Mujeres con nombre que hablan de sus cosas y otros desafíos

09/07/2013 en Doce Miradas

Parece que sin darnos cuenta hemos iniciado en este blog un debate sobre la presencia de las mujeres en las obras de ficción. He querido comentar varias veces, se me ha hecho tarde, han llegado más comentarios, he cambiado mis respuestas y se me ha hecho tarde otra vez, ha llegado el post siguiente. Estos son algunos de los “favoritos” que tengo siempre a mano en el navegador mental cuando se trata de este tema, junto con otros nuevos, añadidos recientemente a la lista.

El primero es el Bechdel Test. Lo cito siempre que puedo y sobre todo cada vez que un varón cercano, con el que comparto muchos visionados, me viene con el cuento de “Te va a gustar, los personajes femeninos son súper potentes…”. Hhhhhmm, veamos. El Bechdel Test analiza la brecha de género en el cine (o en cualquier obra de ficción) con tres sencillas preguntas. Sólo si se contesta positivamente a las tres se puede considerar que las mujeres tienen en esa obra una posición no-accesoria. No significa que la obra sea “feminista”, sólo indica que las mujeres no cumplen en ella un papel meramente instrumental. Estas preguntas son:

1. ¿Aparecen al menos dos mujeres?
2. ¿Tienen nombre?
3. ¿Hablan entre ellas de algo que no sea un hombre?

Parece sencillo, ¿verdad? Pues el resultado es demoledor, mirad este vídeo (está en inglés, pero se entiende igual).

Debe de haber unas cuantas toneladas de ensayos que explican por qué ocurre esto, pero todos ellos se pueden resumir en una sola idea: el Gran Relato de la Humanidad no nos pertenece. Laurie Penny, colaboradora de opinión de The New Statesman, dice al respecto: “Los hombres crecen esperando ser los héroes de su propia historia. Las mujeres, sin embargo, crecemos esperando ser la actriz secundaria de la historia de los demás”.

Penny considera que esto es una forma de “fracaso de la narrativa”, en referencia a la imposibilidad (o siendo optimistas, digamos mejor: la dificultad) de crear ficciones centradas en la experiencia de las mujeres. No hablamos de películas de chicas. Hablamos de relatos con vocación de universalidad en los que la moraleja (todos los relatos, tontos o sofisticados, tienen una) o, en lenguaje más técnico, el arco narrativo, se organice en torno a un personaje mujer. Y que, pese a ser mujer, no sea un fetiche, una idea, una abstracción, sino un personaje complejo, matizado, con escala de grises, contradicciones y una vida interior. Es la escasez de este tipo de personajes lo que pone de manifiesto el Bechdel Test. Penny continúa:

 “[Cuando era más joven] empecé a rebelarme contra la idea de ser un personaje en la historia de otra persona; quería escribir mi propia historia. Pero la escritura es un tipo de magia y ya sabemos lo que les pasa a las mujeres que fabrican sus propios hechizos”.

Hace unos días, Autumn Whitefield-Madrano escribía en su columna de The New Inquiry lo siguiente, a propósito del escándalo de la vigilancia estadounidense: “Empecé a preguntarme si la razón por la que las actividades de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad) no me provocaban una molestia visceral es que tengo asumido que, por defecto, en mi vida cotidiana siempre estoy siendo observada. Observada, mirada, vigilada… Bienvenidos, caballeros, a lo que es ser una mujer.”

Whitefield aclara, para lectores de mala fe, que no quiere restar importancia a las acciones de la administración estadounidense; pero sí dejar constancia de que la experiencia de la libertad no es la misma para todos. A nosotras nos ha tocado vivirla siempre en versión un poco más edulcorada. Interiorizar esos límites, hacerlos tuyos hasta que ya no los ves, forma parte del aprendizaje de ser mujer. No es psicología de suplemento dominical, es teoría de la construcción de la mirada. Whitefield continúa su artículo citando a John Berger en Ways of Seeing (Maneras de Mirar), una lectura obligatoria en historia del arte y filosofía de la estética. Berger, en absoluto sospechoso de inclinaciones feministas, afirma:

