Veo – veo, ¿qué ves?

octubre 15, 2019 en Doce Miradas

El día 11 de octubre se celebró el día Internacional de la niña. Quisiera traer a este espacio al colectivo infantil, considero que está silenciado y son el futuro.  Como no generan ingresos directos, sus voces no interesan. Creo que nos equivocamos, tendríamos que darles más peso en la toma de decisiones que nos y les afectan.

Muchas veces nos quejamos de que pasan mucho tiempo con el móvil pero ¿acaso provocamos su conversación? Hay una forma sencilla de atraer su atención y los resultados siempre son sorprendentes. Atención a este ejemplo:

Suele ser habitual que en las celebraciones familiares o de cuadrillas del colegio me acerque en la mesa al grupo de menores para participar de su siempre genuina conversación. Es un saludable ejercicio, una recomendable forma de mantenerse joven, la diversión está asegurada y el potencial de la sabiduría en su estado más puro aprovecha tanto o más que el propio alimento físico. En ocasiones, lanzo temas para que saquen sus ideas (edades entre 4 y 16 años) y enriquecer así las mías.

Recuerdo un interesante encuentro estando de viaje este verano en el que nos miramos en esa zona de la mesa al escuchar a un adulto en plena comida decir lo siguiente:

“Vaya tela, siglos de machismo y justo me toca a mí nacer en la era del cambio”

Se desprenden muchas cosas (también sensaciones y ganas) de esta apoteósica frase, incluso una buena: es evidente que estamos viviendo una época de transformación, el cambio está en proceso.

Fuente: Freeda

Cuatro preguntas bastaron, el resultado puede servir de estudio para cualquiera que lo mire en perspectiva. En un momento se pronunciaron acerca de: natalidad, capitalismo, Iglesia, conciliación, violencia de género, formación, consejos de gobierno, tecnologías, etc. Evitaré dar datos de quienes participaron para no incidir en los estereotipos de género. Un dato relevante, casi siempre hablaban en masculino, este detalle denota la urgente necesidad de incidir en la formación pro-equidad de género desde las edades más tempranas.

Me apresuré a escribir todo al llegar a casa para no perder detalle de sus respuestas:

Dice siglos de machismo, ¿qué es eso?

DJ.- Algo que pasaba en la era de los dinosaurios (se ve que las palabras le sonaban añejas o que le resulta ajeno)

JR.- Pues significa que en la época de los dinosaurios, desde que nacías formabas parte de una tribu donde los hombres se organizaban para asegurar la comida y protegían a la familia y mientras, las mujeres cocinaban lo que traían ellos de la caza y tenían a los hijos. Nadie les obligaba a hacer eso, y no hacía falta casarse, todos eran como una gran familia y lo hacían para asegurar la vida. Es que lo más importante era la vida. Las mujeres al poder dar la vida, eran tenidas en cuenta como el bien más valioso junto con los hijos, como un tesoro, por eso los hombres salían a pelear, y muchos morían peleando, es que hay que ser muy valiente, os imagináis a vuestro aita ahora enfrentándose a un Mamut? (risas acompañadas de gestos imitando la situación)

BG.- JR, ¿has dicho que los niños eran importantes?

DJ.- Ah! y entonces, como ellos salían a pelear, se hicieron más fuertes y así se volvieron superiores y ahí se convertían en machos? Entonces, machismo viene de macho!? (cara de descubrimiento)

PL.- Pues el machismo está todos los días en la tele, no es algo del pasado

Ahá, y dice que estamos de cambio, ¿qué pensáis?

JR.- Pues luego ya sí que hubo que casarse y los maridos traían el dinero para comprar la comida

PL.- Eso sería antes, mi madre también trae el dinero y compra la comida

BG.-Y la mía! Y mi padre! Por eso no vienen a recogerme cuando salgo del cole

JR.- Pues eso no es lo más grave, en otros países hay culturas en las que hay niñas obligadas a casarse con adultos, la hija de una amiga de mi madre ha estado de cooperante en un campamento y ha conocido a una refugiada. (Se refería a este campamento con Save the Children)

BG.- Es que los curas se inventaron el matrimonio

JR.- Porque se crearon las ciudades y las casas y las iglesias y ya no había tribus, entonces se casaban para tener muchos hijos. Como los tenían las mujeres, ellos seguían saliendo ahora a traer el dinero trabajando para comprar la comida. Y si le pasaba algo al hombre, el matrimonio le protegía para que pudiera cobrar un dinero por estar casada porque el dinero iba luego a su cuenta.

