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Estar a la altura

24/05/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

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Zuriñe García, jefa de cocina del restaurante Andra Mari de Galdakao, Bizkaia. Una estrella Michelin.

 

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Os voy a contar brevemente cuál ha sido mi trayectoria laboral. Hace unos diecisiete años empecé a estudiar cocina en la Escuela de Hostelería de Galdakao. Estuve allí dos años, mientras trabajaba también en una panadería. Terminé haciendo las prácticas en el mismo restaurante Andra Mari. Recuerdo que tenía muchísimas ganas de trabajar y muchísima ilusión. En aquella época no había tantos restaurantes y hacer las prácticas allí era un lujo y un privilegio. Acabé las prácticas, conseguí hacerme un hueco en la plantilla y he permanecido en ella desde entonces.

Es cierto que no he podido conocer otras cocinas, pero he tenido la suerte de ver pasar a mi lado a grandes y muy buenos cocineros, como José Miguel Olazabalaga, Andoni Arrieta o Eneko Atxa; y, sobre todo, he tenido la suerte de poder aprender muchísimo de todos ellos.

Desde hace seis o siete años soy la jefa de cocina del Andra Mari. Soy la primera mujer jefa de cocina que ha habido en este restaurante. Es todo un honor, pero también es un reto que da mucho miedo, miedo de no estar a la altura. Y esto me lleva a preguntarme de dónde viene ese miedo, por qué lo he sentido, si yo me esfuerzo y trabajo igual que cualquiera en algo que me gusta muchísimo.

Tengo conmigo un equipo muy bueno. Hemos estado en muchísimos eventos, hemos viajado, hemos cocinado al lado de otros grandes cocineros… Apostamos por ello.

Cuando Doce Miradas me propuso participar en la celebración de su tercer aniversario, decidí colaborar con ellas porque coincido con su forma de pensar sobre el papel de las mujeres, no solo en la cocina profesional, sino en todo espacio laboral.

Mi pregunta es: ¿por qué no? ¿Por qué las mujeres capacitadas no van a hacerse un hueco en un mundo de hombres? Es un quiero y no puedo, un quiero y no me dejan o algo, supongo, más complejo.

Esa es la reflexión que me hago cuando me preguntan (y lo hacen a menudo, además) cómo me siento entre tanto hombre. Entiendo que desde fuera se vea así, pero mi punto de vista es distinto, porque llevo toda la vida trabajando entre hombres; estoy tan acostumbrada que me parece normal, así que acabo siempre respondiendo que me siento igual que ellos, ni mejor ni peor, y que siempre me han tratado bien.

Para acabar, quiero agradecer a Doce Miradas que pensaran en mí para formar parte de este evento. Espero que os guste mucho mi sopa. ¡Ánimo, chicas! Seguro que estaremos a la altura.

Las 12Miradas de 12Nubes

17/05/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas


chapas12N12Nubes está integrado por un grupo jóvenes de Vitoria-Gasteiz dedicado a debatir, reflexionar, criticar, descubrir, imaginar, construir,… sobre diferentes temas y utilizando diferentes formatos creativos. Ante la oportunidad que nos ofrecían de poder expresar nuestra visión como mujeres, os ofrecemos 12 micro relatos, llenos de contradicciones, virtudes, dudas, ilusiones, complejos, reivindicaciones,… Un punto de vista sincero y real de 12 mujeres jóvenes.

 

 

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Para mí el estar entre dos países supone que a mi alrededor tengo personas de mi misma religión y otras que no; por ejemplo mis amigas. Yo tengo la ventaja de que las más cercanas a mí son de mi religión y me entienden porque comparten mi misma cultura. También tengo amigas que no son musulmanas pero que lo entienden porque llevo muchos años con ellas. El hecho de llevar pañuelo lo llevo bien, pero hay veces que hay cosas que no puedo hacer y me siento como un poco apartada. Luego me doy cuenta de que es por mi religión y no me quejo de ella. Ser de dos países me lía un poco porque yo me crie aquí, con los pensamientos de la gente de aquí, pero en mi país tienen otros pensamientos. Por ejemplo, cuando estás simplemente hablando con un chico, aquí lo ves muy normal y te sientes cómoda y libre; nadie te dice nada. Pero en mi país, si hablas con un chico ya te ven como una p***. Sin embargo, por muchos fallos que tenga, al fin y al cabo es mi país, donde está casi toda mi familia y ahí me siento cómoda con la gente de mi alrededor.

2

¿Cómo te puedes enfrentar a un choque entre culturas? ¿Qué es lo que puedes llegar a perder cuando eliges tirar por un lado o por el otro? Pues bien. Tres datos sobre mí: gitana, africana y finalmente vasca. Estos hechos marcan mi vida: madre gitana, padre africano y yo nacida en Bilbao. Cuando eres niña y creces en un entorno gitano, lo que se espera de ti es que encuentres un buen marido -eso sí, gitano- y que te hagas valer. ¿Qué entienden ellos por hacerse valer? Pues fácil: llegar virgen al matrimonio y ser una buena ama de casa. Si cumples con esas dos cosas, serás una gitana digna y llevarás la honra a toda tu familia. Crecer en un entorno africano no cambia mucho las cosas. Es cierto que no te obligan a llegar virgen al matrimonio pero generalmente son bastante machistas y, al igual que en la cultura gitana, las mujeres deben trabajar en casa y cuidar a los hijos. Sin embargo, yo me siento especial porque a pesar de todas estas cosas que ocurren de forma general, puedo decir que no incluyo a mi padre y a mi madre, y me alegro.
Mi padre lo único que quería es que fuese feliz. A veces ciertas cosas no las podía evitar pero siempre entraba en razón. Mi madre… Mi madre quiere que siga la cultura gitana pero tampoco me insiste mucho. En el fondo creo que simplemente se siente culpable por que ella se escapó con mi padre y tampoco siguió las leyes gitanas. Es difícil crecer en un entorno así ya que las familias de ambos progenitores esperan cosas diferentes y al final los que sufren son los niños, puesto que si no cumplen las exigencias de la familia materna en este caso, son rechazados y es como si nunca hubieran nacido. Pero sinceramente no me preocupa mucho, ya que no quiero ser lo que ellos quieran que sea. Me gusta elegir mi futuro sin que nadie me diga qué es lo que debo hacer. No obstante debe quedar claro lo orgullosa que me siento de ser gitana, africana y vasca. Porque para mí, a pesar de que ambas culturas tienen cosas negativas también las tienen positivas y para mí estas son mucho más importantes. Una de las que más orgullosa me siento es la unión familiar. Siempre tengo en mente estas palabras de mi madre y de mi padre: “La familia es todo y siempre va a estar ahí cuando la necesites”.

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No tengo mucha experiencia en sobre qué es ser mujer ya que solo tengo 18 años, pero viendo lo que he visto a mí alrededor me he hecho una pequeña idea… Para mí ser mujer es ser un superhéroe. Sí, en masculino. Un SUPERHÉROE, porque no solo es ahora cuando la mujer está luchando por sus derechos. Desde mujeres como Clara Campoamor, las mujeres han podido luchar por lo que les pertenece, por ser iguales que los hombres, para que se les valore y no se les diga que solo sirven para tener hijos o cuidar la casa. He llegado a la conclusión de que todo lo luchado por nuestras superhéroes no ha servido para nada. Es un poco cómico que estando en el 2016 parezca que estamos otra vez en 1900 donde la mujer no valía literalmente “una mierda”; y, sinceramente, yo no quiero que mis hijos crezcan en un mundo en donde la mujer no vale igual que un hombre, donde no puede aspirar a ser
presidenta del gobierno, o simplemente tiene que estar sometida a un hombre. Para concluir, me gustaría añadir una frase de Clara Campoamor en su discurso para defender el voto de las mujeres: “Defendí en Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de mujer que no puede traicionar a su sexo.”

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Tengo 16 años. Soy de Marruecos pero vivo en España. Vivo entre dos culturas muy diferentes. Aquí en España tengo más libertad y me siento más segura que en Marruecos. Cuando estoy allí cambia mi forma de ser y hasta mi forma de vestir. No puedo salir sola ni tampoco puedo estar en la calle hasta la noche. En cambio aquí sí. Aquí mis padres me entienden y me dejan hacer  cosas que en Marruecos  no me dejan. Mi padre, por ejemplo, cuando vamos a Marruecos cambia su forma de pensar simplemente  por el miedo a que me pase algo, porque allí la gente en la calle se atreve hasta tocarte, insultarte, decirte cosas feas, etc., simplemente  por el hecho  de que seas mujer. A un hombre no le hacen lo mismo y puede hacer, vestir, decir… lo que quiera.

