Sobre la desnaturalización de los estereotipos de género y otras cuestiones

septiembre 29, 2015 en Miradas invitadas

Los cambios realizados se perderán si abres otra página.¿Seguro que quieres abandonar esta página?María Silvestre (@_mariasilca). Según dice mi perfil de twitter: socióloga, feminista y ciudadana. Son tres palabras que me definen en lo profesional, lo vital y en lo esencial. Soy profesora en la Universidad de Deusto, me gusta enseñar, investigar, aprender, escribir, leer y conversar.

 

 

Hace tiempo que les debía a mis admiradas Doce Miradas, una “mirada invitada”, y me pongo a escribir la mañana del 27 de septiembre, cuando por el rabillo del ojo ando pendiente de lo que ocurre en mi querida Catalunya. Bien podría comentar algo sobre soberanías agraviadas, discursos políticos vacuos y ciudadanías ilusionadas, desengañadas y maltrechas. Pero esta mañana, tal y como me comprometí, voy a centrar mi reflexión en comentar los resultados de un estudio del Centro Reina Sofía dados a conocer por “InfoLibre”.

 

Este tuit fue escrito el pasado 11 de septiembre… de nuevo Catalunya… Tengo la sensación de estar recibiendo “señales” para que escriba de otra cosa… pero voy a resistirme.

Los datos del citado estudio hablaban de un control recíproco en la pareja a través del móvil y de limitar las relaciones sociales del ser “amado/a”, hablaban de un discurso de igualdad teñido de estereotipos de género y de determinismo biológico. Vayamos por partes:

¿Por qué necesito controlar si amo?

Chicas (63%) y chicos (59%), según el estudio, controlan el móvil de su pareja. Al controlar el móvil pretenden controlar el “estado” del otro (con quién habla, de qué habla, dónde ha estado, cuál es la última foto que ha subido a Instagram…). El afán de control es un afán de posesión aprendido del mito del amor romántico que cosifica a los amantes y los transforma en poseídos/poseedores que deben defender la exclusividad de su propiedad a través de los celos, que no se entienden como una manifestación patológica de la relación ni como una falta de confianza en la pareja, sino como una manifestación de un amor exclusivo y excluyente.

Otra cuestión distinta, que no aclara el estudio, es qué uso dan chicos y chicas a ese control del móvil. Me temo que dado que la necesidad de control nace de la idea equivocada de que amar es poseer, la forma y uso de dicho control se manifestará de forma distinta en chicas y chicos, puesto que ese “amor romántico” si bien nos posee y nos hace poseedores, define muy bien los roles de género y convierte al chico en el poseído/poseedor activo (controla para imponer y castigar) y a la chica en la poseída/poseedora pasiva (controla para conocer y sufrir). Puesto que no está recogido en el informe, lo planteo como hipótesis.

Creo que es importante insistir en la pervivencia de la violencia que algunos hombres ejercen sobre las mujeres como una violencia específica, identificada, verificada y de carácter estructural, con raíces en el patriarcado y en la todavía vigente desigualdad entre mujeres y hombres. Desigualdad y violencia que persisten a pesar de que las chicas controlen el móvil de sus novios.

maria silvestre postNo me importa por qué soy diferente

Perviven los estereotipos sexistas y muchos de estos estereotipos se alimentan del determinismo biológico, camuflado a veces en los hallazgos de la neuropsicología, tratando de naturalizar las diferencias y, con ello, las desigualdades. Al margen de que discrepo de cualquier manifestación determinista (sea biológica, genética, neuropsicológica o histórica), no creo que sea un argumento legítimo para negar la reivindicación feminista de la igualdad. No me importa la razón por la que soy como soy, lo que me importa es que el hecho de ser mujer (diferencia) no se construya como desigualdad (discriminación, maltrato, violencia.) Que perviva el discurso del determinismo biológico como matiz condicionante del discurso de la igualdad, sí me preocupa. Es como si aceptáramos un gran “pero” en la vindicación de la igualdad. Y no hay peros que valgan… Por cierto… ¿cómo va lo de Catalunya?

