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La tasa rosa, el precio que hay que pagar por ser mujer

01/09/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

alex fernandez_docemiradasAlex Fernández Morán (@pozikdesign). Me apasionan las ideas originales y bien realizadas en marketing, comunicación, publicidad, tecnología, innovación, Internet, que recojo en mi blog personal sobre campañas e ideas creativas: www.pozik.net. Soy miembro de la Asociación de ex-alumnos del Máster de Márketing de la UPV-EHU y uno de los impulsores y jurado de los Premios Máster de Marketing UPV-EHU que reconocen los mejores trabajos en esta disciplina en las empresas de Euskadi.

 

Son numerosas las desigualdades que sufre la mujer, pero existe una que hasta el momento había pasado prácticamente desapercibida para todos. Hablamos de la tasa rosa, un sobrecoste económico que pagan las mujeres por ciertos productos de gran consumo en versión femenina.

La voz de alarma la ha dado el colectivo feminista francés Georgette Sand, quien tras analizar el precio y características de numerosos artículos comprobaron que muchos de ellos son ligeramente más caros cuando se dirigen a las mujeres, aun siendo idénticos en características, formatos o componentes, que aquellos destinados a hombres.

la tasa rosa_docemiradasLa denuncia recoge numerosos ejemplos, entre los que destacan los desodorantes, cepillos de dientes, etcétera, que ven aumentado su precio injustificadamente sólo por ser para mujeres. Pero hay uno que ha irritado especialmente a las consumidoras galas. Se trata de un pack de 5 cuchillas de afeitar de color rosa que comercializa la cadena Monoprix y que cuesta 8 céntimos más que su equivalente en tono azul. Tal ha sido la indignación que ha despertado esta situación, que el grupo feminista ha adoptado la cuchilla rosa como símbolo de sus reivindicaciones.

Todo parece apuntar a que detrás de estas prácticas se encuentran las políticas de precios de las grandes marcas. Sus departamentos de marketing son conocedores de que las mujeres son un segmento de población que suele preocuparse más por su imagen que los hombres, y han detectado que, en general, también están más predispuestas a pagar precios superiores por productos de belleza y estética, un hecho que aprovechan para encarecer sensiblemente su importe y así aumentar sus beneficios.

La polémica está servida y el ministerio de economía francés estudia si se trata de un caso generalizado de discriminación de género. Mientras tanto, la plataforma Change.org continua recogiendo firmas de apoyo para poner freno a esta injusticia y son numerosos los medios de comunicación y blogs personales que se han hecho eco de la “tasa rosa” o “pink tax”. Todos ellos denuncian que las mujeres, pese a tener generalmente ingresos menores por su trabajo, deben asumir este “impuesto” extra. Puedes ver un ejemplo de la denuncia de este abuso en el siguiente vídeo.

Antenas moradas

28/07/2015 en Doce miradas por Naiara Pérez de Villarreal

docemiradas_piensaloquehaces

Hace ya varios meses tuve el honor de ser invitada a formar parte de Doce Miradas. Para mí fue todo un motivo de “orgullo y satisfacción”, como diría .. .vaya, ahora no recuerdo quién decía eso..

Desde que nació el proyecto, allá por mayo de 2013, este grupo de mujeres era una referencia para mí, seguía con mucho interés este blog. Cuando recibí la invitación para ser una de las 12, dudé..pero lo justo.

Yo no me había mostrado nunca públicamente como una defensora de la igualdad entre mujeres y hombres, aunque sí que había hecho mis pinitos en el ámbito del deporte. Mi entorno más cercano sabe de mis quejas constantes por la discriminación que sufrimos las mujeres en todas las disciplinas. No sería la primera vez que pataleaba por esto mismo también en el ámbito laboral, y más concretamente ante alguna situación desagradable en el terreno profesional. Por suerte, estas situaciones en mi vida laboral han sido pocas y no quiero mencionarlas, pero sacaron de mis adentros una crispación algo inusitada.

Así pues,  ya sea por mi carácter de “echada pa’lante” o porque quería explorar esta temática que un poco de runrún ya me hacía, no dudé en aceptar esa propuesta que un gran día me hizo llegar mi compañera Lorena Fernández.

Lo reconozco. No tenía gafas moradas. En ocasiones veía discriminación por género en situaciones cotidianas de mi entorno, pero callaba y asumía o adoptaba una postura de resignación, naturalidad  o conformismo. O me daba pereza señalar con el dedo, como acertadamente proponía en su post Arantxa Sainz de Murieta.

Desde que este grupo y el aura que se genera a su alrededor me invitaron a ponerme estas gafas ¡creo que me han salido hasta antenas moradas!. Ahora estoy en una fase de regulación, porque tengo la sospecha de que veo hasta lo que no es. Veo, leo, escucho… y a todo le veo su lado machista. Me paso la mitad del día crispada por ello. Muchas gracias, chicas 😉

No. Ahora en serio: las gafas moradas me han abierto miras. Estoy descubriendo un mundo en el que me siento muy cómoda, señalando y denunciando la desigualdad, sintiendo que estamos haciendo algo grande.

Por eso hoy quiero poner mi mirada en un asunto que me ocupa y me preocupa especialmente y que detecto especialmente en la gente joven. No sé si llamarlo falta de personalidad, de consciencia o lavado de cerebro.

Tengo una hija de veinte meses. Es una edad preciosa, en la que disfrutamos mucho de algo tan sencillo y cotidiano como que repita las palabras que le decimos. Seguramente lo hace porque está experimentando y porque se da cuenta de que a las personas adultas nos hace mucha gracia, pero no es consciente de lo que dice, no comprende su significado.

Esto mismo que nos resulta tan gracioso ya no lo es tanto si es, por ejemplo, una niña de dieciséis años la que repite frases como “Si es verdad que tú eres guapa, yo te voy a poner gozar. Tú tienes la boca grande. Dale, ponte a jugar”.

Esta letra corresponde a la archiconocida canción de Pitbull “I know you want me (Calle 8)”, cuyo estribillo es cantado por millones de adolescentes (sí, chicas también). El videoclip es aún peor y más denigrante todavía para las mujeres; a pesar de ello, es de los más vistos en la Red.

Ejemplos como el de Pitbull hay muchos que nos dejan lindezas como las letras de Alejando FernándezAsfíxialas con besos y dulzura, mátalas con una sobredosis de ternura” en su canción “Mátalas”, o las de Romeo Santos, toda una figura musical que actuó incluso ante Obama en la Casa Blanca, con su conocida canción “Eres mía”, cuyo estribillo vomita lo siguiente:

No te asombres

Si una noche

Entro a tu cuarto y nuevamente te hago mía

Bien conoces

Mis errores

El egoísmo de ser dueño de tu vida

Eres mía (mía mía)

No te hagas la loca eso muy bien ya lo sabias

 

Si tú te casas

El día de tu boda

Le digo a tu esposo con risas

Que solo es prestada

La mujer que ama

Porque sigues siendo mía (mía)

 

Pero lo que hoy quiero señalar con el dedo expresamente es la actitud de gran parte de la sociedad, sobre todo en edad adolescente, que baila, canta y repite sin cesar estos estribillos y no se para ni un segundo a pensar en lo que verdaderamente está diciendo. Porque si fuera consciente del contenido de estas letras, quizás se lo pensaría dos veces antes de hacerlo. Valga como ejemplo este vídeo que muestra las reacciones de algunas y algunos jóvenes al prestar atención a las letras de su reguetón sin música:

 

 

Entiendo (o no) el contexto de fiesta o celebración en el que suenan estas canciones, el momento de abstracción y pasotismo de las y los jóvenes cuando se encuentran en su burbuja. Y es que les estamos pidiendo que en sus momentos “Kit-kat” procesen estos mensajes que les llegan y reproducen como autómatas. Y yo me pregunto: ¿vamos a pinchar esta burbuja?

Hace poco más de un mes, en el segundo aniversario de Doce Miradas, tuvimos la suerte de contar con María Silvestre, socióloga y profesora de la Universidad de Deusto y ex directora de Emakunde.

En este encuentro, en un ambiente agradable y distendido, formé parte de la mesa de juventud, cuyo sugerente título (Juventud: ¿cantera de Igualdad?) dio pie a tratar de los valores que adquieren y disponen las nuevas generaciones.

