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La movilización feminista: oportunidad para la cohesión social

19/11/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Paul Ríos (@PaulRios) – Nací en 1974 en Algorta. Estudié derecho pero nunca he sido abogado. Durante casi toda mi vida adulta he estado dedicado plenamente a la tarea de aportar a la paz y a la convivencia en Euskadi. Tras terminar mi etapa de director de Lokarri he abierto el foco, estudié un máster universitario en Derechos Humanos y participo en distintos proyectos que tienen como objetivo el desarrollo humano sostenible. Así, hago parte de Agirre Lehendakaria Center, donde, entre otras cosas, he aprendido que la desigualdad está detrás de muchos de los grandes problemas que azotan al mundo.

Foto: Zuzeu

 

La desigualdad es uno de lo mayores retos a los que nos enfrentamos. Según Naciones Unidas, “el 10 por ciento más rico de la población se queda hasta con el 40 por ciento del ingreso mundial total, mientras que el 10 por ciento más pobre obtiene solo entre el 2 y el 7 por ciento del ingreso total”. Lejos de reducirse la brecha entre los más ricos y los más pobres, año tras año sigue aumentando. Los informes de Intermon Oxfam sostienen que en 2018 “26 personas poseían la misma riqueza que los 3800 millones de personas más pobres del mundo” y que desde el año 2010, la riqueza de esta élite económica ha crecido en un promedio del 13% al año; seis veces más rápido que los salarios de las personas trabajadoras que apenas han aumentado un promedio anual del 2%”.

Combatir la desigualdad se ha convertido en un gran reto de escala planetaria. De hecho, Naciones Unidas ha situado entre sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) el objetivo de reducir las desigualdades para el año 2030. Hay mucho en juego. La desigualdad y la pobreza, además de limitar la capacidad de desarrollo de las personas, siendo un gran obstáculo para que desarrollen un proyecto de vida pleno e ilusionante, son fuente de conflictos y de problemas sociales. Y si con este argumento no es suficiente, incluso el informe anual del World Economic Forum señala que la desigualdad sigue siendo vista como un importante riesgo para la economía mundial porque “erosiona el tejido social de un país de una manera económicamente perjudicial: a medida que disminuyen la cohesión y la confianza, es probable que se produzcan resultados económicos adversos”.

No es una realidad lejana. En nuestro entorno también crece la desigualdad. Es cierto que Euskadi se encuentra en una situación mejor que los países del sur de Europa, pero el coeficiente Gini de la CAV se ha incrementado en 2018. Y nos alejamos de los países más avanzados socialmente de Europa.

La desigualdad tiene, además, nombre de mujer. A nivel mundial, las mujeres ganan solo 77 centavos por cada dólar que ganan los hombres haciendo el mismo trabajo. En Euskadi, la renta personal media de las mujeres en 2014 se situó en 14.711 €, a casi 10.000€ de diferencia de la renta media personal de los hombres. Y En 2016, los hogares encabezados por mujeres llegan a concentrar un 49,7% de todos los casos de pobreza real.

Esta es la dura realidad de la desigualdad. Un panorama lleno de dificultades y que no mejora con el paso de los años, o lo hace de una manera demasiado lenta. Ahora bien, no todo son obstáculos. Durante muchos años he participado en organizaciones sociales y creo no equivocarme al identificar el movimiento ciudadano que mayor ilusión, esperanza y activismo genera en los últimos tiempos: el movimiento feminista y por la igualdad de género. Las manifestaciones y actividades en torno al 8 de marzo y en denuncia de los asesinatos machistas muestran la existencia de un importante movimiento que se caracteriza por su vitalidad, capacidad de convocatoria y transversalidad. Tiene además características propias, herederas de los principios feministas, como la horizontalidad, el poder distribuido y la capacidad de inclusión. E incluso, por qué no decirlo, formas de actuación muy diferentes a los tradicionales movimientos sociales (donde la presencia masculina en los centros de decisión era predominante).

Es un movimiento que viene, además, cargado de esperanza en el futuro. Y no parece ser un movimiento pasajero, sino con vocación de continuar con sus reivindicaciones mientras no se dé una genuina igualdad y los derechos de las mujeres sean efectivamente respetados.

Y todas esas mujeres, de todas las edades y condición, que participan en este movimiento representan también la mayor oportunidad para movilizar a la sociedad contra la desigualdad. Con los datos anteriormente ofrecidos se puede inferir que terminar con la desigualdad de las mujeres, que son precisamente aquellas que más la sufren, supondría un avance notable para avanzar en el objetivo de construir un mundo más igualitario y alejado de la pobreza. Como afirmó el presidente de FAO, “las evidencias muestran que cuando las mujeres cuentan con oportunidades, los rendimientos en sus explotaciones aumentan y también sus ingresos. Los recursos naturales se gestionan mejor. Mejora la nutrición. Y los medios de subsistencia están más protegidos”.

Así que, a modo de conclusión, considero que el movimiento feminista es la principal palanca de cambio con la que contamos para conseguir la igualdad. Por supuesto, bastante tiene con reclamar la igualdad de género, pero, con la mirada puesta más allá, no me cabe duda de que su impulso y capacidad de movilización puede redundar en un beneficio aún mayor para todos y todas, para el conjunto de la sociedad, en forma de más igualdad y más cohesión social. Por ello, la movilización feminista debe ser cuidada y respetada, escuchada y apoyada, pero, sobre todo, debe tener la ocasión de poder aplicar sus recomendaciones y recetas para conseguir un mundo mejor.

La leona herida

12/11/2019 en Doce Miradas por Noemí Pastor

Hace unos años, de visita en el British Museum de Londres, una de las obras de arte que más me impresionó, y todavía me impresiona, fue “La leona herida”, un bajorrelieve tallado en alabastro hace más de 2600 años para decorar el palacio de Nínive del rey Asurbanipal.  La leona es parte de un bellísimo conjunto de escenas que representan al rey en una cacería.

Entre carros de combate, felinos lanceados y monarcas triunfadores, la leona, la hermosa leona, ligera, filiforme, digna y delicada en su fiereza y su vulnerabilidad, con sus patas traseras ya muertas y su imaginario aullido de dolor, conmueve y a la vez resulta tremendamente inspiradora.

Desde entonces, no puedo evitar pensar en la leona herida cada vez que veo a una mujer destacada, valiosa, poderosa o peligrosa, atravesada por flechas, abatida, derrumbada; y me viene especialmente a la cabeza en el caso de mujeres políticas que abandonan su quehacer de forma repentina, tras un mortífero revés, tras una lluvia de saetas que se les han clavado sobre todo en el alma.

Las mujeres políticas, al menos en mi entorno cercano, no suelen tener carreras largas. Salvo contadas excepciones, no se sientan en todos los parlamentos, no tocan todos los palos, no recorren todas las ejecutivas; no hay entre ellas supervivientes ni aves fénix que resurgen de sus cenizas. Y seguro que al leer estas últimas líneas os han venido a la mente unos cuantos ejemplos masculinos.

No doy nombres propios porque me gustaría que mis lectoras y lectores me confeccionaran una lista; o varias. Sí os diré, en cambio, que pienso en leonas heridas cuando pienso en políticas que estuvieron en activo y dejaron de estarlo en muy diversas coyunturas, que van desde lo delictivo hasta lo bastante más irrelevante. Vivieron diferentes circunstancias, alcanzaron diferentes cotas de poder, sí, pero con algo en común: pocos años en activo, en comparación con sus compañeros varones, y salidas forzadas, tensas, sin homenajes ni cálidos adioses; sin regresos espectaculares, sin aplausos ni loor de multitudes.

