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Cuerpos frontera: Una oportunidad de lucha

28/06/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

MontsMontseIzquierdoerrat A. Izquierdo Ramon (@mihopomo) nacida en Barcelona en 1989. Estudió Antropología Social y Cultural en la Universidad Autónoma de Barcelona y actualmente ha finalizado el Máster de Estudios de la mujer, género y ciudadanía de la Universidad de Barcelona. Su línea de investigación se ha centrado en torno al análisis sobre corporalidades y diversidad funcional siendo ella misma categorizada bajo el término.

 

Actualmente en España está surgiendo con una fuerza inusitada la reivindicación de otras corporalidades enmarcadas dentro de las luchas por los derechos de las personas con diversidad funcional. En este contexto, las categorías y sus debates toman fuerza y se hace necesario focalizar la mirada en los cuerpos y analizar como éstos se muestran y se leen.

En un contexto en el que la explotación de los ideales de belleza crece exponencialmente gracias a una sociedad capitalista neoliberal basada en el consumo, nuestros cuerpos se ven cada más sometidos a presiones estéticas. Estas presiones, si bien es cierto que están cada vez más extendidas entre ambos géneros, son las mujeres quienes recibimos con mayor fuerza sus consecuencias. Así, los cuerpos femeninos deben ser perfectos, perseguir simulacros creados tecnológicamente e imposibles. Cuerpos que se leen como meros objetos sexuales carentes de derechos ni voluntades.

MontseIzquierdo2Estas presiones, sufridas por todas las mujeres, se reflejan en nuestros cuerpos, que constantemente sufren las consecuencias de un sistema que objetiviza y reconstruye corporalidades prácticamente imposibles. En este panorama las mujeres que tenemos cuerpos no normativos, aquellas que estamos categorizadas bajo términos como “discapacitada” o “con diversidad funcional” recibimos  con aún más fuerza estas presiones. En el gran cajón de sastre de mujeres con diversidad funcional encontramos muy diversas formas de vivir estas presiones sobre nuestros cuerpos. Algunas de ellas son expulsadas directamente de la idea de mujer y belleza, siendo leídas desde una postura asexualizada, ignorando sus cuerpos, entendiéndolos desde la idea de “enfermedad”, “compasividad”, “dependencia”… Estas ideas, vinculadas a las categorías de “discapacidad” y “diversidad”, contribuyen a leer los cuerpos no normativos como cuerpos no deseables. Estas miradas pasan por entender a las mujeres con diversidad funcional como menos mujeres en tanto que la idea de mujer se construye a partir del simulacro de mujer: mujer objetivada, belleza, sensual etc. En este sentido, las mujeres con diversidad funcional viven la categoría de mujer de una forma muy distinta a las mujeres corporalmente normativas. Construyen su identidad de forma distinta.

Existen otros cuerpos, aquellos que normalmente no imaginamos cuando pensamos en diversidad funcional. Cuerpos ambivalentes, corporalidades divergentes que se encuentran entre categorías y que, mediante estrategias y ayudas tecnológicas, pueden leerse dentro de los parámetros de normatividad. Son en estos cuerpos en los que podemos analizar de mejor forma los poderes propios del discurso heteropatriarcal, que relega a las mujeres a puros objetos ideales, simulacros construidos externamente a las propias percepciones de las categorizadas. En estos cuerpos, donde se juega entre categorías que no se sienten propias,  podemos ejemplificar como éstas son meras construcciones — herramientas culturales que permiten reproducir o subvertir los discursos hegemónicos.

Estos cuerpos frontera, mi cuerpo frontera, pueden leerse como “anormal” o “normal” según por qué lado se vean. Y es este juego el que nos permite entender los funcionamientos de las categorías y luchas políticas. Ser mujer con diversidad funcional, si bien me ayuda en ciertas ocasiones para poder construir un discurso político crítico, no me funciona como construcción identitaria. Esta idea nos permite entender que todos y todas somos cuerpos frontera en tanto que vivimos transitando entre categorías identitarias como forma estratégica de supervivencia. Es a través de esta perspectiva de las categorías que podemos desarrollar una lucha política feminista, incluyéndo toda su variabilidad y entendiendo que estas uniones son dinámicas. Es sólo a través de universalismos dinámicos y en constante construcción que seremos capaces entre todas de destruir los poderes heteropatriarcales que nos matan, mutilan, construyen, violan…

Todos y todas somos cuerpos frontera en tanto que no cumplimos con los simulacros de masculino y femenino que nos han vendido impuestos durante siglos de heteropatriarcado. Somos cuerpos frontera porque nuestras propias identidades pasan por múltiples categorías como mecanismo de supervivencia. Y es lógico: en una sociedad altamente taxonómica y jerárquica es imposible no hacer uso de ellas para vivir. Y por eso, sólo nos queda entender las categorías como herramientas, y no como realidades inamovibles, para poder luchar contra el entramado de poderes que inconscientemente reproducimos y subvertimos constantemente.

El milagro de conciliar

21/06/2016 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta

 

Doce Miradas_El milagro de conciliar

Hace unos meses, Jordi Évole trató en su programa ‘Salvados’ el tema de la conciliación y los cuidados en la familia. Y lo hizo de una manera comparada entre dos sistemas muy diferentes entre sí, el sueco y el español. Esta forma de mirar distintas realidades ayuda a realizar planteamientos que, en ocasiones, pueden parecer utópicos pero que si los vemos implementados en otras sociedades se convierten en una realidad no sólo necesaria sino posible.

La primera y principal conclusión a la que podemos llegar, a través del programa ‘El milagro de conciliar’, es que no es viable conseguir una igualdad plena entre hombres y mujeres si la conciliación y la corresponsabilidad siguen considerándose objetivos de segundo o tercer nivel -en el mejor de los casos- y mientras exista un modelo de economía que marca, en primera instancia, las normas de comportamiento de una sociedad.

En Suecia está prohibido por ley preguntar a las mujeres durante una entrevista de trabajo sobre sus planes de familia (embarazos). La maternidad se entiende como una elección de dos personas -en familias no monoparentales- y la corresponsabilidad en los cuidados parece ser una asignatura en la que nos llevan clara ventaja. En palabras de David, una de las personas entrevistadas en el programa de Évole: “Yo no soy una ayuda, soy un actor que tiene la mitad del rol”. De hecho, en Suecia un padre puede disfrutar de 480 días para el cuidado de sus hijas/os, distribuidos según las necesidades de cada cual, hasta que estos cumplan los seis años de edad. Si optan por disfrutarlos de forma continuada, son 16 meses de permiso iguales e intransferibles para la pareja. Los dos, padre y madre, se ausentan durante el mismo tiempo y pueden disfrutar y cuidar de sus bebés en igualdad de condiciones. ¿Hace falta que recordemos el periodo de baja maternal en el Estado español? También son 16, pero no meses sino semanas.

