Menos exigencia, más confianza

enero 27, 2015 en Doce Miradas

¿Recuerdas aquel viral de Dove sobre la distorsión con la que muchas mujeres perciben su propia imagen? “No soy sólo yo…,” fue lo que pensé. Pues bien, hace poco sucedió algo en las bambalinas de este blog relacionado con una foto conjunta de las Doce Miradas. Algo que de nuevo me hizo desear ahondar en este “no vernos bien” tan femenino y en sus posibles consecuencias sobre el desarrollo profesional de las mujeres.

  • ¿Podría ser esta autoexigencia exagerada —aparentemente no tan trascendente— la que nos lleva al “como no me veo/oigo bien, mejor no levanto el dedo cuando surge la oportunidad, mejor no saco la patita…”?
  • Pero, ¿cuánto sería exceso de autoexigencia lo que nos frena a veces a la hora de enfrentar retos profesionales y cuánto es, en realidad, falta de autoconfianza? Algo así como: “como no estoy segura de poder hacerlo bien, mejor no me arriesgo y lo dejo pasar…”.
  • ¿En qué medida nos frenan el exceso de una y la falta de la otra? El exceso de autoexigencia y la falta de confianza, quiero decir. Pero, sobre todo, ¿qué podemos hacer para equilibrar ambas?

Comparto reflexiones.

La belleza es un culto hoy día. Más que nunca. Lo es en todo el mundo y lo es aún de modo predominante entre las mujeres. Es “natural” que queramos vernos bellas y “artificial” lo que necesitamos para estarlo. Crecemos sabiendo que si nacer guapas es una suerte, estar siempre guapas es mejor. Vigila tu figura, opérate si algo te falta o sobra, viste con estilo, maquíllate para esconder tus “pequeñas imperfecciones”. “Arréglate” como si estuvieras rota y el sistema te acogerá mejor.

Y, por favor, gasta. Te sentirás más segura… Tu fuerza abrirá las puertas al pasar.

zRecibimos estos mensajes de quienes prometen “ayudarnos” veinticuatro horas al día. Y sus soluciones provocan a conciencia nuestra inseguridad. Ésta se construye de modo inconsciente, sin embargo. Clavo tras clavo se apuntalan nuestras expectativas, discursos y frustraciones. Golpes que en lugar de liberarnos del techo de cristal, nos restan fuerzas para agarrar el martillo con las manos. Golpes que son piedras. La mochila cada vez más llena y nuestra imagen ideal cada vez más lejos… La autoestima, tocada.

Ya no somos tan fuertes. Ya no somos tan seguras.

¿Qué sucede con la autoconfianza? Pues, según parece, además de la brecha laboral, la salarial, la digital y la brecha en la ceja, existe también una brecha entre la autoconfianza masculina y la femenina. Y, al igual que sucede con esta querencia femenina de estar guapas, dicho gap obedece a cuestiones socio-económicas y culturales más que a una cuestión natural.

Según las autoras de “The Confidence Code”, las niñas y las mujeres no suelen ser asertivas porque el aplomo y la seguridad no se premian desde ningún entorno. Son crecientes los estudios que exploran esta menor confianza. McKinsey, por ejemplo, refiere un estudio realizado en Hewlett-Packard cuyo objetivo era estimular la presencia de mujeres en la alta dirección de la compañía. Dicho estudio concluyó lo siguiente: los hombres solicitan un ascenso cuando creen cumplir el 60% de los requerimientos y las mujeres lo hacen cuando creen poseer el 100%. Y cuando se trata de sueldos, según “Women Don’t Ask”, ellos negocian su sueldo hasta cuatro veces más. Cuando ellas se deciden, piden un 30% menos. ¿No es revelador?

Quizá haya también algo del efecto Dunning-Krugger en esto de frenarse. Un curioso fenómeno que explica algunas presidencias de gobierno y muchas direcciones generales. No siempre a cargo de hombres, me consta. Pues bien, según este efecto por primera vez descrito a finales de los 90, “los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas”. Después de todo, según datos de un reciente informe de la OCDE, a pesar de superar a los varones en sus niveles de formación secundaria y universitaria, la cifra de mujeres desempleadas es superior.

Concluyendo…

Mi propia experiencia vital, y la de muchas amigas y mujeres que conozco, me dice que nos exigimos demasiado. Los datos muestran además que tendemos a estar menos seguras de nuestras propias capacidades de lo que los hombres están de las suyas. Y para medrar, la autoconfianza importa tanto como las competencias adquiridas. Eso es un hecho.

