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La dictadura del pensamiento positivo. ¿También en el feminismo?

29/11/2016 en Doce Miradas por María Puente

Cayetana Guillén Cuervo entrevistó en octubre pasado a la periodista, escritora e historiadora Ángeles Caso en su programa Atención obras, con motivo de su último libro Ellas mismas. Autorretratos de mujeres, un volumen que rescata del olvido a 79 artistas relevantes que lograron el éxito pese a los obstáculos de la época, pero cuyos nombres y logros la Historia borró -no olvidemos que la Historia es un relato de construcción humana, de hombres, para más señas, de historiadores que no consideraron importante incluir a estas mujeres en los libros-. Ángeles Caso apenas había comenzado a explicar el contenido y las razones de su obra, con su templanza habitual, su magnífica voz modulada durante años de carrera televisiva y radiofónica, cuando Cayetana Guillén Cuervo, aprovechando una pausa de la escritora, dijo:  “vamos a respirar hondo, ¿vale?, para no estar enfadadas.” “Nooooooo, no no no, no hay que estar enfadadas”, se apresuró a contestar Àngeles Caso.  Y yo, la verdad, me quedé estupefacta. En primer lugar, Ángeles Caso no se había mostrado enfadada en ningún momento. En segundo lugar, ¿qué habría tenido de malo mostrar enfado ante una injusticia como la que se estaba comentando? En tercer lugar, tal vez Cayetana se refería a ‘vamos procurar no enfadarnos porque este tema del que vamos a hablar es para enfadarse mucho’. De ser así, ¿por qué autocensurarse ese sentimiento tan legítimo?

Y entonces pensé, ¡horror!, ¿estará llegando la dictadura del pensamiento positivo también al feminismo?

 

 

No sé desde cuándo soy consciente de la invasión del pensamiento positivo en nuestras vidas. ¿Tal vez 8 años? Primero lo noté en el mundo laboral, con la proliferación de coaches, gurús y oradores motivacionales difundiendo su mensaje a través de sus libros, blogs y lucrativas turnés de charlas, conferencias, cursos, talleres y dinámicas varias. Son esas personas que te sueltan alegremente que no hay situación laboral mala, sino mala actitud por tu parte. Porque con una sonrisa y una buena actitud puedes convertir una situación laboral deleznable en un bello jardín de oportunidades. Y si te despiden, mejor aún. Es una oportunidad que te da la vida para avanzar. No te quejes. Seguro que os suena. Después lo noté en el mundo de la salud. Hoy en día son legión quienes aseguran que con la actitud adecuada se pueden vencer las enfermedades. Ergo quien enferma o quien no consigue curarse es por su mala actitud. Y así, con esa ligereza y simpleza de miras, culpan a la persona enferma, por si no tuviera ya bastante con su enfermedad. Y poco a poco, este pensamiento positivo a ultranza va cuajando en todos los espacios de nuestras vidas. Para mi disgusto he ido viendo cómo consigue adhesiones a pasos acelerados sin apenas oposición crítica. ¿No estar de acuerdo con el nuevo culto al positivismo a ultranza supone apostar por el pesimismo, el negativismo sistemático o la abolición de la alegría? En absoluto. Supone rechazar el positivismo obligado. Estoy a favor de la alegría real, del buen rollo verdadero y del sentido del humor. Pero también tenemos derecho a estar tristes y enfadadas, a considerar que una situación es negativa, a no ver el lado bueno de algo, porque a veces el lado positivo no existe, te pongas como te pongas. Creo que es sano.

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Hay que reconocer que el movimiento del pensamiento positivo a ultranza se vende muy bien. Brinda a la gente una ilusión de control sobre sus vidas que cualquiera desearía. Y todo con unas simples recetas. Apenas hay oposición porque se considera inofensivo. A mí me parece peligroso. Promueve el individualismo y el egoísmo. Todo vale si con eso YO soy más feliz. Al cuerno los demás. ¿Escuchar a las personas que tienen problemas? No, apártalas de tu vida, son personas tóxicas y negativas. Y pobre de ti si no eres una especie de ambipur del buenrrollismo en el trabajo, porque algún fanático del movimiento podría considerar que generas mal clima y adiós, muy buenas.

Necesitada de comprender un poco mejor todo esto que estaba notando a mi alrededor, recabé información y di con Barbara Ehrenreich y su libro ‘Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo’, en el que critica este movimiento que viene de Estados Unidos y que en su opinión podría estar incluso en el origen de la crisis económica de 2008. Esa idea infantiloide de si crees mucho en algo, si lo visualizas, lo conseguirás. Si eres una persona positiva no tienes nada que temer, todo te irá bien en el futuro. Esa manera de pensar, ilusa y pueril, puede estar detrás de las hipotecas basura, según Ehrenreich. Además, ella vivió en carne propia la tiranía del pensamiento positivo cuando le detectaron un cáncer de mama. Los grupos de apoyo para la enfermedad se mostraban implacables con quienes recaían. Y en su delirio positivista, había quienes llegaban a agradecer la enfermedad y considerar el cáncer como lo mejor que les había pasado en sus vidas. Encontrar esa mirada crítica de Ehrenreich fue reconfortante. Últimamente, he sabido de otras voces discordantes desde la literatura, el ensayo y la filosofía como, por ejemplo, la de Daniel Ruiz García, que en su novela La gran ola, premiada con el Tusquets, hace una sátira del coaching o la de nuestra última mirada invitada, Toño Fraguas, con un artículo sobre el ‘felicismo’ y el libro ¿Existe la felicidad?, así como las de Fernando Savater y Victoria Camps que manifiestan que la autoayuda ha desplazado a la filosofía. Parece que hay esperanza y que la dictadura del positivismo encontrará oposición.

Volviendo a nuestro tema, al feminismo, me pregunto en qué punto estaría ahora mismo la igualdad entre mujeres y hombres si a comienzos del siglo XX aquellas mujeres que lucharon para conseguir el voto de la mujer no se hubieran enfadado con la flagrante discriminación que padecían. Si se hubieran puesto a buscar el lado positivo, como por ejemplo, ‘qué bien, una preocupación menos que tenemos, que la política da muchos quebraderos de cabeza’, aún estaríamos sin derecho al voto. La situación de la que disfrutamos las mujeres en la actualidad –con muchas carencias, mucha discriminación aún y mucho trabajo por hacer, como recordamos constantemente en este blog- no sería posible si millones de mujeres a lo largo de la historia no se hubieran enfadado. ¿Dónde estaríamos sin el enfado y el inconformismo de las pioneras? Estaríamos aún viéndole el lado positivo a no poder trabajar, a no poder ganar nuestro propio dinero, a no poder votar, a no poder controlar la maternidad…

El libro Ellas mismas no se habría escrito si la propia Ángeles Caso no hubiera sentido cierto enfado ante la injusta omisión de esas grandes artistas por parte de los historiadores. La idea de ese libro, rechazada por las editoriales, no habría visto la luz si Ángeles Caso se hubiera conformado y no hubiera puesto en marcha una campaña de crowdfounding para financiar la publicación de su obra. Su campaña de micromecenazgo no habría triunfado si 1.600 mecenas no se hubieran contagiado un poco de ese enfado ante la injusticia. La interesante entrevista en el programa de La 2 no habría tenido lugar si Cayetana Guillén Cuervo y el equipo de Atención Obras no hubieran sido sensibles a ese enfado… Y casi me olvido. Nuestro blog, Doce Miradas, recientemente premiado con el Airea Saria de GetxoBlog, no habría nacido si Ana Erostarbe no se hubiera enfadado –junto a otras 11 mujeres- al fijar su atención en aquel congreso en el que casi todos los ponentes eran hombres. Con frecuencia, el enfado es el germen de grandes logros.

Y tú ¿de quién eres?

22/11/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

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Toño Fraguas. Madrid, 1975 @antoniofraguas

Soy Licenciado y Máster en Filosofía, y Máster en Periodismo. Trabajé en El País y 20 minutos. Me gano la vida como ‘freelance’ en La Vanguardia, Harper’s Bazaar y La Marea y colaborando en Hoy por Hoy, de la Cadena SER. En RTVE presenté las series documentales ¿Existe la felicidad? y El futuro ya está aquí. Imparto clases de comunicación en el Máster de Gestión Cultural de la Universidad Carlos III y en el de Nuevos Medios Interactivos y Periodismo Multimedia de la Universidad de Granada. En 2015 publiqué el libro ¿Existe la felicidad?

“Margarita se llama mi amor, Margarita Rodríguez Garcés”, decía la canción. Esos apellidos, ¿qué nos indican? Ojo, no nos interesan especialmente los ancestros de Margarita, que nadie se alarme; sino sus apellidos en sí: ‘Rodríguez Garcés’. Lo habitual es que pensemos que el primer apellido de Margarita es ‘del padre’, el señor Rodríguez; y el segundo, ‘de la madre’: la señora Garcés. Si Margarita hubiese nacido hace pocos años, no podríamos estar seguros de esta asignación de apellidos, porque ahora la legislación, en un guiño aparentemente igualitario, permite alterar ese orden. Sin embargo, aunque la madre de Margarita hubiera decidido llamar a su hija ‘Margarita Garcés Rodríguez’ (para desgracia de la rima y del compositor de la canción), el nuevo primer apellido de Margarita (‘Garcés’) seguiría siendo el de un hombre… Chocante, ¿no?

Ya sé que ‘Garcés’ es el apellido de la madre, pero antes lo fue del padre de la madre, es decir, del abuelo de Margarita; el señor Garcés (que Dios lo guarde a su lado). No hay escapatoria. En nuestras sociedades las mujeres no tienen apellido propio. Siempre llevan el apellido de un hombre, y este fenómeno no es ni inocente ni anecdótico. Es un síntoma más de una inercia milenaria que conforma, entre otras cosas, ese caldo de cultivo del que se nutren el machismo y sus violencias.