Parece que por aquí vemos las cosas de otra manera. Para muestra me remito a las famosas declaraciones de la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol, cuando afirmaba que “si una mujer se queda embarazada y no se le puede echar durante los once años siguientes de tener un hijo, ¿a quién contratará el empresario?”. A estas declaraciones añadía que, si de ella dependiera, contrataría “a mujeres mayores de 45 y menores de 25”. No es de extrañar, por tanto, que las mujeres en edad reproductiva se consideren una amenaza y no una bendición para nuestro sistema, que los padres no vean a su hijas/os y que las madres se responsabilicen de todos los cuidados, perpetuando así la división tradicional del trabajo. Y, después de todo esto, nos echamos las manos a la cabeza porque la baja tasa de natalidad -entre otros factores- hace que, bajo los parámetros actuales,  se cuestione la sostenibilidad del estado de bienestar a medio plazo.

Y esto, es un problema estructural que afecta a todos los ámbitos de nuestra vida. Los modelos de gestión  rígidos, que consideran que la maternidad y la conciliación son cuestiones que atañen exclusivamente a las mujeres, tienden a perjudicar a estas últimas porque son las que optan por reducciones de jornadas para conciliar. Recientemente, se hacía público el décimo informe “Diferencias salariales y cuota de presencia femenina” elaborado por la consultora ICSA Grupo con la colaboración de EADA Business School. Según este estudio, las mujeres apenas ocupan el 12% de los cargos directivos y cobran por ello un 17% menos que los hombres. Siendo esto así, no hay mucha esperanza de que se aprueben medidas que apuesten por la conciliación cuando quien tiene que diseñarlas no siente que sean una prioridad en su vida sino más bien una amenaza en ciernes.

Entonces, ¿cómo conciliar en un contexto en el que, aunque cada vez somos más conscientes de la importancia de estar cerca de nuestras/os hijas/os, se nos exige una mayor dedicación en el trabajo (en el mejor de los casos) o no queda otro remedio que compatibilizar diferentes trabajos -’mini jobs’- para llegar a fin de mes?

No hago ningún descubrimiento si comparto la idea de que el entorno y los primeros años de crianza en las niñas y niños son claves en su desarrollo futuro. La necesidad de estar cerca de padres y madres, de compartir espacios para la motivación y abrir ventanas a unos ojos deseosos de aprender, son necesidades de primer orden en el desarrollo de una persona. Sin embargo, yo me pregunto cómo una madre y un padre, preocupados por la propia sostenibilidad familiar, pueden hacerse cargo de la educación de sus hijos e hijas. Según el estudio Bienestar y motivación de los empleados en Europa 2015realizado por Edenrede Ipsos, un grupo especializado en servicios corporativosla segunda preocupación laboral en España, detrás del miedo a perder el empleo, es el tiempo dedicado al trabajo (el 65% de las personas trabajadoras se sienten requeridas fuera de su horario laboral).

El impacto de la situación económica en las familias y en el de las futuras generaciones va más allá de la pura sostenibilidad, que no es poco. Un país avanzado, como puede ser Suecia, es un país que toma en serio la educación de las futuras generaciones, no sólo desde los centros educativos -algo a lo que hay que darle una vuelta de 360º- sino también posibilitando a las familias la oportunidad de participar y dedicar tiempo a la educación de sus hijas/os. Como dice un sabio proverbio africano, ‘Para educar a un niño/a hace falta toda una tribu’ (lo de niña se lo he añadido yo, el proverbio no lo contempla).

En Suecia, las escuelas infantiles son gratuitas o su precio se ajusta a la renta de la familia. Cada barrio cuenta, como mínimo con un centro escolar, y el ratio de profesionales en el aula es de uno por cada cinco niñas/os. ¿Cómo va esto por aquí? Las dificultades económicas de las familias, la limitación de plazas, con el consiguiente alejamiento del lugar de residencia, tiene varias derivadas: en muchas ocasiones, son las mujeres las que optan por dejar el puesto de trabajo porque no sale a cuenta trabajar y pagar el servicio; en otras ocasiones, ante la dificultad de pagar el servicio y, al mismo tiempo, ante la imposibilidad de abandonar el trabajo, entran en acción las abuelas y abuelos que se dejan la piel a una edad en la que no les corresponde.

Perdonen ustedes que insista en la idea de que el modelo de sociedad en el que vivimos perpetúa la división del trabajo y hace que la conciliación se convierta en un milagro. Apostar por la igualdad y la conciliación no es una utopía. Hace falta abrir un debate serio en el que entendamos que apostar por la igualdad y la conciliación es apostar por un modelo económico y social más justo y avanzado, como es el caso de Suecia.

 

El lenguaje no verbal que más nos favorece

14/06/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

 

Teresa Baró_Doce MiradasTeresa Baró (@tbarocatafau ) es experta en habilidades de comunicación personal. Conferenciante internacional y colaboradora de TVE en el programa “A Punto con la 2”, ha publicado cinco libros sobre comunicación. Es licenciada en Filología Catalana, Técnico Superior en Publicidad y Máster en Protocolo, Ceremonial y RRPP.

 

Nadie puede negar la existencia de un techo de cristal. Los números cantan. La prestigiosa consultoría McKinsey&Company, en su informe de 2015 sobre la situación laboral de la mujer en los EUA nos muestra entre otros datos que las mujeres tienen menos presencia que los hombres en todos los estadios de la carrera profesional. En la fase inicial las mujeres son un 45%, proporción que va descendiendo a medida que avanzamos en edad y en cargos de responsabilidad. La progresión es de 37 %, 32%, 27 % 23% hasta llegar al 17 % de los más altos cargos de las organizaciones (los C-suites). Conseguida casi la igualdad en lo que a incorporación al mercado laboral se refiere, ahora el reto consiste en ocupar altos cargos, en formar parte de consejos de administración y alcanzar los primeros puestos de la política, en definitiva acceder por igual a las posiciones con más poder de decisión y mejor remuneradas.

¿Qué podemos hacer las mujeres?

Si buscamos en el comportamiento de las mujeres algunas de las razones por las que no pueden llegar a la cúspide de las organizaciones, podríamos llegar a responsabilizarlas de la situación en la que se encuentran. Esto sería, por supuesto, injusto y equivaldría a culpar a la víctima de ser la causante de lo que sufre. Pero darnos cuenta de que hay cosas que podemos cambiar en nuestra forma de actuar sí puede ayudarnos en la superación de muchas barreras en el ámbito profesional.

Se trata de ver qué es lo que hacemos las mujeres que nos impide llegar, aunque queramos llegar a estas metas, a pesar de tener  toda la energía,  el conocimiento adecuado y el ferviente deseo de alcanzarlas. Tenemos que autoanalizarnos y detectar actitudes y formas de comunicarnos que tejen  una barrera invisible, inconsciente e involuntaria. ¿Cómo hacer que todas seamos más conscientes de lo que hacemos, de cómo nos comunicamos, de cómo actuamos? La educación y la divulgación tienen mucho trabajo por delante.

Sheryl Sandberg en su famoso Lean in, describe experiencias propias y ajenas que ilustran una forma “femenina” de actuar y en la que creo que muchas de nosotras nos podemos sentir identificadas

  • Falta de confianza en nosotras.
  • Creencia de que no merecemos el puesto que ocupamos o desearíamos ocupar, o lo que es peor, que nos están ofreciendo.
  • Miedo a la visibilidad inherente a puestos de responsabilidad.
  • Falta de asertividad para defender opiniones e intereses.
  • Dificultad para negociar nuestro propio salario.

