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No soy una mesilla de noche

12/12/2017 en Doce Miradas por Doce Miradas

Marta Gómez (Bilbao, 1981). Desde 2007, soy directora de la sede en España y Latinoamérica de la Asociación Internacional de Cine DreamAgo, cuyo equipo, desde su presidenta hasta mis homólogas en diferentes países, lo componen íntegramente mujeres. Desde hace diez años, formo parte del comité de selección y análisis de proyectos para la residencia anual de guión Plume & Pellicule, en Suiza. He escrito para cine y televisión y colaborado como guionista en proyectos en España, Australia, Centroamérica y Francia. Mi profundo interés por la diversidad cultural y social me ha llevado a compaginar actualmente el género de ficción con el documental.

 

Me gusta el humor absurdo.

Recuerdo el monólogo de un conocido humorista y actor en el que éste chanceaba sobre las mesillas de noche: “¿Por qué se llama mesilla de noche?… Durante el día qué haces, ¿la obvias?”

Obviar una mesilla de noche. Sé que es una absurdez, pero estuve días riéndome.

Hasta que un día dejó de hacerme ni pizca –podéis sustituirlo por algo más fuerte– de gracia. Extrapolándolo del monólogo, me sirvió para establecer un triste paralelismo entre el simpático mueble, y la percepción en el mundo laboral de la mujer por parte de sus colegas masculinos.

Llevo más de una década trabajando en la industria cinematográfica y formo parte de ese género que representa solo un 15% de los autores que estrenan películas en el país, porcentaje que desciende considerablemente si hablamos de películas no solo escritas, sino dirigidas por mujeres. Ésta es una de tantas estadísticas sobre la ínfima presencia femenina en determinados sectores, pero aún hay más. El vaso se colma con la gota de no solo ser pocas, sino ser ninguneadas. Lo que he venido a bautizar como: el fenómeno mesilla de noche.

Voy a compartir una anécdota. En una ocasión, estando de jurado en un festival de cine, coincidí con un compañero de profesión que no me dirigió ni la mirada, ni la palabra, en ninguna de nuestras reuniones de deliberación. No es que me tuviese particularmente enfilada, ya que en general parecía bastante propenso a ignorar la opinión de cualquier mujer. La única vez que se mostró consciente de mi presencia fue para rebatir, con bastante desgana, un comentario mío que le pareció una tontería. Hasta que finalizó el festival. Durante la cena de clausura, como si de una epifanía me tratara, se mostró efusiva y tremendamente interesado en mi vida y en que mi copa estuviese siempre llena.

Estaba indignada y dolida. En el terreno profesional había sido una colega prescindible a la que obviar, hasta que llegó la noche y pasé a ser solo una mujer, volviéndome por tanto interesante. Me sentí como una mesilla de noche y me hizo hervir la sangre. Debido a la gravedad y candente actualidad del tema, he de dejar claro que en ningún momento me sentí acosada. El problema no va por ahí. Se comportó de manera agradable y de haber sido ése nuestro primer encuentro, en cualquier otro contexto, la anécdota no habría trascendido. Lo que me cortocircuitó el cerebro fue reflexionar sobre, ¿en qué universo paralelo, este hombre pensó que podríamos ser felices y comer perdices esa noche, después de haber ignorado todas mis opiniones, mis ideas, mis propuestas e incluso sensibilidades durante una semana entera?

Parece que una mujer que prospera laboralmente se lo debe todo a algo o a alguien: a fulanito que le presentó a menganito o menganita (el primer elemento de la ecuación es siempre masculino, por supuesto), a la suerte de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno, a las leyes de paridad o, más triste aún, a ser guapa. Claro que nos echamos cables los unos a los otros, como en todos los aspectos de la vida. La cuestión es, ¿por qué narices les resulta tan difícil a algunos añadir razones a esa lista que tengan que ver con nuestras habilidades y aptitudes?

A no ser que contemos con una fortaleza hercúlea, la falta de reconocimiento nos vuelve injustamente inseguras ante la idea de desempeñar puestos tradicionalmente ocupados por hombres, minando además la percepción que tenemos de nosotras mismas.

Estos síntomas son una realidad hasta tal punto que cuentan con nombre y apellido: Síndrome de la impostora. O dicho de otra manera, el colmo. Por si no fuesen suficientes las barreras externas, nos autoimponemos obstáculos y desmerecemos nuestra valía.

Pero el problema no termina ahí, ya que aunque consigamos sobreponernos a esta primera disuasión, aún deberemos enfrentarnos al siguiente veto: las etiquetas. Como si alguien nos dijese “vale, podéis hacer cine. Pero no cualquier cine”. Hace poco leía a Ana Lucas tratar el concepto de cine de mujeres. No sé si la etiqueta la ideó un hombre que, o bien trataba de bienintencionadamente dar visibilidad a las mujeres cineastas creando un título solo para nosotras, o si por el contrario trataba de desacreditar el cine hecho por mujeres calificándolo subliminalmente de “hermético”. Pero lo cierto es que coincido con Ana en que en el fondo es una expresión reaccionaria, que intenta agrupar una enorme diversidad de películas y de miradas femeninas usando un mínimo común denominador que además, me permito añadir, se utiliza arbitrariamente según convenga. ¿A qué hace realmente referencia el cine de mujeres?: ¿Al cine hecho por mujeres? ¿Al cine que cuenta historias de mujeres? ¿O han de darse las dos cosas a la vez? Me parece interesante reflexionar sobre lo que ocultan esas etiquetas que a veces aceptamos tan fácilmente, y sobre si realmente reivindican o zancadillean.

Pongamos un ejemplo:

– ¿”Thelma & Louis”, es cine de mujeres?

'Thelma & Louis'.

‘Thelma & Louise’

 

Narra claramente una historia no solo sobre mujeres, sino feminista. Pero en contra de lo que cabría pensar está dirigida por un hombre, y no cualquier hombre. Se trataba de Ridley Scott, que venía de dirigir nada menos que Blade Runner.

Pecando de malpensada, creo que ésa pudo ser la explicación que le dieron a su guionista -la también directora Callie Khouri, quien ganó además el Oscar por esta película– para no “dejarle” dirigir la cinta.

Si improvisáramos a bote pronto la programación de un festival que mostrara y reivindicara el cine escrito y/o realizado por mujeres, la proyección de “Thelma & Louis” y la presencia de su guionista parecería encajar en los parámetros, ¿verdad? ¿Y si la hubiese escrito un hombre?

Vamos con el ejemplo contrario:

'Le llamaban Bodhi'.

‘Le llamaban Bodhi’.

– ¿Os imagináis leer un artículo titulado: “El cine de mujeres de Kathryn Bigelow”?
Recordemos que es la oscarizada directora de “Le llamaban Bodhi” o “En tierra hostil”.

Soy la primera que releería extrañada el enunciado, pero por lo desafortunado del mismo, no porque rechace el cine de Bigelow. ¿Habría dudas sobre si invitarla a nuestro festival? Es una mujer y hace cine, ¿no?

