La dictadura del pensamiento positivo. ¿También en el feminismo?

Noviembre 29, 2016 en Doce Miradas

Cayetana Guillén Cuervo entrevistó en octubre pasado a la periodista, escritora e historiadora Ángeles Caso en su programa Atención obras, con motivo de su último libro Ellas mismas. Autorretratos de mujeres, un volumen que rescata del olvido a 79 artistas relevantes que lograron el éxito pese a los obstáculos de la época, pero cuyos nombres y logros la Historia borró -no olvidemos que la Historia es un relato de construcción humana, de hombres, para más señas, de historiadores que no consideraron importante incluir a estas mujeres en los libros-. Ángeles Caso apenas había comenzado a explicar el contenido y las razones de su obra, con su templanza habitual, su magnífica voz modulada durante años de carrera televisiva y radiofónica, cuando Cayetana Guillén Cuervo, aprovechando una pausa de la escritora, dijo:  “vamos a respirar hondo, ¿vale?, para no estar enfadadas.” “Nooooooo, no no no, no hay que estar enfadadas”, se apresuró a contestar Àngeles Caso.  Y yo, la verdad, me quedé estupefacta. En primer lugar, Ángeles Caso no se había mostrado enfadada en ningún momento. En segundo lugar, ¿qué habría tenido de malo mostrar enfado ante una injusticia como la que se estaba comentando? En tercer lugar, tal vez Cayetana se refería a ‘vamos procurar no enfadarnos porque este tema del que vamos a hablar es para enfadarse mucho’. De ser así, ¿por qué autocensurarse ese sentimiento tan legítimo?

Y entonces pensé, ¡horror!, ¿estará llegando la dictadura del pensamiento positivo también al feminismo?

 

 

No sé desde cuándo soy consciente de la invasión del pensamiento positivo en nuestras vidas. ¿Tal vez 8 años? Primero lo noté en el mundo laboral, con la proliferación de coaches, gurús y oradores motivacionales difundiendo su mensaje a través de sus libros, blogs y lucrativas turnés de charlas, conferencias, cursos, talleres y dinámicas varias. Son esas personas que te sueltan alegremente que no hay situación laboral mala, sino mala actitud por tu parte. Porque con una sonrisa y una buena actitud puedes convertir una situación laboral deleznable en un bello jardín de oportunidades. Y si te despiden, mejor aún. Es una oportunidad que te da la vida para avanzar. No te quejes. Seguro que os suena. Después lo noté en el mundo de la salud. Hoy en día son legión quienes aseguran que con la actitud adecuada se pueden vencer las enfermedades. Ergo quien enferma o quien no consigue curarse es por su mala actitud. Y así, con esa ligereza y simpleza de miras, culpan a la persona enferma, por si no tuviera ya bastante con su enfermedad. Y poco a poco, este pensamiento positivo a ultranza va cuajando en todos los espacios de nuestras vidas. Para mi disgusto he ido viendo cómo consigue adhesiones a pasos acelerados sin apenas oposición crítica. ¿No estar de acuerdo con el nuevo culto al positivismo a ultranza supone apostar por el pesimismo, el negativismo sistemático o la abolición de la alegría? En absoluto. Supone rechazar el positivismo obligado. Estoy a favor de la alegría real, del buen rollo verdadero y del sentido del humor. Pero también tenemos derecho a estar tristes y enfadadas, a considerar que una situación es negativa, a no ver el lado bueno de algo, porque a veces el lado positivo no existe, te pongas como te pongas. Creo que es sano.

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Hay que reconocer que el movimiento del pensamiento positivo a ultranza se vende muy bien. Brinda a la gente una ilusión de control sobre sus vidas que cualquiera desearía. Y todo con unas simples recetas. Apenas hay oposición porque se considera inofensivo. A mí me parece peligroso. Promueve el individualismo y el egoísmo. Todo vale si con eso YO soy más feliz. Al cuerno los demás. ¿Escuchar a las personas que tienen problemas? No, apártalas de tu vida, son personas tóxicas y negativas. Y pobre de ti si no eres una especie de ambipur del buenrrollismo en el trabajo, porque algún fanático del movimiento podría considerar que generas mal clima y adiós, muy buenas.