¡Empoderémonos entonces! Buceemos en nuestras profundidades. Es hora de enfrentarse al origen de nuestros miedos y de firmar una tregua. Soltar las amarras de tanta autoexigencia y permitirse “ser”. Sin ansiedad. Y, sobre todo, es hora de hacer un hueco cómodo a la mediocridad. Uno mullido. Porque debemos permitirnos fallar. Errar es condición humana y ahí arriba, al otro lado del cristal, se yerra también a diario. A menudo con estruendo.

Alguien tiene que hacerlo, además.

Como dijo Emma Watson ante la ONU, en su discurso de presentación de #HeForShe: “¿Si no soy yo, quién?”. El ligero temblor en su voz es… hermoso. Su fragilidad, pura fuerza. De modo que aquí va mi conclusión: las mujeres sólo avanzaremos si cada una de nosotras trabaja para quererse más, si trabaja para abandonar su zona de confort. Sin importar si los resultados prometen ser sobresalientes. No miremos a los lados. Menos autoexigencia, más confianza en nuestras propias capacidades. Debemos aprovechar la oportunidad real que tenemos de transformar esta sociedad que tan difícil nos lo pone desde siempre y tan injusta es. Cuanto más alta nuestra voz, mayor el margen de maniobra. Y si la oímos temblar, recordemos que aun así es poderosa. Ya lo dijo Eleanor Roosevelt: “Debes hacer las cosas que crees que no puedes hacer”.

Hacemos falta, señoras. Aunque sabemos que se dice pronto y se tarda más. Yo ahora mismo, buceo…

 

Suelo pegajoso

enero 20, 2015 en Miradas invitadas

Celia Photoshop“Nacida en Deusto un 10 de Abril de 1964, año marcado por una excelente cosecha. Criada y formada en la barrica universitaria tanto de Leioa como de Deusto, sigo ganando cuerpo elaborando mi “bouquet”, con trabajo sindical.  Dedicada siempre a despertar paladares y conciencias, he descubierto detrás de una cámara fotográfica, que el paisaje que más me gusta es el humano. En constante aprendizaje, puedo presumir de mi mejor título:ser la hija de José y Soledad, mis eternos pedagogos.” (@celiaheras)

El 2014 cerró sus páginas con 56 mujeres asesinadas y Enero ha incrementado la cifra con otras 2 víctimas más  que ya no tendrán que esperar ninguna medida gubernamental que palíe la desigualdad y la discriminación que sufrieron. Y lo peor  de todo es que las perspectivas auguran tiempos poco propicios para buscar soluciones a esta barbarie.

Pero aparte de esa violencia criminal, existe otro tipo de violencia más sutil y cotidiana, que limita o neutraliza las potencialidades presentes y futuras de las mujeres. Se trata de una violencia estructural que se suele denominar “techo de cristal”, entendiendo por este término aquella barrera invisible, difícil de traspasar en la vida laboral de las mujeres que impide seguir avanzando y creciendo profesionalmente.

Estando profundamente de acuerdo con ese término, a mí me gusta más “suelo pegajoso”, término al que ya se refirió Begoña Marañón en su post, y que define el gran obstáculo que nos impide lanzarnos a tener una vida laboral y personal  con equidad. Por tanto, es un término que me resulta más completo a la hora de identificar las barreras, impedimentos, obstáculos que tenemos las mujeres en el sistema patriarcal.

Celia Heras Forges Ama de casaCon la crisis, las dificultades existentes para desarrollar nuestra carrera profesional, se han visto acrecentadas, pretendiendo devolvernos al ámbito privado doméstico, del cuidado de las personas. Un trabajo que siempre se ha dirigido hacia las mujeres porque parece ser que nacemos con esa “gracia”. Esto me recuerda un antiguo chiste de los años 70 de una mujer renovando su carnet de identidad y la pregunta del funcionario de turno: ¿profesión ? Y dice ella: secretaria, cocinera, camarera, limpiadora, enfermera, peluquera, planchadora, amante, madre, suegra, hija, ….. Y le dice el funcionario: no cabe todo… Responde ella: ahhh pues ponga sus labores.

Esto, que era un chiste, para nuestra desgracia era, o es, una gran verdad institucionalizada. La mayoría de las mujeres tenían de profesión “sus labores” y en este grupo entraba, como no, el cuidado de lo que hoy llamamos personas dependientes. Y aunque es una tarea digna y enriquecedora, no es lo que el sistema patriarcal establece como una carrera profesional, y mucho menos como algo para hombres.

