Nuevas miradas

27/10/2015 en Miradas invitadas

Gorka Espiau

Gorka Espiau (@GEspiau). Mis hijos dicen que no saben a qué me dedico y yo tampoco lo tengo muy claro. Trabajo para The Young Foundation en proyectos de innovación social y formo parte del equipo de Agirre Lehendakaria Center. Estudié periodismo, pero hice mi máster y doctorado vital en Elkarri. Vivo entre Gatika y Londres.

 

Por lo que me comentan mis colegas, los mundos relacionados con el feminismo y la innovación social caminan por separado. Suena raro y contradictorio, pero por lo visto es lo que sucede en casi todo el planeta. La innovación social, entendida como el conjunto de organizaciones que impulsan nuevos procedimientos, productos y servicios que tratan de responder de forma novedosa a las actuales necesidades sociales parece que no considera la desigualdad entre hombres y mujeres como una prioridad. Y seguramente, debido a esta falta de respeto, las organizaciones feministas y la infinidad de actores que promueven la igualdad de género tampoco prestan demasiada atención a lo que la innovación social les puede aportar, o no saben como acceder a estos métodos. En principio toda iniciativa novedosa encaminada a la lucha contra la desigualdad de género debería ser considerada como una innovación social, pero no hemos conseguido que estos dos mundos se comuniquen de la forma adecuada. Mis compañeras del programa Gender Futures pueden aportar las evidencias que soportan estas afirmaciones.

Gender FuturesVoy a aprovechar estas líneas para tratar de explicar la potencialidad que tendría conectar estos dos mundos de forma mucho más positiva y estructurada. Y como no me considero un experto en ninguna de las dos materias, presentaré mis argumentos a través de una serie de acciones positivas concretas que permitan visualizar esta hipotética alianza.

La primera de estas idas nos lleva a Italia. En la actualidad existe allí una campaña bastante polémica para hacer frente a la desigualdad salarial entre hombres y mujeres. Llevamos décadas mostrando evidencias de que los hombres recibimos más salario por hacer el mismo trabajo y da la impresión de que no hay nada que hacer para cambiar esta situación. Para mayor escarnio, incluso nos permitimos tasarlo periódicamente. Se trata de entre un 15 y un 25% menos de salario, en función de los países y los sectores de actividad.

Pues bien, en Italia se ha puesto en marcha una campaña para que una serie de empresas puedan compensar esta barbaridad descontando un 15% a las mujeres que adquieran productos o servicios en sus establecimientos durante un periodo determinado. A primera vista resulta paternalista y no ofrece soluciones a las razones estructurales de esta desigualdad pero sus promotoras defienden su vocación principalmente educativa y de denuncia. En mi opinión, si esta iniciativa se limita proporcionar descuentos acabará convirtiéndose en una mera campaña de marketing que sería verdaderamente contraproducente pero también podría servir de plataforma para otras acciones que aborden las causas de la desigualdad. Como me sugiere Muriel Kahane, las mismas empresas que participan en la campaña podrían publicar su política de salarios o los criterios de composición de sus Consejos de administración y una serie de propuestas concretas para corregir las desigualdades que sin duda existirán.

Este tipo de planteamientos nos permite visualizar nuevas posibilidades para la acción colectiva si escalamos su lógica. ¿Qué pasaría si generalizásemos esta política a otros ámbitos de la vida? Imaginemos por ejemplo, que los servicios bancarios fueran entre un 15 y un 25% más baratos para las mujeres, el transporte, la educación o la vivienda. Llevando la argumentación al límite, ¿sería posible que decidiésemos pagar un 20% más de salario a todas las mujeres durante una década para compensar lo que han dejado de ingresar en el último siglo, o corregir la perdida de ingresos durante los periodos de maternidad? Pensémoslo por unos momentos, aunque para algunos sólo sea un ejercicio de provocación intelectual ¿es posible utilizar campañas que en principio se centran sólo en la denuncia para abordar las raíces estructurales de la desigualdad? ¿Es posible dar el paso de la innovación incremental a la disruptiva? Está claro que habría mujeres que cobrarían más en situaciones donde no habrían sufrido discriminación pero también garantizaríamos que muchas otras sí pudieran verse justamente remuneradas. El hecho es que la precaución por no discriminar a los hombres en la actualidad tiene como consecuencia que tengamos que aceptar la discriminación salarial de facto a la mayoría de mujeres.

Las opiniones contrarias a medidas de este tipo argumentarían que la ley no permite pagar más a una persona sólo por su condición sexual. Pero si hasta el momento hemos podido dotarnos de leyes especiales que permitan la acción positiva, también podríamos decidir colectivamente que la diferencia salarial es un problema de primera magnitud al que debemos responder de forma excepcional. Si aplaudimos la innovación disruptiva como un instrumento valido para abordar las causas estructurales de la desigualdad con soluciones que pueden disgustar a los actores tradicionales, también deberíamos buscar soluciones que se alejen de lo “políticamente correcto”. La innovación incremental no parece haber producido buenos resultados hasta el momento.