Necesitada de comprender un poco mejor todo esto que estaba notando a mi alrededor, recabé información y di con Barbara Ehrenreich y su libro ‘Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo’, en el que critica este movimiento que viene de Estados Unidos y que en su opinión podría estar incluso en el origen de la crisis económica de 2008. Esa idea infantiloide de si crees mucho en algo, si lo visualizas, lo conseguirás. Si eres una persona positiva no tienes nada que temer, todo te irá bien en el futuro. Esa manera de pensar, ilusa y pueril, puede estar detrás de las hipotecas basura, según Ehrenreich. Además, ella vivió en carne propia la tiranía del pensamiento positivo cuando le detectaron un cáncer de mama. Los grupos de apoyo para la enfermedad se mostraban implacables con quienes recaían. Y en su delirio positivista, había quienes llegaban a agradecer la enfermedad y considerar el cáncer como lo mejor que les había pasado en sus vidas. Encontrar esa mirada crítica de Ehrenreich fue reconfortante. Últimamente, he sabido de otras voces discordantes desde la literatura, el ensayo y la filosofía como, por ejemplo, la de Daniel Ruiz García, que en su novela La gran ola, premiada con el Tusquets, hace una sátira del coaching o la de nuestra última mirada invitada, Toño Fraguas, con un artículo sobre el ‘felicismo’ y el libro ¿Existe la felicidad?, así como las de Fernando Savater y Victoria Camps que manifiestan que la autoayuda ha desplazado a la filosofía. Parece que hay esperanza y que la dictadura del positivismo encontrará oposición.

Volviendo a nuestro tema, al feminismo, me pregunto en qué punto estaría ahora mismo la igualdad entre mujeres y hombres si a comienzos del siglo XX aquellas mujeres que lucharon para conseguir el voto de la mujer no se hubieran enfadado con la flagrante discriminación que padecían. Si se hubieran puesto a buscar el lado positivo, como por ejemplo, ‘qué bien, una preocupación menos que tenemos, que la política da muchos quebraderos de cabeza’, aún estaríamos sin derecho al voto. La situación de la que disfrutamos las mujeres en la actualidad –con muchas carencias, mucha discriminación aún y mucho trabajo por hacer, como recordamos constantemente en este blog- no sería posible si millones de mujeres a lo largo de la historia no se hubieran enfadado. ¿Dónde estaríamos sin el enfado y el inconformismo de las pioneras? Estaríamos aún viéndole el lado positivo a no poder trabajar, a no poder ganar nuestro propio dinero, a no poder votar, a no poder controlar la maternidad…

El libro Ellas mismas no se habría escrito si la propia Ángeles Caso no hubiera sentido cierto enfado ante la injusta omisión de esas grandes artistas por parte de los historiadores. La idea de ese libro, rechazada por las editoriales, no habría visto la luz si Ángeles Caso se hubiera conformado y no hubiera puesto en marcha una campaña de crowdfounding para financiar la publicación de su obra. Su campaña de micromecenazgo no habría triunfado si 1.600 mecenas no se hubieran contagiado un poco de ese enfado ante la injusticia. La interesante entrevista en el programa de La 2 no habría tenido lugar si Cayetana Guillén Cuervo y el equipo de Atención Obras no hubieran sido sensibles a ese enfado… Y casi me olvido. Nuestro blog, Doce Miradas, recientemente premiado con el Airea Saria de GetxoBlog, no habría nacido si Ana Erostarbe no se hubiera enfadado –junto a otras 11 mujeres- al fijar su atención en aquel congreso en el que casi todos los ponentes eran hombres. Con frecuencia, el enfado es el germen de grandes logros.

Y tú ¿de quién eres?

Noviembre 22, 2016 en Miradas invitadas

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Toño Fraguas. Madrid, 1975 @antoniofraguas

Soy Licenciado y Máster en Filosofía, y Máster en Periodismo. Trabajé en El País y 20 minutos. Me gano la vida como ‘freelance’ en La Vanguardia, Harper’s Bazaar y La Marea y colaborando en Hoy por Hoy, de la Cadena SER. En RTVE presenté las series documentales ¿Existe la felicidad? y El futuro ya está aquí. Imparto clases de comunicación en el Máster de Gestión Cultural de la Universidad Carlos III y en el de Nuevos Medios Interactivos y Periodismo Multimedia de la Universidad de Granada. En 2015 publiqué el libro ¿Existe la felicidad?

“Margarita se llama mi amor, Margarita Rodríguez Garcés”, decía la canción. Esos apellidos, ¿qué nos indican? Ojo, no nos interesan especialmente los ancestros de Margarita, que nadie se alarme; sino sus apellidos en sí: ‘Rodríguez Garcés’. Lo habitual es que pensemos que el primer apellido de Margarita es ‘del padre’, el señor Rodríguez; y el segundo, ‘de la madre’: la señora Garcés. Si Margarita hubiese nacido hace pocos años, no podríamos estar seguros de esta asignación de apellidos, porque ahora la legislación, en un guiño aparentemente igualitario, permite alterar ese orden. Sin embargo, aunque la madre de Margarita hubiera decidido llamar a su hija ‘Margarita Garcés Rodríguez’ (para desgracia de la rima y del compositor de la canción), el nuevo primer apellido de Margarita (‘Garcés’) seguiría siendo el de un hombre… Chocante, ¿no?

