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¿Literatura de mujeres?

03/03/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

elena_sierra (2)Soy Elena Sierra, licenciada en Ciencias de la Información y colaboradora de los periódicos El Correo y Bilbao. Como leo rápido, me especialicé en Cultura-Libros. De vez en cuando escribo algún guion, organizo alguna jornada o escribo alguna nota de prensa (la mayor parte de esto lo hago en colaboración con la empresa Biografías Personales), pero fundamentalmente leo, pregunto y escucho. Intento que las preguntas sean siempre más cortas que las respuestas porque creo que es un buen camino hacia el conocimiento; también creo que si se dejara escribir y hablar más a las mujeres en los medios, todo sería mejor.

Me he equivocado de libro, pensé, sentada en la estación de autobuses.
Punto uno: voy a una ciudad en fiestas y a ver a mis sobris, y este es un libro de muerte y duelo. Pero en circunstancias normales, eso no tendría importancia y hasta me haría gracia, por resumir tan bien lo que somos.
Punto dos, y éste sí: es un libro sobre la muerte de un hijo, la ruptura de una pareja y el dolor, y está escrito por un hombre.
Y allí, sentadita en la estación, casi en off, me activé y me puse a pensar en otras cosas que, como todo está conectado, acabaron siendo la misma cosa.

El día anterior habíamos estado hablando de amor y de hablar del amor; para ser más exacta, había que presentar un libro sobre el amor, o sobre las relaciones -no, no es lo mismo, aunque te digan que sí-, y para hacerlo nos habían invitado a tres mujeres. Con la autora éramos cuatro. Habíamos reflexionado sobre eso, sobre el hecho de que para presentar a una mujer y su libro sobre las relaciones nos hubieran invitado a tres mujeres más… Ya se sabe, son nuestras cositas. Aunque hay que decir que el libro se salía un poco de ‘la norma’. Tanto, que alguien dijo que algunos cuentos de la autora en cuestión eran para hombres o masculinos, y yo tiemblo, pero es otro tema.

sciencie fiction from women for women

Allí estaba yo, con el libro de un autor que me gusta mucho, cuyas frases releo nada más leerlas, dándole vueltas a la etiqueta. La de literatura de mujeres. Para mujeres. Este libro tenía, en teoría, todas las papeletas para ser catalogado como tal. Ay, madre, sentimientos, emociones, lágrimas, relaciones en peligro, la figura del hijo. ¡El hijo! (Este también es otro tema, me estoy liando)
Excepto una papeleta, la más grande, el as, la vacuna: su autor es un hombre y parece que inmediatamente está salvado de caer en ese montón. El de la prevención, el de si ers hombre, no te gustará; el de si de verdad te gusta leer, esto no es para ti. Esto es solo literatura para mujeres.
Miré la faja -sí, la faja- y leí: “Una de las apuestas más personales y valiosas de nuestra prosa actual”, “Excelente escritor”, “El mejor exponente de su generación”, “Uno de los escritores decisivos de la nueva narrativa española”. Me pregunté si eso se escribiría si quien hubiera escrito esta historia de pérdida hubiera sido una mujer.
Me respondí que no. Tristemente, no.
No habría salido del montón de la prevención. Probablemente habría sido publicado por otro tipo de editorial, con otro tipo de portada, y otro tipo de reclamos. Algunos pensarían que no iba con ellos, como algunas pensarán que este libro del que hablo no sería de su gusto. La etiqueta funciona. Divide (en dos), desprecia y reduce (a una, mientras tiene el poder de ensalzar al otro sin tener que mencionarlo siquiera), te convence de algo que no es real. He leído varios best-sellers que entrarían, por lo que creo deducir tras décadas de lecturas, en la categoría de libros para mujeres, pero que se venden como libros sin más y en estanterías de géneros sin más (espías, historia); es decir, si llegan a ser despreciados es porque son un rollo o están mal escritos y no porque, de entrada, son para mujeres y están escritos por mujeres.

Leo. A veces cuando me preguntan qué hago, respondo que leo. Me parece más definitorio de mí que mi trabajo: leo y aprendo, leo y me planteo, leo y pienso, leo y muto, y cuanto más leo, más quiero. Por supuesto me fijo en los nombres que hacen posible la existencia de las novelas y los ensayos y los poemas que leo, pero no son la razón en la que baso mis elecciones. Si es un hombre o una mujer, no me importa (a no ser que ya haya leído algo suyo anteriormente, a no ser que haya leído algo sobre su historia que me parezca maravilloso). Me niego a asumir esa separación que parte de una concepción sexista de todo, y del desprecio sistemático de una parte o lo que se asocia eternamente a ella, porque todo está conectado.
Y sin embargo, confieso: me descubro cada vez más buscando nombres de mujeres en las portadas de los libros que elijo, porque estoy hasta el moño de que me digan que no pasa nada, que es algo natural que sus obras no estén en las listas, ni sus culos en las academias, ni sus firmas en los suplementos culturales, ni en sus cuentas corrientes los importes de los premios porque no dan la talla. Ya, ya.

4 cosas que he descubierto desde que soy bloguera en Doce Miradas

24/02/2015 en Doce miradas por María Puente

Son más de cuatro, pero dosifico para no alargarme. Los posts muy extensos no gustan. Esto también lo he descubierto en DM.

Fotografía de Iratxe Gallo.

Fotografía de Iratxe Gallo.

1. “Por qué no habláis de perros y gatos abandonados”. Desde que estoy en Doce Miradas, me he dado cuenta de que hay un tipo de comentario que aparece con cierta cadencia en los blogs de temática feminista. Suele ser algo así: “me parece fatal que no habléis de la discriminación que sufren las personas discapacitadas, obesas, paradas, las pertenecientes a minorías étnicas, ancianos…” Ante un comentario semejante, es fácil que por un instante te asalte la culpa y pienses ‘mira que soy egoísta, con los problemas tan graves que hay en el mundo, los niños y niñas que mueren en África, las guerras atroces, las enfermedades, los padecimientos tremendos que se suceden a diario, y yo aquí hablando de la publicidad sexista, de la necesidad de implantar un sistema de cuotas que garantice la presencia de mujeres, de la brecha salarial…’ Este tipo de comentarios son una forma moderna, sibilina y sofisticada de decir lo mismo que se decía en el pasado: calladita estás más guapa. Que te manden hablar de otra cosa es pedirte que calles sobre lo que estabas hablando, es silenciarte con disimulo. Sólo que aquí el machismo de trazo grueso se disfraza de 0,7, de ONG, de asociación de damnificados o afectados por alguna discriminación. Pero no nos engañemos, es lo mismo de siempre. Personas molestas a las que no les gusta que las mujeres reivindiquen para sí mismas. Por otro lado, quienes hacen tales comentarios parecen no darse cuenta de que no son categorías o aspectos incompatibles ni comparables puesto que las mujeres podemos ser discapacitadas, obesas, desempleadas, pertenecer a minorías étnicas… He advertido que algo muy parecido suele sucederles a las personas cuya causa es la defensa de los animales. Hay asociaciones y organizaciones para causas diversas y cada cuál es libre de sumarse a la que prefiera, sin que eso menoscabe la importantísima labor que desempeñan otras agrupaciones. Reivindicar la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres no es una banalidad ni un capricho. Que todo el mundo se quede tranquilo, no muere ningún niño en África cada vez que una mujer reivindica la igualdad.

2. El pin feminista. La gente de la política, de la empresa, de los medios de comunicación y personajes públicos se colocan este pin con facilidad. El pin feminista, el pin gay… lo que tercie. Ahora que estoy en Doce Miradas me fijo más y he descubierto que hay mucho feminista de salón. Queda bien en ciertos ambientes decir que uno es feminista, granjearse las simpatías de las mujeres y hombres que defienden este movimiento y ser políticamente correcto con lo que corresponde en nuestra época, pero cuántas veces es solo fachada. Hace un tiempo y casi seguido, escuché cómo se les desenmascaraba a algunos de ellos en sendas tertulias de radio. En uno de los casos, los contertulios que momentos antes lanzaban floridos discursos a favor de la igualdad, hacían el ridículo estrepitosamente, momentos después, cuando la periodista que dirigía el programa les preguntaba uno por uno si ellos hacían la maleta o ‘se la hacían’. El resultado fue bochornoso. Para colmo, se ofendieron y enfadaron con la periodista, “esto no se hace, es una encerrona, no es jugar limpio…” El feminismo de salón vale poco si no lleva aparejado un feminismo de estropajo, ese que se libra cada día en los hogares, o el feminismo de oficina, el que se necesita en el día a día laboral. No obstante, como no queda otra que jugar con las cartas que tenemos, personalmente abogo por utilizar a estos feministas de salón como ellos utilizan la causa feminista, es decir, cuando nos convenga. Eso sí, sin olvidar cómo son de verdad.

Fotografía de Iratxe Gallo.

Fotografía de Iratxe Gallo.