Las leonas, cuando se retiran, dejan en el aire esa pizca de amargura de animal herido que tan bien expresa la de Nínive, a veces con un aura de divismo como inspirado por otras fieras excelsas, como Greta Garbo o Marlene Dietrich, que dejaron su profesión y vivieron décadas alejadas del foco mediático.

Por el contrario, esa coraza típicamente masculina, mezcla de cinismo e invulnerabilidad, de estar por encima del bien y del mal y de lo humano, parece que solo la tengan un puñadito de ellas. Parece.

Las demás, tras ser fulminadas, muchas veces por fuego amigo, se retiran en silencio a lamerse las heridas en privado, en ese espacio personal o familiar donde se supone que estamos protegidas y a salvo.

Porque todavía hace frío ahí afuera. Porque la política no es todavía un territorio amigo, no es  women friendly. Siglos de testosterona han construido un sistema donde difícilmente tenemos cabida. En muchas partes del mundo todavía hay leyes discriminatorias que impiden la participación política de las mujeres, las cuales sufren incluso una fuerte brecha en capacidad y educación, lo cual supone empleo precario, que, unido a las cargas familiares, desemboca en pobreza.

Este último fenómeno lo compartimos lamentablemente en este nuestro presunto primer mundo, donde tenemos que hablar, además, de unas estructuras de partidos políticos nada acogedoras y de horarios incompatibles con la vida personal y familiar. Además, los procesos internos de primarias en los partidos necesitan todavía un buen tratamiento con perspectiva de género.

Tampoco ayudan a esto los estereotipos sociales negativos, fomentados a veces por los medios de comunicación, que se encuentran muy asentados en la misoginia popular, al igual que el edadismo, que se ceba contra las mujeres maduras con bastante más virulencia que contra los hombres.

Por ende, la escasa representación política femenina se ve reforzada por la escasa representación femenina en puestos directivos en muy diversos ámbitos: artes, cultura, empresa, deportes, medios, educación, religión, justicia, sindicatos, banca…

Esta ausencia de mujeres en los ámbitos citados contrasta vivamente con la destacada presencia femenina en estructuras alternativas de voluntariado, organizaciones no gubernamentales y similares, en cuyas cúpulas no se suele recibir una remuneración económica. El tabú del dinero sigue vigente para nosotras, como bien nos recordaba Ana Erostarbe.

A esto debemos añadir el elevado coste que supone aspirar a un cargo público y mantenerse en él. ¿Qué precio se paga? ¿Están (estamos) las mujeres dispuestas a pagarlo? ¿No resulta esto contradictorio con el principio feminista que propone colocar la vida en el centro?

Concluyo, a modo de colofón, con unas palabras de “Mujeres y poder”, el libro de Mary Beard:  las mujeres no están completamente integradas en las estructuras de poder, pero para esa integración lo que tenemos que cambiar no son las mujeres, sino el poder.

En eso estamos, hermanas.

La Pared Vacía

05/11/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Marta Marne (@Atram_sinprisa). León (1979). Estudié Historia del Arte, Biblioteconomía y Documentación. En 2011 nació Leer sin prisa, un blog sobre literatura generalista que fue tiñéndose de negro. A lo largo de estos años he colaborado con la revista Fiat Lux y con Culturamas. He sido la jefa de prensa del festival de Las Casas Ahorcadas de Cuenca durante tres años y su CM durante uno. Actualmente trabajo para El Periódico de Cataluña como crítica literaria y en septiembre de 2019 he creado una nueva página web especializada en creadoras de ficción y no ficción negro-criminal llamada La Pared Vacía.

 

El 26 de marzo de 2016 la organización de la Semana Negra de Gijón anunció en una rueda de prensa los escritores nominados a sus premios. Cada año suelo publicar dicha lista en mi blog Leer sin prisa y aquel año, tras compartirla en redes sociales, tuvo que ser el escritor Toni Hill quien me hiciese ver que entre las dieciocho personas que optaban a alguno de los premios no había ni una sola mujer. En aquel momento estaba emocionada porque en la lista aparecían varias novelas que había apoyado con mis reseñas y que esperaba ver nominadas. Pero eso no es excusa: estaba tan acostumbrada a este tipo de conductas dentro del mundo de la literatura de género negro que no me di ni cuenta.

En ese mismo momento me volví hacia mis estanterías. ¿Cuántas obras escritas por mujeres había leído yo durante el año anterior? La lista era muy corta, tan corta como escasas eran dichas obras sobre mis baldas. Mi manera de escoger lecturas por aquel entonces venía determinada sobre todo por las novedades editoriales y los autores que iba descubriendo en las distintas semanas y festivales negros que inundan nuestro país, a los que asisten mayoritariamente hombres.

Ese día supuso un punto de inflexión para mí como lectora. Empecé a fijarme mucho más en las escritoras cuando veía una en mi librería de cabecera y no dejaba de buscarlas en los boletines que publicaban las editoriales. En las entrevistas en la radio, en podcasts, en reseñas de blogs, sí, había siempre dos o tres muy mediáticas, pero el resto apenas eran citadas.

A lo largo de estos tres años he invertido muchas horas en conocer a autoras contemporáneas y rastrear a autoras clásicas. Y clásicas las hay, incluso traducidas. Me he hecho con una pequeña biblioteca con nombres como Vera Caspary, Margaret Millar, Leslie Ford, Anne Hocking, Hellen Reilly, Frances Crane, Margaret Scherf, Charlotte Armstrong, Dail Ambler o Sara Paretsky, entre otras.

A lo largo de estos años he vivido momentos en los que he sufrido discriminación más o menos directa en este mundillo. Y eso que me considero una privilegiada porque sé que son varios los que respetan y valoran mi criterio. Pero el detonante ha venido al escuchar las anécdotas de situaciones que varias autoras de nuestro país han tenido que sufrir cuando han asistido a festivales negro-criminales. Todo este cúmulo de circunstancias me ha llevado a la conclusión de que a muchas de ellas no se las ve, no se las lee porque no consiguen la visibilidad que alcanzan sus compañeros. Así que decidí crear una especie de habitación propia para ellas, un pequeño espacio virtual que tan solo busca que no tengan que competir por un rinconcito. Y lo he llamado La Pared Vacía. La gran mayoría de las webs de género negro, los festivales y sobre todo los premios se olvidan de ellas una y otra vez. Y en muchas ocasiones es tan solo debido a que el número de novelas escritas por hombres y el de escritas por mujeres de quienes seleccionan y nominan no se acercan ni de lejos a un 50-50.

¿Se publica a más escritores que escritoras de género? Sí, yo diría que sí. ¿Se lee en función de ese porcentaje? No, estoy convencida de que no. Por supuesto, hay espacios en los que sí podemos encontrar un reparto más igualitario y varios autores ya se acuerdan de ellas cuando les piden recomendaciones de libros. Pero en veintidós años tan solo una mujer ha ganado el Dashiell Hammett, uno de los premios más valorados dentro del género en este país. Algunos festivales siguen invitando tan solo a un porcentaje mínimo de autoras a sus mesas, algo que repercute no solo en que las conozcan los asistentes, sino en su presencia en la prensa. Y si se las invita, es para colocarlas en mesas de forma aislada para hablar de cómo ellas abordan la novela negra. Como si lo que escriben ellas fuera un subgénero, “obras escritas por mujeres y para mujeres” o algo así. Y no son pocos los que siguen pensando que lo que escriben las mujeres no cabe dentro del género, tan solo porque no se adapta a unos cánones que se establecieron (al parecer de manera inamovible) por hombres hace cerca de cien años.