Ya sé que ‘Garcés’ es el apellido de la madre, pero antes lo fue del padre de la madre, es decir, del abuelo de Margarita; el señor Garcés (que Dios lo guarde a su lado). No hay escapatoria. En nuestras sociedades las mujeres no tienen apellido propio. Siempre llevan el apellido de un hombre, y este fenómeno no es ni inocente ni anecdótico. Es un síntoma más de una inercia milenaria que conforma, entre otras cosas, ese caldo de cultivo del que se nutren el machismo y sus violencias.

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Mujeres iroquesas trabajando

El fenómeno por el que las mujeres llevan los apellidos de hombres se denomina sistema de filiación patrilineal y, según cifraba el antropólogo Marvin Harris en ‘Caníbales y reyes’ (1977), es empleado por el 85% de las sociedades humanas. Existen un 15% de sociedades matrilineales, en las que son las mujeres las que determinan el linaje, es su apellido el que se transmite a la descendencia. Siempre se pone de ejemplo a la sociedad iroquesa, en la que los hijos reciben el apellido del clan de la madre. Pero nosotros no somos iroqueses.

Es de sobra sabido que en sociedades muy cercanas a la nuestra (por ejemplo, las anglosajonas) la mujer adopta el apellido del marido; como si, al casarse, pasase a pertenecer al linaje del hombre. Hasta hace no mucho en España había mujeres que, al contraer matrimonio, empezaban a firmar con el apellido del marido antecedido por la partícula ‘de’, para mostrar pertenencia. Si Margarita se hubiese casado con Julio Salgado Alegre (autor de la célebre y casposa canción), quizá habría firmado como ‘Margarita de Salgado’ o ‘Margarita Rodríguez de Salgado’ o, simplemente, como ‘Señora de Salgado’.

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Cartel de la película “Margarita se llama mi amor”

Algo similar ocurre en otras sociedades cercanas a la española, como la griega actual. Allí las mujeres también adoptan el apellido del marido, pero lo hacen en genitivo: una declinación que sustituye a nuestra preposición ‘de’ y que muestra relación de posesión. Lo relevante es que hermanos y hermanas llevan un único apellido, el del padre, pero ellos en nominativo (son sujetos) y ellas en genitivo (son posesiones). Ellos son alguien; ellas son ‘de’ alguien.

Veamos un ejemplo. La política griega Zoe Konstantopoúlou es hija del también político Nikos Konstantópoulos. El apellido de Zoe acaba en ‘-ou’ lo que indica que pertenece a la familia del padre. Si Zoe hubiese tenido un hermano varón, el apellido de éste acabaría, como el del padre, con el sufijo ‘-os’, es decir, en nominativo. Todas las mujeres de esa familia son, al menos gramaticalmente, posesiones del padre y, por extensión, pertenecen a los varones de la familia. La gramática nunca es inocente.

“En la sociedad humana, ellas no ocupan ni el mismo lugar ni el mismo rango. Olvidar esto sería ignorar el hecho fundamental de que son los hombres los que se intercambian mujeres, y no lo contrario”, escribió Claude Lévi-Strauss en ‘Las estructuras elementales del parentesco’ (1949). Las causas del machismo y sus violencias hunden sus raíces en la noche de los tiempos y creo que merece la pena prestar atención a fenómenos como éste de la filiación patrilineal, fenómenos que no por cotidianos y consabidos dejan de ser esclarecedores.

El machismo sitúa a la mujer en un rango propio, no muy lejano al de los objetos, los animales y los niños. Como dijo Lévi-Strauss, la mujer ha sido durante milenios objeto de intercambio. Todavía lo es en muchas sociedades, y aún perdura esa forma de pensar en las mentes de la mayoría de los hombres. De hombres que viven entre nosotros. Tal y como denota nuestro sistema de filiación, las mujeres han sido tratadas a lo largo de la historia como mercancía, como una propiedad más de las que componen el patrimonio del hombre… En términos de ética kantiana, la mujer ha sido y es considerada un medio (en su función de madre, especialmente) y nunca como un fin en sí misma.

El viernes que viene, 25 de noviembre, es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer. Para lograr erradicar la violencia son necesarias gran variedad de medidas a muy distintos niveles; pero no debemos descuidar estos usos sociales aparentemente inofensivos, como el de los apellidos. Tomar conciencia y analizar estas costumbres falsamente inocuas nos sirve para avanzar en la catalogación de la miríada de elementos que han determinado y todavía determinan el sufrimiento de millones de mujeres en todo el mundo.