DJ.- Y ya no peleaban?

JR.- Ahora las peleas se llevan a casa

DJ.- Es verdad! mis padres se pasan el día discutiendo y peleando!

PL.- Pues en la tele salen noticias de malos tratos muchos días, y son hombres que pegan a sus mujeres y no de que ellas les pegan a ellos y a veces las matan 

DJ.- Mis aitas no me dejan ver las noticias

IG.- En mi casa mi madre le está todo el día chillando a mi padre y diciéndole todo lo que no hace o que hace las cosas mal, es un aburrimiento (caras tristes)

PL.- Mi padre chilla más que tu madre, pero no le oís por el patio? Y mi madre no hace nada malo para que le griten, él es así. Yo creo que se van a separar

JR.- En mi clase hay muchos compis de padres separados, cada vez más. Y hay casos que se vuelven a casar y hay familias que se hacen más grandes con los hijos de todos. Eso mola!

BG.- Si ya no nacen casi niños ni niñas

Y entonces, ¿lo más importante ya no es la vida?

JR.- El dinero, todos los mayores quieren más dinero

DJ.- Eso, eso! Dinerito! ¿Quién quiere un helado?

JR.- A ver, sí es importante pero es que si no, no podríamos tener todo lo que tenemos. Para comprar una casa hacen falta dos sueldos, y un coche, y comida… y para eso hay que trabajar, y si trabajas, ¿cuándo crías? Todo no se puede. Bueno, se puede pero mal. Hay que elegir.

DJ.- Es mejor el dinero, si total, ya estamos vivos!

A grupo.- Pero qué dices!? (más risas)

DJ.- Yo voy a estudiar mucho para ganar mucho dinero pronto y no tener que trabajar y tener muchos hijos y jugar con ellos todo el día.

BG.- El dinero sale de las empresas

Ah sí? ¿quién tendría que mandar en las empresas?

BG.- Mi madre!

DJ.- Mi tía! (a la vez)

BG.- Claro, tu tía es mi madre (ríen)

IG.- Pero si tu madre no ha trabajado nunca fuera de casa!

BG.- Y qué? Pero sabe organizarlo todo en casa. Un día vi un vídeo y decía que eso es un plus (este es el vídeo)

Fuente: Hirukide

FC.- Yo!

IG.- Mi padre ya manda, su trabajo es ser el jefe

JR.- Ahora mandan más los hombres porque antes salían ellos a trabajar por eso que hemos dicho de que ellas se quedaban en la casa. Y han creado ellos las empresas y por eso gobiernan. Pero eso es lo que está cambiando. Eso y que cada vez hay más separaciones, las cosas se están convirtiendo para que las mujeres tengan cada vez más sitio, y cuando manden ellas, todo se ajustará y ya no habrá tanta injusticia

DJ.- Por qué?

JR.- Porque ellas diseñarán robots para limpiar la casa y ya no habrá peleas para ver quién hace las cosas de casa y entonces tendrán más tiempo para nosotros. Lo digo porque en Navidad me regalaron un libro sobre mujeres científicas que me inspiró (Se refería a “Un pequeño libro de grandes mujeres científicas”)

BG.- Sí! (más risas) Pero vamos a por los helados o qué!?

Parece que el elemento transveral de la historia es puro y que se vislumbra un futuro en el que las mujeres tienen mayor voz y protagonismo en todos los ámbitos de la vida, esa que estamos dejando de alimentar por alimentar nuestros bolsillos.

Sin duda, hay luz de esperanza en nuestras siguientes generaciones, démosles voz, por favor.

El teatro: un espacio para la transgresión de lo real

octubre 8, 2019 en Miradas invitadas

María San Miguel (Valladolid, 1985) @MariTriniSanMig. Soy creadora y actriz. Licenciada en Periodismo y Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, donde comencé a estudiar teatro con mi maestro Domingo Ortega. Estoy formada en la escuela de María del Mar Navarro y he estudiado y trabajado con diversos profesionales nacionales e internacionales de las artes escénicas. En 2009 fundé Proyecto 43-2, compañía de teatro documental en la que produzco, escribo y actúo. El teatro me parece una de las armas más poderosas de transformación política. Me interesa mucho llevar a escena las violencias y los márgenes que conforman nuestra sociedad.