Todo esto se concreta en un comportamiento, en un estilo de comunicación, en el uso de un lenguaje verbal y una comunicación no verbal que reflejan una imagen que se nos vuelve en contra.

¿Por qué avanzamos tan lentamente?

Ya son varias generaciones de escuela mixta, de igualdad de oportunidades (teóricas) para elegir carreras universitarias, de insistencia en la educación no machista, del uso de un lenguaje no discriminatorio. Y sin embargo, en la familia, en sociedad y en la propia escuela se siguen transmitiendo modelos estereotipados que sitúan a la mujer en un discreto segundo plano. Ya no hablamos de discriminación clara y patente, no hablamos de acciones contra la libertad de elegir de las mujeres o contra su participación en determinados deportes o estudios tradicionalmente masculinos. No, estamos hablando de algo mucho más sutil, nos referimos a no proporcionar a niños y niñas los mismos patrones de conducta y las herramientas necesarias para que tengan una capacidad de analizar su propia comunicación y dominar los lenguajes que permitirían tener el control de las situaciones.

Así como nos hemos empeñado en forzar el idioma a unas expresiones “no machistas”, muchas veces ignorando la gramática y provocando auténticas dificultades de comunicación, no hemos sido tan observadores y exigentes en lo no verbal.

La educación que hemos recibido y se sigue transmitiendo, es distinta para chicos y chicas. Mientras que los chicos han sido preparados para defenderse y para ser competitivos, para tener autoridad, para ser valientes, para vivir con coraje, nosotras hemos sido educadas para la dulzura, para estar al servicio de, para coquetear, para conseguir un hombre que nos proteja, aunque además deberemos cuidar a la familia. Y no olvidemos que también se nos educa para seducir. La trascendencia de potenciar estos roles es que se nos mentaliza para ocupar puestos de segunda, en el plano profesional. Para apoyar en lugar de dirigir, para gestionar y organizar en lugar de pensar en el alto rendimiento. Para trabajar duro desde la discreción. Incluso hemos sido educadas, más o menos conscientemente, para la docilidad, para la sumisión.

Muchas de las mujeres que nos encontramos hoy, muy competentes, con estudios universitarios, incluso con cargos de una cierta responsabilidad, acaban teniendo un techo de cristal individual, personal, un escollo en sus carreras, y es el miedo a la visibilidad. Este pánico a ser protagonista se nos ha infundido desde pequeñas y hemos aprendido que casi siempre nos trae problemas. Se nos dice además que tenemos que ser discretas, elegantes y formales, y esto pasa por estar en un rinconcito, calladitas, sin molestar. Los que gritan, los que hacen ruido, los que pelean, los que luchan son ellos, y nosotras estamos ahí jugando a las muñecas, viendo a distancia el mundo competitivo y duro de los chicos.

Nuestro lenguaje no verbal

Teresa Baró

La autoridad de Margaret Thatcher: cabeza centrada, mirada hacia adelante, espalda recta, leve sonrisa. La dulzura de la virgen: cabeza ladeada, barbilla hacia el pecho, mirada hacia abajo.

Algunas características de la comunicación no verbal femenina pueden ser un motivo de dificultad, de estancamiento en nuestras carreras profesionales porque son las responsables de una imagen que no corresponde a los estándares tradicionales de la alta dirección.

En cuanto a nuestra forma de expresarnos se fomenta que sonriamos, que no gritemos, que utilicemos un lenguaje correcto y limpio, que no miremos descaradamente, que tengamos unos gestos suaves y, sobretodo, que mantengamos las piernas cerradas, estemos de pie o sentadas.

Todo esto son movimientos femeninos en contraposición a los masculinos, que son más rudos, que son firmes, enérgicos, y que no muestran ningún atisbo de sumisión, sino todo lo contrario, son movimientos directos. El contacto visual es un ejemplo: el hombre puede mirar directamente lo que quiere, lo que desea, y en cambio la mujer utiliza la mirada de forma intermitente, hace una caída de párpados, mira de reojo, o no mira, baja la mirada cuando se le dice algo, muestra de su incomodidad y timidez.

Las mujeres sonreímos más tiempo que los hombres, lo que nos hace más accesibles. Muchas veces lo hacemos por timidez, para disculparnos o por incomodidad lo que nos convierte en más vulnerables. Los gestos de cierre y protección son más frecuentes y la gesticulación más blanda, suave y ondulada, lo que resta energía a nuestra expresión.

Y otra cosa más: tenemos que resultar agradables, atractivas y seductoras por lo que mantenemos una serie de hábitos que si bien nos pueden ayudar a alcanzar el poder en determinadas ocasiones, son más un estorbo a nuestra movilidad y a nuestra eficacia. Valgan como ejemplo: cuidar una melena, falda de tubo, maquillarte cada día o calzar zapatos de tacón que nos estilizan y también nos desestabilizan.

Al utilizar nuestro lenguaje corporal no solo estamos enviando señales a los demás sino que está en juego también nuestra autoimagen. Amy Cudy en su popular TED ya nos advertía de la importancia de colocarnos en una posición de poder. Porque esta pose activa nuestra actitud. Piernas separadas y manos en las caderas o levantadas en forma de V. No nos han entrenado para ponernos así. Nos han adiestrado para que cerremos bien los pies, coloquemos las manos detrás, nos sentemos con las piernas muy juntas, que es una posición de escasa estabilidad y propia de una actitud sumisa.

Total, que se nos educa para ser buenas niñas, amables, serviciales, dóciles, elegantes, discretas, diplomáticas, observadoras, pero poco reivindicativas: una imagen que no nos favorece cuando se busca a alguien para estar al mando de grandes proyectos. Es un modelo todavía vigente que deberíamos ir superando.

Por otra parte, pienso que se acabó también el estilo “masculino” de liderazgo y comunicación en general:  el comportamiento de macho prepotente,  que exhibe su fuerza y su poder, que no lidera sino que somete.  Creo que, especialmente en el terreno profesional, hay un punto de intersección donde podemos encontrarnos, donde no se nos tiene que valorar en función del sexo  sino de  nuestras actitudes  y aptitudes. En este sentido, un estilo de comunicación  más neutro y compartido donde todos nos sintamos cómodos nos puede dar muchos mejores resultados, porque estaremos más en sintonía y estaremos más cerca de la igualdad de condiciones.

Es importante decidir qué imagen queremos transmitir en cada momento de nuestra vida. No se trata de imponer formas de actuar y de comunicarse. Cada mujer elegirá su forma de vivir, decidirá cuales son sus retos y se sentirá cómoda con un estilo de comunicación. Lo importante es que realmente podamos elegirlo libremente, que podamos ser dueñas de nuestra  comunicación y diseñadoras de nuestra imagen en cualquier circunstancia; para desempeñar los más diversos roles: pareja, madre, amiga, profesional o directiva.

No podemos olvidar que con nuestra forma de comunicarnos atraemos a unas determinadas personas y alejamos a otras. De esta forma, muchas veces involuntariamente, estamos eligiendo a nuestra pareja, la organización donde vamos a trabajar y nuestras amistades.

