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Señalar con el dedo, ¿un gesto de mala educación?

19/05/2015 en Doce miradas por Arantxa Sainz de Murieta

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Según demuestra un estudio de la Universidad Pompeu Fabra, el gesto de señalar es el primer movimiento comunicativo que los humanos somos capaces de entender y que comienza a la edad de nueve meses, mucho antes de hablar, cuando apenas balbuceamos. ¿Qué sentido tiene? Llamar la atención de quien nos rodea sobre un objeto, sobre un peligro o sobre algo que nos sorprende. Podemos decir que puede traducirse en un sencillo: “Mira esto, eso o aquello”. Ésta es la forma en que aprendemos los nombres de muchas cosas, señalándolas para que alguien nos diga cómo se llaman.

Desde pequeña me enseñaron que apuntar con el dedo es de mala educación. Un gesto natural e inocente, que forma parte de nuestro repertorio infantil, se transforma en una expresión antipática e incómoda. Y, a partir de entonces, nos quitan la costumbre a manotazos.

Hace un par de semanas, me sorprendió un artículo publicado en eldiario.es sobre una revista científica que aconsejaba a dos investigadoras trabajar con hombres para mejorar la calidad de su trabajo. La investigación, para más dato, trataba las “diferencias de género e indagaba en la razón por la que tan pocas biólogas doctoras consiguen puestos relevantes”. Una de las conclusiones apuntaba a que el techo de cristal se debe a un sesgo de género.

El revisor de la  revista PLoS One no sólo cuestionó la existencia de sesgo de género en la investigación realizada, sino que se atrevió a señalar [con el dedo] una de las asombrosas razones por las que hubiera tan pocas biólogas doctoras: “Quizás el 99% de las mujeres deciden invertir más tiempo en el cuidado de sus hijos, en lugar de tratar de conseguir una posición en la cima de su campo de investigación”.

Las dos investigadoras decidieron señalar [con el dedo] a la persona protagonista de tamaño disparate. ¿Cómo lo hicieron? Comenzaron a publicar en Twitter algunos de los comentarios del revisor, que pocas horas después era cesado en el desempeño de sus tareas. ¿Qué pretendían las investigadoras? Para empezar, llamar la atención de quienes les rodeaban sobre un comportamiento poco defendible. Claro está que, gracias a la teoría de los seis grados de separación impulsada por Internet y las redes sociales, podemos hacernos una idea del número de personas que les rodeaba y del impacto de la acción. Pero no sólo se trata de un acto de atención conjunta, sino también de poner nombre a lo ocurrido y hacerse preguntas, ésas que dan valor a algunas personas y que molestan a otras.

Señalar [con el dedo], ese gesto tan feo, se convierte en una poderosa herramienta para replantearse la realidad. Sin embargo, hacer uso del “dedo apuntador” incomoda tanto a la parte que señala como a la que es señalada, aunque no de la misma manera.

Podría ser que la misma norma social que impide el gesto simbólico impide también, en alguna medida, llevar a la práctica la visibilización pública de comportamientos que deben ser revisados y modificados. Quizás debamos explicar, a una edad adecuada, que señalar debe entenderse como un gesto de valentía que, pequeño o grande, ayuda a construir una sociedad más justa e igualitaria. Apuntar es sinónimo de capacidad crítica, algo que deberíamos trabajar desde edades tempranas con el conjunto de la comunidad educativa. ¿O es que también el espíritu crítico es incómodo?

Y, ¿qué hay de la parte señalada? La incomodidad de verse apuntado/a produce un movimiento que lleva a mejorar conductas e incluso implica tener que dar la cara y rectificar públicamente. Podrán decirme que rectificar bajo presión no tiene valor. Sin embargo, soy de las que opino que, en ocasiones, nos movemos por la inercia y necesitamos que alguien nos ponga la realidad delante de los ojos para aprender a nombrar y a preguntar. Lejos de la revancha, el acto de señalar tiene que ver con una actitud asertiva que lleva implícita la intención de escucha. Señalar es apuntar al conflicto y entenderlo como un proceso de cambio; por tanto, lejos de ser un signo de mala educación se trata de un ejercicio de responsabilidad.

Sigamos haciendo uso de este gesto comunicativo para llamar la atención, hasta los seis grados de separación, cada vez que encontremos sexismo en el lenguaje (no puedo evitar acordarme del “Cállate, bonita”, que se escuchó en el Parlamento andaluz dirigido a la portavoz de Podemos, Teresa Rodríguez), cada vez que el cine, la televisión o los medios de comunicación refuercen estereotipos, cada vez que se formen gobiernos en los que las mujeres no estemos representadas, cada vez que brillemos por ausencia en eventos, jornadas o convocatorias, cada vez que la publicidad utilice a la mujer como reclamo, cada vez que se justifique la esclavitud de la prostitución, cada vez que…

Señoras, señores, les invito a comprometerse con el cambio y practicar el gesto de señalar, ese primer movimiento comunicativo que los humanos somos capaces de entender.

 

 

2º Aniversario / 2. urteurrena – Doce Miradas – Programa / Egitaraua

14/05/2015 en Doce miradas por Doce Miradas

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De comadrones y otros partos difíciles

12/05/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

IMG_20150511_153223Isaías Lafuente (@IsaiasLafuente). Nací en Palencia. Soy el pequeño de doce hijos, padre de hijo único, buen chaval, y compañero de una mujer extraordinaria. Siempre quise ser periodista y pude serlo en el mejor sitio, la Cadena SER. He trabajado además en la televisión y en la universidad, y he publicado libros y artículos. Escribo con la mano derecha pero miro a la izquierda. Y creo que no hemos venido al mundo para ser neutrales. Lo demás se cuenta en Wikipedia, creo.



Hace 300 años un grupo de notables decidió poner orden en nuestra lengua. Del yacimiento de palabras que acumularon para configurar una de las primeras ediciones del diccionario académico, la de 1780, sorprende encontrar el término comadrón. Explican que “es voz y oficio nuevamente introducido en España” y la acotación produce pasmo, porque era la voz masculina y no el oficio, ejercido por mujeres desde Atapuerca, lo realmente novedoso. Desconocemos el número de hombres que ejercían entonces el oficio en España, aunque sí sabemos el nombre de uno: Julio Clement, el partero que Felipe V trajo de Francia para que atendiera a la reina en el alumbramiento porque no se fiaba de las matronas españolas. Quizá fuera el monarca el que encargó a los académicos la fabricación del neologismo que llegaría años más tarde a nuestro vocabulario.

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En el diccionario ya estaban registradas las palabras partera y matrona, que podrían haber dado masculinos sin necesidad de usar fórceps. Pero escogieron masculinizar innecesariamente la palabra comadre, cuya marca de género está en el ADN del prefijo – el o la que ayuda a la madre – sin necesidad de más añadidos. Porque contra el pensar general, comadrón no masculiniza la palabra comadrona sino que ésta se recoge muchos años después, en 1925, a partir del masculino forzado.