Foto: Luis Gaspar

 

 

Las mujeres estamos faltas de referentes.

El patriarcado nos ha señalado un camino en el que los ejemplos de acción, carácter, éxito y formas de estar en el mundo están encarnados por hombres.

Yo misma he admirado (y admiro) a muchos hombres a quienes he tenido (y tengo) como modelos a seguir.

De hecho, he idealizado a muchísimos de ellos, lo que ha resultado ser catastrófico para mis relaciones sentimentales, pero también para mi autoestima y el valor que me otorgo a mí misma en el ámbito personal y profesional.

El acercamiento a la teoría feminista que llevo realizando desde hace ya algunos años y la fuerza con la que ha llegado (espero que para quedarse) esta cuarta ola me está haciendo despertar y ser consciente de todos los mandatos que afectan tanto a nuestra vida privada como a nuestra proyección pública.

Aún así, no consigo desprenderme del síndrome de la impostora ni dejo de exigirme una perfección y una capacidad de trabajo infinitamente más rígidas que las que (estoy segura) desarrolla cualquier hombre sobre sí mismo.

Hace diez años fundé mi compañía, pero no ha sido hasta prácticamente antes de ayer cuando me he dado cuenta de que, efectivamente, yo soy la mujer que lidera el proyecto. Que tengo derecho a equivocarme, a fracasar, pero que también los logros que hemos conseguido hasta ahora se deben a mi esfuerzo, a mi capacidad creativa y de gestión y a la relación generada para con el resto del equipo.

Durante estos años he tenido que luchar contra la falta de credibilidad (una mujer joven liderando un proyecto), contra las trabas que me he encontrado en reuniones y encuentros e incluso con los obstáculos que me han puesto algunos de los colaboradores que han trabajado en la compañía.

Pero, sobre todo, he tenido que combatir contra el juicio constante al que me he sometido (y sigo sometiéndome) cada día.

Me atrevo a decir que he sido más dura conmigo misma que lo que lo han sido otros conmigo. Y eso que, en ocasiones, el trato que he recibido y las descalificaciones han sido terribles y me han afectado gravemente a mi crecimiento como actriz y como ser humano.

¿Por qué nos ocurre esto? ¿Por qué además de enfrentarnos a la desigualdad tenemos que luchar contra nosotras mismas?

Porque no tenemos referentes.

El patriarcado nos ha mostrado que nuestro lugar es otro. Es secundario. El poder, los privilegios y las capacidades son uso exclusivo de los hombres. Las mujeres somos frágiles, inseguras e incapaces para liderar con otras herramientas diferentes a las que habitualmente se utilizan.

Entonces pienso, ¿qué puedo hacer yo como creadora, además de reivindicar el lugar que me pertenece?

Puedo llevar a escena a mujeres que rompan los patrones de comportamiento con los que hemos sido educadas.

Mostrar otras realidades.

Visibilizar a mujeres que transgreden, que son sujetos activos con todas sus contradicciones, miedos y creencias.

Las creadoras tenemos la responsabilidad política de generar otras narrativas.

De llevar a escena a mujeres que rompan con lo establecido. Sin miedo a equivocarnos.

Es curioso, pero hace relativamente poco tiempo me di cuenta de que las mujeres que protagonizan Rescoldos de paz y violencia, la trilogía de teatro documental sobre la violencia en el País Vasco en la que he trabajado desde 2009, son los motores de los espectáculos.

Las mujeres realizan la transgresión utilizando los rasgos de carácter que tradicionalmente se han atribuido a nosotras (escucha, cuidados, empatía) para generar espacios de entendimiento, de resolución de conflictos. Ofrecen al Otro la posibilidad de hacer las cosas de otra manera.

Cuando empecé a escribir no era tan consciente como lo soy ahora de la importancia que supone crear personajes con perspectiva de género.

Supongo que la educación feminista y libre que me han dado mi madre y mi padre está estrechamente relacionada con esta forma de imaginar y representar en la escritura y en la escena.