 

 

Programación de color de rosa

07/06/2016 en Doce Miradas por Lorena Fernández

A las personas de mi generación, al leer el título de este post, quizás les haya asaltado la nostalgia en forma de cancioncilla: “Agujetas de color de rosa“. Aunque no sepáis de qué hablo, os animo a que pinchéis en el enlace. Bueno, más que animaros, os reto a ello. Una vez procesada esta información (por favor, cerrad la boca, que sé que os habéis quedado con ella abierta de par en par), os tranquilizaré. Mi post no va de esto. De hecho, solo quería usarlo como recurso para deciros que debemos tener esperanza en el mundo y en las próximas generaciones: yo vi esta serie y no he salido tan mal (o eso creo).

WebHecho el preámbulo absurdo, ahora sí voy al tema que me ha traído hoy a Doce Miradas. Si me soléis leer por estos lares, sabréis de mi preocupación por la falta de vocaciones tecnológicas entre las niñas (Mujeres e ingeniería: ¿somos lo que jugamos?Mujeres tecnólogas. Haberlas, haylas). Pero últimamente, una nueva preocupación se ha sumado a mi mochila. El uso de estereotipos para fomentar esas vocaciones. Me explico: parece que a muchas personas se les ha ocurrido que esto se resuelve pintando de rosa los chips y diodos. Por ejemplo, me he topado con proyectos en los que se anima a las niñas a trabajar en joyas (como es el caso de Jewelbots), talleres para aprender a incorporar elementos tecnológicos a la ropa, o lanzarse al mundo de Lego a través de las princesas. Incluso he llegado a escuchar que no tenemos que presentar la ingeniería como una disciplina tan difícil para no repeler a las mujeres [sic].

De hecho, creo que estamos empezando a abusar de la incorporación de la A al acrónimo STEAM (Science, Technology, Engineering, Art y Mathematics). Ojo, que no estoy en contra de ello. Yo misma soy una apasionada del arte y creo que debiera ser una disciplina trasversal a todas las formaciones, sean tecnológicas o no. Pero tengo la sensación de que esa A se está comiendo al resto. Que las niñas y jóvenes solo se sentirán atraídas por la tecnología si tiene ese componente y que la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas siguen siendo cosa de chicos. Eso me recuerda una entrevista que le hicieron a Carol Shaw, primera mujer programadora de videojuegos: “Cuando trabajaba en Atari, Ray Kassar, su presidente mencionó ‘por fin tenemos a una mujer diseñando juegos. Ella podrá combinar los colores y diseñar los interiores de las carcasas de los juegos’. No lo tomé muy en serio porque eran dos cosas que no me interesaban y mis colegas me apoyaban”.

Pero por otro lado, me asaltan las dudas de si no estaré extremando mi postura (¿os suenan esas dudas?) y si el fin bien merece los medios. Quizás sea un buen comienzo para captar la atención de las niñas y luego reconducir ese interés en otras aplicaciones de la tecnología, porque si las perdemos ya desde bien pequeñas, habremos cerrado esa puerta para siempre. Y es que, a día de hoy, cuando las chicas se topan con la tecnología y la programación, piensan que no tiene nada que ver con ellas. Aunque me sigue pareciendo triste que para que piensen que tiene que ver con ellas, tengamos que “tirar” de princesas, joyas, ropa y toneladas de color rosa…

No sé si el uso de unos estereotipos para combatir otros vaya a funcionar… Pero como ya os habréis percatado, no tengo una postura clara. De hecho, quería traer mi dilema al blog precisamente para abrir un debate y ordenar un poco más las ideas. ¿Me ayudáis con vuestras reflexiones? ¿Qué os parece? ¿El fin justifica el medio utilizado o estamos arreglando un problema mientras hacemos más profundo otro?

Por último, os dejo con el documental CodeGirl, donde también se aborda este tema:

Así celebramos nuestro tercer aniversario

31/05/2016 en Doce Miradas por Doce Miradas

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Estar a la altura

24/05/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

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Zuriñe García, jefa de cocina del restaurante Andra Mari de Galdakao, Bizkaia. Una estrella Michelin.

 

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Os voy a contar brevemente cuál ha sido mi trayectoria laboral. Hace unos diecisiete años empecé a estudiar cocina en la Escuela de Hostelería de Galdakao. Estuve allí dos años, mientras trabajaba también en una panadería. Terminé haciendo las prácticas en el mismo restaurante Andra Mari. Recuerdo que tenía muchísimas ganas de trabajar y muchísima ilusión. En aquella época no había tantos restaurantes y hacer las prácticas allí era un lujo y un privilegio. Acabé las prácticas, conseguí hacerme un hueco en la plantilla y he permanecido en ella desde entonces.

Es cierto que no he podido conocer otras cocinas, pero he tenido la suerte de ver pasar a mi lado a grandes y muy buenos cocineros, como José Miguel Olazabalaga, Andoni Arrieta o Eneko Atxa; y, sobre todo, he tenido la suerte de poder aprender muchísimo de todos ellos.

Desde hace seis o siete años soy la jefa de cocina del Andra Mari. Soy la primera mujer jefa de cocina que ha habido en este restaurante. Es todo un honor, pero también es un reto que da mucho miedo, miedo de no estar a la altura. Y esto me lleva a preguntarme de dónde viene ese miedo, por qué lo he sentido, si yo me esfuerzo y trabajo igual que cualquiera en algo que me gusta muchísimo.

Tengo conmigo un equipo muy bueno. Hemos estado en muchísimos eventos, hemos viajado, hemos cocinado al lado de otros grandes cocineros… Apostamos por ello.

Cuando Doce Miradas me propuso participar en la celebración de su tercer aniversario, decidí colaborar con ellas porque coincido con su forma de pensar sobre el papel de las mujeres, no solo en la cocina profesional, sino en todo espacio laboral.

Mi pregunta es: ¿por qué no? ¿Por qué las mujeres capacitadas no van a hacerse un hueco en un mundo de hombres? Es un quiero y no puedo, un quiero y no me dejan o algo, supongo, más complejo.

Esa es la reflexión que me hago cuando me preguntan (y lo hacen a menudo, además) cómo me siento entre tanto hombre. Entiendo que desde fuera se vea así, pero mi punto de vista es distinto, porque llevo toda la vida trabajando entre hombres; estoy tan acostumbrada que me parece normal, así que acabo siempre respondiendo que me siento igual que ellos, ni mejor ni peor, y que siempre me han tratado bien.

Para acabar, quiero agradecer a Doce Miradas que pensaran en mí para formar parte de este evento. Espero que os guste mucho mi sopa. ¡Ánimo, chicas! Seguro que estaremos a la altura.

Las 12Miradas de 12Nubes

17/05/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas


chapas12N12Nubes está integrado por un grupo jóvenes de Vitoria-Gasteiz dedicado a debatir, reflexionar, criticar, descubrir, imaginar, construir,… sobre diferentes temas y utilizando diferentes formatos creativos. Ante la oportunidad que nos ofrecían de poder expresar nuestra visión como mujeres, os ofrecemos 12 micro relatos, llenos de contradicciones, virtudes, dudas, ilusiones, complejos, reivindicaciones,… Un punto de vista sincero y real de 12 mujeres jóvenes.

