Doce miradas a la ciudad

julio 26, 2016 en Doce Miradas

Doce Miradas participó con esta presentación en la jornada “Ciudades y retos globales”, organizada por la Cátedra Unesco, que se celebró en la Universidad de Deusto el 16 de junio de 2016.

 

Mirada número 1. Las mujeres y las casas

Edith Wharton, una deliciosa escritora neoyorquina nacida en 1862, escribió esto: “A veces pienso que la naturaleza de la mujer es como una casa con muchas habitaciones: está el recibidor de entrada por el que pasa todo el mundo para salir o entrar, el salón en el que una recibe a las visitas formales, la sala de estar donde los miembros de la familia vienen y van a su antojo… Pero más apartadas, mucho más apartadas, hay otras habitaciones cuyos picaportes nunca se hicieron girar para abrir sus puertas. Nadie conoce el camino para acceder a ellas, nadie sabe a dónde conducen.”

Y Virginia Woolf, otra fantástica escritora londinense, nacida veinte años más tarde, escribió aquello tan conocido de “si una mujer quiere dedicarse a escribir, debe tener dinero y una habitación propia”.

Las dos escritoras, Wharton y Woolf, identificaban mujeres y casas, dos elementos que tenemos fuertemente enlazados en nuestras mentes y en nuestros espíritus.

Me llega aquí un recuerdo de la infancia. Recuerdo a las señoras de mi barrio, que salían a la calle por las tardes, con el buen tiempo, y se sentaban a coser y a charlar, muy pegaditas a las puertas de las casas, mientras los hombres estaban fuera del barrio, en las fábricas o en las tabernas.

La ciudad ha sido algo históricamente ajeno a nosotras. Fijaos, si no, en las representaciones gráficas de la Antigua Roma o de la Antigua Grecia. ¿Quiénes poblaban el foro y el ágora? No eran mujeres, pues en aquel entonces ni siquiera éramos ciudadanas.

La ciudad ha sido algo construido y gobernado por hombres. Un territorio de otros, para nosotras a veces hostil.

jornada unesco

Mirada número 2. Las voces y las miradas de los hombres en la ciudad

Hay hombres que nos recuerdan constantemente que la ciudad es su territorio y no el nuestro. Hay hombres que se creen con derecho a imprecarnos, a decirnos cosas cuando caminamos solas, o con otras mujeres, por la ciudad. Nunca lo hacen si vamos con un hombre. Nos dicen si les parecemos guapas o no, como si necesitáramos su opinión o su aprobación. Y eso sucede en el mejor de los casos, porque en el peor, tenemos que oír cosas de muy mal gusto.

Eso lo hacen desconocidos. Los conocidos cultivan otra modalidad. A mí me gusta llevar gorros de lana en invierno y sombreros en verano. Y continuamente tengo que oir sus comentarios insidiosos, adornados de broma o burla.. Es una forma de decirme: controlamos tu aspecto; te hacemos saber cuál es la norma; te lo vamos a hacer saber quieras o no.

Muchas mujeres me han dicho que les encantaría llevar gorro o sombrero, pero no se atreven porque creen que es muy llamativo, que las miran demasiado cuando van por la calle.

Parece como si en la ciudad solo contaran los cuerpos de las mujeres. Porque se nos aparecen desnudos, falseados, estereotipados, en vallas publicitarias, en marquesinas, en quioscos.

Estos cuerpos nos dicen otra vez cómo tenemos que ser, cuánto tenemos que medir, qué apariencia debemos adoptar para merecer, de nuevo, la aprobación de los hombres.

 

Mirada número 3. Otra forma de mirar a la ciudad

Hay por lo menos dos maneras de mirar y concebir la ciudad.

La ciudad puede verse como un todo, desde lejos, como un plano de líneas rectas repleto de datos y cifras sobre equipamientos, transportes, conectividad o accesibilidad.

O puede mirarse de cerca y ver cómo esos elementos funcionan en las redes cotidianas. Puede pensarse la ciudad poniendo en el mismo plano, otorgando la misma importancia, al trabajo productivo y al reproductivo.

Los proyectos urbanos, las viviendas, los equipamientos (sus horarios, sus características, su ubicación) se siguen pensando como si continuara vigente la estereotípica división de roles masculinos y femeninos, como si todavía hoy en todos los hogares hubiera una persona, una mujer, exclusivamente dedicada al cuidado de menores, de dependientes o del propio hogar.

 

Mirada número 4. El transporte público

Voy a trabajar en transporte público: en metro, en tren o en bus. El transporte público es el reino de las mujeres, porque son abrumadora mayoría numérica. Por esta manía nuestra de contar, se nos hace evidente que muchas más mujeres que hombres utilizan el transporte público. Cuanto más descendemos en la escala socioeconómica, menos mujeres tienen coche propio. Las familias monomarentales no suelen tenerlo. Muchos sueldos femeninos no dan como para pagar seguros, garajes, carburante…

Invertir en transporte público es invertir en mujeres, en mejorar la vida de las mujeres.

