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Menos exigencia, más confianza

27/01/2015 en Doce miradas por Ana Erostarbe

¿Recuerdas aquel viral de Dove sobre la distorsión con la que muchas mujeres perciben su propia imagen? “No soy sólo yo…,” fue lo que pensé. Pues bien, hace poco sucedió algo en las bambalinas de este blog relacionado con una foto conjunta de las Doce Miradas. Algo que de nuevo me hizo desear ahondar en este “no vernos bien” tan femenino y en sus posibles consecuencias sobre el desarrollo profesional de las mujeres.

  • ¿Podría ser esta autoexigencia exagerada —aparentemente no tan trascendente— la que nos lleva al “como no me veo/oigo bien, mejor no levanto el dedo cuando surge la oportunidad, mejor no saco la patita…”?
  • Pero, ¿cuánto sería exceso de autoexigencia lo que nos frena a veces a la hora de enfrentar retos profesionales y cuánto es, en realidad, falta de autoconfianza? Algo así como: “como no estoy segura de poder hacerlo bien, mejor no me arriesgo y lo dejo pasar…”.
  • ¿En qué medida nos frenan el exceso de una y la falta de la otra? El exceso de auto-exigencia y la falta de confianza, quiero decir. Pero, sobre todo, ¿qué podemos hacer para equilibrar ambas?

Comparto reflexiones.

La belleza es un culto hoy día. Más que nunca. Lo es en todo el mundo y lo es aún de modo predominante entre las mujeres. Es “natural” que queramos vernos bellas y “artificial” lo que necesitamos para estarlo. Crecemos sabiendo que si nacer guapas es una suerte, estar siempre guapas es mejor. Vigila tu figura, opérate si algo te falta o sobra, viste con estilo, maquíllate para esconder tus “pequeñas imperfecciones”. “Arréglate” como si estuvieras rota y el sistema te acogerá mejor.

Y, por favor, gasta. Te sentirás más segura… Tu fuerza abrirá las puertas al pasar.

zRecibimos estos mensajes de quienes prometen “ayudarnos” veinticuatro horas al día. Y sus soluciones provocan a conciencia nuestra inseguridad. Ésta se construye de modo inconsciente, sin embargo. Clavo tras clavo se apuntalan nuestras expectativas, discursos y frustraciones. Golpes que en lugar de liberarnos del techo de cristal, nos restan fuerzas para agarrar el martillo con las manos. Golpes que son piedras. La mochila cada vez más llena y nuestra imagen ideal cada vez más lejos… La autoestima, tocada.

Ya no somos tan fuertes. Ya no somos tan seguras.

¿Qué sucede con la autoconfianza? Pues, según parece, además de la brecha laboral, la salarial, la digital y la brecha en la ceja, existe también una brecha entre la autoconfianza masculina y la femenina. Y, al igual que sucede con esta querencia femenina de estar guapas, dicho gap obedece a cuestiones socio-económicas y culturales más que a una cuestión natural.

Según las autoras de “The Confidence Code”, las niñas y las mujeres no suelen ser asertivas porque el aplomo y la seguridad no se premian desde ningún entorno. Son crecientes los estudios que exploran esta menor confianza. McKinsey, por ejemplo, refiere un estudio realizado en Hewlett-Packard cuyo objetivo era estimular la presencia de mujeres en la alta dirección de la compañía. Dicho estudio concluyó lo siguiente: los hombres solicitan un ascenso cuando creen cumplir el 60% de los requerimientos y las mujeres lo hacen cuando creen poseer el 100%. Y cuando se trata de sueldos, según “Women Don’t Ask”, ellos negocian su sueldo hasta cuatro veces más. Cuando ellas se deciden, piden un 30% menos. ¿No es revelador?

Quizá haya también algo del efecto Dunning-Krugger en esto de frenarse. Un curioso fenómeno que explica algunas presidencias de gobierno y muchas direcciones generales. No siempre a cargo de hombres, me consta. Pues bien, según este efecto por primera vez descrito a finales de los 90, “los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas”. Después de todo, según datos de un reciente informe de la OCDE, a pesar de superar a los varones en sus niveles de formación secundaria y universitaria, la cifra de mujeres desempleadas es superior.

Concluyendo…

Mi propia experiencia vital, y la de muchas amigas y mujeres que conozco, me dice que nos exigimos demasiado. Los datos muestran además que tendemos a estar menos seguras de nuestras propias capacidades de lo que los hombres están de las suyas. Y para medrar, la autoconfianza importa tanto como las competencias adquiridas. Eso es un hecho.

¡Empoderémonos entonces! Buceemos en nuestras profundidades. Es hora de enfrentarse al origen de nuestros miedos y de firmar una tregua. Soltar las amarras de tanta autoexigencia y permitirse “ser”. Sin ansiedad. Y, sobre todo, es hora de hacer un hueco cómodo a la mediocridad. Uno mullido. Porque debemos permitirnos fallar. Errar es condición humana y ahí arriba, al otro lado del cristal, se yerra también a diario. A menudo con estruendo.

Alguien tiene que hacerlo, además.

Como dijo Emma Watson ante la ONU, en su discurso de presentación de #HeForShe: “¿Si no soy yo, quién?”. El ligero temblor en su voz es… hermoso. Su fragilidad, pura fuerza. De modo que aquí va mi conclusión: las mujeres sólo avanzaremos si cada una de nosotras trabaja para quererse más, si trabaja para abandonar su zona de confort. Sin importar si los resultados prometen ser sobresalientes. No miremos a los lados. Menos autoexigencia, más confianza en nuestras propias capacidades. Debemos aprovechar la oportunidad real que tenemos de transformar esta sociedad que tan difícil nos lo pone desde siempre y tan injusta es. Cuanto más alta nuestra voz, mayor el margen de maniobra. Y si la oímos temblar, recordemos que aun así es poderosa. Ya lo dijo Eleanor Roosevelt: “Debes hacer las cosas que crees que no puedes hacer”.

Hacemos falta, señoras. Aunque sabemos que se dice pronto y se tarda más. Yo ahora mismo, buceo…

 

Suelo pegajoso

20/01/2015 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Celia Photoshop“Nacida en Deusto un 10 de Abril de 1964, año marcado por una excelente cosecha. Criada y formada en la barrica universitaria tanto de Leioa como de Deusto, sigo ganando cuerpo elaborando mi “bouquet”, con trabajo sindical.  Dedicada siempre a despertar paladares y conciencias, he descubierto detrás de una cámara fotográfica, que el paisaje que más me gusta es el humano. En constante aprendizaje, puedo presumir de mi mejor título:ser la hija de José y Soledad, mis eternos pedagogos.” (@celiaheras)

El 2014 cerró sus páginas con 56 mujeres asesinadas y Enero ha incrementado la cifra con otras 2 víctimas más  que ya no tendrán que esperar ninguna medida gubernamental que palíe la desigualdad y la discriminación que sufrieron. Y lo peor  de todo es que las perspectivas auguran tiempos poco propicios para buscar soluciones a esta barbarie.

Pero aparte de esa violencia criminal, existe otro tipo de violencia más sutil y cotidiana, que limita o neutraliza las potencialidades presentes y futuras de las mujeres. Se trata de una violencia estructural que se suele denominar “techo de cristal”, entendiendo por este término aquella barrera invisible, difícil de traspasar en la vida laboral de las mujeres que impide seguir avanzando y creciendo profesionalmente.

Estando profundamente de acuerdo con ese término, a mí me gusta más “suelo pegajoso”, término al que ya se refirió Begoña Marañón en su post, y que define el gran obstáculo que nos impide lanzarnos a tener una vida laboral y personal  con equidad. Por tanto, es un término que me resulta más completo a la hora de identificar las barreras, impedimentos, obstáculos que tenemos las mujeres en el sistema patriarcal.