Las mujeres en el poder empresarial: justicia y utilidad

29/10/2019 en Doce Miradas por Garbiñe Biurrun Mancisidor

garbiñe biurrun doce miradas

Este blog se subtitula “Nos nos van los techos de cristal, somos más de cielo abierto”. Así lo siento también yo, que entiendo que no existen límites objetivos a la capacidad de las mujeres y que los que se nos imponen no solo impiden nuestro desarrollo de manera injusta sino que, además, niegan avances innegables al resto de la sociedad.

Mucho se habla del modo en que las mujeres se comportan cuando acceden a espacios reservados a los hombres, hasta no hace mucho incluso prohibidos a las mujeres. Mucho se habla, por ejemplo, de si las mujeres juezas —profesión vedada legalmente en España hasta 1.966— juzgan de manera distinta, o si las mujeres directivas de empresas contribuyen a cambios relevantes en la gestión.

Ahora bien, actuemos como actuemos en nuestros espacios de trabajo, no puede negarse nuestro derecho a ocuparlos. Es cuestión de justicia y de igualdad. Ya se ocuparon de que no fuera así en tiempos pasados, pero muy recientes. En estos días en que el franquismo vuelve a estar presente y que solo 44 años después de muerto el dictador se hayan sacado sus restos de un mausoleo público, no está de más recordar que, tras los extraordinarios avances producidos en la II República, la primera de las Leyes Fundamentales adoptada por el nuevo Régimen fue el Fuero del Trabajo, aprobado el 9 de marzo de 1938, algo más de un año antes de terminar la guerra, que, entre otras perlas, decía que “El estado liberará a la mujer casada del taller y de la fábrica”, un compromiso que el Estado cumplió, vaya si lo hizo. Pues bien, hace tiempo que hemos rechazado liberaciones castrantes como ésta y que peleamos por lo que es nuestro, o sea, por la igualdad y la justicia.

Yo tengo cierta idea de cómo nos movemos las mujeres en nuestra vida laboral, en cualquier puesto, pero no puedo sostenerla con mínimo rigor, pues ni lo he estudiado ni me dedico a ello. Por eso, en este año en que celebramos el centenario de la Organización Internacional del Trabajo – OIT -, he creído oportuno repasar su Informe de mayo de 2019 titulado  “Las mujeres en la gestión empresarial: Argumentos para un cambio”. Informe realizado a nivel mundial con interesantes y esperanzadores resultados, al menos desde el punto de vista de la actividad económica, que se resumen en que las empresas en las que se fomenta la diversidad de género, en particular a nivel directivo, obtienen mejores resultados y aumentan notablemente su beneficio.

El Informe recoge los resultados de encuestas realizadas en casi 13.000 empresas de 70 países, respondiendo más del 57% de ellas que sus iniciativas a favor de la diversidad de género contribuyen a mejorar su rendimiento empresarial y constatándose que en casi el 75% de las entidades que promovieron la diversidad de género en cargos directivos aumentó su beneficio entre el 5% y el 20%.

El Informe constata que el 57% de las empresas participantes en la encuesta expresó que esta diversidad contribuyó también a atraer y retener a profesionales con talento y que mejoraron la creatividad, la innovación y la apertura, y un porcentaje similar de empresas manifestó que la inclusión de género mejoró su reputación. Además, a escala nacional, el aumento de la integración laboral de la mujer tuvo relación directa con el desarrollo del PIB, tras el análisis de datos de 186 países para el período 1991-2017.

Y ello, partiendo de que, según este Informe, la diversidad de género genera estos beneficios cuando las mujeres ostentan, al menos, un 30% de cargos directivos y de gestión, lo que no se cumple en más del 60% de las empresas, por lo que se ven privadas de todo el talento necesario a los efectos de gestión.

Sin embargo, el Informe recoge también elementos negativos aún presentes y factores clave que continúan dificultando el acceso de la mujer a puestos de toma de decisiones. De un lado, la cultura empresarial que exige disponibilidad constante afecta de manera desproporcionada a la mujer, por lo que se impone insistir en políticas de inclusión y conciliación del trabajo con la vida personal para hombres y mujeres. De otro lado, la llamada “tubería con fugas”, esto es, que la proporción de mujeres que desempeñan cargos directivos en la empresa desciende según se asciende en la jerarquía de gestión – “techo o muro de cristal» -, que engloba todos los obstáculos que ha de superar la mujer en puestos directivos – notablemente, por desempeñar funciones de recursos humanos, finanzas y administración, consideradas menos estratégicas y, por lo general, menos dadas a facilitar una promoción que permita ocupar un puesto de auténtica dirección ejecutiva o en un consejo de administración -. En este sentido se constata que menos de un tercio de las empresas participantes en la encuesta han alcanzado el umbral crítico de un 33% de mujeres en su consejo de administración y que una de cada ocho empresas tienen consejos de administración formados exclusivamente por hombres, así como que la dirección ejecutiva de más del 78% de las empresas participantes es hombre, y solo es mujer, por lo general, en el caso de pequeñas empresas.

Si bien es lástima que el Informe no arroje resultados sobre el impacto que la participación de las mujeres en el poder empresarial tiene sobre la promoción de la igualdad dentro de las empresas, es de resaltar que se ha puesto de relieve su relevancia “si se tienen en cuenta los esfuerzos que despliegan las empresas en otras esferas para lograr únicamente un dos o tres por ciento de aumento de su beneficio”, por lo que “Las empresas deberían considerar el equilibrio de género una cuestión primordial, no solo un aspecto de recursos humanos«.

No soy persona dada a valorar los resultados económicos como elementos positivos de las acciones humanas, pero es claro que, si no se responde a otros estímulos de igualdad y justicia, al menos habrá que reconocer que la participación de las mujeres en la dirección empresarial tiene una justificación clara desde el punto de vista de la estrategia económica.

O sea, que el techo de cristal no solo nos cierra el paso a nosotras, lo que es manifiestamente injusto e insoportable, sino que es también negativo para las empresas y la sociedad en general. ¿No es razón bastante para romperlo ya?

Somos lo que miramos

22/10/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Braulio Gómez Fortes: Soy Doctor en Ciencias Políticas y Sociología.

A veces me hago preguntas sobre problemas políticos y sociales y consigo financiación para encontrar respuestas. Lo que suelo encontrar son más preguntas. Aprendo encontrándome con diferentes. Orgulloso de formar parte del Rabba Rabba Girl.


Mirar bien ayuda a cambiar lo que está mal. Unas veces mirar bien está relacionado con posar la mirada en el sitio adecuado. Otras, con utilizar las gafas con la graduación precisa para que no se te escape la letra más pequeña de la realidad. Si miras porque te interesa cambiar lo que está mal, estarás contemplando ese traslado colectivo que están protagonizando las mujeres y que resumía tan bien Pilar Kaltzada en un lúcido ensayo en formato mini publicado en este espacio temático de las miradas. Es un movimiento masivo hacia espacios de la esfera pública y privada donde los recursos y la libertad de decidir eran hasta hace diez minutos cosa de hombres. Y las candidatas habituales a quedarse fuera de este incipiente y justo éxodo hacia una vida mejor vuelven a ser las que no tienen recursos económicos. Otra vez con la maldita clase social. Qué pesadez. Pero es que también la pobreza es más femenina que masculina.