Así y todo, aunque numéricamente nos imponemos, todavía hay detalles que nos recuerdan que ese tampoco es nuestro espacio. Como el famoso manspreading. Ya sabéis: esos señores que se despatarran (disculpadme el término un tanto vulgar; diré en mi defensa que lo recoge el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española). Lo que os decía: que se despatarran; abren excesivamente las piernas y ocupan en un asiento más espacio del que les corresponde. Si te sientas a su lado, te sientes obligada a ir retirándote hacia la esquinita para no rozar con su muslo, no vaya a ser que piensen yo qué sé qué.

A nosotras nos educan para ocupar el mínimo espacio posible, nos dicen que crucemos las las piernas, nada de despatarre, que bajemos la mirada; pues no hacerlo equivale a provocación. Nos hacen, en definitiva, responsables del comportamiento de los demás.

 

Mirada número 5. El transporte privado

Nuestras ciudades fueron pensadas para los vehículos, no para los peatones y peatonas (por cierto, es correcto decir “peatona”; también lo recoge el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española). Volviendo a las calzadas y a los vehículos, cuando alguna vez se acometen obras para ampliar las aceras, siempre hay alguien que clama y protesta porque se han perdido plazas de aparcamiento o se han estrechado los carriles.

Nosotras también conducimos. Y conducimos bien. Parece ser que incluso mejor que los hombres. Tenemos menos accidentes y menos multas. Así y todo, todavía debemos demostrar que somos conductoras válidas. Todavía nos tratan con un punto de sobreprotección, de paternalismo, cuando nos ven al volante. Y lo mismo sucede cuando montamos en bici, que te gritan consejos y recomendaciones que nunca le harían a otro hombre.

 

Mirada número 6. La exurbia

Un cierto modelo de ciudad tiende a colocar los equipamientos (centros comerciales, guarderías, colegios, residencias, polideportivos…) en las afueras; muy en las afueras; como dicen en América, en la exurbia; o,como dice una amiga, “en las afueras afuerísimas”.

Esto a veces supone que las calles del centro de la ciudad queden despobladas, sin vida. Y eso acrecienta el sentimiento de inseguridad.

Al mismo tiempo, eso hace cambiar los recorridos.

Los recorridos por la ciudad deberían ser útiles; no deberíamos perder el tiempo desplazándonos a equipamientos lejanos. Si en un recorrido cumplimos diversas tareas o funciones, aprovechamos el tiempo. Por el contrario, si cada funcivón, si cada tarea nos exige un recorrido distinto, perdemos el tiempo. Y a las mujeres no nos gusta perder el tiempo.

En una ciudad ideal los polideportivos estarían bien comunicados, para facilitar que todas las mujeres, las que tienen coche y las que no, practiquen deporte, porque el ejercicio físico nos proporciona enormes beneficios.

En una ciudad ideal las residencias de la tercera edad estarían bien comunicadas.

En una ciudad ideal, los centros de trabajo que emplean a mujeres estarían bien comunicados, porque en ocasiones el acceso al transporte es el acceso al empleo.

En una ciudad ideal haríamos muchas y variadas cosas en poco espacio y en poco tiempo.

Cuanto mayor es nuestra debilidad económica, mayor es la necesidad de servicios urbanos de proximidad.

 

Mirada número 7. Los bares y restaurantes

Salgo del trabajo a comer a mediodía y tengo para elegir restaurantes de hombres y restaurantes de mujeres.

En los de hombres hay paredes grises, fotografías en blanco y negro, sobriedad.

En los de mujeres hay flores, colores, toques decorativos que recuerdan a un hogar. Otra vez las casas y las mujeres; unidas de nuevo.

La distinción funciona. La clientela se reparte bien así. En los restaurantes de mujeres, raros serán los grupos de hombres solos, sin compañía femenina. En los de hombres, raramente verás a una mujer sola.

Hay mujeres que nunca entran solas a un restaurante. Cuando me cito con ellas, si llego un poco más tarde, me esperan en la puerta; no entran solas. Eso sucede por algo, porque hubo un tiempo en que las mujeres no entraban a las tabernas, si no era a trabajar, claro. Cuando yo era niña y salía de paseo con mi madre y con mi padre, si mi madre tenía sed, mi padre entraba en un bar y le sacaba un vaso de agua. Ella no entraba.

Los tiempo han cambiado, sí, por supuesto. Pero todavía tenemos memoria de aquellas prohibiciones; todavía queda un resto, un poso; todavía tenemos un punto de vulnerabilidad cuando estamos solas en un bar o en un restaurante.

Hemos incluido en las imágenes un fotograma de “Sexo en Nueva York” en el que aparece la protagonista, Carrie Bradshaw, sola en un restaurante. “Sexo en Nueva York” ha sido una teleserie muy denostada, se la ha calificado de frívola, de muy superficial, con sus tacones y sus modelitos de lujo, y se han obviado unos contenidos de género muy potentes sobre las formas de vida de las mujeres en la ciudad de Nueva York. Por ejemplo, esto de estar solas en los restaurantes aparecía en varios episodios y se decían cosas que todavía están en vigor.

