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Pues no lo veo, chica

17/10/2017 en Doce Miradas por Miryam Artola

Pues no lo veo, chica… (o  la danza del desencuentro en esto del mirar, en tres tiempos).

I

Pues no lo veo, chica – Ya lo dijo. Acompañada de un gesto de “ya está esta exagerada”, esta frase cierra toda posibilidad para continuar esa conversación en la que la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres es  una realidad “prácticamente conquistada” según su mirada.

Las cosas han cambiado mucho, eso no me lo puedes negar. Habéis “conseguido” mucho. Creo que vivís rayadas y no reconocéis que tenéis “prácticamente” -repite de nuevo lo de prácticamente- las mismas oportunidades que nosotros, sólo que vosotras tenéis otras prioridades.

II

Pues no lo veo, chica.

Y si no lo ves, no lo crees. O será que si no lo crees no lo ves. Y si no lo ves, no te mueves.

Y ¿cómo puedes no verlo, si los datos, los testimonios y la realidad son diarios? ¿Y son datos claros, inequívocos y alarmantes?

¿Por qué no lo ves? ¿Para qué no lo ves? ¿Desde qué posición estás mirando? ¿Qué privilegios quiere salvaguardar  esa mirada? ¿Qué (carajo) estás protegiendo?

III

Pues no lo veo, chica.

¿Quieres que te lo dibuje?

 

Datos mundiales (2016 y 2017).
Artículos consultados, entre otros:

http://www.lasexta.com/noticias/sociedad/violencia-genero-principal-causa-muerte-mujeres-mundo_20150815572480c94beb28d44600afee.html

http://www.lavanguardia.com/de-moda/20161013/41977528314/premio-nobel-nobel-bob-dylan-hombres-mujeres-desigualdad-feminismo.html

http://www.unwomen.org/es/what-we-do/leadership-and-political-participation/facts-and-figuresvhttps://www.internationalwomensinitiative.org/news/2016/6/24/gender-based-violence-around-the-world-are-we-doing-enough-to-stop-it

Cuéntame, Belén…

10/10/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Miren Elgarresta Larrabide (Zumarraga, 1965, @MirenElgarrresta). Estudié Veterinaria en Zaragoza y desempeñé esta maravillosa profesión en diferentes áreas durante casi 25 años. Ahora dirijo el Órgano para la Igualdad entre Mujeres y Hombres de la Diputación Foral de Gipuzkoa. Un giro radical en mi rumbo que llegó hace dos años y una de las decisiones más importantes en mi vida profesional. Desde entonces, hay algo que ya no es igual. Ahora miro el mundo con los mismos ojos, pero con otra mirada. Más igualitaria y con mayor afán de justicia social. Desde la política, también pueden cambiarse las cosas.

Hace unos meses recibí la invitación a participar en este blog. Desde entonces, me ha pesado la responsabilidad de entregar mi mirada-relato. Casi he agotado el tiempo de entrega. Varias veces se ha encendido el piloto de alarma en mi memoria, recordándome este reto. Durante todo este tiempo, varias ideas han intentado tomar forma y cuerpo, pero ninguna ha insistido tanto como el recuerdo de Belén.

Conocí a Belén en los primeros años de tránsito entre la dictadura y la democracia. Su vida era en apariencia una vida corriente, como la de cualquier familia de entonces, como la de la familia Alcántara de “Cuéntame cómo pasó”, donde se reproducía, no sin cierta nostalgia, el estereotipo de la familia en aquella época.

Bien, pues en este período conocí yo a Belén. Había dejado su Andalucía natal para llegar a Euskadi poco antes del inicio de los 80. Llegó casi con lo puesto, su marido y una prole de cinco hijos e hijas de corta edad; el sexto nació poco después. Como muchas otras familias inmigrantes, llegó a un barrio obrero con predominio de gente procedente de Zamora y Extremadura. Ella decía con orgullo, “yo soy Belén, de Palma del Río, provincia de Córdoba”.  La recuerdo con una permanente sonrisa que, sin embargo, poco tenía que ver con la lógica de la felicidad.

Belén ya no “es”. Murió pocos años después. Aparentemente, fue debido a una enfermedad a sus 44 años. Sin embargo, quienes conocimos su vida de cerca sabíamos bien que su historia se tejió -poco a poco, día a día- con los hilos de ese maltrato de la violencia de género. En aquel breve, pero intenso periodo, fuimos parte de la vida de Belén. Aunque, hace tiempo que comprendo ya que, en realidad, solo fuimos espectadores de cartón-piedra de su vida. Porque no supimos ver ni identificar signos tan evidentes, ni mucho menos denunciar la violencia que Belén sufría en el sagrado seno familiar. Y como ella, muchas otras mujeres de la época.

Nadie empleaba el término violencia de género entonces, pero todos -y, en especial, todas- sentíamos que algo se nos removía por dentro, que Belén no vivía. Que Belén sobrevivía cada día a un maltrato que, incluso sin nombre, producía un impacto brutal sobre el cimiento más fuerte. Un impacto que hacía temblar su dignidad como mujer. Sus derechos como persona.

Han cambiado mucho las cosas desde entonces; es evidente. Las mujeres somos hoy más autónomas, más libres… Tenemos más oportunidades para elegir y construir nuestro proyecto de vida, y tenemos competencias que son llave para nuestro empoderamiento. Pero seguimos sin resolver esta realidad social que hoy, todos y todas conocemos mejor. Hoy nos referimos a ella como violencia contra las mujeres y sabemos que su principal sustento son las desigualdades sociales y económicas entre mujeres y hombres. Ya no hay excusas.

Entendemos la igualdad como un derecho inherente al ser humano. Hoy por hoy, más del 95% de las personas de nuestra sociedad, mujeres y hombres, dice no entender una sociedad que discrimine por razón de sexo. Pero la realidad es tozuda. Se impone y nos interpela a diario con las evidentes diferencias entre mujeres, y con la violencia que día tras día nos sacude en el noticiario.

Hoy asumo un puesto de responsabilidad política e institucional. Me toca dirigir el Órgano para la Igualdad entre Mujeres y Hombres en Gipuzkoa. Supone un gran reto. Somos un territorio punta de lanza en políticas de igualdad, y por ello, no se nos escapa que las desigualdades de género que existen en nuestro territorio, requieren atención y acción urgentes. Somos una sociedad avanzada en lo económico, pero hay mucho que hacer todavía en lo que a justicia social se refiere.

La violencia contra las mujeres hoy se afronta en Gipuzkoa con un plan foral ad hoc. El objetivo de lo que denominamos plan AURRE! (“adelante”, en su traducción del euskera) es, de hecho, ambicioso en su generalidad: avanzar, mover a nuestra sociedad hacia adelante, porque queremos hacer de Gipuzkoa un territorio libre de violencia contra las mujeres. Y entre las muchas acciones que contempla, hay una que a menudo me trae a la cabeza a Belén.

Se trata de una campaña de sensibilización (Somos Tú / Denok Zu) que, precisamente, trata de trasladar a las mujeres maltratadas que estamos con ellas, que la sociedad de hoy día no es ni quiere ser espectadora de cartón-piedra. Que sabemos que podría sucederle a cualquiera. Que no están solas ni la responsabilidad es solo suya. También es nuestra. Porque cada vez que callamos ante una agresión, cada vez que miramos a otro lado bajo la excusa de que no nos concierne, somos responsables de lo que sucede. Y lo que sucede es absolutamente doloroso y terrible.

Esta campaña se articuló alrededor de una imagen, la de una mujer. Su rostro fue llevado, entre otras aplicaciones, a una careta que todos y todas pudiéramos colocarnos en señal de apoyo simbólico. Le dimos el nombre de Ane. Pero, bien podría haber sido Noelia, Rosa María, Matilde, Esther, o bien Ana Belén, la última mujer asesinada hasta la fecha en que termino este post. También tenía 44 años, como Belén, y era de Vitoria.

