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Distinción de género

14/07/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Soy Germán Gómez Santa Cruz, @GermanGomezSC. Nací en Bilbao en 1955. Estudié Sociología en la Universidad de Deusto. Después he trabajado básicamente en el análisis de mercados y las relaciones de las empresas con sus clientes. Diría que las relaciones personales son la base de mi tarea profesional. La música y el canto también ocupan una parte de mi tiempo. Y desde el año 2006 tengo un blog: http://paraquesirvenlosclientes.blogspot.com/

Quiero comenzar este artículo dando las gracias a Doce Miradas por la invitación a escribir este texto. Por el hecho en sí y por el ejercicio de reflexión que me ha supuesto su escritura.

Como os digo, nací en Bilbao en 1955. Con la perspectiva que da el tiempo, me defino como un chico de familia acomodada con pocos problemas y algunos anhelos de cambio. Recuerdo, por ejemplo, mi ilusión por las primeras elecciones democráticas de junio de 1977.

Estudié Sociología en la Universidad de Deusto. Allí aprendí que los seres humanos vivimos marcados por diferentes distinciones sociales: clase, estudios, entorno familiar, origen, lengua…; pero, sobre todo, por otras dos distinciones fundamentales: una es la edad por la que vamos transitando a lo largo de nuestra vida; y la otra es el sexo, que nos separa de modo radical.


En aquella Facultad de Sociología de la década de 1970 no se estudiaba sociología del género ni feminismo. El sexo era básicamente una variable de clasificación que nos servía para responder a la pregunta de en qué se diferencian hombres y mujeres en relación con cualquier aspecto que pretendiéramos analizar. No teníamos contenidos académicos sobre estas cuestiones, pero sí interés, que era mayor entre las mujeres. La igualdad era importante en nuestros anhelos de cambio. Como dice una amiga y compañera de aquella época, “nosotras practicábamos el feminismo, pero no lo teorizábamos”.


Después he trabajado básicamente en el análisis de mercados. Me he dedicado a estudiar las opiniones y comportamientos de personas compradoras, consumidoras y usuarias. Recuerdo varias colaboraciones con la empresa Fagor Electrodomésticos en las que el perfil objetivo eran las amas de casa; esto es, mujeres encargadas de gestionar todo lo relacionado con los productos fabricados por la malograda cooperativa de Mondragon. Teníamos que pensar, por un lado, en amas de casa “modernas”, más jóvenes y con trabajos fuera del hogar, y, por otro, en amas de casa “tradicionales”, sin actividad laboral externa. Los hombres contábamos poco en este caso concreto, aunque la mayoría de los que realizábamos el análisis lo éramos. Se podría decir que éramos hombres intentando pensar como mujeres.


Mi madre pertenecía al grupo de las amas de casa tradicionales, con cuatro hijos (dos chicas y dos chicos) y un marido, profesor de geología e hijo de cocinero, que no sabía freír un huevo. Ni sabía ni ganas tenía de aprender, entre otras cosas porque la cocina era el territorio de ama. Nuestro padre insistía en que los cuatro fuéramos a la universidad y ama, en que su varoncito mayor (yo) aprendiera a cocinar y se hiciera la cama por las mañanas. Los dos, cada uno a su manera y a partir de sus propias experiencias personales, nos animaban a protagonizar un cambio que, según intuían, mejoraría nuestras vidas.


Porque eso era lo que respirábamos: un ambiente de cambio de las costumbres que teníamos más a la vista y que tenían mucho de mundos separados. Por un lado estaba el mundo masculino del trabajo, los amigos y el fútbol y,por otro, el mundo femenino del cuidado de la casa y las hijas e hijos. Una separación contra la que nos rebelábamos con nuestras opiniones y también con nuestras melenas, barbas y desaliño, con chamarras raídas y otras prendas de vestir usadas indistintamente por mujeres y hombres. Ansiábamos otro tipo de relación, nos parecía importante compartir con la pareja las tareas domésticas y el cuidado de los hijos e hijas, no entendíamos que el género fuera una barrera para la colaboración, la amistad y la confidencia. Éramos la generación “progre”.
Nuestra propuesta tenía algo de experimento, porque no existían muchas referencias sobre el modo de llevarla a la práctica. El cambio era una oportunidad, pero también podía entenderse como una pérdida de privilegios. Quizás éramos más progres en nuestra imagen externa de lo que realmente lo éramos en nuestros comportamientos cotidianos. Había que ensayar unos modos de relación con una alta dosis de incertidumbre que cada cual gestionaba como podía, con la mochila de su biografía personal.


Ahora nos toca hacer balance. Algunas cosas han cambiado y otras, no tanto. En mi círculo de relaciones, el matrimonio es una opción, una mujer sola no es una solterona y una madre soltera no es socialmente rechazada. Hay hombres que ejercen la paternidad de modo responsable y mujeres que juegan al fútbol. Y juntos compartimos trabajo, cultura, ocio y diversión.


Pero estos cambios no son universales. Los medios de comunicación nos recuerdan a menudo que las desigualdades extremas siguen existiendo muy cerca de nuestra casa, que la realidad es muy diversa y que, en muchos pequeños detalles cotidianos, seguimos repitiendo pautas del pasado. Desde mi espíritu “progre”, me sigue sorprendiendo la insistencia actual en remarcar las diferencias sexuales en nuestra imagen externa a través, por ejemplo, de la cirugía estética, el ejercicio físico que busca modelar nuestro cuerpo, el maquillaje o la forma de vestir.


Tal vez fuimos ingenuos por creernos capaces de cambiar hábitos y pensamientos arraigados durante generaciones, de modificar las claves de unas relaciones que creemos basadas en nuestra propia biología. La tarea es más compleja de lo imaginado, y más aún ahora con mucho ruido mediático, muchos mensajes sin control en busca de audiencia. Es difícil resaltar las relaciones igualitarias, por sí mismas más tranquilas, carentes de espectáculo.


Pero tenemos una ventaja importante: las referencias reales de multitud de experiencias de vida en las que observar las dificultades y las ventajas de los diferentes modos de relación. Ya no tenemos que experimentar.

No está todo hecho, pero hay que poner en valor lo realizado e insistir en la tarea. El recorrido continúa.

El win-win de la igualdad

07/07/2020 en Doce Miradas por María Puente

De cuando en cuando, llegan propuestas a Doce Miradas para intervenir en algún medio de comunicación o en algún foro relacionado con el feminismo. Hace ya más de un año nos propusieron participar en unas jornadas de transformación empresarial bajo el epígrafe El valor de la igualdad en las organizaciones. Me llamó la atención porque esa brisa llevaba un tiempo agitándome, ya que se ha convertido en habitual buscar, investigar y destacar los múltiples beneficios de la igualdad para las empresas en noticias de los medios de comunicación y en los títulos de jornadas y conferencias. Como si hiciera falta.

Deia.

La atracción del talento femenino, clave para crear valor y riqueza
La igualdad como oportunidad de crecimiento en las empresas
Las empresas deben feminizarse para no quedarse atrás
Contratar a mujeres aumenta la rentabilidad de las empresas

Foto de Christina Morillo en Pexels

Hay infinidad de ejemplos. A priori parece que estemos de enhorabuena. Como mujer y como feminista debería celebrarlo y sin embargo creo que hay razones para una reflexión crítica:

  • ¿No debería ser la justicia social el principal motivo?