 

Mirada número 8. Cosas que se hacen en público y cosas que no

Las cosas exclusivamente femeninas no se hacen en público. Maquillarse, dar de mamar, pasarle a una amiga una compresa o un tampón, son cosas que hacemos en privado, algunas incluso a escondidas. Casualmente son cosas que solo hacemos nosotras; no las hacen los hombres.

Y, al revés, los hombres pueden hacer cosas en público que nosotras no hacemos, como orinar. Pero no vamos a entrar en eso. Lo dejaremos para otra ocasión.

Pienso ahora en las viviendas y en los trabajos domésticos. En cosas que antes se hacían en público y ahora en privado. Como lavar la ropa. Mi abuela iba al lavadero. O al río. Aquello era muy duro, durísimo: había que permanecer a la intemperie incluso con mal tiempo, el agua estaba fría… Pero era un momento de compartir y de conversar con otras mujeres.

Pienso también en la tarea de tender la ropa. Cuando yo era niña había muchos más tendederos compartidos en las azoteas de los edificios, en los patios. Ahora esas tareas las hacemos cada cual en nuestra casa, de forma aislada.

Se me ocurre que quizás deberíamos repensar nuestras viviendas y hacer que labores que son privadas, como lavar o tender, sean un poco más públicas. No estoy pensando en el río, no, sino en espacios comunes para las lavadoras. Y en tendederos comunes, compartidos. Sería una forma de socializar, de crear más lugares de encuentro, de relación, de conversación, para mujeres y para hombres.

ciudadFotografía de Asun Martínez Ezketa (@esaotra)

 

Mirada número 9. Los cochecitos y las sillas de ruedas

Acabo mi trabajo y visito a mi madre, que vive en una residencia. En una residencia de ancianos, aunque el noventa por ciento de las personas residentes son ancianas. Las residencias de la tercera edad también son un reino de mujeres.

Mi madre anda más bien poquito, así que tengo que empujar su silla de ruedas. Y aquí de nuevo se me hace la ciudad hostil, pues debería tener más rebajes en las aceras, más rampas, mejores accesos a los comercios, a las cafeterías y a los servicios diversos.

La ciudad se me hace tan hostil que tengo que rediseñar otra ciudad dentro de la ciudad. Existe, así, un itinerario de sillas de ruedas y cochecitos, una red viaria interna. Quienes empujamos sabemos cuáles son los circuitos más cómodos, conocemos bien esa ruta oculta en la ciudad que solo está en la cabeza de las cuidadoras.

Porque las cuidadoras y las usuarias de sillas de ruedas somos en más de un ochenta por ciento mujeres.

Es curioso. Empujar artefactos con ruedas te hace ponerte unas gafas especiales y ves cosas que antes no veías. Ves, por ejemplo, una distancia entre el vagón de metro y el andén en la que nunca antes habías reparado. Habrías jurado que estaban juntos, que no había hueco, o que serían solo unos centímetros. Pero cuando tienes que hacer que una silla de ruedas pase por ahí, te parece un abismo, una sima, una grieta por la que crees que se va a despeñar tu madre y va a desaparecer para siempre, con silla y todo.

 

Mirada número 10. Pelotas y balones

Las plazas, las playas, los patios, los parques nos los encontramos a menudo ocupados por niños u hombres que juegan con pelotas y balones.

Marcan su territorio y nos expulsan de él, pues por el espacio donde circula un balón no te puedes adentrar. Si lo haces, te arriesgas al balonazo. Lo sabes.

Y esto puede suceder en cualquier paseo, en cualquier parque. De repente, en cuanto aparece un balón, ese pedacito del planeta por el que paseabas, donde te sentabas un ratito, deja de ser tuyo. Tienes que salir de ahí y alejarte, porque los balones llegan muy lejos; sus recorridos, sus idas y venidas, ocupan mucho sitio. Incluso aunque te sitúes un poco más allá o, por prudencia, otro poquito más allá, llegan a ti y no suelen llegar en plan amigable, sino agresivo, golpeante.

Viene aquí a cuento hablaros brevemente de un estudio realizado en Viena entre 1996 y 1997 para saber cómo usaban hombres y mujeres los parques públicos y sus espacios. Los resultados fueron sorprendentes porque descubrieron que a los nueve años descendía notablemente la presencia de las niñas en los parques, mientras que la de niños se mantenía. Las investigaciones demostraron que en estos aspectos las chicas eran menos asertivas que los niños y que si tuvieran que competir por el espacio, era muy probable que ganaran los chicos.

Entonces las personas responsables de planificar la ciudad pensaron en algún modo de corregir esta tendencia rediseñando los propios parques y en 1999 se pusieron manos a la obra. Rediseñaron dos parques con más senderos para caminar, añadieron campos de voleibol y bádminton, para permitir que hubiera actividades más variadas, no solo fútbol.

Además, las áreas más amplias se trabajaron con elementos de paisajismo y se dividieron en pequeños parquecitos (pocket parks, parques de poche, giardini tascabili) semicerrados.

Enseguida se notó el cambio: los grupos de niños y niñas se equilibraron.

 

Mirada número 11. El miedo

Seguimos con los estudios. En 2007 en Gran Bretaña, un estudio sobre la inseguridad de las mujeres en las ciudades nos vino a confirmar lo que más o menos ya todas sabíamos.