3. El feminismo beneficia también a los hombres. Confieso que cuando empecé en esto de Doce Miradas no me lo creía. A menudo oía o leía a mis compañeras de blog diciendo que muchos hombres se sentían incómodos en una sociedad machista, que esa educación también les hacía sufrir a ellos, que la igualdad entre mujeres y hombres beneficiaba a ambos y, sinceramente, pensaba que eran un poco ingenuas. Siempre me ha parecido que los hombres disfrutan de privilegios y que si el feminismo propugna acabar con aquellos privilegios que se sostienen gracias al sometimiento y la discriminación de las mujeres -la mayoría, sospecho-, entonces, lógicamente, saldrían perdiendo. Adiós a la buena vida y a las ventajas por el mero hecho de ser hombres. Lo cierto es que desde que estoy en Doce Miradas y leo los comentarios y posts que escriben algunos de los hombres que nos siguen habitualmente he empezado a cambiar de opinión. Son hombres que se ponen en nuestros zapatos, confiesan no haber estado siempre a gusto en los suyos, y defienden la igualdad de derechos y oportunidades con sinceridad. Seguramente son minoría, pero existen. Recientemente, unas amigas me hablaron acerca de las actividades extraescolares de sus hijos y por lo que cuentan, hoy en día, que un niño quiera hacer ballet sigue siendo un trago, no tan amargo como el de Billy Elliot, pero un trago.

4. La publicidad apesta. A pesar de dedicarme a la comunicación y a la publicidad, últimamente veo muy pocos anuncios en televisión. En mi isla de series favoritas y algún que otro informativo no hay de eso. Pero hace poco tuve ocasión de ver varios bloques publicitarios seguidos y aluciné. Ya sé que hay mucha publicidad sexista, más de una entrada de Doce Miradas se ha dedicado a ello, pero lo que vi el otro día fue un bombardeo continuo. Recuerdo que cuando estudiaba un postgrado en publicidad allá por el año 1992 analizábamos algunos de estos anuncios como si fuera casi un ejercicio de arqueología, convencidos de que estábamos asistiendo a los últimos coletazos de una era que tocaba a su fin. Veíamos aquellos spots entre risas y miradas indulgentes, condescendientes con una sociedad de ideas retrógradas que ya iban quedando definitivamente atrás. Eran los últimos vestigios. Eso pensaba yo al menos y por eso lo perdonaba y hasta me divertía verlo. Pero comprobar cómo está la publicidad hoy en día no me hace ninguna gracia. De fondo, el eterno debate. ¿La publicidad es o debe ser un reflejo de la sociedad o debe propugnar modelos más edificantes? ¿Es así nuestra sociedad?  Aquí va una muestra de estos anuncios que como quien no quiere la cosa siguen presentando a la mujer como la única que debe cuidar su alimentación y su figura, la única encargada de cocinar, alimentar y vestir a los hijos y la única encargada de decorar y amueblar el hogar mientras el hombre, oh, el hombre, el hombre se sienta tranquilamente a leer un libro como el gran intelectual que es. Que conste que recopilarlos no me ha costado  meses y meses de ver publicidad. Esto es lo que puede ver cualquiera mañana mismo en un bloque publicitario. Un mensaje machista detrás de otro en menos de cinco minutos.

-¿La leche sin lactosa es solo cosa de chicas? Según este anuncio, parece que sí.

-¿La leche desnatada es un producto para mujeres? Con este spot lo dejan bien claro.

-¿Decorar y amueblar la casa compete a la mujer en exclusiva y por decreto? Este anuncio no deja lugar a dudas. Ellos están ocupados leyendo en el sofá como intelectuales que son.

-¿Alimentar a la prole es una tarea exclusiva de las madres? Si cocinas arroz Brillante, desde luego.

-¿Los padres no deben ocuparse de comprar ropa a los hijos? Por lo visto, es otra labor exclusiva de las madres.

Sororidad: ¿Hace cuánto que no compruebas tus privilegios?

17/02/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

cwlChristina Werckmeister Lacarra (Los Ángeles, 1966) (@cwerckmeister). Licenciada en Filología Clásica, mi trabajo como co-fundadora y directora del Itinerario Muralístico de Vitoria-Gasteiz me permitió desarrollar mi marcada visión social. Uno de nuestros mayores objetivos es utilizar la producción de arte urbano monumental, creado de forma comunitaria y libre de estigmas elitistas, como herramienta de concienciación y crítica. Varios proyectos se han centrado en la equidad de género de manera explícita. Ahora, tras más de 20 años en el mundo laboral, he decidido volver a la esfera académica, estudiando por la rama de políticas públicas un Máster de Mujeres y Ciudadanía en la Universidad de Barcelona.

 

¡Hola Docemiradas! Y gracias por la invitación. Es un honor participar en esta gran plaza pública. ¡Qué importante para el feminismo es esta posibilidad tecnológica de intercambio de ideas, críticas y propuestas! Es como una recreación virtual de aquellas asambleas y grupos de debate donde confrontábamos conceptos, el primero de ellos incluso nuestro propio sexismo, para armar nuevas estructuras y andamios sobre los que elevarnos entre todas.

Acabo de releer (¡y recomiendo!) a la gran  Bell Hooks, El feminismo es para todos. Nos pide que no perdamos esas ganas de debatir dentro del propio feminismo, porque es la base de la verdadera sororidad. Ella recuerda los 60 y 70 donde se fueron forjando los feminismos de la Segunda Ola:

En vez de abandonar su visión de sororidad ante la imposibilidad de alcanzar una utopía,
crearon un verdadera sororidad, que tuvo en cuenta las necesidades de todas.
Éste era el duro trabajo de solidaridad feminista entre mujeres.

Pero Hooks nos advierte:

La sororidad nunca hubiese sido posible cruzando las fronteras de raza y clase 
si algunas mujeres individualmente no hubiesen estado dispuestas 
a ceder su poder de dominar y explotar a grupos subordinados. 

 

Por ello es importante comprobar constantemente nuestros propios privilegios de poder.

Observo una insidiosa tendencia en mí misma: con frecuencia olvido mis privilegios de clase, etnia, capacidad funcional, sexualidad (etc). Pero no soy la única. Como feministas, hablamos, pensamos y escribimos sobre diferentes tipos de subordinación y cómo operan “interseccionalmente“.  Género, clase, etnia, capacidad funcional, sexualidad, religión, edad (¡y más!) crean un sistema social de opresiones y privilegios que funcionan simultáneamente, aunque no todas con la misma intensidad. Sin embargo, nos resulta más fácil, y a menudo más urgente, ver las opresiones que los privilegios, especialmente si son los nuestros.

Claro está, el género atraviesa toda esta diversidad, y eso nos une. Pero lo que tenemos en común tampoco borra las diferencias ni las desigualdades entre nosotras. Y de la misma manera que criticamos el pensamiento androcéntrico que toma el concepto hombre por toda la humanidad, por eso también debemos hablar de mujeres y no de la mujer. Por eso decimos feminismos y no feminismo. Sabemos además que hay un feminismo occidental, blanco y heterosexual y de clase burguesa cuya hegemonía hemos de cuestionar las que “nos criamos” en él. Aquí tenéis un interesante debate donde ganó la moción “El Feminismo ha sido secuestrado por mujeres blancas de clase media” que propuso Myriam Francois-Cerrah.

¿Recordáis esa secuencia de la película La Vida de Brian de Monty Python donde se reúnen el “Frente Judaico de Popular” en el anfiteatro romano? Judith empieza la discusión declarando: “Yo creo, Ned, que un grupo anti-imperialista como el nuestro debe reflejar las divergencias de las bases.” Cada uno de los pomposos pronunciamientos androcéntricos tipo “Es el derecho inalienable de todo hombre…” , es interrumpido machaconamente por Stan con un “y mujer“. Casi que podríamos sustituir las palabras “grupo anti-imperialista” por “grupo feminista” y recordar machaconamente que cada vez que nombramos nuestras opresiones debemos nombrar también nuestros privilegios.

No es que los privilegios sean lo opuesto a las opresiones, pero en este “sistema” definitivamente tienen una relación que no se puede obviar. Gozar de ciertos privilegios no te convierte necesariamente en opresora (aunque puede que también) pero sí te beneficias. Y si te beneficias injustamente de la estructura social, también es tu responsabilidad cambiarla.  Algunas personas, o no se dan cuenta, o directamente lo niegan

¿Por qué algunas personas se empiezan a poner nerviosas cuando hablamos de sus privilegios? Parece que les invade un sentimiento de negación tal vez enraizado en un sentimiento de culpa. ¿Cuántas veces hemos oído?: “Espera un momento, yo no he tenido ningún privilegio. Todo lo que yo tengo, todo lo que soy me lo he ganado yo. A mí nadie me ha dado nada gratis“. Bueno, sabemos que eso no es verdad. Aquí tenéis un buen artículo de Jamie Utt  sobre cómo hablar de privilegio con alguien que no sabe lo que es. Parafraseando a Utt, una definición de “privilegio de identidad” sería: Cualquier beneficio o ventaja que recibes en la sociedad solamente por tu identidad de etnia, religión, género, sexualidad, clase-riqueza, habilidad funcional o estatus migratorio.

