El feminismo en tiempos de confinamiento

marzo 24, 2020 en Doce Miradas

Esta situación merecía un post colaborativo y aquí está.

Es una reflexión colectiva sobre lo que estamos viviendo y sobre cómo nos las podemos arreglar para sobrellevar este momento del mejor posible. También sobre lo que aprenderemos o deberíamos aprender, qué provechosas enseñanzas podemos extraer de esto.

Nos sirve igualmente este post como despedida hasta el 21 de abril. Adelantamos las vacaciones de Semana Santa y aprovecharemos este tiempo para reorganizarnos y volver con la misma o mayor fuerza.

Qué estamos viviendo

Probablemente la etapa más rara de nuestras vidas, en la que transitamos de la infoxicación a la sordera selectiva, del querer saberlo todo al no querer recibir malas noticias. Como decía Jane Austen, somos “mitad agonía, mitad esperanza”. 

En el momento de escribir estas líneas y desde que se decretó el estado de alerta, ya ha habido en España dos asesinatos machistas. Lo advertía Naiara Pérez de Villarreal en su último post

A nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Estamos experimentando la verdadera dimensión de la palabra “confinamiento”. Porque no es lo mismo quedarte en casa y aburrirte, que no poder salir y que te asesinen. Miles de mujeres están viviendo el terror del confinamiento junto a sus agresores, aisladas (más aún) de sus posibles redes de soporte. Esas violencias de puertas adentro son ahora, más que nunca, señales que no oímos, alertas que no nos movilizan. 

Hasta ahora el desconcierto y la falta de certezas eran solo una intuición o, en el mejor de los casos, una frase molona, de esas que lees en un artículo y comprendes, pero sin permitirle penetrar en tu conciencia real ni mucho menos condicionar tu forma de vida.

Pero, de repente, ya no es una tendencia de futuro: hoy no saldrás de casa, tampoco mañana, y no te atreves a pensar cuándo lo harás. Deseas volver a la “normalidad”, pero sabes que, a estas alturas, nadie puede asegurarte cómo será la normalidad después de esto.  

Estamos viviendo, en directo, la teoría de la que hemos hablado en los últimos años. Estamos protagonizando las próximas series de Netflix. 

Incapaces de prever lo que nunca nos había sucedido, tampoco llegamos a imaginar que podríamos vivir una situación así. Hasta ahora vivíamos con la certeza de que, para tomar distancia de las cosas y poder respirar aliviadas, había que moverse o buscar la compañía de otras gentes con quienes descargar, desahogar y compartir. Sin embargo, el confinamiento ahora nos obliga a gestionar la incertidumbre y el dolor entre cuatro paredes y nuestra vía de escape es la videollamada, el abrazo de las personas con quienes compartimos encierro (si tenemos esa suerte) y los aplausos de las ocho de la tarde, que pronto tendrán lugar a la luz del día.

Doce Miradas es un espacio en el que hablamos, reflexionamos y compartimos con gente de fuera que nos alimenta, pero también lo hacemos entre nosotras doce. En estos días en los que el aislamiento nos ha caído como una losa, las conversaciones cuestan, suponen un esfuerzo y las reflexiones están en modo off. No os preocupéis: activaremos las neuronas.

Esto nos confirma que somos de red, pero también que necesitamos aire, sol, nubes, largas caminatas, ver, sentir y tocar más allá del encierro.

Fotografía de Andrea Silván, @silvanrubiales

Qué estamos aprendiendo

Como todo lo que nos rodea, también estas circunstancias extraordinarias tienen una lectura de género. 

Una pandemia global ha puesto de manifiesto lo que el feminismo venía advirtiendo desde hace tanto tiempo: que nuestro mundo no se sostiene sin los cuidados (los propios y los comunitarios) y que estos los soportan, de forma mayoritaria y apabullante, las mujeres.  

Hemos entendido con total claridad lo que Teresa Torns nos decía al respecto: que la de los cuidados es una cadena que recorre toda la sociedad y que todos sus eslabones, todos ellos, son mujeres. Son mujeres quienes cuidan dentro de la casa (porque os quiero tanto), fuera de ella (dos horas, tres días por semana), en espacios formales (auxiliares precarias, enfermeras precarias, asistentas precarias) y en los informales (unas horas con la abuela o el abuelo en la residencia). 