Las empresas deberían contratar mujeres y fomentar el liderazgo femenino y el acceso a puestos directivos por una cuestión de justicia social, de derechos humanos. Somos la mitad de la población y tenemos derecho a ello. Porque sí. Por existir. Por ser la mitad de la humanidad. Es así de sencillo, pero parece no bastar. No es suficiente y se siguen buscando otros argumentos que nos avalen. El principal, por lo visto, es el hallazgo de que somos rentables. Según la OIT, Organización Internacional del Trabajo, 3 de cada 4 empresas que promovieron la presencia de mujeres en cargos directivos registraron un aumento de sus beneficios del 5% al 20% (a partir de encuestas a 13.000 compañías de 70 países).

  • Nos atribuyen cualidades, competencias y habilidades por el hecho de ser mujeres

El feminismo siempre ha luchado por romper con los estereotipos y roles de género. Sin embargo, parece que aceptamos de buen grado que esta puerta al mundo empresarial se nos abra por cuestiones como ser más empáticas, flexibles, innovadoras, mejores comunicadoras, eficaces mediadoras, más preocupadas por integrar a todo el mundo y contribuir a un mejor clima en los equipos… ¿Estamos dispuestas a aceptar que somos así por haber nacido mujeres? ¿Nos interesa ensalzar esas posibles habilidades que se nos atribuyen, desarrolladas muy probablemente por haber sido socializadas según el género femenino, ese constructo sociocultural que rechazamos? 

  • Si dejan de creer que somos rentables, ¿nos envían de vuelta a casa?

Hasta el Fondo Monetario Internacional ha hecho declaraciones sobre lo que subiría el PIB si aumentase la igualdad entre géneros. Con motivo del 8 de Marzo de 2019, Christine Lagarde afirmó que según estudios del FMI si el empleo de las mujeres se equiparara al de los hombres las economías serían más resilientes y el crecimiento económico sería mayor. Añadió además que, para los países situados en la mitad inferior de la muestra en cuanto a desigualdad, cerrar la brecha de género en el empleo podría incrementar el PIB un 35% de promedio. Dado que el principal motivo para buscar la igualdad por parte de los países y las empresas parece ser el económico, ¿qué pasaría si cambian las tornas y dejáramos de ser rentables o de ser percibidas como tales?

  • Seguimos estando a prueba, bajo escrutinio

En cuanto a nuestra condición de mujeres, seguimos sometidas a examen, tanto en lo que se refiere al desempeño laboral como al liderazgo femenino en cualquier ámbito. Lo hemos visto recientemente en el terreno político. La aplaudida gestión de la crisis por parte de las dirigentes de Nueva Zelanda, Taiwan, Islandia, Finlandia, Noruega, Alemania… se ha transformado en una búsqueda de las esencias de ser mujer para explicar sus éxitos: cuidadoras, prácticas, comunicadoras, etc. Encuentro peligroso que siga existiendo la tendencia a atribuir tanto los éxitos como los fracasos a nuestra condición de mujeres. Los hombres sin embargo triunfan y fracasan como individuos, no se les juzga como género porque su validez está fuera de toda discusión. No así la nuestra.

Es bueno que todas las partes ganen. Nada que objetar al tan de moda win-win pero sería más gratificante que el motor de este cambio fuera la justicia social en lugar de tener que presentar el aval de la rentabilidad para ‘animar’ a los líderes empresariales y agentes sociales a avanzar en la igualdad. Además, hay algo muy irritante en que con frecuencia seamos nosotras mismas, mujeres feministas, quienes lo pregonemos. No digo que haya que renunciar a jugar esa carta favorable para lograr nuestros objetivos, pero sí que primemos y no olvidemos que, por encima de todas, la carta principal es la de la justicia social.

Puestas a ser pragmáticas, insuperable Diane Lockhart con este consejo a Alicia Florrick en la serie The Good Wife a propósito de los motivos que le llevaron a ser socia de la firma de abogados y que ya traje a colación en uno de mis primeros posts:

“¿Sabes por qué me hicieron socia? Jonas Stern fue demandado por acoso sexual y necesitaba mostrar que tenía una socia en sus filas. Nada más. Cuando la puerta a la que has estado llamando por fin se abre, no preguntas por qué, entras. Así de simple.”

Cuestionable su pragmatismo, sin duda, pero tal vez necesario para ocupar una posición de poder desde la que defender después ideales y principios.

“Calling-out” vs. “Calling-in”: Cuando la cultura de la fulgurante denuncia retórica se convierte en falso activismo

30/06/2020 en Doce Miradas por Christina Werckmeister

Call – OUT

Quiero referirme a un fenómeno, que, como tantos otros, tiene un nombre en inglés para el que no encuentro un buen equivalente en castellano. Creo que enseguida lo reconoceréis.

En inglés se llama  “call-out culture” a esa práctica de denunciar de manera acusatoria, pública y personal una expresión (o un hecho) de machismo, racismo, homofobia, transfobia, (xenofobia, clasismo, habilismo etc etc… la lista es tan larga como las opresiones que existen). Este fenómeno abunda especialmente en las redes sociales, lugar virtual poco dado a la reflexión y más bien limitado a conseguir shares y likes. Es especialmente delicioso cuando se trata de tumbar a las personas famosas, incluso por un tweet de hace 10 años. También es observable y extrapolable a nivel de calle, en según qué conversaciones, asambleas, jornadas, y demás ocasiones donde demostrar nuestra pureza ideológica necesita del montaje de un juicio público sobre la pureza del otro, con su consiguiente castigo popular – y, a ser posible, con el máximo brío retórico de un buen “zasca”.

Y, sí, en general esta cultura, esencialmente performativa, viene del mundo progre. Sí, con frecuencia viene de nuestras propias filas.

Pero antes de continuar, una advertencia:

La práctica (que no la performance) de la denuncia desde sectores realmente oprimidos ha de protegerse.  Ni se puede silenciar, ni se puede exigir que module el “tono” para que no incomode.  A la rabia, la impotencia, el agotamiento y la opresión no se le pueden exigir “modales” para ser escuchados. La posición condescendiente de “te escucho, pero dímelo bien” no es más que otra táctica paternalista de demostración de poder, de dejar las posiciones bien claras antes de hablar y así dominar la conversación.

Consecuencias a tener en cuenta del calling-out excesivo y sin reflexión

1. Agotamiento de la práctica. Cuanto más abunda el fenómeno, menos impacto tiene. Considera reservar tus ansias con el fin de proteger la práctica del call-out para quien realmente la necesita como herramienta.

2. No estás siendo necesariamente una aliada/o. Gente privilegiada denunciando a otra gente privilegiada no es siempre la mejor manera de ser aliada cuando se hace de manera agresiva, superflua y retórica — ver punto 3. Para eso hay otras estrategias de comunicación entre “pares” donde tu voz servirá mejor a tu objetivo (ver abajo opción calling-in)

3. Corte tajante del diálogo. Después de un call-out, ya no hay excusas ni disculpas que valgan. Y si las hay, serán nuevamente analizadas con lupa por si pueden merecer un recall-out. Fin de la discusión. Por tanto, se pierde una oportunidad de aprendizaje, tanto de quien ha “perpetrado” el error, como para el público. Pero hablemos con franqueza, el objetivo de un contundente call-out no suele ser provocar a la reflexión (y consiguiente concienciación sobre el asunto,  incluso reparación del daño), sino, como ya he dicho, para humillar al receptor/a y quedar como super aliado/a chachi. La “víctima” se marchará con la cola entre las piernas, muy probablemente más machista, racista, LGTBiQfóbica etc que antes.