Yo, como mujer cis-género, blanca, occidental, sin diversidad funcional, heterosexual, de clase media y formada en el feminismo hegemónico, cada mañana cuando salgo por la puerta sé que no tengo que gastar ni una neurona en:

  1. Planificar mis movimientos para evitar barreras urbanas, arquitectónicas, ni preocuparme de que me tomen en serio y me respeten como persona adulta.
  2. Mostrarme afectiva con mi pareja en público.
  3. Llevar un pañuelo en la cabeza cuando subo a un transporte público.
  4. Acudir a cualquier centro de salud si me encuentro mal.
  5. Sentirme estigmatizada por mi profesión; todo lo contrario se me tendrá por una mujer digna de respeto por “proteger” mi sexualidad.

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Y así muchas cosas más. Como no tengo que gastar neuronas, es fácil que se me lleguen a olvidar. Y de ahí rápidamente a racionalizar que todo lo que tengo me lo he ganado, o lo que es peor, que soy mejor, más avanzada, más libre, más lista; cosa que simplemente no es verdad. Según Shankar Vedantam, “Los que viajan con la corriente siempre pensarán que son buenos nadadores“.

El feminismo de la interseccionalidad nos explica y nos expone estas estructuras vivas y por dónde hay que atacarlas. Pero a la vez que nos abre los ojos, nos obliga a volver la mirada sobre nosotras mismas, comprobando continuamente nuestros privilegios. El espíritu crítico feminista para revisar y corregir el pensamiento androcéntrico, también nos lo debemos aplicar para evitar un feminismo hegemónico.

Quiero esforzarme en escuchar y aprender de todos los feminismos. Quiero resistir la tentación de buscar elegantes teorías que lo explican todo. En cambio, quiero “confrontar” y revisar continuamente diferentes perspectivas, prioridades y necesidades. Quiero apoyar las decisiones que tomen otras mujeres aunque yo no siempre las comparta para mí misma. Quiero tratar de ceder mis privilegios y descolonizar mi mirada. Es la promesa fundamental de emancipación que contiene el feminismo.

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Fotografía: Deia, 2013

 
 
Mural Giltza Bat
(por Verónica y Christina Werckmeister Lacarra)
 
Diálogo entre mujeres:
colores atravesando sus cabezas y corazones,
sobre un fundo de encaje de nudos
que ilustra la complejidad de su relación.
Más información, aquí.

Los 12 apóstoles o el gobierno de Syriza

10/02/2015 en Doce miradas por Miren Martín

Decía el Papa Francisco en su último viaje, creo que a Filipinas, que somos “demasiado machistas” (sic). Esto me lleva a pensar que los comportamientos “poco” machistas o “normalmente” machistas son generalmente aceptados y que solo se condena sin titubeos aquello que ha adquirido el carácter de delito como puede ser el asesinato, la agresión sexual o la violencia. Sin embargo, no se adopta una postura firme contra las actitudes que, precisamente, ostentan la mala costumbre de ser el origen y la causa de ese delito. Ahí está la nota de corte: parece que todo lo que no está tipificado en el código penal puede ser susceptible de debate acerca de si es o no es machismo: el piropo, la no presencia de mujeres en determinados puestos en la empresa o en los gobiernos, la publicidad, la “superioridad” del hombre frente a la mujer, el compartir las tareas domésticas, los valores transmitidos, la obediencia “debida”, los modos de educación, los roles sociales…

La razón por la que muchas personas que se proclaman a favor de la igualdad mantienen posturas evidentemente machistas, es que no son conscientes de que esas acciones, precisamente las que se dan de manera más habitual, esos modos de pensar, esa forma de moverse por la vida son, lo quieran o no, consecuencia y origen a la vez, del más puro y duro machismo. La frase que el Papa Francisco decía en Filipinas es un claro ejemplo de ello.

El peso de la tradición

Estamos viviendo un momento social importante. Parece que nos encontramos en una bifurcación del camino en la que elegir una u otra dirección podría hacer que cambiara el sentido de la historia. Da la sensación de que nos encontramos contemplando desde la orilla, como meros espectadores, una competición de veleros en la que tiene suma importancia en qué dirección sopla el viento. Lo que no sabemos muy bien es si las personas que capitanean los barcos tienen la intención de arriesgarse y atracar donde todas y todos estamos esperando o quizás nuestro deseo se sitúe 2 ó 3 puertos más allá de donde ellos, y digo ellos adrede, tienen planificado finalizar su viaje.

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Fotografía de aleteia.org

Eso nos pasa, por ejemplo, con el Papa Francisco que, cuando todavía era Bergoglio, nos conquistó el 13 de marzo de 2013 con aquel “buona sera”, dicho de una forma tan linda con acento argentino. Desde entonces, parece que han querido sonar aires de cambio pero su “demasiado machista” o la defensa del uso de la violencia física en el caso de que alguien ofendiera a su madre (que no a su padre), además de su inacción en otros temas, nos han hecho ver que, por lo menos éste, no tiene pensado llegar al puerto que mucha gente estábamos esperando. Le pesa la tradición. Demasiado. No es de extrañar si tenemos en cuenta que las creencias de la Iglesia están basadas en una fe en la que, tanto para crearnos como para redimirnos, e incluso para morir por nos, lo ha hecho en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Una Iglesia en la que las mujeres no están ni se les espera, salvo para representar un papel de actrices secundarias en una película que tiene ya más de 2.000 años, exactamente el tiempo en el que también la historia se encontró en un cruce de caminos. ¿Y quién lideró aquel cambio, aquella “revolución”? Pues, cómo no, un hombre. Un señor que un día se lió la manta a la cabeza, salió de su casa y reclutó un equipo de seguidores, los apóstoles, conformado otra vez más, solo por hombres. Y únicamente llevaba con él a dos mujeres: a su madre, la que le cuidaba, y a María Magdalena, la prostituta arrepentida y, además, enamorada del líder. O al menos así nos lo cuentan las crónicas de la época escritas, de nuevo, por hombres. Y no se nos ocurre poner en duda que lo nos dicen los evangelistas no sea cierto, por lo menos en cuanto al sexo de los protagonistas se refiere: a ninguna mujer de la época en su sano juicio se le hubiera ocurrido echarse a andar sola por esos caminos de Yahvé y decirle a otras 12 mujeres que hicieran lo mismo. Las hubieran tildado, como poco, de locas y en un pispas, las habrían mandado a la casa de sus padres para que las metieran en vereda. Y no se habría realizado ni un milagro, por supuesto, porque a ver quién iba a ser la guapa que se hubiera atrevido a resucitar a Lázaro sabiendo, porque para algo era la hija de Dios, la que por mucho menos se montaría siglos después en Zugarramurdi. Las 12 apóstolas nunca pudieron haber existido. Y por supuesto, jamás hubiera triunfado la doctrina que predicaban porque lo que decían las mujeres no contaba.

Ni cuenta.

Y llegó Grecia

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Fotografía de elcomunista.net

En la cuna de la democracia, volvieron a soplar hace pocos días, otros vientos de cambio. Y mientras los espectadores veían desde la orilla de nuevo la carrera de veleros, el ganador se quedó bastantes puertos más atrás de lo que muchas, y me consta que también muchos, esperaban. El partido ganador, Syriza, ha designado un gobierno compuesto por 10 hombres. Ni una mujer. Un Consejo de Gobierno de 40 personas, en el que solo 6 son mujeres. Es tradición, dicen algunos, que en Grecia la política esté copada por los hombres. Y entonces yo me pregunto que para qué sirven los cambios y en qué se diferencia todo esto de, por ejemplo, lo que vemos que ocurre en la Iglesia, estructura inamovible donde las haya. ¿No habíamos quedado hace tiempo que las tradiciones están para romperlas?

Contemplo con estupor que hay personas que justifican esta situación. Y que muchas de ellas son mujeres. He visto estos días a personas que pusieron el grito en el cielo cuando vieron que en el gobierno de Tsipras las mujeres destacaban por su ausencia, cambiar de opinión porque parece que si se critica algo que está mal hecho por un partido de izquierdas, inmediatamente te has “desindignado” y te has puesto al otro lado de la barrera. Pasados los primeros días han hablado los gurús y, como siempre, han callado las mujeres. Y no me meto aquí en opciones políticas, creo que no es el lugar, sino que me manifiesto en contra de cualquier gobierno, de izquierdas, de derechas o de centro, me da igual, en el que no haya mujeres. Porque sin mujeres en un gobierno, no se pueden hacer políticas de igualdad. Porque sin mujeres en un gobierno, van a decidir por nosotras y sin nosotras una vez más. Porque sin mujeres en un gobierno, nos vemos obligadas a levantar la mano de nuevo para decir que estamos aquí. Y ya tenemos el brazo cansado. Que también contamos. Que también votamos. Que también pagamos impuestos. Que no queremos volver a reivindicar que somos tan válidas como ellos. Que no nos apetece tener que decir otra vez más que tenemos que estar. Porque un gobierno sin mujeres es “demasiado” machista. Porque un gobierno sin mujeres solo denunciará aquel tipo de machismo que sea delito. Porque sin mujeres no hay democracia. Y porque esto ha sido así por los siglos de los siglos.