Para entonces los académicos, no conformes con la palabra inventada, ya habían trabajado en especializar la definición de comadrón. Y así, desde 1884, el término no se refiere al hombre que ejerce el oficio de comadre sino al cirujano que ayuda a las mujeres en el parto. Y ese matiz diferenciador y discriminatorio se mantuvo en el diccionario durante más de un siglo: mientras ellas eran comadronas, es decir, parteras; ellos eran comadrones, es decir, cirujanos. Para borrar la frontera hubo que esperar al primer diccionario del siglo XXI.

Los ejemplos de sexismo en la lengua son innumerables, pero la historia de esta palabra ilustra elocuentemente la distinta velocidad con la que los académicos se han desenvuelto a la hora de nombrar la realidad en masculino o en femenino, el diferente criterio adoptado para definir algunas palabras en función de su género, casi siempre dotando de un matiz peyorativo al femenino, y el doble rasero empleado para forzar cambios en la ortografía. Si algunos hombres triunfan en el oficio del vestir y no se sienten cómodos con la palabra modista, fuércense las costuras de la ortografía y hágase la palabra modisto. Pero si una mujer llega por primera vez a la presidencia del gobierno de Alemania, impídase llamarla cancillera, a pesar de que la palabra está en el diccionario para denominar ¡una tubería de desagüe!

La lengua no tiene capacidad para modificar la realidad, pero sí que puede contribuir a oscurecerla. Una sociedad que ha dado pasos sustanciales en el último siglo en materia de igualdad y de inclusión debe contar con una lengua que sea capaz de nombrar esa realidad con justicia y con instituciones que no pongan barreras a los cambios enarbolando la ortografía, la gramática y el diccionario como si fueran las Tablas de la Ley. No se trata de nombrar la realidad en femenino, se trata de nombrar la realidad también en femenino.

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Lo realmente complicado es que en una sociedad secularmente dominada por hombres, las mujeres hayan llegado a los lugares que la ley les vetó a lo largo de la historia, que hoy haya mujeres que ocupan concejalías, escaños y presidencias, dirigen empresas y dictan sentencias en los tribunales… Y frente a ese esfuerzo colectivo, que encierra luchas que acabaron muy mal para muchas mujeres, adaptar la lengua para nombrarlas como corresponde – presidentas, concejalas, juezas, cancilleras – parece tan poca cosa que la resistencia a hacerlo y los diques de contención que la RAE impone mientras la sociedad avanza y habla, evidencian que el sexismo en nuestro país tiene raíces profundas. Víctor García de la Concha, que contribuyó a modernizar una institución vetusta como la RAE, se defendió de las voces que denunciaban el sexismo del diccionario afirmando que “la Academia no quiere ser ni feminista ni machista, sino estar en el feliz punto medio”. Cada cual puede situarse en el placentero punto medio que crea conveniente, pero si ese lugar señalado por García de la Concha se considera zona virtuosa sólo puede significar que no ha leído las definiciones académicas de cada uno de los ismos, porque repasadas es muy difícil encontrar felices equidistancias aunque uno no sea feminista.

2º Aniversario / 2. urteurrena – Doce Miradas – Save The Date

05/05/2015 en Doce miradas por Doce Miradas

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Zapatos y coches

28/04/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

anasaratxagaAna Saratxaga @Mookyana. Soy ingeniera por vocación porque me ayuda a entender el mundo, y dedicada a la automoción por pasión y casi devoción. En su momento tomé la decisión de no ampliar mi familia por dedicarme a mi carrera, y después reorienté mi carrera para poder dedicarme un poco más a mi familia. Hoy peleo para que ninguna otra mujer tenga que enfrentarse a esas decisiones. Mis obsesiones son la participación femenina en el deporte popular como forma de visibilización y empoderamiento de las mujeres; y sobre todo, incrementar la capacitación científico tecnológica de las niñas y jóvenes para que puedan inventar, diseñar y construir el mundo del Siglo XXI.

 

Me gusta mirar los zapatos de la gente, porque son un buen reflejo de la sociedad en la que vivimos: altos, bajos, coloristas, discretos, cómodos, estilosos, eternos o de última moda nos demuestran la riqueza de la sociedad en la que nos movemos.

Lamentablemente en mi trabajo no hay apenas variedad. Los zapatos masculinos me tienen rodeada cuando miro alrededor, y eso reduce la riqueza de nuestro trabajo, porque falta en gran medida la aportación femenina, con enfoques diferentes que aporten su granito de arena en los proyectos en los que trabajamos.

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Quiero convencerte, a ti que andas dando vueltas a qué  estudiar cuando acabes Secundaria, que te plantees estudiar una de esas carreras con nombres que intimidan, asustan o aburren, depende del caso: Ciencias, y específicamente, Ingeniería.

Ingeniería viene de ingenio, de buscar la forma de hacer algo que requiere una combinación de invención, conocimiento y método de trabajo.

Para mí y la mayor parte de las mujeres que conozco que se dedican a esto, la ingeniería es nuestra forma de entender el mundo, cómo funciona. Viene bien saber cómo funcionan los infinitos mecanismos que nos rodean, bien sean aviones, coches, carreteras, teléfonos móviles, ordenadores o televisiones. Ésa es una de las principales ventajas de la ingeniería, puedes trabajar en prácticamente todas las áreas: desde las de la industria pesada hasta la industria más fashion.

Como valoración inicial, te propongo que compruebes si tu personalidad contiene estos rasgos:

a)      Insistencia hasta el agotamiento: Si, esa capacidad de insistir hasta que consigues alargar el horario de vuelta a casa, o cuando consigues convencer para que te compren ese capricho especial.

b)      Negociación infinita: Intentar entender otros puntos de vista, discutir si no estás de acuerdo, volver a intentarlo, revisar los matices de cada punto de vista y conseguir finalmente llegar a acuerdos. Seguro que tu ama, tus amigas y amigos me dirían que eres una gran negociante, cuando quieres salirte con la tuya, ¿verdad?

c)       Trabajo en equipo: Nada que no hagas todos los días, para cualquier trabajo de clase, para cualquier actividad deportiva que practiques, para cualquier plan que tengas.

d)      Dar la vuelta a la tortilla: Si la realidad vista desde un punto de vista no te convence, le das la vuelta, lo miras desde otro punto de vista, y con otra perspectiva. Hasta que consigues que encaje. Basicamente, es lo que haces con la elección de tu ropa cuando sales, o cuando tienes un plan fantástico al que te dicen que no e insistes de otro modo, con otros argumentos.

e)      Reirte de ti misma: Si intentas algo que no has hecho nunca, y por supuesto no te sale a la primera. Cuando repites algo que haces de memoria, y metes la pata por confiar en exceso.

f)       Jugar con los números, para que cuadren. Esos malabares  económicos-financieros que tienes que hacer para que la economía llegue para pagar el móvil, tomar algo, ahorrar para algún viaje, comprar, etc.

Espero que a estas alturas del test, te hayas dado cuenta de que esas capacidades te van a servir para la vida, hagas lo que hagas: medicina, peluquería, periodismo, música o antropología. Da igual el estudio o la actividad, las aptitudes básicas son comunes para todo.