3.  Alienación del receptor/a. De manera similar al punto anterior, calling out significa que tu estás “in” (dentro) y la otra persona está “out” (fuera). A veces, entre grupos de activismo y justicia social, se erige una competencia interna por demostrar el dominio de las temáticas, por polemizar más que analizar. No creo que esa sea la forma de cuidarnos en la lucha que, ya de por sí, desgasta a todas.  Al contrario, no avanzaremos como colectivo si no nos permitimos explorar nuestros puntos de vista junt@s, dialogando y reflexionando.  Todavía recuerdo la frustración de las profesoras del Máster en estudios de género ante el silencio generalizado cuando planteaban debates en clase. Nadie se atrevía a hablar por miedo a ser acusada de alguna “barbaridad” y acabar “out” – fuera del grupo, indigna del “carnet” de feminista.

4. Idealización de posturas reaccionarias. Desvalorizado el pensamiento crítico, se alza el valor fascista y reaccionario, disfrazando así el verdadero machismo, LGBTQi-fobia, racismo de “valentía” ante las “guerras culturales de la izquierda sensiblera”.   “Digo las cosas como son, aunque sea políticamente incorrecto”. Esta estrategia está diseñada para provocar notoriedad, clicks, y escándalo — y a la vez arengar y unir a las clases privilegiadas alrededor de una supuesta superioridad anti-intelectual.


Traducción propia de la cuenta de Twitter de @anne_theriault




Call-IN

¿Queremos reproducir actitudes punitivistas, patriarcales, y maniqueas desde el feminismo? ¿Impunidad y castigo son las únicas dos alternativas?

A cualquiera nos viene muy bien un buen jarro de agua fría de vez en cuando, pero para que nos haga pensar y, en última instancia, cambiar nuestra actitud. No para silenciarnos.

Calling-in puede ser una alternativa para abordar el asunto de manera privada, sin espectáculo público, con intención de mejorar. Cada una podemos valorar cómo. Con empatía, humor, creatividad y cuidado. Podemos hacer una reflexión interna, reconociendo que tod@s estamos sujetos a prejuicios, estereotipos y rumores, y que no somos mejores. No argumentar desde la condescendencia.

Es una manera de reconocer que las personas no somos unidimensionales en lo individual ni los colectivos monolíticos en su totalidad. Sabemos que existen múltiples experiencias en el tiempo y en los contextos. Agradezco que lo que pienso hoy no es lo mismo que hace diez años, y espero que, en otros diez (o mañana mismo) también cambie mis opiniones. Las organizaciones, los movimientos por la justicia social, también están en constante análisis, descubrimiento, y cambio. Ese es el reto del pensamiento crítico.

Calling in no siempre será posible, especialmente para las personas oprimidas, que suficiente desgaste tienen con el día a día y no tienen la responsabilidad por defecto de “educarnos”. Si lo hacen, será un gesto “extra” que deberemos valorar.

Os dejo un ejemplo: El obispo de Mallorca se reúne con Sonia Vivas por la polémica sobre Juníper Serra

… y una cita* de Angela Davis:

“Hay que ir por otros derroteros, contextualizar de dónde vienen las violencias y tener claro a dónde llevan las dinámicas punitivistas”

*Del artículo Pensar juntas para definir la justicia feminista, de Ter García en Pikara Magazine, cuya lectura recomiendo para que, salvando las distancias, podamos aplicar una actitud similar al asunto del calling-out punitivo

Una humilde mirada desde Mundaka. Emprender la vida sin tiempo a tener miedo

23/06/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Soy Ziortza Olano Astigarraga, @olanoziortza. Soy muy de pueblo, con una raíz muy bien marcada a mi entorno. Ello me ha permitido crecer, soñar y darme cuenta de que, si quiero, puedo; eso sí, siempre con esfuerzo. Mi experiencia profesional está relacionada con la Dirección y Gestión de equipos en entidades de Economía Social: formación; innovación social y desarrollo de personas. Actualmente soy parte del equipo de Team Coaches en Mondragon Team Academy y colaboro con entidades varias, impulsando proyectos que provoquen cambios. Me mueven la curiosidad, la búsqueda y la participación en proyectos que puedan contribuir y mejorar nuestro entorno más cercano.  Cambiar el mundo a través de pequeños o grandes proyectos.

En primer lugar, quiero dar las gracias a Doce Miradas por dejarme aportar otra mirada que no pretende ser más que la mía, desde un pequeño pueblo abierto al mundo: Mundaka, anteiglesia de tradición marinera, una comunidad a la que la mar ha ayudado emprender, desde la pesca al surf. Tantas cosas nos ha dado la mar que hoy quería rendir homenaje a todas aquellas mujeres que, desde la sombra o, incluso tras la sombra (la verdad, es difícil decir desde dónde), marcaron tanto nuestra esencia y nuestra forma de afrontar la vida como mujer: rederas, sardineras, amamas, amumas, amas, hermanas, tías…

Nadie puede hacerte sentir inferior sin consentimiento.

Eleanor Roosvelt


Emprender la vida sin tiempo a pensar en el miedo

Mujeres luchadoras, nacidas en casas muy humildes, que, tras haber vivido una guerra y una posguerra, tuvieron que afrontar la vida y emprenderla con las posibilidades que la vida les ofrecía. Todo ello adaptándose constantemente a las nuevas circunstancias y trabajando siempre desde el servicio a la comunidad; creando interconexión entre diferentes miembros de la familia y liderando siempre desde el servicio.

Mundaka en 1955. Fotograma de la película «Tormenta», estrenada en 1956.
Embarcación El Gran Amor. Mundaka, 1970.

Quería destacar la fuerza de dichas mujeres y el poderío con el que se enfrentaban a todo lo que les sucedía, además de subrayar tres de las competencias con las que hacían frente a todo ello. La primera es la resiliencia, la capacidad de afrontar la adversidad, de superar algo y salir fortalecida. La segunda, el sacrificio, la capacidad de superar las dificultades con esfuerzo para alcanzar un beneficio mayor, venciendo los propios gustos, intereses y comodidad. Y la tercera es la adaptación, la capacidad de vivir y trabajar sin bloquearse ante el cambio, encontrando siempre el mejor camino entre las circunstancias del momento.

El miedo no las paralizaba; el miedo les daba la fuerza suficiente para seguir adelante siempre con humildad y sin perder el humor necesario para disfrutar de la vida.

¿Y ahora yo qué?

El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños.

Eleanor Roosvelt

Ahora desde la coordinación de Bilbao Berrikuntza Faktoria (BBF), apoyando a jóvenes emprendedores-as y a empresas jóvenes, echo la vista atrás con la intención de no perder nunca de vista el legado que todas esas mujeres han dejado en mí: valores, competencias y formas de hacer que me acompañan en este viaje del emprendimiento. Emprender un proyecto de vida o profesional con personas diversas y en equipo; aprender a ser la protagonista de mi vida y, en caso de ser necesario, reinventarme sin miedo a cambiar, sin miedo a soñar. Siempre con mente abierta y global teniendo en cuenta nuestro entorno más cercano.

¡Qué suerte la mía, poder soñar y crear! He de honrar el sacrificio de todas aquellas mujeres que no tuvieron la suerte de poder elegir y que con su lucha consiguieron que yo sí pueda decidir. Mantengo viva la llama de aquellas que impregnaron en mí la fuerza de una mujer de costa.

