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Mis abuelas y la ley

24/04/2018 en Doce Miradas por Christina Werckmeister

Pertenezco a la tercera generación de mi familia materna con el honroso cometido de organizar la gran reunión que celebramos cada 20 años más o menos y que cariñosamente llamamos “Telesforada”. La festividad toma su nombre del tatarabuelo Telesforo, fundador del despacho de abogados que este año cumple 150 años y seis generaciones de juristas del mismo apellido paterno.

Sobre esta familia (bueno, sobre los hombres de esta familia) es posible saber bastante, pues como buenos letrados, todo quedaba registrado, anotado y guardado. Gran cantidad de viejos y frágiles archivadores, misteriosamente numerados (faltan algunos ejemplares claves del puzzle) perviven en un desván, repletos de escritos, documentos, contratos, testamentos, cartas, dibujos …

De las mujeres del árbol genealógico también sabemos, pero no por sus heroicas defensas de fuertes, ni por haber fundado despachos de abogados, o escrito valiosos documentos históricos, ni por publicar volúmenes de Derecho Civil Navarro o redactar estatutos. Al examinar los documentos encontrados, tenemos que “leer entre líneas”, conjeturar la veracidad de las anécdotas cariñosas e imaginarnos a partir de antiguas fotos descoloridas sus vidas  “acompañando” y, desde luego, posibilitando las hazañas de sus maridos, padres e hijos.

Habiendo nacido en familia de leyes (sin haberlas estudiado yo misma y, por tanto, arriesgándome a cometer alguna inexactitud), me pregunto de qué manera afectaban éstas a mis antepasadas directamente (además de indirectamente, al ser todas ellas hijas, hermanas, esposas o madres de abogados y notarios).

En sus matrimonios estaban sometidas a la autoridad marital, “en el Derecho histórico y comparado, un principio incuestionado de organización que atribuye al marido el poder sobre la persona y bienes de la mujer[1]. Por ello, María Jesús, su nuera Dolores, la nuera de ésta, Laura, y su hija Eukene (de haber permanecido en España), debían obedecer a sus maridos a cambio de protección (el ritual de la boda medieval imitaba la ceremonia del homenaje feudal entre señor y vasallo[2]).

http://www.rtve.es/alacarta/videos/version-espanola/version-espanola-reportaje-sobre-derechos-mujer-antes-1975/990157/

Esta autoridad contemplaba en diversos Códigos Penales el uxoricidio honoris causa, por el cual la infidelidad de ellas podía ser castigada por marido o padre impunemente, incluso con la muerte (el de 1870 recogía en su texto la fórmula de la «venganza de la sangre»)[3]. Desde 1944 hasta 1963, año en el que se suprimió este “privilegio” del marido, el uxoricidio era castigado únicamente con el destierro (en caso de lesiones que no fueran graves, quedaría exento de pena).

Solamente mi madre, Eukene, se libró de vivir bajo esta espada de Damocles codificada.

Además del marido y del padre, también el estado castigaba el adulterio. Este delito únicamente se contemplaba en el caso de las mujeres, pues bastaba con una sola infidelidad.  Sin embargo, en el caso del marido era necesario probar el amancebamiento, o la reiteración y notoriedad del acto. Así, ellos solo debían cuidarse de no repetir mucho con la misma. Durante el franquismo las penas eran de 6 meses y un día hasta 6 años de encarcelamiento. El adulterio y el amancebamiento no fueron “despenalizados” hasta 1978.[4]

En base a la consideración de las mujeres como seres incapaces o menores de edad, todas precisaban de licencia marital o autorización del padre para enajenar sus bienes y en general, para celebrar actos o contratos por los que adquiriesen obligaciones, o desarrollasen actividades comerciales o mercantiles.

En 1977, fue noticia que la Dirección General de Notariado dictara una resolución otorgando “la plena facultad de la mujer respecto a sus propios bienes, aun cuando sea casada y en régimen de gananciales” (!), generando el siguiente titular tan obvio en El País: “La mujer casada podrá comprar bienes inmuebles[5].  De nuevo, solamente mi madre se libró (a medio matrimonio) aunque no del todo: el artículo nos informa de contradicciones que persistían vía varios artículos que garantizaban que el marido fuese el administrador único de esta sociedad, y salvo para la venta, podía disponer sin consulta ni permiso de los bienes gananciales. La mujer, en cambio, solo dispone libremente de los bienes gananciales para la cesta de la compra. “Es decir, los bienes de inmediato consumo familiar, en los que la mujer dispone dado su papel tradicional y avalado por la ley, de dedicación al hogar y cuidado de éste.”

Ni María Jesús, ni Dolores, ni Laura (su marido murió en 1970) tuvieron autonomía jurídica alguna. Hasta 1981, todas nuestras madres y abuelas debían pedir permiso a padre o marido para poder trabajar, cobrar su salario, vivir fuera de la casa paterna, ejercer el comercio, abrir cuentas corrientes en bancos, sacar su pasaporte, el carné de conducir… Técnicamente, mi madre perdió su nacionalidad al casarse con mi padre alemán, si no hubiese sido por una excepcionalidad del Fuero Navarro que le permitió  conservarla y yo misma pude acceder a la nacionalidad española que, naturalmente, me correspondía por derecho.

María Jesús Mendiluce murió sin haber sido nunca ciudadana de pleno derecho, ni pudo votar en ninguna elección. Dolores y Laura solamente pudieron votar durante un corto periodo entre 1933 y 1936, aunque no sé si lo hicieron. Laura y Eukene no pudieron volver a votar hasta 1977.

Aun viviendo al lado de estos ilustres hombres de leyes, para María Jesús, Dolores y Laura era inconcebible aspirar a trayectorias profesionales comparables. Concepción Arenal estudió Derecho entre 1841 y 1846, como oyente y disfrazada de hombre. Solo en 1966 pudieron acceder las mujeres a los cargos de magistrada, juez o fiscal, pues «la mujer pondría en peligro ciertos atributos a los que no debe renunciar, como son la ternura, la delicadeza y la sensibilidad», de ejercer tales profesiones.[6]

A partir del s. XX, ser universitaria tal vez no exigía el mismo nivel de transgresión que Concepción Arenal, pero no era la norma social, ni lo que se esperaba de la mayoría de mujeres (hasta 1910 no se permitía a las mujeres matricularse en ninguna especialidad salvo con permiso real o del Consejo de Ministros).

De éstas cuatro mujeres, solo Eukene pudo acceder a la carrera universitaria, y con gran esfuerzo y tenacidad llegó a ser catedrática. Hoy puedo decir que mi querencia hacia el pensamiento crítico-constructivo lo he heredado a partes iguales de madre y padre, y espero transmitírselo a mis tres hijos varones.

Finalmente llegamos a mi generación, donde he contado 8 juristas: 4 abogadas y 4 abogados.

Pero esta historia no se ha acabado. Son las leyes no escritas las más difíciles de cambiar. Están cambiando sí, pero nuestras hijas e hijos se merecen nada menos que compartir la misma autonomía, libertad y justicia sin esperas.

 

Mi prima abogada al lado de los 5 títulos de licenciatura de Derecho de mis abuelos

 

 

 

 

 

 

 

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Autoridad_marital

[2] G. Duby, El Caballero, la mujer y el cura, Madrid Taurus,1982 pp.181-182, en Breve historia feminista de la literatura española (en lengua castellana): La mujer en la literatura española, modos de representación desda la Edad Media hasta el siglo XVI, Emilie L. Bergmann, Iris M. Zavala 1993.

[3] http://www.abc.es/20100915/internacional/adulteras-espana-201009151646.html

[4] https://elpais.com/diario/1978/01/19/espana/254012406_850215.html

[5] https://elpais.com/diario/1977/02/18/ultima/225068401_850215.html

[6] http://www.abogacia.es/2017/01/26/la-mujer-en-la-abogacia-evolucion-de-la-desigualdad-profesional/

Nos tendrán en común. Desbordes desde los feminismos

17/04/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

axel morenoAxel Moreno. Educador social y terapeuta Gestalt. He desarrollado mi labor profesional como director de las áreas de Participación Ciudadana y Empoderamiento Social e Igualdad y LGTBI del Ayto. de Pamplona/Iruñea; técnico en Servicios Sociales del Ayto. de Madrid, Servicios de Juventud del Ayto. de Parla, Área de Igualdad del Ayto. de Burlada y distintas entidades sociales. Docente en FP, UNED y formación no reglada. Consultor e investigador en procesos de Participación, Educación y Cultura. Activista en diferentes colectivos e iniciativas sociales.