Preguntaron la las mujeres británicas qué les daba miedo y ellas contestaron que los lugares oscuros, los poco iluminados; los lugares donde hay grupos de jóvenes, donde solo hay hombres, donde se consume alcohol y drogas; donde hay vandalismo; donde es fácil que nos perdamos y donde hay perros.

Nada nuevo, ¿verdad? A veces creemos que nuestros miedos son personales e intransferibles, que solo nos afectan a nosotras, que es algo psicológico. Y entonces leemos los resultados de un estudio británico y ahí están nuestros miedos compartidos, convertidos en asunto social. Nuestros miedos existen por algo que no es un trastorno personal ni aislado.

 

Mirada número 12. La apropiación. La ciudad hecha nuestra

Las mujeres estamos a gusto en la ciudad cuando la ciudad responde a la diversidad de las necesidades de las mujeres. Porque las mujeres somos diversas; no somos una minoría, sino la mitad de la población.

Así y todo, sabemos que las necesidades son mayores para las mujeres con personas dependientes a su cargo, para las cabezas de familia, para las ancianas y para las migrantes. Sabemos, porque en las ciudades se hace evidente, que existe la feminización de la pobreza. Y que la feminización de la pobreza trae consigo, en muchos casos, la pobreza infantil.

Las mujeres estamos a gusto en la ciudad cuando habitamos lugares donde hay gente diversa, de todas las edades, donde hay más mujeres, donde hay niñas y niños. Donde hay aceras amplias, no solo para circular, sino también para detenerse a charlar, a cultivar las relaciones.

Una forma simbólica de hacer la ciudad nuestra es que aparezcamos representadas en las señales, con siluetas también femeninas. Esas señales dicen algo, por eso son señales, tienen significado; nos envían un mensaje que nos dice que ese espacio es un poco más nuestro.

Otra hermosa forma de hacer la ciudad más nuestra es que los nombres de las calles, los parques y las plazas lleven nombre de mujer. Nombres de mujeres, por ejemplo, que hicieron algo por otras mujeres.

Recuerdo una pequeña plaza en un pueblecito de una de las islas del archipiélago de las Azores. Era una placita blanca, soleada, luminosa, con vistas al océano. Llevaba el nombre de una comadrona, una partera que había ayudado y asistido a muchas mujeres. Supuse que aquella señora habría asisitido y conocido a abuelas, a madres, a hijas, a nietas… Y al revés, que todas esas mujeres la habrían conocido y le tendrían aprecio, porque había traído al mundo a sus familias.

Imaginé a aquella señora, a aquella profesional, allá sentada, tras una jornada imprevisible de trabajo. Mirando al océano para descansar el ánimo y la vista. Y pensé que era un sitio magnífico para sentirse en paz.

Con ese mismo deseo para todas vosotras y vosotros, gracias por vuestra atención y gracias por vuestra mirada.

Nos despedimos con una pregunta: ¿serían diferentes las ciudades si las diseñaran las mujeres?

 

¿Sociedad enferma?

julio 19, 2016 en Doce Miradas

titulares

Ilustración: Leonor Martínez de La Serna

Llevaba días tratando de elegir el tema para este post y me debatía entre algunos de los muchos y graves problemas que afectan a las mujeres. De hecho, resulta absolutamente desolador escuchar cada día la radio, leer los periódicos, ver la televisión y comprobar la cantidad de malas, malísimas noticias que hay en torno a las mujeres. Cada día hay un capítulo del esperpento. Cada día una noticia peor. En todas las direcciones, desde todas las direcciones. Tengo la sensación de que vamos de mal en peor. Ya se han cumplido tres años desde que lanzamos a la red este blog, Doce Miradas, y de un tiempo a esta parte tengo la profunda impresión de que la situación de la mujer en general, lejos de mejorar, empeora. Tres años publicando, denunciando y cuestionando y comprobamos, con desolación, cada vez que nos reunimos, que queda mucho trabajo por delante. Así que, rodeada por algunas de las últimas noticias, por las voces que desde la radio me acompañan a diario, por los datos de siempre que tantas veces hemos repetido, les invito a una profunda reflexión sobre la sociedad en la que vivimos.

Vidas robadas

Esta es la cara más terrible del padecimiento de las mujeres: que siguen siendo asesinadas. Y no parece que se produzcan grandes reacciones por parte de la sociedad. Parece que estemos anestesiados, acostumbrados, resignados. Se incrementan los casos de asesinatos machistas, insoportables ya para esta sociedad, que dejan familias destrozadas, niños y niñas huérfanos, impactados por la violencia de sus progenitores, cuando no son ellos mismos asesinados. Niños degollados por su padre, para vengarse de su exesposa, niñas que presencian el acuchillamiento de su madre. Decenas de mujeres asesinadas en lo que va de año. Los datos tampoco coinciden, porque hay muchos casos bajo investigación. Para algunos medios, serían 25 las mujeres asesinadas. En feminicidio.net realizan un exhaustivo registro de las mujeres asesinadas por hombres. Vidas destrozadas, reventadas. “No son un número, ni pura estadística”, como dice Carles Francino en La Ventana. “Ni siquiera solo un nombre. Las suyas son vidas robadas”. Una sección que llega a la radio cada vez que una mujer es asesinada.