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Mujeres iroquesas trabajando

El fenómeno por el que las mujeres llevan los apellidos de hombres se denomina sistema de filiación patrilineal y, según cifraba el antropólogo Marvin Harris en ‘Caníbales y reyes’ (1977), es empleado por el 85% de las sociedades humanas. Existen un 15% de sociedades matrilineales, en las que son las mujeres las que determinan el linaje, es su apellido el que se transmite a la descendencia. Siempre se pone de ejemplo a la sociedad iroquesa, en la que los hijos reciben el apellido del clan de la madre. Pero nosotros no somos iroqueses.

Es de sobra sabido que en sociedades muy cercanas a la nuestra (por ejemplo, las anglosajonas) la mujer adopta el apellido del marido; como si, al casarse, pasase a pertenecer al linaje del hombre. Hasta hace no mucho en España había mujeres que, al contraer matrimonio, empezaban a firmar con el apellido del marido antecedido por la partícula ‘de’, para mostrar pertenencia. Si Margarita se hubiese casado con Julio Salgado Alegre (autor de la célebre y casposa canción), quizá habría firmado como ‘Margarita de Salgado’ o ‘Margarita Rodríguez de Salgado’ o, simplemente, como ‘Señora de Salgado’.

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Cartel de la película “Margarita se llama mi amor”

Algo similar ocurre en otras sociedades cercanas a la española, como la griega actual. Allí las mujeres también adoptan el apellido del marido, pero lo hacen en genitivo: una declinación que sustituye a nuestra preposición ‘de’ y que muestra relación de posesión. Lo relevante es que hermanos y hermanas llevan un único apellido, el del padre, pero ellos en nominativo (son sujetos) y ellas en genitivo (son posesiones). Ellos son alguien; ellas son ‘de’ alguien.

Veamos un ejemplo. La política griega Zoe Konstantopoúlou es hija del también político Nikos Konstantópoulos. El apellido de Zoe acaba en ‘-ou’ lo que indica que pertenece a la familia del padre. Si Zoe hubiese tenido un hermano varón, el apellido de éste acabaría, como el del padre, con el sufijo ‘-os’, es decir, en nominativo. Todas las mujeres de esa familia son, al menos gramaticalmente, posesiones del padre y, por extensión, pertenecen a los varones de la familia. La gramática nunca es inocente.

“En la sociedad humana, ellas no ocupan ni el mismo lugar ni el mismo rango. Olvidar esto sería ignorar el hecho fundamental de que son los hombres los que se intercambian mujeres, y no lo contrario”, escribió Claude Lévi-Strauss en ‘Las estructuras elementales del parentesco’ (1949). Las causas del machismo y sus violencias hunden sus raíces en la noche de los tiempos y creo que merece la pena prestar atención a fenómenos como éste de la filiación patrilineal, fenómenos que no por cotidianos y consabidos dejan de ser esclarecedores.

El machismo sitúa a la mujer en un rango propio, no muy lejano al de los objetos, los animales y los niños. Como dijo Lévi-Strauss, la mujer ha sido durante milenios objeto de intercambio. Todavía lo es en muchas sociedades, y aún perdura esa forma de pensar en las mentes de la mayoría de los hombres. De hombres que viven entre nosotros. Tal y como denota nuestro sistema de filiación, las mujeres han sido tratadas a lo largo de la historia como mercancía, como una propiedad más de las que componen el patrimonio del hombre… En términos de ética kantiana, la mujer ha sido y es considerada un medio (en su función de madre, especialmente) y nunca como un fin en sí misma.

El viernes que viene, 25 de noviembre, es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer. Para lograr erradicar la violencia son necesarias gran variedad de medidas a muy distintos niveles; pero no debemos descuidar estos usos sociales aparentemente inofensivos, como el de los apellidos. Tomar conciencia y analizar estas costumbres falsamente inocuas nos sirve para avanzar en la catalogación de la miríada de elementos que han determinado y todavía determinan el sufrimiento de millones de mujeres en todo el mundo.

Para lograr la igualdad, para romper esa inercia machista milenaria, no bastan leyes igualitarias; también son necesarias medidas de discriminación positiva consistentes y sostenidas en el tiempo y, además, es vital sumergirse en ese mar de fondo, en ese machismo intrahistórico que se esconde en realidades falsamente inocentes. De lo contrario, las urgentes mejoras legislativas servirán únicamente de muro de contención de las oleadas machistas; pero no sólo basta con cegar los pozos del machismo; hay que drenarlos, desecarlos desde abajo.

Hemos de conseguir que los usos y costumbres civiles, e incluso la gramática, dejen de legitimar, aunque sea de manera a veces inconsciente y meramente formal, el sentido de aquella copla que cada día resuena en la mente de miles de asesinos en todo el mundo: “La maté porque era mía. Y si volviera a nacer, de nuevo la mataría”.

Parece mentira que haya que recordarlo, pero nadie es de nadie. Cada ser humano es un fin en sí mismo y tiene derecho a ser tratado como tal.
Tú no eres de nadie. Lee el resto de esta entrada →

No me gusta Trump. No me gusta Clinton.

15/11/2016 en Doce Miradas por Miren Martín

Tengo fijado en mi perfil de Twitter un tuit que dice: “feminismo es creer en la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Si no eres feminista, eres machista. Piénsalo”. Independientemente de las “broncas” que me ha supuesto con algunas personas usuarias de esa red social (hombres y mujeres), de esas que bajo no sé qué epígrafe se creen con derecho a contra-opinar de forma casi violenta, estoy más que convencida que eso es feminismo: creer en la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Y por ello, por estar plenamente convencida de que la igualdad de sexos no existe y que es una de las metas sociales a alcanzar, no puedo compartir algunas de las teorías que he oído en torno a las elecciones norteamericanas.

Vayan por delante varias cosas. La primera que no me gusta Trump. Que me parece terrible que haya ganado las elecciones, que considero que es un paso atrás y que creo que bastante porquería tenemos ya en el mundo como para que venga a gobernar el país más poderoso una persona de este talante. Y que me horripila que tenga acceso a la información de los secretos de estado de una nación que cuando estornuda se constipa el resto del mundo.

La segunda es que no voy a entrar a hablar de política, de si Trump no hubiera ganado si hubiese tenido otra u otro contrincante. No voy por ahí. Eso para otro foro. Para el de Doce Miradas, no.

La tercera es que no quiero que ningún señor de esos que buscan resquicios por cualquier sitio utilicen mis palabras para meter la cuña y hacer saltar la madera. La madera del feminismo es de primera calidad y no se rompe con cualquier cosa. Así que señores míos, no se suban a la ola y surfeen donde tengan que surfear que este mar, además de muchas veces cálido, está en calma.

Y la última es que estoy 100% convencida de mi opinión. Y que tengo la duda de si estaré 100% equivocada.

Y por si aún hay que aclarar más cosas, y aunque no hace falta decirlo, este post va firmado con mi nombre y representa mi opinión, no la de todo el colectivo de Doce Miradas. En este grupo no hay disciplina de voto, ni intención ni de ponerla, ni de seguirla si la hubiera. ¡Menudas somos las doce!

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No al todo sí

Para mí, no todo vale. Ni todos valen. Ni todas valen. Quiero, deseo, anhelo, que las mujeres estemos ahí. En primera línea. Por delante. Pero cuando debamos estar. No me gusta el hombre que no vale ocupando un puesto para el que no está preparado y por la misma razón, y en aras de la igualdad, no me gusta la mujer que no vale y que ocupa un puesto para el que no está preparada. Me sumo a lo dicho por Susan Sarandon: no quiero votar con la vagina. Quiero votar con la cabeza. Y con el corazón. Pero con la vagina no. Porque no quiero hacer lo que muchos hombres que votan, eligen, designan y contratan con el pene. No voy a votar a alguien por el mero hecho de ser mujer. En el caso de las elecciones de Estados Unidos hubiera votado a Hillary Clinton, evidentemente, pero con la nariz tapada y no votando a su otro contrincante porque era alguien tan impresentable como Trump. Mi voto hubiese sido para ella no por ser mujer, sino como un mal menor.

Quiero que la mujer que presida un país lo haga por méritos propios y si la voto, que sea porque me represente. Y para mí, Hillary Clinton representa también lo carca y lo casposo. Y si me cabrea, y mucho, que en este país la gente vote a un partido inmerso en innumerables casos de corrupción, me indigna también que en otros, la gente vote a personas corruptas. Sean hombres o mujeres. Lo siento, pero no puedo con ello.

No me quiero sentir obligada a votar a una mujer, sea quien sea, porque soy feminista. Estoy algo cansada ya de los buenismos. Hay que votar a un candidato negro porque es negro y porque votarle es progre. Hay que votar a una candidata mujer porque es mujer y porque votarla es feminismo. Y lo contrario es, parece ser, racismo y machismo. Y si nos ponemos en el supuesto de un hombre negro y una mujer blanca como candidatos a la presidencia de no sé qué país ¿a quién voto? Si voto a la mujer, ¿soy racista? Si voto al hombre negro ¿soy machista?

Quiero dar mi voto a quien me represente a mí y al colectivo de mujeres: la que se haya dejado la piel por defender sus/mis/nuestros derechos. La que haya se haya peleado, en igualdad de condiciones, y vencido, en igualdad de condiciones, en un mundo de hombres que así dejará de ser de hombres. Y fundamentalmente, la que yo sepa que va a gobernar como lo haría una mujer. De una forma probablemente muy diferente a como lo haría un hombre.

Y ojo, que estoy muy a favor de la discriminación positiva porque considero que como algunos no se acostumbren a vernos en los diferentes sitios, no vamos a llegar nunca a ocuparlos. Pero en el caso de las elecciones estadounidenses, no se trata de discriminación positiva, ni mucho menos.