También estamos entendiendo qué significa esa afirmación tantas veces pronunciada: la pobreza tiene rostro de mujer. Son mayoritariamente mujeres las trabajadoras precarias que perderán, que han perdido ya sus empleos, empleos que ya antes habían estirado como los dobladilos de una falda, intentado alargar, con poca fe, salarios de miseria.

Son ellas el rostro de la pobreza y lo son también sus hijos e hijas, porque aunque las estadísticas hablen de hogares monoparentales, sabemos que son monomarentales y que una de las principales causas de la pobreza infantil es la pobreza femenina. 

El rostro de la mujer trabajadora pobre y con cargas familiares es muchas veces un rostro racializado. ¿Cuántas mujeres migradas trabajadoras en el hogar se encuentran hoy en una  situación aún más precaria y más vulnerable ante los abusos de toda clase? La situación de emergencia de las trabajadoras internas es aún más insostenible en confinamiento.

¿Y luego qué? 

Esta crisis nos produce incertidumbre y nos provocará dolor. Habrá palabras que nunca más significarán lo mismo: sanidad, educación, formación, público, privado, trabajo, comunidad, conciliación, cuidado, abrazo, sentir, estar. Y el significado, la denotación y la connotación que otorguemos a esas palabras determinará el tipo de sociedad que lleguemos a ser cuando todo esto pase, que pasará.

Esta crisis también debe generarnos esperanza. Porque no hay un momento previo al que regresar, en muchas situaciones no habrá vuelta atrás y está en nuestras manos hacer que esto suponga un verdadero avance. Por ejemplo, se acabó la invisibilidad del cuidado, pues ahora ya sabemos qué papel desempeña. Ocurre lo mismo con la cooperación, la sororidad, la importancia de la comunidad para hacer frente a los retos y dotarnos de respuestas. La interdependencia hace sostenible la vida. Si pensamos en el escenario de salida tras esta crisis, ¿no concluiremos que se parece mucho a lo que el feminismo ha venido diciendo durante tanto tiempo? 

Y luego, seguro que gozaremos más de las terrazas, de las calles, de placeres simples, como descansar un ratito en un banco de una plaza; o reunirnos con los amigos, con las amigas, sentarnos muy juntas, reír y charlar.

La realidad económica se hará dura para muchas de nosotras: entonces habrá que activar verdaderos mecanismos de sororidad. O mejor: vayamos activándolos ya.

Amigas, amigos, volvemos pronto. Esperamos encontrarnos a la vuelta. Más que nunca, no nos faltéis. Hasta entonces, buena suerte y cuidaos mucho.

Mujeres en estado de alarma

marzo 17, 2020 en Doce Miradas

De repente el sistema se ha parado. Ya no van los menores al colegio, la economía se resquebraja y muchas personas estamos recluidas en casa, teletrabajando y solamente salimos para ir a trabajar y para comprar lo necesario.

Desde que hemos visto llegar la amenaza real del coronavirus a nuestras vidas estamos viviendo días convulsos. Primero fue el cierre de colegios, y después la declaración del estado de alarma por parte del Gobierno de España, que nos ha obligado a un confinamiento masivo sin precedentes desde que nací.

Esta situación excepcional, de la que seguramente nos quedan muchos días por delante, hace aflorar una vez más la vulnerabilidad que sufrimos las mujeres respecto al tema de los cuidados. Según el último informe elaborado por Oxfam Intermón, las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado, y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que se ocupa del trabajo de cuidados que sí está remunerado.

En los casos de las parejas con menores a cargo, en estos días es bastante habitual que sea la mujer la que renuncie a trabajar, consecuencia de los estereotipos de género y el sistema patriarcal en el que vivimos, en el que el hombre «tiene un trabajo más importante o mejor remunerado». Por ejemplo, a nadie le extrañaría que una mujer le dijera a su superior que es ella la que se queda en casa, y no su marido. Pensar en la situación contraria…¿por qué nos extraña?

Una vez más, nos toca cuidar de los niños y niñas, personas ancianas y otras dependientes. Incluso, en el caso de muchas mujeres que son empleadas de hogar, trabajan en residencias, cuidan de personas dependientes o son personal sanitario (trabajos muy feminizados), tienen que cuidar enfermos con el virus o con síntomas, multiplicando su exposición a contraer la enfermedad, y agravando esta vulnerabilidad.