No queda duda de que es muchísimo lo que queda por hacer para enfrentar la violencia contra las mujeres. Desde muchos frentes, pero creo que hoy sí podríamos decirle a Belén, que se ha acercado desde algún lugar para decirme “cuéntame”, que estaría menos sola. Al menos, menos sola…

Me ha gustado contar tu historia, Belén, de Palma del Río, provincia de Córdoba.

Big Little Lies, la sororidad en tiempos difíciles

03/10/2017 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta


Confieso que no soy de series televisivas. A no ser por una buena recomendación nunca hubiera visto ‘Big Little Lies’, una miniserie de siete episodios y una de las ganadoras en la última gala de los Emmy. Y menos aún hubiera pasado del primer capítulo en el que se presenta a tres mujeres ricas con vidas aparentemente perfectas en el marco incomparable de Monterrey, un pueblo al norte de California en el que nada es lo que parece.

little big liesLo que, aparentemente, pintaba una aburrida historia sobre los problemas cotidianos de estas tres madres, Madeline, Celeste y Jane, ha dejado ocupada una parte de mi cerebro con flashes intermitentes de escenas dulces y amargas. Hace mucho que no disfrutaba (o sufría) con un drama como el de esta miniserie. ‘Big Little Lies’ es, sin duda, un relato sobre las mujeres, las relaciones entre ellas y la violencia de género.

No voy a hacer spoiler, aunque sí contaré que estas tres mujeres, con mucho más en común de lo que ellas mismas piensan, poco a poco van mostrando la tensión de sus propias vidas, sus relaciones de pareja y familiares, sus cargas, sus emociones y su manera de enfrentarse a todo esto. Las tres son madres pero representan diferentes perfiles: Jane es una mujer joven que huye de un doloroso pasado; Madeleine es una mujer popular en el pueblo con una vida dedicada a su familia; Celeste es una ex-abogada venida a ama de casa, un papel con el que no parece sentirse del todo cómoda.

Este primer círculo se abre a un círculo más amplio de mujeres -cuyo nexo de unión es el colegio público (algo surrealista) al que llevan a sus hijos e hijas- para tratar el tema de la maternidad, las diferentes formas de enfrentarla, los roles tradicionales, las relaciones de poder y las luchas por imponer criterios. La línea divisoria entre estas mujeres está entre aquéllas que dejaron sus carreras profesionales para dedicarse a su familia y las profesionales ‘triunfadoras’.

La rivalidad entre mujeres, una creencia muy extendida en nuestra sociedad, está presente a lo largo de toda la serie. Como también lo están los lazos de amistad, la empatía, la ayuda o el mirar sin juicio que surge entre ellas; también esto ocurre en nuestra sociedad, aunque haya quien se empeñe en enfatizar más la rivalidad que la sororidad porque nadie ve las cosas tal y como son, las vemos como somos nosotros/as.

En esta serie los personajes son complejos, con inquietudes y contradicciones, como lo es el personaje de Celeste, genialmente interpretado por Nicole Kidman. Celeste guarda un oscuro secreto, sufre violencia de género en el hogar; duele conocer la historia de una mujer y sus contradicciones, esas que no le permiten identificarse a sí misma como víctima. ‘Big Litlle Lies’ sabe contar la transversalidad del abuso y la violencia machista, que se ceba con mujeres de cualquier edad, sexo, raza o religión, solo por razón de género. En lo que llevamos de año, 43 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas; o lo que es lo mismo, una mujer es asesinada cada cinco días por violencia de género (sin olvidar que cada ocho horas se produce una violación).

Detrás de cada una de estas mujeres hay una vida, hay una historia como la de Celeste. Y por eso duele tanto, porque esta es una historia de verdad, una historia amarga que ocupa mayor espacio por conocer su vida, sus relaciones, sus hijos, sus intereses y sus miedos. Y ese espacio no lo ocupan las 43 mujeres asesinadas durante este año (un día después de publicar este artículo son 44); conocer nos hace daño y no conocer nos protege de sufrir y, al mismo tiempo, nos hace abandonar un poquito a quien sufre y dejar que la realidad continúe oculta y silenciosa. La sororidad es doblemente útil en tiempos difíciles.

Con-suma Violencia

26/09/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Erika Martínez Lizarraga (Gasteiz, 1985) Soy Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas. Después de andar dando tumbos, como tanta gente de mi generación, aterricé en una cooperativa energética verde en 2015 como responsable de comunicación. Con el corazón verde y las gafas violetas siempre puestas, intento cambiar lo que no me gusta desde el activismo social y político. Soy curiosa, siempre con un libro entre manos y pocas veces digo que no a una propuesta interesante. Me gusta viajar, pero no cambio una tarde de buenas películas al calor de la chimenea por nada.

 

Este verano saltaba por enésima vez la polémica por la imagen que sobre la mujer transmite una campaña publicitaria. En realidad, han sido varias las ocasiones en las que se han denunciado anuncios por el cosificar nuestros cuerpos, utilizarlos como reclamo etc… incluso desde la publicidad institucional. También me viene a la mente la camiseta de nuestra marca nacional más internacional de ropa de cuyo nombre no quiero acordarme en la que insinuaba que ser feminista es aburrido. Hasta aquí, lamentablemente nada nuevo bajo el sol. Pero la que a mi parecer es la más significativa es la de la marca de Ropa Kling, que crea escenas en las que mujeres parecen moribundas, sin energía. Todo comenzó con este artículo publicado en The Huffington Post

Fot. Yolanda Dominguez

 

Vivimos en una sociedad cuyo slogan podría ser Con-suma Violencia; Os invito a ir a algún hipermercado y que veáis cuántos productos podéis identificar que no pertenezcan a marcas que a su vez estén dentro de gigantes de la distribución con escándalos sobre explotación laboral, uso de productos nocivos para nuestra salud, contaminación y destrucción de la naturaleza, experimentación con animales.

 

Es un sistema feroz que en todas sus fases y en todos los sectores productivos se encarga de explotarnos, de impedirnos avanzar, de invisibilizarnos. Al igual que a la naturaleza, a las mujeres se nos somete y se nos utiliza para que soportemos el peso del capitalismo, que de otro modo no podría subsistir. Es lo que parece soportar la chica de la imagen.

Consume Violencia Mujer! Daña tu pelo con tintes, usa maquillaje con químicos que además no dejan respirar tu piel, usa tacones aunque te causen problemas de espalda, broncéate sin importarte poner en riesgo tu salud, haz mil dietas para la operación bikini y luego cómprate carísimos tratamientos inútiles porque las estrías son antiestéticas. Mención aparte merece la depilación: seguro que habéis visto en televisión ese spot en el que una chica no puede acudir a una fiesta en la playa porque no está depilada y en cambio a los hombres se les anima a probar la depilación para “estar más fresquitos”.

Pero mujer, no te olvides del hogar. También tienes que ser esa que busca lo mejor para su familia. Los mejores productos, excelente cocinera, costurera y encuentra-solución para todo. Mientras los unos hacen caja, nosotras nos sentimos cada vez más frustradas por no poder llegar a ser esas súper mujeres; más violencia.

Con-suma violencia: mensaje subliminal ( ¿o no tanto?) transmitido por la publicidad a través de los grandes medios. Ese último eslabón tras el que el capitalismo se enmascara vendiéndonos felicidad, pero que es a mi parecer, la parte más mezquina de este engranaje, y una de las más importantes.