Celia Heras Forges Ama de casaCon la crisis, las dificultades existentes para desarrollar nuestra carrera profesional, se han visto acrecentadas, pretendiendo devolvernos al ámbito privado doméstico, del cuidado de las personas. Un trabajo que siempre se ha dirigido hacia las mujeres porque parece ser que nacemos con esa “gracia”. Esto me recuerda un antiguo chiste de los años 70 de una mujer renovando su carnet de identidad y la pregunta del funcionario de turno: ¿profesión ? Y dice ella: secretaria, cocinera, camarera, limpiadora, enfermera, peluquera, planchadora, amante, madre, suegra, hija, ….. Y le dice el funcionario: no cabe todo… Responde ella: ahhh pues ponga sus labores.

Esto, que era un chiste, para nuestra desgracia era, o es, una gran verdad institucionalizada. La mayoría de las mujeres tenían de profesión “sus labores” y en este grupo entraba, como no, el cuidado de lo que hoy llamamos personas dependientes. Y aunque es una tarea digna y enriquecedora, no es lo que el sistema patriarcal establece como una carrera profesional, y mucho menos como algo para hombres.

Aunque las cosas han ido cambiando, todavía en el subconsciente colectivo permanece esa idea. No hay más que leer los convenios laborales y ver quién se acoge mayoritariamente a las medidas  para conciliar vida laboral y familiar.

Los  gobiernos siguen sin  ver ni reconocer que los cuidados de las personas dependientes, tanto por edad como por discapacidad, son tarea tanto de hombres como de mujeres, incluido el Estado y todos sus estamentos.

Los países nórdicos que avanzan en sociedades del bienestar social, trabajan institucionalmente la igualdad entre hombres y mujeres no sólo en las empresas, también en los hogares.

Fuente: PPIINA

Invertir en que los hombres compartan los cuidados es contribuir a que la mitad de la población no sufra la adhesividad permanente a este suelo pegajoso que limita el progreso de una sociedad en su conjunto. Un gobierno progresista y con visión lo tiene que tener claro.

Desde la sociedad civil, la plataforma PPIINA lleva tiempo concienciando, reivindicando y haciendo propuestas para lograr permisos iguales e intransferibles de nacimiento y adopción para mujeres y hombres.

El grado de escucha por parte de quienes toman decisiones en el ámbito institucional y laboral es, para nuestra desgracia, demasiado lento y en ocasiones diríamos que hasta sordo, pero eso no impide que sigamos avanzando para construir un mundo más igualitario y por tanto más justo. Nadie dijo que fuera fácil , pero al menos es ilusionante, algo con lo que el ser humano debe de convivir en estos tiempos de crisis.

Las mujeres no queremos ni morir, ni sufrir. ¡Queremos “despegar” y vivir!.

Azul

13/01/2015 en Doce miradas por Macarena Domaica

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Azul


Hace varias semanas que no consigo pensar con claridad. La cabeza me va lenta, las tareas se me solapan, me sobrevienen sin haberlas olido, olvido citas, pierdo cosas, no retengo informaciones nuevas. Me escucho una y otra vez preguntando “¿Eso a mí me lo habías contado?”. Porque no lo recuerdo. Mi sistema alerta desde hace tiempo y me dice aquello tan irritante de “No se ha podido realizar correctamente la actualización por no haber espacio suficiente en el disco duro”.

Elimino archivos basura, muevo los importantes a otra unidad de almacenamiento externa…  y tiro. Tiro hasta que llega un día en el que necesito instalar una aplicación vital y el sistema no me responde: necesito esa app que me permita meter aire a los pulmones mientras sigo con mi vida y entonces me dice que el acceso me ha sido denegado. No puedo respirar. Estoy sola. Atrapada en la filigrana imposible de mi existencia. Sola. Nadie puede respirar por mí. Inspirar, expirar… Es muy fácil. Es lo primero que aprendemos al nacer. Y entonces, ¿por qué no soy capaz? Siento que podría pasarme horas llorando, deshidratando a ese bicho que me hace tanto daño. Desde el apabullante dolor de cabeza que siento asoma tímidamente una regañina: ¿No te parece que ya es suficiente? Suficiente. ¿Qué palabra es ésa? Nunca es suficiente. Porque podría hacer más y podría hacerlo mejor. ¿Quién me ha dicho eso? ¿Puedo? ¿Debo? ¿Con quién tengo esta deuda acogotante? Conmigo”.

¿Es porque hemos elegido ser y estar?

Podrían ser las líneas de un diario personal. Conozco a muchas mujeres que también se están sintiendo así cada día, sabiendo que algo estamos haciendo requetemal cuando el primer pensamiento de cada día es “madre mía, lo que tengo por delante”.

Pero esa convicción no cambia nada. Porque hemos elegido ser y estar. Reclamar nuestra silla allí donde se mueve el cotarro, sin dejar de acoplar como nadie la despensa después de una compra de 200 euros, por poner un ejemplo. Tenemos derechos y estamos dispuestas a hacerlos efectivos. Pues sea. A por todas.

Hemos querido estudiar y lo hemos hecho; trabajar… y hemos podido (algunas); demostrar que valemos, también; formar una familia… ¡Pues venga! Con hijitos y/o hijitas… ¡Dale! Promocionarnos profesionalmente… lo que hemos podido; demostrar nuestra maestría en la gobernanza doméstica… aquí nos hemos salido. Y ya. Hasta aquí una aproximación a ese concepto imposible que hemos acordado llamar conciliación de la vida familiar y laboral.

Pero aún no hemos hablado de sueños. Aquí es donde te das verdadera cuenta (si no lo habías hecho ya) de que te puedes poner cada día el traje de superwoman, pero aun en el caso de que te quede como un guante, no te arroga superpoderes. Pensar con todas tus fuerzas en que algo es posible, puede acabar consiguiendo que lo sea, pero no es el caso.

La falda, el leggin, el vaquero, la melena, el rizo suelto, el pelo corto, la americana, la chupa, las botas de monte, el morrito pintado… Da igual cuál sea tu traje: no tiene superpoderes. Por lo tanto, si eres de ésas que además de conciliar trabajo y familia quieres volar hacia tus sueños, cuenta con que nuestras alas están empapadas de chaparrones que nos sobrevienen por un montón de frentes con los que no habíamos contado. No podemos volar. No sin pagar el alto precio de renunciar a la paz de la mente, el cuerpo y el alma.

Yo no puedo volar. Me pesan demasiado las alas. Por más que me pongo al sol no se secan, porque, además, es tan fugaz y débil este sol que me adeuda tanto, tanto calor…

Quizá no es el momento

Voy a dar un pasito para atrás y reconocer que a lo mejor sí puedo volar, pero quizá no tan alto ni tan rápido; y que a lo mejor éste tampoco es el momento. Pero como a cabezona es difícil ganarme, ahora voy a dar un pasito para adelante para decir alto y claro que me parece injusto que yo tenga que posponer mis sueños a la espera de mejor vida. Porque la mejor vida ya existe: deben tener un prototipo en Taiwan, que lo conocen 27 chinos y 3 chinas, y que no se atreven a globalizarlo porque el negocio y la ética no se llevan bien. En ese prototipo de sociedad los hombres se caen del guindo de una vez por todas y se mueven junto a sus compañeras: no ayudándolas sino aupándolas. Tomando parte en el cambio, dando forma a la igualdad real; construyendo desde la primera línea, no limitándose a observar, respetar, dejar avanzar e incluso admirar. En ese prototipo, las mujeres no nos sentimos obligadas a sacar lo mejor de nosotras mismas todo el tiempo; los niveles de responsabilidad tienen ritmos y espacios y la autoexigencia toma por fin forma de látigo real y se lo devolvemos al Sr. Grey, para que juguetee entre sus cincuentas sombras con quien quiera y le vaya el rollo.

elorigen

La ansiedad, esa gran conocida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ansiedad, esa gran conocida

Según un estudio de julio de 2014 del Instituto Catalán de la Salud, somos el país con más estrés femenino de Europa: el 66% de las mujeres españolas están estresadas. Un enfoque más global nos sitúa en las quintas más estresadas del mundo, por detrás de India, México, Rusia y Brasil.