¡Qué orgullo haber tenido ese tipo de mujeres cerca! Gracias a ellas soy quien soy; gracias a ellas asumo ser protagonista; gracias a ellas elijo coger el timón de mi vida.

Asumo que, si yo no lo hago, nadie lo va a hacer por mí.

Quería terminar este artículo con fuerza y he elegido una frase de Rigoberta Menchú, líder indígena guatemalteca, que nos ayudará a terminar soñando y visualizando todo aquello que aún está por crear. Tenemos la responsabilidad de hacerlo con ilusión; yo al menos así lo haré. Va por aquellas que, aun siendo desconocidas, con humildad y mente abierta lo supieron hacer.

Una mujer con imaginación es una mujer que no solo sabe proyectar la vida de una familia, la de una sociedad, sino también el futuro de un milenio.

Rigoberta Menchú

Puedes leer este artículo también en euskera y en inglés.

La traducción al inglés es de Nerea Olano Astigarraga.

Miradas compartidas desde el confinamiento

16/06/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Somos Pepa Bojó Ballester, Leticia Eizaguirre Altuna, Miren Elejondo Aguirregomezcorta, María Feijoo González, Begoña Garcés Vidador, Cristina Giménez García y Helena Ayerbe Gartxotenea, un grupo de mujeres que queremos compartir nuestro punto de vista sobre el modo en el que los distintos poderes están conduciendo el recorrido de la crisis sanitaria provocada por la covid-19 y sobre algunas medidas que han contribuido, en nuestra opinión, a acrecentar el malestar y la preocupación por el tipo de sociedad a la que nos pueden dirigir.

Nuestro objetivo no es ofrecer una visión negativa de la gestión, sino aportar ideas críticas al debate para construir una sociedad civil madura y autónoma que nos permita avanzar hacia una organización social, dinámica y participativa de la democracia.

Hay aspectos sobre los que se debe reflexionar de manera crítica y constructiva para poder así diseñar estrategias adecuadas que sirvan para fortalecer a la sociedad.

En esta grave crisis sanitaría, muy difícil de afrontar dado lo imprevisible y desconocido de esta pandemia, nos encontramos con la verdadera situación del sistema sanitario y con errores que no deberían repetirse.

Ilustración de Vir Palmera

Se ha puesto al descubierto un modelo de gestión sociosanitaria en el que priman los intereses económicos sobre el bienestar de las personas y el sostenimiento de la vida de calidad. Como ejemplos lamentables, podemos destacar la falta de recursos para la protección del personal sanitario o la gestión de las residencias de mayores, sobre todo las privadas. 

Nuestra reflexión gira también en torno a la gestión del conflicto y las medidas de confinamiento que cuestionan la calidad democrática de nuestro Estado: las estrategias que se han seguido para el control de la población, la innecesaria presencia fáctica del ejército y su blanqueamiento social contribuyen a dejar en mínimos la responsabilidad civil e individual.

Se ha infantilizado a la sociedad, nos hemos sentido tratadas como menores de edad, con un modelo de control autoritario y una gestión basada en la vigilancia y el castigo que, paradójicamente, apela continuamente a la responsabilidad personal y ciudadana. 

No se han admitido iniciativas que habrían supuesto una mayor implicación de la ciudadanía en la superación de esta crisis. En algunos municipios incluso se ha rechazado la colaboración de chicas y chicos, jóvenes voluntarios que se ofrecieron para asistir a las personas más vulnerables.

Un modelo de poder autoritario es totalmente incompatible con el desarrollo de la responsabilidad, ya que esta exige autonomía, capacidad de pensamiento crítico, conocimiento y sobre todo confianza y se basa en el uso de la pedagogía. Esta estrategia por la que apostamos ayuda a generar una sociedad más responsable, autónoma y madura.

En ese sentido, consideramos que el papel de las fuerzas del orden debería ser el de informar, asesorar, acompañar e incluso escuchar, ya que una parte importante de la gente que ha sido multada tenía una razón para estar en la calle, pues no no todas las personas poseen las mismas condiciones de vida (algunas carecen hasta de “techo”) ni los mismos recursos para gestionar la angustia o la soledad. 

No debemos admitir una estrategia basada en infundir y potenciar el miedo, ya que este nos colapsa e impide pensar y es la herramienta sobre la que se basa el control social. Con el miedo las personas anhelamos seguridad, incluso a veces a cambio de perder derechos y libertad, pero la seguridad total es un espejismo, no existe en términos absolutos y, a su vez, la pérdida de derechos y libertades es una realidad que también provoca enfermedad.

No podemos aplaudir las actuaciones de vigilancia vecinal. Es lamentable que desde las ventanas se controle, grite, insulte e incluso denuncie a vecinas y vecinos, sin conocer su realidad ni sus motivos, y que este hecho se identifique como un acto de solidaridad, cuando la solidaridad se basa en la empatía y la ayuda. Qué decir de los vergonzoso aplausos a los abusos policiales desde muchos balcones.

Nos gustaría que en las mesas de gestión de la crisis, además de personas expertas (en este caso, en salud y epidemiología), se sentaran también personas conocedoras de la realidad de diferentes ámbitos sociales y de colectivos con necesidades específicas con riesgo de vulnerabilidad, ya que es imprescindible conocer la realidad de dichos colectivos para elaborar protocolos adecuados.

Sin embargo, las duras medidas de confinamiento no han tenido en cuenta el impacto que podían tener en diferentes grupos más vulnerables, en niñas y niños pequeños, gente mayor, personas con problemas de salud mental,  trastornos conductuales o pluridiscapacidades, colectivos de personas refugiadas, sin techo, familias con muchas dificultades y falta de recursos y mujeres, niñas y niños con riesgo de sufrir maltrato o abusos de todo tipo, entre otros. Las consecuencias para su salud y sus propias vidas son más graves y las estamos conociendo ahora.

Pensamos que estas medidas deberían revisarse, flesibilizarse y adaptarse a estos colectivos y también a las características de las poblaciones y al número de habitantes. Entendemos que en un primer momento es normal no saber y tomar decisiones drásticas y generales para todo el territorio y todos los colectivos, pero también hemos visto modelos de confinamiento menos estrictos en los países vecinos que, creemos, se podrían valorar.  

Efectivamente ahora hay mucho que hacer, vamos a ver las consecuencias del confinamiento, nos vamos a enfrentar a una crisis económica y laboral, pero también a una crisis del modelo de cuidados que ahora va a ser crucial resolver. Realmente vamos a retomar la realidad, dado que la sociedad ya estaba en crisis: el modelo de crecimiento ilimitado ya no puede sostenerse.

Nos preocupa que, una vez más, los colectivos más vulnerables, los que ocupan los puestos de trabajo más precarizados, pierdan más derechos y capacidad de autonomía y autogestión.

Por todo ello queremos contribuir a la reflexión proponiendo una gestión de las consecuencias de esta crisis con una mirada global y social que ponga el cuidado de la vida y la sostenibilidad en el centro, una gestión encauzada a generar una sociedad más igualitaria, justa socialmente, que genere mayor bienestar para toda la ciudadanía, deseando también que la sociedad civil sea verdaderamente agente de interlocución y motor del necesario cambio social. 