Los hombres cuentan con el beneplácito para escribir sobre cualquier tema y enmarcarlo en cualquier género. Si narran historias protagonizadas por mujeres, la crítica alabará su gran capacidad para comprender y plasmar la sensibilidad femenina. A las mujeres por el contrario, se nos somete a un escudriño tal que si escribimos historias de hombres se nos considera unas traidoras, y si hacemos lo que se espera de nosotras -escribir sobre personajes femeninos- se nos mete automáticamente en una categoría cuya definición es de por sí discriminatoria.

'En tierra hostil'.

‘En tierra hostil’.

Es posible que lo mejor que le pudo pasar a “Thelma & Louis” fuera precisamente que la dirigiera un hombre, para que la crítica machista no la rebajara a “una historia sobre dos mujeres que se hacen amigas y se vengan de los hombres”.

Una de las protagonistas, Geena Davis, fundó en 2004 el Instituto sobre Género en los Medios, que lleva su nombre. Es la única organización basada en datos de investigación que trabaja para mejorar significativamente la representación de mujeres y niñas en el mundo audiovisual. Uno de sus estudios recientes reflexionaba a modo de causa-efecto, sobre el hecho de que solo uno de cada cuatro profesionales detrás de las cámaras (directores, guionistas, productores) fuesen mujeres, y el hecho de que los personajes que desempeñan altos cargos en las historias (fiscales, jueces, médicos o profesores de universidad) estuviesen en su mayoría encarnados por hombres.

Afortunadamente estos datos están cambiando pero -y me vais a perdonar que me ponga suspicaz de nuevo- ¿importan las razones por las que las protagonistas femeninas van en aumento? ¿O mientras se consigan los objetivos podemos hacer la vista gorda a lo que los motiva? Lanzo esta pregunta porque hace no mucho escuché a los directivos de una importante distribuidora afirmar que el cine de las grandes ciudades vive gracias al público femenino: “Así que para mantener salas urbanas con títulos de calidad se deben comprar películas con algo de gancho para el espectador femenino. Con directora o protagonista mujer, sabes que añades un valor positivo al filme”. No voy a enzarzarme en un nuevo debate pero, seguro que no soy la única que como mínimo, ha fruncido un poco el ceño al leer “algo de gancho para el espectador femenino”. Entiendo el mensaje y comparto el propósito, pero hubiese preferido que se planteara de otro modo. Sin una interpretación bastante simplista de lo que el público femenino buscamos y valoramos en una película.

Desearía que empezásemos a dar la enhorabuena a aquellas mujeres que hacen películas de géneros tradicionalmente reservados a los hombres. A todas las que no tiran la toalla, ni sucumben al síndrome de la impostora, haciendo que cada día aumente ese 15% de realizadoras. Y por qué no, también querría dar la enhorabuena a los hombres que no apartan la mirada y son lo suficientemente honestos y sensibles como para admitir que este problema existe, ejemplificando con su actitud para que dejemos de ser mesillas de noche. Ya que a pesar de ser un símil absurdo, no tiene ninguna gracia.

¿Sueñan los androides con ovejas machistas?

28/11/2017 en Doce Miradas por Lorena Fernández

Me parecía muy poético titular este post haciendo referencia a la novela de Philip K. Dick que fue adaptada posteriormente en las películas Blade Runner en el año 1982 y Blade Runner 2049, este mismo año. Me encantan ambas historias porque soy una friki de la ciencia ficción, pero si las miro con las gafas moradas, me echo a llorar. Presentan un futuro distópico en el que las mujeres seguimos siendo meros elementos decorativos. Y si ese futuro mediatizado por la tecnología, la inteligencia artificial y la robótica se imagina así, ¿será verdad que estamos dando pasos hacia ello?

Pues hay muchos indicios por dos simples razones: la tecnología actual se está pensando y creando por cabezas masculinas en su inmensa mayoría y la tecnología está aprendiendo hoy en día de los datos y la información que la sociedad genera. Así que repetirá e incluso profundizará más en sesgos machistas. Un ejemplo sencillo para que entendamos esto: vete a Google y busca “Grandes divulgadoras”. ¿Qué aparece debajo?

Creo que al ver los resultados es cuando empezamos a hablar en voz alta con las pantallas: “NO, GOOGLE. No quise decir grandes divulgadores. ¿Tú también me vas a hacer un mansplaining?”

Lo importante es entender que no te lo dice Google (o no solo Google). Lo que hace el buscador es almacenar todas las consultas que se hacen allí, para generar mediante machine learning esas sugerencias a través de un algoritmo.

Probemos de nuevo, ahora con la búsqueda “las mujeres deben estar” y aquí, directamente, sin haber finalizado la búsqueda, serán las sugerencias de autocompletado que aparecen mientras estamos escribiendo las que nos dejen patidifusas:

Os recomiendo ver esta campaña que preparó UN Women precisamente sobre ello: #womenshould.

Probemos ahora otro sistema: Google Translate. De nuevo una herramienta que “supuestamente” va mejorando al aprender de las búsquedas de las personas que lo utilizamos. Si traduces “Él es niñero. Ella es doctora.” del inglés al turco (que no tiene género gramatical), te devuelve: “O bir bebek bakıcısı. O bir doktor”. Si volvemos a meter este resultado, para volverlo a traducir del turco al inglés… ¡oh, sorpresa! Ahora es ella la niñera y él el doctor.

Pero no solo le pasa a Google. Un estudio publicado en julio de este año por la Universidad de Virginia, señala que la inteligencia artificial no solo no evita el error humano derivado de sus prejuicios, sino que puede empeorar la discriminación y está reforzando muchos estereotipos. El análisis predictivo del que “beben” los algoritmos de aprendizaje automático, utiliza herramientas informáticas capaces de detectar patrones en los datos analizados para formular a partir de los mismos reglas. Y, por tanto, necesitan consumir un gran volumen de información precisamente para generar esas reglas. El estudio muestra que en los principales bancos de imágenes de los que las máquinas aprenden, un 77% de las fotos en los que aparecen personas cocinando, están protagonizadas por mujeres.

Otra investigación de la Universidad de Boston y Microsoft Research también desveló que las bases de datos empleadas consideraban que lo más parecido a “programador” es “hombre” y que el sistema consideraba a los contenidos e información sobre mujeres programadoras menos relevantes que las de sus homólogos masculinos.

Siguiendo con las investigaciones, esta vez fue la Universidad Carnegie Mellon la que publicó que las mujeres tienen menos posibilidades de recibir anuncios de trabajos bien pagados en Google. En concreto, observaron que los anuncios online de trabajos con salarios por encima de los 200.000 dólares se mostraban a un número significativamente menor de mujeres que de hombres.

Hasta Microsoft se vio obligada a apagar el año pasado a Tay, su bot adolescente programado para entablar conversaciones en redes sociales con jóvenes de entre 18 y 24 años y que aprendía de esas interacciones. Tras 100.000 tuits, 155.000 seguidores y solo 16 horas de vida ya estaba publicando frases como “Hitler tenía razón, odio a los judíos”, “odio a las feministas, deberían morir y ser quemadas en el infierno”, entre otros muchos comentarios racistas, sexistas y xenófobos.

