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El año en que once diplomáticos europeos fueron explotados sexualmente

22/07/2014 en Doce miradas por María Puente

En 1996 once miembros de los cuerpos diplomáticos de Alemania, Francia y España fueron interceptados por un equipo de asalto cuando viajaban por el país galo en misión diplomática. El conductor del vehículo resultó herido de gravedad y las autoridades francesas perdieron la pista de los once diplomáticos, de los que no se supo nada hasta pasados 455 días en que fueron rescatados por la policía española en una operación conjunta con la Europol. En sus declaraciones a los agentes, los once hombres relataron su año y medio de pesadilla, retenidos contra su voluntad, en un burdel de la carretera Madrid-Burgos, a escasos 45 kilómetros de la capital de España. Durante 455 días estos hombres fueron explotados sexualmente y sometidos a todo tipo de vejaciones. “Algunos días eran sodomizados por hasta 30 hombres”, explicó el comisario encargado del caso, que rogó se respetara la intimidad de las víctimas que por aquel entonces se encontraban en tratamiento psicológico para superar el trauma causado por su terrible experiencia.

Sunflower on fence

 

Imposible que algo así haya sucedido alguna vez, te estarás diciendo. De ser cierto, te acordarías perfectamente. Efectivamente, la característica hombre + alto estatus de los protagonistas hace que resulte muy difícil mantener la verosimilitud de esta historia más allá de unos segundos. Si las protagonistas fueran mujeres sin estatus relevante, la noticia no nos extrañaría lo más mínimo. Conocemos con frecuencia noticias de mujeres retenidas contra su voluntad, obligadas a prostituirse en clubes que, lejos de estar ocultos, se anuncian con luces de neón y carteles luminosos parpadeantes cuyo objetivo es precisamente ese: pregonar que están ahí. No son zulos ocultos, vaya. Esas noticias me provocan una mezcla de rabia, tristeza y sorpresa. Si, sorpresa. Porque ¿tan difícil puede ser liberar a esas mujeres cautivas en locales que están a la vista de todo el mundo? Es cierto que de vez en cuando hay detenciones y las consiguientes liberaciones pero, casi siempre, después de muchos meses o años de soportar torturas. No sé si falla la legislación, la falta de voluntad política, policial o social. Pero algo falla.

Espero que no se malentienda el ‘fake’ inicial. Quede claro que no deseo que ningún ser humano padezca agresiones ni abusos sexuales. Pero la inversión de roles siempre resulta efectiva para poner de relieve una injusticia. A veces una falsedad sirve para revelar una gran verdad. Y la verdad aquí es lo poco que importan estas mujeres a casi nadie.

Con ese convencimiento comencé a escribir este artículo hace ya muchos meses, pero entonces, en abril, secuestaron a 200 estudiantes adolescentes nigerianas. Y la comunidad internacional se indignó. Se dijeron grandes palabras. Los Obama, tanto el presidente Barack como la primera dama Michelle, encabezaron la indignación internacional y por un momento pensé que esta ignominia contra la mujer no iba a quedar impune. Sin embargo, la indignación no ha dado paso a la acción. Las mujeres continúan secuestradas. De hecho, después han secuestrado a más. Comprendo que no sea fácil negociar con un grupo criminal radical religioso que intenta a toda costa impedir que las niñas reciban educación en las escuelas y que las mujeres accedan a la universidad. Las tibias y blandengues advertencias de la ONU no hacen mella en los secuestradores. Pese a mi indignación puedo entender la enorme dificultad de manejar y solucionar esta vergüenza internacional. Pero cuando hablamos de mujeres secuestradas en garitos cercanos a nuestras casas, en carreteras por las que pasamos en coche con nuestras familias rumbo al trabajo o a cualquier destino vacacional, y resulta que esto no sucede en Nigeria, sino en un país considerado primer mundo, ¿qué excusa existe?

Se distingue la trata (contra la voluntad de las afectadas) de la prostitución (dicen que ejercida libremente). La primera se rechaza mayoritariamente, pero la segunda se suele defender en aras de la libertad, ¿la de quién? La prostitución, la ejercida por mujeres y consumida por hombres, es decir, la mayoritaria, tiene su origen en la dominación del hombre sobre la mujer, es incompatible con una sociedad que abogue por la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres y, por ello, debería ser erradicada por los gobiernos que lleven colgada la medalla de la igualdad.

Me gustaría compartir algunas consideraciones y reflexiones propias acerca de la prostitución:

-’Desprettywomanizar’ la prostitución. Hay quienes no ven la prostitución en toda su crudeza. Películas como Pretty Woman o Irma la dulce, buenas o malas, nos hayan gustado o no, edulcoran la realidad y hacen de esta forma de esclavitud contemporánea un asunto menor. Este vídeo protagonizado por la actriz Emma Thompson puede ser un buen antídoto.

-No es el oficio más viejo del mundo.  Utilizar la palabra ‘oficio’ dota a la prostitución de una dignidad de la que carece. Como tantas veces repetimos en este blog, no nos dejemos llevar por la inercia tan fácilmente. Cuestionémonos también las frases que llevamos oyendo desde siempre.

-No es inevitable. Con expresiones como la anterior se nos quiere convencer de lo irremediable de su existencia. Como si formara parte de la naturaleza, como los océanos, las montañas y las catástrofes naturales. Es una estrategia evidente para desactivar y desmovilizar a sus detractores. Pero insisto, debemos cuestionarnos todo aquello que se nos vende como verdades inmutables.

-Legalizar la prostitución no es una postura progresista. En algún tiempo también creí que era la mejor opción, pero ahora estoy convencida de que regularla y legalizarla supone la institucionalización de esa forma de esclavitud que es la prostitución. Quienes defienden su regulación están convencidos de que ya que es un mal inevitable, al menos que se ejerza ordenadamente y con ciertas garantías sanitarias para las prostitutas y sus ‘clientes’. Con la pederastia a nadie se le ocurre decir, ‘ya que algo tan horrible va a suceder de todos modos, al menos pongamos orden en el asunto, facilitemos unas instalaciones e higiene adecuadas, unos buenos psicólogos para los niños, unas revisiones médicas periódicas…”  Me escandalizo sólo con escribirlo. Pero recordemos que muchas de las mujeres atrapadas en los prostíbulos son menores de edad.

-Aceptarla cuando es voluntaria. Cuestiono mucho la libertad de elección que hayan podido tener las mujeres que ejercen la prostitución. Que no fueran obligadas con una pistola en la sien no quiere decir que fuesen libres. Más bien creo que responde a situaciones de supervivencia, contexto en el que la libertad escasea. En todo caso, se baraja que el 90% de las mujeres que ejercen la prostitución lo hacen obligadas.

-El papel de los medios de comunicación. El pasado 4 de julio, Televisión Española emitió en un Telediario un reportaje que era toda una apología de las geishas. Con las geishas se eleva a cultura lo que no es más que prostitución. Quitemos el decorado, el delicado y sublime kimono, la parsimonia al preparar y servir el te y la tradición  milenaria que sostiene todo el montaje y el resultado es prostitución sin ambages.

-Afirmar que es un trabajo como otro cualquiera, es pura pose. Jamás he sabido de persona alguna que comente con naturalidad o cierto orgullo que su madre, su mujer, su hija o su hermana son prostitutas. Y mucho menos que las recomienden para aumentar su clientela, como es práctica habitual cuando de verdad hablamos de un trabajo como otro cualquiera. Seguramente, porque en realidad nadie cree que sea un trabajo como otro cualquiera.

En España el proxenetismo, aún con ciertas ambigüedades, está permitido y despenalizado.  En este artículo se explica con detalle. En julio, los inspectores de Hacienda solicitaron la cotización de dicha ‘actividad’. Las mujeres sometidas a explotación sexual importan muy poco, las ingentes cantidades de dinero derivadas de su esclavitud que circulan sin control importan mucho. De momento, el debate se ha apagado tan repentinamente como empezó, pero en mi opinión la cosa pinta mal si tenemos en cuenta la tentación que supone para el gobierno incrementar el PIB a costa de lo que sea y la excusa de que es una normativa comunitaria de obligado cumplimiento.