Mientras suben de manera exponencial el número de personas contagiadas, más son las personas que, a través de redes sociales como Twitter, tiran toda su bilis culpando al movimiento feminista y al Gobierno de la propagación del Covid-19 por haber organizado o permitido las movilizaciones del 8M. 

Yo no me arrepiento de haber salido a la calle en Galdakao durante ese día a reivindicar la igualdad. Había que hacerlo. Es cierto que quizás aún no veíamos la que nos iba a venir encima, pero no es menos cierto que si echamos la vista atrás, durante esos días hubo cientos de eventos que pudieron contribuir a la expansión del virus, y los que no se han criticado tanto: partidos de fútbol (con jugadores y afición desplazándose incluso a otros países), conciertos, celebraciones religiosas, mítines políticos, etc. De hecho, muchas de las personas que han utilizado el 8 de Marzo como arma arrojadiza contra el movimiento feminista, hasta hace muy poco ni se planteaban suspender los actos de la Semana Santa. ¿ESO ES COHERENCIA?

Pero, sin tratar de quitar la importancia que tiene a los temas planteados anteriormente, hay otra circunstancia que me preocupa especialmente durante este confinamiento: la violencia de género.

ONU Mujeres advierte: «Las desigualdades de género empeoran ante cualquier crisis y esto incluye que aumenten los niveles de violencia sobre las mujeres»

Y es que a nadie se le escapa que el aumento del tiempo de convivencia, implica un casi seguro repunte en casos de violencia de género, tal y como ocurre en vacaciones o en Navidad. Ha ocurrido en China, y está ocurriendo también en Italia con las cuarentenas.

Pienso en esas mujeres que quizás nunca hayan denunciado (o si), pero que sufren a diario el acoso y la violencia verbal, emocional e incluso física de sus agresores con los que viven. En muchos casos, ahora deben estar 24 horas con esa persona, y mucho me temo que esta situación generará que aumenten los casos de violencia hacia ellas. Se justificarán diciendo que es el stress de la situación, o la enajenación mental que sufren por no “salir a despejarse”.

Ya no tendrán esos momentos de respiro que les daba salir a trabajar fuera de casa, dar un paseo o ir a la cafetería a leer un buen libro. O cuando su pareja se pasaba buena parte del día fuera de casa, para ir a trabajar, ver el fútbol con sus amigotes o beber sus cervezas en el bar. Y aunque a veces viniera borracho y más agresivo, por lo menos respiraba durante unas horas antes de sufrir la violencia y la humillación cotidiana.

No se si alguna mujer en esa situación estará leyendo este post, ojalá. Qusiera recordar que en Euskadi tenemos un servicio especializado para mujeres víctimas de la violencia de género, SATEVI, que cuenta con atención telefónica 24 horas en el número 900840111, y que por supuesto no deja rastro en la factura telefónica. Para el resto de las comunidades autónomas, sigue activo también durante estos días el 016.

Pero claro, un problema añadido a esta situación es que es más difícil encontrar un momento de estar sola para llamar a estos servicios y denunciar malos tratos. Muchas mujeres no lo harán por miedo, y porque lamentablemente los justificarán por la excepcionalidad del momento. Por eso es más importante que nunca estar alerta también ante los casos de violencia que podamos intuir por los golpes o gritos que escuchemos en los pisos de nuestras vecinas e intervenir.

Aunque sea desde nuestras casas, la lucha sigue. Muchas mujeres viven y conviven en estado de alarma.

Fight like a girl. Mujer saharaui: tú me enseñaste a luchar

marzo 10, 2020 en Miradas invitadas

María López Belloso (@mAryalbelloso).
Santurtzi, 1979. Estudié Derecho convencida de que la justicia era neutral. Sin embargo, unas vacaciones en paz me enseñaron que, como dijo Desmond Tutu, la neutralidad ante la injusticia es ponerse del lado de opresor. Por eso desde entonces trato como puedo de dar voz al pueblo saharaui, sobre todo desde las voces de las víctimas de violaciones de Derechos Humanos y de las mujeres

El conflicto del Sahara Occidental ha sido objeto de análisis desde distintas disciplinas por varias razones: la incapacidad de la comunidad internacional y Naciones Unidas por resolver un conflicto sobre el que el Derecho Internacional aplicable es claro, la dilatación del proceso de paz, o el expolio de sus recursos naturales. Sin embargo, si hay un elemento diferenciador de este pueblo del Norte de África, es el papel que han desempeñado las mujeres en su sociedad, y en su lucha por la independencia y la libertad.