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El techo de cristal

Hay una pregunta que, desde que empezó toda esta historia, me ronda por la cabeza. ¿Todas las mujeres rompen el techo de cristal? ¿Todas? ¿De verdad? Pues creo que no. En el Parlamento Vasco hay, actualmente, más parlamentarias que parlamentarios. Pero si esas parlamentarias no hacen políticas igualitarias, no me sirven. Vamos a ver por dónde van que aún es pronto. ¿Ha roto Angela Merkel un techo de cristal? Lo dudo. ¿Rompería Hillary Clinton un techo de cristal por mucho que sí haya sido favorable a algunas políticas a favor de la igualdad? Creo que no. Pero fundamentalmente porque sería la cabeza visible del tándem Bill-Hillary y no solo Hillary Clinton. ¿Rompió el techo de cristal Ana Botella, primera alcaldesa de Madrid? Me parece que no. Porque también era la cabeza visible del tándem JoseMari-Ana, salvando las distancias, claro, que el dúo Aznar es al dúo Clinton lo que Villaverded’abajo a la ciudad nipona más moderna, y no por la diferencia de tamaño Madrid-U.S.A., sino por la calidad, que no claridad, de sus teje-manejes y conspiraciones varias.

Para mí, romper un techo de cristal es otra cosa. Primero hay que querer romperlo y eso es muy diferente de llegar al poder.

Y lo dicho: 100% convencida de mi opinión y con la duda de si estaré 100% equivocada.

Las nuevas mujeres mayores

08/11/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

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Itziar Gandía Quintanilla

Mujer en crecimiento que trabaja en Lura (www.espaciolura.com). Acompaño a otras mujeres en sus procesos de crisis y duelo y ejerzo mi profesión de psicóloga con una linterna que facilite a las mujeres reconocer lo que ya saben. La sabiduría que cada mujer alberga en su interior ha de ser conectada , cuando esto sucede , las mujeres se empoderan a sí mismas. Lo que yo sé hacer es crear algunas condiciones y circunstancias para que esto sea probable.

 

A lo largo de 15 años promoviendo grupos de mujeres he tenido la suerte de conocer a mujeres sabias empoderadas. No sé cuántas son, nunca las he contado, pero soy consciente de mi suerte porque son muchas. Tener muchos espejos donde mirarse es como tener muchas miradas donde encontrarse, así que no se me ocurre mejor sitio donde poder compartir todo esto que en Doce Miradas.

Quiero compartir algunas reflexiones acerca de las mujeres que he conocido que envejecen, no solo bien, sino bonito. Estas “nuevas mujeres mayores” son protagonistas de duros y bonitos procesos de empoderamiento y son un espejo donde otras podemos mirar si perdemos el rumbo.

Mirarse, eso es lo que han hecho las nuevas mujeres mayores. Mirarse un rato, primero a solas casi siempre -en el silencio de la almohada o en el caminar hacia algún lado o en los momentos en los que sus circunstancias más apretaban… da igual cómo. Y luego con otras mujeres– en un curso de informática o en un rato de parque o en el coro de su barrio o en la Escuela de Empoderamiento. Así es como surgen los procesos de empoderamiento. Las mujeres se miran, se preguntan y buscan respuestas. Toman contacto con su propio poder, con lo que pueden o no pueden, negociando entre lo que se espera de ellas y lo que ellas desean o necesitan.

A lo largo de mi vida personal y profesional , me he fijado en la tarea dura de la negociación interna de las mujeres. Un esfuerzo sobreañadido a su propia existencia. Si ya es difícil a veces, para el ser humano, encontrar un sentido valioso a su vida, para las mujeres este esfuerzo está marcado por encontrar un camino donde poder cumplir con los mandatos y las exigencias sociales y familiares sin perderse de vista por el camino. Porque si algo es claro, es que los mandatos (ser buena madre, buena hija, buena amiga, buena pareja…etc.) están regidos por el “deber” y a lo largo del caminar de las mujeres los deberes van aumentando asfixiando sus espacios personales. Y si algo han compartido es que funcionar solo desde el “deber” las deja secas, agotadas, decepcionadas, enfadadas y bastante tristes.

Las nuevas mujeres mayores, son mujeres que en algún momento pararon su “hacer” para preguntarse por sí mismas. Nunca quisieron dejar de lado sus muchas obligaciones o deberes, lo que hicieron fue preguntarse cómo hacerlo teniéndose en cuenta a sí mismas. Y ahí es donde las negociaciones más feroces se ponen en marcha. Porque no es fácil este asunto. Recuerdo una mujer que rescataba de su historia el día que aprendió a conducir cuando eran muy pocas las mujeres que lo hacían. Ese día sintió que su vida se facilitaba, que podía moverse con libertad. Se organizó con otras madres para llevar a la prole al colegio y eso le reportó grandes amigas. Esa experiencia le ayudo a entender, que su propio bienestar era la clave para tener una vida valiosa para ella y desde entonces trabajó para darse un lugar respetuoso consigo misma. La única forma de negociar es abrir el cajón de las propias necesidades, y escucharlas.

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Y cuando cosas como ésta ocurren, ciertas ideas se meten a la lavadora en un programa largo y salen nuevas: ser una mujer responsable no es aquello que nos enseñaron; ser responsable implica hacerse cargo de las propias necesidades y deseos, de las ilusiones y los proyectos personales. Y surge un nuevo estar en la vida de una, donde se abre la puerta no solo a los “deberes” sino a los “quereres”.

Las nuevas mujeres mayores se han dado ese nuevo lugar para estar en sus vidas. Un lugar un poco mas justo que el que socialmente se nos ha adjudicado. Cada una lo ha hecho a su manera y a su ritmo, escribiendo su propio manual. Pero todas ellas comparten un eje en común: se pararon a darse cuenta de que no se encontraban bien y desarrollaron la capacidad de mirarse para preguntarse en primera persona: ¿A mí que me viene bien? ¿A qué me tengo yo que decir que sí? ¿Yo qué es lo que necesito?

Abrir la puerta al deseo propio, trae buenas dosis de egoísmo y culpa, pero como todo en la vida, estas emociones se transitan (es decir, una las anda, no se queda a vivir en ellas) y las mujeres que así lo hacen se dicen un sí rotundo a sí mismas. Las negociaciones internas son la llave de las negociaciones externas. Muchas mujeres se saben inexpertas en el arte de decir que no, pero solucionan esto cuando se dicen a sí mismas que sí. Las propias mujeres que he conocido así me lo han mostrado:

Cecilia, una mujer de 60 años me lo explico muy bien: “Yo he hecho mil cursos de asertividad, de aprender a decir que no, de emociones… porque mi problema ha sido siempre que no he sabido decir que no a nadie, y he ido pasando muchas cosas que no me gustaban “por la paz un Ave María”. Pues bien, lo he conseguido ahora, a mis 60 años. He de reconocer que los cursos me sirvieron, pero hasta que yo no he tenido claro que mi tiempo y mis necesidades no son negociables no he sido capaz. Quiero decir que, cuando una se aferra a sí misma por dentro, con confianza en sus propios criterios, el “no puedo” sale solo. Ahora siempre reviso: me invitó una amiga a ir de vacaciones con su pareja. Yo todavía no me encuentro fuerte, estar viuda todavía me afloja. Me siento y me escucho: debería ir porque no es bueno encerrarse; debería ser agradecida con la invitación, debería hacer lo que mis hijos me recomiendan…. Y luego me escucho: lo que necesito es descansar, me apetece andar por la playa ahora que todavía no hace calor y leer mis libros; la soledad me gusta; no tengo ganas todavía de viajar. Así que llamo a mi amiga y le digo: ¡Marisa! No puedo ir contigo de vacaciones. Así con esa frase, porque antes le habría dado mil excusas y me habría justificado de mil formas, incluso mintiendo. A mí me sirve emplear esa palabra: poder; sí puedo, no puedo. Negocio y encuentro lo que puedo y no puedo y así lo planteo. En mis tiempos de antes yo no utilizaba esta palabra, ahora la uso mucho, y me sale sola porque me escucho y me respeto. Antes para decir un no pasaba un calvario porque me sentía fatal y además cuando lo planteaba yo misma lo ninguneaba porque no lo sentía con fuerza. Lo mismo lo aplico para decirle que no a mi amiga Marisa que a mi hija cuando me llama para que cuide de mi nieta. A veces le digo: hija, no puedo. ¿Y sabes lo que me ha pasado gracias a esto?: que un día tomando café con ella, me dio las gracias por esos no puedo y ha sido la única experiencia gratificante que yo he tenido en mi maternidad realmente. Reconoció que había pensado que me había vuelto una egoísta pero que ahora se había dado cuenta de que era un regalo. Me dijo: ama, ahora yo también puedo decirte a ti que no puedo, es como si también me hubieras dado el permiso a mí de decirte que no. Y así podemos ser mas claras, no veas qué cambio en la relación con mis hijos…

floresCuando las mujeres se han dicho que sí a sí mismas han encontrado la llave que permite abrir las puertas de otros cambios: las nuevas mujeres mayores han encontrado otros parámetros para cuidar de los suyos. Ya no sujetan, ya no sostienen sino que acompañan. Y eso es maravilloso en cuanto a la capacidad transformadora que tiene en sus relaciones.

De nuevo las mujeres que envejecen bonito revisan ideas viejas que tienen un gran peso y que ya no sirven, y rompen por fin la relación que vincula cuidar con sostener; o cuidar desde la renuncia y el dolor. Cuando sostenemos a alguien querido también nos apropiamos de su responsabilidad y corremos el riesgo de ser confundidas con un sofá.

El ejercicio de la maternidad de las mujeres mayores se revisa desde este nuevo lugar y las mujeres comprueban que acompañar es saberse útiles pero no imprescindibles y reconocen a los hijos e hijas como seres humanos independientes que gestionan su vida como pueden. En sus propias carnes han vivido que cambiar es difícil, y que la llave del cambio está en cada una y cómo lo han vivido, pueden tolerar que a veces los demás eligen no cambiar, así que devuelven a los hijos e hijas las llaves de sus procesos para que sean ellos quienes hagan cambios cuando puedan.