En este contexto, la propia María Silvestre respondía rotundamente con un “No” sonoro a la pregunta del título: en su opinión, la juventud actual, a pesar de contar con abundantes recursos y oportunidades, no puede considerarse cantera de igualdad. Estoy de acuerdo con ella que para esta generación, la vida es un espejismo de igualdad,  se cree parte de una sociedad paritaria y palabras como el feminismo provocan temor, pues lo asocian a reivindicaciones del pasado. Los chicos, además, siguen pensado que es un “problema de mujeres”.

No quería centrarme exclusivamente en la juventud, ya que comportamientos como el que estoy denunciando hoy aquí abarcan un amplio espectro de edades. Pero sí es verdad que este consumismo y repetición inconsciente de mensajes que no se procesan aparentemente se da más en adolescentes. Parece que son los y las adolescentes quienes “compran” mayoritariamente estos mensajes.

He hablado de la música, pero estaréis de acuerdo conmigo en que semejantes contenidos se transmiten también por otros medios como la televisión, el cine o los videojuegos. En nuestro blog de Doce Miradas hay excelentes artículos sobre estos temas. Los estereotipos de siempre (mujer objeto, hombre dominador, mujer arpía, hombre ingenioso, mujer sumisa, hombre controlador, etc.) se repiten en versiones modernas y, si me lo permitís, de una forma más sutil e implícita. A veces necesitamos de las gafas moradas para verlos, pero “haberlos, haylos”. Voy a pasar de puntillas por la última gran apuesta del cine mundial, “50 Sombras de Grey”. Si me paro ahí, igual no terminamos nunca.

Me gustaría percibir pronto un cambio en esta situación. No quiero que mi hija crezca en una sociedad que recibe estos mensajes; mucho menos quiero que no se los cuestione y los repita como una autómata, sin pensar qué está diciendo, sin procesarlo. Parece evidente que toda la sociedad debe implicarse, desde la clase política hasta el o la publicista de turno, pasando por la educación en los colegios y, por supuesto, por  las personas que generan estos contenidos sexistas o no igualitarios.

¿Qué podemos hacer? Quiero pensar que hay soluciones más allá de la demagogia tan frecuente. Soy de las que piensa que los pequeños gestos cotidianos permitirán el cambio. Doy por bueno el conocido eslogan “Think Global, Act Local” (Piensa en global, actúa en local). Una frase, un no, un gesto de desaprobación en el momento adecuado, o levantar el dedo acusador al que se sumen más personas como en este inspirador vídeo que os pongo a continuación:

Queridas lectoras y lectores que habéis llegado al final de este post: ¿se os ocurre algo que alimente mi esperanza? ¿quizás esté cayendo yo también en la misma demagogia que me espanta?

Bueno, sí, se me ocurre que nosotras, las mujeres de mi edad (y no digamos las más mayores) también hemos mamado todo esto. También hemos cantado y bailado con letrillas infames, llorado con películas que hacían un canto a la sumisión y reído con tebeos denigrantes y violentos. Pero un día nos pusimos las gafas moradas y lo vimos todo de otro color. Igual les puede suceder a nuestras chicas y chicos; puede que a ellas y a ellos también les crezcan unas bonitas antenas moradas.

Del “tiquismiquismo” al cambio organizacional

21/07/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

MaiderGorostidi_DoceMiradasMaider Gorostidi (@Maidergoros). Profesión, variada. Vocación, autodescubridora. Mis 42 veranos me regalan un proyecto propio, Funts Project, donde comparto pasiones en buena compañía. El campo a trabajar, acompañar a personas y empresas en el cambio; el método, mirar con las gafas del desarrollo organizacional. Cómo abordarlo y cómo contarlo es el reto.

 

Es una noche de verano, una de estas deliciosas noches de verano. Alrededor de una mesa tres hombres y dos mujeres nos preparamos para disfrutar de una magnífica velada. Uno de los hombres preside; a un lado su mujer, al otro yo. Apostados a nuestros lados, los otros dos hombres.

Las presentaciones oficiales están hechas y ahora la conversación fluye tranquila mientras esperamos los platos. En poco tiempo la temática laboral cobra protagonismo en la mesa. En menos tiempo aún, el triángulo masculino liderado por el hombre que preside, se hace cargo de la misma dejando en el más algodonado de los olvidos a las dos mujeres, también trabajadoras.

Un esfuerzo consecutivo, liderado por cada uno de los otros dos hombres, intenta integrarnos en la conversación pero acaba cayendo en saco roto. Es más, quien preside, cuando se nos invita a entrar en debate, echa su cuerpo inconscientemente hacia atrás en la silla para reincorporarse pocos segundos después  y retomar enérgico el relato a tres.

Este análisis, a posteriori, de la situación no empaña la dulce cena veraniega ni tampoco el buen humor de quienes la disfrutamos. Es más, si nos hubiesen mirado desde fuera, dirían que las cinco personas estábamos encantadas del momento y la compañía mutua.

En el desayuno del día siguiente, y ya en “petit comité”, mis dos amigos y yo recordábamos lo simpática que era la pareja y lo mucho que disfrutamos las cinco personas.

Mujer-invisible

Aprovecho la pausa tras un sorbo de café para subrayar el detalle que me llamó la atención la noche anterior: la nula integración de las mujeres en la conversación. “Es más”, añado, “parecíamos invisibles”. “Eso sí”, matizo, “seguro que él no lo hizo a propósito”.

Sylvain me escucha y se ríe; afirma con la cabeza y comenta: “si cualquiera de mis conocidos suecos hombres y mujeres hubiesen estado sentados ayer a la mesa, no hubiesen tardado ni diez minutos en levantarse y denunciar públicamente una falta de respeto ante la omisión de voces femeninas en la conversación”. Añade: “y de la misma, se hubiesen marchado”.

Hoy, un año después, al recrear la historia pienso que ante mi explícita protesta de no haber facilitado la entrada en el debate a las mujeres podríamos escuchar comentarios como “qué “tiquismiquis, por favor” o “qué exageración” o “si tampoco es para tanto” o incluso “bueno, se ofende quien desee ofenderse pero desde luego que esta tontería no es ninguna ofensa”. Seguro que esta reacción nos resulta más conocida y aceptada que la narrada sobre la sociedad nórdica.

Ahondando en la experiencia yo sigo convencida de que ni el hombre que presidía la mesa, ni probablemente su mujer, eran conscientes de lo que estaba pasando.

Así, esta es una historia más, una de tantas otras, una que aprovecho para contar ya que la he vivido en primera persona. Y de esta historia saco que nuestro comportamiento inconsciente tiene un magnífico poder a la hora de enterrar la equidad de género.

Porque ¿cómo vamos a cambiar algo en este mundo si ni siquiera somos conscientes de nuestro comportamiento?

Y ahora traslado este ejemplo a la organización, que es el campo que me gusta, y me sigo preguntando:

¿Cómo va a cambiar una organización sus desigualdades de género si éstas no afloran al plano consciente; si están inmersas en su cultura de empresa y se ocultan bien en las entretelas estructurales de la organización; si no se hace una apuesta REAL por detectar situaciones de desigualdad, por intentar entenderlas, por contar con todas las miradas para revisarlas, comprender y aprender de ellas?

Hace unos meses tuve el placer de escuchar a Reina Ruiz Bobes hablar de “Procesos de Cambio Organizacional Pro Equidad”. Me cautivó la idea de oír, por fin, una postura firme y decidida que lucha contra el lifting organizacional que suponen los planes de igualdad hechos a destajo y por prescripción legal; que combate contra la búsqueda desesperada de indicadores de género que prueben lo improbable (una política imaginaria de igualdad) en la redacción de solicitudes o justificaciones de proyectos públicamente financiados; que trabaja contra la afirmación de que “en nuestra organización no tenemos problemas con la perspectiva de género porque el 80% de las trabajadoras somos mujeres”; o que lucha contra el argumento de que “primero es lo urgente y luego lo importante” para dejar así de lado un tema complejo de abordar.

Ya vale.

Es evidente, y me incluyo entre las personas receptoras del tirón de orejas, que operamos en modelos mentales arraigados en nuestro subconsciente. Es evidente que debemos hacer un esfuerzo enorme (todavía hoy) por aflorarlas al consciente (creo que esta es la parte más compleja de la historia). Es evidente que si esto nos pasa a las personas, las organizaciones (que no dejan de ser personas organizadas) actúan bajo el mismo patrón. Y es evidente, para mí, claro, que si realmente queremos hacer algo porque este hecho no sea así debemos tomárnoslo en serio y debe haber una APUESTA organizacional clara.

