No tenemos prisa y mucho menos miedo

enero 22, 2019 en Doce Miradas

Hace dos días falleció Lolo Rico, una mujer pionera, la primera mujer que dirigió un programa en la televisión pública española, y ¡qué programa! Una mujer que marcó a una generación, la mía, porque si la verdadera patria es la infancia, mi patria no se entiende sin Lolo Rico. Nos hizo parte de un universo donde la creatividad, la libertad y el espíritu crítico estaban a nuestra disposición. Nos regaló frases que a muchas nos han acompañado siempre, una de ellas intento tenerla siempre muy presente: “Sóla no puedes, con amigas sí”.

Hace nueves meses empecé a formar parte de Doce Miradas, este colectivo de mujeres que llevan en su ADN la sororidad y que hacen de la frase de Lolo Rico una máxima en su día a día: “sola no puedes, con amigas sí”. Mujeres lucidas, reivindicativas, transformadoras, potentes, diversas, referentes en la lucha por la igualdad. Sí, una suerte la mía.

Al poco de incorporarme, celebramos los primeros cinco años de Doce Miradas. Aquel día era una recién llegada, una recién llegada privilegiada, pero recién llegada, al fin y al cabo. Hasta entonces había sido seguidora asidua de los artículos que aquí se publican y de sus contenidos en Twitter; había sido mirada invitada, pero no podía atribuirme los logros de un grupo de mujeres que venía trabajando para ofrecer un feminismo diverso con muchas miradas invitadas que apoyaban y contribuían a mostrar un universo femenino infinito y a conseguir una sociedad igualitaria.  Ampliar la mirada, ver más allá de lo que hasta ahora se nos había contado y mostrado, romper techos de cristal, construir nuevos relatos y llenarnos de referentes femeninos que existen desde hace años, incluso siglos, son algunas de las cosas que ha aportado Doce Miradas durante estos cinco años.

Durante la celebración del quinto aniversario, Mentxu Ramilo, quien también fue parte de Doce Miradas, me preguntó cómo veía al proyecto dentro de cinco años, esta fue mi respuesta: “Ojalá que dentro de cinco años Doce Miradas no exista, eso significará que la igualdad es real. Creo que está más cerca de su desaparición porque la igualdad es imparable, y este último año las mujeres y los hombres que nos acompañan lo hemos demostrado. Dentro de cinco años, Doce Miradas estará en proceso de desaparición porque en estos próximos cinco años lo que había que hacer ya se ha hecho”. Ahora lo leo y lo releo, y pienso, madre mía Eva, qué inocencia la tuya, te dejaste llevar por la ilusión del momento, la euforia de los cinco años y la sensación de que, por fin, la conquista de la igualdad era una realidad.

Claro que veníamos de un 8 de marzo abrumador, ilusionante, empujado por un ansia transformadora que iba sumando mujeres y más mujeres (y hombres, muchos hombres), según se acercaba el día. De repente nos encontramos con que nadie quería quedarse fuera de la foto, todo el mundo quería estar y quien no se sumaba tenía que explicar sus motivos haciendo verdaderos malabares con las palabras para justificar su ausencia.

El feminismo era tendencia, sumaba adeptas y adeptos con la fuerza de un ciclón y el espíritu de la igualdad soplaba en el aire: “Lo que no tuve para mí que sea para vosotras” “Manolo, hazte la cena solo” “Nos quitaron tanto que acabaron quitándonos el miedo” “No soy Siri, búscate la vida” “No somos princesas, somos dragonas” “Yo elijo cómo me visto y con quién me desvisto” “Sin nosotras se para el mundo” “Sin Hermione, Harry habría muerto en el primer libro” (una de mis preferidas) “Por las que fueron, por las que son, por las que serán, la igualdad es imparable” gritaban los carteles que inundaron calles y redes sociales.