Ya en las primeras aproximaciones desde el sector académico llamó la atención el rol que las mujeres desempeñaban en una sociedad tribal. Durante la época colonial el papel de la mujer saharaui llamó ya la atención de investigadoras como Dolores Juliano, que en su libro “La Causa Saharaui y las mujeres”[1] ya identificó la especificidad de la mujer saharaui[2] .

Sin embargo, hoy no pretendo hacer una revisión bibliográfica de la cuestión saharaui y la situación de las mujeres, sino rescatar a mujeres concretas, iconos de la lucha de un pueblo, que evidencian en primera persona la singularidad de esta sociedad y de la lucha de sus mujeres. 

1.- Luchadoras a través de la cultura (cultural fighters)

No hay mejor homenaje ni reconocimiento que el que realizan un hijo o una hija a sus madres, y el mejor ejemplo de la singularidad de estas mujeres durante el periodo colonial lo encontramos en el tributo que Bahia Awah rindió a su madre, Jadiyetu Omar en su libro “La maestra que me enseñó en una tabla de madera”. En este libro Bahia destaca la figura de su madre, poetisa, mujer culta e intelectual que utilizaba los recursos de su época y su sociedad nómada para transmitir el conocimiento a su hijo. Otro claro ejemplo de aquellas mujeres cultas y trasmisoras de la cultura y los valores tradicionales es Fatima Brahim, madre de la cantante saharaui Um Rguia. Esta cantante convirtió un poema de su madre ante el inminente abandono de España al pueblo saharaui en una canción: “Sahara ma Timbá” (el Sahara no se vende) en un icono de la lucha de la liberación nacional. Mariam Hassan, la gran dama de la canción saharaui también huyó de la invasión con 17 años, y dedicó gran parte de su discografía a resaltar la figura de la mujer saharaui y a difundir la lucha de su pueblo en distintos países, haciendo de la música su campo de batalla contra la ocupación marroquí. 

2.- Luchadoras del cuidado (Care givers)

Con  la invasión marroquí y mauritana del territorio, la población saharaui huyó despavorida por el desierto hacia Argelia. Se ha resaltado el papel que jugaron las mujeres en la construcción de los campamentos de población saharaui y la asistencia a la población en estos momentos de emergencia. Sin embargo, además de esta importante labor en momentos tan traumáticos como los bombardeos de Um Draiga, Guelta o Tifariti, las mujeres saharauis también fueron víctimas y luchadoras por la causa saharaui.  Como relata Carlos Martín Beristain en su libro “Los otros vuelos de la muerte”[3], durante esa huida se cometieron terribles ataques contra la población que huía aterrada, en los que mujeres saharauis como Chaia Abeidala , enfermera saharaui que murió en el ataque al dispensario médico de Um Draiga. 

3.- Combatientes (combatants)

Mientras mujeres como Chaia ayudaban en la huida y en los primeros momentos de construcción de los campamentos de población refugiada, otras mujeres como Nueina Djil se convertían en iconos de la lucha de su pueblo a través del objetivo de la cámara de la fotógrafa de guerra francesa Christine Spengler.  Aquella fotografía proyectaba la imagen de una mujer saharaui, combatiente y madre, alejada de la tradicional imagen de subyugación de las culturas islámicas, y de las aproximaciones tradicionales al papel de las mujeres en los conflictos, que como explica Irantzu Mendía, se limitan a visiones de la mujer como víctima de los conflictos, obviando que también las mujeres son “sujetos de acción” en los mismo. En la actualidad, Nueina  dirige la escuela Militar de Mujeres del Sáhara inaugurada el 13 de abril de 2018.