En este sentido, el enfoque metodológico del Cambio Organizacional por Equidad del que nos habló Reina y que lleva años trabajando Natalia Navarro me parece magnífico. Pero, claro está, este enfoque supone entrar de lleno en la “aventura del cambio” organizacional; y, como recoge la propia Natalia, “en el hecho de confiar que la organización, y el status de poder reinante en ellas, va a apostar por una transformación que necesariamente implicará la consideración de nuevas prioridades organizacionales y, vinculada a ellas, nuevas pautas de distribución de poder y recursos tanto a lo interno de la organización como en lo referente a sus actuaciones”.

Además supone una oportunidad para que las personas que participan de la organización identifiquen sus propias experiencias y las trabajen desde la plena consciencia para avanzar también ellas en el cambio. Si queremos que las personas hagan suyos los productos en las organizaciones, tenemos que dejarles que desarrollen el proceso; si no es así, no servirá de nada, todo les será ajeno e impuesto. Y, en consecuencia, no habrá cambio.

Así que, si este verano repito velada magnífica en situación similar yo también seré protagonista e impulsora de mi propio cambio.

La bruja que llevo dentro

14/07/2015 en Doce miradas por Macarena Domaica

“Si eres mujer y te atreves a mirar dentro de ti, eres bruja”

Después de dos años en Doce Miradas ya digo sin complejos, alto y claro, que soy feminista. Segura de que con ello hago justicia a todas las mujeres que han luchado desde hace tanto tiempo por nuestro reconocimiento como iguales, con derechos y oportunidades que conquistar.

Y cuando digo tanto tiempo, digo mucho, mucho tiempo. Aunque los señores que han escrito y divulgado nuestra historia nos hayan querido despistar cuando han contado a su manera y en su propio interés.

¿Qué sabemos de las brujas? A mí siempre me han fascinado. Incluso cuando no sabía que era feminista ☺ Ellas, precisamente, fueron las pioneras; las hermanas que dieron sentido al concepto sororidad, que tanto utilizamos hoy. La historia oculta de la liberación de las mujeres dio comienzo con las brujas, primeras en rebelarse contra la opresión y la sumisión pretendida por los hombres y el control sobre sus cuerpos y su sexualidad.

Pagaron cara la osadía, porque la respuesta a su empoderamiento se tradujo en persecución de millones de mujeres inocentes acusadas de brujería; un estigma que las señalaba peligrosamente por cometer acciones –herejías- que iban desde volar por los aires o provocar tormentas quitándose las medias, hasta amamantar sapos, fabricar ungüentos con entrañas de recién nacido, pasar por el ojo de una cerradura o copular con el demonio.

Por estos hechos, las sumergieron en aceite hirviendo, les arrancaron los pechos o las quemaron vivas. La gran mayoría eran sanadoras al margen de la fe religiosa, curanderas, acusadas de ejercer su sexualidad sin fines reproductivos, de estar organizadas y de poseer conocimientos médicos y ginecológicos.

El poder combatió con furia las diferentes herejías de estas rebeldes e inició así una contrarrevolución, que se tradujo en la expulsión de las mujeres de los espacios públicos y la consideración de que representaban un peligro para el nuevo orden social. Las consecuencias de esta misoginia manifiesta supusieron la degradación de las mujeres, su “domesticación”, la redefinición de conceptos como masculinidad y feminidad y un ataque brutal a la autoestima de las mujeres.

La quema de brujas fue el feminicidio institucionalizado más grande de la historia. Este lamentable y largo episodio tuvo una gran importancia a la hora de entender el papel de la mujer en la sociedad actual. Las brujas fueron mujeres que dieron un paso al frente por su liberación, alejándose del modelo establecido y desafiando la estructura de poder patriarcal.

Aquellas valientes aportaron, además de su coraje, un valor incalculable al feminismo: la hermandad; la convicción de que para ser fuertes es necesario tejer redes con otras mujeres. Ése es el secreto para resistir y avanzar. Las brujas eran poderosas, transgresoras, dueñas de su vida y creencias; buscaban la sabiduría dentro de sí mismas y la compartían con sus hermanas.

brujas

Aunque la definición de bruja lleva, aún hoy, incorporado el estigma de “mala mujer”, somos muchas las mujeres que reivindicamos la trascendencia de las brujas y su determinación en la lucha por el cambio social.

Recuperar a las brujas

Contra la extendida creencia de que la caza de brujas tuvo lugar en la Edad Media, lo cierto es que ésta se produjo fundamentalmente durante los siglos XVI y XVII, mientras se asienta el capitalismo y da comienzo la Edad Moderna. En la represión orquestada por el nuevo sistema económico capitalista y patriarcal participaron activamente la Iglesia y los poderes civiles. Silvia Federici, escritora y activista feminista, afirma en su libro “Calibán y la bruja”, que la caza de brujas fue un elemento fundacional del capitalismo que supuso el nacimiento de la mujer sumisa. El cambio de modelo social y económico impuso la división sexual del trabajo y, con ello, una concepción devaluada de la posición social de las mujeres, ahora en subordinación al hombre.

En la pretensión cómplice de Iglesia y Estado de contener la fuerza de las mujeres unidas, la persecución, tortura y ejecución de millones de mujeres fue minimizada en el relato de la historia y recogida como algo folclórico, producto de la ignorancia y de supersticiones rurales.

No se prestó mayor atención a la masacre de la caza de brujas hasta los años 70, cuando el Movimiento de Liberación de la Mujer rescató del ninguneo este importante capítulo de nuestra historia. El movimiento feminista abanderó la causa de las brujas y la identificación con aquellas mujeres que se alzaron contra el poder patriarcal.

Son los años en los que surgieron en Estados Unidos guerrillas feministas que defendían una completa revisión de la historia de las mujeres. Fueron pioneras las W.I.T.C.H. (Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno. Nueva York, 1968): mujeres que asumieron la estética de las brujas urbanas y el arte feminista y fueron las primeras en atacar a los partidos de izquierda, por pretender un nuevo modelo de sociedad sin tener en cuenta el feminismo y conformarse con pequeñas concesiones a las mujeres.

El radicalismo de las W.I.T.C.H. se propagó a través de una intensa actividad: boicots de eventos, hechizos, aquelarres y lectura de comunicados. La editorial Felguera ha reeditado recientemente todos sus textos, comunicados y hechizos en castellano, dándonos así la oportunidad de recuperar su legado ideológico y descubrir algunas de sus consignas: “Cuando te enfrentas a una de nosotras, ¡te enfrentas a todas! Pasa la palabra, hermana”.

witch

Muy pronto prendió la mecha de las guerrillas feministas en otras ciudades americanas convirtiéndose en uno de los ejemplos más fascinantes del activismo de los años 70, por la radicalidad de sus acciones provocadoras, combativas y sobrecogedoras.

“Radical” proviene del latín y significa “perteneciente o relativo a la raíz”. El objetivo del movimiento radical feminista es ir a la raíz misma de la opresión y contribuir a visibilizar muchos problemas de las mujeres que, a finales de los años 60, se consideraban privados, personales o naturales: el derecho al aborto, al placer y la diversidad sexual, la información sobre anticoncepción o la violencia machista.

La feminista Robin Morgan creó, también en el 68, Bruja. Un grupo que utilizaba público de teatro de calle para llamar la atención sobre el sexismo. Fue Morgan quien acuño el término herstory para reinterpretar el significado de la palabra historia y dar nombre a una nueva historia escrita desde una perspectiva feminista.

Las brujas en nuestros días

Las W.I.T.C.H. son precursoras de las Guerrilla Girls, las Femen o las Pussy Riot. Estas células posteriores asumieron su estrategia de subversión sirviéndose también de conjuros y hechizos mágicos, el arte feminista y la acción directa.

Las Guerrilla Girls (Nueva York, 1985) expandieron su activismo a lo largo de los años a la industria del cine, la cultura popular y la corrupción en el mundo del arte. Denunciaron con posters en las calles de Nueva York el desequilibrio de género y racial de los artistas representados en galerías y museos. Las integrantes del grupo originario siempre llevaban máscara de gorila. Se distinguieron por su ejercicio del feminismo en clave de humor descarado y divertido.

Las Femen (Kiev (Ucrania), 2008) son un grupo de protesta cuyas activistas realizan acciones con el torso descubierto y garabateado con denuncias o consignas. Atacan a las dictaduras, a la Iglesia, la prostitución y la trata, y enarbolan la bandera de la desobediencia civil para encararse frente a las leyes que consideran injustas.