Te prometo que las capacidades que necesitas tener para ser una gran ingeniera, matemática, bióloga o arquitecta son las mismas que necesitas para ser una gran “lo que tú quieras”. No te creas esas leyendas urbanas de super-woman, o coeficientes increíbles. Nada que ver con la realidad. En ciencias, las mujeres somos normalitas, de verdad. Como tú.

Ahora que sabes que puedes, querría repasar las razones por las que aún no hemos conseguido romper ese techo de cristal que nos aleja de las carreras de ciencias. Me encantaría tener la clave, pero de momento solo tengo algunas pistas, y algunas áreas en las que los y las experto@s están trabajando actualmente.

Probablemente el problema que aleja a las niñas de la ciencia se genera al principio de la etapa formativa, cuando tienen los primeros acercamientos a las matemáticas y al mundo abstracto.

Sostengo la teoría de que “de madres de ciencias, hijas de ciencias”. Si en el patio oyes a una amatxu quejarse de los problemas de matemáticas, probablemente la siguiente generación será de letras. Y ya tenemos una capa más en ese techo de cristal.

Si cuando una chica coge un destornillador para intentar arreglar “algo” se lo damos a su hermano, también mantenemos ese techo de cristal.

Si viene manchada hasta la coronilla porque ha intentado construir “un cohete”, “un coche” o una casa en el árbol,  o hacer cualquier experimento con lo que se le haya ocurrido, y le cae una buena bronca, o incluso le decimos que eso “es de chicos” seguimos manteniendo y engrosando ese techo de cristal.

Esas barreras iniciales van cayendo cada vez a mayor velocidad, la sociedad va madurando y rompiendo poco a poco esos prejuicios. Sin embargo la presencia femenina en las áreas científicas es lamentablemente baja todavía.

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Si revisamos específicamente la presencia femenina en la industria de automoción tenemos que considerar el ciclo de vida completo: diseñar, fabricar, vender y mantener los coches requiere de gente con formaciones muy diversas, trabajando en áreas muy diferentes y aportando puntos de vista complementarios hasta conseguir toda esa variedad que de cochecitos, coches y cochazos que ves en las calles, los medios o internet.

Las mujeres también estamos metidas en ese mundo, casi desde el principio de la historia del automóvil. Una abuelita me decía hace tiempo que las mujeres hemos dado un gran paso en el siglo pasado: Desde ser invitadas ocasionales en los coches, normalmente en el asiento trasero, a conducirlos. Es cierto, fue un gran paso, pero no es en absoluto suficiente. En algunas áreas de automoción la presencia femenina es un hecho consolidado: Calidad, Logística, Compras, Comercial, Marketing y muchas otras. Hay muchas mujeres con mucha y muy buena formación trabajando en la industria del automóvil.

En ingeniería nos sentimos más solas. Cuando vamos a las centrales de ingeniería, al corazón del diseño de los coches de cualquier fabricante de automóviles, nuestros zapatos están casi siempre rodeados de zapatos masculinos. Todavía se ve muy poco tacón, muy poco color y eso hace que nuestros coches no sean aún perfectos. Si somos la mitad de la sociedad, debemos aportar la mitad del valor, y no lo estamos haciendo.

Te invito a que te des cuenta de que puedes diseñar los coches del futuro, que puedes aportar tus ideas para que los motores sean más eficientes, los coches consuman menos, sean más seguros, nos protejan mejor en caso de accidentes, tengan nuevas posibilidades de conectividad, se muevan con nuevas y mejores energías. Tenemos que romper esa frontera que hace que hablar de diseño de coches sea todavía un mundo masculino.

Si nunca te ha apetecido meterte debajo de un coche, o si al abrir el capó te has sentido como delante de un jeroglifico egipcio, ten en cuenta que cualquiera de tus compañeros han tenido la misma sensación la primera vez que lo han hecho. La única diferencia es que ellos se enfrentan sin miedo, sin prejuicios y suponiendo que lo van a hacer bien. Si tú piensas lo mismo, también lo harás bien, pruébalo.

Te necesitamos, en ingeniería en general y en automoción en particular. Los números de nuestra industria son aún abrumadoramente masculinos.

Este problema ocurre en todo el mundo, en prácticamente todos los países de nuestro entorno comparten el diagnóstico: nos faltan mujeres de ciencia, y específicamente nos faltan mujeres ingenieras. Todavía no hemos entrado en algunas áreas en número suficiente, seguimos siendo una excepción frente a otro tipo de profesiones en las que la presencia femenina es mas equitativa.

Me gustaría convencerte de que va a merecer la pena, de que tienes futuro aquí, con nosotras. Queremos ver tus zapatos con los nuestros, en una de las industrias que mueve el mundo, diseñando los coches del siglo XXI,¿ te animas?

¿Vas a votar?

21/04/2015 en Doce miradas por Pilar Kaltzada

Young French feminists demonstrate with the posters that state: "French Women want to vote". Paris. Photograph. Around 1935.

“French Women want to vote”. Paris. 1935.

En 1848 Francia reconoció el derecho al sufragio universal de sus ciudadanos. Fue el segundo país europeo en adentrarse en el incierto camino de la democracia formal, tras Grecia, que lo hizo en 1822. Reparen, por favor, en la marca de género de la primera frase, ya que no es un desliz. Este derecho se otorgó a los “ciudadanos” de Francia, y tuvieron que pasar 96 años (sí: casi un siglo) para que se aplicase a las mujeres de ese país. Ocurrió tal día como hoy, el 21 de Abril, en 1944: el general De Gaulle firmó en Argelia la disposición legislativa que permitió a las mujeres el derecho de “ser electoras y elegibles en las mismas condiciones que los hombres”.

Bendita hemeroteca. Me encanta bucear en los datos históricos, porque ofrecen claves que, a simple vista, pasan desapercibidas. No deja de ser llamativo el retraso permanente que ciertas cuestiones suelen sufrir en las agendas públicas. ¿De aquellos polvos estos lodos? Podría ser. De cualquier forma, puede ser especialmente interesante recordar algunas de estas cosas en este momento, a la vista del tiempo que nos está tocando vivir. Llevamos ya unos meses de incesante información electoral, de encuestas, intenciones de voto, previsiones de escenarios (más o menos imprevisibles), y esto no ha hecho más que empezar. Quienes nos dedicamos directa o indirectamente a “la información” solemos caer fácilmente en los tópicos, y yo ya he perdido la cuenta de las veces que he leído, incluso he escrito, sobre las “carreras electorales” de este año. Pues bien, preparémonos para una maratón en toda regla: municipales y forales en la CAPV, Gobierno de Navarra, previsiblemente Elecciones a Cortes Generales bien entrado el otoño… Si nos lees desde Iparralde ya habrás podido votar, y si te acercas a Doce Miradas desde Catalunya, es probable que lo hagas en Septiembre.

