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Save the Date! – Celebramos nuestro tercer aniversario y te invitamos a una sopa con estrella Michelin

26/04/2016 en Doce miradas por Doce Miradas

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Viernes 27 de mayo, 13:30h.
Universidad de Deusto, Bilbao

Una sopa, un voto  

Por un módico precio, podréis venir a celebrar nuestro tercer aniversario y tomaros un tazón de sopa preparada por Zuriñe García, del restaurante Andra Mari, galardonado con una estrella Michelin, y votar por vuestro proyecto favorito pro igualdad de género.

Tres años, tres proyectos

Mientras nos tomamos la sopa sin sorber, tres organizaciones sin ánimo de lucro nos presentarán sendos proyectos. Cada una contará con 10 minutos de exposición. Tras ello, abriremos un turno de preguntas para que quien lo desee exprese sus dudas, curiosidades e inquietudes y, acto seguido, mediante Kahoot!, podréis votar por vuestro proyecto favorito. Lo recaudado con los cuencos de sopa y las aportaciones de diversas instituciones se destinará así:

el 50 % de lo recaudado al proyecto más votado;

el 30 % al segundo proyecto más votado

y el 20 % al proyecto que quede en tercer lugar.

 
Y además  

Disfrutaremos de la música de Izaro y de la charla con montones de amigas y amigos, pinchos, dulces, bebidas, algún regalo y todo lo necesario para acompañar una buena digestión sopera.

¿Tienen sentido las concentraciones tras los asesinatos de mujeres?

19/04/2016 en Doce miradas por María Puente

Otro asesinato machista. Un hombre mata a su mujer y a su suegra. Días después, con unos amigos, surgió el tema. Uno de ellos comentó que había visto la concentración con motivo de dicho crimen. ¿Por qué se hacen esas concentraciones?, preguntó.  ¿Para qué? ¿Contra quién? ¿Contra qué?  No lo entendía. Según él, era obvio que todo el mundo estaba en contra del asesino y lamentaba el asesinato de las dos mujeres. Algo terrible había sucedido, sí. Pero el hombre ya estaba en la cárcel. Y no pertenecía a ninguna banda de crimen organizado. Le parecía un absurdo. Como manifestarse  contra la lluvia o el granizo. ¿Qué sentido tenía aquella concentración y otras similares?

Le he dado muchas vueltas desde entonces. “Una concentración en repulsa de lo sucedido”, se suele decir. Expresar la repulsa por un crimen ya es un buen motivo. Las circunstancias judiciales y de protección que rodean a cada caso también pueden ser otro motivo claro de protesta si es que ha habido fallos. Pero es que además hay mucho que reivindicar. Quienes opinan que tras un asesinato machista solo queda lamentarse es porque creen que estos asesinos se generan de forma espontánea. Como  las setas del bosque.  Surgen sin más. Las personas expertas en el tema afirman, sin embargo, que en la base del maltrato y de los asesinatos está la desigualdad, el machismo. Yo también lo creo. Y en la base de la desigualdad  está la educación en las aulas y en las familias. Cosas que creemos nimias, como regalar Legos a los niños y no a las niñas pueden tener gran trascendencia.

Foto de Iratxe Gallo.

Foto de Iratxe Gallo.

 

 

Pero en la base del maltrato y de los asesinatos hay más circunstancias. Un terreno abonado. Niños y adultos nos educamos y reeducamos constantemente, somos permeables a lo que sucede en nuestra sociedad, en la vida. O, mejor dicho, lo que permitimos que suceda. ¿Hasta qué punto toleramos como sociedad hechos que discriminan y humillan a las mujeres? Ya sean de magnitud micro o macro, la suma de este tipo de hechos va creando un caldo de cultivo propicio para maltratadores y asesinos de mujeres. Estos son algunos ejemplos que recuerdo de los últimos tiempos:

  • Apología del maltrato en el estadio Benito Villamarín. “Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien”. Esto se cantaba en febrero de 2015 en el Benito Villamarín en alusión al proceso por malos tratos en que se hallaba inmerso el futbolista Rubén Castro. Según el periódico, eran 200, 500 o 1.000 quienes lo coreaban. En junio del mismo año, la fiscalía archivaba el caso.
  • Las agresiones sexuales masivas a mujeres en Colonia. Un escándalo que tiene toda la pinta de que quedará sin respuesta. Este caso me enfada especialmente porque enseguida pasó de ser un asunto sobre ataques a mujeres a convertirse en un debate sobre refugiados sí, refugiados no. Y así, de un plumazo, las mujeres salieron de la ecuación y del foco de la atención. Para entonces, todo el mundo parecía haberse olvidado ya de esas mujeres para quienes su libertad se habrá visto disminuida desde la pasada Nochevieja. De momento, esta es toda la consecuencia que han tenido unos hechos tan graves.
  • El magnate que pasea mujeres con correa. Cuando una compañera de Doce Miradas lo envió al grupo por email no daba crédito. ¿Es posible que algo así pueda ocurrir sin consecuencias? Me duele y me cabrea tanto. Ellas lo hacen de forma voluntaria, así que está bien, decían muchos comentarios realizados a la noticia. Vejar y humillar a las mujeres sale gratis.
  • La jueza que preguntó ¿cerró usted bien las piernas? No hay mucho más que decir, Confiemos en que la denuncia de la Asociación Clara Campoamor prospere. No es la primera vez que un juez o jueza nos sobresalta con comentarios de este pelaje.
  • Tratamiento de las noticias de maltrato y asesinatos machistas en los medios. En enero de 2016, el tratamiento de una noticia llamó la atención de Doce Miradas. No pongo el enlace porque a fecha de hoy se ha modificado el contenido y ya no es la misma noticia que leímos aquel día en El Correo. Se trataba de la primera noticia que se publicaba sobre el caso de un hombre que había arrojado a una niña por la ventana y herido de gravedad a la madre. La información contribuía a culpabilizar a la víctima. ¿Por qué? 1) La noticia decía “se agreden mutuamente”, en relación al agresor y a la madre de la niña. Aún se desconocían muchos datos, pero si alguien va a tirar a tu hija por la ventana, ¿no cabría hablar de defensa propia en lugar de equiparar a víctima y agresor con ese “se agreden mutuamente”? 2) En la noticia se dejaba caer que la mujer podría haber conocido a ese hombre esa noche y habérselo llevado a su casa. Esto culpabilizaba de nuevo a la mujer. ¿Era necesario señalar si la mujer conocía desde hacía tiempo o de una sola noche al agresor? ¿Eso cambia el hecho de que tiró a su niña por la ventana? ¿Se merecía que le ocurriese algo tan terrible por haber conocido a ese hombre recientemente? Esa es la sensación que quedaba tras leer la noticia. 3) Al agresor se le presentaba como un profesor de música sevillano. A la mujer solo se la identificaba como brasileña. Enseguida se conocieron más datos. La mujer había sorprendido al hombre abusando de la niña de año y medio. Según se informó más tarde, al verse sorprendido tiró a la niña por la ventana. Días después la niña murió. Hoy, día de la publicación de este post, 19 de abril, ha vuelto el caso a la actualidad. En la radio he escuchado ‘el profesor de saxofón’ y ‘la brasileña’. A mí me chirría.
  • Una empresa del Grupo Mondragón votará si readmite al imputado por grabar a mujeres en el baño. Las mujeres afectadas temen que la votación sea favorable a este hombre que, según la noticia, tiene influencias.
  • La descalificación machista del académico de la RAE, Félix de Azúa, hacia la alcaldesa Ada Colau: “es una mujer que debería estar vendiendo en un puesto de pescado”. No es un caso excepcional. Son varias las políticas que han recibido insultos machistas, sin importar el partido al que pertenezcan. Aquí puedes leer otros casos similares.

Esto es solo una pequeña muestra. Pero casi todos los días hay algo. Puede ser una barbaridad dicha por alguna personalidad pública, una serie, un programa de televisión, un anuncio publicitario… Todo contribuye a crear el caldo de cultivo. Es una suma que va conformando el sustrato de la desigualdad. En la medida en que permitimos que estas cosas sucedan y que, en muchos casos, queden sin consecuencias, nuestra atmósfera de convivencia en igualdad se va degradando. ¿No parece más probable que los casos de maltrato y los asesinatos se den en mayor medida en un ecosistema degradado? Creo que hay razones de sobra para concentrarse tras el asesinato de una mujer. Porque detrás del maltrato y del asesinato de mujeres hay muchos ‘qués’ y muchos ‘quiénes’ responsables.