Los algoritmos opacos están empezando a controlar nuestras vidas. Tribunales, aseguradoras, bancos, empresas de selección de personas y otras instituciones emplean sistemas automatizados de análisis de datos para tomar decisiones que nos afectan. Nos sumergen en burbujas ideológicas que transforman cómo miramos y vemos el mundo. Y si algo nos preocupa precisamente en Doce Miradas, es eso. Las gafas que nos ponemos. Si esos algoritmos están heredando los sesgos de la sociedad de la que aprenden, además de corregir esa sociedad, también deberíamos corregirlos a ellos para que no reproduzcan y profundicen esos sesgos. De hecho, Google suggest ya tiene una lista negra de términos para no recomendar pornografía. ¿Por qué no actuar de igual manera con los estereotipos y prejuicios? Quizás necesiten más mujeres ingenieras para que el problema les interpele en primera persona…

Por todo ello, Doce Miradas se ha sumado al manifiesto INSPIRA. ¡Súmate tú también!

25 de Noviembre. Las muchas caras de la violencia contra las mujeres

21/11/2017 en Doce Miradas por Doce Miradas

Hace ya unos meses, en Doce Miradas tomamos la decisión de cambiar nuestro ya característico logo rojo en Twitter por su versión en negro cada vez que una mujer fuera asesinada por su pareja o expareja. Un gesto pequeño ante la magnitud del problema, pero que nos ha enseñado más hacia dentro que hacia fuera. La principal lección ha sido que rara era la semana que no tuviéramos que cambiarlo. Pero es que avisándonos vía WhatsApp, Twitter o nuestra lista de correo, por fin hemos sido conscientes de la dura situación a la que nos enfrentamos. No es que antes no lo fuéramos, pero es que los números son tan escandalosos que unos asesinatos tapan a otros (cuando no lo hacen otras noticias que parece que son más interesantes de copar portadas).


La maté por amor

En enero de 2017 en una localidad vizcaína J.A.G., un hombre de mediana edad, mató a su madre enferma nonagenaria. En el juicio, celebrado diez meses después, la defensa argumentó que la había matado “por amor”.

No es la primera vez que algo así sucede. Puede ser un hijo o un esposo, alguien que ha sido siempre cuidado por una mujer. Cuando esa mujer enferma, cuando no puede seguir cuidando, ese hombre no solo tiene que empezar a ocuparse de si mismo (su comida, su casa, su ropa…), sino que también tiene que ocuparse de la mujer que antes lo cuidaba (su higiene, su medicación…). Ese tránsito de cuidado a cuidador lo desborda, lo supera y reacciona de la única forma que ha aprendido a enfrentarse a los problemas: con violencia.

Ese “la maté por amor” nos recuerda demasiado a los “crímenes pasionales”; no nos engaña, no nos lo creemos. Tampoco el jurado popular creyó a J.A.G.: lo declaró culpable.

Millones de mujeres cuidan a sus hijos, a sus esposos, a sus padres, dependientes o enfermos. Y los quieren mucho. Pero no los matan.


Redirigir el foco hacia los hombres violentos

Las mujeres reivindicamos visibilidad desde hace tiempo. Sin embargo, en todo lo que se refiere al maltrato y asesinato de mujeres por parte de los hombres tenemos, en mi opinión, un exceso de visibilidad. Un protagonismo no deseado. Y mientras tanto, los hombres maltratadores, los hombres asesinos permanecen en la sombra. La fecha señalada de la que hablamos en este post se llama Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. ¿Por qué no Día Internacional contra los hombres violentos, maltratadores y asesinos? Cuando comentamos con una mezcla de hastío y horror, ‘Otra mujer asesinada’, ¿por qué no ‘Otro hombre asesino’? Cuando se hace recuento de las mujeres asesinadas y se dan a conocer sus perfiles, estadísticas con edades, países de procedencia… ¿por qué no hacer lo propio con los hombres que les han pegado o matado? Poner siempre ese foco tan potente sobre la mujer produce la impresión de que LA MUJER ES EL PROBLEMA. No queremos ese protagonismo. Queremos medios, recursos y voluntad para erradicar esa violencia. Y en el camino para lograrlo está sin duda investigar y estudiar al hombre asesino. Al causante. Sin dejarse nada. Sin tabúes como el país de procedencia. ¿No estamos siempre insistiendo en lo importante que es la educación y cultura recibidas desde la infancia? Entonces, el país de procedencia es un dato pertinente. Centrarse en estudiar a las mujeres víctimas no parece que nos haya llevado muy lejos hasta ahora. La mujer-pareja no crea al maltratador. Él ya existía.


Presuntamente

Mientras lees estas líneas, una mujer será violada; presuntamente. Será en su casa, o en un portal, o en una zona un tanto apartada de un parque.

Antes de que acabes de leer, otra mujer será asesinada, presuntamente; morirá, presuntamente, a manos de su pareja o expareja.

Mientras sigues leyendo, una niña será obligada, presuntamente, a casarse con quien la familia haya elegido. Con nueve años entrará a una alcoba y no saldrá nunca más.

Antes de que acabes de leer, si es que lo haces, miles de mujeres mirarán a su alrededor asustadas, intentado no entrar en pánico porque desde una distancia excesivamente corta unos hombres están mirando, al acecho, a la espera de cobrarse su pieza; presuntamente. Notarán sus ojos en su espalda, oirán sus palabras soeces, sus risas cómplices, y escucharán, atronador, el silencio cómplice. Perdón, presuntamente cómplice.

Y esto ocurre cada minuto de cada día, de cada mes. Año tras año.

Para que tengas una fotografía lo más completa posible, permíteme que te recuerde que lo que va a ocurrir mientras terminas de leer y piensas que exageramos, es lo siguiente: un hombre violará a una mujer, y otro hombre asesinará a su expareja. Eso es: presuntamente.


El valor de recordar

25 de noviembre. Un año más se conmemora (una paradoja en este contexto) el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Un día en el que toca recordar a las 872 mujeres asesinadas desde 2003. Como si el resto del año pudiéramos olvidarlas.

Por si fuera necesaria la aclaración, violencia machista es “todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”.

A las instituciones, medios de comunicación, comunidad educativa, partidos políticos, ciudadanía… hay que recordar que la violencia contra mujeres y niñas es un problema social y de extrema gravedad; sin voluntad real no es posible avanzar.


In dubio pro reo

Este año las gafas moradas del feminismo enfocan nítidamente la desigualdad del valor de la palabra, la credibilidad, la verdad. Las campañas #MeToo (yo también), #YoTeCreo y #JusticiaPatriarcal son tres vértices del mismo triángulo (figura imaginaria formada por tres vértices o tres elementos que tienen una relación).

La credibilidad es una herramienta básica de supervivencia, afirmaba Rebeca Solnit. Según la autora, más que una tediosa hartura para tantas mujeres, el mansplaining es otra técnica más para apuntalar el poder social de los hombres mientras subraya la eterna duda sobre la palabra de la mujer.

Y la violencia sobre la mujer, se dirime esencialmente sobre la cuestión de credibilidad. Mi palabra contra la tuya

De aquí el latinajo: In dubio pro reo es el principio jurídico por el que que en caso de duda, por ejemplo, por insuficiencia probatoria, se favorecerá al acusado (reo).

