Alisha y Soraya

13/10/2015 en Miradas invitadas

pedro gorospe Pedro Gorospe (@pedrogorospe). Nací en Pamplona en 1962. Empecé a escribir en un periódico –La Gaceta del Norte- en 1984 y desde entonces no he parado –Egin, Deia, Gaur Expres, El País-. Busqué perfiles como productor para el programa mosaico de Antxon Urrusolo, en la ETB, Rifi-Rafe. Estudié música y piano, me gusta la fotografía y el vuelo con motor, y acabo de presentar mi primer libro, El inconformismo de Koldo Saratxaga, en la Bussiness School de Deusto.

 

 

Alisha es capaz de sacarle chispas a un dólar al día. A cada céntimo le otorga un valor excepcional porque le permite visualizar un futuro en medio del caos. Vive en un barrio periférico de Anantapur, al sur de la India y allí, si eres mujer vales menos que una moneda de latón. La ayuda de otras mujeres que poco a poco van siendo conscientes de sus fortalezas, de sus derechos y de sus capacidades, anuladas durante siglos, está haciendo despertar su conciencia de género, y reivindicar en medio de miles de kilómetros de tierras yermas, su condición de ser diferente entre los seres humanos, pero con iguales derechos. El euro que gana su madre, es un clavo ardiendo al que se agarra con los dientes, la oportunidad para despegar hacia un futuro en el que todo está por cambiar y la posibilidad de lograr una formación que le catapulte a una vida en la que erguirse y mirar de tú a tú  a los hombres que diseñan su futuro para reclamar que ella, que ellas, tienen voz, proyectos de futuro y un modelo de sociedad menos discriminatorio.

Allí en Anantapur, Alisha contaba que cada vez que se miraba en el reflejo de un charco, en la puerta de su casa, —-registrada a nombre de su madre para evitar que su pareja le eche al quedarse embarazada—-, le costaba ver más allá de la carretera que partía su barriada en dos. Era el límite de su mundo. Varios céntimos después, de esos que se desprecian en el suelo de las grandes ciudades, puede escribir, y está orgullosa de atisbar mucho más allá de la carretera, hasta el destino imaginado de muchos de los vehículos que pasan si cesar día y noche por allí. Ahora entiende por qué su país, el mundo, las circunstancias, se vuelven mucho más difíciles si eres una mujer. Sabe que sus destrezas, su sensibilidad, su capacidad para entender y hacer justicia, e interpretar la realidad son superiores en muchos casos a los de los hombres, y que pueden competir en igualdad de condiciones cuando las cosas se tuercen y afloran la maldad o la sed de venganza.

A sus trece años sabe que las violaciones están a la orden del día en su entorno, pero ya no se conforma y mira con un odio adolescente cuando, con el resto de las mujeres de su distrito, se confabula para resistir y transformar esa realidad haciendo frente a un machismo milenario que usa la violencia de género para anular a un ejército superior en número y en creatividad, pero desunido y cuarteado por una historia, tradición, religiones y costumbres, todas ellas, escritas por los hombres.

A los 47, Soraya  no puede agacharse para coger el céntimo que los millones de Alishas del mundo necesitan. No puede. Pero tampoco se agacha cuando ve a su alrededor una injusticia. Al contrario, se levanta contra los abusos aun a costa de, como ha sucedido, quedarse sin una nómina con lo difícil y necesario que es el dinero en su vida. Lleva luchando desde que nació para conseguir ser autónoma, y cada vez amplía más su ámbito de formación, su ámbito de libertad, pero también  su ámbito de reivindicación. Y a medida que crece su independencia reduce el margen de tolerancia frente a esa falsa compasión que ve en algunas personas cuando sus miradas se cruzan frente  a frente. O cuando no lo hacen y lo desearía como la mujer que es y no el ser invisible que a veces parece.

Ella no ha sufrido agresión ni maltrato físico, pero sí la mentira cuando los empleadores se enfrentan a su realidad desconocida para ellos, y cuando, en el momento decisivo, tienen  que firmar su contrato o descartarla con excusas. Ella cree que pesa más la diversidad funcional, el apartarse del modelo estándar, que el hecho de ser mujer, pero a una discriminación se une la otra, como también lo es la sobreprotección cuando el mundo está desprotegido, o la gente se aprovecha de la baja autoestima de muchas personas con diversidad funcional que se sienten obligados a tener que demostrar más para mantener el empleo. Soraya se levanta cada mañana agradeciendo a los suyos la ayuda que le han prestado, el esfuerzo diario de su madre, y devuelve esa deuda con su compromiso social para romper las barreras de otras personas. Pone su actitud positiva y luchadora ante la vida al servicio de los demás. Nada de lagrimeo ni de falso pesar. Adelante. Desde su silla de ruedas se ríe de un mundo injusto y bromea cuando explica que la última oferta de trabajo que le hicieron fue de chapista de coches. Se pelea incluso con los grupos de  mujeres con los que colabora, porque a veces son poco sensibles a la eliminación de barreras. La joven que fue y la mujer que es, las dos, conocen perfectamente lo que son los techos y las paredes de cristal. Ella especialmente. Tiene una actitud de hierro, y una voluntad de acero, pero sus huesos también son de cristal.

Alisha y Soraya viven a miles de kilómetros de distancia, en un mundo radical y despiadado, pero para ambas maravilloso y atractivo. Si Alisha y Soraya se conocieran, probablemente, intimarían. Se contarían sus vidas, sus luchas y los resquicios por los que entra a fuego, solo de vez en cuando, la desesperanza, y se acaba la paciencia. Describirían los frentes en los que pelean cada minuto para avanzar centímetro a centímetro en todas y cada una de las tareas de sus vidas. Seguramente coincidirían en sus anhelos y en parte de sus sueños, en sus visiones del mundo, mediatizadas por una lucha permanente y constante, sin tregua, por lograr mínimos pero fundamentales avances en sus condiciones de vida, injustamente mucho más difíciles que las que tienen la mayoría de los seres humanos. Pero, seguro, que ambas concluirían que cualquier cosa menos tirar la toalla porque, pese a todo, tienen un motivo por el que luchar: su supervivencia y la reivindicación de igualdad de derechos como seres diferentes en un mundo que, como a miles de millones en todo el planeta, les penaliza por ser mujeres.

Pedro Gorospe_DoceMiradas

Somos mujeres. Somos personas. Gente con sueños que imagina una sociedad diferente. Gente que reclama un espacio común para mujeres y hombres que sea más justo y equilibrado. Y después de mucho cavilar, somos doce mujeres con ganas de trabajar para lograrlo. ¿Quieres saber quiénes somos?.