La recién premiada con el nobel de economía, la francesa Esther Duflo, sabe mucho de pobreza y de mirar bien.  Ella ha roto las barreras académicas para poder avanzar en los mecanismos que se pueden activar para luchar contra la pobreza a través de un contacto directo y profundo con las afectadas. La última premio nobel de economía mira a la pobreza porque le duele y cree que se puede corregir. En su último libro, publicado recientemente en castellano, Esther Duflo analiza de forma hiperrealista el modo de organizar su propia vida que tienen personas sin recursos. Se acerca a la gente que cuenta con menos de un euro al día para sacar adelante su proyecto vital. Y destaca cómo la educación es uno de los factores que ayudan más a salir de la pobreza y, al mismo tiempo, la imposibilidad de gestionar adecuadamente la educación de tus hijos sin recursos.  Muchas familias se ven condenadas a concentrar sus recursos en uno solo de sus hijos y lo habitual es que no sea una mujer la elegida para salir de la pobreza.

Somos lo que miramos.  Por ejemplo, unos miran el fraude, residual, de la Renta de Garantía de Ingresos y otras se fijan en la feminización, real, de la pobreza en Euskadi. Siempre me ha llamado la atención la naturalidad con la que se asume que el complemento por monoparentalidad de la RGI este monopolizado casi en exclusiva por las mujeres. El 95% de las personas que lo piden son madres que no tienen los recursos suficientes para poder sacar adelante por sí solas a sus hijos. Tan solo el 5% son padres con hijos a su cargo que tienen que activar esta ayuda. Los hogares cuya persona de referencia es una mujer tiene significativamente más probabilidades de caer en la exclusión social que aquellos hogares con un único cabeza de familia masculino.

El reparto asimétrico de los recursos económicos permite mantener esta situación de desigualdad respecto a las mujeres. El dinero da seguridad y poder y ayuda a florecer esos hiperliderazgos masculinos de los que hablaba Eva Silván y que utilizan sus recursos conquistados en una carrera desigual de partida  para afianzar sus posiciones, controlar el acceso a sus cotos de poder y  proteger sus privilegios evitando en lo posible compartir sus espacios. Una de las, malas, explicaciones de por qué las mujeres no llegan con facilidad a la actividad política era que se pensaba que la política no iba con ellas. Durante muchos años se ha llamado la atención sobre la falta de interés por la política de las mujeres en relación a los hombres.

Eso decían los que miraban de forma equivocada y con herramientas científicas defectuosas. Tuvieron que venir politólogas de la talla de Mónica Ferrín,Marta Fraile o Gema Garcia-Albacete a mirar mejor, a mirar con otras gafas y con otras herramientas porque se estaba preguntando mal hasta que llegaron ellas. Se estaba llamando política a lo que interpretan los hombres como política. Con su estudio, llevando las gafas adecuadas y mirando dónde hay que mirar demuestran que las mujeres se preocupan tanto o más por la política que los hombres. Lo que sucede es que llaman política a otra cosa. Las políticas sociales, incluida la lucha contra la desigualdad y la pobreza, son las que marcan la agenda política de las mujeres. También la sanidad, la educación y el cuidado de mayores y niños. La política como algo concreto. Y por eso el desbordamiento que han producido sus últimas manifestaciones del 8 de marzo han chocado con la tradicional idea masculina de entender la política.  La lucha contra la pobreza es política como bien sabía Esther Duflo y la mayoría de las mujeres a las que se atribuía equivocadamente un desinterés por la política.

Creo que en el campo de la investigación ya no solo nos corresponde poner nuestra mirada en los problemas que sean más necesarios y urgentes solucionar por criterios de justicia o éticos. También hay que perder el miedo a cuestionarse herramientas e instrumentos de medición que han estado monopolizados por la mirada masculina, con todas sus limitaciones. Por ejemplo, si nos preocupa la pobreza y su feminización habrá que escuchar mucho más a las mujeres e  invertir en incorporar más miradas femeninas al espacio científico y político donde se construyen soluciones para erradicar la pobreza. Y ya sabemos que las mujeres quieren estar ahí.

 

Veo – veo, ¿qué ves?

15/10/2019 en Doce Miradas por Virginia Gómez

El día 11 de octubre se celebró el día Internacional de la niña. Quisiera traer a este espacio al colectivo infantil, considero que está silenciado y son el futuro.  Como no generan ingresos directos, sus voces no interesan. Creo que nos equivocamos, tendríamos que darles más peso en la toma de decisiones que nos y les afectan.

Muchas veces nos quejamos de que pasan mucho tiempo con el móvil pero ¿acaso provocamos su conversación? Hay una forma sencilla de atraer su atención y los resultados siempre son sorprendentes. Atención a este ejemplo:

Suele ser habitual que en las celebraciones familiares o de cuadrillas del colegio me acerque en la mesa al grupo de menores para participar de su siempre genuina conversación. Es un saludable ejercicio, una recomendable forma de mantenerse joven, la diversión está asegurada y el potencial de la sabiduría en su estado más puro aprovecha tanto o más que el propio alimento físico. En ocasiones, lanzo temas para que saquen sus ideas (edades entre 4 y 16 años) y enriquecer así las mías.

Recuerdo un interesante encuentro estando de viaje este verano en el que nos miramos en esa zona de la mesa al escuchar a un adulto en plena comida decir lo siguiente:

“Vaya tela, siglos de machismo y justo me toca a mí nacer en la era del cambio”

Se desprenden muchas cosas (también sensaciones y ganas) de esta apoteósica frase, incluso una buena: es evidente que estamos viviendo una época de transformación, el cambio está en proceso.

Fuente: Freeda

Cuatro preguntas bastaron, el resultado puede servir de estudio para cualquiera que lo mire en perspectiva. En un momento se pronunciaron acerca de: natalidad, capitalismo, Iglesia, conciliación, violencia de género, formación, consejos de gobierno, tecnologías, etc. Evitaré dar datos de quienes participaron para no incidir en los estereotipos de género. Un dato relevante, casi siempre hablaban en masculino, este detalle denota la urgente necesidad de incidir en la formación pro-equidad de género desde las edades más tempranas.

Me apresuré a escribir todo al llegar a casa para no perder detalle de sus respuestas:

Dice siglos de machismo, ¿qué es eso?

DJ.- Algo que pasaba en la era de los dinosaurios (se ve que las palabras le sonaban añejas o que le resulta ajeno)

JR.- Pues significa que en la época de los dinosaurios, desde que nacías formabas parte de una tribu donde los hombres se organizaban para asegurar la comida y protegían a la familia y mientras, las mujeres cocinaban lo que traían ellos de la caza y tenían a los hijos. Nadie les obligaba a hacer eso, y no hacía falta casarse, todos eran como una gran familia y lo hacían para asegurar la vida. Es que lo más importante era la vida. Las mujeres al poder dar la vida, eran tenidas en cuenta como el bien más valioso junto con los hijos, como un tesoro, por eso los hombres salían a pelear, y muchos morían peleando, es que hay que ser muy valiente, os imagináis a vuestro aita ahora enfrentándose a un Mamut? (risas acompañadas de gestos imitando la situación)

BG.- JR, ¿has dicho que los niños eran importantes?

DJ.- Ah! y entonces, como ellos salían a pelear, se hicieron más fuertes y así se volvieron superiores y ahí se convertían en machos? Entonces, machismo viene de macho!? (cara de descubrimiento)

PL.- Pues el machismo está todos los días en la tele, no es algo del pasado

Ahá, y dice que estamos de cambio, ¿qué pensáis?