Nuestra particular versión Judeo-Cristiana del patriarcado nos enseña que la palabra de las hijas de Eva, pecadora original, nunca tendrá fuerza probatoria. Mientras que las palabras del hombre, hecho, a imagen y semejanza de Dios, son verdad. Ya lo dijo Juan 1:1 «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios»

La palabra griega λόγος o logos se traduce al español como «Verbo» (o «Palabra»), pero también puede significar pensamiento, habla, cuenta, es decir, razón, proporción, principio, estándar, o lógica, entre otras cosas…

El 25N tomamos la PALABRA.

Basado en hechos reales

14/11/2017 en Doce Miradas por Christina Werckmeister

Viajaba a solas en el metro de una ciudad extranjera, pendiente de cada parada. Interminable. Aun así, deseaba que no llegara nunca la suya. A pesar de la hora tardía, en el vagón quedaban varias personas. Mientras hubiera “público”, aun sentía algún tipo de protección. Lo que más miedo le daba era tener que salir a la calle de noche sin saber si el tipo que no dejaba de mirarle “así” le iba a seguir.

O tal vez no le estaba mirando. O tal vez no le miraba “así”. ¿Cómo “así”? Ya sabes, “así”. Tal vez se estaba obsesionando sin motivo.

Decidió cambiarse de asiento, tirando de maleta, abrigo y mochila. Él también se movió, aparentemente situándose para seguir mirando “así”. Ostras. Ensayó sostenerle la mirada, desafiarle. Pero eso solo funcionaba en la teoría. En la práctica no conseguía subir los ojos por más de un décima de segundo.

El nerviosismo empezó a apoderarse de su cuerpo. Miedo. ¿Miedo a qué, concretamente? No lo sabía, concretamente. Miedo. Miedo en sí. Miedo en general. Incluso un poco de pánico.

No tenía cobertura en el móvil. Imposible avisar a su hermano mayor para que fuera directamente a la estación a buscarle. Por otro lado, con 23 años, una carrera, un máster, deportista, habiendo viajado tanto “por el mundo”…¿cómo iba a explicar a su hermano que necesitaba que fuera a buscarle? Qué absurdo. No le iba a creer.

Llegó su estación. No había más remedio que bajar. El hombre también bajó. Confirmado. Sí que le estaba siguiendo. ¿O no? Sentía definitivamente que sí, que le seguía. ¿Sentía? ¿Qué significa eso de sentir?

De hecho solo era capaz de sentir. No podía pensar. ¿Cómo que no podía pensar? Es que resulta que no es posible pensar cuando estás en modo bloqueo. Como en sueños que son pesadillas pero que son hoy, que son ahora.

Al final de la escalera, un grupo de chavales de edad parecida. “Oye, ese tío de allí me está siguiendo. Lleva como media hora mirándome. Os importa que me quede con vosotros?”

 

“¡EH TU!” Le empiezan a gritar. “Que te pires!”

“Ese es un colgao. No te preocupes.”

Esperaron juntos hasta que llegó su hermano mayor.

“Gracias, gracias, joder qué fuerte”.

 

Esa noche prefirió dormir con su hermano. Durante varios días prefirió no viajar en metro. Hasta que se le fue pasando. Poco a poco.

¿Cómo es posible se haya sentido así? Aparentemente incapaz de reaccionar. ¿En realidad, qué había pasado? No había pasado nada ¿Se lo había imaginado? Por momentos le enrabietaba pensar que por ese “episodio” se había pasado una semana sin entrar al metro, cambiando sus rutas, evitando lugares oscuros, andando con la cabeza gacha en vez de disfrutando como cualquier turista joven y libre. Le enrabietaba no poder sacárselo todo de la cabeza.

¿Por qué no se enfrentó a él?

“Le tenía que haber dado dos hostias,” le dijo a su padre, interpretando el papel que se esperaba de él (porque para ser hombre hay que ser fuerte, un héroe, educados en la valentía por encima de todo)

“Con esto que me ha pasado, solo esta vez …. estoy empezando a entender lo que llegáis a sentir tantas mujeres cada día,” le dijo el chaval a su madre, esta vez libre de interpretar ningún papel (entendiendo, como hombre, que para que sean mujeres se les dice que deben ser débiles, víctimas, y se les educada en la precaución y el miedo por encima de todo).

Resulta que ninguno de los dos roles son la verdadera esencia de ninguna persona.

Clara Serra Sánchez:

“Comparto con vosotros y vosotras una experiencia que vivimos ayer, una muestra más de que a las mujeres nos han educado en el miedo y la percepción de ser víctimas, y de lo necesario que es empoderarnos respecto a ello.”

 

Cuando tú eres la cuota

07/11/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Esti León (@EstiLeon) trabaja como responsable de proyectos en Innobasque, la Agencia Vasca de la Innovación. Algunos de los proyectos educativos que ha puesto en marcha son FIRST LEGO® League Euskadi, Cleantech now! o TrainINNLab. Forma parte del comité científico y organizativo del Premio Ada Byron a la mujer tecnóloga que promueve la Universidad de Deusto y ha colaborado en el lanzamiento de Inspira STEAM, un proyecto pionero para el fomento de las vocaciones tecnológicas entre las niñas.

 

—No hay mujeres en esta jornada —me dicen—, así que hemos pensado que participes tú.
—Ya. Vamos, que soy la cuota.
—Mujer, no lo mires así.
—¿Y cómo quieres que lo mire?
—Invitamos a varias mujeres, no te creas, pero ninguna aceptó. Bueno, ¿qué dices?
—No sé… Deja que lo piense y te digo algo.

Pido un par de días para tomar la decisión, pero la verdad es que solo intento ganar tiempo. Necesito que se me pase el enfado monumental que me ha provocado esa oferta tan poco sexy. ¿Quién quiere ser la cuota? ¿A quién le gusta ser invitada a participar en un evento por un motivo que nada tiene que ver con sus méritos?

Quiero dar una respuesta desde la reflexión, pero sigo irritada. Me retroalimento: si participo, me digo, voy a salvarles el culo. ¡La única manera de que aprendan es que sean linchados en Twitter! ¡Que les den! ¡Paso!

De momento gana el no.

Lo comento con tres personas de confianza: un hombre y dos mujeres. Las tres desmontan mis conclusiones con idénticos argumentos: “¡Qué bien, vas a tener la oportunidad de hablar de tu trabajo ante mucha gente!”, “¡Qué más da la cuota, piensa qué consigues si aceptas y qué pierdes si lo rechazas!”, “Siempre dices que las mujeres deberían aprovechar los foros profesionales para ganar visibilidad”. Y los tres acaban con la misma pregunta, retórica y lapidaria: “¿crees que un hombre diría que no a esta propuesta?”

Solo puedo darles la razón. Yo misma he repetido esos argumentos en muchas ocasiones. Creo en las cuotas como medida para romper los techos de cristal, las defiendo en privado y también públicamente, incluso formo parte de varios proyectos en favor de la igualdad.

Debería ganar el sí. Pero ahí estoy, en una tesitura que pone a prueba mis creencias. Porque todo es diferente cuando eres tú quien se ve reducida a una mera cuota. Me siento un instrumento para maquillar la desigualdad provocada por otras personas.