“Nos quieren en soledad, nos tendrán en común” fue uno de los lemas que surgió con fuerza durante el 15M para quedar tatuado en nuestra en consciencia colectiva. Una llamada a salir de la anonimia en el reto de politizar lo cotidiano. A hacer de la diferencia una riqueza y una fortaleza para compartir los problemas, para hacerlos comunes. A sentirnos y pensarnos juntas, para actuar en colectivo.

El 15M desbordó las estructuras y los imaginarios colectivos, canalizando el descontento general ante las consecuencias de una crisis política, social e institucional, fruto de una globalización económica con una progresiva mercantilización de la vida y un notable deterioro de los sistemas de protección social. Supuso un proceso afección sensible a problemas que percibimos comunes, sacudiendo la pasividad y la resignación individual, para despertar la empatía y la solidaridad colectiva, expandiendo la indignación de forma activa y entusiasta.

Tras el desmontaje de las acampadas, la energía de las plazas se desplegaría hacia distintos territorios de la vida, generando una difusa cartografía de iniciativas capilares, muchas de ellas casi imperceptibles: asambleas de barrio, mareas y acciones en defensa de lo público, el despliegue y articulación de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), centros sociales, huertos urbanos, grupos de consumo, redes de economía solidaria, cooperativas, grupos de crianza, etcétera.

Cuatro años más tarde, las movilizaciones sociales que acabaron llenando las plazas de las grandes ciudades españolas, dieron el salto a las instituciones con las candidaturas Municipalistas y el cambio en los gobiernos locales. Las campañas para las candidaturas y confluencias del cambio supusieron nuevos desbordes creativos descentralizados puestos al servicio del acceso a los Ayuntamientos. Tras las elecciones de mayo de 2015, ciudades como Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, A Coruña, Pamplona o Cádiz, abrieron un nuevo periodo a la búsqueda y experimentación de políticas públicas que superasen la supuesta crisis coyuntural. Pero nuestros municipios y barrios sufren directamente el impacto de un conjunto de transformaciones de carácter estructural que van más allá de una situación temporal. Nos encontramos atravesando un cambio de época que nos obliga a repensar el marco conceptual y las estrategias de las políticas locales y urbanas para poder hacer frente a las nuevas formas de desigualdad, pobreza y exclusión.

La coyuntura facilita que se desarrollen políticas locales centradas en reforzar las estrategias neoliberales de las políticas de austeridad, recrudeciendo las dinámicas de desigualdad social y territorial. Sus consecuencias más visibles continúan siendo la elevada tasa de paro, el deterioro del empleo, el incremento de las desigualdades de renta, el aumento del coste de la vida y la vivienda, la acentuación de los niveles de pobreza y de infravivienda, acompañado del deterioro de las políticas sociales y los servicios públicos.

No hay soluciones simples a problemas complejos y actuar sobre la complejidad de nuestros territorios implica desarrollar una nueva institucionalidad, una nueva concepción de lo público que no quede limitado a la esfera institucional. Implica reconocer los múltiples actores que formamos parte de esta realidad, nuestra interdependencia y la necesidad de potenciar el desarrollo de nuevas formas de entender y asumir las relaciones entre nosotras. Estableciendo espacios y procesos de participación, cooperación y articulación para la transformación y mejora de las condiciones del territorio en todas sus dimensiones.

Es necesario repensar las políticas urbanas más allá de las instituciones, desde un marco de mayor transparencia y participación en la toma de decisiones y desarrollo de la ciudad. Integrando multiplicidad estrategias y mecanismos de democracia urbana basadas en territorializar la gobernanza, coproducir las políticas públicas, abrir la gestión a la ciudadanía, apoyar la innovación social e impulsar la acción comunitaria.

Proceso Participativo Plazara!

“Nos tendrán en común”

Si el desafío pasa por desplegar una política expandida que transcienda los espacios institucionales, los ciclos electorales y la concentración representativa de poder, la clave está en el desarrollo de los procesos de empoderamiento social, participación ciudadana y acción comunitaria. No existe una única definición aceptada del significado de “comunidad” o de “acción comunitaria”, y sí muchas visiones contrapuestas. Aunque gran parte de las aproximaciones conceptuales tienen en común la idea de la acción comunitaria como la suma de procesos o acciones colectivas de transformación social con objetivos comunes, con una triple intencionalidad y estrategia:

-La mejora de las condiciones de vida locales.

-Fortaleciendo la comunidad y las redes de trabajo colectivo, empoderando a las personas y agentes del territorio (tejido social, tejido institucional y tejido económico).

-Mediante un estilo de intervención que busca incorporar a todas las personas y grupos posibles, haciendo que sean protagonistas de los cambios sociales que se promueven, sustentándose en su practica en procesos de democracia participativa, fortaleciendo los procesos de inclusión y cohesión social.

En marzo de este año se celebraron las “Jornadas Internacionales de Acción Comunitaria. Respuestas colectivas a los retos sociales”, organizadas por el Servicio de Acción Comunitaria del Ayto. de Barcelona y la Escuela del IGOP. Cinco meses antes, el Área de Participación y Empoderamiento Social del Ayto. de Pamplona/Iruñea había organizado unas jornadas en la misma línea, “Crear Comunidades Colaborativas. La construcción de políticas públicas de acción comunitaria”. En ambas jornadas quedó patente el interés y la preocupación general ante las dificultades y retos de la acción comunitaria en un momento de cambio de paradigma donde necesitamos construir nuevos referentes.

Sin embargo, para ser capaces de pensar y construir ese cambio, necesitamos dotarnos de otro imaginario que reorganice nuestra mirada, que nos oriente hacia unas posibilidades y sentido diferente. Las referencias de cambio urbano en la acción comunitaria son las imágenes del movimiento vecinal y el movimiento obrero en su defensa de los derechos ciudadanos y laborales. Imágenes ligadas a la militancia metropolitana, la organización, el liderazgo vecinal o sindical, la asamblea, la manifestación, la huelga y la acción desde el conflicto en barrios y fábricas. Ese modelo y fuerza organizativa de finales de la dictadura, marcaría una época ligada al arranque de la democracia, la construcción de servicios y equipamientos públicos y el nuevo ordenamiento municipal.

Las imágenes y relato del movimiento vecinal y sindical, introyectadas por los movimientos sociales, dificultan el tránsito hacia nuevos imaginarios para el cambio urbano. Las viejas imágenes de la lucha y conquista vecinal entorpecen la experimentación de nuevas movilizaciones e iniciativas ciudadanas, que desde el filtro y parámetros del viejo imaginario, quedan desvalorizadas e inútiles. Las imágenes de la vanguardia de la lucha vecinal, reproducen un modelo masculino y restrictivo que invisibiliza la retaguardia de los cuidados y la solidaridad que hizo posible sostener esas luchas por las mujeres. Un imaginario no pensado, ni construido desde un nosotras como personas diversas, ni dirigido a las otras, a las que quedan más allá de los márgenes de la participación.

La participación y la articulación colectiva no es neutral, está atravesada por la fuerza y legitimidad dominante del patriarcado. Aunque no nos guste, la acción comunitaria reproduce sistema de dominación sexo-género, donde las mujeres no pueden acceder ni desarrollarse en los espacios de participación en las mismas condiciones que los hombres.

“Si nosotras paramos, el mundo se para”.

La huelga del pasado 8 de marzo ha supuesto un nuevo desborde donde el movimiento feminista se convirtió en una marea imparable de la que surgió una huelga sin precedentes. En escasos meses consiguió agrupar a todo tipo de colectivos, desbordar a los sindicatos mayoritarios y organizaciones políticas, abrirse paso en la agenda mediática, hacerse presente en las conversaciones de nuestras calles, trabajos y casas, movilizar a una mayoría de mujeres desde una diversidad indudable (generacional, ideológica, cultural, de clase, etc.) y condicionar el discurso político.

La huelga feminista también consiguió desbordar el antiguo imaginario del movimiento vecinal y sindical. El 8 de marzo no vimos imágenes de neumáticos ardiendo en la entrada de fábricas y polígonos, ni calles vacías con comercios con las persianas bajadas como en otro tiempo. “Si nosotras paramos, el mundo se para”, era el lema de la jornada de huelga. Pero el país no se paralizó, al contrario, se movilizó y agitó con una potencia excepcional. Cientos de miles de mujeres inundaron las calles de nuestras ciudades y pueblos durante todo el día para concentrarse nuevamente en las manifestaciones de cierre de la primera huelga general feminista realizada en España. Los sindicatos cifraron el número de participantes en los paros totales o parciales en casi 6 millones. El movimiento feminista conseguía una movilización unitaria, transversal, descentralizada y autónoma lograda en pocas ocasiones.