 

El Test

septiembre 22, 2015 en Doce Miradas

Después de los acontecimientos que nos ha traído este verano, andaba yo pensando estos días en qué somos y en qué no somos. En lo que nos define por aquello que hacemos y en lo que nos cataloga por lo que dejamos de hacer. Y me he dado cuenta de que nos falta coherencia, mucha coherencia, entre lo que hacemos, lo que decimos y, fundamentalmente, lo que sentimos de verdad. Y nos falta esa coherencia no solo como sociedad sino también como individuos.

Así que para aclarar al menos mis dudas, no sé ya si las vuestras, me gustaría que hicierais el test que os propongo a continuación. Para ello, os voy a pedir algún favor y algún que otro permiso. En lo que a favores se refiere os demando tres: el primero, que leáis el post hasta el final. El segundo, que me permitáis responder en vuestro lugar estableciendo un diálogo ficticio. El tercero os lo solicitaré más adelante.

Este test intentará averiguar si sois o no sois personas racistas, entendiendo como tal a aquellas que consideran que los individuos tienen diferentes derechos y libertades en función de su raza. Con el fin de hacerlo más fácil, solo os preguntaré sobre vuestras actitudes hacia las personas blancas y hacia las personas negras. Así que, vamos a por ello.

El decálogo

  1. ¿Crees que las personas blancas y las negras tienen los mismos derechos, libertades y obligaciones? “Por supuesto”, me responderás. “Estamos en pleno siglo XXI”.
  2. Si tú tuvieras que hacer una selección de personal en tu empresa ¿a quién contratarías antes? ¿A una persona blanca o a una negra? “Bueno”, me dirías, “esto también está claro. Yo la contrataría en función de su curriculum, de su experiencia y de su profesionalidad. Me daría igual que fuera blanca o negra”.
  3. ¿Y quién crees que faltaría más al trabajo? “A ver, a ver. Aquí la bolita de cristal no la tiene nadie”, me contestarías. “Pues dependerá de quién se ponga más veces enferma, de qué circunstancias le pasen en la vida ¿no?”
  4. Y a la hora de hacer ascenderla, de darle un puesto relevante ¿a quién primarías? ¿A la blanca o a la negra? “Me estoy empezando a enfadar con tus preguntas. Ni que yo fuera racista. Pues evidentemente a quien más se lo mereciera”. Ya, pero insisto. Igual mirarías un poco sus circunstancias familiares ¿no? Por ejemplo. En el caso de que ambas tuvieran el mismo número de hijos ¿ascenderías a la blanca o a la negra? “Pero ¡qué tendrá que ver! Pues a quien más se lo merezca. ¿A mí qué me importa el número de hijos que tenga?” Sí pero ¿a quién le pagarías un sueldo mayor? ¿A la blanca o a la negra? “¿Por el mismo trabajo? Pues su retribución debería ser la misma. Vamos, es de cajón”.
  5. ¿Y quién crees que ejercerá mejor las labores directivas? ¿La persona blanca o la persona negra? “Ahora sí que me estoy enfadando. El liderazgo, la capacidad de toma de decisiones no tiene que ver con la raza. Eso depende de cada persona”.
  6. Vale, vale, no te enfades. Cambio de ámbito. Imagínate que haya un producto que solo consumieran las personas blancas (no sé, piensa en algún tipo de maquillaje, determinadas cremas solares… ). ¿Aprobarías anuncios publicitarios en los que salieran personas negras prácticamente desnudas para anunciar los productos que consumen las blancas? “¡Por favor! ¡Pues claro que no!… De todas formas, me estás haciendo unas preguntas demasiado evidentes ¿no? Cualquiera te respondería a todo esto exactamente igual que lo estoy haciendo yo, salvo que sea muy racista”.
  7. ¿Crees que los medios de comunicación deberían emitir o publicar esa publicidad? “Pues esto también es evidente. Sería poco decente ¿no? Admitir publicidad racista por el mero hecho de que proporciona dinero”.
  8. ¿Te quedarías de brazos cruzados si supieras que hay fiestas en algunas localidades en las que no se permite a las personas negras hacer lo mismo que a las blancas? “No. Claro que no.”
  9. ¿O si hubiera locales en los que solo está permitido que estén personas blancas? ¿O en los que solo pagan por entrar las personas blancas y donde las negras entran gratis porque sirven como reclamo? “¿Todavía hay de eso? ¡No me lo puedo creer!”
  10. Supongo que, como casi todo el mundo, tendrás algún perfil en Facebook o en Twitter. ¿Compartirías o retuitearías vídeos, comentarios, chistes zafios que hagan comentarios que denigren a las personas negras? “No. Evidentemente no”.