Al final, acepto.

Sin embargo, sigo teniendo sensaciones encontradas. Por un lado, me decepciona que la desigualdad persista en ciertos eventos, como conferencias o mesas redondas, porque es muy sencillo revertir esta situación. Basta con introducir el criterio de paridad en la búsqueda de ponentes. Al mismo tiempo, me alegra haber tomado esta decisión. Confío también en que sirva como incentivo para que otras mujeres acepten participar en eventos donde el resto de los ponentes son hombres. Las cuotas siguen siendo necesarias. También lo es que las mujeres ocupemos espacios de visibilidad.

Walale

31/10/2017 en Doce Miradas por Naiara Pérez de Villarreal

“5:30 de la mañana. Amanece en la aldea, muy cerca de Kunhinga. El canto desgarrador del gallo rompe el silencio del alba. Esta vez no ha sido tan molesto como sus anteriores actuaciones, a la 1, 3 y 4 de la madrugada.

Luisa ya había amanecido antes. Estaba preparando la ropa de sus 4 hijos varones y sus dos hijas que se tenía que llevar a lavar al pozo.

Poco más tarde, despertaba a sus dos hijos pequeños y los cargaba en brazos. Le acompañarían a lavar la ropa al pozo, ropa que llevaba en un gran cesto hábilmente colocado en su cabeza.

Recorre los 2km que le separan de su destino, y cuando llega hay 3 mujeres más allí, acompañadas también de varios niños y niñas pequeñas. Walale, saluda. Dalale, le responden las demás.

Pasa el tiempo y se siguen uniendo algunas mujeres a limpiar sus ropas. Algunas de las niñas que se encuentran allí aprovechan el pozo para bañarse también. No dejan pasar la oportunidad que les brinda uno de los pocos asentamientos con agua de las proximidades. Después llenarán también algunas garrafas de agua para llevar a sus casas. Hoy no han venido perros a beber agua de allí”.

“Walale” es el saludo habitual en Umbundu, lengua de la provincia de Bié en la que se encuentra Kunhinga, en pleno corazón de Angola. Quiere decir algo más que un “hola”, es el primer saludo del día, algo así como ¿qué tal te ha ido la noche? o ¿está todo bien?

Desde hace ya 4 años, Tania Arriba, Patricia Pérez de Villarreal, Saioa Ajuriagojeaskoa, Amaia Emaldi y Amaia Ormaza, 5 médicas vizcaínas de los Hospitales de Basurto y Galdakao viajan a esta localidad para ayudar en trabajos de cooperación en el Hospital de Vouga. Todos los años invierten una buena parte de sus vacaciones en atender las necesidades de la población de esta zona rural, y aunque no cuenten con todos los medios necesarios para conseguir intervenciones óptimas, la labor que realizan es digna de admiración. Ahora están embarcadas en un proyecto de cooperación para instalar una potabilizadora de agua en las proximidades de este hospital, al que han denominado “Walale, agua y salud para Angola”, que tiene como objetivo proporcionar la cantidad de agua potable necesaria para atender al hospital y a las poblaciones rurales de alrededor. De esta manera, quieren mejorar la calidad de vida de las personas hospitalizadas y de los núcleos rurales cercanos al hospital. La falta de agua potable es un problema que causa gran mortalidad.

Lideresas

Las representación de las aldeas está compuesta básicamente por mujeres. De hecho son mujeres las que lideran las aldeas. Son ellas quienes coordinan y cuidan el buen funcionamiento y convivencia en las mismas. Profesoras, enfermeras, limpiadoras del hospital, son mujeres que destacan bien por su profesión o por su personalidad embaucadora.

Estas mujeres son clave para el proyecto Walale. Se han firmado acuerdos con ellas para que asuman la responsabilidad de sensibilizar y formar a las personas de sus aldeas en temas relacionados con medidas higienico sanitarias.

En la calle, en el mercado, en el pozo, la inmensa mayoría son mujeres. Ellas toman las decisiones que afectan a la familia, a la aldea y a sus grupos comunitarios. Cuidan de los niños y niñas, y hacen las  tareas del hogar. También son las que trabajan en las tierras. Es bastante habitual también ver a niños y niñas trabajando la tierra.

Es destacable la contribución realizada por estas mujeres al desarrollo de su comunidad. Hace apenas dos semanas, se celebró el Día Mundial de las Mujeres Rurales, donde se recordó la falta de igualdad de oportunidades de las mujeres que trabajan en el campo respecto a sus homólogos masculinos, a pesar de su gran representación a nivel mundial (⅓ de la población). Como señala ONU Mujeres, cuando se trata de la posesión de la tierra y del acceso a los insumos, la financiación y la tecnología agrícolas, las mujeres se ven mucho más relegadas que los hombres.

Violencia de género

Luisa adao, es la mujer en el centro.

Luisa Adao es la presidenta del área social de Kunhinga. Entre otras funciones, acompañan a las mujeres y sus hijos e hijas en su convivencia con los hombres cuando hay algún conflicto. Es habitual que el hombre abandone a su familia para estar con otras mujeres, ya que en esta parte de África está muy extendida la infidelidad por parte del hombre, e incluso la poligamia (aunque no sea legal). Las agresiones físicas y sexuales en la pareja también están a la orden del día. En Angola cerca de 2000 mujeres son agredidas diariamente.

Las mujeres acuden a Luisa para exponerle sus problemas con su marido, y el área social organiza un encuentro con el hombre para dialogar y ver cómo pueden llegar a un acuerdo, sobre todo para la crianza de los hijos e hijas. En estos casos, se suele acordar que parte del sueldo del hombre vaya destinado a sus descendientes. Si el hombre no acepta, se acude al tribunal de la sede de Kunhinga, para que paguen el porcentaje correspondiente de su sueldo a cada hijo o hija menor.

Pero no es fácil llegar a dar este paso. En Angola 1 de cada 4 mujeres justifica y acepta las agresiones de su marido. En demasiadas ocasiones creen que el marido tiene motivos para pegarlas: atreverse a discutirle, que se le queme la comida, salir de casa sin avisar o rechazarle cuando le proponga mantener relaciones sexuales. Este problema se agrava en las zonas rurales, donde las denuncias por violencia de género son menores que en las ciudad (en muchas ocasiones por desconocimiento o por ineficacia del sistema).

Otra de las funciones del área social es la de organizar charlas e informar sobre temas que afectan muy directamente a la mujer, como el embarazo precoz o los riesgos de las relaciones sexuales sin protección. Intentan concienciar a una sociedad que tiene una de las tasas de fertilidad más altas del mundo (6 descendientes por mujer). Gran labor la realizada por estas mujeres.

Ellas organizan, él las vigila

Una de las cosas que más sorprende a estas 5 médicas en cada viaje es la casi nula presencia de hombres durante el día en las aldeas rurales. La única excepción son los niños, que aún no tienen la suficiente edad para realizar los trabajos destinados a los hombres. Los hombres no suelen trabajar en la aldea. Suelen ir a diario a la ciudad para otro tipo de trabajos (sobre todo construcción o mercadeo). Cuando llega la tarde se ve a alguno que regresa a la aldea. Ebrio, en muchas ocasiones.