Amén.

De sostener la mitad del cielo a mujeres sobrantes

03/02/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Natalia Doce Miradas InvitadaNatalia G. Collado (@NatdiMontgo) es emprendedora (lo que toda la vida se ha conocido como empresaria) especializada en China. Licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración, con especialidad en Estudios Internacionales, por la UCM. Máster en Gestión de la Cooperación al Desarrollo y Ayuda Humanitaria por la U. Pontificia de Comillas y en Estudios de Asia Oriental por la UOC. Diploma de Estudios Avanzados en Estudios de Paz y Seguridad Internacionales por el Instituto Universitario Gutiérrez Mellado. También ha realizado programas de posgrado y especialización en la Beijing Foreign Studies University o la China-Europe International Business School (CEIBS) (Shanghai), siendo de la primera generación de personas becadas por la Fundación ICO en China. Ha escrito numerosos trabajos académicos y de divulgación sobre China y España, cuestiones de seguridad internacional o paz post-conflicto. Durante más de una década ha vivido en Pekín, Shanghai y Nanchang, promoviendo intercambios comerciales con empresas y administraciones públicas españolas.

Tal mes como el que inauguramos con este nuevo post, hace ya diez años, y con la ilusión y valentía de quién comienza a sentirse no sólo parte de este mundo sino mirada activa del mismo, me aventuraba a escribir un artículo en el que analizaba el rol de la mujer en la sociedad china.

Una década es mucho tiempo. Inmenso cuando se trata de revisar la experiencia vital de una persona, los conocimientos y experiencias adquiridas y la madurez de su mirada. E inconmensurable, si queremos estudiar la evolución de un país, y en este caso de un país con una complejidad geográfica, étnica y social tan ingente como China.

Mao Zedong Mujeres mitad cielo

Póster propagandístico, 1983.

Ya no tanto la transformación de China en sí misma, sino el ritmo de la misma, supone un hito histórico sin precedentes. Ha superado las previsiones más clarividentes y sigue sumiendo en el desconcierto a quienes intentan dibujar con pinceladas el horizonte más cercano. Es fundamental, por tanto, tener en cuenta dicho contexto si aspiramos a comprender la evolución del rol de la mujer en China durante los últimos diez años.

Mao Zedong afirmaba a mediados del siglo XX que «la mujer sostiene la mitad del cielo». Manifestaba así su rechazo y oposición a un sistema tradicional que, basado en el Confucionismo había marginado a la mujer al acatamiento de un sistema patriarcal, patrilineal y patrilocal en donde su valor se reducía meramente al de una propiedad y, consecuentemente, cuyo destino estaba escrito por quiénes las poseyesen.

Hace diez años, y analizando el primer lustro del siglo XXI, apuntábamos un escenario muy diferente al concebido por el fervor maoísta sobre la liberación de la mujer y la utopía igualitaria. Junto a las amenazas tradicionales que, lejos de extinguirse, se habían ido adaptando al devenir político, económico y social de China, añadíamos nuevos desafíos. A saber: prostitución y tráfico sexual; discriminación y explotación laboral; diferencias salariales; mayor presión curricular; problemas de conciliación familiar; depresión y suicidio.

Pero, ¿cuál es la situación hoy en día? ¿Se han despejado los nubarrones que cubrían la mitad del cielo hace una década?, ¿Nos encontramos más cerca de alcanzar esa sociedad igualitaria que auspiciaba Mao Zedong?, O por el contrario, y coincidiendo con el cambio de liderazgo y la llegada de Xi Jinping al poder (14 de marzo de 2013), ¿están resucitándose los valores tradicionales y el Confucianismo?[1].

En este sentido, y puesto que un análisis pormenorizado de cada uno de los desafíos nos obligaría a su vez a desmembrar la complejidad y diversidad del país, me gustaría destacar lo que a mi modo de ver resulta extremadamente llamativo, paradójico y novedoso si lo comparamos con el rol de la mujer hace una década.

«Es preferible criar cisnes que tener hijas» (dicho tradicional chino)

En una sociedad donde hasta finales del siglo XX prácticamente el 80% de la población trabajaba la tierra, el nacimiento de una hija suponía una desgracia familiar en tanto en cuanto no podía colaborar en el trabajo agrícola y el sostenimiento de la unidad familiar.

Por todos es conocido el abandono e infanticidio femenino que, recrudecido a raíz de la aprobación de la política del «hijo único» en 1979, ofrece hoy un panorama de tal desequilibrio cuantitativo entre hombres y mujeres que sociólogas como Valerie Hudson han llegado a sostener que podría poner en riesgo cualquier atisbo de democracia en China. Se calcula que en la isla de Hainan hay 135,7 hombres por cada 100 mujeres.

No obstante, y si bien se mantienen medidas como la prohibición de conocer el género del bebé durante el embarazo para evitar abortos selectivos, lo cierto es que esta situación ha cambiado exponencialmente. La mujer ya no es una «boca que alimentar». No sólo se ha independizado económicamente, sino que se ha convertido en muchos casos en el sostén familiar.

Mujeres chinas directivas

Grant Thornton International Business Report 2013

El Informe Hurun calcula que 17 de las 358 personas supermillonarias chinas (fortunas superiores a los mil millones de dólares) en 2014 son mujeres. Asimismo, y según el informe de Grant Thornton:

  • El 51% de los puestos de alta dirección está ocupado por mujeres.
  • El 21% de las empresas que cotizan en Bolsa tienen mujeres en sus Consejos de Administración.
  • A nivel mundial cuatro empresas tienen Consejos de Administración formados exclusivamente por mujeres. Dos de esas empresas son chinas: Shenzhen-based Ceetop Inc. y China Teletch Holding Inc.
  • La mitad de las mujeres billonarias hechas así mismas son chinas.

Evidentemente, existe todavía mucho terreno que conquistar y en el que trabajar para eliminar las rémoras del pasado y las desigualdades intrínsecas a un país con una disparidad generacional, geográfica y educativa muy significativas. Sin embargo, y los datos son incontestables, las mujeres chinas no están inhibidas a la hora de perseguir su propio crecimiento profesional y el éxito financiero.

Zhang Xin CEO de SOHO

Zhang Xin, CEO de SOHO (Empresa Constructora e Inmobiliara) ocupa el puesto número 62 en el listado de las 100 Mujeres más poderosas del mundo elaborado por Forbes.

«Existen treinta y seis virtudes, pero no tener herederos supone una maldición que niega todas ellas» (Mencio)

Mercado de casamiento

Mercado de «casamientos» en la Plaza del Pueblo, Shanghai.

El filósofo chino Mencio, el más eminente seguidor del confucianismo, subrayaba con esta frase una de las raíces básicas del concepto de «amor filial»: la perpetuación del linaje familiar.

Actualmente, y a pesar de la incorporación de valores individuales y mercantilistas, la idea de la descendencia como un deber hacia los progenitores y antepasados sigue fuertemente arraigada en el inconsciente colectivo de la sociedad china.

Como denuncia la socióloga Leta Hong Fincher en su obra Leftover Women: The Resurgence of Gender Inequality in China (2014) lejos de contemplar una adaptación de los valores tradicionales al contexto actual y las necesidades de la sociedad moderna, se está produciendo sin embargo un resurgir, avivado incluso por entidades gubernamentales, de los principios más ancestrales de la piedad filial.

Desde el año 2007 medios informativos, revistas, webs e incluso la Federación All-China Women (una organización gubernamental fundada en 1949 con el objetivo de defender los derechos de la mujer en China) vienen insistiendo de forma reiterada en que las mujeres de más de 27 años que permanecen solteras son «leftover women» (mujeres sobrantes).

Ni los estudios, ni la experiencia ni el poder adquiridos son relevantes mientras no estén casadas y no hayan tenido descendencia. «Las chicas hermosas no necesitan mucha formación para casarse con una familia rica y poderosa, pero las jóvenes con una apariencia normal o fea lo tendrán difícil. Este tipo de chicas confían en los estudios para aumentar su competitividad. La tragedia es, que no se percatan de que las mujeres a determinada edad valen menos que nada. Así que para cuando consiguen su Título o su Doctorado, ya son viejas, como perlas amarilleadas» (Texto publicado en la Federación All-China Women con motivo del Día Internacional de la Mujer en marzo de 2011).

Algunas voces desde el Gobierno justifican esta renovada forma de coerción social como herramienta para corregir las consecuencias derivadas del sistema de Planificación Familiar y alcanzar una mayor estabilidad social. Pero lo cierto es que (y contra lo que hace una década e incluso hace más de medio siglo podría preverse) las mujeres chinas vuelven a enfrentarse hoy día a antiguas rémoras que las privan de la independencia conquistada durante décadas de lucha.

Un ejemplo muy significativo de esta regresión lo descubrimos en la nuevas leyes aprobadas por la Corte Suprema de China y relativas al régimen legal de las parejas casadas.