El feminismo se convierte en un referente cada vez más poderoso. Supone la construcción de un imaginario de cambio integral, una revolución social que cuestiona el statu quo general al denunciar las desigualdades que atraviesan todos los ámbitos de la vida: el afecto, las relaciones sociales, familiares y de pareja, el trabajo, los cuidados, la crianza, el lenguaje, la violencia, las instituciones, el urbanismo, la economía…

La construcción de una nueva política urbana desde el empoderamiento social y la acción comunitaria, implica necesariamente la incorporación de la mirada feminista para poder deconstruir los viejos modelos militantes y generar nuevas formas de organización y acción colectiva, identificando las diferentes formas de poder para superar los sistemas de dominación y redefinir radicalmente las relaciones entre mujeres y hombres.

El pasado 8 de marzo volvimos a soñar con “otro mundo que es posible”, un mundo que estamos construyendo millones de mujeres y hombres con cada pequeño desborde cotidiano que hacemos desde los feminismos.

 

Bonitos pantalones

10/04/2018 en Doce Miradas por Noemí Pastor

Esto que os voy a contar sucedió, me sucedió, el día 25 de julio, festividad de Santiago, de 2016, a la una de la tarde, en un barrio residencial de Bilbao.

El día de Santiago suele ser  festivo en Bilbao y, como sucede en casi todos los festivos de julio, si sale soleado y espléndido, y así lo fue en 2016, Bilbao, con la excepción de unas cuantas zonas siempre bulliciosas y turísticas, se queda vacío, porque todo el mundo se va a la playa. Bueno, casi todo el mundo.

A la una de la tarde caminaba yo hacia mi casa, después de haber visitado a mi madre en la suya, por un desierto barrio de las afueras, por una amplia avenida inundada de sol. Cien metros más allá, hacia mí, por la misma acera, se acercaba un caballero de unos sesenta años, raza blanca y aspecto absolutamente correcto, vulgar y corriente. Nadie más a la vista.

Tuve un mal presentimiento. Se me vino a la cabeza esa escena de Con la muerte en los talones en la que el maléfico Hitchcock somete a Cary Grant a unos minutos de terror, no de noche, no en una callejuela estrecha y oscura, sino a pleno sol, en una despejadísima llanura. Supe que pasaría algo. Seguro que nada grave, pero algo.

Incluso protegida por mis gafas de sol, no lo miré directamente en ningún momento. Tampoco, por supuesto, cuando por fin nos cruzamos en la acera. Seguí con la vista al frente. Cuando llegó a mi altura, aquel señor dijo, en voz bien alta, nada de susurro: “Bonitos pantalones”.

No había salido yo de mi perplejidad cuando, dos pasos más adelante, ya a mis espaldas, volvió a gritar casi: “Sí, para pijama”.

Insisto en que el caballero no podía tener un aspecto más correcto ni más anodino: pantalón oscuro, camisa blanca impecable, barba entrecana bien recortada… No lo reconocería aunque lo tuviera frente a frente; y esto me perturba un poco. No era un marginal ni un outsider, sino un señor normalísimo, que tendrá su empleo, su coche, su cuadrilla de amigos con la que saldrá a potear; que tendrá esposa, hijos, hijas, nietas y nietos que no sabrán, que no podrán siquiera imaginar que su marido, su papá, su aita, su abuelito querido, su aitite, se dedica a increpar a desconocidas, aprovechando la impunidad de una calle desierta.

Sé que no se trató de un incidente grave, pero tampoco insignificante ni baladí. A mí me dejó muy mal cuerpo, una sensación de fragilidad, de vulnerabilidad, de poder ser atacada, como si aquel señor me hubiera dicho: “No te hago nada malo porque no quiero, pero podría. Me limito a molestarte. Agradécemelo”.

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Sofía Carvajal, comunicadora social y periodista colombiana, en su libro El piropo callejero: acción política y ciudadana, afirma que lo que comúnmente llamamos piropo callejero es una expresión de acoso, una valoración no consentida, a menudo agresiva y de carácter sexual, sobre nuestro cuerpo o nuestro aspecto físico en general, ejercida desde el anonimato, con una casi nula posibilidad de interacción. Coincide Carvajal con Judith Schreier al afirmar que el piropo callejero no debe entenderse como una forma de cortesía, ya que pretende fortalecer la imagen de quien lo dice, no de quien lo recibe.

El piropo pone de manifiesto una situación de privilegio del hombre sobre la mujer: un hombre puede decir lo que quiera sobre ella, con total impunidad y anonimato, en un momento, además, y esto se cumple siempre, en el que ella carece de compañía masculina, con posibilidades mínimas de ser interpelado. Porque para muchas mujeres contestar a una imprecación así es una audacia peligrosa.

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Yo no recibí un piropo, ni un halago, lo sé. Hace aproximadamente dos años, cuando me sucedió, yo ya no era una niña, ni una muchachita; ni siquiera era ya joven. Era ya lo que soy: una mujer madura. Y los pantalones eran (y son) de lo más marujis, simples y ordinarios: largos, blancos con rayas rosas; un poco pijameros, sí.

Con esto quiero decir que yo era bastante invisible. Por mi edad y mi aspecto, yo pensaba que ya me había vuelto invisible en las calles, que ya no iba a escuchar más impertinencias disfrazadas de piropo, después de haber aguantado unas cuantas en mis años mozos. Pero no. Lo que pensaba no era del todo cierto: me he vuelto invisible en cuanto objeto de deseo. Pero no como objeto de insulto, de imprecación, de dominación. Debo seguir escuchando, para que no se me olvide nunca jamás, que la calle no es mi territorio.

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El episodio, como digo, me dejó mal cuerpo y muchas preguntas. Para algunas tengo respuesta. Para otras no. Pero quiero, en todo caso, compartirlas con vosotras y vosotros.

Ahí van. ¿Habría hecho aquel señor lo que hizo si no hubiera estado la calle completamente desierta? ¿Qué empuja a un (en principio) respetable y maduro caballero a molestar a una semejante, a querer hacerla sentir mal por su aspecto? ¿Qué placer obtiene con ello? ¿Qué especie de impulso animal lo lleva a marcar el territorio del macho?

Y, en cuanto a mí, ¿qué señales vi, que no sé descifrar conscientemente, pero que me dijeron que algo iba a pasar? ¿Qué vivencia acumulada puedo tener para saber cuándo estoy (aunque sea solo un poquito) en peligro?

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Para terminar, os contaré que a veces me han entrado ganas de deshacerme de los pantalones, porque ahora los miro y me parecen de verdad un maldito pijama.

Pero no. Me los quedo, aunque en ocasiones me despierten este recuerdo desagradable y me provoquen un repeluzno. Me los quedo, me los pongo y me quito los demonios de encima escribiendo este articulito y compartiéndolo. Gracias.

Mujeres en eventos… y van…

20/03/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Cristina Juesas. Consultora de comunicación y preparadora de oradores. Ayuda a sus clientes a comunicar mejor. Ha trabajado en proyectos de transformación digital en el Gobierno Vasco y la Universidad del País Vasco. Organiza TEDxVitoriaGasteiz, es Directora de la División España Oeste en la organización Toastmasters International, salsea todo lo que puede en internet y en la vida, así, en general.

Post basado en hechos reales. Te podría haber pasado a ti. Nos pasa a cualquiera a diario.

Un contacto al que tengo en alta estima comparte información de un evento sobre redes sociales que se celebrará en las próximas semanas en Barcelona y en el que hay ocho ponentes (más dos sponsors invitados, o sea, diez ponentes en total), de los que tan solo dos son mujeres. Hace años que tengo la costumbre de señalar de forma pública cuando un evento no es igualitario. Lo hago por mil motivos, pero la razón que subyace es que la organización sea consciente de que algo ha fallado.

La primera respuesta que me dieron fue “pero las dos mujeres que están valen mucho”. Hombre, pues gracias por la explicación (¿En ocasiones veo mansplainings?), pero no me refiero a las que ya están, sino a las que evidentemente brillan por su ausencia.

Cuando le digo que ya, que claro, me dice que tiene más socias que socios y que trabaja por la igualdad, pero que no se obsesiona, que esa etapa la dejó atrás y que quizá se equivoca. Le replico que efectivamente, que se equivoca, pero que no estoy diciendo que sea su culpa y que le deseo que le vaya fenomenal en el evento… otro más con aplastante representación masculina versus femenina en un entorno en el que abundan las mujeres. Y que eso no puede ser bueno. A lo que me responde que sabe que va equivocado por la vida y que no le importa. Por mí se habría zanjado ahí la conversación. Mi misión de señalar lo evidente para que sea visible para todos estaba cumplida.

Ya había hecho saber mi opinión. Ya está.
Sin embargo, ¡lo que pasó después te sorprenderá! (O no…).