Según un informe de la ONU de 2010, Europa tiene a 140.000 mujeres esclavizadas en la prostitución, aunque hay asociaciones que hablan de 500.000 mujeres obligadas a prostituirse en España. Inaceptable, en cualquier caso. Señala el informe que la mayoría fueron engañadas, amenazadas, chantajeadas o coaccionadas y provienen sobre todo de los Balcanes, de la antigua Unión Soviética, de Suramérica, Europa  Central, Àfrica y Asia Oriental para terminar prostituidas en Alemania, Holanda o España.  En cuanto a los ‘consumidores’, que bien podríamos llamar violadores, en España, según el mismo informe de 2010, un 39% de hombres reconocía haber pagado por sexo alguna vez en su vida. Una cifra atípica en Europa, por lo elevada, según la ONU. Paradójicamente, la ONU se ha mostrado últimamente partidaria de la legalización. Un grupo de mujeres supervivientes de la trata y asociaciones y ONGs discrepan y así se lo hicieron saber en septiembre de 2013.

¿Once diplomáticos europeos secuestrados y explotados sexualmente durante 455 días? Imposible. Esa tortura está reservada para las mujeres, que están ahí mismo, en cualquier carretera o polígono industrial de nuestra geografía. De verdad, ¿tan difícil es liberarlas?

Historias que aportan palabras

15/07/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

natalia carrero 2Natalia Carrero (@lalectoracomun) es escritora. En 2008 Caballo de Troya publicó su primera novela, “Soy una caja“, por la que fue nombrada Nuevo Talento FNAC y cuya traducción al inglés ha editado Amazon Crossing. En 2011 publica “Una habitación impropia“, también en Caballo de Troya. En estas líneas, sin quitarse las gafas violeta, nos cuenta cómo ve su forma y otras formas de hacer literatura y de hacer cultura.



Hay una zona desde la que se puede escribir cómodamente, donde las líneas son rectas y la gramática no se retuerce. En ese lugar todas o muchas historias comienzan más o menos así: Oh, nostalgia, qué tiempos, qué maravilla. Abundan los algodones, las plumas de oca y los paisajes que, según el filtro fotográfico, asemejan camas infinitas en las que siempre podremos acostarnos, el placer no tardará. Otras historias, en cambio, presentan un inicio distinto, de intenciones similares: Menudo misterio, menudo viaje reflexivo, intelectual e investigador nos aguarda a lo largo y ancho de estas cuatrocientas páginas, con erotismo incluido; sigamos leyendo, no dejemos pasar la oportunidad de creer que esto es cultura, algo que siempre queda bien.

Las líneas escritas desde la comodidad representan la regularidad del bienestar y la corrección. Reflejan el mundo de la abundancia donde tuve la suerte de haber nacido. Incluso me pusieron pendientes de perlas para el bautizo, y me calificaron de mona. Ahora que lo pienso, éstas fueron las primeras violaciones de mi cuerpo; los pendientes y el agua bendita.

Esas novelas a secas y de género, o conjuntos de relatos largos y pausados, o poemarios evanescentes, tienden al arte máximo, creen darlo todo cuando ahora me parece que no dan casi nada, y quizá esto no sea del todo malo. Cada frase encanta las serpientes, los gusanillos que habitan en nuestro interior. Me pregunto si no será lo mismo que hago yo por aquí.

Esos libros cultivan cierta clase de ironía; mientras que yo aquí aparezco quizá demasiado seria.

En la zona desde la que escribo, esa ironía pierde fineza. Es inevitable.

Es como ir bajando, descendiendo metros desde la cima de alguno de los ocho mil; el aire va perdiendo pureza. La vida se va embruteciendo. La ironía va asemejándose a la realidad, hasta que de pronto ambas coinciden, chirrían e incomodan.

Desde aquí escribo, demasiado apegada al asfalto, donde no hay ironía fina ni palmadas en la espalda, sino un sentido del humor de lo más normal y corriente; tanto que la risa es cada paso que se da, cada palabra que se dice.

Cuando encuentro una alcantarilla abierta me asomo para ver las capas de tierra sobre las que hemos construido tantas ficciones que nos conforman. Tantos edificios de discursos que van de rectos y seguros, convencidos de que nada se tambalea. Todo da risa.

Somos ficciones, aunque no siempre edificantes. Estamos tratando de aprender a distinguir.

Suelo dejar sin terminar esa clase de historias que casi no me aportan. Me despido sin llegar al final de ese montón de páginas editadas sin faltas de ortografía pero con alguna que otra de educación; un producto, un reducto de un mundo que se creyó tan poderoso que hasta nos robó algo muy importante que seguramente llevábamos dentro. Abandono la novela negra sin interés por saber quién es la mano asesina o qué será del pie de la protagonista, y me vengo a la pantalla para llegar a ti, allí donde estés, y escribirte en plan retorcida que viva la literatura de alcantarilla.

¡Guapa! ¡Te lo voy a comer todo!

08/07/2014 en Doce miradas por Miren Martín

Suena mal el título ¿verdad? Es un tanto ordinario, ¿a que sí? Hasta tal punto de que algunas de mis compañeras de Doce Miradas me observaron con cara de “no tendrás el valor…” cuando les dije cómo pensaba empezar este post. Pues sí, me he tirado a la piscina. Y eso que, como digo, suena mal, es una ordinariez y una grosería. Pues esa ordinariez, esa grosería, y otras por el estilo, las tenemos que soportar prácticamente todas las mujeres a lo largo de nuestra vida. Y da igual que seas guapa o fea, alta o baja, delgada o gorda, joven o vieja… Da lo mismo. Siempre hay un “machito” dispuesto a sugerir alguna inconveniencia de este tipo. Y si además van en manada, mejor que mejor. La incongruencia sube de tono y hasta pueden corearla si tienen tiempo para “dedicarte”.

Foto seduccióncientifica.com

Foto: seduccióncientifica.com

Es un tema que me preocupa profundamente. Por varias razones que voy a tratar de exponer y si se me da bien, hasta de explicar.

Recuerdo que era verano. Creo que sería el de las vacaciones de octavo de E.G.B. o como mucho de primero de B.U.P. Se me acercó un señor mayor. Muy mayor. Y me dijo algo muy bajito. Incauta de mí que aún no sabía de qué iba aquello, le sonreí y le dije que no le había entendido. Y entonces sí que le entendí. Me espetó una burrada que no voy a repetir ahora. Y de esa forma tan brusca me introdujo en el mundo en el que las mujeres somos la diana de sus ordinarieces. Y lo que es peor, experimenté por primera vez la reacción que luego, y con mucha rabia por mi parte, he repetido a lo largo de mi vida una y otra vez: sonrojarme, decir un imbécil muy bajito, y marcharme lo más rápido que he podido de allí. Sin mirar para atrás, no vaya a ser que encima sonría con satisfacción. Y no sé qué me enfada más: si que el “salido” de turno me diga una cosa de este estilo o mi reacción de no plantarle cara. Porque yo siempre he alucinado con mi forma de actuar ante estas situaciones, similar, muy similar, a la de muchas otras mujeres. Quienes me conocen, saben que lo políticamente correcto no es precisamente mi fuerte, que soy muy clara hablando y que no me gustan las medias tintas. Pues algo pasa en mi mente, que cuando un “señor” me dice algo, hago lo mismo que la primera vez: sonrojarme, susurrar bajito y salir “por patas” de allí. Y sólo le encuentro a esto una explicación: que la programación a la que nos han sometido a las mujeres y a los hombres, es que ese ser “superior” que es el hombre, puede decirte lo que quiera, cuando quiera y donde quiera y que tú, mujer débil, ser inferior de la especie humana, tienes que aguantar este tipo de cosas por la calle y hasta incluso, si me apuras, estar agradecida por ser objeto de deseo. Ante el hombre, su superioridad y su deseo sexual, una tiene que agachar la cabeza y aceptar. Aunque no quiera. Porque esto es así y está institucionalizado desde el hombre de las cavernas (expresión, también socializada y admitida de la que se deduce que en las cavernas sólo había hombres y nunca mujeres, pero eso ya es tema de otro post).