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Hasta aquí el test. Ahora, os voy a pedir el tercer favor del que hablaba al principio. Volved a hacer el test cambiando algunas palabras: persona blanca por hombre y persona negra por mujer; racismo y racista  por machismo y por machista; y raza por género. Y si el resultado que te da el segundo test es diferente al primero, háztelo mirar.

Coherencia

¿Evidente verdad? Claro. El post se publica en Doce Miradas. Pues si es tan evidente, lo que no entiendo es por qué no es evidente.

Cuando reivindicas el feminismo, cuando dices que eres feminista, todavía hay mucha gente que te pregunta el por qué. La primera cosa que se te ocurre decirle es si sabe qué es el feminismo. Feminismo es creer en la igualdad de derechos y libertades de mujeres y hombres. No le busques más definiciones.

Las y los feministas somos personas que creemos en ello y que luchamos para erradicar los comportamientos machistas. Entonces, si es tan evidente ¿por qué tengo que defender en pleno siglo XXI que soy feminista? ¿Por qué tengo que explicarlo? ?¿Por qué a tantos hombres y a tantas mujeres, creyendo en la igualdad, les cuesta decir que son feministas? ¿Por qué le es tan fácil a la sociedad descubrir comportamientos racistas pero le cuesta tanto identificar los machistas? Si son tan evidentes las respuestas al test en lo relativo al racismo ¿por qué se toleran esos comportamientos sexistas? ¿Por qué tengo que denunciar día a día comportamientos machistas que a veces no se ven, otros se obvian y muchas veces se fomentan? ¿Por qué cuando los denuncio tengo que soportar caras de superioridad, de ironía, de cachondeo? ¿Por qué no levantamos la mano para decir que “eso es machismo”? ¿Por qué a veces da vergüenza, otras reparo?

Captura de pantalla 2015-09-20 a las 18.16.23Si es tan evidente, y me voy ahora a los resultados de las preguntas del test, ¿por qué hay tantas personas que consideran que hombres y mujeres no tenemos los mismos derechos? ¿Por qué se contrata antes a un hombre que a una mujer porque esta última igual un día tiene hijos, como si la sociedad se perpetuase de forma hermafrodita? ¿Por qué afecta tanto a la hora de trabajar pensar en las bajas maternales cuando la ley permite que éstas puedan ser disfrutadas tanto por las madres como por los padres? ¿Por qué se considera que las mujeres perdemos más horas de trabajo que los hombres si tenemos hijos? ¿No es la responsabilidad de los hijos compartida? ¿Por qué hay tan pocas mujeres en puestos directivos y se sigue creyendo por parte de muchos (y muchas) que las mujeres son malas jefas? ¿Por qué aceptamos aún ver en la televisión y en prensa escrita u oír en la radio anuncios con la más pura esencia sexista? ¿Por qué todavía tenemos que aceptar que en fiestas, como en las de Hondarribia, las mujeres tengan que desfilar escoltadas escuchando insultos porque de lo contrario son escupidas y zarandeadas? ¿Por qué entramos mujeres y hombres en locales de moda donde nosotras no pagamos porque somos el cebo y ellos entran abonando su entrada? ¿Por qué compartimos y retuiteamos esos chistes puramente machistas que se ven tantas y tantas veces en las redes sociales? Y sobre todo ¿por qué no nos damos cuenta de que reproducir comportamientos machistas conduce a una sociedad en los que los hombres tienen realmente muchos más derechos y libertades que las mujeres?