 

 

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Para mí el estar entre dos países supone que a mi alrededor tengo personas de mi misma religión y otras que no; por ejemplo mis amigas. Yo tengo la ventaja de que las más cercanas a mí son de mi religión y me entienden porque comparten mi misma cultura. También tengo amigas que no son musulmanas pero que lo entienden porque llevo muchos años con ellas. El hecho de llevar pañuelo lo llevo bien, pero hay veces que hay cosas que no puedo hacer y me siento como un poco apartada. Luego me doy cuenta de que es por mi religión y no me quejo de ella. Ser de dos países me lía un poco porque yo me crie aquí, con los pensamientos de la gente de aquí, pero en mi país tienen otros pensamientos. Por ejemplo, cuando estás simplemente hablando con un chico, aquí lo ves muy normal y te sientes cómoda y libre; nadie te dice nada. Pero en mi país, si hablas con un chico ya te ven como una p***. Sin embargo, por muchos fallos que tenga, al fin y al cabo es mi país, donde está casi toda mi familia y ahí me siento cómoda con la gente de mi alrededor.

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¿Cómo te puedes enfrentar a un choque entre culturas? ¿Qué es lo que puedes llegar a perder cuando eliges tirar por un lado o por el otro? Pues bien. Tres datos sobre mí: gitana, africana y finalmente vasca. Estos hechos marcan mi vida: madre gitana, padre africano y yo nacida en Bilbao. Cuando eres niña y creces en un entorno gitano, lo que se espera de ti es que encuentres un buen marido -eso sí, gitano- y que te hagas valer. ¿Qué entienden ellos por hacerse valer? Pues fácil: llegar virgen al matrimonio y ser una buena ama de casa. Si cumples con esas dos cosas, serás una gitana digna y llevarás la honra a toda tu familia. Crecer en un entorno africano no cambia mucho las cosas. Es cierto que no te obligan a llegar virgen al matrimonio pero generalmente son bastante machistas y, al igual que en la cultura gitana, las mujeres deben trabajar en casa y cuidar a los hijos. Sin embargo, yo me siento especial porque a pesar de todas estas cosas que ocurren de forma general, puedo decir que no incluyo a mi padre y a mi madre, y me alegro.
Mi padre lo único que quería es que fuese feliz. A veces ciertas cosas no las podía evitar pero siempre entraba en razón. Mi madre… Mi madre quiere que siga la cultura gitana pero tampoco me insiste mucho. En el fondo creo que simplemente se siente culpable por que ella se escapó con mi padre y tampoco siguió las leyes gitanas. Es difícil crecer en un entorno así ya que las familias de ambos progenitores esperan cosas diferentes y al final los que sufren son los niños, puesto que si no cumplen las exigencias de la familia materna en este caso, son rechazados y es como si nunca hubieran nacido. Pero sinceramente no me preocupa mucho, ya que no quiero ser lo que ellos quieran que sea. Me gusta elegir mi futuro sin que nadie me diga qué es lo que debo hacer. No obstante debe quedar claro lo orgullosa que me siento de ser gitana, africana y vasca. Porque para mí, a pesar de que ambas culturas tienen cosas negativas también las tienen positivas y para mí estas son mucho más importantes. Una de las que más orgullosa me siento es la unión familiar. Siempre tengo en mente estas palabras de mi madre y de mi padre: “La familia es todo y siempre va a estar ahí cuando la necesites”.

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No tengo mucha experiencia en sobre qué es ser mujer ya que solo tengo 18 años, pero viendo lo que he visto a mí alrededor me he hecho una pequeña idea… Para mí ser mujer es ser un superhéroe. Sí, en masculino. Un SUPERHÉROE, porque no solo es ahora cuando la mujer está luchando por sus derechos. Desde mujeres como Clara Campoamor, las mujeres han podido luchar por lo que les pertenece, por ser iguales que los hombres, para que se les valore y no se les diga que solo sirven para tener hijos o cuidar la casa. He llegado a la conclusión de que todo lo luchado por nuestras superhéroes no ha servido para nada. Es un poco cómico que estando en el 2016 parezca que estamos otra vez en 1900 donde la mujer no valía literalmente “una mierda”; y, sinceramente, yo no quiero que mis hijos crezcan en un mundo en donde la mujer no vale igual que un hombre, donde no puede aspirar a ser
presidenta del gobierno, o simplemente tiene que estar sometida a un hombre. Para concluir, me gustaría añadir una frase de Clara Campoamor en su discurso para defender el voto de las mujeres: “Defendí en Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de mujer que no puede traicionar a su sexo.”

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Tengo 16 años. Soy de Marruecos pero vivo en España. Vivo entre dos culturas muy diferentes. Aquí en España tengo más libertad y me siento más segura que en Marruecos. Cuando estoy allí cambia mi forma de ser y hasta mi forma de vestir. No puedo salir sola ni tampoco puedo estar en la calle hasta la noche. En cambio aquí sí. Aquí mis padres me entienden y me dejan hacer  cosas que en Marruecos  no me dejan. Mi padre, por ejemplo, cuando vamos a Marruecos cambia su forma de pensar simplemente  por el miedo a que me pase algo, porque allí la gente en la calle se atreve hasta tocarte, insultarte, decirte cosas feas, etc., simplemente  por el hecho  de que seas mujer. A un hombre no le hacen lo mismo y puede hacer, vestir, decir… lo que quiera.

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Llevo en España desde que tenía 4 años. Nací en Mauritania pero siempre me he considerado saharaui, porque toda mi familia es de allí. Así que se me mezclan muchas culturas. Ahora tengo 16 años y mi visión de la vida como mujer no siempre es la misma, porque no en todos los sitios soy de la misma manera ni me siento de la misma manera. Cuando estoy en mi país tengo que ser y vestir de una forma. No me incomoda ni mucho menos, porque me siento a gusto vistiendo y siendo de esa forma. Pero el problema llega cuando estoy aquí. Porque a mí me gusta seguir mi religión y ponerme mi hijab, pero se me complican las cosas cuando veo que mis compañeras no tienen las mismas condiciones que yo… No tienen que llegar a casa a una hora determinada, no tienen que vestir de una manera y sus padres no les ponen las mismas normas que me ponen a mí los míos. Eso hace que mis padres tengan que ceder en unas cosas y yo en otras. Todas estas condiciones me afectaban cuando yo no sabía exactamente lo que quería hacer. Pero me di cuenta de que aunque mi religión y mi cultura fuera la misma que la de ellas, tampoco me sentiría igual que ellas. Por eso mi hijab no me hace sentir inferior a nadie  y he aprendido que no todos somos iguales pero valemos lo mismo.