Para lograr la igualdad, para romper esa inercia machista milenaria, no bastan leyes igualitarias; también son necesarias medidas de discriminación positiva consistentes y sostenidas en el tiempo y, además, es vital sumergirse en ese mar de fondo, en ese machismo intrahistórico que se esconde en realidades falsamente inocentes. De lo contrario, las urgentes mejoras legislativas servirán únicamente de muro de contención de las oleadas machistas; pero no sólo basta con cegar los pozos del machismo; hay que drenarlos, desecarlos desde abajo.

Hemos de conseguir que los usos y costumbres civiles, e incluso la gramática, dejen de legitimar, aunque sea de manera a veces inconsciente y meramente formal, el sentido de aquella copla que cada día resuena en la mente de miles de asesinos en todo el mundo: “La maté porque era mía. Y si volviera a nacer, de nuevo la mataría”.

Parece mentira que haya que recordarlo, pero nadie es de nadie. Cada ser humano es un fin en sí mismo y tiene derecho a ser tratado como tal.
Tú no eres de nadie. Lee el resto de esta entrada →

No me gusta Trump. No me gusta Clinton.

Noviembre 15, 2016 en Doce Miradas

Tengo fijado en mi perfil de Twitter un tuit que dice: “feminismo es creer en la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Si no eres feminista, eres machista. Piénsalo”. Independientemente de las “broncas” que me ha supuesto con algunas personas usuarias de esa red social (hombres y mujeres), de esas que bajo no sé qué epígrafe se creen con derecho a contra-opinar de forma casi violenta, estoy más que convencida que eso es feminismo: creer en la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Y por ello, por estar plenamente convencida de que la igualdad de sexos no existe y que es una de las metas sociales a alcanzar, no puedo compartir algunas de las teorías que he oído en torno a las elecciones norteamericanas.

Vayan por delante varias cosas. La primera que no me gusta Trump. Que me parece terrible que haya ganado las elecciones, que considero que es un paso atrás y que creo que bastante porquería tenemos ya en el mundo como para que venga a gobernar el país más poderoso una persona de este talante. Y que me horripila que tenga acceso a la información de los secretos de estado de una nación que cuando estornuda se constipa el resto del mundo.

La segunda es que no voy a entrar a hablar de política, de si Trump no hubiera ganado si hubiese tenido otra u otro contrincante. No voy por ahí. Eso para otro foro. Para el de Doce Miradas, no.

La tercera es que no quiero que ningún señor de esos que buscan resquicios por cualquier sitio utilicen mis palabras para meter la cuña y hacer saltar la madera. La madera del feminismo es de primera calidad y no se rompe con cualquier cosa. Así que señores míos, no se suban a la ola y surfeen donde tengan que surfear que este mar, además de muchas veces cálido, está en calma.

Y la última es que estoy 100% convencida de mi opinión. Y que tengo la duda de si estaré 100% equivocada.

Y por si aún hay que aclarar más cosas, y aunque no hace falta decirlo, este post va firmado con mi nombre y representa mi opinión, no la de todo el colectivo de Doce Miradas. En este grupo no hay disciplina de voto, ni intención ni de ponerla, ni de seguirla si la hubiera. ¡Menudas somos las doce!

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No al todo sí

Para mí, no todo vale. Ni todos valen. Ni todas valen. Quiero, deseo, anhelo, que las mujeres estemos ahí. En primera línea. Por delante. Pero cuando debamos estar. No me gusta el hombre que no vale ocupando un puesto para el que no está preparado y por la misma razón, y en aras de la igualdad, no me gusta la mujer que no vale y que ocupa un puesto para el que no está preparada. Me sumo a lo dicho por Susan Sarandon: no quiero votar con la vagina. Quiero votar con la cabeza. Y con el corazón. Pero con la vagina no. Porque no quiero hacer lo que muchos hombres que votan, eligen, designan y contratan con el pene. No voy a votar a alguien por el mero hecho de ser mujer. En el caso de las elecciones de Estados Unidos hubiera votado a Hillary Clinton, evidentemente, pero con la nariz tapada y no votando a su otro contrincante porque era alguien tan impresentable como Trump. Mi voto hubiese sido para ella no por ser mujer, sino como un mal menor.

Quiero que la mujer que presida un país lo haga por méritos propios y si la voto, que sea porque me represente. Y para mí, Hillary Clinton representa también lo carca y lo casposo. Y si me cabrea, y mucho, que en este país la gente vote a un partido inmerso en innumerables casos de corrupción, me indigna también que en otros, la gente vote a personas corruptas. Sean hombres o mujeres. Lo siento, pero no puedo con ello.