Por otro lado, me preocupa también la actitud de los hombres, que no van de machistas e incluso ondean la bandera feminista o cuando menos la de la defensa de los derechos de la mujer,  cuando les cuentas historias de este estilo de las que, estoy más que segura, ellos han sido testigos y, algunas veces, hasta partícipes, aunque quiero pensar que no, que mis amigos no. La risa, y por lo tanto la incomprensión, están aseguradas. Te llegan a decir que ojalá y les pasara a ellos, que alguien les dijera eso por la calle porque se sentirían hasta afortunados, con lo que casi casi te están diciendo que de qué te quejas y que tendrías que sentirte halagada. Y ves que no se dan cuenta de la agresión que significa para nosotras hasta que les preguntas que qué sentirían ellos si un día por la calle, no ya una señora de buen ver (que es lo que les viene a la cabeza) si no un hombre con cara y voz de deseo, se les hubiera acercado cuando tenían catorce años y les hubiera espetado una grosería de este estilo. Y entonces, la cara les cambia. Porque ya no se trata de que el ser “inferior” y sometido de la especie les diga algo que les provoque, sino que otro ser “superior” a ellos les proponga algo que les repele. Y les haces hincapié en lo de los catorce años. Y las caras se les vuelven a cambiar.

Entonces es cuando ya les puedes explicar que lo que te dicen es como si te hubieran dado una bofetada en pleno rostro. Que es mucho más que una grosería y por supuesto, algo muy alejado de la gracia. Que es un ataque y que, como todo ataque, es violencia. Violencia verbal pero violencia al fin y al cabo. Violencia. Violencia machista. De la que sigue estando socializada y de la que, sin lugar a dudas, emanan otro tipo de violencias, entre ellas, la física. Que cuando hablamos de cambiar las cosas, no sólo nos referimos a las grandes, a las que parecen más importantes, a las políticas sociales. Hablamos también de eliminar esos comportamientos admitidos en la sociedad pero que, no por soportados, dejan de ser insoportables, y que muchas veces son el origen de otras conductas mucho más graves. Y que, además, las mujeres también interiorizamos esas actuaciones como algo normal. Que nos enseñaron que si vas por la calle y alguien te dice “tía buena”, o disecciona cada una de las partes de tu cuerpo como si fueras una rana y hace un comentario sobre alguna o algunas de ellas, tienes que sonreír y sentirte halagada. Y sonríes y te sientes halagada. Porque así te lo dijeron. Aunque no te haga ni gracia. Aunque sabes que, por respeto a otro ser humano, tú no lo harías nunca. Pero cuando ya pasa a mayores, te sientes ofendida pero también culpable y te miras a ver si te has puesto la falda más corta de lo habitual, los tacones más altos o el escote adecuado.

Foto: entretenimiento.terra.com

Foto: entretenimiento.terra.com

Violencia. Culpa. Actitud interiorizada, socializada y admitida, disculpada muchas veces como un “micro-machismo” como si las proposiciones sexuales estuvieran al mismo nivel que cuando te sirven a ti el café y a él la cerveza.

Me preocupa también esa normalización de esta actitud por parte de las mujeres y creo que ése puede ser el origen de los resultados de la encuesta europea sobre la percepción de las mujeres hacia la violencia machista, en los que se desvela que las mujeres del norte creen que hay más machismo en su país que el que perciben las féminas de los estados del sur pero que las del sur denunciamos más que las del norte. Porque en el norte, un piropo, una mirada mal echada, una grosería, es considerada como una actitud machista mientras que en el sur, un piropo es agradecido, una mirada mal echada es soportada y una grosería es gruñida por lo bajinis. Y denunciamos más aquí porque las cosas llegan más veces, más lejos que allí motivado, quizás, porque la ciudadanía entiende como normales situaciones que no lo son.

Y que nadie piense que me voy a los extremos. A mí no me molesta que mis conocidos y conocidas me digan qué guapa estás esta mañana. Me lo tomo con tanta normalidad como cuando me dicen que qué mala cara tengo y que si he dormido bien. Pero sí me indigna que alguien a quien no conozco de nada se atreva, en voz alta, a opinar sobre mí, sobre mi aspecto físico, mi anatomía, mi forma de andar o las curvas o no curvas de mi cuerpo. Tanto para bien como para mal.  Porque siempre, cuando me he alejado unos pasos del hombre en cuestión siempre se me ocurren dos preguntas que nunca me he atrevido a plantárselas en la cara: ¿quién te has creído que eres tú? Pero sobre todo ¿q-u-i-é-n t-e h-a-s c-r-e-í-d-o q-u-e s-o-y y-o?

El fútbol, la puerta y el caballo de Troya

01/07/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

silvia muriel zuribeltzaSoy Silvia Muriel Gómez, @ncuentra, amatxu y del Athletic. Ejerzo de psicóloga para crear contextos laborales y sociales donde las personas puedan ser protagonistas, participar y liderar. Soy también consultora homologada por Emakunde (Instituto Vasco de la Mujer) para la asistencia técnica en materia de igualdad. Pertenezco a la Junta Directiva del Athletic Club de Bilbao.

La puerta de entrada al fútbol la ha venido abriendo, por lo general, un hombre. Para que pasase a ese mundo, por lo general, otro hombre. Así ha sido casi siempre. Y la mayoría de las veces dentro del ámbito de la familia, como se ve en esta vivencia entre un padre y un hijo, que me parece preciosa. O, como afirma el escritor Juan Villoro: “Un estadio es un buen sitio para tener un padre. El resto del mundo es un buen sitio para tener un hijo”. O, como se puede ver en estos vídeos, relatos, anuncios o documentales que se hacen pensando en la fibra emocional: “Athletic Club, bizi, sentitu” de Karlos Trijueque; “Un siglo y 90 minutos” de Unai Larrea; el anuncio que preguntaba “Papá, ¿por qué somos del Atleti?”; “Una cuestión de fe” de Enric Gonzalez; o “Mi abuela y diez más” de Ander Izagirre.

 Todo muy familiar, muy de emociones. Y muy masculino, casi siempre. Y, a veces, con tintes machistas, como tan desafortunadamente se atrevió a explicar el escritor y periodista Hernán Casciari: lee el post “Las mujeres y el fútbol” de Loretahur.

 Esta emocionalidad que se vive en compañía, esta camaradería que se genera en torno al fútbol como excusa, la valoro sobremanera. Y quizás por eso, por todo lo que me engancha ese sentimiento tan fuerte de algo compartido, me acerqué a esa puerta del fútbol, que me ha sido empujada, abierta, en mi caso también, generalmente por hombres. Varios. Y una única mujer.

 No me resisto a universalizar una sensación tan placentera como la que vivo con el fútbol. Por eso me comprometí conmigo misma hace mucho tiempo a ser una de esas aplicadas conserjes que te abre y te sujeta la puerta con amabilidad, para facilitarte el paso. Para que te asomes y que te puedas quedar, si lo de dentro te gusta. Y quisiera compartir ese compromiso mío con otras mujeres y con otros hombres. A nosotras nos dicen minoría en esto del fútbol, pero ya no sé si eso no se ha quedado en una mera leyenda urbana. Así que, siendo minoría o siendo más de las contabilizadas, no estaría de sobra tomar conciencia de qué puertas queremos dejar abiertas para otras mujeres que vengan detrás.

Varios hombres, como digo, me fueron abriendo la puerta del fútbol, la puerta de mi Club. Y una única mujer puso el pie para que no la cerrara alguna corriente de aire.

El primero, mi abuelo, con el que convivía  junto a mi padre y mi madre. Estaba casi ciego, por un glaucoma que se le fue llevando los colores y las formas. Con él pasé mi infancia y adolescencia, viendo los partidos que retransmitían por la televisión en euskera, una lengua que yo no dominaba y que él desconocía. Los sábados, pues, nos sentábamos ante la tele y yo le iba narrando lo que veía. Poníamos también la radio y entre una cosa y otra completábamos la narración y el debate.

 En sus últimos años apenas distinguía el balón. Solo era una manchita blanca que le daba pistas de por dónde iba el asunto. A veces se atrevía a decir “fuera de banda”, como si lo viera, aunque siempre sospeché que lo hacía para mantenerme la ilusión de que su vista no era tan mala.