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Cuando llegué a este país me sentí triste. Estaba echando de menos a mi familia, mis amigos y el colegio donde estudiaba. Me sorprendió ver cómo los chicos hacen las tareas domésticas  y las chicas hacen  las mismas cosas que los chicos. Aquí las chicas tienen libertad de expresión y de decidir lo que ellas quieren hacer. En mi país las chicas son las que hacen todos los trabajos de casa. En Pakistán las mujeres no pueden trabajar. No tienen  libertad  de expresión para decir lo que ellas quieran. Los padres son los que deciden  con quien van a casar a una chica. Sin embargo, me encanta la comida de mi país, la ropa de mi país y escuchar la música de mi país, ver películas etc. Allí las personas viven juntas como una gran familia. Me gusta mucho. Hay muchas cosas de mi lugar de origen que me gustan y hay otras cosas que no, como el maltrato que sufren las mujeres de allá y también aquí.

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He nacido aquí pero por tener padres de otro país se me considera española pero de segundo plano. Lo que más rabia me da no es eso, sino que a veces puedes sentir que no eres de ninguna parte; porque también cuando voy a Sahara se me considera saharaui pero de diferente  pensamiento, porque  me he criado aquí. También como adolescente mis mundos chocan. No me siento comprendida por mis padres: si estoy aquí no puedo hacer ciertas cosas y si estoy allí tampoco. He luchado bastante para poder hacerle entender a mi madre que hay ciertas cosas que las va a tener que ver y aguantar aunque ella no quiera por nuestra forma de pensar. A veces no me siento de ninguna parte del mundo y otras de todo el mundo.

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Creo que vivimos rodeados de estereotipos y esto me condiciona. ¿Será que no puede haber chicas rubias con ojos claros que sean vascas? Cuando me preguntan suele molestarme. ¿Por qué será que si les digo que canto rap se burlan de mí? ¿No puede haber mujeres apasionadas por el rap que sean rubias? He aquí el primer estereotipo que más me molesta: las rubias son tontas. ¿Mi color de pelo y mi sexo son directamente proporcionales a mi inteligencia? El segundo estereotipo que no me gusta nada: si eres rubia, alta y guapa, eres una Barbie. ¿No aspiro a más que a parecerme a una muñeca? Aquí va otro de los que tampoco me gusta: “eres rubia y guapa, podrás casarte con alguien con dinero”. ¿Mi objetivo en esta vida es ser la esposa de alguien? Aquí entra también lo de “Eres mujer, tú a fregar”, “¿Para qué estudias? Si no vas a llegar a nada. ¿No ves que eres mujer?”. Y demás. Mi mundo no es perfecto pero es lo que quiero. Canto rap y eso me apasiona. Soy vasca. No tengo por qué ser una Barbie; no soy tonta, me gusta estudiar y documentarme. Me creo totalmente capacitada como para que no me tenga que mantener un hombre que cree que soy un cacho de carne. No soy una mujer florero. YO SOY VÁLIDA. Estos dos
mundos chocan continuamente, porque para lo que algunos es un comentario, para otros es una falta de respeto.

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Cuando me dijeron “¿Te gustaría participar en Doce Miradas y contar que es para ti ser mujer?” Lo primero que pensé fue “¿Y qué digo yo? Tengo una vida normal y corriente…” Sin embargo, hay una canción que a mí me gusta mucho, y dice así: “No hay nada malo en ser como eres”, “Me olvidé de qué hacer para encajar en el molde”. Me gustan mucho esas dos citas de la letra porque tratan de todos los estereotipos que hay hoy en día y los cánones de belleza imposibles de cumplir. También se refiere a cómo las mujeres estamos sometidas a sufrir la mayor parte de esos cánones y sentir que no logramos ser como nos marcan. Quiero decir: todas las mujeres somos como somos, deberíamos estar orgullosas, luchar para hacernos oír, no dejarnos someter por los cánones, por el qué dirán, por nada ni por
nadie. Es algo que yo llevo pensando toda mi vida: que no dejemos que nadie nos maltrate y use a su manera ni que nos reprochen imperfecciones que en realidad no existen, para hacernos cambiar. Si no te quieren como eres, no te preocupes, seguro que hay alguien que sí que lo hace. Tan solo espera, lucha y no cambies; porque eres perfecta porque eres tú y vales millones.

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Soy una joven saharaui de 17 años que he estudiado y vivido aquí casi toda mi vida. No me ha resultado muy difícil acostumbrarme a esta sociedad, ya que en su gran mayoría, es muy abierta… Aun así, siempre hay un punto en el que me siento diferente. Dejando aparte el idioma, hay otros aspectos como la vestimenta, la cultura, la religión,…. en los que siempre me he permitido el lujo de ser diferente. Mientras mis compañeras llevan 12N_grupopantalones ajustados y tirantes, yo llevo manga larga y velo; lo cual desde mi punto de vista es normal, ya que soy musulmana y así elijo vestir. Pero desde el punto de vista de otros es injusto para la mujer, intolerante e incluso carente de sentido. Lo comprendo. Todas las personas tenemos un punto de vista distinto. Pero es cierto que en muchos aspectos, la sociedad en la que vivimos es injusta, porque no juzgamos a la gente por llevar el pelo verde, amarillo, rojo, (cada cual es libre de hacer lo que quiera) pero sí la juzgamos por llevar vestimenta propia de su país o llevar el pelo tapado… ¿Por qué? Somos una sociedad que presume de libertad de expresión, de diálogo, del respeto al prójimo y aun así miramos con inferioridad, e incluso pena, a la mujer árabe. Porque creemos que es esclava de la religión o de la figura masculina sin ni siquiera plantearnos el hecho de que quizás vaya así por gusto, igual que aquellas que se tiñen el pelo de colores.

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Dos géneros. Masculino y femenino; uno el superior y otro el inferior. Así es como se distingue a hombre y mujer. Por una parte bien, porque por lo menos nos reconocen como mujeres y no como cosa o animal. Pero por otra, la utilizan como excusa para posicionar a una niña, chica o mujer en un mundo en el que se siente inferior. Se ponen a pensar que no valemos nada sin ellos, que no somos nada, que no somos útiles hasta que ellos nos necesiten… ¡¡¡Y no es así!!! Hay que sacar esa ira, rabia, molestia y coraje y transformarla en energía, valentía y decisión, para poder sacar esa persona-mujer que llevamos dentro y sentirnos bien a la par que ellos. Porque ellos sin nosotras no existirían al igual que nosotras sin ellos. Por eso mismo debemos caminar al lado de ellos, de la mano, y no detrás mirando sus espaldas. Llevo tantos años conviviendo con tratos/comentarios machistas con mis padres que ya me acostumbré y hasta los veo normales. Luego en la calle, no lo aguanto: bastante tengo en casa. Mi padre no sé si se da cuenta de que me duele o me molesta cuando me dice que no debo salir sola a la calle y de noche. También que no debo llegar tarde; que como señorita que soy no debo estar andando por la calle porque no soy un perro sin dueño. Y ahí está esa comparación con un animal. Luego mi madre: llamando a mis hermanos machistas y ella es la primera en hacer comentarios como “mira tu hermana: parece una cualquiera subiendo ese tipo de fotos a Face”. Y yo le digo “¡Si no está mostrando nada! Simplemente se siente orgullosa de ser mujer y encima es guapa”. Al final acabamos discutiendo pero yo la quiero un montón y es mi ejemplo a seguir. Porque a pesar de estar sola ahora, lucha por sacarnos adelante a todos sus hijos. Ahora tengo 18 años. Soy latina y en ocasiones me tocó pasar por situaciones de machismo y al mismo tiempo bulling, lo peor del mundo. En primaria, los chicos se metían conmigo por mi color de piel, por ser una niña que no podía defenderme, por ser de otro país, por ser débil “como una chica”, decían ellos. Al final crecí con esas palabras en la cabeza y por eso, y por otras razones, soy como soy. Este último año de mi vida he recibido apoyo. Antes no podía mostrar mis lágrimas porque me sentía débil y ahora lo hago no por ser débil, sino simplemente porque soy un ser humano y tengo sentimientos. Ahora hablo, pero no hablo para responder a comentarios que para mí son irrelevantes ya que “donde la ignorancia habla, la inteligencia calla”. También ya soy capaz de relacionarme con otra gente sin sentirme inferior por el color de piel, y aprendí a querer la mía. Las mujeres somos y seremos útiles no por ellos, sino por nosotras mismas. Somos y seremos independientes, no por ellos, sino para demostrar que somos capaces. Somos y seremos fuertes para superar cualquier cosa y seguir hacia adelante, mirando hacia el frente, junto a ellos, de la mano.