JR.- Pues luego ya sí que hubo que casarse y los maridos traían el dinero para comprar la comida

PL.- Eso sería antes, mi madre también trae el dinero y compra la comida

BG.-Y la mía! Y mi padre! Por eso no vienen a recogerme cuando salgo del cole

JR.- Pues eso no es lo más grave, en otros países hay culturas en las que hay niñas obligadas a casarse con adultos, la hija de una amiga de mi madre ha estado de cooperante en un campamento y ha conocido a una refugiada. (Se refería a este campamento con Save the Children)

BG.- Es que los curas se inventaron el matrimonio

JR.- Porque se crearon las ciudades y las casas y las iglesias y ya no había tribus, entonces se casaban para tener muchos hijos. Como los tenían las mujeres, ellos seguían saliendo ahora a traer el dinero trabajando para comprar la comida. Y si le pasaba algo al hombre, el matrimonio le protegía para que pudiera cobrar un dinero por estar casada porque el dinero iba luego a su cuenta.

DJ.- Y ya no peleaban?

JR.- Ahora las peleas se llevan a casa

DJ.- Es verdad! mis padres se pasan el día discutiendo y peleando!

PL.- Pues en la tele salen noticias de malos tratos muchos días, y son hombres que pegan a sus mujeres y no de que ellas les pegan a ellos y a veces las matan 

DJ.- Mis aitas no me dejan ver las noticias

IG.- En mi casa mi madre le está todo el día chillando a mi padre y diciéndole todo lo que no hace o que hace las cosas mal, es un aburrimiento (caras tristes)

PL.- Mi padre chilla más que tu madre, pero no le oís por el patio? Y mi madre no hace nada malo para que le griten, él es así. Yo creo que se van a separar

JR.- En mi clase hay muchos compis de padres separados, cada vez más. Y hay casos que se vuelven a casar y hay familias que se hacen más grandes con los hijos de todos. Eso mola!

BG.- Si ya no nacen casi niños ni niñas

Y entonces, ¿lo más importante ya no es la vida?

JR.- El dinero, todos los mayores quieren más dinero

DJ.- Eso, eso! Dinerito! ¿Quién quiere un helado?

JR.- A ver, sí es importante pero es que si no, no podríamos tener todo lo que tenemos. Para comprar una casa hacen falta dos sueldos, y un coche, y comida… y para eso hay que trabajar, y si trabajas, ¿cuándo crías? Todo no se puede. Bueno, se puede pero mal. Hay que elegir.

DJ.- Es mejor el dinero, si total, ya estamos vivos!

A grupo.- Pero qué dices!? (más risas)

DJ.- Yo voy a estudiar mucho para ganar mucho dinero pronto y no tener que trabajar y tener muchos hijos y jugar con ellos todo el día.

BG.- El dinero sale de las empresas

Ah sí? ¿quién tendría que mandar en las empresas?

BG.- Mi madre!

DJ.- Mi tía! (a la vez)

BG.- Claro, tu tía es mi madre (ríen)

IG.- Pero si tu madre no ha trabajado nunca fuera de casa!

BG.- Y qué? Pero sabe organizarlo todo en casa. Un día vi un vídeo y decía que eso es un plus (este es el vídeo)

Fuente: Hirukide

FC.- Yo!

IG.- Mi padre ya manda, su trabajo es ser el jefe

JR.- Ahora mandan más los hombres porque antes salían ellos a trabajar por eso que hemos dicho de que ellas se quedaban en la casa. Y han creado ellos las empresas y por eso gobiernan. Pero eso es lo que está cambiando. Eso y que cada vez hay más separaciones, las cosas se están convirtiendo para que las mujeres tengan cada vez más sitio, y cuando manden ellas, todo se ajustará y ya no habrá tanta injusticia

DJ.- Por qué?

JR.- Porque ellas diseñarán robots para limpiar la casa y ya no habrá peleas para ver quién hace las cosas de casa y entonces tendrán más tiempo para nosotros. Lo digo porque en Navidad me regalaron un libro sobre mujeres científicas que me inspiró (Se refería a “Un pequeño libro de grandes mujeres científicas”)

BG.- Sí! (más risas) Pero vamos a por los helados o qué!?

Parece que el elemento transveral de la historia es puro y que se vislumbra un futuro en el que las mujeres tienen mayor voz y protagonismo en todos los ámbitos de la vida, esa que estamos dejando de alimentar por alimentar nuestros bolsillos.

Sin duda, hay luz de esperanza en nuestras siguientes generaciones, démosles voz, por favor.

El teatro: un espacio para la transgresión de lo real

08/10/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

María San Miguel (Valladolid, 1985) @MariTriniSanMig. Soy creadora y actriz. Licenciada en Periodismo y Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, donde comencé a estudiar teatro con mi maestro Domingo Ortega. Estoy formada en la escuela de María del Mar Navarro y he estudiado y trabajado con diversos profesionales nacionales e internacionales de las artes escénicas. En 2009 fundé Proyecto 43-2, compañía de teatro documental en la que produzco, escribo y actúo. El teatro me parece una de las armas más poderosas de transformación política. Me interesa mucho llevar a escena las violencias y los márgenes que conforman nuestra sociedad.

Foto: Luis Gaspar

 

 

Las mujeres estamos faltas de referentes.

El patriarcado nos ha señalado un camino en el que los ejemplos de acción, carácter, éxito y formas de estar en el mundo están encarnados por hombres.

Yo misma he admirado (y admiro) a muchos hombres a quienes he tenido (y tengo) como modelos a seguir.

De hecho, he idealizado a muchísimos de ellos, lo que ha resultado ser catastrófico para mis relaciones sentimentales, pero también para mi autoestima y el valor que me otorgo a mí misma en el ámbito personal y profesional.

El acercamiento a la teoría feminista que llevo realizando desde hace ya algunos años y la fuerza con la que ha llegado (espero que para quedarse) esta cuarta ola me está haciendo despertar y ser consciente de todos los mandatos que afectan tanto a nuestra vida privada como a nuestra proyección pública.

Aún así, no consigo desprenderme del síndrome de la impostora ni dejo de exigirme una perfección y una capacidad de trabajo infinitamente más rígidas que las que (estoy segura) desarrolla cualquier hombre sobre sí mismo.

Hace diez años fundé mi compañía, pero no ha sido hasta prácticamente antes de ayer cuando me he dado cuenta de que, efectivamente, yo soy la mujer que lidera el proyecto. Que tengo derecho a equivocarme, a fracasar, pero que también los logros que hemos conseguido hasta ahora se deben a mi esfuerzo, a mi capacidad creativa y de gestión y a la relación generada para con el resto del equipo.

Durante estos años he tenido que luchar contra la falta de credibilidad (una mujer joven liderando un proyecto), contra las trabas que me he encontrado en reuniones y encuentros e incluso con los obstáculos que me han puesto algunos de los colaboradores que han trabajado en la compañía.

Pero, sobre todo, he tenido que combatir contra el juicio constante al que me he sometido (y sigo sometiéndome) cada día.

Me atrevo a decir que he sido más dura conmigo misma que lo que lo han sido otros conmigo. Y eso que, en ocasiones, el trato que he recibido y las descalificaciones han sido terribles y me han afectado gravemente a mi crecimiento como actriz y como ser humano.

¿Por qué nos ocurre esto? ¿Por qué además de enfrentarnos a la desigualdad tenemos que luchar contra nosotras mismas?

Porque no tenemos referentes.

El patriarcado nos ha mostrado que nuestro lugar es otro. Es secundario. El poder, los privilegios y las capacidades son uso exclusivo de los hombres. Las mujeres somos frágiles, inseguras e incapaces para liderar con otras herramientas diferentes a las que habitualmente se utilizan.

Entonces pienso, ¿qué puedo hacer yo como creadora, además de reivindicar el lugar que me pertenece?

Puedo llevar a escena a mujeres que rompan los patrones de comportamiento con los que hemos sido educadas.

Mostrar otras realidades.

Visibilizar a mujeres que transgreden, que son sujetos activos con todas sus contradicciones, miedos y creencias.