Aunque las cosas han ido cambiando, todavía en el subconsciente colectivo permanece esa idea. No hay más que leer los convenios laborales y ver quién se acoge mayoritariamente a las medidas  para conciliar vida laboral y familiar.

Los  gobiernos siguen sin  ver ni reconocer que los cuidados de las personas dependientes, tanto por edad como por discapacidad, son tarea tanto de hombres como de mujeres, incluido el Estado y todos sus estamentos.

Los países nórdicos que avanzan en sociedades del bienestar social, trabajan institucionalmente la igualdad entre hombres y mujeres no sólo en las empresas, también en los hogares.

Fuente: PPIINA

Invertir en que los hombres compartan los cuidados es contribuir a que la mitad de la población no sufra la adhesividad permanente a este suelo pegajoso que limita el progreso de una sociedad en su conjunto. Un gobierno progresista y con visión lo tiene que tener claro.

Desde la sociedad civil, la plataforma PPIINA lleva tiempo concienciando, reivindicando y haciendo propuestas para lograr permisos iguales e intransferibles de nacimiento y adopción para mujeres y hombres.

El grado de escucha por parte de quienes toman decisiones en el ámbito institucional y laboral es, para nuestra desgracia, demasiado lento y en ocasiones diríamos que hasta sordo, pero eso no impide que sigamos avanzando para construir un mundo más igualitario y por tanto más justo. Nadie dijo que fuera fácil , pero al menos es ilusionante, algo con lo que el ser humano debe de convivir en estos tiempos de crisis.

Las mujeres no queremos ni morir, ni sufrir. ¡Queremos “despegar” y vivir!.

Azul

enero 13, 2015 en Doce Miradas

mandalaazul

Azul


Hace varias semanas que no consigo pensar con claridad. La cabeza me va lenta, las tareas se me solapan, me sobrevienen sin haberlas olido, olvido citas, pierdo cosas, no retengo informaciones nuevas. Me escucho una y otra vez preguntando “¿Eso a mí me lo habías contado?”. Porque no lo recuerdo. Mi sistema alerta desde hace tiempo y me dice aquello tan irritante de “No se ha podido realizar correctamente la actualización por no haber espacio suficiente en el disco duro”.

Elimino archivos basura, muevo los importantes a otra unidad de almacenamiento externa…  y tiro. Tiro hasta que llega un día en el que necesito instalar una aplicación vital y el sistema no me responde: necesito esa app que me permita meter aire a los pulmones mientras sigo con mi vida y entonces me dice que el acceso me ha sido denegado. No puedo respirar. Estoy sola. Atrapada en la filigrana imposible de mi existencia. Sola. Nadie puede respirar por mí. Inspirar, expirar… Es muy fácil. Es lo primero que aprendemos al nacer. Y entonces, ¿por qué no soy capaz? Siento que podría pasarme horas llorando, deshidratando a ese bicho que me hace tanto daño. Desde el apabullante dolor de cabeza que siento asoma tímidamente una regañina: ¿No te parece que ya es suficiente? Suficiente. ¿Qué palabra es ésa? Nunca es suficiente. Porque podría hacer más y podría hacerlo mejor. ¿Quién me ha dicho eso? ¿Puedo? ¿Debo? ¿Con quién tengo esta deuda acogotante? Conmigo”.

¿Es porque hemos elegido ser y estar?

Podrían ser las líneas de un diario personal. Conozco a muchas mujeres que también se están sintiendo así cada día, sabiendo que algo estamos haciendo requetemal cuando el primer pensamiento de cada día es “madre mía, lo que tengo por delante”.

Pero esa convicción no cambia nada. Porque hemos elegido ser y estar. Reclamar nuestra silla allí donde se mueve el cotarro, sin dejar de acoplar como nadie la despensa después de una compra de 200 euros, por poner un ejemplo. Tenemos derechos y estamos dispuestas a hacerlos efectivos. Pues sea. A por todas.

Hemos querido estudiar y lo hemos hecho; trabajar… y hemos podido (algunas); demostrar que valemos, también; formar una familia… ¡Pues venga! Con hijitos y/o hijitas… ¡Dale! Promocionarnos profesionalmente… lo que hemos podido; demostrar nuestra maestría en la gobernanza doméstica… aquí nos hemos salido. Y ya. Hasta aquí una aproximación a ese concepto imposible que hemos acordado llamar conciliación de la vida familiar y laboral.