La mayoría de sus acciones terminan con detenciones policiales. No siempre son comprendidas y a menudo reciben reprobación social por su osadía e irreverencia. Pero, desde mi punto de vista, es justo reconocer a las Femen su valentía por la forma en la que se exponen para dar visibilidad a reivindicaciones feministas; independientemente de que se pueda estar más o menos de acuerdo con las formas, los lugares o las denuncias que visibilizan utilizando sus cuerpos como pancartas.

El programa En la Caja, de Cuatro, dedicó uno de sus capítulos, el pasado mes de septiembre, a poner al publicista Risto Mejide -crítico y polémico donde los haya- frente al ejército de jóvenes mujeres de Femen en España. Sin duda, una oportunidad para forjarse una opinión, buena o mala, pero fundamentada, tras el acercamiento a sus protagonistas y al propio movimiento Femen.

En el mismo año 2008, un colectivo feminista madrileño organizó un aquelarre en la noche de San Juan, inspirándose en las acciones de las hermanas W.I.T.C.H. Se hicieron llamar El Grito de las Brujas y llevaron a cabo un ritual en torno a la hoguera para que “arda el heteropatriarcado”:

“Por el poder que nos hemos auto conferido, invocamos a todas nuestras hermanas brujas, las primeras guerrilleras y luchadoras de la resistencia, a través de todos los tiempos y reivindicamos: la sabiduría femenina, la maldad femenina, la fealdad, la rareza, la extravagancia, el bizarrismo, la hipertrofia y la multiformidad (…) Reivindicamos nuestro derecho a quemarlo todo, a crearlo todo, a ser las mujeres que nos dé la gana, a inventarnos y reinventarnos una y otra vez. Reivindicamos nuestro derecho a no sentir miedo, a provocar miedo, a subvertir, transgredir, desordenar, desbaratar. Reivindicamos nuestro derecho a desobedecer. Reivindicamos nuestro derecho a equivocarnos, a garabatear nuestro deseo cómo y las veces que nos dé la gana (…) Reivindicamos ser antipáticas, el ser amorosas, ser duras como las piedras o blandas como los mocos, firmes como una verga erecta, suaves y resbaladizas como la sangre menstrual. Porque la brujería es rebelión, porque la brujería es poder, porque la brujería es nuestra historia. ¡Porque brujas somos todas!”.

Las activistas del grupo punk ruso Pussy Riot pasaron en prisión casi dos años, por escenificar en febrero de 2012 una plegaria punk en la catedral de Cristo Salvador de Moscú, en la que rezaban a la Virgen María para que echara a Putin del Kremlin.


Comparten con las W.I.T.C.H. el uso del disfraz, las performances y la importancia ritual de la palabra. Como las brujas, las Pussy Riot reivindican una feminidad fuerte, porque una cosa es ser femenina y otra ser feminista, sin que sea incompatible una cosa con la otra.

Hace un par de años, en 2013, surgió en Brooklyn, Moon Church; colectivo que bebe también de las W.I.T.C.H. en la concepción de la hermandad como marco imprescindible para el encuentro con otras mujeres, la vulnerabilidad, la sanación colectiva y el empoderamiento femenino. El grupo creció con rapidez y hoy en día se encuentra también en Los Ángeles.

“Si eres mujer y te atreves a mirar dentro de ti, eres bruja”

Esta frase puede encontrarse en un manifiesto de las W.I.T.C.H. que invita a todo tipo de mujeres a unirse al movimiento. Comparto este enunciado y animo a esa mirada hacia el interior de nosotras mismas que nos permita descubrir nuestra esencia bruja: rebelde, libre, poderosa.

Me siento en deuda con todas aquellas pioneras del movimiento feminista; mi compromiso por la igualdad vuela en escoba y se crece en el encuentro con otras.

Hay una bruja en mí y la reivindico. Estoy agradecida a mis hermanas, a todas. También a aquellas con las que no comparto formas ni lenguaje y, a veces, ni siquiera mensaje. Las admiro por su determinación y valentía; porque se alzaron –y se alzan- contra quienes no quisieron mirarlas en toda su potencialidad y -por qué no- en toda su magia; porque supieron ver la fuerza en la suma de mujeres que comparten historia, objetivos y destino.

“¡Pasa la palabra, hermana!”

 

El diseño de las miradas 

07/07/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Foto_UR_bnUnai Robredo (@urgrafica). Nací en Bilbao hace 43 años. No me gusta decir que soy diseñador gráfico, porque sí soy padre o corredor, y el diseño no tiene ese rango, no me define. Tampoco me gusta decir que trabajo como diseñador gráfico, porque a veces es un trabajo, y me da de comer, y otras no, y me alimenta el alma. Me gusta pensar que el diseño es como un sombrero elegante; creo que me da un aire distinguido, pero realmente sólo me protege de la lluvia. 

 

Cuando desde Doce Miradas contactaron conmigo para que les hiciera una propuesta de logotipo, acepté con entusiasmo. Tomar parte en aquel proyecto de doce mujeres dispuestas a compartir sus miradas para cambiar la forma de mirar de los demás, me llenó de orgullo y responsabilidad. El tema en sí mismo era interesante, sin duda, pero lo que me atrajo fue la posibilidad de que mi propia mirada quedara plasmada y, de alguna manera, también contada a través de mi trabajo. Pero fue esto mismo lo que me supuso el mayor quebradero de cabeza en el desarrollo de la propuesta; mi propia mirada, precisamente.

Todo empezó de la manera más sencilla. En esa fase primigenia del proceso de desarrollo de una marca, en la que me esfuerzo por “ser”, de una manera lejana e impostada, aquel al que voy a representar. Durante mi carrera como diseñador he sido fabricante de válvulas, actor, peluquero, constructor o bailarín… incluso he sido alcalde. Y en esta ecléctica trayectoria como sosia impreciso, el género había sido un aspecto irrelevante o cuando menos, secundario. Así, nunca había tenido que ser mujer. Es cierto que, como diseñador con cierta experiencia, manejo códigos de comunicación gráfica, herramientas formales con una base teórica fundamentada en la experiencia previa de miles de diseñadores y analistas, recursos gráficos y estilísticos, a través de los que podría representar a cualquier emisor y alcanzar a cualquier receptor. En teoría.

Nada más empezar a trabajar en la marca de Doce Miradas me hice una pregunta que, si bien acabó por hacer el proyecto más rico e interesante de lo que ya era, me llenó de dudas e inseguridad: ¿no debería ser una mujer la que hiciera este trabajo? Lo que me llevó a cuestionarme la propia mirada: ¿en qué medida sería la de mujer una mirada más ajustada a la naturaleza del encargo? ¿Existe realmente una sensibilidad diferente, distinguible a través del análisis del observador, entre el diseño producido por mujeres y el producido por hombres?

Desde el principio sabía que el logotipo debía estar formado por una estructura modular que permitiera reconocer doce piezas que lo compusieran, en la que todas fueran imprescindibles; extraer una de las piezas haría incomprensible el conjunto.

También sabía que el concepto “mirada”, mirar, debía estar claramente representado. El elemento más sintético para remitirme a ello era un ojo. Y además, contenía en sí mismo el carácter personal; el ojo es del que mira. Así que tendría que ser un ojo compuesto por doce partes, o doce partes que construyeran un ojo.

Y mujer. Miradas de mujeres. El logotipo tendría que trasmitir este mensaje con claridad. Hablaría de un conjunto formado por partes, hablaría de miradas y hablaría de mujeres. Y tendría que ser desde la mirada de un hombre.

El diseñador neoyorquino Milton Glaser, en su “Diseñador/Ciudadano”, cita al poeta romano Horacio en un pasaje del ensayo en el que trata de iluminar los oscuros límites que separan el diseño del arte. “La función del arte es instruir y deleitar”, dice Horacio. Glaser contrapone el concepto de persuasión al de instrucción para diferenciar diseño de arte. “Cuando alguien se instruye, se fortalece”, asegura, para matizar después que la persuasión no garantiza los mismos resultados. Persuadir y deleitar podría ser la función del diseño. Persuadir deleitando, quizá. El deleite, es la parte no cuantificable, la que se correspondería con la belleza, no valorable desde un punto de vista lógico, pero donde reside la auténtica potencia del mensaje. Y es en la forma en que se trasmite y se percibe la belleza, donde está -en mi opinión- la diferencia entre un diseñador y otro, entre diseñadoras y diseñadores.