  • El 1 de mayo de 1950, y con el objetivo de evitar el desamparo y desprotección de la mujer en caso de divorcio, Mao Zedong aprobaba la Ley de Matrimonio de la República Popular de China, en la cual se garantizaban los mismos derechos tanto para el marido como para la mujer con respecto a la posesión y gestión de la propiedad familiar (Artículo 10).
  • No obstante, y desde el año 2011, la Corte Suprema aplica única y exclusivamente el régimen de separación de bienes, por lo que los bienes materiales, en concreto la vivienda conyugal, pertenece a quien haya firmado las Escrituras. Teniendo en cuenta que las mujeres aparecen sólo en un 30% de las Escrituras, al margen del importe aportado para la compra de la vivienda, la desprotección y el ostracismo al que se enfrentan en caso de divorcio son manifiestos.

Algunas paradojas y contradicciones…

Podríamos extendernos indefinidamente y continuar analizando tanto los logros alcanzados durante la última década como los desafíos de género que siguen imperando en la sociedad china. Sin embargo, mi intención al hacer hincapié en los dos puntos subrayados anteriormente, ha sido la de exponer las paradojas y contradicciones a las que se enfrenta la sociedad china en su totalidad y las mujeres, en particular, como sostenedoras de esa «mitad del cielo».mujeres chinas

Las sociedades, como cuerpos naturales que son, se transforman continuamente. «Panta Rei» (todo fluye) sostenía Heráclito. No obstante, el feroz y vertiginoso ritmo con el que esas transformaciones se han venido sucediendo en China desde 1979 ha sido de tal envergadura y excepcionalidad que están provocando serias anomalías y perturbaciones en el equilibrio natural de la sociedad así como resucitando lacras del pasado que se tenían como extintas.

La sociedad china ha sido incapaz de avanzar al mismo ritmo que lo hacía su economía o que el país se abría e incorporaba al escenario mundial. Y consecuencia de ello lo hemos podido observar previamente. Al mismo tiempo que las mujeres ocupan el 51% de los puestos de alta dirección (en Europa este porcentaje se reduce al 25%) la sociedad reprueba a aquellas mujeres que priorizan su formación y desarrollo profesional sobre la observancia de valores tradicionales como la «piedad filial», el matrimonio y la perpetuación del linaje.

Así pues, a tenor de lo que observábamos hace diez años y a modo de conclusión, podemos atrevernos a dibujar un horizonte en el que los nubarrones seguirán cubriendo la «mitad del cielo» mientras no exista un firme esfuerzo colectivo, amparado y sostenido por las entidades gubernamentales, para eliminar los desafíos que coleteaban del pasado y las paradojas e incongruencias que, pese al fortalecimiento de la conciencia de género, han surgido en los últimos años y amenazan, no sólo con demoler los triunfos alcanzados, sino con poner en grave riesgo el equilibrio social del país.

[1]El 12 de febrero de 2014, el Presidente Xi Jinping defendía la recuperación de los valores tradicionales y las enseñanzas de Confucio en las Analectas, como contrapunto a la ideología capitalista.

Menos exigencia, más confianza

27/01/2015 en Doce miradas por Ana Erostarbe

¿Recuerdas aquel viral de Dove sobre la distorsión con la que muchas mujeres perciben su propia imagen? “No soy sólo yo…,” fue lo que pensé. Pues bien, hace poco sucedió algo en las bambalinas de este blog relacionado con una foto conjunta de las Doce Miradas. Algo que de nuevo me hizo desear ahondar en este “no vernos bien” tan femenino y en sus posibles consecuencias sobre el desarrollo profesional de las mujeres.

  • ¿Podría ser esta autoexigencia exagerada —aparentemente no tan trascendente— la que nos lleva al “como no me veo/oigo bien, mejor no levanto el dedo cuando surge la oportunidad, mejor no saco la patita…”?
  • Pero, ¿cuánto sería exceso de autoexigencia lo que nos frena a veces a la hora de enfrentar retos profesionales y cuánto es, en realidad, falta de autoconfianza? Algo así como: “como no estoy segura de poder hacerlo bien, mejor no me arriesgo y lo dejo pasar…”.
  • ¿En qué medida nos frenan el exceso de una y la falta de la otra? El exceso de autoexigencia y la falta de confianza, quiero decir. Pero, sobre todo, ¿qué podemos hacer para equilibrar ambas?

Comparto reflexiones.

La belleza es un culto hoy día. Más que nunca. Lo es en todo el mundo y lo es aún de modo predominante entre las mujeres. Es “natural” que queramos vernos bellas y “artificial” lo que necesitamos para estarlo. Crecemos sabiendo que si nacer guapas es una suerte, estar siempre guapas es mejor. Vigila tu figura, opérate si algo te falta o sobra, viste con estilo, maquíllate para esconder tus “pequeñas imperfecciones”. “Arréglate” como si estuvieras rota y el sistema te acogerá mejor.

Y, por favor, gasta. Te sentirás más segura… Tu fuerza abrirá las puertas al pasar.

zRecibimos estos mensajes de quienes prometen “ayudarnos” veinticuatro horas al día. Y sus soluciones provocan a conciencia nuestra inseguridad. Ésta se construye de modo inconsciente, sin embargo. Clavo tras clavo se apuntalan nuestras expectativas, discursos y frustraciones. Golpes que en lugar de liberarnos del techo de cristal, nos restan fuerzas para agarrar el martillo con las manos. Golpes que son piedras. La mochila cada vez más llena y nuestra imagen ideal cada vez más lejos… La autoestima, tocada.

Ya no somos tan fuertes. Ya no somos tan seguras.

¿Qué sucede con la autoconfianza? Pues, según parece, además de la brecha laboral, la salarial, la digital y la brecha en la ceja, existe también una brecha entre la autoconfianza masculina y la femenina. Y, al igual que sucede con esta querencia femenina de estar guapas, dicho gap obedece a cuestiones socio-económicas y culturales más que a una cuestión natural.

Según las autoras de “The Confidence Code”, las niñas y las mujeres no suelen ser asertivas porque el aplomo y la seguridad no se premian desde ningún entorno. Son crecientes los estudios que exploran esta menor confianza. McKinsey, por ejemplo, refiere un estudio realizado en Hewlett-Packard cuyo objetivo era estimular la presencia de mujeres en la alta dirección de la compañía. Dicho estudio concluyó lo siguiente: los hombres solicitan un ascenso cuando creen cumplir el 60% de los requerimientos y las mujeres lo hacen cuando creen poseer el 100%. Y cuando se trata de sueldos, según “Women Don’t Ask”, ellos negocian su sueldo hasta cuatro veces más. Cuando ellas se deciden, piden un 30% menos. ¿No es revelador?

Quizá haya también algo del efecto Dunning-Krugger en esto de frenarse. Un curioso fenómeno que explica algunas presidencias de gobierno y muchas direcciones generales. No siempre a cargo de hombres, me consta. Pues bien, según este efecto por primera vez descrito a finales de los 90, “los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas”. Después de todo, según datos de un reciente informe de la OCDE, a pesar de superar a los varones en sus niveles de formación secundaria y universitaria, la cifra de mujeres desempleadas es superior.

Concluyendo…

Mi propia experiencia vital, y la de muchas amigas y mujeres que conozco, me dice que nos exigimos demasiado. Los datos muestran además que tendemos a estar menos seguras de nuestras propias capacidades de lo que los hombres están de las suyas. Y para medrar, la autoconfianza importa tanto como las competencias adquiridas. Eso es un hecho.

¡Empoderémonos entonces! Buceemos en nuestras profundidades. Es hora de enfrentarse al origen de nuestros miedos y de firmar una tregua. Soltar las amarras de tanta autoexigencia y permitirse “ser”. Sin ansiedad. Y, sobre todo, es hora de hacer un hueco cómodo a la mediocridad. Uno mullido. Porque debemos permitirnos fallar. Errar es condición humana y ahí arriba, al otro lado del cristal, se yerra también a diario. A menudo con estruendo.

Alguien tiene que hacerlo, además.

Como dijo Emma Watson ante la ONU, en su discurso de presentación de #HeForShe: “¿Si no soy yo, quién?”. El ligero temblor en su voz es… hermoso. Su fragilidad, pura fuerza. De modo que aquí va mi conclusión: las mujeres sólo avanzaremos si cada una de nosotras trabaja para quererse más, si trabaja para abandonar su zona de confort. Sin importar si los resultados prometen ser sobresalientes. No miremos a los lados. Menos autoexigencia, más confianza en nuestras propias capacidades. Debemos aprovechar la oportunidad real que tenemos de transformar esta sociedad que tan difícil nos lo pone desde siempre y tan injusta es. Cuanto más alta nuestra voz, mayor el margen de maniobra. Y si la oímos temblar, recordemos que aun así es poderosa. Ya lo dijo Eleanor Roosevelt: “Debes hacer las cosas que crees que no puedes hacer”.