Por cierto, ¿qué es la publicidad? Aquí va una definición muy acertada de la Wikipedia:

“ una forma de comunicación que intenta incrementar el consumo de un producto o servicio, insertar una nueva marca o producto dentro del mercado de consumo, mejorar la imagen de una marca o reposicionar un producto o marca en la mente de un consumidor. A través de la investigación, el análisis y estudio de numerosas disciplinas, tales como la psicología, la neuroanatomía, la sociología, la antropología, la estadística, y la economía, que son halladas en el estudio de mercado, se podrá, desde el punto de vista del vendedor, desarrollar un mensaje adecuado para una porción del público de un medio”.

Mi reflexión es la siguiente: Cuando veo a esa mujer tirada sobre la roca, me veo a mi en muchas ocasiones tras un largo día cuando llega la hora de acostarme. Pero no me gusta verme así. Una visión extremista y radical frente a la imagen de super-woman. Ambas igual de dañinas.

Si esta marca se ha decantado por esta línea comunicativa quiere decir que algunos de sus estudios de mercado han identificado que su público objetivo, (yo misma he sido compradora) acepta de buen grado esta visión sobre sí mismo. Es decir, “me voy a comprar esta ropa porque a una chica que parece enferma le queda sensacional y me quiero parecer a ella”.

¿En serio?¿O tal vez sea un nuevo giro para que nosotras mismas nos volvamos a ver así, asumamos que ese es nuestro papel frente a otro tipo de roles que poco a poco hemos asumido y que pueden inquietar a quien ostenta el poder?

Como no podía ser de otra manera, el equipo creativo se defendió diciendo, entre otras cosas que “ésta no es una campaña que quiera dañar la imagen de la mujer ni machista, porque está diseñada por un equipo de mujeres”. Sobra todo comentario frente a este tipo de argumentos retorcidos y perversos.

Alternativamente, se crean poco a poco redes que promueven una manera distinta producir, de transmitir, de tratar a las personas y a nuestro entorno. Seamos impulsoras y protagonistas de este cambio hacia un consumo transformador y recordemos el poder que como consumidoras tenemos.

Ni putas ni sumisas

19/09/2017 en Doce Miradas por Noemí Pastor

A comienzos de la década de 1990 se degradaron notablemente las condiciones de vida de las jóvenes de las barriadas obreras de Francia con numerosa presencia de población de origen magrebí. Simplificando mucho, podríamos decir que desde dentro del barrio a las mujeres jóvenes se las percibía como putas y desde fuera, como sumisas. Ambas cosas eran falsas.

El momento crítico se alcanzó el 4 de octubre de 2002: Sohane, una joven de diecisiete años, fue asesinada en el sótano de un barrio obrero de las afueras de París. Este crimen fue el detonante de la fundación del movimiento Ni Putas Ni Sumisas (NPNS), pero antes habían sucedido otras muchas cosas que lo fueron cimentando. Nos lo cuenta todo Fadela Amara, una de las fundadoras y dirigentes del movimiento,  en un libro que se titula también “Ni putas ni sumisas”. Amara, entre otros cargos, fue Secretaria de Estado de Políticas Urbanas durante la presidencia de Nicolas Sarkozy.

 

Todo empeoró hacia 1990

La autora de este libro, publicado por Cátedra en 2004 con traducción de Magalí Martínez Solimán, nos cuenta en la primera parte del volumen que también ella es una chica de barrio nacida en 1964 en Clermont-Ferrand, una ciudad obrera del centro de Francia donde todo giraba alrededor de la fábrica de Michelin, y que creció en la típica familia magrebí con otros  seis hermanos y tres hermanas.

Amara trabajaba en la Maison des Potes de Clermont-Ferrand, una asociación para la mejora de las condiciones de vida de los barrios, auspiciada por SOS Racismo, cuando empezó a detectar los primeros indicios de degradación en la situación de las jóvenes, que coincidió con la entrada en escena de los hermanos mayores. Las jóvenes debieron sumar a las presiones que recibían de parte de su familia y su tradición (menor autonomía para entrar y salir, normas de vestimenta y, en algunos casos, confiscación del sueldo completo), las obligaciones que empezaron a imponerles los chicos.

Esto coincidió con una época de grave crisis económica para la clase obrera francesa. Los inmigrantes fueron los primeros afectados por los despidos de la reestructuración industrial  y los padres de familia se encontraron sin trabajo, sin estatus social. Esto invirtió los papeles en las familias y acabó con la autoridad paterna. Hasta entonces los padres eran la autoridad familiar, establecían las reglas de la vida común y arbitraban los conflictos entre hermanos. El desempleo les hizo perder estas prerrogativas, que pasaron al hermano mayor.

Asumida la autoridad en la familia, los chicos pasaron a ejercerla también en el barrio. Su misión era proteger a las hermanas de los “depredadores” y mantener su virginidad hasta que se casaran. Esto al principio solo afectaba a las hermanas, pero luego pasó a afectar a toda la barriada. Así perdieron las jóvenes buena parte de las libertades conquistadas durante las décadas de 1970 y 1980.

Esta presión se acentuó y se hizo opresión. Se instauró un auténtico control sobre la vida de las chicas, sobre sus idas y venidas. Las salidas se redujeron; se les imponía una hora de regreso y la obligación de ir siempre acompañadas. Se instauró un control estricto de sus amistades masculinas y proseguir los estudios se convirtió para ellas en una auténtica batalla.

En una etapa siguiente, la misión de vigilar a las hermanas no recaló unicamente en el hermano mayor, sino en todos los chicos del barrio. Así, chicos sin trabajo apostados en la calle, con el pretexto de controlar a las chicas, ejercían contra ellas la violencia verbal, las insultaban. Cuando las encontraban en la calle, les decían que volvieran a casa o le contarían a su hermano dónde las habían visto y con quién.

En otra etapa ulterior, los chicos pasaron a la intervención directa, a molestar a las chicas. A partir aproximadamente de 1995, la violencia se extendió por los barrios de la mano de la descomposición social. Las chicas tenían prohibido maquillarse o vestirse a su antojo. Se acabaron los vaqueros y las camisetas. Las trangresoras eran directamente “putas”. En una fecha que Fadela Amara no precisa, comenzaron a aumentar alarmantemente las violaciones en grupo y los asesinatos.

¿Cómo reaccionaron las chicas?

Pues, como era de esperar, de manera diversa. Unas interiorizaron este control y regresaron a las tradiciones patriarcales.

Otras optaron por parecerse a los chicos, imponerse para que las respetaran y adoptar sus herramientas y armas. Así, apareceron en los barrios pandillas solo formadas por chicas, vestidas con chándal para no asumir su feminidad, que utilizaban la violencia como forma de expresión.

Una tercera modalidad de comportamiento es la que Amara llama “convertirse en fantasma”, ser transparente, invisible, pasar desapercibida y hacer todo lo posible por salir del barrio.

En el capítulo dedicado a la reacción de las muchachas ante el machismo y la violencia crecientes, Amara se detiene a hablar de las niñas sacadas tempranamente de la escuela, los matrimonios forzosos y, sobre todo, el velo islámico, que tanto revuelo mediático y no solo mediático ha levantado en Francia y no solo en Francia. Al velo y a lo que representa para las musulmanas, que en esto son muy diversas, dedica Amara páginas y páginas, así que, a modo de resumen, os diré que no es en absoluto partidaria y lo considera un símbolo de la opresión femenina.

Foto: “La muralla china”, bloques de viviendas sociales en Clermont-Ferrand
De ThomasInTheSky, en Wikipédia

 

Manos a la obra

Ya en 1989 en la Maison des Potes de Clermont-Ferrand habían creado una Comisión de Mujeres para hacer frente a la violencia que en adelante no hizo sino crecer: secuestros, repatriaciones, matrimonios forzosos e incluso asesinatos de hijas “descarriadas”.