En este tiempo empecé a ir a San Mamés; muy jovencita, con apenas trece años. Sola casi siempre, procurando engañar a algún compañero de la escuela para que se viniera conmigo. Mis amigas no querían. Pero a ellos les interesaba más arrimar cebolleta en los bailes de La Casilla, que por aquel entonces eran lo más de lo más de las fiestas sin alcohol. En el primer partido al que fui, sola, contra el Logroñés, a la salida de uno de los fondos, alguien me tocó el culo. Miré atrás: muchos hombres; no supe quién fue. Me volví a casa convencida de que, si lo contaba, no me dejarían volver a San Mamés. Por lo menos sola. Ya entonces consideré que aquel era un espacio propio, conquistado por mí, del que quería seguir formando parte, y que, de abandonarlo, sería ya para siempre. Así que nunca lo conté; ahora lo hago por primera vez.

Nunca fui una grupie ni una friki localmente enamorada. Pero como era adolescente, parecía que solo podía interesarme el fútbol por algún jugador me llevara el corazón y los demonios. Aún hoy, hace poco, he tenido que oír de una persona muy cercana al mundo del fútbol que a todas las mujeres nos lleva a este deporte el enamoramiento que sentimos de jóvenes por algún jugador, únicamente por su aspecto físico. Machismo de libro. Me dio pena oírle, porque además es bien joven, pero ¡qué le vamos a hacer!

Así que ese fue mi origen en esto que llamo “el Athletic y yo”. Mi abuelo me abrió la puerta del fútbol y la ventana de la tele y la radio. Los sábados por la tarde-noche eran nuestros, privados. Solos, los dos en casa. Y en el descanso del partido le hacía la cena. Le tapaba las piernas con una manta de cuadros en el sofá, si era invierno. Y con este calor mi abuelo se hizo del Athletic a mi ritmo, conmigo. Por mí. Y me enteré de su muerte en el tren, de regreso a casa, volviendo de un Athletic-Real Madrid.

Llega el segundo hombre, el que sujetó el portón del fútbol para mí durante más de veinte años ya, motivándome sin saberlo para seguir dentro jornada a jornada: mi compañero de asiento. Elías. Me recibió el primer día, me acogió y se convirtió en mi padre postizo por arte de magia. Ha habido gente que ha pensado, en mi tribuna, que era mi padre. ¿Cómo una chavalita iba a ir al fútbol sin su padre o su abuelo? Y de nuevo estaremos juntos en el nuevo San Mamés. Seguirá ejerciendo de padre y yo de hija cuando pueda volver a sentarme junto a él.

Y llega el tercer hombre. Muchos años después de aquella adolescencia de la que inconscientemente él también formó parte, me brindó la mejor de las oportunidades, porque la  mejor oportunidad es que alguien te permita observar una puerta que no crees que ni esté ahí, de tan inalcanzable que te parece, y que además te ofrezca traspasarla y recorrer con él un camino con principio y fin en el Athletic, mi ideal de lo que es el fútbol y lo único que ha ido perviviendo en mí a lo largo de todas las fases de mi vida. Estar a este lado de la puerta, disfrutar del fútbol desde un ángulo privilegiado y asumir su representación. Sin él, sin este hombre 6, no me imagino ninguna otra vía para llegar aquí.

Tres hombres que en mi vida han marcado, están marcando y seguirán marcando mi presencia en el mundo del fútbol. Mi presencia y la de la mujercita que viene detrás de mí. Hoy tengo una hija y la puerta a este universo ya la tiene abierta. Se la he abierto yo, el mismo día que nació. Y su abuelo, mi padre, también ejerce de cicerone, pues se ha hecho a rabiar del Athletic por su nieta. Como veis, se repite la historia de mi infancia, ahora con ella.

Entre tanta masculinidad hay una mujer importantísima: mi madre. En aquella mi típica adolescencia intensa, ella me nutría de recortes de periódicos y noticias y fotos y suplementos, para que no me perdiera nada de mi pasión. Estaba lista siempre, con el mando a distancia en la mano, para grabarme las noticias deportivas cuando yo no comía en casa. Y esos sábados por la mañana, en los que toda la familia dejaba la casa empantanada y sin recoger para llevarme ver los entrenamientos…

Las madres son las que deciden las cosas en casa. Fue ella la que decidió que yo podía ir sola a San Mamés. La que seguramente decidió que podían hacerme socia del Athletic en una casa en la que no lo era nadie antes. Ella me acompañó a Ibaigane para hacerme socia allá por los primeros 90 y, en unos tablones que recuerdo gigantes, elegimos un sitio que entonces solo era un cuadradito dibujado en un papel enorme con un sinfín de cuadraditos iguales.

Ella eligió el mejor sitio. El que he conservado hasta que una grúa me ha tirado mi campo.

Volvamos a la puerta. A esa puerta que no es una puerta, porque es un portón. Elegante, alto y ancho, pesado, de maderas nobles y herrajes viejunos. Ese portón al fútbol lo han abierto los hombres para que pasaran otros hombres y a veces algunas mujeres. ¿Y qué papel tenemos quienes hemos pasado bajo el quicio y disfrutamos con lo que vivimos? Como en Troya, desde dentro, hay que poner el tope en esa puerta para que entre, sin sesgos, quien quiera amar el fútbol como lo hacemos en este lado nosotras y nosotros. Para que lo cuide, lo respete y lo defienda.

Y acabo con un sueño: que esos vídeos e historias que protagonizan padres y abuelos, los protagonicemos madres, hermanas, tías, abuelas… En los vídeos, documentales y anuncios y también en la vida real. No se puede construir el fútbol del futuro sin vosotros y sin nosotras, en todos los ámbitos: en el campo, en la grada y en los puestos de representación. La mera presencia es imprescindible para ir ganando otras cotas todavía pendientes de alcanzar.

He aquí, pues, todo mi reconocimiento y enorme agradecimiento a estos hombres de mi vida. Sin ellos, la batalla habría estado perdida, a pesar de mi madre.  

Las mujeres, el poder y la pasta

24/06/2014 en Doce miradas por Ana Erostarbe

Organizaciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europa, o entidades privadas como McKinsey y Goldman Sachs, llevan tiempo exhortando sobre la necesidad de incluir a las mujeres en la economía global.

“¡Oiga! Pero si las mujeres ya están en la economía global”, habrá quien diga. Y sí, sí… cierto es que estamos. De hecho, trabajamos mucho y duro. Pero no estamos en todas partes y es aquí donde se esconde el quid. Porque faltamos ahí (dedo apuntado al cielo). Faltamos ahí arriba. Donde empieza todo… Donde habitan el poder y el dinero; esa unión interesada, sempiterna y… tan masculina.

Cuánto más alto el vuelo, más abajo las mujeres (teoría nº 1)
Allí donde se toman las decisiones que gobiernan el mundo, la presencia femenina es menor que en las minas del rey Salomón… Allí están ellos. Según la gente de Forbes, que hace listas para todo, de las 72 personas más poderosas del mundo en 2013, 9 eran mujeres. Una presencia en el poder del 12%, por tanto, frente a otra del 50% en la sociedad. ¿Y qué sucede con la lista de multimillonarios? Pues en ésta, entre las 100 personas más ricas del año 2013, el 11% eran mujeres.

Empresarios

Reunión de Rajoy con los empresarios en mayo de 2014

Tal y como apunta la directora del Instituto Europeo para la Igualdad de Género, Virginija Langbakk, el salto de género más grande está precisamente “en el área del poder”. Señala, asimismo, que en la UE no estamos siquiera a mitad de camino en la conquista de la igualdad en lo relativo a la toma de decisiones de alto nivel. En este vídeo, explica cristalino la trascendencia que tiene que las mujeres estén allí donde se decide el destino del conjunto. La trascendencia de llegar al poder.