Pero aún no hemos hablado de sueños. Aquí es donde te das verdadera cuenta (si no lo habías hecho ya) de que te puedes poner cada día el traje de superwoman, pero aun en el caso de que te quede como un guante, no te arroga superpoderes. Pensar con todas tus fuerzas en que algo es posible, puede acabar consiguiendo que lo sea, pero no es el caso.

La falda, el leggin, el vaquero, la melena, el rizo suelto, el pelo corto, la americana, la chupa, las botas de monte, el morrito pintado… Da igual cuál sea tu traje: no tiene superpoderes. Por lo tanto, si eres de ésas que además de conciliar trabajo y familia quieres volar hacia tus sueños, cuenta con que nuestras alas están empapadas de chaparrones que nos sobrevienen por un montón de frentes con los que no habíamos contado. No podemos volar. No sin pagar el alto precio de renunciar a la paz de la mente, el cuerpo y el alma.

Yo no puedo volar. Me pesan demasiado las alas. Por más que me pongo al sol no se secan, porque, además, es tan fugaz y débil este sol que me adeuda tanto, tanto calor…

Quizá no es el momento

Voy a dar un pasito para atrás y reconocer que a lo mejor sí puedo volar, pero quizá no tan alto ni tan rápido; y que a lo mejor éste tampoco es el momento. Pero como a cabezona es difícil ganarme, ahora voy a dar un pasito para adelante para decir alto y claro que me parece injusto que yo tenga que posponer mis sueños a la espera de mejor vida. Porque la mejor vida ya existe: deben tener un prototipo en Taiwan, que lo conocen 27 chinos y 3 chinas, y que no se atreven a globalizarlo porque el negocio y la ética no se llevan bien. En ese prototipo de sociedad los hombres se caen del guindo de una vez por todas y se mueven junto a sus compañeras: no ayudándolas sino aupándolas. Tomando parte en el cambio, dando forma a la igualdad real; construyendo desde la primera línea, no limitándose a observar, respetar, dejar avanzar e incluso admirar. En ese prototipo, las mujeres no nos sentimos obligadas a sacar lo mejor de nosotras mismas todo el tiempo; los niveles de responsabilidad tienen ritmos y espacios y la autoexigencia toma por fin forma de látigo real y se lo devolvemos al Sr. Grey, para que juguetee entre sus cincuentas sombras con quien quiera y le vaya el rollo.

elorigen

La ansiedad, esa gran conocida.

La ansiedad, esa gran conocida

Según un estudio de julio de 2014 del Instituto Catalán de la Salud, somos el país con más estrés femenino de Europa: el 66% de las mujeres españolas están estresadas. Un enfoque más global nos sitúa en las quintas más estresadas del mundo, por detrás de India, México, Rusia y Brasil.

La palabra “estrés”, utilizada con mayor o menor rigor, forma parte de nuestro lenguaje más cotidiano. Sin embargo, cuando hablamos de ansiedad el significado se nos antoja más amplio, preocupante. La ansiedad no aparece de repente. Nos va dejando notitas aquí y allá, con mensajitos que la rutina no nos permite considerar amenazantes. Se manifiesta en múltiples formas que van desde sensación de nerviosismo, dificultad para respirar, nudo en el estómago, opresión en el pecho, taquicardia, miedo, alteración del sueño, tensión muscular, temblor, cefalea, mareos, hiperventilación, adormecimiento de manos y piernas, incapacidad para relajarse…

Son alertas del cuerpo a las que, a veces, no hacemos caso. Y entonces la ansiedad se presenta de manera desproporcionada, sin motivo aparente, intensa, persistente, invadiendo el modo en el que nos relacionamos con el mundo y sus gentes, interfiriendo en nuestro hacer, en nuestro ritmo, productividad, resistencia, seguridades… Es en este momento, cuando deberíamos comenzar a pensar en ella, en la ansiedad, como en un trastorno.