Esto suena muy bien, suena a una maternidad consciente y es liberador a la vez de duro (a veces toca dejar de sujetar el alcoholismo de un hermano o una pareja, la enfermedad de una hija… etc). Las mujeres inician un camino de acompañamiento en sus relaciones que trae otro regalo añadido: les permite saberse acompañadas también. Y esto se debe a que las relaciones tienen espacio para un cuidado bidireccional. Una ha de pedir ayuda, cariño, reclamar cuidado cuando lo necesite y rodearse de relaciones donde esto sea posible: un cuidado desde el acompañamiento en dos direcciones, cuidar y ser cuidada.

Uno de los miedos de las mujeres que envejecen bonito es a volverse dependiente. Dejar de cuidar y pasar a ser cuidada. Cuando las mujeres dan el paso de dejar de cuidar bajo los mandatos femeninos y empiezan a acompañar surge una reformulación del miedo y un nuevo deseo: “yo no quiero que mis hijos e hijas me cuiden como yo cuidé a mis padres, lo que yo quiero es que me acompañen si pueden”. Y esto es otra llave que permite a las mujeres que envejecen planificar cómo quieren hacerlo.

Para las mujeres que apostamos por aprender.
Para las que nos hemos embarcado en la aventura de crecer juntas.
Convencidas de que todavía hay tiempo para llevar las riendas y tomar decisiones a nuestra medida y en nuestra vida.
Porque el tiempo que tenemos por delante no es para marchitarse, sino para despertar.
Porque todavía hay mucho que sentir, pensar y hacer.
Todavía nos queda mucho por decir.

Porque es tiempo de Envejecer Bonito
Es tiempo de estar dispuestas para afrontar los cambios.

Talkin’ bout a Revolution

02/11/2016 en Doce Miradas por Ana Erostarbe

El 24 de octubre de 1975, tuvo lugar en Islandia un evento sin precedentes: nueve de cada diez mujeres fueron a la huelga para protestar por las desigualdades en el empleo y en el hogar. Aquel día no acudieron a trabajar, no cocinaron y no cuidaron de sus hijos e hijas. Y no lo hicieron para demostrar algo en las calles. El resultado de aquel hito fue un país paralizado y salchichas agotadas en los supermercados. Quizá por eso los hombres recuerdan aquel día como el “viernes largo” y hay quienes se refieren a él como el “día de la salchicha” (para cenar, se entiende).

Cinco años más tarde, Vigdis Finnbogadottir era elegida presidenta del país. La primera mujer en el mundo en ostentar este cargo. En una ocasión, afirmaría que la huelga de 1975 lo hizo posible. Según Finnbogadottir, “lo que ocurrió ese día fue el primer paso para la emancipación de las mujeres en Islandia. Se paralizó el país por completo y abrió los ojos de muchos hombres”.

Los numerosos testimonios de las mujeres que acudieron a alguna de las manifestaciones organizadas por el país, coinciden en destacar la enorme solidaridad que se generó aquel día de otoño entre las manifestantes. Ellas lo llamaron el “día libre de la mujer” y con su unión dieron forma a un impulso colectivo cuya inercia ha llegado a nuestros días.

Cuatro décadas más tarde, dicen de Islandia que es el mejor país del mundo para ser mujer. También dicen que es el mejor país del mundo para vivir (lo cual tiene mucho mérito si pensamos que el país debe su nombre al hielo). Parece, en todo caso, demostrada la lógica de ese argumento tantas veces escuchado y formulado de que “a mayor Igualdad, mejor sociedad”.

¿Y cuál es la receta del éxito? Las mujeres islandesas no han dejado de pelear en este tiempo y continúan, en la actualidad, saliendo a la calle para conquistar los retos que les restan. Hace apenas una semana, por ejemplo, el 25 de octubre de 2016, acabaron sus jornadas laborales a las 14:38, un 14% antes que cada día. Protestaban porque su sueldo es un 14% menor que el de los hombres. Aquí, en cambio, nuestra brecha salarial ronda el 25%.

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Si vosotras habláis, nosotros escucharemos siempre 

La semana pasada también, la ponencia de un asesor en género del gobierno islandés en un congreso sobre “Igualdad y Conciliación” al que asistí, despertaba la semilla de este post. Ante mi curiosidad sobre la actitud con que los hombres del país enfrentan las reivindicaciones femeninas, Tryggvi Hallgrimsson cerraba su matizada y civilizada respuesta así: “if you talk, we’ll listen forever”. “Si vosotras habláis, nosotros escucharemos siempre”.

Fue un momento de epifanía para mí; fan de la palabra hasta el hartazgo… La frase me golpeó con la crudeza que golpean las revelaciones. Porque tras dos días analizando los ejes de la desigualdad, resultados de investigaciones, certidumbres académicas, avances sociales… Tras dos días “hablando”, comprendí porqué coinciden los estudios internacionales en que tardaremos más de 170 años en llegar a la Igualdad. Y comprendí también por qué hay países que tardarán 80.

Islandia va en cabeza, por supuesto. Porque hay cosas que no se piden. Se exigen. Cosas que no se conceden. Se conquistan. Y así se va más rápido. Y porque hablar, ya hemos hablado largo…

En mi último post, precisamente, me estremecía al conocer la madurez (y vigencia) de los planteamientos de mujeres contemporáneas a la Revolución Francesa como Olympe de Gouges. Madurez que compartían, sin duda, los discursos de grandes hombres posteriores como Gandhi o Martin Luther King en sus demandas de sociedades más justas. Ambos fueron capaces, sin embargo, de concitar a sus coetáneos, haciendo que marcharan tras mismos lemas. Las mujeres francesas, por contra, sumaron sus voces a un proyecto más global que, una vez en el poder, las dejó de lado. Lo explicaría más tarde Philip Kotler: si no eres marca, eres mercancía…

Violentas o pacíficas (por aquí solo somos de las segundas), así son las revoluciones: expresiones multitudinarias. Concentran necesidad de justicia y, fundamentalmente, agrupan a quienes protagonizan la injusticia. Suelen empezar en un susurro. Luego apenas un murmullo. Y a medida que van sumando voces, van sumando fuerza. Del latín, revolutio (una vuelta), las revoluciones conllevan un cambio social fundamental que tiene lugar en un periodo (relativamente corto o largo). Y lo hacen porque consiguen despertar y contagiar ilusión alrededor de una visión. Alrededor de un sueño compartido.

Pues bien, las revoluciones pueden producirse de muchas maneras y en los lugares más insospechados. En la manifestación del 8M, pero también en la parada del autobús, la reunión con el colegio o la del trabajo. En Twitter, en Facebook y en el grupo de Whatsapp con tus primas y hermanos. Somos armas de sensibilización masiva. Donde proceda, dígase. Y donde no, también. Nadie dijo que ser revolucionaria no fuera cansado.

 

La mirada del padre, una revolución en potencia

25/10/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

marta

 

Marta Aburto Fierro. Getxo 1962
@martaaburtofier
Desde hace 26 años, empresaria dentro de la Industria Aseguradora.
Trabajo activamente por la igualdad desde Community of insurance @CommuInsurance en Mujer Igualdad Emprendimiento #ForoMIE “Conjura en Bilbao por la igualdad de la mujer” ow.ly/m9kk301Epce

 

Cuando en los años 80 las mujeres de mi generación nos incorporamos al mundo laboral, comenzaba una época de creciente igualdad, creíamos que el camino estaba abierto y que la igualdad era imparable. Treinta años después, seguimos conviviendo en una sociedad que mantiene viejos modelos de participación femenina que permiten y aceptan condiciones de existencia y convivencia intolerables para la mujer.

Las mujeres de mi generación no hemos sabido atacar la desigualdad desde su raíz y, por eso, nuestra cultura social sigue asignando el trabajo del cuidado a las mujeres, y a los hombres, el trabajo productivo.

La división sexual del trabajo no es un orden natural contra el que nada puede hacerse, sino una construcción mental, una visión del mundo que transmitimos a nuestros hijos desde su nacimiento, sin consciencia ni discurso, por medio de hábitos, juegos, de cuerpo a cuerpo, escapando a la presión del intelecto y por lo tanto de las posibles correcciones.

Esta cultura social consigue que la disposición femenina para el cuidado parezca “instintiva”, tiende a considerar como secundaria la labor del padre en el ámbito doméstico y en la educación de los hij@s. De esta manera consigue que la mujer priorice el cuidado de sus hij@s frente a su ascenso profesional, y que proporcione al hombre el colchón suficiente que le ahorre el cuidar de su familia. Bajo estas reglas de juego… el poder de los hombres es generado por el trabajo de las mujeres.

En un país que envejece a marchas forzadas, en medio de trabajos encorsetados, sin flexibilidad horaria, se hace imprescindible la aplicación de nuevas leyes y códigos de buen gobierno, como es la propuesta aprobada el martes 18 de octubre que insta al Gobierno a legislar para que la baja paternal se iguale a la maternal: 16 semanas intransferibles con una prestación del 100% de la base reguladora, y que se proteja la situación laboral del trabajador durante el disfrute de la misma.

Esta nueva ley consigue un gran avance hacia la igualdad, ya que:

-El cuidado y la educación de los hij@s corresponderá por igual a ambos progenitores, la experiencia inicial de tener un hij@ y el apego endorfínico serán muy parecidos.
-La contratación de mujeres no supondrá para las empresas y para la sociedad cargas distintas a la de la contratación de hombres.
-Al involucrar al padre en el cuidado se deja  de tomar a la madre como punto de referencia del núcleo familiar; también se deja de alimentar la idea social de que las mujeres requieren atenciones especiales.
-Y lo más importante:  por fin se reconoce el derecho de la infancia a ser educada en la igualdad y en la justicia de género;  además, al recibir una paternidad activa, se  refuerza el derecho de igualdad del niñ@.