Y ¿qué hay de las mujeres en los puestos de mando? Sólo un 10% de las mujeres ocupa cargos en la alta dirección. Los Consejos de Administración de las empresas del IBEX —obligados por ley nacional y europea a contar con una presencia femenina no inferior al 40%— no llegaban al 14% en 2013. De 490 consejeros, sólo 68 eran mujeres y todavía hay 4 empresas sin una sola mujer con algo que aconsejar: Endesa, Gas Natural, Sacyr y Técnicas Reunidas. Nótese.

No obstante, a mi modo de ver al menos, el clamor llega cuando dirigimos la mirada en otra dirección y nos encontramos con cifras como ésta: el 60% de las licenciaturas corresponde a mujeres. ¿Conclusión objetiva y demoledora? Ellas están mejor formadas, pero son ellos quienes llegan a lo alto. Haces toc-toc y suena a cristal del duro.

Bajando a tierra
En lo relativo a las diferencias en el ámbito económico-laboral, los datos parecen indicar que con arreglo al ritmo de avance actual, en Europa necesitaremos cerca de 30 años para alcanzar el objetivo de tasa de empleo femenino, y unos 70 para hacer realidad la igualdad salarial. Ésa que quedó promulgada en el Tratado de Roma del 57 y que candorosamente decía aquello de “a igual trabajo, igual paga”.

¿Y cómo está aquella brecha salarial casi 6 décadas después? Pues tal que así: por cada 84 euros que gana ella, 16 más que se lleva él. En resumen, las mujeres europeas regalamos 59 días al año, y en países como Alemania o Austria, algo más incluso. Que la desigualdad allí supera la media del 16% para alcanzar el 20. (Dato ser malo… y mujeres estar cansadas de ser pacientes y generosas).

 

Relacionado con este capítulo nos encontramos además con algunas derivadas que exigen mención. Por ejemplo, el arraigo de la idea a la hora de despedir, de que el desempleo masculino es más serio que el femenino. (Ya se sabe que el cabeza de familia es quien procura la caza y todo eso…). Y nos encontramos también con que, consecuencia de este combinado, las pensiones de la mujer europea son inferiores en un 38% a las de los varones y que, por ende, su riesgo de caer en la pobreza es superior.

Mafalda

A por el siglo XXI
Dicen que Gabriel García Márquez afirmó que “lo único realmente nuevo que podría intentarse para salvar a la humanidad en el siglo XXI es que las mujeres asuman el manejo del mundo”. Aventurado darle la razón, aunque no cuesta comprender su descrédito por el chiringuito en el que vivimos (un vistazo a cualquier portada de periódico y coincidimos en masa). En todo caso, son cada vez más frecuentes las experiencias de éxito que apuntan que la presencia efectiva de mujeres en los órganos de decisión de gobiernos y empresas es suficiente para marcar la diferencia. Es lo que tiene la diversidad. La incorporación de nuevos valores, capacidades, ideas, energías… Enriquece.

Ya lo señaló Covadonga Aldamiz-echevarría en su entrevista con Begoña Marañón, aquí en Doce Miradas: existen informes como el de Catalyst que indican que entre las 500 empresas más grandes de todo Estados Unidos, “aquellas con más mujeres en sus juntas directivas generan un 42% más de beneficios sobre ventas y un 66% sobre capital invertido”. Ahí es nada. Si esto no es un motivo de peso para las empresas avispadas, ¿qué puede serlo?

Pues aquí va otro: las mujeres toman el 80% de las decisiones de compra.

El día que las mujeres comprendan que pueden, volarán (teoría nº2)
La presencia de las mujeres en las altas esferas ronda el 10-15%. Verdad verdadera cuya evolución depende de múltiples factores: la implementación de políticas públicas serias y, sobre todo, coherentes; un cambio en la cultura empresarial (por los motivos que sea); la concienciación de la sociedad sobre la necesidad de cambio; el apoyo de los medios de comunicación; el impulso desde el ámbito educativo y… (parece ser), la evolución depende también del paso del tiempo. Más paciencia, por tanto, para ese hueco mullido en las nubes.

Mass Madera

De cada 10 decisiones de compra, 8 corresponden a mujeres. Segunda verdad verdadera y poderoso motor de cambio para volar a altura que cada cual desee. Porque  éste lo arrancamos nosotras. Y es que el día en que las mujeres adquiramos conciencia (individual y colectiva) de que no estamos donde debemos, ese día dejaremos de hablar de evolución para empezar a hablar de revolución y transformación… Un cambio radical del que podemos ser protagonistas, propiciado por el fin de la paciencia y la vuelta a la acción. Y además, habrá más hombres que en el pasado empujando. Sólo queda decir, lean por aquí y por allí para amueblar sus argumentos… y, por supuesto, más madera!

La “niñas” del MORE

17/06/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

CongostoM. Luz Congosto (1956) es Informática con un Máster en Telemática. Ha trabajado durante más de 25 años en entornos de I+D de telecomunicaciones. Actualmente se dedica a la investigación de datos sociales en Twitter, desarrollando herramientas como t-hoarder y metroaverías mientras realiza una tesis sobre “propagación de mensajes y caracterización de usuarios en Twitter”. Publica sus experimentos en el blog Barriblog.



Una de las etapas laborales más gratificante fue aquella en la que formé parte de un equipo de gente buena e inteligente en la que la colaboración estaba por encima de la competitividad y el bien común del proyecto por delante de los intereses personales.

A finales de los 80, antes de la era comercial de Internet, los proyectos de telecomunicaciones no estaban expuestos a la vorágine actual de las prisas y la escasez de dinero. Tenían presupuestos a largo plazo, se trabajaba duro pero de una manera ordenada, los jefes eran muy competentes y generalmente se cumplían los objetivos con éxito. En ese entorno coherente de trabajo tuve la suerte de participar en un proyecto llamado MORE que consistía en poner un corazón digital a las centrales telefónicas de relés para prolongar su vida.

El proyecto se desarrolló desde cero, diseñando el hardware, el sistema operativo y el software de comunicaciones y se fabricó íntegramente en España, algo impensable en estos días. El equipo inicial enseguida tuvo que crecer por la ingente cantidad de trabajo que se nos venía encina. A mí me correspondió gestionar el software de comunicaciones para que los relés y los bits se entendieran.

Comenzamos el proceso de selección buscando los ingenieros de Telecomunicaciones, informáticos, físicos y matemáticos más listos que hubiera y ¡vaya si los encontramos! Algunos de ell@s eran de Mensa. Fui formando mi equipo guiándome por el instinto para detectar el talento y el resultado fue ¡un equipo paritario! No hice discriminación positiva, solo no hice discriminación.

Equipo del proyecto MORE.

Equipo del proyecto MORE.

En aquellos tiempos la paridad no era políticamente correcta ni incorrecta, simplemente se asumía que los entornos de telecomunicaciones eran mayoritariamente masculinos. Por ese motivo comenzó a chocar la cantidad de “niñas” que había en el MORE. El jefe del proyecto, un hombre sobradamente inteligente, nunca me hizo un comentario a este respecto pero el director me dejó caer la frase “Cuantas chicas tienes en tu equipo…. como se te embaracen a ver qué haces…” a lo que les respondí que era más fácil planificar con nueve meses de antelación que con un día cuando un chico se rompe la pierna jugando al fútbol. Quitando estos comentarios nunca me pusieron pegas para seguir contratando chicas.

El equipo, mitad femenino, mitad masculino, funcionó como un reloj suizo, todos encajaban en sus actividades y se interrelacionaban de forma precisa. Los otros equipos del proyecto también funcionaban muy bien pero creo que el nuestro se comunicaba mejor. La presencia femenina aportaba sociabilidad, empatía, espíritu crítico, reflexión, cooperación, pragmatismo y transparencia. Se discutía mucho e incluso nos acalorábamos, pero siempre salíamos con una solución consensuada. Nunca se impuso una decisión a las bravas.

El proyecto fue un éxito y se instalaron casi 3.000.000 de líneas telefónicas. Se consiguió abaratar el coste de las líneas digitales ya que el MORE fue una palanca de negociación con los suministradores de telecomunicaciones. Cuando se descolgaba el teléfono de una de estas líneas nadie sabía que el repiqueteo de relés se producía gracias a un software desarrollado por un equipo de mujeres y hombres que trabajaban armónicamente codo con codo.