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Llevo en España desde que tenía 4 años. Nací en Mauritania pero siempre me he considerado saharaui, porque toda mi familia es de allí. Así que se me mezclan muchas culturas. Ahora tengo 16 años y mi visión de la vida como mujer no siempre es la misma, porque no en todos los sitios soy de la misma manera ni me siento de la misma manera. Cuando estoy en mi país tengo que ser y vestir de una forma. No me incomoda ni mucho menos, porque me siento a gusto vistiendo y siendo de esa forma. Pero el problema llega cuando estoy aquí. Porque a mí me gusta seguir mi religión y ponerme mi hijab, pero se me complican las cosas cuando veo que mis compañeras no tienen las mismas condiciones que yo… No tienen que llegar a casa a una hora determinada, no tienen que vestir de una manera y sus padres no les ponen las mismas normas que me ponen a mí los míos. Eso hace que mis padres tengan que ceder en unas cosas y yo en otras. Todas estas condiciones me afectaban cuando yo no sabía exactamente lo que quería hacer. Pero me di cuenta de que aunque mi religión y mi cultura fuera la misma que la de ellas, tampoco me sentiría igual que ellas. Por eso mi hijab no me hace sentir inferior a nadie  y he aprendido que no todos somos iguales pero valemos lo mismo.

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Cuando llegué a este país me sentí triste. Estaba echando de menos a mi familia, mis amigos y el colegio donde estudiaba. Me sorprendió ver cómo los chicos hacen las tareas domésticas  y las chicas hacen  las mismas cosas que los chicos. Aquí las chicas tienen libertad de expresión y de decidir lo que ellas quieren hacer. En mi país las chicas son las que hacen todos los trabajos de casa. En Pakistán las mujeres no pueden trabajar. No tienen  libertad  de expresión para decir lo que ellas quieran. Los padres son los que deciden  con quien van a casar a una chica. Sin embargo, me encanta la comida de mi país, la ropa de mi país y escuchar la música de mi país, ver películas etc. Allí las personas viven juntas como una gran familia. Me gusta mucho. Hay muchas cosas de mi lugar de origen que me gustan y hay otras cosas que no, como el maltrato que sufren las mujeres de allá y también aquí.

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He nacido aquí pero por tener padres de otro país se me considera española pero de segundo plano. Lo que más rabia me da no es eso, sino que a veces puedes sentir que no eres de ninguna parte; porque también cuando voy a Sahara se me considera saharaui pero de diferente  pensamiento, porque  me he criado aquí. También como adolescente mis mundos chocan. No me siento comprendida por mis padres: si estoy aquí no puedo hacer ciertas cosas y si estoy allí tampoco. He luchado bastante para poder hacerle entender a mi madre que hay ciertas cosas que las va a tener que ver y aguantar aunque ella no quiera por nuestra forma de pensar. A veces no me siento de ninguna parte del mundo y otras de todo el mundo.

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Creo que vivimos rodeados de estereotipos y esto me condiciona. ¿Será que no puede haber chicas rubias con ojos claros que sean vascas? Cuando me preguntan suele molestarme. ¿Por qué será que si les digo que canto rap se burlan de mí? ¿No puede haber mujeres apasionadas por el rap que sean rubias? He aquí el primer estereotipo que más me molesta: las rubias son tontas. ¿Mi color de pelo y mi sexo son directamente proporcionales a mi inteligencia? El segundo estereotipo que no me gusta nada: si eres rubia, alta y guapa, eres una Barbie. ¿No aspiro a más que a parecerme a una muñeca? Aquí va otro de los que tampoco me gusta: “eres rubia y guapa, podrás casarte con alguien con dinero”. ¿Mi objetivo en esta vida es ser la esposa de alguien? Aquí entra también lo de “Eres mujer, tú a fregar”, “¿Para qué estudias? Si no vas a llegar a nada. ¿No ves que eres mujer?”. Y demás. Mi mundo no es perfecto pero es lo que quiero. Canto rap y eso me apasiona. Soy vasca. No tengo por qué ser una Barbie; no soy tonta, me gusta estudiar y documentarme. Me creo totalmente capacitada como para que no me tenga que mantener un hombre que cree que soy un cacho de carne. No soy una mujer florero. YO SOY VÁLIDA. Estos dos
mundos chocan continuamente, porque para lo que algunos es un comentario, para otros es una falta de respeto.

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Cuando me dijeron “¿Te gustaría participar en Doce Miradas y contar que es para ti ser mujer?” Lo primero que pensé fue “¿Y qué digo yo? Tengo una vida normal y corriente…” Sin embargo, hay una canción que a mí me gusta mucho, y dice así: “No hay nada malo en ser como eres”, “Me olvidé de qué hacer para encajar en el molde”. Me gustan mucho esas dos citas de la letra porque tratan de todos los estereotipos que hay hoy en día y los cánones de belleza imposibles de cumplir. También se refiere a cómo las mujeres estamos sometidas a sufrir la mayor parte de esos cánones y sentir que no logramos ser como nos marcan. Quiero decir: todas las mujeres somos como somos, deberíamos estar orgullosas, luchar para hacernos oír, no dejarnos someter por los cánones, por el qué dirán, por nada ni por
nadie. Es algo que yo llevo pensando toda mi vida: que no dejemos que nadie nos maltrate y use a su manera ni que nos reprochen imperfecciones que en realidad no existen, para hacernos cambiar. Si no te quieren como eres, no te preocupes, seguro que hay alguien que sí que lo hace. Tan solo espera, lucha y no cambies; porque eres perfecta porque eres tú y vales millones.

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Soy una joven saharaui de 17 años que he estudiado y vivido aquí casi toda mi vida. No me ha resultado muy difícil acostumbrarme a esta sociedad, ya que en su gran mayoría, es muy abierta… Aun así, siempre hay un punto en el que me siento diferente. Dejando aparte el idioma, hay otros aspectos como la vestimenta, la cultura, la religión,…. en los que siempre me he permitido el lujo de ser diferente. Mientras mis compañeras llevan 12N_grupopantalones ajustados y tirantes, yo llevo manga larga y velo; lo cual desde mi punto de vista es normal, ya que soy musulmana y así elijo vestir. Pero desde el punto de vista de otros es injusto para la mujer, intolerante e incluso carente de sentido. Lo comprendo. Todas las personas tenemos un punto de vista distinto. Pero es cierto que en muchos aspectos, la sociedad en la que vivimos es injusta, porque no juzgamos a la gente por llevar el pelo verde, amarillo, rojo, (cada cual es libre de hacer lo que quiera) pero sí la juzgamos por llevar vestimenta propia de su país o llevar el pelo tapado… ¿Por qué? Somos una sociedad que presume de libertad de expresión, de diálogo, del respeto al prójimo y aun así miramos con inferioridad, e incluso pena, a la mujer árabe. Porque creemos que es esclava de la religión o de la figura masculina sin ni siquiera plantearnos el hecho de que quizás vaya así por gusto, igual que aquellas que se tiñen el pelo de colores.