La palabra “estrés”, utilizada con mayor o menor rigor, forma parte de nuestro lenguaje más cotidiano. Sin embargo, cuando hablamos de ansiedad el significado se nos antoja más amplio, preocupante. La ansiedad no aparece de repente. Nos va dejando notitas aquí y allá, con mensajitos que la rutina no nos permite considerar amenazantes. Se manifiesta en múltiples formas que van desde sensación de nerviosismo, dificultad para respirar, nudo en el estómago, opresión en el pecho, taquicardia, miedo, alteración del sueño, tensión muscular, temblor, cefalea, mareos, hiperventilación, adormecimiento de manos y piernas, incapacidad para relajarse…

Son alertas del cuerpo a las que, a veces, no hacemos caso. Y entonces la ansiedad se presenta de manera desproporcionada, sin motivo aparente, intensa, persistente, invadiendo el modo en el que nos relacionamos con el mundo y sus gentes, interfiriendo en nuestro hacer, en nuestro ritmo, productividad, resistencia, seguridades… Es en este momento, cuando deberíamos comenzar a pensar en ella, en la ansiedad, como en un trastorno.

Las dificultades para conciliar vida laboral y familiar y las características propias de nuestro sistema hormonal, hacen que las mujeres sufran hasta un 200% más de ansiedad que los varones. Esto lo dice Antonio Cano-Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), en el marco del X Congreso Internacional de dicha sociedad. No me resisto a apuntar que echarle la culpa a las hormonas (sin saber yo nada de ciencia, es verdad), me da, cuanto menos, perecita. Con los vaivenes hormonales convivimos desde muy temprana edad y –si  bien es cierto que hay mujeres a las que les afectan- no me parece a mí que sea de recibo citar este motivo sin poner una coma más, para añadir el papel fundamental de observadores internacionales de brazos caídos que los hombres del mundo civilizado están desempeñando, viendo y lamentando el desplome de tantas mujeres que, literalmente, no pueden con la vida. O no les da la falda, como me gusta a mí decir.
Dice Cano-Vindel que las mujeres damos una gran importancia a todo porque “procesamos la información de forma más amenazante, magnificando los problemas”. Quizá podríamos ser un poco más serios y reconocer que todos esos problemas a los que damos tanta importancia y magnificamos, son amenazas reales para nuestra programación vital dirigida a pensar en el bienestar de todo pichi pata antes que en el nuestro. Añade, que “las mujeres suelen atender varias tareas a la vez y generalmente son más perfeccionistas que los hombres, y todo esto les provoca mucha ansiedad”. Reto a Cano-Vindel y a todos los hombres aventureros del mundo a intentar el ejercicio del cuidado de sus seres queridos y la multitarea permanente desde el prisma del perfeccionismo y hacerlo con paz. Sé que este señor experto en ansiedad no tiene la culpa y que se limita a hacer pedagogía con su saber sobre el tema que nos atañe. Pero es que yo a veces tengo la sensación de que cuando los hombres describen las cosas que nos pasan a las mujeres, lo hacen desde la distancia erudita del que no se siente -ni de lejos- parte de la historia. Es un poco como decir: “Es que ellas son así”.

Vivir con ansiedad se puede, pero no se debe

Con un trastorno de ansiedad es imposible vivir. No permite el curso normal de la vida y la persona no puede solucionarlo sola sin recurrir a la ayuda profesional. Todos los estudios parecen coincidir en que las mujeres sufren más trastornos de ansiedad que los hombres, porque en los últimos años nos estamos exigiendo como nunca para estar a la altura: se muestran ante nosotras apetecibles posibilidades de desarrollo profesional y personal, pero no hemos sabido (ni quizá querido) ceder la batuta del hogar. Se añade en esta información la mayor predisposición genética a padecer dichos cuadros y más permiso social para expresar lo que emocionalmente sentimos. Apunto yo dos cosas. Una: si los hombres no se han ido sumando al cambio social al mismo ritmo que lo han hecho las mujeres… “de aquellos polvos, vinieron estos lodos”. Y dos: si un hombre sufre ansiedad a estos niveles de los que hablamos, lo cuenta: vaya que si lo cuenta.

¿Cuándo empieza todo esto?

Leo en este artículo de Miranda Vignera, psicóloga especializada en mujeres e infancia, que “ciertos rasgos masculinos como la independencia, el nivel de actividad o la asertividad constituyen factores protectores contra el miedo y la ansiedad. A las niñas se les refuerzan las conductas prosociales y empáticas, mientras que a los niños se les fomentan los comportamientos de autonomía e independencia, la asertividad y la iniciativa, a la hora de desempeñar distintas actividades. Se ha comprobado a través de diversos estudios que las niñas, desde muy pequeñas, reciben respuestas más positivas cuando cometen actos de obediencia y sumisión. A su vez, reciben respuestas más negativas al mostrarse más activas”.
Por tanto, la afectividad negativa constituye un factor de vulnerabilidad para sufrir trastornos emocionales y las mujeres –explica Vignera- presentan mayores índices en este factor que los hombres “como consecuencia de los diferentes patrones sociales de reforzamiento, el estilo y las expectativas paternas que reciben varones y mujeres desde su nacimiento”.

Continúo destacando literalmente: “Hasta la etapa preescolar, los niños manifiestan más emociones de enfado, mientras que las niñas se muestran más temerosas. A lo largo de la infancia, las niñas empiezan a evidenciar más síntomas de ansiedad e inhibición conductual. Durante primaria y secundaria las niñas manifiestan más emociones de sorpresa, tristeza, vergüenza, timidez y culpa, mientras que los varones muestran más reacciones de desprecio y son más propensos a negar la experiencia de otras emociones”.

“Es por estos factores y por otros, que las mujeres tienen el doble de probabilidades de sufrir un trastorno de ansiedad que los varones. Los factores de tipo psicosocial son los que mejor explican esta mayor vulnerabilidad de la mujer a los trastornos de ansiedad”.

La autoexigencia

Dice Carmen F. Barquín que la autoexigencia resta demasiada energía y tiempo al disfrute de una vida afectiva y social. Añade que “suele afectar más a personas con baja autoestima que perciben como un ataque personal cualquier crítica. La rabia y la frustración les impiden ver más allá, para poder reconocer y disfrutar de los logros y avances conquistados”.

Del discurso de Carmen F. Barquín me quedo con la desoladora constatación de que las consecuencias de la socialización diferencial y las pautas de género marcan, guían y limitan la vida personal: lo que “se tiene que hacer” y “cómo se tiene que ser”. “Este aprendizaje se va interiorizando en nuestro psiquismo y configura nuestra identidad de género. La afectividad asignada a las mujeres dentro de la socialización sexista, se corresponde con la dependencia y el sacrificio, se nos estimula tendenciosamente para sentirnos bien cuando nos volcamos hacia los otros como mandato central de nuestro deber ser Mujer”.Esta frase a mí me duele en lo más hondo.

Me viene a la cabeza el post “Género y salud: formas de distinta conjugación” que escribió Maxi Gutiérrez, como mirada invitada en este blog, en el que decía: “La mujer tiene interiorizado el mandato del cuidado hasta tal punto que lo normaliza y muchas veces se lo autoimpone como una cuestión de deber moral en solitario. Mochilas que se cargan a la espalda llenas de ocupaciones y pre-ocupaciones que pueden transformarse en dolor, insomnio, depresión o angustia. No sé si es enfermedad, pero, desde luego, es sufrimiento del que muchas mujeres no son capaces de salir”.

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Laberintos

Salirse de madre

Añade C.F. Barquín que “transgredir la expectativa del rol, asumir protagonismo e iniciativa, implica en ocasiones tener que atravesar laberintos de  “castigo” social y también supone superar las barreras internas que en forma de “mandatos” de género nos hacen sentir inseguridad o culpa”.