No me quiero sentir obligada a votar a una mujer, sea quien sea, porque soy feminista. Estoy algo cansada ya de los buenismos. Hay que votar a un candidato negro porque es negro y porque votarle es progre. Hay que votar a una candidata mujer porque es mujer y porque votarla es feminismo. Y lo contrario es, parece ser, racismo y machismo. Y si nos ponemos en el supuesto de un hombre negro y una mujer blanca como candidatos a la presidencia de no sé qué país ¿a quién voto? Si voto a la mujer, ¿soy racista? Si voto al hombre negro ¿soy machista?

Quiero dar mi voto a quien me represente a mí y al colectivo de mujeres: la que se haya dejado la piel por defender sus/mis/nuestros derechos. La que haya se haya peleado, en igualdad de condiciones, y vencido, en igualdad de condiciones, en un mundo de hombres que así dejará de ser de hombres. Y fundamentalmente, la que yo sepa que va a gobernar como lo haría una mujer. De una forma probablemente muy diferente a como lo haría un hombre.

Y ojo, que estoy muy a favor de la discriminación positiva porque considero que como algunos no se acostumbren a vernos en los diferentes sitios, no vamos a llegar nunca a ocuparlos. Pero en el caso de las elecciones estadounidenses, no se trata de discriminación positiva, ni mucho menos.

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El techo de cristal

Hay una pregunta que, desde que empezó toda esta historia, me ronda por la cabeza. ¿Todas las mujeres rompen el techo de cristal? ¿Todas? ¿De verdad? Pues creo que no. En el Parlamento Vasco hay, actualmente, más parlamentarias que parlamentarios. Pero si esas parlamentarias no hacen políticas igualitarias, no me sirven. Vamos a ver por dónde van que aún es pronto. ¿Ha roto Angela Merkel un techo de cristal? Lo dudo. ¿Rompería Hillary Clinton un techo de cristal por mucho que sí haya sido favorable a algunas políticas a favor de la igualdad? Creo que no. Pero fundamentalmente porque sería la cabeza visible del tándem Bill-Hillary y no solo Hillary Clinton. ¿Rompió el techo de cristal Ana Botella, primera alcaldesa de Madrid? Me parece que no. Porque también era la cabeza visible del tándem JoseMari-Ana, salvando las distancias, claro, que el dúo Aznar es al dúo Clinton lo que Villaverded’abajo a la ciudad nipona más moderna, y no por la diferencia de tamaño Madrid-U.S.A., sino por la calidad, que no claridad, de sus teje-manejes y conspiraciones varias.

Para mí, romper un techo de cristal es otra cosa. Primero hay que querer romperlo y eso es muy diferente de llegar al poder.

Y lo dicho: 100% convencida de mi opinión y con la duda de si estaré 100% equivocada.

Las nuevas mujeres mayores

Noviembre 8, 2016 en Miradas invitadas

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Itziar Gandía Quintanilla

Mujer en crecimiento que trabaja en Lura (www.espaciolura.com). Acompaño a otras mujeres en sus procesos de crisis y duelo y ejerzo mi profesión de psicóloga con una linterna que facilite a las mujeres reconocer lo que ya saben. La sabiduría que cada mujer alberga en su interior ha de ser conectada , cuando esto sucede , las mujeres se empoderan a sí mismas. Lo que yo sé hacer es crear algunas condiciones y circunstancias para que esto sea probable.

 

A lo largo de 15 años promoviendo grupos de mujeres he tenido la suerte de conocer a mujeres sabias empoderadas. No sé cuántas son, nunca las he contado, pero soy consciente de mi suerte porque son muchas. Tener muchos espejos donde mirarse es como tener muchas miradas donde encontrarse, así que no se me ocurre mejor sitio donde poder compartir todo esto que en Doce Miradas.

Quiero compartir algunas reflexiones acerca de las mujeres que he conocido que envejecen, no solo bien, sino bonito. Estas “nuevas mujeres mayores” son protagonistas de duros y bonitos procesos de empoderamiento y son un espejo donde otras podemos mirar si perdemos el rumbo.

Mirarse, eso es lo que han hecho las nuevas mujeres mayores. Mirarse un rato, primero a solas casi siempre -en el silencio de la almohada o en el caminar hacia algún lado o en los momentos en los que sus circunstancias más apretaban… da igual cómo. Y luego con otras mujeres– en un curso de informática o en un rato de parque o en el coro de su barrio o en la Escuela de Empoderamiento. Así es como surgen los procesos de empoderamiento. Las mujeres se miran, se preguntan y buscan respuestas. Toman contacto con su propio poder, con lo que pueden o no pueden, negociando entre lo que se espera de ellas y lo que ellas desean o necesitan.