Responsabilidad

Durante el pasado mes de agosto, doce mujeres fueron asesinadas por sus parejas o ex-parejas, a golpes, atropelladas, rociadas con gasolina. En lo que va de año, el balance se eleva a 51 mujeres. Y a ello hay que sumar el número de mujeres y sus hijos e hijas que son maltratadas a diario en este país. Cuando se producen esos momentos trágicos es cuando nos echamos las manos a la cabeza y decimos que esto tiene que acabar. Y echamos la culpa a la sociedad. Pero nos olvidamos de que la sociedad la componemos los individuos y que, por lo tanto, todos y todas tenemos nuestra parte de responsabilidad, y de culpabilidad, cuando se produce una muerte causada por violencia de género. Desde las madres y los padres que no educan en igualdad hasta los colegios que reproducen pautas de comportamientos machistas. Desde los medios de comunicación que, ni saben tratar en la mayoría de las ocasiones las noticias sobre estos temas (siguen hablando de mujeres que “mueren”)  y a los que no les molesta para nada la publicidad sexista y lo machismos que se dan, en muchísimas ocasiones, en sus tertulias y en sus programas estrella, hasta los espectadores que consumen estos programas. Desde el juez que no emite la orden de alejamiento que debería dictar hasta las personas que se creen que una simple orden de alejamiento evita que un maltratador llegue a convertirse en un asesino. Desde el político que no ofrece medidas eficaces contra la violencia de género porque no se la toma en serio hasta la persona que los vota. Desde el que crea un meme en Twitter hasta el simple que lo retuitea.

Coherencia y responsabilidad. Símplemente eso. Coherencia y responsabilidad. Permitidme una última pregunta: ¿es que lo evidente no lo es tanto?

Las familias monomarentales, una realidad invisible

septiembre 15, 2015 en Miradas invitadas

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Eva Silván Miracle (@evasilmi). Politóloga (antes de que se pusiese de moda). Especializada en Cooperación al Desarrollo. Activista de DERECHOS HUMANOS en mayúsculas. Los defiendo todos, pero me decanto por unos: los derechos de la infancia. Me gustan las palabras y su significado. Adicta a muchas cosas, a veces corro.

En la cocina hay un mantel a cuadros desteñido por el tiempo, un tiempo que pasa despacio desde que Maite se quedó sola al cuidado de sus dos hijos. Sobre el mantel, dos vasos de leche manchados ligeramente de Cola Cao. Cada mañana, mientras prepara el desayuno, Maite recuerda las risas de sus hijos cuando, tras acabar la leche, se encontraban con la capa de Cola Cao que quedaba en el fondo de la taza. Rememora el sonido de las pajitas mientras sorbían hasta la última gota y revive su cara de satisfacción. Era la mejor manera de empezar el día.

Ya no hay pajitas en casa de Maite y el Cola Cao solo llega para manchar la leche. Ella conforma una de las más de 1.450.400 familias monomarentales que hay en nuestro país. Ella sola se enfrenta a todos los gastos derivados del cuidado de sus hijos y a todas las decisiones que hay que tomar, que son muchas. Entre los gastos, las pajitas son una muestra de lo que ya no se puede permitir; entre las decisiones, debe elegir entre pagar las clases de refuerzo para su hijo mayor o las gafas que corregirán la miopía de su hijo pequeño.