Efectivamente, tenía que pasar otro varón (el del pantallazo) a explicarme, para que yo lo entienda, que soy corta, que lo verdaderamente importante no es el sexo, sino el conocimiento. Y que nos hacemos un flaco favor si se programa un evento pensando en el sexo. Me pasé toda una mañana pensando a ver qué hacía. Si escribía algo… Si me cortaba las venas…

Creo que huelga decir que cada cual su evento hace lo que le da la gana y punto. Mi amigo, aunque no me gustaron del todo sus respuestas, es coherente. Hace lo que quiere, es consciente de que puede que se equivocase y, como ya tiene una edad, se la trae al pairo. Bien… Pero es obligación de todos y todas, sobre todo de todos los que son conscientes de la increíble brecha de género en visibilidad profesional, hacer algo por solucionarlo.

Así que como creo que hay que hacer labor educativa, nada, volvamos a Barrio Sésamo. Soy Coco y os voy a explicar cómo garantizar igualdad y calidad en un evento porque, ¡sorpresa! ¡No están reñidas!

Yo organizo eventos. Llevo diez años organizando eventos de todo tipo, pequeños, grandes, medianos… En entornos variados: ámbito científico, tecnológico, abiertos a público general, cerrados… Si algo he aprendido en todos estos años es que la igualdad en un evento se busca. Si no, no existe. Como en la sociedad. Como en la política. Como en el 99% de ámbitos de nuestras vidas.

Cuando queremos que un evento sea igualitario y no queremos recurrir a paneles de “Women in Tech” o “Women in Science” o “Women in inserteaquísusector” tenemos una doble complicación.

Por un lado, está el sesgo cognitivo que nos hace pensar en que los varones son mejores profesionales. Este sesgo es cultural y se da desde nuestros primeros años de cole, cuando se exhorta a los chicos a dar sus respuestas y se nos pide a las chicas que levantemos la mano para hablar (y ser buenas señoritas, añado). Un estudio del año 2004 en Harvard demostró que este patrón se mantiene en los años de la universidad y que los varones duplican en intervenciones a sus compañeras. Bien, pues una vez que sabemos que esto pasa, es fácil ponerse en modo: solo voy a pensar en mujeres.

Os aseguro que los resultados están garantizados. No merma en absoluto la calidad profesional, al contrario. Cuanto más practicas esta técnica, mejor te sale y más mujeres te vendrán a la mente.

Le puedes preguntar a asociaciones profesionales de mujeres, a mujeres y a hombres, para que únicamente te referencien a mujeres. Es la única manera de equiparar la balanza. Comprobado que funciona. Y también comprobado que mejora la calidad de los eventos.

No más excusas. “Es que llamé a tres, pero ninguna aceptó”. Pues llama a siete, verás cómo consigues lo que buscas… el tema está en eso precisamente, en buscarlo.

8 de marzo de 2018, qué maravillosa sorpresa

13/03/2018 en Doce Miradas por Doce Miradas

Este 8M no lo olvidaremos nunca. Los días previos ya se oía una música distinta a la de ediciones anteriores. Y tú, ¿qué vas a hacer el 8 de marzo?, empezábamos a preguntarnos unas mujeres a otras. Se intuía algo, pero tal vez fueran las ganas que teníamos. Cómo saberlo. Cómo imaginarlo siquiera.

En la concentración de las 12.00h, en la plaza Elíptica de Bilbao, ya nos quedó claro a las que allí estábamos que este no iba a ser un Día Internacional de las Mujeres más. La plaza estaba llena a rebosar de mujeres muy jóvenes que acababan de cruzar con paso decidido las puertas de colegios, ikastolas, institutos,  universidades… Se dice que la mayoría tomamos plena conciencia del machismo al entrar en el mercado laboral, pero se ve que estas jóvenes perspicaces ya se huelen algo desde la edad escolar. Lo mejor es que había mujeres de todas las edades. Mujeres hartas de encontrarse techos de hormigón o de cristal en el mejor de los casos. Mujeres cansadas de lidiar solas con la crianza, con la intendencia doméstica. De preparar meriendas, proveer mochilas, llevar a los niños al médico, asistir a las reuniones escolares, cuidar a ese familiar enfermo o a esos padres que han dejado de ser autónomos. Hartas de la violencia machista, que anula, aterroriza y mata. También había mujeres mayores, septuagenarias, octogenarias y más, veteranas de otras batallas, que no pensarían verse a esas alturas teniendo que reivindicar la igualdad. Esas mujeres lloraban de emoción, tras muchas manifestaciones en las que hubo muy pocas manos sujetando las viejas pancartas. Y también algunos hombres que, en un prudente segundo plano, participaron del gran día.

Porque en el siglo XXI la igualdad tendría que estar más que conseguida. Pero no lo está. Eso es lo que muchas feministas venimos diciendo desde hace tiempo. Por eso fue tan emocionante ver el jueves a tantas mujeres pidiendo la igualdad real. Fue como un despertar. Sentirnos unidas da mucha fuerza. Saber que no somos una minoría clamando solas en el desierto. Qué alegría constatar además que hay relevo. Ver a tantísimas jóvenes concienciadas que recogerán el testigo. Este 8M la palabra sororidad desplegó todo su significado en las calles y plazas.

8M: el whatsapp de Doce Miradas

De izda a dcha: Pilar junto a sus hijas, Lorena y una compañera de trabajo en la Universidad de Deusto, María junto a sus compañeras de oficina de Deusto.

De izda a dcha: Pilar junto a sus hijas, Lorena y una compañera de trabajo en la Universidad de Deusto, María junto a sus compañeras de oficina de Deusto.

Y el día todavía fue a mejor. En las manifestaciones convocadas para la última hora de la tarde, las ciudades volvieron a desbordarse de mujeres que queremos un mundo más justo. Fue una jornada memorable que las Doce Miradas vivimos en una montaña rusa de emociones. El grupo de whatsapp sonaba cada poco. Noemí Pastor comenzaba el día diciendo que estaba expectante, pegada a Twitter. Miryam Artola nos anunciaba que sus criaturas de Muxote Potolo Bat también hacían huelga. “No hay dibumensaje de MuxotePotoloBat. First time en 7 años. Toma ya!”. Lorena Fernández compartía sus nervios con todas, “esos nervios que te entraban de pequeña cuando en el cole te llevaban de excursión”“Qué subidón, qué intenso”, se emocionaba Noemí Pastor. Lorena enviaba su foto de la concentración en la Universidad de Deusto, con la pancarta “Nos quitaron tanto que acabaron quitándonos el miedo”. María Puente enviaba fotos del ambiente en la plaza Elíptica de Bilbao. “No sé cuánta gente dirán que había, pero ha sido emocionante”. Ana Erostarbe confesaba que le habían caído “unas lágrimas viendo el telediario” y reenviaba una foto del desnudo frente al Buen Pastor.

De izda a dcha: Ana con su hijo, imagen de la manifestación de las 20.00h en Bilbao, Naiara con su hermana, las hijas de Pilar junto a sus amigas.

De izda a dcha: Ana con su hijo, imagen de la manifestación de las 20.00h en Bilbao, Naiara con su hermana, las hijas de Pilar junto a sus amigas.

Horas después, foto con su hijo, “New generation”, decía. Pilar Kaltzada, esperaba la llegada de sus hijas en el centro de Bilbao y nos informaba: “No sé cuántas, pero son ‘cienes y cienes’. Mujeres sentadas en Jardines de Albia, lazos lilas y ropa negra por todas partes. Es muy emocionante ver esta marea”.  Lorena preguntaba: “¿Habéis visto esto? Qué día tan emocionante”, decía al compartirnos una noticia de Cuatro en la que se escuchaba el cántico de miles de mujeres en Bilbao. Pilar: “¡Mucho! Hoy están pasando cosas, por fin!”. Lorena: “Joder, que Bilbao sale hasta en el New York Times”, y nos enviaba la noticia. Pilar enviaba foto de sus hijas junto a las amigas con pancartas ‘sutiles’. ¡¡¡Qué grandes!!! Christina Weickmeister aplaudía a las nuevas generaciones. Por la noche, Arantxa Sainz de Murieta: “Ozu, Bilbao es un borbotón”. Y fotos y más fotos de la marea de mujeres. Miryam Artola se nos emocionaba desde Canarias, en donde estaba por trabajo: “La manifa movilización más multitudinaria… la de Bilbao, pues!!!”. Arantxa publicaba una noticia de La Vanguardia que afirmaba que ‘Seis millones de trabajadores secundan la huelga feminista según los sindicatos”. ¿En serio? ¿Trabajadores? ¿Ni siquiera el 8M podían decir ‘trabajadoras’? “No he visto en mi vida nada igual”, añadía impactada por la marea. Naiara Pérez de Villarreal posteaba foto con su hermana en la manifestación de Bilbao “Qué emoción chicas. Ha sido un día precioso. Me da pena que acabe…”. Lorena: “Estoy que no podré dormir”.