El teletrabajo: el trabajo a domicilio, viejo –y actual– conocido de las mujeres

09/06/2020 en Doce Miradas por Garbiñe Biurrun Mancisidor

El trabajo a domicilio, con tal denominación, ha sido bien conocido en nuestro entorno socioeconómico en tiempos pasados y se ha utilizado con frecuencia para prestar servicios, notablemente por las mujeres. De esta manera se cubrían varias finalidades, que muchas recordamos por haberlo así escuchado a nuestras madres, tías o abuelas: la empresa recibía el trabajo, la persona trabajadora percibía una remuneración –más bien escasa, ciertamente–, siendo mujer, no tenía que salir de su hogar ni quedar “expuesta”, por tanto, a los “peligros” del mundo exterior y, en un porcentaje relevante, evitaba también la “deshonra” de trabajar por cuenta ajena en un taller o fábrica.

No sabría decir desde cuándo se conoce esta modalidad de trabajo, pero en este país lo cierto es que ya se regulaba en la vieja y franquista Ley de Contrato de Trabajo de 1942, que le dedicaba un título entero. Ahora, el vigente Estatuto de los Trabajadores, en la redacción dada por la reforma laboral de 2012, solo le dedica su artículo 13, que además es muy escueto. Seguramente esta escasa regulación tiene que ver con la poca utilización de esta forma de trabajo en los últimos tiempos.

Ahora bien, es claro que su presencia se ha ido incrementando poco a poco, a medida que lo iban permitiendo los avances tecnológicos, y que muchos trabajos podían prestarse desde el domicilio –o desde donde la persona trabajadora lo quiera– utilizando los medios telemáticos cada vez más presentes, siendo el “teletrabajo” este trabajo “a distancia” con la utilización de tales medios tecnológicos. Y, con tal proliferación, ya se echaba de menos una regulación más completa de sus peculiaridades, que no son pocas, tanto en la ley como en los convenios colectivos.

Y no es baladí pretender una más detallada regulación, teniendo en cuenta que, como luego veremos, este tipo de trabajo concierne mayormente a las mujeres y que, ya cuando en 2012 se reformó este tema, en el Preámbulo de la norma se apelaba, entre otras razones, al deseo de “incrementar las oportunidades de empleo y optimizar la relación entre tiempo de trabajo y vida personal y familiar”. Loable finalidad, desde luego, pero muy errada si no se utiliza en igual medida por los hombres.

Y en estas estábamos, teletrabajando más bien poco, la verdad –pese a ser un medio interesante para conciliar vida familiar y laboral de todas las personas–, cuando se produjo la situación de alerta sanitaria y la declaración del estado de alarma y consiguiente confinamiento general de la población. Y el teletrabajo se ha erigido en una vía de solución que ha permitido a muchísimas personas prestar sus servicios desde su domicilio y, sobre todo, a muchas empresas recibirlos. ¡El gran descubrimiento! Resulta que podíamos trabajar sin movernos de casa.

Claro que no se puede negar que el trabajo a distancia es un instrumento útil en aras de aquel fin de la conciliación de la vida familiar y laboral, pero, ojo, pues su generalización definitiva –no solo en situación de emergencia– precisará una normativa clara de mínimos para una protección suficiente y eficaz de las personas que presten así sus servicios, lo que la normativa española actual no garantiza.

Sin olvidar –y esto es lo que más me interesa reseñar– que en gran parte del mundo el trabajo a domicilio sigue siendo lo que era: un espacio difícil para la igualdad, la libertad y la plenitud de derecho. Sin olvidar tampoco que no todo el trabajo a domicilio es “teletrabajo” o trabajo telemático, sino que, en muchas ocasiones –las más, en el planeta– se trata de servicios manuales reservados a las personas más vulnerables.

En tal sentido, hemos de recordar que el pasado 11 de marzo, la Oficina Internacional del Trabajo de la OIT hizo público el Informe de la Comisión de Expertos en Aplicación de Convenios y Recomendaciones –CEACR–, en el que, entre otras muchas y trascendentales cuestiones, se abordaba también el trabajo a domicilio. Hemos de recordar que en esta materia la OIT ha dictado su Convenio número 177, del año 1996, con entrada en vigor el 22 de abril de 2000 –desde entonces han cambiado mucho las circunstancias– y la Recomendación número 184, si bien muy lamentablemente el convenio en cuestión solo ha sido ratificado por diez de los 187 Estados miembros, siendo España uno de los que no lo ha hecho.

De este recentísimo Informe de la CEACR son de destacar ahora las siguientes consideraciones: la constatación de que, si bien el trabajo a domicilio se ha considerado durante mucho tiempo una forma “anticuada y preindustrial de trabajo”, actualmente se defiende “como sinónimo de nuevos modelos de negocio y de espíritu empresarial”, en el que tendría cabida el trabajo on line en plataformas digitales”; que esta modalidad de prestación laboral es la principal fuente de un gran número de trabajadores de todo el mundo y que es, en gran parte de los casos, un trabajo “informal” e “invisible”, ya que se presta por colectivos especialmente vulnerables como migrantes y personas –mujeres– con responsabilidades familiares o con discapacidad. En pocas palabras, la idea “moderna” del teletrabajo no debe hacernos olvidar en ningún momento “los difíciles asuntos y problemas planteados por las formas de trabajo a domicilio más conocidas y tradicionales”, que aún perviven en muchas partes del planeta.

Muy especialmente, el Informe reseñado expresa que no debe olvidarse la importancia del trabajo femenino en este ámbito, “una dimensión de género muy marcada” , pues “la mayoría de los trabajadores a domicilio son mujeres, muchas de las cuales no han podido acceder a un empleo regular debido a sus responsabilidades familiares o a la falta de competencias, o han optado por trabajar desde su domicilio debido a normas culturales y sociales. El trabajo a domicilio se concentra en la economía informal, donde también prevalecen las mujeres”.

Y en este plano no debe tampoco olvidarse que, pese a los aspectos positivos del trabajo a domicilio desde el punto de vista empresarial –reducción de costes y mejora de la productividad, entre otros–, existe una enorme inseguridad jurídica para muchas personas trabajadoras del planeta y que el Convenio de la OIT antes mencionado, con ese tan bajo número de ratificaciones, no obtuvo el apoyo de los empresarios ni de muchos gobiernos, que entendieron que someter este tipo de trabajo a una estricta regulación afectaría a la “flexibilidad” buscada.

Y es que esta “flexibilidad” no resultaría compatible, en los términos pretendidos por algunos, con algunos elementos trascendentales: de un lado, con la auténtica naturaleza jurídica del trabajo a domicilio –auténtico trabajo por cuenta ajena cuando se produzca con todas las características que para tal calificación se dan en el trabajo “a presencia”–; de otro lado, con la garantía de salario mínimo también para el trabajo a domicilio; de otro, con la aplicación de “los mismos derechos, garantizados por la legislación y los convenios colectivos aplicables que los trabajadores comparables que trabajan en los locales de la empresa”, incluida la limitación de la carga de trabajo; con el reconocimiento del derecho al respeto por parte del empleador de la vida privada de la persona trabajadora; con la necesidad de adoptar medidas para garantizar plenitud de derechos a las personas que presten su trabajo a distancia, entre las que se hallan las necesarias para prevenir y evitar el aislamiento de la persona que así preste sus servicios y asegurar el mantenimiento de las relaciones con el resto de la plantilla y el acceso a la información de la empresa.