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Dos géneros. Masculino y femenino; uno el superior y otro el inferior. Así es como se distingue a hombre y mujer. Por una parte bien, porque por lo menos nos reconocen como mujeres y no como cosa o animal. Pero por otra, la utilizan como excusa para posicionar a una niña, chica o mujer en un mundo en el que se siente inferior. Se ponen a pensar que no valemos nada sin ellos, que no somos nada, que no somos útiles hasta que ellos nos necesiten… ¡¡¡Y no es así!!! Hay que sacar esa ira, rabia, molestia y coraje y transformarla en energía, valentía y decisión, para poder sacar esa persona-mujer que llevamos dentro y sentirnos bien a la par que ellos. Porque ellos sin nosotras no existirían al igual que nosotras sin ellos. Por eso mismo debemos caminar al lado de ellos, de la mano, y no detrás mirando sus espaldas. Llevo tantos años conviviendo con tratos/comentarios machistas con mis padres que ya me acostumbré y hasta los veo normales. Luego en la calle, no lo aguanto: bastante tengo en casa. Mi padre no sé si se da cuenta de que me duele o me molesta cuando me dice que no debo salir sola a la calle y de noche. También que no debo llegar tarde; que como señorita que soy no debo estar andando por la calle porque no soy un perro sin dueño. Y ahí está esa comparación con un animal. Luego mi madre: llamando a mis hermanos machistas y ella es la primera en hacer comentarios como “mira tu hermana: parece una cualquiera subiendo ese tipo de fotos a Face”. Y yo le digo “¡Si no está mostrando nada! Simplemente se siente orgullosa de ser mujer y encima es guapa”. Al final acabamos discutiendo pero yo la quiero un montón y es mi ejemplo a seguir. Porque a pesar de estar sola ahora, lucha por sacarnos adelante a todos sus hijos. Ahora tengo 18 años. Soy latina y en ocasiones me tocó pasar por situaciones de machismo y al mismo tiempo bulling, lo peor del mundo. En primaria, los chicos se metían conmigo por mi color de piel, por ser una niña que no podía defenderme, por ser de otro país, por ser débil “como una chica”, decían ellos. Al final crecí con esas palabras en la cabeza y por eso, y por otras razones, soy como soy. Este último año de mi vida he recibido apoyo. Antes no podía mostrar mis lágrimas porque me sentía débil y ahora lo hago no por ser débil, sino simplemente porque soy un ser humano y tengo sentimientos. Ahora hablo, pero no hablo para responder a comentarios que para mí son irrelevantes ya que “donde la ignorancia habla, la inteligencia calla”. También ya soy capaz de relacionarme con otra gente sin sentirme inferior por el color de piel, y aprendí a querer la mía. Las mujeres somos y seremos útiles no por ellos, sino por nosotras mismas. Somos y seremos independientes, no por ellos, sino para demostrar que somos capaces. Somos y seremos fuertes para superar cualquier cosa y seguir hacia adelante, mirando hacia el frente, junto a ellos, de la mano.

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Pronto cumpliré los 20 y quiero expresar cómo es que en tu propio entorno te siguen tratando como una niña cuando ya no lo eres. A veces pienso en lo mucho que de pequeña decía, “yo quiero ser mayor”. Pero ahora que ya que lo soy, me doy cuenta de que no tiene nada que ver que seas mayor o no para que te traten bien, sin que haya discriminación alguna por ser mujer o hombre. Me gustaría que, por un día, alguien intentara estar en mi cuerpo y en mi mente; que se diera cuenta de que ser yo -o ser la persona que lea esto- no es fácil. Porque no es fácil ponerse en la piel del otro. Por eso, no debemos juzgar a nadie. Como mujer me gustaría dar apoyo a otras mujeres que se sienten como yo, que muchas veces me he sentido utilizada a la hora de estar con un chico, porque ellos a veces solo se fijan en un buen culo o unas buenas tetas y ya está. Y no se dan cuenta de que detrás de ese físico hay un corazón y un alma.

 

 

Te invitamos a nuestro tercer aniversario…¿te apuntas?

10/05/2016 en Desprogramando, Doce Miradas por Doce Miradas

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Una mera coincidencia

03/05/2016 en Doce Miradas por Pilar Kaltzada

Este año había dudas sobre cómo enfrentar la doble celebración del Primero de Mayo. En casa propusieron dividir el día en sus dos mitades: las felicitaciones por ser trabajadora llegarían hasta el mediodía, y a partir de esa hora, nos centraríamos en las que corresponden por ser madre. Aunque parecía buena idea, la descartamos enseguida, porque ambas ocupaciones son de jornada completa, y nos parecía injusto repartir la gloria.
La coincidencia de este año me ha dado que pensar. No es más que eso, una mera coincidencia, pero en ella se cruzan varias miradas complementarias, y no he querido dejar pasar la oportunidad.

Los “Días de…” suelen ser resbaladizos, porque a nada que te despistes, derivan en faustos que nada, o bien poco, tienen con su motivación original. Primer consejo: precaución.

Resulta que no todos los “Días de…” son iguales. ¿Será sólo una mera casualidad? Frente al Día del Padre y su lugar previamente fijado y reconocido, el 19 de marzo, el día reservado para homenajear a la madres es errante, itinerante en las hojas del calendario. En nuestro entorno toca el primer domingo de mayo, sin color rojo exclusivo. ¿Será tal vez porque es un día de “lo doméstico”, de puertas para adentro?

¿Celebrar? ¿Reivindicar? ¿Comprar?

He intentando seguir la pista de este día, y buceando un poco más en el tema, parece que no siempre fue una celebración tan naïf como suele serlo hoy en día. La Historia es un tesoro, y también una fuente de aprendizaje.

Imagino la cara de hastío de Julia Ward Howe si tuviese que padecer la tormenta consumista, de colonias, flores y corazones que lo inunda todo en estas fechas. Su trabajo activista y su militancia en todo tipo de causas sociales, del lado de los derechos de las mujeres siempre, le llevaron a proponer en 1870 la “Proclama para el día de las madres”, con el impulso de acciones para conseguir la concordia entre países sobre la base del trabajo de las madres en favor de la cultura de la paz y anti-belicista. Este párrafo condensa sus peticiones:

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Julia Ward Howe, “La proclama del día de las madres”

¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, sin importar que su bautismo haya sido de agua o lágrimas! Digan con firmeza: ‘No permitiremos que los asuntos sean decididos por agencias irrelevantes. Nuestros maridos no regresarán a nosotras en busca de caricias y aplausos, apestando a matanzas. No se llevarán a nuestros hijos para que desaprendan todo lo que hemos podido enseñarles acerca de la caridad, la compasión y la paciencia’. Nosotras, mujeres de un país, tendremos demasiada compasión hacia aquellas de otro país, como para permitir que nuestros hijos sean entrenados para herir a los suyos. Desde el seno de una tierra devastada, una voz se alza con la nuestra y dice ‘¡Desarma! ¡Desarma!’ La espada del asesinato no es la balanza de la justicia.

La sangre no limpia el deshonor, ni la violencia es señal de posesión.
Julia Ward Howe, Proclama del día de las madres

 

¿Sabrán algo de todo esto los supermercados que nos aplastan con sus folletos comerciales? Esta Proclama sirvió de base para otras pioneras. La consolidación en el calendario de festividades del Día de la Madre en Estados Unidos fue un logro, entre otras, de la activista Ana Jarvis. Woodrow Wilson instauró este día, en reconocimiento por la labor social que realizó la propia madre de Jarvis, atendiendo en colegios sociales a niñas y niños desfavorecidos, y durante la Guerra de Secesión en el cuidado de los heridos. La dicha duró poco, porque el texto firmado por el presidente tenía poco que ver con la propuesta original del grupo de mujeres liderado por Jarvis; habían desaparecido las referencias sociales, para quedar circunscrito al ámbito doméstico. Sólo unos años President_Woodrow_Wilson's_Mother's_Day_Proclamation_of_May_9,_1914_(Presidential_Proclamation_1268)._-_NARA_-_299965más tarde, la propia promotora encabezó las protestas que denunciaban la hipocresía de esta decisión presidencial. Tanto protestó la buena de Jarvis que llegó a ser detenida, “por perturbar la paz debido a manifestaciones ruidosas”.

La celebración del Día de la Madre tiene muy poco, o nada, de aquella idea original de reconocer una contribución social de estas mujeres y madres, y casi nos resulta inconcebible que alguna vez haya existido tal pretensión.

Los criterios comerciales han resuelto el debate. Si echáis un vistazo a los anuncios de regalos propuestos para el Día de la Madre, queda claro quién ha ganado la partida. La publicidad de estos días nos sitúa más cerca del ideario de la Sección Femenina del régimen franquista español que del trabajo social y comunitario de los movimientos feministas. Os propongo esta pregunta: “¿qué resulta más anacrónico, el texto o la imagen siguiente?”.

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“A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir. Cuando Dios hizo el primer hombre, pensó: no es bueno que el hombre esté solo. Y formó a la mujer para su ayuda y compañía, y para que sirviera de madre. Pensó en la mujer después, como un complemento necesario, esto es, como algo útil”

(Formación Político-Social Bachillerato, 1963).