Fotografías de las manifestaciones del día y de la noche, así como un dibujo de Miryam Artola, con la emoción del momento.

Fotografías de las manifestaciones del día y de la noche, así como un dibujo de Miryam Artola, con la emoción del momento.

El día después: queremos consecuencias

Muy grande este Día Internacional de las Mujeres. Marcará un antes y un después. Tiene que hacerlo. Esto da más fuerza para reclamar medidas de igualdad. Da poder. Se empezó a notar incluso antes. Los partidos políticos que mostraron su renuencia o rechazo a la huelga feminista en los días previos empezaron a recular justo antes del 8M, cuando se intuía que venía algo grande. El 8M y el 9M se manifestaban públicamente como feministas convencidos. Nadie se quiere quedar sin subirse a este carro. Y es que en esas calles había muchos votos y eso no se le escapa a la clase política. Allí no había cuatro piradas, como suelen llamarnos a las feministas, ni ‘doce miradas’. Fueron millones. Al margen de las motivaciones de estos partidos políticos conversos, bienvenidos sean al carro si eso se traduce en avances para la igualdad. Porque ahora estamos esperando. Queremos ver consecuencias al 8M. Ante la desigualdad salarial ya no es posible decir “No nos metamos en eso ahora”. Presidente Rajoy, hay que meterse en eso. Ahora. Es un clamor. Lehendakari Urkullu, las manifestaciones en Euskadi en general y en Bilbao en particular fueron de las más multitudinarias. También hay una pelota gigante en su tejado. ¿La siente? ¿Ha tomado nota?

A vosotras, enhorabuena y un regalo de Miryam Artola

A todas las mujeres que salisteis a la calle o que seguisteis los acontecimientos con emoción y esperanza aunque no pudierais ir, enhorabuena. Juntas, hemos conseguido algo grande. No todos los días se hace historia. Ahora sabemos que unidas podemos conseguirlo. Felicidades. Disfrutemos de esta dulce victoria, sin aflojar la presión. Para todas vosotras, este regalo homenaje de nuestra ‘mirada’ artista Miryam Artola.

Somos

Somos las que nos trajeron hasta aquí. La lucha, el sacrificio, la convicción.
Somos todas a las que nos mataron.
Somos rojas, blancas, negras, tostadas, amarillas… algunas somos un poco verdes. Y todas, todas, somos lilas.
Somos hermanas, hijas, sobrinas, viudas, esposas. Y somos las amigas, las primas, las tías, las amantes. Somos las “ex”. Somos las abuelas. Somos las amonas.
Somos nuestras contradicciones y nuestras incoherencias.
Somos nuestras verdades y cada una de nuestras certezas.
Somos las que marchamos. Las que paramos. Las que caminamos. Las que cantamos. Las que no nos rendimos.
Somos diferentes.
Somos diversas.
Somos las que nos sentimos reconocidas. Las que nos queremos. Las que nos respetamos. Las que nos luchamos.
Somos.

Somos feministas.

El 8 de marzo las mujeres paramos – Martxoaren 8an emakumeok planto

06/03/2018 en Doce Miradas por Doce Miradas

Sin post debido a la huelga global de mujeres

 

 

Nos sobran razones

27/02/2018 en Doce Miradas por Arantxa Sainz de Murieta

La huelga feminista convocada para el próximo 8 de marzo no tiene precedentes para la mayoría de los 177 países en los que se ha instado a la participación. Esta huelga es un llamamiento a todas las mujeres, con trabajo remunerado o invisible, como protesta ante las desigualdades, las injusticias y las barbaridades que sufrimos las mujeres por cuestión de género, y la falta de compromiso político para impulsar los cambios urgentes y necesarios en modelos sociales que siguen siendo, a pesar de los avances, visiblemente machistas. Una falta de compromiso que se hace explícita en cinco simples palabras: ‘No nos metamos en eso’. A ver si aciertan quién las pronunció.

La convocatoria del próximo 8 de marzo se viene fraguando desde mayo de 2017, el día en el que se produjo el Paro Mundial de Mujeres, impulsado desde Argentina, y secundado en más de 50 países y 200 ciudades alrededor del mundo para visibilizar la violencia machista, en todas sus expresiones, al grito de ‘nos queremos vivas’. La inspiración para el llamamiento de la próxima semana viene de Islandia, donde el 24 de octubre de 1975 tuvo lugar un evento sin precedentes. Como apuntaba Ana Erostarbe en Talkin’ bout a Revolution, nueve de cada diez mujeres fueron a la huelga para protestar por las desigualdades en el empleo y en el hogar. Bancos, fábricas, comercios y escuelas tuvieron que cerrar y los hombres acudieron con sus hijos e hijas al trabajo. Aquel viernes cambió la historia del país y provocó un movimiento que culminó, cinco años después, con la primera mujer presidenta de un país europeo.

El impulso de aquellas mujeres resultó un punto de inflexión que todavía resuena; las mujeres islandesas fueron capaces de organizarse y poner en el primer renglón de la agenda política y social la importancia de su trabajo, remunerado o no, y la efectividad de una estrategia colectiva para impulsar los cambios. Si nosotras paramos, el mundo se detiene; si nosotras paramos emerge la infinidad de trabajos que son imprescindibles, que no se pagan, que permanecen invisibles y que recaen, mayoritariamente, en las mujeres.

Los avances y las conquistas sociales no vienen solas. El 8 de marzo nos sobran razones para cruzar los brazos. Nos sobran razones para no quedarnos de brazos cruzados ante la desigualdad, la injusticia o la violencia machista. Nos sobran razones para entrecruzar los brazos y tejer redes. Nos sobran razones para repensar el modelo actual de convivencia, de trabajo, de enseñanza, de consumo y de cuidados.

Esta huelga es feminista, es una huelga de mujeres que reclamamos las mismas oportunidades que tienen nuestros compañeros; es una acción colectiva, un plante ante un modelo de convivencia en el que cada semana nos faltan mujeres víctimas del asesinato machista -57 mujeres en 2017- y en el que tiene cabida la violación, el acoso, el maltrato o la explotación sexual y que se resigna ante el hecho de que las mujeres aprendemos a tener miedo como aprendemos a caminar -lecciones que recordaba Pilar Kaltzada en ‘Se llamaba Manuel’-.

Un modelo que permite que una mujer cobre hasta un 30% menos que un hombre solo por una cuestión de género, según el informe Gestha. Una brecha que se acentúa entre los 26 y 45 años, periodo de maternidad y crianza, y que incrementa con la edad -las mujeres ocupadas mayores de 65 años cobran un sueldo por debajo de la mitad que los hombres de su misma franja de edad- y en la jubilación.

Un modelo que sostiene y apuntala los techos de cristal -solo un 26% de los puestos directivos están ocupados por mujeres- y tolera el tratamiento sexista, mientras sigue silenciando a las mujeres en los libros, la literatura, los medios de comunicación, los congresos o la representación pública.

Un modelo que no considera los cuidados como un bien social de primer orden y mira hacia otro lado mientras las mujeres seguimos dedicando casi 27 horas a la semana a trabajos no remunerados relacionados con los cuidados y las tareas del hogar -frente a las 14 horas que dedican los hombres-.

Un modelo que no atiende a reformas educativas que eviten que, hoy en día, un 29% de los jóvenes considere aceptable o inevitable controlar los movimientos y horarios de su pareja, impedir que estudie o trabaje y ordenarle lo que tiene que hacer.

¿De verdad queremos mantener este modelo de convivencia? No estoy segura de que la respuesta sea clara. Exigimos, sí, exigimos cambios urgentes; los hemos exigido antes del 8 de marzo y también lo haremos después, pero este día nos sobran razones para detenernos y pensar en colectivo. Yo estaré, junto a millones de mujeres, cruzando brazos para poner fin a las excusas que sostienen tanta injusticia.

“Jueza”, por favor

20/02/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Miren Gutierrez @gutierrezmiren.
Soy directora del Programa de postgrado “Análisis, investigación y comunicación de datos” y profesora de Comunicación de la universidad de Deusto. Soy doctorada en Comunicación e investigo sobre cómo se usan los big data para la transformación social. He sido periodista durante dos décadas, antes de pasarme al activismo, la docencia y la investigación. Como directora editorial de la agencia de noticias Internacional Inter Press Service fundé el Gender Wire en 2005, dedicada a cubrir noticias de todo mundo con una perspectiva de género. Desde entonces, he tratado de insertar esta perspectiva allá donde he trabajado, incluidos en Greenpeace, Index on Censorship y Overseas Development Institute, explorando las zonas de intersección entre asuntos relacionados con derechos humanos, medioambiente, clima y género.