Mayoritariamente, la responsabilidad de los cuidados y -aunque con avances esperanzadores- también lo doméstico, forman parte de nuestra programación desde la infancia. La incorporación al mundo laboral, la autonomía para decidir ir, venir, formar parte de proyectos, activismos, movimientos, emprendimientos del tipo que sean, tienen coste. Un alto coste: la dificultad para gestionar el tiempo y con ella, la culpa que barniza todo lo que hacemos fuera de programación. “Muchas veces esta sensación se interpreta como incapacidad lo que, a su vez, promueve una sobrexigencia, un malabarismo imposible de sobrellevar en el intento de llegar a todo y además, hacerlo bien”.

Renunciar: fracaso o liberación

El desgaste físico, emocional y psicológico que supone ser y estar, echarse a la espalda más responsabilidades de las que nos podemos permitir sin perder la salud por el camino, acaban por ponernos frente a un espejo y hacer un ejercicio sincero de revisión de vida. Muchas mujeres que apostaron por desarrollar un proyecto profesional, social, personal… terminan por renunciar a sus metas y sueños porque no les compensa. Porque vivir en un estado continuo de estrés dispara la ansiedad de forma peligrosa, por los sentimientos constantes de malestar y angustia.

Tras la toma de decisiones duras, dolorosas, que implica renunciar a los sueños, deberíamos poder saborear una cierta (aunque amarga) liberación, por haber dejado pesados paquetes a los lados de nuestro camino. Podríamos empezar a trabajarnos la conciliación entre nuestras capacidades y posibilidades y emprender ese apasionante viaje que algunas personas consiguen hacer hacia la paz interior. Lo que ocurre es que hay mujeres que no necesitamos liberarnos de peso sino llevarlo entre más gente. Por tanto entiendo que si mi cuerpo y mi mente se sublevan y me piden parar y yo lo asumo, no estaré renunciando porque quiero sino porque no puedo.

En el jardín donde tengo plantados mis sueños siempre hace buen tiempo, el sol calienta y el cielo es intensa y absolutamente azul, azul, azul. Me sirve como imagen mental: es allí donde quiero y necesito estar, porque es lugar de orden, de paz, de igualdad, de derechos, de conquistas para hombres y mujeres. Pero mi edén, el azul cuyo anhelo me ciega y me desbarata, me plantea un conflicto demoledor: ¿en el empeño esforzado por hacer de mi jardín un vergel, no estaré pateando mi propia huerta impidiendo que nada de lo plantado agarre?

No sé si este tema de La Oreja de Van Gogh sobre el diminuto punto azul visto desde muy lejos, después de la desconexión… ilustra o confunde el final de este post. Pero para mí tiene todo el sentido y me permito ofrecerlo por si alguien me sigue…

 

Feliz 2015 Zoriontsua

22/12/2014 en Doce miradas por Doce Miradas

Feliz 2015 Zoriontsua

Las mujeres son el motor del mundo

16/12/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

alberto martinez cuarteroAlberto Martínez Cuartero. Soy emprendedor de proyectos para el desarrollo y comunicador social. Postgrado Iberoamericano de Responsabilidad Social Empresarial y Cooperación Internacional al Desarrollo. En 2009, llevé a cabo un proyecto económico fin de carrera, en Ruanda. Allí pude comprobar de primera mano la necesidad de impulsar el empoderamiento de la mujer, porque ésta es el motor de la familia y estoy convencido de que en el siglo XXI será el motor que mueva el mundo @albertoab http://albertomartinezcuartero.com/

Lejos del léxico de catalogar un primer y tercer mundo siempre he defendido que en nuestro planeta existe un único mundo. Este artículo habla de cooperación y “tercer mundo”, pero principalmente va dirigido a ti, que tienes la posibilidad de tener conexión a internet, cinco minutos de tiempo libre que perder leyendo este texto y la oportunidad de cambiar el mundo.

Sé lo que cuesta llegar hasta un puesto de trabajo, sacar adelante a la familia, la casa y hacer realidad los sueños. Mi bisabuela, mi abuela y mi madre eran y son mujeres valientes y luchadoras; por eso lo sé. Me gustaría que hicieras tuyo este artículo y te identificaras con los sueños y realidades de grandes mujeres del llamado “tercer mundo”. Y ponerlas de ejemplo para, a través de ellas, animar a otras mujeres a perseguir sus propios sueños.

En la actualidad, las mujeres sólo gestionan el 0,5% de los recursos de la tierra, y representan el 70% de los 1.300 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza. Según informes de FAO, se estima que su contribución a la economía en trabajos no remunerados supone entre un 25% y un 30% del Producto Bruto Mundial.El desarrollo sostenible tiene rostro de mujer.2

Aproximadamente en ¾ partes del mundo se tiene la creencia de que un hijo trae prosperidad y seguridad, que puede trabajar en el campo y probar suerte como comerciante, maestro, tendero o carpintero. Mientras tanto una hija no gana nada. Únicamente se ocupa de los hijos, la cocina, cuida a los animales, carga cada día vasijas con agua, las transporta varios kilómetros y realiza incontables trabajos en el hogar. Pero su trabajo no vale nada, no sólo está desvalorizada, además se considera que es una carga, a veces incluso una catástrofe para la economía familiar.

El desarrollo sostenible tiene rostro de mujer3

El auge económico de los años 80 y 90 unido a los errores de la cooperación al desarrollo, han llevado a organizaciones sin ánimo de lucro a cometer el error de formular proyectos para el desarrollo, sin conocer las verdaderas necesidades de sus beneficiarios. Hace no muchos años, una ONG insistió en la necesidad de la construcción de un pozo en el centro de una aldea africana, para que alrededor de 120 mujeres se beneficiaran de no tener que caminar ocho kilómetros diarios en busca de agua.

No contaron con la opinión de estas mujeres y en lugar de beneficiadas, fueron las grandes perjudicadas, ya que ese trayecto diario que realizaban era el único momento de ocio para compartir y conversar con otras mujeres alejadas de sus responsabilidad en la casa, en su trabajo, con sus hijos, maridos o familiares a su cargo.

Gracias a este ejemplo y otros muchos que hemos vivido personas que trabajamos en proyectos de cooperación “consideramos que trabajar con y por la mujer es una necesidad urgente e ineludible. No sólo porque es la principal perjudicada por la situación de desigualdad mundial, sino porque hemos aprendido que las iniciativas a favor del empoderamiento de la mujer, suponen una mejora directa de los indicadores de bienestar social en sus familias y comunidades”.

Mi trabajo Diario

¿Por qué las organizaciones conceden la mayoría de sus microcréditos a mujeres?

Estudios cuantitativos y cualitativos nos muestran como únicamente el 3% de los microcréditos concedidos a mujeres se encuentran en situación de mora, mientras que un 38% de los microcréditos concedidos a hombres nunca son devueltos. Un hombre puede abandonar su hogar familiar, dejar a sus hijos y dejar a su mujer por otra.

Sé que muchos me diréis que las mujeres también pueden hacer esto, pero son raras las ocasiones en las ellas abandonan a sus hijos o sus responsabilidades profesionales o familiares.

Llevo mucho tiempo sosteniendo que la mujer es el motor del mundo y con más motivo lo es en los países africanos y de América Latina. Las mujeres del mundo están en el centro de todo: de la casa, el barrio, la aldea, la familia. La mayoría de las veces, cuando una mujer aporta dinero, los beneficiarios inmediatos son sus hijos. Una madre se interesa en comprar mejor comida o utensilios de cocina, por arreglar el tejado de su casa y por mejorar camas y toallas. Presta más atención al vestuario de sus hijos y a sus necesidades educativas.

En comparación con el hombre pobre, la mujer pobre es más luchadora. Estoy cansado de andar por África y Centroamérica y encontrarme a hombres sentados fuera de casa o en un bar y mujeres vendiendo frutas, verduras, cualquier tipo de producto a la vez que cargan de sus tres o cuatro hijos. El padre se marcha de casa temprano por la mañana y regresa al atardecer. No tiene que ocuparse de los hijos. Pero la madre tiene que arreglárselas todo el tiempo. Además, hay que destacar el derecho de muchos hombres de sentirse con la obligación de llegar a casa para dormir o ver el televisor y no hacer nada más.El desarrollo sostenible tiene rostro de mujer

Según Muhammad Yunus, conocido como “el banquero de los pobres”: “Los hombres son como los pavos reales; si les das dinero, su prioridad será comprarse un reloj, una buena camisa, una radio”. “Si quieres desarrollo en términos de calidad de vida: educación, vivienda, alimentación y compromiso piensa como una mujer y acertarás”.