La duración del MORE fue de veinte años, diez más de los previsto, y todo el mundo se admiraba de que funcionara tan bien con tan pocos recursos de mantenimiento. Finalmente fue desmontado en el 2012 y la última maqueta está a punto de ser achatarrada.

A mediados de los 90, cuando el desarrollo estaba finalizando, llegó la Internet para poner todo patas arriba y nada fue igual desde entonces. Lamentablemente nadie tomó nota de nuestro caso de éxito y nuestro equipo fue disgregado. De aquellos tiempos perdura una buena amistad y la nostalgia de cuando las cosas se hacían bien.

Sin duda hay que mirar para adelante, no se puede vivir del pasado aunque este nos parezca mejor que el presente. Hay que ganar posiciones en las cuotas de bienestar laboral, sobre todo cuando se ha retrocedido, porque es posible trabajar bien y a gusto. Tal vez la clave sea facilitar que los valores femeninos penetren en las estructuras laborales.

Transformar la rabia

10/06/2014 en Doce miradas por Macarena Domaica

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Desde mi más tierna infancia siento pulular a mi alrededor una convicción que yo nunca he visto demasiado clara; por no decir que discrepo ampliamente con ella. Me refiero a aquello de que ser mujer es la pera y que ellos se lo pierden. En el entorno en el que me muevo no he encontrado ni un solo hombre que diga que si fuera posible se cambiaría por una mujer. Si preguntas a la gente de clase media si preferiría ser rica, la respuesta sospecho que sería demoledoramente unánime. Luego, no va a estar tan claro que ser mujer sea lo más. Y va a ser por algo. Sé que este planteamiento no tiene nada de científico ni puedo avalarlo con datos respetables ni porcentajes. Que nadie se me eche encima, que he empezado por decir que “siento pulular una convicción”. Cero rigor. Pero me sirve como pie para explicarme mejor.

A la mayoría de las mujeres que yo conozco y he preguntado por esto, les gusta ser mujeres. Tengo una amiga que se echa las manos a la cabeza cuando le digo que llegar con buen pie a este mundo es nacer hombre. Entonces ella, con toda su santa paciencia, me improvisa un listado de capacidades biológicas y emocionales que justificarían que la nuestra fuera una aventura fascinante. No lo veo. Me siento mujer y ejerzo y hago lo que puedo con el lote que me ha tocado, pero se me hace muy cuesta arriba. Y es que básicamente, a mí ser mujer me da rabia.

Busco “rabia” en la Wikipedia y me deriva al vocablo “ira”, que suena más fuerte, pero me vale: “La ira o rabia es una emoción que se expresa con el resentimiento, furia o irritabilidad… Algunos ven la ira como parte de la respuesta cerebral de atacar o huir de una amenaza o daño percibidos.[] La ira se vuelve el sentimiento predominante en el comportamiento, cognitivamente, y fisiológicamente cuando una persona hace la decisión consciente de tomar acción para detener inmediatamente el comportamiento amenazante de otra fuerza externa”.

Permítanme un destacado de la definición: resentimiento que provoca irritabilidad. Respuesta de atacar o huir de una amenaza o daño percibidos. Sentimiento predominante, cuando se decide actuar para detener el comportamiento amenazante. Así es como yo me siento infinidad de veces. Sospecho que muchas mujeres también. La rabia no es una emoción liberadora; al contrario, oprime y no construye, al menos en su fase explosiva. Pero yo pienso que es sumamente necesaria como motor de cambio. Si no sientes la rabia, no te mueves. A veces sintiéndola, tampoco, por aquello de “¿Qué puedo hacer yo sola?”.

La esperanza está en que rara vez se está solo. El desencanto social que han provocado la clase política, la banca… ha llevado a muchas personas a manifestar su rabia y a agruparse para hacerse oír y forzar el cambio. El nacimiento del movimiento del 15M es un ejemplo significativo de la canalización de la rabia hacia la movilización. A mí me emocionó el 15M y no puedo dejar de citarlo cuando pienso en la rabia como fuerza generadora de una revolución.

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Volviendo a lo que nos atañe en Doce Miradas, en esta ginkana por la igualdad yo no me siento sola, pero sí poco acompañada. Somos muchas las mujeres que hemos dado el paso de hacernos oír, de compartir cómo nos sentimos en nuestro entorno más próximo. Las respuestas a nuestra militancia son dispares y todavía muchas establecen una gran distancia con nuestros planteamientos. Pero seguimos intentando explicar cómo lo vemos y qué queremos. Cada vez somos más las personas convencidas de que nuestra sociedad soporta aún una pesada carga de tradición machista, que no permite a las mujeres moverse ni crecer como lo están haciendo los hombres. Y entre ese nutrido grupo de personas que simpatizan con la causa de la igualdad, echo en falta la iniciativa que cabría esperar de muchos hombres que ya están de nuestro lado.

Esto que digo no pretende ser un ataque a los compañeros de viaje. Creo sinceramente que el peso de la educación recibida, de los marcos de comportamiento aún vigentes, de los estereotipos… hacen muy difícil a los hombres detectar situaciones o actitudes que, a pesar de ser indignas para las mujeres, están aceptadas socialmente. Ya hemos hablado de esto en Doce Miradas, pero yo quiero hacer hincapié, por ejemplo, en lo común que resulta entre los varones referirse al cuerpo de las mujeres como si el sentido de ser visible a sus ojos fuera meramente valorar su capacidad de provocarles la libido. Me refiero también a la habilidad de los padres para situarse, con asombrosa celeridad, en un segundo plano, en el momento en el que aparece la madre de la criatura. Y destaco la normalidad con la que los profesionales de cualquier sector aceptan la ausencia de mujeres en las mesas de decisión. Apunto a los organizadores de eventos a los que no compensa el esfuerzo de conseguir que en sus programas puedan leerse nombres de mujeres capacitadas, cuanto menos, al mismo nivel que los hombres que se dirigirán finalmente al auditorio. Quiero poner sobre la mesa, en definitiva, esa actitud tan común entre los varones de pretender estar tranquilos (sin entorpecer, pero sin excesiva implicación), mientras las mujeres nos desgastamos en reivindicar la igualdad.

Me refiero también a la tolerancia que todavía hoy -aunque de forma minoritaria-, encuentran quienes ejercen violencia machista en justificaciones como: “Era buena persona, pero ella le dejó y se volvió loco; no es un hombre violento, pero el alcohol le hace perder la cabeza; vestirse así es buscarse un problema; de dónde vendría a esas horas; los problemas económicos le hicieron perder el control…”. Recientemente hemos leído que uno de cada tres hombres se muestra tolerante con algún tipo de violencia de género. Es justo decir también que hay hombres que toman muy en serio su papel en la denuncia y sensibilización y están comprometidos y activos contra la violencia de género y la lucha por la igualdad junto a las mujeres.

Creo que en nuestra sociedad, hombres y mujeres andamos un poco escasos de sentido de la justicia. Hay situaciones que nos deberían estar provocando ya esa rabia que nos ponga en movimiento, que nos ponga a trabajar en el cambio. Si no sentimos la rabia, no podemos transformarla. Si dejamos de sentir rabia cada vez que una mujer ha sido asesinada, golpeada, humillada, vejada… convertimos a esas víctimas en meros números que sumar al cómputo anual. Si no nos llevamos las manos a la cabeza cuando nos cuentan que un 10% de jóvenes estadounidenses admite haber perpetrado violencia sexual o que un 22% de las europeas ha sufrido violencia machista, la gravedad de estas informaciones morirá con el reciclaje del papel del periódico que la recogió. La rabia no es constructiva si se queda en arrebato, en malestar. Pero es potente si la compartimos, si la transformamos y le damos un objetivo claro y un compromiso reforzado y compartido en el grupo social.

Termino con este tema de Bebe que se me antoja un empoderamiento con melodía en toda regla. “Pafuera telarañas” visibiliza la rabia convertida en energía,  en el hallazgo de las riendas que nos pueden permitir cabalgar. “… Hoy vas a mirar palante, que patrás ya te dolió bastante…”.