Mujeres agredidas

citasociedadenfermaLos últimos sanfermines nos dejaron un reguero de agresiones sexuales, de violaciones y de denuncias. Hombres que agreden a mujeres, hombres jóvenes que agreden a mujeres jóvenes. Espeluznante. ¿Cómo es posible que esto siga ocurriendo? Estos chicos, estos hombres, ¿no aprendieron nada? ¿No aprendieron en sus escuelas el respeto hacia sus compañeras? En sus hogares, en sus familias, ¿de qué se hablaba? ¿En qué momento se les ocurre agredir de esta forma a una mujer? ¿Qué pasa por sus cabezas? ¿No tienen hermanas, amigas, novias? ¿Qué significa la mujer para ellos? ¿No sienten? ¿No hay ninguno de ellos capaz de parar la agresión? ¿No hay ninguno capaz de detener la violación? Y además, tienen la desvergüenza de grabar la agresión. Algo grave le está pasando a esta sociedad. Como dijo Pedro Blanco, “qué asco dais”.

Siempre bajo el mismo techo

edificioYa hemos comprobado que el techo de cristal es opaco, de un material duro, contundente, indestructible. Un informe realizado por Eada e Icsa Grupo sobre diferencias salariales y cuota de presencia femenina señalaba que el porcentaje de mujeres en cargos directivos ha caído con la crisis del 19,5 % en 2008 al 11,8 % en 2016. Y, por supuesto, la brecha salarial por género no ha hecho más que aumentar. Hay muchos detractores de las cuotas, pero estos datos son demoledores y, como nos contaba Miren Gutiérrez en su post “En favor de las cuotas”, éstas implican logros más rápidos. Todos preferiríamos que no existieran, por supuesto. Pero los hechos son tozudos y los datos más. Para conseguir avances rápidos se requieren medidas extraordinarias; de lo contrario, tardaremos muchos años en llegar a la igualdad real. Algunas de nosotras no la veremos, pero nos gustaría saber que contribuimos a dejar un mejor legado. Como afirmaba la periodista Milagros Pérez Oliva, el progreso de las mujeres directivas es como el del cangrejo, idéntico.

Mujeres acomplejadas

Supongo que habrán leído la ya famosa carta “Querida chica del bañador verde”. Tan emotiva como real, tan sincera como elocuente. Las playas y piscinas están llenas de chicas como la del bañador verde. Chicas que se tapan, que ocultan su cuerpo, que se avergüenzan. Chicas que no pueden disfrutar de una tranquila tarde en la playa. Se despiertan ya con el qué me pongo hasta convertirse en un verdadero quebradero de cabeza. Aunque estas son las valientes, las que van a la playa, sin duda alguna. Porque luego están las chicas del bañador verde que no salen de casa, que no se atreven a dar el paso, que prefieren no pasar el trago de levantarse de la toalla para llegar hasta la orilla. Y no tienen ellas la culpa, por supuesto que no. Aquí estamos toda la sociedad en su conjunto al servicio de su complejo, de su baja autoestima. Con marquesinas de autobuses que lucen chicas en bikinis imposibles, con anuncios de televisión que bombardean los sentidos: cuerpos que pasean las rebajas por la orilla, cremas mágicas que quitan las arrugas a modelos que no tienen más de dieciocho años, anuncios de cosméticos que anuncian que “tu piel no tiene que reflejar tu edad”. Inventando un mundo irreal. Un incesante bombardeo, contra el que queda muy poca defensa. Un desastre para todos, porque aunque lo sea especialmente para las mujeres, las fatales consecuencias de ese perseguido universo de la perfección alcanzan a todos.

Celebraciones de segunda

Foto: Fernando Domingo

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Tampoco pudieron celebrar las jugadoras del Athletic femenino su título de Liga como lo hubieran celebrado sus compañeros del primer equipo. Las jugadoras se quedaron sin gabarra. A pesar de que muchas voces se alzaron desde todos los ámbitos para que el club sacara la gabarra y se celebrase ese gran título por la ría de Bilbao, finalmente alguien decidió que no merecían la misma celebración. No debe de ser lo mismo que ganen la Liga los hombres a que la ganen las mujeres. ¡Qué difícil es comprenderlo! Imposible explicarlo. ¡Qué oportunidad perdida! A pesar de que el Alcalde de Bilbao aseguró que el Athletic femenino se merecía “exactamente los mismos honores” que el equipo masculino, no pudo ser. Habría sido extraordinario poder contar al mundo, desde su capital, que hay una sociedad en la que se celebran igual los triunfos de hombres y mujeres. Habría sido perfecto. Una lástima.

El desamparo de una niña

Y para terminar este repaso, quiero dedicar unas últimas líneas al desamparo de María, la niña madrileña de nueve años que llevaba dos sufriendo abusos por parte de su padre, y a quien nadie creyó. Ni psicólogos, ni terapeutas, ni peritos, ni jueces. Como decía Pepa Bueno, a esta niña la asistió todo el sistema y todo el sistema le falló. Menos su madre y su grabadora.