En junio del año 2000 organizaron un seminario de formación en feminismo que fue un gran éxito y, así, se animaron a preparar durante 2001 los Estados Generales de las Mujeres de los Barrios. El primer paso lo constituyeron los Estados Generales locales, que se celebraron en ciudades grandes del país, con el objetivo fundamental de que las chicas supieran que lo que les sucedía no era algo aislado, sino que esa misma situación se repetía en los suburbios de Estrasburgo, Burdeos o Marsella. También se trataba de alertar a la opinión pública y, por supuestos, a los poderes públicos también.

Con el fin de que las jóvenes tomaran la palabra, rompieran la omertà, la ley del silencio,  y le plantaran cara al “sistema de los hermanos”, difundieron entre ellas un cuestionario con preguntas sobre violencia, sexualidad, tradiciones o religión y recibieron más de cinco mil respuestas. Con ellas elaboró la socióloga Hélène Orain el Libro blanco de las mujeres de los barrios, que dibujaba un preocupante panorama de violencia, desestructuración social, guetización, discriminación étnica y sexista y regreso forzoso a las tradiciones, con resurgimiento de prácticas como la poligamia.

Así llegaron el 26 y el 27 de enero de 2002 los Estados Generales de las Mujeres de los Barrios, que se celebraron en la Sorbona. Participaron más de trescientas mujeres, solo mujeres; se decidió así porque durante los anteriores encuentros locales, muchas chicas habían manifestado que les resultaba difícil hablar cuando tenían hombres delante. Trataron cuatro grandes bloques temáticos: sexualidad, tradiciones, religión y formación y empleo.

Dos meses después, en marzo, publicaron un manifiesto, que titularon Ni putas ni sumisas. Buscaban un lema incisivo, escandaloso y eficaz y partieron de la expresión “todas putas menos mi madre”, porque les parecía que ilustraba la manera en que los hombres consideraban a las mujeres en las barriadas. Enviaron este texto a todos los candidatos a las elecciones presidenciales de abril de 2002 y apenas obtuvieron respuesta.

Entonces se les ocurrió la idea de organizar una marcha pacífica, inspirada en las de Gandhi o Martin Luther King, protagonizada por chicas y esta vez también chicos de los barrios obreros. Se bautizó con un nombre largo: Marcha de las mujeres de los barrios por la igualdad y contra el gueto.

Entre tanto, en noviembre de 2002, Sohane, de diecisiete años, fue asesinada por un muchacho en Vitry-sur-Seine y fue una conmoción. En su recuerdo, la marcha comenzó en esa misma localidad el 1 de febrero de 2013 y durante cinco semanas recorrió veintitrés etapas.

En palabras de la propia Amara, el mayor éxito de la marcha fue convencer a las chicas más renuentes a reconocer la opresión en la que vivían, ya que algunas lo negaban rotundamente y afirmaban que a ellas no les pasaba nada de lo que la marcha denunciaba. Estas chicas habían asmilado las normas sexistas sin ser conscientes; las habían integrado tan bien que pensaban que las habían escrito ellas mismas. Una de ellas le confesó a Amara: “Este año he hecho tantas tonterías que en verano me van a casar en Argelia”.

Por supuesto que también tuvieron detractores. Era de esperar que, al haber obligado a la sociedad a abrir los ojos ante una realidad que no quería ver, se encontraran, por ejemplo, con grupos de chicos agresivos que irrumpían en los debates. En alguna ocasión tuvieron cara a cara a muchachos que habían participado en violaciones colectivas y no entendían qué les reprochaban ni por qué cuestionaban y denunciaban sus actos. Tuvieron que explicar una y mil veces que la marcha no iba contra padres ni hermanos, ni contra el Islam; que pretendía salir de aquella espiral de violencia que destrozaba a todo el mundo en el barrio.

El final de la marcha se hizo coincidir con el 8 de marzo de 2003 y en abril del mismo año
NPNS se convirtió en movimiento, en asociación. No había transcurrido esa misma primavera cuando se creó también la asociación Ni Machos ni Proxos (proxo en francés es abreviatura coloquial de ‘proxeneta’) para oponerse a su movimiento y negar la realidad que describía. Miembros de Ni Machos ni Proxos se acercaron a un encuentro celebrado en Asnières con la sana intención de sabotearlo. Dejaron claro que no estaban allí  para participar ni escuchar, sino para socavar el trabajo de NPNS.

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Fadela Amara dedica los últimos capitulos de su libro a hablar de las acciones que el movimiento ha emprendido desde entonces, que han sido muchas y variadas. Si tenéis curiosidad, también podéis echar un vistazo a su web: www.npns.fr. Salud, hermanas.

Resistencias , diversidad y cambio en el trabajo con hombres

12/09/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Josetxu Riviere Aranda. Mondragón ( 1962)

Soy diplomado en Magisterio y Master en Igualdad de Mujeres y Hombres de la UPV/EHU. Trabajé en la Asociación Hikaateneo Elkartea de Vitoria (2001-2007). A lo largo de mi vida he participado en diversos movimientos sociales y políticos y a partir de 2007 me dedico a trabajar los temas relacionados con la igualdad y las masculinidades. Trabajo actualmente en Berdintasun Proiektuak Coop. y fundamentalmente me dedico a la Secretaria Técnica de la Iniciativa Gizonduz de Emakunde (2008-2017)

 

Me gustaría aportar algunas preocupaciones e ideas sobre el trabajo con hombres y la masculinidad .[1] Son fruto del trabajo en programas de igualdad dirigidos a hombres en los que he participado en estos años. No son ideas cerradas sino aportaciones a algunos de los debates que tenemos abiertos.

Seguimos viviendo en una sociedad que, aunque ha realizado profundos cambios legales y sociales, se organiza en muchos aspectos basándose en la desigualdad de mujeres y hombres.

Pienso que el trabajo a favor de la igualdad tiene que incluir el cuestionamiento de las identidades masculinas y femeninas como categorías fijas y cerradas. No tiene mucho sentido seguir sosteniendo una sociedad binaria en torno a las identidades de género y pretender generar practicas igualitarias. Es necesario alterarlas o eliminarlas y reconocer, generar y legitimar, de forma abierta y flexible una mayor diversidad identitaria.

El aprendizaje de la masculinidad sigue estando vinculado al ejercicio del poder y, aunque no todas las expresiones de la masculinidad gozan del mismo rango ni entre los propios hombres ni en la sociedad, tener el poder en todas sus expresiones (sociales, individuales , económicas, etc.) es una de la características mas importantes en la construcción de las identidades masculinas. Cuestionar la masculinidad pasa por cuestionar los mecanismos de poder y es desde las ideas feministas desde donde podemos seguir analizándola y proponiendo alternativas.

Para conseguir una sociedad igualitaria necesitamos potenciar la participación y el cambio en los hombres. Resulta difícil conseguirla solo con la aportación y el trabajo de las mujeres y, por tanto, son necesarios programas específicos dirigidos a ellos, que acompañen y colaboren con los programas de empoderamiento de las mujeres y que tengan como objetivo impulsar el cambio en los valores y actitudes de los hombres. Dedicar recursos a trabajar con los hombres es dedicarlos a favorecer la igualdad.

En mi experiencia como formador me encuentro con diversas resistencias al cambio por parte de muchos hombres, pues con el discurso se está de acuerdo pero con los cambios concretos no tanto. La igualdad es un tema que involucra poco a los hombres. Es notorio el desequilibrio en el número de mujeres y hombres en las actividades relacionadas con la igualdad, salvo quizás en los últimos tiempos en las respuestas publicas y sociales a la violencia machista. Creo que conseguir implicar a los hombres pasa muchas veces por generar espacios “obligatorios” de aprendizaje y debate, entre otros, por ejemplo en el trabajo para promocionarse, en la crianza o en los estudios.