Hacemos falta, señoras. Aunque sabemos que se dice pronto y se tarda más. Yo ahora mismo, buceo…

 

Suelo pegajoso

20/01/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Celia Photoshop“Nacida en Deusto un 10 de Abril de 1964, año marcado por una excelente cosecha. Criada y formada en la barrica universitaria tanto de Leioa como de Deusto, sigo ganando cuerpo elaborando mi “bouquet”, con trabajo sindical.  Dedicada siempre a despertar paladares y conciencias, he descubierto detrás de una cámara fotográfica, que el paisaje que más me gusta es el humano. En constante aprendizaje, puedo presumir de mi mejor título:ser la hija de José y Soledad, mis eternos pedagogos.” (@celiaheras)

El 2014 cerró sus páginas con 56 mujeres asesinadas y Enero ha incrementado la cifra con otras 2 víctimas más  que ya no tendrán que esperar ninguna medida gubernamental que palíe la desigualdad y la discriminación que sufrieron. Y lo peor  de todo es que las perspectivas auguran tiempos poco propicios para buscar soluciones a esta barbarie.

Pero aparte de esa violencia criminal, existe otro tipo de violencia más sutil y cotidiana, que limita o neutraliza las potencialidades presentes y futuras de las mujeres. Se trata de una violencia estructural que se suele denominar “techo de cristal”, entendiendo por este término aquella barrera invisible, difícil de traspasar en la vida laboral de las mujeres que impide seguir avanzando y creciendo profesionalmente.

Estando profundamente de acuerdo con ese término, a mí me gusta más “suelo pegajoso”, término al que ya se refirió Begoña Marañón en su post, y que define el gran obstáculo que nos impide lanzarnos a tener una vida laboral y personal  con equidad. Por tanto, es un término que me resulta más completo a la hora de identificar las barreras, impedimentos, obstáculos que tenemos las mujeres en el sistema patriarcal.

Celia Heras Forges Ama de casaCon la crisis, las dificultades existentes para desarrollar nuestra carrera profesional, se han visto acrecentadas, pretendiendo devolvernos al ámbito privado doméstico, del cuidado de las personas. Un trabajo que siempre se ha dirigido hacia las mujeres porque parece ser que nacemos con esa “gracia”. Esto me recuerda un antiguo chiste de los años 70 de una mujer renovando su carnet de identidad y la pregunta del funcionario de turno: ¿profesión ? Y dice ella: secretaria, cocinera, camarera, limpiadora, enfermera, peluquera, planchadora, amante, madre, suegra, hija, ….. Y le dice el funcionario: no cabe todo… Responde ella: ahhh pues ponga sus labores.

Esto, que era un chiste, para nuestra desgracia era, o es, una gran verdad institucionalizada. La mayoría de las mujeres tenían de profesión “sus labores” y en este grupo entraba, como no, el cuidado de lo que hoy llamamos personas dependientes. Y aunque es una tarea digna y enriquecedora, no es lo que el sistema patriarcal establece como una carrera profesional, y mucho menos como algo para hombres.

Aunque las cosas han ido cambiando, todavía en el subconsciente colectivo permanece esa idea. No hay más que leer los convenios laborales y ver quién se acoge mayoritariamente a las medidas  para conciliar vida laboral y familiar.

Los  gobiernos siguen sin  ver ni reconocer que los cuidados de las personas dependientes, tanto por edad como por discapacidad, son tarea tanto de hombres como de mujeres, incluido el Estado y todos sus estamentos.

Los países nórdicos que avanzan en sociedades del bienestar social, trabajan institucionalmente la igualdad entre hombres y mujeres no sólo en las empresas, también en los hogares.

Fuente: PPIINA

Invertir en que los hombres compartan los cuidados es contribuir a que la mitad de la población no sufra la adhesividad permanente a este suelo pegajoso que limita el progreso de una sociedad en su conjunto. Un gobierno progresista y con visión lo tiene que tener claro.

Desde la sociedad civil, la plataforma PPIINA lleva tiempo concienciando, reivindicando y haciendo propuestas para lograr permisos iguales e intransferibles de nacimiento y adopción para mujeres y hombres.

El grado de escucha por parte de quienes toman decisiones en el ámbito institucional y laboral es, para nuestra desgracia, demasiado lento y en ocasiones diríamos que hasta sordo, pero eso no impide que sigamos avanzando para construir un mundo más igualitario y por tanto más justo. Nadie dijo que fuera fácil , pero al menos es ilusionante, algo con lo que el ser humano debe de convivir en estos tiempos de crisis.

Las mujeres no queremos ni morir, ni sufrir. ¡Queremos “despegar” y vivir!.

Azul

13/01/2015 en Doce miradas por Macarena Domaica

mandalaazul

Azul


Hace varias semanas que no consigo pensar con claridad. La cabeza me va lenta, las tareas se me solapan, me sobrevienen sin haberlas olido, olvido citas, pierdo cosas, no retengo informaciones nuevas. Me escucho una y otra vez preguntando “¿Eso a mí me lo habías contado?”. Porque no lo recuerdo. Mi sistema alerta desde hace tiempo y me dice aquello tan irritante de “No se ha podido realizar correctamente la actualización por no haber espacio suficiente en el disco duro”.

Elimino archivos basura, muevo los importantes a otra unidad de almacenamiento externa…  y tiro. Tiro hasta que llega un día en el que necesito instalar una aplicación vital y el sistema no me responde: necesito esa app que me permita meter aire a los pulmones mientras sigo con mi vida y entonces me dice que el acceso me ha sido denegado. No puedo respirar. Estoy sola. Atrapada en la filigrana imposible de mi existencia. Sola. Nadie puede respirar por mí. Inspirar, expirar… Es muy fácil. Es lo primero que aprendemos al nacer. Y entonces, ¿por qué no soy capaz? Siento que podría pasarme horas llorando, deshidratando a ese bicho que me hace tanto daño. Desde el apabullante dolor de cabeza que siento asoma tímidamente una regañina: ¿No te parece que ya es suficiente? Suficiente. ¿Qué palabra es ésa? Nunca es suficiente. Porque podría hacer más y podría hacerlo mejor. ¿Quién me ha dicho eso? ¿Puedo? ¿Debo? ¿Con quién tengo esta deuda acogotante? Conmigo”.

¿Es porque hemos elegido ser y estar?

Podrían ser las líneas de un diario personal. Conozco a muchas mujeres que también se están sintiendo así cada día, sabiendo que algo estamos haciendo requetemal cuando el primer pensamiento de cada día es “madre mía, lo que tengo por delante”.

Pero esa convicción no cambia nada. Porque hemos elegido ser y estar. Reclamar nuestra silla allí donde se mueve el cotarro, sin dejar de acoplar como nadie la despensa después de una compra de 200 euros, por poner un ejemplo. Tenemos derechos y estamos dispuestas a hacerlos efectivos. Pues sea. A por todas.

Hemos querido estudiar y lo hemos hecho; trabajar… y hemos podido (algunas); demostrar que valemos, también; formar una familia… ¡Pues venga! Con hijitos y/o hijitas… ¡Dale! Promocionarnos profesionalmente… lo que hemos podido; demostrar nuestra maestría en la gobernanza doméstica… aquí nos hemos salido. Y ya. Hasta aquí una aproximación a ese concepto imposible que hemos acordado llamar conciliación de la vida familiar y laboral.

Pero aún no hemos hablado de sueños. Aquí es donde te das verdadera cuenta (si no lo habías hecho ya) de que te puedes poner cada día el traje de superwoman, pero aun en el caso de que te quede como un guante, no te arroga superpoderes. Pensar con todas tus fuerzas en que algo es posible, puede acabar consiguiendo que lo sea, pero no es el caso.

La falda, el leggin, el vaquero, la melena, el rizo suelto, el pelo corto, la americana, la chupa, las botas de monte, el morrito pintado… Da igual cuál sea tu traje: no tiene superpoderes. Por lo tanto, si eres de ésas que además de conciliar trabajo y familia quieres volar hacia tus sueños, cuenta con que nuestras alas están empapadas de chaparrones que nos sobrevienen por un montón de frentes con los que no habíamos contado. No podemos volar. No sin pagar el alto precio de renunciar a la paz de la mente, el cuerpo y el alma.