Con este panorama de domingos en rojo, te propongo dos reflexiones que me llevan rondando un tiempo, y que con la excusa de la fecha del calendario, me gustaría contarte en voz alta. Y es que la Historia nos ayuda a entender muchas cosas interesantes.

“Sigan empujando, al fondo hay sitio”

La primera de ellas es que cada época tiene sus propias lógicas, códigos y valores, y que éstos sólo se modifican si se ejerce una fuerza consciente en el sentido contrario. El tiempo no corrige los defectos: si no se actúa sobre ellos, simplemente, permanecerán.

No fue el mero paso del tiempo el que hizo posible el sufragio universal femenino, ni en Francia, aquél 21 de Abril, ni en ningún otro lugar. No se despertó la Asamblea una mañana y alegremente abrió sus puertas a las mujeres: “pasen y ocupen un lugar al fondo a la izquierda”. Hubo una fuerza que empujó en el sentido contrario de la inercia histórica, y tuvo que acarrear con las consecuencias de abrir el camino. Como es sabido, la vanguardia es siempre el lugar más expuesto e incómodo. Fueron la movilización de las mujeres, su lucha y su tenacidad las que activaron el botón del cambio, aunque éste resultó exasperadamente lento y desigual.

A punto de estrenar siglo, hace dos días vamos, la Asamblea aprobó una Ley de Paridad para atacar lo que se dio en denominar “la excepción francesa”, ya que en aquella legislatura, el 90% del representación era masculina. Mujeres de distintas ideologías promovieron esta ley, contra la voluntad de sus propios partidos, en muchos casos. Gracias a este “insistencialismo”, a no dejar caer esta reivindicación, en las elecciones cantonales de hace un mes aproximadamente, las y los electores han votado por parejas de candidatos, hombre y mujer, en una fórmula que cuando menos, merece la pena tenerse en cuenta.

Si te apetece ver de qué manera han ido evolucionando las leyes y formas de entender la paridad a lo largo de la Historia, puedes leer este artículo resumen  de Montserrat Boix (@montserratboix).

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Gobierno griego. 2015. ¿Siglo XIX?

Lo que no se gana, se pierde

Vamos ahora con la segunda reflexión: la Historia, a veces, es reversible. Cuando no avanzamos, corremos un serio riesgo de retroceder.

Fíjate, Grecia fue el primer país europeo que reconoció el derecho de las mujeres a “elegir y ser elegidas”, y sin embargo, hoy está a la cola de la representación femenina en política. Como tituló Ana Alfageme en el País, el día 25 de Enero de 2015 Grecia entró por la puerta grande… en el siglo XIX. Siryza, el partido de izquierdas que ganó legítimamente las elecciones con la promesa de “devolver el poder al pueblo”, no fue capaz de encontrar la fórmula para incorporar la más mínima representación del 50% de la población. ¿Falta de acierto? ¿Falta de interés? Desde ese día, Alexis Tsipras lidera un ejecutivo de 10 ministros, todos hombres. En el siguiente escalafón de mando, cuadros denominados intermedios, cuenta con 41 viceministros y secretarios, de los cuales sólo 6 son mujeres. ¿Simple coincidencia? No lo creo, ya que el máximo órgano legislativo es, lamentablemente, coherente con la fotografía anterior: liderado por Zoé Constandopulu, en el Parlamento griego se sientan 247 caballeros y 40 damas. Estos son los datos, fríos y contundentes. A partir de ellos, en cuanto se presentó en sociedad el gobierno griego se desató una intensa polvareda de recriminaciones y supuestas justificaciones, algunas con ánimo de explicar lo que ocurría y otras muchas, como suele ser desgraciadamente habitual, inoportunas e intolerables. (He encontrado este resumen, pero hay otros muchos. Y para entender mejor esta cuestión, puedes volver a echarle un vistazo al post de Miren Martín en Doce Miradas).

 

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Entender el… ¿pasado?

Volvamos a la Historia, a sus lecciones. Todos los avances están sujetos a verse revocados, y no sólo en Grecia. La Historia nos demuestra que la declaración formal de los derechos no implica su cumplimiento.

La Convención sobre los Derechos Políticos de la Mujer  fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de diciembre de 1952.  La participación de las mujeres en la vida política es una carrera de fondo, que lejos de estar asentada firmemente, sigue al albur de muchos vientos que soplan en direcciones opuestas. En el enlace anterior, si tienes tiempo, échale un vistazo a la lista de los países, y verás cuáles son los que más tarde se incorporaron al sufragio femenino, y cuáles todavía no está permitido. ¿Estamos condenadas a llegar tarde siempre? ¿De qué manera podemos apretar el paso?

Si te parece interesante darle una vuelta a esta cuestión, te invito a que te preguntes cómo eligen sus candidaturas los partidos políticos o agrupaciones ciudadanas que en las próximas citas electorales se te acercarán pidiendo el voto. Si vas a votar, este tema es importante. Es probable que esta cuestión no aparezca en sus intenciones, o que las menciones que se hagan sean parciales, cuando no tendenciosas. No te preocupes: tú, igualmente, pregunta. ¿Cuántos recogen en sus programas de forma explícita sus propuestas para atacar la brecha de género en la sociedad? ¿Son temas aislados o aportan una visión transversal? La semana que viene se publican de forma oficial las candidaturas para los comicios del 24 de Mayo; ahí tienes un primer test.

Si encuentras las referencias, léelas con atención.  Y si no encuentras ninguna mención, también puedes interpretar a qué se debe este silencio. Igual te ayuda a entender, y a decidir, en manos de quién vas a delegar la parte alícuota de tu responsabilidad como ciudadana o ciudadano. Te invito a que lo hagas, seas hombre o seas mujer, claro está.

 

Post Scriptum

Iba a terminar aquí mi reflexión, pero Hillary Diane Rodham Clinton acaba de anunciar su candidatura para la Presidencia en Estados Unidos, y la realidad me ha querido regalar algún argumento más. “Hillary, la despechada”. “Hillary la ambiciosa”, “La esposa que nunca se conformó con ser Primera Dama”… Y  no sigo porque me enciendo. ¿Una mujer en la Casa Blanca? Subyace a todos estos comentarios una idea generalizada (me temo) y peligrosa (afirmo): el poder es de ellos, y cuando ellas lo reclaman están, literalmente, atacando algo que no les corresponde. ¿Estoy muy paranoica? ¿Es cosa mía? Podría ser. O no.

Aquí huele a Varón Dandy

14/04/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Carmen MuñozCarmen Muñoz, @CarmenMunozL, ha dedicado toda su vida profesional a la comunicación y la gestión empresarial, pero se ve a sí misma como una analista social. Feminista vital, está realizando su tesis doctoral en Sociología sobre los planes de igualdad en las empresas porque la igualdad de género es su verdadera inspiración. Convencida de que la revolución social solo es posible con la participación activa de las mujeres. Un día se puso las gafas violetas ¡y le cambiaron la vida!

