que en el origen de todas estas rebeliones están los abusos y violaciones a mujeres, la brecha salarial, la infrarrepresentación de las mujeres en la esfera pública, en los espacios de poder, la crianza y cuidados de familiares con enfermedades, discapacidades o en la ancianidad que recae sobre las espaldas de las mujeres… En definitiva, injusticia, desigualdad, machismo. Y sobrevolando, la gran pregunta:  ¿Y ahora qué? Porque queremos que haya cambios. Hay que avanzar. No puede quedarse todo en unos eslóganes, unos hashtags y unas manifestaciones exitosas.

En medio de este clima llega nuestro quinto aniversario y queremos celebrarlo con todas las personas que seguís Doce Miradas. Saber qué opinas, debatir y reflexionar contigo. Para ello, durante el evento del 29 de mayo, llevaremos a cabo un ejercicio de pensamiento colectivo mediante la técnica creativa del cadáver exquisito. ¿Te suena? Lo practicaban los surrealistas para crear arte de forma colectiva. Tiene que ver con el inconsciente y el absurdo. Confiamos en que el resultado de esta inteligencia colectiva nos ayude a enfocar el futuro de Doce Miradas. Os necesitamos. Prometemos que será divertido, creativo y útil. O no. El absurdo es lo que tiene.

¿Te has apuntado ya? Si no has reservado tu plaza aún, hazlo ahora porque el aforo es limitado. El evento será el martes, 29 de mayo, a las 17.30h en el espacio Icaza situado en Mazarredo 47, Bilbao. Estamos deseando verte. ¡Apúntate aquí!

El orden de los factores sí altera el producto

mayo 15, 2018 en Doce Miradas

En Matemáticas, la propiedad conmutativa es una propiedad fundamental que tienen algunas operaciones, según la cual el resultado de operar dos elementos no depende del orden en que se toman. Esto es, el orden de los sumandos no altera la suma o, como nos enseñaron a repetir cansinamente en el colegio, el orden de los factores no altera el producto. O eso creíamos.

La ley 40/1999, de 5 de noviembre, posibilitó la elección del orden de transmisión de los apellidos. Si bien hasta la reforma de la ley del Registro Civil, de 2011, de no especificar lo contrario, la fuerza de la costumbre hacía que se impusiera el apellido paterno, apellido que también prevalecía en caso de desacuerdo. Desde 2011, sin embargo, padre y madre deben acordar antes y de forma obligatoria en qué orden dispondrán los apellidos de su descendencia.

Mi hija nació en 2012, un año después de esta reforma. Con esta inocencia conmutativa flotando sobre nuestras cabezas, mi marido y yo le pusimos primero mi apellido. Cada vez que surgía la cuestión durante el embarazo, quedaba claro que a ambos nos ilusionaba que la niña llevara nuestro apellido en primer lugar y no acabábamos de tomar la decisión definitiva. Días después del nacimiento, él vino del Registro Civil diciendo que finalmente le había puesto primero mi apellido. “Qué menos”, dijo. Nueve meses de embarazo y un parto habían desequilibrado aquella ilusión equivalente. Aquel fue un gesto precioso, un momento íntimo de nuestra recién estrenada familia. Fue un regalo de maternidad y yo me sentí agradecida por su reconocimiento.

Fue solo con el paso del tiempo cuando empecé a recibir opiniones y contraste no buscado en relación con la cuestión de los apellidos. Me encontré respondiendo a la misma pregunta una y otra vez. “¿Por qué?”, me preguntaban. “¿Por qué le has puesto tu apellido primero?”. En este tiempo, de hecho, los más osados me han llegado a preguntar también si soy madre soltera o si estoy divorciada.

El nombre que nos dan al nacer y los apellidos que recibimos forman parte de nuestra vida, y contribuyen a la creación de nuestra identidad y nuestra propia historia. Nos vinculan con nuestros progenitores y líneas genealógicas y son, en definitiva, parte de nuestro patrimonio personal. Es por eso que identidad y persona sitúan esta cuestión en un terreno muy privado. Quizá, por ello, en su momento me sorprendía tanto aquella pregunta abierta e incansable: ¿Por qué?”. Y quizá por ello yo no devolvía la pregunta: “¿Y tú por qué no le has puesto primero el apellido materno?”. Mi respuesta era, en su lugar, algo sencillo: “¿Y por qué no?”

A medida que la noticia se extendió más allá de mi circulo personal, tuve ocasión de toparme con gente que no solo preguntaba con abierto descaro, sino que añadía a la suma un lenguaje no verbal en el que se podía entrever un halo que me cuesta definir con precisión. Una mezcla de reproche, desconfianza, o incomodidad, quizá. Estas madres modernas de hoy…

En otro orden de cosas, pero no alejado del objeto de este post, cuando la niña nació decidimos no ponerle pendientes. Decisión que también generó preguntas. Sin ahondar en la cuestión de la construcción cultural ni de los estereotipos, a mi modo de ver, la estética, el credo o la ideología de mis hijos, son y serán cosa suya. Por muy hijos míos que sean. Soy madre con mis errores y aciertos. Acompaño, doy ejemplo, aun sin querer, y tengo una gigantesca responsabilidad, pero los pendientes…, los pendientes son y serán cosa suya.

De la misma manera que una aprende a ser madre con la experiencia, aprende a ser feminista con vivencias cotidianas como éstas. De forma que lo que en su día fue un momento privado en una a habitación de hospital, ha ido ganando progresivamente en importancia, conciencia y activismo, hasta convertirse en un gesto de valor público.

Hoy día, me siento afortunada de que la decisión que tomamos en su momento, del nivel de cohesión con mi pareja que la hizo posible, del ejemplo que con ello damos a nuestra hija e hijo. Porque mientras construimos esa sociedad igualitaria, ellos crecen en una familia igualitaria. O eso intentamos.

Las mujeres debemos hacer uso de nuestros derechos y recorrer convencidas este camino. Cierto que son muchos los frentes abiertos, pero, por fortuna, algunos de ellos están en nuestra mano. Como dice Noemí Pastor sobre las resistencias al lenguaje feminista “si quiero trabajar por la igualdad, tendré que hacerlo también en mi terreno, también en mi casa”.

De modo que, el orden de los factores, a veces sí altera el producto. Y mucho. Porque alterar el orden de ciertas cosas, altera algunas miradas. Y solo con nuevas miradas, podremos llegar a nuevos lugares.

5 años golpeando techos de cristal / 5 urte jo eta jo kristalezko sapaien kontra

mayo 3, 2018 en Doce Miradas

Tenemos los pulmones llenos de aire fresco, el latido de nuestro blog es intenso y queremos celebrarlo contigo. ¿Paradoja? Que estamos preparando un aniversario en el que ¡habrá cadáveres! No podemos contar más. Tan solo necesitamos miradas amigas como la tuya para ayudarnos a enfocar el futuro. ¿Te atreves? En ese caso, reserva fecha (29 de mayo a las 17:30) y apúntate aquí (AFORO LIMITADO).