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¿Quién dijo que se trata de decir “problema”/”problemo”? Poner el asunto del femenino de los cargos profesionales en estos términos es reducir al ridículo un tema importante.

Conforme los casos de corrupción se multiplican y ramifican, cada vez oigo más “la juez”, “la magistrado” y “la abogado” para referirse a mujeres profesionales que ocupan dichos cargos. Hago una búsqueda de “la juez” en Google y encuentro 785.000 resultados en noticias, además de centenares de titulares con esas palabras en El País, ABC, Telecinco, El Mundo, RTVE, Europa Press, 20minutos, y decenas de medios regionales y locales.

Quizás parezca superficial fijarse en esas cosas cuando se está matando a mujeres por el hecho de serlo, pero es un asunto que tiene importancia. El lenguaje sexista es una manifestación de la discriminación, y la discriminación está en el trasfondo de la violencia contra las mujeres. Que se sepa de una vez: el masculino no es en castellano incluyente.

Me he acordado de un artículo que publiqué en 2009, en el que exploraba el machismo en el lenguaje, y comparaba las prácticas periodísticas en italiano (tan machista que una jefa solo puede ser “il capo”), castellano e inglés.

Me pareció entonces especialmente esclarecedor hablar con José Luis Aliaga Jiménez, profesor de Lingüística de la Universidad de Zaragoza, que decía que “la resistencia conservadora a la formación de nombres femeninos” refleja una forma de discriminación, porque el “supuesto carácter genérico del masculino en la referencia a grupos mixtos de mujeres y varones no es, en absoluto, una propiedad lingüística sino una interpretación pragmática aleatoria que suele redundar en la ocultación discursiva de las mujeres y de sus logros”.

La lengua, decía Aliaga Jiménez, es algo vivo, que cambia y que debería evolucionar con la sociedad. ¿Resulta que aceptamos sin problemas “posverdad”, “fair play”, “halal”, “chusmear” y “postureo” pero “jueza” o “portavoza” no?

Pues no hay nada más natural.

“(En castellano) en la mayoría de sustantivos referidos a personas –añadía Aliaga Jiménez— existe una correlación entre el género gramatical y el significado referencial sexo. Se trata de una correlación culturalmente significativa… Todo sustantivo referido a personas contará con variación de género, más tarde o más temprano. Es en este contexto donde hay que ubicar la aparición de palabras como ‘miembra’’o‘’testiga’ (todavía no aceptadas por el DRAE), en las que se ha interpretado la terminación ‘’a’’ como propia de un sustantivo femenino, de acuerdo con la regla más común en español”.

Argumentar que como “voz” ya es femenino decir “portavoza” es redundante es ignorar cómo evoluciona la lengua castellana, en donde abundan todo tipo de etimologías populares, transmutaciones verbales y saltos lingüísticos. El castellano ha dado palabras como por ejemplo el femenino “miniatura”, que no tiene nada que ver con el prefijo “mini” sino con la pintura de minio con que se ilustraban los libros miniados. “Postura” es femenino y “postureo” (aceptado por el DRAE) masculino ¿y qué? ¿Se hunde el mundo por decir “portavoza”?

Pero no es que no podamos decir “portavoza” sin que se despierte lo más rancio de nuestra sociedad; es que todavía ni siquiera se han extendido “jueza”, “abogada” y “magistrada”, cuando no había que crear estas palabras porque ya existían desde hace tiempo. En 1995, se dictó una Orden Ministerial en la que se fijaba la denominación de títulos a la condición femenina o masculina de quienes los obtengan.

Han pasado varios años desde que publiqué el artículo mencionado y muchos más desde 1995. ¿Por qué vamos para atrás? Ya es hora de terminar con esta forma de machismo sin detenernos en debates improductivos ¿no? Esto al menos es fácil de arreglar.

Mi nombre es un campo de batalla

13/02/2018 en Doce Miradas por Noemí Pastor

La lucha de las mujeres por la igualdad en derechos y oportunidades se ha librado en muchos terrenos, también en el del lenguaje, de lo cual hemos dado sobrada noticia en este blog: en uno de los primerísimos artículos que publicamos y en posteriores.

Un terreno de lucha anidado en el del lenguaje es de los nombres y los tratamientos, tremendamente ligados a la forma de estar en la sociedad. De ello también nos habló en Doce Miradas Toño Fraguas.

Hoy me quiero fijar en la lucha de las mujeres norteamericanas, que vienen peleando al menos desde el siglo XIX para que su identidad no se diluya con el matrimonio y para superar una presencia social en exceso marcada por el hecho de estar o no casadas. Esa lucha la he concentrado en dos nombres: Lucy Stone y Sheila Michaels.

 

Lucy Stone

Lucy Stone nació en el estado de Massachussets a comienzos del siglo XIX y murió en Boston a finales. Con veintiún años ingresó en la Universidad de Ohio, la primera de EEUU que admitió alumnado afroamericano y femenino. Stone fue la primera mujer de Massachussets que obtuvo un grado académico. Eso fue en 1847.

Retrato de Lucy Stone c. 1840-1860. Wikimedia Commons.

Tres años después, en 1850, Stone contrajo matrimonio con Henry B. Blackwell, activista antiesclavista, como ella, y se dio de bruces contra la tradición que obligaba a las mujeres casadas a dejar de usar su apellido familiar y adoptar el de su marido. Para Stone esto significaba una anulación legal de su identidad, de manera que, tras su matrimonio, siguió firmando su correspondencia como “Lucy Stone” o “Lucy Stone-only”.

Meses después de su boda tuvo que registrar una propiedad a su nombre y el registrador insistió en que debía firmar como “Lucy Stone Blackwell”. Entonces Stone pidió consejo legal a un abogado de Cincinnati, Salmon P. Chase, quien más tarde se convertiría en juez del Tribunal Supremo. A Chase le llevó ocho meses elaborar una respuesta sobre la legalidad de los apellidos femeninos, así que, mientras tanto, Stone firmó como “Lucy Stone” su correspondencia privada y como “Lucy Stone Blackwell” sus documentos públicos.

Chase concluyó que no existía ninguna obligación legal para que una mujer cambiara su apellido al casarse y el 7 de mayo de 1856, en la convención de la Sociedad Americana contra la Esclavitud que se celebraba en Boston, Lucy Stone anunció que a todos los efectos seguía llamándose Lucy Stone.

Murió en Boston en 1893, el mismo año en el que se aprobó una enmienda de la Constitución que otorgaba el derecho al voto a las mujeres de algunos estados de la Unión. En el Memorial de las Mujeres de Boston hay una estatua en su recuerdo. Aparece junto a Phillis Wheatley y Abigail Adams.

En 1921 la escritora y activista Ruth Hale fundó en Nueva York la Liga Lucy Stone, una organización en favor de los derechos de las mujeres cuyo lema rezaba “Una esposa no tiene por qué adoptar el apellido de su esposo, de la misma manera que él no tiene por qué adoptar el de ella. Mi nombre es mi identidad y debo conservar ambos”.

La Liga Lucy Stone ha tenido miembras tan ilustres como la bailarina Isadora Duncan, la aviadora Amelia Earhart o la antropóloga Margaret Mead. Desde su fundación ha desaparecido y vuelto a aparecer varias veces en el panorama público norteamericano. Su última resurrección se produjo en 1997, con página web y todo: www.lucystoneleague.org.

 

Sheila Michaels

En 1901 el periódico The Sunday Republican, de Springfield, Massachussetts (parece que todo pasa en Massachussetts, ¿no?), publicó una carta enviada por un lector anónimo que probablemente sería una lectora anónima, puesto que ya sabemos que “anónimo” ha sido históricamente nombre de mujer.

Pues bien, esta persona anónima proponía rescatar del acerbo de la lengua inglesa una forma nacida en el siglo XVII, Ms., como tratamiento para todas las mujeres, a fin de superar, así, la impertinente distinción entre solteras (Miss) y casadas (Mrs.), distinción que no se practicaba en el caso de los varones desde que la forma master, antiguo tratamiento para hombres jóvenes o solteros, cayera en desuso en fechas, al parecer, no muy lejanas.

La propuesta no tuvo demasiado éxito. En las décadas siguientes el uso de Ms. solo apareció recomendado en un par de manuales de redacción de correspondencia comercial.