 

Los trabajos, las mujeres
En casa no sabíamos bien qué celebrar el 1 de mayo, ni cómo. Y mientras debatíamos sobre estas cosas, en la calle cientos de personas se manifestaban en conmemoración del Día del Trabajo, la segunda cita del mismo domingo (esta sí, roja). Una mera coincidencia, y también una buena forma de visualizar la diferente consideración del trabajo productivo y reproductivo, según la terminología al uso (que no termina de dejarme satisfecha, dicho sea de paso). Es un debate clásico, y un debate pendiente.

Como recordaba hace unos días Fina Rubio, presidenta de la Fundación Surt: “El trabajo no es solo una mercancía, es todo aquello que hace que una sociedad funcione. Ésta no se mantiene solo por las mercancías, sino porque hay muchos trabajos -transparentes en nuestra sociedad- que hacen que no se desmorone”. Pero no todos los trabajos que son fundamentales para que nuestras sociedades avancen son de la misma naturaleza, ni todos t977274-6f142e8c-033d-11e4-a85d-b094767f573dienen la misma valoración y posición en nuestra escala de reconocimientos.
El primero se anhela, el segundo se tolera, o se asume con resignación. Así están las cosas.

Ambos trabajos están intrínsecamente unidos, porque es la agenda doble de responsabilidades familiares y de cuidados no (supuestamente) productivas la que en gran medida sigue penalizando el acceso y participación normalizada de las mujeres en el mercado laboral.

Esos trabajos transparentes me hacen pensar que la coincidencia de este año tiene una realidad conectada tras de sí. Porque hablar de derechos laborales para las mujeres es hacerlo, en gran medida, de cómo resolvemos este debate. La conciliación, mejor llamada corresponsabilidad, sigue siendo la asignatura pendiente y lacerante que impide que hombres y mujeres puedan aspirar a salir de la misma línea en la carrera profesional, y que una vez en ella, puedan competir en igualdad de condiciones.

 

¿Cuánto nos cuesta esta discriminación?
La pregunta no es retórica, y creo que conviene intentar responderla. En demasiadas ocasiones, el coste de la no igualdad suele quedar circunscrito a la opinión (a mí no me parece que sea para tanto, a mí esto no me ha pasado, eso era antes, ahora tenemos más oportunidades, etc.). No nos vendría mal tener un marco de referencias objetivas para visualizar esta realidad sobre la base de otros criterios; los contables, por ejemplo.

Según la consultora Mckinsey Global, cada uno de los estados y ciudades de Estados Unidos podría llegar a incrementar en hasta un 10% su PIB a través de medidas concretas que faciliten la incorporación real de las mujeres a la actividad productiva. Bastaría con corregir las deficiencias, ni tan siquiera sería preciso aplicar medidas extra que prioricen, la incorporación de las mujeres. Sería suficiente con solventar los errores, históricos, de la distribución desigual de las responsabilidades.

En el mundo, las cifras que maneja esta misma firma, son todavía más llamativas, y dignas de reflexión. Adelanto mi conclusión: la igualdad sale a cuenta, y la falta de igualdad es un lujo que no podemos permitirnos.
PNG_QWeb_Gender_IP_ex1_20150923_1536pxLa participación equitativa de hombres y mujeres aportaría un 26% de incremento al PIB mundial, unos 28 trillones de dólares en una década. El equivalente a la combinación de las economías actuales de China y USA.

Si este objetivo nos parece excesivamente ambicioso, visto de dónde partimos, hay una vía intermedia: si las economías con mayor gap de género acortasen estas diferencias hasta equiparse con las que de menor gap, podrían generar 12 trillones de dólares extras  en 10 años (la suma de los pesos actuales de las economías de Japón, Alemania y Reino Unido). Sería suficiente con aplicar medidas ya experimentadas en otros lugares; no hay que inventar nada nuevo.

 

¿Avanzamos?
Parece que no, o que los pequeños avances que se producen, de forma casi imperceptible en el contexto más inmediato, no son suficientes para garantizar el cambio que se necesita. El último informe de la Encuesta de Población Activa para Euskadi nos da un pequeño respiro, pero no aporta aliento suficiente.
La estructura del empleo femenino es la constatación de un fracaso social, en el que todavía no estamos poniendo esfuerzo suficiente. El trabajo de las mujeres sigue siendo parcial, mal pagado, insuficientemente reconocido y acotado a ámbitos de limitada proyección profesional o económica. (Cada año el sindicato UGT publica un informe sobre esta cuestión, y es interesante constatar la exasperante lentitud con la que, en el mejor de los casos, se producen ciertos avances). Un trabajo lastrado por muchas razones, y entre ellas (vuelvo a la coincidencia), el no haber resuelto aún la enorme injusticia de la falta de corresponsabilidad.

Bonus Track

Hay muchas razones para que la falta de igualdad sea una cuestión de máxima prioridad en nuestras agendas, públicas o privadas. La coincidencia del Primero de Mayo me ha puesto unas cuantas ante los ojos, pero seguro que a ti, lector o lectora, se te ocurren otras muchas.

Y si por no se te ocurre ninguna, te dejo la referencia de una conferencia muy inspiradora, de Chimamanda Adichie: We all should be feminists. Esta misma historia ha dado lugar a un pequeño librito, que se ha incluido ya entre las lecturas recomendadas de los colegios suecos, para jóvenes de 16 años.

Save the Date! – Celebramos nuestro tercer aniversario y te invitamos a una sopa con estrella Michelin

26/04/2016 en Doce Miradas por Doce Miradas

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Viernes 27 de mayo, 13:30h.
Universidad de Deusto, Bilbao

Una sopa, un voto  

Por un módico precio, podréis venir a celebrar nuestro tercer aniversario y tomaros un tazón de sopa preparada por Zuriñe García, del restaurante Andra Mari, galardonado con una estrella Michelin, y votar por vuestro proyecto favorito pro igualdad de género.

Tres años, tres proyectos

Mientras nos tomamos la sopa sin sorber, tres organizaciones sin ánimo de lucro nos presentarán sendos proyectos. Cada una contará con 10 minutos de exposición. Tras ello, abriremos un turno de preguntas para que quien lo desee exprese sus dudas, curiosidades e inquietudes y, acto seguido, mediante Kahoot!, podréis votar por vuestro proyecto favorito. Lo recaudado con los cuencos de sopa y las aportaciones de diversas instituciones se destinará así:

el 50 % de lo recaudado al proyecto más votado;

el 30 % al segundo proyecto más votado

y el 20 % al proyecto que quede en tercer lugar.

 
Y además  

Disfrutaremos de la música de Izaro y de la charla con montones de amigas y amigos, pinchos, dulces, bebidas, algún regalo y todo lo necesario para acompañar una buena digestión sopera.

¿Tienen sentido las concentraciones tras los asesinatos de mujeres?

19/04/2016 en Doce Miradas por María Puente

Otro asesinato machista. Un hombre mata a su mujer y a su suegra. Días después, con unos amigos, surgió el tema. Uno de ellos comentó que había visto la concentración con motivo de dicho crimen. ¿Por qué se hacen esas concentraciones?, preguntó.  ¿Para qué? ¿Contra quién? ¿Contra qué?  No lo entendía. Según él, era obvio que todo el mundo estaba en contra del asesino y lamentaba el asesinato de las dos mujeres. Algo terrible había sucedido, sí. Pero el hombre ya estaba en la cárcel. Y no pertenecía a ninguna banda de crimen organizado. Le parecía un absurdo. Como manifestarse  contra la lluvia o el granizo. ¿Qué sentido tenía aquella concentración y otras similares?

Le he dado muchas vueltas desde entonces. “Una concentración en repulsa de lo sucedido”, se suele decir. Expresar la repulsa por un crimen ya es un buen motivo. Las circunstancias judiciales y de protección que rodean a cada caso también pueden ser otro motivo claro de protesta si es que ha habido fallos. Pero es que además hay mucho que reivindicar. Quienes opinan que tras un asesinato machista solo queda lamentarse es porque creen que estos asesinos se generan de forma espontánea. Como  las setas del bosque.  Surgen sin más. Las personas expertas en el tema afirman, sin embargo, que en la base del maltrato y de los asesinatos está la desigualdad, el machismo. Yo también lo creo. Y en la base de la desigualdad  está la educación en las aulas y en las familias. Cosas que creemos nimias, como regalar Legos a los niños y no a las niñas pueden tener gran trascendencia.

Foto de Iratxe Gallo.

Foto de Iratxe Gallo.