Herencia cultural, genética, educación… Es inútil que intente mirar con los ojos de otro, de otra. Podré comprender sus miradas, la forma en que perciben las cosas, pero jamás podré mirar con sus ojos. En ningún momento fui realmente fabricante de válvulas o alcalde. Fui yo mismo intentando comprender su forma de mirar.

Decidí que representaría el concepto de mujer a través de una metáfora en apariencia tópica, la clásica visión masculina sobre la mujer, pero que contuviera un fondo, un alma, mucho más auténtica y primaria, sólo revelada a quien supiera mirar. Elegí una flor. Para quien mira sin profundidad no es más que algo bonito, pero en el fondo es la representación esencial de la propia vida, con toda su fuerza, su condición efímera y su capacidad para generar nueva vida.

El logotipo de Doce Miradas está construido a partir precisamente de eso, de la mirada. Es fruto del esfuerzo por mirar de otra manera, y apela a la capacidad que tenemos todos de comprender la forma de mirar de los otros, de las otras. Tal y como hacen las mujeres de Doce Miradas.

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Ni pizca de gracia (de bromas, burlas y dobles sentidos)… ¡pincha la burbuja!

30/06/2015 en Desprogramando, Doce miradas por Miryam Artola

Hace poco he compartido tiempo y espacio con doce maravillosas personas en un taller sobre la vergüenza y la vulnerabilidad. Además de las dos personas facilitadoras, un hombre y una mujer, las participantes éramos todas mujeres. Siento que no es casualidad. De lugares, profesiones y con personalidades muy distintas, todas nos habíamos tropezado con algunas piedras y compartíamos algunas heridas que se encontraban en lo profundo de nuestra identidad femenina. Y que en muchas ocasiones nacen en lo cotidiano de nuestras relaciones y de nuestros trabajos.  Nacen incluso de la risa.

El humor es un arma de doble filo. Cuando compartimos la risa, creamos comunidad. La carcajada hace equipo (además de desestresar el tono,  tonificar el alma y a ratos engranar los pedacitos rotos de un desencuentro). Pero la risa es también un arma sutil y muy eficaz para generar desigualdad, aislamiento, vergüenza y dolor.

En cada reunión de trabajo que se hace un mal chiste sobre alguna de las (escasas) mujeres presentes (no hace falta que ponga ningún ejemplo porque estoy segura que quien está leyendo esto ha estado ahí –felt that, been there-); en cada uno de esos pequeños trozos de basura visual que nos llega a través del whatsapp; ese humor barato, gratuíto y sin empatía ninguna impacta directamente en la dignidad de lo que somos y amplía la brecha en el reconocimiento en igualdad del hombre y la mujer.

ni pizca de gracia

 

Hemos estado ahí. Estamos ahí, demasiadas veces.

A  veces por pereza, o por no ser tildada de “quisquillosa”, “corta-rollos” o de “carente de sentido del humor”. Otras veces por ser conscientes del enorme riesgo emocional que implica enfrentarse a ese grupo de “carcajeadores”  (y también “carcajeadoras”). El hecho es que muchas veces damos por hecho que poco se puede hacer al respecto y nos sentimos profundamente solas ante esa “jauría de bisontes de risa gutural”. Y nos quedamos calladas.  Y optamos por la retirada prudente. Y ahí se crean esas burbujas silenciosas donde todas hemos estado alguna vez.  Cientos de burbujas. Quizás miles. O millones.

Pinchar las burbujas

Es por eso que hago un humilde llamamiento a que nos convirtamos en miles de alfileres para pinchar  juntas todas esas burbujas en las que andamos (so)metidas. Que tomen su alfiler también todos los hombres que no se encuentran cómodos con este tipo de actitudes machistas jocosas. Todas las personas que pensamos que hay otras maneras de divertirse y crecer juntas!!

Y demos espacio al oxígeno de la igualdad. A sentirnos en igualdad. A reírnos juntas y juntos por aquellas cosas que sí tienen realmente gracia. Optemos por la alegría, por el regocijo y la carcajada nutritiva. Por la risa compartida a favor de la igualdad.

pincha la burbuja

Cuando identifiquemos una de esas burbujas, seamos testigo de ellas y agarremos el alfiler. Pongamos palabras (pintx!). Reaccionemoss con dignidad (puntx!). Describamos el comportamiento (prof!)  y lancemos las preguntas que desarmen la mofa y el chiste hiriente (pof!).

Por los cielos abiertos y las risas compartidas.

PD: Os propongo que cuando recibáis algún chiste que no os haga ni pizca de gracia, agarréis vuestro alfiler y pinchéis esa burbuja.

Cuando recibas algún chiste que no te haga ni pizca de gracia, agarra tu alfiler y ¡pincha la burbuja!

Mezu iraingarriak jasotzen edo entzuten dituzun bakoitzean, burubuila ziztatu!!!

Mezu iraingarriak jasotzen edo entzuten dituzun bakoitzean, burubuila ziztatu!!!

When you hear or receive any hurtfull message (it´s not funny), Poke the bubble!

When you hear or receive any hurtfull message (it´s not funny), Poke the bubble!

¿Qué nos pasa a las mujeres?

23/06/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Leire Galeire garay_doce miradasray (@leiregaray). Soy Licenciada en Ciencias Empresariales y Máster en Marketing, aunque mi especialidad es no ser especialista en nada y resolverlo casi todo. Obediente, responsable y cumplidora desde que yo recuerdo, me gustaría no serlo tanto. Cuando se trata de alcanzar objetivos, si depende de trabajo y empeño, no suelo fallar. No vale rendirse antes de empezar: hay que intentarlo siempre. Soy fiel a la idea de que, lo poco que puedas hacer, debes hacerlo. Todo suma.

 

La publicidad es un reflejo de la sociedad. La única publicidad que pretende cambiar algo es la institucional. Esto es así. Es de primero de marketing. La publicidad no busca cambiar el mundo. La publicidad quiere vender por lo general logrando que te identifiques con el mensaje.

Hace mucho tiempo que me vengo fijando en la publicidad con cierta distancia. Quiero creer que influye poco en mis decisiones de compra. Al menos, lo intento, aunque es difícil sustraerse.

La publicidad, en general, está llena de mujeres jóvenes, guapas y, en muchos casos, exhibiendo cuerpo en actitud sensual. En todos los soportes posibles. Había una canción de Pedro Guerra (cantautor canario, no confundir con el dominicano Juan Luis Guerra) que decía “estás enfermo si piensas todo el día en el sexo (…) pero hay una mujer desnuda en cada tarro de yogur,  en las hojillas de afeitar, en la pasta de los dientes y a la hora de cenar”. La compuso en año 1997.

Es cierto que, desde entonces, sí tengo la sensación (es una impresión personal) de que la cosa ha cambiado levemente. Hay una ligera tendencia a colocar a la mujer en otros papeles de corte más cosmopolita y profesional. Por ejemplo, ahora salen mujeres conduciendo, aunque sigue habiendo muchas dando la merienda, a ser posible en la cocina.

Algunas marcas han tratado de intercambiar papeles: ellos en el papel de hombres objeto y ellas disfrutando de la vista, en un rol típicamente masculino. Es una combinación que me desagrada; no creo que sea un avance. No me gusta la mujer objeto y no creo que la solución sea ponerlos a ellos en la misma situación. Exhibir personas como bellos ejemplares no me agrada; más me parece que ellos empeoran en lugar de mejorar nosotras, aparte de darnos un rol claramente masculino con el que no me siento nada identificada.

La mujer en la publicidad para mujeres

Pero lo que más me sorprende es la publicidad dirigida expresamente a mujeres. También está plagada por mujeres jóvenes, bellas y, en muchos casos, exhibiendo cuerpo en actitud sensual. O sea, igual que la dirigida a los hombres.

Tiene lógica la exhibición de cuerpos perfectos cuando se trata de cosmética. En estos casos el mensaje consiste en hacernos creer que lograremos ese cuerpo esbelto y provocar que compremos. Tiene su lógica. Aquí podríamos abrir un debate sobre el bombardeo constante e inmisericorde para ser bella y perfecta y joven y tersa y turgente y absolutamente ideal… pero no es éste mi objetivo ahora mismo.

Pero, ¿qué pasa cuando se trata de la publicidad para vender otros productos para mujeres, distintos al de la cosmética corporal? Un bolso, un perfume, ropa.