Otra idea disruptiva que puede ayudarnos a poner la innovación social al servicio de la igualdad de genero es conectar el rediseño de las estructuras organizativas con los bonos de impacto social (Social Impact Bonds). Estos bonos proporcionan financiación pública y privada a proyectos sociales en base al grado de cumplimiento que demuestran sobre los objetivos marcados. El más conocido es el proyecto que financiaba el trabajo de resocialización de presos en la cárcel de Peterborough en el Reino Unido. Cuantas menos personas reincidían en la comisión de delitos, más aumentaba el retorno sobre la inversión y se generaba más financiación para la implementación de estos programas.

La oportunidad de aplicar estos bonos a la igualdad entre mujeres y hombres estaría sustentada en la abrumadora evidencia de que las organizaciones sociales o empresariales que incorporan criterios reales y estructurales de igualdad en sus formas de funcionamiento obtienen mejores resultados sociales y económicos. En términos prácticos, fusionar estos mundos nos permitiría crear miles de proyectos de re-estructuración de organizaciones sociales y empresariales en base a criterios de igualdad de genero y financiarlos en base a la mejora de los resultados que sin duda se podrían tasar y cuantificar en la propia cuenta de explotación. Imaginemos por un momento qué podría pasar si Volkswagen, Iberdrola o el propio Gobierno Vasco decidieran contratar a las múltiples organizaciones y empresas especializadas en igualdad para rediseñar sus estructuras organizativas en base a nuevas estructuras y procedimientos que no se limitasen a medidas parciales o simplemente cosméticas. En base a la filosofía de los bonos de impacto social, estas organizaciones o consultorías especializadas en igualdad podrían desarrollar su trabajo sin costar nada a sus clientes y cobrar en base a los resultados obtenidos. Lo interesante no sería saber quien sería la primera organización en intentarlo sino quién se opondría a estos cambios si les garantizamos que no deberían hacer ninguna inversión económica. Si estamos convencidos de que estos cambios sistémicos proporcionarían esta mejora de resultados, deberíamos intentar demostrarlo a larga escala.

Por último, me gustaría mencionar otra idea que estamos intentando impulsar en el Reino Unido. En esta ocasión tiene que ver con la necesidad de responder de forma más efectiva a las personas que necesitan acceder a servicios de guardería. Los precios de estos servicios básicos en el Reino Unido son prohibitivos y como siempre, acaban afectando de forma negativa a más mujeres que a hombres.

La forma de aplicar proyectos de innovación social a esta problemática puede venir de la mano de las iniciativas de consumo ecológico. Lo que estamos haciendo es testar si grupos de personas que necesitan servicios de guardería se pueden conectar por zonas y barrios para realizar compras colectivas de productos ecológicos locales, destinando los beneficios de estas transacciones a cubrir parte del coste de las guarderías. Las cuentas pueden funcionar si hay un numero suficiente de personas que se comprometen a comprar la mayoría de sus alimentos semanales a través de productores locales. Estos productos pueden habitualmente resultar más caros y por lo tanto alejados del poder adquisitivo de muchas de las personas que necesitan guarderías pero la compra colectiva permitiría negociar precios en el mismo rango o por debajo de lo que ofrecen los supermercados tradicionales. En definitiva, se trata de transferir parte del beneficio de esas transacciones de los grandes centros comerciales a un objetivo social muy determinado. Estos grupos de consumo servirían también para explorar otros servicios asociados y compras colectivas que podrían perseguir el mismo objetivo: energía, seguros, servicios bancarios, etc. Y lo que es todavía más importante, estos grupos de consumo serían el espacio perfecto para abordar el debate y la acción sobre los roles que cada persona asume en la pareja, quien se encarga del cuidado de los hijos, el cuidado de la casa, etc.

Éstas son algunas ideas y ejemplos para fomentar el debate, pero estoy convencido de que surgirían otras más interesantes si nos pusiéramos a pensar colectivamente como las metodologías de innovación social pueden ser mejor integradas en la lucha contra la desigualdad de género. En ambos campos, cada vez se habla más de diseñar políticas públicas tomando como referencia el coste de no hacer nada. La desigualdad entre mujeres y hombres genera unos costes sociales y económicos tremendos que tenemos que asumir colectivamente. Nuevas aproximaciones más disruptivas podrían, además de atajar las raíces de estos problemas, ahorrar mucho dinero al conjunto de la sociedad.

Si la innovación social no incorpora la políticas de igualdad como una lente con la que diseñar y evaluar todas sus actuaciones, nunca podremos atajar las desigualdades que pretendemos abordar. Como dice mi hermana y muchas otras personas que se dedican a pensar en estas cosas con más rigor, se trata de proponer nuevos modelos y nuevas formas de hacer para facilitar el acceso de las mujeres a espacios cuyas normas y modelos han sido establecidos por los hombres. No se trata solo de que las mujeres puedan acceder a los espacios que en la actualidad ocupan los hombres, sino replantear las formas tradicionales de hacer en esos espacios con la incorporación de nuevas miradas.

Somos mujeres. Somos personas. Gente con sueños que imagina una sociedad diferente. Gente que reclama un espacio común para mujeres y hombres que sea más justo y equilibrado. Y después de mucho cavilar, somos doce mujeres con ganas de trabajar para lograrlo. ¿Quieres saber quiénes somos?.

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