Las creadoras tenemos la responsabilidad política de generar otras narrativas.

De llevar a escena a mujeres que rompan con lo establecido. Sin miedo a equivocarnos.

Es curioso, pero hace relativamente poco tiempo me di cuenta de que las mujeres que protagonizan Rescoldos de paz y violencia, la trilogía de teatro documental sobre la violencia en el País Vasco en la que he trabajado desde 2009, son los motores de los espectáculos.

Las mujeres realizan la transgresión utilizando los rasgos de carácter que tradicionalmente se han atribuido a nosotras (escucha, cuidados, empatía) para generar espacios de entendimiento, de resolución de conflictos. Ofrecen al Otro la posibilidad de hacer las cosas de otra manera.

Cuando empecé a escribir no era tan consciente como lo soy ahora de la importancia que supone crear personajes con perspectiva de género.

Supongo que la educación feminista y libre que me han dado mi madre y mi padre está estrechamente relacionada con esta forma de imaginar y representar en la escritura y en la escena.

Pero, sin duda, el carácter documental del proyecto, la fuerza de las mujeres a las que he entrevistado y que me han acompañado en todos estos años, ha sido definitivo para que sean ellas quienes verdaderamente protagonizan la trilogía. Son fuertes y sensibles. Son sujetos activos que muestran sin temor las contradicciones, silencios y dolores que las construyen.

Las palabras y la acción que representan estas mujeres son importantes, pero es esencial el cuerpo y la estética con la que se trabaja desde la escena.

Forma parte de la representación de las nuevas narrativas. Dar visibilidad a otros cuerpos. No solo tratando de romper con el canon fascista de la belleza (como dirían las protagonistas de Lectura Fácil de Cristina Morales) que nos ha impuesto el patriarcado, sino con la forma de ser, estar, moverse y de participar en la acción que tienen los personajes femeninos.

La imagen, al igual que la palabra, conforma nuevas realidades. Por eso también es importante romper el canon de representación tradicional de las mujeres desde la presencia escénica.

Foto: Gema Graciano

El próximo 14 de noviembre estrenamos en Barcelona El contrato de Carmen Resino, un texto inédito escrito en 1973 por la autora que decidió conservarlo en un cajón por los problemas que podía causarle sacarlo a la luz en ese momento.

La puesta en escena que dirijo es un encargo de Teatro de la Riada, una compañía creada por Alba Muñoz y Sonia Pérez, que quiere dar visibilidad a dramaturgas iberoamericanas que han sido (oh, sorpresa) invisibles a pesar de la calidad de sus propuestas.

Durante todo el proceso de creación y ensayos he(mos) tenido muy presente la responsabilidad de poner en escena otros cuerpos, otras posibilidades de representación.

Es un texto duro que muestra las violencias invisibles con las que las mujeres nos hemos acostumbrado a vivir y que, además, hemos adquirido como patrón cotidiano de comportamiento.

Nora y Jasica son dos mujeres que mantienen una relación indefinida y que buscan otra manera de estar en el mundo, sin embargo, caen todo el rato en la repetición e imitación de comportamientos aprendidos.

Aún así, intentan transgredir, con todo el cansancio y el miedo que produce a veces lo desconocido.

Nos parecía importante mostrar también esta parte de lo real y, al mismo tiempo, utilizar a Nora y Jasica para imaginar otra realidad posible.

Esta es la misión que tenemos por delante. Y es obligatoria.

Plasmarnos a nosotras y a las otras.

Elaborar nuevos referentes que nos faciliten el camino hacia la igualdad real. Con todas nuestras contradicciones.

Traer lo que hasta ahora ha sido el margen a la escena, para hacerlo presente, real y central.

 

Flaneuses. Caminar sin ser vistas

01/10/2019 en Doce Miradas por Eva Silván

‘Se recomienda a las “mujeres respetables” visitar pastelerías, salas de té y grandes almacenes y evitar los cafés, cabarets y salones, lugares asociados a mujeres “de dudosa moral” o a las mujeres trabajadoras que pasan por ahí sus interminables jornadas laborales’.
Extracto de una guía de viajes publicada en las primeras décadas del siglo XX

La ciudad, ese lugar en el que poder mostrarse y disfrutar del anonimato al mismo tiempo; un espacio que se convierte, a la vez, en morada para la mujer y en un lugar de peligro; la ciudad de las oportunidades de día; el lugar donde, a partir de determinadas horas de la noche, pasas a estar “sexualmente disponible”, como cuenta Virginia Wolf en The Pargiters

Esta fotografía incomoda que hizo Virginia Wolf de las ciudades que habitamos ha marcado de alguna manera el papel de la mujer en su entorno más cercano, decidiendo por nosotras si este o aquel lugar es apropiado o es peligroso, si está abierto para nosotras o mejor que no nos acerquemos, que ya está lleno. Una sociedad que nos inculca a las mujeres la imposibilidad de caminar libres es una sociedad que está negando a la mitad de la población la posibilidad de ocupar, habitar y narrar un espacio que le pertenece, y el mundo necesita la mirada femenina para narrar la realidad desde otra perspectiva y descubrir otras maneras de hacer.

Soy una afortunada, lo sé. Crecí en una familia en la que nunca me transmitieron el miedo a ir sola a ninguna parte ni me dijeron que por mi condición de mujer no debería estar en tal o en cual lugar. Todos eran espacios abiertos para mí. De forma sutil, mi madre nos estaba transmitiendo una manera de pensar, habitar y construir el propio espacio sin miedo, pero con cabeza. Sin saberlo, nos llevaba de la mano a la triada indisociable de Heidegger: habitar es una manera de construir el propio espacio; pensar el espacio es, a su vez, una forma de habitarlo, una forma de construirlo como relato del que nosotras somos las principales narradoras.

Abriéndonos las puertas al mundo, mi madre nos legitimaba como sujetos que éramos a ser parte del espacio público. Años después fui consciente de que solo así es cuando las mujeres podemos narrar la experiencia de ser mujer de otra manera. Investiga, lee, camina, construye tu propia realidad, piensa por ti misma, ten criterio propio.

Recuerdo en tiempos de la Universidad cómo muchos se sorprendían al ver a dos chicas solas ir de local en local o de concierto en concierto. Muchas veces tuvimos que escuchar: “Así no os echaréis novio nunca. Vuestra actitud no anima a los chicos a acercarse a vosotras”. Vaya, como si eso a nosotras nos preocupase. Nuestro interés era ser, estar, observar y contarnos lo que veíamos. Nos considerábamos mujeres que nos representábamos en solitario sin la necesidad de una figura masculina al lado. Y esto descolocaba a muchos; a nosotras no, claro.

Esto despertó en mi una curiosidad que todavía hoy me acompaña (espero no perderla nunca): caminar, pasear, observar las ciudades sola, en definitiva, practicar el derecho a mirar sin ser vista, me parece que es un placer al que las mujeres no debemos renunciar. Pasear sin prejuicios me sigue pareciendo una de las mejores maneras de ocupar este planeta.  Porque caminar por las ciudades es replantearse el modo de vida que tenemos y por lo tanto es cuestionar los roles sociales y el relato hegemónico que se nos ha trasladado de las ciudades: aquí sí, mujeres; hasta aquí, mujeres; aquí ya no, mujeres.