El género importa cuando hablamos de familias monoparentales. No exageramos si decimos que la pobreza tiene rostro de mujer, de niño y niña (el riesgo de pobreza o exclusión social infantil afecta a más de uno de cada tres menores de edad en el estado español). Si se desglosan las situaciones de pobreza y exclusión en función de los tipos de hogar, el mayor aumento en el último año se ha registrado en los hogares monoparentales –1.754.700–, de los cuales solo 304.200 hogares están encabezados por un padre con hijos.

Tener hijos e hijas cuesta mucho. Tanto, que lleva a la pobreza a familias de nuestro país. Pero, ¿qué significa la pobreza y la exclusión social para una familia monomarental? Significa que una de cada dos mujeres tiene problemas relacionados con la vivienda: riesgo de desahucios, impagos, deudas hipotecarias…; significa que más de una de cada cuatro ha dejado de comprar medicinas, seguir tratamientos o dietas por problemas económicos; significa que más de una de cada dos mujeres no está trabajando y sus posibilidades de tener un trabajo a jornada completa se reducen a la mitad; significa que cuatro de cada diez carecen de dinero suficiente para los gastos de la casa y no pueden mantener el hogar a una temperatura adecuada; y significa que, al menos tres de cada cuatro, han tenido que reducir gastos fijos de teléfono, televisión o Internet.

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Por curioso que parezca, Maite no sabía que era una familia monomarental. Y lo que es más importante: desconocía que su situación podría mejorar si los poderes públicos quisieran. Fue tras la publicación del Informe de Save the Children Más solas que nunca, la pobreza infantil en familias monomarentales’, cuando supo que hay medidas que se pueden tomar; medidas que deben ponerse en marcha con la mayor celeridad posible para que las mujeres y sus hijos e hijas dejen de estar solos.

No parece muy descabellado exigir que, de una vez, se reconozca legalmente a las familias monoparentales, tal y como sucede con las familias numerosas, que al estar reconocidas legalmente se benefician de medidas de apoyo que facilitan su día a día. El reconocimiento legal permitiría a las familias monoparentales primero ser visibles, después acceder a beneficios fiscales, deducciones por maternidad, ayudas económicas para acceso a vivienda; acceso a becas en el ámbito escolar, descuentos en tarifas de transporte y/o prestaciones para cubrir los gatos de audífonos, gafas u ortopedias.

El informe de Save the Children ha sacado a la luz una realidad hasta ahora desconocida. ¿Por qué han permanecido ocultas durante tanto tiempo? ¿Por qué no hemos dicho abiertamente que la pobreza en nuestra sociedad existe y que tiene rostro de mujer, de niño y de niña? ¿Por qué las hemos dejado solas?

Bien, hagamos ahora visible su situación, convirtámonos en su red de apoyo. Os invito a poner vuestra mirada en estas mujeres; mujeres que hacen de su día a día un rompecabezas, consiguiendo lo imposible, que el rompecabezas encaje antes de que acabe la jornada sin importar a nadie el coste que tiene para ellas y para sus hijos e hijas.

Eglantaine Jebb, fundadora de Save the Children, decía que “cada generación de niños y niñas nos ofrece la oportunidad de reconstruir el mundo desde su ruina”. Yo lo tengo claro, tenemos la oportunidad de no dejarlas en la ruina, de no abandonarlas, de apoyarlas, de terminar con ellas el rompecabezas antes de que acabe la jornada.

Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta

septiembre 8, 2015 en Doce Miradas

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“La Libertad guiando al pueblo”, Eugène Delacroix, 1830.

 

Leía un día sobre los orígenes del feminismo, cuando fui a parar con una cita que me golpeó por su mezcla de juicio y candidez. Escrita por Olympe De Gouges en la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana” de 1791, decía así: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”.

Habían transcurrido dos años desde la “Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano” (escrita en el corazón revolucionario de 1789) y para entonces, la autora de esta pregunta intuía ya que tampoco los padres del grito “Libertad, Igualdad, Fraternidad” —aquellos con quienes las mujeres se habían embarrado faldas e ilusión en el fragor de las barricadas— tenían ahora verdadera intención de hacer hueco mullido para ellas. “La mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe tener también el de subir a la Tribuna”, resumió De Gouges de forma meridiana.