Yo no puedo volar. Me pesan demasiado las alas. Por más que me pongo al sol no se secan, porque, además, es tan fugaz y débil este sol que me adeuda tanto, tanto calor…

Quizá no es el momento

Voy a dar un pasito para atrás y reconocer que a lo mejor sí puedo volar, pero quizá no tan alto ni tan rápido; y que a lo mejor éste tampoco es el momento. Pero como a cabezona es difícil ganarme, ahora voy a dar un pasito para adelante para decir alto y claro que me parece injusto que yo tenga que posponer mis sueños a la espera de mejor vida. Porque la mejor vida ya existe: deben tener un prototipo en Taiwan, que lo conocen 27 chinos y 3 chinas, y que no se atreven a globalizarlo porque el negocio y la ética no se llevan bien. En ese prototipo de sociedad los hombres se caen del guindo de una vez por todas y se mueven junto a sus compañeras: no ayudándolas sino aupándolas. Tomando parte en el cambio, dando forma a la igualdad real; construyendo desde la primera línea, no limitándose a observar, respetar, dejar avanzar e incluso admirar. En ese prototipo, las mujeres no nos sentimos obligadas a sacar lo mejor de nosotras mismas todo el tiempo; los niveles de responsabilidad tienen ritmos y espacios y la autoexigencia toma por fin forma de látigo real y se lo devolvemos al Sr. Grey, para que juguetee entre sus cincuentas sombras con quien quiera y le vaya el rollo.

elorigen

La ansiedad, esa gran conocida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ansiedad, esa gran conocida

Según un estudio de julio de 2014 del Instituto Catalán de la Salud, somos el país con más estrés femenino de Europa: el 66% de las mujeres españolas están estresadas. Un enfoque más global nos sitúa en las quintas más estresadas del mundo, por detrás de India, México, Rusia y Brasil.

La palabra “estrés”, utilizada con mayor o menor rigor, forma parte de nuestro lenguaje más cotidiano. Sin embargo, cuando hablamos de ansiedad el significado se nos antoja más amplio, preocupante. La ansiedad no aparece de repente. Nos va dejando notitas aquí y allá, con mensajitos que la rutina no nos permite considerar amenazantes. Se manifiesta en múltiples formas que van desde sensación de nerviosismo, dificultad para respirar, nudo en el estómago, opresión en el pecho, taquicardia, miedo, alteración del sueño, tensión muscular, temblor, cefalea, mareos, hiperventilación, adormecimiento de manos y piernas, incapacidad para relajarse…

Son alertas del cuerpo a las que, a veces, no hacemos caso. Y entonces la ansiedad se presenta de manera desproporcionada, sin motivo aparente, intensa, persistente, invadiendo el modo en el que nos relacionamos con el mundo y sus gentes, interfiriendo en nuestro hacer, en nuestro ritmo, productividad, resistencia, seguridades… Es en este momento, cuando deberíamos comenzar a pensar en ella, en la ansiedad, como en un trastorno.

Las dificultades para conciliar vida laboral y familiar y las características propias de nuestro sistema hormonal, hacen que las mujeres sufran hasta un 200% más de ansiedad que los varones. Esto lo dice Antonio Cano-Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), en el marco del X Congreso Internacional de dicha sociedad. No me resisto a apuntar que echarle la culpa a las hormonas (sin saber yo nada de ciencia, es verdad), me da, cuanto menos, perecita. Con los vaivenes hormonales convivimos desde muy temprana edad y –si  bien es cierto que hay mujeres a las que les afectan- no me parece a mí que sea de recibo citar este motivo sin poner una coma más, para añadir el papel fundamental de observadores internacionales de brazos caídos que los hombres del mundo civilizado están desempeñando, viendo y lamentando el desplome de tantas mujeres que, literalmente, no pueden con la vida. O no les da la falda, como me gusta a mí decir.
Dice Cano-Vindel que las mujeres damos una gran importancia a todo porque “procesamos la información de forma más amenazante, magnificando los problemas”. Quizá podríamos ser un poco más serios y reconocer que todos esos problemas a los que damos tanta importancia y magnificamos, son amenazas reales para nuestra programación vital dirigida a pensar en el bienestar de todo pichi pata antes que en el nuestro. Añade, que “las mujeres suelen atender varias tareas a la vez y generalmente son más perfeccionistas que los hombres, y todo esto les provoca mucha ansiedad”. Reto a Cano-Vindel y a todos los hombres aventureros del mundo a intentar el ejercicio del cuidado de sus seres queridos y la multitarea permanente desde el prisma del perfeccionismo y hacerlo con paz. Sé que este señor experto en ansiedad no tiene la culpa y que se limita a hacer pedagogía con su saber sobre el tema que nos atañe. Pero es que yo a veces tengo la sensación de que cuando los hombres describen las cosas que nos pasan a las mujeres, lo hacen desde la distancia erudita del que no se siente -ni de lejos- parte de la historia. Es un poco como decir: “Es que ellas son así”.

Vivir con ansiedad se puede, pero no se debe

Con un trastorno de ansiedad es imposible vivir. No permite el curso normal de la vida y la persona no puede solucionarlo sola sin recurrir a la ayuda profesional. Todos los estudios parecen coincidir en que las mujeres sufren más trastornos de ansiedad que los hombres, porque en los últimos años nos estamos exigiendo como nunca para estar a la altura: se muestran ante nosotras apetecibles posibilidades de desarrollo profesional y personal, pero no hemos sabido (ni quizá querido) ceder la batuta del hogar. Se añade en esta información la mayor predisposición genética a padecer dichos cuadros y más permiso social para expresar lo que emocionalmente sentimos. Apunto yo dos cosas. Una: si los hombres no se han ido sumando al cambio social al mismo ritmo que lo han hecho las mujeres… “de aquellos polvos, vinieron estos lodos”. Y dos: si un hombre sufre ansiedad a estos niveles de los que hablamos, lo cuenta: vaya que si lo cuenta.

¿Cuándo empieza todo esto?

Leo en este artículo de Miranda Vignera, psicóloga especializada en mujeres e infancia, que “ciertos rasgos masculinos como la independencia, el nivel de actividad o la asertividad constituyen factores protectores contra el miedo y la ansiedad. A las niñas se les refuerzan las conductas prosociales y empáticas, mientras que a los niños se les fomentan los comportamientos de autonomía e independencia, la asertividad y la iniciativa, a la hora de desempeñar distintas actividades. Se ha comprobado a través de diversos estudios que las niñas, desde muy pequeñas, reciben respuestas más positivas cuando cometen actos de obediencia y sumisión. A su vez, reciben respuestas más negativas al mostrarse más activas”.
Por tanto, la afectividad negativa constituye un factor de vulnerabilidad para sufrir trastornos emocionales y las mujeres –explica Vignera- presentan mayores índices en este factor que los hombres “como consecuencia de los diferentes patrones sociales de reforzamiento, el estilo y las expectativas paternas que reciben varones y mujeres desde su nacimiento”.

Continúo destacando literalmente: “Hasta la etapa preescolar, los niños manifiestan más emociones de enfado, mientras que las niñas se muestran más temerosas. A lo largo de la infancia, las niñas empiezan a evidenciar más síntomas de ansiedad e inhibición conductual. Durante primaria y secundaria las niñas manifiestan más emociones de sorpresa, tristeza, vergüenza, timidez y culpa, mientras que los varones muestran más reacciones de desprecio y son más propensos a negar la experiencia de otras emociones”.

“Es por estos factores y por otros, que las mujeres tienen el doble de probabilidades de sufrir un trastorno de ansiedad que los varones. Los factores de tipo psicosocial son los que mejor explican esta mayor vulnerabilidad de la mujer a los trastornos de ansiedad”.

La autoexigencia

Dice Carmen F. Barquín que la autoexigencia resta demasiada energía y tiempo al disfrute de una vida afectiva y social. Añade que “suele afectar más a personas con baja autoestima que perciben como un ataque personal cualquier crítica. La rabia y la frustración les impiden ver más allá, para poder reconocer y disfrutar de los logros y avances conquistados”.

Del discurso de Carmen F. Barquín me quedo con la desoladora constatación de que las consecuencias de la socialización diferencial y las pautas de género marcan, guían y limitan la vida personal: lo que “se tiene que hacer” y “cómo se tiene que ser”. “Este aprendizaje se va interiorizando en nuestro psiquismo y configura nuestra identidad de género. La afectividad asignada a las mujeres dentro de la socialización sexista, se corresponde con la dependencia y el sacrificio, se nos estimula tendenciosamente para sentirnos bien cuando nos volcamos hacia los otros como mandato central de nuestro deber ser Mujer”.Esta frase a mí me duele en lo más hondo.

Me viene a la cabeza el post “Género y salud: formas de distinta conjugación” que escribió Maxi Gutiérrez, como mirada invitada en este blog, en el que decía: “La mujer tiene interiorizado el mandato del cuidado hasta tal punto que lo normaliza y muchas veces se lo autoimpone como una cuestión de deber moral en solitario. Mochilas que se cargan a la espalda llenas de ocupaciones y pre-ocupaciones que pueden transformarse en dolor, insomnio, depresión o angustia. No sé si es enfermedad, pero, desde luego, es sufrimiento del que muchas mujeres no son capaces de salir”.

mandala

Laberintos

Salirse de madre

Añade C.F. Barquín que “transgredir la expectativa del rol, asumir protagonismo e iniciativa, implica en ocasiones tener que atravesar laberintos de  “castigo” social y también supone superar las barreras internas que en forma de “mandatos” de género nos hacen sentir inseguridad o culpa”.

Mayoritariamente, la responsabilidad de los cuidados y -aunque con avances esperanzadores- también lo doméstico, forman parte de nuestra programación desde la infancia. La incorporación al mundo laboral, la autonomía para decidir ir, venir, formar parte de proyectos, activismos, movimientos, emprendimientos del tipo que sean, tienen coste. Un alto coste: la dificultad para gestionar el tiempo y con ella, la culpa que barniza todo lo que hacemos fuera de programación. “Muchas veces esta sensación se interpreta como incapacidad lo que, a su vez, promueve una sobrexigencia, un malabarismo imposible de sobrellevar en el intento de llegar a todo y además, hacerlo bien”.