Pongo algunos ejemplos recientes. Un anuncio del invierno pasado: una actriz joven, de talento reconocido, se contonea entre sábanas blancas y miradas sensuales a la cámara para anunciar corsetería. En principio parece una puesta en escena lógica, es ropa interior para que te sientas sexy. Pero resulta que el anuncio promete un sujetador más cómodo. Me chocan las neuronas: ¿si es para ir más cómoda, que hace ahí retozando? No entiendo nada. La prenda ni se ve. La chica, muy mona.

Otro comercial que me llamó la atención hace ya unos años fue de una marca de esas  carisísimas. En él una joven desnuda, con zapatos de tacón y labios rojo refulgente sostenía un bolso en la mano. Aparecía tumbada sobre un sofá tipo Luis XV con la espalda arqueada y la boca entreabierta. Sabías que era un anuncio de bolsos si conocías la marca. Si no, podría haber sido un anuncio de sofás antiguos, o de zapatos, o de lo que se te ocurra que puedes hacer en semejante situación.

Hay un tercero, de hará cosa de un año. Una marca de cosmética femenina se solidarizaba con la lucha contra el cáncer de mama. La foto llevaba su correspondiente lazo rosa y en ella aparecían tres mujeres, jovencísimas, delgadísimas, de piel de marfil y mirada casi transparente, desnudas de cintura para arriba. Una miraba directamente al lector y las otras dos, hacia no sé dónde. Estaban las tres tan juntas que sus torsos casi se tocaban.

Ninguno de los tres anuncios ha provocado nunca ningún tipo de reacción. Los dos primeros los encuentro absurdos. El de las tres muchachas de pechos desnudos me pareció un insulto, directamente. ¿Alguna puede imaginar una campaña de concienciación de cáncer de próstata con una foto a todo color de Cristiano Ronaldo luciendo calzoncillos?

¿Qué nos pasa a las mujeres? Ya no se trata de cómo nos ven los hombres, se trata de cómo nos vemos nosotras. Para un hombre, el cuerpo de una mujer es un reclamo sexual. No me parece lo mejor, ni siquiera medio bien, pero tiene su punto de lógica. Pero ¿qué es para una mujer? Tenemos tan interiorizado ese rol de objeto sexual, de reclamo publicitario que vale para todo, que ya ni nos lo cuestionamos. Asusta ver lo ajenas que vivimos a esta forma de visión machista de la mujer que se ha introducido en nuestras vidas, que consentimos y validamos cada vez que pagamos un producto anunciado de esta manera.

La publicidad cambiará cuando cambie la sociedad. Porque la publicidad no es para cambiar la sociedad, sino para que nos identifiquemos con el mensaje y compremos. Y por ahora, hasta donde yo sé, a ninguna de las marcas de los tres anuncios le va mal. O sea que, en general, nos identificamos. Y mientras no dejemos de aceptarlo, no va a cambiar.

Apéndice

Una vez terminada la redacción de este post, esta foto me ha “agredido” en Twitter. Agredir, ésa es la palabra. Es el podio de una carrera ciclista femenina de profesionales. Me ha dolido la imagen. Estoy segura de que las ciclistas no han podido reaccionar a tiempo; quiero creerlo fervientemente. Respecto a las otras cuatro, no hago más que preguntarme ¿qué nos pasa a las mujeres?

Cuatro res: resaca, reflexiones, regañina y recompensa

16/06/2015 en Doce miradas por Noemí Pastor

Resaca

Ando de resaca. Igual que Begoña Marañón tras el 8 de Marzo. Igual que una jovenzuela, tras un sábado de parranda, un domingo por la mañana; o un señor de mi edad todavía un martes.
Ando de resaca, de resaca emocional, porque acaban de pasar varias cosas reseñables en mi vida. Tranquilo todo el mundo: no pienso aburriros con un relato de mi previsible existencia. Voy a pasar un poco por alto otros acontecimientos y me voy a referir sobre todo al segundo aniversario de Doce Miradas, porque el poso que me ha dejado compendia bastante bien todas las demás consecuencias y efectos.

 

Reflexiones

La resaca, qué os voy a contar, afecta al cuerpo, al alma y, por consiguiente, al intelecto, que es de donde me han brotado estas cavilaciones que paso a exponeros.
No es que lo haya aprendido ahora, pero sí se me ha hecho más evidente: nos necesitamos. No nos queda otra. Las mujeres tenemos que apoyarnos, que arroparnos unas a otras. Tenemos que mantener tensa la red de seguridad, para poder arrojarnos confiadas en que nos recogerá, nos sujetará e impedirá que nos estrellemos contra el suelo. Por eso debemos cuidar bien las redes, alimentarlas con sororidad, con camaradería. No nos queda más remedio que mimar los lazos débiles y colaborar.
Y eso lo tenemos que hacer cada una en la medida de nuestras posibilidades, muchas o pocas, cada una en su terreno, donde se mueva a gusto, cada una con sus filias y sus fobias, sabiendo dónde tenemos los límites y asumiendo nuestras incoherencias y contradicciones. No se nos puede olvidar que, si queremos cambiar el mundo, quizás tengamos que comenzar por cambiar nosotras mismas; pero sin sufrimiento, sin violentarnos, poquito a poquito, sabiendo adónde queremos llegar y adónde no.

 

Regañina

El mismo día del aniversario Begoña Beristain nos hizo a Macarena Domaica y a servidora de ustedes una entrevista en su programa de Onda Vasca y nos preguntó, entre otras cosas, por qué incomoda tanto el feminismo, por qué levanta ampollas, por qué, como nos decía también María Silvestre, hace que el alumnado se remueva nervioso en sus pupitres cuando se trata en la universidad.

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Nuestras Miradas con María Silvestre en el acto del segundo aniversario. Todas las fotos son de Judith de Prado

Le contesté a Begoña Beristain que el feminismo escuece porque nos interpela, porque nos cuestiona, porque pone en entredicho nuestra identidad, nuestra actividad y nuestra vida entera; porque tiene que ver con todo.
Y, como siempre sucede, después de la charla en la radio, pensé: “Ay, qué boba soy. Tenía que haberle dicho que…”.
Pero gracias a los cielos este es un blog colaborativo y tengo un hermoso espacio para expresar lo que no dije entonces. Allá va.
El feminismo incomoda a los hombres, es evidente, porque presenta como privilegios lo que algunos creen que es normalidad, porque subvierte el orden social en el que reinan, en el que gratis et amore les corresponden servicios y prerrogativas por el simple hecho de ser varones.
Pero a las mujeres también nos incomoda. Sí, me incluyo por completo en ese “nos” y aquí viene la regañina que me hago a mí misma. El feminismo me molesta porque me dice que yo tampoco he asumido del todo la igualdad, que tengo mucho que aprender y mucho que mejorar, que no me porto bien con las demás mujeres. Me incomoda porque me tira de las orejas, y no precisamente para felicitarme, cuando se me escapa un comentario malévolo sobre el físico de otra mujer, cuando soy insolidaria, cuando no tengo piedad, cuando despellejo a una porque saca los pies del tiesto, porque ataca una norma que yo había acatado, cuando me escuece que otras se atrevan a ser más libres.
También me da rabia el feminismo cuando me doy cuenta de que tengo mucho más en cuenta las opiniones de los hombres que las de las mujeres, aprecio y valoro más sus obras, su trabajo, sus productos, su cultura.
Y vuelvo al “nos” para afirmar que, cuando nos descubrimos haciendo esas cosas que odiamos que nos hagan a nosotras, el feminismo, como un espejo cruel, nos devuelve una imagen que no nos gusta.

 

Recompensa

Como quiero acabar este artículo de manera cordial y apacible, os cuento cuál es el trofeo que me llevo a casa como quien arrebata un tesoro ajeno: es la complicidad.
La complicidad, tal y como yo la entiendo, prende en un momento mágico en el que una chica de cualquier edad te coge suavemente del brazo, se te acerca un poco y te dice en voz bajita y chispeante algo que es solo para ti y para ella, algo que, como en las bodas, o se dice entonces o se silencia para siempre jamás, algo luminoso, algo espléndido, algo que quiebra una cadena, una atadura, que estalla y derrama flores, que te hace reír y te deja paz.
Esa es mi recompensa. El 28 de mayo viví varios momentos de esos. Por uno solo de ellos merece la pena todo.