“Una mujer debe constantemente vigilarse. Mientras atraviesa una habitación o llora en un funeral, difícilmente puede evitar verse a sí misma andando o llorando. Desde la infancia, se le ha enseñado a vigilarse constantemente. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se ven a sí mismas siendo miradas. Esto determina, no solo la relación de las mujeres con los hombres, sino la relación de las mujeres consigo mismas. El vigilante interior de la mujer es un hombre. De esta manera, la mujer se convierte a sí misma en un objeto, y en concreto en un objeto de la mirada: se convierte en una visión”.

Un ejemplo de lo que les ocurre a las chicas que se rebelan y deciden no encarnar esa visión ajena, lo hemos visto recientemente con el episodio más comentado de la historia de Girls, la serie de la HBO escrita, dirigida y protagonizada por Lena Dunham (por la que ha recibido, entre otros galardones, tres Emmys, dos de ellos a mejor dirección y mejor guión de serie cómica). Es el capítulo 5 de la 2ª temporada, éste es un fotograma.

Girls

Para quien no conozca la serie, hay que adelantar que Dunham enseña las tetas siempre que puede, el culo también, y ya en la primera temporada la habíamos visto numerosas veces en bragas, en posturas nada favorecedoras. Pero aquí va demasiado lejos, y no sólo porque supera su propio récord de minutos-desnuda-en-serie-de-televisión-sin-venir-a-cuento. Es que está así en compañía de un apuesto cuarentón (interpretado por Patrick Wilson) al que se acaba de ligar y se folla alegremente durante todo el día. También juega con él al ping-pong, moviendo con entusiasmo su culo gordo y sus tetas enanas, y le pide que le practique sexo oral como si le estuviera diciendo con la boca llena: pásame el salero. [Insisto en lo de culo gordo y tetas enanas porque estamos en una serie de televisión, donde se aplican las normas de las series de televisión. El cuerpo de Dunham habría sido muy bello en la Florencia renacentista, seguro, pero en este contexto pertenece a las categorías: gordo, feo, etc. y eso es lo bonito].

El capítulo recibió comentarios como:

“Dunham es maleducada, egocéntrica, sexualmente egoísta y desafiantemente poco atractiva”.

“¿Qué tipo de hombre se merece una mujer como ella?” “Me sentí atrapado por mi rechazo a aceptar la propuesta central”.

“¿Cómo es posible que una mujer así consiga un hombre como ése? ¿Soy demasiado estrecho de mente si me paraliza la idea de que esta fantasía va demasiado lejos y [ATENCIÓN, QUE VIENE CURVA] no puedo evitar pensar en cómo es la pareja de Patrick Wilson en la vida real?”

Varios comentaristas interpretaron que el capítulo, evidentemente, era un sueño porque algo así es imposible en la vida real. Y uno incluso lo comparó con un capítulo de “Bill Cosby” en el que todos los hombres están embarazados y uno de ellos da a luz a un refresco de naranja.

Aquí se ponen de manifiesto un par de cosas, que ya sabemos pero no está de más repetir. Primero, que la vara de medir el atractivo físico no es la misma para un cuerpo de hombre que para un cuerpo de mujer. A nadie se le ocurriría decir que Tony Soprano está demasiado gordo como para salir tanto en calzoncillos. Segundo, que hay una norma fundamental del patriarcado que dice que las mujeres feas, gordas o ambas cosas a la vez, deben avergonzarse. Realmente, a nadie le molesta el cuerpo de Lena en sí mismo. Lo que no se le permite es que lo muestre como si le diera igual, porque eso equivale a mandar al pairo la legitimidad de la mirada masculina para definir de qué manera las mujeres pueden construir su identidad. La falta de complejos es, en sí misma, un desafío.

Investigadora y gestora cultural, a veces colaboradora en medios de comunicación, consultora y educadora. Me dedico a aprender cosas, mezclarlas, transformarlas y devolverlas en formatos variados.

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