“Sin Hermione, Harry habría muerto en el primer libro”

Pues bien, ocho meses después del quinto aniversario de Doce Miradas, ¡batacazo! Nos encontramos con que lo que hasta ayer era tendencia, mañana puede pasar a estar demodé. No, no quiero pecar ahora de pesimista y perder cualquier atisbo de rigor que os pueda despertar este post: de la exaltación a la depresión en un paso. Lo que sí reconozco es que “aquella ilusión del momento” se me ha bajado como la espuma. Se llama toma de conciencia, es abrir los ojos, es desprendernos otra vez de los que quieren frenar los avances de las mujeres, y es pensar en cómo hacer para seguir avanzando.

El momento es, cuanto menos, delicado. Delicado porque lo que vivimos en el último año para algunas y algunos puede haber sido una tendencia y las tendencias pierden adeptos y adeptas igual que los suman. Quienes se subieron al carro de la igualdad porque era lo que tocaba, ahora parecen estar más interesados en entorpecerlo diciendo que esto de la igualdad se nos está yendo de las manos y que bueno, que la desigualdad de género no será para tanto, que nos estamos pasando con nuestras demandas y que a este paso los hombres ya no van a saber cómo relacionarse con las mujeres.

Pero el momento también es delicado porque nos encontramos ante una más que posible reacción de quienes sienten la igualdad y el feminismo como una amenaza ante sus privilegios. Ya lo dijo Virginia Woolf en su libro, “Una habitación propia” al hablar del deseo de reafirmación irrefrenable que se produjo en Inglaterra tras la aprobación del sufragio femenino en 1918: “Cuando alguien se siente amenazado, aunque sea por un puñado de mujeres, ese alguien se venga de una manera un tanto excesiva”.

Sea como fuere y como de todo se aprende en esta vida, a “la Eva del quinto aniversario” para que no se venga muy arriba le digo: las cosas más valiosas de la vida a menudo se encuentran indefensas, por eso necesitan de gente que las proteja. Es tan valioso lo que nos traemos entre manos, son tan valiosos los avances que hemos conseguido, es tan importante que se incluya la perspectiva femenina en la gestión de tantas y tantas cosas, que el reto merece la mayor de las atenciones y el mejor de los cuidados, y si hay algo en lo que las mujeres nos hemos visto obligadas a ser expertas a lo largo de la historia es a cuidar: cuidar de los mayores, cuidar de nuestros hijos e hijas, cuidar del tío, la tía, la abuela y la vecina y el vecino que viven solos sin que a nadie más parezca importarle.

Así que, cuidaremos de las cuotas de igualdad que vayamos alcanzando, nos mantendremos alerta para que no haya pasos atrás y sí pasos hacia delante. Nos cuidaremos de los aprovechados, de las palabras interesadas, de los gestos vacíos. Parafraseando a Emmeline Pankhurst, una de las líderes del movimiento de las sufragistas británicas, “Deeds, not words” (hechos, no palabras), sólo nos fiaremos de los hechos y de los cambios concretos.

Sabemos que el machismo no entiende de ideologías ni de religiones, es estructural: es católico, laico, liberal, comunista, intelectual, femenino y masculino, por eso se cuela por todas partes y por eso cuesta tanto erradicarlo. La igualdad será imparable cuando más conscientes seamos de que nos va a costar tiempo lograrla, posiblemente nos lleve unos cuantos lustros. No tenemos prisa y mucho menos miedo de quienes intenten devolvernos a la casilla de salida.

Gaza, cuánto mar para tan poca libertad

enero 15, 2019 en Doce Miradas, Miradas invitadas

Natalia Quiroga (@natiquiro). Me gusta contar. Estudié periodismo pero en realidad quería ser terapeuta o psicóloga o arregladora; no me interesaba la actualidad, lo que me gustaba era intentar arreglar las historias de la gente. Como si colocando un adjetivo aquí y una exclamación allá, pudiese hacer desaparecer sus problemas (y ya de paso, también los míos). Tengo más de 12 años de experiencia en periodismo y comunicación digital dentro del sector de las ONG. Publico en distintos medios con la única motivación de compartir historias que me mueven. Con una de esas historias gané el Premio de Periodismo Joven contra la Violencia de Género. Sigo aprendiendo, quiero contarlo.