También hay otra excepción. Hay un hombre que está todo el día allí: el “Soba”. El Soba es una especie de “vigilante” que vela por la seguridad de la aldea, y es el encargado de que se cumplan las normas. A pesar de que hablaba anteriormente que son las mujeres las que se organizan para tomar las decisiones que afectan a la aldea, tienen una especie de “Jefe” que vigila sus movimientos, e informa al representante del Gobierno en caso de no poder solucionar él mismo lo que considera “salirse del guión establecido”. Ellas organizan, él las vigila.

Tania, Patricia y las dos Amaias han vuelto hace un par de semanas de su último viaje a Angola. Aún tienen mucho que hacer allí. Si consiguen recaudar el dinero suficiente (40.000 euros) el año que viene se instalará una potabilizadora de agua junto al Hospital de Vouga. Y salvarán vidas.

Volverán a ayudar a todas las personas enfermas que lo necesiten. Volverán a llorar, volverán a reír y volverán a vivir una experiencia única que las seguirá marcando de por vida.

Volverán a ser testigos de la fuerza de la mujer en aquellas tierras y junto a ellas trabajarán por mejorar su calidad de vida.

Y las que nos quedamos aquí, nos quedaremos con el corazón encogido. Nos quedaremos con la frustración de no poder hacer más. Pero también nos quedaremos con la esperanza y con la ilusión de escuchar de primera mano sus experiencias y poder colaborar en todo lo que nos sea posible.

Y si tenemos la ocasión, seguiremos mostrando al mundo pedacitos de cómo es la vida en la zona rural de Kunhinga.

Mientras tanto, nos quedamos con esto…

Ni tengo ni quiero daros diez años más

24/10/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Soy Adriana Azurmendi, hernaniarra que vive en Donostia. Estudié Ciencias Económicas y Empresariales en la ESTE (Deusto). Mi trayectoria profesional se ha centrado en ejercer, principalmente, como consultora estratégica, en distintas empresas consultoras, inicialmente en todo el estado y después más centrada en Gipuzkoa, apoyando a empresas muy diferentes en tamaño, sector de actividad o tipo de organización. Hoy día, gestiono y coordino el Programa Emekin (programa de apoyo al emprendizaje femenino de Diputación Foral de Gipuzkoa), en ASPEGI, la Asociación de Profesionales, Directivas y Empresarias de Gipuzkoa.

 

Leo el artículo “Hartas de Aplaudir” de María Pazos en Tribuna Feminista y vuelve la sensación de engaño. Hace un paralelismo entre dos situaciones, en ambas está patente la hipocresía con la que los gobiernos y demás organismos abanderan la igualdad de género.

Representantes de Arabia Saudí vanagloriándose en la ONU de permitir conducir a las mujeres en 2018; mujeres que siguen sin poder trabajar en entornos donde hay hombres, salir solas a la calle, tener cuentas corrientes o conducir sin burka, entre otras muchas prohibiciones. Una ONU que dice trabajar en pro de una igualdad de género, pero que no condena a países como el citado y hasta les permite pronunciarse en estos temas.

En una esfera más cercana, María Pazos comenta la decepción generada por el Pacto de Estado Contra la Violencia de Género que el Congreso acaba de aprobar, sin unanimidad, tras casi un año de espera,repasando algunas de las medidas contempladas en el mismo. Promover, impulsar, solicitar… son palabras que preceden la redacción de dichas medidas, algunas de las cuales, ya recogidas en otros planes que llevan en vigor más de 13 años,siguen incumpliéndose.

¿Promover? ¿Impulsar? ¿Solicitar?

Este año se cumplía el décimo aniversario de la Ley de Igualdad  (Ley Orgánica 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres). No ha habido mucho que celebrar, más bien lo contrario, dado que hay coincidencia casi total entre las y los analistas no sólo en su no cumplimiento, sino en la existencia de mayores desigualdades en algunos ámbitos. La sociedad no se ha transformado, 10 años después…

Promover, impulsar, solicitar… Cuando se utilizan estas palabras para enunciar medidas que pretenden corregir situaciones de desigualdad, discriminación e injusticia que afectan al 50% de la población es no querer cambiar las cosas, es querer seguir igual, es ser más que cómplice, es ser garante de que esas desigualdades, discriminaciones e injusticias se mantengan, se perpetúen y se lean en términos de mujeres muertas (45 llevamos en 2017), mujeres acosadas y violadas (una violada cada 8 horas), pobreza con rostro de mujer (1,4 millones de mujeres en edad laboral, el 32,2%, que están en situación de pobreza o exclusión social, y afecta principalmente a las jóvenes de entre 16 y 29 años) precariedad laboral y contratación parcial (73% contratos parciales mujeres), altísima brecha salarial (hasta 2187 no se reducirá la brecha salarial), carreras truncadas, pérdida de talento, y un largo etc.

Porque existen prohibir, sancionar, exigir, verbos que expresan una actitud más comprometida con el objetivo que se quiere lograr y que han obtenido grandes resultados en los últimos diez años en otras luchas que han transformado realmente la sociedad y sus espacios, desde el uso del alcohol o tabaco hasta el cuidado del medio ambiente, el reciclaje o la integración de personas con discapacidad.

Nos preguntamos ¿por qué no cuando el objetivo es la igualdad de género?y la respuesta es dura, muy dura:porque supone una pérdida y una ganancia de poder, y quienes hoy día disfrutan de mayores privilegios por tener más poder (fáctico y efectivo) son los hombres, y ellos, que son mayoría en gobiernos, cuadros directivos, propiedad del capital, idearios religiosos, o expresiones culturales y deportivas, no quieren ceder dicho poder.

Las mujeres llevamos años dando pasos de gigante, formándonos (superior nivel formativo en las mujeres por rango de edad salvo en la franja 55-64) y accediendo masivamente al mercado laboral, donde incluimos esos otros ámbitos de actividad profesional como deporte o la cultura. Luego, digamos que estamos preparadas para asumir el poder, diría de hecho que, de sobra, pues organizar, gestionar, crear, construir, ganar, y todo ello de forma multidimensional (trabajo, familia, comunidad), es algo que hacemos de forma natural.

En este contexto además, el 95% de los hombres declaran, según las encuestas, que están a favor de la igualdad de oportunidades. Diríamos entonces que sensibilizados están.

