Ponte en mi lugar

julio 16, 2019 en Doce Miradas

Hace unos días conocí una campaña de concienciación contra el acoso callejero que me llamó especialmente la atención. Una pieza de vídeo de dos minutos y medio trata de poner a los hombres en el lugar de las mujeres en situaciones de acoso. “Al revés tú también te asustarías” —es el titular de la iniciativa y una forma de decir ‘ponte en mi lugar’— expone a algunos hombres a situaciones que pueden hacerles sentir miedo o, por lo menos, bastante incómodos. Vamos a verlo:

 

No es la primera vez que me encuentro con un ejercicio de simetría como éste llevado a formato vídeo. No me llama la atención que todavía algunos hombres piensen que interpelar a una mujer por la calle va de buen rollo y que debiéramos sentirnos halagadas con un “¡Oye niña! ¡Vaya vestido bonito que llevas! Ven acá para el portal y me lo enseñas…”. Lo que me ha llamado la atención es el estado de shock en el que se quedan los protagonistas tras pasar por un acoso callejero. Es decir, hasta entonces, empatía cero.

Así, con el estómago encogido, me he puesto a pensar en situaciones que habitualmente intimidan, que producen miedo y ansiedad y que nos hacen vivir en alerta. Sí, en alerta, una sirena silenciosa que señala que hay que extremar precauciones o incrementar la vigilancia. No es paranoia, es experiencia, la mía y la de mis compañeras. Es por eso que:

  1. Cuando llego a casa, saco las llaves y miro hacia atrás por si alguien me sigue.
  2. Cuando entro al portal me aseguro de que la puerta esté bien cerrada.
  3. Cuando entro en el garaje miro hacia los lados por si hubiera alguien agazapado.
  4. Evito los aparcamientos subterráneos en la ciudad si voy sola.
  5. Me pongo tensa si tengo que entrar en un ascensor a solas con un señor desconocido en un lugar desconocido.
  6. Si tengo una cena prefiero no tomar ni un triste vino para volver a casa en coche y no tener que transitar sola por la calle y organizarme “como quien se prepara para el desembarco de Normandía, estudiando posibles vías de ataque y alternativas para la huida”, como decía Pilar Kaltzada en “Se llamaba Manuel”.
  7. Me asusto cuando escucho pasos muy cerca y miro hacia atrás para comprobar si la persona que tengo a mi espalda es un hombre o una mujer. Disimulo con el móvil, doblo la esquina y acelero el paso si se trata de un hombre.
  8. Tanteo, por intuición, las intenciones de un tipo con quien te cruzas y te mira con baboso descaro o se atreve a ‘berborrear’, es decir, a verbalizar improperios de esos que creen que nos agradan.
  9. Me alegro cuando escucho que durante el verano algunos municipios ofrecen servicio de acompañamiento a jóvenes para tomar el metro. ¡Dios! ¡Qué locura! ¡Esto no!
  10. Me horroriza pensar que muchas niñas que acuden a festejos, con todas las ganas de pasarlo bien, estén expuestas a abusos, violaciones o violaciones en grupo.
  11. Me crispa tener la certeza de que mañana, o pasado mañana, otra mujer volverá a ser asesinada por su pareja.

fearPodría seguir y seguir sumando a esta lista casos de violencias que sufrimos las mujeres. Vivimos en un mundo dominado por hombres y la violencia es una de las múltiples formas en que mantenemos la desigualdad. Nos hemos acostumbrado a convivir con el conflicto y, de alguna manera, a normalizarlo.

Cada vez que presencio conversaciones entre mujeres sobre acoso, todas ellas, absolutamente todas, cuentan en su haber con pasajes de violencia machista. ¿Habéis hecho la prueba? Eso sin contar a las muchas que callan por vergüenza, porque todavía, hoy en día, sufrir este tipo de violencia desacredita a la víctima o la debilita. Vivimos en silencio, “te lo cuento a ti pero, por favor, que no salga de aquí”. ¿Cuántas mujeres? ¿Cuántas veces? ¿Cuántas violaciones y asesinatos más necesitamos para poner fin a este genocidio?

Más de 1.000 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en los últimos años. Es una ignominia. Sin paliativos. No hay excusas. Son muertes anunciadas, asesinatos con premeditación, con meses o años de violencia psicológica o física previa. Como decía “The Economist” hace unos años, “cada periodo de dos a cuatro años, el mundo aparta la vista de un recuento de víctimas equiparable al Holocausto de Hitler”.