Las dificultades para conciliar vida laboral y familiar y las características propias de nuestro sistema hormonal, hacen que las mujeres sufran hasta un 200% más de ansiedad que los varones. Esto lo dice Antonio Cano-Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), en el marco del X Congreso Internacional de dicha sociedad. No me resisto a apuntar que echarle la culpa a las hormonas (sin saber yo nada de ciencia, es verdad), me da, cuanto menos, perecita. Con los vaivenes hormonales convivimos desde muy temprana edad y –si  bien es cierto que hay mujeres a las que les afectan- no me parece a mí que sea de recibo citar este motivo sin poner una coma más, para añadir el papel fundamental de observadores internacionales de brazos caídos que los hombres del mundo civilizado están desempeñando, viendo y lamentando el desplome de tantas mujeres que, literalmente, no pueden con la vida. O no les da la falda, como me gusta a mí decir.
Dice Cano-Vindel que las mujeres damos una gran importancia a todo porque “procesamos la información de forma más amenazante, magnificando los problemas”. Quizá podríamos ser un poco más serios y reconocer que todos esos problemas a los que damos tanta importancia y magnificamos, son amenazas reales para nuestra programación vital dirigida a pensar en el bienestar de todo pichi pata antes que en el nuestro. Añade, que “las mujeres suelen atender varias tareas a la vez y generalmente son más perfeccionistas que los hombres, y todo esto les provoca mucha ansiedad”. Reto a Cano-Vindel y a todos los hombres aventureros del mundo a intentar el ejercicio del cuidado de sus seres queridos y la multitarea permanente desde el prisma del perfeccionismo y hacerlo con paz. Sé que este señor experto en ansiedad no tiene la culpa y que se limita a hacer pedagogía con su saber sobre el tema que nos atañe. Pero es que yo a veces tengo la sensación de que cuando los hombres describen las cosas que nos pasan a las mujeres, lo hacen desde la distancia erudita del que no se siente -ni de lejos- parte de la historia. Es un poco como decir: “Es que ellas son así”.

Vivir con ansiedad se puede, pero no se debe

Con un trastorno de ansiedad es imposible vivir. No permite el curso normal de la vida y la persona no puede solucionarlo sola sin recurrir a la ayuda profesional. Todos los estudios parecen coincidir en que las mujeres sufren más trastornos de ansiedad que los hombres, porque en los últimos años nos estamos exigiendo como nunca para estar a la altura: se muestran ante nosotras apetecibles posibilidades de desarrollo profesional y personal, pero no hemos sabido (ni quizá querido) ceder la batuta del hogar. Se añade en esta información la mayor predisposición genética a padecer dichos cuadros y más permiso social para expresar lo que emocionalmente sentimos. Apunto yo dos cosas. Una: si los hombres no se han ido sumando al cambio social al mismo ritmo que lo han hecho las mujeres… “de aquellos polvos, vinieron estos lodos”. Y dos: si un hombre sufre ansiedad a estos niveles de los que hablamos, lo cuenta: vaya que si lo cuenta.

¿Cuándo empieza todo esto?

Leo en este artículo de Miranda Vignera, psicóloga especializada en mujeres e infancia, que “ciertos rasgos masculinos como la independencia, el nivel de actividad o la asertividad constituyen factores protectores contra el miedo y la ansiedad. A las niñas se les refuerzan las conductas prosociales y empáticas, mientras que a los niños se les fomentan los comportamientos de autonomía e independencia, la asertividad y la iniciativa, a la hora de desempeñar distintas actividades. Se ha comprobado a través de diversos estudios que las niñas, desde muy pequeñas, reciben respuestas más positivas cuando cometen actos de obediencia y sumisión. A su vez, reciben respuestas más negativas al mostrarse más activas”.
Por tanto, la afectividad negativa constituye un factor de vulnerabilidad para sufrir trastornos emocionales y las mujeres –explica Vignera- presentan mayores índices en este factor que los hombres “como consecuencia de los diferentes patrones sociales de reforzamiento, el estilo y las expectativas paternas que reciben varones y mujeres desde su nacimiento”.

Continúo destacando literalmente: “Hasta la etapa preescolar, los niños manifiestan más emociones de enfado, mientras que las niñas se muestran más temerosas. A lo largo de la infancia, las niñas empiezan a evidenciar más síntomas de ansiedad e inhibición conductual. Durante primaria y secundaria las niñas manifiestan más emociones de sorpresa, tristeza, vergüenza, timidez y culpa, mientras que los varones muestran más reacciones de desprecio y son más propensos a negar la experiencia de otras emociones”.

“Es por estos factores y por otros, que las mujeres tienen el doble de probabilidades de sufrir un trastorno de ansiedad que los varones. Los factores de tipo psicosocial son los que mejor explican esta mayor vulnerabilidad de la mujer a los trastornos de ansiedad”.

La autoexigencia

Dice Carmen F. Barquín que la autoexigencia resta demasiada energía y tiempo al disfrute de una vida afectiva y social. Añade que “suele afectar más a personas con baja autoestima que perciben como un ataque personal cualquier crítica. La rabia y la frustración les impiden ver más allá, para poder reconocer y disfrutar de los logros y avances conquistados”.