¿Qué nos para? Esa coletilla tan utilizada “es cultural, y eso cuesta cambiar…”. Digo yo que tan “cultural” como fumar en hospitales, conducir bajo los efectos del alcohol, tirar la basura a la calle o excluir socialmente a alguien por tener una discapacidad. Y si conseguimos revertir esos comportamientos con leyes y sensibilización, quizás con la desigualdad de género también lo consigamos. Quizás peco de ingenua (quien defiende ese “cultural” diría que es “propio” de mujeres), pero si…

  • Elevamos impuestos a toda empresa (en todos los sectores, industria, educación, sanidad, etc.) que no cumpla con cuadros directivos con un mínimo del 40% de mujeres.
  • Exigimos la publicación de salarios por género y, multamos a quien discrimine.
  • Retiramos todo libro de texto que no tenga perspectiva de género ni contenidos relativos a la desigualdad, y multamos a quien lo haya editado.
  • Obligamosa universidades, empresas y demás entidades públicas a promocionar y nombrar mujeres en cargos directivos.
  • Denegamos apoyo institucional, monetario o en especie a toda entidad que no se rija por la igualdad de oportunidades.
  • Sancionamos toda expresión pública (prensa, televisión, publicidad, etc.) o privada (difusión en Instagram, Facebook, WhatsApp) que suponga una apología de la violencia de género o la cultura del machismo.
  • Reconocemos mismos permisos parentales por nacimiento, con permisos obligatorios e intransferibles, y mismas ventajas, sin género, por cuidado de menores o dependientes.
  • Denegamos la patria potestad a quien haya incurrido en violencia de género, cualquiera que sea su representación.
  • Obligamos a realizar cursos de reeducación y socialización, además de la pena, a quien tenga conductas de acoso.
  • Apoyamos en igualdad, mismo dinero, difusión, presencia al deporte femenino y masculino, desde el deporte escolar al profesional.

Y muchas medidas más enunciadas con prohibir, sancionar y exigir, que, aplicadas con compromiso, medios y control, estoy segura de que lograrán milagros como:

  • La desaparición del humo en los hospitales.
  • Llenar las arcas con los impuestos al tabaco.
  • La convivencia natural con personas con discapacidad.
  • Ríos con peces, sin contaminación ni vertidos.
  • Los carnets con 15 puntos y menos víctimas mortales en las carreteras.

Y otras muchas, donde asegurar el cumplimiento de la ley, condujo a un cambio de costumbres, de actitudes preconcebidas y, en definitiva, generaron una transformación en la sociedad.

No os doy 10 años más para promover, impulsar, solicitar la igualdad de oportunidades, la quiero ya, más bien, os la exijo ya. Consiste en dejar de ser garante de la desigualdad y cómplice de cada injusticia y pasar a ser garante de una sociedad más igualitaria y justa.

Al parecer en el estado sólo hay una mujer por cada 5 deportistas profesionales, pero ganan la mayoría de las medallas. Digamos que queremos ser, al menos, la mitad y podríamos compartir medallas, pero en todo. Después, si queréis, hablamos de la meritocracia y talento, primero recordad: prohibir, sancionar y exigir.

 

Pues no lo veo, chica

17/10/2017 en Doce Miradas por Miryam Artola

Pues no lo veo, chica… (o  la danza del desencuentro en esto del mirar, en tres tiempos).

I

Pues no lo veo, chica – Ya lo dijo. Acompañada de un gesto de “ya está esta exagerada”, esta frase cierra toda posibilidad para continuar esa conversación en la que la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres es  una realidad “prácticamente conquistada” según su mirada.

Las cosas han cambiado mucho, eso no me lo puedes negar. Habéis “conseguido” mucho. Creo que vivís rayadas y no reconocéis que tenéis “prácticamente” -repite de nuevo lo de prácticamente- las mismas oportunidades que nosotros, sólo que vosotras tenéis otras prioridades.

II

Pues no lo veo, chica.

Y si no lo ves, no lo crees. O será que si no lo crees no lo ves. Y si no lo ves, no te mueves.

Y ¿cómo puedes no verlo, si los datos, los testimonios y la realidad son diarios? ¿Y son datos claros, inequívocos y alarmantes?

¿Por qué no lo ves? ¿Para qué no lo ves? ¿Desde qué posición estás mirando? ¿Qué privilegios quiere salvaguardar  esa mirada? ¿Qué (carajo) estás protegiendo?

III

Pues no lo veo, chica.

¿Quieres que te lo dibuje?

 

Datos mundiales (2016 y 2017).
Artículos consultados, entre otros:

http://www.lasexta.com/noticias/sociedad/violencia-genero-principal-causa-muerte-mujeres-mundo_20150815572480c94beb28d44600afee.html

http://www.lavanguardia.com/de-moda/20161013/41977528314/premio-nobel-nobel-bob-dylan-hombres-mujeres-desigualdad-feminismo.html

http://www.unwomen.org/es/what-we-do/leadership-and-political-participation/facts-and-figuresvhttps://www.internationalwomensinitiative.org/news/2016/6/24/gender-based-violence-around-the-world-are-we-doing-enough-to-stop-it

Cuéntame, Belén…

10/10/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Miren Elgarresta Larrabide (Zumarraga, 1965, @MirenElgarrresta). Estudié Veterinaria en Zaragoza y desempeñé esta maravillosa profesión en diferentes áreas durante casi 25 años. Ahora dirijo el Órgano para la Igualdad entre Mujeres y Hombres de la Diputación Foral de Gipuzkoa. Un giro radical en mi rumbo que llegó hace dos años y una de las decisiones más importantes en mi vida profesional. Desde entonces, hay algo que ya no es igual. Ahora miro el mundo con los mismos ojos, pero con otra mirada. Más igualitaria y con mayor afán de justicia social. Desde la política, también pueden cambiarse las cosas.

Hace unos meses recibí la invitación a participar en este blog. Desde entonces, me ha pesado la responsabilidad de entregar mi mirada-relato. Casi he agotado el tiempo de entrega. Varias veces se ha encendido el piloto de alarma en mi memoria, recordándome este reto. Durante todo este tiempo, varias ideas han intentado tomar forma y cuerpo, pero ninguna ha insistido tanto como el recuerdo de Belén.

Conocí a Belén en los primeros años de tránsito entre la dictadura y la democracia. Su vida era en apariencia una vida corriente, como la de cualquier familia de entonces, como la de la familia Alcántara de “Cuéntame cómo pasó”, donde se reproducía, no sin cierta nostalgia, el estereotipo de la familia en aquella época.

Bien, pues en este período conocí yo a Belén. Había dejado su Andalucía natal para llegar a Euskadi poco antes del inicio de los 80. Llegó casi con lo puesto, su marido y una prole de cinco hijos e hijas de corta edad; el sexto nació poco después. Como muchas otras familias inmigrantes, llegó a un barrio obrero con predominio de gente procedente de Zamora y Extremadura. Ella decía con orgullo, “yo soy Belén, de Palma del Río, provincia de Córdoba”.  La recuerdo con una permanente sonrisa que, sin embargo, poco tenía que ver con la lógica de la felicidad.

Belén ya no “es”. Murió pocos años después. Aparentemente, fue debido a una enfermedad a sus 44 años. Sin embargo, quienes conocimos su vida de cerca sabíamos bien que su historia se tejió -poco a poco, día a día- con los hilos de ese maltrato de la violencia de género. En aquel breve, pero intenso periodo, fuimos parte de la vida de Belén. Aunque, hace tiempo que comprendo ya que, en realidad, solo fuimos espectadores de cartón-piedra de su vida. Porque no supimos ver ni identificar signos tan evidentes, ni mucho menos denunciar la violencia que Belén sufría en el sagrado seno familiar. Y como ella, muchas otras mujeres de la época.

Nadie empleaba el término violencia de género entonces, pero todos -y, en especial, todas- sentíamos que algo se nos removía por dentro, que Belén no vivía. Que Belén sobrevivía cada día a un maltrato que, incluso sin nombre, producía un impacto brutal sobre el cimiento más fuerte. Un impacto que hacía temblar su dignidad como mujer. Sus derechos como persona.