DXTFEM: el deporte femenino contado con naturalidad

09/06/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

OlgaJimenez

Olga Jiménez (@olgajise). Nací en Vitoria. Tengo 42 años de los que 22 han sido de absoluta dedicación a la radio. Los últimos 14 dediqué toda mi pasión y mi vida a la Cadena Ser para contar el deporte y algo más. Recibí con emoción el premio Tiflos Once de periodismo 2015 por mi reportaje “Te doy mis ojos”. Desde hace un año emprendí con mi amigo Mikel el proyecto DXTFEM @dxtfem dedicado al deporte femenino. Como nada es perfecto, desde hace un mes, me han aparcado de mi profesión para enviarme a la cola del paro. Ni eso me ha restado ilusión por seguir ejerciendo como periodista.

 

Los Juegos Olímpicos de Londres fueron el punto de inflexión para plantearnos la necesidad de crear un portal dedicado al deporte femenino. Los éxitos de las deportistas y equipos femeninos en aquella cita olímpica fueron la confirmación del crecimiento de la mujer en el ámbito deportivo, más allá de la excepcionalidad.

El arranque de la web debía ser en nuestro territorio. La provincia de Álava, y sobre todo su capital Vitoria con 240.000 habitantes, presume de ser  “ciudad del deporte”. No es para menos, ya que reúne las infraestructuras y condiciones idóneas para la práctica de cualquier modalidad deportiva. Reducto de las mejores gimnastas en una década dorada con las Niñas de Oro de Atlanta o la gran Almudena Cid, el presente nos situó en el millón largo de telespectadores que vieron en directo el combate de la luchadora alavesa Maider Unda y su celebrado bronce en Londres.

Así que en abril de 2014, con la propia Maider Unda y la jugadora de balonmano Eli Pinedo como madrinas de DXTFEM nace esta web pionera en España.

Un año en el que la reflexión es positiva pero con margen de mejora. El deporte femenino tiene interés, lo confirmamos. Quizás hasta el momento la invisibilidad en  los medios de comunicación presuponía un interés residual, pero no es cierto. El público demanda en función de la oferta, es decir, primero hay una fase de aclimatación, como los montañeros, donde quien quiere información sabe que la puede obtener por determinados cauces, después otra fase de familiarización, y después de normalización, leer o escuchar información deportiva femenina como otro contenido más y frecuente: nada de extraordinario.

El deporte femenino contado con naturalidad, quizás la fórmula y el secreto de DXTFEM. Las deportistas saben que tienen un sitio, y son ellas las que también han utilizado este escaparate para ellas y su entorno.

Foto 2 Doce Miradas

Ellas, siguen estando un escalón por debajo. No es nuestro objetivo marcar siempre una comparación con lo masculino. Ni es nuestro estilo ni lo será. Sin embargo, la profesionalización del deporte femenino está a años luz del masculino. Quienes viven de su deporte, las menos, son privilegiadas. La inmensa mayoría compagina su modalidad con estudios, muchos de ellos universitarios, o sus trabajos. Llegada cierta edad, la tendencia es a abandonar el deporte para pasar a otras etapas como la maternidad y la familia. Esa es la realidad que constatamos a través del contacto diario con ellas.

Los apoyos son pocos. Las instituciones han despertado, conscientes de que el deporte femenino ha dado un salto cuantitativo en número de practicantes y cualitativo en éxitos. Las modas, por llamarlo así, también ayudan  a que Ayuntamientos, Diputaciones o Gobiernos Autonómicos presten pequeñas o medianas subvenciones como apoyo fundamental para determinadas estructuras en algunos clubes. Las federaciones pueden hacer más, mucho más. Sin embargo, también es cierto que el altruismo en puestos directivos no permite una dedicación exclusiva para lograr mayores apoyos. Mientras no haya una conciencia de profesionalización en determinados estamentos, siempre habrá una sensación de que las mujeres se dedican al deporte como “hobbie”  y de manera “amateur”. Sentar las bases de proyectos serios, es fundamental para que también se tomen más en serio las carreras deportivas de muchas mujeres.

Carreras deportivas que deben desligarse de una vez por todas de determinados estigmas. La mujer que practica determinados deportes relacionados con el mundo masculino, por ejemplo, el fútbol, sigue siendo mujer y deportista. Atrás quedaron los tópicos de “marimacho” o adjetivos similares. Suena a añejo y trasnochado. El hecho de que en los colegios, en edades tempranas, niños y niñas formen equipos mixtos y practiquen diferentes deportes, en lo que se ha dado en llamar, al menos en Euskadi, “MULTIDEPORTE” ayuda a que la normalización y normalidad sea la tónica general, sin distinción de sexo en función del deporte. Se acabó aquello de los niños fútbol y las niñas gimnasia rítmica. Cada cual podrá elegir en función de sus preferencias y talento, no en función del sexo.

Foto 1 Doce Miradas

En Europa, países como Noruega, Dinamarca, Francia, nos llevan ventaja en cuanto a la relevancia del papel de la mujer deportista. Todo es cuestión de que nuestras referentes que lo son por sus éxitos incontestables, dícese de la nadadora  Mireia Belmonte o la jugadora de bádminton Carolina Marín, por poner dos ejemplos, sigan teniendo su sitio en los medios. Lo tendrán en la medida que consigan éxitos. Eso es una realidad, pero al menos, periódicos deportivos nacionales, de clara vertiente futbolera, se han tenido que rendir a la evidencia, abriendo en sus portadas con los éxitos de ellas, en lugar de los goles de ellos.

La experiencia de este año en Álava y el trabajo desarrollado ha tenido repercusión. Nuestra web es ya una herramienta de referencia para otros medios de comunicación locales y autonómicos. El seguimiento en las redes sociales trasciende cada vez que hay una noticia de impacto. El premio a este esfuerzo es la ampliación de nuestro portal de deporte femenino a Euskadi. El interés del Gobierno Vasco a través de sus departamento de deporte y de igualdad ha desembocado en un proyecto que se amplía también a Vizcaya y Guipúzcoa, en una apuesta por unificar todo el deporte femenino vasco en  esta web, como referente y exponente claro de deportistas y aficionados, así como público en general.

Desde DXTFEM los objetivos se amplían y nunca nos conformamos. El siguiente paso, será una mayor expansión en el ámbito nacional. Los cimientos ya están, hace falta un compromiso real y firme por estamentos deportivos e instituciones que consideren necesarias este tipo de plataformas para consolidar y repetimos, normalizar el deporte femenino.

Cómo llegar a ser una fresca de cuidado

02/06/2015 en Doce miradas por Mentxu Ramilo Araujo

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Anna Freixas Farré

Recientemente he tenido oportunidad de reencontrarme con Anna Freixas Farré (Barcelona, 21 de julio de 1946). Cité a Anna en mi post “De mayor quiero ser…”. Y como creo que el intercambio intergeneracional de saberes es muy enriquecedor, le propuse a Anna conversar con ella, una mujer cuya sonoridad catalana y su gracia cordobesa me conquistaron cuando la escuché por primera vez. Estoy segura que volveremos a encontrarnos para compartir saberes, anécdotas, risas y trucos y para seguir tejiendo redes de sororidad. A continuación, nuestra conversación. ¡Que la disfruten!

En primer lugar, Anna, me gustaría que nos hablaras de ti ¿cómo te definirías?

Soy una mujer mayor, tratando de encontrar mi lugar en el mundo. Cosas importantes en mi vida: tener a mi hijo que es una persona empática, incorporarme al feminismo, disponer de una red de mujeres con las que he compartido lecturas, pensamientos, vivencias. Mantener mi red familiar y de amistades en mi ciudad de origen (Barcelona), a pesar de vivir tantos años en Córdoba. Lo que he aprendido de mujeres más mayores que yo que me han ofrecido su conocimiento y experiencia. Y lo que he aprendido de mujeres más jóvenes, de mis alumnas y mis alumnos.

¿A qué se dedica una profesora universitaria jubilada (y jubilosa)?

La jubilación es un tiempo complejo. Es la primera vez en la vida que tienes que decidir cada día el programa a seguir. Antes, la escuela, el trabajo, la vida familiar, etc., marcaban el horario y el contenido. Ahora tienes que dar sentido al día a día, tratando de que no se te escape la vida en las mil cosas que surgen y requieren tu atención.

Dedico algo de tiempo al capítulo ‘cuerpo/salud‘. Voy a Pilates, trato de andar un rato todos los días. Las relaciones ocupan también una parte de mi día: hablar con mis hermanas y mis amigas desperdigadas por el ancho mundo, encontrarme con ellas o conversar por skype, email, teléfono con personas cuya vida me importa y cuya conversación contribuye a mi bienestar.