A lo largo de mi vida personal y profesional , me he fijado en la tarea dura de la negociación interna de las mujeres. Un esfuerzo sobreañadido a su propia existencia. Si ya es difícil a veces, para el ser humano, encontrar un sentido valioso a su vida, para las mujeres este esfuerzo está marcado por encontrar un camino donde poder cumplir con los mandatos y las exigencias sociales y familiares sin perderse de vista por el camino. Porque si algo es claro, es que los mandatos (ser buena madre, buena hija, buena amiga, buena pareja…etc.) están regidos por el “deber” y a lo largo del caminar de las mujeres los deberes van aumentando asfixiando sus espacios personales. Y si algo han compartido es que funcionar solo desde el “deber” las deja secas, agotadas, decepcionadas, enfadadas y bastante tristes.

Las nuevas mujeres mayores, son mujeres que en algún momento pararon su “hacer” para preguntarse por sí mismas. Nunca quisieron dejar de lado sus muchas obligaciones o deberes, lo que hicieron fue preguntarse cómo hacerlo teniéndose en cuenta a sí mismas. Y ahí es donde las negociaciones más feroces se ponen en marcha. Porque no es fácil este asunto. Recuerdo una mujer que rescataba de su historia el día que aprendió a conducir cuando eran muy pocas las mujeres que lo hacían. Ese día sintió que su vida se facilitaba, que podía moverse con libertad. Se organizó con otras madres para llevar a la prole al colegio y eso le reportó grandes amigas. Esa experiencia le ayudo a entender, que su propio bienestar era la clave para tener una vida valiosa para ella y desde entonces trabajó para darse un lugar respetuoso consigo misma. La única forma de negociar es abrir el cajón de las propias necesidades, y escucharlas.

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Y cuando cosas como ésta ocurren, ciertas ideas se meten a la lavadora en un programa largo y salen nuevas: ser una mujer responsable no es aquello que nos enseñaron; ser responsable implica hacerse cargo de las propias necesidades y deseos, de las ilusiones y los proyectos personales. Y surge un nuevo estar en la vida de una, donde se abre la puerta no solo a los “deberes” sino a los “quereres”.

Las nuevas mujeres mayores se han dado ese nuevo lugar para estar en sus vidas. Un lugar un poco mas justo que el que socialmente se nos ha adjudicado. Cada una lo ha hecho a su manera y a su ritmo, escribiendo su propio manual. Pero todas ellas comparten un eje en común: se pararon a darse cuenta de que no se encontraban bien y desarrollaron la capacidad de mirarse para preguntarse en primera persona: ¿A mí que me viene bien? ¿A qué me tengo yo que decir que sí? ¿Yo qué es lo que necesito?

Abrir la puerta al deseo propio, trae buenas dosis de egoísmo y culpa, pero como todo en la vida, estas emociones se transitan (es decir, una las anda, no se queda a vivir en ellas) y las mujeres que así lo hacen se dicen un sí rotundo a sí mismas. Las negociaciones internas son la llave de las negociaciones externas. Muchas mujeres se saben inexpertas en el arte de decir que no, pero solucionan esto cuando se dicen a sí mismas que sí. Las propias mujeres que he conocido así me lo han mostrado:

Cecilia, una mujer de 60 años me lo explico muy bien: “Yo he hecho mil cursos de asertividad, de aprender a decir que no, de emociones… porque mi problema ha sido siempre que no he sabido decir que no a nadie, y he ido pasando muchas cosas que no me gustaban “por la paz un Ave María”. Pues bien, lo he conseguido ahora, a mis 60 años. He de reconocer que los cursos me sirvieron, pero hasta que yo no he tenido claro que mi tiempo y mis necesidades no son negociables no he sido capaz. Quiero decir que, cuando una se aferra a sí misma por dentro, con confianza en sus propios criterios, el “no puedo” sale solo. Ahora siempre reviso: me invitó una amiga a ir de vacaciones con su pareja. Yo todavía no me encuentro fuerte, estar viuda todavía me afloja. Me siento y me escucho: debería ir porque no es bueno encerrarse; debería ser agradecida con la invitación, debería hacer lo que mis hijos me recomiendan…. Y luego me escucho: lo que necesito es descansar, me apetece andar por la playa ahora que todavía no hace calor y leer mis libros; la soledad me gusta; no tengo ganas todavía de viajar. Así que llamo a mi amiga y le digo: ¡Marisa! No puedo ir contigo de vacaciones. Así con esa frase, porque antes le habría dado mil excusas y me habría justificado de mil formas, incluso mintiendo. A mí me sirve emplear esa palabra: poder; sí puedo, no puedo. Negocio y encuentro lo que puedo y no puedo y así lo planteo. En mis tiempos de antes yo no utilizaba esta palabra, ahora la uso mucho, y me sale sola porque me escucho y me respeto. Antes para decir un no pasaba un calvario porque me sentía fatal y además cuando lo planteaba yo misma lo ninguneaba porque no lo sentía con fuerza. Lo mismo lo aplico para decirle que no a mi amiga Marisa que a mi hija cuando me llama para que cuide de mi nieta. A veces le digo: hija, no puedo. ¿Y sabes lo que me ha pasado gracias a esto?: que un día tomando café con ella, me dio las gracias por esos no puedo y ha sido la única experiencia gratificante que yo he tenido en mi maternidad realmente. Reconoció que había pensado que me había vuelto una egoísta pero que ahora se había dado cuenta de que era un regalo. Me dijo: ama, ahora yo también puedo decirte a ti que no puedo, es como si también me hubieras dado el permiso a mí de decirte que no. Y así podemos ser mas claras, no veas qué cambio en la relación con mis hijos…