 

 

Pero en la base del maltrato y de los asesinatos hay más circunstancias. Un terreno abonado. Niños y adultos nos educamos y reeducamos constantemente, somos permeables a lo que sucede en nuestra sociedad, en la vida. O, mejor dicho, lo que permitimos que suceda. ¿Hasta qué punto toleramos como sociedad hechos que discriminan y humillan a las mujeres? Ya sean de magnitud micro o macro, la suma de este tipo de hechos va creando un caldo de cultivo propicio para maltratadores y asesinos de mujeres. Estos son algunos ejemplos que recuerdo de los últimos tiempos:

  • Apología del maltrato en el estadio Benito Villamarín. “Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien”. Esto se cantaba en febrero de 2015 en el Benito Villamarín en alusión al proceso por malos tratos en que se hallaba inmerso el futbolista Rubén Castro. Según el periódico, eran 200, 500 o 1.000 quienes lo coreaban. En junio del mismo año, la fiscalía archivaba el caso.
  • Las agresiones sexuales masivas a mujeres en Colonia. Un escándalo que tiene toda la pinta de que quedará sin respuesta. Este caso me enfada especialmente porque enseguida pasó de ser un asunto sobre ataques a mujeres a convertirse en un debate sobre refugiados sí, refugiados no. Y así, de un plumazo, las mujeres salieron de la ecuación y del foco de la atención. Para entonces, todo el mundo parecía haberse olvidado ya de esas mujeres para quienes su libertad se habrá visto disminuida desde la pasada Nochevieja. De momento, esta es toda la consecuencia que han tenido unos hechos tan graves.
  • El magnate que pasea mujeres con correa. Cuando una compañera de Doce Miradas lo envió al grupo por email no daba crédito. ¿Es posible que algo así pueda ocurrir sin consecuencias? Me duele y me cabrea tanto. Ellas lo hacen de forma voluntaria, así que está bien, decían muchos comentarios realizados a la noticia. Vejar y humillar a las mujeres sale gratis.
  • La jueza que preguntó ¿cerró usted bien las piernas? No hay mucho más que decir, Confiemos en que la denuncia de la Asociación Clara Campoamor prospere. No es la primera vez que un juez o jueza nos sobresalta con comentarios de este pelaje.
  • Tratamiento de las noticias de maltrato y asesinatos machistas en los medios. En enero de 2016, el tratamiento de una noticia llamó la atención de Doce Miradas. No pongo el enlace porque a fecha de hoy se ha modificado el contenido y ya no es la misma noticia que leímos aquel día en El Correo. Se trataba de la primera noticia que se publicaba sobre el caso de un hombre que había arrojado a una niña por la ventana y herido de gravedad a la madre. La información contribuía a culpabilizar a la víctima. ¿Por qué? 1) La noticia decía “se agreden mutuamente”, en relación al agresor y a la madre de la niña. Aún se desconocían muchos datos, pero si alguien va a tirar a tu hija por la ventana, ¿no cabría hablar de defensa propia en lugar de equiparar a víctima y agresor con ese “se agreden mutuamente”? 2) En la noticia se dejaba caer que la mujer podría haber conocido a ese hombre esa noche y habérselo llevado a su casa. Esto culpabilizaba de nuevo a la mujer. ¿Era necesario señalar si la mujer conocía desde hacía tiempo o de una sola noche al agresor? ¿Eso cambia el hecho de que tiró a su niña por la ventana? ¿Se merecía que le ocurriese algo tan terrible por haber conocido a ese hombre recientemente? Esa es la sensación que quedaba tras leer la noticia. 3) Al agresor se le presentaba como un profesor de música sevillano. A la mujer solo se la identificaba como brasileña. Enseguida se conocieron más datos. La mujer había sorprendido al hombre abusando de la niña de año y medio. Según se informó más tarde, al verse sorprendido tiró a la niña por la ventana. Días después la niña murió. Hoy, día de la publicación de este post, 19 de abril, ha vuelto el caso a la actualidad. En la radio he escuchado ‘el profesor de saxofón’ y ‘la brasileña’. A mí me chirría.
  • Una empresa del Grupo Mondragón votará si readmite al imputado por grabar a mujeres en el baño. Las mujeres afectadas temen que la votación sea favorable a este hombre que, según la noticia, tiene influencias.
  • La descalificación machista del académico de la RAE, Félix de Azúa, hacia la alcaldesa Ada Colau: “es una mujer que debería estar vendiendo en un puesto de pescado”. No es un caso excepcional. Son varias las políticas que han recibido insultos machistas, sin importar el partido al que pertenezcan. Aquí puedes leer otros casos similares.

Esto es solo una pequeña muestra. Pero casi todos los días hay algo. Puede ser una barbaridad dicha por alguna personalidad pública, una serie, un programa de televisión, un anuncio publicitario… Todo contribuye a crear el caldo de cultivo. Es una suma que va conformando el sustrato de la desigualdad. En la medida en que permitimos que estas cosas sucedan y que, en muchos casos, queden sin consecuencias, nuestra atmósfera de convivencia en igualdad se va degradando. ¿No parece más probable que los casos de maltrato y los asesinatos se den en mayor medida en un ecosistema degradado? Creo que hay razones de sobra para concentrarse tras el asesinato de una mujer. Porque detrás del maltrato y del asesinato de mujeres hay muchos ‘qués’ y muchos ‘quiénes’ responsables.

Una pregunta para los hombres que deben leer también las mujeres

12/04/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

asun martínez ezketa perfilAsun Martinez Ezketa. Periodista, informática, fotógrafa, poeta… Inquieta. Aprendiz de todo y maestra de nada. Reinventándome cada día para seguir siendo esa otra.
Presupongo la buena voluntad de las personas. Creo en el Hombre. Es lo que suelo responder cuando me preguntan por mi religión. Por eso confío en que, si alguien ve una injusticia, inmediatamente se va a posicionar en contra y va a tratar de evitarla. Apuesto a que tú también. Apuesto a que estás radicalmente en contra de las desigualdades sociales, de la brecha entre ricos y pobres, de los abusos de poder. Incluso puede que te hayas movilizado contra ello. Agitando tus manos en alto en alguna plaza o gritando consignas en una manifestación. Crees, como yo, que podemos acabar juntos con lo que es injusto.
Con cosas más graves, eres aún más visceral. Te repugna la violencia y no entiendes que haya personas capaces de acabar con la vida de otro ser humano. Con lo bonita que es la vida, pese a todo. Quizá también te hayas manifestado contra el terrorismo, que, por desgracia, hemos sufrido muy de cerca en nuestra tierra.
Eres una persona comprometida, en contra de la injusticia y de la violencia. Activamente comprometida.
Las mujeres, la mitad de la población aproximadamente, vivimos en una situación permanente de desigualdad social: cobramos menos y nos cuesta más llegar a puestos de responsabilidad. La violencia es una realidad cotidiana. Maltratos, violaciones y muertes se suceden en las noticias.
Y tú, comprometido. Activamente comprometido. ¿Qué haces? Tratas bien a las mujeres que te rodean y dices orgulloso “yo soy feminista”. ¿Y qué más? ¿Ya está? ¿Ese es todo tu activismo para conseguir un cambio?
En mitad de esta inmovilidad, que ni si quiera es culpa tuya, es de todos como sociedad, no sufras, un grupo de mujeres ha enarbolado la bandera del feminismo y ha empezado a gritar que no hay más tiempo. Que nos morimos. Que nos matan. Que necesitamos cambiar, y cambiar ya. Que el sistema, por defecto, es opresor para con las mujeres y dota de derechos adquiridos a los hombres. Y esas mujeres les han pedido a esos hombres, a los hombres, que las entiendan, que las apoyen, que les dejen liderar un ascenso social y vital que deben hacer acompañadas pero solas. Porque el resto de la Historia la han escrito los hombres. Y esta vez nos toca. Haced espacio para que quepamos a vuestro lado.
El resto es Historia. Hombres que se sienten atacados. Otros que quieren liderar su propia lucha. Mujeres que se sienten cómodas en su papel de protegidas o que, sin haber dicho jamás una palabra en defensa de la mujer, ahora tienen muchas para defender a los hombres. Otras que radicalizan el mensaje…
Al fin, la pregunta es: hombre, si no te hubieran interpelado directamente, si no te hubiesen gritado “eres tan culpable como el resto, porque vosotros los hombres nos estáis matando a nosotras las mujeres, unos con un cuchillo, otros permitiendo que suceda, ¿estaríamos hablando de feminismo? ¿Estarías en una plaza levantando tus manos? ¿En una manifestación gritando consignas en favor de la igualdad de género?
Si nos es tan fácil ver que podemos y debemos hacer algo más para acabar con la desigualdad entre las clases ricas y pobres o el terrorismo, ¿a qué esperamos para hacerlo con la desigualdad de género? ¿Dejamos de defender estricatmente lo nuestro, lo que nos toca directamente, y nos ayudamos? Presupongo la buena voluntad de las personas. Creo en el Hombre. Y en la Mujer.
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Fotografía de Asun Martínez Ezketa

Un brindis por los 50.