Y la pregunta es, ¿nos estamos adaptando a una sociedad enferma?

En la parte positiva, se acaba de hacer entrega de cuatro becas Soledad Cazorla. Isabel es el nombre de la primera joven que la consigue para completar sus estudios. Su padre mató a su madre cuando ella era adolescente y ahora la familia de la ex fiscal contra la violencia machista le concede esta beca junto con la Fundación Mujeres para que pueda terminar su ciclo de FP.

Ya vemos que hay una parte de la sociedad que también responde. Aquí está el trabajo de muchas asociaciones e iniciativas como Doce Miradas: nos sentimos necesarias y pedimos el apoyo de los hombres y mujeres de bien para detectar, denunciar, impedir, concienciar, sanar a esta sociedad y reconstruirla para todos y todas.

 

Nota: Antes de terminar este post el pasado domingo, llegaba de nueva la noticia de una mujer asesinada presuntamente por su pareja en Aranda de Duero. Una nueva vida robada.

 

En favor de las cuotas

julio 12, 2016 en Miradas invitadas

mirengutierrez2Soy directora del Programa Experto “Análisis, investigación y comunicación de datos” de la universidad de Deusto. He sido periodista dos décadas y tenido la suerte de dirigir equipos. Como directora editorial de la agencia de noticias Internacional inter Press Service fundé el Gender Wire, un intento de cubrir el mundo con una perspectiva de género. Desde entonces, he tratado de insertar esta perspectiva allá donde he trabajado, incluidos Greenpeace, Index on Censorship y Overseas Development Institute, explorando las zonas de intersección entre asuntos relacionados con derechos humanos, medioambiente y género. Miren Gutiérrez, @gutierrezmiren.

 

Si alguien me hubiera dicho, cuando era joven, que había encontrado trabajo como parte de una cuota, habría renunciado inmediatamente. Entonces pensaba que la mayoría de las mujeres competían por los puestos de trabajo en igualdad de condiciones que los hombres. Con el tiempo, me di cuenta de que esto no es así y he llegado a la conclusión de que una de las formas para corregirlo es recurrir a las cuotas.

Escribo este post motivada por el sorprendente descubrimiento de que algunas jóvenes que acuden a mis clases en la universidad siguen pensando como pensaba yo, a pesar de la abrumadora realidad. Es decir, las más de dos décadas que me separan de ellas no han bastado para cambiar las opiniones.

Cuando les he preguntado por qué, la respuesta suele ser la misma: los puestos, en política o en la empresa, deberían ser ocupados por los mejores (y aquí uso el masculino para ser fiel a la respuesta). Cuando pregunto si en un país de 48 millones de habitantes con acceso (por ahora) a la educación pública no está garantizado que se puedan encontrar personas cualificadas de cualquier sexo para casi cualquier posición, entonces no obtengo respuestas claras.

En ese tipo de respuestas no se tiene en cuenta que, en un grupo de personas con las mismas aptitudes, se minimizarán sistemáticamente las de las candidatas frente a las de los candidatos. Porque el problema es que las mujeres no tienen igual acceso al poder en todo el mundo con mayor o menor grado. ¿Cómo se explica, si no, que seamos mayoría en las universidades en muchos países y minoría en comités de dirección y gobiernos?

Uno de los sectores que he estudiado con más atención son los medios de comunicación. Un vistazo a cómo cubren las noticias explica muchas cosas, porque todo está conectado. La imperante “ideología patriarcal”, como la llama Laura Freixas, y la “lógica de género”, en palabras de Monika Djerf-Pierre, hacen que hombres en posición de poder (editores) confíen sobre todo en otros hombres (redactores) que hablan con otros hombres (fuentes de información) sobre los temas importantes (economía, política y deportes). Los datos confirman este círculo vicioso año tras año. El informe el Instituto Europeo para la Igualdad de Género 2013 concluye que en el sector público de los medios, las mujeres solo ocupan el 22% de las posiciones de decisión en la Europa de los 27, y que en el público esto se reduce al 12%. Por otro lado, globalmente, el nivel de participación de las mujeres en los parlamentos es solo del 23%, de acuerdo con Quota Project. No voy a agobiar con más estadísticas porque estas proporciones se repiten con deprimente testarudez en cualquier área de poder.

Pero no es aceptable que el liderazgo político, económico y mediático sea predominantemente masculino, y menos que queden muchas décadas todavía para que esto cambie. Según Phumzile Mlambo-Ngcuka, directora ejecutiva de UN Women, llevará unos cincuenta años llegar a la igualdad de género solo en la esfera política. Esperar mano sobre mano a que esto cambie no es una opción. Por eso las cuotas son tan importantes.

Las cuotas empleadas en parlamentos, por ejemplo, garantizan que represente realmente a la población, y no solo a la mitad, y proporcionan una legitimidad de la que muchos parlamentos carecen. La experiencia de Bélgica, cuenta la senadora Güter Turan en una columna de opinión, es interesante: legislación pertinente ha hecho que se pase de un 16% a un 41%  de representación femenina en 2014. Esta legislación requiere, por ejemplo, no sólo que las listas electorales sean equilibradas, sino que los dos primeros nombres pertenezcan a personas de distinto sexo para evitar la habitual concentración de candidatas al final de las listas, haciéndolas  inelegibles.