Y no hace falta llegar hasta el desenlace fatal: que te golpeen, es violencia; que te violen, es violencia —cada 5 horas una mujer denuncia una violación—; que te insulten y menosprecien, es violencia; que te obliguen a casarte, es violencia; que te intimiden, es violencia; que te ‘berborreen’ por la calle, también es violencia. Ya lo apuntaba Noemí Pastor en su artículo “Bonitos pantalones”: “El piropo pone de manifiesto una situación de privilegio del hombre sobre la mujer: un hombre puede decir lo que quiera sobre ella, con total impunidad y anonimato, en un momento, además —y esto se cumple siempre— en el que ella carece de compañía masculina, con posibilidades mínimas de ser interpelado. Porque para muchas mujeres contestar a una imprecación así es una audacia peligrosa”.

Señores, pónganse en nuestro lugar. Los ejercicios de simetría funcionan bien para explicar aquello que no resulta fácil hacer entender. Un poquito de empatía, por favor. No podemos, ni queremos, ni tenemos por qué vivir la hostilidad con naturalidad; tampoco la intelectual. Háganselo mirar.

Liderando con valores

julio 9, 2019 en Miradas invitadas

Patricia Rodríguez Barrios. Nací en San Sebastián, en el año del Mundial de naranjito. Soy la única directora general de un club de fútbol de La Liga. El deporte ahora es mi modo de vida, pero en todo momento ha sido mi chaleco salvavidas para mantenerme a flote mentalmente y como herramienta de constancia y superación. Y esto ha contribuido a ser mentalmente fuerte y a tratar de lograr lo que me propongo. Por eso, estoy firmemente convencida de que nuestra sociedad va a lograr evolucionar hacia la igualdad de oportunidades sin discriminación de género y por mi parte seguiré trabajando desde mi posición para dar la máxima visibilidad al feminismo y un día lograr no ser la única.

“Vamos guapa pásame la tarea”. Ese fue el mensaje que me envió un compañero que jerárquicamente dependía de mí. En ese momento no supe qué contestar, sentí mucha rabia, pero no quería mostrarla. Si una mujer reacciona con vehemencia a ese comentario, generalmente luego tiene que soportar que le afeen la conducta con el famoso: “¡Cómo te pones, era una broma!”. Siempre tememos que nuestro enfado se achaque a una “típica rabieta de mujer”. Conocemos bien los estereotipos que sobre nosotras manejan, pero no sabemos, muchas veces cómo contestar. Nos pilla de sopetón. En ese momento me callé. La última imagen que yo deseaba proyectar era esa. Mi objetivo, entonces, ser uno más.

¿Conseguimos eso? Yo creo que en muchas ocasiones lo he conseguido. He tenido que demostrar mis conocimientos y preparación un 200% más que cualquiera de ellos. Entonces sí he sido uno más. Las mujeres nos sentimos intrusas porque nos consideran intrusas. En cada acto en el que participamos mujeres como expertas, fijaos, siempre hacemos referencia a la sorpresa que nos produce haber sido invitadas, y no es falsa modestia. Tenemos marcado a fuego que la mujer tiene que valer y merecer estar en puestos de poder, un poder ejercido de manera y modo masculino que constantemente nos recuerda que somos la excepción. Y como en otros problemas estructurales, la excepción confirma su regla: si yo estoy dentro es porque lo merezco, porque otras no se esfuerzan lo suficiente, porque las mujeres no quieren, porque la que quiere llega que ya hay igualdad.

Según datos facilitados por la organización Women in Business, en la Unión Europea solo el 26% de los puestos directivos están ocupados por mujeres y el 36% de las empresas no tienen mujeres en la alta dirección. En este mismo estudio se concluye que, mientras que la mayoría de las mujeres se consideran igual de capaces que sus compañeros, la mayoría de los hombres se consideran más capaces que sus compañeras. En general a los niños se les enseña a ser valientes y a las niñas a ser prudentes.

No fue este mi caso. Mi padre siempre ha creído que me habían dado una educación machista, sin embargo él ha sido la persona que más se ha esforzado por inculcarme los valores del feminismo y de dejarme clarísimo que tenía que ser independiente, ser ambiciosa y luchar por conseguir mis sueños y por alcanzar las metas que me había fijado con trabajo, mucho trabajo, sin pensar nunca en estereotipos ni en el papel estándar que una sociedad machista como la nuestra, tuviese preparado para mí. Sociedad machista hasta ahora porque es el momento de cambiar y de educar en igualdad de oportunidades.