Era la tercera vez que intentaba entrar en Gaza. La primera fue en 2012, en un viaje con algunas de mis mejores amigas que, de alguna manera y por razones distintas, nos dio a todas un vuelco a la vida. Entonces no obtuvimos el permiso para entrar y empezamos a imaginarnos la franja como la cárcel que es.

 

A principios de 2017, con todos los papeles en regla, me quedé a las puertas del gigantesco control israelí (son ellos los que deciden quien entra y quien sale de Gaza) porque los objetivos de mi cámara precisaban un permiso especial que yo no había solicitado. Me lo explicó un soldado con un palillo en la boca y pocas ganas de escuchar mis explicaciones.

 

Volví a Palestina en mayo de 2018. Y por fin, a la tercera, logré entrar en Gaza. Qué ironía, yo feliz por poder entrar mientras que, ese mismo año, el gobierno israelí había denegado el permiso para salir a más de la mitad de las personas enfermas que lo habían solicitado. Muchas murieron y, entre ellas, Yara, una niña de cuatro años que necesitaba un marcapasos y a la que nunca le llegó el permiso israelí para salir de Gaza e ir al hospital de Jerusalén donde se lo iban a poner. Cada vez son más

 

Así es la realidad en la cárcel a cielo abierto más grande del mundo.

En Gaza, tuve la suerte de pasar la mayor parte del tiempo con las mujeres de la Unión Palestina de Comités de Mujeres (UPWC, en sus siglas en inglés). Taghreed Jomaa es la coordinadora de la organización que, junto a su equipo, trabaja con líderes comunitarias locales para detectar los problemas diarios a los que se enfrentan las mujeres gazatíes y poder, así, ofrecer un apoyo en sus necesidades. Sobra decir que las necesidades son enormes, cada vez más, y los medios para cubrirlos son mínimos, cada vez menos.

 

Más de once años de bloqueo absoluto (por tierra, mar y aire) han dejado sin aire a una población de cerca de dos millones de personas hacinadas en un espacio de 40 km de largo por 14 km de ancho. A un lado el mar y al otro una puerta cerrada. No pueden beber agua del grifo porque está contaminada y muchas veces, no pueden contar con más de cuatro horas de electricidad al día. Quien puede, se abastece con generador; para el resto, está el frío y la oscuridad en invierno y la comida sin nevera en verano. Las mujeres nos contaban que, este año (refiriéndose al 2018), estaba siendo el más duro.

 

Las mujeres, como en prácticamente todas los contextos de vulneración de derechos, sufren la peor parte. Al mismo tiempo que aumentan los casos de cáncer de mama, disminuyen los permisos de salida que Israel otorga a la población de Gaza. Sin acceso a muchos tratamientos dentro de la franja, la única solución que les queda es esperar una respuesta que muchas veces no llega.

 

Pero además de la violencia que supone el bloqueo y que se ha visto exacerbada por las tres grandes ofensivas del ejército israelí en los últimos once años (cientos de mujeres se quedaron viudas teniendo que afrontar el cuidado de sus familias en soledad), se suma el incremento de la violencia doméstica y de tendencias que prácticamente habían desaparecido en la cultura palestina. El matrimonio infantil, por ejemplo, del que la pobreza, la desesperación y la falta de libertad, sin ser las únicas razones, actúan como el mejor caldo de cultivo. O la imposición del velo: en el resto de Cisjordania o en Jerusalén Este, es habitual ver a mujeres palestinas con velo y sin velo más o menos a partes iguales; no seré yo la que señale este dato como un criterio de sumisión vs libertad, pero llama la atención que en Gaza sea tan difícil ver a mujeres sin velo. Taghreed me lo confirma: ni ella ni sus hijas lo llevan pero, como me explica, son ahora una minoría mientras que no era así antes del bloqueo.