Una pregunta para los hombres que deben leer también las mujeres

12/04/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

asun martínez ezketa perfilAsun Martinez Ezketa. Periodista, informática, fotógrafa, poeta… Inquieta. Aprendiz de todo y maestra de nada. Reinventándome cada día para seguir siendo esa otra.
Presupongo la buena voluntad de las personas. Creo en el Hombre. Es lo que suelo responder cuando me preguntan por mi religión. Por eso confío en que, si alguien ve una injusticia, inmediatamente se va a posicionar en contra y va a tratar de evitarla. Apuesto a que tú también. Apuesto a que estás radicalmente en contra de las desigualdades sociales, de la brecha entre ricos y pobres, de los abusos de poder. Incluso puede que te hayas movilizado contra ello. Agitando tus manos en alto en alguna plaza o gritando consignas en una manifestación. Crees, como yo, que podemos acabar juntos con lo que es injusto.
Con cosas más graves, eres aún más visceral. Te repugna la violencia y no entiendes que haya personas capaces de acabar con la vida de otro ser humano. Con lo bonita que es la vida, pese a todo. Quizá también te hayas manifestado contra el terrorismo, que, por desgracia, hemos sufrido muy de cerca en nuestra tierra.
Eres una persona comprometida, en contra de la injusticia y de la violencia. Activamente comprometida.
Las mujeres, la mitad de la población aproximadamente, vivimos en una situación permanente de desigualdad social: cobramos menos y nos cuesta más llegar a puestos de responsabilidad. La violencia es una realidad cotidiana. Maltratos, violaciones y muertes se suceden en las noticias.
Y tú, comprometido. Activamente comprometido. ¿Qué haces? Tratas bien a las mujeres que te rodean y dices orgulloso “yo soy feminista”. ¿Y qué más? ¿Ya está? ¿Ese es todo tu activismo para conseguir un cambio?
En mitad de esta inmovilidad, que ni si quiera es culpa tuya, es de todos como sociedad, no sufras, un grupo de mujeres ha enarbolado la bandera del feminismo y ha empezado a gritar que no hay más tiempo. Que nos morimos. Que nos matan. Que necesitamos cambiar, y cambiar ya. Que el sistema, por defecto, es opresor para con las mujeres y dota de derechos adquiridos a los hombres. Y esas mujeres les han pedido a esos hombres, a los hombres, que las entiendan, que las apoyen, que les dejen liderar un ascenso social y vital que deben hacer acompañadas pero solas. Porque el resto de la Historia la han escrito los hombres. Y esta vez nos toca. Haced espacio para que quepamos a vuestro lado.
El resto es Historia. Hombres que se sienten atacados. Otros que quieren liderar su propia lucha. Mujeres que se sienten cómodas en su papel de protegidas o que, sin haber dicho jamás una palabra en defensa de la mujer, ahora tienen muchas para defender a los hombres. Otras que radicalizan el mensaje…
Al fin, la pregunta es: hombre, si no te hubieran interpelado directamente, si no te hubiesen gritado “eres tan culpable como el resto, porque vosotros los hombres nos estáis matando a nosotras las mujeres, unos con un cuchillo, otros permitiendo que suceda, ¿estaríamos hablando de feminismo? ¿Estarías en una plaza levantando tus manos? ¿En una manifestación gritando consignas en favor de la igualdad de género?
Si nos es tan fácil ver que podemos y debemos hacer algo más para acabar con la desigualdad entre las clases ricas y pobres o el terrorismo, ¿a qué esperamos para hacerlo con la desigualdad de género? ¿Dejamos de defender estricatmente lo nuestro, lo que nos toca directamente, y nos ayudamos? Presupongo la buena voluntad de las personas. Creo en el Hombre. Y en la Mujer.
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Fotografía de Asun Martínez Ezketa

Un brindis por los 50.

05/04/2016 en Doce miradas por Miren Martín

Tengo 50 años. En una pata. Y en la otra, también. 50 añitos que de repente han aparecido en mi vida sin que yo me haya dado cuenta. Me da la sensación de que estaban escondidos detrás de una esquina y de repente, una mañana aparecieron como diciendo ¡¡¡sorpresaaaaa!!! y me los tuve que comer todos-toditos, así, de una vez. Y por eso pensé que no los iba a llegar a digerir.

Y no es que yo haya ido por la vida como una bala (que a veces también) sino que no podía entender cómo para mí era casi antes de ayer cuando acababa COU y sin embargo, habían pasado 32 años. Cómo soy ya una madre de un chico de casi 22 y una chica de 17 a punto de acabar 2º de Bachillerato, a los que sigo tratando/cuidando y poniendo normas como si no hubieran llegado aún a la adolescencia porque me parecía que habían nacido no hace tanto. Cómo no sentía ninguna vergüenza en ponerme a correr si veía venir el tranvía a lo lejos, si ya tenía 50 años, es decir, la edad perfecta para no hacerlo. Cómo no tenía ningún problema en ponerme una minifalda o un pantalón pitillo, calzarme unos zapatos con plataforma, subirme a una bicicleta para ir al trabajo, hacerme un tatuaje (o dos), escuchar la música a tope en mi casa y bailar al son de ella como si no hubiera un mañana, darle un beso a mi chico en la calle si me apetecía, o unas cuantas cosas más que no voy a poner aquí porque no quiero parecer una loca. Y es que esas cosas, no las hace una señora de 50 años.

Estereotipos y otras maldades

lataanchoasA la vez estoy pensando que aunque es cierto que muchas veces he oído eso de “¿cincuenta? Pues no los aparentas. Qué bien te conservas…” (que me dan ganas de contestar que conservarse, conservarse, se conservan las anchoas en lata), la verdad es que no los aparento porque en la mente del personal, una señora de 50 años tiene que estar rellenita, con canas, dedicarse a hacer punto de cruz, llevar zapato plano y falda por debajo de la rodilla y tener una vida sosegada haciendo rosquillas para los suyos, mujer sufrida donde las haya, en este “valle de lágrimas”. Aceptando que la aparición y el uso generalizado del tinte para el pelo ha sido un logro (si no ya te iba a contar yo si los aparento o no los aparento), solo es decir la palabra mágica, 50, y ya tienes un rol asignado. Y voy a dar algunos ejemplos sin necesidad de hurgar mucho en el tiempo.

La semana pasada acompañé a mi pareja al médico. Diagnóstico, un catarro sin complicaciones pero con los típicos síntomas: fiebre, dolor de garganta, etc. etc. El doctor se dirigió a él todo el tiempo (lógicamente, él era el enfermo) pero cuál fue mi/nuestra sorpresa cuando tras prescribirle un ibuprofeno cada 8 horas, se dirige a mí y me dice “y si ves que no le hace efecto, le das un paracetamol cada cuatro”. A puntito estuve de montar un drama y preguntar con voz desgarrada aquello de “¿tan grave es, doctor? Dígame la verdad, por favorrrr”. Porque para que un simple catarro derive en una discapacidad psíquica o física de tal calibre que le impida a él mismo discernir si el ibuprofeno es suficiente y le incapacite para ir a la cocina a tomar un paracetamol, tiene que ser muy muy grave. Me mordí la lengua y callé. Estereotipo: mujer cuidadora.

Meses atrás asistí a un curso en el que hicimos un ejercicio de segmentación de públicos. Mi grupo decidió que el público objetivo era una mujer de 50 años. A la pregunta de ¿y cómo se entera del evento al que luego asistirá? yo contesté: “por Facebook” y una chica joven respondió sorprendida: “¿por Facebook? ¡Cómo se va a enterar por Facebook si tiene 50 años!”. Decidí morderme la lengua y admitir pulpo como animal de compañía pensando, claro, que mala segmentación de públicos vas a hacer tú por muy joven que seas si crees que las mujeres de 50 años no estamos en las redes sociales. Estereotipo: las mujeres de 50 años no podemos acceder a la información salvo escuchando el “parte” de las 2 y media o viendo el Sálvame.

Hace unos días, ante una reclamación que quería hacer, la chica que muy amablemente me estaba atendiendo (40 años, me dijo cuando se calzó las gafas de cerca), me indicó que había otra opción para hacer la queja: “¿te manejas bien por correo electrónico? Porque lo puedes hacer por ahí”. Le dije que bien porque para qué le iba a explicar a qué me dedico profesionalmente, pero no debí estar muy convincente porque me lo repitió de nuevo al cabo de un momento. Otra vez me mordí la lengua. A puntito estuve de decirle “me manejo no sé si mejor que tú, pero por supuesto, desde mucho antes que tú”. Estereotipo: 50 años, mujer que ya no se interesa por la formación porque tiene todo el pescado vendido.

Y que no se te ocurra ir al médico de turno. Ya puedes tener una gripe de caballo, que te duela una muñeca o que tengas un juanete o un tic en un ojo, que la pregunta cae: “¿cómo estás con el tema hormonal?” Y yo qué sé, señor mío, averígüelo usted que para eso es el médico. No me pregunta qué tal estoy de glóbulos rojos ¿verdad? Pues lo mismo lo mismo. Estereotipo: voy al médico sin tener nada porque en realidad lo que me pasa es que estoy menopaúsica y, por consiguiente, con las hormonas tan alteradas que me hacen estar como una auténtica cabra.

Claro, que a todo esto no ayuda el hecho de que el propio estado considere que una mujer de más de 45 años, cabeza de una familia monomarental en la que ella es es la única que trabaja, está en riesgo de exclusión social. Estereotipo: si no nos mantiene un tío, estamos perdidas.

Conclusión: que si hago caso a todo esto, no es que los 50 años me hayan caído como una losa, es que la losa me la ha puesto la sociedad encima . Una losa tejida de estereotipos que vaya usted a saber cuál es el que más pesa.

Pues va a ser que no

purepeople.com

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Ha pasado casi un año. Dentro de un mes y pico cumplo 51. En todos estos meses he observado, tengo que admitirlo, a mujeres un poco más mayores que yo, a ver qué tal “los llevaban”. He tenido varios puntos de inflexión: el momento en el que una conocida me dijo que no sabía por qué pero que desde que había cumplido los 50, se reía más; unas frases tremendas de Meryl Streep, que me dejaron con la boca abierta y que hicieron que me planteara algunas cosas de nuevo…

Mi madre siempre me dijo, desde que era pequeña, que tenía que estudiar porque eso me iba a permitir tener un buen trabajo que me iba a dar libertad, justo la que ella anhelaba y la vida no le quiso dar. Y yo me lo creí. Yo y todas las mujeres de mi generación y otras un poco más mayores que yo. Que nos íbamos a liberar porque íbamos a trabajar fuera de casa. ¡Ja! Cuántas veces he tenido que oír después aquello de “no sé si nos hemos liberado o nos hemos esclavizado”. Y es que, las que hoy tenemos 50 años, hemos sufrido la “liberación de la mujer”, como lo otro: en silencio. Nuestro destino era buscarnos un trabajo, casarnos y procrear. Queríamos ser iguales y considerábamos nuestro deber contribuir económicamente a la familia como lo habían hecho hasta ese momento únicamente los hombres. Y hasta ahí llegaban nuestras/sus ansias de igualdad. Porque luego nos enfrentamos con la realidad. Nosotras mismas queríamos ser mujeres trabajadoras pero eso sí, siendo a la vez unas excelentes amas de casa, perfectas esposas, madres amantísimas. Hoy se habla de compartir las tareas del hogar; entonces de que “nos” ayudaran en casa. Y con eso “nos” conformábamos. Que “nos” ayudaran a recoger la mesa y que de vez en cuando “nos” pasaran el aspirador. Que les pregunten a los hombres de 50 años que han vivido siempre en pareja, a ver cuántas veces han planchado. O han puesto una lavadora sin necesidad de que alguien (nosotras) se lo dijera. Cuando teníamos hijos, la mayor carga recaía en nosotras. Nadie hablaba de corresponsabilidad. Esa palabra creo que se inventó más tarde. De hecho yo no pensaba ni que existiera. Jamás oí hablar de ella. Así que ninguna de nosotras estaba tan loca como para plantearle a su marido que pidiera permiso en el trabajo para llevar al niño o a la niña al médico, ni para ir a hablar con sus profesoras o profesores. Eso era cosa exclusivamente nuestra. Adaptábamos nuestro horario al escolar para poder llevarlos y traerlos porque los padres solo lo hacían en el único caso de que les encajara. Y por ello, nuestro coche era el pequeño comprado de segunda mano. Y el machoman tenía el grande, el familiar, en el que viajaba él solito 2 de cada 7 días a la semana. Por supuesto, no éramos buenas madres si dejábamos a la prole en el comedor escolar. No estaba bien visto. Los deberes también nos pertenecían y dábamos las gracias cuando algunas noches “nos” bañaban a los niños. Y comprábamos los pisos cerca de nuestras madres para que ellas pudieran echarnos una mano, y la verdad es que muchas pagamos un alto precio emocional por ello, y atender a esas criaturas que dejábamos tan solas porque su padre trabajaba pero nosotras las abandonábamos.

solportero.com

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Éramos enfermeras, cocineras, costureras, limpiadoras, profesoras, economistas, transportistas, lavanderas y planchadoras. Y además, traíamos un sueldo al hogar dulce hogar. Nuestras reivindicaciones no salían en los periódicos. Se ahogaban en casa o en la queja colectiva con las amigas.