Cierto es que, casi 225 años más tarde, las mujeres —con el apoyo de tantos hombres— hemos logrado muchos de los derechos apenas imaginados en la época y, sin embargo, la interpelación de esta ciudadana francesa (demasiado revolucionaria incluso para aquella revolución) mantiene aún hoy su vigencia. Y esto me deja más preguntas que respuestas. En todo caso, más allá de los frenos y trampas que nosotras las mujeres nos ponemos en la conquista del terreno público (asunto de mi reflexión anterior), el menú del día es: ¿cuánto tiene que ver la acción/no acción masculina (voluntaria o inocente) en esos “otros” frenos que las mujeres encontramos en el camino?

“¿Hombre, eres capaz de ser justo? Es una mujer quien pregunta”.

Tal vez deberíamos empezar por el principio y dilucidar en qué consistiría tal justicia hoy y a partir de ahí, determinar qué esfuerzos serían exigibles a los actuales hombres de bien; aquellos que apoyan, creen apoyar o quisieran apoyar a las mujeres (parejas, hijas, amigas, madres, hermanas…) en esta cansina lucha por disfrutar sin salvedades de iguales oportunidades. ¿Qué sería sensato pedir y qué iluso o desmedido?

Bien, sobre todo esto me dio por pensar hace poco al saber de un nuevo seminario en el que los diez ponentes previstos son varones (7-11 septiembre, con Alfredo P. Rubalcaba, Gumersindo Lafuente, Emilio Ontiveros, José María Izquierdo, entre otros). La denuncia en Twitter llegaba esta vez desde @Masdel50, donde recordaban aquello de “hay expertas”. “Pues tienes razón”, fue la llana respuesta de un senador que entró en la conversación. Pero, quedé yo barruntando: ¿de qué sirve que te concedan la razón? ¿De qué sirve siquiera tenerla? ¿Qué más se podría entonces pedir a un hombre que concede la razón ante una interpelación tan directa? Porque lamentablemente, la razón no sirve de nada.

Es la acción la que cambia las cosas. Sin acción, no hay reacción.

La cuestión de fondo, por tanto, es: ¿cómo pasamos al siguiente nivel? Y se me ocurre que quizá sea necesario recordar, en primer lugar, que nuestra sociedad continua siendo machista. No nos gusta decirlo, pero es así. Y es así porque continua habiendo mujeres y, en mucha mayor medida, hombres, que no creen que el valor de ambos sea el mismo (salario, dedicación familiar, implicación en el hogar o silla en el Consejo de Administración de turno). Y esos hombres no son siempre el vecino de enfrente… Quizá sea necesario recordar también que la violencia contra las mujeres (de tan espantosa actualidad) no es casual sino causal. Que los asesinos no surgen como los champiñones, sino que los criamos entre todos. Y que esta violencia, sin duda el fruto más podrido y hediondo de todos, comparte raíz con otras muchas situaciones, que no por frecuentes y aparentemente intrascendentes, son reflejo de un árbol sano.

¿Por qué si no sería necesario llamar la atención sobre lo que significa una mesa con diez varones? ¿Cuánto tardaríamos en ver el sesgo de raza en una mesa con diez hombres blancos si nuestra sociedad estuviera formada por tantos blancos como negros? ¿Por qué entonces nos cuesta tanto ver el de género? ¿Y por qué es tan rara la vez que uno de esos varones osa romper el código y decir públicamente algo al respecto?

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Olympe de Gouges

Por eso quizá, desde el respeto, yo me pregunto para cuántos de ellos ese siguiente nivel es un objetivo realmente deseado. Si su silencio no ocultará un miedo antiguo y colectivo a una certeza: que, cuando el espacio es limitado, para que alguien pueda dar un paso adelante, alguien ha de dar un paso atrás. Porque para que haya ganancia debe haber pérdida y porque cualquier avance social exige esfuerzo. En todo caso, es innegable que para que el cambio del que hablamos se produzca, esta sociedad necesita que sus hombres sean co-impulsores del salto. Porque sin ellos no podemos. Y sin ellos, a veces parece una batalla o un lamento lo que debiera ser camino compartido.