Volviendo al inicio –que es como se termina todo siempre o casi siempre–: ha regresado el trabajo a domicilio y lo ha hecho con fuerza –al menos en estos concretos momentos en nuestro entorno–, en tanto que se mantiene como siempre en muchos lugares del planeta, lo que exige subrayar una vez más tanto las ventajas como los graves problemas de esta modalidad de prestación del trabajo. De un lado, es, ciertamente, una muy buena alternativa en la práctica para personas con dificultades de movilidad y desplazamiento hasta un centro de trabajo –personas trabajadoras de edad, con discapacidad y aisladas que viven en zonas rurales, por ejemplo–. Pero, de otro lado, quienes trabajan a domicilio carecen, en muchos casos, de reconocimiento y de visibilidad, tratándose de un trabajo sumamente feminizado, particularmente en el sector manufacturero. Y muchas trabajadoras están en situación de gran vulnerabilidad debido a su situación migratoria, sus responsabilidades familiares o la discriminación, razones por las que optan por trabajar a domicilio, por tratarse de un trabajo invisible y, en gran parte, en la economía “informal”, a lo que se añade la falta de contacto con otros colegas, pues rara vez están sindicadas y casi siempre tienen extraordinarias dificultades para canalizar sus pretensiones y luchar por sus derechos.

Covid-19, mujeres madres y trabajo a distancia

02/06/2020 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Me llamo Edurne Terradillos Ormaetxea e imparto Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social en la Facultad de Derecho de la Universidad del País Vasco. Esta asignatura es muy sensible a la mirada de discriminaciones directas e indirectas que por razón de género se producen en el ámbito laboral y de las prestaciones sociales. Pero, como madre de dos adolescentes, puedo asegurar que, en mi caso, fue la maternidad la que repercutió en mi formación y promoción profesional.

Una de las primeras medidas que adoptó el Gobierno de España tras la declaración del estado de alarma fue la promoción del trabajo a distancia, que tendrá carácter preferente ante la cesación temporal o reducción de la actividad. En este contexto, el Real Decreto-Ley 15/2020 estableció una prórroga de dos meses del carácter preferente del trabajo a distancia. El “último” Real Decreto Ley 15/2020 vuelve a establecer otra prórroga.

Sin embargo, en este post deseo referirme a la posible consolidación del trabajo a distancia en general, o en masa; incluidas, por tanto, las personas que tengan menores a su cargo de entre 12 y 18 años, por ejemplo, quienes no cuentan con las facilidades que procura la legislación laboral, modificada en 2019. El objeto de estas líneas es adelantarnos a uno de los posibles cambios de diversa índole que puede traer consigo este estado de alarma pero, sobre todo, calibrar las ventajas –o desventajas– que podría suponer para la mujer que trabaja fuera de casa. Porque parto de la hipótesis de que, de consolidarse el teletrabajo en aquellos lugares donde sea posible, serán más mujeres que hombres las que soliciten esta medida.

Con la pretensión de hacer hincapié en qué ha cambiado con el estado de alarma, hay que destacar que en un lapso de tiempo muy breve varios millones de trabajadores y trabajadoras y, por tanto, de trabajos, han cambiado de los lugares habituales a los domicilios particulares. La importancia de la presencialidad en Euskadi y en España ha desplazado tradicionalmente el trabajo a distancia al mero anecdotario. El perfil sociológico del país, donde las relaciones personales se estrechan en el ámbito laboral, tradicionalmente ha acudido en detrimento del “quédese cada uno en su casa”. Sin embargo, la fuerte limitación del derecho a la libre circulación de personas en este estado de alarma ha demostrado que tanto las empresas privadas como las Administraciones Públicas estaban suficientemente preparadas para afrontar este reto. La digitalización rampante que hemos vivido en estos años, los kilómetros “construidos” de fibra óptica, las operaciones telemáticas que pueden realizarse con la Administración y su perfeccionamiento se han demostrado inversiones acertadas para que el trabajo a distancia se convierta en una realidad dominante y eficaz.

No puede obviarse que el desafío impuesto por las circunstancias de la covid-19 se está superando con creces, pero ¿es este un cambio que se consolidará tras la superación de esta enfermedad? Antes de responder a la pregunta de si la forma de la prestación laboral habrá cambiado de código, creemos que hay que atender a los siguientes lugares comunes:

– El trabajo a distancia se erige en una herramienta favorable a la conciliación entre la vida familiar, laboral y personal.

– El tipo de dirección que se ejerce actualmente en la empresa se ha alejado, aunque no por completo, de los cánones de la empresa vertical. Este cambio de actitud ha repercutido favorablemente en la gestión de la conciliación familiar.

– Diversos estudios coinciden en otros efectos que desencadena el trabajo a distancia como, por ejemplo, el ahorro de costes (energético telecomunicaciones, mantenimiento del espacio), la constatada mayor productividad (el trabajador se convierte, en parte, en su propio jefe, con una mayor responsabilidad individualmente asumida), la reducción del absentismo laboral o la disminución de los accidentes de trabajo en el lugar o “in itinere”.

– El trabajo a distancia mejoraría la emisión de gases contaminantes a la atmósfera.

Sin embargo, el trabajo a distancia que se acuerde en un medio plazo no tiene por qué ser obligatoriamente a distancia todo el tiempo: la modalidad semipresencial también es posible, si bien, antes que combinar el trabajo presencial con el trabajo a distancia el mismo día, por franjas horarias, entiendo que sería más interesante concentrar los días de presencialidad.

Si el teletrabajo ha funcionado –con sus contras– con estos mimbres, a más relajación de la situación, más posibilidades de que las y los trabajadores aprecien sus ventajas. A lo anterior debe añadirse que en estos momentos los domicilios no son solo nuestra oficina o despacho, sino que pueden haberse convertido también en el colegio o instituto de nuestros hijos e hijas, el parque del barrio o la oficina de nuestras parejas. Está comprobado, por ejemplo, que durante el confinamiento muchas mujeres académicas han enviado menos artículos de investigación a revistas científicas y que, en algunas ocasiones, nos vemos también compelidas a realizar más labores del hogar, en tanto que hay más gente comiendo en casa y quizás menos empleadas domésticas en el desempeño de su actividad. Por eso entiendo que las facilidades del trabajo a distancia –y sus pros– pueden crecer cuando retornemos a la “nueva normalidad”, de modo que seguramente las jornadas de trabajo serán más ordenadas y la gestión del tiempo individual más efectiva.

Sin embargo, los riesgos de que el trabajo a distancia acentúen la invisibilidad de la mujer en la actividad sociolaboral están latentes. Es más difícil que se cuente con una persona cuando no está siempre “a mano”, por lo menos en países como el nuestro donde el trato y el contacto siguen dominando como paradigmas del modo de trabajar. Por eso, este ensayo clínico del trabajo a distancia debería ser la prueba del algodón para que el hombre se convenza de que es él el que puede quedarse en casa. Por lo anterior, también sería interesante que ambos miembros de la pareja probaran el esquema ensayado en países más avanzados que este, esquema que pasa por la distribución de los días laborales entre presenciales y a distancia.

El alejamiento voluntario de nuestros congéneres puede ser un tiempo añadido al ensayo clínico que está suponiendo el teletrabajo en masa y que quizás nos lleve a convencernos de los beneficios de este modo de prestación del trabajo. En cualquier caso, será necesaria una reflexión en frío, cuando las aguas vuelvan a su cauce, dado que, al encontrarnos muchas personas teletrabajando, los riesgos que apuntaba más arriba –invisibilidad y ostracismo– no han podido aflorar como sin duda lo harán en circunstancias normales.