Renunciar: fracaso o liberación

El desgaste físico, emocional y psicológico que supone ser y estar, echarse a la espalda más responsabilidades de las que nos podemos permitir sin perder la salud por el camino, acaban por ponernos frente a un espejo y hacer un ejercicio sincero de revisión de vida. Muchas mujeres que apostaron por desarrollar un proyecto profesional, social, personal… terminan por renunciar a sus metas y sueños porque no les compensa. Porque vivir en un estado continuo de estrés dispara la ansiedad de forma peligrosa, por los sentimientos constantes de malestar y angustia.

Tras la toma de decisiones duras, dolorosas, que implica renunciar a los sueños, deberíamos poder saborear una cierta (aunque amarga) liberación, por haber dejado pesados paquetes a los lados de nuestro camino. Podríamos empezar a trabajarnos la conciliación entre nuestras capacidades y posibilidades y emprender ese apasionante viaje que algunas personas consiguen hacer hacia la paz interior. Lo que ocurre es que hay mujeres que no necesitamos liberarnos de peso sino llevarlo entre más gente. Por tanto entiendo que si mi cuerpo y mi mente se sublevan y me piden parar y yo lo asumo, no estaré renunciando porque quiero sino porque no puedo.

En el jardín donde tengo plantados mis sueños siempre hace buen tiempo, el sol calienta y el cielo es intensa y absolutamente azul, azul, azul. Me sirve como imagen mental: es allí donde quiero y necesito estar, porque es lugar de orden, de paz, de igualdad, de derechos, de conquistas para hombres y mujeres. Pero mi edén, el azul cuyo anhelo me ciega y me desbarata, me plantea un conflicto demoledor: ¿en el empeño esforzado por hacer de mi jardín un vergel, no estaré pateando mi propia huerta impidiendo que nada de lo plantado agarre?

No sé si este tema de La Oreja de Van Gogh sobre el diminuto punto azul visto desde muy lejos, después de la desconexión… ilustra o confunde el final de este post. Pero para mí tiene todo el sentido y me permito ofrecerlo por si alguien me sigue…

 

Feliz 2015 Zoriontsua

22/12/2014 en Doce miradas por Doce Miradas

Feliz 2015 Zoriontsua

Las mujeres son el motor del mundo

16/12/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

alberto martinez cuarteroAlberto Martínez Cuartero. Soy emprendedor de proyectos para el desarrollo y comunicador social. Postgrado Iberoamericano de Responsabilidad Social Empresarial y Cooperación Internacional al Desarrollo. En 2009, llevé a cabo un proyecto económico fin de carrera, en Ruanda. Allí pude comprobar de primera mano la necesidad de impulsar el empoderamiento de la mujer, porque ésta es el motor de la familia y estoy convencido de que en el siglo XXI será el motor que mueva el mundo @albertoab http://albertomartinezcuartero.com/

Lejos del léxico de catalogar un primer y tercer mundo siempre he defendido que en nuestro planeta existe un único mundo. Este artículo habla de cooperación y “tercer mundo”, pero principalmente va dirigido a ti, que tienes la posibilidad de tener conexión a internet, cinco minutos de tiempo libre que perder leyendo este texto y la oportunidad de cambiar el mundo.

Sé lo que cuesta llegar hasta un puesto de trabajo, sacar adelante a la familia, la casa y hacer realidad los sueños. Mi bisabuela, mi abuela y mi madre eran y son mujeres valientes y luchadoras; por eso lo sé. Me gustaría que hicieras tuyo este artículo y te identificaras con los sueños y realidades de grandes mujeres del llamado “tercer mundo”. Y ponerlas de ejemplo para, a través de ellas, animar a otras mujeres a perseguir sus propios sueños.

En la actualidad, las mujeres sólo gestionan el 0,5% de los recursos de la tierra, y representan el 70% de los 1.300 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza. Según informes de FAO, se estima que su contribución a la economía en trabajos no remunerados supone entre un 25% y un 30% del Producto Bruto Mundial.El desarrollo sostenible tiene rostro de mujer.2

Aproximadamente en ¾ partes del mundo se tiene la creencia de que un hijo trae prosperidad y seguridad, que puede trabajar en el campo y probar suerte como comerciante, maestro, tendero o carpintero. Mientras tanto una hija no gana nada. Únicamente se ocupa de los hijos, la cocina, cuida a los animales, carga cada día vasijas con agua, las transporta varios kilómetros y realiza incontables trabajos en el hogar. Pero su trabajo no vale nada, no sólo está desvalorizada, además se considera que es una carga, a veces incluso una catástrofe para la economía familiar.

El desarrollo sostenible tiene rostro de mujer3

El auge económico de los años 80 y 90 unido a los errores de la cooperación al desarrollo, han llevado a organizaciones sin ánimo de lucro a cometer el error de formular proyectos para el desarrollo, sin conocer las verdaderas necesidades de sus beneficiarios. Hace no muchos años, una ONG insistió en la necesidad de la construcción de un pozo en el centro de una aldea africana, para que alrededor de 120 mujeres se beneficiaran de no tener que caminar ocho kilómetros diarios en busca de agua.

No contaron con la opinión de estas mujeres y en lugar de beneficiadas, fueron las grandes perjudicadas, ya que ese trayecto diario que realizaban era el único momento de ocio para compartir y conversar con otras mujeres alejadas de sus responsabilidad en la casa, en su trabajo, con sus hijos, maridos o familiares a su cargo.

Gracias a este ejemplo y otros muchos que hemos vivido personas que trabajamos en proyectos de cooperación “consideramos que trabajar con y por la mujer es una necesidad urgente e ineludible. No sólo porque es la principal perjudicada por la situación de desigualdad mundial, sino porque hemos aprendido que las iniciativas a favor del empoderamiento de la mujer, suponen una mejora directa de los indicadores de bienestar social en sus familias y comunidades”.

Mi trabajo Diario

¿Por qué las organizaciones conceden la mayoría de sus microcréditos a mujeres?

Estudios cuantitativos y cualitativos nos muestran como únicamente el 3% de los microcréditos concedidos a mujeres se encuentran en situación de mora, mientras que un 38% de los microcréditos concedidos a hombres nunca son devueltos. Un hombre puede abandonar su hogar familiar, dejar a sus hijos y dejar a su mujer por otra.

Sé que muchos me diréis que las mujeres también pueden hacer esto, pero son raras las ocasiones en las ellas abandonan a sus hijos o sus responsabilidades profesionales o familiares.

Llevo mucho tiempo sosteniendo que la mujer es el motor del mundo y con más motivo lo es en los países africanos y de América Latina. Las mujeres del mundo están en el centro de todo: de la casa, el barrio, la aldea, la familia. La mayoría de las veces, cuando una mujer aporta dinero, los beneficiarios inmediatos son sus hijos. Una madre se interesa en comprar mejor comida o utensilios de cocina, por arreglar el tejado de su casa y por mejorar camas y toallas. Presta más atención al vestuario de sus hijos y a sus necesidades educativas.

En comparación con el hombre pobre, la mujer pobre es más luchadora. Estoy cansado de andar por África y Centroamérica y encontrarme a hombres sentados fuera de casa o en un bar y mujeres vendiendo frutas, verduras, cualquier tipo de producto a la vez que cargan de sus tres o cuatro hijos. El padre se marcha de casa temprano por la mañana y regresa al atardecer. No tiene que ocuparse de los hijos. Pero la madre tiene que arreglárselas todo el tiempo. Además, hay que destacar el derecho de muchos hombres de sentirse con la obligación de llegar a casa para dormir o ver el televisor y no hacer nada más.El desarrollo sostenible tiene rostro de mujer

Según Muhammad Yunus, conocido como “el banquero de los pobres”: “Los hombres son como los pavos reales; si les das dinero, su prioridad será comprarse un reloj, una buena camisa, una radio”. “Si quieres desarrollo en términos de calidad de vida: educación, vivienda, alimentación y compromiso piensa como una mujer y acertarás”.

Por todos estos motivos, pienso sin lugar a dudas, que con la crisis cada vez más profunda que vivimos, si no hubiesen existido las mujeres con su valentía y su creatividad, en todos los países del mundo hubiesen explotado mayores conflictos que los que vivimos ahora. Estoy convencido de que pese a todos los problemas que sufren los países empobrecidos, éstos van a va a despegar gracias a las mujeres. Estoy convencido de que pese a los recortes en educación, sanidad y derechos sociales que se están sufriendo en Europa y EE.UU, las mujeres van a empujar a las organizaciones sociales, movimientos y organismos para cambiar la situación y poner a las personas en el centro de cualquier política. Estoy convencido de que la mujer es y será el verdadero motor del mundo que haga de este siglo XXI un mundo más justo.