 

Doce miradas, doce comics

03/06/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

josuneJosune Muñoz (Bilbao, 1967) es filóloga vasca y especialista en la investigación, recuperación, análisis y divulgación de la literatura en general, y la oral y femenina en particular. En la actualidad dirige el proyecto literario bilingüe SKOLASTIKA  en donde se imparten cursos, seminarios, conferencias y actividades culturales centrados en los temas antes citados, y que cuenta con un centro de documentación propio de más de 5000 volúmenes con un gran fondo de cómic creado por mujeres, una de las principales áreas de investigación, docencia y divulgación de estos últimos años.


Qué mejor espacio que este para recordar que nuestras miradas representan de forma directa  la experiencia humana de la visión, tanto física como simbólica. Que son nuestra manera de ver, entender y organizar el mundo y nuestras vidas. Pero… ¿Existen miradas propias y específicas de las mujeres? Y si es así ¿Cómo detectarlas, analizarlas y mostrarlas? Desde hacía años nos hacíamos estas y otras preguntas en torno al tema.
Por nuestros muchos años de análisis de la literatura de las mujeres habíamos constatado que sí, que existen, y que, entre sus muchas características, tenían la de mirar desde y hacia temas, lugares e intereses distintos de las miradas masculinas. Nosotras las habíamos detectado, analizado y teorizado desde la literatura, pero fue en el cómic creado por las mujeres donde encontramos cómo enseñarlas.
Una de las grandes ventajas del cómic es que, al estar narrado en imágenes, éstas expresan directa, rápida y gráficamente nuestras miradas: DESDE DÓNDE miramos, CÓMO  miramos y  especialmente, HACIA DÓNDE miramos, así como las imágenes que de ello resultan. Y dado que hemos encontrado muchas miradas e  imágenes que creemos os pueden sorprender, aleccionar, impactar, seducir, estimular … os invitamos a pasear con nosotras por el apasionante mundo del cómic actual creado por las mujeres.
 Este paseo comienza en Francia, meca del cómic europeo, donde en el año 2000 empezó a publicarse la novela gráfica que supuso un antes y un después en el devenir de las autoras. Por supuesto, estamos hablando de Persépolis de Marjane Satrapi (Norma, 2009)
persepolisportada
En esta novela gráfica autobiográfica la mirada de Marjane Satrapi se dirigía, primero, al pasado reciente de su país, Irán. Los dos primeros tomos de la obra nos narraban tanto la infancia de la autora como la vida cotidiana de su familia, la clase social a la que pertenecían para acabar realizando una crónica  histórica, social y política de su país antes y después de la revolución islámica. La mirada era ingenua pero lúcida y crítica, no exenta de ironía y humor. Su trazo naif aportaba frescura y agilidad, y el constante juego con blanco y negro, la ruptura de muchas de las convenciones sobre su uso lograba no sólo una estética novedosa para el gran público (aunque había otros autores que la estuvieran utilizando también) sino un efectivo reflejo del oscurantismo que se ciñó sobre la sociedad iraní, especialmente sobre sus mujeres obligadas a vestir  negros chadores.
El tercer tomo acerca a Marjane a Europa. El trazo se va haciendo más elaborado pero igual de efectivo, esta vez para contarnos que no todas las experiencias migratorias son exitosas, y que en su caso la desorientación e inadaptación estuvo a punto de costarle la vida.
La obra se cierra con la vuelta a Irán, el reencuentro con la familia pero también  con un eficaz sistema político represor que asfixia los cambios que la población intenta movilizar. Tras un matrimonio fallido, una Marjane más realista y madura reemprenderá la vuelta a Europa, donde finalmente podrá crear y editar esta obra de gran éxito y reconocimiento mundial.
Persépolis es una inmejorable manera de entrar o reencontrarse con el cómic (muchas de nosotras lo leíamos hace años pero dejamos de hacerlo hartas cuando no asqueadas de la misógina pornograficación que sufrió a partir de los 80).  Tras su lectura, el comentario suele ser: ¡Me ha encantado! Por favor ¿Puedes recomendarme otro igual?
Pues… igual de extenso -365 páginas-  e innovador es Rosalie Blum de la francesa Camille Jourdy. Además, esta novela gráfica os introduce en los nuevos tratamientos del color. Seguro que os gusta la pareja cómic/acuarela. Nos os vamos a contar mucho más, os tendréis que arriesgar. De aquí en adelante, depende de vuestros gustos y apetencias.
rosalie
 Si lo que os apetece es conocer las mujeres MIRANDO hacia el mundo de las actuales difíciles relaciones sociales;  las amorosas, especialmente,  os encontrareis mucha lucidez, ironía y humor. A una de ellas la conocéis, es la argentina Maitena. Lumen acaba de editar Lo mejor de Maitena, pero hay otras más desconocidas que recomendar: la francesa Aude Picault  en sus dos volúmenes de Rollos míos (Sins Entido, 2007) y la española Mamen Moreu recientemente incorporada al panorama con la fresca y divertida Resaca (Astiberri, 2014)
Pero puede que os apetezca algo menos divertido o relajado, que os interese conocer a autoras  MIRANDO hacia dolorosas experiencias específicas de las mujeres. Entonces os tenemos que recomendar, por ejemplo, la obra de  Isabel Franc y Susanna Martín Alicia en un mundo real (Norma, 2010) un realista acercamiento a la vivencia del cáncer de mama. Con humor, tranquilas, con humor… O La compleja relación que tenemos con nuestros cuerpos habitualmente fuera del canon de belleza, analizada por la francesa Gally en Mi grasa y yo (Norma, 2010) Disfrutareis del subversivo uso que hace del “rosa chicle”.
Si os van las emociones fuertes os podemos recomendar, primeramente, dado que todavía encontrareis mucho humor en sus páginas Ha nacido un putón de la norteamericana Roberta Gregory. La novela nos cuenta un relación sexual impuesta dentro  la corriente del “amor libre”  con embarazo no deseado y aborto ilegal como consecuencia. Contada sin victimismo, el putón optará por convertirse en una devoradora sexual. Hoy es el último día del resto de mi vida (La Cúpula, 2011) de la austriaca Ulli Lust. Obra multipremiada, es –de nuevo- una autobiografía que muestra con rotundidad la violencia verbal, física y, sobre todo, sexual con que responde la sociedad patriarcal a los intentos de vivir de una manera libre y autodeterminada de las mujeres, las más jóvenes en este caso.
La más radical en su temática es La muñequita de Papá de la norteamericana Debbie Drecsler (La Cúpula, 2004) La autora consigue trasladar, gracias al uso de unas viñetas que consiguen un  efecto de intensidad parecido al aguafuerte, el constante miedo y angustia que acompañan  a una niña que soporta abusos sexuales incestuosos.
La muñequita de papá
Todas estas obras tienen grandes valores sociales en cuanto que visibilizan problemáticas que siguen sin resolverse. Aportan importantes posibilidades pedagógicas porque están realizadas de manera clara, directa y realistas, y facilitan introducir estas imágenes en las escuelas, institutos y universidades a unas generaciones más que acostumbradas a codificar y decodificar de manera visual.
Y si de valores pedagógicos  hablamos  podemos recomendaros dos materiales en torno a la violencia contra las mujeres: Pillada por ti realizada por Cristina Duran y Miguel Giner por encargo de La Secretaría de estado de Igualdad del gobierno español. Especialmente pensada y diseñada para adolescentes puede descargarse en inglés y todas las lenguas del Estado  aquí.
Para mujeres de mayor edad la recomendación es Quiéreme  bien de la canadiense Rosalind Penfold (Lumen, 2000) Cruda crónica autobiográfica de una relación de maltrato, Quiéreme bien enseña con todo detalle el fácil acceso a una relación desigual y violenta, así como  el intrincado, doloroso  camino de salida, lo que la convierte, a pesar de lo poco elaborado de su trazo (realizado de manera sencilla y muchas veces esquemática a modo de diario según vivía la relación) en un aviso para navegantas que lleva demasiados años agotado y desde hace un tiempo intentamos reeditar.
Sí, ya hemos comentado doce miradas, doce cómic, parafraseando la campaña de la famosa cadena de televisión, pero abusando de la confianza van a ser catorce. No nos sentimos capaces de acabar este paseo sin acercaros a Degenerado de la magnífica  Chloé Cruchaudet. Premiado este año en Anguleme (¡¡¡Con lo que les cuesta premiar a autoras!!!) y recientemente traducido por Norma, os mostrará el altísimo nivel estilístico  y narrativo que muchas autoras manejan ya. Abandonando sus exquisitas acuarelas (¿Conocéis las de la española Ana Miralles, igual de elaboradas y elegantes? ¡¡Buscad, buscad!!) ha optado por el uso del lápiz y el carboncillo (¿Qué me decís de los extraordinarios trabajos con esa técnica de la alemana Barbara Yelin??) para recrear una historia de cambio de género en la Francia de principios del siglo XX. Dejaros seducir… y después completad el periplo con  Fun Home (Mondadori, 2008) de la gran autora norteamericana Alison Bechdel. Es esa novela gráfica naranja chillón que tanto se ve en la mesa, las baldas de una tienda de cómics.
Funhome2
Es una obra maestra. No os la perdáis.
Gracias por acompañarnos en este paseo. Si os ha resultado entretenido, quedamos para otro cuando queráis .
Skolastika Servicios Literarios