Dudo mucho que mis padres hubiesen educado diferente a un hijo de lo que han educado a su hija. Libertad para decidir siendo fiel a mí misma, sin influir ni inculcar estándares o prototipos de vida, respetando decisiones, y siempre en la retaguardia esperando para celebrar o consolar.

Pero al igual que nuestra sociedad ha cambiado en estos dos últimos años, yo también lo he hecho. la primera respuesta a esta sensación de intrusa, por lo general, y como yo hice, fue el individualismo: trabajar más, esforzarse el doble que tus compañeros, estar demostrando a diario que vales, generalmente, más que ellos. A muchas mujeres les incomoda organizarse y llamarse a sí misma feminista. A mi no. Empecé a preguntarme por qué siempre esta sociedad nos empuja a hacer algo a las mujeres: denuncia, di no es no, protégete, no te rindas, pelea, se mejor, trabaja más, ten paciencia… Sin embargo, al hombre no se le dice que no tiene ninguna superioridad social, ni moral, ni intelectual, ni ningún derecho biológico, político o cultural sobre las mujeres, que no es más listo, ni más inteligente, ni debe aprovecharse de lo injusto de esta situación. Y desde ese convencimiento feminista empecé a cambiar. Y estoy contenta de haber evolucionado. De empezar a demostrar mi parte más humana que guardaba para la más estricta intimidad, por aquello de no parecer sensible como una mujer. Y me está dando muchas alegrías porque recibo lo que muestro.

He aprendido a pedir ayuda, a reconocer que no puedo sola con todo y que, aunque pueda, no debo hacerlo porque, además de dejarme agotada, me aleja de los que quiero. Porque nos gusta ayudar y sentirnos útiles, necesitamos el sentimiento de pertenencia a otras vidas. Ser influencers de los que nos quieren y queremos. Y, estoy convencida, además, de que las superwoman están pasadas de moda.

Decidí empezar a liderar, a trabajar en equipo, a tomar mis decisiones como lo que soy. Ejerzo un feminismo militante, en mis decisiones más graves y más livianas. El feminismo es igualdad y libertad. Dirijo como quiero, siempre con las personas y los principios en el centro, no con estereotipos, sin prejuicios de género, sin sentirme intrusa porque no tengo que preocuparme de demostrar que ese es mi sitio. Lo es, el mío y el de tantas otras. Ahí precisamente radica en cómo ejerzo el feminismo, en la libertad de decisión ante la igualdad de oportunidades Y como el hábito no hace al monje, no soy menos feminista por llevar tacones ni más femenina por llevarlos. Llevo lo que quiero y cuando quiero porque es mi forma de ser creativa. Unos dibujan, otros fotografían y yo me visto.

La brecha de confianza

julio 2, 2019 en Doce Miradas

En la vida siempre tienes faros que te guían y te aportan experiencia, sobre todo cuando eres joven y las emociones te mueven más que la razón. Mi abuelo fue uno de esos faros. Una persona sin estudios reglados pero con una sabiduría inmensa. Me dio muchos consejos, pero hay uno que jamás olvido: siempre me repetía que no hay tarea más difícil en esta vida que llevarse bien con una misma. Esa frase se me quedó grabada a fuego y no dejaba de recordarme que uno de los enemigos al que nos enfrentamos diariamente somos nosotras mismas. Le podemos poner otro nombre: confianza. Ella nos aupará en muchas ocasiones y su falta también nos frenará a la hora de intentar abrir puertas o ver sombras alargadas donde no las hay. Porque como dice el proverbio chino, cuando el miedo llamó a la puerta y la confianza abrió… afuera no había nadie.

Así que no es de extrañar que a las mujeres nos haya sido robado y erosionado ese bien tan preciado a lo largo del tiempo. Y si ponemos el foco en la ciencia y la tecnología, se evidencia aún más. Siempre que hablamos de la falta de presencia femenina en ese ámbito, lo ilustramos con una tubería con muchos agujeros por donde vamos goteando, hasta que llegada la etapa profesional, nos hemos evaporado del todo. Y uno de esos agujeros que está presente en todas las etapas vitales es precisamente la confianza.