Por todos estos motivos, pienso sin lugar a dudas, que con la crisis cada vez más profunda que vivimos, si no hubiesen existido las mujeres con su valentía y su creatividad, en todos los países del mundo hubiesen explotado mayores conflictos que los que vivimos ahora. Estoy convencido de que pese a todos los problemas que sufren los países empobrecidos, éstos van a va a despegar gracias a las mujeres. Estoy convencido de que pese a los recortes en educación, sanidad y derechos sociales que se están sufriendo en Europa y EE.UU, las mujeres van a empujar a las organizaciones sociales, movimientos y organismos para cambiar la situación y poner a las personas en el centro de cualquier política. Estoy convencido de que la mujer es y será el verdadero motor del mundo que haga de este siglo XXI un mundo más justo.

Lo rosa es político

09/12/2014 en Doce miradas por Noemí Pastor

Os lo confieso: son mi debilidad

Me refiero a los escándalos erótico-políticos. Me fascinan; me divierten e intrigan a partes iguales. No creo que sean simples entretenimientos frívolos, sino que bajo esa epidermis bullen casi todas las grandezas y las miserias (bueno, más bien las miserias) de nuestro primer mundo occidental. Por eso me tiene tan atrapada la teleserie The Good Wife. Pero de la ficción ya hablaremos en otro momento. Ahora vamos con la (teler)realidad.

En su momento seguí con interés el affaire Hollande; ya sabéis: el señor Presidente de la República francesa convivía con una primera dama oficial, Valérie Trierweiler, y en tal situación estable transcurría plácidamente la la legislatura, hasta que en enero de 2014, la revista Closer, una publicación nada prestigiosa, lo que en Francia llaman un magacín people, de famosetes, publicó unas fotografías que demostraban que el señor presidente tenía un lío amoroso clandestino con una actriz, Julie Gayet, dieciocho años más joven que él.

No era un asunto del todo nuevo: en 2013 habían circulado rumores que nadie había podido confirmar y François Hollande, al menos en privado, había declarado que no eran sino infundios.

Con el tiempo, en cambio, se comprobó que las murmuraciones apuntaban a la verdad. La señora Trierweiler tuvo que pasar por el mamerci pour ce momentl trago de ver a su consorte en la portada de un equivalente al Pronto, se llevó, como es lógico, un disgusto monumental, se recluyó (hay quien dice que la recluyeron) en una clínica, luego hizo un viaje y, meses más tarde, publicó un libro, Merci pour ce moment (Gracias por este momento), sobre los años pasados junto a Hollande.

El libro fue recibido o, mejor dicho, repelido con litros de misoginia por todas partes. La reacción mediática fue brutal. La prensa lo calificó de peste-seller y el gremio de las librerías francesas lo acogió mal. Hubo incluso quien se negó a venderlo y colocó en su establecimiento un cartel que decía: “Somos librerías, no vertederos”.

¿Qué hizo Trierweiler para merecer eso? Pues nada más y nada menos que romper con una tradición de siglos de silencio cómplice.

 

No era la primera vez que algo así sucedía

En los años 80 presidía Francia François Mitterrand, quien durante lustros llevó una doble vida, con una doble familia y una hija secreta, que no fue conocida por el gran público hasta que tuvo ¡veinte años!

No puedo evitar acordarme también de Dominique Strauss-Khan, porque, salvando la distancia nada desdeñable que separa el delito de lo que no lo es, los paralelismos son evidentes. Strauss-Khan también se barajaba como candidato a la presidencia de Francia por el mismo partido de Mitterrand y Hollande y tenía un currículo oculto de llamémoslas faltas de respeto contra las mujeres que fue debida y convenientemente silenciado cuando hubo que hacerlo, pues hasta que no estalló el megaescándalo, todo era rumor, sospecha y presunta maledicencia.

Seis meses después de que Closer destapara el caso Hollande, en junio de 2014, finalizó el reinado de Juan Carlos de Borbón en España. En una tertulia nocturna televisiva, el moderador preguntaba sobre los extremos más privados del recién acabado reinado y un prestigioso periodista vasco respondía, con una pizca de desdén, que no le interesaban los presuntos asuntos extraconyugales del monarca; que no iba a referirse a los affaires amorosos privados. Y pasaba a hablar de otra cosa.

 

Pues yo no estoy de acuerdo

No, no estoy de acuerdo con este prestigioso periodista, porque, para empezar, esos asuntos no son privados. Quizá lo serían si se tratara de otra persona, pero no es lo mismo en el caso de un rey ni de un presidente de la república.

Para empezar, los guardaespaldas que acompañaban al señor Hollande a sus citas clandestinas con la señora Gayet no eran privados, no los pagaba él de su bolsillo; eran agentes del servicio secreto francés. Su pareja oficial vivía con él en el Elíseo, es decir, en la residencia oficial, a cargo del erario público. Luego las parejas del presidente no son un asunto privado.

Además, esas cuestiones amorosas presuntamente despreciables, sí importan, para mí cuentan, a mí me dicen algo. El comportamiento de Hollande me dice algo sobre su forma de relacionarse con las mujeres. Me dice que es capaz de manterner a una mujer oficial a su lado y tener a una amante, dar por buena la situación y hacer que todo un servicio secreto del estado colabore con su engaño. Es una opción vital más del siglo XVI que del XXI. La única diferencia es que Hollande en público habla de la dignidad de las mujeres, de derechos fundamentales, liberté y égalité.

 

Mulierem ornat silentium

“El silencio adorna a la mujer”, decía un proverbio romano. “Cuánto importa que las mujeres no hablen mucho”, decía Fray Luis de León en La perfecta casada, como nos recuerda Pilar García Mouton en su magnífico libro Así hablan las mujeres.

Ese mismo silencio histórico que se da la mano con la invisibilidad, el mismo que Bernarda Alba impone a sus hijas al final de la obra; ese silencio de losa, que a veces se llama discreción, saber estar o buen gusto, es el que se quiso imponer a Trierweiler. Criticar que haya publicado un libro es lo mismo que obligarla al silencio. Y obligarla al silencio es impedir que se conozcan las historias de las mujeres, los relatos de las esposas, las amantes, las hijas, las madres o las concubinas; es hacer que el discurso sea uno y único, que solo se oiga el de los hombres.

Y, para acabar, puede que suceda también, al mismo tiempo, algo bastante peor: que emerja también aquí la solidaridad masculina entendida en el peor de los sentidos, en el sentido de “nos callamos y nos protegemos las espaldas unos a otros”, con la excusa de que “de esto no se habla, no cuenta, son chismes de mujeres, no tiene importancia, es una banalidad, es privado, no existe”.

Ese mandato de silencio a las mujeres esconde un miedo a la complicidad, a la solidaridad femenina, quiere romper nuestros vínculos, es un “acalla, divide y vencerás”.

 

Pero ya no estamos en los 80

No, no estamos en la década de 1980. En 2014 quizás ya no pueda suceder lo que sucedió con Mitterrand. Así y todo, el libro de Trierweiller tuvo que imprimirse con todo sigilo en Alemania y, a pesar del feroz rechazo de la élite político-intelectual, las cifras de ventas fueron y siguen siendo desorbitadas, se ha traducido a once idiomas y por las redes sociales circulan extractos con los pasajes más llamativos.

Trierweiler encarna otra forma de actuar. Frente al periodismo cortesano de París que lleva décadas tratando a los presidentes como a monarcas o líderes religiosos, Trierweiler reina en otros mundos: tiene aura, cierto carisma, un enorme tirón mediático. No hay más que ver la acogida del libro, las incontables portadas que ha protagonizado y la bestial popularidad de su cuenta de Twitter (@valtrier), hasta el punto de que sus enemigos la han rebautizado como Valérie Tweetweiler y la califican de tuistérica. Bonito hallazgo expresivo ese de tuistérica, ¿no creéis? A la altura de feminazi o casi.