A finales de la década de 1960 solo algunos grupos marxistas norteamericanos utilizaban internamente el tratamiento Ms. De ahí le llegó a Sheila Michaels la noticia de su existencia: su compañera de piso recibía periódicamente por correo la revista News & Letters, la cual se dirigía a sus suscriptoras con el indistinto tratamiento Ms.

Michaels era una activista feminista y pro derechos humanos que había nacido en Missouri y trabajado en Nueva York, donde murió el pasado mes de junio de 2017 a los 78 años.

Sheila Michaels en la década de 1960. Wikimedia Commons.

La madre y el padre de Michaels no estaban casados y su padrastro no la adoptó ni le dio su apellido. Ella intentaba encontrar un tratamiento social acorde con su situación, ya que no podía usar el apellido de ningún padre y no deseaba tampoco utilizar el de ningún marido.

En 1969, como decimos, supo de la existencia de Ms., dos años después relanzó la antigua propuesta en un programa de radio y, en adelante,  se dedicó a promover su uso.

La propuesta de Michaels llamó la atención de la escritoria y activista Gloria Steinem, quien en 1972 decidió llamar Ms. a su influyente revista (www.msmagazine.com), cuya popularidad contribuyó sin duda a extender el uso del tratamiento.

En febrero de ese mismo año el Departamento de Publicaciones del Gobierno de los EEUU aprobó la utilización de Ms. en sus documentos oficiales.

 

Y después ¿qué?

Pues después, poco más. En 1977 la Marvel presentó a una nueva superheroína, llamada Ms. Marvel, como “the first feminist superhero”. Ms. Marvel ha logrado sobrevivir, tras sucesivas reencarnaciones, hasta 2015.

En 1984 Geraldine Ferraro fue candidata a la vicepresidencia de los EEUU con su apellido familiar, ya que estaba casada con un hombre llamado Zaccaro.

También Hillary Clinton utilizó su apellido de soltera, Rodham, mientras ejerció como abogada. Pero, en cuanto su marido se lanzó a la carrera hacia la Casa Blanca, se convirtió en una Clinton, probablemente porque sabía que su decisión no sería comúnmente aceptada por el electorado.

Lo cierto es que, más que una obligación legal, la utilización del apellido conyugal es una tradición, bien arraigada sobre todo en países de habla inglesa, que curiosamente ha adquirido vigor a partir del siglo XX e incluso se ha implantado con fuerza en territorios donde no era norma.

Es lo que ha sucedido, por ejemplo, en Escocia, donde hasta el siglo XX las mujeres casadas conservaban su apellido de soltera y, sin embargo, actualmente es del todo normal cambiarlo por el de la familia del esposo.

Algo similar ocurre, ahora en otro idioma, en Francia y en el Canadá francófono: la ley ampara a las mujeres que desean seguir utilizando a todos los efectos su nombre de nacimiento, pero ofrece la oportunidad (también a los hombres) de asumir el apellido del cónyuge. Como bien sabemos, es habitual que lo hagan las mujeres y muy muy raro que lo hagan los hombres.

Con todo, en Gran Bretaña parece que la tendencia retrocede: exactamente, en 20 años, un 40 % de las mujeres casadas ha dejado de hacerlo, según el Eurobarómetro.

Quiero acabar, pues, este artículo con ese dato esperanzador y con el deseo de que las mujeres consigamos resolver también este conflicto de nuestros nombres, para que estos sean reflejo de nuestra identidad y no, como decía Dale Spender, que nos lleva de regreso a la metáfora “territorial” del comienzo, simples “marcadores de lugar”.

La postverdad publicitaria

06/02/2018 en Miradas invitadas por Doce Miradas

Pablo Vidal. Doctor en CC de Educación y licenciado en CC de Información por la UPV/EHU, durante los últimos 25 años he ejercido como publicitario en empresas y agencias de Valencia, Barcelona y Bilbao, actividad que he conjugado con siete años de docencia en la UPV.

Mi preocupación por las desigualdades de género me orientó en 2001 hacia la investigación, en 2013 obtuve la Beca Emakunde de investigación en materia de igualdad que posteriormente desarrollé como Tesis Doctoral.
Soy vocal de la Comisión Begira para un uso no sexista de la publicidad (Emakunde), labor que compagino con la asesoría en comunicación y género a empresas e instituciones

 

A raíz de la investigación que he realizado y defendí el pasado septiembre como tesis doctoral, “La percepción del sexismo en la publicidad: un estudio con alumnado adolescente de la Comunidad Autónoma del País Vasco”, he podido constatar como el 65% de la muestra (528 estudiantes, 49,6% mujeres) no percibe el sexismo en la publicidad y se muestra en mayor o menor grado insensible respecto al trato discriminatorio y degradante que en publicidad se realiza sobre las mujeres. Nuestras jóvenes generaciones pertenecen a sociedades altamente tecnificadas en las que desde su infancia se socializan principalmente por los contenidos audiovisuales que consumen y comparten. Quienes producen los discursos que fundamentan estas narraciones (Publicidad, videojuegos, videoclips, etc.) reinterpretan nuestra realidad desde postulados ideológicos que se alejan de los valores deseables que en la familia y la escuela se les intenta enseñar.

Los grandes cambios impulsados por las mujeres han transformado en pocas décadas nuestra realidad social, sin embargo, se observa que el discurso publicitario no avanza al mismo paso de estos cambios sociales pues no refleja los avances que se han producido en las relaciones de igualdad de mujeres y hombres. Por una parte, determinados arquetipos, estereotipos, roles, estilos de vida sexistas, ya no son compartidos por gran parte de la sociedad, y, por otra, aparecen nuevos valores, actitudes y creencias que entran en contradicción con la publicidad de muchas empresas e instituciones.

 

 

En este contexto, resulta chocante la resistencia de algunos sectores, en especial, el juguetero, el de la automoción, la moda, o el de los productos de belleza, pues el cambio ideológico social producido y el activismo de algunos grupos ponen en evidencia aquellas campañas publicitarias que no tuvieron en cuenta la perspectiva de género en su estrategia. En unos casos, la falta de empatía hacia los valores y actitudes de la sociedad igualitaria y, en otros, el no reconocimiento de la nueva realidad social desvela, en bastantes empresas nacionales, la existencia de una resistencia activa, o si no, de una cierta inercia sexista en su publicidad que no se desea corregir.

Enfrentarse a la realidad estadística de los datos muestra cuán injusta es la posición de muchas grandes marcas que utilizan su poder económico para, por medio de mensajes sexistas, socializar a la juventud en contra de su propia realidad social. En el Estado español sólo un 16% de mujeres mayores de edad ejerce como ama de casa, el 67% tiene más de 54 años y el 3% menos de 35 años (Lobera y García, 2014) Pese a esta realidad, muchos anuncios presentan a jóvenes mujeres como amas de casa, ocultando sus verdaderos roles en la sociedad actual y enviando mensajes contrarios a la conciliación y a la corresponsabilidad en el hogar.

También, ocultando o no representando nuestra realidad de mercado laboral o de igualdad en el que las mujeres empleadas por el Estado ocupan el 46,4% de los puestos frente al 53,6% que ocupan los hombres (OIT, 2017), o en el que uno de cada 4 directivos de empresa es mujer, es decir que el 26% de estas (por encima de la media europea) desempeña un cargo de directiva en una empresa (Grant Thorton, 2016). Qué difícil es verlo en publicidad, por no decir imposible.

En otras ocasiones, estos anunciantes y sus agencias ocultan la vida misma, así pese a que las mujeres que conducen (permiso de conducción tipo B) son mayoría en nuestro país y representan el 53,6% frente al 46,4 % de hombres (DGT, 2015), en la publicidad se evita tozudamente una realidad imposible de ocultar, pues está en el día a día de las personas y a la vista de cualquiera. En los últimos cinco años apenas en tres o cuatro anuncios publicitarios aparece una mujer como conductora; es decir como una mujer autónoma e independiente que se transporta ella misma sin la necesidad de que un hombre la lleve.

Muchas realidades que no se muestran o que son extrañamente e incorrectamente representadas en la publicidad generan un discurso erróneo, tendencioso, que pese al paso de los años no intenciona modificarse. Una publicidad que muestra a las chicas alejadas de la tecnología, de Internet, del deporte, de la formación universitaria, de las categorías profesionales altas, etc. Y todo ello pese a que sean mayoría en segmentos como la judicatura, la abogacía, la medicina, la educación, o, aunque brillen en el deporte internacional.

Son muchas las empresas anunciantes que, en general, desatienden o ignoran los cambios sociales producidos y proyectan una imagen irreal de las mujeres que influencia notablemente en la infancia y adolescencia. Bajo el argumento de simplificar su comunicación para hacerla accesible a las audiencias, utilizan estereotipos y roles sexistas superados que transforman la realidad mostrando otra más “atractiva, seductora y persuasiva” en la que las mujeres son desconsideradas, minusvaloradas e incluso maltratadas.