Y estábamos cansadas. Muy cansadas.

Quizás por todo eso la vida se nos pasó demasiado rápido. Quizás ahora lo que realmente me preocupa no es mirar para atrás y ver lo vivido y los años acumulados, sino que lo que verdaderamente me asusta es que lo que me queda aún por vivir (si todo va bien entre 30 y 40 años, no pienso vivir ni uno menos), se me pase de una forma tan fugaz como lo anterior porque entonces, no me habré enterado de prácticamente nada.

Por eso he decidido que después de haber analizado el pasado, no estoy dispuesta a vivir mi futuro según los cánones establecidos. Tengo 50 años y me lo puedo permitir, sobre todo, porque me lo he ganado. Por ello, 10 meses después de cumplir mi medio siglo, sigo riéndome a carcajada limpia, bailando en casa al son de la música que más me apetece, corriendo detrás del autobús hasta que a mi cuerpo le dé la gana hacerlo, subiéndome a unos tacones mientras que siga teniendo pies, cuidando cuando yo quiera cuidar, disfrutando de lo disfrutable, empezando a hacer deporte, moviéndome en las redes sociales como pez en el agua, formándome en mi trabajo, viajando, besando a mi chico en la calle cuando me apetece y siendo la más payasa de todas. Y sobre todo y ante todo… haciendo lo que me da la gana.

Así que… ¡un brindis por los 50!

 

30 años de aprendizaje

22/03/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

SSI bubu B_N03En 30 años hemos pasado de cuidar personas mayores a ser empresarias cooperativistas. Del primer grupo de mujeres que buscaba un empleo digno, hemos logrado crear una realidad empresarial innovadora, que ha contribuido a definir el perfil profesional de una amplia gama de servicios, dignificando la actividad de cientos de mujeres. Nos gustaría compartir las principales lecciones de este apasionante viaje de tres décadas.

 

Este año celebramos el 30 aniversario de la constitución de nuestro proyecto, Grupo Servicios Sociales Integrados. Cada aniversario ha sido una alegría, porque el camino que emprendimos hace 30 años era incierto. Pero estos hitos, además, nos emplazan a mirar hacia atrás y ver cuánto de aquella identidad queda. En la fotografía de hoy se muestran realidades que ni tan siquiera imaginamos hace 30 años: ocupamos diferentes representaciones en órganos de gobernanza, somos agentes de la Red Vasca de Ciencia, Tecnología e Innovación, llevamos la secretaría de la Red Europea de Empleadores Familiares, y tenemos presencia en otros tantos sitios inimaginables en nuestros modestísimos inicios en la calle Lersundi nº 9 de Bilbao.

En 1983, el cuidado de personas mayores en el hogar estaba confiado a  mujeres, en su gran mayoría, en situación de exclusión social, adornadas por toda competencia por el sentido común y la necesidad imperiosa de trabajar. Los planes de emergencia social de la Diputación Foral de Bizkaia fueron el marco que facilitó esta diada recurrente en el tiempo: mujer-cuidados en el hogar. En este contexto nació la ayuda a domicilio en Bizkaia. Una situación de actividad más que precaria, casi marginal, que fue creciendo de forma poco coherente. En 1987, la Diputación Foral de Bizkaia, el Ayuntamiento de Bilbao y Cáritas Diocesanas decidieron ordenar lo que era ya una clara actividad social preocupados por las consecuencias de la altísima contratación de auxiliares en la que estaban incurriendo los municipios.

Nuestra historia comenzaba a escribirse de puño y letra, sobre todo, de Mª Luisa Mendizabal, alma mater de Servicios Sociales Integrados. Fue ella quien aceptó el reto de formar un empresa para la gestión del Servicio de Ayuda a Domicilio de Bilbao, y desde sus propios valores cooperativos adoptó esta forma jurídica para embarcarse en la difícil tarea de integrar en torno a un proyecto empresarial a 35 mujeres que no se conocían entre sí, pero que desempeñaban la misma actividad en hogares de Bilbao. Y comenzó a tejerse la red.

De un día para otro, estas trabajadoras amanecieron siendo empresarias, en una  actividad, además, que por no tener, no tenía ni definición. En los servicios de ayuda a domicilio las personas podían demandar tareas tales como pintar la casa, comprar el pan en festivos, reparar un inodoro, cocinar, pasear un perro… Los límites de esa actividad eran muy difusos.

Grupo_2Primer reto para las mujeres que asumieron la dirección de la cooperativa: construir una identidad propia. Para ello, contactaron con profesionales de diferentes disciplinas que llenaron de contenidos las tareas que se llevaban a cabo en el servicio de ayuda a domicilio, las ordenaron, priorizaron y estructuraron de forma cada vez más profesional; fue una época de enorme creatividad e innovación, y de grandes aprendizajes. Más tarde llegaron los diplomas de Gobierno Vasco, del INEM, pero la batalla de S.S.I. por dotar a la profesión de una formación reconocida tardó un poco más en llegar a su meta, y sólo muy o recientemente han entrado en vigor los Certificados de Profesionalidad. Mientras esto ocurría, la falta de normativa, no impidió a S.S.I. que fuse construyendo itinerarios formativos propios, y gracias a este trabajo de tantos años las mujeres trabajadoras (recordad: casi en situación de exclusión social y en el mejor de los casos en circunstancias enormemente precarias) se convirtieron en auxiliares de ayuda a domicilio. Por el camino, hemos aprendido la importancia de dignificar el trabajo, de hacerlo visible y profesionalizarlo, para que la sociedad sea capaz de valorar como es preciso su impacto y aportación.

Hay una lectura más interna en este proceso de formación de la que estamos especialmente orgullosas: el crecimiento personal de las mujeres. En efecto, hemos sido siempre conscientes de que nuestro desempeño profesional requiere formación, y esto implica, también, atender las necesidades propias de crecimiento de las mujeres que prestan estos servicios.  Cuando en este sector las cosas aún se hacían de otra forma, pusimos en la agenda cursos para cuidarse y crecer personalmente, conscientes de la difícil situación en la que algunas se encontraban. Ha sido un camino compartido con otras muchas profesionales, que nos acompañaron en esos procesos de empoderamiento personal. Y por último, y desde la exigencia de la toma decisiones como dueñas de su negocio, también se dotaron de conocimiento cooperativo y empresarial.

En los primeros dos años el grupo inicial se fue reforzando con la incorporación progresiva de otras mujeres; hasta 250 auxiliares de ayuda a domicilio se unieron a S.S.I.; completándose la plantilla con 500 trabajadoras en el año 1992. Y así en tan solo cinco años, S.S.I. pasó de ser un proyecto empresarial con una encomienda de regularización de la actividad, a convertirse en una robusta realidad empresarial, con una firme determinación de dignificar el trabajo de las mujeres, especialmente el trabajo en el hogar.

Los valores cooperativos fueron desplegados junto con otros que estas mujeres que ocuparon cargos en los órganos de decisión asumieron como propios:  creación de empleo, empoderamiento de la mujer, sostenibilidad ambiental, calidez, flexibilidad, reinversión de los beneficios, etc.. Y en este marco, se adoptaron medidas, hoy algunas superadas por la sociedad, pero ciertamente innovadoras hace treinta años: reducciones de jornadas laborales por cuidado de hijos e hijas, y padres y madres, la fijación de jornada completa en seis horas de trabajo, la exención de servicios de tarde para trabajadoras mayores de sesenta años, los anticipos salariales, etc..

La Ayuda a Domicilio (SAD) actual –servicio recogido en el Catálogo de Prestaciones y Servicios del Sistema Vasco de Servicios Sociales-, es una profesión que exige un certificado de profesionalidad específico para su ejercicio, y que tiene muy acotadas sus realizaciones. En un logro enorme al que hemos contribuido, dejando atrás los años de indefinición y falta de reconocimiento social. Hemos vivido como protagonistas el cambio social que ha experimentado nuestra sociedad, y hemos, modestamente, ayudado a que ocurra. Al igual que el perfil de persona mayor ha cambiado en estos años, también lo han hecho los hogares, los barrios, y la sociedad.

Mosaico final_2

En este viaje continuamos. Hoy S.S.I. se prepara para asumir los nuevos retos que se van a producir en el hogar: la mayor esperanza de vida, la cronicidad, las nuevas tecnologías, la e-salud, los cuidados integrados, etc.. Son transformaciones que nos motivan a seguir la senda de empoderamiento y profesionalización que emprendimos hace 30 años, ahora con unas condiciones diferentes, gracias a la experiencia y a todo lo que hemos aprendido. Contamos con  una unidad de I+D+i (Home Care LAb), y con un centro de generación de conocimiento (S.S.I. Training Center que trabajan en el diseño de las formaciones que han de acompañar la llegada de estos cambios en el ecosistema del domicilio.

Y sí: mirando hacia atrás nos reconocemos en los valores y en los motivos que impulsaron con fuerza el desarrollo de una actividad que ha permitido trabajar y, jubilarse, a mujeres con escaso horizonte laboral, en una profesión para nosotras llena de valor y significado.