Por otro lado, muchos piensan que ya vivimos en una sociedad igualitaria, que en todo caso las diferencias de mujeres y hombres dependen de decisiones personales y, en consecuencia, no las consideran un problema colectivo que les interpela.

De forma persistente se defiende que no existen privilegios en nuestra sociedad por ser hombres. En una sociedad donde los recortes sociales y la precariedad han alcanzado a grandes capas de población, muchos no perciben que tengan privilegios por ser hombres. En mi opinión, una de las tareas más importantes que tenemos pendiente es poner en relieve y analizar esas ventajas, cuáles son sus causas profundas, cómo están evolucionando y en qué forma participamos en ellas. Por ejemplo, muchos hombres son contrarios a la violencia contra las mujeres, pero no perciben que esa violencia les genera ventajas frente a ellas a la hora de ocupar el espacio publico con una mayor libertad o tampoco ven que las diferencias en la dedicación al trabajo domestico y de cuidados les otorga más facilidades para ocupar puestos de responsabilidad.

Me parece importante hacer hincapié en las responsabilidades individuales y colectivas que sostienen la desigualdad, y mas que de culpabilidades prefiero hablar de responsabilidades. Es necesario ponderar qué hacemos en lo concreto que genera desigualdad. Aunque sean fundamentales los cambios estructurales, no hace falta esperar a ellos para, por ejemplo, asumir el cuidado y el trabajo domestico en equidad o para valorar y reconocer los méritos de las mujeres o dejar de ocupar de forma tan mayoritaria los espacios públicos en muchos ámbitos. Abandonar espacios y privilegios por nuestra parte forma parte del camino hacia la igualdad.

Para trabajar con los hombre me parece interesante tener en cuenta no solo lo que les hace iguales sino también su diversidad.

Son diversos sus compromisos individuales con la igualdad. No se trata de hablar de algunos hombres buenos magnificando sus comportamientos. No debemos caer en sobre-representar nuestro papel. Creo que debemos analizar la diversidad en los comportamiento sexistas de los hombres para poder intervenir y trabajar a favor de la igualdad de una forma más eficaz.

Analizar el sexismo en los hombres de una forma plana y de tono grueso (“los hombres son …”) me parece que impide que aprendamos de los avances, por pequeños y tímidos que nos parezcan, que se han producido y que nos indican por dónde deberemos seguir trabajando para que esos avances sean mayores.

Se me hace difícil meter en la misma categoría a los hombres que participan en los alardes igualitarios de Irún y Hondarribia y a los que siguen manteniendo los alardes sexistas y discriminatorios o a quienes utilizan excedencias para el cuidado y a los que no.

Creo que tenemos que tener en cuenta la diversidad de expresiones de la masculinidad que existe, pues no todas ellas tienen el mismo rango de poder y legitimidad entre los hombres. Las que se alejan del modelo mayoritario son atacadas y marginadas y perseguir el ideal de la masculinidad tradicional también genera tensiones, violencia y desigualdad entre los propios hombres.

También existe diversidad en relación al lugar que ocupan en la sociedad, creo que no podemos trabajar igual con un grupo de hombres en situación de vulnerabilidad social que con aquellos hombres que tienen capacidad de decisión política, económica o cultural. Sus responsabilidades son diferentes, y nuestras estrategias en la intervención también deben serlo. Nos atraviesan más circunstancias además de ser hombres o mujeres, nuestra posición social, etnia, cultura, lengua, etc.

Por todo esto creo que las metodologías con las que intervenimos con los hombres deben ser múltiples, complementarias y diversas. Y que con el objetivo de generar espacios que potencien cambios reales y efectivos debemos utilizar cualquier recurso posible para aprender, confrontar, formar, incomodar, cuestionar, exigir, siempre de una forma adaptada a cada realidad específica donde intervenimos.

 

[1] En el artículo utilizaré “hombres” y “mujeres” incluyendo a quien se identifique con el termino. Soy consciente de que, afortunadamente, ese binomio ya no recoge la totalidad de identidades que hoy existen y entre ellas hay movimientos y diversidad.

 

Mariana

05/09/2017 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

Mariana no sonríe. Nunca. Fue un proceso paulatino, y tocó techo la noche en la que Manuel llegó borracho de la cantina, y le rompió los dientes de un sonoro puñetazo cuando ella rechazó sus manos y sus besos, arrinconándose en la litera que comparten.
Poco quedaba ya de la pasión juvenil que, de la noche a la mañana, hizo que dejase su aldea para unirse al grupo de rebeldes que marchaba hacia la selva. Mariana es guerrillera accidental, y desde entonces también es la compañera de Manuel, la única mujer de la tropilla, un trabajo a tiempo completo: lava para él y sus compañeros, cocina, recolecta o roba lo que necesitan para comer. Porque es guerrillera, sí, pero ante todo es compañera y mujer. Hace unos años sumó a sus tareas la de ser la puta del destacamento: sus compañeros (ellos) lo acordaron en democrática decisión, como vía de desfogue tras semanas de caminatas y luchas. Alegaron que, además, así estaría mejor preparada para no delatarse en los encuentros con los paramilitares, que acostumbran a violar a las mujeres, bien como entretenimiento, bien como parte del escarmiento general.
La mañana siguiente a romperle la boca y la sonrisa, Manuel preguntó a Mariana qué había pasado. “Esta vida de mierda”, le dijo en una torpe disculpa. Dice que no consigue recordar esa noche. Mariana, sin embargo, no logra olvidarla.

 

Quería escribir sobre las mujeres en los conflictos armados, pero la historia de las Marianas de la guerra se me ha quedado atragantada entre los dedos. Me la contaron hace unos días, y no he logrado que salga de mi cabeza.
Sobra decir que no se llama así. Y que Mariana no es de un lugar concreto. No la busques en una guerrilla, en singular, ni en un lugar en particular. Esta Mariana concreta no existe, pero es, a la vez, miles de mujeres. Ocurre lo mismo con tantas y tantas historias del infierno que se van perdiendo para siempre, porque sus protagonistas, ellas, no son reconocidas como voces autorizadas para relatar sus propias vivencias. ¡Qué despropósito!
Mariana es tan solo una de las miles de mujeres víctimas directas de los conflictos armados. Nada nuevo, nada diferente a lo que puedas estar imaginando: el cuerpo de las mujeres ha sido siempre un campo de batalla, tanto más en la guerra y en sus diferentes vertientes.

Quería escribir sobre la situación de las mujeres en los lugares del mundo donde la guerra y sus demonios son el pan suyo de cada día. Y quería hacerlo porque, en mi ignorancia, he sabido que es relativamente novedosa la intervención de los poderes públicos internacionales en esta realidad (conocida o intuida, pero ignorada de forma sistemática). El 19 de junio del 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la resolución por la que se declara esta fecha como Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos.

Un año después, en marzo de 2016 un tribunal íntegramente femenino de la Corte Penal Internacional dictó su primera condena por delitos sexuales y de género cometidos por el exvicepresidente congoleño Jean-Pierre Bemba.

 

La dominación sobre las mujeres es el único régimen de poder que ha sobrevivido a todas las fórmulas a lo largo de la Historia, así, con mayúsculas. Por siglos y siglos, los seres humanos hemos experimentado todo tipo de maneras de control y dominación sobre nuestros semejantes: hemos tenido regímenes teocráticos, imperios, democracias más o menos avanzadas. Hemos tenido reinos, repúblicas, asociaciones libres de comunidades. Hemos tenido ejércitos y sociedades desmilitarizadas (pocas…). Reyes, presidentes, parlamentos, senados, tribus de ancianos, asambleas de notables. La única forma de poder que no ha languidecido en todo el tiempo que habitamos este planeta es la que somete a las mujeres. La que las considera inferiores, la que las explota como meros instrumentos de reproducción, la que las domina como aviso a navegantes, la que las cosifica como herramientas del placer sexual de los hombres. Las mutaciones que este sistema ha ido experimentando son notables, qué duda cabe, pero si te atreves a mirar a la Historia con gafas de ver de lejos, enseguida reconoces los rasgos comunes, las mismas estrategias que convierten al patriarcado y al machismo en la ideología más resistente, la más duradera, la más difícil de destruir.

