Género y salud: formas de distinta conjugación

04/03/2014 en Miradas invitadas

Maxi GutierrezMaxi Gutiérrez @MAXIGJ. Médico de familia en activo. Sensibilizado y atento a las realidades sociales. Trabajando (y trabajándose) por la igualdad de género. Miembro de un grupo de hombres en el centro Ez-Berdin de Vitoria-Gasteiz. Formador de profesionales sanitarios en atención a víctimas de violencia de género.

La variable género explica muchas de las cosas que les ocurren a hombres y mujeres en su manera de actuar, pero también en la manera de enfermar.

Mujeres y hombres, pero sobre todo mujeres, pasan por la consulta manifestando malestares, ansiedades, dolores, a veces miedos y sólo algunas pocas veces enfermedades con daño orgánico. Y no se manifiestan igual cuando se sientan en la silla de la consulta y expresan sus síntomas, no actúan igual cuando han de combatirla y no se sienten igual ni ante la recaída ni ante la recuperación.

Sólo la observación de estos comportamientos con las gafas de género me permite reflexionar y poco a poco va marcando mi forma de hacer medicina, mi manera de intervenir y las propuestas que planteo a mis pacientes, mujeres y hombres.

Existen diferencias biológicas que lógicamente afectan a la salud, pero esta cultura y esta sociedad asignan a las mujeres unos roles tan específicos que condicionan su estado de salud y su enfermedad.

Pondré dos ejemplos. Durante mucho tiempo el hábito tabáquico ha sido una práctica fundamentalmente masculina que ha condicionado que las cifras de cáncer de pulmón y otras enfermedades crónicas pulmonares hayan sido mucho menores en mujeres. En eso se han visto beneficiadas, hasta que una actitud de imitación del modelo masculino, referente en nuestra sociedad patriarcal, ha extendido el hábito entre ellas haciendo que estas cifras cambien sustancialmente. Actualmente las cifras más altas de mortalidad por cáncer de pulmón en mujeres se concentran en zonas de nivel socioeconómico más alto.

Por otra parte, el rol de cuidadoras atribuido mayoritariamente a las mujeres de nuestra sociedad hace que muchas vivan sobrecargadas por la asistencia dispensada a sus mayores, a sus hijos e hijas y, en muchos casos, también a sus parejas. La mujer tiene interiorizado el mandato del cuidado hasta tal punto que lo normaliza y muchas veces se lo autoimpone como una cuestión de deber moral en solitario. Mochilas que se cargan a la espalda llenas de ocupaciones y pre-ocupaciones que pueden transformarse en dolor, insomnio, depresión o angustia. No sé si es enfermedad, pero, desde luego, es sufrimiento del que muchas mujeres no son capaces de salir.

Sin embargo, los hombres consultamos menos o más tarde porque hemos sido educados en la necesidad de aguantar, de exponernos o de sobreponernos y muchas veces lo hacemos empujados por nuestras parejas. Es frecuente escuchar cómo se disculpan (“vengo porque la pesada de mi mujer…”; “yo creo que no es importante, pero se ha empeñado…”), dejando bien claro que quería (¿o debía?) soportar la situación como sólo un hombre sabe hacerlo.

Así aguantamos malestares o diagnósticos en estadios más avanzados de enfermedad, que dificultan su tratamiento. Participamos menos de los programas preventivos de cribado de enfermedades. Y desarrollamos conductas de riesgo que generan enfermedad: el abuso de sustancias tóxicas como el tabaco, alcohol u otras drogas, los accidentes de tráfico, los traumatismos y agresiones se producen típicamente en hombres.

El rol familiar del cuidado ante la enfermedad está bien determinado. Si es el varón el que enferma, casi todo está asegurado cuando hay una mujer que dispensa y organiza las cuestiones necesarias. Si lo es la mujer, entonces toca hacer muchas cábalas para facilitar un funcionamiento familiar razonable y aportar los cuidados necesarios que aseguren la recuperación de la salud.

Si los hijos contraen la enfermedad, será la mujer la que centre las atenciones y cuidados. Es curioso observar a muchas madres cómo se acercan a la consulta con sus hijos adolescentes, aportando todo tipo de información y detalles sobre el proceso, sin dejar apenas que el enfermo pueda contar lo que le ocurre y cómo se siente, sin oportunidad de permitirle intervenir, bajo la percepción de que no lo va a hacer adecuadamente. Sin embargo, cuando es el padre el que acude a la consulta, éste permanece casi en la puerta, ejerciendo de mero acompañante al que alguien le dijo que llegara hasta la consulta sin saber muy bien qué hacer después.

Poca responsabilidad en las actitudes mantenidas en unos y en otros. Todos son mandatos de género establecidos por los roles repartidos. Las cosas puedan salirse de lo habitual, pero nunca por el azar.

foto_postMaxiMientras tanto, nuestro sistema sanitario, muy efectivo en su conjunto, diferencia poco la atención a hombres y mujeres más allá de lo puramente biológico (ginecología, obstetricia y alrededores). Tenemos profesionales excelentemente formados en lo anatómico-funcional y mucho menos en lo sociosanitario. Necesitamos una mirada bio-psico-social. Es necesario que los profesionales de la salud, en su totalidad, tengamos más en cuenta los condicionantes sociales en general, y los condicionantes de género en particular, en nuestra forma de abordar los problemas de salud. Así realizaremos una atención más ajustada a las circunstancias de cada persona y también contribuiremos a una cultura en la que ésta no sufra como consecuencia de unas desigualdades asignadas por el hecho de pertenecer a uno u otro género.

Es sabido que el sector sanitario es un colectivo mayoritariamente formado por mujeres, sobre todo en la enfermería y cada vez más en la medicina, pero eso no asegura una mirada ponderada de género. Entre nosotros sigue reproduciéndose el tópico que cuidar es de mujeres (enfermeras) y curar de hombres (médicos). Y eso produce perversas consecuencias para la atención y para el sistema.

La cuestión no creo que sea actuar sobre el organigrama sanitario, sino generar procesos de reflexión y formación de los profesionales en los que se introduzca la variable de género como algo valioso para interpretar los procesos de enfermar de las personas.

Por otra parte, nada nos hará mejores profesionales que nuestro trabajo para constituirnos como mejores personas. La cuestión se juega en las cosas de la vida cotidiana, en las actitudes del día a día y en todas aquellas cuestiones que tenemos “grabadas” y de las que apenas somos conscientes. Las actitudes sólo pueden cambiarse con procesos de reflexión, con espacios de diálogo, corriendo riesgos en el cambio y disfrutando de los logros.

Veo avances en mis compañeros y compañeras sanitarias que cada día se esfuerzan en hacer mejor su trabajo. Experimento en mí mismo que es posible cambiar y generar dinámicas nuevas. ¡Cómo no ser optimista!

Todo esto no es fácil, pero, cuando se experimenta, ya no hay marcha atrás, es imposible mirar con otros ojos y, a mí por lo menos, el camino me resulta apasionante.

Somos mujeres. Somos personas. Gente con sueños que imagina una sociedad diferente. Gente que reclama un espacio común para mujeres y hombres que sea más justo y equilibrado. Y después de mucho cavilar, somos doce mujeres con ganas de trabajar para lograrlo. ¿Quieres saber quiénes somos?.

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