Cumplimos siete años

26/05/2020 en Doce Miradas por Doce Miradas

Este próximo jueves 28 de mayo se cumplen siete años, ¡sí, siete años!, desde que lanzamos nuestro primer post al ciberespacio. En esta ocasión, y en circunstancias excepcionales, enfocamos la celebración de una forma diferente.

Este año no habrá celebraciones presenciales, no habrá una convocatoria para vernos en un lugar y a una hora determinada, no prepararemos dinámicas, ni mesas redondas, ni montaremos el photocall para inmortalizar momentos memorables como lo hemos hecho durante todo este tiempo. Lo que sí vamos a hacer es seguir celebrando estos siete años de vida en los que hemos aprendido, hemos evolucionado y hemos querido aportar al debate amplio y heterogéneo del feminismo.

Queremos celebrar este séptimo aniversario contigo y, además, queremos darte las gracias porque cada una de vosotras y de vosotros sois nuestra mirada número trece. Para hacerlo, hemos elaborado este vídeo colaborativo, como es la esencia de Doce Miradas.

Queremos hacer de este aniversario algo muy abierto, así que si te apetece sumarte a la celebración, envíanos un tuit con el hashtag #DM7urte. Y, rizando el rizo, ¿te animarías a grabarte un breve vídeo (menos de 1 minuto) y compartirlo desde tu cuenta con el mismo hashtag? Si no tienes cuenta de Twitter, o prefieres que lo publiquemos nosotras, puedes enviarlo al  correo electrónico info@docemiradas.net.

Te proponemos tres preguntas para que puedas redactar tu tuit o grabar tu vídeo:

  • ¿Por qué Doce Miradas tiene sentido 7 años más tarde?
  • ¿Qué te gusta de Doce Miradas?
  • ¿Qué le pedirías a Doce Miradas?

Y tanto si te animas como si no, gracias por estar cerca en este tiempo.

Libertad, igualdad, sororidad

19/05/2020 en Doce Miradas por Noemí Pastor

Emosío engañada

Cuando en la escuela, el instituto o la universidad nos tocó estudiar la Revolución Francesa, nos familiarizamos con esa frase, “Libertad, igualdad, fraternidad”, que fue creada entonces y que es hoy el lema oficial de la República Francesa.

Yo creí entonces y lo seguí creyendo durante muchos años que esos tres valores se predicaban también de nosotras, de las mujeres, que la Revolución Francesa también a nosotras nos hizo libres, iguales y hermanas. Pero no.  La libertad, la gualdad y la fraternidad eran valores masculinos.

Libertad, igualdad, virilidad

Así lo afirma al menos la filósofa francesa Olivia Gazalé en su libro El mito de la virilidad y añade que los actuales movimientos masculinistas, esos que añoran los viejos tiempos guerreros y denuncian una pérdida de los valores viriles nunca antes acaecida en la historia, en realidad están repitiendo un tópico que se ha reproducido casi de generación en generación.

La Revolución Francesa también se empapó de tintes virilistas, de un espíritu de recuperación de los viejos valores masculinos. En los años previos a 1789 la propaganda pro revolución se preocupaba por la pérdida de virilidad de los varones franceses y abominaba del hombre que se sometía a los caprichos del monarca y a las modas feminizantes y atildadas que decretaba Versalles. La coquetería había pervertido a los fieros guerreros de antaño.

Los portavoces de la Revolución pronto emplearon el sarcasmo contra el afeminamiento aristocrático. El diario revolucionario Le Père Duchesne se burlaba de la corte de Versalles, poblada de bufones remilgados y enclenques, de finas manos blancas, que murmuraban y comadreaban y se inclinaban ante el monarca, en vez de levantarse contra él: “Señores aristócratas, mequetrefes  que vestís mallas pegadas al cuerpo, grandes chorreras y escarapelitas: degustad tranquilamente vuestros confites y dejad en paz a los patriotas, fieros como dogos de largas patas y mandíbula de hierro, que os partirían en dos como a huesillos de pollo.”

En fin, que, mientras los cortesanos, con sus lenguas blandas y sus labios flácidos, relamen caramelos en salones femeninos y hablan en susurros, los patriotas ladran como perros, arengan y declaman a todo pulmón en los comités revolucionarios. El cortesano débil se opone al revolucionario hercúleo que clama por una regeneración, por un activismo masculino.

La referencia a Hércules no es casual, pues este héroe mítico se convierte en símbolo de la virilidad de la Revolución y la República: “La Revolución crea hércules, hombres extraordinarios, pues desarrolla y organiza las facultades viriles de la naturaleza humana.”, reza un panfleto parisino de 1791, citado por André Rauch en su libro Historia del primer sexo.

Y, en consecuencia, retroceso

Las grandes crisis de la historia no han solido ser beneficiosas para las mujeres y la Revolución Francesa no fue una excepción. Los jacobinos las declararon culpables de la degeneración masculina, a pesar de que habían desfilado codo con codo con los patriotas y habían fundado clubs y sociedades revolucionarias femeninas. En vano. Las devolvieron a sus hogares y las redujeron al silencio.

Así, en 1793, el gobierno disolvió todos los clubs femeninos y sociedades de mujeres, incluida la Sociedad de Ciudadanas Republicanas Revolucionarias, fundada por las activistas feministas Pauline Léon y Claire Lacombe.

Tras la Revolución, Francia vio crecer notablemente el analfabetismo femenino.

Incluso el papel de las mujeres en la Revolución Francesa quedó silenciado hasta los años sesenta del siglo XX, cuando se comenzaron a rescatar del olvido nombres como los de las dos feministas citadas y otros como Anne-Josèphe Théroigne de Méricourt, Sophie de CondorcetEtta Palm d’Aelders o la más conocida Olympe de Gouges.

Ese fraternal masculino plural

Por mucho que Immanuel Kant proclamara que el espíritu de la Ilustración había elevado a la humanidad a mayores grados de madurez, esa humanidad a la que aludía Kant era una humanidad incompleta, con una mitad amputada; una humanidad hemipléjica, dice Olivia Gazalé en el libro citado.

El universal abstracto “todos los hombres”, ese masculino plural que es el sujeto de la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789, es un universal masculino y nada más que masculino, tan puramente masculino como el frater (‘hermano varón’) del latín, de donde proviene fraternidad, en oposición a soror (‘hermana’), de donde proviene sororidad, palabra que en francés, sororité, ya fue utilizada en 1546 por Rabelais en El tercer libro de Pantagruel.

Si los redactores de la Declaración hubieran actuado con exactitud y justicia, al artículo 1, «Todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos», deberían haberle añadido: “Las mujeres, en cambio, están excluidas de estos derechos”. Porque lo estaban en realidad. En teoría y en la práctica. Pero ni siquiera se molestaron en explicitarlo.

Las mujeres fueron obligadas al silencio y a la docilidad y recluidas de nuevo en sus casas y en sus cocinas. Algunas se atrevieron a salir a la calle y alzar su voz, como la temeraria y ya citada Olympe de Gouges, que tuvo incluso la osadía de rerredactar la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano para convertirla en Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana y acabó decapitada en la plaza pública.

En el espíritu revolucionario, la palabra hombre, con la que pretendían transcender toda diferencia, solo designa al género masculino; un género superior, llamado naturalmente a la dominación, al igual que la mujer es llamada a la subordinación.

La Revolución trajo consigo la restauración de la virilidad triunfal.