 

No sé si os está pasando a vosotras, pero últimamente a mí todo me huele a colonia testosterónica, de esa que, si tienes la mala suerte de que te toque alguien al lado con ella puesta en un largo viaje, prefieres no respirar a morir oliendo tales efluvios. No exagero. Últimamente huele mal, muy mal, porque hay demasiadas malas noticias para las mujeres: un rebrote espectacular de la violencia machista se está convirtiendo en el pan nuestro de cada día y un sarpullido continuo de micromachismos cotidianos nos deja el corazón lleno de ronchas. No, no creáis que estoy exagerando. Estos últimos meses se han convertido en una pesadilla para las mujeres y niñas. Por un lado, porque las cifras que atañen a esta violencia de género crecen sin parar y, por otro, porque no dejamos de oír a nuestro alrededor a los machirulos (no sé quién ha creado este término pero me encanta) con poder, diciendo y haciendo machistadas, de las que en mayor o menor medida se hacen eco los medios de comunicación.

LOS MACHIRULOS

Algunos se ríen condescendientemente, otras nos ponemos de muy mala leche. Pero ocurre que, aunque un político o una institución haga apología del machismo, no pasa nada. ¡Señores, que su sueldo también lo pagamos nosotras! En verano nos desayunábamos con el alcalde de Valladolid, que no quería entrar en un ascensor con mujeres porque podían quitarse la ropa y acusarle de violación. Pues sorpréndanse: ¡se presenta a la reelección!

Alcalde Valladolid

Y no crean que ha empezado mejor la primavera. Estos días hemos tenido de aperitivo a la Guardia Civil haciendo gala de su supina ignorancia en cuanto a violencia de género y con ello riéndose de todas las mujeres con un tuit que solo muestra la falta de interés de algunas instituciones por un tema que debiera ser su prioridad.

Cuando Maltratas

Yo, a todos estos, los trasladaba durante una temporadita a una casa de acogida de mujeres maltratadas y agredidas sexualmente para escuchar en primera persona lo que dicen. Vete tú a saber, igual ni con esas lo entendían. Es lo que tiene la testosterona cuando invade el cerebro: lo transforma en un pene y te deja tonto del culo.

INVISIBILIZADAS

Las buenas noticias, esas que debieran hablar de los logros de las mujeres, o simplemente de mujeres que trabajan y ponen en valor su talento, son muy escasas. Y cuando hablo de trabajo no solo me refiero al ámbito profesional, pues hay actividades que se desarrollan en la sociedad civil que tienen que ver con el asociacionismo, con el voluntariado, con la política de base y con tantas y tantas cosas en las que las mujeres desarrollan un trabajo invisibilizado y de las que apenas se habla. No digamos ya el trabajo doméstico y de los cuidados, en el que desafortunadamente ellas siguen siendo dueñas y señoras, porque mientras ellas limpian la casa y cuidan a toda aquella persona que entra por la puerta, la corresponsabilidad se esfuma por la ventana. Y no exagero: solo hay que hacer una pequeña búsqueda en las estadísticas del INE, en un apartado que se denomina Encuesta de Empleo del Tiempo y te saltan los datos a la yugular: “Las mujeres dedican cada día dos horas y cuarto más que los hombres a las tareas del hogar y sigue habiendo una diferencia de participación en el trabajo no remunerado de 17 puntos porcentuales a cargo de las mujeres (74,7% los hombres y 91,9% las mujeres)”. Sírvanse profundizar, ya que estamos en la cocina.

NI MUJERES PRIVADAS, NI MUJERES PÚBLICAS

Qué bien estaría (o mejor, qué justo sería) hacer un esfuerzo por introducir este tipo de noticias en el discurso mediático cotidiano, para recibir así la consideración que se merece la mitad de la población: nosotras, las mujeres. Romper esa división entre la vida privada y la vida pública es una asignatura pendiente que ya Kate Millett denunció hace más de 40 años: “Ni mujeres privadas, ni mujeres públicas: lo personal es político”. Con esta brillantísima idea desarrolló su tesis doctoral en el emblemático año 1968, publicándose dos años después y siendo un éxito de ventas. Hoy, la brillante Kate Millett vive casi desahuciada a sus 80 años, a pesar de lo que dijo la también escritora feminista Andrea Dworkin allá por 2003: “El mundo estaba dormido y Kate Millett lo despertó”. ¡Es el triste destino de algunas feministas a las que tanto debemos!

LA MASA CRÍTICA DE MUJERES

Pero no se crean, de aquellos polvos estos lodos y aunque sí hemos avanzado, no lo suficiente. Se necesitan mujeres en todos los frentes para convertirse en referentes, para que formemos esa masa crítica de la que hablaba Drude Dalherup, necesaria para influir en todo aquello que nos concierne a nosotras y con ello a este planeta finito en el que vivimos. Cuantas más mujeres haya, mayor será el ejemplo para las generaciones venideras. Es imprescindible. Y esto incluye, aunque a muchas no les guste (soy consciente de que aquí hay gran disparidad de opiniones), a todas aquellas que no son feministas ni de lejos, ni de izquierdas, ni ecologistas, ni internacionalistas. Pero a mí me sirven (aunque no tanto como quisiera), porque crean referentes, porque visibilizan que se puede llegar a donde se quiera, y porque el poder y los puestos de decisión e influencia no son cotos privados masculinos. No solo podemos: ¡debemos!

El problema es que muchas veces nos confundimos. Practicamos poco la sororidad, término creado por nuestra querida Marcela Lagarde, y criticamos a las mujeres por lo que son, en vez de por lo que hacen. ¿Lo han pensado alguna vez? Pues lamentablemente con las mujeres es así, entre nosotras también, y mucho, que aquí no hay quien se salve y un poco de autocrítica no viene nada mal. Sé que cuesta, sobre todo con algunas (me acuerdo ahora mismo de la inadjetivable Fátima Báñez), pero debemos ejercitar la sororidad a cascoporro. Debemos tomar conciencia (que no digo condescendencia) para fijarnos en que, si un hombre se equivoca o fracasa, “el problema es de fulanito”. Si lo hace una mujer, “el problema es de todas las mujeres”. Conciencia sí… y precaución. Si no, luego no nos extrañen los altos porcentajes de deserción que hay en la política y en los altos puestos de empresas y organizaciones copadas por hombres, desafortunadamente casi todas, porque esto de la “maldita paridad”, como algunos energúmenos lo llaman, no termina de ser una realidad. El poder del heteropatriarcado es tan atroz que nos engulle día a día. El otro día un amigo me decía que hasta las listas cremallera en las elecciones son un producto heteropatriarcal. Y no le falta razón.

Todo lo que visibilice lo que hacen las mujeres en pro de sí mismas ayuda a avanzar en este dificilísimo camino hacia la igualdad de género. Y como no solo hay un feminismo, sino muchos, que son fruto de tantos años de lucha y Teoría Feminista y, sobre todo, fruto de la sociedad compleja en la que vivimos, me atrevo a afirmar que la frase de María Teresa Fernández de la Vega “cada vez que una mujer da un paso, todas avanzamos”, toma más relevancia que nunca. Evidentemente yo añadiría que el paso tiene que ser hacia adelante. Si no, no vale.