Significarse es complicado. Exige cojnvicción y pesado sentido de la responsabilidad. Y para qué negarlo, mucho arrojo. Pero necesitamos ponentes que digan “esto no es posible”, políticos que digan “esto no se subvenciona”, asistentes que digan “esto no me gusta” o “yo no atenderé” y organizaciones que digan “tenéis razón”, pero, sobre todo, que digan, “el error es imperdonable y lo vamos a corregir… porque hay expertas”.

Y termino excusándome por tantas preguntas y con la esperanza de que generen algunas respuestas. Porque casi 230 años después de que la nuca de Olympe De Gouges sintiera el hielo de la guillotina, podríamos (y, por tanto, debieramos) haber avanzado más. Porque avance y paso del tiempo no son la misma cosa y sin algo de valentía no hay acción ni reacción.

 

 

 

La tasa rosa, el precio que hay que pagar por ser mujer

septiembre 1, 2015 en Miradas invitadas

alex fernandez_docemiradasAlex Fernández Morán (@pozikdesign). Me apasionan las ideas originales y bien realizadas en marketing, comunicación, publicidad, tecnología, innovación, Internet, que recojo en mi blog personal sobre campañas e ideas creativas: www.pozik.net. Soy miembro de la Asociación de ex-alumnos del Máster de Márketing de la UPV-EHU y uno de los impulsores y jurado de los Premios Máster de Marketing UPV-EHU que reconocen los mejores trabajos en esta disciplina en las empresas de Euskadi.

 

Son numerosas las desigualdades que sufre la mujer, pero existe una que hasta el momento había pasado prácticamente desapercibida para todos. Hablamos de la tasa rosa, un sobrecoste económico que pagan las mujeres por ciertos productos de gran consumo en versión femenina.

La voz de alarma la ha dado el colectivo feminista francés Georgette Sand, quien tras analizar el precio y características de numerosos artículos comprobaron que muchos de ellos son ligeramente más caros cuando se dirigen a las mujeres, aun siendo idénticos en características, formatos o componentes, que aquellos destinados a hombres.

la tasa rosa_docemiradasLa denuncia recoge numerosos ejemplos, entre los que destacan los desodorantes, cepillos de dientes, etcétera, que ven aumentado su precio injustificadamente sólo por ser para mujeres. Pero hay uno que ha irritado especialmente a las consumidoras galas. Se trata de un pack de 5 cuchillas de afeitar de color rosa que comercializa la cadena Monoprix y que cuesta 8 céntimos más que su equivalente en tono azul. Tal ha sido la indignación que ha despertado esta situación, que el grupo feminista ha adoptado la cuchilla rosa como símbolo de sus reivindicaciones.

Todo parece apuntar a que detrás de estas prácticas se encuentran las políticas de precios de las grandes marcas. Sus departamentos de marketing son conocedores de que las mujeres son un segmento de población que suele preocuparse más por su imagen que los hombres, y han detectado que, en general, también están más predispuestas a pagar precios superiores por productos de belleza y estética, un hecho que aprovechan para encarecer sensiblemente su importe y así aumentar sus beneficios.

La polémica está servida y el ministerio de economía francés estudia si se trata de un caso generalizado de discriminación de género. Mientras tanto, la plataforma Change.org continua recogiendo firmas de apoyo para poner freno a esta injusticia y son numerosos los medios de comunicación y blogs personales que se han hecho eco de la “tasa rosa” o “pink tax”. Todos ellos denuncian que las mujeres, pese a tener generalmente ingresos menores por su trabajo, deben asumir este “impuesto” extra. Puedes ver un ejemplo de la denuncia de este abuso en el siguiente vídeo.