Artículo escrito a cuatro manos, con la colaboración de Rosa Lavin, directora Económico Financiera de SSI y Presidenta de Koonfekop

Cuestión de convicción

15/03/2016 en Doce miradas por Ana Erostarbe

Andaba yo pensando en escribir un post dedicado a mi hijo de 11 años, con reflexiones básicas para ayudarle a construir relaciones equilibradas con sus compañeras, cuando llega la campaña del 8 de Marzo del Instituto Vasco de la Mujer, Emakunde. Este año centrada en un tema tan nuclear como transversal: la Educación. Siempre presente cuando una se pone a pensar o a conversar sobre cómo cambiar las cosas de verdad.

Porque echando la vista atrás, soy fácilmente capaz de ver cómo hemos cambiado a la hora de enfrentar tantos y tantos mundos. Recuerdo, por ejemplo, la naturalidad con que tirábamos un chicle al suelo hace 30 años, sacábamos a pasear a nuestros perros sin correa ni bolsa hace 20, o vaciábamos el aceite por la fregadera hace 10. Con mucho tino, Pilar Kaltzada, Mirada compañera de este blog, suele decir que nuestra sociedad está llena de nuevos agentes medioambientales. Nos han enseñado. Y hemos aprendido.

Lo que me lleva a pensar, de modo un tanto pueril quizá, que cuando hay recursos para invertir en sensibilización, hay resultados. La sociedad corrige. La sociedad avanza. ¿Y qué hace falta entonces para que haya recursos?

Es sencillo. Hace falta convicción.

Porque, ¿de verdad queremos una sociedad sin la vergüenza de 57 mujeres asesinadas en un año? ¿En la que éstas no cobren un 19% menos de media? ¿En la que no asuman el 92% de los cuidados familiares? ¿Una sociedad en la que ellas, el 57,6% de las tituladas universitarias, compartan el liderazgo de los diferentes ámbitos y sectores, y no se queden relegadas a la incongruencia del 10% actual? ¿O en la que la que organizaciones como la que “representa” la Justicia se permitan no contar con una sola mujer?

Apertura del año judicial (2015-2016)

Apertura del año judicial (2015-2016)

¿Tenemos la convicción y el arrojo necesario para afrontar el trabajo que implica convertir en ganancia todo esto?

Entonces, parece lógico pensar que la apuesta definitiva deberá emplearse particularmente a fondo en tratar la raíz. Porque la desigualdad no es una gripe de siete días, sino una gripe mal curada que arrastramos desde el principio. Porque nacemos iguales y nos hacemos desiguales. Lo que me hace recordar aquel experimento que nos mostraba en este blog la también Mirada, Arantxa Sainz de Murieta, evidenciando que las palabras que escucha el mismo bebé —vestido de rosa o de azul— son cualquier cosa menos iguales. Y, sin embargo, seguimos diciendo aquello de “yo educo igual a mis hijas que a mis hijos”.

Yo no tengo hijas, pero honestamente y aún a pesar de mis gafas moradas, no me cuesta tanto imaginarme diciendo aquello de “no seas tan marimandona que no te conviene”, frente al “tienes madera de líder” que escucha mi pequeño jefe indio; “ve con cuidado”, frente al “pásalo bien”, o “qué bonita es mi princesa”, frente a “te las va a llevar de calle”… Argumentos semejantes a los que propone la campaña que mencionaba al comienzo.

Recordar en este sentido Ban Bossy, iniciativa de Sheryl Sandberg contra la palabra “marimandona”, por considerarla ejemplo simbólico de cómo se mina la confianza de las niñas con capacidad de liderazgo. Las sometemos a tal bombardeo que, finalmente, para evitar ser criticadas por su entorno, acaban rebajando el potencial de su perfil. En este breve vídeo incide en la importancia de no trivializar los mensajes que sistemáticamente desaniman a las niñas a levantar la voz.

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No obstante, la educación abarca océanos. Y aunque incluye desde la televisión o las redes sociales hasta los carteles del supermercado, también hay mucho que hacer y mejorar desde los propios centros escolares. Pero no a través de políticas aisladas e inconexas, sino con la guía y el apoyo de unas instituciones movilizadas de manera continuada, coherente y transversal. Instituciones y centros escolares convencidos. De otro modo, es ilusorio pensar que habrá quien deje su saturado día a día, para ocuparse de un sexismo que elegimos no ver ni evidenciar porque preferimos no aceptar.

¿Por qué no patios más unidos, mesas de comedor menos separadas? ¿Manualidades para el Día del Padre y de la Madre pensadas con espíritu de 2016? ¿Máximo cuidado al escoger disfraces de carnaval o referentes para las actividades de… ciencias sociales? ¿Por qué no extraescolares integradoras? ¿O mensajes y acciones específicas que empujen a las niñas a liderar, a tomar la palabra, a presentar en público? ¿Por qué no juntas directivas más igualitarias? ¿Talleres para profesorado y alumnado y actividades más allá del 8 de Marzo o mejor aún, una mirada transversal de género para cada actividad o acción escolar?

Y en lo que a madres y padres respecta, ¿no podríamos demandar activamente a los centros escolares que trabajen con visión renovada para educar en igualdad? ¿Levantar la voz cuando algo nos chirríe, apartando el temor a lo que puedan pensar y concentrándonos en lo que podemos conseguir? Porque nuestra demanda de un buen nivel de inglés o de manejo de las TIC es comprensible. Hablamos del futuro. Un día serán profesionales… Pero, sobre todo, un día serán personas. Y pocas cosas mejores que desear se me ocurren, que desear que sean personas preparadas para construir y avanzar hacia una sociedad que de verdad apueste por la igualdad.

Es cuestión de convicción.

 

Mujeres normales ante situaciones extraordinarias

08/03/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Miguel SiriaMiguel Ángel Rodríguez García (@Marodriguez1971). Periodista y trabajador Humanitario. Nací en Granada hace 45 años y me licencié en Ciencias de la Información en el terruño de mis padres y mi tierra de acogida, Salamanca. Objetivo desde ese momento: La Comunicación como vía para cambiar las cosas. De ahí a la militancia en ONG y entidades humanitarias había un paso. Actualmente soy el responsable de Comunicación Externa y de la Unidad de Comunicación en Emergencias (UCE) de Cruz Roja Española. Y, sí, creo que la Información salva vidas. Por eso seguimos en el tajo.

 

Creo que viajamos constantemente entre el horror y la esperanza.

Durante los últimos años de emergencias, catástrofes y conflictos he visto la capacidad ilimitada que tiene el hombre para la destrucción, la barbarie, la más cruel de las degradaciones, las torturas y el silencio, el silencio a veces más culpable que la propia acción, la omisión más cómplice y genocida.

Irak, Mozambique, Marruecos, Líbano, el sur de Asia, Nepal, Camboya o Darfur se dibujan para mí como un escenario vivo y doloroso donde actores inverosímiles han competido por manejar los hilos de las marionetas más ninguneadas, de los invisibles, de los que no aparecen, siquiera, en las estadísticas. ¿Puede acaso una estadística digerir cómo en la región sudanesa de Darfur se secuestra y viola a niñas a las que, para evitar que escapen, se les quiebran las piernas a culetazos de Kalashnikov? ¿Puede acaso algún número recoger la impotencia que viven millones de personas zurcidas, de por vida, en campos de refugiados plastificados? ¿Cómo se puede evaluar, con cifras, la náusea de un refugio antiaéreo, donde sus otrora ocupantes están ahora impresionados en las paredes enrojecidas y quemadas por un misil?

Pero, por desquiciante que parezca, existe un cielo en mitad de este infierno, y son uno mismo. Lo he visto. La crueldad, por fortuna, está preñada de seres que se hunden en los estertores de la miseria para gritar, desde sus aguas negras, su rabia y compromiso con los muertos en vida, con los marginados. Sí, donde todo huele a último, o a penúltimo, se hallan también personas con sonrisas plenipotenciarias dispuestas a dar y a darse… Y no se hace pie en sus ojos, de verdad.

Y, no me preguntes por qué, la mayoría de las personas ‘ordinarias’ que me he encontrado haciendo cosas extraordinarias, son mujeres. No me preguntes el motivo, pero lo intuyo.

¿Cómo puede una anciana superviviente del tsunami que ha perdido a toda su familia –108 personas- ceder el terruño que le queda para construir un orfanato? ¿Qué fuerza mueve a una mujer de miembros podados a trabajar por otros mutilados, jugándose el hilo de vida que le queda? ¿Cómo una joven iraquí moribunda puede sonreír a su madre para darle esperanza? ¿Qué verdad se halla en esto?

Algunos dirán que estas personas ponen sólo tiritas sobre un cáncer.

Pero abren la esperanza.

MAMI, DE LA MEDIA LUNA ROJA IRAQUÍ

Bagdad, 18 de mayo de 2003

La salvó una sonrisa. Los médicos la daban por pérdida, pero las enfermeras se volcaron en el cuidado de la niña desahuciada. “No paraban de sonreír y de contarme cosas mientras me atendían en el hospital. En ese momento me dije que de mayor sería enfermera”.

Casi ochenta años después, la niña del ‘milagro’ ha multiplicado, con creces, las sonrisas y atenciones que recibió en el hospital. Khairia Al Maqdisi cumplió, y se hizo enfermera, de por vida.

B9rHB6OIQAEkIUl‘Mami’, como la llama todo el mundo, es la responsable de los Cursos de Primeros Auxilios de la Media Luna Roja Iraquí (MLRI) y, casi con toda probabilidad, la voluntaria más veterana y de más edad de toda la Cruz Roja.

“¿Pero cuántos años tienes realmente Khairia?”, le indago mientras husmeo fechas en los legajos de su despacho. “Soy mayor que tú”, me responde riéndose, pero firme, arqueando sus cejas negras y sin un segundo asalto. Reímos a carcajadas, hasta que una nueva visita entra en el despacho y solucionan algo de trabajo.

Khairia, ‘Mami’ para todos, se hizo voluntaria de la Media Luna Roja Iraquí en 1948, apenas una niña. Tras graduarse, comenzó a trabajar como enfermera en un hospital de Bagdad, pero sin dejar la Media Luna.