 

Si la mujer en el mundo global sufre las consecuencias de una sociedad y una manera de dirigir el mundo esencialmente patriarcales, existen contextos, como Gaza y Cisjordania, donde el muro del patriarcado es doble. Como decía hace poco la periodista Isabel Pérez, corresponsal española en Gaza: “Las mujeres palestinas no pueden salir del patriarcado porque existe un bloqueo y una ocupación que lo alimentan brutalmente”.

 

Uno de los últimos días que estuvimos en Gaza (siempre acompañada de mi amiga Bárbara), Taghreed nos invitó a comer en su casa. Sentada en el sofá, sus tres hijas, de 13, 17 y 19 años, revoloteaban por el hogar enfrascada en los asuntos de su edad. Taghreed, que se ha pasado su vida entera luchando por los derechos como mujer y por los derechos como palestina, compartió una reflexión que se me quedó grabada: “Siempre creí que educar a mis hijas con una mentalidad abierta y con mucho sentido crítico era lo mejor, pero hoy me doy cuenta de que quizás nos equivocamos si de todos modos van a tener que vivir en un lugar del que no pueden salir”.

 

Frente al sofá en el que estábamos hablando, observo un cuadro con el retrato de la poeta, escritora y activista estadounidense, Maya Angelou, que parecía estar colocado allí para sostener el enorme peso de la reflexión que Taghreed nos acababa de compartir. Sobre el retrato, una frase de Maya me envolvió por unos segundos en un manto de sororidad, de empatía, de rabia o de resignación: “and still we rise”.

 

Gaza, cuánto mar para tan poca libertad.

 

Jugar para ser

enero 8, 2019 en Doce Miradas

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Arroz con leche,

me quiero casar

con una señorita de la capital

que sepa coser

que sepa bordar

que sepa abrir la puerta

para ir a pasear.

Canción infantil popular

 

 

Ama, aita, zenbat urtekin ezkonduko naiz? Bat, bi, hiru …

(Mamá, papá, ¿con cuántos añitos me voy a casar? Con uno, dos, tres..)

Canción para saltar a la comba

 

 

Dicen que el machismo se aprende a través de canciones y juegos de forma sutil e inocente. Los estudios demuestran que, irónicamente, hoy en día los juguetes están más separados según el género que hace 50 años. Y la sensación, al visitar la mayoría de jugueterías, es que, más que ante sutilezas, estamos ante un universo claramente dividido de forma binaria, identificable por colores y por tipos de juegos.

Estas propuestas de juego consisten básicamente en muñecas, cocinitas, maquillajes y abalorios para ellas; y coches, construcciones, superhéroes y dinosaurios para ellos. Mientras los juguetes de los niños están orientados a actividades como la conducción, la construcción, la práctica deportiva y la competición, los de las niñas se relacionan principalmente con el cuidado de bebés, limpieza del hogar, bailar y cantar… y estar guapas.

Además, la monocromía reina en las secciones para niñas. El rosa no es solo el color de las muñecas y los disfraces de princesa, sino también el de bicicletas, teléfonos, guitarras e incluso juegos hasta hace poco unisex. Con la rosificación de los juguetes y demás objetos, parece que se está indicando a las niñas que, para que puedan jugar con algún juguete, este debe ser rosa, blanco o morado y estar decorado con brillos, mariposas, flores y corazones.

Y ¿dónde están las niñas que montan en monopatín, juegan a las superheroínas o a ser científicas, o que se suben a los árboles?

Mil veces mejor que yo lo refleja Charlotte Benjamin, una niña de siete años que escribía hace unos años una carta a Lego, carta que enseguida se convertiría en un fenómeno viral. Decía así:

Queridos señores de la compañía Lego:

Me llamo Charlotte. Tengo siete años y me encantan los Legos, pero no me gusta que haya muchos Legos-niños y muy pocos Legos-niñas. Hoy he ido a una tienda y he visto los Legos en dos secciones: una rosa para niñas y una azul para niños. Todo lo que las Lego-niñas hacían era estar sentadas en casa, ir a la playa y comprar, y no tenían trabajos; pero los niños iban en busca de aventuras, trabajaban, salvaban personas, tenían trabajo e incluso nadaban entre tiburones. Quiero que hagan más Lego-niñas y las dejen ir en busca de aventuras y diversión, ¿ok?