05/04/2016 en Doce Miradas por Miren Martín

Tengo 50 años. En una pata. Y en la otra, también. 50 añitos que de repente han aparecido en mi vida sin que yo me haya dado cuenta. Me da la sensación de que estaban escondidos detrás de una esquina y de repente, una mañana aparecieron como diciendo ¡¡¡sorpresaaaaa!!! y me los tuve que comer todos-toditos, así, de una vez. Y por eso pensé que no los iba a llegar a digerir.

Y no es que yo haya ido por la vida como una bala (que a veces también) sino que no podía entender cómo para mí era casi antes de ayer cuando acababa COU y sin embargo, habían pasado 32 años. Cómo soy ya una madre de un chico de casi 22 y una chica de 17 a punto de acabar 2º de Bachillerato, a los que sigo tratando/cuidando y poniendo normas como si no hubieran llegado aún a la adolescencia porque me parecía que habían nacido no hace tanto. Cómo no sentía ninguna vergüenza en ponerme a correr si veía venir el tranvía a lo lejos, si ya tenía 50 años, es decir, la edad perfecta para no hacerlo. Cómo no tenía ningún problema en ponerme una minifalda o un pantalón pitillo, calzarme unos zapatos con plataforma, subirme a una bicicleta para ir al trabajo, hacerme un tatuaje (o dos), escuchar la música a tope en mi casa y bailar al son de ella como si no hubiera un mañana, darle un beso a mi chico en la calle si me apetecía, o unas cuantas cosas más que no voy a poner aquí porque no quiero parecer una loca. Y es que esas cosas, no las hace una señora de 50 años.

Estereotipos y otras maldades

lataanchoasA la vez estoy pensando que aunque es cierto que muchas veces he oído eso de “¿cincuenta? Pues no los aparentas. Qué bien te conservas…” (que me dan ganas de contestar que conservarse, conservarse, se conservan las anchoas en lata), la verdad es que no los aparento porque en la mente del personal, una señora de 50 años tiene que estar rellenita, con canas, dedicarse a hacer punto de cruz, llevar zapato plano y falda por debajo de la rodilla y tener una vida sosegada haciendo rosquillas para los suyos, mujer sufrida donde las haya, en este “valle de lágrimas”. Aceptando que la aparición y el uso generalizado del tinte para el pelo ha sido un logro (si no ya te iba a contar yo si los aparento o no los aparento), solo es decir la palabra mágica, 50, y ya tienes un rol asignado. Y voy a dar algunos ejemplos sin necesidad de hurgar mucho en el tiempo.

La semana pasada acompañé a mi pareja al médico. Diagnóstico, un catarro sin complicaciones pero con los típicos síntomas: fiebre, dolor de garganta, etc. etc. El doctor se dirigió a él todo el tiempo (lógicamente, él era el enfermo) pero cuál fue mi/nuestra sorpresa cuando tras prescribirle un ibuprofeno cada 8 horas, se dirige a mí y me dice “y si ves que no le hace efecto, le das un paracetamol cada cuatro”. A puntito estuve de montar un drama y preguntar con voz desgarrada aquello de “¿tan grave es, doctor? Dígame la verdad, por favorrrr”. Porque para que un simple catarro derive en una discapacidad psíquica o física de tal calibre que le impida a él mismo discernir si el ibuprofeno es suficiente y le incapacite para ir a la cocina a tomar un paracetamol, tiene que ser muy muy grave. Me mordí la lengua y callé. Estereotipo: mujer cuidadora.

Meses atrás asistí a un curso en el que hicimos un ejercicio de segmentación de públicos. Mi grupo decidió que el público objetivo era una mujer de 50 años. A la pregunta de ¿y cómo se entera del evento al que luego asistirá? yo contesté: “por Facebook” y una chica joven respondió sorprendida: “¿por Facebook? ¡Cómo se va a enterar por Facebook si tiene 50 años!”. Decidí morderme la lengua y admitir pulpo como animal de compañía pensando, claro, que mala segmentación de públicos vas a hacer tú por muy joven que seas si crees que las mujeres de 50 años no estamos en las redes sociales. Estereotipo: las mujeres de 50 años no podemos acceder a la información salvo escuchando el “parte” de las 2 y media o viendo el Sálvame.

Hace unos días, ante una reclamación que quería hacer, la chica que muy amablemente me estaba atendiendo (40 años, me dijo cuando se calzó las gafas de cerca), me indicó que había otra opción para hacer la queja: “¿te manejas bien por correo electrónico? Porque lo puedes hacer por ahí”. Le dije que bien porque para qué le iba a explicar a qué me dedico profesionalmente, pero no debí estar muy convincente porque me lo repitió de nuevo al cabo de un momento. Otra vez me mordí la lengua. A puntito estuve de decirle “me manejo no sé si mejor que tú, pero por supuesto, desde mucho antes que tú”. Estereotipo: 50 años, mujer que ya no se interesa por la formación porque tiene todo el pescado vendido.

Y que no se te ocurra ir al médico de turno. Ya puedes tener una gripe de caballo, que te duela una muñeca o que tengas un juanete o un tic en un ojo, que la pregunta cae: “¿cómo estás con el tema hormonal?” Y yo qué sé, señor mío, averígüelo usted que para eso es el médico. No me pregunta qué tal estoy de glóbulos rojos ¿verdad? Pues lo mismo lo mismo. Estereotipo: voy al médico sin tener nada porque en realidad lo que me pasa es que estoy menopaúsica y, por consiguiente, con las hormonas tan alteradas que me hacen estar como una auténtica cabra.

Claro, que a todo esto no ayuda el hecho de que el propio estado considere que una mujer de más de 45 años, cabeza de una familia monomarental en la que ella es es la única que trabaja, está en riesgo de exclusión social. Estereotipo: si no nos mantiene un tío, estamos perdidas.

Conclusión: que si hago caso a todo esto, no es que los 50 años me hayan caído como una losa, es que la losa me la ha puesto la sociedad encima . Una losa tejida de estereotipos que vaya usted a saber cuál es el que más pesa.

Pues va a ser que no

purepeople.com

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Ha pasado casi un año. Dentro de un mes y pico cumplo 51. En todos estos meses he observado, tengo que admitirlo, a mujeres un poco más mayores que yo, a ver qué tal “los llevaban”. He tenido varios puntos de inflexión: el momento en el que una conocida me dijo que no sabía por qué pero que desde que había cumplido los 50, se reía más; unas frases tremendas de Meryl Streep, que me dejaron con la boca abierta y que hicieron que me planteara algunas cosas de nuevo…