Es evidente, pues, que algo ha cambiado. Pero no es suficiente. Hollande sigue ocupando portadas de revistas de colorines y me pregunto hasta qué punto este escándalo le pasará factura electoral. Recuerdo a su otra expareja, Ségolène Royal, que también era muy querida, muy popular, pero fracasó en las urnas frente a Nicolas Sarkozy.

No es, por tanto, suficiente. Hace falta algún otro pasito. Reflexionemos, pues, y avancemos. Y, por supuesto, sigamos hablando. De todo lo que nos dé la gana. De todo todo.

Lupa morada para la paz

02/12/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

IzaskunMoyuaIzaskun Moyua. Oñati (1958). Estudié Psicología y Ciencias de la Información. Desde 1999 soy Secretaria General de Emakunde hasta 2005, año en que me nombran Directora. Las políticas de igualdad, el feminismo y las mujeres entran de lleno en mi vida. Desde entonces nada será igual. Desde el año 2009 estoy laboralmente unida a los servicios sociales, primero desde la Diputación Foral de Álava y luego en el Instituto Foral de bienestar social, donde me encuentro en la actualidad. Soy socia fundadora del CIINPI, Centro Internacional de Innovación en Políticas de Igualdad, desde donde queremos ser ventana a los nuevos tiempos.

Busco una reflexión conjunta sobre la paz, aquí en lo más cerca a veces de mi entorno o un poco más allá, en el escenario de mi país, o puesta a pensar me dirijo a lo recóndito, lugares extraños donde también se asesina, se viola o se pisotean una y otra vez los derechos de las personas. Busco un encuentro con la historia, con la memoria resucitada en voces de mujeres y sus movimientos bailando al ritmo de argumentos, modelos de acción política al encuentro de la vida, al destierro de la muerte y la violencia.

Recupero a María Zambrano cuando dice que “la paz es mucho más que una toma de postura: es una auténtica revolución, un modo de vivir, un modo de habitar el planeta, un modo de ser persona”. De su mano me traslado al feminismo cuando como teoría y práctica política ha alumbrado, entre otras cosas, la explicación de la experiencia humana, de los procesos de relación entre las personas, de las relaciones jerárquicas de poder, de las estructuras que permiten la discriminación de las mujeres. Y esa visión que revoluciona lo que existe para promover el cambio que integre, que transforme una sociedad de dominantes y sumisas a un lugar de encuentro respetuoso con lo diferente y garante de los derechos de todas las personas.

 

Son muchas las maneras en las que las mujeres han intervenido en la búsqueda de la paz, no sólo como final de la violencia de las armas, sino como construcción de nuevas sociedades donde las personas puedan vivir libres de toda violencia. Las mujeres, por su estructural marginación sociopolítica, pueden constituirse como sujeto colectivo de construcción de la paz. Lo entiende la resolución 1325 del consejo de Seguridad de la ONU sobre la mujer, la paz y la seguridad cuando urge a los estados miembros a incrementar la cantidad de mujeres en todos los niveles de toma de decisiones relativas a la prevención, manejo y resolución de conflictos y llama a la inclusión de la perspectiva de género en todas las operaciones. Ni muchos países ni muchas personas son conscientes de esta necesidad.

Si abrimos la ventana de la historia nos encontramos con mujeres que desde su identidad como tales han trascendido determinadas divisiones sociales y han demostrado que es posible trabajar juntas por la Paz.

El movimiento internacional de mujeres por la paz, impulsado desde el sufragismo inicia un camino ilusionante que estará formado por mujeres irlandesas, mujeres de negro, ruta pacífica de mujeres, campamento Greenham Common, Black Sash y la unión de trabajadoras domésticas, madres y abuelas de la plaza de Mayo, mujeres anónimas que trabajan en los campos de refugiados y refugiadas, mujeres nobeles de la paz. Al peligro de dejarme tantas, la necesidad de nombrar algunas.

En Euskadi las mujeres también hemos mirado fijamente a la paz y desde movimientos sociales, movimientos feministas y diferentes instituciones se han puesto en marcha iniciativas para construir una sociedad que sea capaz de recoger las diferencias bajo la igualdad de derechos de todas las personas.

No se si nuestra historia hará justicia a Ahotsak, a los talleres y encuentros feministas con las paces como epicentro, no sé si tiene el eco que merecen las mariposas en el hierro, pero sí tengo claro que no contar con nosotras, no analizar la justicia, la verdad y la reconciliación desde nosotras, no propiciar nuestra presencia en las mesas de debate y de negociación puede significar el fracaso de cualquier proceso.

Betty Williams, Premio Nobel de la Paz 1976.

Betty Williams, Premio Nobel de la Paz 1976.

Dijo Betty Williams, aquella premio nobel de la paz, precursora de la pequeña Malala, esa niña que ha sido capaz de enternecer y escalofriar al mundo entero, que “ no siempre se ha hecho caso de la voz de las mujeres, la voz de quienes están más estrechamente involucradas en dar a luz vida nueva, cuando han rogado e implorado contra la perdida de vida, guerra tras guerra. La voz de la mujer tiene una función especial y una fuerza espiritual significativa en la lucha por un mundo pacífico”.

Y sin embargo aquí están ellas. Con su ejemplo, su generosidad, sus reflexiones y su día a día ponen razón y corazón a conflictos y heridas que desde siempre han parecido insalvables, incurables.

Y aquí mismo nos enseñan, desde su espacio vital, que el sufrimiento no conoce de tipos de víctimas y que ellas, valientes y humanas se transforman y muestran que es posible convivir. Ellas que miran a otras y a otros y son capaces de seguir. Se llaman Rosa, Pili , Carmen , Tatiana , Edurne, Asun, Maixabel.

Y hay que empezar a nombrarlas, no vaya a ser que en el imaginario social este, el de tinte misógino e invisibilizador, no ocupen el lugar que se merecen. Y francamente, alguna lupa morada no le vendrá mal a esta ansiada paz.

#25N #dignidad

25/11/2014 en Doce miradas por Miryam Artola

Hoy es el día en que me presento ante vosotras, ante vosotros, como una de las Doce Miradas. Orgullo, regalo y privilegio.

Y me tocó precisamente Hoy, 25 de noviembre, el día en el que hace 54 años las hermanas Mirabal, Patria, Maria teresa y Minerva,  oponentes a la dictadura de Rafael Leónidas Truijllo  fueron brutalmente asesinadas por orden del gobernante dominicano.

Hoy, en el día en que recordamos las consecuencias de la violencia contra las mujeres, que trascienden de las víctimas directas y nos afectan a todos a todas. A nuestras familias, a nuestros/as amigos. A nuestro entorno. A la sociedad en su conjunto. Es una realidad encarnada en los innegables datos que nos exigen, cada día, una mirada crítica y reivindicativa sobre el modo en que la sociedad y el Estado responden a este tipo de violencia.

La violencia de Género mata en el mundo a más mujeres que el cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico y las guerras juntas. Y es la principal causa de muerte entre las mujeres de entre 15 y 44 años. Hasta un 70% sufrimos la violencia física o sexual en el transcurso de nuestra vida, ejercida por  los hombres, en su mayoría nuestros maridos y/o compañeros.

Se calcula que cada año, entre 500 mil y 2 millones de personas son víctimas de trata, lo que las lleva a la prostitución, a realizar trabajos forzados, a la esclavitud o a la servidumbre.  Las mujeres y las niñas representamos alrededor del 80% de esas víctimas. Más de 130 millones de mujeres y niñas han sido sometidas a la mutilación/ablación genital, sobre todo en África y en algunos países de Oriente Medio.

#25N #dignidadEn la India fueron asesinadas 27 mujeres diariamente por motivos relacionados con la dote. Cada hora, 48 mujeres y niñas son víctimas de la violencia sexual en República Democrática del Congo. En Sudáfrica, una mujer es asesinada cada seis horas por su pareja. En Honduras los 600 feminicidios de 2013 quedaron impunes.