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La siguiente asignatura pendiente, dice la senadora, son las cuotas en el terreno económico “para garantizar que a las mujeres no se les sigue negando el acceso a las posiciones de gestión a causa de su género”. Europa tiene normativa que determina que las empresas grandes que cotizan deben alcanzar el 40% de participación femenina en sus consejos. La media actual es de un 25%, de acuerdo con un estudio de 2016 de la organización European Women on Boards. En comparación, Italia, Holanda, Reino Unido, Alemania, España –la segunda por la cola— y Suiza tienen niveles inferiores a la media.

¿Por qué son importantes las cuotas? Aunque no son el único factor (Suecia y Finlandia, con altas cotas de participación, no las tienen), las cuotas implican rápidos logros. Por ejemplo, su introducción en los consejos de dirección de Italia, Bélgica, Francia y Alemania llevaron a bruscas mejoras.

En países donde el acceso a la educación es, además, un problema para las mujeres, la cosa se complica. Pero en lo que se refiere a la política para mí está claro: las elecciones giran en torno a la representación, no en torno al expediente académico. Y si no se abren las puertas a la experiencia en la toma de decisiones, en muchos lugares las mujeres nunca tendrán la oportunidad de participar plenamente y ser ciudadanas con derechos plenos.

¿Deben las cuotas perpetuarse en el tiempo? Por supuesto que no. Cuando las barreras a la igualdad desaparezcan, es decir, cuando los indicadores revelen un acceso equitativo a educación, salud, tiempo libre, salarios y poder económico y político, y una distribución equitativa de las responsabilidades domésticas y no domésticas, entonces sabremos que no las necesitamos más.

Femvertising

julio 5, 2016 en Doce Miradas

Desde que salió el anuncio “empoderante” de Pavofrío he visto ya tres o cuatro más del estilo (Dove, Bodyform,  y mi favorito National Lottery) y cada semana parece que sale alguno nuevo. Uno a uno son analizados, llevados al molino feminista de la palabra, por robarle la metáfora a Foucault. En efecto, debemos hacerlo y no vamos a parar. Pero aquí no hablaré del mensaje sino del método.

Hace ya tiempo que la industria del marketing descubrió la llave dorada para abrir las carteras de las mujeres, y este, y no otro, es el único motivo tras el fenómeno bautizado como Femvertising: la combinación de feminism y advertising (publicidad). Dove, fue una de las primeras en abrir la espita.  Su “meta-anuncio” sobre los daños que su propia industria de la belleza produce es ya famoso:

Sin necesidad de pronunciar la “maldita” palabra ‘feminista’, y a veces ni siquiera la palabra ‘mujer’, las marcas han adoptado diversas estrategias para dirigirse a su target, las mujeres (utilizo ‘mujer’ como categoría política, no biológica, ni mucho menos de identidad), escogiendo a su antojo y de manera inconexa, conceptos, palabras, claves, símbolos, incluso reivindicaciones del feminismo. Algunas perlas del “menú” de Pavofrío: “Sigo sin pareja estable y me la resbala sobre base de arándanos”, “Crocanti de no me caso porque no me da la gana”, “Soy directora general mundial y madre con reducción de jornada laboral” o “No pienso tener hijos y qué, sin ralladura de ningún tipo.”

Ya, pero todas sabemos que Pavofrío es para hacer dieta y por lo visto solo lo consumen mujeres.

Entonces, ¿es bueno? ¿Es malo? Para el feminismo, quiero decir, que es por lo que estamos aquí (y de paso para que la igualdad emancipe a todas la personas). Como mínimo prefiero comprar a quien no me ofenda con su misoginia habitual. Si de paso me reafirman, aunque sea tibiamente, de manera imperfecta, o tangencialmente en alguna de mis reivindicaciones, ni tan mal. Si además algunas temáticas feministas se van incorporando a la conversación mainstream, aunque sea diluidas y envueltas en papel cuché, me empieza a valer. Es triste, sí, que premiemos la no-misoginia, pero cuando esa es la línea base de la que partimos, las marcas lo tienen fácil.

En primer lugar, reconozcamos que esta improbable combinación de feminismo y marketing nunca será pura. La histórica interacción entre patriarcado y capitalismo, las bases sociales y materiales de la desigualdad de género, es obvia. Ambos sistemas están predicados sobre el trabajo gratuito, infrapagado e infravalorado de la mitad de la especie humana. Estos hermanos gemelos están programados para reinventarse siglo tras siglo para asegurar su persistencia. No bajaremos la guardia, pues sabemos que a menudo se disfrazan para seducirnos como lobos con piel de cordero, lo que Ana de Miguel llama Neoliberalimso sexual. La publicidad, hija del capitalismo, no va a hacer el trabajo del feminismo llevando nuestro mensaje, y menos sin un incentivo. El incentivo es nuestro dinero.