Mi madre siempre me dijo, desde que era pequeña, que tenía que estudiar porque eso me iba a permitir tener un buen trabajo que me iba a dar libertad, justo la que ella anhelaba y la vida no le quiso dar. Y yo me lo creí. Yo y todas las mujeres de mi generación y otras un poco más mayores que yo. Que nos íbamos a liberar porque íbamos a trabajar fuera de casa. ¡Ja! Cuántas veces he tenido que oír después aquello de “no sé si nos hemos liberado o nos hemos esclavizado”. Y es que, las que hoy tenemos 50 años, hemos sufrido la “liberación de la mujer”, como lo otro: en silencio. Nuestro destino era buscarnos un trabajo, casarnos y procrear. Queríamos ser iguales y considerábamos nuestro deber contribuir económicamente a la familia como lo habían hecho hasta ese momento únicamente los hombres. Y hasta ahí llegaban nuestras/sus ansias de igualdad. Porque luego nos enfrentamos con la realidad. Nosotras mismas queríamos ser mujeres trabajadoras pero eso sí, siendo a la vez unas excelentes amas de casa, perfectas esposas, madres amantísimas. Hoy se habla de compartir las tareas del hogar; entonces de que “nos” ayudaran en casa. Y con eso “nos” conformábamos. Que “nos” ayudaran a recoger la mesa y que de vez en cuando “nos” pasaran el aspirador. Que les pregunten a los hombres de 50 años que han vivido siempre en pareja, a ver cuántas veces han planchado. O han puesto una lavadora sin necesidad de que alguien (nosotras) se lo dijera. Cuando teníamos hijos, la mayor carga recaía en nosotras. Nadie hablaba de corresponsabilidad. Esa palabra creo que se inventó más tarde. De hecho yo no pensaba ni que existiera. Jamás oí hablar de ella. Así que ninguna de nosotras estaba tan loca como para plantearle a su marido que pidiera permiso en el trabajo para llevar al niño o a la niña al médico, ni para ir a hablar con sus profesoras o profesores. Eso era cosa exclusivamente nuestra. Adaptábamos nuestro horario al escolar para poder llevarlos y traerlos porque los padres solo lo hacían en el único caso de que les encajara. Y por ello, nuestro coche era el pequeño comprado de segunda mano. Y el machoman tenía el grande, el familiar, en el que viajaba él solito 2 de cada 7 días a la semana. Por supuesto, no éramos buenas madres si dejábamos a la prole en el comedor escolar. No estaba bien visto. Los deberes también nos pertenecían y dábamos las gracias cuando algunas noches “nos” bañaban a los niños. Y comprábamos los pisos cerca de nuestras madres para que ellas pudieran echarnos una mano, y la verdad es que muchas pagamos un alto precio emocional por ello, y atender a esas criaturas que dejábamos tan solas porque su padre trabajaba pero nosotras las abandonábamos.

solportero.com

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Éramos enfermeras, cocineras, costureras, limpiadoras, profesoras, economistas, transportistas, lavanderas y planchadoras. Y además, traíamos un sueldo al hogar dulce hogar. Nuestras reivindicaciones no salían en los periódicos. Se ahogaban en casa o en la queja colectiva con las amigas.

Y estábamos cansadas. Muy cansadas.

Quizás por todo eso la vida se nos pasó demasiado rápido. Quizás ahora lo que realmente me preocupa no es mirar para atrás y ver lo vivido y los años acumulados, sino que lo que verdaderamente me asusta es que lo que me queda aún por vivir (si todo va bien entre 30 y 40 años, no pienso vivir ni uno menos), se me pase de una forma tan fugaz como lo anterior porque entonces, no me habré enterado de prácticamente nada.

Por eso he decidido que después de haber analizado el pasado, no estoy dispuesta a vivir mi futuro según los cánones establecidos. Tengo 50 años y me lo puedo permitir, sobre todo, porque me lo he ganado. Por ello, 10 meses después de cumplir mi medio siglo, sigo riéndome a carcajada limpia, bailando en casa al son de la música que más me apetece, corriendo detrás del autobús hasta que a mi cuerpo le dé la gana hacerlo, subiéndome a unos tacones mientras que siga teniendo pies, cuidando cuando yo quiera cuidar, disfrutando de lo disfrutable, empezando a hacer deporte, moviéndome en las redes sociales como pez en el agua, formándome en mi trabajo, viajando, besando a mi chico en la calle cuando me apetece y siendo la más payasa de todas. Y sobre todo y ante todo… haciendo lo que me da la gana.

Así que… ¡un brindis por los 50!

 

30 años de aprendizaje

22/03/2016 en Miradas invitadas por Doce Miradas

SSI bubu B_N03En 30 años hemos pasado de cuidar personas mayores a ser empresarias cooperativistas. Del primer grupo de mujeres que buscaba un empleo digno, hemos logrado crear una realidad empresarial innovadora, que ha contribuido a definir el perfil profesional de una amplia gama de servicios, dignificando la actividad de cientos de mujeres. Nos gustaría compartir las principales lecciones de este apasionante viaje de tres décadas.

 

Este año celebramos el 30 aniversario de la constitución de nuestro proyecto, Grupo Servicios Sociales Integrados. Cada aniversario ha sido una alegría, porque el camino que emprendimos hace 30 años era incierto. Pero estos hitos, además, nos emplazan a mirar hacia atrás y ver cuánto de aquella identidad queda. En la fotografía de hoy se muestran realidades que ni tan siquiera imaginamos hace 30 años: ocupamos diferentes representaciones en órganos de gobernanza, somos agentes de la Red Vasca de Ciencia, Tecnología e Innovación, llevamos la secretaría de la Red Europea de Empleadores Familiares, y tenemos presencia en otros tantos sitios inimaginables en nuestros modestísimos inicios en la calle Lersundi nº 9 de Bilbao.

En 1983, el cuidado de personas mayores en el hogar estaba confiado a  mujeres, en su gran mayoría, en situación de exclusión social, adornadas por toda competencia por el sentido común y la necesidad imperiosa de trabajar. Los planes de emergencia social de la Diputación Foral de Bizkaia fueron el marco que facilitó esta diada recurrente en el tiempo: mujer-cuidados en el hogar. En este contexto nació la ayuda a domicilio en Bizkaia. Una situación de actividad más que precaria, casi marginal, que fue creciendo de forma poco coherente. En 1987, la Diputación Foral de Bizkaia, el Ayuntamiento de Bilbao y Cáritas Diocesanas decidieron ordenar lo que era ya una clara actividad social preocupados por las consecuencias de la altísima contratación de auxiliares en la que estaban incurriendo los municipios.

Nuestra historia comenzaba a escribirse de puño y letra, sobre todo, de Mª Luisa Mendizabal, alma mater de Servicios Sociales Integrados. Fue ella quien aceptó el reto de formar un empresa para la gestión del Servicio de Ayuda a Domicilio de Bilbao, y desde sus propios valores cooperativos adoptó esta forma jurídica para embarcarse en la difícil tarea de integrar en torno a un proyecto empresarial a 35 mujeres que no se conocían entre sí, pero que desempeñaban la misma actividad en hogares de Bilbao. Y comenzó a tejerse la red.

De un día para otro, estas trabajadoras amanecieron siendo empresarias, en una  actividad, además, que por no tener, no tenía ni definición. En los servicios de ayuda a domicilio las personas podían demandar tareas tales como pintar la casa, comprar el pan en festivos, reparar un inodoro, cocinar, pasear un perro… Los límites de esa actividad eran muy difusos.

Grupo_2Primer reto para las mujeres que asumieron la dirección de la cooperativa: construir una identidad propia. Para ello, contactaron con profesionales de diferentes disciplinas que llenaron de contenidos las tareas que se llevaban a cabo en el servicio de ayuda a domicilio, las ordenaron, priorizaron y estructuraron de forma cada vez más profesional; fue una época de enorme creatividad e innovación, y de grandes aprendizajes. Más tarde llegaron los diplomas de Gobierno Vasco, del INEM, pero la batalla de S.S.I. por dotar a la profesión de una formación reconocida tardó un poco más en llegar a su meta, y sólo muy o recientemente han entrado en vigor los Certificados de Profesionalidad. Mientras esto ocurría, la falta de normativa, no impidió a S.S.I. que fuse construyendo itinerarios formativos propios, y gracias a este trabajo de tantos años las mujeres trabajadoras (recordad: casi en situación de exclusión social y en el mejor de los casos en circunstancias enormemente precarias) se convirtieron en auxiliares de ayuda a domicilio. Por el camino, hemos aprendido la importancia de dignificar el trabajo, de hacerlo visible y profesionalizarlo, para que la sociedad sea capaz de valorar como es preciso su impacto y aportación.

Hay una lectura más interna en este proceso de formación de la que estamos especialmente orgullosas: el crecimiento personal de las mujeres. En efecto, hemos sido siempre conscientes de que nuestro desempeño profesional requiere formación, y esto implica, también, atender las necesidades propias de crecimiento de las mujeres que prestan estos servicios.  Cuando en este sector las cosas aún se hacían de otra forma, pusimos en la agenda cursos para cuidarse y crecer personalmente, conscientes de la difícil situación en la que algunas se encontraban. Ha sido un camino compartido con otras muchas profesionales, que nos acompañaron en esos procesos de empoderamiento personal. Y por último, y desde la exigencia de la toma decisiones como dueñas de su negocio, también se dotaron de conocimiento cooperativo y empresarial.