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Pronto cumpliré los 20 y quiero expresar cómo es que en tu propio entorno te siguen tratando como una niña cuando ya no lo eres. A veces pienso en lo mucho que de pequeña decía, “yo quiero ser mayor”. Pero ahora que ya que lo soy, me doy cuenta de que no tiene nada que ver que seas mayor o no para que te traten bien, sin que haya discriminación alguna por ser mujer o hombre. Me gustaría que, por un día, alguien intentara estar en mi cuerpo y en mi mente; que se diera cuenta de que ser yo -o ser la persona que lea esto- no es fácil. Porque no es fácil ponerse en la piel del otro. Por eso, no debemos juzgar a nadie. Como mujer me gustaría dar apoyo a otras mujeres que se sienten como yo, que muchas veces me he sentido utilizada a la hora de estar con un chico, porque ellos a veces solo se fijan en un buen culo o unas buenas tetas y ya está. Y no se dan cuenta de que detrás de ese físico hay un corazón y un alma.

 

 

Te invitamos a nuestro tercer aniversario…¿te apuntas?

10/05/2016 en Doce Miradas por Doce Miradas

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Una mera coincidencia

03/05/2016 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

Este año había dudas sobre cómo enfrentar la doble celebración del Primero de Mayo. En casa propusieron dividir el día en sus dos mitades: las felicitaciones por ser trabajadora llegarían hasta el mediodía, y a partir de esa hora, nos centraríamos en las que corresponden por ser madre. Aunque parecía buena idea, la descartamos enseguida, porque ambas ocupaciones son de jornada completa, y nos parecía injusto repartir la gloria.
La coincidencia de este año me ha dado que pensar. No es más que eso, una mera coincidencia, pero en ella se cruzan varias miradas complementarias, y no he querido dejar pasar la oportunidad.

Los “Días de…” suelen ser resbaladizos, porque a nada que te despistes, derivan en faustos que nada, o bien poco, tienen con su motivación original. Primer consejo: precaución.

Resulta que no todos los “Días de…” son iguales. ¿Será sólo una mera casualidad? Frente al Día del Padre y su lugar previamente fijado y reconocido, el 19 de marzo, el día reservado para homenajear a la madres es errante, itinerante en las hojas del calendario. En nuestro entorno toca el primer domingo de mayo, sin color rojo exclusivo. ¿Será tal vez porque es un día de “lo doméstico”, de puertas para adentro?

¿Celebrar? ¿Reivindicar? ¿Comprar?

He intentando seguir la pista de este día, y buceando un poco más en el tema, parece que no siempre fue una celebración tan naïf como suele serlo hoy en día. La Historia es un tesoro, y también una fuente de aprendizaje.

Imagino la cara de hastío de Julia Ward Howe si tuviese que padecer la tormenta consumista, de colonias, flores y corazones que lo inunda todo en estas fechas. Su trabajo activista y su militancia en todo tipo de causas sociales, del lado de los derechos de las mujeres siempre, le llevaron a proponer en 1870 la “Proclama para el día de las madres”, con el impulso de acciones para conseguir la concordia entre países sobre la base del trabajo de las madres en favor de la cultura de la paz y anti-belicista. Este párrafo condensa sus peticiones:

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Julia Ward Howe, “La proclama del día de las madres”

¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, sin importar que su bautismo haya sido de agua o lágrimas! Digan con firmeza: ‘No permitiremos que los asuntos sean decididos por agencias irrelevantes. Nuestros maridos no regresarán a nosotras en busca de caricias y aplausos, apestando a matanzas. No se llevarán a nuestros hijos para que desaprendan todo lo que hemos podido enseñarles acerca de la caridad, la compasión y la paciencia’. Nosotras, mujeres de un país, tendremos demasiada compasión hacia aquellas de otro país, como para permitir que nuestros hijos sean entrenados para herir a los suyos. Desde el seno de una tierra devastada, una voz se alza con la nuestra y dice ‘¡Desarma! ¡Desarma!’ La espada del asesinato no es la balanza de la justicia.

La sangre no limpia el deshonor, ni la violencia es señal de posesión.
Julia Ward Howe, Proclama del día de las madres

 

¿Sabrán algo de todo esto los supermercados que nos aplastan con sus folletos comerciales? Esta Proclama sirvió de base para otras pioneras. La consolidación en el calendario de festividades del Día de la Madre en Estados Unidos fue un logro, entre otras, de la activista Ana Jarvis. Woodrow Wilson instauró este día, en reconocimiento por la labor social que realizó la propia madre de Jarvis, atendiendo en colegios sociales a niñas y niños desfavorecidos, y durante la Guerra de Secesión en el cuidado de los heridos. La dicha duró poco, porque el texto firmado por el presidente tenía poco que ver con la propuesta original del grupo de mujeres liderado por Jarvis; habían desaparecido las referencias sociales, para quedar circunscrito al ámbito doméstico. Sólo unos años President_Woodrow_Wilson's_Mother's_Day_Proclamation_of_May_9,_1914_(Presidential_Proclamation_1268)._-_NARA_-_299965más tarde, la propia promotora encabezó las protestas que denunciaban la hipocresía de esta decisión presidencial. Tanto protestó la buena de Jarvis que llegó a ser detenida, “por perturbar la paz debido a manifestaciones ruidosas”.

La celebración del Día de la Madre tiene muy poco, o nada, de aquella idea original de reconocer una contribución social de estas mujeres y madres, y casi nos resulta inconcebible que alguna vez haya existido tal pretensión.

Los criterios comerciales han resuelto el debate. Si echáis un vistazo a los anuncios de regalos propuestos para el Día de la Madre, queda claro quién ha ganado la partida. La publicidad de estos días nos sitúa más cerca del ideario de la Sección Femenina del régimen franquista español que del trabajo social y comunitario de los movimientos feministas. Os propongo esta pregunta: “¿qué resulta más anacrónico, el texto o la imagen siguiente?”.