floresCuando las mujeres se han dicho que sí a sí mismas han encontrado la llave que permite abrir las puertas de otros cambios: las nuevas mujeres mayores han encontrado otros parámetros para cuidar de los suyos. Ya no sujetan, ya no sostienen sino que acompañan. Y eso es maravilloso en cuanto a la capacidad transformadora que tiene en sus relaciones.

De nuevo las mujeres que envejecen bonito revisan ideas viejas que tienen un gran peso y que ya no sirven, y rompen por fin la relación que vincula cuidar con sostener; o cuidar desde la renuncia y el dolor. Cuando sostenemos a alguien querido también nos apropiamos de su responsabilidad y corremos el riesgo de ser confundidas con un sofá.

El ejercicio de la maternidad de las mujeres mayores se revisa desde este nuevo lugar y las mujeres comprueban que acompañar es saberse útiles pero no imprescindibles y reconocen a los hijos e hijas como seres humanos independientes que gestionan su vida como pueden. En sus propias carnes han vivido que cambiar es difícil, y que la llave del cambio está en cada una y cómo lo han vivido, pueden tolerar que a veces los demás eligen no cambiar, así que devuelven a los hijos e hijas las llaves de sus procesos para que sean ellos quienes hagan cambios cuando puedan.

Esto suena muy bien, suena a una maternidad consciente y es liberador a la vez de duro (a veces toca dejar de sujetar el alcoholismo de un hermano o una pareja, la enfermedad de una hija… etc). Las mujeres inician un camino de acompañamiento en sus relaciones que trae otro regalo añadido: les permite saberse acompañadas también. Y esto se debe a que las relaciones tienen espacio para un cuidado bidireccional. Una ha de pedir ayuda, cariño, reclamar cuidado cuando lo necesite y rodearse de relaciones donde esto sea posible: un cuidado desde el acompañamiento en dos direcciones, cuidar y ser cuidada.

Uno de los miedos de las mujeres que envejecen bonito es a volverse dependiente. Dejar de cuidar y pasar a ser cuidada. Cuando las mujeres dan el paso de dejar de cuidar bajo los mandatos femeninos y empiezan a acompañar surge una reformulación del miedo y un nuevo deseo: “yo no quiero que mis hijos e hijas me cuiden como yo cuidé a mis padres, lo que yo quiero es que me acompañen si pueden”. Y esto es otra llave que permite a las mujeres que envejecen planificar cómo quieren hacerlo.

Para las mujeres que apostamos por aprender.
Para las que nos hemos embarcado en la aventura de crecer juntas.
Convencidas de que todavía hay tiempo para llevar las riendas y tomar decisiones a nuestra medida y en nuestra vida.
Porque el tiempo que tenemos por delante no es para marchitarse, sino para despertar.
Porque todavía hay mucho que sentir, pensar y hacer.
Todavía nos queda mucho por decir.

Porque es tiempo de Envejecer Bonito
Es tiempo de estar dispuestas para afrontar los cambios.

Talkin’ bout a Revolution

Noviembre 2, 2016 en Doce Miradas

El 24 de octubre de 1975, tuvo lugar en Islandia un evento sin precedentes: nueve de cada diez mujeres fueron a la huelga para protestar por las desigualdades en el empleo y en el hogar. Aquel día no acudieron a trabajar, no cocinaron y no cuidaron de sus hijos e hijas. Y no lo hicieron para demostrar algo en las calles. El resultado de aquel hito fue un país paralizado y salchichas agotadas en los supermercados. Quizá por eso los hombres recuerdan aquel día como el “viernes largo” y hay quienes se refieren a él como el “día de la salchicha” (para cenar, se entiende).