Quería escribir sobre la guerra, pero Mariana me ha recordado que usamos los conceptos amplios para esconder, consciente o inconscientemente, las realidades sobre los que se construyen. Que no es posible entender, en su extensa dimensión, la situación actual de las mujeres sin situarla en el contexto de la ideología del poder.

Las agresiones sexuales son ataques de poder.

La violencia de género es poder.

Incomodar a las mujeres en la calle con frases soeces es poder.

Alimentar los estereotipos de género y arrinconar a las niñas en los roles femeninos es poder.

Interrumpir a las mujeres por el hecho de serlo es poder.

 

Son formas de entender el poder que se nos han metido hasta el tuétano, bien por la costumbre, por la educación, por los modelos que perpetúan los medios de socialización, o bien por el miedo y los consejos bienintencionados que han hecho tan resistente este modelo de poder.

No he podido escribir sobre la guerra, sólo sobre la guerra, porque también los conflictos forman parte de esta realidad. Son la cara amarga de la pobreza, de la dominación, de la rabia, del dolor común y del privado. Y hay tantas guerras como hombres y mujeres, niños y niñas, que las viven. Aunque cuando nos cuentan qué está ocurriendo las crónicas suelen limitarse a una sucesión de hechos, avances, datos y análisis políticos o económicos, convendría tener en mente que es imposible hacerse a la idea de su verdadera dimensión sin reconocer la pobreza, la dominación, la rabia y el dolor de las Marianas que la sufren.

 

Mariana ha empezado a desaparecer. Y no podremos conocer su historia mientras las verdades de tantas mujeres permanecen escondidas. Otra Mariana explicaba hace unos meses cómo logró sobrevivir a sus infiernos, a los de la guerra externa y también a los de la guerra inacabable que las mujeres siguen librando. “Si parpadeas seguido, las lágrimas no caerán”.

 

Bonus track

Quería escribir sobre la guerra y las mujeres, pero con una historia enredada no resulta sencillo. Para encontrar las claves, te invito a que consultes las fuentes de ONU Mujeres, sus propuestas para la paz y la seguridad de las mujeres. Y si quieres profundizar aún más, aquí te dejo un estudio de Valentín Bou Franch sobre los crímenes sexuales en la jurisprudencia internacional. Y también el acceso a este completo estudio, “Como la cigarra. Notas sobre violencia sexual, jurisprudencia y Derechos Humanos” de Violeta Cánaves.

Y si todavía tienes algo de tiempo para un buen libro, puedes buscar “La guerra no tiene rostro de mujer”, de Svetlana Alexiévich, una obra en la que rescata la historia de las miles de mujeres, casi un millón, que combatieron en el Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial, una historia de la que, tal vez, no hayas oído hablar; no parece que sea casualidad. Por cierto, Alexiévich ganó el Nobel de Literatura en 2015.

Me gusta conducir

25/07/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Miren Larrea Madrazo (Lazkao, 1969). Mujer, madre, amiga, hija, hermana, compañera, maestra…siempre en femenino. Licenciada en ciencias de la información y diplomada en magisterio. Desde 2004 me dedico a la docencia. Imparto clases a jóvenes de entre 12 y 16 años en un colegio concertado y sigo disfrutando con mi trabajo. Me gusta vivir despierta. Soy feliz en contacto con la naturaleza y me gusta la comunicación, relacionarme y aprender. Adoro la música y bailar. Me encanta coger el volante bajo un cielo despejado, poner la música a todo volumen y conducir sola.

 

Definición del diccionario de la RAE. Conducir: guiar un vehículo automóvil. Lo he dicho en mi presentación. Me gusta. Buena música, carretera y manta. La palabra conducir tiene también otra acepción algo más completa: “guiar o dirigir a alguien o algo hacia un lugar, un objetivo o una situación”. Esta es buena. Me ha costado, la verdad. A mis 47 años no ha sido fácil aprender a conducirme en la vida. “La teórica” me la sabía bien, supuestamente. Pero tanto tiempo de copiloto….tanto dejarme llevar… En fin, está claro que no queda otra que practicar y que aprender de la experiencia. He aprendido tarde y me he chocado unas cuantas veces, pero…¡Dios! ¡Cómo me gusta conducir sola (también en este sentido)!!

Sin embargo, no vivimos solos. Vivimos en sociedad e interactuamos con diferentes agentes. Y lo hacemos todos, yo, tú, ella, nosotros, vosotras y ellos. Es decir, que la mayoría de las veces llevamos a alguien en el carro; guiamos o dirigimos a alguien hacia algún lugar… Y, aunque no lo llevemos, nuestra forma de conducir incide y tiene su repercusión en quienes nos rodean. Sobre todo en los más jóvenes. La responsabilidad es incalculable.

Salgamos por un momento de la metáfora y adentrémonos en la realidad. Aunque no seamos docentes, todos y cada uno de los adultos que formamos la  sociedad somos educadores de nuestros menores. Y, por desgracia, últimamente, da la sensación de que la sociedad ha delegado casi en exclusividad la educación de sus jóvenes en la escuela. Y la escuela no da abasto. Necesita más conductores instructores.

Es verdad que la misión de la escuela es preparar a los jóvenes para la vida. La escuela está para desarrollar conocimientos y habilidades, para favorecer la integración en la sociedad, para transmitir conocimientos, para enseñar a trabajar de forma individual y en equipo… Y también es cierto que no es la escuela la que se tiene que adaptar a la sociedad para cumplir con su misión de cambiar y mejorar la sociedad (mal iba a andar si lo hiciera!), sino todo lo contrario. Pero… ¡demonios! ¿No sería mejor que participáramos todas y todos? La escuela no lo puede hacer todo. La escuela intenta hacerlo todo; intenta llegar a todo… pero a veces no consigue alcanzar todo lo que se propone o todo lo que se le exige. Simplemente no llega, porque es mucho lo que hay por hacer y parte de ese mucho hay que hacerlo, además, contra corriente.

En un mundo en el que aún impera el machismo, la escuela trabaja por sentar las bases de una sociedad igualitaria y paritaria. Una sociedad que devasta montes y océanos, exige a la escuela que enseñe a sus jóvenes a respetar el medio ambiente. Una sociedad violenta pide a la escuela que trabaje por la convivencia en paz. Una sociedad puramente competitiva reclama a la escuela que forme jóvenes que sepan cooperar. Una sociedad que no lee, demanda a la escuela que forme jóvenes lectores. Una sociedad que, cada vez más, recurre a la comida precocinada o incluso a la comida basura, exige a la escuela que enseñe a sus alumnas y alumnos a llevar una dieta saludable…  Todo esto y mucho más. Porque la última novedad es que la escuela pronto tendrá que impartir clases de educación cívico tributaria.  Para que nuestros jóvenes, ya desde cuarto de la ESO, interioricen y aprehendan que…-a ver si se me entiende bien- no hay que defraudar a Hacienda! Todo esto además de enseñar idiomas, matemáticas, ciencias…. enseñar a escuchar, a estar bien sentado, a no comer en clase y a respetar los turnos al hablar. Por decir algo.