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“A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir. Cuando Dios hizo el primer hombre, pensó: no es bueno que el hombre esté solo. Y formó a la mujer para su ayuda y compañía, y para que sirviera de madre. Pensó en la mujer después, como un complemento necesario, esto es, como algo útil”

(Formación Político-Social Bachillerato, 1963).

 

Los trabajos, las mujeres
En casa no sabíamos bien qué celebrar el 1 de mayo, ni cómo. Y mientras debatíamos sobre estas cosas, en la calle cientos de personas se manifestaban en conmemoración del Día del Trabajo, la segunda cita del mismo domingo (esta sí, roja). Una mera coincidencia, y también una buena forma de visualizar la diferente consideración del trabajo productivo y reproductivo, según la terminología al uso (que no termina de dejarme satisfecha, dicho sea de paso). Es un debate clásico, y un debate pendiente.

Como recordaba hace unos días Fina Rubio, presidenta de la Fundación Surt: “El trabajo no es solo una mercancía, es todo aquello que hace que una sociedad funcione. Ésta no se mantiene solo por las mercancías, sino porque hay muchos trabajos -transparentes en nuestra sociedad- que hacen que no se desmorone”. Pero no todos los trabajos que son fundamentales para que nuestras sociedades avancen son de la misma naturaleza, ni todos t977274-6f142e8c-033d-11e4-a85d-b094767f573dienen la misma valoración y posición en nuestra escala de reconocimientos.
El primero se anhela, el segundo se tolera, o se asume con resignación. Así están las cosas.

Ambos trabajos están intrínsecamente unidos, porque es la agenda doble de responsabilidades familiares y de cuidados no (supuestamente) productivas la que en gran medida sigue penalizando el acceso y participación normalizada de las mujeres en el mercado laboral.

Esos trabajos transparentes me hacen pensar que la coincidencia de este año tiene una realidad conectada tras de sí. Porque hablar de derechos laborales para las mujeres es hacerlo, en gran medida, de cómo resolvemos este debate. La conciliación, mejor llamada corresponsabilidad, sigue siendo la asignatura pendiente y lacerante que impide que hombres y mujeres puedan aspirar a salir de la misma línea en la carrera profesional, y que una vez en ella, puedan competir en igualdad de condiciones.

 

¿Cuánto nos cuesta esta discriminación?
La pregunta no es retórica, y creo que conviene intentar responderla. En demasiadas ocasiones, el coste de la no igualdad suele quedar circunscrito a la opinión (a mí no me parece que sea para tanto, a mí esto no me ha pasado, eso era antes, ahora tenemos más oportunidades, etc.). No nos vendría mal tener un marco de referencias objetivas para visualizar esta realidad sobre la base de otros criterios; los contables, por ejemplo.

Según la consultora Mckinsey Global, cada uno de los estados y ciudades de Estados Unidos podría llegar a incrementar en hasta un 10% su PIB a través de medidas concretas que faciliten la incorporación real de las mujeres a la actividad productiva. Bastaría con corregir las deficiencias, ni tan siquiera sería preciso aplicar medidas extra que prioricen, la incorporación de las mujeres. Sería suficiente con solventar los errores, históricos, de la distribución desigual de las responsabilidades.

En el mundo, las cifras que maneja esta misma firma, son todavía más llamativas, y dignas de reflexión. Adelanto mi conclusión: la igualdad sale a cuenta, y la falta de igualdad es un lujo que no podemos permitirnos.
PNG_QWeb_Gender_IP_ex1_20150923_1536pxLa participación equitativa de hombres y mujeres aportaría un 26% de incremento al PIB mundial, unos 28 trillones de dólares en una década. El equivalente a la combinación de las economías actuales de China y USA.

Si este objetivo nos parece excesivamente ambicioso, visto de dónde partimos, hay una vía intermedia: si las economías con mayor gap de género acortasen estas diferencias hasta equiparse con las que de menor gap, podrían generar 12 trillones de dólares extras  en 10 años (la suma de los pesos actuales de las economías de Japón, Alemania y Reino Unido). Sería suficiente con aplicar medidas ya experimentadas en otros lugares; no hay que inventar nada nuevo.

 

¿Avanzamos?
Parece que no, o que los pequeños avances que se producen, de forma casi imperceptible en el contexto más inmediato, no son suficientes para garantizar el cambio que se necesita. El último informe de la Encuesta de Población Activa para Euskadi nos da un pequeño respiro, pero no aporta aliento suficiente.
La estructura del empleo femenino es la constatación de un fracaso social, en el que todavía no estamos poniendo esfuerzo suficiente. El trabajo de las mujeres sigue siendo parcial, mal pagado, insuficientemente reconocido y acotado a ámbitos de limitada proyección profesional o económica. (Cada año el sindicato UGT publica un informe sobre esta cuestión, y es interesante constatar la exasperante lentitud con la que, en el mejor de los casos, se producen ciertos avances). Un trabajo lastrado por muchas razones, y entre ellas (vuelvo a la coincidencia), el no haber resuelto aún la enorme injusticia de la falta de corresponsabilidad.

Bonus Track

Hay muchas razones para que la falta de igualdad sea una cuestión de máxima prioridad en nuestras agendas, públicas o privadas. La coincidencia del Primero de Mayo me ha puesto unas cuantas ante los ojos, pero seguro que a ti, lector o lectora, se te ocurren otras muchas.

Y si por no se te ocurre ninguna, te dejo la referencia de una conferencia muy inspiradora, de Chimamanda Adichie: We all should be feminists. Esta misma historia ha dado lugar a un pequeño librito, que se ha incluido ya entre las lecturas recomendadas de los colegios suecos, para jóvenes de 16 años.

Save the Date! – Celebramos nuestro tercer aniversario y te invitamos a una sopa con estrella Michelin

26/04/2016 en Doce Miradas por Doce Miradas

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Viernes 27 de mayo, 13:30h.
Universidad de Deusto, Bilbao

Una sopa, un voto  

Por un módico precio, podréis venir a celebrar nuestro tercer aniversario y tomaros un tazón de sopa preparada por Zuriñe García, del restaurante Andra Mari, galardonado con una estrella Michelin, y votar por vuestro proyecto favorito pro igualdad de género.

Tres años, tres proyectos

Mientras nos tomamos la sopa sin sorber, tres organizaciones sin ánimo de lucro nos presentarán sendos proyectos. Cada una contará con 10 minutos de exposición. Tras ello, abriremos un turno de preguntas para que quien lo desee exprese sus dudas, curiosidades e inquietudes y, acto seguido, mediante Kahoot!, podréis votar por vuestro proyecto favorito. Lo recaudado con los cuencos de sopa y las aportaciones de diversas instituciones se destinará así:

el 50 % de lo recaudado al proyecto más votado;

el 30 % al segundo proyecto más votado

y el 20 % al proyecto que quede en tercer lugar.

 
Y además  

Disfrutaremos de la música de Izaro y de la charla con montones de amigas y amigos, pinchos, dulces, bebidas, algún regalo y todo lo necesario para acompañar una buena digestión sopera.