Doce Miradas, un año, un manifiesto

26/05/2014 en Doce miradas por Doce Miradas

Este miércoles 28 de mayo, todas las personas que formamos Doce Miradas, podremos por fin celebrar nuestro primer añito de vida: las que nos leéis, las que comentáis, las que tuiteáis, las que trabajáis por romper techos de cristal, las que nos regaláis vuestra mirada invitada…

Y hablando de regalos, hoy os dejamos el que nos ha hecho Pernan Goñi poniendo imagen a nuestro manifiesto, lo único que teníamos claro cuando arrancamos esta aventura.

QUEREMOS

Igualdad

Construir un espacio común para hombres y mujeres que sea más justo y equilibrado.


Manifiesto-12Miradas-1--2-Circulo

Impulsar la participación y reconocimiento de la mujer en la esfera pública.


Manifiesto-12Miradas-1--3-Papelera

Desprogramar los roles de género, socialmente construidos.


Manifiesto-12Miradas-1--4-Futuro

Ofrecer a la infancia imaginarios alternativos que conformarán las actitudes del futuro.


Manifiesto-12Miradas-1--5-TeoriaPractica

Evidenciar que el reconocimiento de derechos legales no implica su puesta en práctica en la sociedad.


Manifiesto-12Miradas-1--6-Expres

Incidir en la importancia de las personas como agentes de cambio, no sólo en sus relaciones sino también en sus entornos.


Manifiesto-12Miradas-1--7-Juntas

Y nos comprometemos, en definitiva, a trabajar para hacernos visibles y construir un nuevo discurso que acelere este cambio.

Sexy y mandada

20/05/2014 en Doce miradas por Noemí Pastor

Acompañadme en este recorrido intelectual y sentimental por el que he transitado en las últimas semanas: una novela me ha llevado a las it girls, de ahí he pasado a las flappers y ya veremos a dónde nos lleva esta reflexión mía sobre las mujeres en la historia y en la cultura popular.

 Todo empezó con una novela

La novela es Betibú, de Claudia Piñeiro, una escritora argentina que cultiva, entre otros, el género negropolicial. Betibú es su décima novela. La publicó en 2011.

La protagonista de Betibú es Nurit Iscar, una escritora en horas bajas que tiene que aceptar un trabajo puramente alimenticio, contratada, además, por un examante que no se portó bien con ella y le puso el sobrenombre de Betibú porque, según él, se parecía a Betty Boop, el dibujo animado creado por Grim Natwick en 1930.

Betty BoopBetty Boop

(commons.wikimedia.org)

Piñeiro dedica un par de páginas a hablar de Betty Boop. Una de las amigas de la protagonista dice de ella que encarna el prototipo de mujer “sexy y mandada” y, como me ha hecho gracia la expresión, la he puesto en el título del artículo.

¿En quién se inspiró Betty Boop?

Hay quien dice que, para crear a Betty Boop, Natwick se inspiró en la actriz Helen Kane y así lo defiende Piñeiro en la novela;  hay quien dice, en cambio, que se inspiró en otra actriz: Clara Bow.

En realidad, pudo haberse inspirado en las dos, pues, además de parecerse físicamente, Kane y Bow llevaron vidas bastante paralelas.

Las dos eran neoyorkinas (Bow nació en Brooklyn y Kane en el Bronx) y coetáneas (Kane nació un año y seis días antes que Bow y murió un año y un día después), fueron tremendamente conocidas y populares en su época (Bow llegó a recibir 45.000 cartas de admiradores en un mes; en cuanto a Kane, se comercializaron muñecas que llevaban su nombre y se organizaban  concursos de imitadoras de su aspecto) y las dos se comportaban pública y privadamente de manera “escandalosa”.

Bow, además, fue la primera it girl de la historia (la empezaron a llamar así después de protagonizar la película It)  y tanto ella como Kane, por sus papeles de “marimacho” y desenvueltas, encarnaron el espíritu flapper de la época.

¿Qué fueron las flappers? ¿Qué fue de ellas?

Copio y adapto de Wikipedia una definición básica de flapper:

Flapper es un anglicismo que se utilizaba en los años 1920 para referirse a un nuevo estilo de vida de mujeres jóvenes que usaban faldas cortas, no llevaban corsé, lucían un corte de cabello especial (denominado bob cut), escuchaban música no convencional para esa época (jazz) y  también la bailaban. Usaban mucho maquillaje, bebían licores fuertes, fumaban y conducían. En general, su conducta suponía un desafío a lo que entonces se consideraba socialmente correcto.

Las flappers, además de una disidencia estética, que ha sido la que más ha perdurado, también supusieron una disidencia ética, un profundo cambio en el estilo de vida de las mujeres, porque hablaban abiertamente de sexo y de contracepción y ponían el pie en lugares públicos, lúdicos y laborales, que hasta entonces habían sido solo de y para hombres.

Pero su apuesta ética, que fue poderosa y nada desdeñable, se ha diluido, hasta perderse, diría yo, pues de ellas en el imaginario colectivo ha quedado poco más que las faldas, los collares largos y los tacones; han quedado reducidas a lo accesorio. Quizás porque su “reinado” acabó abruptamente, en 1929, con el crash de Wall Street, la subsiguiente Gran Depresión de los años 1930, su reacción conservadora y el despertar del extremismo religioso, tan dañiño todo ello para las libertades, especialmente las de las mujeres.

¿A qué os suena esto?

Salta a los ojos el pareacción susan faludiralelismo con lo que vivimos hoy en día. Por eso me he acordado irremediablemente de un libro que en su época marcó mi formación emocional: se trata de Reacción, de Susan Faludi, y habla (o hablaba, porque se publicó en Estados Unidos en 1991, hace ya un tiempecito) de esto mismo, de cómo en los años 1980 “antes de que los logros feministas llegaran a consolidarse en un auténtico cambio institucional, se desató un vasto e insidioso contraataque, en muy diversos frentes”. Uno de esos frentes, muy virulento, fue la cultura popular.

Susan Faludi, que cumple años el mismo día que yo, maneja y defiende brillantemente la tesis de que varias veces en la historia, cuando las mujeres estamos a puntito de lograrlo, de consolidar nuestro poder, ¡zasca!, viene una ola reaccionaria que vuelve a ponernos "en nuestro sitio”.

He vuelto a hojear Reacción (Backlass) y he redescubierto con sorpresa que la cuarta parte se titula “Repercusión de la reacción sobre la mente, el trabajo y el cuerpo de las mujeres” , uno de sus apartados “Los salarios de la reacción: sus repercusiones para las mujeres empleadas” y otro “Los derechos reproductivos bajo la reacción: invasión del cuerpo de la mujer”.

En fin, todo este recorrido mío ha sido para concluir en algo que ya sabíamos: que los avances en la conquista de la igualdad no han sido continuos ni lineales, que hemos conocido épocas de progreso y épocas de retroceso. Y es evidente que ahora nos toca recorrer lo ya andado y, en parte, volver a empezar. ¿Desde la casilla de salida?