El caos

Tanto Olivia Gazalé como Susan Faludi en su libro Reacción apuntan a un patrón que se ha repetido a lo largo de la historia de Occidente: crisis de la virilidad -> gran crisis global -> retroceso en las conquistas femeninas.

En estos tiempos del neomachismo, de los Angry White Men, del supremacismo masculinista y de los grandes líderes mundiales testosterónicos, llega una crisis sanitaria global que nos deja en estado de shock y, como nos recuerda Julen Iturbe al citar a Naomi Klein, y también nos recordó en su momento María Puente a propósito del apocalipsis zombi, he ahí la ocasión  perfecta para el recorte de derechos y el regreso a pretendidos valores y principios “naturales”.

Es el momento, pues, de permanecer atentas, vigilantes, y no permitir ni un paso atrás.

Coronavirus, colonialismo y racismo

12/05/2020 en Doce Miradas por Jeanne Rolande Dacougna Minkette

En este período de emergencia sanitaria provocada por la Covid-19 se están visibilizando, también, muchas prácticas y discursos racistas, que si bien no son novedad para las personas racializadas, están teniendo un impacto mucho mayor en este contexto de vulnerabilidad extrema para ellas.

Me gustaría traer a colación un hecho relacionado con dichas prácticas y discursos. El 2 de abril en una intervención televisiva en el canal francés LCI, dos médicos franceses, los profesores Jean-Paul Mira, jefe de reanimación en el Hospital Cochin de París y Camille Locht, director de investigación en el INSERM – Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica – mantienen una conversación sobre la pandemia y plantean la posibilidad de realizar en África ensayos de la vacuna contra el coronavirus.

«Si puedo ser provocativo, ¿no debería hacerse este estudio en África, donde no hay mascarillas, ni tratamientos, ni reanimación? Un poco como se hace para algunos estudios sobre el sida o con las prostitutas; se prueban cosas porque sabemos que están muy expuestas y que no se protegen.

El profesor Camille Locht le da la razón y añade que están “pensando en paralelo sobre un estudio en África”. Cabe señalar que en la fecha en que conversaban esos médicos, África sólo tenía el 1% de personas infectadas por Covid-19 en el mundo. Por lo tanto, la propuesta no se justifica por el número de contagios; es más bien, una manifestación más de unas prácticas instaladas de desprecio a la dignidad de las personas africanas.

Indignación

En cuanto se viralizó el video de esta conversación, la indignación recorrió las redes. ¡No era para menos!

La OMS, a través de su director, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, se sumó a la repulsa de tal propuesta, calificándola de “racista y propia de una mentalidad colonial”.

Y ese es el verdadero motivo de la indignación: el desprecio a la dignidad y vida de las poblaciones africanas planteando disponer de ellas para experimentos médicos. Es la normalidad asumida en mentalidades racistas y coloniales de que algunas vidas valen menos y si se tercia la ocasión, pueden ser utilizadas para proteger las vidas que sí valen.

Es importante recalcar, que lo que se rechaza y condena, no son las pruebas en sí; porque como potenciales enfermas, las personas africanas también debemos participar de forma equitativa y solidaria al avance de la medicina a través de la investigación, siempre y cuando nos beneficie en los mismos términos de equidad y solidaridad. Desgraciadamente, África no está disfrutando en las mismas condiciones de las ventajas del desarrollo médico.

África lleva siendo, desde la colonización, la cobaya histórica de Occidente. Se han realizado pruebas médicas en el continente, saltándose, a veces, olímpicamente, la ética médica. Como ejemplos podemos mencionar los siguientes: el caso de las prostitutas a las que se refiere el profesor Jean-Paul Mira y el de los niños en Nigeria.

Entre julio de 2004 y enero de 2005 la asociación Family Health International, por cuenta del laboratorio estadounidense Gilead Sciences, experimenta sobre 400 prostitutas camerunesas el antiviral Tenofovir, medicamento para prevenir la transmisión del VIH. “Las voluntarias”, muchas veces analfabetas y francófonas recibieron una información escrita en inglés. Algunas mujeres pensaban que les administraban vacunas. Graves faltas éticas fueron denunciadas y las pruebas clínicas interrumpidas. No se sabe cómo quedaron ellas.

En agosto de 2001, problemas similares derivaron en una demanda judicial, que terminó con un acuerdo extrajudicial con indemnización. Una treintena de familias nigerianas del estado de Kano denunciaron al laboratorio estadounidense Pfizzer a causa del test del Trovan, un antibiótico destinado a combatir la meningitis. El estudio fue realizado en 1996 en ocasión de una epidemia de meningitis: sobre un total de 200 niños/as, once fallecieron, mientras que otras/os quedaron con graves secuelas cerebrales y motrices. No se pidió formalmente la opinión de las autoridades de Nigeria ni del comité de ética sobre la información dada a las familias participantes y sobre su consentimiento.

También resulta que muchas pruebas que se practican en África no responden a patologías locales o las poblaciones africanas no tienen los medios económicos para adquirir los costosos tratamientos resultantes por ausencia de un sistema de reembolso o gratuidad de esos medicamentos. El caso de la malaria, que es la enfermedad que mata con mayor frecuencia en África, es ilustrativo al respecto.

Queda claro que a algunos laboratorios farmacéuticos les resulta muy barato, rápido y sin complicaciones administrativas -la corrupción lo facilita- realizar ensayos médicos en África con poco respeto a las normas éticas en vigor. Si esos dos médicos se atreven a decirlo en un programa televisivo, es que esas prácticas racistas y coloniales son estructurales y son reflejo de unas relaciones internacionales de poder donde los países del Norte explotan los países del Sur. Tanto los recursos naturales como las vidas de los pueblos colonizados sirven para nutrir el Norte.

La ética en el desarrollo de nuevos medicamentos por parte de la industria farmacéutica occidental que utiliza a África como laboratorio a cielo abierto para pruebas y a las africanas/os como cobayas es el argumento de El jardinero fiel/The constant gardener (2005), una adaptación cinematográfica de la novela homónima de John Le Carré (2001) dirigida por Fernando Meirelles.

Impacto de estas prácticas sobre las mujeres africanas

Las mujeres, doblemente, como personas que necesitan cuidados médicos y en calidad de cuidadoras de las personas enfermas son, evidentemente, las que resultan más damnificadas por estas prácticas poco éticas.

Considerando que las mujeres son más pobres que los hombres, tienen las tasas de alfabetización más bajas y la responsabilidad social del cuidado, podemos intuir la magnitud del impacto sobre ellas. Esos determinantes sociales de la salud tienen efectos nefastos tanto a nivel físico como emocional. Además, las mujeres están sobre-expuestas a estas prácticas porque son las que más trato tienen con los servicios sanitarios. Por una parte, por razones biológicas de reproducción humana – embarazo, parto, lactancia – y por otra por razones sociales de responsabilidad del cuidado de las personas enfermas. En este contexto, la intersección de los factores biológicos, sociales y económicos, a saber – maternidad, triple jornada, pobreza, analfabetismo, – convierten a las mujeres en el colectivo y la vía más asequibles para perpetrar estas prácticas deshumanizantes. Es aprovecharse de la situación de vulnerabilidad y de su capacidad de dar y cuidar la vida para arrebatar vidas de personas que se consideran menos humanas.

Sin embargo, los pueblos africanos ya no están dispuestos a seguir padeciendo ese saqueo y deshumanización que ya ha durado demasiado.