En un voluntariado de más de 55 años, ha llorado, reído y parido un infinito de sinsabores y pasiones en su entrega hacia los demás.

Y no para de sonreír. Apenas cuando le pregunto por una imagen, triste, colgada en la retina. Le cuesta recordar momentos no felices. “Sí, quizá en la revolución de comienzos de los años 60. Un pequeño grupo de enfermeras teníamos que llegar hasta los heridos, transportarlos por nosotras mismas, localizar a los doctores… muchos morían…”.

Poco más tarde viajaría a la India, donde trabajaría por un corto espacio de tiempo. “Eso sí que era Salud Pública”, brama Khairia gesticulando con las manos. Otro momento feliz llegaría durante su trabajo en Marshes, al sur de Irak, donde puso en marcha una campaña de vacunación de niños. “Era todo agua… y todo pobre”, recuerda Khairia del enclave iraquí, marginal, conocido como ‘la pequeña Venecia’.

Comenzó después a dar cursillos para enfermeras en todo el país, hasta que se incorporó al Departamento de Maternidad de un Hospital gestionado por la MLRI. Allí vivió quizá los momentos más felices de su vida. “Cuando colaboraba en un parto complicado que salía bien, me ponía a llorar de felicidad”, apunta. Se siente feliz, me confiesa, cuando ve marchar a sus pacientes, sanos.

La que algunos llaman ‘Madre Teresa de Calcuta de Iraq’ nunca se casó. “No, no es cierto”, me  niega cuando repito en voz alta su estado civil. “Me desposé con la Media Luna Roja Iraquí”, ríe a gusto, sin prisas, mientras golpea la mesa con la mano.

Siempre feliz. Con su pócima de la sonrisa: “Amo a la gente, los quiero a todos, realmente, y eso me hace feliz”.

En medio de guerras, sanciones, privaciones… y pérdida de todos sus familiares, en Mosul. “Sí, ha sido duro, pero todo va mejor, mejor, poco a poco”, sella mientras sonríe, franca, jovial, dicharachera.

“¿Cuánto tiempo más quieres seguir de voluntaria en la MLRI?”

 Me aprieta las manos, fuertemente, y su boca dibuja una sonrisa de esquina a esquina de la habitación.

 

#GenitalidadExcesiva

01/03/2016 en Doce miradas por Macarena Domaica

Hace unos meses tuve la ocasión de ver la exposición ¿Por qué no Judy Chicago? en Bilbao. En el marco de una representativa recopilación de la obra de esta pluridisciplinar artista feminista -y en la inmejorable compañía de Noemí Pastor y Lorena Fernández- vio la luz el hashtag que da título a este post. Intimidada por vaginas de todos los tamaños y texturas, vomité la etiqueta que resume mi histórica incomodidad ante la omnipresencia vulvar. Me planteo si una es más o menos feminista en tanto en cuanto reconoce a la vagina como un personaje fundamental y de primera línea en la lucha por la igualdad real.

Asumo que corro el riesgo de suspender 1° de Feminismo, pero debo decir que me satura tanto colegueo con los bajos. Coño para arriba, coño para abajo. Que si mi coño es mío, hermoso, digno de reconocimiento y veneración; poderoso, centro energético de nuestra identidad feminista del que procede hablar con seguridad y sin vergüenza hasta devolverle su lugar: el que el patriarcado le ha negado sometiéndolo a la discreción de la entrepierna. Qué incómoda me siento con este lenguaje. Me agrede. Me resulta excesivo.

Recientemente la actualidad nos ha brindado nuevas manifestaciones de #GenitalidadExcesiva que, a mi modo de ver, aportan confusión y enturbian las reivindicaciones que las motivan, sin que resulten rentables para el desarrollo de un debate que debería darse en clave de derechos y no de provocaciones, con sus correspondientes portadas. Irrumpir en una capilla de un campus universitario, desnudarse de cintura para arriba y corearmenos rosarios y más bolas chinas”, “contra el Vaticano, poder clitoriano”, “el papa no nos deja comernos las almejas” o “sacad vuestros rosarios de nuestros ovarios”… ¿cómo encaja con la defensa de la laicidad de las instituciones, de la Universidad? ¿Es que es esta una reivindicación únicamente de mujeres?

El polémico poema de Dolors Miquels, Mare nostra, recitado en la gala de los premios Ciutat de Barcelona se burlaba de una oración cristiana. Dice la poetisa que su “adaptación” del Padre Nuestro “no pretende ofender a nadie. El poema es un canto a la libertad de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y ningún político está en posición de dictar qué se tiene que hacer”. Bien. Vale. Pero me pregunto: para tan legítima reivindicación ¿es este el lenguaje más adecuado?: “Madre nuestra que estáis en el celo, sea santificado vuestro coño, la epidural, la comadrona” (…) “Hágase vuestra voluntad en nuestro útero sobre la tierra”.

Me parece desproporcionado el revuelo organizado. A fin de cuentas, igual que cada cual es libre de sentirse ofendido y pedir el amparo de la ley si procediera, lo cierto (y menos mal) es que el arte está en su derecho de ser irreverente. Pero, insisto: ¿son el coño y el útero tan imprescindibles para las reivindicaciones feministas? 

La parte por el todo

Creo que se puede ser feminista sin caer en la vulgaridad expresiva ni en la reivindicación genital gratuita. Con 1° de Feminismo suspendido no se me escapa que, efectivamente, hay mucho de genital en nuestra historia de sometimiento y desigualdad. Nuestros cuerpos han sido siempre y son campo de batalla, moneda de cambio, armas al servicio de hombres que no merecen ser llamados así. Pero creo que nuestra fuerza como mujeres que persiguen la justicia, no reside en sacar a la luz nuestras vaginas. Nuestro poder está en nuestras mentes y en las emociones con las que dotamos las ideas que somos capaces de generar para construir una sociedad igualitaria. Hagamos representaciones megalíticas de esto. De otra forma, ¿no estaremos haciéndole el caldo gordo a la estrategia de la publicidad sexista cuando nos trocean mostrando nalgas, pechos, labios carnosos… para vender lo que sea? ¿No estamos ensalzando la parte (vagina) para representar algo mucho más importante (feminismo)?

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Hay quien dice que si me siento tan incómoda es porque he sido educada en la vergüenza, en la sexualidad culpable, en la decencia. Sinceramente, creo que no. Tengo ya una edad y un caminito de liberación recorrido que me permiten negar la mayor. No encuentro justificación en la exhibición de la parte si puedo mostrarme como un todo importante en sí mismo. Soy una mujer y pido consideración y respeto por mi persona y eso, desde luego, incluye mi cuerpo: cada una de las partes de mi cuerpo.

La exaltación de los procesos biológicos femeninos

Me parece que nos hemos ido justo al lado contrario. De la ignorancia, pudor y vergüenza con que las niñas recibían su primera regla, a la teoría de que menstruar mola. Una cosa es que los procesos biológicos se vivan con naturalidad, sin afectaciones, y otra muy distinta que maquillemos todo lo intrínsecamente femenino, para mostrarlo a la galería como un regalo que nos da la vida y que nos encanta. Yo siempre he pensado que la Naturaleza ha tenido poca consideración con nosotras vinculando nuestros grandes momentos vitales a contextos pelín desagradables. La regla, desde luego; pero pienso en un parto y que alguien me diga que eso no es gore. Y a otro nivel, sí: pero ¿y la bucólica lactancia materna? Todo el día pringada.

Termino este capítulo recordando una campaña por el derecho a decidir en Irlanda, donde el aborto es legal solo en el supuesto de que peligre la vida de la madre. Cientos de irlandesas decidieron relatar en clave de humor el día a día de sus ciclos menstruales. La justificación: “Si quieren controlar mi cuerpo, si se sienten tan cómodos interfiriendo en lo que pasa dentro de él, al menos que conozcan todos los detalles. Por eso he decidido tuitear en directo mi ciclo menstrual al primer ministro Enda Kenny”. Son palabras de la humorista irlandesa Grainne Maguire. Reconozco la originalidad de la campaña, pero creo que lo que vale en el papel, a veces puesto en práctica resulta grotesco. La consideración de si el fin justifica los medios, si se trata de provocar que se hable del tema y todo vale, la dejo para quien quiera dedicar unos minutos a pensarlo. Mi opinión es que el debate del aborto va mucho más allá de las intimidades menstruales de las activistas y que el acoso tuitero al primer ministro no tiene pinta de ser una estrategia exitosa de acercamiento entre posturas.

Vuelvo a ver aquí la parte disgregada. Cuando hablamos de aborto hablamos de mujeres, de vida, de derechos, de salud, de dignidad, de libertad. Reducirlo al útero y a la menstruación se me queda muy pobre.

La representación artística de la vagina como icono del feminismo

Judy Chicago está considerada como una de las precursoras del arte feminista. Su obra gira en torno a la historia del pensamiento feminista y su rechazo a los esquemas culturales que nos sitúan en una posición secundaria. Buscando información sobre esta artista descubro que sus primeras creaciones fueron obras abstractas en las que es posible reconocer órganos sexuales tanto masculinos como femeninos. Su motivación, los roles diferenciados según sexo y la construcción de las respectivas identidades. Pero su gran obra ve la luz en los 70, en pleno auge del movimiento feminista: The Dinner Party.

thedinnerparty2

detalle_dinnerpartySe trata de una interpretación de la Última Cena en una mesa con forma de triángulo equilátero, -en alusión a la igualdad y al órgano reproductor femenino-, en la que 39 comensales mujeres son sustituidas por representaciones antiguas de la vulva femenina (en el link lo llaman “flores y mariposas”). The Dinner Party (otro enlace por si os interesa saber más) es una de sus obras más relevantes y más feministas. A lo primero no pongo objeción, a lo segundo, pues sí: por reincidente. Nada que objetar a la representación artística de la vagina. ¿Por qué no? Lo que no veo claro es esta especie de binomio indisoluble vagina-máxima representación del feminismo.