En la Unión Europea una de cada 10 mujeres ha sido víctima de algún tipo de violencia sexual desde los 15 años de edad, y 1 de cada 20 ha sido violada. Poco más de 1 de cada 5 mujeres ha sido agredidas por parte de su pareja, y algo más de 1 de cada 10 mujeres indica que ha experimentado algún tipo de violencia sexual por parte de un adulto antes de los 15 años de edad. En España, en lo que llevamos de año, 43  mujeres han sido asesinadas por sus parejas.

Y me toca, precisamente Hoy, en este día en el que muchas de nosotras, nos abrazamos y gritamos “¡NI UNA MAS!”

Hoy, 25 de noviembre. Un día que pretende ser un día destacado  en el calendario pero que es recordatorio diario para nuestra agenda política (y privada). De aquello que desborda el alma del mundo. Cada día. La violencia que se ejerce contra las mujeres de manera sistemática. Sin descanso. Cada año. En tantos lugares y rincones del mundo. Aquí al lado. Un poco más allá.

Hoy destacamos en titulares el ejercicio descarnado del corazón más inhumano, de aquel que deja de lado su hombría y se convierte en bestia. A ratos con piel de cordero. A ratos oculto entre la multitud. Aquel que no sabe, ni puede, ni probablemente sea capaz de casi nada, más que de desplegar su cobardía con violencia.

abrazoHoy. Al que también quiero llamar el día de la dignidad. La de todas y cada una de esas mujeres que sufren. Sufrían ayer, sufren hoy. No podemos dejar que sigan sufriendo mañana. HOY, el día de la dignidad de aquellas que lloran desgarradas. A las que les duele el golpe, les duele el desamor, les duele la soledad, les duele la indiferencia, les duele el dolor. Ese dolor que resquebraja el alma y rompe en mil pedazos el corazón. Pero donde la dignidad permanece en cada una de ellas. En cada una de nosotras.

Hoy yo también lloro, grito y pataleo de dolor junto a ellas. Junto a vosotras.

Hoy quiero ofreceros mi rostro, mi cuerpo, mi corazón… abrir mis brazos y acoger vuestro rostro, vuestro cuerpo, vuestro corazón despedazado. Y en cada abrazo, resurgirás en tu dignidad (jamás perdida). Desde tu libertad (que dejó de estar cautiva).

Vuestra dignidad nos hace dignas… a nosotras; que os queremos tanto.

Hoy y mañana, y pasado…  seguiré reivindicando(nos) cada día. Sumando mis manos, mi corazón.  Exigiéndome, exigiendo a mi entorno, a mi gobierno  que cumplan sus acuerdos, y desplieguen las políticas necesarias. Hoy y mañana y pasado, entrelazaré  vuestras manos con las mías y juntas,  caminaremos para que CADA DÍA demos un paso adelante en la eliminación de la violencia que se ejerce contra nosotras.

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PD: Eskerrik asko Ana, a María, a Begoña, a Pilar, a Noemí, a Naiara, a Arantxa, a Miren, a Lorena, a Macarena, a Mentxu… por ofrecerme compartir con vosotras este espacio de aprendizaje, de encuentro, de mover y remover el sentipensar y generar las grietas necesarias para romper esos techos de cristal.

 

La feminización de la pobreza

18/11/2014 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Pilar BarrientosPilar Barrientos. Aunque de formación técnica ITA, no he ejercido nunca, por motivos “casamentales”. Mi compromiso y mi currícula comienza en el año 86, cuando vuelvo a Extremadura y fundamos entre nueve mujeres la Asociación de Mujeres Separadas Divorciadas y Maltratadas, para posteriormente pasar a denominarse Agustina de Aragón. Durante esa etapa, hasta 1993, fui presidenta de la misma. En el año 93, fui nombrada Directora General de la Mujer de la Junta de Extremadura hasta el 96. Después de muchas vicisitudes me instalé como “autónoma” (emprendedora). Actualmente, desde hace 2 años, acudo puntualmente a “la cena de empresa” del Servicio Publico Extremeño de Empleo (SEXPE).



Hablar de feminización de la pobreza nos lleva a hablar de diferencias entre mujeres. En términos de ingresos estas diferencias son mayores que entre los hombres y están aumentando de una manera espectacular. De esta heterogeneidad del colectivo femenino se desprende una conclusión política fundamental. Hemos de cuestionar los intentos de igualar a mujeres y hombres mediante la integración de ellas en una estructura jerárquica como son los mercados. En un contexto donde el empleo se precariza, intentar que las mujeres se inserten en la estructura laboral sin cambiarla, es un objetivo imposible de lograr. Para todo el colectivo femenino y para toda la sociedad. Pero además, es una vía errónea porque refuerza las estructuras en si discriminatorias y empeora la situación de los grupos de mujeres menos favorecidos y refuerza un sistema basado en la acumulación de capitales que no tiene en cuenta la satisfacción de necesidades humanas causa última de la pobreza.

En un primer momento se vio la feminización de la pobreza como consecuencia de la desestructuración familiar, como un fenómeno característico de los hogares monomarentales. Cada vez había más unidades domesticas con la presencia de un solo adulto, la mujer. Dadas las mayores dificultades de las mujeres para lograr un empleo o estabilidad laboral. Es decir, dadas las numerosas discriminaciones de género que vivían las mujeres en el mercado laboral, unidas a la falta de ayudas públicas, su capacidad para acceder a recursos económicos suficientes era mucho menor que los hogares encabezados por un hombre. Por tanto, la pobreza sobrevenía con la desestructuración familiar y la traslación de la responsabilidad de ganar el pan a la mujer.

Imagen de  Matteo Angelino (CC by-nc)

Imagen de Matteo Angelino (CC by-nc)

Si tradicionalmente la pobreza se ha asociado a las personas desempleadas o inactivas, cada vez es más frecuente que, a estos colectivos, se una el caso de quienes viven en la pobreza a pesar de cobrar salarios, no estar paradas ni inactivas, o de haberlos cobrado, es decir de haber contribuido y por tanto tener derecho a prestaciones. Dentro de los/as nuevos/as pobres la mayoría son mujeres y esta realidad creciente y global es lo que se ha denominado feminización de la pobreza.

La feminización de la pobreza va mucho más allá de la problemática específica de los hogares monomarentales o de mujeres solas. Pone al descubierto una organización social en torno a los mercados, donde la primera preocupación es la generación de rentas y no la satisfacción de necesidades humanas, que descarga la responsabilidad de la reproducción social en los hogares, que no da cobertura pública a quienes trabajan en actividades que se han invisibilizado. La solución a la pobreza no puede provenir de mejorar la inserción de determinados colectivos, entre ellos, las mujeres, en el mercado laboral, sino de un cambio profundo de las estructuras básicas del actual sistema socioeconómico.

Marca-das por la desigualdad en el deporte

11/11/2014 en Doce miradas por Naiara Pérez de Villarreal

Para mi es un honor presentarme hoy mediante este post como “una Mirada” más. Desde su creación he seguido este proyecto con mucha admiración, y no solamente porque ya conocía a muchas de las integrantes de este grupo, sino porque están consiguiendo dar visibilidad a la desigualdad entre géneros, y con ello remover conciencias para acelerar el cambio que queremos-necesitamos hacia esa igualdad que parece un sueño. Por ello, quería agradecer de todo corazón a las “Doce Miradas” por invitarme a formar parte de este grupo.

Y para estrenarme, he querido fijarme en la desigualdad que existe en una de mis pasiones desde que era muy pequeñita: El deporte. Continuamente, tanto en mi entorno más cercano como desde los medios de comunicación, observo y tengo que digerir que el deporte femenino no adquiera la relevancia, ni por asomo, del deporte masculino.