LA IZQUIERDA Y LA GUILLOTINA

Si no fuera por el feminismo, por la lucha de las mujeres que nos antecedieron, es casi seguro que yo no estaría aquí, no ya escribiendo de feminismo y de mujeres. Es que no estaría escribiendo en un medio de comunicación. Es posible que no supiese ni escribir. Y vosotras, queridas lectoras, no podríais, ni sabríais leer. Algo habremos hecho bien. Yo diría que muy bien, después de más de 200 años de lucha desde que Olympe de Gouges en 1791 escribía la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. En dicho escrito afirmaba que “la igualdad se había quedado en una consigna, ya que los revolucionarios no querían mujeres ni libres ni iguales”. Acabó en la guillotina. Y es que si analizamos la relación de los movimientos de izquierda con respecto a este tema, tampoco salen muy bien parados a lo largo de la historia: siempre, incluso ahora, ha habido cosas más importantes que la de la igualdad de género. ¡Así nos va!

Y digo que habremos hecho bien, porque si por algo se caracteriza el feminismo es por su lucha pacífica: ni una víctima. Al menos en el “otro bando” porque en nuestras filas muchas mujeres han pagado cara su militancia. Hagan un repaso a la Historia, pero a la que habla de mujeres. Perdonen, no me había dado cuenta de que la Historia, si por algo se caracteriza, es porque de ellas se habla poco: la invisibilización es tremenda y parece que no ha habido mujeres en muchos ámbitos de la política, de la cultura, del arte, de la educación, del deporte y un largo etcétera. El pacifismo es femenino, no tengo ninguna duda. Será que las mujeres, aunque nos tachan a menudo de lo contrario cuando defendemos el derecho al aborto, sabemos del valor de la vida.

FEMINISMO RADICAL

Una no recuerda exactamente cuándo se hizo feminista. Es mi caso, pero tengo plena consciencia de que ha sido un proceso a lo largo de mi vida. Pequeñas cosas que suceden a tu alrededor y que no estás dispuesta a admitir y poco a poco vas tomando conciencia, y cuanta más conciencia tomas, más libre te haces. Es la grandeza del feminismo: te da herramientas para dirigir tu vida, para empoderarte y dejar atrás los miedos que nos inculcan todos los días, las “medias naranjas” y tonterías románticas de ese tipo, y las inseguridades que cercenan nuestras aspiraciones. Es poderoso porque nos enseña a decir NO y nos da la libertad de mirarnos con nuestros ojos, no con los de los demás (sí, pongo el masculino a conciencia).

Durante mucho tiempo me ha fastidiado que me llamaran feminista radical solo por ser feminista, como si serlo implicara la radicalidad. Gasté demasiada energía en explicar que el feminismo radical fue un movimiento dentro de la corriente general en los años 70 que se caracterizaba por su lucha antipatriarcal rechazando hacerlo desde el entramado institucional, teoría que, por supuesto, cuando la contaba, a nadie le importaba. Ahora, en estos tiempos malditos, reconozco que no se puede ser feminista sin ser radical, aunque ello no signifique exactamente la radicalidad teórica de los setenta. En un país donde no hay paz para las mujeres, no se me ocurre otra forma. Les puedo asegurar que si tuviera veinte años estaría en Femen: ¡qué valientes!

A lo largo de la historia si alguna vez ha tomado relevancia el feminismo y han resurgido con más fuerza sus reivindicaciones, ha sido en los momentos de transición hacia formas sociales más justas y liberadoras. Este es uno de esos momentos históricos (por eso parece estar “de moda”) que no podemos dejar pasar. De lo contrario, me temo que el olor a Patrick, a Varón Dandy y a Brummel se quedará impregnado para siempre en nuestras vidas. Así que abramos las ventanas, respiremos, salgamos a la calle, tomemos los puestos de decisión y seamos protagonistas de la revolución social. Sin nosotras, me temo, ¡no es posible!

Cuestión de espacio

24/03/2015 en Doce miradas por Lorena Fernández

Dude, stop the spread!En esta vida acelerada en la que nos ha tocado movernos, pocos son los momentos que nos dejamos para la reflexión. Los míos suelen concentrarse durante mis viajes diarios en transporte público. Y hete aquí que en uno de ellos andaba dándole vueltas a la cabeza sobre qué compartir en Doce Miradas, cuando la inspiración se me sentó al lado. No fue precisamente una musa que me susurrará el contenido del post a la oreja. Más bien fue un pequeño gesto que hizo que la chispa saltara y que sacara a todo correr mi cuaderno para plasmarlo. Ese gesto fue algo frecuente que me suele pasar y me saca bastante de mis casillas: ir sentadita ocupando el mínimo espacio posible (si es posible, hasta con las piernas cruzadas, para ceder unos centímetros más) y que se te siente al lado el típico hombre que se desparrama bien a gusto, separando tanto las piernas que parece que lleve un auténtico tesoro ahí. En ese momento, te imaginas saliendo de tu ser para ver la escena desde fuera y contemplarte arrinconada (ojito, que la cosa parece que es más habitual de lo que creía y tiene hasta nombre: manspreading).

Quiero usar este chascarrillo de filias y fobias (más bien fobias a secas) como ejemplo ilustrativo. Y es que para que las mujeres entremos en determinadas esferas donde no estamos (ni se nos espera), alguien tiene que salir. Es decir, dejar de ocupar un espacio. Ojalá esa cesión de espacio fuera algo natural, pero me temo que nuestros genes egoístas nos empujan a mantener nuestros privilegios por encima de todas las cosas, así que esto nos lleva a las impopulares cuotas.

Yo siempre he sido de las que decían que para un puesto (bien sea en lo laboral, gubernamental o de poder a secas), tendrían que entrar las personas que estén más preparadas. Y punto. Oye, un razonamiento simple donde los haya. Pero de tan simple que es, peca de simplista. Os explicaré el por qué.

Primera cuestión: todas las personas partimos de la misma base. Mentira. Siempre suelo decir que el problema de la desigualdad es poliédrico. Ojalá fuera único y así pudiéramos atacarlo de raíz, pero es que tiene tantas aristas a las que mirar, que solemos quedarnos con una y el resto sigue dando coletazos. Poniendo como ejemplo la baja presencia de las mujeres en el mundo tecnológico (que es lo mío), las razones son muy variadas: falta de referentes en la esfera pública, los imaginarios que transmiten los juguetes, los medios de comunicación, las películas y series, la presión de las familias, … Y así hasta un largo etcétera. Por tanto, cuando llegamos a la consecuencia final de que hay pocas mujeres trabajando y resaltando en el mundo tecnológico, no podemos quedarnos con el pensamiento simplista de que han entrado los y las mejores y/o más preparadas. Sería aislar la fotografía de ese momento sin analizar cómo hemos llegado hasta ella y cómo muchas mujeres han dejado sus vocaciones tecnológicas por el camino.