Es mucho trabajo. Pero hay que hacerlo y es mi deseo hacerlo. Aunque sea contra corriente,  enseñar, educar y coeducar es nuestra labor. Me gusta enseñar idiomas, literatura, música o historia a mis alumnas y alumnos. Me gusta enseñarles a conducir su propia vida y  mostrarles las herramientas, los vehículos y los caminos para poder hacerlo. Deseo dotarlos de espíritu crítico y que aprendan a no dejarse llevar. Es decir, no pretendo quejarme de la tarea. Sólo reivindico cooperación, compromiso y toma de conciencia. Porque lo que educa es el ejemplo. Y el ejemplo no está únicamente en la escuela. Está en casa, en la familia, célula principal de la sociedad; está en la calle, en los medios de comunicación, en las instituciones, en las empresas…

Un ejemplo. Desde la visión de género. Cuando pregunto dentro del aula: ¿Qué preparó ayer el aita para cenar? y los alumnos y alumnas responden con normalidad, sin poner cara de asombro, la cosa va bien. Eso, probablemente, quiere decir que el aita prepara la cena; es un hecho normalizado. Cuando pregunto por la profesión de los padres y me responden “mi ama no trabaja”, la cosa no pinta bien. Con bastante probabilidad, el trabajo de esa ama de casa no es valorado en su justa medida por ninguno de los miembros de esa familia. El panorama se pone realmente feo si los chicos del aula llaman puta a una niña de 13 años porque habla mucho con muchos chicos. Y se pone más feo aún, si el resto de las niñas callan ante semejante inaceptable barbaridad. Y nos preguntaremos….: ¿Dónde vivencian los chavales esos ejemplos, el de juzgar abusiva y arbitrariamente, o el de callar ante las injusticias? ¿Esto lo puede solucionar sólo la coeducación? ¿Sólo la escuela?

Educar en igualdad es imprescindible y luchar por la equidad, la justicia el respeto y la visibilidad es tarea de la escuela. Pero no sólo de la escuela. No lo puede hacer sola. Para conducir a nuestros jóvenes, para guiarlos y dirigirlos hacia ese algo en el que creemos, hacia ese objetivo que perseguimos (llámese igualdad, justicia, cooperación, solidaridad, conciencia ecológica, etc.), es necesario no sólo conducir, sino co-conducir. Cooperación, compromiso, conciencia. Co-, con-, com-. Prefijo. Del latín cum. Indica o significa unión o compañía. ¡Ea! Pongámonos pues a co-conducir. “La teórica” está bien. Pero lo que realmente funciona y enseña es la práctica. El ejemplo. Y la coherencia.

¿Dónde están las mujeres?

18/07/2017 en Doce Miradas por Begoña Marañón

La primera vez que esta pregunta captó profundamente mi atención fue hace ya algunos años en el Teatro Campos Eliseos de Bilbao. No importa tanto el acto, quienes asistieron lo recordaran, pero importa que quedó en la retina de muchas de nosotras y, afortunadamente también, de algunos de ellos. De hecho, podríamos decir que aquel acto nos dio el empujón definitivo a algunas de las Doce Miradas para decir, “algo tendremos que hacer”.

¿Dónde están las mujeres? Esa fue la gran pregunta que nos formuló el entonces director general de Cadenas Vicinay, Luis Cañada, cuando se dirigió al público tras recoger uno de los premios que se concedían en aquella ocasión. En su discurso de agradecimiento y, con esa forma extraordinaria que tiene Luis de contar historias, nos trasladó a todos esta pregunta que, en más de una ocasión, le hacían representantes de empresas y organizaciones noruegas cuando venían a trabajar a Bilbao: ¿Dónde estás las mujeres?

Que esta pregunta empiece a formularse en los diferentes actos, seminarios, eventos  y conferencias que se organizan por todo el mundo y, por supuesto en Euskadi, es una buena noticia. Que la formule un hombre tiene el doble de valor. Porque muchas veces hemos comentado que la falta de igualdad entre mujeres y hombres no es un problema de las mujeres, es un problema de toda la sociedad.

Sentirse incómodo

Y lo tuvo que hacer porque se vio en un escenario rodeado por hombres, solo hombres, hombres premiados, con premios entregados por hombres, lo que debió de resultar para él algo muy incómodo. Con esa sensación y viendo que también las primeras filas del auditorio, las que son ocupadas por autoridades y representantes empresariales, Luis Cañada nos lanzó la pregunta. Y esta es para mí una de las claves más relevantes que encontramos en este agotador camino hacia la igualdad real entre hombres y mujeres. Que fuese un hombre el que se atreviese a formular en alto, en público, lo que muchas veces pensamos. Pero por favor, ¿dónde están las mujeres?

Así que volvamos a la pregunta. Al hecho de que alguien pueda formularla. Y que ese alguien sea un hombre, aunque las mujeres también debemos seguir ajustando la mirada, porque queda mucho trabajo por delante. La clave es que alguien se dé cuenta y que le dé importancia. Que la ausencia de mujeres llame la atención, que sorprenda, que moleste, que no se dé por buena, que se cuestione, que incomode, como incomodó a Luis Cañada verse en aquella situación.

En Doce Miradas nos seguimos sorprendiendo con eventos celebrados en Euskadi muy recientemente donde llega a darse una absoluta ausencia de mujeres entre las voces expertas. Que si es difícil, que si no hay mujeres en determinados campos, en fin, excusas que nos llevan a comprender que, en muchas ocasiones, ni siquiera los organizadores se dan cuenta.  No les incomoda, no les llama la atención, no les molesta o, lo que sería peor, no les importa.

#FaltanMujeres

De hecho, en los debates internos de Doce Miradas, ya hemos comentado en alguna ocasión que vamos a preparar un hashtag especial para todas aquellas situaciones en las que se vea que la mujer no está representada o no está suficientemente representada. Pero tampoco seremos pioneras en esta ocasión. Ya circula por twitter desde hace unos años el hashtag #ManPanels al que se le antepone la frase “Di no”. Es decir: invitan a decir que no a los participantes de actos donde solo aparecen hombres.

Problema global

Pero como ya se dice que una imagen vale más que mil palabras, veamos algunas imágenes que ilustran a la perfección  nuestra pregunta.

Todo parece indicar que se están dejando claramente a la mitad de la sociedad, ¿no les parece?

 

 

 

 

 

 

En el mundo de los transportes y las infraestructuras deben tener serios problemas para encontrar mujeres expertas.

 

 

 

 

 

 

 

Ésta es especialmente interesante, tratándose de un encuentro global sobre mujeres en París.

 

 

 

 

 

No tengo ninguna duda de que en Euskadi vamos avanzando. Aunque de vez en cuando tengamos notables recaídas, vamos progresando. Pero todavía podemos hacer mucho más. Así, la Ley para la Igualdad en Euskadi ha contribuido a elevar el nivel de exigencia de la ciudadanía en estos años. De hecho, los resultados de la Evaluación de la Ley para la Igualdad presentados por Emakunde han revelado que existe una  valoración positiva de la Ley como instrumento sensibilizador y como instrumento jurídico útil y eficaz que ha permitido consolidar avances. Entre sus logros, se destaca su contribución a la arquitectura de la igualdad en el ámbito público. Aunque todavía las mujeres ocupan solo la mitad de los mandos de Osakidetza pese a ser el 79% del personal. Entre los retos, sus limitaciones para incidir sobre el sector privado.

Necesitamos gestos

Hace unos días volví a escuchar a Luis Cañada, en la actualidad, presidente de Novia Salcedo, hablando sobre los pasos que nos quedan por delante para alcanzar la igualdad real. Él nos hablaba de la necesidad de hacer gestos y nos remarcaba una frase que él precisamente aprendió de una mujer, de una periodista: “Haz gestos, que los pequeños gestos son poderosos”. ¿En qué se traducen esos gestos? Un sencillo ejemplo. Cuando le invitan a una mesa, a una charla,  lo primero que pregunta es si ésta será paritaria. Y si no es así, él dice simplemente y llanamente que no, que no cuenten con él. Solo discrepo en una cuestión. No me parecen pequeños gestos, me parecen grandes, inmensos, necesarios y oportunos, porque además, vienen de un hombre. Gracias Luis.