Una realidad en las que las pocas mujeres que se representan trabajando realizan ocupaciones básicas o mediocres (dependienta, peluquera, secretaria…), aparecen bajo la tutela profesional y familiar masculina y muestran su dependencia económica respecto al hombre; al cual deben conquistar mediante el uso de su atractivo sexual y de su belleza, únicos instrumentos de ascenso social y profesional que la publicidad les reconoce y les permite. En general, nuestra publicidad las mantiene como amas da casa, bellas acompañantes, consumistas banales, siempre obsesionadas por su aspecto físico y por gustar.

La repetición constante y continua de estos mensajes publicitarios ocasiona una imagen muy distorsionada de lo que son las mujeres en muchas jóvenes adolescentes, pero también en muchos jóvenes que buscarán en ellas la idealización que la publicidad genera sobre las mujeres. Es decir, una chica hipersexualizada con un aspecto físico imposible de alcanzar, que vive pendiente de “su hombre”, que escoge colocarse por debajo de él, sometiéndose a su criterio, dejándole hablar, decidir, etc. y que además le hace la compra, le cocina, le limpia la casa y le alegra la vida con sus atenciones.

Vivimos en una época de normalización de géneros, no de diferenciación, y sin embargo, no sólo muchas empresas anunciantes sino también el propio sector publicitario mantienen determinadas inercias de creación y organización que dificultan la producción de mensajes e imágenes no sexistas e integradores.

Según los datos facilitados en el estudio que sobre el sector publicitario realizó Grant Thornton Report en 2015 referente al Estado español (Valdivia, 2016), el 52% de las licenciaturas universitarias las obtienen mujeres, sin embargo el 91% de los altos cargos del sector los ocupan hombres, al igual que el 75 % de las direcciones funcionales o el 81% de los departamentos creativos. Sorprende que el 31% de las empresas publicitarias nacionales no tenga ninguna mujer en puestos directivos.

Son datos que invitan a la reflexión y que apuntan a una hegemonía masculina en la publicidad y en la dirección de marketing-publicidad de las empresas que se anuncian. Indica que la construcción de los discursos no solo se realiza desde postulados patriarcales sino que estos discursos los producen mayoritariamente hombres.

Desde algunos sectores y sus agencias se desarrolla con su comunicación un verdadero bullying mediático sobre las adolescentes, una presión que se inicia en la infancia y que ya no cesará a lo largo de la vida de estas. En el Estudio sobre publicidad sexista en la campaña de juguetes 2013-2014 en el que participé y que realizamos en BEGIRA (2014) se ofrecen algunos datos que ayudan a comprender la envergadura de esta presión a la que deben enfrentarse desde su más tierna infancia las niñas. Por ejemplo, el 47% de los juguetes anunciados por niñas son de color rosa y el 63% son muñecas, el 55% de los anuncios para niñas se basan en el arquetipo de belleza personal y el 51% en el arquetipo de ama de casa, además el 52% de las profesiones representadas en juguetes para niñas son ama de casa, peluquera y modelo.

Aun mas sorprendente es que el 66% de los juguetes anunciados por niños son electrónicos mientras que el 69% de los anunciados por niñas son manuales o mecánicos.

Esta discriminación sexista abarca múltiples perspectivas multiplicando su efecto negativo al incidir en muchos ámbitos de la vida de las niñas; es despreciable por injusto y arcaico que en el s. XXI los anuncios de juguetes desde los que se dirige o se influencia la elección del juego en las niñas, como norma, presenten a los niños como los destinatarios de los juguetes que incorporan la tecnociencia. Su reiteración en años de anuncios y su aplicación a variedad de juguetes “masculinos” ha terminado por asociar la tecnociencia a los niños, hasta el punto que, en la actualidad, la electrónica aparezca en la mayoría de los casos, sólo en los juguetes dirigidos a ellos. Las consecuencias se pueden observar perfectamente en la etapa de educación primaria al comprobar cómo la seguridad y familiaridad que los niños muestran en edades muy tempranas hacia la informática y sus aplicaciones, es inversamente proporcional a la de las niñas. En una etapa educativa posterior, el interés hacia las materias tecnocientíficas es mayoritario entre los niños, algo que no se produce entre las niñas; lamentablemente, en ese momento ya se están gestando las vocaciones que dirigirán una posterior elección hacia carreras y profesiones de ciencia y tecnología.

Posponer, año tras año, iniciativas que obliguen al sector del juguete a no interferir con su discurso sexista en la educación de las niñas prolonga una situación denunciada desde muchos ámbitos que perjudica el aprendizaje en igualdad de niñas y niños. Según datos de matriculación en el curso 2016-17 de la Universidad del País Vasco (Dirección para la Igualdad de la UPV/EHU, 2017), menos del 30% de las alumnas de esta universidad estudian ingenierías, en informática no llegan al 14% del total de alumnado y en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte son solo el 22%.

También en la adolescencia, las patologías provocadas desde la publicidad afectan en una etapa fundamental del crecimiento generando a menudo, como consecuencias más leves, baja autoestima, frustración y depresión. La obsesión por el aspecto físico, inculcado por la publicidad y algunos medios como eje del éxito social, dificulta a las jóvenes desarrollar su propia identidad y personalidad. A muchas de ellas las aboca a iniciar dietas perjudiciales que en muchas ocasiones evolucionan en patologías más severas. Los datos de patologías derivadas de esta nefasta influencia, sobre todo, la anorexia-bulimia y la dismorfia corporal hablan por sí solos. Pese a ellos, son pocas e insuficientes las iniciativas que las instituciones están tomando para mitigar la influencia de esta publicidad proveniente del sector dietético/alimentario que focaliza sólo sobre las mujeres la presión de venta de sus productos. Pero, aún más preocupante es que en otros sectores como el farmacéutico también sean ellas quienes protagonicen más del 70% de los anuncios de medicamentos, como si los hombres no sufrieran las mismas o incluso más enfermedades que ellas. Sin embargo, la publicidad las muestra como más enfermizas que los hombres y, lo que es peor, las responsabiliza del cuidado de ellos al focalizar sobre ellas la compra, el uso y la prueba de efectividad del fármaco

Como se ha puesto de manifiesto a través de datos estadísticos, nuestro contexto ha cambiado tan rápidamente que en la actualidad la publicidad se ha quedado descontextualizada. Ni siquiera en sus anuncios se refleja la realidad de los modelos familiares actuales, todavía se piensa en el sector publicitario que las familias son como las que en su infancia conocieron. Nada más lejos de la realidad, en pocas décadas ha evolucionado tanto que ahora el modelo familiar tradicional es minoritario en el Estado español. Solo un 34,9% de hogares está formado por un modelo de familia tradicional (pareja heterosexual con dos o más hijas/os) frente al 43,7% que lo integran nuevos modelos familiares. Pero no sólo no refleja la diversidad del modelo familiar, sino que evita o ignora otros grandes cambios sociales como el hecho de que la población migrante represente el 10,3% de la población total del Estado, pues resulta muy difícil que la publicidad la represente de no ser que sea para estereotiparla sexualmente o porque el anuncio se dirija en exclusividad a esta comunidad.

En el Estado español, iniciar un proceso de sensibilización y formación en los departamentos de marketing y publicidad de las empresas anunciantes y en las agencias de publicidad, se perfila como una de las vías para impulsar un cambio rápido en el sector. Tras varias décadas de autorregulación sectorial, se ha visto que este mecanismo no presiona lo suficiente para promover los avances necesarios, la causa principal radica en que Autocontrol está integrado por las mismas empresas que realizan y gestionan la publicidad que aquí se analiza y cuestiona, y no por instituciones y organizaciones que impulsen la igualdad. Además, se hace muy necesaria la renovación del sector por medio de una inclusión real y efectiva de las mujeres en los niveles de dirección de los que, hasta la fecha, se las ha excluido (dirección estratégica, dirección creativa, dirección de arte, etc.).

Por último, es preciso incrementar el control institucional sobre los sectores más sexistas y menos colaborativos y sobre las empresas reincidentes que diseñan estrategias de comunicación y campañas publicitarias claramente sexistas. Una situación que por su propio inmovilismo y reiteración ya debe ser considerada constitutiva de delito de odio hacia las mujeres, y, por tanto, ajeno a la libertad de expresión del anunciante, pues si en vez de sexismo se hablara de racismo, las instituciones y, probablemente, la fiscalía, hubieran actuado rápidamente para imponer la ley y reponer los derechos agraviados.