Del discurso de Carmen F. Barquín me quedo con la desoladora constatación de que las consecuencias de la socialización diferencial y las pautas de género marcan, guían y limitan la vida personal: lo que “se tiene que hacer” y “cómo se tiene que ser”. “Este aprendizaje se va interiorizando en nuestro psiquismo y configura nuestra identidad de género. La afectividad asignada a las mujeres dentro de la socialización sexista, se corresponde con la dependencia y el sacrificio, se nos estimula tendenciosamente para sentirnos bien cuando nos volcamos hacia los otros como mandato central de nuestro deber ser Mujer”.Esta frase a mí me duele en lo más hondo.

Me viene a la cabeza el post “Género y salud: formas de distinta conjugación” que escribió Maxi Gutiérrez, como mirada invitada en este blog, en el que decía: “La mujer tiene interiorizado el mandato del cuidado hasta tal punto que lo normaliza y muchas veces se lo autoimpone como una cuestión de deber moral en solitario. Mochilas que se cargan a la espalda llenas de ocupaciones y pre-ocupaciones que pueden transformarse en dolor, insomnio, depresión o angustia. No sé si es enfermedad, pero, desde luego, es sufrimiento del que muchas mujeres no son capaces de salir”.

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Laberintos

Salirse de madre

Añade C.F. Barquín que “transgredir la expectativa del rol, asumir protagonismo e iniciativa, implica en ocasiones tener que atravesar laberintos de  “castigo” social y también supone superar las barreras internas que en forma de “mandatos” de género nos hacen sentir inseguridad o culpa”.

Mayoritariamente, la responsabilidad de los cuidados y -aunque con avances esperanzadores- también lo doméstico, forman parte de nuestra programación desde la infancia. La incorporación al mundo laboral, la autonomía para decidir ir, venir, formar parte de proyectos, activismos, movimientos, emprendimientos del tipo que sean, tienen coste. Un alto coste: la dificultad para gestionar el tiempo y con ella, la culpa que barniza todo lo que hacemos fuera de programación. “Muchas veces esta sensación se interpreta como incapacidad lo que, a su vez, promueve una sobrexigencia, un malabarismo imposible de sobrellevar en el intento de llegar a todo y además, hacerlo bien”.

Renunciar: fracaso o liberación

El desgaste físico, emocional y psicológico que supone ser y estar, echarse a la espalda más responsabilidades de las que nos podemos permitir sin perder la salud por el camino, acaban por ponernos frente a un espejo y hacer un ejercicio sincero de revisión de vida. Muchas mujeres que apostaron por desarrollar un proyecto profesional, social, personal… terminan por renunciar a sus metas y sueños porque no les compensa. Porque vivir en un estado continuo de estrés dispara la ansiedad de forma peligrosa, por los sentimientos constantes de malestar y angustia.

Tras la toma de decisiones duras, dolorosas, que implica renunciar a los sueños, deberíamos poder saborear una cierta (aunque amarga) liberación, por haber dejado pesados paquetes a los lados de nuestro camino. Podríamos empezar a trabajarnos la conciliación entre nuestras capacidades y posibilidades y emprender ese apasionante viaje que algunas personas consiguen hacer hacia la paz interior. Lo que ocurre es que hay mujeres que no necesitamos liberarnos de peso sino llevarlo entre más gente. Por tanto entiendo que si mi cuerpo y mi mente se sublevan y me piden parar y yo lo asumo, no estaré renunciando porque quiero sino porque no puedo.

En el jardín donde tengo plantados mis sueños siempre hace buen tiempo, el sol calienta y el cielo es intensa y absolutamente azul, azul, azul. Me sirve como imagen mental: es allí donde quiero y necesito estar, porque es lugar de orden, de paz, de igualdad, de derechos, de conquistas para hombres y mujeres. Pero mi edén, el azul cuyo anhelo me ciega y me desbarata, me plantea un conflicto demoledor: ¿en el empeño esforzado por hacer de mi jardín un vergel, no estaré pateando mi propia huerta impidiendo que nada de lo plantado agarre?

No sé si este tema de La Oreja de Van Gogh sobre el diminuto punto azul visto desde muy lejos, después de la desconexión… ilustra o confunde el final de este post. Pero para mí tiene todo el sentido y me permito ofrecerlo por si alguien me sigue…