Es cierto que la obra de Judy Chicago va más allá. En The Birth Project exalta el papel femenino de la maternidad negado en la creación del mundo según el Génesis; en The Holocaust Project refiere a la historia de su pueblo, el pueblo judío, y en otras obras de gran formato utiliza técnicas muy relacionadas con lo tradicionalmente considerado femenino como pueden ser la cerámica, el tejido o el punto. En la exposición de Bilbao, mis compañeras Miradas y yo tuvimos la ocasión de ver un vídeo sobre una de las performance en las que a través del uso de fuegos artificiales y pirotecnia, Chicago creaba atmósferas para intentar “suavizar y feminizar” el paisaje. Debo reconocer que mientras asistía al espectáculo no dejaba de temerme “lo peor”: que en cualquier momento apareciera de nuevo ella, la vagina justiciera.

Pánico genital

El nombre completo de la obra de Valie Export a la que voy a referirme es Acciones de pantalón: Pánico Genital. Es un ejemplo más que encuentro en la Red acompañado de una interpretación para quien la compre: “La artista acudió a un cine de arte y ensayo de Munich con aspecto entre revolucionario y provocador, metralleta en mano y vestida con unos pantalones abiertos a la altura de los genitales (…) Esta acción es una metáfora sobre el discurso feminista de autoafirmación de la diferencia (…) Blandiendo el símbolo fálico del arma destructiva, Valie Export asumía un rol activo y de verdadero poder, mostrando la propia naturaleza de la diferencia sexual (…) Al mismo tiempo, al exponer su sexo a la vista del público la artista oponía la realidad de su cuerpo a la representación cinematográfica, convencionalmente ligada a una imagen de la mujer estática, pasiva y convencional”.

En este caso, me parece que la confrontación de la diferencia entre hombres y mujeres no aporta -sino todo lo contrario- a la construcción de un escenario de igualdad de derechos y oportunidades, que es a lo que estamos.

Si no quieres taza, taza y media

Os voy a presentar a Jamie McCartney y su obra: 400 vaginas de 400 mujeres en 10 paneles. Este británico hizo moldes de las partes bajas de 400 mujeres voluntarias. “No es vulgar, es vulvar» dice el propio artista. “Para muchas mujeres su apariencia genital es una fuente de ansiedad y yo estaba en una posición única para hacer algo al respecto”. Y digo yo: menos mal que llegó Jamie.

Os animo a visitar este link y los diez paneles. “McCartney espera que esta obra le ayudará a combatir el incremento exponencial de los últimos años de las cirugías estéticas labiales. Esta nueva moda de crear vaginas perfectas marca una tendencia preocupante para las futuras generaciones de mujeres”. A estas alturas del post tengo ya tal lío que no me atrevo a decir que esta obra de caridad de Jamie no sea feminista.

Vagina más casual y pop

Y aquí tenemos también a Megumi Igarashi, escultora y artista gráfica japonesa cuyo seudónimo es Rokudenashi-ko (chica mala). Es conocida también como “La artista de la vagina”. Leo aquí que “Megumi Igarashi pasó una semana en la prisión por distribuir entre sus admiradores una plantilla digital de sus genitales para poderla imprimir en una impresora en 3D (una ley nacional prohíbe distribuir materiales “indecentes”) (…) Su próximo proyecto era hacer un kayak de 2 metros llamado “Pussy boat” con la forma de su vagina (…) Megumi afirma que ella a través de su trabajo quiere acabar con los tabúes y la discriminación sexual en la sociedad japonesa, ya que no ocurre lo mismo con las imágenes que se hacen en torno al pene”. Vaya por delante mi respeto por todas las personas que se comprometen con sus convicciones; aunque yo no les vea ningún sentido, como en este caso.

Lo que pretende Megumi –dicho por ella- es que la vagina se vea como una parte más del cuerpo femenino (¿no lo era?): “Quiero hacer la vagina más casual y pop. Así es como convertí la vagina en un campo, en un coche de control remoto, etc.”. Ahí la tenéis: Rokudenashi-ko.
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Epílogo

Nada sé de arte, nadie soy para dar o quitar valor a una obra ni desmerecer a quien dedica ilusión, tiempo, esfuerzo y convicción a darle formato a una idea para compartirla en sociedad. Comunicar, denunciar, reivindicar, sensibilizar o aportar belleza con la expresión artística merece toda mi consideración.

Espero que este post sea tomado como lo que es: un comentario que surge un día entre risas y se va liando y liando y completando con esto y con lo otro, para intentar dar forma a un discurso -el mío- que no pretende ser sino una visión más sobre el protagonismo que el feminismo le ha dado a la vagina. Me reafirmo en considerar que estamos sometidas a una #GenitalidadExcesiva, pero ahora que he descubierto que la vagina puede ser casual y pop no me queda más remedio que darle una vuelta a todo mi planteamiento 😉

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Mención especial a mi compi Miry Artola por haber aceptado con generosidad y sentido del humor mi encarguito de crear a partir de sus rotus mágicos unas vaginitas tan monas para ilustrar este post. ¡Gracias! :-)

 

Y ahora toca el turno de los hombres

23/02/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Teresa LaespadaMª Teresa Laespada Martínez. Soy nacida en Bilbao, licenciada en Ciencias Políticas y Sociología y Doctora en Sociología por la Universidad de Deusto. En la actualidad, Diputada Foral de Empleo, Inclusión Social e Igualdad en Bizkaia, cargo al que accedí en julio de 2015. Profesora titular de Psicología y Educación, investigadora, directora del Instituto Deusto de Drogodependencias y coordinadora de su master. También he sido parlamentaria vasca con orgullo. Soy un conjunto de mucho y de nada concreto: de vocación profesora, de pasión política, de corazón feminista.

1. El costoso camino hacia la igualdad.

Las mujeres hemos realizado un largo y costoso recorrido. Generaciones de mujeres anónimas que nos precedieron realizaron una lucha titánica, con un esfuerzo y coste personal imposible de recompensar, y, gracias a ellas, nosotras disfrutamos de derechos iguales y de algunos logros sociales. Aunque debemos recordar que el camino sigue siendo largo y costoso.

Olimpia de Gouges, a Flora Tristán, a Clara Campoamor, a Lidia Falcón, a Rosa de Luxemburgo, Virginia Wolf, Mary Wollstonecraft, Susan Anthony, Simone de Beauvoir… sí, muchas, muchísimas mujeres feministas, sin olvidarnos de otras que, sin tener posibilidad de formarse o no habiendo hecho un solo acto de reivindicación feminista, sí han hecho posible que sus hijas y nietas vayan a la universidad, logrando hoy en este país niveles educativos equivalentes a sus coetáneos varones.

El avance en España es más espectacular, si cabe. Sólo durante el breve periodo de la República, el movimiento feminista adquirió fuerza y pudo llevar al Congreso de los Diputados a dos mujeres que protagonizaron el debate más apasionante habido en el hemiciclo: Clara Campoamor y Victoria Kent, desde posiciones de izquierdas y feministas, sostuvieron opciones contrarias al derecho al voto de las mujeres.
Posteriormente llegó la oscuridad del franquismo; décadas que ensombrecieron e invisibilizaron la figura de la mujer en el espacio público. Mientras los movimientos feministas adquirían fuerza en la Europa de la postguerra, las mujeres españolas vivían sumisas bajo la tutela de varones. Por poner un ejemplo, hasta 1975 las mujeres no tenían derecho a tener una cuenta corriente a su nombre y poder manejarla en el sistema bancario. Las mujeres precisaban la firma de un varón para poder acceder a sus derechos. Podían trabajar, no manejar su dinero. Tremendo.

Sin embargo, finalizado el franquismo, España adquirió en pocos años una conciencia social sobre las libertades individuales y los derechos de ciudadanía. Fueron sucesivos gobiernos socialistas los que aprobaron leyes tan importantes como la regulación de la interrupción voluntaria del embarazo (1985) o crearon en 1983 el Instituto de la Mujer, que confirió rango institucional a la lucha por la igualdad de mujeres y hombres y derivó en el nombramiento dentro de las distintas administraciones de concejalías y responsables de igualdad.

En pocos años se construyó en el imaginario social la incuestionabilidad de la igualdad en los derechos de hombres y mujeres. Pero si bien ese avance se produjo en muy pocos años, no es menos cierto que a continuación el ritmo de progreso no ha sido el mismo de los primeros años de democracia. Me atrevería a decir que, si bien no hemos perdido ninguno de los derechos adquiridos, sí hemos perdido el interés en la lucha por la igualdad y, lo que es preocupante, hemos ralentizado la conquista de espacios de igualdad: las nuevas corrientes neomachistas nos hacen volver a repensar el modo de dar impulso a una sociedad más igualitaria y justa. Cuando se oye hablar de denuncias falsas por violencia machista o cuando se oye decir lo injusto que supone el pago por parte de los hombres de las pensiones compensatorias y las alimenticias por la guarda de hijos e hijas en casos de divorcios, no son sino la punta del iceberg de un machismo que aún no hemos logrado desterrar y que, mucho me temo, está tomando posiciones peligrosamente amplias en algunos sectores poblacionales.

2. Y sin embargo, tenemos techos de cristal.

La igualdad en muchos casos es más de posicionamiento que de actos y hechos reales que permitan situar a las mujeres en perfecta igualdad de condiciones. Es más ‘postureo’ que realidad, aceptando la nueva terminología al uso.

Más allá de los usos del lenguaje tan necesarios para que la presencia de las mujeres pueda visibilizarse, no podemos quedarnos en la utilización de un lenguaje manifiesto para las mujeres, puesto que corremos el riesgo de la banalización de los gestos que desde la igualdad pretende realizar.

El papel invisible de las mujeres en la escena pública…

Las mujeres han sido invisibilizadas sistemáticamente. Las relaciones sociales estaban diseñadas para que las mujeres fueran mujeres de su casa. Los espacios comunes de socialización de las mujeres, donde se produce esa socialización entre iguales, fueron reducidos a muy pocos lugares, para que cada una tuviera mucho que ocuparse, pero “de lo suyo”. El objetivo final parecía claro: no era bueno que las mujeres estuvieran relacionadas entre ellas. La cultura ha presentado tradicionalmente a la mujer como el peor enemigo de otra mujer; la rival, la que no le va a aconsejar bien, la que le desea el mal… todo ello siempre aparece revestido de mujer (Llorente, 2006). Mitos o estereotipos extendidos y que las mismas mujeres usaron han sido, son y serán los mejores aliados micromachistas para mantener la invisibilización de las mujeres o la ausencia de alianzas entre mujeres. La sentencia que dice que “La mayor enemiga de una mujer es otra mujer” ha sido repetida por generaciones sin base argumental alguna.