¿Por qué?

11/07/2017 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Fatima Hamed Hossain. Ceuta. Nací y crecí en una de esas barriadas tan entrañables como azotadas por el olvido de quienes podían y no querían cambiar las cosas. Eso y los tiroteos, la marginalidad, la proximidad a la prisión y el permanente abandono institucional que nos rodeaban me llevaron a querer ser abogada para luchar por los demás. Licenciada en Derecho por la UNED. Especialista universitaria en Mujer y Derechos Humanos, Igualdad de Oportunidades y formada en mediación. Irremediablemente implicada y activa en la vida política de Ceuta, desde 2015 soy Portavoz del Grupo Municipal Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (MDyC). Incurablemente idealista y en constante evolución. Facebook: Fatima H. Hossain Mi twitter es: @FatimaHHossain Instagram: fatimahhossain

 

¿POR QUÉ?

Vivo constantemente preguntándome cosas.

No lo puedo evitar.

A veces es ante determinadas situaciones y otras, simplemente, porque mi mente viaja más rápido que yo.

Tal vez una de las preguntas que con más frecuencia ronda mi cabeza es un aparentemente sencillo e inocente “por qué”.

Aparentemente sencillo, porque la respuesta ni es sencilla ni es inocente. Y porque los por qué, dan auténticos quebraderos de cabeza.

 Y dentro del por qué, tal vez mi ranking personal lo encabeza el por qué de determinados comportamientos del ser humano. 

Cómo es posible que se odie a quien no se conoce sólo por lo que parece representar? Cómo es posible que existan hombres que lleguen a hacer tanto daño a quienes fueron sus mujeres?

Por qué tanta maldad? 

Últimamente me hago esa pregunta con demasiada frecuencia.

Cada vez más.

Treintaymuchos años dan para muchas vivencias.

Aunque realmente no sé si es cosa de la edad o de la madurez o tal vez es sólo porque tomas mucha consciencia de situaciones que ves, que te cuentan en primera persona, porque te importan los demás, sin más, porque quieres que todas las mujeres puedan vivir en libertad.

Vivir en libertad, en plena libertad. 

Pocas palabras las de la última línea, pero con un denso contenido.

Vivir en libertad debería ser algo tan simple y sencillo como hacer lo que te de la gana, decir y expresar libremente tus opiniones sin miedo a contrastarlas con otras igual de respetuosas aunque sean diametralmente opuestas, vestir como te de la gana o ir a donde te de la gana y que nadie, te cuestione por ello.

Y de veras que algo tan sencillo como respetar y que te respeten todas y cada una de tus decisiones, hoy por hoy, en ocasiones parece algo transgresor y rebelde.

Seguimos cuestionando las decisiones, de las mujeres especialmente, sobre todo si son en ámbitos claramente masculinizados: deporte, política, ciencia….

Seguimos en 2017 con titulares acerca de la “la primera mujer que…”

Seguimos siendo juzgadas por nuestra forma de vestirnos, de peinarnos, de sentarnos…demasiado observadas por el envoltorio tal vez para ningunear, conscientemente, todo el bagaje interior. Un bagaje que asusta a más de una mente machista que no acaba por concebir ni aceptar la valía de las mujeres y que se siente en la obligación de buscar y ofrecerse algún “pero” para excusar sus pensamientos machistas.

 

Seguimos en un mundo donde pese a ser mucho lo andado, queda mucho más por andar.

Y si vivo y siento lo que expreso como puede vivirlo y sentirlo cualquier otra mujer del siglo XXI he de decir, pese a costarme muchísimo reconocerlo que las dificultades con las que nos encontramos algunas mujeres por el hecho de ser musulmanas son bastante notables. Reconozco que me cuesta admitirlo, por mi forma de ser y de entender las cosas y muy especialmente porque rehuyo cualquier asociación al victimismo que alguna mentecilla privilegiada quisiera ver. Pero creo que las cosas hay que visibilizarlas y reconocerlas públicamente sobre todo por quienes, por nuestra situación pública, tenemos alguna posibilidad más de que se nos oiga o se nos lea.

Desde que te pregunten si sabes leer antes siquiera de haber abierto la boca, a que te pregunten si te dejan hacer esto o aquello, a preguntarte si tienes el pelo corto o largo, pfff qué aburrimiento de verdad y que triste tiene que ser eso de tener una mente tan “cortita”. 

Las principales víctimas de los sentimientos islamófobos que azotan gran parte del mundo, somos los propios musulmanes, un mundo donde la ultra derecha aprovecha la más mínima ocasión para criminalizar a millones de personas en el mundo con su sucio dedo acusador, donde las personas de bien están demasiado calladas, donde algunos musulmanes con poder para influir al menos mediáticamente prefieren mirar a otro lado, y donde los musulmanes y musulmanas de distintas partes del mundo nos encontramos permanentemente señalados. Como decía, si eres mujer estás expuesto a un escalón superior de los de las fobias a todo lo diferente.

Cada vez que ocurre algún trágico atentado se giran hacia ti esperando disculpas por algo que ni entiendes ni compartes. 

Si lo haces, parece que te estás justificando. 

Si no, parece que lo estás justificando. 

Así que nos encontramos, hagamos lo que hagamos, en el punto de mira.

Y por supuesto, la población musulmana española, no está exenta de todo ello.

Lo fácil siempre es pensar eso de que todos y todas son iguales. 

Supongo que es lo cómodo para mentes que no están dispuestas a replantearse su forma de entender algunas cosas, sus prejuicios, posiblemente porque haría que se tambalearan las bases de su yo más íntimo y personal.

Porque me lo dice la tele, porque todas las bombas (espero que no se estropee mi ordenador al usar esta palabra) las explotan ellos, los musulmanes, o, qué leches, los moros esos que vienen nada más que a invadirnos, a violar y someter a nuestras mujeres, que por lo visto tienen unas cuantas, que son todos unos machistas y todas unas sumisas, qué me va a contar a mi una mora de libertad, que se vaya a su país a ver si la dejan….

Y por qué (malditos por qué) decantarse por lo fácil? 

Por qué no pensar, reflexionar y evitar meter a millones de personas en el mismo saco?

Supongo que porque da miedo.

Debe dar miedo a quien se cree en posesión de la verdad absoluta ser consciente de que los demás, sean musulmanes, judíos, hindúes, cristianos o no se identifiquen con ningún credo, sufren a diario las mismas alegrías y penas, comparten aficiones, sufren el mismo saqueo de las arcas públicas por sus malos gobernantes,  y las mismas subidas de precios…..y así hasta un sinfín de cosas.

Debe dar miedo salir de la zona de confort, de lo que se enseña abierta o encubiertamente, romper esas cajoneras mentales que facilitan encasillar a las personas por su color o por su nombre, para darte cuenta de que allí donde nos pinchen, nos duele igual, porque ante todo y sobre todo, deberíamos ser humanos.

Tal vez mis fantasías, ilusiones e ideales sean los que me llevan a mi y a muchísimas otras mujeres en el mundo a plantearnos tantos por qué, porque nos enseñaron a no tener techo y a valorar a las personas y sus ideas, siempre que sean respetuosas, por encima de todo.

Acabo como solemos acabar de hablar muchas veces los musulmanes, con un AlhamduliLah (Gracias a Dios) por mis fantasías, ilusiones e ideales por un mundo mejor, tal vez no para mi ni para ti, si no para los que vienen y muy especialmente por las que vienen, que necesitan crecer y vivir sin miedo del otro.

 

                                                                           Ceuta, 9 de julio de 2017