Pero, sin duda, el carácter documental del proyecto, la fuerza de las mujeres a las que he entrevistado y que me han acompañado en todos estos años, ha sido definitivo para que sean ellas quienes verdaderamente protagonizan la trilogía. Son fuertes y sensibles. Son sujetos activos que muestran sin temor las contradicciones, silencios y dolores que las construyen.

Las palabras y la acción que representan estas mujeres son importantes, pero es esencial el cuerpo y la estética con la que se trabaja desde la escena.

Forma parte de la representación de las nuevas narrativas. Dar visibilidad a otros cuerpos. No solo tratando de romper con el canon fascista de la belleza (como dirían las protagonistas de Lectura Fácil de Cristina Morales) que nos ha impuesto el patriarcado, sino con la forma de ser, estar, moverse y de participar en la acción que tienen los personajes femeninos.

La imagen, al igual que la palabra, conforma nuevas realidades. Por eso también es importante romper el canon de representación tradicional de las mujeres desde la presencia escénica.

Foto: Gema Graciano

El próximo 14 de noviembre estrenamos en Barcelona El contrato de Carmen Resino, un texto inédito escrito en 1973 por la autora que decidió conservarlo en un cajón por los problemas que podía causarle sacarlo a la luz en ese momento.

La puesta en escena que dirijo es un encargo de Teatro de la Riada, una compañía creada por Alba Muñoz y Sonia Pérez, que quiere dar visibilidad a dramaturgas iberoamericanas que han sido (oh, sorpresa) invisibles a pesar de la calidad de sus propuestas.

Durante todo el proceso de creación y ensayos he(mos) tenido muy presente la responsabilidad de poner en escena otros cuerpos, otras posibilidades de representación.

Es un texto duro que muestra las violencias invisibles con las que las mujeres nos hemos acostumbrado a vivir y que, además, hemos adquirido como patrón cotidiano de comportamiento.

Nora y Jasica son dos mujeres que mantienen una relación indefinida y que buscan otra manera de estar en el mundo, sin embargo, caen todo el rato en la repetición e imitación de comportamientos aprendidos.

Aún así, intentan transgredir, con todo el cansancio y el miedo que produce a veces lo desconocido.

Nos parecía importante mostrar también esta parte de lo real y, al mismo tiempo, utilizar a Nora y Jasica para imaginar otra realidad posible.

Esta es la misión que tenemos por delante. Y es obligatoria.

Plasmarnos a nosotras y a las otras.

Elaborar nuevos referentes que nos faciliten el camino hacia la igualdad real. Con todas nuestras contradicciones.

Traer lo que hasta ahora ha sido el margen a la escena, para hacerlo presente, real y central.

 

Flaneuses. Caminar sin ser vistas

octubre 1, 2019 en Doce Miradas

‘Se recomienda a las “mujeres respetables” visitar pastelerías, salas de té y grandes almacenes y evitar los cafés, cabarets y salones, lugares asociados a mujeres “de dudosa moral” o a las mujeres trabajadoras que pasan por ahí sus interminables jornadas laborales’.
Extracto de una guía de viajes publicada en las primeras décadas del siglo XX

La ciudad, ese lugar en el que poder mostrarse y disfrutar del anonimato al mismo tiempo; un espacio que se convierte, a la vez, en morada para la mujer y en un lugar de peligro; la ciudad de las oportunidades de día; el lugar donde, a partir de determinadas horas de la noche, pasas a estar “sexualmente disponible”, como cuenta Virginia Wolf en The Pargiters

Esta fotografía incomoda que hizo Virginia Wolf de las ciudades que habitamos ha marcado de alguna manera el papel de la mujer en su entorno más cercano, decidiendo por nosotras si este o aquel lugar es apropiado o es peligroso, si está abierto para nosotras o mejor que no nos acerquemos, que ya está lleno. Una sociedad que nos inculca a las mujeres la imposibilidad de caminar libres es una sociedad que está negando a la mitad de la población la posibilidad de ocupar, habitar y narrar un espacio que le pertenece, y el mundo necesita la mirada femenina para narrar la realidad desde otra perspectiva y descubrir otras maneras de hacer.