Cinco años más tarde, Vigdis Finnbogadottir era elegida presidenta del país. La primera mujer en el mundo en ostentar este cargo. En una ocasión, afirmaría que la huelga de 1975 lo hizo posible. Según Finnbogadottir, “lo que ocurrió ese día fue el primer paso para la emancipación de las mujeres en Islandia. Se paralizó el país por completo y abrió los ojos de muchos hombres”.

Los numerosos testimonios de las mujeres que acudieron a alguna de las manifestaciones organizadas por el país, coinciden en destacar la enorme solidaridad que se generó aquel día de otoño entre las manifestantes. Ellas lo llamaron el “día libre de la mujer” y con su unión dieron forma a un impulso colectivo cuya inercia ha llegado a nuestros días.

Cuatro décadas más tarde, dicen de Islandia que es el mejor país del mundo para ser mujer. También dicen que es el mejor país del mundo para vivir (lo cual tiene mucho mérito si pensamos que el país debe su nombre al hielo). Parece, en todo caso, demostrada la lógica de ese argumento tantas veces escuchado y formulado de que “a mayor Igualdad, mejor sociedad”.

¿Y cuál es la receta del éxito? Las mujeres islandesas no han dejado de pelear en este tiempo y continúan, en la actualidad, saliendo a la calle para conquistar los retos que les restan. Hace apenas una semana, por ejemplo, el 25 de octubre de 2016, acabaron sus jornadas laborales a las 14:38, un 14% antes que cada día. Protestaban porque su sueldo es un 14% menor que el de los hombres. Aquí, en cambio, nuestra brecha salarial ronda el 25%.

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Si vosotras habláis, nosotros escucharemos siempre 

La semana pasada también, la ponencia de un asesor en género del gobierno islandés en un congreso sobre “Igualdad y Conciliación” al que asistí, despertaba la semilla de este post. Ante mi curiosidad sobre la actitud con que los hombres del país enfrentan las reivindicaciones femeninas, Tryggvi Hallgrimsson cerraba su matizada y civilizada respuesta así: “if you talk, we’ll listen forever”. “Si vosotras habláis, nosotros escucharemos siempre”.

Fue un momento de epifanía para mí; fan de la palabra hasta el hartazgo… La frase me golpeó con la crudeza que golpean las revelaciones. Porque tras dos días analizando los ejes de la desigualdad, resultados de investigaciones, certidumbres académicas, avances sociales… Tras dos días “hablando”, comprendí porqué coinciden los estudios internacionales en que tardaremos más de 170 años en llegar a la Igualdad. Y comprendí también por qué hay países que tardarán 80.

Islandia va en cabeza, por supuesto. Porque hay cosas que no se piden. Se exigen. Cosas que no se conceden. Se conquistan. Y así se va más rápido. Y porque hablar, ya hemos hablado largo…

En mi último post, precisamente, me estremecía al conocer la madurez (y vigencia) de los planteamientos de mujeres contemporáneas a la Revolución Francesa como Olympe de Gouges. Madurez que compartían, sin duda, los discursos de grandes hombres posteriores como Gandhi o Martin Luther King en sus demandas de sociedades más justas. Ambos fueron capaces, sin embargo, de concitar a sus coetáneos, haciendo que marcharan tras mismos lemas. Las mujeres francesas, por contra, sumaron sus voces a un proyecto más global que, una vez en el poder, las dejó de lado. Lo explicaría más tarde Philip Kotler: si no eres marca, eres mercancía…

Violentas o pacíficas (por aquí solo somos de las segundas), así son las revoluciones: expresiones multitudinarias. Concentran necesidad de justicia y, fundamentalmente, agrupan a quienes protagonizan la injusticia. Suelen empezar en un susurro. Luego apenas un murmullo. Y a medida que van sumando voces, van sumando fuerza. Del latín, revolutio (una vuelta), las revoluciones conllevan un cambio social fundamental que tiene lugar en un periodo (relativamente corto o largo). Y lo hacen porque consiguen despertar y contagiar ilusión alrededor de una visión. Alrededor de un sueño compartido.

Pues bien, las revoluciones pueden producirse de muchas maneras y en los lugares más insospechados. En la manifestación del 8M, pero también en la parada del autobús, la reunión con el colegio o la del trabajo. En Twitter, en Facebook y en el grupo de Whatsapp con tus primas y hermanos. Somos armas de sensibilización masiva. Donde proceda, dígase. Y donde no, también. Nadie dijo que ser revolucionaria no fuera cansado.