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“La mirada del padre sobre el niñ@ constituye una revolución en potencia. Los padres pueden hacer saber a sus hijas que ellas tienen una existencia propia, fuera del mercado de la seducción, que poseen fuerza física, espíritu emprendedor e independiente, y pueden valorarlas por esta fuerza sin miedo a un castigo inminente. Pueden hacer saber a sus hijos que la tradición machista es una trampa, una restricción severa de las emociones… porque la virilidad tradicional es una máquina tan mutiladora como la asignación de la feminidad.” Virginia Dependes.

Una sociedad que se atreve a cambiar sus estrategias de incentivos, consigue un profundo efecto en los empleados, empresarios, mujeres, hombres  y, en especial, en el futuro de una sociedad que se refleja en la infancia.

Pongamos los ojos en el ejemplo Sueco, una sociedad en la que hasta hace poco se daban los mismos problemas de igualdad que en este país. En poco tiempo todo el mundo se acostumbró a la idea de que los padres debían disfrutar de su baja por el bien de una educación igualitaria, la cultura… El ambiente laboral cambió, el horario comenzó a ser muy flexible y la diferencia salarial entre hombres y mujeres tendía a desaparecer;  además comenzó a bajar el porcentaje de divorcios.
Esta mirada a Suecia demuestra que el cambio es posible, y que las soluciones a estos problemas, aparentemente sin solución, no son tan complicadas.

Pero debemos estar atentos y no bajar la guardia, porque para que esta propuesta se convierta en ley tendrá que pasar por trámites legislativos (algo improbable por la situación actual de ausencia de gobierno).

Nuestros hijos merecen cambios que faciliten la convivencia y los guíen hacia un nuevo humanismo integrador e igualitario. Nuevas leyes, como la propuesta recién aprobada, nuevos códigos de buen gobierno y las cuotas necesarias que puedan acelerar y eliminar los sesgos que aún prevalecen. Acciones políticas que tomen en consideración todos los efectos de dominación que se ejercen, a través de la complicidad objetiva entre la escuela, la iglesia y el Estado, ya que es justo allí donde se gesta, en último término, la dominación masculina.

Ahora y más que nunca, a nuestra sociedad le toca imputar socialmente los costes del cuidado de la vida humana y no existen argumentos válidos para pensar que esta idea sea una utopía.
“No hace tanto era impensable aspirar a una jornada laboral de 8 horas, o concebir como derecho de los trabajadores una remuneración durante las bajas por enfermedad, o que fuera respetado el puesto de trabajo hasta que se produjera el restablecimiento de la salud, obtener vacaciones… Si los trabajadores hubieran retrocedido cada vez que se han calificado sus exigencias de delirantes, en este momento no tendríamos ni derechos de los trabajadores, ni seguridad social.
¿Por qué no puede ser un derecho del trabajador disponer de baja remunerada y que se ofrezcan servicios sociales que sustituyan o complementen el trabajo doméstico originado por personas dependientes? ¿Y que las bajas remuneradas no las tomen alternativamente las mujeres y los hombres? ¿Por qué no se imponen, al igual que en otros países, las bajas paternales obligatorias e intransferibles?” (María Jesús Izquierdo).

Nos toca avanzar; avanzar hacia esa incógnita que es la revolución de los géneros, y somos nosotras, las mujeres, las que debemos levantar la voz y mover ficha.

 

La mirada de Violeta

18/10/2016 en Doce Miradas por Macarena Domaica

Violeta tiene doce años. Nombre de flor, de color y de feminismo. Ella es tan bonita como lo primero, tan viva como lo segundo y tan reivindicativa como lo tercero. Tiene esa edad maravillosa en la que las gestas no se eligen demasiado. Se mete una de lleno y ya está; porque es lo justo y no puede consentirse lo contrario. Violeta aún no tiene tramo recorrido para ponerle matices a la justicia y por eso para ella esa hermosa palabra conserva todo su inmenso valor.

Digo que es bonita porque mira limpio y quiere saber, entender y transformar su jardín de la infancia en un patio de encuentro donde suceden cosas que empiezan a parecerse a las de las personas adultas. Violeta es la mayor de mis dos hijas y una mirada de futuro seguida de cerca por su hermana. Ambas han sobrevivido a mi mala influencia y están encantadas de ser chicas, por mucho que a mí me cueste tanto entender que sea “divertido”, como dice Violeta.

Violeta ha crecido al arrope de Doce Miradas y se siente orgullosa de este proyecto que siente suyo porque ahí está su madre. También porque le enseña cosas que le hacen sentirse segura y fuerte, en este mundo en el que los chicos todavía tienen muchos más minutos de posesión de balón que las chicas.

Me he traído a Violeta a Doce Miradas porque tiene cosas que decir y las quiere compartir aquí, con todas vosotras y vosotros, para que la voz de las niñas de su edad – o al menos la de ella- se escuche. Porque las niñas son miradas de futuro, las que tendrán que seguir con nuestro trabajo, perseverar en la consecución de la justicia social y la igualdad de oportunidades, para que esta sociedad garantice un desarrollo real, confortable y seguro para todas las mujeres, en todas las partes del mundo.

A partir de aquí, me pongo contra la cámara y os dejo con las palabras de esta mirada, para mí tan especial: la mirada de Violeta.

 

¿Por qué te hace tanta ilusión esta entrevista? img_20160924_131805710

Porque me hace ilusión poder decir cómo vemos las niñas, o como veo yo, la igualdad.  Me gusta que se tenga en cuenta porque la visión de una niña puede ser distinta. Los mayores se lo piensan todo más y por eso creo que los niños y las niñas podemos tener una manera diferente de ver este tema y otros también.

¿Crees que el debate de la igualdad está suficientemente presente entre vosotras y vosotros?
Creo que -por lo menos entre la gente que yo conozco- está bastante presente. Pero cuando yo estoy con alguien y me doy cuenta de que no lo está teniendo en cuenta en algunas cosas que dice, yo trato de contarle cómo lo veo y de hacerle cambiar su manera de pensar. Si al final sigue sin pensar igual que yo, lo respeto.

¿Dónde crees tú que se adquiere la toma de conciencia por la igualdad? ¿En casa, en la escuela, en la calle…?
Creo que tanto en casa, como en la escuela, en la calle, en la tele… pero depende también de saber ver las cosas. Primero entendiendo qué es eso de la igualdad y después aprendiendo a mirar. Este es un tema muy grande y no toda la gente piensa lo mismo, cada uno lo ve como lo ve desde su manera de pensar. Si has vivido machismo en casa desde siempre, lo ves normal; y entonces es más difícil que lo reconozcas como un problema que hay que arreglar.

Es cierto que en la escuela hay una preocupación por educar en igualdad y creo que se está haciendo un trabajo importante entre profesorado y alumnado. Pero luego hay pequeños detalles que descubren micromachismos perfectamente tolerados por la sociedad. Ese “dile a la ama que…” O que habitualmente sea a la madre a quien se llame cuando hay que tratar cualquier tema fuera del aula…
Eso es verdad. Les sale natural. Y además es que la madre casi siempre es la que se ocupa y lo vemos normal. No lo hacen con mala intención. En el colegio se hacen a veces actividades para hablar de igualdad. Una vez en clase hicimos un debate y unas cuantas niñas intentábamos explicarle a un niño lo que pensábamos nosotras. Y no había manera. Se ponía a sacar otros temas. Pero en ese debate vimos que había niños de clase que también pensaban como nosotras.

¿Recuerdas que alguna vez te hayan tratado diferente por ser una niña?
Sí. Por ejemplo, en clase de gimnasia, cuando éramos más pequeñas, a las niñas no nos pasaban el balón porque “supuestamente” en deporte los niños son mejores. Pero ahora hemos conseguido que nos pasen la pelota. Les hemos hecho ver que también sabemos jugar; que habrá niños que jueguen mejor, pero también los habrá que jueguen peor que nosotras y que tenemos que jugar juntos los niños y las niñas.

¿Qué es el machismo?
El machismo es que el hombre se siente superior a la mujer. Pero no solamente los hombres son machistas, también hay mujeres machistas; aunque lo más normal es que sean ellos los machistas.

¿Por qué crees que hay mujeres machistas?
Porque hasta hace poco las mujeres no trabajaban fuera de casa. Y como ellos sí, ellos eran mejores y los que podían hacer cosas importantes. Las mujeres que han vivido esto como algo normal piensan que es así: que los hombres trabajan porque son mejores, más inteligentes o más importantes que ellas.

¿Conoces a niños o niñas machistas?
Niñas, no. Con los niños machistas que conozco ya he hablado algunas veces, pero son muy cabezotas. Ni siquiera discuten. Lo justifican todo “porque sí, porque sí…” por orgullo. Creo que no quieren ni pensar en lo que les digo porque como son chicos y serán hombres y creen que serán superiores… Creo que piensan que el feminismo les puede quitar sus ventajas. No dejan que les hables de feminismo.

¿Y qué es el feminismo?
Pues no es “todo lo contrario al machismo”. Porque eso sería el hembrismo. El feminismo se refiere a la igualdad entre hombres y mujeres. Muchos chicos no entienden que el feminismo da a los hombres y a las mujeres el mismo valor, pero que eso no quiere decir que vaya en contra de ellos.

¿Te gusta ser chica?
Sí. Porque no sé cómo es ser chico y ser chica me gusta bastante. Ser chica me parece que es mejor porque aunque tiene más dificultades, tiene más mérito. Es mucho más difícil. La sociedad les pide cosas más sencillas a los hombres o no les pide tantas como a las mujeres. Un hombre tiene más probabilidades de conseguir un trabajo que una mujer. Y además, los hombres tienen un cuerpo más fácil que no les da tantos problemas. Pero aunque es más complicado ser chica, me parece divertido.

¿Eres romántica?
Creo que sí. Pero no mucho. No soy melosa.