Entre ellas se encuentran mujeres jóvenes para las que mi opinión puede significar una orientación y la suya para mí una nueva ventana a la vida, al aprendizaje; mujeres más cercanas a mi edad que me permiten sentirme cómoda en el mundo, compartir actividades, descubrimientos, lecturas; y mis amigas mayores cuyo transcurrir por la vida me indica la senda para el buen envejecer.

Desde hace siete años participo en un coro, actividad lúdica que requiere también estudio, tiempo y compromiso. Como sigo ‘activa’, sigo formándome. Y en mi tiempo libre me gusta cantar en el coro, leer, cuidar las plantas, salir a andar, ver películas y series, escuchar música…

¿Para qué usas habitualmente Internet?

Para consultar el correo electrónico, leer periódicos, ver películas, organizar mis viajes, gestionar mis cuentas del banco, mirar el tiempo, leer páginas dedicadas al cine (críticas, valoraciones…), leer algunos blogs de temas que me interesan ―feminismo, literatura, cine―, hacer algún curso de inglés, traducir palabras en los textos que leo en inglés, mirar alguna receta de cocina, averiguar lo que no sé en un momento determinado… También uso un ‘teléfono listillo‘, como lo llamo yo, para mirar el correo, navegar por Internet y comunicarme por WhatsApp o Telegram. Supongo que para más cosas, que ahora no recuerdo.

Tu trabajo ha supuesto una aportación pionera en el desarrollo de la gerontología feminista. ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de las mujeres a las que has escuchado y observado? ¿Qué has aprendido con ellas?

Todo lo he aprendido de ellas. En mis investigaciones han sido ellas la fuente de conocimiento. Yo simplemente me he dedicado a ordenar y organizar sus palabras. Las entrevistas semiestructuradas en profundidad han sido mi metodología más habitual de investigación y gracias a ellas he podido conocer de cerca la realidad de las mujeres en el camino de envejecer.

Me ha sorprendido la capacidad para adaptarse a lo nuevo, para vivir sin demasiado drama lo que la vida les ha ido ofreciendo.

Se ha reeditado vuestro trabajo Abuelas, madres, hijas ¿Cómo surgió y qué podemos encontrarnos en él?
Abuelas madres hijas

Este trabajo tiene su origen en un proyecto de investigación de I+D+I. Es fundamentalmente una reflexión sobre las ideas, creencias y mandatos que hemos recibido acerca del hacernos mayores. Con los temores y las libertades que todo ello puede implicar.

Es sobre todo una experiencia maravillosa de puesta en común entre mujeres muy diversas, porque no solo había una horquilla de edad de más de 50 años entre las mayores y las jóvenes, sino que dentro de ellas había mujeres con niveles socioculturales muy muy diferentes.

¿Qué recuerdos tienes de tu abuela y de tu madre?

Pienso en mi abuela materna ―curiosamente no en la paterna que era una mujer invisible― que era un ‘personaje’ potente, categórico, con un alto nivel de exigencia y de orgullo personal y del clan familiar que ella contribuyó a organizar y a sostener con numerosas actividades y celebraciones que mantenía unida a toda la familia. Era una mujer empoderada ―como diríamos hoy―. Se mantuvo abierta a la cultura ―a pesar de no tener muchos estudios, como era normal en su época― y sobre todo, a la novedad y la modernidad.

Mi madre ―digna hija de mi abuela― era algo más difícil e imprevisible. De ella tengo recuerdos contradictorios, que han ido suavizándose con los años. Quizás porque ahora soy más benevolente o porque Dolores Juliano me ayudó a pensar en “que cada madre hace lo que ‘puede’ en cada momento”. Ahí, bajé el listón!

¿Cómo nos relacionamos las mujeres entre nosotras?

Los vínculos se nos dan muy bien. Somos expertas creadoras y mantenedoras de ellos y eso nos da una enorme confianza y tranquilidad para afrontar las diversas sorpresas con que nos obsequia la vida.

Tememos el conflicto. No nos gustan los desencuentros y nos sentimos mal en ellos, quizás porque tememos la pérdida del afecto, el desamor, el abandono de las personas que constituyen nuestra red más cercana.

Las relaciones intergeneracionales son una fuente de salud para las mujeres de todas las edades. Salud física, mental, integral. En ellas nos transmitimos conocimientos, serenidad, lucidez, libertad…

¿Qué (pre)ocupa a las mujeres mayores?

Una de las cosas que más preocupa a las mujeres mayores es tener que depender de alguien. Que llegue un día que tengan que pedir favores y no puedan ser ellas las que resuelven todas sus cosas y también las de los demás.

Cuidamos a lo largo de la vida, pero llegado el momento no tenemos la humildad suficiente para pedir ayuda y recibirla sin sufrir.

Temen la dependencia física y en muchos casos también la dependencia económica. Especialmente aquellas que hicieron opciones amorosas que las han apartado del mercado laboral y, llegado el momento ‘de la verdad’, el dinero para vivir no puede improvisarse.

Reivindicas el “ser vieja“. ¿Por qué rechazamos la vejez?

Básicamente por la desvalorización que la sociedad tiene de la vejez, en la que ser viejo o vieja supone estar decrépita, enferma, ser fea y desagradable a la vista. Para muchas personas la vejez contiene la idea de entrar en un terreno devaluado, ser considerada un estorbo.

No podemos ser mayores y jóvenes a la vez. Por lo tanto, tenemos que revisar la definición de la belleza en la que solo se incluye el modelo del cuerpo joven. Definir una belleza de la edad, de las personas mayores, una belleza de las relaciones, del espíritu de cada persona.

Somos un enorme negocio para la industria (cosmética, médica, estética), que no respeta nuestro cuerpo y nuestra vida. Que nos enferma y además nos arruina, porque todo eso no es precisamente barato.

Otro trabajo muy esperado es tu libro sobre sexualidad en las mujeres mayores. ¿Qué nos encontraremos en él? ¿Cuándo saldrá a la venta?

Con este trabajo, fruto de otra investigación de I+D+I, pretendo normalizar la conversación acerca de la sexualidad de las mujeres después de la menopausia. Darle carta de naturaleza y que, entre todas, podamos romper muchos de los mitos que la envuelven.

En él podemos encontrar las palabras y experiencias de más de 700 mujeres cuyas vivencias y deseos van del cero al infinito, porque también en este temas somos muchas, muy diversas y cabemos todas.

Está claro que la sexualidad no termina en la menopausia, el deseo permanece, se transforma, se potencia; pero también es cierto que no es un mandato ni una obligación. Para muchas mujeres prescindir de la sexualidad es una decisión que parte de su libertad. Me parece muy interesante este mosaico de posibilidades. Nada es blanco o negro. Espero que esté disponible a finales de este año 2015.

Además de leer y poner en práctica tu libro “Tan Frescas…“, ¿qué consejos darías a las mujeres mayores del siglo XXI para vivir nuestras vidas en plenitud?

Es difícil dar consejos, porque lo que para una mujer es un deseo para otra es un horror. Pero hay algunas cosas que nos vienen bien en el camino de la vejez:

Pensar que ‘nunca es tarde’ y que por lo tanto podemos incorporarnos a actividades, temas, y vivencias que deseamos pero que no hemos puesto en práctica hasta el momento.

Tenemos que poder decidir qué tipo de anciana queremos ser y poner en práctica lo que nos llevará a conseguirlo. No tenemos modelos, así que entre todas podemos conversar y ayudarnos a ver el camino de cada una.

Tenemos que aceptar nuestros cuerpos cambiados a lo largo de los años, sin sufrir demasiado. Reivindicar una moda cómoda y con estilo, no someternos a torturas y negocios de la industria cosméticaDarnos permiso para ser raritas, diferentes, divertidasQuerernos, cuidarnos, reírnos mucho.

¿Y a las mujeres más jóvenes?

Creo que los mismos consejos valen para ellas, porque si trazan su camino, se aceptan corporalmente, piensan en su futuro, se quieren y se ríen, pueden llegar a ser unas frescas de cuidado.

¡¡Muchas gracias, Anna por compartir tu frescura y tu forma de ver la vida!!

Conferencia de Anna Freixas Farré en la Escuela para la Igualdad y el Empoderamiento del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz (13 de mayo de 2015)