 

Carta de Charlotte Benjamin, 7 años.

 

Hoy en día no aceptaríamos que hubiera una sección de juguetes para niños blancos y otra para niños negros y, seguramente, nos escandalizaríamos si existiera una sección de decoración para personas pelirrojas y otra para rubias. Y ¿qué pasaría si a una tienda se le ocurriera iniciar un pasillo para niños y niñas de nacionalidad colombiana y otro aparte para franceses? No aceptaríamos segregar los juegos, la decoración ni otros objetos para niños y niñas bajo ninguna otra categoría identitaria. Sin embargo, nos parece perfectamente natural clasificar rígidamente los intereses, deseos y aptitudes de las criaturas según su género.

La infancia la habitan personas únicas, creativas, libres y genuinas.  Y es a través de estereotipos de género como se empieza a deformar la visión que tienen del mundo. Y ellas y ellos se amoldan, porque básicamente lo que quieren es encajar en el mundo, sea estereotipado o no.  No entienden las consecuencias ni los límites que ello impone. Pero sienten la presión de sus iguales, los mensajes del marketing, los ejemplos de lo que ven en casa o la fuerza de la educación. Niños y niñas acaban perdiendo su esencia por tener que amoldarse a unos estereotipos que los envuelven incluso antes de nacer.

En general, y desde una perspectiva adultocéntrica, se le da muy poca importancia al juego y, sin embargo, es una actividad básica para el desarrollo integral de los niños y niñas y contribuye a su integración social. Jugando se aprenden y modelan las habilidades y valores fundamentales para la vida adulta y se produce toda una transmisión de construcciones sociales y culturales que es diferente en función de las capacidades que cada sociedad valora y necesita para sus futuras generaciones.

En este gesto cotidiano del juego se oculta y despliega la adquisición del rol de género que se espera de nosotras. Son mecanismos de transmisión cuya existencia nos recordaba Noemí Pastor en su publicación De cómo fui misógina y me convertí en feminista, al hilo de lo que desvelaba  la lectura de “A favor de las niñas”,  de Elena Gianini Belotti.  Y así, desde la base y también desde las altas esferas gubernamentales, tal y como mostraba hace unos días Damares Alves, ministra de la Mujer y la Familia de Bolsonaro, se construyen estereotipos que nos indican el tipo de hombre y de mujer que debemos ser.

Por eso es muy importante recordar que no existen juguetes para niños ni para niñas. Lo que hay son expectativas sociales sobre lo que los niños y las niñas deben y pueden hacer cuando sean adultos. Los juguetes reflejan y modelan, pero también pueden ampliar y transformar dichas expectativas. Hablando de expectativas, mi hija de seis años quiere ser escultora, alcaldesa, diseñadora de ropa y de ciudades, rapera y dentista y yo no quiero que en esta acomodación social a lo que se espera de ella salga perdiendo de semejante forma.

 

Dibujo de Martina, 6 años,  tras hablar del tema de esta publicación.

 

Las familias podemos hacer algo al respecto.  Somos el principal referente y agente socializador para nuestros niños y niñas y podemos educarlos en el feminismo para que sean ellas y ellos mismos y no tengan que encajar en un tipo de masculinidad y feminidad que la sociedad les impone y que quizá poco tiene que ver con su personalidad.

Podemos empezar a construir la igualdad desde lo cotidiano. Durante las tardes de juego, en la elección de sus juguetes, su ropa o en los colores de su habitación, leyendo cuentos y viendo películas que superen estos estereotipos, hablando de todo ello, ofreciendo referentes femeninos y, sobre todo y por encima de todo, dando ejemplo.

 

 

Podemos contribuir desde la inmensa posibilidad del juego a cambiar imaginarios y construir futuros y mundos posibles y esto no es un juego de niños. Por el contrario, es uno de los retos más grandes y complejos que afrontamos como sociedad.

Y tú ¿a qué vas a jugar este año?