Segunda cuestión: los espacios se construyen de una manera endogámica. Los seres humanos somos así, nos rodeamos de nuestros iguales. Y esto tiene un efecto: las corbatas llaman a las corbatas. Si vas a organizar un congreso, convocas a los ponentes con los que te relacionas o te resuenan en la cabeza. Esos con los que has hecho networking en algún momento durante otro congreso. Lo mismo si estás pensando en personas para ocupar un puesto. Así que si partimos de espacios sin mujeres, es difícil que terminen entrando. Leía en un artículo lo siguiente: “¿Cómo se explica que no haya más mujeres? Una colaboradora mía me lo definió así: ‘El techo de cristal muchas veces responde al pandilleo varonil’. Nos cuesta entrar en ese sistema informal que pone trabas difíciles de definir”.

Tercera cuestión: el propio razonamiento contra las cuotas es perverso. Siempre guardo este tuit de @_bitterswt como oro en paño para recordarme lo siguiente:

Y esto me lleva a la cuarta cuestión: nadie se echa las manos a la cabeza porque haya un hombre no válido ocupando un cargo de poder (y algo me dice que los hay… no me preguntéis por qué ;-)). Sin embargo, a las mujeres se nos exige la perfección. De llegar, lo tenemos que hacer sin fallos y saltando 25 vallas más en esta carrera de obstáculos. No está permitida la mediocridad en nosotras.

Como siempre dice otra de nuestras miradas, María Puente, las cuotas son como la respiración artificial. Lo ideal es que el paciente logre respirar por su cuenta y poder retirarla. No te hace gracia recurrir a la respiración asistida, pero cuando hace falta, hace falta.

Así que mujeres del mundo, os animo a ocupar el sitio que os corresponde en los transportes públicos… y en el resto de esferas.

Creación y Pro-creación

17/03/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Borja Adsuara Doce Miradas

Borja Adsuara Varela. Profesor, Abogado y Consejero de Estrategia Digital. Miembro del Jurado de la Publicidad y ADEI. Ha sido Director General para el Desarrollo de la Sociedad de la Información, Director del Observatorio de Telecomunicaciones y Sociedad de la Información y Director General de Red.es. Conferenciante, colaborador en elconfidencial. Bloguero (menos tecnología y más pedagogía) y empedernido tuitero (@adsuara).

Con esta colaboración, en la semana del “Día del Padre”, pretendo realizar una mirada desde la perspectiva de género, o con las gafas lilas, al Derecho de Autor, y hacer una comparación entre éste y los derechos de los padres y las madres.

La “maternidad” de la obra.Creativity Alex Norris Borja Adsuara Doce Miradas

Uno de los derechos más importantes, si no el que más, del Derecho de Autor, es el derecho “moral”, irrenunciable e inalienable, a “exigir el reconocimiento de su condición de autor de la obra” (art. 14.3º LPI).

Este “derecho a la autoría” se ha comparado tradicionalmente con un derecho a la “paternidad” de la obra; quizá porque la paternidad es la que puede ponerse en cuestión y/o la que debe reconocerse, mientras que “mater semper certa est”.

Y quizá, también, porque el símil al que se recurre tradicionalmente en el tema de las creaciones intelectuales es el de un Dios Creador (Padre) y su creación; pues la creatividad es lo que nos distingue de los animales y nos asemeja a Dios.

Sin embargo, es un término (el de la paternidad de la obra) y un símil que no me parecen correctos, ni justos; pues mucho más correcto y “justo” (en el sentido de “justicia” y “ajustado a la realidad”) me parece hablar de la maternidad de la obra.

En efecto, las obras se conciben, se gestan durante un periodo y se dan a la luz, con esfuerzo, como una madre con su hijo. No en vano, a las obras se les llama “partos de la inteligencia” y “editar”, originariamente, significaba en latín: “parir”.

¿Son los hijos “obras en colaboración” u “obras colectivas”?

Por otro lado, para analizar los derechos de los padres y madres sobre los hijos, podemos darle la vuelta a esta comparación entre la creación y la pro-creación, y estudiar los derechos de los distintos autores sobre una obra común.

En este sentido la LPI habla (art. 7) de la “obra en colaboración”, como  “resultado unitario de la colaboración de varios autores” y dice que los derechos de éstos sobre aquella, salvo pacto, son los mismo que los de una comunidad de bienes.

Por otra parte, dice (art. 8) que la “obra colectiva” es “la creada por la iniciativa y bajo la coordinación de una persona… que la edita y divulga bajo su nombre y está constituida por la reunión de aportaciones de diferentes autores”.

Y que esa “contribución personal se funde en una creación única y autónoma, para la cual ha sido concebida, sin que sea posible atribuir separadamente a cualquiera de ellos un derecho sobre el conjunto de la obra realizada”.

Y añade a continuación que “salvo pacto en contrario, los derechos sobre la obra colectiva corresponderán a la persona que la edite y divulgue bajo su nombre”. Luego no se dan los mismos derechos que en la obra en colaboración.

La madre tiene “mejor derecho” que el padre.

Aplicando el símil a la procreación, ¿son los hijos unas obras en colaboración o unas obras colectivas, en las que, aparte de los autores que hacen su aportación inicial, hay una persona que asume el trabajo y riesgo de la gestación y el parto?

Creo que es de justicia reconocer que la madre tiene mejor derecho que el padre, puesto que es doble: como co-autora y como editora. Lo cual no quiere decir que el padre no tenga también un derecho, como co-autor, que debe garantizarse.

Ahora bien, no parece que la “iniciativa” (concepción) y “divulgación” (crianza) de esas “obras colectivas” (hijos) se haga -exclusivamente- bajo la responsabilidad y nombre de la madre, sino que parece que es (o debería ser) algo compartido.

Y tampoco parece que los derechos (y deberes) sobre esas “obras colectivas” (los hijos) correspondan -exclusivamente- a la madre, por mucho que los haya editado o parido; sino que corresponden -por igual- a los padres y a las madres.

Y esa compartición en igualdad -de los derechos y deberes de madres y padres sobre los hijos- debe darse desde el mismo momento del nacimiento y durante toda la vida de estos, tanto si los progenitores viven juntos, como si se separan.

Los hijos como “Creative Commons”.

Creative Commons Borja Adsuara Doce MiradasAunque se trata de una “licencia” pedagógica, digamos que los hijos son como unos “Bienes Comunes” resultado de la creación o, en este caso, la procreación; y los derechos y deberes sobre ellos no son exclusivos de uno, sino compartidos.

Y hay que intentar mantener dicha situación, tanto durante la con-vivencia de los progenitores, como en el caso de la ruptura de dicha con-vivencia. Para lo cual, se deberían aplicar tres reglas como punto de partida (salvo pacto en contrario):

  1. Custodia Compartida: Esto es, compartir los cuidados que necesitan los hijos. Que no quiere decir ni que sea al 50% ni que haya un único modo de hacerlo. Quiere decir que ambos progenitores tienen el derecho y el deber de hacerlo.
  2. Cuentas Claras: Compartir en una cuenta conjunta y transparente los gastos de los hijos, realizando -ambos progenitores- sus aportaciones en proporción a sus ingresos. Compartir no quiere decir, tampoco aquí, que sea “al 50%”.
  3. Cada uno en su Casa: Liquidar la Casa Común, porque la vivienda es lo único que no se puede compartir. Y no es verdad que los hijos necesiten una casa; necesitan dos, para poder estar -en igualdad- con su madre y con su padre.