4.- Defensoras de los derechos humanos (Human Rights activist )

Aquellas que no pudieron huir del territorio, se quedaron al albor de una cruenta invasión que atacó todo símbolo de la identidad nacional saharaui y, por tanto, se convirtieron en víctimas de detenciones arbitrarias, desapariciones y torturas. Describir a figuras como El Ghalia Djimli, las hermanas Salka y Mamia Salek, Dagja Lachar y como no, Aminetu Haidar, me resulta especialmente emocionante. Como he señalado, de entre todas las mujeres saharauis, Aminetu Haidar se ha convertido en un icono de la lucha pacífica del pueblo saharaui. Su historia de torturas y violencia tras permanecer desaparecida durante 4 años la convirtió en una de las activistas más destacadas, a quien organizaciones como Amnistía Internacional o HRW apoyaron. Sin embargo, fue en 2009 cuando la figura de Aminetu Haidar se convirtió en una leyenda. Cuando volvía de Nueva York de recoger el Premio al coraje civil de la Train Foundation, fue detenida en el aeropuerto de El Aaiun y expulsada a Lanzarote, por negarse a completar en la documentación administrativa la casilla referente a su nacionalidad como nacionalidad marroquí. En el aeropuerto de Lanzarote, Aminetu inició una huelga de hambre que sostuvo durante 32 días, poniendo en jaque a la diplomacia marroquí, española y Europea. Finalmente, tras la presión de EEUU, la UE, Francia,  y Naciones Unidas, Marruecos le permitió regresar al territorio. Tras este suceso, la figura de Aminetu Haidar ha seguido ganando notoriedad y seguir acumulando reconocimiento, habiendo sido galardonada en 2019 con el premio de la fundación Right Livelihood Award, considerado como el premio Nobel alternativo.

El nuevo gobierno nombrado por el presidente Brahim Ghali tras su reelección en el congreso cuenta con 4 ministras entre sus 20 componentes (un 20%), con representantes como Jira Bulahi, ex representante del Frente POLISARIO en España, Suelma Beiruk, ex parlamentaria africana representante de la RASD o Fatma ElMehdi, ex presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UNMS). Fatma el Medhi fue además la primera mujer en formar parte de la delegación del Frente POLISARIO en las últimas negociaciones entre las partes en Ginebra.  Este nuevo gobierno tiene ante sí retos muy importantes, como el desbloqueo de las negociaciones de paz, el expolio de los recursos naturales del territorio y la estrategia marroquí de anexión de sus aguas territoriales o las violaciones de derechos humanos en los territorios ocupados. También tiene retos a nivel interno, como gestionar el hastío de la población refugiada y las reclamaciones de la vuelta a las armas o las constantes reducciones de la ayuda humanitaria que ponen en riesgo el abastecimiento de la población refugiada. Para hacer frente a todas estas cuestiones, el Frente POLISARIO y el pueblo saharaui tienen que incluir a todas y cada una de las mujeres saharauis que siguen siendo activas en la defensa de su pueblo. El reemplazo está garantizado en los distintos sectores: jóvenes activistas como Hayat Erguibi o Mahfuda Bamba Lefkir siguen denunciando las continuas violaciones de derechos humanos en los territorios ocupados, afrontando por ello agresiones y encarcelaciones; Azziza Brahim sigue el camino de Um Rguia o Mariam Hassan difundiendo la cultura saharaui en distintos foros internacionales, a pesar de los vetos y las amenazas. Una nueva generación de poetas, la generación de la amistad,  cuenta con la pluma de Zahra Hasnaui para continuar escribiendo versos con nombre de mujer Jóvenes diplomáticas como Maima Mahmud ejercen con autoridad la representación de su pueblo ante los organismos internacionales. Periodistas como Ebaba Hameida o Nazha El Khalidi, colaboradora con la organización  Equipe Media que en 2019 recibió el Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado siguen difundiendo la causa saharaui. Incluso mujeres  como Iauguiha Mohamed Embarek que limpian el suelo adyacente al muroque separa el territorio ocupado del denominado “territorio liberado” de minas antipersona.Todas estas mujeres siguen conjugando en voz activa su papel en la lucha por la libertad de su pueblo y son el ejemplo claro de que cualquier solución al conflicto saharaui, tiene que contar también con sujetos en femenino, pero no porque el lenguaje inclusivo sea políticamente correcto, sino porque son agentes reales de la lucha de su sociedad y su pueblo. Todas ellas “luchan como mujeres” reales, heroínas de diario en un conflicto alejado de las cámaras y de la atención internacional, y en el que “lucha” de mujeres reales marca la diferencia. Todas ellas, en mayor o menor medida ponen rostro a la demanda de un pueblo que desde hace más de  45 años se enfrenta al abandono y el olvido. Todas y cada una de estas mujeres luchan como ellas saben y pueden para contribuir a la liberación de su gente. Todas y cada una de ellas, y todas las mujeres anónimas que sobreviven en los campamentos de población refugiada o en los territorios ocupados son el rostro de una guerra que no puede ganarse sin contar con las mujeres.