¿Qué es ser romántica para una niña de tu edad?
Es creer en el amor, en los detalles, en tener ciertos pensamientos bonitos sobre una persona…

¿Qué significa creer en el amor?
Saber que existe. Que es un sentimiento hacia otra persona que no puedes controlar pero que es muy bonito. Hay gente que no cree en el amor, como algunas personas que se dedican a la ciencia y a las que les cuesta mucho enamorarse porque analizan cada cosa. Pero si crees en el amor y eres romántica solo ves lo bueno. Aunque a veces no es tan bueno.

¿Cuándo no es bueno el amor?
Cuando no te corresponden. También cuando no coincides en la manera de pensar y una de las dos personas tiene que cambiar mucho para que no se rompa ese amor. También cuando hay machismo, porque entonces el amor ya no es bueno, no es amor. Si tratas a la persona que está contigo como si fuera inferior es que no sientes amor por ella.

¿Tú crees que existen los príncipes azules?
No. Es lo que nos han hecho creer a las niñas. Puede haber una persona que sea muy buena para ti, pero no será tan perfecta, no hay nadie perfecto. A mí la gente que parece perfecta no me gusta mucho; me gusta más la gente que es diferente, que tiene su propia manera de pensar.

¿Qué quieren ser tus amigas de mayores?
Una, psicóloga; otra, arquitecta; otra, pediatra. Una quiere trabajar con la física cuántica, otra forense…

¿Y tus amigos?
Hasta el año pasado, la mayoría, futbolistas. Este año ya alguno ha dicho que quiere ser médico, muchos no saben y unos cuantos todavía quieren ser futbolistas. Pero, vamos, yo creo que esto irá cambiando cuando sean más mayores. ¡Todos no van a poder ser futbolistas!

Ahora que acabas de empezar a estudiar en el instituto y que sois un poquito más mayores, ¿mejora la cosa?
Mejora un poquito. Vamos aprendiendo y es bueno que sigamos hablando, que siga habiendo talleres en los que podamos tratar sobre machismo y feminismo, y explicar bien lo que es cada cosa para que aprendamos a ver dónde hacemos las cosas mal y cómo se pueden hacer mejor para que mejore nuestra sociedad. Es bueno que las niñas o los niños que vemos comportamientos o formas de hablar que no respetan la igualdad lo digamos para seguir avanzando.

¿Cómo reacciona la gente de tu entorno cuando les haces ver que alguna actitud o algún comentario te ha parecido machista?

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Depende. Los que todavía no quieren hablar de igualdad enseguida te dicen “venga, anda, que siempre estás con eso del feminismo y el machismo”. Pero también hay gente que escucha y que dice, “oye, me ha gustado lo que has dicho”.

¿Qué libros lees?
Me gustan los libros de historias que les pasan a los adolescentes: John Green, Blue Jeans… Porque muchas de las cosas que leo ya las estoy viendo en el instituto, algunas las estoy viviendo, y me llaman la atención porque quiero saber sobre eso. También libros de reflexiones sobre emociones (Hablo sola), la saga Crepúsculo…

¿Qué es lo que te gusta de la saga Crepúsculo?
Me gusta ese amor tan incondicional que hay entre los dos, pero lo que no me gusta es que él sea tan protector con ella, porque lo hace porque la subestima. Él es un vampiro y cree que es más capaz de protegerla de lo que lo es ella misma. Pero luego, la protagonista demuestra que ella también es capaz de cuidar de sí. Y eso me gusta. Está bien que él se preocupe por ella pero sin que piense que es débil y le necesita a toda costa.

A mí me dan un poco de miedo esas relaciones de amor tan intenso, tan incondicional, como tú decías… “Yo, donde tú vayas”, “sin ti yo me muero”… ¿No deja a las chicas muy indefensas, muy vacías, si ellos no están?
Sí. Pero creo que si una chica es fuerte, aunque esté enamorada lo va a seguir siendo. Lo importante es que las chicas sean fuertes, que se sientan bien ellas con o sin sus novios, sabiendo quiénes son, lo que quieren ser y cómo quieren comportarse.

En el caso de Bella, la protagonista de Crepúsculo, ella está dispuesta a morir por amor, a perder su condición de humana, para estar siempre con Edward. ¿Eso te parece bien? Esas novelas las leen muchas y muchos adolescentes. ¿No te parece que es arriesgado poner esa relación tan complicada como modelo de pareja ideal?
A ver: eso no es algo que pase normalmente. Yo no conozco vampiros. Sería bastante peligroso si cosas así pudieran pasar. Pero ¿por qué nos gustan tanto las novelas de Crepúsculo? Pues porque son historias que no pueden pasar, pero que a través de los libros las puedes vivir y te enganchan muchísimo porque son especiales. Es como Superman: nadie se pone una capa y vuela y salva al mundo, pero es divertido leer sus aventuras.

Yo sé que te gusta mucho la música, pero también sé que hay un tipo de música que no te gusta nada…
¡El reggaeton! No me gusta nada porque es ultramachista, subestima mucho a las mujeres y las letras son muy ofensivas.

Cuando te encuentras con alguien a quien le gusta este tipo de música ¿te pide el cuerpo decirle algo o cada cual que oiga lo que quiera?
Cada uno que oiga lo que quiera, pero yo no entiendo por qué a la gente le gusta tanto.

Hace unos meses veíamos un debate electoral en casa y te llamó la atención que ninguna de las cuatro personas invitadas a participar era mujer. ¿Por qué crees que las personas más importantes de esos partidos son hombres?
Pues porque, a día de hoy, todavía, el hombre tiene más importancia, se le considera mejor. Se sigue pensando que a las mujeres lo que se les da bien es la moda o cosas que no son tan importantes para la sociedad.

¿Y qué hacemos?
Pues intentar cambiarlo enseñando a la gente a ver que ese debate así es incompleto.

¿Cómo te ves de mayor? ¿Qué tipo de mujer crees que serás?
Creo que seré una mujer fuerte, porque estoy aprendiendo muchas cosas para llegar a serlo.

¿Cómo te ha influido Doce Miradas en ese aprendizaje de igualdad que estás haciendo?
Pues mucho. Porque desde que empezó Doce Miradas he leído o te he oído hablar de lo que escribíais y he aprendido mucho sobre el feminismo. Cada vez que en el cole se hablaba de algo relacionado con la igualdad yo decía “mi madre está en Doce Miradas y escribe sobre feminismo, y si queréis saber lo que piensan las mujeres, aquí tenéis esta página”. Y así os he ido recomendando a mucha gente.

Una canción feminista con la que podamos terminar esta entrevista.
Hay una de Malú que no es empalagosa y que me gusta mucho y que dice:

“Yo/ quiero/ yo/ puedo/ yo, que he aprendido a respirar del cielo./Yo/ quiero/ yo puedo volar/ vivir en libertad./ Ya no vuelvo a caer/ he aprendido a lamerme las heridas/ a poner el mundo bajo mis pies/ Levantarme y correr / cada vez que una herida me lastima/ sé que algo bueno viene después”. 

#paseloquepase

#paseloquepase

 

A sus doce años, Violeta no sabe latín pero caza micromachismos con una agilidad que me hace sentir orgullosa y reconfortada. El compromiso por la igualdad tiene el trazado de un camino largo de tramos difíciles. Violeta aparta las piedras del camino y disfruta con el paisaje. Como ella misma dice: “ser chica es mejor porque aunque tiene más dificultades, tiene más mérito”. Punto redondo.

“SI NO PUEDO MOVER EL BODY, TU REVOLUCIÓN NO ME INTERESA”

11/10/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Ana Luz Castillo Barrios. Máster en Danza y Educación de la Danza por  Columbia University (Nueva York). Licenciada en Danza y Licenciada Química Bióloga por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Directora de la Escuela Nacional de Danza y Directora General de Culturas y Artes del Ministerio de Cultura y Deportes, Guatemala. Maestra de danza y movimiento por más de 35 años. En la actualidad imparte cursos y talleres de danza creativa y movimiento somático. Investigadora y consultora independiente. Integrante del Colectivo Artesana (Guatemala) y Asociación Equiláteras (España).
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En mayo de 2015, las asociaciones feministas Equiláteras y Kódigo Malva, en conjunto con el gimnasio Mediafit, organizamos Nuestro dorsal, una jornada para la promoción del deporte, la salud y el autocuidado entre mujeres, en Chiclana de la Frontera, Cádiz . El eslogan “Si no puedo mover el body, tu revolución no me interesa”, resaltaba en el cartel promocional de la jornada. Como especialista de danza y movimiento, e integrante de Equiláteras, me correspondió abrir la jornada con un taller de Movimiento Creativo para más de 80 personas participantes. Era la primera vez que, a viva voz, reivindicaba nuestro derecho como mujeres a disfrutar de nuestro cuerpo en movimiento. En mayo de 2016, Equiláteras nuevamente participó en
una jornada por la salud y el autocuidado de las mujeres, denominada Mujereando la salud. De igual forma, reivindicábamos el derecho de las mujeres a disfrutar su cuerpo en movimiento así como a bailar y a crear danzas. bailarina-de-ballet

Después de más de 40 años de dedicarme a la danza y 30 de declararme feminista, ¿cómo era posible que hasta entonces no reivindicara el derecho de las mujeres a bailar y disfrutar su cuerpo en movimiento? ¿Por qué había tardado tanto tiempo en tomar conciencia de la vulneración de este derecho? ¿Dónde quedaba la lucha por nuestros cuerpos? ¿Cuál era el aporte específico de la danza a la vida de las mujeres? La búsqueda de respuestas me condujo a revisar mi propia historia y aunque no creo que las respuestas alcanzadas descubran algo nuevo o algo que no se haya dicho con antelación, estoy convencida que compartir nuestras experiencias, nuestras búsquedas y descubrimientos nos enriquece continuamente.