En los primeros dos años el grupo inicial se fue reforzando con la incorporación progresiva de otras mujeres; hasta 250 auxiliares de ayuda a domicilio se unieron a S.S.I.; completándose la plantilla con 500 trabajadoras en el año 1992. Y así en tan solo cinco años, S.S.I. pasó de ser un proyecto empresarial con una encomienda de regularización de la actividad, a convertirse en una robusta realidad empresarial, con una firme determinación de dignificar el trabajo de las mujeres, especialmente el trabajo en el hogar.

Los valores cooperativos fueron desplegados junto con otros que estas mujeres que ocuparon cargos en los órganos de decisión asumieron como propios:  creación de empleo, empoderamiento de la mujer, sostenibilidad ambiental, calidez, flexibilidad, reinversión de los beneficios, etc.. Y en este marco, se adoptaron medidas, hoy algunas superadas por la sociedad, pero ciertamente innovadoras hace treinta años: reducciones de jornadas laborales por cuidado de hijos e hijas, y padres y madres, la fijación de jornada completa en seis horas de trabajo, la exención de servicios de tarde para trabajadoras mayores de sesenta años, los anticipos salariales, etc..

La Ayuda a Domicilio (SAD) actual –servicio recogido en el Catálogo de Prestaciones y Servicios del Sistema Vasco de Servicios Sociales-, es una profesión que exige un certificado de profesionalidad específico para su ejercicio, y que tiene muy acotadas sus realizaciones. En un logro enorme al que hemos contribuido, dejando atrás los años de indefinición y falta de reconocimiento social. Hemos vivido como protagonistas el cambio social que ha experimentado nuestra sociedad, y hemos, modestamente, ayudado a que ocurra. Al igual que el perfil de persona mayor ha cambiado en estos años, también lo han hecho los hogares, los barrios, y la sociedad.

Mosaico final_2

En este viaje continuamos. Hoy S.S.I. se prepara para asumir los nuevos retos que se van a producir en el hogar: la mayor esperanza de vida, la cronicidad, las nuevas tecnologías, la e-salud, los cuidados integrados, etc.. Son transformaciones que nos motivan a seguir la senda de empoderamiento y profesionalización que emprendimos hace 30 años, ahora con unas condiciones diferentes, gracias a la experiencia y a todo lo que hemos aprendido. Contamos con  una unidad de I+D+i (Home Care LAb), y con un centro de generación de conocimiento (S.S.I. Training Center que trabajan en el diseño de las formaciones que han de acompañar la llegada de estos cambios en el ecosistema del domicilio.

Y sí: mirando hacia atrás nos reconocemos en los valores y en los motivos que impulsaron con fuerza el desarrollo de una actividad que ha permitido trabajar y, jubilarse, a mujeres con escaso horizonte laboral, en una profesión para nosotras llena de valor y significado.

Artículo escrito a cuatro manos, con la colaboración de Rosa Lavin, directora Económico Financiera de SSI y Presidenta de Koonfekop

Cuestión de convicción

15/03/2016 en Doce Miradas por Ana Erostarbe

Andaba yo pensando en escribir un post dedicado a mi hijo de 11 años, con reflexiones básicas para ayudarle a construir relaciones equilibradas con sus compañeras, cuando llega la campaña del 8 de Marzo del Instituto Vasco de la Mujer, Emakunde. Este año centrada en un tema tan nuclear como transversal: la Educación. Siempre presente cuando una se pone a pensar o a conversar sobre cómo cambiar las cosas de verdad.

Porque echando la vista atrás, soy fácilmente capaz de ver cómo hemos cambiado a la hora de enfrentar tantos y tantos mundos. Recuerdo, por ejemplo, la naturalidad con que tirábamos un chicle al suelo hace 30 años, sacábamos a pasear a nuestros perros sin correa ni bolsa hace 20, o vaciábamos el aceite por la fregadera hace 10. Con mucho tino, Pilar Kaltzada, Mirada compañera de este blog, suele decir que nuestra sociedad está llena de nuevos agentes medioambientales. Nos han enseñado. Y hemos aprendido.

Lo que me lleva a pensar, de modo un tanto pueril quizá, que cuando hay recursos para invertir en sensibilización, hay resultados. La sociedad corrige. La sociedad avanza. ¿Y qué hace falta entonces para que haya recursos?

Es sencillo. Hace falta convicción.

Porque, ¿de verdad queremos una sociedad sin la vergüenza de 57 mujeres asesinadas en un año? ¿En la que éstas no cobren un 19% menos de media? ¿En la que no asuman el 92% de los cuidados familiares? ¿Una sociedad en la que ellas, el 57,6% de las tituladas universitarias, compartan el liderazgo de los diferentes ámbitos y sectores, y no se queden relegadas a la incongruencia del 10% actual? ¿O en la que la que organizaciones como la que “representa” la Justicia se permitan no contar con una sola mujer?

Apertura del año judicial (2015-2016)

Apertura del año judicial (2015-2016)

¿Tenemos la convicción y el arrojo necesario para afrontar el trabajo que implica convertir en ganancia todo esto?

Entonces, parece lógico pensar que la apuesta definitiva deberá emplearse particularmente a fondo en tratar la raíz. Porque la desigualdad no es una gripe de siete días, sino una gripe mal curada que arrastramos desde el principio. Porque nacemos iguales y nos hacemos desiguales. Lo que me hace recordar aquel experimento que nos mostraba en este blog la también Mirada, Arantxa Sainz de Murieta, evidenciando que las palabras que escucha el mismo bebé —vestido de rosa o de azul— son cualquier cosa menos iguales. Y, sin embargo, seguimos diciendo aquello de “yo educo igual a mis hijas que a mis hijos”.

Yo no tengo hijas, pero honestamente y aún a pesar de mis gafas moradas, no me cuesta tanto imaginarme diciendo aquello de “no seas tan marimandona que no te conviene”, frente al “tienes madera de líder” que escucha mi pequeño jefe indio; “ve con cuidado”, frente al “pásalo bien”, o “qué bonita es mi princesa”, frente a “te las va a llevar de calle”… Argumentos semejantes a los que propone la campaña que mencionaba al comienzo.

Recordar en este sentido Ban Bossy, iniciativa de Sheryl Sandberg contra la palabra “marimandona”, por considerarla ejemplo simbólico de cómo se mina la confianza de las niñas con capacidad de liderazgo. Las sometemos a tal bombardeo que, finalmente, para evitar ser criticadas por su entorno, acaban rebajando el potencial de su perfil. En este breve vídeo incide en la importancia de no trivializar los mensajes que sistemáticamente desaniman a las niñas a levantar la voz.

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No obstante, la educación abarca océanos. Y aunque incluye desde la televisión o las redes sociales hasta los carteles del supermercado, también hay mucho que hacer y mejorar desde los propios centros escolares. Pero no a través de políticas aisladas e inconexas, sino con la guía y el apoyo de unas instituciones movilizadas de manera continuada, coherente y transversal. Instituciones y centros escolares convencidos. De otro modo, es ilusorio pensar que habrá quien deje su saturado día a día, para ocuparse de un sexismo que elegimos no ver ni evidenciar porque preferimos no aceptar.

¿Por qué no patios más unidos, mesas de comedor menos separadas? ¿Manualidades para el Día del Padre y de la Madre pensadas con espíritu de 2016? ¿Máximo cuidado al escoger disfraces de carnaval o referentes para las actividades de… ciencias sociales? ¿Por qué no extraescolares integradoras? ¿O mensajes y acciones específicas que empujen a las niñas a liderar, a tomar la palabra, a presentar en público? ¿Por qué no juntas directivas más igualitarias? ¿Talleres para profesorado y alumnado y actividades más allá del 8 de Marzo o mejor aún, una mirada transversal de género para cada actividad o acción escolar?

Y en lo que a madres y padres respecta, ¿no podríamos demandar activamente a los centros escolares que trabajen con visión renovada para educar en igualdad? ¿Levantar la voz cuando algo nos chirríe, apartando el temor a lo que puedan pensar y concentrándonos en lo que podemos conseguir? Porque nuestra demanda de un buen nivel de inglés o de manejo de las TIC es comprensible. Hablamos del futuro. Un día serán profesionales… Pero, sobre todo, un día serán personas. Y pocas cosas mejores que desear se me ocurren, que desear que sean personas preparadas para construir y avanzar hacia una sociedad que de verdad apueste por la igualdad.

Es cuestión de convicción.