Este verano me encontré con el libro de Anna María Iglesia La Revolución de las Flaneuses. En él, la escritora hace un recorrido crítico sobre las flaneuses, mujeres que pensaron la ciudad y el espacio que habitaban, mujeres que reclamaron su espacio, que lo construyeron a pesar de las limitaciones, mujeres que transgredieron los límites geográficos, morales, sociales y económicos para construir un nuevo escenario del que formar parte: algunas se disfrazaron de hombre para poder acudir al Parlamento Británico, enterarse de lo que allí pasaba y construir una opinión propia; otras se quitaron sombreros cuando las mujeres estaban obligadas a llevarlos, para pasear libremente por las calles, aún siendo conscientes de que pasarían a ser objeto de todas las miradas; otras, mujeres trabajadoras, construyeron su vida de forma autónoma sin necesidad de tutela alguna. Ellas, las flaneuses, ocuparon el espacio construyendo un nuevo relato, subiendo a la tribuna y tomando la palabra.

 

Fotografía de Katrien de Blauwer

La sororidad, palabra maravillosa que da nombre a la relación de hermandad y solidaridad entre mujeres para crear redes de apoyo y que cuestiona la supuesta rivalidad entre nosotras, ha hecho uso de esa palabra individual que tomaron mujeres pioneras, las ha sumado y ha amplificado su voz. Las flaneuses, al atreverse a pasear solas, pudieron ver con claridad cómo las calles son más estrechas de lo que nos dicen, con obstáculos levantados por aquellos que limitan el avance de las mujeres.

Vivimos tiempos de hiperliderazgos masculinos en los que muchos hombres afianzan sus posiciones, acotan los espacios y se resisten a renunciar a sus privilegios y compartir los espacios. Como decía Pilar Kaltzada, sentirse inmerso en una mudanza de grandes dimensiones como es la igualdad es asumir de manera consciente que se ha vivido con muchos privilegios. A los hombres les toca compartir espacios y aprender a vivir con menos; a las mujeres nos toca seguir siendo paseantes y narradoras incómodas que muestran las grietas de este espectáculo social que todavía, en demasiadas ocasiones, imagina a las mujeres sin contar con ellas.

Nota. Este post está dedicado a Myriam Menéndez y a “Espartaca”, una amiga invisible que aguantó estoicamente nuestras narraciones incómodas.

Mujeres iguales, derechos diferentes

24/09/2019 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Ana Sande @AnaSande7. Mi nombre es Ana, y soy una joven española-noruega licenciada en Relaciones Internacionales que estudió en el Colegio Noruego de Málaga. En casa siempre he vivido el choque de culturas, el responder ante una misma situación de dos maneras diferentes. Lo que en un momento sentí como falta de identidad por no pertenecer a un lugar u otro, hoy se ha convertido  en mi mayor punto fuerte.

Siempre me he interesado por conocer el mundo globalizado actual que nos caracteriza y en qué nos beneficia. Pertenecer a dos culturas diferentes a mí me ha beneficiado en muchas cosas, y me ha regalado los idiomas que hoy hablo. Orgullosamente puedo decir que hablo Noruego e Ingles, como el español; lo cual me ha permitido conocer de primera mano a muchas personas e historias diferentes, y así, crear la mía propia.

A pesar de mi situación a simple vista favorable, ¿Por qué la condición de ser mujer joven ha dado forma en mis miras de futuro? Soñaba con pertenecer al cuerpo diplomático español, pero, ¿Cuantas mujeres Cónsul han representado a un país en el extranjero? ¿O cuántas vemos en altos cargos políticos? ¿Hasta dónde hay que luchar para llegar tan alto como los hombres? La igualdad de género ha sido una lucha continua,  habiendo  logrando grandes avances. ¿Y qué nos ha enseñado? Se ha demostrado que una mayor inclusión de la mujer en cargos de toma de decisión en los ámbitos políticos y económicos han llevado a   un mayor desarrollo en la economía, así mismo como un avance en la humanidad en general. Yo esto lo veo en la historia de Noruega.

Procuro visitar a mis abuelos paternos anualmente, que con 89 y 90 años siguen viviendo juntos en la casa que ellos mismos fueron construyendo con los años. Hoy, es una preciosa casa con vistas al mar a las afueras de la ciudad de Stavanger, en Noruega. Cuando estoy allí, ellos siempre me repiten las historias que vivieron durante la ocupación por la Alemania nazi como si fuera ayer. Noruega pasó de ser un país pobre, hasta empezar un gran desarrollo en los años 70 debido al descubrimiento del petróleo. Este acontecimiento es de gran importancia para el país, porque les permitió llevar a cabo una serie de políticas distributivas favoreciendo a todas las personas. A diferencia de otros países con este mismo recurso, como ha ocurrido en muchos países de América Latina o Medio Oriente, que no beneficiaron más que a una pequeña élite. Es más, a día de hoy Noruega se ha mantenido a la cabeza del indice de desarrollo humano (IDH) de las Naciones Unidas durante muchos años, casi ininterrumpidamente. Y es que hay que decir que la base de su alto bienestar social se ve favorecida por una población de tan solo unos 5 millones de habitantes, con grandes reservas de petróleo y políticas implementadas de inclusión social.

ÍNDICE DE DESARROLLO HUMANO


Fuente: Human Development Report Office 2018.
United Nations, 2018. (http://hdr.undp.org/en/2018-update).

 En la política Noruega destacan dos mujeres como Jefas de Estado, Gro Harlem Brundtland y Erna Solberg. Y estaréis pensando, ¡pues esto no es un número representativo como para hablar de igualdad en altos cargos! ¿Pero, acaso esto no es más que en muchos otros países? Para mí, esto es una representación de un avance hacia la igualdad del país. Durante muchos años, el partido trabajador “Arbeiderpartiet”, junto al lema ‘’alle skal med’’ (con todos), ha implementado medidas de igualdad de derechos y oportunidades laborales para mujeres y hombres. Y esto es algo que me sigue sorprendiendo cuando visito a mis familiares en Noruega. Mientras que las mujeres de mi familia en España temen el perder su trabajo al quedarse embarazadas, mis familiares noruegos tienen una baja de maternidad con grandes comodidades y sin el temor de perder ningún derecho laboral. Pues el hecho de tener buenas condiciones en cuanto a la maternidad es de gran importancia, esto significa que la mujer puede combinar el hecho de tener hijos con una carrera profesional. Es más, hace 2 semanas en mi última visita a Noruega, el marido de mi prima, quienes a los 29 años ya eran papas de 2 hijos, y acababan de tener su tercer hijo, me comentaba que podía elegir entre tener 47 semanas y recibir el 100% de prestaciones, o 57 semanas con el 80% de beneficios. También existe algo conocido como “la cuota del padre”, esta ley les da derecho a tener 10 semanas reservadas al ser padre, que no son transferibles a la madre en caso de que el padre no las quiera utilizar. Esto es otro ejemplo de la igualdad de género en Noruega.

Mientras que en España se estudia la aprobación de una ley que garantice la igualdad de género en los consejos de administración, la cuál se provee que entraría en vigor a partir de 2023; en Noruega, en 2005 se implementó una nueva ley que garantiza tener al menos un 40% de las mujeres en consejos de administración. Y con esto no vengo a contar qué tan maravillosa es la situación para las mujeres noruegas, sino procurar dar a conocer cómo la igualdad de género en un país puede producir un gran avance en los ámbitos socio-políticos, y en todos los demás en  general. Las comparaciones pueden llegar a ser odiosas, pues cada país está caracterizado por un contexto muy diferente que es el que va a favorecer a la política. Noruega es un país pequeño étnicamente homogéneo, por lo que es mas fácil llegar a un consenso, a diferencia de otros lugares donde hay más fragmentación social. Así mismo, el país ha conocido una evolución histórica muy rápida. Y como históricamente hemos podido comprobar, la igualdad de género no es algo que se pueda conseguir con una sola política, es un largo proceso que necesita una concienciación social. Pero si algo tengo claro, es que para llegar a una mayor igualdad social, se debe empezar con cambios en el ámbito laboral, pues el desarrollo no vendrá de un día para otro, pero será un paso seguro hacia un mayor desarrollo.