Y, claro, si dividimos la vida social en la esfera pública y la privada y atribuimos a la esfera pública el éxito, el esfuerzo, el riesgo, la valentía; y a lo privado los valores de la seguridad, la comodidad, la protección, la invisibilidad… Y si las mujeres son relegadas al espacio privado y los hombres tienen acceso a lo público, hemos cerrado el círculo de la invisibilidad.

Cuando una mujer se muestra públicamente con todo su potencial, no dejan de salir detractores de la misma, buscando sus puntos débiles para someterle al juicio público, especialmente si el papel de las mujeres es político, económico o social. No podemos olvidarnos de lo que recientemente hemos vivido en la escena política. Mujeres políticas que, por el hecho de serlo, son cuestionadas por su aspecto físico (las políticas de las CUP) o por su forma de vestir (Inés Arrimadas de C´s). Las mujeres en la escena pública deben guardar formas y modos que no se les exigen a los hombres y eso lastra la igualdad.

Pero tampoco podemos olvidarnos que hay cadenas de televisión que, por muy progresistas que se tilden, utilizan la imagen de la mujer como reclamo para su cadena. Presentadoras jóvenes, con una imagen impecable, sujeta a los cánones de belleza que son encumbrados y que nadie parece criticar con fuerza desde la izquierda.

La vida cotidiana de las mujeres está jalonada de miles de micromachismos diarios que van desempeñando papeles y perfiles de socialización inconsciente de la sumisión femenina. Estos sistemas educativos y socializadores son los tradicionales (escuela o familia) y los menos formales, pero no menos importantes (medios de comunicación, las redes sociales, los amigos e iguales, la música, el ocio…).

Y no olvidemos que…

Las mujeres ganan un 23,9% menos que los hombres, según refleja un reciente informe presentado por UGT. Somos las grandes perjudicadas de la crisis económica actual porque la brecha salarial se ha incrementado. Somos las mujeres las que, en mayor medida que los hombres, cogemos reducciones de jornadas y conciliamos nuestra vida familiar y laboral como si la historia no fuera con ellos.

Y, sin embargo, nadie duda hoy en día de la capacidad de las mujeres para desempeñar todo tipo de trabajos y desempeños profesionales. Las mujeres han salido del hogar y se han incorporado al mercado laboral con una carga enorme por compatibilizar su desempeño laboral con los cuidados familiares de lo que no se han desprendido.

Es cierto que las nuevas generaciones de padres jóvenes, y no todos, asumen con mayor naturalidad y peso sus responsabilidades paternas, pero aún queda mucho por construir. Sin embargo, donde apenas se han incorporado es en el cuidado de los padres y madres dependientes. Ésta sigue siendo una tarea reservada casi en exclusiva para las mujeres, hijas, esposas, sobrinas, hermanas…

3. Toca el turno a los hombres.

La falta de conciencia e implicación de los hombres en las cuestiones relacionadas con la Igualdad es palmaria. Es como si esto de la Igualdad fuera “cosa de mujeres”, como si esto de la violencia de género también fuera “cosa de mujeres y sus reivindicaciones”. Nos han dejado solas con la pancarta reivindicativa de los derechos de todas y de todos.

No vamos a avanzar en igualdad si los hombres no toman dos decisiones fundamentales: ceder el espacio público robado a las mujeres y permitir una visibilidad pública de las mujeres en igualdad de condiciones y cambiar su perfil hacia una nueva masculinidad que nos acompañe generacionalmente a las mujeres que ya hemos cambiado y estamos en condiciones de crear sociedades igualitarias en dimensión de género. El perfil de masculinidad aguerrida, confrontadora, viril y dominadora, no vale ni de lejos para las generaciones de mujeres actuales. Me atrevería a decir que hace mucho que no vale ya y de ahí que las tensiones violentas y la agresión machista se siga produciendo.

Masculinidades. Imagen de Miguel Rivera (CC by-nc-nd).

Masculinidades. Imagen de Miguel Rivera (CC by-nc-nd).

La igualdad es un valor de con­vivencia y un derecho humano pero es que, además, enriquece a ambos, enriquece a las mujeres, naturalmente, pero enriquece a los hombres, sin ninguna duda.

Ser un hombre más igualitario supone asumir mayores responsabilidades hacia el cuidado de las demás personas, pero también de uno mismo; aumenta la autoestima, la empatía; favorece el crecimiento per­sonal, y aumenta la calidad en las relaciones, tanto con las mujeres como con otros hombres, entre otras ventajas. Supone ampliar las miradas y perfiles, saliéndose de su constreñido rol de una masculinidad muy estereotipada y relacionada con la fuerza, la conquista, la protección, la virilidad, más propia de épocas guerreras que de la era del conocimiento en la que vivimos.

Los países más igualitarios o con mayores logros respecto a la igualdad de hombre y mujeres, se desarro­llan más y aumenta la calidad de vida de las personas. Ello se debe a que la igualdad es una herramienta de bienestar frente al lastre económico y cultural que suponen la exclusión y la marginación.

En el proceso de construcción de una sociedad igualitaria entre mujeres y hombres hay que deconstruir modelos que no sirven y reelaborar modelos más igualitarios. La base se halla en desaprender el camino del hombre guerrero y luchador, para asumir el perfil de hombre cuidador, empático donde la ternura tiene cabida, también entre ellos. De ello hablamos cuando hablamos de nuevas masculinidades. Hombres que desarrollen su capacidad afectiva y empática, que sepan dar cabida a las mujeres sustrayéndose de visibilizarse allí donde las mujeres deban estar en igualdad, rechazando entrar en micromachismos, comentarios, bromas o actitudes segregadoras y desigualitarias con las mujeres o con el feminismo, juzgando con dureza a sus congéneres varones que reproduzcan ese modelo, defendiendo con contundencia los derechos igualitarios porque el neomachismo que justifica la desigualdad acecha en comentarios entre hombres, en sus espacios masculinizados entre chanzas y gracietas.

A modo de guía sobre cómo actuar, tomo algunas notas de una publicación realizada por Emakunde en 2008. Algunos ejes sobre los que los hombres deben comenzar a trabajar:

  • El compromiso de los hombres con el cambio personal (expresión de afectos, gestión de la frustración, vivencia de la sexualidad, compromiso contra la homofobia…).
  • La lucha activa contra la violencia hacia las mujeres y la discriminación por razones de género. La lucha contra la violencia machista debe ser una cuestión de Estado, una cuestión que trascienda al ámbito privado y doméstico para convertirse en una lucha contra una desigualdad brutal.
  • Asumir de forma igualitaria de nuestra responsabilidad en el cuidado de las personas.
  • El apoyo, impulso y visibilización de modelos positivos de masculinidad (hombres cui­dadores, pacíficos, sensibles…).
  • El compromiso de los hombres con el cambio en el ámbito público (generar una masa crítica de hombres a favor de la igualdad, defender estrategias de conciliación y favorecerlas, renun­ciar a espacios de poder para que sean ocupados por mujeres, propuesta de cambios legislativos…).

En definitiva, toca que ellos acompasen su rol al nuestro. Toca que sean los hombres quienes asuman la parte de responsabilidad que les corresponde para que una reunión de altos directivos de empresas, por ejemplo, no siga siendo vergonzantemente masculina y uniforme (más del 90%) y comience a verse una presencia de mujeres igual a la que corresponde en nuestro 50%.

Ocho resistencias al lenguaje igualitario

16/02/2016 en Doce miradas por Noemí Pastor

Este artículo es una transcripción aproximada y actualizada de la charla que ofrecí en Portugalete el 25 de noviembre de 2014 con motivo de sus XIV Jornadas de Igualdad.

Y, aunque intentaré no hacerlo, seguro que repetiré alguna de las ideas ya expresadas en el artículo “Lengua, sexismo y mi día a día en todo esto” publicado en este mismo blog el 4 de junio de 2013.

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Las recomendaciones para un lenguaje igualitario tienen ya cierta historia. Hace tiempo que empezaron a formularse. No me voy a remontar a lo primero que se publicó, sino a lo primero que yo leí sobre el asunto, que fue el Manual de estilo del lenguaje administrativo que en 1991 (¡1991!) publicó el antiguo Ministerio para las Administraciones Públicas de España.

El librito, muy recomendable y aplicable aún hoy en día, incluía a partir de su página 155 un capítulo titulado “Uso no sexista del lenguaje administrativo”, que, como os digo, fue la primera batería de recomendaciones de esta índole con la que me tropecé en mi vida.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Han sido unos cuantos años en los que, entre otras cosas, me he dedicado a recopilar estas recomendaciones, a estudiarlas, a aplicarlas y a hacerlas aplicar. Comprenderéis, pues, que durante este tiempo he observado muchas reacciones, no todas amigables, y las he englobado en ocho apartados, según los cuales el lenguaje igualitario…

1.- No es importante

Es esta una reacción muy común, quizás la más común y extendida. Se formula así:
‹‹¿Es que no hay otra cosa más importante en la que fijarse que en esa pijada de los vascos y las vascas?›› Pues seguro que sí, seguro que hay cosas más importantes en el mundo, pero yo soy lingüista, para mí el lenguaje es importante, me da de comer y ha sido mi pasión desde siempre. Y como siempre he tenido cierta conciencia feminista, sería yo una lingüista de pacotilla y una feminista de pacotilla si no juntara ambos terrenos y no incorporara la igualdad al lenguaje y el lenguaje a la igualdad.

Para mí la lengua no es despreciable, no es insignificante. Además, si quiero trabajar por la igualdad, tendré que hacerlo también en mi terreno, también en mi casa, y mi terreno y mi casa están aquí, son estos, los artículos, los morfemas y la estilística, aunque a alguien le pueda parecer fútil e irrelevante. Aquí tengo que emplearme. No solo aquí, pero sobre todo aquí.

2.- Mezcla consideraciones lingüísticas con extralingüísticas

Tiene razón. Es así, las recomendaciones para un lenguaje igualitario mezclan lo lingüístico con lo extralingüístico porque no puede ser de otra manera, porque el lenguaje no está fuera del mundo, no está nunca separado del mundo, ni de la realidad a la que se refiere, ni del orden social ni de nuestras ideas, imágenes ni construcciones mentales. Todos esos órdenes interactúan continuamente.