Yo soy de Galdakao, una población de 30.000 habitantes en la que hemos tenido la suerte de haber llegado al máximo nivel en baloncesto femenino, con el club en el que he estado implicada durante muchos años como jugadora y en otras funciones: Ibaizabal Saskibaloi Taldea. He vivido muy de cerca el reconocimiento de la afición, instituciones y medios locales hacia este club y estas jugadoras. Han llegado a la élite (equivalente a la ACB en chicos), y los medios locales se han hecho eco de ello en numerosas ocasiones. Y por eso me pregunto…¿por qué lo que a nivel local es posible, es tan difícil a nivel más global? ¿Tan complicado es dar su lugar a quien lo merece?

Como ejemplo claro, voy a utilizar un caso práctico, la portada del diario deportivo digital más seguido en España, El Marca. Vaya por delante que no es el único medio que contribuye a esa desigualdad, ya que son muchos, yo diría que la mayoría, los medios de comunicación que copan su información deportiva con titulares de género masculino. Sirva, por lo tanto, como ejemplo.

Como su nombre bien indica, este diario está MARCAdo. Marcado por la desigualdad entre el deporte masculino y el femenino, marcado por la casi nula presencia de la mujer (bueno…luego veremos qué mujeres sí aparecen…), y marcado, seguramente, y aunque no lo justifique, por su audiencia mayoritariamente masculina. Voy a dar algunas pinceladas de la portada de un día tipo, la del 29 de octubre.

Para comenzar, en las primeras noticias el fútbol masculino acapara todos los titulares. Es el deporte rey en España, el que copa la mayoría de las noticias deportivas, y en el que la desigualdad entre géneros es más acentuada, tanto en cuando a las retribuciones como a la repercusión social. De hecho, no hay una liga profesional femenina, y por lo tanto, las jugadoras de fútbol tienen que compatibilizar los entrenamientos y los partidos con trabajo o estudios. Otra salida que les queda si quieren vivir de esto es emigrar, ya que afortunadamente hay países como Suecia en los que el fútbol femenino se equipara al masculino, la sociedad lo apoya y la ley lo garantiza. Muy ilustrativo sobre este tema es el siguiente vídeo emitido en el programa “Informe Robinson”.

Volviendo al Marca, resulta curioso que las dos primeras referencias hacia una mujer no sean por méritos deportivos. La primera se trata de un enlace hacia lo que llaman “Tiramillas, el web de ocio de marca”, que ofrece artículos de tendencias, y salvo pequeñas referencias musicales o del mundo del motor, su contenido está centrado en sesiones fotográficas de modelos femeninos. El banner de acceso a este sitio web siempre es una mujer semidesnuda o en actitud sexy-provocativa. ¡Un reclamo muy acertado para llamar la atención sobre los valores del deporte, sí señor!

mujeres-en-medios-online
En cuanto a la segunda referencia, el titular es el siguiente: “La explosiva hermana de Kim Kardashian y sus sensuales selfies”. No es una noticia de Marca, sino una noticia importada de elmundo.es, así que vamos a perdonarles, al fin y al cabo no es contenido propio y “no sabían lo que hacían”.

Pero sigamos. Después de noticias de la relevancia de las volteretas que da un jugador de fútbol al marcar un gol y otras relacionadas con el llamado deporte rey (claro, no va a ser reina), aparece la agenda deportiva de la semana. Solamente 1 de 43 eventos aquí anunciados es de deporte femenino, es decir, un 2,3%. ¿Será que las mujeres no hacemos deporte?. Si lo que no se nombra no existe, la conclusión es clara.Y esta dinámica continúa durante toda la portada. Noticias de deporte masculino interrumpido esporádicamente con fotografías de novias de jugadores, titulares como “la nueva Miss España es la madridista con más curvas” o “Desnudos y selfies eróticos por la NBA”, y hasta imágenes de una mujer que se ha puesto de moda, a quien se refieren por la “pechotes”, sin más explicación. Ni tan siquiera unas comillas

Y cuando ya estábamos perdiendo la esperanza, ¡Hurra! una noticia de deporte femenino. “Muguruza debuta con victoria en el torneo de campeonas”. No podía perder la oportunidad que me brindaba Marca de leer esta noticia. Pues bien, una noticia de escasas 3 líneas de narración, en la que en la segunda línea pone que Muguruza ganó a Makarova y en la tercera a Petkovic. A pesar de que en los comentarios de algunas personas que les alertan del error, a día de hoy no se ha corregido. Total, quién va a leer la noticia...

mireiaycarolinaDos de las deportistas españolas en activo de mayor relevancia internacional como son Mireia Belmonte y Carolina Marín, según este medio, sólo “merecen” unas reseñas casi al final de esta extensa portada. En el caso de Belmonte, resulta curioso que a pesar de sersubcampeona olímpica y campeona de Europa, entre otros muchos títulos, estuvo a punto de quedarse sin equipo para entrenar. “Pedía mucho dinero”, se defendía el club, y es que, antes de ganar las dos medallas de las olimpiadas de Londres, ganaba 2.200 euros brutos mensuales (tres veces menos que lo que ganaba por aquel entonces Fernando Carpena, Presidente de la Federación de Natación). También fueron curiosas algunas de las anécdotas que ha protagonizado, como cuando tuvo que pagarse de su bolsillo los 500 euros de un hotel mientras competía representando a España, o el viaje de 9 horas de autobús antes de batir dos récords del mundo en el Campeonato del Mundo de Berlín. Como ella misma dijo en una entrevista, “importa más el pelo de Sergio Ramos que mi récord del mundo”.

En el caso de Marín, los propios medios se han encargado de que sea una gran desconocida para el gran público, a pesar de ser toda una campeona de Europa y del mundo de Bádminton, una disciplina dominada por las deportistas asiáticas y en la que esta onubense ha hecho historia.

Y para acabar, casi al final del diario, aparece el único reportaje digno sobre deporte femenino. Se trata del caso de Laura Ortiz, jugadora madrileña de fútbol que ha emigrado a EE.UU, y en el que Marca invierte “24 horas” para llevarlo a cabo. “Bonito detalle”.

Como he mencionado anteriormente, Marca no es la excepción. La discriminación hacia la mujer en los medios es una constante. Un ejemplo claro fue el mundial de baloncesto femenino que se disputó hace apenas un mes, donde España por primera vez en su historia logró alcanzar la final en un deporte de los considerados “importantes”. Pues bien, TVE solamente ofreció los partidos por Teledeporte, canal que no está extendido en muchas casas, salvo la final, que curiosamente pocas horas antes aparecía en la programación de la citada Teledeporte. La indignación que se produjo en las redes sociales sirvió, seguramente, para que finalmente rectificaran y emitieran el partido por la 1.

Esto es solamente un ejemplo de la desigualdad que observo cada día en el mundo del deporte. No pretendo buscar culpables, quiero reflexionar en voz alta. Es un bucle que ha ido creciendo desde hace muchos años, donde se incluyen las instituciones, federaciones deportivas, medios de comunicación, afición, empresas patrocinadoras y sociedad en general, donde aún se tacha en muchas ocasiones a la deportista de élite como una “marimacho” (es de las palabras más feas que conozco). Desgraciadamente, las mujeres deportistas, incluso las que están por méritos propios en la élite, siguen siendo una anécdota.

Está claro que todos estos agentes pueden hacer algo más para dar pasos importantes hacia esa igualdad que reclamamos. Pongo énfasis en las instituciones y en la responsabilidad política, porque son agentes de cambio importante que tienen poder para aminorar la desigualdad de género, quién sabe si hasta hacerla desaparecer. Pero también he querido destacar el poder de los medios, donde si hicieran un ejercicio de autocrítica y actuaran con responsabilidad social, tendrían la capacidad de influir en la sociedad y lograr cambiar el chip. Y esto generaría mayor interés en la afición, y por alcance en las marcas y empresas patrocinadoras… Parece el cuento de la lechera, pero ¿es una utopía?. Espero que algún día no lo sea.

A las mujeres deportistas, en igual medida que a los hombres, nos gusta el deporte, lo vivimos con pasión, nos hace sufrir y disfrutar, podemos destacar o no, pero hay una cosa clara: queremos que se nos trate igual, no queremos seguir estando MARCA-das por la desigualdad.