Irónicamente, es la inescapable economía de mercado la que obliga al femvertising. Por primera vez en 2014 se presentó este “descubrimiento” en Advertising Week, la célebre feria anual de la industria publicitaria en Nueva York. La consultoría SheKnows presentó los resultados de su último estudio, entre los que destacan:

  • El 91% de lan encuestadas cree que la manera en que se retrata a las mujeres en publicidad tiene un impacto directo en la autoestima de las niñas.
  • El 71% respondieron que las marcas tienen la responsabilidad de promocionar mensajes positivos hacia mujeres y niñas
  • El 94% cree que retratar a mujeres como símbolos sexuales en anuncios es dañino.

Según proliferan estas campañas, empiezan a marcar el nivel que esperamos de las marcas, si éstas pretenden merecer nuestro negocio. Las que desciendan de nivel serán rechazadas. El temido backlash feminista, o latigazo en forma de contracampaña, se puede montar en cuestión de momentos y extenderse con velocidad por redes sociales, reproducirse en blogs y saltar a prensa y telediarios en poco tiempo, como pasó con Coca-Cola, Playstation, o Victoria’s Secret, amén de las vías institucionales de denuncia. Hipercor tardó dos días en pedir disculpas públicamente y retirar de sus tiendas su línea de ropa de bebé estampada con frases como “Inteligente como papá” y “Bonita con mamá”. La reacción popular de grupos feministas, sindicatos y partidos políticos hizo que EITB cancelara su reality “Cuadrilla busca cita”, tras la emisión de solamente un programa.

Así que algunas marcas han pasado a tomar una nueva estrategia para destacarse en el contexto actual, resultando en una táctica de doble filo: mientras menos sexista resulte su mensaje más rechazo provocará el de los competidores. Algunas marcan notoriamente machistas están cambiando de melodía: compara esto con esto. Es una ventaja y queremos ver más.

Parece obvio que para vender a mujeres lo primero sería no alienarlas. ¿Es que nunca se habían escuchado las opiniones de las mujeres? ¿O es que éstas opiniones han cambiado gracias al avance del feminismo? La respuesta probablemente sea afirmativa a las dos. Las opiniones de las mujeres y su creciente poder económico están influyendo.

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Las reivindicaciones, las ideas, las imágenes, están allí. Es la primera sílaba de fem + vertising. Sería naif olvidarnos de la segunda sílaba. Si en el diseño de alguna de estas campañas se han colado unas marketingeras feministas, celebremos pues, por improbable que sea. Si aún están dominadas por estructuras masculinas, celebremos que empiecen incorporar nuestro mensaje aunque sea a medias, a trompicones. Si hay un espíritu de feminismo aleteando por los departamentos de creatividad publicitaria diluyendo pastillas de teoría feminista en los cafés, creámonos esta fantasía por un momento. Si estas campañas son el resultado de investigaciones de campo sobre lo que realmente preocupa a las mujeres, alegrémonos de que por fin se estén interpretando los datos a través de lentes violetas, aunque sea para vendernos una lavadora. No pidamos una profundidad teórica a la “tele” que no nos puede dar. Esa no es su función. Para eso estamos nosotras, para seguir empujando. Consolidemos estas pequeñas victorias, que llegarán mucho más lejos en la consciencia de la sociedad que muchos libros escondidos en bibliotecas.

Critiquemos pues, analicemos pues, presionemos pues, para que el nivel continúe subiendo y que no nos vendan gato por liebre. Os dejo con una sugerencia sencilla de implementar en casa:

Seguramente conozcáis el test de Bechdel para llamar la atención sobre el sexismo en el cine. Pues hay varias pruebas de este tipo, con nombres a cual más estrambótico. Está la “Sexy Lamp test” (lámpara sexy), también para el cine, que dice que si puedes sustituir a un personaje por una lámpara sexy sin que cambie la historia, debes volver a escribirla. El test Vito Russo,  analiza la representación de personajes LGBTQ en el cine. En 2015 salió el Sphinx test para corregir el sexismo en el teatro. La prueba Finkbeiner reta a periodistas que escriben sobre mujeres en ciencia a no mencionar explícitamente su sexo, sus hijos, si tiene o no marido, y la ocupación de este etc. Como casualmente tengo un apellido sonoro á la Finkbeiner, llegado a mí por via patriarcal, propongo el Werckmeister Test:

  1. ¿La acción perpetua los estereotipos tradicionales de género y/o sexualidad?
  2. ¿Las mujeres que aparecen solo existen en relación a quien cuidan (madres, novias, esposas, abuelas, etc) y/o en posición de inferioridad o dependencia?
  3. Los cuerpos de las mujeres representan ideales imposibles, artificialmente “creados” y/o cumplen el papel de objeto decorativo reflectante sexual (sexy lamp)?

Con cada respuesta negativa el anuncio mejora en la escala Werckmeister de sexismo en la publicidad y obtiene un punto. Apuesto que el noventytantos porciento de lo que veais en una noche no consigue ni un punto. Así que con resignación habrá que decir que un poco más de femvertising, aunque imperfecto, no nos vendrá mal. Hala, a practicar un ratito.