Conclusión.

Como dice el manifiesto de Doce Miradas: construyamos un espacio común para hombres y mujeres, que sea más justo y equilibrado, desprogramando los roles de género, socialmente construidos, en todos los ámbitos: profesional y familiar.

Y después del 8 de Marzo, ¿qué?

10/03/2015 en Doce miradas por Begoña Marañón

El calendario de Doce Miradas ha querido que me toque publicar esta semana, cuando todavía estamos con la resaca del Día Internacional de la Mujer. Es un día que me genera sensaciones encontradas. Un día que me deja completamente saturada del aluvión de noticias, informes y promesas que, en torno a nosotras, nos llegan. Y cuando coincide el día en plena campaña electoral, que es casi siempre, creo que nos convertimos en el arma arrojadiza para muchos. Y no me gusta.

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Para empezar, me sorprende y me molesta profundamente que todavía hoy en día algunos medios de comunicación (un querido compañero ya se llevó la primera reprimenda), sindicatos, empresas y un largo etcétera lo denominen el Día de la Mujer Trabajadora. ¡Que no! Les digo cuando lo escucho, hablando yo sola, por supuesto. ¡Que no es el día de la mujer trabajadora! Parece mentira que cuando lo vean escrito o lo pronuncien no les salten unas cuantas alarmas: la de la redundancia, en primer lugar. ¿Mujer trabajadora? El sustantivo mujer ya trae implícito el significado de trabajadora, no necesita adjetivo. La del error, porque hace ya muchos años que no se denomina así, simple y llanamente, y la de la falta de rigor, por supuesto. No es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Pero sí es un día que, para mí, refleja algunas contradicciones.

Y la primera la encontré en el cartel de la campaña de Emakunde que nos llegó a nuestro centro de trabajo, como cada año, para conmemorar el Día Internacional de las Mujeres, que así lo denomina Emakunde. Lo colgamos en el centro de la oficina, para tener bien presente su lema y, después de verlo dos veces, me pareció que estaba incompleto. El lema de la campaña, como ya habrán visto, es el siguiente: “La sociedad va avanzando en igualdad, evitemos los pasos hacia atrás. Hagamos del derecho a la igualdad una realidad”. Y hasta aquí todo bien. Efectivamente se percibe que estamos retrocediendo en materia de igualdad real. Hace mucho tiempo ya pensaba que vamos de mal en peor y la campaña de Emakunde, que es un observatorio siempre muy relevante, ha venido a confirmar mi tesis. Pero la imagen de la campaña nos presenta a una chica joven que de cintura para arriba avanza hacia delante, pero de cintura para abajo camina hacia atrás.

Cartel EmakundeY en ese momento pensé: pero, ¿los pasos hacia atrás solo los damos nosotras?  ¿Evitar los pasos hacia atrás es algo exclusivo de las mujeres? ¿No falta aquí, de nuevo, como tantas veces hemos faltado nosotras, el 50 % de la sociedad, es decir, los hombres? ¿No puede y debe ser un aviso para todos esta campaña? De hecho, se menciona a la sociedad, compuesta por hombres y mujeres, como bien sabemos todos, y me cuesta comprender que solo nosotras tengamos que evitar los pasos hacia atrás. ¿Una mirada retorcida? No lo creo. Bastante compartida, por lo que he podido comprobar. ¿No he comprendido bien el lema de la campaña? Puede ser. Aún así me permito ofrecer una nueva imagen para completar el cartel y evitar de verdad los pasos hacia atrás.

CHICO ANDANDO AL REVÉS con frase

Me falta combinar ambas fotos para que caminen juntos. Porque así deberíamos estar mujeres y hombres, unidos por el aviso. Mujeres y hombres unidos por el riesgo de retroceder, caminando en la misma y única dirección, la del derecho a la igualdad real. Perdón por la osadía, pero me gusta más así. Aunque en el fondo estamos de acuerdo, muy de acuerdo. Como alerta Emakunde, la crisis, la percepción sobre el control de la pareja o la banalización de la violencia machista son indicadores peligrosos que revelan pasos hacia atrás en materia de igualdad real. Pero pasará el 8 de Marzo y ¿qué nos encontraremos? La triste realidad.

Mujer abrumada

¿O nos hemos olvidado ya de la brecha salarial? Aquella que por el mes de febrero, en el Día por la Igualdad Salarial, conocimos a través de un informe de UGT. La brecha salarial que entre hombres ymujeres se había situado en el 24 por ciento, llegando a ser la más alta de los últimos cinco años. La brecha que significa que para cobrar una pensión de la misma cantidad una mujer necesita trabajar once años y medio más que un hombre en un trabajo de igual valor. Y no hemos salido a la calle. Estos datos se han actualizado ahora con el último informe de la OIT que marca la brecha salarial o brecha de género en un 17 por ciento, pero añade otro dato: que si no existiera discriminación por género, las mujeres deberían ganar hoy en España un 2 por ciento más que los hombres. Lo explica claramente @PepaBuenoHxH. Por ser mujeres. Y apenas he oído hablar de esto. Y sobre el miedo a instalarnos en la precariedad, en la doble precariedad, también nos alertaba @saradelarica. La economista y catedrática de la UPV explicaba que, además de los empleos temporales, los empleos a tiempo parcial estaban aumentando para las mujeres, lo que podía instalarnos en esa doble precariedad. Y constataba que la gran mayoría de las mujeres no quiere trabajar a tiempo parcial.

La triste realidad se me presenta igualmente a través de un informe que llegaba a mis manos y que pretende ser modelo y guía para la implantación del trabajo flexible. Al analizar los grandes cambios sociales acontecidos en los últimos años decía: “la incorporación de la mujer al mercado laboral genera un nuevo problema, como es la dificultad de conciliar la vida personal,familiar y profesional de laspersonas; fundamentalmente de las mujeres. Ya que tradicionalmente el cuidado de nuestros menores y mayores ha descansado sobre la mujer”. Tal cual.

Y, para terminar, que sepan ustedes que la mujer es la compañera del hombre. Lo dijo Mahatma Ghandi y la tienen como frase de portada en la web de Naciones Unidas. También con motivo del dichoso día. De ahí mis sensaciones encontradas. Ya no me quedan palabras. Por todo esto y mucho más que cada semana traemos a este blog, a mí me preocupa lo que nos espera después del 8 de Marzo. Porque no veo a quienes tienen la responsabilidad para provocar los cambios definitivos tomando medidas urgentes. Son profesionales del diagnóstico, pero veo que no avanzan en las soluciones. Esto nos espera después del 8 de Marzo. La triste realidad.