Nací en Guatemala, un país que duele y, al mismo tiempo, seduce por sus profundas contradicciones y desigualdades. Una pequeña nación en el centro de América, de extraordinaria riqueza cultural y natural, contrasta con una pobreza que en lugar de disminuir, aumenta. Según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi),  en 2014, el 59,3% de la población guatemalteca (alrededor de 9,6 millones) era pobre o extremadamente pobre, afectando, principalmente, a los habitantes de las zonas rurales. Desde la perspectiva de género, las oportunidades de acceso a la salud, la educación, el trabajo remunerado y la participación política son especialmente reducidas para las mujeres, situación que en 2013, ubicó a Guatemala como el país con menos equidad de género en la región centroamericana según un reporte del Foro Económico Mundial. Foro Económico Mundial, (2013). Gender Gap Report 2013. Unida a esta realidad, la población guatemalteca aún procura superar las secuelas de una guerra interna que duró 36 años y continúa luchando por alcanzar la justicia y su derecho a una vida digna. Por otra parte, las élites poderosas que no se interesan por esta lucha ni por el bienestar general, sino solo en el propio, han arrastrado a diferentes sectores de la población a la descomposición social, imponiéndose la violencia, la corrupción, la inseguridad y la zozobra. Dentro de esta caótica situación, las organizaciones de mujeres luchan a diario, exigiendo sus derechos fundamentales. El avance es lento y requiere priorizar los frentes de lucha. Tal vez por ello, la batalla por nuestros cuerpos esté más enfocada a combatir la violencia de género (10 de cada 100.000 mujeres son asesinadas), los embarazos en niñas y adolescentes (5.100 embarazos en niñas de 10 a 14 años en 2014) y a conquistar nuestros derechos sexuales y reproductivos (se estiman 65.000 abortos clandestinos al año).

En esta realidad, las oportunidades para el ocio, el arte o el deporte son escasas o nulas para la mayoría de la población, con especial énfasis en las mujeres de mediana y tercera edad que son invisibilizadas por estar fuera de la edad reproductiva. Incluso en el caso de mujeres de este grupo etario de estrato socioeconómico medio o medio alto que podrían gozar de mayores oportunidades, contemplar la posibilidad de asistir a clases de danza, hacer deporte o dedicar tiempo al ocio puede considerarse inapropiado para su edad, una pérdida de tiempo ante la responsabilidad que tienen en el hogar, o incluso, tildarse de ridículo.

Ante estas circunstancdanza-terapiaias ¿qué papel juega la danza? La danza en mi vida es una pasión. Estar consciente del contexto que la nutre es fundamental. Por ello, desde finales de los años 80 opté por enfocar la danza como medio para empoderar al ser humano. Estoy convencida, y la experiencia así lo demuestra, que a través de la danzaes posible contribuir al desarrollo de las capacidades físicas, intelectuales, emocionales y sociales de las personas y de esta forma, fortalecer la seguridad en sí mismas y la confianza en sus propias aptitudes para transformar su entorno. La práctica de la danza en un ambiente de creatividad, confianza y libertad ayuda a aceptar y valorar el propio cuerpo en movimiento que a su vez, genera una sensación de gozo y plenitud que reafirma a la persona, permitiéndole tomar el control de su propia vida

Dada la realidad de mi país, enfoqué mis esfuerzos hacia el alumnado del sistema educativo de los diferentes niveles. Creo que la danza puede ser un catalizador de cambios en la sociedad, pero es la educación la que brinda las herramientas para transformarla. Probablemente, fue en ese momento que distraje la mirada de género. De ahí que, aunque estuve vinculada a diferentes asociaciones de mujeres y aún colaboro con algunas de ellas, mi lucha personal se ha centrado en que la danza sea vista como un derecho de todas las personas y no como el privilegio de unas pocas. Todos los seres humanos tenemos un cuerpo y por lo tanto, todos podemos danzar. En conjunto, somos capaces de trasformar la sociedad. Ésta es mi utopía.

Desde que llegué a Cádiz hace cinco años, he tenido la oportunidad de dar e impartir diversos cursos y talleres de danza, especialmente dirigidos a mujeres. La experiencia en estos talleres y en las jornadas y mi participación como integrante de Equiláteras, me han permitido comprobar que, afortunadamente, en España, la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres ha dado sus frutos. Sin embargo, aún persisten profundas desigualdades. Sus causas tienen el mismo origen que en Guatemala: el predominio del sistema patriarcal que apuntala la superioridad de lo masculino sobre lo femenino.

En la mayoría de sociedades occidentales aún se asume que el cuidado de la familia y el hogar son responsabilidad de las mujeres. Según la Encuesta de Empleo del Tiempo 2009-2010,  el 91,9% de las mujeres en España destinan tiempo al cuidado del hogar y la familia en una media de 4 horas 29 minutos diarios. Sin embargo, sólo el  74,7% de los hombres dedica tiempo a estos trabajos. La media, en este caso, es de 2 horas 32 minutos. Debido a este rol social impuesto de “eternas cuidadoras”, las mujeres en España, al igual que en Guatemala, ven limitado su derecho a la salud, al ocio, al arte y el deporte y cuentan con escaso tiempo para su autocuidado. A esta situación se suma la presión que los estereotipos ejercen sobre ellas en cuanto a su cuerpo y cómo deben verse o moverse. Las repercusiones de esta situación pueden observarse, por ejemplo, en el rechazo que muchas mujeres experimentan hacia su propia imagen, al propio cuerpo y al placer, o en la creciente medicalización de los diferentes procesos femeninos vitales, como la menopausia. Es en este contexto donde la danza se yergue como una alternativa para la apropiación de nuestro cuerpo y nuestro propio empoderamiento.

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La danza desarrolla una mayor conciencia y control del propio cuerpo y su práctica mejora la coordinación, la orientación espacio-temporal, el equilibrio, la fuerza y resistencia musculares, la resistencia cardio-respiratoria, la flexibilidad, la facilidad y eficiencia del movimiento. El deporte también desarrolla estas capacidades, pero la danza, además, desarrolla las capacidades expresivas y creativas de la persona y le permite socializar y estrechar lazos de confianza entre quienes comparten la
experiencia. En mi opinión, la Danza Creativa es una de las formas de danza más adecuada para trabajar con mujeres de mediana y tercera edad, debido a que se basa en el movimiento natural de cada persona y le permite moverse y expresarse dentro de su propio rango de movimiento. De esta forma, las mujeres se fortalezcan física, mental y emocionalmente como vía para asumir el control de sus propias vidas y de las decisiones que afectan su bienestar integral. La danza, entonces, se convierte en herramienta transformadora que empodera a las mujeres.

La vida y las propias decisiones han permitido que hoy, en este tiempo, me encuentre viviendo en Cádiz. Ahora tengo la oportunidad de enfocar mis esfuerzos hacia la reivindicación del derecho de todas las mujeres a disfrutar su cuerpo en movimiento, a apropiárselo, desarrollando sus propias capacidades físicas, creativas y expresivas. Estoy consciente de que desde algunos enfoques feministas la danza sea vista como una actividad que eleva la feminidad a su máximo exponente. Tal vez por ello, la danza dentro del feminismo haya sido abordada, principalmente, para estudiarla desde su relación con el cuerpo, un cuerpo moldeado profesionalmente y con características físicas muchas veces fuera de lo común. Esta discusión, sin embargo, queda pendiente para una próxima oportunidad. Por mi parte, continuaré trabajando por el derecho de las mujeres a vivir y disfrutar su cuerpo en movimiento, a crear y expresarse, repitiendo incansablemente, “Si no puedo mover el body, tu revolución no me interesa”.

Escritoras españolas de posguerra: la fantasía inaceptable

04/10/2016 en Doce Miradas por Noemí Pastor

Buscaba un título bonito para este artículo y me lo ha brindado Carolyn Gold Heilbrun, escritora, investigadora y profesora de la Universidad de Columbia, quien en su libro Writting a Woman’s Life califica precisamente de fantasías inaceptables los anhelos de determinados personajes literarios femeninos, anhelos de poder o libertad que el medio social se encarga de frustrar o destruir.

En este artículo hablaré, pues, de literatura escrita por mujeres y, más en concreto, de las escritoras en la posguerra española, del tratamiento androcéntrico que recibieron y reciben por parte de la crítica, de la novela rosa y de sus mitos y tópicos, muchos de los cuales, por sorprendente que parezca, siguen hoy vigentes. Vamos allá. Espero que os guste.

 

¿Escritoras? ¿Qué escritoras?

Durante todos los años en los que fui estudiante de literatura, que fueron unos cuantos, en escasísimas ocasiones me dediqué a estudiar a escritoras y, desde luego, ninguna figuró en las páginas principales de mis libros de texto: apenas recuerdo en segunda fila a Safo, Fernán Caballero (seudónimo masculino de Cecilia Böhl de Faber) y Rosalía de Castro;  y, ya en el siglo XX, a Gabriela Mistral, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet y Rosa Chacel, quienes, por supuesto, nunca rozaron las primeras filas del estrellato literario y permanecieron siempre clasificadas en otra categoría bien alejada de, por ejemplo, Luis Martín Santos, Miguel Delibes o Camilo José Cela.

mito-y-discursoPor eso me resultan tan interesantes obras como Mito y discurso en la novela femenina de posguerra en España, de Francisca López Jiménez, doctora en Literatura, que ilustra ampliamente el habitual desprecio de la crítica hacia las mujeres escritoras y nos descubre aspectos muy desconocidos de las novelistas españolas de la posguerra.

 

La crítica androcéntrica

Del libro de López Jiménez he extraído, pues, muchas de las ideas que expreso en este artículo y varias citas interesantes. Por ejemplo, esta de Juan Luis Alborg, gurú de la historia de la literatura española, cuyos abultadísimos volúmenes fueron mis libros de cabecera en mis años de universidad:

Cuando una mujer nos deja oír el timbre de su femenina condición, es a su pesar, y siempre para darnos lo más blando y vacío, lo más inconsistente y ñoño de su espíritu, la vanidad mediocre o la vulgar coquetería.