Soy una afortunada, lo sé. Crecí en una familia en la que nunca me transmitieron el miedo a ir sola a ninguna parte ni me dijeron que por mi condición de mujer no debería estar en tal o en cual lugar. Todos eran espacios abiertos para mí. De forma sutil, mi madre nos estaba transmitiendo una manera de pensar, habitar y construir el propio espacio sin miedo, pero con cabeza. Sin saberlo, nos llevaba de la mano a la triada indisociable de Heidegger: habitar es una manera de construir el propio espacio; pensar el espacio es, a su vez, una forma de habitarlo, una forma de construirlo como relato del que nosotras somos las principales narradoras.

Abriéndonos las puertas al mundo, mi madre nos legitimaba como sujetos que éramos a ser parte del espacio público. Años después fui consciente de que solo así es cuando las mujeres podemos narrar la experiencia de ser mujer de otra manera. Investiga, lee, camina, construye tu propia realidad, piensa por ti misma, ten criterio propio.

Recuerdo en tiempos de la Universidad cómo muchos se sorprendían al ver a dos chicas solas ir de local en local o de concierto en concierto. Muchas veces tuvimos que escuchar: “Así no os echaréis novio nunca. Vuestra actitud no anima a los chicos a acercarse a vosotras”. Vaya, como si eso a nosotras nos preocupase. Nuestro interés era ser, estar, observar y contarnos lo que veíamos. Nos considerábamos mujeres que nos representábamos en solitario sin la necesidad de una figura masculina al lado. Y esto descolocaba a muchos; a nosotras no, claro.

Esto despertó en mi una curiosidad que todavía hoy me acompaña (espero no perderla nunca): caminar, pasear, observar las ciudades sola, en definitiva, practicar el derecho a mirar sin ser vista, me parece que es un placer al que las mujeres no debemos renunciar. Pasear sin prejuicios me sigue pareciendo una de las mejores maneras de ocupar este planeta.  Porque caminar por las ciudades es replantearse el modo de vida que tenemos y por lo tanto es cuestionar los roles sociales y el relato hegemónico que se nos ha trasladado de las ciudades: aquí sí, mujeres; hasta aquí, mujeres; aquí ya no, mujeres.

Este verano me encontré con el libro de Anna María Iglesia La Revolución de las Flaneuses. En él, la escritora hace un recorrido crítico sobre las flaneuses, mujeres que pensaron la ciudad y el espacio que habitaban, mujeres que reclamaron su espacio, que lo construyeron a pesar de las limitaciones, mujeres que transgredieron los límites geográficos, morales, sociales y económicos para construir un nuevo escenario del que formar parte: algunas se disfrazaron de hombre para poder acudir al Parlamento Británico, enterarse de lo que allí pasaba y construir una opinión propia; otras se quitaron sombreros cuando las mujeres estaban obligadas a llevarlos, para pasear libremente por las calles, aún siendo conscientes de que pasarían a ser objeto de todas las miradas; otras, mujeres trabajadoras, construyeron su vida de forma autónoma sin necesidad de tutela alguna. Ellas, las flaneuses, ocuparon el espacio construyendo un nuevo relato, subiendo a la tribuna y tomando la palabra.

 

Fotografía de Katrien de Blauwer

La sororidad, palabra maravillosa que da nombre a la relación de hermandad y solidaridad entre mujeres para crear redes de apoyo y que cuestiona la supuesta rivalidad entre nosotras, ha hecho uso de esa palabra individual que tomaron mujeres pioneras, las ha sumado y ha amplificado su voz. Las flaneuses, al atreverse a pasear solas, pudieron ver con claridad cómo las calles son más estrechas de lo que nos dicen, con obstáculos levantados por aquellos que limitan el avance de las mujeres.

Vivimos tiempos de hiperliderazgos masculinos en los que muchos hombres afianzan sus posiciones, acotan los espacios y se resisten a renunciar a sus privilegios y compartir los espacios. Como decía Pilar Kaltzada, sentirse inmerso en una mudanza de grandes dimensiones como es la igualdad es asumir de manera consciente que se ha vivido con muchos privilegios. A los hombres les toca compartir espacios y aprender a vivir con menos; a las mujeres nos toca seguir siendo paseantes y narradoras incómodas que muestran las grietas de este espectáculo social que todavía, en demasiadas ocasiones, imagina a las mujeres sin contar con ellas.

Nota. Este post está dedicado a Myriam Menéndez y a “Espartaca”, una amiga invisible que aguantó estoicamente nuestras narraciones incómodas.