Disculpen las molestias, pero nos están matando

17/09/2019 en Doce Miradas por Naiara Pérez de Villarreal

Perdonen, sí, les digo a ustedes. ¿Se han dado cuenta de que nos están matando? Sí, no miren para otro lado, nos están matando, nos asesinan sin ningún pudor. ¿Qué hemos hecho nosotras? NADA, ser mujer. ¡BASTA YA!

Comienzo este post desde el dolor de mis entrañas al leer el último crimen machista ocurrido en España. Un hombre asesina a tres mujeres, Sandra, Alba y María Elena (escuchen bien sus nombres) en Valga (Pontevedra), delante de los hijos de la primera de ellas de 4 y 7 años.

Espero que para cuando se publique no tenga que añadir otra muerte más. No puedo más. Estoy horrorizada, escandalizada, disgustada, enfadada. 

Había comenzado a escribir otro post, pero esta noticia me ha vuelto a dejar tocada, y siento la necesidad de escribir algunos juramentos y palabras malsonantes (seguro que las edito una vez me calme un poco).

41 personas asesinadas en lo que va de año 2019 en España. 30 hijas e hijos menores huérfanos de madre. Más de 1000 mujeres asesinadas desde 2003, año en el que se comenzó a contabilizar el número de mujeres asesinadas por la violencia machista.

Este verano ha sido terrible. No había semana en la que no tuviéramos que lamentar otra víctima con resultado de muerte. Incluso hubo días consecutivos. Como en el último caso, muchas de las asesinadas por sus parejas o exparejas hombres no contaban con protección, ni órdenes de alejamiento, ni habían realizado denuncias previas. Las asesinaron por el simple hecho de ser mujeres.

Pero lamentablemente, el asesinato es solamente la punta del iceberg. Tenemos esas cifras que nos escandalizan, pero no sabemos realmente cuántas mujeres están sufriendo otros tipos de violencia de género, cuántos dramas personales y familiares están causados por hombres, y las heridas físicas y psicológicas que provoca diariamente el patriarcado y la cultura machista en la que vivimos (y en la que a veces morimos  nos matan ).

Matarnos es el último y más visible eslabón de la cadena. Hay todavía mucho trabajo que hacer. Gracias en gran parte al movimiento feminista, en el que cada vez somos más, podemos reconocer algunos avances en nuestra sociedad en los últimos años. Podemos afirmar que hay más conciencia, y que incluso han cambiado algunas cosas en favor de la igualdad entre mujeres y hombres, pero nadie con dos dedos de frente puede decir que se ha extinguido la lacra machista.

Cada vez somos más, y cuando se hacen movilizaciones a favor de los derechos de la mujer o en contra de las agresiones machistas, miles de personas se suman. Y eso es bonito, es reconfortante. Pero también creo que hay mucho postureo, mucha incoherencia entre las reivindicaciones o proclamas que gritamos y nuestros comportamientos cotidianos. 

La lucha por la igualdad de género y en contra de las agresiones machistas debe ser un posicionamiento desde lo más visible hasta lo más invisible. Aunque en algunas circunstancias sea difícil (por el qué pensarán otras personas, por las renuncias, por posibles represalias) no debemos caer en estas contradicciones. Tenemos que ser coherentes.

Esta última reflexión me viene tras lo sucedido este verano con el ya famoso “no concierto” de C. Tangana en las fiestas de Bilbao. Como ya sabréis, a última hora se canceló su contratación por algunas de las letras machistas de su repertorio. En mi opinión, el error estuvo en la planificación de ese concierto y en la incoherencia en la que incurrió el Ayuntamiento de Bilbao que por un lado hacía campaña contra las agresiones machistas y por otro iba a pagar con dinero público a semejante personaje. Afortunadamente, hubo cordura y se rectificó a tiempo. 

Pero la polémica surgida en torno a C. Tangana, que algunos calificaron de censura (personalmente creo que si fuera censura no hubiera podido actuar en Bilbao, pero este es otro tema), lejos de visibilizar el machismo de sus letras y generar un sentimiento de rechazo hacia lo que representa, parece que catapultó al cantante (que además presumió de ello), que llenó una sala privada de Bilbao en dos conciertos consecutivos durante el transcurso de las fiestas. Muchas de las asistentes a estos conciertos, por cierto, fueron mujeres. Incluso su música sonó en las txosnas a todo volumen y fue cantada y bailada por mucha gente, como se puede ver en el siguiente vídeo:

Y aquí está la incoherencia. Estoy segura que muchas de las personas que acudieron a sus conciertos o bailaron y cantaron sus canciones en las txosnas, se sumarán a las manifas, pondrán en Facebook avatares a favor de los derechos de las mujeres, publicarán sus selfies en Instagram con sus camisetas violetas y lanzarán sus mensajes reivindicativos.

Estaréis conmigo en que algo no cuadra. Ésto ocurre porque posicionarse en estas situaciones cuesta, es incómodo. La presión de grupo tiene mucha fuerza aquí, sobre todo entre los y las adolescentes. Si todas mis amigas quieren ir al concierto, ¿voy a ser la única que no va? Si en la txosna ponen su música y estamos en pleno “subidón”, ¿voy a ser la única persona que no baile?  Yo lo soy, así lo digo.

Tenemos que empezar a decir SÍ ante estas cuestiones. Ya está bien de participar de ésto, nos estamos jugando la vida. NOS ESTÁN MATANDO. Los pequeños gestos también son importantes. Los hombres que comienzan con violencias machistas de la parte baja de la pirámide es probable que vayan ascendiendo en la misma, por lo que es muy importante que se les pare los pies (o los puños) desde el comienzo: afeando conductas, rechazando comportamientos, no riendo ante comentarios o chistes machistas y señalando con el dedo este tipo de violencias.  En definitiva, siendo coherentes con nuestra forma de pensar. Y no estoy hablando solamente de lo que tenemos que hacer las mujeres, ¡eh!

Me preocupa especialmente ciertos comportamientos que observo en las personas jóvenes. No les voy a poner toda la carga de responsabilidad sobre sus espaldas, ya que gran parte de la culpa la tenemos las generaciones anteriores, que lejos de transmitirles que las mujeres tenemos derecho a ser libres y a vivir en igualdad, les hemos inculcado la cultura del patriarcado y propiciado que repliquen los comportamientos de otros tiempos. Por supuesto que no se puede generalizar, y hay que decir que hay muchos claros en el mar de nubes.

Quiero terminar destacando la importancia que tiene que se traslade el foco de las campañas contra la violencia machista a los hombres.

A las mujeres se les anima a denunciar, a que pidan ayuda, a que respondan ante las agresiones machistas, etc. Incluso que piensen en sus hijos/as y se carguen de valor por defenderlos. Se les ha puesto siempre esa responsabilidad, cuando el responsable de esa situación no son ellas, sino el p*** maltratador.

Por suerte, vamos avanzando también en esto. Como muestra, os dejo uno de los vídeos de una campaña argentina que se viralizó en redes sociales y que focalizó el problema de la violencia machista en ellos, los hombres:

Este cambio de enfoque es muy importante. Las mujeres queremos sentirnos libres, no valientes. No queremos que nos protejan por el hecho de ser mujeres, queremos que se actúe más eficazmente contra los agresores. Queremos que se les señale, que sientan en sus propias carnes que ellos son la lacra de esta sociedad, que es a ellos a los que se rechaza. Hay que ir a por ellos. NOS SOBRAN.