Empecemos por la infancia: en una investigación publicada en 2017 en la revista Science, se preguntaba a niños y niñas si, cuando se les hablaba de una persona especialmente inteligente, creían que era de su género o del contrario. Cuando tenían cinco años, no se observaban diferencias: los niños escogían hombres y las niñas escogían mujeres en un 75% de las veces. Sin embargo, a partir de los seis, mientras que los niños seguían escogiendo hombres como “muy, muy listos” en un 65% de las veces, las niñas solo seleccionaron su propio género en un 48% de las ocasiones. De hecho, Christia Spears Brown, profesora de psicología y autora del libro Crianza más allá del rosa o el azul, declaró para BBC que estos resultados encajan con investigaciones anteriores que encontraron que familias y profesorado tienden a atribuir las buenas notas en el colegio al esfuerzo de las niñas pero a la habilidad natural en el caso de los niños. Así que primer gancho de derecha directo a la confianza.

Seguimos avanzando y llegamos a los 15 años, momento en el que hacen la prueba PISA. Según los datos del informe de 2015, las niñas se creen menos capaces que los niños a la hora de alcanzar objetivos que requieran habilidades científicas. Es lo que se denomina como autoeficacia en ciencias: confianza en la propia capacidad para lograr los resultados pretendidos. Según la OCDE, las alumnas tienden a sufrir un mayor sentimiento de ansiedad con las matemáticas, incluso las que tienen mejor rendimiento académico. Tanto es así, que un estudio demostró que si pones un examen de matemáticas idéntico a estudiantes de unos 12 años, uno bajo el encabezado “Geometría” y otro bajo el nombre “Dibujo”, ellas obtenían mejores calificaciones en el de “Dibujo” (repito que el examen era exactamente igual, solo cambiaba el título).

A esto se le suma el efecto Pigmalión o la profecía autocumplida. Este efecto se refiere a que las expectativas que tenemos sobre el rendimiento de una persona incitan a actuar a esa persona conforme a dichas expectativas. Es decir, las esperanzas que tengan docentes, familiares y la sociedad en general inciden en el desempeño de nuestras niñas. Por ejemplo, si tengo un docente que piensa que voy a obtener muy buenas calificaciones, esto elevará mi autoestima y me incitará a trabajar para conseguir los resultados que se esperan de mí. Pero lo mismo sucede en sentido inverso: efecto Pigmalión negativo, también conocido como el efecto Golem, que hace que la autoestima disminuya. Si en la sociedad decimos que a las niñas no se les van a dar bien las matemáticas, se produce un bloqueo en ellas.

En la universidad la cosa no cambia. En 2003, se hizo un estudio para ver el impacto de la percepción de las mujeres sobre su propia capacidad. Dieron a estudiantes masculinos y femeninos un cuestionario sobre el razonamiento científico. Antes de la prueba, los estudiantes calificaron sus propias habilidades científicas. Las mujeres se calificaron a sí mismas más negativamente que los hombres en cuanto a su capacidad científica: en una escala de 1 a 10, las mujeres se pusieron un promedio de 6.5, y los hombres un 7.6. Cuando se trató de evaluar cómo habían respondido las preguntas, las mujeres pensaban que habían acertado 5.8 de cada 10 preguntas; los hombres, 7.1. ¿Y cuál fue el resultado real? Su promedio fue casi el mismo: las mujeres obtuvieron 7,5 de cada 10 y los hombres 7,9. Es decir, ellas subestiman su rendimiento porque piensan que su capacidad de razonamiento científico es menor.

Y cuando llegamos a etapa profesional, el agujero persiste (no solo por el síndrome de la impostora, del que ya hablé en este blog anteriormente). Un análisis que hizo la empresa tecnológica Hewlett-Packard mostró que las mujeres solicitaban una promoción interna solo cuando creían que cumplían con el 100% de las condiciones enumeradas para el puesto. Los hombres se postulaban con un 60%. En cuestión de salarios, nos pasa lo mismo. Según un estudio realizado por Linda Babcock, profesora de Carnegie Mellon University, los hombres negocian cuatro veces más que las mujeres y cuando ellas lo hacen, piden un 30% menos.

Obviamente, la confianza (o su ausencia) no es el único obstáculo al que nos enfrentamos (o siguiendo el símil de la tubería, el único agujero porque el que nos perdemos), pero mi abuelo también me enseñó a ser posibilista y cambiar lo que está en mi mano (sin dejar por ello de luchar contra lo que no está en mi mano). Así que toca trabajar para restaurar ese puente en nuestras niñas, jóvenes y nosotras mismas. Como diría Helen Keller: “No soy la única, pero aún así soy alguien. No puedo hacer todo, pero aún así puedo hacer algo; y justo porque no lo puedo hacer todo, no renunciaré a hacer lo que sí puedo”.