Han cambiado mucho las cosas desde entonces; es evidente. Las mujeres somos hoy más autónomas, más libres… Tenemos más oportunidades para elegir y construir nuestro proyecto de vida, y tenemos competencias que son llave para nuestro empoderamiento. Pero seguimos sin resolver esta realidad social que hoy, todos y todas conocemos mejor. Hoy nos referimos a ella como violencia contra las mujeres y sabemos que su principal sustento son las desigualdades sociales y económicas entre mujeres y hombres. Ya no hay excusas.

Entendemos la igualdad como un derecho inherente al ser humano. Hoy por hoy, más del 95% de las personas de nuestra sociedad, mujeres y hombres, dice no entender una sociedad que discrimine por razón de sexo. Pero la realidad es tozuda. Se impone y nos interpela a diario con las evidentes diferencias entre mujeres, y con la violencia que día tras día nos sacude en el noticiario.

Hoy asumo un puesto de responsabilidad política e institucional. Me toca dirigir el Órgano para la Igualdad entre Mujeres y Hombres en Gipuzkoa. Supone un gran reto. Somos un territorio punta de lanza en políticas de igualdad, y por ello, no se nos escapa que las desigualdades de género que existen en nuestro territorio, requieren atención y acción urgentes. Somos una sociedad avanzada en lo económico, pero hay mucho que hacer todavía en lo que a justicia social se refiere.

La violencia contra las mujeres hoy se afronta en Gipuzkoa con un plan foral ad hoc. El objetivo de lo que denominamos plan AURRE! (“adelante”, en su traducción del euskera) es, de hecho, ambicioso en su generalidad: avanzar, mover a nuestra sociedad hacia adelante, porque queremos hacer de Gipuzkoa un territorio libre de violencia contra las mujeres. Y entre las muchas acciones que contempla, hay una que a menudo me trae a la cabeza a Belén.

Se trata de una campaña de sensibilización (Somos Tú / Denok Zu) que, precisamente, trata de trasladar a las mujeres maltratadas que estamos con ellas, que la sociedad de hoy día no es ni quiere ser espectadora de cartón-piedra. Que sabemos que podría sucederle a cualquiera. Que no están solas ni la responsabilidad es solo suya. También es nuestra. Porque cada vez que callamos ante una agresión, cada vez que miramos a otro lado bajo la excusa de que no nos concierne, somos responsables de lo que sucede. Y lo que sucede es absolutamente doloroso y terrible.

Esta campaña se articuló alrededor de una imagen, la de una mujer. Su rostro fue llevado, entre otras aplicaciones, a una careta que todos y todas pudiéramos colocarnos en señal de apoyo simbólico. Le dimos el nombre de Ane. Pero, bien podría haber sido Noelia, Rosa María, Matilde, Esther, o bien Ana Belén, la última mujer asesinada hasta la fecha en que termino este post. También tenía 44 años, como Belén, y era de Vitoria.

No queda duda de que es muchísimo lo que queda por hacer para enfrentar la violencia contra las mujeres. Desde muchos frentes, pero creo que hoy sí podríamos decirle a Belén, que se ha acercado desde algún lugar para decirme “cuéntame”, que estaría menos sola. Al menos, menos sola…

Me ha gustado contar tu historia, Belén, de Palma del Río, provincia de Córdoba.

Big Little Lies, la sororidad en tiempos difíciles

03/10/2017 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta


Confieso que no soy de series televisivas. A no ser por una buena recomendación nunca hubiera visto ‘Big Little Lies’, una miniserie de siete episodios y una de las ganadoras en la última gala de los Emmy. Y menos aún hubiera pasado del primer capítulo en el que se presenta a tres mujeres ricas con vidas aparentemente perfectas en el marco incomparable de Monterrey, un pueblo al norte de California en el que nada es lo que parece.

little big liesLo que, aparentemente, pintaba una aburrida historia sobre los problemas cotidianos de estas tres madres, Madeline, Celeste y Jane, ha dejado ocupada una parte de mi cerebro con flashes intermitentes de escenas dulces y amargas. Hace mucho que no disfrutaba (o sufría) con un drama como el de esta miniserie. ‘Big Little Lies’ es, sin duda, un relato sobre las mujeres, las relaciones entre ellas y la violencia de género.

No voy a hacer spoiler, aunque sí contaré que estas tres mujeres, con mucho más en común de lo que ellas mismas piensan, poco a poco van mostrando la tensión de sus propias vidas, sus relaciones de pareja y familiares, sus cargas, sus emociones y su manera de enfrentarse a todo esto. Las tres son madres pero representan diferentes perfiles: Jane es una mujer joven que huye de un doloroso pasado; Madeleine es una mujer popular en el pueblo con una vida dedicada a su familia; Celeste es una ex-abogada venida a ama de casa, un papel con el que no parece sentirse del todo cómoda.

Este primer círculo se abre a un círculo más amplio de mujeres -cuyo nexo de unión es el colegio público (algo surrealista) al que llevan a sus hijos e hijas- para tratar el tema de la maternidad, las diferentes formas de enfrentarla, los roles tradicionales, las relaciones de poder y las luchas por imponer criterios. La línea divisoria entre estas mujeres está entre aquéllas que dejaron sus carreras profesionales para dedicarse a su familia y las profesionales ‘triunfadoras’.

La rivalidad entre mujeres, una creencia muy extendida en nuestra sociedad, está presente a lo largo de toda la serie. Como también lo están los lazos de amistad, la empatía, la ayuda o el mirar sin juicio que surge entre ellas; también esto ocurre en nuestra sociedad, aunque haya quien se empeñe en enfatizar más la rivalidad que la sororidad porque nadie ve las cosas tal y como son, las vemos como somos nosotros/as.

En esta serie los personajes son complejos, con inquietudes y contradicciones, como lo es el personaje de Celeste, genialmente interpretado por Nicole Kidman. Celeste guarda un oscuro secreto, sufre violencia de género en el hogar; duele conocer la historia de una mujer y sus contradicciones, esas que no le permiten identificarse a sí misma como víctima. ‘Big Litlle Lies’ sabe contar la transversalidad del abuso y la violencia machista, que se ceba con mujeres de cualquier edad, sexo, raza o religión, solo por razón de género. En lo que llevamos de año, 43 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas; o lo que es lo mismo, una mujer es asesinada cada cinco días por violencia de género (sin olvidar que cada ocho horas se produce una violación).

Detrás de cada una de estas mujeres hay una vida, hay una historia como la de Celeste. Y por eso duele tanto, porque esta es una historia de verdad, una historia amarga que ocupa mayor espacio por conocer su vida, sus relaciones, sus hijos, sus intereses y sus miedos. Y ese espacio no lo ocupan las 43 mujeres asesinadas durante este año (un día después de publicar este artículo son 44); conocer nos hace daño y no conocer nos protege de sufrir y, al mismo tiempo, nos hace abandonar un poquito a quien sufre y dejar que la realidad continúe oculta y silenciosa. La sororidad es doblemente útil en tiempos difíciles.