El lenguaje organiza el mundo, lo jerarquiza, lo clasifica, lo refleja y lo recrea. Por tanto, si nuestro pensamiento es igualitario, nuestro lenguaje también debe serlo, si es que queremos que lo refleje fielmente.

Así que desde ahora aviso: en este artículo me estaré saliendo continuamente de lo estrictamente lingüístico, exactamente igual que otras y otros insignes lingüistas que citaré, empezando por Ignacio Bosque, de la Real Academia Española, en su conocidísimo artículo Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer.

Citaré una y otra vez este artículo de Bosque porque me ha ahorrado mucho el trabajo, ya que es un buen compendio de todas las resistencias, o casi todas, que mencionaré.

3.- Es artificial

El lenguaje igualitario es supuestamente forzado, está alejado del lenguaje común, no tiene aplicación posible en la lengua cotidiana. Así lo expresa Ignacio Bosque en su artículo:

Si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos, no se podría hablar.

En efecto, el lenguaje igualitario no tiene mucho que ver con nuestra habla de todos los días, porque pertenece a un registro lingüístico especial.

¿Qué son los registros lingüísticos? Son variables contextuales y sociolingüísticas del lenguaje; así, existe un registro formal y otro informal, e incluso vulgar; existe el lenguaje administrativo-jurídico, existe el registro oratorio que utilizamos en discursos y conferencias…

Para entendernos, pensad sin más que no escribimos igual un mensaje de Whatsapp y un decreto, que no hablamos igual por teléfono con una amiga y frente a un auditorio. Para cada situación utilizamos diferentes registros lingüísticos. El lenguaje igualitario pertenece a los registros formales: al lenguaje administrativo-jurídico, porque la Administración es de todas y todos, y al oral propio de los discursos y conferencias, porque hay que tener en consideración a todo el auditorio.

Entonces, sí, de acuerdo, el lenguaje igualitario es artificial; el lenguaje en sí, todo lenguaje, como toda creación humana, es artificial.

4.- Es agramatical

Esta objeción, quizás la más socorrida, también está, por supuesto, en el artículo de Ignacio Bosque:

En los últimos años se han publicado en España numerosas guías de lenguaje no sexista. (…) contienen recomendaciones que contravienen no solo normas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias, sino también de varias gramáticas normativas.(…) En ciertos casos, las propuestas de las guías de lenguaje no sexista conculcan aspectos gramaticales o léxicos firmemente asentados en nuestro sistema lingüístico.

Bien. Vamos a jugar un poco a las preguntas y las respuestas. Pregunta: ¿esta frase es gramaticalmente correcta?

A tu hermano le vi el otro día muy elegante.

Respuesta: es correcta, pero no siempre lo ha sido, porque hubo un tiempo en el que el leísmo era una incorrección gramatical. Pero ¿qué pasó? Que la supuesta incorrección se extendió tanto que la Academia acabó por admitir el leísmo cuando el objeto directo se refiere a una persona y es singular.

Con esto simplemente quiero decir que las incorrecciones no son inamovibles y que si un determinado uso del lenguaje, por mucho que contravenga normas o conculque la gramática, se extiende masivamente, la Academia se rendirá ante la evidencia y acabará por admitirlo.

5.- Suena mal

Estas objeciones las he oído yo con mis propias orejas: “Médica suena mal”. “No me gusta abogada: tiene demasiadas aes”. “Yo no soy arquitecta; soy arquitecto”.

Y no solo las he oído; también las he leído, nada más y nada menos que a don Valentín García Yebra, insigne traductor y traductólogo de quien he aprendido muchísimo. Por eso me duele tanto leerle clamar contra la voz “jueza”, de la siguiente manera:

No hay ningún motivo para añadir a juez la a feminizante. (…) Tal adición innecesaria rebaja y vulgariza una palabra tan noble.

Entonces, ¿una a reduce la categoría de una palabra? ¿No está aquí haciendo el señor García Yebra lo que el señor Bosque reprocha a los tratados de lenguaje igualitario; es decir, obtener una conclusión extralingüística de un hecho lingüístico? Sí. Eso es lo que está haciendo. Porque lo que rebaja no es el fonema, el sonido, la vocal a. Lo que rebaja es el femenino. Y por eso algunas abogadas, algunas médicas, prefieren ser médicos y abogados, porque ser médico es mejor que ser médica y ser abogado es mejor que ser abogada.

6.- Es confuso e impreciso

Se supone que tenemos que decir de una mujer que es “la técnico de Urbanismo”, y no “la técnica”, porque corremos el riesgo de confundir a la “persona que posee los conocimientos especiales de una ciencia o arte” con el “conjunto de procedimientos y recursos de que se sirve una ciencia o un arte”.

Podríamos utilizar el mismo argumento para recomendar no decir de un hombre que es basurero, porque corremos el riesgo de confundir a la “persona que tiene por oficio recoger basura” con el sitio en donde se arroja y amontona. Pero nadie ha formulado nunca esta última recomendación, porque nunca nadie ha confundido a un señor que recoge basura con el sitio a donde la transporta: el contexto es suficiente para marcar la diferencia. Exactamente lo mismo sucede con ‘técnica’.

Ignacio Bosque argumenta también en su artículo que “la niñez” no equivale a “los niños y las niñas” y que recomendar su uso en sustitución del masculino plurar supone “prescindir de los matices” y “anular (…) diferencias sintácticas o léxicas”.

De acuerdo otra vez con el señor Bosque, pero añado: utilizar “los niños” en lugar de “los niños y las niñas” también es confuso e impreciso, porque, como “los niños” puede referirse tanto a solo varones como a varones y mujeres, es ambiguo.

Al masculino genérico seguiremos dándole vueltas en los siguientes apartados.

7.- Es pesado

Estar todo el rato doblando, -os, -as, o repitiendo (los, las) es un engorro, una pesadez. Estoy de acuerdo: el lenguaje igualitario sería muy pesado si se limitara a eso. Pero no es así.

Quien pone estas objeciones no se ha molestado en leer entera una publicación de recomendaciones, porque si se la hubiera leído entera, habría llegado a la parte en la que se expresa que la lengua tiene recursos suficientes, inagotables diría yo, para evitar la pesadez. Habría descubierto que el lenguaje inclusivo no se limita al los/las.

En jerga lingüística, cuando algo resulta pesado, engorroso o costoso, se dice que es antieconómico. El término economía lingüística, acuñado por André Martinet, designa a uno de los principales mecanismos de la evolución de las lenguas. En el lenguaje, como en cualquier actividad humana, existe una tendencia natural a tratar de minimizar el esfuerzo, lo que se manifiesta en maneras de abreviar, acortar o simplificar la forma de transmitir una información.

Pero, como también añadía Martinet, a menudo se presentan disyuntivas a la economía; es decir, a veces hay que elegir entre la economía y otra cosa; por ejemplo, entre la economía y la comunicabilidad. Así, por ejemplo, si yo quiero dar importancia a la economía lingüística, diré bodymilk; pero si quiero que me entiendan, es decir, si quiero comunicar, quizás deba decir crema hidratante corporal.

Pondré otro ejemplo. Si lo que me importa es la economía, diré chicos, pero si me interesa más la precisión, quizás utilice chicas y chicos.

Cuando se quiere dejar algo muy claro, nos tomamos un tiempo para ello. Así, merece la pena nombrar a las mujeres, merece la pena decir que nos dirigimos a ellas, que pensamos en ellas cuando hablamos. Si es importante, se impone a la economía.

8.- Es innecesario

Esta es la objeción principal de la RAE: no necesitamos expresar el femenino porque el masculino ya nos incluye y, de hecho, muchas mujeres nos sentimos incluidas.

Una vez más la RAE tiene razón: nos sentimos incluidas. Yo misma me siento incluida cuando leo “los lingüistas” o “los traductores”. Pero no siempre lo estoy, porque los masculinos no siempre nos incluyen; en muchas ocasiones ni siquiera sabemos si nos incluyen o no; y lo que es peor: a veces creemos que estamos incluidas y no lo estamos.

Por ejemplo, a mí me enseñaron en la escuela que el lema de la Revolución Francesa era “Libertad, igualdad, fraternidad” y que fue entonces cuando se instauró el sufragio universal. Yo siempre me sentí incluida en esa “fraternidad” y en esa ”universalidad”, pero más tarde supe que el universo revolucionario no incluía a las mujeres, pues no pudieron ejercer su derecho al sufragio en Francia ¡hasta 1944!

También supe que la palabra “fraternidad” viene del latín “frater”, que significa ‘hermano’, pero ‘hermano varón’; es decir, “frater” no incluye a las hermanas. ‘Hermana’ en latín es ‘soror’. De ahí viene nuestra ‘sororidad’.

De este hecho lingüístico extraigo una consecuencia extralingüística: la sobrerrepresentación masculina y la infrarrepresentación femenina.

Los hombres, gracias al masculino plural, están sobrerrepresentados; siempre están nombrados, figuran en todas partes, en todos los ámbitos, lo hacen todo. Son capaces de hacerlo todo. Se ven y se sienten capaces de hacerlo todo.

A nosotras, en cambio, el masculino plural presuntamente genérico no nos representa del todo; nos infrarrepresenta; no figuramos, no aparecemos, no estamos y, en consecuencia, no nos vemos, no nos imaginamos a nosostras mismas en muchos ámbitos. Deducimos, pues, que esos ámbitos no nos corresponden, no son nuestro sitio, no debemos estar ahí.

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Fotografía de Asun Martínez Ezketa

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Expuestas ya mis ocho resistencias, para terminar, solo me queda expresar un agradecimiento especial a todas las personas que, con mejor o peor intención, durante todos estos años me han repetido frases como estas:

Menuda memez, no habrá cosas más importantes de las que ocuparse, la mayor chorrada, así no se puede hablar, una tontada, una ridiculez, no es asunto de lingüistas serios, comete excesos, semejante payasada, contiene errores de bulto, atenta contra el sistema mismo de la lengua, yo así no hablaré en mi vida, busca la confrontación, es fruto de una neurosis obsesiva…

Sin su inestimable ayuda, este artículo no habría sido posible. Gracias, pues, de corazón.