[1]                              Dolores Juliano (1998) La Causa Saharaui y las mujeres. Siempre fuimos tan libres. Ed. Icaria, Madrid, 1998.

[2]                              La realidad de estas mujeres durante la etapa colonial y el papel desarrollado por España, potencia administradora del territorio, ha acaparado recientemente la atención de investigadoras como Rocio Medina Martín, profesora del área de Filosofía del Derecho de la Universidad Pablo de Olavide, o Enrique Bengoechea que han analizado cómo afectó la presencia española a la mujer saharaui

[3]                              Carlos Martín Beristain (dir) (2015) Los otros vuelos de la muerte. Bombardeos de población civil en el Sáhara Occidental, Ed. Hegoa, UPV-EHU y Asociación de amistad con el pueblo saharaui de Sevilla

Homenaje a las «mujeres ociosas»

marzo 3, 2020 en Doce Miradas

Vivir sola en un barco es un sueño utópico si eres un hombre, una locura inconsciente si quién piensa en esa posibilidad es una mujer. 

Esta frase de producción propia me sirve de arranque para el post previo al 8 de marzo. Un 8 de marzo que llega tras dos años de movilizaciones que han supuesto un punto de inflexión en la demanda de una sociedad igualitaria y respetuosa con los derechos de las mujeres. Un movimiento feminista transversal que, junto con el movimiento contra el cambio climático, ha conseguido determinar la agenda pública.

Este año, Naciones Unidas nos propone celebrar la valentía y la determinación de las mujeres de a pie que han  jugado un papel clave en la historia de sus países y comunidades; mujeres ignoradas por los libros de Historia y ausentes de las grandes narrativas. Aquí va mi pequeño homenaje a la determinación de estas mujeres.

Traigo a este espacio a una mujer a la que conozco bien, una mujer de a pie, de más de 40 años, soltera e independiente, que vivió en Londres el peregrinaje habitual de pisos y más pisos de quien llegó a la capital británica bastante antes de que el Brexit lo cambiase todo. Harta de este peregrinar, un día decide cambiar de vida y vivir en un pequeño barco en los canales que recorren la ciudad londinense. Los comentarios que recibe de su entorno son mensajes insistentes en una única dirección: “¿estás segura, vivir tú sola en un barco?”. Esta frase, ‘tú sola’,  se reproduce como un eco, atraviesa con profundidad sus pensamientos y le hace dudar. Duda porque le hacen dudar, no duda de su capacidad. Duda y se enfada porque sabe que detrás de esos comentarios hay dos ideas arraigadas con fuerza en un imaginario social atravesado por la desigualdad de género: un barco es mucho trabajo para una mujer sola y es peligroso que una mujer viva sola en un barco (otra vez el miedo, otra vez la violencia queriendo condicionar la vida de las mujeres). 

Capaz y decidida, se mantiene firme en su idea: se compra un barco y vive en él. Investiga, prueba, resuelve, disfruta de su nueva vida. Aprende. Piensa, piensa mucho, y entre lo que piensa, piensa en las mujeres que no pudieron ser tan decidas y renunciaron al derecho a vivir como imaginaron porque alguien les dijo que no podían, que era peligroso o que era demasiado trabajo para ellas. Lo que todavía no sabe es que antes que ella, hubo un grupo de mujeres que protagonizaron parte de la historia de los canales fluviales de Reino Unido.