Y más adelante añade que lo que la mujer escritora debería ofrecer es “la visión femenina de la vida y de sus problemas” tratados “con dureza varonil”.

Esto es: solo interesan las escritoras que prescinden de su feminidad, que para Alborg es sinónimo de vacuidad, inconsistencia, ñoñería, etc., y escriben como hombres, pues solo hay una manera de escribir “bien” y es la masculina.

Bajo este tono general, López Jiménez apunta tres razones principales por las que la crítica condenó al “fracaso” a estas escritoras. La primera es su desconcierto a la hora de tener que asignarles alguna etiqueta o clasificarlas en algún apartado literario de los elaborados por y para la producción masculina. Es lo que la escritora y académica Joanna Russ denominaba “denial for false categorizing¨; encontramos un ejemplo en la novela “Los Abel”, de Ana María Matute, protagonizada por Valba Abel y sus conflictos como mujer que no encaja en un medio rural, su desmitificación del matrimonio, la ausencia de modelos de vida femeninos, etc. Sin embargo, como al final de la novela uno de sus hermanos mata a otro, la crítica establece como temas centrales de la obra la ruina familiar y el cainismo.

Como segunda razón apunta López Jiménez que la crítica ignoró sistemáticamente la aportación femenina al realismo social, al negar precisamente el carácter “social” de un tema recurrente en las novelistas de los años 50 como fue la imposibilidad de realización de las mujeres fuera del ámbito doméstico.

Y en tercer lugar cita López Jiménez la actitud opuesta de la crítica hacia dos tendencias de la novela de los años 40; así, se acepta y se valora el tremendismo, tendencia generalmente masculina, como manifestación literaria y, en cambio, se ningunea o denigra la novela rosa, tendencia básicamente femenina, como manifestación subliteraria, sin hablar nunca de la falta de calidad de las peores novelas tremendistas ni de la escrupulosa elaboración técnica de las mejores novelas rosas.

Aquí, en la novela rosa me voy a detener un poco, porque es uno de esos fenómenos masivos de la cultura popular de dimensiones considerables a los que se dedica poca atención: por lo general, se juzgan y se desprecian; raramente se analizan.

 

Te puede pasar a ti

La novela rosa de la posguerra española es un fenómeno que merece un análisis tanto literario como social.

Voy a obviar por esta vez sus aspectos literarios y me voy a centrar en su tremenda incidencia en la formación de las muchachas españolas de los años 40 del siglo pasado. Estas novelas colocan el amor en el centro de la vida de las mujeres, de manera que todo lo demás queda subordinado a él. Es el famoso mito del amor romántico, todavía hoy vigente. E introducen un añadido peligroso: la idea de la infelicidad como ingrediente esencial del amor. Este mito secundario, la aceptación del sufrimiento, también sigue vigente hoy en día, con todas sus terribles consecuencias.

Sin ánimo de agotar la lista de mitos y tópicos de este género novelesco, podemos apuntar, además de los principales ya citados, el miedo a rebelarse contra las imposiciones, la pasividad, el anonimato social, la huida, las fantasías religiosas, la naturaleza masculina, el sacrificio, la abnegación… Como puede apreciarse, todo un compendio del ideal femenino del régimen franquista y la ideología ultracatólica.

Presentan, además, estas novelas un juego entre fantasía y realidad que incide directamente sobre su vertiente social; y es que lanzan continuamente el siguiente mensaje: “Puede suceder; te puede pasar a ti; tu vida puede ser así de maravillosa”.

Con todo, no deja de apreciar  López Jiménez en estas novelas ciertos momentos de lo que la crítica anglosajona llama “female bonding”: la complicidad, lazo o entendimiento entre mujeres, que no llega a convertirse en hermandad ni sororidad, pues nunca supone una amenaza para la sociedad patriarcal, sino simplemente una forma de hacer más soportable la vida de las mujeres.

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Fotografía de Asun Martínez Ezketa, @esaotra

Gafas de leer moradas

Yo fui y soy un resultado exitoso de una formación académica en la que ha predominado el discurso misógino que tan bien condensaba Juan Luis Alborg en la cita arriba expuesta. En mi biblioteca, como en casi todas, escasean los volúmenes firmados por señoras y en mi intelecto todavía flotan esa condescendencia hacia las producciones femeninas y esa tendencia a denigrar el criterio literario de las mujeres.

Eso a pesar de que un día me puse las gafas moradas (ya sabéis, esas que se te quedan pegadas a la cara y ante los ojos para siempre) y empecé a interesarme, por ejemplo, por las escritoras de las que nos habla López Jiménez (Elena Quiroga, Dolores Medio, Carmen Kurtz, Concha Alós, Elena Soriano…) y por los asuntos que exponen en sus novelas (el alejamiento de los patrones de conducta supuestamente femeninos, el disgusto y el desinterés por los modelos sociales tradicionales, los anhelos de independencia, la individualidad frente al estereotipo…), y me di cuenta de que, si las hubiera conocido antes, si las hubiera leído en mis dulces y devoralibros años de juventud, habría entendido mejor los conflictos que hervían en mi interior y a mi alrededor y seguro, segurísmo, habría lucido mis gafas moradas mucho mucho antes.

Ellas pisan fuerte y flotan en la política líquida del siglo XXI

27/09/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

aitorAitor Guenaga (@Topocorleone), Licenciado en Periodismo por la Universidad del País Vasco en 1988, ha desarrollado la mayor parte de su carrera profesional en Diario El País. Desde 2010, fue asesor de la portavoz del Gobierno vasco, Idoia Mendia, y responsable de la política de comunicación del Departamento de Justicia y Administración Pública del Ejecutivo vasco hasta diciembre de 2012. En 2013, se incorporó al equipo de eldiarionorte.es y es director desde el 7 de junio de 2015. Además, es analista político en Radio Euskadi (Ganbara) y colaborador habitual en programas de ETB.

 

No tengo presbicia. Y a mi edad, y con esta mala costumbre que he cogido en los últimos años de estar más pegado a la pantalla que a la realidad, es casi una noticia. Pero hace años que me puse unas gafas imbatibles. Para ver bien de cerca, pero sobre todo de lejos, con perspectiva, la que nos da el siglo XXI.
Algunas me dicen –y yo las creo a pies juntillas, pese a mi ateísmo irreconciliable (thanks, León Davidovitch)- que a los chicos nos favorecen. Siempre. Son las gafas de la igualdad edo Berdintasunaren betaurrekoak.

Cuando escuché por primera vez la frase “ponerse las gafas de la igualdad” recuerdo con claridad que fue en boca de una mujer. Y confieso que fue de la mano de una política de relumbrón y… de izquierdas. Fue en los estertores del siglo XX. Enseguida compré el concepto. Me pareció una idea de futuro.
En plena campaña electoral de estas autonómicas varias periodistas tuvimos la suerte de reunirnos -gracias a la Asociación Vasca de Periodista, que dirige Txuskan Coterón, y Emakunde, con Izaskun Landaida a la cabeza- con mujeres metidas a políticas profesionales de todos los partidos. Algunas de ellas habían roto el techo de cristal que aún pesa sobre las cabezas de las que representan más del 50% de la población mundial.

La idea era debatir sobre cómo se cubren las campañas electorales desde un punto de vista de género. En la jornada, compartieron espacio políticas en activo y periodistas. Y la iniciativa tuvo, además, un interesante corolario: la presentación de un interesantísimo estudio coordinado por Ainara Canto, licenciada en Sociología por la Universidad de Deusto, y elaborado junto a Zuriñe Romeo, licenciada en Ciencias Políticas y Sociología por la UPV/EHU sobre cómo se cubrió la campaña a las europeas de 2014 en los medios que se editan en Euskadi. Sí aquella en la que el exministro Miguel Arias Cañete le ‘insultó’ a la candidata del PSOE, Elena Valenciano, con unos comentarios machistas. De vergüenza.

Lo increíble es que graciaunnameds (o por desgracia) a ese comentario, el estudio revelaba que la discusión sobre la igualdad entre hombres y mujeres había alcanzado un 13% de repercusión en los textos informativos de cobertura de la campaña europea. Hasta entonces era prácticamente residual.
Hoy, mal que les pese a mis ojos, veo en la pantalla de mi ordenador que las mujeres han vuelto a hacer historia. También en Euskadi: el próximo Parlamento vasco tendrá mayoría de mujeres: 40 de las 75 personas electas, diez veces más que tras las primeras elecciones hace 36 años.

En esta política líquida que se ha hecho más que un sitio en el siglo XXI, las mujeres van ganando terreno. Y sería bueno que los hombres nos fuéramos echando a un lado –cuanto antes mejor- para que las féminas conquisten cuanto antes esas parcelas públicas que ya no pueden estar reservadas por más tiempo mayoritariamente a los hombres.

Algunas dicen –y no les falta razón- que la cosa va demasiado lenta. Yo recuerdo que EE UU, un país con una tradición democrática que hunde sus raíces en la historia, tardó varios centenares de años en colocar a un negro en la Casa Blanca.

Y su ciudadanía puede estar acariciando otra vuelta de tuerca en materia de igualdad: sentar a la candidata demócrata Hillary Clinton en el despacho oval. Algo que ya han hecho en Brasil, por ejemplo, o en Alemania o, mucho antes, en Gran Bretaña. En Myamnar (antes llamada Birmania) la letra pequeña de la Constitución ha cerrado el paso a la Premio Nobel de la Paz en 1991, Aung San suu Kyi, a la presidencia del país, pese a ganarles la partida electoral a los machos alfa del estamento militar del país asiático.

Todo es cuestión de que los hombres, sobre todo los hombres, nos pongamos las gafas de la igualdad esas. Sientan bien, oiga. Pero no es una cuestión estética o de andar por casa; es una necesidad me atrevería a decir inaplazable en el ámbito de lo público. Cuando uno se sube a la ola a tiempo es mucho más fácil y agradable surfear con los demás.
Al tiempo.