Ya de lleno en su vida de ‘boater’, gestiona la logística de una embarcación que es su casa y que según la normativa de navegación de los canales hay que mover periodicamente. Los días previos, son días de planificación y trabajo: primero hay que decidir cuál será el siguiente punto de amarre, tiene que ser un lugar bien comunicado desde el que poder ir a su lugar de trabajo; después tiene que calcular el tiempo que le llevará mover el barco; y por último hay que ponerse en marcha, soltar nudos, arrancar el motor y llevar el timón; subir y bajar del barco tantas veces como haga falta para abrir y cerrar compuertas, tirar de él en cada una de las esclusas para atraerlo a la orilla y amarrarlo a las piquetas. Sin duda es un trabajo físico, pero también técnico y de planificación, de análisis previo de riesgos y de anticipación. Con su timón, cualquiera diría que dirige una pequeña empresa más que un barco.

En el proceso de pensar y aprender, lee libros sobre navegación y contacta con grupos de mujeres que como ella también hicieron caso a su impulso de vivir como imaginaron, mujeres con las que comparte inquietudes, conocimiento, mujeres que se ayudan y se apoyan (la sororidad). Es entonces cuando conoce la historia de las ‘Idle Women’, las mal llamadas “Mujeres Ociosas”: un grupo de 40 mujeres británicas que durante la Segunda Guerra Mundial, cuando cientos de hombres se fueron al frente, mantuvieron el transporte fluvial de mercancías en el Reino Unido, llevando a cabo uno de los trabajos más difíciles del Frente Interior. Trabajando en equipos de tres, transportaban las mercancías en un par de botes estrechos conocidos como “motor and butty”. 

Durante meses, las “mujeres ociosas” (qué cruel o qué deliciosa puede ser la ironía británica), completaron viajes de ida y vuelta de más de tres semanas entre Londres, Birmingham y Coventry. Navegaron durante jornadas extenuantes de 18-20 horas, a veces en climas helados y con niebla, para entregar los suministros esenciales para la guerra, transportando cargas de 50 toneladas de carbón, acero y cemento. Todo lo hacían a bordo: trabajaban, dormían, comían y se aseaban. Solas, pero acompañadas.

«El trabajo fue duro: desde la carga y descarga hasta los largos días que pasábamos viajando en todas las condiciones posibles, atravesábamos esclusas sin fin, a menudo en la oscuridad y sin poder usar antorchas debido al apagón forzado», escribió en su diario Evelyn Hunt, una de las primeras mujeres en ser voluntaria allá por 1942. «¡Que día! ¡Lo peor que hemos tenido hasta ahora! ¡Y qué noche para empezar a escribir este diario! El viento está aullando afuera, creo que es una tormenta tan salvaje como nunca he escuchado ”, escribió en su primera entrada curiosamente el 1 de enero de 1943.

La historia de las “Idle Women” permaneció prácticamente oculta durante años confirmando las palabras de la historiadora Inmaculada Gil-Bermejo sobre lo poco que se sabe de las mujeres invisibles, aquellas que hicieron historia aunque sus nombres no hayan llegado a ser conocidos. Han tenido que aparecer un grupo de entusiastas mujeres apasionadas por la navegación, para que se difunda y se conozca el aporte de estas mujeres pioneras que dieron un paso al frente y decidieron no quedarse en casa mientras los maridos ausentes libraban la batalla.

Qué la historia la escriben los vencedores es algo conocido, qué la han escrito los hombres, también. Las mujeres estamos ausentes en los libros de Historia (como si hubiésemos permanecido ociosas durante todo este tiempo), hemos tenido que superar muchos obstáculos para poder desarrollar nuestros intereses y capacidades (recuerden a nuestra protagonista), y las que han conseguido hacerlo, salvo señaladas y contadas excepciones, no han recibido ningún reconocimiento y ni siquiera han sido nombradas en los relatos oficiales (ahí están nuestras ‘Idle Women’). 

Esta semana de movilizaciones y reivindicaciones, es un buen momento para recordar el papel de las mujeres que se salieron de las normas, que desafiaron y siguen desafiando las convenciones de su tiempo, que rompieron y rompen techos de cristal y remueven los suelos pegajosos, porque son ellas las que hacen historia y consiguen que la sociedad avance. Merecen ser reconocidas y que su historia inspire a futuras generaciones.

Como bien decía Ana Erostarbe, es una verdad, verdadera que a las mujeres, nos ha costado infinitamente más que se reconozca nuestro trabajo, y es otra verdad, verdadera que, como decimos en Doce Miradas, las cosas se cambian, cambiándolas. Que así sea.